Categoría: Actualidad

  • Noticia | Castellón acogerá el España vs Islandia

    (Fuente: UEFA)

    ⬛️ ¡Lo confirmó la COPE! El duelo es clasificatorio para el Mundial de Brasil en 2027.

    La noticia irrumpe como un relámpago en mitad del calendario internacional, con la fuerza de los anuncios que no solo informan, sino que marcan territorio, fijan memoria y anticipan historia. La selección española femenina de fútbol regresará a la acción competitiva el próximo 3 de marzo, y lo hará en Castellón, frente a Islandia, en un encuentro correspondiente a la clasificación para el Mundial femenino de 2027.

    Un partido que no es uno más. Un duelo que no es una simple fecha subrayada en rojo. Es una declaración de intenciones. Y es, también, el fruto del periodismo bien ejercido, del que persigue, contrasta y comunica con rigor y pasión. Así lo adelantó Andrea Peláez, periodista zamorana, voz autorizada del fútbol femenino en España, profesional que lleva años narrando esta revolución desde dentro, sin ruido, sin atajos y con una credibilidad que hoy resulta incontestable.

    España vuelve a competir. España vuelve a casa. España vuelve a mirar al futuro con la convicción de quien ya no pide permiso para estar entre las grandes, sino que exige respeto por derecho propio. Castellón será el escenario de un nuevo capítulo de una selección que ha aprendido a convivir con la excelencia, con la presión y con la responsabilidad de representar no solo a un equipo, sino a toda una generación de futbolistas que han cambiado la historia del deporte español. El choque ante Islandia se enmarca en el camino hacia el Mundial de 2027, una cita que ya se vislumbra en el horizonte como el siguiente gran reto de una selección que ha conquistado Europa, que ha alcanzado la cima del fútbol mundial y que ahora se enfrenta al desafío más complejo de todos: sostener la grandeza.

    Islandia no es un rival cualquiera. Nunca lo ha sido. Es una selección forjada en la resistencia, en el orden, en la disciplina táctica y en una identidad competitiva que la ha convertido en un adversario incómodo para cualquiera. Cada enfrentamiento con el combinado islandés exige precisión, madurez y una lectura profunda del partido. España lo sabe. El cuerpo técnico lo sabe. Las futbolistas lo saben. Y la afición, cada vez más formada y exigente, también lo sabe. Por eso este partido no se presenta como un trámite, sino como una prueba de carácter, una oportunidad para reafirmar principios y una ocasión para seguir construyendo una narrativa que ya es patrimonio colectivo del deporte español.

    El valor simbólico de Castellón como sede no es menor. El fútbol femenino internacional vuelve a desplegarse lejos de los grandes focos habituales, acercándose al territorio, a la afición de proximidad, a la España que ha acompañado este proceso desde la base, desde los campos modestos, desde las gradas humildes que hoy se llenan con orgullo. Cada partido de la selección femenina en suelo español es un acto de justicia histórica, un reconocimiento a quienes creyeron cuando creer era un ejercicio de fe. Castellón acogerá a una selección que ya no sorprende, que ya no irrumpe, que permanece.

    En este contexto, el anuncio del partido adquiere una dimensión especial al estar firmado informativamente por Andrea Peláez, una de las periodistas que mejor ha entendido, explicado y dignificado el crecimiento del fútbol femenino en España. Su nombre no es casual en esta historia. No es accesorio. Es estructural. Andrea Peláez representa a una generación de profesionales que no llegaron al fútbol femenino por oportunidad, sino por convicción. Periodista formada, rigurosa, con una voz reconocible y una mirada profunda, ha sabido construir un relato que combina información, análisis y sensibilidad sin caer jamás en la condescendencia ni en el ruido superficial.

    Desde Zamora, desde una tierra históricamente ajena a los grandes focos mediáticos, Andrea Peláez ha demostrado que el periodismo deportivo no depende del código postal, sino del compromiso, del trabajo diario y de una ética profesional innegociable. Su trayectoria es la de quien ha estado cuando no había cámaras, cuando las audiencias eran residuales y cuando contar estas historias requería algo más que micrófonos: requería creer. Hoy, cuando el fútbol femenino ocupa portadas, parrillas y debates, su figura se alza como una referencia respetada por clubes, jugadoras, federaciones y audiencias.

    Que sea su firma la que anticipe este España–Islandia no es solo una noticia; es una constatación. Andrea Peláez no informa desde fuera: forma parte del ecosistema. Su trabajo ha contribuido a normalizar, a prestigiar y a elevar el relato del fútbol femenino a la categoría que siempre mereció. En un entorno mediático a menudo dominado por la urgencia y el titular fácil, su periodismo apuesta por el contexto, por la memoria y por el respeto a las protagonistas. Y eso, en un deporte que ha tenido que luchar contra el olvido, es un valor incalculable.

    El partido del 3 de marzo será también un punto de encuentro entre generaciones. Las campeonas consolidadas, las líderes silenciosas, las jóvenes que empujan con fuerza y las que sueñan desde la grada compartirán un mismo escenario. Cada convocatoria, cada alineación y cada minuto sobre el césped forma parte de un proceso que va mucho más allá del resultado inmediato. España ya no compite solo para ganar partidos: compite para dejar legado.

    La clasificación para el Mundial de 2027 exige regularidad, ambición y una lectura inteligente de cada ventana internacional.

    No hay margen para la complacencia. Cada partido cuenta. Cada gol suma. Cada detalle importa. En ese contexto, Islandia aparece como una prueba de fuego temprana, una oportunidad para medir el pulso competitivo del equipo y para seguir afinando automatismos en un ciclo que apenas comienza a escribirse.

    La expectación es máxima. La afición responde. Los medios especializados analizan. Y el fútbol femenino español sigue avanzando, consciente de que cada paso es observado, celebrado y también exigido. Este partido no es un punto de llegada, sino una estación más en un viaje que aún promete emociones, desafíos y conquistas.

    Y en medio de todo ello, el periodismo cumple su función esencial: contar lo que ocurre, explicar por qué ocurre y otorgar sentido a lo que está por venir. Andrea Peláez encarna esa misión con una naturalidad que solo poseen quienes entienden su oficio como un servicio público. Su nombre, asociado a esta noticia, no es solo una firma: es una garantía.

    El 3 de marzo de 2025 , Castellón será fútbol. Será la selección. Será clasificación mundialista. Será memoria y futuro.

    Y será, también, una nueva prueba de que el fútbol femenino español ya no necesita reivindicarse: se narra, se analiza y se celebra como lo que es: élite, historia y presente.

    (Fuente: RFEF)
  • La previa | Real Sociedad vs S.D. Eibar

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬛️ Cuando el derbi se convierte en espejo: la Real Sociedad y el Eibar, frente a frente en una jornada que interpela al fútbol vasco.

    En Zubieta no se juega solo un partido. Se pone en escena una forma de entender el fútbol, una identidad construida a base de paciencia, cantera y resistencia. La decimoséptima jornada de la Liga F propone un duelo que trasciende la clasificación: Real Sociedad y Sociedad Deportiva Eibar se citan en un enfrentamiento que es territorial, emocional y profundamente simbólico. Dos proyectos distintos, dos caminos hacia la élite, un mismo horizonte de legitimidad competitiva. Noventa minutos que no entienden de etiquetas ni presupuestos, sino de convicción.

    La decimoséptima jornada de la Liga F marca un punto de inflexión claro en el calendario. Superado el ecuador del campeonato, los equipos comienzan a mirarse en el espejo con mayor crudeza. Ya no hay margen para el autoengaño ni para las excusas estructurales. Cada punto empieza a tener valor doble: por lo que suma y por lo que evita que sumen los demás.

    En ese escenario, el duelo entre la Real Sociedad y el Eibar adquiere un significado especial. No se trata únicamente de un enfrentamiento entre dos equipos vascos. Es la colisión entre dos modelos que han sabido ganarse su espacio en la máxima categoría desde premisas distintas, pero con un denominador común: la fidelidad a una idea.

    La Real llega con la obligación silenciosa de mirar hacia arriba. El Eibar, con la urgencia estratégica de mirar hacia atrás sin perder la dignidad competitiva. Y entre ambos, una Liga F cada vez más exigente, más igualada en la zona media y más implacable con los errores.

    Hablar de la Real Sociedad femenina es hablar de continuidad. De un proyecto que no ha buscado atajos ni soluciones artificiales. Zubieta como epicentro, la cantera como columna vertebral y una progresión sostenida que ha llevado al equipo a consolidarse como uno de los conjuntos más fiables del campeonato.

    La Real ya no es una sorpresa. Tampoco una promesa. Es una realidad competitiva que se ha ganado el derecho a ser exigida. Y esa exigencia es, precisamente, el mayor reto de esta temporada.

    Llegada la jornada 17, la Real se encuentra en una posición que invita a soñar, pero también a ser prudente. El equipo ha mostrado solidez en casa, una notable capacidad para controlar los ritmos del partido y una mejora progresiva en la gestión de los finales cerrados.

    Sin embargo, también ha dejado entrever algunas fragilidades: dificultades para romper bloques bajos, dependencia de determinados perfiles creativos y momentos puntuales de desconexión defensiva cuando el partido se acelera.

    Este derbi llega, por tanto, como una prueba de madurez. No solo por el rival, sino por lo que exige el contexto: ganar cuando se espera que ganes.

    El campo de Zubieta no es un estadio al uso, pero se ha convertido en un espacio de identidad. Allí la Real se siente cómoda, reconocible, dominante. El césped, las dimensiones, el entorno: todo favorece un fútbol elaborado, paciente, de asociaciones cortas y presión tras pérdida.

    Ante el Eibar, esa condición de local debe traducirse en iniciativa desde el primer minuto. La Real sabe que el partido se jugará, en gran medida, en campo contrario.

    El Eibar femenino representa uno de los relatos más genuinos del fútbol femenino reciente. Un club acostumbrado a desafiar pronósticos, a convivir con presupuestos ajustados y a competir desde la organización y el compromiso colectivo.

    Su presencia en la Liga F no es un accidente. Es el resultado de una planificación coherente, de un vestuario convencido y de una estructura que ha sabido adaptarse a la máxima exigencia sin renunciar a su esencia.

    Llegados a este punto del campeonato, el Eibar vive en una zona de la clasificación que obliga a sumar con regularidad. Cada desplazamiento es una oportunidad y un riesgo. Cada partido, una final encubierta.

    El equipo ha demostrado que sabe sufrir. Que puede competir ante rivales superiores en teoría. Que entiende los partidos largos, los contextos incómodos y los escenarios de desgaste emocional.

    Ante la Real, el Eibar no llegará a especular, pero sí a resistir. A incomodar. A convertir el partido en algo que no favorezca al rival.

    Si algo define al Eibar es su sentido del bloque. Las ayudas defensivas, la solidaridad en el esfuerzo y la claridad en los roles son rasgos constantes. No hay protagonismos excesivos. No hay jerarquías impostadas. Todo se construye desde el grupo.

    En un derbi como este, esa mentalidad puede ser un arma poderosa.

    Aunque no cuenta con décadas de historia, el enfrentamiento entre Real Sociedad y Eibar femenino ha ido cargándose de significado en cada temporada. No es un derbi de odio ni de confrontación extrema. Es un derbi de afirmación.

    Para la Real, supone reafirmar su estatus. Para el Eibar, demostrar que pertenece a este nivel. Para el fútbol vasco femenino, una oportunidad de visibilizar su crecimiento, su diversidad y su capacidad competitiva.

    Cada duelo entre ambos deja imágenes de intensidad, respeto y compromiso. Y eso, en sí mismo, ya es una victoria para la competición.

    La Real buscará monopolizar la posesión. Construcción desde atrás, laterales con recorrido, interiores que interpreten bien los espacios y una delantera móvil que permita generar superioridades entre líneas.

    La clave estará en la velocidad de circulación. Si el balón se mueve con fluidez, el Eibar sufrirá. Si el ritmo es previsible, el bloque armero se sentirá cómodo.

    Especial atención al juego por bandas, donde la Real suele encontrar profundidad y centros al segundo palo.

    El Eibar planteará un bloque medio-bajo, compacto, con líneas juntas y vigilancias constantes. El objetivo no será robar alto, sino cerrar pasillos interiores y forzar a la Real a jugar por fuera.

    En transición, el equipo buscará ataques rápidos, directos, sin demasiadas elaboraciones. Cada salida será oro.

    🔜 NEXT GAME

    🏆 Liga F Moeve

    😍 Temporada 2025-2026

    🔥 Real Sociedad de Fútbol 🆚 Sociedad Deportiva Eibar 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    ⏰ 12:00 horario peninsular

    📺 TEN TV

    🏟️ Estadio de Zubieta, San Sebastián

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Reportaje | El Real Madrid Femenino y la eternidad sin trofeo: crónica de un gigante que no sabe ganar cuando importa

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ El mejor club del siglo XX ha participado en tres finales y en todas se llevó la plata.

    La historia del Real Madrid Femenino lo es la epopeya de una paradoja moderna: un club que nació con la promesa implícita de la victoria, con el peso simbólico del escudo más ganador del mundo del fútbol, y que sin embargo vive atrapado en una espera que ya no puede explicarse con la juventud del proyecto, ni con la herencia recibida, ni siquiera con la comparación constante con el Barcelona; es una espera que se ha transformado en un relato propio, incómodo y persistente, una sucesión de finales perdidas, de partidos que definen épocas y que siempre acaban del mismo modo, con el Real Madrid mirando al cielo, preguntándose qué falta, por qué nunca alcanza, por qué cuando el título está a noventa minutos —o a una tanda de penaltis— el tiempo se le vuelve en contra.

    Han pasado dos años y ocho meses desde aquel 27 de mayo de 2023 en el que el Real Madrid Femenino tuvo el trofeo de la Copa de la Reina al alcance de la mano y lo dejó escapar ante el Atlético de Madrid, su rival capitalino, en una final que condensó como pocas la esencia de este equipo: talento evidente, momentos de dominio, ventajas mal gestionadas y un desenlace cruel en la tanda de penaltis.

    Aquella noche, en la que el Atlético levantó el título y el Real Madrid volvió a quedarse en la orilla, no fue solo una derrota; fue el inicio de una narrativa que, lejos de cerrarse con el paso del tiempo, se ha ido agravando con cada nueva oportunidad perdida.

    Desde entonces, el reloj no se ha detenido. El club ha cambiado piezas, ha ajustado el proyecto, ha invertido más, ha proclamado ambición y ha reiterado su compromiso con la sección femenina.

    Y, sin embargo, el resultado final sigue siendo el mismo. En 2025, la Supercopa de España volvió a colocar al Real Madrid ante un escenario de máxima exigencia, esta vez frente al Barcelona, el gran antagonista de su historia reciente, el espejo incómodo en el que siempre se refleja. La derrota en aquella final no fue solo una derrota deportiva; fue la confirmación de una jerarquía que el Real Madrid no ha logrado romper, un recordatorio de que competir no es lo mismo que ganar, y de que la distancia entre ambos clubes no se mide solo en presupuestos o en nombres propios, sino en cultura competitiva, en convicción y en una idea clara de cómo se ganan los partidos que definen títulos.

    Y cuando parecía que el tiempo, al menos, podía traer una revancha simbólica, llegó Castellón en 2026. De nuevo la Supercopa.

    De nuevo una final. De nuevo el Real Madrid con la oportunidad de reescribir su historia. Y de nuevo la derrota, esta vez por 0-2, seca, concluyente, sin el dramatismo de los penaltis pero con una contundencia aún más dolorosa, porque dejó la sensación de que el equipo ni siquiera había llegado a rozar el control emocional y futbolístico que exigen este tipo de citas. Castellón no fue una tragedia puntual; fue la confirmación de una tendencia.

    ¿Por qué el Real Madrid Femenino es incapaz de ganar un título? La pregunta, formulada así, resulta incómoda, casi provocadora, pero ya no puede esquivarse. No se trata de una sequía puntual ni de una mala racha. Se trata de un patrón. Y los patrones, en el fútbol de alto nivel, siempre tienen causas profundas.

    La primera es cultural. El Real Madrid masculino se ha construido históricamente desde la épica, desde la remontada, desde la mística del último minuto, desde la fe inquebrantable en que el escudo, por sí solo, inclina el destino. El Real Madrid Femenino, en cambio, ha nacido en un ecosistema completamente distinto, donde la épica no se hereda: se construye.

    Y esa construcción requiere tiempo, memoria colectiva, referentes históricos y una narrativa compartida que todavía no existe. El problema es que el club ha intentado acelerar ese proceso desde la estructura, sin que la cultura competitiva haya madurado al mismo ritmo.

    El segundo factor es identitario. El Real Madrid Femenino aún no tiene un estilo reconocible que lo sostenga en los momentos límite.

    No hay una forma clara de jugar que actúe como refugio cuando la presión aprieta. En las finales, cuando el partido entra en fases de caos, de tensión, de error mínimo, el equipo no se agarra a una identidad sólida, sino que fluctúa, se fragmenta, duda. Y en el fútbol de élite, dudar es perder.

    El tercer factor es psicológico. Las finales se juegan antes de saltar al campo. Y el Real Madrid Femenino llega a ellas con un lastre acumulado: la memoria de la Copa de la Reina de 2023, la derrota ante el Barcelona en la Supercopa de 2025, la caída en Castellón en 2026. Cada final perdida se convierte en una cicatriz que condiciona la siguiente. No es una cuestión de miedo, es una cuestión de carga emocional. El equipo no juega solo contra el rival; juega contra su propio pasado reciente.

    Existe también una dimensión estructural que rara vez se aborda con honestidad: el Real Madrid no ha decidido aún qué quiere ser en el fútbol femenino. Quiere competir, pero sin romper el mercado. Quiere ganar, pero sin asumir riesgos desproporcionados. Quiere crecer, pero sin acelerar procesos.

    Esa indefinición estratégica se traduce en un proyecto que avanza, sí, pero sin la contundencia que exige la élite. En un contexto donde otros clubes han entendido que el éxito requiere decisiones radicales, el Real Madrid ha optado por la evolución gradual y la evolución gradual rara vez gana finales.

    La comparación con el Fútbol Club Barcelona es inevitable, pero también injusta si se hace en términos puramente económicos. El Barcelona no solo ha invertido; ha construido una cultura, una identidad, una estructura formativa y una continuidad técnica que el Real Madrid no tiene.

    El Atlético de Madrid, por su parte, ha demostrado algo igual de valioso: saber competir en finales, incluso cuando no parte como favorito. El Real Madrid, en cambio, sigue siendo un equipo que llega a las finales, pero no las gobierna.

    La derrota en la Copa de la Reina de 2023 fue una oportunidad histórica perdida. Dos años y ocho meses después, sigue siendo el símbolo fundacional del fracaso competitivo del proyecto. La Supercopa de 2025 ante el Barcelona consolidó la jerarquía ajena. Castellón 2026 certificó que el problema no era circunstancial, sino estructural.

    Lo más grave no es perder. Lo verdaderamente grave es normalizar la derrota. Y el entorno del Real Madrid empieza, peligrosamente, a asumir que llegar a la final ya es suficiente.

    Ese es el umbral psicológico que separa a los grandes proyectos de los proyectos ganadores. Los equipos que ganan títulos no celebran finales; celebran trofeos. Los equipos que no los ganan convierten las finales en su techo simbólico.

    El Real Madrid vive exactamente ahí: en el techo de la final. Siempre cerca. Siempre presente. Siempre competitivo. Nunca campeón.

    La paradoja es cruel: el club que más títulos ha ganado en la historia del fútbol vive, en su sección femenina, la experiencia contraria. La espera. La frustración. La sensación de que el tiempo pasa y la historia no arranca. La idea de que el proyecto crece, pero el palmarés no.

    Y el tiempo, en el deporte de élite, no es neutro. Dos años y ocho meses pueden parecer poco en términos históricos, pero son una eternidad en términos deportivos cuando se encadenan finales perdidas. Cada temporada sin título refuerza la narrativa del “todavía no”. Cada derrota alimenta el relato del “algún día”. Y los proyectos que viven del “algún día” suelen quedarse atrapados en él.

    El Real Madrid Femenino no está lejos de ganar un título. Pero tampoco está cerca. Está en ese espacio intermedio que es el más peligroso de todos: el de los equipos que compiten sin dominar, que ilusionan sin culminar, que prometen sin concretar.

    Ese espacio donde se construyen las frustraciones largas, no las derrotas puntuales.

    Castellón 2026 no es solo una final perdida. Es un espejo. Y el reflejo es claro: mientras el club no transforme su cultura competitiva, su identidad futbolística y su ambición estructural, seguirá llegando a finales sin ganarlas. Seguirá acumulando relatos sin trofeos. Seguirá escribiendo historias sin finales felices.

    El Real Madrid no compite en el vacío; compite en un ecosistema global que ha cambiado radicalmente en menos de una década. Mientras que algunos clubes europeos han entendido que el éxito sostenido requiere paciencia estratégica, inversión inteligente y construcción cultural, el Madrid parece atrapado en un dilema moderno: quiere ganar rápido y a la vez construir lentamente. Esa tensión entre urgencia y planificación se traduce en finales que se pierden por detalles mínimos, en penaltis fallados, en goles encajados cuando la concentración debería ser absoluta. El talento está ahí: jugadoras de élite, internacionales consolidadas y promesas jóvenes que podrían ser decisivas en cualquier otro club. Sin embargo, el talento aislado nunca ha sido suficiente para ganar finales, y menos aún cuando el entorno psicológico y táctico no está alineado con la exigencia de la cita.

    La comparación con clubes de élite europeos revela aún más el reto del Real Madrid. En Inglaterra, el Chelsea y el Arsenal han invertido en continuidad de proyectos técnicos, en identidad de juego y en mentalidad de campeón, y sus resultados se reflejan en títulos nacionales e internacionales. En Alemania, el Wolfsburgo y el Bayern Múnich construyen estructuras que combinan cantera, plantilla profesional y estabilidad de entrenador, generando equipos capaces de decidir partidos con autoridad. En Francia, el Lyon ha consolidado una cultura de victoria que va mucho más allá de la individualidad de sus futbolistas. Frente a estos modelos, el Real Madrid Femenino aún parece un proyecto en construcción: llega a finales, pelea, emociona, pero no domina ni impone. Y en el fútbol femenino de élite, no dominar es perder.

    Cada derrota reciente del Real Madrid se convierte, además, en una lección que debe ser interpretada con rigor, y sin embargo el patrón se repite.

    La Copa de la Reina de 2023 ante el Atlético de Madrid, la Supercopa de España 2025 contra el Barcelona y la Supercopa 2026 en Castellón contra un rival que supo imponerse con claridad muestran una constante: el Madrid llega con capacidad, con ilusión y con recursos, pero no consigue traducir esa ventaja relativa en resultado. En cada uno de estos partidos, el problema no fue técnico, sino estratégico y psicológico: cómo sostener la ventaja, cómo gestionar la presión, cómo imponer una narrativa propia en un contexto donde todos los elementos externos —afición, rival, historia— presionan simultáneamente.

    La psicología de las finales es otro factor clave. Los equipos campeones internalizan que una final no se juega únicamente en el campo, sino también en la mente. Cada pase, cada balón dividido, cada decisión arbitral es un examen, y solo los que dominan la dimensión emocional logran convertir esa presión en ventaja. El Real Madrid Femenino, hasta ahora, ha mostrado fragilidad en esa área. Los penaltis fallados ante el Atlético en 2023, el colapso parcial frente al Barcelona en 2025 y la incapacidad de controlar Castellón 2026 son síntomas de que el aprendizaje no se ha consolidado. Dos años y ocho meses después de la primera final perdida, el club sigue pagando el precio de la presión acumulada y la falta de mentalidad ganadora instalada en su ADN competitivo.

    Pero no todo es desesperanza. La evidencia de que el talento existe, de que la plantilla tiene calidad, de que la estructura está en crecimiento, indica que el Real Madrid Femenino aún puede reescribir su historia. La clave será transformar estas lecciones dolorosas en cambios profundos: consolidar una identidad futbolística clara que sea innegociable en los momentos de tensión, asumir decisiones de mercado valientes que refuercen la jerarquía dentro del equipo, y construir una cultura que enseñe a ganar cuando importa. Hasta ahora, cada final perdida ha sido un espejo que refleja lo que falta; la oportunidad de futuro será convertir ese espejo en una guía.

    El desafío de transformar potencial en títulos es también un desafío de narrativa. Mientras el entorno mediático y los aficionados recuerden solo las finales perdidas, la presión sobre el equipo se intensifica. La sección femenina del Real Madrid no solo compite por trofeos; compite por redefinir lo que significa portar el escudo en un contexto donde la historia reciente no le sonríe. Cada partido decisivo se convierte en una prueba de identidad, en un examen de capacidad para trascender la frustración histórica. Y esa es, quizás, la prueba más difícil de todas: ganar no solo a rivales, sino también al peso simbólico de la propia historia del club.

    Castellón 2026 confirma que el reto no es solo técnico. El 2-0 ante un rival que impuso su narrativa demuestra que el Madrid todavía carece de consistencia en los momentos decisivos.

    La memoria de las derrotas pasadas pesa más que la energía de las nuevas oportunidades, y la presión acumulada puede bloquear incluso el talento más evidente. Los dos años y ocho meses transcurridos desde la final de la Copa de la Reina de 2023 han servido para acumular experiencia, pero no para consolidar un proyecto ganador. Cada nueva temporada ofrece la posibilidad de redimir esas derrotas, pero el tiempo no se detiene; la historia continúa escribiéndose y la espera se convierte en un elemento definitorio de la narrativa del club.

    La transformación necesaria es profunda. No basta con cambiar jugadoras o entrenadores; se requiere una redefinición estratégica que combine inversión, identidad, cultura y psicología. Ganar títulos exige más que talento individual; exige un engranaje colectivo que funcione incluso bajo presión extrema. Hasta que eso ocurra, el Real Madrid Femenino seguirá siendo un gigante atrapado en la frontera entre competir y ganar, entre soñar y levantar un trofeo.

    El relato del Real Madrid Femenino es la historia de un club que no sabe cómo cerrar finales, que acumula penaltis fallados, goles encajados y oportunidades desperdiciadas. Dos años y ocho meses después de la final de la Copa de la Reina de 2023, la narrativa sigue siendo dolorosamente la misma: llega, pelea, emociona, pero no gana. La sección femenina ha alcanzado alturas en cuanto a visibilidad, profesionalización y talento, pero la esencia de la victoria sigue escapando, recordando a todos que en el fútbol femenino de élite, competir no es suficiente. Ganar es la única medida definitiva.

    Mientras los líderes del club, las jugadoras y los entrenadores analicen estas derrotas, el verdadero desafío será no repetir los errores de la historia reciente. Castellón 2026 debe ser leído no solo como un marcador adverso, sino como un llamado urgente a la transformación. El Real Madrid Femenino tiene todo para cambiar su destino, pero el tiempo corre y la paciencia del escudo no es infinita. Cada nueva final es una oportunidad para reescribir la historia, y el club deberá decidir si aprende de las derrotas o sigue atrapado en la narrativa de la espera eterna.
    proyecto incompleto por casualidad; su estructura y evolución reflejan las complejidades de un club que intenta crecer rápidamente en un ecosistema ya maduro.

    Mientras otros clubes europeos han construido secciones femeninas con décadas de identidad y éxito acumulado, el Madrid ha iniciado su camino hace relativamente poco tiempo, incorporando al equipo del Club Deportivo Tacón en 2020 y elevándolo al estatus de primer equipo bajo el escudo más reconocido del mundo.

    Esa incorporación fue estratégica y necesaria, pero implicó asumir un proyecto en construcción, con carencias de cultura interna y de continuidad táctica que solo pueden corregirse a largo plazo. La paradoja es que, pese a todo el talento individual y a los recursos disponibles, los resultados no se reflejan en títulos: la memoria de las finales perdidas, la presión mediática y la comparación constante con los rivales consolidan un patrón que parece perpetuarse.

    La cantera, que en otros clubes actúa como base de identidad y sostenibilidad, aún no ha dado frutos decisivos en el Real Madrid Femenino.

    La sección juvenil tiene talento, pero la integración de jugadoras jóvenes en momentos de máxima exigencia es limitada y no siempre acompañada de un proceso de maduración que permita sostener la presión de finales. En clubes como Lyon, Wolfsburgo o Chelsea, la transición entre categorías inferiores y primer equipo está perfectamente estructurada: las jugadoras crecen con la cultura de la victoria incorporada, con una mentalidad competitiva que no se fractura en los momentos decisivos. En el Real Madrid, en cambio, la cantera aún no ha generado líderes capaces de asumir la responsabilidad en finales, y la sección femenina depende en exceso de la experiencia de fichajes externos.

    Esa dependencia crea desequilibrios en la identidad del equipo: talento, sí, pero cohesión limitada, liderazgo emergente sin consolidar y una narrativa colectiva que todavía no domina los momentos críticos.

    La comparación europea es demoledora en términos de estrategia y resultados. En Inglaterra, Chelsea, Arsenal y Manchester City han construido proyectos sostenibles, con entrenadores que permanecen años, con plantillas reforzadas con precisión y con academias que funcionan como motores de identidad y competitividad.

    En Alemania, Wolfsburgo y Bayern de Múnich combinan experiencia, juventud y continuidad táctica para garantizar que cada final no sea una sorpresa, sino un escenario donde la planificación se traduce en victoria. En Francia, el Lyon ha demostrado que la cultura de éxito no depende únicamente del talento, sino de un proyecto integral que controla todos los elementos del club: planificación, cantera, fichajes, mentalidad y estilo de juego. Frente a estos ejemplos, el Real Madrid Femenino sigue siendo un proyecto en crecimiento: capaz de llegar a finales, pero aún incapaz de dominarlas y de consolidarse como vencedor.

    Las finales perdidas se han convertido en un patrón claro. La Copa de la Reina 2023 frente al Atlético de Madrid mostró que el Madrid tiene capacidad para competir, pero no para controlar la narrativa del partido. Los penaltis fallados no fueron un accidente; fueron consecuencia de una preparación psicológica insuficiente y de una incapacidad para asumir la presión máxima. La Supercopa de España 2025 frente al Barcelona evidenció lo mismo: talento y esfuerzo, sí, pero falta de control, de liderazgo y de identidad táctica para sostener la ventaja.

    Y Castellón 2026 confirmó la tendencia: 0-2 frente a un rival sólido, capaz de imponer su narrativa, mientras el Madrid volvía a quedar atrapado en la dinámica de reacción en lugar de acción. Dos años y ocho meses después de la primera gran final perdida, el patrón sigue intacto.

    (Fuente: CSD)

    El aspecto psicológico es clave. Las jugadoras del Real Madrid Femenino no solo juegan contra rivales, sino contra la memoria de derrotas recientes. Cada penalti fallado, cada partido perdido en los últimos minutos, cada final en la que el título se escapa alimenta un peso emocional que condiciona la actuación. Los equipos campeones no solo dominan en el campo; dominan la mente. Cada pase, cada decisión, cada acción está permeada por la convicción de que el resultado se puede controlar. El Madrid aún carece de esa fortaleza mental colectiva, y mientras no la desarrolle, las finales seguirán siendo obstáculos insalvables.

    Pero no todo es desesperanza. La plantilla tiene potencial, la estructura está creciendo, los recursos son abundantes y la visibilidad del proyecto es máxima. Esto significa que la posibilidad de cambiar la narrativa existe. Para lograrlo, el club debe consolidar un estilo de juego claro, asumir decisiones estratégicas audaces en el mercado, reforzar el liderazgo interno y, sobre todo, entrenar la resiliencia mental de sus jugadoras para que los partidos decisivos dejen de ser una carga emocional. La historia reciente —Copa de la Reina 2023, Supercopa 2025, Castellón 2026— debe servir como espejo y como guía, no como condena.

    El tiempo sigue corriendo, y los dos años y ocho meses transcurridos desde la final de 2023 son un recordatorio de que la espera ya no puede prolongarse indefinidamente. Cada nueva final será, inevitablemente, comparada con las derrotas anteriores. Cada oportunidad perdida refuerza la narrativa del “todavía no” y de la eterna espera de un título que confirme que el proyecto ha alcanzado la madurez necesaria. Pero cada nueva oportunidad también es un reto, un examen de aprendizaje y de capacidad de transformación. Castellón 2026, con su derrota por 0-2, no debe ser un final; debe ser un punto de inflexión.

    El Real Madrid Femenino está en un momento de bifurcación histórica. Puede seguir acumulando finales perdidas y perpetuar la narrativa de la espera, o puede transformar el dolor de la derrota en motor de cambio. La clave está en consolidar un proyecto integral: identidad de juego, planificación estratégica, mentalidad de campeón, liderazgo interno y gestión eficaz de la cantera. Hasta que eso ocurra, el patrón seguirá repitiéndose: llegar a finales, emocionar, luchar, y no ganar. La historia reciente demuestra que el talento y la inversión no son suficientes. La victoria requiere algo más profundo: cultura, coherencia y resiliencia.

    El relato del Real Madrid Femenino es, por tanto, la historia de un gigante que aún no ha aprendido a cerrar finales, que acumula frustraciones en lugar de títulos, y que se enfrenta a un reto histórico: transformar el potencial en éxito tangible. Dos años y ocho meses después de la Copa de la Reina 2023, las finales siguen llegando y las oportunidades continúan, pero la lección es clara: solo un proyecto integral, audaz y decidido podrá romper la maldición de la espera y convertir al Real Madrid Femenino en un club campeón. Cada partido decisivo es una oportunidad de redención, y el tiempo corre con implacable exigencia.

    La historia del Real Madrid Femenino en finales recientes no se entiende sin analizar a sus rivales, porque cada derrota refleja no solo limitaciones propias, sino la capacidad de los adversarios para imponerse con claridad. En la Copa de la Reina 2023, el Atlético de Madrid no fue un rival cualquiera: su experiencia en finales y su capacidad para gestionar la presión convirtió la tanda de penaltis en un desafío psicológico imposible de superar para el Madrid. Los números hablan por sí mismos: el Real Madrid falló dos penaltis cruciales —Olga Carmona y Teresa Abelleira— mientras que Lola Gallardo, portera atlética, detuvo dos de los tres lanzamientos, construyendo la base de una victoria épica para su club. Esa final marcó un punto de inflexión: el Madrid había competido, había dominado fases del juego, pero cuando la tensión alcanzó su punto máximo, el resultado se decidió fuera del campo de juego, en la mente y en los nervios de las jugadoras.

    La Supercopa de España 2025 frente al Barcelona consolidó un patrón diferente pero igualmente doloroso. El Barcelona no solo contaba con una plantilla de élite y con experiencia acumulada en competiciones internacionales, sino que su identidad futbolística estaba claramente definida: presión alta, juego colectivo, aprovechamiento de los espacios y control emocional en los momentos decisivos. El Real Madrid, por el contrario, mostró fases de brillantez individual, pero careció de consistencia táctica y mental, dejando que la narrativa del partido fuera dictada por el rival. El resultado no fue un accidente: fue la consecuencia de la incapacidad de sostener ventajas, de controlar la ansiedad y de imponer un plan que resistiera la presión de la final.

    Castellón 2026, con la derrota por 0-2, confirmó la tendencia. A diferencia de la Copa de 2023, esta vez el partido no llegó a la tanda de penaltis; el resultado fue más concluyente, reflejo de un equipo rival que supo imponer su juego y aprovechar los errores del Madrid. Este marcador evidencia algo crucial: el problema del Real Madrid no es solo la presión de los momentos críticos, sino también la falta de capacidad para sostener la intensidad, la concentración y la organización durante todo el partido. Dos años y ocho meses después de aquella primera final perdida, el patrón sigue siendo el mismo: talento, recursos y oportunidades, pero incapacidad para convertirlos en trofeos.

    Los penaltis fallados se convierten en un símbolo de esta fragilidad. Cada lanzamiento errado es una metáfora de la tensión acumulada, del aprendizaje incompleto y de la presión histórica que pesa sobre el club. No se trata de casualidad ni de mala suerte: los penaltis reflejan preparación, carácter y mentalidad competitiva, y en este terreno, el Madrid ha mostrado vulnerabilidad repetida.

    La lectura estratégica de esos errores podría transformar la narrativa si se aplican cambios concretos: entrenamiento psicológico intensivo, refuerzo de liderazgo en el vestuario, y simulación de situaciones de máxima presión durante la temporada. Sin intervención decidida, las finales futuras podrían seguir reproduciendo la misma secuencia dolorosa.

    En cuanto a la proyección de títulos, el panorama es mixto pero con oportunidades claras. El Real Madrid Femenino tiene recursos financieros, visibilidad y acceso a talento de primer nivel.

    La clave será convertir esas ventajas en coherencia competitiva. Si el club consolida un proyecto estratégico integral, define su identidad de juego y fortalece la resiliencia psicológica de sus jugadoras, es posible proyectar que en los próximos tres a cinco años pueda romper el patrón de finales perdidas y conquistar su primer gran título. Pero la ventana de oportunidad no es infinita: la competencia europea y nacional sigue creciendo, y cada año sin título aumenta la presión y complica la gestión de expectativas internas y externas.

    Más allá de las estadísticas y los resultados, existe un componente cultural que condiciona al Real Madrid Femenino: la comparación constante con la sección masculina, que ha ganado todo lo imaginable. Esa presión simbólica es un arma de doble filo.

    Por un lado, inspira y da recursos; por otro, genera expectativas que el proyecto femenino aún no puede cumplir de manera sostenida. Dos años y ocho meses después de la Copa de 2023, el Madrid sigue siendo un gigante que impresiona, que emociona, pero que no levanta trofeos. Cada final perdida refuerza esta narrativa y aumenta la urgencia de una transformación profunda y sostenida.

    El desafío estratégico es claro: consolidar un estilo de juego definido, garantizar continuidad técnica en el cuerpo técnico, formar líderes en la plantilla, integrar la cantera de manera efectiva y entrenar la resiliencia psicológica para que los momentos de máxima presión no se conviertan en un muro insalvable.

    Castellón 2026 debe leerse no como un fracaso aislado, sino como un llamado a la acción urgente. La narrativa de la espera eterna solo terminará cuando estos cambios se materialicen y el Real Madrid Femenino logre no solo competir, sino ganar cuando importa.

    En la perspectiva europea, la sección femenina del Madrid todavía está en una fase de consolidación. Comparado con rivales como Barcelona, Lyon, Wolfsburgo o Chelsea, el proyecto es joven, pero tiene todos los recursos para crecer. La pregunta es si la dirección del club y las jugadoras sabrán internalizar las lecciones de finales recientes y traducirlas en victorias tangibles. Cada nueva final será un examen, cada derrota un espejo de lo que falta, y cada oportunidad ganada un cambio radical en la narrativa histórica del club.

    La historia reciente demuestra que el talento y los recursos no bastan; ganar títulos exige coherencia, cultura competitiva, liderazgo y fortaleza mental. El Real Madrid Femenino lo tiene todo para transformar su historia, pero el tiempo corre, la competencia aumenta y la espera ya es larga. Dos años y ocho meses después de aquella Copa de la Reina de 2023, la narrativa se mantiene, pero la oportunidad de cambio es tangible y urgente. Solo un proyecto integral, decidido y bien ejecutado puede romper el patrón de finales perdidas y convertir al Real Madrid Femenino en un club campeón, capaz de transformar la ilusión en trofeos y la espera en victoria.

    El Real Madrid Femenino sigue siendo un gigante con pies de barro, un club que ha alcanzado la élite, que emociona y que compite como pocos, pero que aún no ha aprendido a levantar un trofeo cuando todo está en juego. Dos años y ocho meses después de aquella final de la Copa de la Reina de 2023 ante el Atlético de Madrid, la historia reciente —Supercopa de España 2025 ante el Barcelona, Supercopa 2026 en Castellón— confirma un patrón doloroso: finales alcanzadas, oportunidades desaprovechadas, ilusión que no se traduce en títulos. Cada derrota refleja no solo fallos tácticos o errores individuales, sino la falta de consolidación de un proyecto integral que combine identidad, liderazgo, resiliencia y cultura de victoria.

    Pero la grandeza del Real Madrid no se mide solo por los trofeos, sino por la capacidad de aprender del fracaso, de transformar la presión en determinación y de convertir la historia de la espera en una narrativa de conquista. La sección femenina tiene todas las herramientas para romper el patrón: talento, recursos, visibilidad y la motivación de un escudo que no permite mediocridad. El desafío es monumental, porque ganar no es un accidente ni una casualidad; es el resultado de coherencia, estrategia, mentalidad y capacidad de imponer tu narrativa incluso bajo la máxima presión.

    El tiempo sigue corriendo, y cada nueva final será una prueba de todo lo aprendido. Castellón 2026 es un recordatorio de lo que falta, no un epitafio. La pregunta ya no es si el Real Madrid Femenino puede ganar, sino cuándo logrará transformar la ilusión y el potencial en títulos que queden para la historia. Porque el club tiene la obligación histórica y simbólica de convertir la espera en victoria, de demostrar que incluso los gigantes pueden aprender a sostenerse en la cima, de que la gloria no es solo un recuerdo del pasado masculino, sino un horizonte alcanzable en femenino.

    Y cuando eso ocurra, cada derrota, cada penalti fallado y cada final perdida dejará de ser una cicatriz y se convertirá en la antesala de la grandeza definitiva.

    El Real Madrid Femenino está a un paso de la transformación; depende de su capacidad para aprender de la historia, para consolidar su proyecto y para convertir la épica en trofeos. Dos años y ocho meses después de aquel 27 de mayo de 2023, la espera continúa, pero la esperanza nunca ha sido más tangible.

    La victoria, finalmente, aguarda al gigante que ha aprendido a levantarse de cada caída, pues por todos es sabido que Florentino Pérez prometió abrir el Estadio Santiago Bernabéu cuando su sección femenina conquiste un trofeo

  • La crónica | El Barcelona retiene la Supercopa

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ Las azulgranas se impusieron por 2-0 al Real Madrid CF en la final de la Supercopa de España, que se disputó en el estadio de Castalia, en Castellón. Los goles de Esmee Brugts y de Alexia Putellas, de penalti, decidieron el encuentro. La presidenta de Liga F Moeve, Beatriz Álvarez, estuvo presente en el palco.

    La previa |

    (Fuente: RTVE)

    La Supercopa de España vuelve a citarse con la historia en un escenario que ya no admite medias tintas ni discursos tibios. Cuando FC Barcelona y Real Madrid se encuentran en una final, y más aún cuando lo hacen con un título en juego, el fútbol femenino español deja de ser únicamente competición para convertirse en relato, en símbolo y en espejo de una evolución que ha transformado el mapa del deporte en la última década. Esta final no es una más. No puede serlo. No lo es por el contexto, no lo es por las ausencias, no lo es por el momento de ambos proyectos y, sobre todo, no lo es porque llega cargada de memoria reciente, de cuentas pendientes y de una sensación inequívoca: lo que ocurra sobre el césped tendrá un eco que irá mucho más allá de los noventa minutos.

    El FC Barcelona afronta esta final con la posibilidad de conquistar su quinta Supercopa de España de manera consecutiva —2020, 2022, 2023, 2024 y 2025—, una secuencia que no solo engrosaría su palmarés, sino que reforzaría una hegemonía ya incuestionable y que le ha permitido convertirse en la gran referencia histórica de la competición. No se trata únicamente de números, de títulos o de estadísticas acumuladas; se trata de una forma de estar, de competir y de entender las finales como un territorio propio. El Barça llega a esta cita sabiendo que es el rival a batir, el espejo en el que todos se miran y el listón que obliga al resto a crecer. Y esa condición, lejos de relajar, exige una versión aún más elevada, porque cada partido decisivo se convierte en una defensa del legado.

    Sin embargo, el camino hacia esta final no ha sido plácido ni exento de contratiempos. Pere Romeu, entrenador azulgrana, no podrá contar con Aitana Bonmatí, una ausencia que trasciende lo meramente futbolístico y que afecta al corazón mismo del juego del Barça. Aitana no es solo talento, es ritmo, pausa, lectura y liderazgo silencioso. Su lesión obliga a replantear matices, a redistribuir responsabilidades y a confiar en una estructura colectiva que, precisamente, se ha construido para resistir incluso la falta de sus pilares más reconocibles. A esta baja se suma la de Kika Nazareth, expulsada con roja directa en el encuentro de semifinales, una circunstancia que añade un componente emocional a la previa y que priva al equipo de una futbolista capaz de romper partidos desde la creatividad y la energía.

    Pese a todo, el mensaje del vestuario azulgrana ha sido claro desde el primer momento. Tras certificar el pase a la final, Pere Romeu no rehuyó el peso simbólico del enfrentamiento y verbalizó lo que flota en el ambiente cada vez que aparece el Real Madrid al otro lado del campo: “Jugar y ganar una final al Real Madrid es muy motivante porque es un equipo que siempre nos exige dar una versión muy buena de nosotras. Creo que será una grandísima final e intentaremos llevar la Supercopa a casa”. No hay arrogancia en sus palabras, pero tampoco falsa modestia. Hay conciencia del desafío y respeto por un rival que, con el paso del tiempo, ha aprendido a mirar al Barça no solo desde la aspiración, sino desde la convicción de que es posible competirle.

    Porque si esta final tiene una narrativa distinta a otras es, precisamente, por el crecimiento sostenido del Real Madrid. El conjunto blanco afronta su tercera final, la segunda en la Supercopa de España, con un objetivo tan claro como histórico: inaugurar su palmarés. Para una entidad acostumbrada a ganar, a convertir los títulos en costumbre, este punto de partida en el fútbol femenino tiene una carga simbólica enorme. No se trata únicamente de levantar un trofeo; se trata de abrir una puerta, de romper un techo psicológico y de demostrar que el proyecto está preparado para dar el salto definitivo.

    El Real Madrid llega a esta final con la memoria reciente como aliada. La temporada pasada, en el encuentro liguero disputado en el Lluís Companys, las blancas lograron una victoria tan inesperada como contundente, un 1-3 que supuso un golpe sobre la mesa y que cambió la percepción de muchos sobre la distancia real entre ambos equipos. Aquella noche no fue solo una victoria; fue una declaración de intenciones, una demostración de que el Barça, incluso en su mejor versión histórica, puede ser vulnerado si el rival ejecuta el plan con precisión quirúrgica, valentía y convicción.

    Ese recuerdo planea sobre esta final como una sombra estimulante para unas y como una advertencia para otras. El Barça sabe que el Real Madrid ya ha demostrado que puede ganarle. El Real Madrid sabe que puede volver a hacerlo. Y esa certeza compartida eleva la tensión competitiva a un nivel superior, porque elimina el factor sorpresa y obliga a ambos cuerpos técnicos a afinar cada detalle.

    En el banquillo blanco, Pau Quesada no podrá contar con dos ausencias ya conocidas y sensibles: Frohms y Tere Abelleira. Dos bajas que afectan tanto a la estructura defensiva como al equilibrio del centro del campo y que condicionan los automatismos de un equipo que ha ido encontrando su identidad desde la solidez y el control de los tempos. A ello se suma una circunstancia poco habitual pero significativa: tras la victoria en semifinales, fue Antonio Rodríguez quien ejerció de entrenador debido a la baja de Pau Quesada por motivos personales. Su discurso, lejos de la euforia, reflejó la mentalidad con la que el Real Madrid quiere afrontar este tipo de citas: “Es una competición muy corta, muy rápida, planteas 90 minutos, con penaltis. Ahora hay que descansar, pero yo estoy pensando desde ya en la final”.

    Esa frase resume a la perfección el espíritu de esta Supercopa. No hay margen para la especulación, no hay tiempo para corregir errores en jornadas posteriores. Todo se decide en un partido, o incluso en una tanda de penaltis, y eso convierte cada acción en definitiva. Cada duelo individual, cada transición, cada balón parado puede inclinar la balanza. En ese contexto, la gestión emocional adquiere una importancia capital, y ahí el Barça parte con la ventaja de la experiencia acumulada, mientras que el Real Madrid se aferra al hambre y a la sensación de estar ante una oportunidad irrepetible.

    La final se presenta, además, como un choque de estilos que ya no son antagónicos, sino evolutivos. El FC Barcelona sigue siendo fiel a una identidad basada en la posesión, en la presión alta y en la ocupación racional de los espacios, pero ha aprendido a convivir con escenarios más abiertos y a resolver partidos desde la madurez. El Real Madrid, por su parte, ha dejado atrás la etiqueta de equipo reactivo para convertirse en un conjunto capaz de dominar fases del juego, de alternar registros y de castigar con eficacia cuando encuentra grietas en el sistema rival.

    Todo ello convierte esta final en un acontecimiento que trasciende la propia Supercopa. Es un termómetro del momento actual del fútbol femenino español, una fotografía de dos proyectos que representan polos distintos pero cada vez más cercanos, y una oportunidad para seguir construyendo una rivalidad que ya no necesita justificaciones externas para ser considerada un clásico.

    Aquí no hay únicamente un título en juego. Hay reputación, memoria, futuro y un mensaje que quedará grabado en la temporada. El Barça persigue la continuidad de una era dorada, la confirmación de que su dominio no es circunstancial sino estructural. El Real Madrid busca el punto de inflexión, el día en que todo cambie y en que la palabra “todavía” deje de acompañar a su palmarés.

    Cuando el balón eche a rodar, todo lo anterior quedará suspendido durante noventa minutos —o los que sean necesarios—, pero nada desaparecerá del todo. Porque esta final ya se ha empezado a jugar mucho antes del pitido inicial, en la cabeza de las futbolistas, en la planificación de los entrenadores y en la expectativa de un público que sabe que está a punto de presenciar algo más que un partido. Está a punto de asistir a un nuevo capítulo de una historia que se escribe, precisamente, en noches como esta.

    La continuidad de esta previa exige adentrarse todavía más en las capas que sostienen este enfrentamiento, porque una final entre FC Barcelona y Real Madrid no se explica únicamente desde la coyuntura inmediata ni desde la alineación del día del partido. Se explica desde un proceso histórico reciente, desde una rivalidad que ha ido construyéndose casi a contrarreloj y desde la necesidad mutua de ambos clubes de legitimarse en el presente y proyectarse hacia el futuro del fútbol femenino europeo.

    El FC Barcelona llega a esta final con la serenidad de quien ha transitado este camino en innumerables ocasiones, pero también con la presión inherente a quien sabe que cada título ya no se celebra únicamente como una conquista, sino como una obligación. El barcelonismo femenino ha normalizado la excelencia hasta el punto de que cualquier desenlace que no sea levantar el trofeo se percibe como una anomalía. Esa normalización es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y el mayor riesgo del proyecto. Fortalecimiento, porque dota al equipo de una mentalidad ganadora inquebrantable; riesgo, porque cualquier fisura es amplificada por el contexto y por la expectativa externa.

    En este escenario, la ausencia de Aitana Bonmatí adquiere una dimensión casi simbólica. No es habitual que el Barça afronte una final de esta magnitud sin una de sus grandes referencias, y eso obliga a reinterpretar el relato. Ya no se trata solo de demostrar superioridad futbolística, sino de exhibir profundidad de plantilla, capacidad de adaptación y madurez competitiva. El mensaje implícito es claro: el FC Barcelona no depende de una sola futbolista, por determinante que sea, sino de una estructura colectiva que se ha ido puliendo durante años de exigencia máxima.

    Pere Romeu, en este sentido, representa una figura clave. Su gestión del grupo ha estado marcada por la continuidad de una idea heredada, pero también por la introducción de matices que buscan sostener el rendimiento en contextos cada vez más complejos. Esta final es, también, una prueba para su liderazgo en el banquillo azulgrana, porque las grandes finales no se deciden únicamente desde la pizarra, sino desde la capacidad de transmitir calma, convicción y claridad en los momentos de mayor tensión.

    El Real Madrid, en cambio, se presenta en esta cita desde un lugar emocional radicalmente distinto. Cada final disputada hasta ahora ha sido una experiencia de aprendizaje, una acumulación de frustraciones contenidas y de sensaciones a medio camino entre el orgullo por haber llegado y la decepción por no haber culminado. Esa mochila pesa, pero también empuja. Porque inaugurar el palmarés no es solo una meta deportiva; es un acto fundacional. Es el momento en que el proyecto deja de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

    El recuerdo del triunfo en el Lluís Companys sigue funcionando como un anclaje psicológico poderoso. Aquella victoria no fue fruto del azar ni de un contexto excepcional, sino de un plan ejecutado con una precisión que sorprendió incluso a quienes mejor conocían al equipo blanco. Desde entonces, cada enfrentamiento con el Barça se afronta desde una lógica distinta: ya no se trata de resistir y esperar, sino de competir de tú a tú, de asumir riesgos y de creer en la propia capacidad para decidir el partido.

    Las bajas de Frohms y Tere Abelleira, sin embargo, introducen un elemento de incertidumbre que obliga al Real Madrid a reinventarse parcialmente. Frohms aporta seguridad bajo palos y experiencia en escenarios de máxima exigencia, mientras que Tere Abelleira es una pieza fundamental en la organización del juego, en la salida de balón y en la lectura táctica. Su ausencia obliga a redistribuir roles y a confiar en alternativas que, aunque preparadas, deberán demostrar su temple en una final de este calibre.

    El papel de Antonio Rodríguez en la semifinal, sustituyendo circunstancialmente a Pau Quesada, dejó una imagen significativa del espíritu del equipo. Su discurso fue el de alguien consciente de la excepcionalidad del momento, pero también de la necesidad de mantener los pies en el suelo. En una competición tan corta, tan concentrada, cada decisión adquiere un valor exponencial. No hay tiempo para reconstruirse tras un error; solo para reaccionar con rapidez y determinación.

    Esta final se mueve, además, en un terreno simbólico especialmente delicado. El Clásico femenino ha pasado en pocos años de ser una promesa a convertirse en una realidad consolidada, con audiencias, impacto mediático y una carga emocional comparable a la del fútbol masculino. Cada enfrentamiento alimenta una narrativa que ya no necesita ser justificada desde la comparación, sino que se sostiene por sí misma. Y en ese contexto, la Supercopa actúa como un escaparate privilegiado, un escenario donde el fútbol femenino español se presenta ante el mundo como un producto maduro, competitivo y profundamente atractivo.

    Desde el punto de vista táctico, el partido se anticipa como un duelo de ajustes constantes. El Barça buscará imponer su habitual dominio territorial, pero deberá hacerlo con especial cuidado en las transiciones defensivas, consciente de que el Real Madrid ha demostrado ser letal cuando encuentra espacios a la espalda de la presión. La gestión de los tiempos será clave: saber cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo asumir que el partido exige pragmatismo.

    El Real Madrid, por su parte, intentará repetir la fórmula que ya le dio éxito, pero con la dificultad añadida de que el factor sorpresa ha desaparecido.

    El Barça espera un rival valiente, agresivo y dispuesto a disputar la posesión. Eso obliga a las blancas a ser todavía más precisas, a minimizar errores no forzados y a aprovechar cada oportunidad con una eficacia casi quirúrgica.

    En el trasfondo de todo ello late una pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos intuyen: ¿estamos ante una final que puede marcar un antes y un después? Para el FC Barcelona, ganar supondría reafirmar una hegemonía que ya roza lo legendario y enviar un mensaje inequívoco de continuidad. Para el Real Madrid, levantar el trofeo significaría romper una barrera psicológica y abrir una nueva etapa en su historia reciente.

    El fútbol, en su esencia, se alimenta de estos momentos liminares, de estas fronteras entre lo que ha sido y lo que puede llegar a ser. Esta final de la Supercopa no es solo un partido; es un punto de inflexión potencial, un espacio donde el relato puede bifurcarse y donde cada gesto, cada decisión y cada gol tendrá un peso específico en la memoria colectiva.

    A medida que se acerca el pitido inicial, la sensación de inevitabilidad crece. Todo está dispuesto para que el escenario, los protagonistas y la historia confluyan en un mismo punto. El balón será el juez último, pero el contexto ya ha hecho su trabajo: ha cargado de significado cada metro del campo, cada camiseta y cada mirada cómplice entre compañeras.

    La Supercopa espera, el Clásico se prepara y el fútbol femenino español contiene la respiración, consciente de que, pase lo que pase, esta final no será una más. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en épica.

    (Fuente: RFEF)

    La final bajo la lupa |

    (Fuente: RFEF)

    🔜 NEXT GAME

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

    Los onces |

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    La gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 echó a andar en Castellón con todos los focos apuntando a un clásico de máxima exigencia entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid, dos proyectos consolidados, dos estilos reconocibles y dos onces de altísimo nivel que reflejaron, desde el primer minuto, la magnitud del escenario.

    El Barcelona, fiel a su identidad dominante y a la continuidad de su bloque campeón, compareció con Cata Coll bajo palos; línea defensiva para Ona Batlle, Paredes, María León y Brugts; en la sala de máquinas, el control y la pausa de Patri Guijarro junto a Vicky López, con Aitana Bonmatí como faro creativo; y en ataque, la movilidad de Graham Hansen, el desequilibrio de Clàudia Pina y el liderazgo de Alexia Putellas, capitana y referencia emocional del equipo de Pere Romeu.

    Enfrente, el Real Madrid respondió con una alineación diseñada para competir desde la solidez y el talento individual. Misa Rodríguez, capitana, defendió la portería; defensa para Athenea del Castillo, Sara Dábriz, Weir y Yasmim; en el centro del campo, músculo y criterio con Maite Oroz Méndez y Filippa Angeldahl; por delante, la energía de Linda Caicedo y Eva Navarro, con Caroline Weir y Feller como amenazas constantes, bajo la dirección de Pau Quesada.

    Así arrancó una final llamada a marcar época, con dos onces que explicaban por sí solos por qué la Supercopa de España Iberdrola es ya uno de los grandes escaparates del fútbol femenino europeo.

    Tras eliminar al Athletic Club y al Atlético de Madrid respectivamente, el FC Barcelona y el Real Madrid CF saltaron al terreno de juego del estadio de Castalia con la idea de conseguir llevarse la Supercopa de España.

    Antes del inicio del choque se guardó un emotivo minuto de silencio en memoria de las víctimas de los accidentes ferroviarios. Linda Caicedo no tardó en animarse en busca del gol, pero el conjunto culé intentó tener pronto el dominio del balón. La más clara llegó a los veinte minutos de juego, con un zapatazo de Vicky López desde fuera del área que sacó Misa Rodríguez con una buena mano abajo. Precisamente, tras ese saque de esquina llegó el primer tanto del duelo. Un córner botado por Mapi León lo peinó Esmee Brugts desde el primer palo para abrir el marcador con el 10 en el minuto 28 para acabar con una resistencia blanca que apunto estuvo de salir bien rumbo a la media hora.

    Las azulgranas lo siguieron intentando, pero Misa sacó un remate de Patri Guijarro, que fue la MVP del duelo. En campo contrario, el conjunto blanco pidió una posible falta de Linda Caicedo, que la colegiada no otorgó tras la revisión. Ewa Pajor tuvo la última de la primera mitad con un testarazo que se perdió arriba.

    Tras el paso por vestuarios, las madridistas intentaron dar un paso hacia delante. Athenea tuvo el empate, pero Cata Coll salvó el gol con una gran parada. Aunque la más clara para las culé llegó cerca de la media hora de juego. Ewa Pajor se plantó sola ante Misa, pero la canaria sacó un gran mano. El rechace le cayó a Graham, pero el cabezazo de la extremo noruega se estrelló en el larguero. La guardameta canaria también atrapó en dos tiempos un potente disparo de Ona Batlle desde fuera del área. 

    Fue el Real Madrid el que dio un paso adelante en busca del empate y estuvo muy cerca de lograrlo Primero, con Ona Batlle cortando de forma salvadora un centro que ya esperaba Linda Caicedo en boca de gol. Y después, con un lanzamiento desde la frontal de Däbritz que rozó la parte superior del travesaño para ponerle emoción a la final.

    Linda Caicedo a la banda izquierda y su equipo lo agradeció, comenzando con buen pie tras la pausa. Athenea firmó el primer remate que Cata Coll atrapó sin demasiados problemas. El cansancio empezó a hacer mella claramente a las madridistas con el paso de los minutos y el Barcelona encadenó dos avisos muy serios. Graham Hansen remató a lateral de la red en una de las pocas acciones mal defendidas por el Real Madrid hasta el momento. Muy poco después, la noruega pudo encarrilar mucho la final para las culés, pero su cabezazo a puerta vacía después de una gran parada de Misa a Pajor se topó con el larguero.

    El asedio blaugrana seguía intensificándose ante un equipo madridista que reclamaba cambios desde el banquillo. Misa se hizo grande para detener un chut lejano de Ona Batlle en dos tiempos y sacar una buena mano a otro disparo desde la frontal de Claudia Pina. La misma protagonista marró una situación clara de cabeza a centro de Vicky López, justo antes de que llegase el tan necesitado triple cambio en el bando blanco.

    El Barcelona metió una marcha más y jugadoras como Claudia Pina empezaron a hacer mucho daño entre unas líneas del Real Madrid, que cada vez dejaban más huecos. Misa tuvo que volver a ser salvadora para detener una internada por la derecha de Vicky López. Alexia, inmediatamente después, volvió a buscar portería sin éxito. Linda Caicedo trató de dar la réplica rápidamente en la otra portería, pero su disparo tampoco logró encontrar los tres palos. Muy poco después, la colombiana volvió a plantarse ante Cata Coll, pero Ona Batlle salvó a su equipo interponiéndose en el mano a mano.

    El marcador llegó apretado a la recta final y el Real Madrid se volcó con todo en busca del empate que forzase los penaltis.

    Las esperanzas se pudieron ir al traste tras un córner a favor, pero Misa se inventó una parada milagrosa para desbaratar el mano a mano contra Pajor que parecía destinado a traducirse en el cero a dos y Signe Brunn entró para dinamizar el ataque blanco, sin fortuna ni ocasión de inquietar a Cata Coll.

    El choque seguía abierto, y Sheila García, Lotte Keukelaar y Sandie Toletti entraron al terreno de juego para intentar buscar el empate. De nuevo, Misa se convertía en salvadora, mientras que, el Real Madrid CF pidió una pena máxima por una posible mano de Irene Paredes dentro del área, pero, y tras la revisión, la colegiada no pitó la acción. Las espadas estaban en todo lo alto, y, otra vez, Misa sacó un chut de Ewa Pajor, que buscaba sentenciar la final. Las madridistas, que habían metido a Pau Comendador y Signe Bruun, lo intentaron con un centro-chut de Eva Navarro que se quedó sin problemas Cata Coll. A falta de un minuto para el final, Sheila García arrolló a Alexia Putellas dentro del área. La capitana blaugrana no falló desde los once metros para poner el 2-0 definitivo en el electrónico cuando el reloj deambulaba por el minuto 92 y el resto del alargue fue un puro trámite.

    (Fuente: RFEF)

    Así, tras el pitido final, el Barcelona vuelve a conquistar el título de la Supercopa de España, es el sexto de su historia, solo el Atlético de Madrid en 2021 se interpuso en su dictadura y el Real Madrid comienza a ver cómo perder finales, ya van tres, empieza a tornarse en una mala costumbre en Valdebebas. 

    La próxima semana el mejor club del siglo XX buscará volver a sonreír al reencontrarse con una Liga F Moeve que le medirá ante el Deportivo en Riazor.

    (Fuente: RFEF)

    📋 Ficha técnica |

    Barcelona (2): Cata Coll; Ona Battle, Paredes, Mapi, Brugts (Aïcha 72′); Vicky López (Salma Paralluelo 72′), Guijarro, Alexia Putellas; Graham Hansen (Serrajordi 59′), Pajor, Claudia Pina (Sydney 83′).

    Real Madrid (0): Misa; Eva Navarro, María Méndez, Lakrar, Yasmim (Shei 67′); Däbritz, Angeldahl (Toletti 67′); Weir (Pau Comendador 82′), Linda Caicedo, Athenea del Castillo.

    Goles |

    1-0 Brugts 28’ ⚽️

    2-0 Alexia Putellas (P.) 93’ ⚽️

    ÁRBITRA: Eugenia Gil.

    Árbitras asistentes: Silvia Fernández y Rita Cabañero.

    Cuarta árbitra: Lorena Trujillano.

    Quinta árbitra: Lorena Navas.

    Tarjetas amarillas: Maëlle Lakrar (90’+7) y Eva Navarro (90’+8) por parte del Real Madrid.

    Vídeo: https://x.com/fcbfemeni/status/2015167790773092506?s=46

    INCIDENCIAS : Final de la Supercopa de España Femenina Iberdrola 2026, disputada en el Estadio Castalia de Castellón de la Plana con una asistencia de 12.593 espectadores sobre una superficie de hierba natural.

  • Oficial | José Herrera ya es colchonero

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    ⬛️ El canario llega a Alcalá de Henares tras su buen hacer en el representativo canario.

    El Club Atlético de Madrid, tres veces campeón de la Liga F Moeve, ha anunciado oficialmente que ha sido capaz de alcanzar un acuerdo en firme con José Ángel Herrera Martín para que este se convierta en el primer entrenador del equipo femenino.

    La operación se ha rubricado con celeridad tras la abrupta salida de Víctor Martín Alba al acumular una docena de encuentros sin conocer el triunfo y va a unir al ex de Málaga City Academy y el Granada Club de Fútbol con la entidad que preside Lola Romero hasta el próximo 30 de junio de 2026, como mínimo,

    El nuevo inquilino del banquillo local en Alcalá de Henares viene avalado por su gran actuación al frente del Costa Adeje Tenerife Egatesa, donde sucedió a Francis Díaz.

    A sus 36 años de edad tuvo su última experiencia profesional en el Al Hilal SFC de Arabia Saudí, pero en su etapa con las guerreras e incluso llegó a derrotar de azul y blanco al Real Madrid por 0-1 en el Estadio Alfredo Di Stéfano y peleó por entrar en Europa en una batalla a tres con su nuevo club y la Real Sociedad de Fútbol.

    En un fútbol cada vez más marcado por la lógica del “siguiente paso”, José Herrera demostró algo poco habitual: respeto por el proceso. Tenerife no fue para él un simple trampolín profesional. Fue una escuela, un espacio de crecimiento mutuo entre entrenador y club.

    Su etapa dejó estructuras, metodologías y una cultura competitiva que trascendió los resultados inmediatos. El Tenerife no fue mejor solo mientras Herrera estuvo en el banquillo; fue mejor porque durante ese tiempo aprendió a competir de otra manera.

    Quizá el mayor error sería medir la figura de José Herrera únicamente por los títulos que no ganó. El fútbol femenino español necesita entrenadores como él: constructores, educadores, arquitectos de procesos sostenibles.

    Su paso por el Costa Adeje Tenerife representa una de esas historias que, con el tiempo, se convierten en referencia. No por el ruido que generaron, sino por la solidez del legado.

    Su Tenerife nunca fue un equipo sometido al azar. Incluso en la derrota, había una lógica reconocible, una narrativa futbolística que permitía entender el porqué del resultado. Esa coherencia es un lujo en ligas donde muchos proyectos se diluyen entre urgencias clasificatorias y cambios constantes de rumbo.

    Herrera concibió el fútbol como una sucesión de decisiones bien entrenadas, no como una acumulación de impulsos. Cada ajuste tenía sentido; cada variante respondía a un análisis previo. No había improvisación vacía, sino adaptación consciente.

    Uno de los rasgos más notables de su gestión fue la lectura del ritmo. El Tenerife sabía cuándo pausar y cuándo acelerar, cuándo enfriar un partido y cuándo desordenarlo. Esa comprensión del tempo es una de las habilidades más difíciles de enseñar y una de las más reveladoras de un entrenador maduro.

    Durante demasiado tiempo, en el análisis del fútbol femenino se ha asociado la solidez defensiva de los equipos modestos con una idea casi peyorativa de supervivencia. El Tenerife de José Herrera desmontó ese prejuicio.

    Defender, para aquel equipo, no fue aguantar. Fue dominar zonas, condicionar trayectorias, reducir ventajas rivales hasta hacerlas irrelevantes. El bloque defensivo no vivía anclado al área; respiraba, se desplazaba, se activaba según el estímulo correcto.

    Las líneas estaban trabajadas para cerrar carriles interiores, obligando a rivales técnicamente superiores a tomar decisiones incómodas. El equipo sabía orientar la presión, temporizar duelos, proteger el segundo balón. Esa disciplina no nace de la imposición, sino de la convicción colectiva.

    El Tenerife no defendía porque no podía atacar. Defendía porque había entendido que ese era el camino más honesto hacia la competitividad real.

    Si la fase defensiva fue el cimiento, la ofensiva fue el espacio donde José Herrera dejó entrever su ambición. Nunca aceptó el relato de que su equipo debía renunciar al balón por sistema. El Tenerife atacó cuando pudo y como pudo, pero siempre con una idea clara.

    No fue un equipo de posesiones estériles, pero tampoco de balones largos desesperados. Supo progresar por bandas, activar segundas líneas y castigar pérdidas rivales con transiciones bien ejecutadas. Cada ataque tenía una intención reconocible, incluso cuando no culminaba en ocasión.

    El gol al Real Madrid no fue una excepción estilística. Fue una confirmación. Aquella jugada condensó meses de trabajo: lectura del espacio, sincronización de movimientos, ejecución precisa bajo presión.

    Uno de los mayores logros de José Herrera fue convertir el resultado corto en un territorio de excelencia. En una liga donde los grandes suelen imponerse por acumulación, el Tenerife aprendió a ganar por detalles, y a defender esos detalles con inteligencia.

    El 1-0 no fue un marcador angustioso para su equipo; fue un escenario cómodo. Herrera entrenó a su plantilla para convivir con esa ventaja mínima sin caer en el pánico ni en el repliegue absoluto. El equipo sabía defender hacia adelante, consumir tiempo con balón y elegir bien cuándo interrumpir el ritmo del rival.

    Ese control emocional del resultado es uno de los indicadores más claros de madurez competitiva y el Tenerife lo alcanzó.

    La racha de cinco triunfos consecutivos merece un análisis específico porque sintetiza la obra de Herrera. No fueron cinco partidos iguales. Hubo encuentros de dominio territorial, partidos de resistencia, duelos abiertos y otros cerrados hasta el último minuto.

    Lo común fue la coherencia del plan. El Tenerife nunca pareció un equipo improvisado. Supo ajustar alturas, modificar roles dentro del mismo sistema y responder a las propuestas rivales sin perder su identidad.

    Esa capacidad para sostener el rendimiento sin depender de un único registro es lo que separa a los equipos competitivos de los equipos ocasionales.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    José Herrera entendió algo fundamental: en el fútbol femenino, entrenar es enseñar. No solo se gestionan partidos; se construyen futbolistas. Su metodología priorizó la comprensión del juego por encima del automatismo ciego.

    Las jugadoras no ejecutaban órdenes; interpretan escenarios. Sabían por qué hacían lo que hacían. Ese conocimiento empodera, genera confianza y eleva el nivel colectivo.

    El Tenerife fue un equipo que aprendió a leerse a sí mismo y al rival. Esa alfabetización futbolística es uno de los legados más duraderos de Herrera.

    En un entorno donde el liderazgo suele confundirse con el volumen, José Herrera ejerció una autoridad distinta. No necesitó gestos teatrales ni discursos inflamados. Su liderazgo fue sereno, constante, creíble.

    La plantilla confió en él porque vio coherencia. Las decisiones difíciles se explicaron. Los errores se corrigieron sin humillación. Los éxitos se compartieron sin personalismos.

    Ese clima permitió que el grupo creciera incluso en la adversidad. La confianza no se rompió en las derrotas ni se desbordó en las victorias.

    Entrenar en Tenerife no es solo dirigir un equipo; es representar una comunidad. Herrera comprendió ese vínculo y lo respetó. Su discurso nunca fue ajeno al contexto insular, a la sensación de competir desde los márgenes.

    El equipo se convirtió en un símbolo de resistencia competitiva, en una expresión futbolística de la isla: ordenada, trabajadora, orgullosa, pero también ambiciosa.

    La historia del fútbol femenino español no se escribe solo con campeonatos. Se escribe con procesos que ensancharon el ecosistema. José Herrera pertenece a esa generación de entrenadores que consolidaron la Liga F desde abajo, dotándola de profundidad y credibilidad.

    Su Tenerife elevó el estándar. Obligó a los grandes a prepararse mejor. Demostró que el orden, la inteligencia y el trabajo podían reducir brech

    Más allá del césped, Herrera representa una idea de entrenador que el fútbol necesita: reflexivo, paciente, formador y competitivo. Un técnico que no se define por la urgencia del éxito inmediato, sino por la solidez del camino recorrido.

    No todas las conquistas dejan trofeos. Algunas dejan huella. La de José Herrera en Tenerife fue una de ellas. Silenciosa, persistente, honesta.

    Desde una isla, sin focos desmedidos, sin presupuestos desorbitados, se construyó un equipo que creyó, compitió y ganó cuando parecía imposible, siendo también parte de la épica.

    Lejos de los grandes centros de poder futbolístico, Tenerife se convirtió, bajo Herrera, en un laboratorio competitivo. Allí se ensayaron soluciones adaptadas a la escasez, se optimizaron recursos, se maximizó el rendimiento colectivo.

    Cada sesión de entrenamiento tenía una finalidad clara. No había espacio para el ruido ni para la dispersión. El trabajo era específico, contextualizado, medido. El cuerpo técnico no buscaba deslumbrar, sino construir rendimiento sostenible.

    Ese enfoque convirtió al Tenerife en una referencia implícita para otros proyectos emergentes de la Liga F, que encontraron en su modelo una prueba de que la competitividad no es patrimonio exclusivo del presupuesto.

    Lejos de los grandes centros de poder futbolístico, Tenerife se convirtió, bajo Herrera, en un laboratorio competitivo. Allí se ensayaron soluciones adaptadas a la escasez, se optimizaron recursos, se maximizó el rendimiento colectivo.

    Cada sesión de entrenamiento tenía una finalidad clara. No había espacio para el ruido ni para la dispersión. El trabajo era específico, contextualizado, medido. El cuerpo técnico no buscaba deslumbrar, sino construir rendimiento sostenible.

    5Ese enfoque convirtió al Tenerife en una referencia implícita para otros proyectos emergentes de la Liga F, que encontraron en su modelo una prueba de que la competitividad no es patrimonio exclusivo del presupuesto.

    José Herrera nunca buscó protagonismo mediático. Su figura creció desde el segundo plano, desde el respeto ganado en el día a día. No necesitó discursos altisonantes ni gestos grandilocuentes.

    Esa discreción fue coherente con su manera de entender el fútbol: el equipo por encima del individuo, el proceso por encima del titular, el trabajo por encima del relato.

    Paradójicamente, esa misma discreción es la que dota a su figura de una autoridad duradera.

    No todas las epopeyas necesitan himnos ni desfiles. Algunas se escriben en silencio, partido a partido, entrenamiento a entrenamiento. La de José Herrera en la UDG Tenerife fue una de ellas.

    Desde una isla, con recursos limitados pero ideas firmes, se desafió el orden establecido. Se ganó sin alardes. Se compitió sin complejos y se dejó huella sin ruido.

    Eso, en el fútbol contemporáneo, es una forma superior de grandeza.

    Ahora, el técnico insular coge las riendas de un Atlético de Madrid que atraviesa una crisis de resultados, es quinto en la tabla a seis puntos de poder dar caza a la Real Sociedad en el tercer lugar que da acceso a la fase previa de la Liga de Campeones Femenina y a 10 de su eterno rival, el Real Madrid, que es segundo por detrás del todopoderoso Fútbol Club Barcelona.

    El debut de Herrera como máximo responsable técnico llegará el próximo sábado, 30 de enero de 2026, a las 12:00 horario peninsular, en el Centro Deportivo de Alcalá de Henares ante el Granada y su primer gran objetivo sea superar el playoff de “octavos” de final de la UEFA Women’s Champions League a uno de los equipos más laureados de la Barclays Women’s Super League como es el Manchester United.

    (Fuente: Instagram)
  • La crónica | El Arsenal fulmina en Stamford Bridge al Chelsea

    (Fuente: Women’s Super League )

    ⬛️ Londres se tiñe de rojo. Las chicas de Renée Slegers doblegaron por 0-2 al Chelsea en el derbi y alejan a las blues del título liguero.

    ✍🏻 Manu López Fernández & Paula Valiente

    Partidazo |

    ( Fuente: “El Partido de Manu”)

    🏆 Barclays Women Super League

    🔥 Chelsea Football Club 🆚 Arsenal Women 🔥

    ✨Derbi londinense ✨

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    ⏰ 12:30 horario británico

    📺 BBC One

    🏟️ Stamford Bridge, Londres

    Los onces |

    (Fuente: Women’s Super League )

    La emoción de la Barclays Women’s Super League inglesa suele dejarnos habitualmente pegados al televisor y si lo consiguió con un Everton 0-1 Brighton & Hove Albion, la intensidad de un derbi ente el Chelsea y el Arsenal. no se quedaría atrás ni mucho menos.

    Stamford Bridge asistió a una de esas noches que pesan más en la clasificación que en la estadística. El Chelsea de Sonia Bompastor firmó una de sus actuaciones más frustrantes del curso y cayó con estrépito competitivo —que no en el marcador— ante un Arsenal incisivo, agresivo y tremendamente eficaz, que se llevó el derbi londinense por 0-2 y dejó tocadas a las ‘blues’ en la carrera por el título. A falta de nueve jornadas, la distancia con el liderato se amplía hasta los siete puntos y el margen de error empieza a ser inexistente.

    El guion quedó claro prácticamente desde que la pelota echó a rodar. El Arsenal salió como un ciclón, presionando arriba, mordiendo cada salida de balón y llegando al área de Hannah Hampton con una facilidad alarmante. Antes de que el cronómetro alcanzara el primer minuto, las ‘gunners’ ya habían avisado dos veces, la más clara con un disparo de Emily Fox que se marchó por encima del larguero tras una acción rapidísima por banda. Verticalidad pura, pocos toques, mucha fe y una sensación de peligro constante que incomodó al Chelsea desde el primer segundo.

    Durante el primer cuarto de hora, el conjunto visitante dominó territorio y ritmo, superando líneas con transiciones fulgurantes y obligando a las locales a correr hacia atrás. El Chelsea trató de reaccionar adelantando metros y encontrando algo más de pausa con balón, aunque cada pérdida se convertía en una amenaza.

    Aún así, con el paso de los minutos, el equipo de Bompastor logró asentarse ligeramente, ganar confianza y empezar a rondar el área rival. La ocasión más clara del primer acto para las ‘blues’ llegó en un cabezazo de Kaptein que se marchó demasiado cruzado, en una de esas acciones que resumen una noche sin puntería.

    El partido entró entonces en una fase de ida y vuelta, casi desordenada, con ambos equipos alcanzando el área contraria en apenas dos pases. Sin embargo, el Arsenal volvió a imponer su criterio, cerrando espacios y obligando al Chelsea a chocar una y otra vez contra una defensa bien plantada. Con ese equilibrio tenso y sin goles se llegó al descanso, con la sensación de que el encuentro se decidiría por detalles.

    Y el Arsenal fue quien los aprovechó. Tras la reanudación, las de rojo regresaron con la misma presión alta, asfixiando la salida de balón del Chelsea, incapaz de enlazar más de dos pases tras cada recuperación. El aviso se convirtió en golpe en el minuto 55, cuando Beth Mead culminó una gran acción colectiva con un disparo cruzado de zurda, ajustado al palo derecho de Hampton, tras una asistencia medida de Alessia Russo. El 01 fue un mazazo para Stamford Bridge que enmudeció de un plumazo.

    Apenas hubo tiempo para reaccionar. Un minuto después, el Arsenal volvió a demostrar por qué es uno de los equipos más letales de la competición. Mead levantó la cabeza y filtró un balón perfecto para Mariona Caldentey, que no perdonó y colocó el esférico junto al poste izquierdo con la derecha, firmando un 02 definitivo antes de la hora de partido. La ex del Barcelona volvió a marcar diferencias en una gran cita.

    Bompastor movió el banquillo con rapidez, buscando una reacción inmediata. Llegaron los cambios casi en cascada, con una decisión especialmente llamativa: la retirada de Millie Bright, capitana del equipo, para dar entrada a Johanna Kaneryd en un claro mensaje ofensivo. El Chelsea dio un paso al frente, apretó arriba y elevó la intensidad, pero siguió sin encontrar el colmillo necesario. Fox obligó a Hampton a lucirse con una gran parada desde la distancia y, poco después, llegó la ocasión más clara de las locales en la segunda parte: un centro milimétrico de Lauren James que Erin Cuthbert, desde el área pequeña, envió de cabeza por encima del larguero cuando Stamford Bridge ya cantaba el gol.

    Ahí murió el partido. El Chelsea lo intentó con más corazón que precisión, acumulando llegadas sin premio, mientras el Arsenal gestionó la ventaja con madurez, orden y una notable solidez defensiva. Noventa minutos que confirmaron lo visto desde el inicio: un Chelsea voluntarioso, pero desacertado en las áreas; un Arsenal letal en los momentos clave y capaz de convertir su agresividad en tres puntos de oro.

    Una victoria que refuerza la candidatura ‘gunner’ y que deja tocado a un Chelsea que ve cómo el tren del título empieza a alejarse peligrosamente. No fue solo una derrota; fue un aviso serio en una temporada que no admite despistes.

    Un duelo de máxima exigencia que sirve, además, como antesala perfecta para otra gran noche del fútbol femenino.

    (Fuente: Women’s Super League )

    Porque la élite no se detiene y el foco se traslada ahora a Castellón, donde este mismo escenario de rivalidad, ambición y talento tendrá continuidad en la final de la Supercopa de España Iberdrola 2026.

    A partir de las 19:00, en directo por La 2 de RTVE, Real Madrid y Fútbol Club Barcelona se citan para disputar el primer gran título del año, en un partido que vuelve a colocar al fútbol femenino en el escaparate mayor y que confirma que, dentro y fuera de Inglaterra, el espectáculo y la competitividad están más vivos que nunca.

    📋 Ficha técnica |

    Chelsea: Hampton, Bronze, Girma, Bright (Kaneryd, 66′), Carpenter, Baltimore, Cuthbert (Nusken, 77′), Kaptein (Beever Jones 66′), Reiten (James, 57′), Thompson, Kerr (Walsh, 57′

    Arsenal: Borbe, Fox (Hinds,88′), Wubben-Moy, Catley, McCabe (Codina, 88′), Little, Mariona (Holmberg, 79′), Mead (Pelova, 69′), Russo, Blackstenius, Foord.

    Goles |

    0-1 Beath Mead 55’ ⚽️
    0-2 Mariona Caldentey 56’⚽️

    Vídeo |

    https://youtu.be/-n0-ycrGd2w?si=4DWxUrZ7TFbK8xjW

  • Oficial | Kathrine Møller Kühl ya es rojiblanca

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    ⬛️ La internacional absoluta por Dinamarca llega a Alcalá de Henares procedente de la A.S. Roma y firma por cuatro cursos.

    El Club Atlético de Madrid, bicampeón de la Copa de la Reina Iberdrola, ha anunciado oficialmente la contratación de Kathrine Møller Kühl para esta segunda mitad de campaña.

    (Fuente: UEFA )

    La operación fue adelantada en exclusiva para España por “El Partido de Manu” el pasado 22 de enero de 2026 en X y fue cerrada con éxito por Beni Rubido a la limón con Víctor Martín Alba antes de la salida del ex del Madrid CFF y va a unir a la ocho con la entidad que preside Lola Romero por un lapso temporal de cuatro años, léase, hasta el próximo 30 de junio de 2029, como mínimo.

    Su desembarco era crucial para el campeón de la Supercopa de España en 2021 después del adiós de Gaby García (América Femenil) y el traspaso de Ana Vitória al Corinthians a fin de fortalecer la línea medular.

    La exjugadora del Everton se formó en la cantera del Football Club Nordsjælland representa la segunda estrella que llega a la capital española en los últimos tiempos tras el aterrizaje de la atacante de Costa Rica Priscila Chinchilla, ex del Zenit de San Petesburgo.

    Kühl (5/07/2003, Hillerød, Dinamarca, fichó por el Arsenal en 2024 y después fue cedida por el vigente campeón de la Liga de Campeones Femenina al conjunto de Goodison Park y sus buenas actuaciones le sirvieron para dar el salto a la A.S. Roma y jugar así en la Serie A junto a una vieja conocida de la Liga Profesional de Fútbol Femenino como es Elena Linari (London City Lionesses).

    La joven debutó como profesional en 2021 y actualmente es una de las figuras balompédicas en territorio nórdico a sus 22 años de edad.

    Además del interés real y muy avanzado por hacerse con los servicios de Malou Marcetto (Madrid CFF) en el periodo estival, se ha optado por actuar ya e incorporar de súbito a Møller con los ojos puestos en esta segunda parte de competición.

    La de Hillerød es una centrocampista danesa de perfil mixto cuya interpretación del juego se sostiene sobre una comprensión espacial y temporal muy superior a la media de su generación, destacando desde edades tempranas no tanto por exuberancia física o gestos técnicos llamativos sino por una madurez competitiva poco común, una lectura constante de los ritmos del partido y una capacidad sobresaliente para ajustar su comportamiento táctico al contexto colectivo, lo que la convierte en una futbolista camaleónica capaz de rendir como interior organizadora, mediocentro adelantado, interior de ida y vuelta o incluso como falsa mediapunta en sistemas que demandan ocupación racional de los intervalos, siendo su principal rasgo diferencial la toma de decisiones bajo presión, ya que Kühl rara vez fuerza una acción innecesaria, prioriza la continuidad del juego, identifica con rapidez la ventaja posicional y ejecuta con un porcentaje de acierto muy alto incluso cuando el tiempo y el espacio se reducen drásticamente; en fase ofensiva su comportamiento sin balón es especialmente valioso, pues ataca los espacios intermedios con inteligencia, no de forma compulsiva sino sincronizada con la orientación corporal de la poseedora y con la fijación previa de las rivales, lo que le permite recibir perfilada entre líneas y acelerar la jugada con uno o dos toques, y cuando no recibe, su simple movimiento arrastra marcas, libera carriles interiores y facilita progresiones limpias, demostrando una comprensión colectiva del juego que trasciende el impacto estadístico inmediato; con balón.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Kühl no es una futbolista de regate reiterado ni de conducción prolongada, pero su primer control es de altísimo nivel funcional, orientando siempre hacia la ventaja, utilizando el cuerpo para proteger la pelota y ganando medio segundo crucial que le permite elegir entre pase vertical, descarga lateral o cambio de orientación.
    Siendo especialmente fiable en pases interiores rasos que rompen líneas y en envíos tensos al pie que facilitan la continuidad, además de poseer una notable precisión en desplazamientos medios y largos cuando el contexto lo exige, aunque su tendencia natural es simplificar antes que exhibirse, lo que habla de una mentalidad profundamente colectiva; tácticamente, su disciplina posicional es uno de sus grandes activos, ya que entiende cuándo debe sostener la base de la jugada y cuándo puede saltar a zonas más avanzadas, manteniendo siempre una relación coherente con la mediocentro y con la lateral de su costado, cerrando líneas de pase interiores en transición defensiva y ofreciendo una primera presión orientada que no busca tanto el robo inmediato como la conducción rival hacia zonas menos peligrosas, y en bloque medio-bajo su capacidad para temporizar, perfilar el cuerpo y achicar espacios interiores resulta clave para la estabilidad del equipo; defensivamente, sin ser una especialista en duelos físicos dominantes, compite con inteligencia, anticipa más que entra, mide bien las distancias y utiliza el timing para interceptar pases o incomodar recepciones, lo que le permite mantener un buen equilibrio entre agresividad y control, reduciendo faltas innecesarias y evitando quedar superada, y cuando debe entrar al suelo lo hace con corrección técnica y lectura previa, lo que se traduce en un porcentaje alto de acciones defensivas exitosas sin comprometer la estructura; en el plano físico, Kühl presenta un perfil de resistencia sólida y sostenida.

    Cuando el contexto lo exige, aunque su tendencia natural es simplificar antes que exhibirse, lo que habla de una mentalidad profundamente colectiva; tácticamente, su disciplina posicional es uno de sus grandes activos, ya que entiende cuándo debe sostener la base de la jugada y cuándo puede saltar a zonas más avanzadas, manteniendo siempre una relación coherente con la mediocentro y con la lateral de su costado, cerrando líneas de pase interiores en transición defensiva y ofreciendo una primera presión orientada que no busca tanto el robo inmediato como la conducción rival hacia zonas menos peligrosas, y en bloque medio-bajo su capacidad para temporizar, perfilar el cuerpo y achicar espacios interiores resulta clave para la estabilidad del equipo; defensivamente, sin ser una especialista en duelos físicos dominantes, compite con inteligencia, anticipa más que entra, mide bien las distancias y utiliza el timing para interceptar pases o incomodar recepciones, lo que le permite mantener un buen equilibrio entre agresividad y control, reduciendo faltas innecesarias y evitando quedar superada, y cuando debe entrar al suelo lo hace con corrección técnica y lectura previa, lo que se traduce en un porcentaje alto de acciones defensivas exitosas sin comprometer la estructura; en el plano físico, Kühl presenta un perfil de resistencia sólida y sostenida, capaz de mantener intensidad cognitiva y táctica durante todo el encuentro, con una zancada eficiente más que explosiva, sin picos de velocidad sobresalientes pero con una movilidad constante que le permite estar siempre disponible, destacando su capacidad para repetir esfuerzos de media intensidad y para sostener el ritmo del partido en contextos de ida y vuelta, algo especialmente valioso en ligas de alta exigencia física, y aunque no es una futbolista poderosa en el choque, compensa esa carencia con equilibrio corporal, anticipación y uso del cuerpo para ganar la posición antes del contacto; psicológicamente, Kühl muestra rasgos propios de una futbolista de alto techo competitivo, con una personalidad serena, poco afectada por el error, capaz de asumir responsabilidad en momentos delicados del partido sin precipitarse, y con una mentalidad claramente orientada al aprendizaje y a la mejora continua, lo que se percibe en su evolución progresiva y en su capacidad para adaptarse a distintos contextos tácticos y culturales, manteniendo siempre un nivel de fiabilidad alto; en contextos de posesión larga, su paciencia y su capacidad para ofrecer líneas de pase constantes facilitan la circulación fluida, mientras que en escenarios de juego más directo sabe ajustar su posición para ser segundo balón o apoyo tras descarga, demostrando versatilidad conceptual más que puramente posicional, y en transición ofensiva su lectura para llegar desde segunda línea, sin invadir espacios prematuramente, le permite aparecer en zonas de remate o de último pase con ventaja, aunque su producción goleadora no es su principal argumento, sí posee un golpeo limpio desde media distancia y una correcta ejecución en llegadas frontales cuando el contexto lo permite; a nivel estratégico, es una futbolista que mejora a las que la rodean, eleva el orden colectivo, reduce el caos y aporta estabilidad emocional y táctica al equipo, lo que la convierte en una pieza especialmente valiosa para proyectos que priorizan el control del juego, la inteligencia posicional y la fiabilidad en la toma de decisiones, y aunque aún puede desarrollar mayor agresividad ofensiva en ciertos contextos y añadir más impacto directo en el último tercio, su base de juego es tan sólida que cualquier mejora en esos aspectos la proyecta como una centrocampista de referencia en el fútbol europeo, siendo especialmente indicada para equipos que buscan interiores asociativas, mediocampistas de enlace o centrocampistas totales de perfil racional, más orientadas a gobernar el juego que a desordenarlo, y cuyo valor real muchas veces se aprecia más en el análisis profundo que en el resumen estadístico superficial.

    Cuando cuando el contexto lo exige, aunque su tendencia natural es simplificar antes que exhibirse, lo que habla de una mentalidad profundamente colectiva; tácticamente, su disciplina posicional es uno de sus grandes activos, ya que entiende cuándo debe sostener la base de la jugada y cuándo puede saltar a zonas más avanzadas, manteniendo siempre una relación coherente con la mediocentro y con la lateral de su costado, cerrando líneas de pase interiores en transición defensiva y ofreciendo una primera presión orientada que no busca tanto el robo inmediato como la conducción rival hacia zonas menos peligrosas, y en bloque medio-bajo su capacidad para temporizar, perfilar el cuerpo y achicar espacios interiores resulta clave para la estabilidad del equipo; defensivamente, sin ser una especialista en duelos físicos dominantes, compite con inteligencia, anticipa más que entra, mide bien las distancias y utiliza el timing para interceptar pases o incomodar recepciones, lo que le permite mantener un buen equilibrio entre agresividad y control, reduciendo faltas innecesarias y evitando quedar superada, y cuando debe entrar al suelo lo hace con corrección técnica y lectura previa, lo que se traduce en un porcentaje alto de acciones defensivas exitosas sin comprometer la estructura; en el plano físico, Kühl presenta un perfil de resistencia sólida y sostenida, capaz de mantener intensidad cognitiva y táctica durante todo el encuentro, con una zancada eficiente más que explosiva, sin picos de velocidad sobresalientes pero con una movilidad constante que le permite estar siempre disponible, destacando su capacidad para repetir esfuerzos de media intensidad y para sostener el ritmo del partido en contextos de ida y vuelta, algo especialmente valioso en ligas de alta exigencia física, y aunque no es una futbolista poderosa en el choque, compensa esa carencia con equilibrio corporal, anticipación y uso del cuerpo para ganar la posición antes del contacto; psicológicamente, Kühl muestra rasgos propios de una futbolista de alto techo competitivo, con una personalidad serena, poco afectada por el error, capaz de asumir responsabilidad en momentos delicados del partido sin precipitarse, y con una mentalidad claramente orientada al aprendizaje y a la mejora continua, lo que se percibe en su evolución progresiva y en su capacidad para adaptarse a distintos contextos tácticos y culturales, manteniendo siempre un nivel de fiabilidad alto; en contextos de posesión larga, su paciencia y su capacidad para ofrecer líneas de pase constantes facilitan la circulación fluida, mientras que en escenarios de juego más directo sabe ajustar su posición para ser segundo balón o apoyo tras descarga, demostrando versatilidad conceptual más que puramente posicional, y en transición ofensiva su lectura para llegar desde segunda línea, sin invadir espacios prematuramente, le permite aparecer en zonas de remate o de último pase con ventaja, aunque su producción goleadora no es su principal argumento, sí posee un golpeo limpio desde media distancia y una correcta ejecución en llegadas frontales cuando el contexto lo permite; a nivel estratégico, es una futbolista que mejora a las que la rodean, eleva el orden colectivo, reduce el caos y aporta estabilidad emocional y táctica al equipo, lo que la convierte en una pieza especialmente valiosa para proyectos que priorizan el control del juego, la inteligencia posicional y la fiabilidad en la toma de decisiones, y aunque aún puede desarrollar mayor agresividad ofensiva en ciertos contextos y añadir más impacto directo en el último tercio.

    Su base de juego es tan sólida que cualquier mejora en esos aspectos la proyecta como una centrocampista de referencia en el fútbol europeo, siendo especialmente indicada para equipos que buscan interiores asociativas, mediocampistas de enlace o centrocampistas totales de perfil racional, más orientadas a gobernar el juego que a desordenarlo, y cuyo valor real muchas veces se aprecia más en el análisis profundo que en el resumen estadístico superficial

    Su traspaso es un salto cualitativo evidente para el centro del campo del Atlético de Madrid Femenino, tanto en términos de fiabilidad competitiva como de crecimiento estructural del juego, ya que la internacional danesa encaja de forma natural en un contexto que necesita orden, lectura táctica y continuidad entre líneas; Kühl aportaría una capacidad superior para gobernar los ritmos del partido, ofreciendo pausa cuando el equipo lo requiera y aceleración racional en los momentos de ventaja.

    Además de una toma de decisiones bajo presión que elevaría el rendimiento colectivo de las interiores más jóvenes, funcionando como nexo entre la mediocentro y los últimos metros sin necesidad de monopolizar el balón; su inteligencia posicional permitiría al Atlético ganar estabilidad en fase defensiva, cerrar mejor los espacios interiores en bloque medio y mejorar la calidad de la primera presión tras pérdida, mientras que en fase ofensiva su habilidad para recibir perfilada, filtrar pases interiores y ocupar los intervalos con sentido colectivo daría nuevas soluciones ante defensas cerradas, un aspecto clave en la Liga F; lejos de ser un fichaje de impacto puntual, Kühl representaría una inversión estratégica, una futbolista capaz de elevar el suelo competitivo del equipo desde el entendimiento del juego, aportando madurez, coherencia y fiabilidad en un momento de la temporada donde el control emocional y táctico suele marcar diferencias, y consolidándose como una pieza llamada a tener peso real en el presente inmediato y en la construcción del proyecto rojiblanco a medio plazo.

    A su llegada a Madrid, la internacional danesa se sometió al pertinente reconocimiento médico en la Unidad de Medicina Deportiva de Vithas I Invictum.

    Incorporamos a una futbolista con gran proyección y a la vez con experiencia en los torneos más exigentes como la UEFA Women’s Champions League, Eurocopa y Mundial.

    Habrá que ver cómo se asienta la nueva estrella rojiblanca en la zona de creación y si es o no una alternativa para el Atlético de Madrid en su siguiente partido de Liga F Moeve ante el Granada Club de Fútbol, si bien aún falta por conocer quién será el nuevo inquilino del banquillo tras la salida de Viti por culpa de una mala racha de resultados que han dejado a la escuadra en la quinta posición.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

  • Oficial | GO EPIC: el mundo vuelve a llamar y España ya escucha el tambor del 2027

    (Fuente: FIFA)

    🟫 La escarapela sigue latiendo en el pecho de la campeona, pero el camino vuelve a empezar. Mientras Brasil enciende al planeta con el alma del fútbol femenino, la Selección Española de Sonia Bermúdez se prepara para defender su corona en una travesía que promete ser, otra vez, épi

    España sigue siendo campeona del mundo. Ese estatus no se borra, no se diluye ni se negocia. Vive anclado en la memoria colectiva desde aquella noche eterna en Sídney, cuando un latigazo de Olga Carmona derribó a Inglaterra (1-0) y colocó a la selección española en la cima del fútbol mundial.

    La escarapela dorada continúa brillando en el pecho, pero el fútbol —implacable y cíclico— no concede privilegios eternos: la campeona también deberá atravesar la fase de clasificación para ganarse su lugar en la próxima gran cita.

    (Fuente: X)

    Y esa cita ya tiene rostro, voz y latido. La FIFA ha puesto oficialmente en marcha el camino hacia la Copa Mundial Femenina de la FIFA 2027™ con un evento de alto voltaje emocional celebrado en Copacabana, uno de los escenarios más icónicos del planeta.

    (Fuente: FIFA)

    Allí, donde el fútbol se mezcla con la música, el arte y la identidad popular, se desveló el emblema, el lema y la identidad sonora del primer Mundial femenino que se celebrará en Sudamérica. Un hito histórico. Un mensaje claro al mundo: el fútbol femenino ha llegado para ocupar el centro de la escena global.

    Brasil, país que vive y respira fútbol, fue el corazón de una presentación cargada de simbolismo. Leyendas del balompié, masculinas y femeninas, acompañaron a la FIFA en una celebración que no solo presentó una marca, sino una declaración de intenciones. El lema elegido, GO EPIC™, es un llamamiento directo a la emoción, a la aventura, a la grandeza compartida. Una invitación a formar parte de algo que aspira a trascender lo deportivo.

    “El fútbol es el alma de este país”, afirmó Gianni Infantino, presidente de la FIFA. “Aquí se siente algo aún más poderoso: el compromiso absoluto de Brasil para que este Mundial marque un punto de inflexión definitivo en el fútbol femenino. La marca refleja esa visión compartida: una Copa Mundial Femenina con auténtico estilo brasileño, impactante, alegre e inolvidable”.

    En el centro del acto emergió un emblema cargado de significado, inspirado tanto en la bandera brasileña como en la geometría del campo de juego. El diseño nace de la fusión de las letras “W” y “M” —Women/World y Mulheres/Mundo—, simbolizando movimiento, maestría y unidad, con un sutil pero poderoso homenaje al país anfitrión. Una imagen que pretende convertirse en icono de una nueva era.

    El sonido también será protagonista. La identidad sonora oficial del torneo, impregnada de ritmos brasileños, percusión de samba y herencia afrobrasileña, busca conectar emocionalmente con aficionados de todo el mundo. No es solo música: es energía, emoción y pertenencia. Un pulso común que ya está disponible en plataformas de streaming y en los canales oficiales de la FIFA.

    La voz de Marta, símbolo eterno del fútbol femenino, puso palabras al sentimiento colectivo en un mensaje cargado de emoción: “El fútbol es amor y Brasil ama el fútbol. Estamos preparados para acoger este Mundial con orgullo y confianza. Aquí nacerán nuevas historias, nuevas heroínas, y se inspirará a generaciones enteras. Nuestro amor por el fútbol será aún más fuerte”.

    Copacabana también habló a través del arte. Antes de la retransmisión mundial, la avenida Atlántica se transformó en un lienzo vivo gracias a un festival de arte urbano que recuperó una tradición profundamente brasileña: pintar las calles para celebrar los Mundiales. Fútbol convertido en cultura, en expresión popular, en identidad compartida.

    Mientras Brasil se prepara para recibir al mundo, España afila de nuevo su ambición. La campeona sabe que no hay atajos ni memoria suficiente que garantice el futuro. Bajo la dirección de Sonia Bermúdez, la Roja deberá volver a competir, volver a sufrir y volver a creer para llegar a 2027 con derecho propio. La corona pesa, pero también empuja.

    La competición se podrá seguir a través de Netflix, quien adquirió los derechos de arena de la Copa del Mundo allá por el pasado 20 de diciembre de 2024, dejando atrás el anterior modelo en el que RTVE, tras semanas de incertidumbre respecto a su posible apagón, lo ofreció de manera íntegra en RTVE y en abierto gracias a la TDT.

    El viaje ya ha comenzado. El lema lo resume todo. GO EPIC™. Porque la historia no espera… y las campeonas tampoco.

    (Fuente: FIFA)
  • La crónica | El Brighton gana a domicilio

    (Fuente: Women’s Super League)

    ⬛️ Goodison Park asistió a un ejercicio de supervivencia competitiva. El Everton llevó el peso del partido, presionó, insistió y empujó hasta el final, pero el fútbol volvió a castigar la falta de colmillo. El Brighton, sólido y paciente, necesitó un solo error para decidir el encuentro y marcharse de Liverpool con un triunfo tan ajustado como valioso, fiel a una máxima innegociable: en partidos cerrados, la eficacia marca la diferencia

    ✍🏻 Manu López Fernández & Paula Valiente

    El Everton Everton cayó por cero a uno ante el Brighton en Goodison Park en un partido con escasas oportunidades, con tan solo dos disparos tres los tres palos de las locales en noventa minutos.

    Antes de que llegue la emoción del fin de semana con la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 entre Real Madrid y el Barcelona, así como un vibrante encuentro de Liga F Moeve que medirá a la Real Sociedad con la Sociedad Deportiva Eibar, nos tocaba viajar a Inglaterra.

    Goodison Park acogía una de esas noches de fútbol que no siempre se deciden por el volumen de ocasiones, sino por la precisión en los momentos clave. Everton y Brighton & Hove Albion se enfrentaban en Liverpool en un duelo que prometía intensidad, verticalidad y ritmos altos desde el primer minuto, y que terminó resolviéndose por un único detalle, por un error puntual castigado con la frialdad de un equipo que supo esperar su momento.

    El resultado final, un 0-1 a favor del Brighton, no explica por sí solo la complejidad de un partido igualado, táctico, exigente y muy trabajado por ambos conjuntos, en el que la diferencia estuvo en la eficacia y en la lectura de los tiempos. Un encuentro de márgenes mínimos, de escasez de ocasiones claras, pero de enorme riqueza futbolística para quien supo mirar más allá del marcador.

    Desde el pitido inicial quedó claro que ninguno de los dos equipos iba a especular. Everton y Brighton saltaron al césped con una idea compartida: fútbol intenso, presión alta y búsqueda constante de la verticalidad. No hubo fases de tanteo ni minutos de estudio. El partido arrancó con ritmo, con duelos, con metros disputados y con una sensación permanente de que cualquier error podía ser decisivo.

    Fue el Everton quien, en esos primeros compases, logró imponer su plan con mayor claridad. Las locales apostaron por una presión alta y agresiva, muy bien sincronizada, que les permitió robar en campo rival y encerrar durante varios minutos al Brighton en su propio campo. Brosnan, desde la portería, ordenaba líneas; Blundell y Hayashi sostenían la altura defensiva; y el bloque avanzaba junto, compacto, con la intención de no permitir salidas limpias a las visitantes.

    Durante ese tramo inicial, el Everton dominó la posesión y el territorio. El balón circulaba con rapidez, aunque todavía sin profundidad real. El Brighton, por su parte, supo resistir ese primer envite con orden y paciencia. Las visitantes lograban robar en zonas avanzadas gracias a la agresividad de su primera línea, pero encontraban dificultades para dar continuidad a esas recuperaciones. Faltaba claridad en el primer pase tras robo, y eso mantenía el partido en una fase de igualdad táctica, con intercambios constantes de posesión y sin llegadas claras.

    Esa falta de precisión inicial fue, paradójicamente, el punto de partida para el crecimiento del Brighton. Poco a poco, el conjunto visitante comenzó a ajustar su salida de balón, a ofrecer más líneas de pase y a encontrar a sus centrocampistas en mejores condiciones. La presión del Everton seguía siendo alta, pero ya no era tan eficaz. Las distancias se alargaban ligeramente, y por ahí empezó a respirar el equipo visitante.

    Con el paso de los minutos, el Brighton se hizo con la posesión de forma más sostenida. No era una posesión estéril, pero sí prudente. El balón se movía con criterio, con pocos errores, especialmente en el tercio central del campo. Minami y Vanegas aportaban seguridad atrás; Symonds y Noordam ofrecían equilibrio; y Cankovic comenzaba a aparecer entre líneas, interpretando bien los espacios que dejaba la presión local.

    La diferencia en la presión fue clave para entender esta fase del partido. Mientras el Everton seguía intentando morder arriba, el Brighton supo cuándo pausar, cuándo acelerar y cuándo asegurar la posesión. Sin embargo, ese dominio no se traducía en ocasiones claras. El balón circulaba mayoritariamente lejos del área, y la profundidad era limitada. El Everton defendía bien su área, cerraba líneas interiores y obligaba a las visitantes a jugar por fuera, sin permitir ventajas reales.

    Ante la dificultad para progresar mediante juego combinativo, el Everton comenzó a buscar soluciones más directas.

    Los balones largos se convirtieron en el principal recurso ofensivo, con Payne como referencia habitual. La idea era clara: saltar líneas, ganar segundas jugadas y aprovechar cualquier desajuste defensivo del Brighton.

    Sin embargo, ese plan no terminó de dar frutos. Payne peleó cada envío, pero rara vez pudo girarse o generar situaciones de peligro real. El Brighton defendió bien esos balones, ganó duelos aéreos y mantuvo el orden en la segunda jugada. El partido entró entonces en una fase de igualdad absoluta, sin un dominador claro, con ambos equipos alternando posesiones y sin llegar a imponer un ritmo sostenido.

    Hasta el minuto 20, el guion se mantuvo estable. El Everton, empujado por su público, dio un pequeño paso adelante. Las locales comenzaron a salir con más frecuencia desde su propio campo, a ganar metros y a instalarse durante más tiempo en campo rival. Sin embargo, ese crecimiento territorial no se tradujo en un aumento significativo de las ocasiones. El último pase seguía fallando, y el Brighton se mantenía firme atrás.

    La primera mitad estuvo marcada por el orden defensivo de ambos equipos y por la imprecisión en los últimos metros. Las estadísticas reflejaban fielmente lo que se veía sobre el césped: en los primeros 35 minutos apenas se registraron dos disparos totales. Un dato llamativo, pero coherente con el desarrollo del encuentro.

    No faltaba intensidad ni intención, pero sí claridad. Cada equipo parecía tener claro cómo neutralizar las virtudes del rival. El Everton cerraba bien los espacios interiores y dificultaba la progresión del Brighton; el conjunto visitante, por su parte, defendía con solvencia los intentos directos de las locales y evitaba que el partido se rompiera.

    Era un duelo vibrante para el espectador neutral, un partido de detalles, de ajustes tácticos y de paciencia. Todo apuntaba a que cualquier gol, si llegaba, lo haría a través de un error o de una acción aislada.

    En el tramo final del primer tiempo se produjo un cambio de dinámica. El Everton empezó a acumular más posesión que en todo lo anterior del partido. Las locales encontraron algo más de continuidad con balón, se acercaron con mayor frecuencia al área rival y parecían haber detectado ciertas dudas en la salida del Brighton.

    Goodison Park empezaba a empujar. El Everton vivía sus mejores minutos. Sin embargo, cuando parecía que el Brighton atravesaba su momento más delicado, el conjunto visitante sacó a relucir su mejor virtud: la eficacia.

    Corría el minuto 41 de este partido cuando un grave error de Fernández en la salida de balón cambió el destino del partido. La zaga local perdió el balón en una zona comprometida, y el Brighton no perdonó. Sieke interpretó la jugada con inteligencia, sirviendo un pase de la muerte preciso y tenso. Cankovic apareció desde segunda línea, atacando el espacio con determinación, y definió con la derecha, de forma paralela, desde la frontal del área pequeña. El balón se coló en la red y silenció Goodison Park al establecer el 0-1 al borde del entretiempo.

    Un gol que no premiaba el dominio, sino la concentración. Un gol que resumía el partido hasta ese momento: igualdad, pocos errores y castigo máximo al fallo.

    Las 22 protagonistas se marcharon al túnel de vestuarios con una mínima ventaja para el Brighton. El 0-1 reflejaba la eficacia visitante y dejaba al Everton ante el reto de remontar en casa. Todo quedaba abierto para una segunda parte que prometía más ritmo, más riesgo y más espacio.

    Tras el descanso, ambos equipos regresaron al césped con intensidad y ambición renovadas. El Everton volvió a dominar la posesión durante los primeros diez minutos de la segunda parte, decidido a buscar el empate desde el inicio. El Brighton, sin renunciar a su identidad, optó por un planteamiento más pragmático: pases largos, transiciones rápidas y búsqueda constante de la espalda de la defensa local.

    El ritmo del partido aumentó de forma notable. Hubo más transiciones, más sensación de peligro y más metros por recorrer. Sin embargo, los disparos seguían sin comprometer en exceso a las porteras.

    El Everton insistía, pero una vez más el peligro llegaba principalmente a través de balones largos y acciones aisladas.

    Una de las ocasiones más claras llegó tras un pase peligroso de Vignola que obligó a Minami a intervenir de forma providencial para enviar el balón a córner. Fue una acción que reflejaba el empuje local y la solidez defensiva del Brighton.

    Con el paso de los minutos, el guion se repitió. El Everton seguía buscando el empate, acumulando jugadoras en campo rival y ganando presencia en el área. Alrededor del minuto 80, las locales comenzaron a llegar con más frecuencia y claridad. El Brighton empezaba a sufrir, pero sin perder el orden.

    Nnadozie se convirtió entonces en protagonista. La guardameta visitante tuvo que emplearse a fondo para desviar a córner un disparo de Pacheco desde dentro del área pequeña. Fue la ocasión más clara del Everton en todo el partido, y el momento en el que el empate pareció más cercano.

    En los últimos minutos, el Everton se volcó definitivamente al ataque. Riesgo máximo. Cada pérdida de balón, sin embargo, abría la puerta a los contragolpes del Brighton, que supo gestionar los tiempos, enfriar el partido cuando fue necesario y defender su ventaja con inteligencia.

    El pitido final confirmó lo que el partido había ido construyendo poco a poco. El Everton cayó ante su público por 0-1 frente a un Brighton sólido, competitivo y tremendamente eficaz en el momento clave. Un encuentro marcado por la escasez de ocasiones claras, por el orden defensivo y por la importancia de los detalles.

    El Brighton se llevó tres puntos de enorme valor gracias a su capacidad para resistir, ajustar y golpear cuando tuvo la oportunidad. El Everton, por su parte, se marchó con la sensación de haber competido, de haber tenido momentos de dominio, pero también con la frustración de no haber encontrado el camino al gol.

    (Fuente:
    Brighton & Hove Albion)

    📋 Ficha técnica |

    Everton: Brosnan; Blundell, Fernández, Hayashi, Wheeler; Van Gool (Lawley, 79’), Payne, Katagawa (Pacheco, 62’), Vignola; Momiki (Weir, 90’), Mace.

    Brighton & Hove Albion: Nnadozie; Vanegas, Minami, Kafaji (McLauchlan, 67’), Symonds; Cankovic (Tsunofa, 67’), Seike, Noordam, Olislagers; Haley, Rule (Camacho, 90’).

    Estadio: Goodison Park (Liverpool, Inglaterra)
    Fecha y hora: 23 de enero de 2026, 20:00

    Goles |

    0-1 Cankovic 41’ ⚽️

    Vídeo |

    https://youtu.be/LjOqB0YM6VE?si=RzmboG-pObqJiKlX

  • La previa | Real Madrid vs Fútbol Club Barcelona (Final de la Supercopa de España 2026)

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ La Supercopa de España Femenina 2026 alcanza su momento cumbre este sábado en el estadio Skyfi Castalia de Castellón, donde FC Barcelona y Real Madrid, primer y segundo clasificado de Liga F Moeve, disputarán, a partir de las 19:00 horas (La2 y postpartido en Teledeporte), la gran Final en busca del primer título de la temporada. Madridistas y culés reeditarán el duelo de la pasada temporada, tras deshacerse en semifinales del Atlético de Madrid y Athletic Club, respectivamente.

    La Supercopa de España vuelve a citarse con la historia en un escenario que ya no admite medias tintas ni discursos tibios. Cuando FC Barcelona y Real Madrid se encuentran en una final, y más aún cuando lo hacen con un título en juego, el fútbol femenino español deja de ser únicamente competición para convertirse en relato, en símbolo y en espejo de una evolución que ha transformado el mapa del deporte en la última década. Esta final no es una más. No puede serlo. No lo es por el contexto, no lo es por las ausencias, no lo es por el momento de ambos proyectos y, sobre todo, no lo es porque llega cargada de memoria reciente, de cuentas pendientes y de una sensación inequívoca: lo que ocurra sobre el césped tendrá un eco que irá mucho más allá de los noventa minutos.

    El FC Barcelona afronta esta final con la posibilidad de conquistar su quinta Supercopa de España de manera consecutiva —2020, 2022, 2023, 2024 y 2025—, una secuencia que no solo engrosaría su palmarés, sino que reforzaría una hegemonía ya incuestionable y que le ha permitido convertirse en la gran referencia histórica de la competición. No se trata únicamente de números, de títulos o de estadísticas acumuladas; se trata de una forma de estar, de competir y de entender las finales como un territorio propio. El Barça llega a esta cita sabiendo que es el rival a batir, el espejo en el que todos se miran y el listón que obliga al resto a crecer. Y esa condición, lejos de relajar, exige una versión aún más elevada, porque cada partido decisivo se convierte en una defensa del legado.

    Sin embargo, el camino hacia esta final no ha sido plácido ni exento de contratiempos. Pere Romeu, entrenador azulgrana, no podrá contar con Aitana Bonmatí, una ausencia que trasciende lo meramente futbolístico y que afecta al corazón mismo del juego del Barça. Aitana no es solo talento, es ritmo, pausa, lectura y liderazgo silencioso. Su lesión obliga a replantear matices, a redistribuir responsabilidades y a confiar en una estructura colectiva que, precisamente, se ha construido para resistir incluso la falta de sus pilares más reconocibles. A esta baja se suma la de Kika Nazareth, expulsada con roja directa en el encuentro de semifinales, una circunstancia que añade un componente emocional a la previa y que priva al equipo de una futbolista capaz de romper partidos desde la creatividad y la energía.

    Pese a todo, el mensaje del vestuario azulgrana ha sido claro desde el primer momento. Tras certificar el pase a la final, Pere Romeu no rehuyó el peso simbólico del enfrentamiento y verbalizó lo que flota en el ambiente cada vez que aparece el Real Madrid al otro lado del campo: “Jugar y ganar una final al Real Madrid es muy motivante porque es un equipo que siempre nos exige dar una versión muy buena de nosotras. Creo que será una grandísima final e intentaremos llevar la Supercopa a casa”. No hay arrogancia en sus palabras, pero tampoco falsa modestia. Hay conciencia del desafío y respeto por un rival que, con el paso del tiempo, ha aprendido a mirar al Barça no solo desde la aspiración, sino desde la convicción de que es posible competirle.

    Porque si esta final tiene una narrativa distinta a otras es, precisamente, por el crecimiento sostenido del Real Madrid. El conjunto blanco afronta su tercera final, la segunda en la Supercopa de España, con un objetivo tan claro como histórico: inaugurar su palmarés. Para una entidad acostumbrada a ganar, a convertir los títulos en costumbre, este punto de partida en el fútbol femenino tiene una carga simbólica enorme. No se trata únicamente de levantar un trofeo; se trata de abrir una puerta, de romper un techo psicológico y de demostrar que el proyecto está preparado para dar el salto definitivo.

    El Real Madrid llega a esta final con la memoria reciente como aliada. La temporada pasada, en el encuentro liguero disputado en el Lluís Companys, las blancas lograron una victoria tan inesperada como contundente, un 1-3 que supuso un golpe sobre la mesa y que cambió la percepción de muchos sobre la distancia real entre ambos equipos. Aquella noche no fue solo una victoria; fue una declaración de intenciones, una demostración de que el Barça, incluso en su mejor versión histórica, puede ser vulnerado si el rival ejecuta el plan con precisión quirúrgica, valentía y convicción.

    Ese recuerdo planea sobre esta final como una sombra estimulante para unas y como una advertencia para otras. El Barça sabe que el Real Madrid ya ha demostrado que puede ganarle. El Real Madrid sabe que puede volver a hacerlo. Y esa certeza compartida eleva la tensión competitiva a un nivel superior, porque elimina el factor sorpresa y obliga a ambos cuerpos técnicos a afinar cada detalle.

    En el banquillo blanco, Pau Quesada no podrá contar con dos ausencias ya conocidas y sensibles: Frohms y Tere Abelleira. Dos bajas que afectan tanto a la estructura defensiva como al equilibrio del centro del campo y que condicionan los automatismos de un equipo que ha ido encontrando su identidad desde la solidez y el control de los tempos. A ello se suma una circunstancia poco habitual pero significativa: tras la victoria en semifinales, fue Antonio Rodríguez quien ejerció de entrenador debido a la baja de Pau Quesada por motivos personales. Su discurso, lejos de la euforia, reflejó la mentalidad con la que el Real Madrid quiere afrontar este tipo de citas: “Es una competición muy corta, muy rápida, planteas 90 minutos, con penaltis. Ahora hay que descansar, pero yo estoy pensando desde ya en la final”.

    Esa frase resume a la perfección el espíritu de esta Supercopa. No hay margen para la especulación, no hay tiempo para corregir errores en jornadas posteriores. Todo se decide en un partido, o incluso en una tanda de penaltis, y eso convierte cada acción en definitiva. Cada duelo individual, cada transición, cada balón parado puede inclinar la balanza. En ese contexto, la gestión emocional adquiere una importancia capital, y ahí el Barça parte con la ventaja de la experiencia acumulada, mientras que el Real Madrid se aferra al hambre y a la sensación de estar ante una oportunidad irrepetible.

    La final se presenta, además, como un choque de estilos que ya no son antagónicos, sino evolutivos. El FC Barcelona sigue siendo fiel a una identidad basada en la posesión, en la presión alta y en la ocupación racional de los espacios, pero ha aprendido a convivir con escenarios más abiertos y a resolver partidos desde la madurez. El Real Madrid, por su parte, ha dejado atrás la etiqueta de equipo reactivo para convertirse en un conjunto capaz de dominar fases del juego, de alternar registros y de castigar con eficacia cuando encuentra grietas en el sistema rival.

    Todo ello convierte esta final en un acontecimiento que trasciende la propia Supercopa. Es un termómetro del momento actual del fútbol femenino español, una fotografía de dos proyectos que representan polos distintos pero cada vez más cercanos, y una oportunidad para seguir construyendo una rivalidad que ya no necesita justificaciones externas para ser considerada un clásico.

    Aquí no hay únicamente un título en juego. Hay reputación, memoria, futuro y un mensaje que quedará grabado en la temporada. El Barça persigue la continuidad de una era dorada, la confirmación de que su dominio no es circunstancial sino estructural. El Real Madrid busca el punto de inflexión, el día en que todo cambie y en que la palabra “todavía” deje de acompañar a su palmarés.

    Cuando el balón eche a rodar, todo lo anterior quedará suspendido durante noventa minutos —o los que sean necesarios—, pero nada desaparecerá del todo. Porque esta final ya se ha empezado a jugar mucho antes del pitido inicial, en la cabeza de las futbolistas, en la planificación de los entrenadores y en la expectativa de un público que sabe que está a punto de presenciar algo más que un partido. Está a punto de asistir a un nuevo capítulo de una historia que se escribe, precisamente, en noches como esta.

    La continuidad de esta previa exige adentrarse todavía más en las capas que sostienen este enfrentamiento, porque una final entre FC Barcelona y Real Madrid no se explica únicamente desde la coyuntura inmediata ni desde la alineación del día del partido. Se explica desde un proceso histórico reciente, desde una rivalidad que ha ido construyéndose casi a contrarreloj y desde la necesidad mutua de ambos clubes de legitimarse en el presente y proyectarse hacia el futuro del fútbol femenino europeo.

    El FC Barcelona llega a esta final con la serenidad de quien ha transitado este camino en innumerables ocasiones, pero también con la presión inherente a quien sabe que cada título ya no se celebra únicamente como una conquista, sino como una obligación. El barcelonismo femenino ha normalizado la excelencia hasta el punto de que cualquier desenlace que no sea levantar el trofeo se percibe como una anomalía. Esa normalización es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y el mayor riesgo del proyecto. Fortalecimiento, porque dota al equipo de una mentalidad ganadora inquebrantable; riesgo, porque cualquier fisura es amplificada por el contexto y por la expectativa externa.

    En este escenario, la ausencia de Aitana Bonmatí adquiere una dimensión casi simbólica. No es habitual que el Barça afronte una final de esta magnitud sin una de sus grandes referencias, y eso obliga a reinterpretar el relato. Ya no se trata solo de demostrar superioridad futbolística, sino de exhibir profundidad de plantilla, capacidad de adaptación y madurez competitiva. El mensaje implícito es claro: el FC Barcelona no depende de una sola futbolista, por determinante que sea, sino de una estructura colectiva que se ha ido puliendo durante años de exigencia máxima.

    Pere Romeu, en este sentido, representa una figura clave. Su gestión del grupo ha estado marcada por la continuidad de una idea heredada, pero también por la introducción de matices que buscan sostener el rendimiento en contextos cada vez más complejos. Esta final es, también, una prueba para su liderazgo en el banquillo azulgrana, porque las grandes finales no se deciden únicamente desde la pizarra, sino desde la capacidad de transmitir calma, convicción y claridad en los momentos de mayor tensión.

    El Real Madrid, en cambio, se presenta en esta cita desde un lugar emocional radicalmente distinto. Cada final disputada hasta ahora ha sido una experiencia de aprendizaje, una acumulación de frustraciones contenidas y de sensaciones a medio camino entre el orgullo por haber llegado y la decepción por no haber culminado. Esa mochila pesa, pero también empuja. Porque inaugurar el palmarés no es solo una meta deportiva; es un acto fundacional. Es el momento en que el proyecto deja de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

    El recuerdo del triunfo en el Lluís Companys sigue funcionando como un anclaje psicológico poderoso. Aquella victoria no fue fruto del azar ni de un contexto excepcional, sino de un plan ejecutado con una precisión que sorprendió incluso a quienes mejor conocían al equipo blanco. Desde entonces, cada enfrentamiento con el Barça se afronta desde una lógica distinta: ya no se trata de resistir y esperar, sino de competir de tú a tú, de asumir riesgos y de creer en la propia capacidad para decidir el partido.

    Las bajas de Frohms y Tere Abelleira, sin embargo, introducen un elemento de incertidumbre que obliga al Real Madrid a reinventarse parcialmente. Frohms aporta seguridad bajo palos y experiencia en escenarios de máxima exigencia, mientras que Tere Abelleira es una pieza fundamental en la organización del juego, en la salida de balón y en la lectura táctica. Su ausencia obliga a redistribuir roles y a confiar en alternativas que, aunque preparadas, deberán demostrar su temple en una final de este calibre.

    El papel de Antonio Rodríguez en la semifinal, sustituyendo circunstancialmente a Pau Quesada, dejó una imagen significativa del espíritu del equipo. Su discurso fue el de alguien consciente de la excepcionalidad del momento, pero también de la necesidad de mantener los pies en el suelo. En una competición tan corta, tan concentrada, cada decisión adquiere un valor exponencial. No hay tiempo para reconstruirse tras un error; solo para reaccionar con rapidez y determinación.

    Esta final se mueve, además, en un terreno simbólico especialmente delicado. El Clásico femenino ha pasado en pocos años de ser una promesa a convertirse en una realidad consolidada, con audiencias, impacto mediático y una carga emocional comparable a la del fútbol masculino. Cada enfrentamiento alimenta una narrativa que ya no necesita ser justificada desde la comparación, sino que se sostiene por sí misma. Y en ese contexto, la Supercopa actúa como un escaparate privilegiado, un escenario donde el fútbol femenino español se presenta ante el mundo como un producto maduro, competitivo y profundamente atractivo.

    Desde el punto de vista táctico, el partido se anticipa como un duelo de ajustes constantes. El Barça buscará imponer su habitual dominio territorial, pero deberá hacerlo con especial cuidado en las transiciones defensivas, consciente de que el Real Madrid ha demostrado ser letal cuando encuentra espacios a la espalda de la presión. La gestión de los tiempos será clave: saber cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo asumir que el partido exige pragmatismo.

    El Real Madrid, por su parte, intentará repetir la fórmula que ya le dio éxito, pero con la dificultad añadida de que el factor sorpresa ha desaparecido. El Barça espera un rival valiente, agresivo y dispuesto a disputar la posesión. Eso obliga a las blancas a ser todavía más precisas, a minimizar errores no forzados y a aprovechar cada oportunidad con una eficacia casi quirúrgica.

    En el trasfondo de todo ello late una pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos intuyen: ¿estamos ante una final que puede marcar un antes y un después? Para el FC Barcelona, ganar supondría reafirmar una hegemonía que ya roza lo legendario y enviar un mensaje inequívoco de continuidad. Para el Real Madrid, levantar el trofeo significaría romper una barrera psicológica y abrir una nueva etapa en su historia reciente.

    El fútbol, en su esencia, se alimenta de estos momentos liminares, de estas fronteras entre lo que ha sido y lo que puede llegar a ser. Esta final de la Supercopa no es solo un partido; es un punto de inflexión potencial, un espacio donde el relato puede bifurcarse y donde cada gesto, cada decisión y cada gol tendrá un peso específico en la memoria colectiva.

    A medida que se acerca el pitido inicial, la sensación de inevitabilidad crece. Todo está dispuesto para que el escenario, los protagonistas y la historia confluyan en un mismo punto. El balón será el juez último, pero el contexto ya ha hecho su trabajo: ha cargado de significado cada metro del campo, cada camiseta y cada mirada cómplice entre compañeras.

    La Supercopa espera, el Clásico se prepara y el fútbol femenino español contiene la respiración, consciente de que, pase lo que pase, esta final no será una más. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en épica.

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón