
🔷 Las de José Herrera viajan a Orriols en un duelo de urgencias donde ganar es imperativo.
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La serie ROOSTER se articula como una comedia de largo aliento con una densidad emocional poco habitual dentro del género, ambientada en un campus universitario que funciona no solo como escenario sino como organismo vivo, un microcosmos donde se cruzan ambiciones intelectuales, heridas familiares no cerradas, batallas generacionales y una constante fricción entre el prestigio académico y la fragilidad humana. En el centro de todo se encuentra la relación profundamente complicada entre un autor consagrado, interpretado por Steve Carell, y su hija adulta, a la que da vida Charly Clive, una relación marcada por la admiración, el resentimiento, la culpa y una incapacidad crónica para comunicarse sin hacerse daño. La serie parte de una premisa aparentemente sencilla, casi clásica, pero la expande hasta convertirla en un estudio prolongado sobre el ego creativo, la herencia emocional y la dificultad de reinventarse cuando el mundo —y quienes te rodean— ya no te leen con la misma reverencia.
El personaje de Carell es un escritor reconocido, probablemente asociado durante décadas a una obra que lo convirtió en una figura respetada dentro y fuera del ámbito universitario. Su presencia en el campus no es accidental ni decorativa: encarna un tipo de autoridad intelectual que está empezando a resquebrajarse. En un entorno donde las nuevas generaciones cuestionan los cánones, revisan los privilegios y demandan una conexión más honesta entre discurso y conducta, él representa una voz que fue central y ahora resulta incómoda, a veces incluso anacrónica. No es un villano ni un héroe caído, sino alguien que ha construido su identidad alrededor de su talento y su reputación, y que empieza a descubrir que ambas cosas ya no bastan para sostenerlo todo. Steve Carell, cuya carrera ha sabido moverse entre la comedia más física y el drama contenido, encuentra aquí un terreno especialmente fértil para trabajar la contradicción: un hombre capaz de una enorme lucidez intelectual y, al mismo tiempo, emocionalmente torpe, defensivo, a menudo infantil cuando se ve confrontado.
La hija, interpretada por Charly Clive, no es un simple contrapunto generacional ni una figura reactiva. Su personaje está construido desde la ambivalencia. Ha crecido a la sombra de una figura pública que, dentro de casa, fue probablemente ausente, absorbida por su obra, por su carrera, por la necesidad constante de validación externa. Su llegada o permanencia en el campus no responde únicamente a una lógica académica o profesional, sino a una mezcla de circunstancias vitales que la obligan a convivir —literal o simbólicamente— con el padre del que intenta distanciarse. Ella carga con la herida de no haber sido vista cuando más lo necesitaba, pero también con el peso de haber heredado una sensibilidad creativa que no sabe muy bien cómo utilizar sin sentirse una impostora. La serie explota esa tensión sin caer en el melodrama: cada conversación entre ambos está llena de silencios, ironías mal entendidas, reproches que se disfrazan de chistes y afecto que solo emerge cuando ya es demasiado tarde.
El campus universitario funciona como una extensión de este conflicto íntimo. Es un espacio donde la teoría se enfrenta constantemente a la práctica, donde se predican valores progresistas mientras se reproducen jerarquías antiguas, y donde la comedia nace de la distancia entre lo que los personajes creen representar y lo que realmente son. Aulas, despachos, residencias, cafeterías y auditorios se convierten en escenarios recurrentes de enfrentamientos sutiles, alianzas inesperadas y pequeños desastres cotidianos. La universidad no es idealizada ni demonizada; se presenta como una institución en transición, atrapada entre su historia y la presión por adaptarse a un presente cambiante, lo que la convierte en un marco perfecto para explorar los temas centrales de la serie.
En este ecosistema coral adquieren especial relevancia los personajes interpretados por Danielle Deadwyler, Phil Dunster, John C. McGinley y Lauren Tsai, cada uno aportando una perspectiva distinta sobre el poder, la vulnerabilidad y el deseo de pertenecer. Danielle Deadwyler encarna a una figura con autoridad moral e intelectual, posiblemente una colega del protagonista o una responsable académica que entiende mejor que nadie las contradicciones del sistema. Su personaje no solo sirve de contrapeso ético, sino que introduce una mirada más contemporánea sobre lo que significa liderar en un entorno históricamente dominado por hombres como el autor de Carell. Su presencia obliga a los demás a replantearse discursos aprendidos y pone en evidencia las grietas entre la retórica y la acción.
Phil Dunster aporta una energía distinta, más impulsiva, quizá encarnando a un profesor joven, ambicioso o a una figura que se mueve con soltura entre el cinismo y el entusiasmo. Su personaje representa una generación intermedia, lo suficientemente cercana a los estudiantes como para entender sus códigos, pero todavía atrapada en la necesidad de ascender dentro de una estructura que no siempre premia la autenticidad. En sus interacciones con el protagonista y con la hija se reflejan dinámicas de competencia, admiración y oportunismo que enriquecen el tejido narrativo y multiplican las posibilidades cómicas.
John C. McGinley, con su presencia característica y su dominio del ritmo verbal, probablemente encarna una figura institucional clásica: alguien que lleva décadas en el campus, que ha visto pasar modas ideológicas y reformas administrativas, y que ha desarrollado una coraza de sarcasmo para sobrevivir. Su personaje actúa como memoria viva de la universidad, un testigo irónico que entiende perfectamente las debilidades del protagonista y, al mismo tiempo, comparte con él una nostalgia mal disimulada por un tiempo en el que todo parecía más simple, o al menos menos expuesto al escrutinio constante.
Lauren Tsai introduce una sensibilidad más introspectiva y contemporánea, conectada con los estudiantes o con los márgenes del campus. Su personaje puede funcionar como espejo de la hija, alguien que observa el conflicto padre-hija desde fuera y que, sin proponérselo, revela verdades incómodas a través de su propia vulnerabilidad. En ella se condensan muchas de las preguntas que atraviesan la serie: cómo encontrar una voz propia en un mundo saturado de opiniones, cómo relacionarse con figuras de autoridad que no siempre saben escuchar y cómo construir identidad sin traicionar las propias contradicciones.
ROOSTER no se limita a encadenar situaciones cómicas; su ambición reside en sostener una conversación prolongada sobre la creación artística y sus costes personales. El protagonista es un autor que ha convertido su experiencia vital en material narrativo, y la serie no elude la pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando las personas que te rodean se reconocen —o se sienten traicionadas— en tu obra? La hija no solo ha vivido con un padre ausente, sino con un padre que ha tenido la capacidad de reinterpretar la realidad y fijarla por escrito, imponiendo su versión de los hechos. Esa asimetría de poder narrativo es uno de los conflictos más profundos de la serie y se explora con una inteligencia que evita soluciones fáciles.
El tono, marca de la casa de Bill Lawrence, se mueve entre la comedia verbal afilada y momentos de emoción sincera que nunca buscan el subrayado. Hay espacio para el absurdo, para los malentendidos y para la sátira institucional, pero también para silencios incómodos y escenas que dejan respirar el dolor de los personajes. La influencia de trabajos anteriores de Lawrence se percibe en la capacidad para humanizar a personajes defectuosos sin absolverlos, y en la convicción de que la comedia puede ser una herramienta poderosa para hablar de temas incómodos sin perder ligereza.
Matt Tarses aporta a este universo una sensibilidad particular hacia los personajes jóvenes y hacia la incomodidad social, reforzando la idea de que ROOSTER es, en el fondo, una serie sobre personas que no terminan de encajar en los lugares que han elegido —o que otros han elegido por ellas—. La combinación de ambos creadores genera un equilibrio entre estructura y caos, entre planificación narrativa y la sensación de que las cosas podrían desmoronarse en cualquier momento, como ocurre en la vida real.
Desde el punto de vista industrial, el respaldo de Warner Bros. Television y de Doozer garantiza un nivel de ambición y cuidado en la producción que se traduce en guiones densos, personajes bien definidos y un universo que puede expandirse a lo largo de varias temporadas sin agotarse. El hecho de que tanto Doozer como Tarses mantengan contratos generales con el estudio permite una coherencia creativa y una libertad para explorar arcos narrativos de largo recorrido, alejados de soluciones episódicas cerradas. ROOSTER se concibe claramente como una serie que confía en la inteligencia del espectador, que no teme la acumulación de capas y que entiende el campus universitario como un escenario ideal para hablar del mundo contemporáneo.
A medida que avanza la narrativa, la relación entre padre e hija no se resuelve de manera lineal ni concluyente. Cada pequeño acercamiento viene seguido de una nueva distancia, cada gesto de comprensión abre una herida distinta. La serie se permite el lujo de no ofrecer catarsis inmediata, apostando por una evolución lenta, a veces frustrante, pero profundamente honesta. El humor surge precisamente de esa incapacidad para hacerlo bien, de la torpeza con la que los personajes intentan expresar afecto, pedir perdón o simplemente admitir que no tienen todas las respuestas.
En última instancia, ROOSTER es una reflexión sobre el legado, no solo en términos artísticos o académicos, sino emocionales. Qué dejamos en los demás cuando perseguimos una vocación con intensidad, qué sacrificios consideramos aceptables y quién paga el precio de nuestras decisiones. La universidad, con su obsesión por la transmisión del conocimiento, se convierte en el lugar perfecto para plantear estas preguntas, y la relación entre el autor y su hija actúa como hilo conductor de una historia que habla de padres e hijos, de maestros y alumnos, de quienes enseñan y de quienes aprenden, a menudo sin darse cuenta de que los roles pueden invertirse.
La serie no pretende ofrecer respuestas cerradas ni moralejas explícitas. Su fuerza reside en la observación minuciosa de comportamientos, en la acumulación de pequeños momentos que, juntos, construyen un retrato complejo y profundamente humano. ROOSTER se presenta así como una comedia sofisticada, emocionalmente ambiciosa y narrativamente rica, capaz de dialogar con el presente sin perder de vista las contradicciones que siempre han acompañado a las instituciones, a la creación artística y a las relaciones familiares más difíciles.

Vídeo |
https://youtu.be/FqKImghDLKY?si=e25K1I-Fd-JZPWFH

El domingo 8 de febrero a las 12:00 horas no es simplemente una cita más en el calendario de la Liga F. El Levante UD–Atlético de Madrid que se disputará en la Ciudad Deportiva de Buñol y que podrá seguirse en directo a través de DAZN y Movistar+ se presenta como uno de esos partidos que, sin ocupar portadas internacionales ni decidir títulos de manera inmediata, concentran una enorme carga simbólica dentro del ecosistema del fútbol femenino español. Es un duelo que habla de urgencias, de reconstrucciones, de objetivos que se han ido reajustando con el paso de las jornadas y, sobre todo, de cómo dos proyectos históricos de la liga afrontan un tramo decisivo de la temporada desde posiciones muy distintas, pero con una presión comparable.
A la misma hora del mediodía dominical saltará al campo un Levante UD que llega clasificado como colista, una etiqueta que, sin embargo, no explica del todo la realidad competitiva del equipo granota. Las levantinistas se mantienen en la última posición, sí, pero a tan solo un punto de la salvación, un margen mínimo que convierte cada partido en una final anticipada y que mantiene viva la sensación de que el trabajo realizado en las últimas semanas puede tener recompensa. La victoria lograda en la jornada anterior frente al Madrid CFF por 2-1 supuso un punto de inflexión emocional y deportivo. No solo por los tres puntos, sino por la confirmación de que el Levante sigue teniendo recursos competitivos, capacidad de respuesta y un vestuario que no se ha rendido pese a las dificultades acumuladas.
Ese triunfo, no obstante, tuvo un sabor agridulce. La lesión de Érika González, una de las piezas ofensivas más importantes del equipo, volvió a poner sobre la mesa una realidad que ha perseguido al Levante durante toda la temporada: la fragilidad física de una plantilla que ha tenido que convivir con un número elevado de bajas. A la ausencia de Érika se suman las de Alma Velasco, Karen Castellanos y Núria Escoms, configurando un escenario complejo para el cuerpo técnico, que se ve obligado a reinventar soluciones ofensivas semana tras semana. No se trata únicamente de sustituir nombres, sino de reconfigurar automatismos, roles y jerarquías dentro del campo.
En este contexto cobra especial relevancia la llegada de refuerzos que, más allá de su aportación futbolística, están teniendo un impacto anímico notable. Ariana Arias es un ejemplo claro de ello. Sus primeras palabras como jugadora levantinista, destacando lo arropada que se ha sentido desde el primer minuto, reflejan un vestuario que, pese a la posición en la tabla, mantiene una identidad colectiva fuerte. En un equipo que pelea por la permanencia, esa cohesión interna puede marcar la diferencia entre resistir o caer. El Levante ha pasado en los últimos años de ser un habitual de la zona alta a verse inmerso en una lucha por sobrevivir, y ese cambio de estatus no siempre es fácil de digerir ni para el club ni para su entorno.
El partido ante el Atlético de Madrid se enmarca, además, en un calendario que no concede tregua. Cada jornada que pasa sin sumar de tres incrementa la presión, pero también redefine los márgenes de error. Para el Levante, enfrentarse a un rival de la entidad del conjunto rojiblanco supone una oportunidad doble: puntuar ante un equipo teóricamente superior y enviar un mensaje al resto de rivales directos por la salvación. No es la primera vez que el Levante se agarra a este tipo de partidos para cambiar dinámicas. Históricamente, el club ha demostrado una notable capacidad para competir en escenarios adversos, apoyándose en un modelo de juego solidario y en una lectura muy pragmática de los partidos.
Enfrente estará un Atlético de Madrid que llega a Buñol en un momento peculiar de su temporada. Las rojiblancas se encuentran a diez puntos de los puestos de Champions, una distancia que, a estas alturas del curso, obliga a asumir que el gran objetivo liguero se ha desplazado. El Atlético ya no mira tanto hacia arriba como hacia dentro, hacia la necesidad de consolidar una identidad competitiva y de cerrar la temporada con sensaciones que permitan construir el futuro inmediato. En este sentido, la reciente victoria ante el Athletic Club por 4-1, que certificó la clasificación para las semifinales de la Copa de la Reina, ha supuesto un importante impulso emocional.
La Copa se ha convertido, de manera casi natural, en el gran catalizador del proyecto rojiblanco esta temporada. En una Liga F muy exigente, con varios equipos marcando un ritmo alto y sostenido, el Atlético ha encontrado en el torneo del KO un espacio donde reencontrarse con su versión más reconocible: un equipo intenso, vertical, con talento diferencial en zonas ofensivas y capaz de competir en eliminatorias de alto voltaje. Ese contexto copero, sin embargo, plantea interrogantes de cara al compromiso liguero del domingo. La gestión de esfuerzos, las posibles rotaciones y el estado físico de la plantilla son factores clave en la planificación del encuentro.
Todo apunta a que Maca Portales y Gio Queiroz serán baja para el Atlético, dos ausencias que condicionan especialmente el frente ofensivo. La profundidad de plantilla del conjunto madrileño permite paliar estas pérdidas, pero también obliga a ajustar piezas y roles en un sistema que ha ido variando a lo largo del curso. El Atlético llega a este partido con la obligación implícita de no descolgarse de la pelea por los puestos europeos, aunque el margen sea estrecho, y con la responsabilidad de confirmar que el buen rendimiento en Copa no es un espejismo aislado.
El antecedente más reciente entre ambos equipos favorece claramente al Atlético de Madrid. En el partido de la primera vuelta, disputado en Alcalá de Henares, las rojiblancas se impusieron con un contundente 4-0. Aquel encuentro reflejó la distancia que existía entonces entre ambos proyectos, tanto en términos de eficacia como de confianza. Sin embargo, el fútbol rara vez se rige por la lógica estricta de los resultados anteriores. El contexto actual es muy distinto, especialmente para el Levante, que ha ido creciendo en competitividad y que ha aprendido a sobrevivir en partidos cerrados, donde cada detalle adquiere una importancia capital.
Este Levante–Atlético de Madrid es también una radiografía del momento estructural de la Liga F. Por un lado, un club histórico que lucha por no perder la categoría, afectado por lesiones y por una transición deportiva complicada, pero que sigue apostando por la identidad y por el desarrollo de jugadoras que sienten el escudo. Por otro, un Atlético que atraviesa una fase de reajuste, intentando redefinir su lugar entre la élite nacional y europea en un contexto de creciente competencia y profesionalización. Ambos equipos representan, desde extremos distintos de la tabla, los desafíos que afronta el fútbol femenino español en su proceso de consolidación.
El partido del domingo al mediodía adquiere así un valor que trasciende los tres puntos. Para el Levante, puede ser una confirmación de que la permanencia es un objetivo alcanzable, de que el trabajo silencioso de las últimas semanas empieza a dar frutos y de que el equipo es capaz de competir contra cualquiera cuando las circunstancias lo exigen. Para el Atlético, es una prueba de madurez, de capacidad para sostener el rendimiento en Liga pese al desgaste emocional y físico de la Copa, y de compromiso con una temporada que todavía tiene capítulos importantes por escribir.
En este tipo de encuentros, los detalles suelen ser determinantes. La gestión de los primeros minutos, la capacidad para resistir los momentos de dominio rival, la eficacia en las áreas y la lectura emocional del partido marcarán el desenlace. El Levante sabe que no puede permitirse desconexiones, que cada error se paga caro en la zona baja de la tabla. El Atlético, por su parte, es consciente de que cualquier relajación puede convertirse en un problema serio en un campo donde la necesidad aprieta y donde el rival juega con la urgencia como aliada.
El domingo 8 de febrero, a las 12:00 horas, el fútbol femenino español volverá a ofrecer uno de esos partidos que no siempre acaparan titulares, pero que explican mejor que muchos otros la complejidad y la riqueza de la competición. Un duelo de realidades cruzadas, de objetivos tensionados y de proyectos que, desde lugares distintos, buscan respuestas en el césped. Un partido que, gane quien gane, dejará huella en el camino de ambos equipos en esta Liga F cada vez más exigente y apasionante.

🏆 Liga F Moeve |
🙌🏻 Temporada 2025-2026
✨ Jornada diecinueve ✨
🔥 Levante Unión Deportiva 🆚 Atlético de Madrid 🔥
📅 Domingo, 8 de febrero de 2026
⏰ 12:00 horario peninsular
📺 DAZN 1 (Dial 70 de Movistar Plus)
🏟️ Ciudad Deportiva de Buñol, Orriols























