
⬛️ El rival de Florentino Pérez en 2026 no se olvida del subcampeón de la Copa de la Reina de 2023 en su programa electoral.

Enrique Riquelme Vives, nacido en Cox, Alicante, en 1989, se presenta como el hombre que podría romper el statu quo de Florentino Pérez como presidente del Real Madrid. Joven empresario, presidente ejecutivo de Cox y socio madridista desde hace más de dos décadas, Riquelme comunicó el pasado jueves 21 a la Junta Electoral su intención de presentarse a las elecciones. Su decisión se sitúa en torno a una idea central: presentarse como garante del modelo de club de socios y frenar las privatizaciones.
El Real Madrid abrió oficialmente el proceso electoral el 14 de mayo, con un plazo hábil hasta el 23 de mayo. Estás elecciones podrían ser las primeras con votación real en el club desde 2006, sobre el papel, el mecanismo es democrático, sin embargo, en la práctica, los requisitos para presentarse convierten esa supuesta democracia en un espacio muy reducido, reservado para unos pocos. Entre las condiciones, llevar más de 20 años de antigüedad como socio del club y presentar un aval bancario equivalente al 15% del presupuesto anual de gastos del club. En torno a los 187 millones de euros.
Enrique Riquelme se presenta como una alternativa al largo ciclo de Florentino Pérez, tratando de colocar el debate en el terreno de la propiedad del club. En sus últimas declaraciones ha advertido que “pueden ser las últimas elecciones del Real Madrid” porque, según afirma “viene la privatización”. Defiende una “obligación ética y moral” evitar que el club deje de ser de sus socios. Sin embargo, ese relato entra en contradicción con las propias condiciones de las candidaturas, que hace ver como el Real Madrid solo podrá ser presidido por alguien que pertenezca al mismo mundo de grandes fortunas, bancos y poder empresarial que ha marcado al fútbol moderno en las últimas décadas.
Esta contradicción también aparece entre los nombres que han trascendido en torno a la candidatura. Lejos de proyectar una alternativa nacida desde la base social del club, Riquelme se rodea de perfiles procedentes del poder económico: David Mesonero, directivo de Iberdrola y yerno de Ignacio Sánchez Galán; Rosauro Varo, inversor vinculado a Cabify; Dámaso Quintana, presidente de Cunext y figura clave dentro del sector industrial del cobre; o Ángel Martín, fundador de Clínica Menorca. La imagen que deja el posible equipo no es la de unos socios comunes disputando el club a las élites, sino la de una nueva red de empresarios intentando abrirse paso en uno de los mayores centros de poder simbólico y económico del país.
En una declaración que ha sacudido los cimientos del madridismo y que ya empieza a marcar líneas de debate sobre el futuro institucional del club más laureado del planeta, Enrique Riquelme ha puesto sobre la mesa una reflexión de enorme calado sobre una de las grandes cuestiones pendientes en la estructura deportiva de Real Madrid: el desarrollo definitivo y la ambición total de su proyecto de fútbol femenino. Sus palabras, pronunciadas con rotundidad y con una visión que conecta directamente con la exigencia histórica de la entidad blanca, no han dejado lugar a interpretaciones. “El Real Madrid es un club ganador, no solo en fútbol, en lo que haga tiene que ser el número uno. El fútbol femenino es parte del futuro y, sí estamos compitiendo, tenemos que ser los número uno. Y tienen que venir las mejores jugadoras a jugar al Real Madrid. Además, tenemos que tener una base de una cantera, al igual que en la parte masculina, para también nutrir ese primer equipo del mejor talento femenino, que venga también y se creen con los valores y los principios de lo que es el Real Madrid”. Un mensaje directo, ambicioso, inequívoco. Un mensaje que conecta con una realidad incontestable: el crecimiento del fútbol femenino mundial ha dejado de ser una tendencia emergente para convertirse en una revolución estructural que está transformando el mapa competitivo del deporte y que exige a los grandes gigantes europeos una respuesta a la altura de su historia.
En el universo madridista, donde la palabra excelencia no es un objetivo sino una obligación, estas declaraciones resuenan con una fuerza especial. Porque hablar del futuro del fútbol femenino en el Real Madrid no es hablar únicamente de resultados deportivos o de planificación institucional; es hablar de identidad, de visión estratégica y de la responsabilidad histórica de un club cuya grandeza siempre se ha construido desde la obsesión por liderar cada escenario en el que compite. La llegada del equipo femenino a la estructura blanca supuso en su día un paso largamente esperado, una decisión que situaba al club en el tablero de una disciplina que ya avanzaba con paso firme en toda Europa. Desde entonces, el crecimiento ha sido constante, con clasificación para competiciones europeas, presencia consolidada en la élite nacional y una progresiva profesionalización del proyecto. Sin embargo, el debate sigue abierto entre una parte significativa del madridismo, que considera que la dimensión del club exige un salto cualitativo mucho más agresivo para competir de tú a tú con las grandes potencias continentales como FC Barcelona Femení, Olympique Lyonnais Féminin, Chelsea Women o Arsenal Women.
Las palabras de Enrique Riquelme apuntan precisamente a esa dirección. No plantean un simple crecimiento orgánico ni una evolución gradual. Dibujan una declaración de principios. Hablan de una idea profundamente asociada al ADN competitivo del club: si el Real Madrid participa, debe hacerlo para dominar. Esa frase, tan sencilla en apariencia, encierra una filosofía que ha definido al club blanco durante décadas y que explica buena parte de su leyenda universal. No basta con estar; hay que mandar. No basta con competir; hay que conquistar. Esa lógica, aplicada al fútbol femenino, supondría una transformación de enorme alcance en materia de inversión, captación de talento, desarrollo de infraestructuras y consolidación de una cantera capaz de producir jugadoras preparadas para asumir la presión incomparable que supone vestir la camiseta blanca.
Porque uno de los puntos más potentes del mensaje de Riquelme es precisamente su referencia a la cantera. El paralelismo con el modelo masculino no es casual. La grandeza histórica de la fábrica madridista no reside solo en producir futbolistas, sino en moldear perfiles competitivos bajo una cultura de exigencia extrema, de respeto por el escudo y de convicción ganadora. Trasladar ese ecosistema al fútbol femenino sería apostar por una estructura integral, capaz no solo de fichar estrellas internacionales sino de construir una identidad propia desde la base. En un contexto donde la detección temprana de talento y la formación específica marcan diferencias competitivas decisivas, disponer de una cantera femenina robusta sería una herramienta estratégica para consolidar un proyecto hegemónico a largo plazo.
El fútbol femenino español vive uno de los momentos más trascendentales de su historia. El impacto generado por el crecimiento de la Liga F, la proyección internacional alcanzada por la selección española tras sus éxitos recientes y la consolidación de nuevas referentes mundiales han elevado la exigencia competitiva a niveles inéditos. En ese escenario, el Real Madrid tiene ante sí una oportunidad histórica: asumir un liderazgo definitivo y convertir su marca global en un factor tractor para elevar aún más el nivel de la competición. La posibilidad de atraer a algunas de las mejores futbolistas del planeta no es una utopía; es una consecuencia natural del magnetismo institucional del club. Pero para lograrlo, esa capacidad de seducción debe ir acompañada de un proyecto deportivo inequívoco, de una apuesta institucional visible y de una estructura que respalde el discurso con hechos.
Y ahí es donde las palabras de Enrique Riquelme adquieren una dimensión política y simbólica de enorme relevancia. Hablar del fútbol femenino como “parte del futuro” supone reconocer algo que muchos grandes clubes ya han entendido: el desarrollo de esta disciplina no es un complemento ni una obligación reputacional; es una pieza estratégica del fútbol global del siglo XXI. Los clubes que lideren esta transformación no solo acumularán éxitos deportivos, sino que consolidarán una relación más amplia con nuevas audiencias, nuevas generaciones y nuevas formas de entender el deporte profesional. El Real Madrid, referencia absoluta en términos de marca, tiene la capacidad de convertir su sección femenina en un proyecto de alcance planetario si decide activar todos sus recursos competitivos e institucionales.
En el madridismo, donde cada declaración sobre el futuro del club se analiza con lupa, este posicionamiento reabre inevitablemente la conversación sobre cuál debe ser la velocidad de crecimiento del proyecto femenino. Existe consenso en que la evolución ha sido positiva, pero también una sensación compartida de que el margen de ambición puede y debe ser mucho mayor. La afición blanca, acostumbrada a mirar siempre a la cima, no entiende otro horizonte que no sea la conquista. Esa exigencia forma parte de la esencia del escudo. Por eso, cuando se plantea la posibilidad de construir un Real Madrid femenino diseñado para dominar Europa, no se habla de una aspiración romántica, sino de una obligación histórica coherente con la identidad del club.
La visión expresada por Enrique Riquelme conecta precisamente con ese imaginario. Es una apelación directa a la grandeza, a la ambición sin complejos, a la necesidad de pensar en grande porque así lo exige la historia. Habla de traer a las mejores, sí, pero también de formar a las futuras referentes. Habla de competir para ganar, no para aprender. Habla, en definitiva, de construir un proyecto capaz de hacer del fútbol femenino blanco una extensión natural de la leyenda madridista. Y en tiempos donde el deporte evoluciona a velocidad vertiginosa, donde las estructuras que hoy parecen sólidas pueden quedarse atrás mañana, esa visión estratégica resulta más necesaria que nunca.
Porque el Real Madrid, en cualquier terreno que pisa, carga con una responsabilidad que trasciende lo deportivo. Su mera presencia redefine estándares, altera expectativas y obliga al resto a elevar su nivel. El fútbol femenino no debería ser una excepción. Si el club decide desplegar toda su ambición, todo su músculo institucional y toda su cultura ganadora en esta disciplina, el impacto podría ser monumental. Las palabras de Enrique Riquelme no son solo una reflexión de campaña ni una propuesta coyuntural; son una invitación a imaginar un futuro donde el escudo blanco vuelva a convertirse en sinónimo absoluto de hegemonía. Y si algo ha enseñado la historia del Real Madrid, es que cuando este club decide mirar al horizonte con hambre de conquista, lo imposible deja de ser una barrera para convertirse simplemente en el próximo desafío por conquistar. Como diría Manu López en una noche grande, de esas en las que el fútbol se convierte en destino escrito con letras de leyenda: el Real Madrid no nació para acompañar la historia, nació para escribirla. Y quizá haya llegado el momento de hacerlo también, con toda su fuerza, en el fútbol femenino.

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