
📌 El fútbol femenino no puede seguir viviendo en la sombra de los “caprichos” del fútbol masculino.
confirmación de los nuevos horarios para los partidos aplazados de la jornada 19 de la Liga F Moeve ha vuelto a poner en evidencia algo que muchos llevamos años denunciando: que el fútbol femenino en España continúa condenado a vivir en la sombra del masculino. LaLiga ha decidido adelantar los duelos Barça–Atlético de Madrid y Athletic–Real Madrid a la primera semana de diciembre para evitar solapamientos con la Supercopa de España masculina del próximo mes de enero.
A primera vista, puede parecer un simple ajuste de calendario. Pero cuando se observa el contexto, la gravedad del asunto se hace evidente. El partido Barça–Atlético, uno de los grandes clásicos del fútbol femenino español y un duelo entre los dos clubes más laureados de los últimos años, coincidirá con la vuelta de la final de la UEFA Women’s Nations League entre España y Alemania. Sí, la misma final en la que nuestra selección puede reescribir la historia, levantando un título continental frente a una de las potencias más grandes del fútbol mundial.
La coincidencia es tan absurda como simbólica: el partido liguero se disputará a las 21:00 horas, mientras que la vuelta de la final europea arrancará, en principio, a las 19:00 en el estadio Metropolitano. Una coincidencia que no solo compromete la asistencia de público a un evento histórico, sino que además vuelve a transmitir la sensación de que el fútbol femenino siempre debe adaptarse, ceder, plegarse ante el calendario de los hombres.
ente que preside Rafael Louzán, junto a LaLiga, ha acordado una “solución de emergencia” para mitigar el impacto de esta coincidencia. Según informó la Cadena COPE, el objetivo es no perjudicar —o hacerlo en la menor medida posible— la afluencia de público al Metropolitano. Pero lo cierto es que la herida ya está hecha. La decisión, más allá de sus ajustes técnicos, revela una falta de sensibilidad estructural hacia el desarrollo del fútbol femenino, que debería ser una prioridad nacional tras los éxitos de los últimos años.
España es campeona del mundo, finalista en categorías inferiores, y una potencia creciente a nivel de clubes. Sin embargo, las decisiones institucionales parecen no haber entendido la magnitud del momento histórico que vive el deporte practicado por mujeres. En lugar de proteger su espacio, se lo encoge. En lugar de potenciar su alcance, se lo reduce a un rincón de la agenda. En lugar de garantizar que su gran final sea un evento nacional, se le obliga a competir con el ruido mediático y televisivo de un calendario diseñado para otros.
No se trata solo de un conflicto de horarios, sino de un reflejo de prioridades. Porque cuando el fútbol masculino estornuda, el femenino debe correr a ponerse a cubierto. Cuando se mueve una fecha del calendario de los hombres, el de las mujeres se reordena sin preguntar. Cuando hay un evento que interesa a las televisiones, el fútbol femenino queda relegado al fondo de la parrilla.
Durante años se ha hablado de “apoyar el crecimiento del fútbol femenino”. Se han firmado convenios, se han multiplicado las campañas institucionales, se han hecho vídeos con mensajes inspiradores y se ha llenado la boca con la palabra “igualdad”. Pero la igualdad no se demuestra en los discursos; se demuestra en las decisiones. Y esta decisión, como tantas otras, vuelve a demostrar que las estructuras del fútbol español siguen funcionando bajo una jerarquía que sitúa al fútbol practicado por hombres como el eje central del universo, y al femenino como un apéndice al que se atiende solo cuando no molesta.
El caso del Barça–Atlético es paradigmático. Un encuentro que podría servir para impulsar la visibilidad de la Liga F Moeve en un momento clave, se ve condenado a la invisibilidad mediática por una decisión administrativa. No es una coincidencia, es una señal. Una señal de que, a pesar de los avances, el fútbol femenino todavía tiene que pedir permiso para existir.
Resulta incomprensible que nadie en los despachos haya levantado la voz ante una coincidencia de tal calibre. Que un país campeón del mundo, que ha llenado estadios, que ha generado audiencias históricas y que ha situado a sus jugadoras entre las mejores del planeta, no sea capaz de blindar su final europea de un conflicto de programación, demuestra hasta qué punto sigue siendo frágil el reconocimiento institucional hacia las futbolistas.
Tampoco se trata solo de las jugadoras. La afición del fútbol femenino, fiel, apasionada y en constante crecimiento, también se ve perjudicada. Miles de personas que querrían disfrutar de ambos partidos —de su equipo y de su selección— se verán obligadas a elegir. Un dilema que en el fútbol masculino simplemente sería impensable. Ningún Barça–Madrid o Atlético–Athletic coincidiría con una final continental de la selección masculina. Pero en el fútbol femenino, parece que “no pasa nada”.
Pasa, y mucho. Porque la visibilidad se construye a base de gestos, y cada vez que se fuerza al público a dividirse, se rompe parte de la comunidad que el fútbol femenino ha construido con tanto esfuerzo. Este deporte, que ha crecido desde la base y sin los privilegios mediáticos del masculino, no puede seguir siendo tratado como un invitado temporal en su propia casa.
fútbol femenino español ha demostrado con creces su mérito deportivo. Ha conquistado títulos, ha llenado estadios, ha formado generaciones de referentes y ha cambiado la manera en la que el país mira a sus deportistas. Lo que falta no es talento, ni emoción, ni compromiso: lo que falta es respeto institucional. Respeto en los calendarios, en las retransmisiones, en los horarios, en las condiciones.
Si de verdad queremos igualdad, no podemos seguir aceptando que cada avance del fútbol femenino dependa de los huecos que deje libre el masculino. La igualdad no se pide. Se ejerce. Y ejercerla implica planificar con la misma seriedad, priorizar con la misma lógica y valorar con la misma pasión.
En diciembre, mientras la Selección Española femenina busque otro título continental y el país vibre con una generación irrepetible, no deberíamos tener que preguntarnos qué partido ver. No debería haber dilemas. Debería haber una sola certeza: que el fútbol femenino merece, por fin, su propio espacio, su propio respeto y su propia voz.
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