Categoría: Fútbol Europeo

  • La previa | Arsenal vs Corinthians

    (Fuente: FIFA)

    🔷 Arsenal y Corinthians, cuando el mundo se detiene: la final que inaugura una era en el fútbol femenino.

    Dos continentes, dos culturas futbolísticas, dos maneras de entender la excelencia. Londres se convierte en el centro del planeta fútbol para coronar a las primeras reinas intercontinentales de la historia.

    (Fuente: FIFA)

    El fútbol femenino vive este domingo uno de esos momentos que no admiten distracciones, ni medias tintas, ni ausencias justificadas. Un partido que no se juega únicamente sobre el césped, sino también en la memoria colectiva de este deporte que ha aprendido a crecer rompiendo techos de cristal, frontera a frontera, generación a generación. La final inaugural de la Copa de Campeones Femenina de la FIFA™ enfrenta a Arsenal Women FC y SC Corinthians, dos colosos de dimensiones distintas pero ambición idéntica, en un duelo que no solo entrega un trofeo: otorga un lugar eterno en la historia.

    (Fuente: DAZN )

    No es una final más. No es un cruce intercontinental anecdótico. Es la primera piedra de una competición llamada a redefinir el mapa global del fútbol femenino, el punto de partida de un relato que dentro de diez, veinte o cincuenta años se citará siempre igual: “Todo empezó aquel domingo en el que Arsenal y Corinthians se miraron a los ojos”. Las europeas llegan con el peso de la tradición continental y la autoridad competitiva que da haber conquistado la Liga de Campeones Femenina de la UEFA. Las brasileñas aterrizan con el espíritu irreductible de Sudamérica, el ADN de la CONMEBOL Copa Libertadores Femenina y la convicción de quien ha aprendido a sobrevivir y ganar en contextos hostiles.

    Es una final que enfrenta estructura y fuego, plan y emoción, orden y intuición, pero, sobre todo, dos formas legítimas de entender la grandeza.

    La Copa de Campeones Femenina de la FIFA™ no es solo un nuevo título en el calendario. Es una declaración de intenciones. La constatación de que el fútbol femenino ya no necesita comparaciones ni muletas conceptuales para legitimarse: tiene su propio lenguaje, sus propias épicas y, desde ahora, su propia corona intercontinental.

    En esta primera edición, el formato ha querido ser tan simbólico como contundente: las campeonas continentales enfrentándose directamente por el trono global. No hay camino largo, no hay fases de adaptación: aquí se llega por méritos máximos y se compite desde el primer minuto con la presión de saber que no existe precedente, que cada pase, cada gol y cada decisión arbitral quedarán registrados como los primeros de algo mucho más grande.

    Por eso esta final no solo importa a Arsenal y Corinthians. Importa al fútbol femenino entero. A Europa, a Sudamérica, a África, a Norteamérica, a Asia y a Oceanía. Importa a las niñas que hoy juegan sin saber que este partido existe, pero que mañana crecerán sabiendo que hubo un día en el que el mundo decidió mirar de frente al fútbol femenino sin asteriscos.

    El camino del Arsenal Women FC hacia esta final tiene algo de redención histórica y mucho de reafirmación deportiva. Clasificado al torneo en mayo de 2025 tras una victoria monumental ante el FC Barcelona en la final de la Liga de Campeones Femenina de la UEFA, el conjunto londinense no solo recuperó el trono europeo, sino que se reconectó con su identidad más profunda: la de un club construido para marcar época.

    Aquel triunfo frente al Barcelona no fue un accidente. Fue la culminación de un proceso, la madurez de una plantilla diseñada para competir en todos los registros y la confirmación de que Arsenal sigue siendo uno de los grandes arquitectos del fútbol femenino moderno. Ese título continental le otorgó, además, el pase directo a las semifinales de esta Copa de Campeones, un privilegio que asumió con la naturalidad de quien está acostumbrado a convivir con la élite.

    El 28 de enero, en el estadio de Brentford, las Gunners ofrecieron una exhibición de poderío frente al ASFAR marroquí, uno de los equipos más competitivos del continente africano. Fue un partido que quedó prácticamente resuelto en la primera mitad, no solo por el marcador, sino por las sensaciones.

    Los goles de Stina Blackstenius, Frida Maanum, Mariona Caldentey y Olivia Smith dibujaron un primer tiempo demoledor, en el que Arsenal combinó ritmo alto, precisión quirúrgica y una lectura táctica impecable. ASFAR, un equipo acostumbrado a competir con orden y carácter, se vio superado por la profundidad estructural del conjunto inglés.

    Pero si algo dejó claro ese encuentro fue la riqueza del fondo de armario del Arsenal. Lejos de bajar el nivel tras el descanso, el equipo de Renée Slegers lo sostuvo —e incluso lo elevó— con las entradas de Chloe Kelly, Kim Little y Katie McCabe, tres nombres que en cualquier otro equipo serían indiscutibles titulares. La guinda la puso Alessia Russo, otra suplente de lujo, firmando un doblete que redondeó una goleada tan contundente como simbólica: este Arsenal no depende de una sola pieza, sino de un sistema completo.

    Antes de llegar a estas finales intercontinentales, el Arsenal ya había disputado cuatro partidos oficiales en 2026, repartidos en distintas competiciones. Lejos de acusar la acumulación de esfuerzos, el equipo respondió con victorias de alto impacto, especialmente frente a Aston Villa y Chelsea, dos rivales que siempre exigen el máximo en el contexto del fútbol inglés.

    Esos triunfos no solo sumaron resultados: construyeron confianza. Confirmaron que el Arsenal llegaba a esta final no como invitado ilustre, sino como candidato sólido y consciente de su fortaleza. La sensación que transmite el equipo es la de un grupo que sabe cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo golpear.

    En el plano físico y médico, las noticias son mayoritariamente positivas. Chloe Kelly celebró su regreso tras dos meses de ausencia, ingresando como suplente en la semifinal, un detalle que añade un componente emocional importante al vestuario. Leah Williamson, ausente en ese partido, continúa en evaluación, y su posible participación añade un elemento de expectativa hasta última hora.

    Antes de llegar a estas finales intercontinentales, el Arsenal ya había disputado cuatro partidos oficiales en 2026, repartidos en distintas competiciones. Lejos de acusar la acumulación de esfuerzos, el equipo respondió con victorias de alto impacto, especialmente frente a Aston Villa y Chelsea, dos rivales que siempre exigen el máximo en el contexto del fútbol inglés.

    Esos triunfos no solo sumaron resultados: construyeron confianza. Confirmaron que el Arsenal llegaba a esta final no como invitado ilustre, sino como candidato sólido y consciente de su fortaleza. La sensación que transmite el equipo es la de un grupo que sabe cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo golpear.

    En el plano físico y médico, las noticias son mayoritariamente positivas. Chloe Kelly celebró su regreso tras dos meses de ausencia, ingresando como suplente en la semifinal, un detalle que añade un componente emocional importante al vestuario. Leah Williamson, ausente en ese partido, continúa en evaluación, y su posible participación añade un elemento de expectativa hasta última hora.

    Esta final no enfrenta solo a dos equipos. Enfrenta dos culturas futbolísticas profundamente distintas, cada una con su propia lógica interna y su propio concepto de la excelencia.

    El Arsenal representa la escuela europea: estructura, ocupación racional de espacios, lectura colectiva del juego, automatismos pulidos y una gestión del ritmo que suele inclinar los partidos a su favor. Su fútbol es reconocible, trabajado, coherente de principio a fin.

    Corinthians encarna la esencia sudamericana: intensidad emocional, competitividad feroz, capacidad para improvisar en escenarios caóticos y una relación con el partido que trasciende lo táctico. No es un equipo que se rinda ante el dominio rival; es un equipo que convive con la incomodidad y sabe castigar errores mínimos.

    Cuando estos dos mundos colisionan, el resultado suele ser imprevisible.

    Las protagonistas y los protagonistas lo saben. Lo sienten. Lo verbalizan con una mezcla de respeto y ambición que define a los grandes eventos.

    Steph Catley, defensora del Arsenal, lo expresó con claridad y emoción:

    “Es muy emocionante. Es una gran oportunidad para nosotras como jugadoras, para el club en general, de quedar grabadas en la historia como el primer equipo en ganar este prestigioso trofeo. Obviamente, es la primera vez que los aficionados ven algo así en el fútbol femenino. Por lo tanto, es un paso adelante para todos y esperamos que sea un capítulo increíble”.

    Renée Slegers, directora técnica del Arsenal, añadió una lectura colectiva y de proceso: “En esta competición, frente a los campeones de otros continentes, tuvimos que ganarnos el derecho a llegar a la final. Y creo que el equipo lo hizo de manera brillante. Así que estamos muy emocionadas por la final. La esperamos con ilusión. Es un momento especial para nosotras, para las jugadoras, para el club”.

    Desde el lado brasileño, el respeto no oculta la ambición. Duda Sampaio, mediocampista del Corinthians, fue tan honesta como contundente:

    “Es difícil incluso hablar al respecto porque sabemos lo difícil que será este partido. Será uno de los partidos más complicados de mi carrera. Sabemos lo grande que es el Arsenal en Europa y estamos dando lo mejor para estar listas y dar otro gran partido, como lo hicimos en las semifinales”.

    Y Lucas Piccinato, director técnico del Corinthians, sintetizó el espíritu de su equipo con una declaración que resume años de trabajo:

    “Valoro muchísimo este momento: es la final de una copa de gran prestigio. Lo vivimos con especial ilusión porque sabemos que habrá una gran cantidad de aficionados, pero también creo que nuestros ‘leales’ estarán presentes para apoyarnos. El domingo estaremos listos para dar un gran juego. Creo que el camino recorrido a lo largo de los años nos ha llevado hasta aquí. Ha habido muchos cambios en nuestra plantilla, pero contamos con jugadoras que quieren ganar. En partidos como este, estamos preparadas para llevar a la práctica nuestro plan de juego. Arsenal es uno de los mejores equipos del mundo, pero queremos marcharnos del Reino Unido con el trofeo en las manos y haremos todo lo posible para lograrlo”.

    La dimensión histórica del partido se refleja también en su cobertura internacional. La primera edición del torneo está disponible para los aficionados de todo el mundo mediante una combinación de transmisiones globales en streaming gratuito y broadcasters locales.

    La transmisión gratuita de Corinthians vs. Arsenal estará disponible en FIFA+, con excepciones territoriales concretas: Estados Unidos, Puerto Rico, Samoa Americana, Reino Unido, Irlanda, Jersey, Guernsey, Isla de Man, Marruecos, Brasil, China y Gibraltar. Un despliegue que confirma que este partido no pertenece a un país ni a un continente: pertenece al fútbol femenino global.

    Hay partidos que definen temporadas. Otros definen generaciones. Y algunos, muy pocos, definen eras. Esta final pertenece a esa última categoría. No importa quién levante el trofeo al final del domingo: Arsenal y Corinthians ya han inscrito sus nombres en el prólogo de una historia que seguirá creciendo.

    Porque este partido no es solo fútbol. Es memoria en construcción. Es el testimonio de hasta dónde ha llegado el fútbol femenino y de todo lo que aún está por venir.

    Y en “El Partido de Manu” lo sabemos. Por eso ampliamos equipo, por eso reforzamos mirada, por eso incorporamos nuevas voces capaces de contar el fútbol desde otros lenguajes y otras plataformas. El fichaje de Helena con H, periodista, creadora y una de las voces más influyentes del fútbol femenino en TikTok, no es casualidad: es una apuesta por conectar generaciones, formatos y emociones sin perder rigor ni profundidad.

    (Fuente: FIFA )

    Este domingo, cuando ruede el balón y Arsenal y Corinthians escriban la primera página de esta Copa de Campeones, nos encontrarás ahí, contando cada detalle, cada gesto, cada instante que merezca ser recordado Porque hay finales que se juegan, la mayoría, pero existen algunas, como es el caso, que también se viven.

    ✨ La final ✨

    🏆 FIFA Women’s Champions Cup 2026™

    🔥 Arsenal Women 🆚 S.C. Corinthians 🔥

    🙌 🏴󠁧󠁢󠁥󠁮󠁧󠁿 vs 🇧🇷 🙌

    📅 Domingo, 1 de febrero de 2026

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    📺 DAZN & FIFA Plus

    🏟️ Emirates Stadium, Londres

    Enlace para ver la final aquí |

    https://www.dazn.com/es-es/home/1imb68dmlc47y1feg22d0b7cxa/97dbp7syj54a30eddddy331wk?share_origin=ios&share_page=fixture_page&event_id=1imb68dmlc47y1feg22d0b7cxa

  • Reportaje | CAT, la mascota que se convirtió en leyenda: cómo un simple peluche encendió el corazón blaugrana

    (Fuente: Liga F Moeve!

    ◼️En un mundo donde los ídolos se miden por goles y trofeos, una criatura diminuta y aparentemente trivial irrumpió en el cosmos del FC Barcelona con la fuerza de un huracán: CAT, la mascota que no necesitó botas ni camisetas para convertirse en símbolo, fenómeno viral y objeto de deseo universal, cuyo peluche agotado se ha transformado en reliquia moderna, capaz de unir generaciones, redes sociales y la propia esencia de la ciudad condal bajo un mismo rugido de admiración.

    El relato comienza en los silencios del Camp Nou, en esos pasillos donde el eco de los himnos se mezcla con el aroma del césped recién cortado. Allí nació CAT, no de un diseño accidental, sino de la obsesión por capturar la identidad de un club que no es solo un club, sino una forma de vida. Con ojos grandes y vivaces, pelaje que parecía fundirse con los colores blaugranas y una sonrisa que contenía todas las promesas del fútbol, CAT apareció primero en las ilustraciones digitales del Barça Foundation, como si alguien hubiera decidido que la historia del club necesitaba un guardián diminuto, una presencia que pudiera viajar más allá de los goles y los títulos, que pudiera posarse en los hombros de los más pequeños y en los brazos de los veteranos, uniendo a todos con un gesto silencioso pero poderoso: “esto es Barça”.

    El fenómeno no tardó en estallar. CAT se deslizó por las redes con la misma agilidad con la que un delantero escapa de la marca. En TikTok, en Instagram, en todas las plataformas posibles, los aficionados comenzaron a replicar su imagen, dibujar sus aventuras, inventar relatos donde la mosca —o gato, según la imaginación— no solo observaba el fútbol, sino que participaba de él. Cada meme, cada animación, cada fan art aumentaba su estatura simbólica. No había partido que no la mencionara; no había campaña publicitaria que no intentara tocar su aura, pero CAT ya pertenecía a la comunidad, un ídolo autoimpuesto, un espíritu que no podía comprarse con dinero.

    Y sin embargo, el dinero llegó. Porque cuando el peluche oficial de CAT salió a la venta, ocurrió algo que los mercadólogos sueñan pero raramente ven: se agotó en minutos. Desde la Barça Store online hasta las tiendas físicas en Barcelona, nadie podía tocarlo sin ver la palabra mágica: agotado. En la narrativa de CAT, el peluche dejó de ser un simple objeto; se transformó en talismán, en reliquia moderna, en objeto de deseo que hacía latir más rápido el corazón de los coleccionistas, los niños que soñaban con él y los adultos que recordaban su primer partido en el Camp Nou. Algunos acudían a reventas, donde los precios, inflados por la escasez, parecían acercarse al valor de un pequeño tesoro: entre 90 y 100 € para quien quisiera poseerlo, y aún así, la gente hacía cola virtualmente, como si fuera la entrada para ver a Messi en su mejor época, esperando, con la respiración contenida, que CAT les concediera un pedazo de magia blaugrana.

    Pero CAT no es solo un peluche; es la metáfora de un Barça que se reinventa constantemente. En cada gesto, en cada imagen compartida, se percibe la identidad de un club que respira historia y modernidad a la vez. CAT representa el ingenio catalán, la elegancia urbana y la pasión deportiva; simboliza que en un estadio lleno de gritos y banderas, también hay espacio para la ternura y la creatividad. Y quizá, eso sea lo que ha llevado a la mascota a trascender la simple función de entretenimiento: no es solo una figura, sino un puente entre generaciones, un hilo conductor que conecta la nostalgia de quienes crecieron con Cruyff con la emoción de quienes descubren a Xavi y Pedri, una mosca diminuta que vuela entre los recuerdos y los sueños de millones de aficionados.

    en los primeros destellos CAT había surgido como un simple símbolo, ahora ya se erguía como un héroe mítico, capaz de atravesar generaciones y fronteras con la misma naturalidad con la que el Barça atraviesa la historia del fútbol. No era necesario que hablara ni que se moviera: su sola presencia evocaba recuerdos, sueños y emociones acumuladas durante décadas. Para los aficionados más jóvenes, CAT era la puerta de entrada a un mundo lleno de pasión y narrativas que hablaban de superación, identidad y orgullo. Para los veteranos, era el reflejo de una tradición que seguía viva, transformada y adaptada al ritmo de los tiempos modernos, donde las redes sociales y la viralidad se convirtieron en nuevos estadios donde se libran batallas silenciosas, pero igual de emocionantes que cualquier clásico del Camp Nou.

    El peluche oficial, agotado y casi inalcanzable, era el artefacto que concentraba toda esa energía. No era un objeto cualquiera; era un testigo material de la leyenda. Aquellos que lograban tenerlo entre sus manos lo percibían como un símbolo de privilegio y cercanía con el club, como si sostenerlo fuera tocar un fragmento del espíritu del Barça. Cada hilo de su pelaje, cada detalle de sus ojos y su expresión contenían historia, imaginación y afecto. En los hogares de los aficionados, el peluche se erguía como un guardián silencioso de la identidad blaugrana: lo observaba todo, recordaba goles imposibles, noches de gloria, abrazos compartidos y lágrimas de derrota, mientras los colores blaugrana se desplegaban en cada rincón.

    La viralidad de CAT no solo dependía de su diseño o su merchandising. Su fuerza residía en la manera en que se insertaba en la narrativa personal de cada aficionado. Las historias que surgían alrededor de él eran innumerables: padres que le contaban a sus hijos cómo CAT los acompañaba en sus primeras visitas al estadio; jóvenes que compartían fotos de sus peluches junto a camisetas firmadas; creadores que reinterpretaban su figura en ilustraciones y animaciones, convirtiéndolo en un protagonista de relatos propios que circulaban por Instagram, TikTok y Twitter. Cada publicación, cada historia, alimentaba un mito colectivo que ya no pertenecía únicamente al FC Barcelona, sino a todos aquellos que sentían que su vida de alguna manera estaba marcada por él.

    El fenómeno alcanzaba dimensiones casi literarias cuando se observaba desde la perspectiva cultural. CAT no era solo un ícono comercial ni una mascota simpática; era un símbolo de pertenencia, un punto de encuentro entre tradición y modernidad. Su figura aparecía en murales urbanos, en ilustraciones de artistas locales, en stickers que adornaban las paredes de la ciudad, y hasta en intervenciones artísticas dentro del Camp Nou. Barcelona, ciudad de creatividad y pasión, había adoptado a CAT como un emblema no oficial: un pequeño guardián que recorría la ciudad invisible, pero omnipresente, recordando a todos la importancia de la identidad, la memoria y la emoción compartida.

    Incluso el hecho de que su peluche estuviera agotado reforzaba esta narrativa épica. La escasez no era un inconveniente, sino un elemento esencial de su leyenda. Cada vez que alguien conseguía uno, no solo adquiría un muñeco: obtenía un fragmento tangible de la mitología moderna del Barça. Los precios de reventa elevados eran un reflejo de la devoción y el valor simbólico que se le atribuía; no se trataba de un simple comercio, sino de la perpetuación de un mito que se construía colectivamente con cada transacción, cada historia y cada emoción compartida. Incluso la espera, el deseo y la frustración por no poder conseguirlo formaban parte de la experiencia narrativa: un rito moderno que transformaba lo material en leyenda.

    Lo más fascinante es que CAT lograba algo que pocas mascotas consiguen: su historia trascendía lo deportivo para convertirse en mito urbano y cultural. Era un puente entre generaciones, entre recuerdos y sueños, entre lo tangible y lo digital. Cada aficionado que lo contemplaba, lo sostenía o simplemente lo veía en redes sentía que formaba parte de algo más grande: un relato épico que conectaba la historia de un club centenario con la emoción cotidiana de millones de personas. CAT no necesitaba ganar títulos ni marcar goles para ser recordado; su grandeza residía en su capacidad de evocar emociones universales, de conectar lo personal con lo colectivo, y de transformar un objeto diminuto en un símbolo de pertenencia y orgullo.

    El relato de CAT continuaba expandiéndose a medida que nuevos aficionados lo descubrían, lo compartían y lo reinterpretaban. Su peluche agotado se convirtió en un talismán de la memoria, un guardián de la pasión y un recordatorio constante de que el Barça no es solo un club de fútbol, sino una experiencia compartida que se transmite de generación en generación. Cada historia de alguien que poseía el peluche o lo buscaba con devoción añadía un capítulo a la leyenda, reforzando la idea de que, en el corazón blaugrana, incluso lo más pequeño puede convertirse en un héroe inmortal.

    En el horizonte de la ciudad condal, donde las sombras del Camp Nou se alargan al caer la tarde y los murmullos de las victorias pasadas se mezclan con los sueños del futuro, CAT se alza como un guardián silencioso. Su figura, diminuta pero poderosa, es ahora más que un simple personaje: es mito, relato y emblema de una pasión que trasciende el tiempo. Cada aficionado que lo mira, que lo sostiene o que simplemente conoce su historia, participa de un ritual colectivo que convierte la emoción en memoria, y la memoria en leyenda.

    El peluche agotado, codiciado hasta el límite, se ha transformado en un artefacto casi sagrado, capaz de despertar la nostalgia de quienes vieron nacer al Barça moderno y la ilusión de quienes descubren el club en el presente. Su ausencia en las estanterías de la Barça Store solo refuerza la idea de que no se trata de un objeto común: es un símbolo de pertenencia y deseo, un vínculo tangible entre la historia del club y los sueños individuales. Los precios de reventa, elevados y fluctuantes, no disminuyen su valor emocional; al contrario, lo aumentan, recordando que la verdadera grandeza no se mide solo en dinero, sino en capacidad de inspirar y unir.

    Pero CAT no se limita al peluche. Su influencia se extiende por la narrativa digital y urbana: vídeos virales, ilustraciones callejeras, memes que cruzan continentes y generaciones. En cada publicación, en cada historia, CAT refuerza su papel como héroe colectivo. Su figura puede ser pequeña, pero su presencia es omnipresente: observa partidos, acompaña a los aficionados en sus casas, en los viajes, en los estadios, como si flotara entre la realidad y el mito, siempre recordando que la grandeza puede existir incluso en lo más diminuto.

    Los relatos que surgen alrededor de CAT son infinitos. Niños que sueñan con abrazarlo mientras cuentan goles, jóvenes que lo incluyen en fotografías con amigos como amuleto de suerte, adultos que lo atesoran como recuerdo de épocas pasadas. Cada uno de estos relatos añade un capítulo a su leyenda, y cada historia compartida refuerza la idea de que CAT no es simplemente una mascota: es el espíritu del Barça materializado, una conexión entre el club y sus seguidores que va mucho más allá de lo que cualquier trofeo podría ofrecer.

    Incluso en los rincones donde no hay fútbol, CAT deja su marca. En murales, ilustraciones urbanas, stickers en paredes del Born y del Raval, su figura es testimonio de un fenómeno cultural que trasciende los límites del deporte. Cada aparición fortalece su aura, recordando a los aficionados que la pasión blaugrana no se mide en goles o títulos, sino en los símbolos que logran unir emociones, generaciones y lugares. En cada hilo del peluche, en cada trazo de ilustración, se percibe la historia de un club que sabe que la verdadera magia está en los detalles, en los gestos y en los recuerdos compartidos.

    El peluche de CAT, aunque agotado, sigue siendo buscado, amado y venerado. No importa que no todos puedan poseerlo: su existencia, aunque intangible para muchos, es suficiente para mantener vivo un mito. Cada publicación en redes, cada historia de fans, cada ilustración urbana refuerza la narrativa: CAT es el héroe que no necesita anotar goles para ser recordado, que no necesita títulos para ser admirado. Su grandeza reside en su capacidad de unir, emocionar e inspirar, en su forma de aparecer en la memoria colectiva de millones de personas como un símbolo de alegría, pertenencia y pasión por el Barça.

    En última instancia, CAT es más que un personaje. Es el reflejo de la identidad blaugrana, una metáfora de cómo la grandeza puede surgir de lo pequeño y cómo la pasión puede convertir un peluche en mito. Su historia nos recuerda que la emoción compartida, la creatividad y el afecto son los verdaderos motores de la leyenda, y que, incluso en un mundo saturado de ídolos y estrellas, una criatura diminuta puede conquistar el corazón de todos y trascender el tiempo, el espacio y la propia realidad.

    Así, la mosca que nunca voló en los campos de fútbol se transforma en héroe inmortal, y el peluche agotado que algún día fue simple objeto se convierte en símbolo eterno de un club, una ciudad y una pasión que nunca se extingue. Cada mirada, cada abrazo y cada historia contada acerca de CAT confirma lo evidente: la verdadera leyenda no se mide por trofeos ni títulos, sino por la capacidad de hacer latir más fuerte el corazón de quienes creen, sueñan y aman. Y en ese sentido, CAT ya ha ganado todo.

    así, mientras los últimos rayos del sol acarician las gradas vacías del Camp Nou y la ciudad de Barcelona se viste con los colores blaugrana, CAT permanece vigilante, diminuto pero eterno, observando cómo generaciones de aficionados se enamoran, se emocionan y sueñan con él. No necesita goles para ser recordado ni trofeos para ser venerado; su grandeza reside en su capacidad de unir historias, emociones y corazones a través del tiempo. Cada mirada que se posa sobre su figura, cada abrazo que alguien le da, cada historia que se comparte en redes o en una charla entre amigos, confirma que CAT no es solo una mascota: es un héroe inmortal, un símbolo que vuela entre la realidad y la leyenda.

    El peluche oficial, la materialización de este mito, es ahora objeto de deseo supremo. Originalmente lanzado por la Barça Store a un precio de 34,99 €, se agotó en minutos debido a la intensidad de la demanda. Su escasez no disminuye su poder, sino que lo amplifica: cada ejemplar es un fragmento tangible de la historia blaugrana, un talismán que conecta a quien lo sostiene con toda la pasión y creatividad que CAT representa. Actualmente, para quienes buscan hacerse con él, la vía oficial sigue siendo la Barça Store online y las tiendas físicas del club, donde se puede consultar la disponibilidad y las reposiciones futuras. Para quienes no logran adquirirlo allí, existen mercados de segunda mano y plataformas de reventa, donde los precios pueden oscilar entre 90 y 100 € o incluso más, dependiendo del estado y la demanda. Cada intento de conseguirlo, cada espera y cada historia compartida refuerza su aura mítica: no es solo un peluche, es la encarnación de un sueño blaugrana.

    Así, CAT sigue su vuelo invisible sobre la ciudad y los corazones de millones. No importa dónde estés, su presencia se siente en cada gesto de orgullo, en cada cántico en las gradas, en cada relato que une a padres e hijos, jóvenes y veteranos, locales y aficionados de todo el mundo. El mito de CAT y su peluche oficial nos recuerda que la verdadera grandeza puede surgir de lo diminuto, que la pasión no se mide en trofeos sino en emociones compartidas, y que un héroe no necesita ser gigante para ser eterno.

    El FC Barcelona presentó oficialmente el pasado 4 de diciembre el nuevo peluche CAT, la mascota que se ha convertido en el último producto estrella del club. El acto tuvo lugar en el Museo Inmersivo del Barça, donde los invitados, pudieron ver por primera vez el diseño final del muñeco que aspira a convertirse en el regalo blaugrana más buscado en los últimos tiempos.

    peluche es una replica de la mascota del 125º aniversario de la entidad culé, vestido precisamente con la equipación que lució el equipo de Pere Romeu la temporada pasada para la efeméride del club azulgrana.

    El peluche CAT tiene un precio único de 34,99 euros. No existen versiones en diferentes tamaños ni modelos alternativos: el club ha optado por lanzar una sola versión oficial.

    Al final, sostener el peluche de CAT no es simplemente poseer un objeto: es abrazar una leyenda, sentir la vibración de toda una ciudad y un club, y convertirse en parte de una historia que seguirá creciendo mientras el Barça y sus aficionados existan. Y en esa dimensión, la mosca más diminuta de Barcelona se transforma en símbolo eterno de un corazón que late blaugrana, siempre, para siempre.

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    https://store.fcbarcelona.com/es/collections/cat-collection/products/cat-teddy-official-fc-barcelona

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • La crónica | El DUX ya sonríe en Liga F

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ El DUX Logroño vence en casa del Alhama ElPozo (0-4) y sale del descenso.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Lo que se juega este sábado 31 de enero a las 17:00 horas en el Estadio Francisco Artés Carrasco de Lorca de Murcia trasciende cualquier etiqueta convencional de “partido de Liga”. No es una jornada más, no es un simple cruce entre dos equipos de la zona baja, no es una tarde cualquiera de fútbol femenino. Es un punto de inflexión, una frontera emocional, deportiva y casi existencial para dos proyectos que llevan meses caminando sobre el alambre, con el vértigo constante del descenso marcando cada paso, cada decisión y cada balón dividido. Alhama CF ElPozo y DUX Logroño se citan en un duelo directo por la permanencia que condensa en noventa minutos el peso de una temporada entera, la angustia acumulada de semanas sin ganar, la esperanza renovada —o agotada— de mercados invernales, cambios de banquillo, reconstrucciones forzadas y una Liga F Moeve que no concede tregua ni margen de error a quienes se quedan atrás.

    El contexto es demoledor. El Alhama CF ElPozo llega a esta cita marcando la frontera de la salvación con 9 puntos, tres por encima de su rival, pero con una dinámica que invita más a la preocupación que al alivio. Las murcianas no ganan en Liga desde el 5 de octubre, una eternidad en términos futbolísticos, un periodo que ha ido erosionando la confianza del vestuario, la paciencia de la grada y la tranquilidad del entorno. Desde aquel triunfo, cada jornada ha sido una mezcla de resistencia, frustración y oportunidades que se escapaban por detalles mínimos o por errores castigados con una crudeza implacable. Ni siquiera la llegada de Randri García al banquillo ha logrado revertir la inercia negativa. El cambio de entrenador trajo ajustes, nuevas ideas y un discurso renovado, pero no el elemento más ansiado: la victoria. Y en la Liga F, cuando los resultados no acompañan, el tiempo se convierte en un enemigo silencioso que va estrechando el margen hasta asfixiar cualquier proyecto.

    Frente a ellas aparece un DUX Logroño herido, necesitado, casi desesperado, pero también cargado de una sensación extraña, mezcla de urgencia y oportunidad. Las riojanas ocupan la 15ª posición con 6 puntos y son, a estas alturas del campeonato, el único equipo que todavía no ha conseguido ganar un partido. Esa estadística, demoledora por sí sola, pesa como una losa cada fin de semana. Cada empate sabe a poco, cada derrota se vive como un paso más hacia el abismo, pero al mismo tiempo, cada jornada sin victoria alimenta la idea de que el primer triunfo tiene que llegar en algún momento, y cuando lo haga, puede cambiarlo todo. El DUX ha vivido una auténtica revolución en este mercado invernal, con seis incorporaciones que han alterado por completo la fisonomía del equipo, el once tipo, las jerarquías internas y, sobre todo, la narrativa de un proyecto que se negaba a resignarse a un destino escrito demasiado pronto.

    Este partido, además, no se entiende sin mirar atrás. El choque de la primera vuelta terminó con un 2-4 favorable al Alhama CF ElPozo en Las Gaunas, un resultado que entonces parecía confirmar que las murcianas estaban un escalón por encima en este particular pulso por la permanencia. Aquel día, el Alhama mostró una eficacia ofensiva que hoy parece lejana, mientras que el DUX evidenció fragilidades defensivas que han perseguido al equipo durante buena parte de la temporada. Sin embargo, el fútbol rara vez respeta los precedentes cuando el contexto cambia de forma tan radical como lo ha hecho desde entonces. Hoy ambos equipos llegan con plantillas distintas, estados anímicos distintos y una presión acumulada que multiplica el valor de cada acción.

    Para el Alhama CF ElPozo, ganar este partido significaría algo más que tres puntos. Sería romper una racha psicológicamente devastadora, reafirmar el trabajo del nuevo cuerpo técnico y, sobre todo, abrir una brecha de seis puntos con un rival directo que podría resultar definitiva en la lucha por evitar el descenso. Sería, en palabras simples, un paso de gigante hacia la permanencia. Pero perder —o incluso empatar— reabriría todas las heridas, devolvería la ansiedad al primer plano y permitiría al DUX Logroño aferrarse a la idea de que la salvación sigue siendo posible. El margen es tan estrecho que no hay espacio para la especulación.

    El Alhama llega a este duelo con la carga de saber que juega en casa, ante su gente, en un escenario que debería ser refugio y fortaleza, pero que en los últimos meses se ha convertido también en un espejo incómodo donde se reflejan las dudas. El José Kubala ha visto pasar partidos en los que el equipo compitió, se adelantó incluso en el marcador, pero terminó cediendo por errores puntuales o por la incapacidad de cerrar los encuentros. La sensación de fragilidad en los minutos finales ha sido uno de los grandes lastres del equipo, una asignatura pendiente que Randri García ha intentado corregir con ajustes tácticos, mayor solidez defensiva y un enfoque más pragmático en determinados tramos de los partidos. Sin embargo, la frontera entre el pragmatismo y el miedo es fina, y en un partido como este, cualquier exceso de cautela puede convertirse en un arma de doble filo.

    En el plano futbolístico, el Alhama sabe que necesita recuperar su versión más competitiva, aquella que le permitió sumar puntos en el arranque del campeonato y mirar la tabla con cierta tranquilidad. Necesita volver a ser un equipo incómodo, intenso, capaz de morder arriba cuando el rival duda y de protegerse con orden cuando toca sufrir. La falta de victorias no ha borrado por completo la identidad del equipo, pero sí la ha erosionado. Y este partido exige, más que nunca, claridad de ideas y convicción en el plan.

    El DUX Logroño, por su parte, llega a Alhama con la sensación de estar ante una de esas oportunidades que no se repiten. Ganar significaría igualar a su rival en la clasificación, romper el maleficio de la primera victoria y dar sentido inmediato a la profunda remodelación invernal. Perder, en cambio, podría ser un golpe casi definitivo, no solo por la distancia en puntos, sino por el impacto emocional de seguir sin conocer el triunfo a estas alturas del curso. El equipo riojano ha cambiado caras, ha cambiado dinámicas y ha cambiado incluso el relato interno. Las seis incorporaciones han elevado el nivel competitivo de la plantilla, han generado competencia interna y han permitido al cuerpo técnico disponer de más variantes tácticas. La única que todavía no ha debutado es Welma Fon, cuya llegada ha despertado expectación y curiosidad, y cuya posible participación añade un elemento extra de incertidumbre al partido.

    La revolución del DUX no ha sido solo cuantitativa, sino también cualitativa. Se ha buscado experiencia, físico, capacidad para competir en contextos de máxima presión. Se ha buscado, en definitiva, dotar al equipo de herramientas para sobrevivir en una Liga F que castiga duramente cualquier debilidad estructural. Y aunque los resultados todavía no han llegado, en las últimas jornadas se han percibido brotes verdes, señales de un equipo más sólido, más ordenado, menos vulnerable a los golpes anímicos que antes lo descomponían. Falta, eso sí, el paso definitivo: ganar.

    Este partido, retransmitido en directo por DAZN, se convierte también en un escaparate de la crudeza y la belleza del fútbol de supervivencia. No habrá florituras innecesarias ni especulación estética. Habrá duelos, segundas jugadas, balones largos cuando haga falta, faltas tácticas, miradas al banquillo y al reloj, y una tensión que se podrá cortar con un cuchillo desde el primer minuto. Cada saque de banda, cada córner, cada balón dividido en el centro del campo tendrá un peso específico mayor que en cualquier otro contexto. Porque aquí, cada detalle cuenta.

    El recuerdo del 2-4 de la primera vuelta planea sobre el partido como una referencia incómoda para el DUX y un estímulo para el Alhama. Las murcianas saben que ya fueron capaces de hacerle daño a este rival, de encontrar espacios, de castigar sus errores. Las riojanas, en cambio, saben que no pueden permitirse repetir los mismos fallos, que aquel partido debe servir como lección y no como condena. La memoria futbolística es selectiva, pero en encuentros de esta naturaleza, los precedentes se convierten en gasolina emocional.

    Desde el punto de vista emocional, el choque es casi un examen de carácter. ¿Quién soportará mejor la presión? ¿Quién sabrá gestionar los momentos de adversidad? ¿Quién tendrá la sangre fría para aprovechar el error ajeno cuando aparezca? Porque aparecerá. En partidos así, los errores son inevitables. La diferencia entre sobrevivir o hundirse está en la capacidad para minimizar los propios y maximizar los del rival.

    El Alhama CF ElPozo juega con la ventaja —y la carga— de saber que una victoria puede cambiar radicalmente su horizonte inmediato. Pasar de 9 a 12 puntos, abrir hueco, respirar. Pero esa misma conciencia puede generar un exceso de responsabilidad, una rigidez que paralice en lugar de liberar. El DUX Logroño, por contra, juega con la urgencia del que no tiene nada que perder, del que necesita arriesgar porque el empate ya no basta. Esa mentalidad puede ser peligrosa para el rival si se canaliza bien, pero también puede convertirse en precipitación si no se gestiona con cabeza.

    En este escenario, los primeros minutos serán clave. El equipo que logre imponer su ritmo, ganar los primeros duelos y enviar el mensaje de que está preparado para la batalla, tomará una ventaja psicológica importante. Un gol tempranero podría desatar un terremoto emocional difícil de controlar para el equipo que lo encaje. Y un partido que llegue igualado al tramo final puede convertirse en una auténtica prueba de nervios, donde el miedo a perder pese más que el deseo de ganar.

    No es exagerado decir que este partido puede marcar un antes y un después en la temporada de ambos equipos. Para el Alhama, es la oportunidad de confirmar que, pese a la mala racha, sigue teniendo margen y recursos para mantenerse en la élite. Para el DUX Logroño, es la posibilidad de reescribir una temporada que hasta ahora ha sido una sucesión de golpes y frustraciones. En ambos casos, el resultado tendrá consecuencias que irán mucho más allá de la clasificación inmediata.

    La Liga F Moeve, en su exigencia constante, no espera a nadie. Cada jornada es una prueba, pero algunas, como esta, son juicios finales anticipados. El sábado en Alhama no habrá red de seguridad. Noventa minutos, un balón, dos equipos y una permanencia en juego. El fútbol, en su versión más cruda y más pura. Y cuando el árbitro señale el final, nada será igual para quien gane… ni para quien pierda.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El choque por la permanencia al detalle |

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🏆 Liga F Moeve

    LigaFMoeve | #AlhamaDUXLogroño

    🤩 Temporada 2025-2026

    🔥 Alhama ElPozo 🆚 DUX Logroño 🔥

    ✨ 18º partido ✨

    🗓️ Sábado, 31 de enero de 2025

    🕢 17:00 horario peninsular

    📺 APP de DAZN

    🏟️ Estadio Francisco Artés Carrasco, Lorca

    Los onces |

    (Fuente: DUX Logroño)

    Lo que ocurrió en la tarde del sábado en el Estadio Francisco Artés Carrasco de Lorca no fue simplemente una victoria visitante ni un resultado abultado en un duelo directo por la permanencia. Fue una ruptura. Una fractura emocional y deportiva que partió en dos la temporada del Alhama CF ElPozo y del DUX Logroño, y que dejó una imagen imborrable en la memoria reciente de la Liga F Moeve 2025-2026. Un equipo que llegaba hundido, último, sin victorias, sin red, fue capaz de firmar el partido más completo, más cruel y más determinante de todo su curso para salir del descenso y cambiar de golpe su narrativa.

    El otro, que jugaba en casa y se sabía ante una oportunidad histórica de dar un paso casi definitivo hacia la salvación, se desmoronó sin encontrar respuesta, ni refugio, ni un solo argumento al que agarrarse cuando el partido empezó a escaparle de las manos.

    El 0-4 final no fue un accidente ni un castigo excesivo dictado por el azar. Fue la consecuencia lógica de un encuentro que el DUX Logroño entendió desde el primer minuto como una final absoluta, y que el Alhama CF ElPozo nunca consiguió leer ni emocional ni futbolísticamente. Porque cuando un partido se decide en la cabeza antes que en las piernas, el marcador suele reflejarlo con una contundencia que no admite matices ni discusión.

    El ambiente previo ya era denso, casi irrespirable. El Artés Carrasco, consciente de lo que había en juego, empujó desde el calentamiento a un Alhama que llevaba meses sin ganar y que necesitaba el triunfo como quien necesita aire para seguir avanzando. Pero ese mismo clima, lejos de liberar, atenazó. Cada pase horizontal era recibido con un murmullo inquieto, cada balón largo sin destinataria generaba impaciencia, cada pérdida alimentaba la sensación de que el tiempo corría más rápido de lo habitual. En frente, el DUX Logroño saltó al césped con una serenidad impropia de un equipo que hasta ese momento no había ganado ningún partido en toda la temporada. Serenidad, sí, pero no pasividad: había tensión competitiva, concentración máxima y una idea clara, trabajada, sobre cómo hacer daño.

    Desde el inicio quedó claro que las riojanas habían viajado a Lorca para algo más que sobrevivir. El bloque estaba junto, las líneas bien compactas, las vigilancias constantes y, sobre todo, había una agresividad positiva en cada duelo que descolocó a las murcianas. El Alhama quería llevar el peso del partido, pero lo hacía sin profundidad, con posesiones largas y estériles que chocaban una y otra vez contra un DUX sólido, paciente, esperando su momento sin ansiedad.

    Ese momento llegó pronto. Demasiado pronto para un Alhama que todavía no había conseguido asentarse en el encuentro. Apenas corría el minuto 6, cuando los nervios aún no se habían transformado en urgencia, cuando una acción dentro del área terminó con penalti señalado por la colegiada tras una falta sobre Laura Martínez. Isina tomó la responsabilidad sin dudarlo. Colocó el balón con calma, respiró hondo y ejecutó con precisión máxima. El disparo, potente y ajustado, superó a la guardameta y abrió el marcador con el 01 que cayó como un mazazo sobre el equipo local.

    Lejos de conformarse, Isina buscó inmediatamente el doblete con un gran disparo desde la frontal que obligó a la portera a sacar una mano extraordinaria a media altura. El DUX había olido sangre. El Alhama, herido, trató de reaccionar y gastó incluso un turno de FVS para reclamar un posible penalti de Milagros Martín sobre Yiyi. La revisión no prosperó. La colegiada desestimó la acción y el cero a uno se mantuvo en el electrónico en un primer tiempo intenso, físico, más emocional que estético, donde ninguno quiso regalar un centímetro.

    Las veintidós protagonistas se marcharon al túnel de vestuarios con una mínima ventaja visitante que parecía corta, peligrosamente corta, para lo que quedaba por delante. Todo podía dinamitarse en cualquier acción del segundo acto, y esa sensación de partido abierto mantenía al espectador atrapado, en tensión constante, esperando el siguiente golpe.

    Tras el descanso, el Alhama movió ficha. Adelantó líneas, subió el ritmo y estuvo cerca del empate con acercamientos constantes, incluso con un cabezazo que se estrelló en el poste y heló la sangre de las riojanas. Pero cuando mejor parecía estar el conjunto murciano, cuando el partido parecía inclinarse por inercia hacia el área visitante, fue el DUX quien volvió a golpear con una contundencia devastadora.

    Corría el minuto 61 cuando Flavine protagonizó una acción monumental desde su propio campo, sorteando a dos rivales con potencia y criterio antes de asistir en carrera a una recién ingresada Salomé Prat. La francesa, uno de los refuerzos invernales, se perfiló con clase y desde la frontal sacó un derechazo cruzado, precioso, imposible para Elena de Toro.

    El 0-2 fue una transición perfecta, un golpe quirúrgico que dejó helada a la afición local y que cambió por completo la temperatura emocional del partido.

    Con el 02, el Alhama siguió intentándolo, más por orgullo que por claridad. Y ahí emergió la figura de María Miralles, soberbia bajo palos, sosteniendo al DUX con intervenciones decisivas que terminaron de apagar cualquier intento serio de reacción local. El partido empezaba a inclinarse definitivamente.

    Y aún quedaba la sentencia. A falta de poco más de un cuarto de hora, Isina volvió a aparecer, esta vez como asistente, colgando una falta desde la derecha con precisión milimétrica. Iria Castro atacó el espacio con fe y contundencia para batir a Sol Belotto y celebrar el 03 en el minuto 75. Un gol que convirtió lo difícil en imposible para el Alhama y que confirmó que la tarde era completamente riojana.

    El encuentro ya estaba decidido, pero el DUX no quiso bajar el pie. En el minuto 89, Ximena Velazco revulsiva y eléctrica, firmó el 04 definitivo con un remate algo acrobático que cerró una obra coral, seria, madura, histórica para el conjunto logroñés.

    Ese último gol fue la firma final. El recordatorio definitivo de que el DUX Logroño no había venido solo a ganar, sino a mandar un mensaje rotundo a toda la zona baja de la tabla: este equipo está vivo. Muy vivo.

    Cuando el árbitro señaló el final, las consecuencias eran evidentes. El DUX Logroño salía del descenso, dejaba atrás meses de angustia y superaba a un rival directo, alterando de golpe el tablero de la lucha por la permanencia.

    Por primera vez en la temporada, la clasificación dejaba de ser una condena silenciosa para convertirse en un estímulo real.

    El Alhama CF ElPozo, en cambio, quedaba atrapado en una espiral peligrosa. La derrota no solo suponía perder tres puntos, sino también una ventaja psicológica clave. Sin Copa de la Reina Iberdrola, sin partidos que sirvan de refugio emocional, la Liga se convierte ahora en una sucesión de finales anticipadas.

    Porque hay partidos que no solo deciden una jornada.
    Hay partidos que redefinen una temporada entera.

    Y el 0-4 de Lorca fue exactamente eso: el día en que el DUX Logroño dejó de ser una promesa desesperada y pasó a ser un competidor real por la permanencia.
    El día en que el fútbol volvió a demostrar, una vez más, que nunca escribe el final antes de tiempo.

    Las riojanas se llevan los puntos que estaban en liza y experimentan la dulce sensación del triunfo por primera vez en la élite como DUX Logroño, la última vez que estuvieron en la Primera División Femenina todavía competían con EDF Logroño y acumulan ya 9 unidades que le colocan decimocuarto en la clasificación liguera.

    Por su parte, un Alhama ElPozo que debe renacer tras la llegada de una estrella española como María José Pérez, ya pone su atención en el siguiente capítulo que le medirá precisamente en el Heliodoro Rodríguez López al Costa Adeje Tenerife Egatesa.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    📋 Ficha técnica |

    Alhama: Sol Belotto, Aitana, Nuria, Judith (Carla, 70′), Yiyi, R. Pinel (Patri, 67′), Ana Velázquez (Estefa, 67′), Nini (Astrid Álvarez, 46′), M. Gestera (Mari Jose, 46′), Encarni y Belén.

    DUX DUX Logroño: Miralles, Laura M., Asenjo (Salomé, 50′), Marta, Isina Corte, Annelie (Iria Castro, 62′), Martín, Falfán (Cata, 50′), Mawete (Velazco, 82′), Sandra (Giménez, 62′) y Rebeca.

    Goles |

    0-1 Isina (P.) 6’ ⚽️

    0-2 Salomé Prat 61’ ⚽️

    0-3 Iria Castro 75’ ⚽️

    0-4 Ximena Velazco 89’ ⚽️

    Árbitra: Beatriz Cuesta, que amonestó a Mawete (min 27); Ana (min 54); Cata (min 63); Encarni (min 88) con tarjeta amarilla.

    Vídeo |

  • La crónica | El Atlético toca madera en la visita del Granada

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ El Atlético de Madrid firmó un empate (1-1) ante el Granada en un encuentro intenso y muy disputado, en el que hizo méritos suficientes para llevarse los tres puntos. El conjunto rojiblanco dominó amplias fases del duelo y rozó la victoria en varias ocasiones, pero la falta de acierto y la madera —hasta en tres remates— se aliaron con la mala fortuna para negarle un triunfo que pareció al alcance de la mano.

    La previa |

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El fútbol, cuando se detiene a escucharse a sí mismo, sabe que hay partidos que no se juegan solo con once futbolistas, un árbitro y un balón. Hay mañanas en las que el césped se convierte en un espejo de lo que fue, de lo que se perdió y de lo que todavía puede ser.

    El sábado, 31 de enero de 2026, a las 12:00 del mediodía, en Alcalá de Henares, el Atlético de Madrid y el Granada CF se citan en uno de esos encuentros que no se explican solo con la clasificación, ni con la racha, ni siquiera con el estreno de un nuevo entrenador. Se citan en un partido que arranca con un brazalete verde en el brazo y una palabra que atraviesa todo: esperanza.

    Porque la Jornada 18 de la Liga F Moeve no es una jornada cualquiera. Es una jornada teñida de verde, un color que no pertenece a ningún escudo pero que representa a todas. Las futbolistas, los cuerpos técnicos y las árbitras portarán los Brazaletes de Esperanza bajo el lema “El símbolo que nos une”, un gesto que trasciende lo deportivo y convierte cada carrera, cada duelo y cada celebración en un acto de visibilidad, de acompañamiento, de conciencia colectiva. En un deporte que ha aprendido a ser altavoz, la Liga F vuelve a recordarse —y recordarnos— que el fútbol también puede abrazar.

    Y en ese contexto, con ese marco emocional que envuelve el fin de semana, aparece un duelo rojiblanco que parece escrito para el relato largo. Atlético de Madrid contra Granada C.F.

    Dos equipos que visten de rojo y blanco, dos caminos que se cruzaron la temporada pasada en la lucha por la Champions, dos estados de ánimo opuestos y, sin embargo, complementarios. Uno, buscando reencontrarse consigo mismo. El otro, cabalgando un inicio de año que ha borrado los fantasmas del otoño.

    El Atlético de Madrid llega a la cita en la quinta posición de la Liga F Moeve con 27 puntos, a diez de la zona Champions, una distancia que no es solo numérica, sino también simbólica. Diez puntos son diez latidos de diferencia entre el recuerdo de lo que este equipo fue y la incógnita de lo que puede volver a ser.

    La derrota en la semifinal de la Supercopa de España ante el Real Madrid (3-1) dejó cicatriz. El inesperado tropiezo en casa frente al Espanyol (0-1) profundizó la herida. Y, como consecuencia, el club decidió mover el timón con la salida de Víctor Martín Alba, ex del Madrid CFF.
    José Herrera se estrena en el banquillo colchonero. Lo hace sin red, sin tiempo y sin margen para el ensayo. Lo hace sabiendo que cada decisión será observada con lupa, que cada cambio será leído como un manifiesto y que cada victoria —o cada tropiezo— será interpretado como una pista del futuro. Herrera, ex preparador del Costa Adeje Tenerife Egatesa, aterriza en uno de los banquillos con más peso simbólico del fútbol femenino español, el del campeón de la Supercopa de España 2021, un club que no concibe la irrelevancia y que convive mal con la espera.

    No podrá contar con Gio Queiroz, baja sensible en el frente ofensivo, pero sí podría empezar a escribir la historia de Kathrine Møller Kühl, la centrocampista danesa que asoma como una de esas futbolistas llamadas a ordenar el caos, a poner pausa donde hubo prisa y a darle sentido a la posesión.
    Sus primeros minutos con la camiseta rojiblanca podrían llegar en un partido que exige cabeza fría y piernas calientes.
    Enfrente, el Granada es el equipo que ha hecho del cambio de año una declaración de intenciones. El equipo que se marchó al parón navideño herido, eliminado de la Copa de la Reina por la mínima ante el FC Badalona Women y con una sola victoria en sus últimos diez partidos ligueros. El equipo que necesitaba resetear y lo hizo. Año nuevo, vida nueva. No como lema vacío, sino como convicción.
    Las de Irene Ferreras han arrancado 2026 como un tiro. Tres partidos, tres victorias, cero goles encajados. Espanyol (0-2), DUX Logroño (1-0), Alhama CF ElPozo (2-0). Nombres distintos, contextos distintos, mismo resultado.

    El Granada es, junto al Fútbol Club Barcelona , el único equipo que ha ganado todos sus partidos de Liga F Moeve en este nuevo año. Pero, a diferencia del gigante azulgrana, las nazaríes lo han hecho desde la contención, desde el orden, desde una solidez que no siempre se refleja en titulares ruidosos, pero que construye equipos duraderos.
    Chika Hirao y Laura Sánchez han levantado un muro invisible en la portería. Dos guardametas, dos estilos, una misma consecuencia: el cerrojo echado. Cinco paradas en dos partidos para Laura. Seguridad quirúrgica para Chika. El Granada no solo gana, sino que convence desde atrás hacia delante. Y eso, en una liga cada vez más exigente, es una señal inequívoca de crecimiento.
    Con esos nueve puntos, el conjunto nazarí ha escalado hasta la décima posición con 22 puntos, dieciséis por encima del descenso. Una tranquilidad que permite mirar al futuro con ambición y al presente con descaro. Porque lo que busca el Granada en Alcalá de Henares no es sobrevivir.
    Es hacer historia. Una cuarta victoria consecutiva en Primera División sería un récord para el club. Un golpe sobre la mesa. Una confirmación de que lo de enero no es casualidad, sino causalidad.
    “Tenemos la ilusión de tener un partido muy bonito y exigente por delante”, afirmó Irene Ferreras en la previa. La frase, medida y serena, esconde la determinación de quien sabe que su equipo llega en el mejor momento emocional de la temporada. Todas las jugadoras estarán disponibles. No hay excusas. No hay parches. Hay once futbolistas dispuestas a competir de tú a tú contra un gigante herido.
    Los precedentes, sin embargo, sonríen al Atlético. Ocho victorias, un empate y una sola derrota en los diez enfrentamientos de élite entre ambos conjuntos.
    A comienzos de curso, las colchoneras se impusieron con contundencia en la primera vuelta (0-4), con doblete de Fiamma Benítez y goles de Vilde Bøe Risa y Synne Jensen.
    También se cruzaron el año pasado en las semifinales de la Copa de la Reina, donde el Atlético se llevó el pase con un global de 5-2 tras ganar 0-2 y 3-2. Y en aquella Liga F Moeve, ambos equipos caminaron juntos durante meses en la pelea por la tercera plaza que daba acceso a la Champions, una batalla que finalmente cayó del lado madrileño, dejando al Granada quinto, solo por detrás del Athletic Club.

    Pero el fútbol vive poco del ayer y mucho del ahora. Y el ahora dice que el Atlético necesita ganar. Necesita volver a reconocerse. Necesita dejar atrás una racha que le ha hecho olvidar la sensación de victoria, una sensación que no experimenta en partido oficial desde el 20 de noviembre de 2025, cuando asaltó Enschede para vencer al Twente en la Liga de Campeones. Desde entonces, el tiempo se ha vuelto espeso en Alcalá.
    Por eso, este partido es más que tres puntos. Es el inicio de una narrativa. Es la primera página del libro de José Herrera.
    Es el momento de abrir el sobre, como en esos cromos de la Liga F Moeve 2025-2026 que ahora están de moda, y descubrir si dentro hay una victoria, una señal, una promesa.
    El CTA de la RFEF ha designado a la colegiada catalana Ylenia Sánchez Miguel para impartir justicia. Una árbitra que tendrá que gestionar no solo un partido intenso, sino un duelo cargado de emociones, con dos equipos que saben competir y que no regalan ni un centímetro.

    Mientras tanto, en la clasificación, el Atlético es cuarto —o quinto, dependiendo del arrastre de la jornada— con 27 puntos y mira de reojo a la Real Sociedad, tercera, y al Costa Adeje Tenerife, cuarto, sabiendo que el margen es mínimo y el error

    El Granada, décimo, juega con la libertad de quien ya ha hecho los deberes, pero no se conforma con el aprobado.
    Y así, con el verde de la esperanza en el brazo, con el rojo y blanco en el pecho y con enero pidiendo relatos nuevos, Atlético de Madrid y Granada CF se preparan para un partido que no promete fuegos artificiales, pero sí verdad. Un partido que no se grita antes de jugarse, pero que se recuerda si se gana. Un partido que empieza a las 12:00 horario peninsular, pero que puede marcar todo un año.
    Porque hay mañanas en las que el fútbol no se juega para ganar. Se juega para volver a creer.

    (Fuente: Liga F Moeve)

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    🔜 NEXT GAME

    LigaFMoeve | #AtletiGranada


    🏆 Liga F Moeve


    😍 Temporada 2025-2026


    🤝 Decimoctava jornada


    🔥 Club Atlético de Madrid 🆚 Granada Club de Fútbol 🔥


    🗓️ Sábado, 31 de enero de 2026


    ⏰ 12:00 horario peninsular


    📺 DAZN 1 (Dial 70 de Movistar Plus)


    🏟️ Centro Deportivo Alcalá de Henares Madrid

    El Atlético de Madrid saltó al césped frente al Granada con el primer once diseñado por José Herrera desde su llegada al banquillo rojiblanco, una alineación que ya dejó entrever sus primeras intenciones: Gallardo, capitana y guardiana de la portería; Medina, Lauren Leal, Menayo y S. Lloris en la línea defensiva; Bøe Risa, J. Bartel y Fiamma como eje del centro del campo; y Jensen, Amaiaur y Luany formando el tridente ofensivo.

    El Granada, por su parte, respondió en Alcalá de Henares con un once reconocible y jerárquico, liderado por Laura S. bajo palos; Blanca, Jujuba, Alba P. y Clara en la línea defensiva; A. Mingueza, Leles y L. Pérez en la sala de máquinas; y Lauri, capitana y referencia creativa, acompañada en ataque por A. Gómez y Sonya Keeffe

    El debut de José Herrera, ex del Club Deportivo Tenerife en el banquillo del Atlético de Madrid siembra esperanza en las filas del bicampeón de la Copa de la Reina Iberdrola, pues al ex preparador del representativo canario solo le faltó una pequeña dosis de fortuna, Amaiur Sarriegui en un par de ocasiones y la debutante Møller Kühl, se toparon con el poste y no pudieron darle la victoria a las madrileñas frente a un buen Granada Club de Fútbol.

    El encuentro se encendió desde el pitido inicial. El conjunto rojiblanco avisó en repetidas ocasiones hasta que encontró recompensa: tras un disparo al travesaño que agitó el ambiente, Synne Jensen firmó el 10 en el minuto 11 para abrir la lata antes del primer cuarto de hora.

    Con justicia el tres veces campeón de la Liga F Moeve se ponía en ventaja ante un Granada que está atravesando un buen momento de forma y a pesar de vestir de gris, su segunda equipación, no quería que la mañana acabase con esa tonalidad en su desplazamiento a la capital española.

    Lejos de acusar el golpe, el Granada respondió con carácter. Elevó su intensidad en los duelos, buscó el peligro a balón parado y llevó el choque a un terreno más trabado, con faltas reiteradas y tarjetas que evidenciaban la tensión sobre el césped.

    Mientras tanto, el Atleti insistía por fuera, cargando el área con centros laterales y segundas jugadas, aunque se encontró con una zaga cada vez más sólida.

    La resistencia de las andaluzas terminó transformándose en premio en el minuto 32, cuando Andrea Gómez apareció con olfato en zona de remate para equilibrar el marcador por culpa de una gran asistencia de Laura Pérez y con el 11 en electrónico tocaba empezar desde cero.

    Estaba claro que las que buscaban el segundo gol era el Atlético de Madrid, sin suerte, pero con iniciativa y otra cara respecto a los últimos encuentros de la era Viti, ya sabemos que un vestuario el cambio de técnico, por mucho que el ex del Madrid CFF no fuese culpable de todos los males, suele activar a una plantilla.

    El tiempo transcurrió muy rápido en un duelo electrizante casi por definición y las 22 protagonistas ganaron el túnel de vestuarios con las tablas en el electrónico que lo dejaba todo pendiente de resolución en Alcalá de Henares.

    El Atlético volvió a encontrar la conexión Jensen-Amaiur en el arranque del segundo acto, pero la excelsa asistencia de la finlandesa en forma de vaselina que terminó con un disparo de la dorsal número veinte volviendo a ser expulsado de manera violenta por la cruceta para desesperación del respetable que se congregó en masa en las gradas, fueron Milicento ochenta y seis los espectadores que vibraron con el choque.

    El Granada, que buscaba hacer bueno el empate. Poco a poco, las colchoneras fueron acelerando y acercándose al tanto, que, por el momento, se les resistía. Buen comienzo de segunda mitad, pero las de Herrera necesitaban más para marcar.

    El paso hacia delante del Atlético quedó patente, por lo que, a tenor de lo que se estaba viendo, el segundo gol no iba a tardar en llegar. La insistencia de las colchoneras era más que evidente, para alegría de su afición, que esperaba que las suyas pudieran mejorar. El choque, con el paso de los minutos, se convirtió en un auténtico asedio por parte del conjunto de la capital, que estaba mereciéndose volver a ponerse por delante de manera palpable.

    Avanzaban los minutos y el Atlético se mostraba muy superior al Granada, que era consciente de que iba a sufrir sobremanera. Kühl, el nuevo fichaje, debutó a lo grande, estrellando el balón en el palo, rozando el dos a uno que hubiera sido más que merecido, pero la fortuna no estuvo del lado del segundo fichaje invernal del Atlético de Madrid, era inaudito debió pensar Herrera desde el banquillo, mientras Irene Ferreras esbozó una mueca de alivio.

    El conjunto rojiblanco, consciente de que el empate no satisfacía sus aspiraciones ni su ambición competitiva, asumió el riesgo inherente a quien se sabe obligado a ir un paso más allá.

    No había margen para la especulación ni espacio para la duda. Las futbolistas de José Herrera, firmes en la idea transmitida desde el banquillo y convencidas del camino elegido, se volcaron definitivamente sobre el campo contrario, instalando su campamento base en las inmediaciones del área del Granada y convirtiendo cada posesión en un nuevo intento de asalto. El balón circulaba con insistencia, de un costado al otro, buscando grietas, esperando ese desajuste mínimo que permitiera transformar la presión en ventaja real.

    Sin embargo, el fútbol rara vez concede soluciones sencillas cuando el reloj aprieta. El Granada, fiel a su plan y plenamente consciente de lo que estaba en juego, se replegaba con orden, disciplina y una concentración casi quirúrgica. Cada línea se movía en bloque, cada basculación estaba medida, cada despeje era celebrado como un pequeño triunfo dentro de una batalla mayor. Las visitantes habían encontrado en la resistencia su principal arma y estaban dispuestas a exprimirla hasta el último segundo. No se trataba únicamente de defender un resultado, sino de sostener una idea, de resistir emocionalmente ante el empuje de un rival que no dejaba de insistir.

    El Atlético empujaba, sí, pero lo hacía sin perder de vista su propio equilibrio. En ese tramo del encuentro, donde el corazón pide atacar con todo y la cabeza exige no cometer errores irreparables, las rojiblancas se movían sobre una fina línea que separa la valentía de la imprudencia. Las centrales mantenían una vigilancia constante sobre cualquier intento de transición, el centro del campo ajustaba posiciones para evitar pérdidas peligrosas y la portería propia permanecía como una referencia silenciosa, recordatorio permanente de que un descuido podía echar por tierra todo el esfuerzo acumulado.

    A medida que los minutos se consumían, el ambiente se cargaba de una tensión casi palpable. Cada balón colgado al área levantaba a la grada, cada disparo bloqueado provocaba un murmullo colectivo, cada decisión arbitral era examinada con lupa desde las tribunas. El público, consciente de estar asistiendo a un desenlace abierto, acompañaba a su equipo con una mezcla de aliento y nerviosismo, empujando desde fuera en busca de ese empujón final que decantara la balanza.

    El estadio se convertía así en un actor más del partido, amplificando sensaciones y multiplicando emociones.

    Las colchoneras no dejaban de intentarlo. Una y otra vez, con insistencia casi obsesiva, volvían a cargar el área rival, probando desde la frontal, buscando centros laterales, intentando combinaciones rápidas en espacios cada vez más reducidos. Había momentos en los que el juego se volvía espeso, trabado, producto de la acumulación de piernas y de la fatiga propia de un esfuerzo sostenido. Pero incluso en esos instantes, el Atlético encontraba la manera de volver a levantarse, de sacudirse la frustración y de reanudar el asedio con renovada determinación.

    El Granada, por su parte, empezaba a sentir el desgaste físico y mental que conlleva defender durante tantos minutos consecutivos. Cada despeje iba un poco más corto, cada salida con balón requería un esfuerzo adicional, cada pausa era aprovechada para ganar segundos preciosos. La portera se tomaba su tiempo, las faltas se sacaban con parsimonia y cualquier interrupción era recibida como una oportunidad para respirar. No era una cuestión de falta de ambición, sino de supervivencia competitiva, de entender el contexto y actuar en consecuencia.

    En el banquillo rojiblanco, José Herrera observaba la escena con atención milimétrica. Era su primer once desde su llegada al club, su primera gran prueba en un contexto real de exigencia, y cada decisión adquiría una relevancia especial. Desde la banda, no dejaba de dar indicaciones, de ajustar movimientos, de animar a las suyas a mantener la fe incluso cuando el cansancio comenzaba a hacer mella. Sabía que, en partidos como este, el desenlace no siempre responde a la lógica del dominio, sino a la capacidad de insistir sin perder la claridad.

    El tiempo seguía su curso implacable. El tramo final ya no era una amenaza futura, sino una realidad presente. Los últimos quince minutos se vivían con la intensidad de una prórroga anticipada, donde cada acción podía ser la última oportunidad. El Atlético, empujado por la necesidad, elevaba aún más su línea de presión, recuperaba balones en campo rival y encerraba al Granada en su propio tercio. Las visitantes resistían como podían, aferradas a un orden defensivo que se tensaba al límite, conscientes de que cualquier fallo podía resultar definitivo.

    En ese contexto, el coraje se convirtió en el principal motor de las rojiblancas. Más allá de esquemas, ajustes tácticos o nombres propios, el equipo apelaba a una energía colectiva que trascendía lo puramente futbolístico. Era una cuestión de orgullo, de identidad, de no resignarse ante la posibilidad de dejar escapar dos puntos en casa. Cada carrera al espacio, cada choque ganado, cada balón dividido disputado con determinación alimentaba la sensación de que el gol podía llegar en cualquier momento.

    Pero el fútbol, caprichoso y cruel en ocasiones, se resistía a ofrecer esa recompensa inmediata. El Granada seguía cumpliendo su objetivo, frustrando una y otra vez los intentos locales, despejando balones imposibles y encontrando en la solidaridad defensiva su mejor aliada. Las colchoneras, lejos de bajar los brazos, redoblaban esfuerzos, conscientes de que la perseverancia es, muchas veces, la antesala del éxito.

    Los minutos finales se convirtieron en una sucesión de ataques rojiblancos y defensas granadinistas, en un pulso constante entre el deseo de ganar y la voluntad de resistir. El balón parecía no querer entrar, los rebotes caían siempre del lado menos favorable y la sensación de que el tiempo se escurría entre los dedos se hacía cada vez más intensa. Aun así, el Atlético seguía creyendo, seguía empujando, seguía intentándolo con una mezcla de fe y determinación que definía su espíritu competitivo.

    En esa desesperación contenida, en ese intento constante por cambiar el signo del partido, las rojiblancas encontraron una forma de reafirmarse a sí mismas. Incluso si el marcador no terminaba reflejando su dominio, el mensaje era claro: este equipo no se rinde, no negocia el esfuerzo y no acepta el empate como un destino inevitable sin antes haberlo dado todo. El coraje y el corazón, tantas veces invocados en el lenguaje futbolístico, se materializaban sobre el césped en forma de carreras finales, de presiones asfixiantes y de una fe inquebrantable hasta el último segundo.

    Así, el partido se fue apagando lentamente, no por falta de intensidad, sino por la tiranía del reloj.

    El Atlético había empujado hasta el límite de sus fuerzas, el Granada había resistido con todo lo que tenía, y el desenlace quedaba marcado por ese equilibrio tenso que define a los encuentros cerrados. Más allá del resultado, el tramo final dejó una imagen clara: la de unas colchoneras que, incluso cuando el tiempo parecía agotarse, siguieron creyendo, insistiendo y luchando, fieles a una identidad construida a base de carácter y entrega.

    La segunda mitad cambió todo, las rojiblancas bajaron una marcha, no sabían como hacer daño y el Granada, a lo suyo, perdiendo tiempo, sin ocasiones y encerradas atrás, pero las andaluzas supieron resistir con un ápice de heroicidad que evitó que las de José Herrera pudieran ajusticiar a la guardameta visitante antes del pitido final en el minuto noventa y cinco.

    El Atlético de Madrid ha experimentado una mejora evidente tras el desembarco de José Herrera en el banquillo y no se llevaron el triunfo casi por accidente.

    Este reparto de puntos, que deja a las locales con mal sabor de boca antes de medirse entre semana al Athletic Club en los cuartos de final de la Copa de la Reina Iberdrola y se mantiene quinto en la tabla clasificatoria amén de sus 28 unidades, habiendo sacado rédito de la victoria del Levante Unión Deportiva en Orriols ante el Madrid CFF de Sánchez Vera (2-1) y está a nueve guarismos de alcanzar a la Real Sociedad de Fútbol que visita al Tenerife en el Heliodoro.

    Este trabajado que sirve a las granadinas para seguir invictas en este año 2026 y sumar su cuarto partido consecutivo sin perder para ubicarse en la décima plaza antes de visitar a la Sociedad Deportiva Eibar en Ipurúa.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    📋 Ficha técnica |

    Atlético de Madrid: Lola; Lloris, Lauren, Menayo (Pérez, 82’), Andrea; Bartel (Khöller, 58’); Boe Risa (Natalia, 82’), Fiamma; Luany, Sarriegi (Sheila, 74’) y Jensen (Chinchilla, 82’).

    Granada Club de Fútbol: Laura Sánchez; Clara, Alba Pérez, Jujuba, Blanca, Laura Pérez; Ari Mingueza (Miku, 87′), Lauri, Leles; Andrea Gómez (Success, 83′) y Sonya Keefe.

    Árbitra: Amonestó a Lauri, Jujuba, Sonya Keefe y Success con tarjeta amarilla.

    Incidencias: Partido correspondiente a la decimoctava jornada de la Liga F, disputado en la Ciudad Deportiva Cívitas Alcalá de Henares sobre una superficie de hierba natural.

    Goles |

    1-0 Synne Jensen 12’ ⚽️

    1-1 Andrea Gómez 33’ ⚽️

    Vídeo:

  • La crónica | El Levante U.D. hunde al Madrid CFF en busca de la permanencia

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬛️ El cuadro granota completa la remontada gracias a un golazo de Érika González para doblegar por 2-1 a las de Fuenlabrada.

    La previa |

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El sábado 31 de enero, a las doce del mediodía, cuando el invierno todavía aprieta y la Liga F Moeve entra en ese punto de la temporada donde ya no existen partidos neutros ni jornadas de transición, el fútbol femenino español se detendrá en Valencia para mirar de frente a un duelo cargado de urgencias, matices y significados. En el Ciutat de València, bajo la retransmisión de DAZN, Levante UD y Madrid CFF se enfrentarán en un partido que va mucho más allá de los tres puntos, un encuentro donde cada acción tendrá peso clasificatorio, emocional y narrativo. No es un partido cualquiera: es uno de esos choques que definen estados de ánimo, que marcan trayectorias y que, con el paso de las semanas, acaban siendo recordados como momentos de inflexión.

    Porque hay partidos que se juegan desde el balón y otros que se juegan desde el contexto. Y este pertenece claramente a la segunda categoría.

    El Levante UD llega a la cita desde la zona más incómoda de la tabla, desde ese lugar donde el calendario ya no es un aliado y donde cada jornada se convierte en una cuenta atrás. Colista de la Liga F Moeve con cinco puntos, el conjunto granota se encuentra a cuatro de la salvación, una distancia que todavía es remontable, pero que empieza a exigir respuestas inmediatas. No hay margen para seguir aplazando la reacción. No hay espacio para discursos de largo plazo cuando el presente aprieta con tanta fuerza. El Levante juega en casa, sí, pero juega sobre todo contra el tiempo, contra la clasificación y contra la sensación de que cada partido que se escapa pesa el doble.

    El último precedente no ayuda a aliviar esa carga. La derrota ante el Sevilla FC por 4-2 dejó al descubierto muchas de las heridas que arrastra el equipo valenciano esta temporada: fragilidad defensiva en momentos clave, dificultades para sostener el esfuerzo durante los noventa minutos y una sensación persistente de que, incluso cuando compite, siempre acaba pagando demasiado caro cada error. No fue un partido sin respuesta ni sin intención, pero volvió a confirmar que al Levante le está costando transformar el esfuerzo en puntos, y eso, en una liga tan exigente como la actual, es una condena silenciosa.

    Sin embargo, este Levante no es un equipo resignado. Ni mucho menos. El mercado de fichajes de invierno ha sido una declaración de intenciones en sí misma, una manera de decir que el club no acepta el destino como algo inevitable. La llegada de Ariana Arias refuerza esa idea de reacción, de intentar encontrar soluciones nuevas a problemas persistentes. No es solo un refuerzo deportivo; es un mensaje al vestuario, a la afición y a la competición: el Levante quiere pelear, quiere creer, quiere mantenerse con vida.

    Al mismo tiempo, las salidas de Pierina Núñez y Sintia Cabezas reflejan la crudeza del momento. En situaciones límite, los proyectos se ajustan, los planes se redefinen y las plantillas se transforman en busca de un equilibrio que permita sobrevivir. El Levante está en ese punto exacto de la temporada donde cada decisión pesa, donde cada movimiento se analiza no por lo que representa a largo plazo, sino por lo que puede aportar de inmediato. El sábado no se juega solo un partido: se pone a prueba la validez de ese reajuste, la capacidad del equipo para convertir los cambios en una respuesta competitiva real.

    Frente a ese escenario de urgencia aparece el Madrid CFF, un equipo que vive una realidad muy distinta, pero no exenta de tensión. Séptimo clasificado con 26 puntos, el conjunto madrileño se mueve en esa tierra intermedia de la tabla donde el peligro no es la caída, sino la desconexión. A once puntos de los puestos de Champions, el Madrid CFF sabe que el margen para soñar con cotas mayores es reducido, pero también es consciente de que la temporada no puede permitirse una deriva irregular. Cada partido es una oportunidad para reafirmarse, para sostener una identidad competitiva y para evitar que la zona cómoda se convierta en una trampa de conformismo.

    La derrota ante el FC Badalona Women por 0-1 en la última jornada fue un golpe inesperado. No tanto por el resultado en sí, sino por la sensación de freno que dejó. El Madrid CFF venía construyendo una dinámica sólida, apoyada en la regularidad y en un modelo reconocible, y ese tropiezo obligó a revisar certezas. En un campeonato tan apretado, perder implica algo más que ceder puntos: supone abrir interrogantes, reactivar dudas y enfrentarse a la necesidad de responder de inmediato.

    Además, aquel partido estuvo condicionado por una ausencia importante: Bárbara López no pudo estar disponible, y su baja se dejó sentir. No solo por lo que aporta en términos futbolísticos, sino por el peso que tiene dentro del equipo. A eso se sumó la ausencia de Sandra Villafañe, sancionada por acumulación de tarjetas amarillas. Dos nombres propios que alteraron el equilibrio habitual del once y que contextualizan, al menos en parte, el resultado final.

    Pero el fútbol siempre concede segundas oportunidades, y el duelo ante el Levante se presenta como una de ellas. Sandra Villafañe volverá a estar disponible tras cumplir sanción, un regreso que refuerza al equipo tanto en lo deportivo como en lo emocional. En partidos de este tipo, donde el rival se juega la vida y el entorno aprieta, la experiencia y la capacidad para manejar los tiempos se convierten en activos fundamentales.

    El choque, por tanto, se dibuja como un enfrentamiento de necesidades distintas pero igualmente intensas. El Levante necesita puntos para sobrevivir. El Madrid CFF necesita ganar para reafirmarse. Uno pelea contra el descenso; el otro, contra la irregularidad y el riesgo de estancamiento. Ambos llegan heridos por la última jornada. Ambos saben que perder sería algo más que una derrota.

    Y todo ello se producirá a las doce del mediodía, en ese horario tan característico de la Liga F Moeve, donde el fútbol se mezcla con la luz fría del invierno y donde los partidos adquieren un tono casi crudo, sin artificios. No habrá excusas, no habrá margen para esconderse. Solo noventa minutos para exponer argumentos, carácter y ambición.

    Este Levante–Madrid CFF no es un duelo de extremos, pero sí es un partido de alta carga emocional. Un encuentro donde cada balón dividido tendrá un significado distinto según el color de la camiseta. Donde cada ocasión fallada pesará como una losa. Donde cada gesto, cada mirada al banquillo, cada aplauso desde la grada contará una historia paralela.

    Porque cuando enero avanza y la temporada entra en su fase decisiva, el fútbol deja de ser solo un juego. Se convierte en un espejo de las urgencias, de las aspiraciones y de la capacidad de resistir. Y el sábado, en Valencia, Levante UD y Madrid CFF se mirarán de frente sabiendo que, pase lo que pase, nada será exactamente igual después.

    la primera capa de este Levante UD–Madrid CFF se explica desde la urgencia y el contexto clasificatorio, la segunda se despliega sobre un terreno menos evidente, pero igual de decisivo: el tablero táctico y emocional sobre el que se jugará el partido. Porque no todos los equipos compiten igual cuando están contra las cuerdas, ni todos saben gestionar de la misma manera la obligación de ganar. Y en este duelo concreto, esa diferencia puede marcar el rumbo de los noventa minutos.

    El Levante UD llega a este encuentro con la necesidad de alterar el guion habitual. No puede permitirse un partido plano, ni una gestión conservadora del resultado. Cinco puntos en el casillero y la condición de colista no admiten medias tintas: el equipo granota necesita sumar, pero sobre todo necesita sentirse competitivo, reconocerse a sí mismo como un bloque capaz de sostener el esfuerzo durante todo el encuentro. Esa es, quizás, la gran asignatura pendiente de la temporada.

    En los partidos anteriores, el Levante ha mostrado fases de buen fútbol, momentos donde ha sido capaz de discutirle el balón a rivales de entidad y de generar peligro real en campo contrario. El problema ha llegado casi siempre después, cuando el partido se alarga, cuando el rival ajusta y cuando el margen de error se reduce a la mínima expresión. Ahí, en ese territorio intermedio entre la intención y la eficacia, es donde el Levante ha perdido demasiados puntos.

    Ante el Madrid CFF, el plan no puede limitarse a resistir ni a esperar acontecimientos. Jugar en casa obliga, aunque el contexto apriete, a asumir cierta iniciativa. La incorporación de Ariana Arias abre una vía nueva en ese sentido: más presencia, más alternativas, más capacidad para sostener ataques largos y no depender exclusivamente de acciones aisladas. No se trata solo de lo que pueda aportar en términos técnicos, sino de cómo su presencia puede modificar el comportamiento colectivo del equipo, ofreciendo una referencia distinta y obligando al rival a reajustar su planteamiento.

    Defensivamente, el Levante sabe que no puede conceder espacios con facilidad. El Madrid CFF es un equipo cómodo cuando encuentra ritmo, cuando puede alternar posesiones largas con transiciones rápidas y cuando detecta debilidades estructurales en el rival. Por eso, el equilibrio será clave. Replegar demasiado pronto puede significar renunciar al partido; adelantar líneas sin respaldo puede ser una invitación al castigo. El término medio, ese equilibrio tan difícil de encontrar en situaciones límite, será uno de los grandes desafíos para el conjunto granota.

    Enfrente, el Madrid CFF llega con una identidad más asentada, pero también con la obligación de demostrar madurez competitiva. Séptimo en la tabla, lejos tanto del descenso como de los puestos de Champions, el equipo madrileño se mueve en un escenario donde la tentación de la comodidad siempre acecha. Y sin embargo, partidos como este exigen exactamente lo contrario: concentración máxima, lectura del contexto y capacidad para golpear en los momentos adecuados.

    La derrota ante el FC Badalona Women dejó una enseñanza clara: ningún partido está ganado de antemano, y cualquier desconexión se paga. En aquel encuentro, el Madrid CFF tuvo fases de control, pero le faltó contundencia, precisión en los últimos metros y, sobre todo, una respuesta emocional cuando el marcador se puso cuesta arriba. Esa experiencia reciente actúa ahora como advertencia. El equipo sabe que el Levante, pese a su posición en la tabla, no es un rival al que se pueda subestimar.

    El regreso de Sandra Villafañe añade un matiz importante. No solo por su aportación futbolística, sino por lo que representa en términos de orden y jerarquía. En un partido que puede volverse incómodo, trabado, incluso áspero por momentos, disponer de jugadoras capaces de leer el ritmo del encuentro y de enfriar o acelerar según convenga es un valor diferencial. El Madrid CFF necesitará esa pausa, esa capacidad para no dejarse arrastrar por la ansiedad local ni por la urgencia del rival.

    Desde el punto de vista táctico, el partido apunta a un duelo de ritmos. El Levante intentará imprimir intensidad, aprovechar el factor campo y convertir cada acción en una pequeña batalla. El Madrid CFF, por su parte, buscará gestionar, hacer daño cuando tenga espacio y obligar a las locales a tomar decisiones incómodas. Si el marcador se mantiene igualado durante muchos minutos, la presión psicológica puede empezar a jugar un papel determinante, especialmente para un Levante que sabe que el empate puede no ser suficiente.

    Y ahí entra en juego otro elemento clave: el estado emocional de los equipos. El Levante juega con la carga de saberse en una situación límite, pero también con la energía que generan este tipo de partidos, donde todo está en juego y donde una victoria puede cambiarlo todo. El Madrid CFF juega con menos presión clasificatoria, pero con la exigencia interna de no fallar, de no dejar escapar puntos ante un rival directo por la zona media-baja.

    Cada falta, cada saque de esquina, cada decisión arbitral puede amplificar esas emociones. El Ciutat de València, consciente de la importancia del momento, empujará a las suyas, reclamará, presionará. El Madrid CFF deberá convivir con ese ambiente, abstraerse y convertirlo, si es posible, en un factor neutro. No todos los equipos saben hacerlo. No todos los partidos lo permiten.

    A medida que avance el encuentro, el desarrollo estará inevitablemente condicionado por el marcador. Si el Levante se adelanta, el partido puede convertirse en una prueba de resistencia, en un ejercicio de defensa del resultado y de gestión del miedo a perder lo ganado. Si es el Madrid CFF quien golpea primero, el escenario cambiará por completo: las locales se verán obligadas a asumir riesgos mayores, a abrirse, a exponerse, y ahí el partido puede romperse en cualquiera de los dos sentidos.

    En ese posible desorden final, la claridad mental será tan importante como las piernas. La Liga F Moeve se ha caracterizado esta temporada por su competitividad y por la cantidad de partidos que se deciden en detalles mínimos. Este apunta a ser uno de ellos. No habrá grandes diferencias en cuanto a talento individual sobre el césped; lo que marcará la diferencia será la capacidad de cada equipo para interpretar el momento exacto del partido y actuar en consecuencia.

    Porque, al final, este Levante–Madrid CFF no se resolverá solo por quién tenga más posesión o más ocasiones, sino por quién sepa leer mejor el miedo, la urgencia y la esperanza que flotarán en el ambiente. El Levante juega por sobrevivir. El Madrid CFF, por reafirmarse. Y cuando esas dos fuerzas chocan, el resultado nunca es previsible.

    El duelo al detalle |

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🏆 Liga F Moeve

    🔷 Temporada 2025–2026

    ✨ 18ª jornada ✨

    🔥 Levante U.D. 🆚 Madrid CFF 🔥

    📅 Sábado 31 de enero de 2026

    ⏰ 12:00 horario peninsular

    📺 DAZN

    🏟️ Ciudad Deportiva de Buñol, Orriols

    Los onces |

    La jornada decimoctava de la Liga F Moeve quedó grabada como una de esas fechas que trascienden el resultado y el marcador, una de esas jornadas en las que el fútbol se convierte en altavoz y conciencia colectiva antes incluso de que el balón empiece a rodar. Porque antes de cualquier presión alta, de cualquier centro lateral o de cualquier remate al área, el césped fue escenario de un gesto que unió a toda la competición en un mismo latido. Jugadoras, cuerpos técnicos y árbitras, sin distinción de colores ni escudos, portaron los Brazaletes de la Esperanza, una iniciativa impulsada por la Asociación Española Contra el Cáncer junto a la organización de la Liga F para conmemorar el Día Mundial contra el Cáncer. Un símbolo discreto pero poderoso, una declaración silenciosa que recordó que hay batallas que se libran lejos de los focos, que hay millones de personas que conviven cada día con la enfermedad y que el fútbol, cuando quiere, puede ser mucho más que un juego.

    Con ese telón de fondo, cargado de emoción y significado, el balón echó a rodar en Orriols y el partido comenzó a escribir su propia historia. El Madrid CFF no tardó en mostrar sus intenciones. Desde el primer minuto, el conjunto visitante apostó por un planteamiento valiente, directo, sin complejos.

    Presión adelantada, líneas juntas y una idea clara: incomodar al Levante desde el inicio, obligarlo a jugar lejos de la portería rival y marcar el ritmo del encuentro. Las de Sánchez Vera salieron decididas a golpear primero, conscientes de que un arranque fuerte podía condicionar el desarrollo del duelo.

    Las primeras llegadas llevaron sello madrileño. Disparos lejanos, centros laterales y acciones rápidas por banda obligaron a la defensa granota a trabajar con intensidad desde muy temprano. El Levante, empujado por su gente y por la necesidad clasificatoria, trataba de asentarse a través de posesiones más largas, buscando que el balón pasara por el centro del campo antes de lanzarse al ataque. Sin embargo, durante muchos minutos, fueron las jugadoras del Madrid CFF las que parecieron sentirse más cómodas en ese intercambio de golpes, manejando mejor los tiempos y encontrando espacios con mayor facilidad.

    El premio a esa insistencia no tardó en llegar. Corría el minuto 21 cuando una jugada bien construida por el costado derecho terminó rompiendo el equilibrio. Alba Ruiz filtró un balón preciso al área y Anita Marcos, atacando el espacio con determinación, resolvió la acción con un remate eficaz que batió a la guardameta local y puso el 0-1 en el marcador.

    Un gol que adelantaba al conjunto madrileño y que parecía confirmar el buen arranque visitante. La celebración tuvo un significado especial: la canterana del Atlético de Madrid festejó el tanto poniéndose unas gafas imaginarias, el gesto con el que suele dedicar sus goles a sus padres, una imagen cargada de simbolismo en una jornada tan marcada por lo emocional.

    Lejos de descomponerse, el Levante reaccionó. Poco a poco, el equipo local comenzó a ganar presencia en campo contrario, a creérselo, a empujar con mayor continuidad. Las combinaciones por banda y los centros al área empezaron a generar peligro, especialmente gracias a la movilidad de sus delanteras y a la llegada de las segundas líneas. Ana Franco y Alharilla Casado dispusieron de oportunidades claras para igualar el marcador, pero el acierto no acompañó. El Levante crecía en posesión y en sensaciones, mientras el Madrid CFF se replegaba con orden, dispuesto a resistir y a buscar salidas rápidas al contragolpe.

    La primera mitad avanzó con ese pulso constante entre la iniciativa local y la solidez visitante. Antes del descanso, el partido se estabilizó. El Levante empujaba, el Madrid defendía con disciplina y cerraba bien los espacios interiores. El marcador no se movió y las madrileñas se marcharon a vestuarios con una ventaja mínima que reflejaba un primer acto equilibrado, intenso y cargado de matices.

    Las veintidós protagonistas enfilaron el túnel de vestuarios sabiendo que lo exiguo del resultado dotaba de una emoción especial al segundo y definitivo acto. En ese momento, además, el contexto clasificatorio añadía un matiz más al encuentro: el empate provisional que el Atlético de Madrid estaba cosechando en Alcalá de Henares ante el Granada estaba otorgando, de manera momentánea, la quinta plaza al Madrid CFF. Un escenario favorable que, sin embargo, estaba lejos de ser definitivo. El fútbol aún tenía preparado un giro de guion.

    Tras el paso por vestuarios, el Levante dio un paso al frente. El equipo salió con una actitud más agresiva, decidido a imponer ritmo y a instalarse definitivamente en campo rival. Los ajustes realizados reforzaron el centro del campo y aportaron mayor profundidad por las bandas, lo que se tradujo en más llegadas al área y en una presión constante sobre la salida de balón del Madrid CFF. El mensaje era claro: había que ir a por el partido.

    El empate no tardó en llegar y lo hizo en una acción que simbolizó esa determinación local. Un saque de esquina bien ejecutado encontró a Eva Alonso, que ganó la posición y cabeceó a la red desde corta distancia, enviando el esférico lejos del alcance de Paola Ulloa.

    El 11, en el minuto 66, devolvía la igualdad al marcador y encendía a la grada. Todo empezaba de nuevo en Orriols.

    Con el empate, el encuentro entró en una fase abierta, vibrante, de ida y vuelta.

    El Levante buscaba elaborar más sus ataques, combinando por dentro y por fuera, mientras el Madrid CFF trataba de aprovechar cualquier pérdida para lanzar a sus jugadoras más rápidas. El ritmo se elevó, las ocasiones se repartieron y la emoción se apoderó del partido. Cada acción parecía definitiva, cada balón dividido se jugaba como si fuera el último.

    Y entonces llegó el momento que terminó de decantar la balanza. En una transición rápida, Érika González recogió el balón lejos del área, avanzó sin oposición y se animó a probar suerte desde larga distancia. Su golpeo, raso y ajustado, sorprendió a la guardameta visitante y se coló junto al palo izquierdo. Un gol de enorme calidad, un auténtico golazo que desató la euforia en el banquillo local y puso al Levante por delante por primera vez en el partido. Corría el minuto 86 y el duelo entraba ya en su tramo decisivo con el 21 en el marcador.

    A partir de ahí, el partido se transformó en una batalla por la supervivencia. El Madrid CFF volcó todos sus esfuerzos en busca del empate, acumulando jugadoras en campo contrario y probando con centros y disparos lejanos. El Levante, consciente de la importancia del resultado, optó por proteger su ventaja con orden defensivo y salidas rápidas para consumir tiempo y alejar el peligro. Cada despeje era celebrado como un gol, cada segundo ganado se convertía en oro.

    Los últimos minutos estuvieron marcados por la tensión, por las interrupciones y por la sensación de que cualquier detalle podía cambiarlo todo. Las visitantes dispusieron de alguna ocasión para igualar, pero la defensa granota se mostró firme, solidaria, y supo despejar cada amenaza. El pitido final confirmó la remontada del Levante Femenino, una victoria construida desde la paciencia, la reacción y la eficacia en los momentos clave.

    El resultado tiene un impacto directo en la clasificación de la Liga F Moeve. El Levante suma tres puntos vitales que le permiten abandonar momentáneamente la sensación de desahucio deportivo, recortando distancias con la zona de salvación y reforzándose, sobre todo, en lo anímico.

    El Madrid CFF, por su parte, se mantiene en la zona media de la tabla, alrededor de la séptima posición, con la sensación de haber competido de tú a tú pero de haberse quedado sin premio en un partido que tuvo controlado durante muchos minutos.

    Ambos equipos, ya sin tiempo para lamentos ni celebraciones prolongadas, miran ahora a sus próximos compromisos ligueros. El Levante afrontará su siguiente encuentro con la moral reforzada y la convicción de que la salvación es posible si mantiene esta línea competitiva.

    El Madrid CFF, en cambio, buscará reencontrarse con la victoria y recuperar sensaciones, consciente de que la temporada exige regularidad y respuestas inmediatas.

    Más allá del marcador, este Levante–Madrid CFF quedará enmarcado como uno de esos partidos que explican lo que es la Liga F Moeve: competitividad, emoción, giros inesperados y, también, compromiso social.

    Una jornada en la que el fútbol volvió a demostrar que puede ser un espacio para competir y emocionar, pero también para recordar que hay causas que importan y que merecen ser visibilizadas.

    Un partido que, como diría Manu, se juega con los pies, con la cabeza y, sobre todo, con el corazón.

    El Levante Unión Deportiva suma tres nuevos guarismos que le sitúan decimosexto, es decir, colista con 8 unidades, a tan solo nueve de la zona de salvación que actualmente marca la Sociedad Deportiva Eibar con 17.

    Por su parte, un Madrid CFF que aún no ha terminado de adaptarse al estilo de juego propuesto por Sánchez Vera y aglutina ya quince días sin ganar, venía de caer por 0-1 ante el Badalona Women en el Fernando Torres y buscará el quite del perdón en la eliminatoria de cuartos de final de la Copa del la Reina Iberdrola que le medirá en la capital española con las guerreras del Costa Adeje Tenerife Egatesa.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    📋 Ficha técnica |

    Levante Unión Deportiva: Laura Coronado; Eden Le Guilly (Maria Gabaldón, min. 72), Eva Alonso, Teresa Mérida, Alharilla; Raiderlin Carrasco, Érika González (Zipporah Agama, min. 91) Gema Soliveres (Carol Martín, min. 59 ), Bascu (Dolores Silva, min. 58); Ariana Arias, Ana Franco.

    Madrid CFF: Paola Ulloa; Mónica, Núria Mendoza, Sandra Villafañe; Allegra Poljak (Nerea Sánchez, min. 82), Ángela Sosa (Freja Olofsson, min. 88), Hildur Antonsdóttir, Alba Ruiz (Natasa Andonova, min. 53); Malou Marcetto, Kamila Melgård; Anita Marcos (Emilia Nautness, min. 52).

    Lugar: Ciudad Deportiva de Buñol – Campo 1
    Árbitra: Ainara Andrea Acevedo Dudley
    Tarjetas Amarillas: Raiderlin Carrasco (min. 14) por parte del Levante.

    Rojas: No hubo

    Goles:

    0-1 Anita Marcos 21’ ⚽️

    1-1 Eva Alonso 66’ ⚽️

    2-1 Érika González 86’ ⚽️

    Vídeo |

  • Noticia | En Inglaterra suspiran por Ona

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🔷 La exjugadora del Madrid CFF termina su vínculo como culé a final de curso y varios equipos de la Women’s Super League la pretenden.

    (Fuente: FIFA)

    El futuro de Ona Batlle sigue siendo un auténtico galimatías después de que la exjugadora del Levante Unión Deportiva no se haya decidido aún por prologar su estancia en el Estadi Johan Cruyff.

    La situación de la zaguera internacional absoluta por la Selección Española de Fútbol, número uno en el ranking de la FIFA, es peculiar, no en vano, la lateral es objeto de deseo de varios clubes de la Women’s Super League como el Manchester United, el Arsenal o el London City Lionesses al terminar contrato el próximo 30 de junio de junio de 2026.

    Ona Batlle Pascual (Vilassar de Mar, Barcelona, 10 de junio de 1999) es una futbolista española que juega como defensa en el F. C. Barcelona de la Primera División de España. Juega habitualmente como lateral y participa regularmente en las convocatorias de “La Roja”.

    (Fuente: RFEF)

    El Arsenal negocia el fichaje de Ona Batlle para el verano tras el fin de su contrato con el Barça, quedando su continuidad en el aire.

    na Batlle inició su carrera en el Barcelona, pero tras no lograr consolidarse en el primer equipo, se marchó al Madrid CFF en 2017. Un año después dio el salto al Levante y, en 2020, firmó por el Manchester United. Sin embargo, tras tres temporadas en la Women’s Super League, la posibilidad de regresar al club azulgrana fue una oportunidad imposible de rechazar.

    En 2023, Batlle explicó: “Me fui con la mentalidad de que algún día podría volver. Para mí, el Barça siempre ha estado en mi corazón y no es fácil decir que no”.

    Desde su regreso, la lateral ha dejado una gran huella, contribuyendo a la conquista de dos títulos de la Liga F, una Champions League y dos Copas de la Reina. No obstante, todo apunta a que esta podría ser su última temporada en el vigente campeón de la Supercopa de España.

    Según informa The Athletic, el Arsenal está trabajando para cerrar el fichaje de Ona Batlle, aunque por el momento no existe un acuerdo definitivo. Las negociaciones siguen abiertas por la internacional española, una futbolista polivalente, capaz de rendir con solvencia en ambos laterales de la defensa. En la presente temporada, Batlle ha disputado 19 encuentros en todas las competiciones, si bien su continuidad en el FC Barcelona no está garantizada.

    Este escenario se enmarca en una situación financiera delicada para el club azulgrana, que, condicionado por sus limitaciones económicas, podría verse obligado a tomar decisiones de alto impacto. Entre ellas, según los informes, aparece incluso el riesgo de no poder afrontar simultáneamente las renovaciones de Batlle y de su gran referente, Alexia Putellas.

    Desde la perspectiva del Arsenal, la operación encaja a la perfección en su planificación deportiva, especialmente ante la posible salida de Katie McCabe, cuyo contrato expira este verano. Además, Batlle responde al perfil que busca el conjunto londinense: una lateral con capacidad para actuar por dentro y asumir funciones de lateral invertida, más que una defensora de banda izquierda clásica.

    Tras guiar al Arsenal de nuevo a la cima de Europa y devolverlo al trono de la Liga de Campeones, Renée Slegers dio el paso definitivo para cimentar una era al firmar, a comienzos de enero, un contrato que la vincula al club hasta 2029. La entrenadora neerlandesa, de apenas 36 años, llegó al banquillo en octubre de 2024 como solución provisional, pero su impacto fue tan inmediato y profundo que el club no tardó en convertir aquella interinidad en un proyecto de largo recorrido en 2025. Decisiones de este calibre, cargadas de ambición y estabilidad, son las que pueden marcar la diferencia a la hora de seducir a futbolistas de élite, nombres del calibre de Ona Batlle.

    La propia Slegers puso voz al significado de ese viaje, con palabras que resumen una historia de pertenencia y destino compartido:
    “Desde jugar en la academia y sentarme en la grada viendo al Arsenal levantar la Liga de Campeones en 2007, hasta volver a vivirlo el pasado verano junto a nuestras jugadoras, el cuerpo técnico y la afición, siento un orgullo inmenso por haber recorrido este camino con el Arsenal. Es un club que significa todo para mí y para tantísima gente. Firmar este nuevo contrato me llena de ilusión, porque estoy convencida de que aún nos queda mucho por lograr esta temporada y en los años que están por venir. Quiero dar las gracias a nuestra afición por un apoyo increíble, ya sea en el Emirates Stadium, en Meadow Park o acompañándonos fuera de casa. Lo escuchamos, lo vemos y lo sentimos cada día”.

    Un discurso que no solo refuerza su liderazgo, sino que proyecta al Arsenal como un destino donde la historia, la ambición y el futuro vuelven a caminar de la mano.

    Acabar en las filas del conjunto londinense no es la única alternativa que tendría la defensora, puesto que también ha sido tentada por el proyecto del London City Lionesses de Eder Maestre y por un viejo conocido como el Manchester United, en el que ya militó.

    (Fuente: Madrid CFF)

    Antes de que se concrete un posible fichaje de Ona Batlle, el Arsenal centra su atención en la final inaugural de la FIFA Women’s Champions Cup, donde se medirá al Corinthians este domingo. Las Gunners ya tienen asegurados al menos 850,000 euros por alcanzar este partido decisivo, aunque Renée Slegers dejó claro que su prioridad no es el premio económico de casi 2 millones de euros, sino levantar el trofeo.

    (Fuente: DAZN)

    “Queremos ganar un título”, afirmó Slegers. “Para eso juegan las futbolistas, y eso es lo que tendremos en la cabeza el domingo. Estamos muy cerca, a un solo partido de conquistar un trofeo. Lo importante es que hay inversiones en muchos ámbitos del fútbol femenino que nos permiten ampliar posibilidades: desarrollo de jugadoras jóvenes, árbitras, entrenadoras, todo. Evidentemente, el dinero juega un papel importante, y es positivo que cada vez haya más recursos en el deporte”.

    En el Barcelona, la posible salida de Ona ha generado una mezcla de preocupación para intentar convencerla que se queda. La directiva catalana y el cuerpo técnico mantienen el diálogo abierto con la jugadora y su entorno, conscientes de que su continuidad es un factor importante para los objetivos deportivos del club, tanto en la liga local como en las competiciones europeas. 

    Batlle ha pasado a convertirse en una de las piezas más codiciadas del fútbol europeo debido a su rendimiento y versatilidad en el flanco defensivo. Su contrato con el club catalán expira junio de este año, lo que le permite negociar con otros clubes desde enero, opción que el Arsenal quiere aprovechar para reforzar su defensa de cara a la próxima temporada sin desembolsar una cifra por el traspaso ya que será agente libre a final de curso.

    Mientras que el Arsenal, con el reciente interés en la lateral catalana se suma a otros esfuerzos de las Gunners por atraer talento de primer nivel y consolidarse como uno de los clubes referentes en el fútbol femenino actual.

    A la presión que llega desde Londres se suman las recientes y contundentes declaraciones de su representante, Moisés Trillo. En una entrevista concedida al podcast El Patio, el agente no ocultó la importancia de la futbolista en el panorama mundial y lanzó un mensaje directo a la directiva azulgrana: “Es una lateral maravillosa que acaba contrato y, si yo estuviera a las órdenes del club del que forma parte, iría a muerte por ella. Es la mejor del mundo en su posición. Si yo fuera el Barça, vendía el Camp Nou por Ona“.

    Estas palabras han resonado con fuerza en el entorno del club, interpretándose como un aviso sobre las pretensiones de la jugadora y la necesidad de un esfuerzo económico y deportivo a la altura de las ofertas que llegan de la Women’s Super League.

    Por su parte, Ona Batlle mantiene la discreción habitual. En sus últimas comparecencias, la lateral ha derivado cualquier asunto sobre su futuro a su representación: “Es un tema que lleva mi agente, estoy centrada en el día a día”, afirmó recientemente.

    Sin embargo, el tiempo corre en contra de un Barça que ve cómo una de sus futbolistas más diferenciales vuelve a estar en el radar de los gigantes europeos.

    (Fuente: UEFA)

    La 22 es una lateral moderna llevada a su máxima expresión competitiva, una futbolista que no entiende el juego desde la espera sino desde la conquista permanente del espacio, que convierte cada metro de banda en territorio propio y cada repetición de esfuerzo en una declaración de intenciones, porque su fútbol no se mide solo en centros, llegadas o recuperaciones, sino en la manera en la que ordena el partido desde un costado, dota de sentido al juego posicional y transforma la amplitud en una ventaja estructural para todo el equipo; es una lateral que no corre por correr, que interpreta cuándo acelerar y cuándo pausar, cuándo doblar por fuera para estirar al rival y cuándo aparecer por dentro como una interior más, leyendo el juego con una madurez táctica impropia de su edad, fruto de años compitiendo en la élite absoluta, en contextos de máxima exigencia, donde cada decisión pesa y cada error se paga; defensivamente no necesita estridencias porque se defiende con la cabeza, con la colocación, con la anticipación y con una capacidad de repliegue que le permite sostener su vocación ofensiva sin romper el equilibrio colectivo, mientras que en ataque es un arma constante, incansable, una fuente inagotable de profundidad, centros tensos y asociaciones limpias que activan a las delanteras y liberan a las interiores, convirtiéndose en un engranaje esencial del sistema, en esa futbolista que no siempre acapara titulares pero sin la cual el mecanismo no gira igual; Ona Batlle no es solo una lateral derecha, es una jugadora estructural, una pieza de alto valor estratégico, una futbolista que eleva el nivel competitivo de cualquier equipo porque entiende el fútbol como un ejercicio de dominio, inteligencia y compromiso, y porque cada partido suyo es una lección silenciosa de cómo se juega, se interpreta y se honra una banda en el fútbol de élite.

    (Fuente: UEFA)

    En el Johan Cruyff saben que tendrán que trabajar a destajo para evitar una fuga de talento que podría debilitar y mucho a las catalanas de cara al futuro.

    Ona levantó recientemente la Liga de Naciones con España en el Metropolitano tras doblegar por 3-0 a Alemania en el feudo rojiblanco, pero la posibilidad de volver a ver q la exjugadora del Madrid CFF enfundarse la elástica del Manchester United como entre 2021 y 2023 está más cerca de producirse que nunca.

    No sería la primera vez que el todopoderoso Fútbol Club Barcelona ve parir a una de sus mejores figuras, ya le sucedió con Mariona Caldentey (Arsenal) o Jenni Hermoso, que se unió al Pachuca Femenil de México en 2022 al quedar libre.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Oficial | RTVE y el fútbol femenino: un regreso con memoria, presente y responsabilidad de servicio público

    (Fuente: RTVE)

    🔵 Teledeporte vuelve a ser escaparate de la élite femenina en un momento clave para la consolidación de la Liga F Moeve.

    La llegada de la Liga F Moeve a Teledeporte y RTVE Play a partir de la Jornada diecinueve no es solo una noticia de programación.

    Es un gesto cargado de significado. Porque hablar de RTVE y del fútbol femenino es hablar de memoria, de compromiso y de una función de servicio público que ha sido clave en la historia reciente de la competición.

    RTVE podrá emitir hasta cuatro partidos por jornada en emisiones lineales y digitales hasta el final de la temporada, acercando la Primera División Femenina a millones de hogares de manera gratuita.

    En una liga compuesta por 16 equipos de nueve comunidades autónomas, con presencia en ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, Granada, San Sebastián o A Coruña, la televisión pública vuelve a ejercer su papel vertebrador y territorial.

    Por Teledeporte pasarán algunas de las grandes figuras del fútbol femenino actual: Alexia Putellas, Aitana Bonmatí y Claudia Pina; Alba Redondo, Misa Rodríguez o Athenea del Castillo; Nerea Eizaguirre, Fiamma Benítez o Adriana Nanclares. Nombres que ya forman parte del imaginario colectivo del deporte español y que ahora regresan con regularidad a una señal en abierto.

    Este regreso conecta directamente con una etapa muy significativa: la temporada 2019-2020, cuando la entonces Liga Iberdrola aún no era profesional y Teledeporte fue uno de sus principales aliados mediáticos. Hoy, con una liga profesional desde 2022 —la única categoría femenina con este estatus junto a las grandes competiciones masculinas—, el contexto es radicalmente distinto, pero el compromiso vuelve a ser el mismo.

    RTVE no solo emite partidos. Construye relato. Legitima el producto. Amplifica su impacto a través de informativos, programas deportivos y plataformas digitales. Cada retransmisión en abierto convierte un partido en un acontecimiento compartido y refuerza la normalización del fútbol femenino como parte esencial del deporte nacional.

    En un ecosistema audiovisual cada vez más fragmentado, la televisión pública sigue teniendo la capacidad de generar experiencias colectivas y de atraer nuevos públicos. Por eso este movimiento no es una mirada al pasado, sino una inversión de futuro.

    La Liga F necesitaba visibilidad. RTVE entiende su responsabilidad. Y el fútbol femenino vuelve a ocupar un espacio que nunca debió perder: el centro de la conversación deportiva.

  • Oficial | Habrá cuatro partidos de la Liga F Moeve en abierto por la TDT

    (Fuente: Liga F Moeve )

    ⬛️ La Liga F refuerza su apuesta por la televisión en abierto y ofrecerá sus partidos en RTVE y 3CAT/TV3.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    La Liga F Moeve vuelve a escribir una página trascendental en la historia del fútbol femenino español. No se trata de un simple ajuste en el mapa de retransmisiones, ni de una decisión coyuntural ligada a una jornada concreta del calendario. Es, en realidad, un nuevo paso estratégico de enorme calado, una declaración de intenciones que conecta directamente con la esencia misma del crecimiento del deporte femenino: la visibilidad, el acceso universal, la construcción de audiencias, la creación de referentes y la consolidación de un producto que ya no mira al futuro con timidez, sino con ambición, convicción y vocación de permanencia en el centro del ecosistema deportivo nacional.

    La apuesta de la Liga F por reforzar la emisión en abierto con cuatro partidos por jornada hasta el tramo final de la temporada supone un punto de inflexión. Un gesto que trasciende lo audiovisual y se adentra en el terreno de lo cultural, lo social y lo simbólico.

    Porque el fútbol femenino, para crecer de verdad, necesita ser visto. Necesita estar en los hogares, en las sobremesas, en las conversaciones cotidianas, en los bares, en los salones, en los televisores encendidos de quienes quizá nunca antes se habían detenido a mirar un partido de la Primera División femenina. Y ahí, la televisión en abierto sigue siendo insustituible.

    La jornada 19, programada para los días 7 y 8 de febrero de 2026, marca el inicio de esta nueva etapa con dos encuentros de alto impacto deportivo y narrativo: el Levante UD – Atlético de Madrid y el Real Madrid – RCD Espanyol.

    Dos partidos que condensan la diversidad, la competitividad y la riqueza de la Liga F. Dos duelos que hablan de historia, de presente y de aspiraciones, y que servirán como carta de presentación de una estrategia más amplia, sostenida y decidida por acercar la competición a un público aún mayor.

    RTVE y TV3, junto a la plataforma digital 3CAT, asumen un papel protagonista en este relanzamiento del fútbol femenino en abierto. No es una presencia testimonial ni residual. Es una apuesta clara por la continuidad, por la regularidad y por la centralidad del producto. Teledeporte vuelve a convertirse en una ventana estable para la élite del fútbol femenino, recuperando una tradición que conecta directamente con una etapa muy significativa de la historia reciente del campeonato.

    Porque hablar de RTVE y del fútbol femenino es hablar de memoria. Es recordar la temporada 2019-2020, cuando la competición aún se denominaba Liga Iberdrola y no tenía el estatus de liga profesional. Aquella etapa, marcada por enormes desafíos estructurales y por un contexto mediático mucho más limitado, tuvo en Teledeporte uno de sus grandes aliados. En un momento en el que la profesionalización todavía era una aspiración y no una realidad, la televisión pública fue refugio, altavoz y escaparate. Fue el lugar donde muchas futbolistas se vieron por primera vez compitiendo con regularidad en una señal nacional, donde muchos aficionados descubrieron equipos, nombres y relatos que hoy forman parte del imaginario colectivo del fútbol femenino español.

    Que RTVE vuelva a tener encuentros de la Primera División femenina en su parrilla no es un simple regreso. Es una reconciliación con una historia compartida. Es el reencuentro entre una competición que ha crecido, que se ha profesionalizado, que ha ganado peso institucional y deportivo, y un medio público que entiende su función social, su responsabilidad con el deporte femenino y su capacidad para generar impacto más allá de los datos de audiencia.

    La estrategia de Liga F es clara y coherente: todos los partidos seguirán pudiendo verse íntegramente en DAZN, que mantiene su papel como plataforma de referencia y cobertura total del campeonato, garantizando profundidad, análisis, continuidad y especialización. Pero, al mismo tiempo, cuatro encuentros por jornada se emitirán en abierto a través de RTVE y 3CAT/TV3, y otro partido contará con difusión en GOL Play, TEN y diferentes cadenas autonómicas. Un modelo híbrido, plural y complementario que maximiza el alcance sin renunciar a la calidad ni a la estabilidad del producto.

    Este planteamiento responde a una visión a medio y largo plazo. Liga F no concibe la televisión en abierto como una concesión, sino como una herramienta estratégica. Como una palanca fundamental para ampliar la base social del campeonato, para generar nuevos públicos, para atraer a espectadores jóvenes, familiares y generalistas, y para consolidar el fútbol femenino como un contenido habitual en la agenda deportiva del país.

    La presencia en RTVE y en TV3 no solo multiplica el alcance potencial de los partidos; también refuerza la legitimidad de la competición. La sitúa en un espacio de centralidad mediática que históricamente ha estado reservado a los grandes eventos deportivos. La televisión pública, por su naturaleza y por su capilaridad territorial, tiene la capacidad de transformar un partido en un acontecimiento compartido, en un punto de encuentro intergeneracional, en una experiencia colectiva que va mucho más allá del marcador.

    En este contexto, las palabras de la presidenta de Liga F, Beatriz Álvarez, adquieren una dimensión especialmente significativa. Cuando afirma que “la televisión en abierto es fundamental para seguir derribando barreras y acercar el fútbol femenino a más hogares”, no está apelando a un concepto abstracto, sino a una realidad tangible. Cada partido emitido en abierto es una barrera menos. Es un niño o una niña que descubre a una futbolista y la convierte en referente. Es una familia que se sienta frente al televisor sin necesidad de suscripciones ni intermediarios. Es un paso más hacia la normalización plena del fútbol femenino como parte inseparable del paisaje deportivo español.

    El acuerdo refuerza, además, la voluntad de la competición de ser accesible, de generar interés sostenido, de construir reconocimiento para las futbolistas y los clubes, y de consolidar una narrativa propia que no dependa únicamente de grandes eventos internacionales o de momentos puntuales de éxito. La Liga F quiere ser vista cada fin de semana. Quiere formar parte de la rutina deportiva del aficionado. Quiere que sus partidos, sus historias y sus protagonistas tengan continuidad, contexto y profundidad.

    La proyección que aporta RTVE y 3CAT/TV3 es clave en este sentido. No solo por la emisión en directo, sino por todo el ecosistema que rodea a la retransmisión: los espacios informativos, los resúmenes, los programas deportivos, la presencia en plataformas digitales, la conversación en redes sociales, la legitimación editorial. Cada partido emitido en abierto amplifica su impacto social y mediático, y contribuye a fortalecer la imagen de la competición como un producto sólido, atractivo y relevante.

    Este nuevo hito se inscribe en una hoja de ruta clara. Liga F avanza con determinación hacia un modelo sostenible, equilibrado y ambicioso. Un modelo que entiende que el crecimiento económico y el crecimiento social deben ir de la mano. Que la profesionalización no puede desligarse del acceso. Que el éxito a largo plazo pasa por construir audiencias amplias, fieles y diversas.

    La televisión en abierto no es una mirada al pasado, sino una inversión en el futuro. En un momento en el que el consumo audiovisual se fragmenta y se diversifica, la capacidad de llegar a millones de personas de manera simultánea sigue siendo un valor incalculable. Y el fútbol femenino, que durante años luchó por tener un espacio propio, encuentra ahora en esta estrategia una oportunidad histórica para consolidar todo lo avanzado y proyectarse aún más lejos.

    Para RTVE, este regreso también tiene un significado profundo. Supone retomar un compromiso que forma parte de su ADN como servicio público. Supone volver a ser escaparate de la máxima categoría del fútbol femenino nacional, ahora en un contexto radicalmente distinto, con una liga profesional, con estructuras más sólidas, con futbolistas reconocidas internacionalmente y con un interés social en constante crecimiento. Teledeporte vuelve a ser escenario de grandes partidos, de relatos deportivos que importan, de historias que merecen ser contadas.

    La Liga F, RTVE, TV3, las plataformas digitales, los clubes y las futbolistas convergen en un mismo objetivo: que el fútbol femenino ocupe, de una vez por todas, el lugar que le corresponde. No como excepción, no como contenido alternativo, sino como parte esencial del deporte español. Este refuerzo de la emisión en abierto no es el final del camino, pero sí una señal inequívoca de que la dirección es la correcta.

    Porque cada partido emitido, cada jornada accesible, cada nueva audiencia conquistada, es una victoria colectiva. Una victoria de las futbolistas que durante años lucharon en silencio. De los clubes que apostaron cuando el retorno parecía incierto. De los aficionados que nunca dejaron de creer. Y de una competición que entiende que crecer no es solo ganar, sino compartir.

    La Liga F da un nuevo paso. Y no es uno cualquiera. Es un paso firme, estratégico y cargado de simbolismo.

    Un paso que mira al futuro sin olvidar el camino recorrido. Un paso que devuelve al fútbol femenino a la televisión pública, al centro de la conversación, al lugar donde siempre debió estar.

    Vídeo |

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Oficial | María José Pérez ya es azulona

    (Fuente: Alhama ElPozo)

    ◼️ La experimentada ariete canaria deja el Club Deportivo Argual, con el que no ha llegado a debutar, para reforzar a las murcianas.

    El Alhama Club de Fútbol ElPozo, semifinalista de la Copa de la Reina en 2023, ha protagonizado el bombazo del mercado de invierno en la Liga Profesional de Fútbol Femenino.

    La operación se ha rubricado de manera fulgurante e inesperada, dado que la exjugadora del Levante Unión Deportiva se había comprometido con el Club Deportivo Argual de Segunda RFEF hace escasos días y ahora rompe su unión con la escuadra de La Palma.

    El CD Argual ha emitido este viernes 30 un comunicado oficial mostrando su decepción con las apenas 24 horas que María José Pérez estuvo ligada a la entidad palmera: «El CD Argual informa que, apenas 24 horas después de su presentación oficial como nueva jugadora del club, María José Pérez comunicó al club y al cuerpo técnico su decisión de aceptar una oferta de otro equipo de la Liga F, poniendo fin de manera unilateral a su vinculación con nuestra entidad. Desde el CD Argual queremos dejar constancia de que, en el momento de su presentación pública, la jugadora había manifestado su compromiso con el proyecto deportivo del club, motivo por el cual se procedió a realizar el acto oficial ante medios de comunicación e instituciones. La entidad considera que esta situación no se ajusta a los valores de respeto, compromiso y responsabilidad que defiende el CD Argual, especialmente hacia las personas que conforman el club, la afición y las jugadoras y cuerpo técnico, que trabajan con honestidad y esfuerzo por el crecimiento del fútbol femenino en La Palma. El CD Argual lamenta profundamente lo ocurrido y el perjuicio causado a la imagen del club, así como a las personas e instituciones que respaldan este proyecto, y desea dejar claro que continuará trabajando con firmeza y seriedad, apostando únicamente por futbolistas plenamente comprometidas con nuestra filosofía y nuestros objetivos. El club no realizará más valoraciones públicas sobre este asunto y centra desde este momento todos sus esfuerzos en apoyar al equipo en la segunda vuelta y en la planificación deportiva de la siguiente temporada», explicaron.

    (Fuente: Club Deportivo Argual)

    La “17” es una leyenda del Costa Adeje Tenerife Egatesa, actual cuarto clasificado en la Primera División Femenina, del que salió el pasado 27 de enero de 2026, a pesar de tener contrato hasta final de la campaña.

    “María José es un símbolo del club; siempre hemos dicho que continuaría hasta que ella quisiera. Estamos encantados. Se lo ha ganado en el campo con su rendimiento, nadie le ha regalado nada y está siendo un gran ejemplo para muchas otras futbolistas jóvenes”, señaló Sergio Baptista, presidente de la entidad, con motivo de la última renovación de la jugadora a finales del pasado curso.

    María José es, junto a las hermanas Noelia y Natalia Ramos, una de las grandes supervivientes de la plantilla que inició la andadura del entonces Granadilla Tenerife McDonald’s en la temporada 2013/2014. La ariete fue una de las grandes heroínas del ascenso a la máxima categoría en junio de 2015, al firmar tres goles en dos partidos frente al Real Betis, y se consolidó desde entonces como un referente del equipo tanto dentro como fuera del terreno de juego.

    “Ha demostrado en todo momento su máximo respeto y amor por esta profesión, convirtiéndose en una futbolista legendaria”, destaca el comunicado emitido por el club. “Ha escrito para la eternidad su nombre en la historia del fútbol femenino de la isla y del archipiélago”, concluyó la entidad que preside Sergio Batista.

    La exjugadora del C.E. Sabadell (2002-2005) puede presumir de ser la más veterana de toda la Liga F Moeve, según datos de nuestro compañero de Marca, David Menayo con 41 años y 314 días, casi nada.

    La estrella fue internacional con la Selección Española de Fútbol be categoría sub-19 y ahora se suma al proyecto azulón para intentar conquistar la permanencia.

    María José es una delantera de área clásica, con un instinto goleador muy desarrollado y una lectura del juego que le permite anticiparse constantemente a las defensoras. Destaca por su capacidad para atacar el primer palo, su buen timing en el remate y una notable eficacia dentro del área, especialmente con pocos toques. No es una futbolista de grandes alardes técnicos ni de desborde continuo, pero compensa esa carencia con inteligencia táctica, trabajo sin balón y sentido colectivo, ofreciendo apoyos constantes y facilitando la llegada de segundas líneas. Su experiencia le ha permitido evolucionar hacia un perfil más asociativo y de liderazgo, aportando calma, orden y ejemplo competitivo, incluso en contextos de menor protagonismo en minutos.

    (Fuente: Alhama ElPozo)

    La exjugadora del Tacuense es campeona de la Copa de la Reina en la temporada 2002-2003 cuando vestía la elástica del Levante Unión Deportiva en la por entonces llamada Superliga Femenina y se ha unido con la entidad que preside Antonio García-Águila hasta el próximo 30 de junio de 2026, como minino.

    (Fuente: Alhama ElPozo)

    El debut de la leyenda de las guerreras con las murcianas podría llegar en la jornada dieciocho de la Liga F Moeve en un duelo directo por la salvación entre el Alhama ElPozo y el DUX Logroño que se celebrará el próximo sábado, 31 de enero de 2026, a las 17:00 horario peninsular, en el Francisco Artés Carrasco de Lorca y que emitirá DAZN.

    (Fuente: Alhama ElPozo)
  • Noticia | Virginia Torrecilla, la voz que resistió a todo: una conversación con Josep Pedrerol que explica el fútbol femenino, la vida y la dignidad

    (Fuente: Chiringuito Inside)

    ⬛️ Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Virginia Torrecilla Reyes (Cala Millor, Mallorca; 4 de septiembre de 1994) es una futbolista española que se ha convertido en unaa referente después de superar un tumor cerebral cuando militaba en el Atlético de Madrid.

    Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.

    Virginia Torrecilla no es solo una exfutbolista internacional, ni una campeona, ni un nombre propio del crecimiento del fútbol femenino español. Es, sobre todo, una mujer que ha atravesado prácticamente todos los límites que este deporte —y esta sociedad— le han impuesto a las mujeres que se atreven a ocupar un espacio que no estaba pensado para ellas. Su relato en El Cafelito no es lineal ni complaciente. No construye un cuento de hadas ni una épica artificial. Es la suma de escenas reales, a veces incómodas, a veces durísimas, que explican por qué su figura se ha convertido en un referente que va mucho más allá del césped.

    Desde los primeros minutos de la entrevista, Torrecilla sitúa el foco en la infancia, en ese territorio donde se forman las vocaciones y también las heridas. Cuenta cómo empezó a jugar al fútbol siendo una niña en Mallorca, en equipos de chicos, cuando todavía no existían estructuras estables para el fútbol femenino y cuando el simple hecho de querer jugar ya suponía un desafío social. Relata con crudeza situaciones que hoy resultarían inaceptables pero que entonces eran cotidianas: vestuarios improvisados, miradas invasivas, burlas, interrupciones deliberadas de su intimidad mientras se cambiaba o se duchaba. No lo hace desde el rencor, sino desde la constatación de una realidad que durante años fue normalizada. Aquellas experiencias no aparecen como anécdotas aisladas, sino como el contexto permanente en el que muchas niñas crecieron jugando al fútbol en España.

    Uno de los momentos más reveladores del relato llega cuando explica el papel de su familia. Su madre, cómplice silenciosa, fue quien la apuntó a fútbol incluso cuando no estaba bien visto; su padre, inicialmente reticente, terminó convirtiéndose en su principal escudo, llegando a plantarse literalmente en la puerta del vestuario para evitar que nadie entrara. Ese gesto, aparentemente simple, adquiere en su narración un valor simbólico enorme: el de la protección que muchas veces el propio sistema no ofrecía. Torrecilla no idealiza a su entorno, pero reconoce que sin ese apoyo habría sido imposible sostener la vocación.

    La entrevista avanza y el relato se vuelve más áspero cuando recuerda episodios vividos ya en la adolescencia, entrenando y compitiendo en contextos donde la desigualdad no era solo estructural, sino también cultural. Habla de situaciones de falta de respeto normalizadas, de comentarios, de gestos que hoy se identificarían claramente como conductas inapropiadas y que entonces quedaban diluidas en el silencio colectivo.

    En uno de los pasajes más impactantes, recuerda cómo una acción inapropiada de un compañero fue recibida con risas, incluso por parte del entrenador, dejando claro hasta qué punto ciertas conductas estaban integradas en el paisaje cotidiano del fútbol base. No hay dramatización en su tono, pero sí una firme voluntad de dejar constancia.

    Josep Pedrerol, lejos del personaje televisivo al que muchos asocian su figura, adopta aquí un rol contenido, casi invisible. Pregunta lo justo, acompaña el relato y permite que los silencios respiren. El Cafelito se confirma así como un formato pensado para escuchar, no para confrontar. La entrevista no busca el conflicto, sino la comprensión. Y eso permite que Torrecilla avance hacia otros capítulos de su vida sin necesidad de subrayados.

    El fútbol profesional aparece entonces como una mezcla de sueño cumplido y realidad precaria. Torrecilla recuerda etapas en las que, pese a competir al máximo nivel, tuvo que trabajar fuera del fútbol para poder sostenerse económicamente. Habla sin victimismo de los momentos en los que llegó a cansarse, a pensar en dejarlo, a sentir que el esfuerzo no tenía correspondencia. En uno de los pasajes más luminosos del relato, recuerda cómo, mientras trabajaba como camarera, recibió una llamada que reactivó su carrera y su ilusión. Ese momento, contado sin épica impostada, funciona como metáfora de toda una generación de futbolistas que vivieron en la frontera entre la vocación y la supervivencia.

    La selección española, los grandes clubes, los títulos y los estadios aparecen en la conversación, pero nunca ocupan el centro. Torrecilla no construye su identidad desde el palmarés, sino desde el proceso. Cuando habla del Atlético de Madrid, lo hace desde el agradecimiento humano, especialmente en relación con el momento más decisivo de su vida: la enfermedad. El diagnóstico de un tumor cerebral en 2020 marcó un antes y un después no solo en su carrera, sino en su forma de entenderlo todo. En El Cafelito, Torrecilla recuerda ese periodo con una serenidad que solo llega después de haber atravesado el miedo. Habla del desconocimiento inicial, del impacto de la palabra “quimioterapia”, del deterioro físico, de la pérdida de peso, del hospital como espacio compartido con otras personas cuyas historias no siempre tuvieron un final feliz.

    Cuando afirma que el Atlético “le salvó la vida”, no lo hace como una consigna emocional, sino como una constatación de un acompañamiento médico y humano que fue determinante. En ese punto, la entrevista alcanza una densidad que trasciende el deporte. Torrecilla no habla solo de fútbol, habla de cuidados, de estructuras, de lo que significa no estar sola cuando el cuerpo falla. La conversación se vuelve entonces universal, reconocible para cualquiera que haya atravesado una enfermedad grave.

    A lo largo de toda la entrevista hay una idea que se repite sin necesidad de ser formulada explícitamente: la de la dignidad. Dignidad para jugar cuando no había medios. Dignidad para resistir cuando no había respeto. Dignidad para volver cuando el cuerpo parecía decir basta. Torrecilla no se presenta como una heroína, pero su relato construye una épica real, hecha de pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.

    El cierre de la conversación no busca conclusiones grandilocuentes. No hay moraleja explícita ni discurso final. Hay, simplemente, la sensación de haber asistido a un testimonio necesario. En un contexto mediático donde el fútbol femenino todavía lucha por espacios de visibilidad que no estén condicionados por la comparación constante, entrevistas como esta funcionan como documentos de época. Explican de dónde se viene y, por contraste, permiten entender mejor hacia dónde se va.

    La charla entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito no es importante solo por quien la protagoniza, sino por lo que representa. Es la voz de una generación que jugó cuando no tocaba, que resistió cuando no era rentable y que ahora, por fin, puede contar su historia sin pedir permiso. No es una entrevista para el consumo rápido ni para el titular viral.

    Es un relato largo, incómodo por momentos, profundamente humano, que deja una certeza difícil de discutir: el fútbol femenino en España no se entiende sin mujeres como Virginia Torrecilla, y la historia de Virginia Torrecilla no se entiende sin haber atravesado todo lo que contó, sin filtros, frente a una cámara y un café.

    Hay algo especialmente significativo en la forma en que Virginia Torrecilla habla del tiempo. No lo divide en etapas estancas ni en hitos cerrados, sino que lo entiende como una línea continua en la que todo se conecta. En la entrevista con Josep Pedrerol no hay saltos bruscos ni cambios de registro impostados: la niña que se cambiaba sola en un vestuario improvisado es la misma mujer que hoy habla con serenidad sobre la enfermedad, la precariedad, la fama relativa y el lugar que ocupa en la historia del fútbol femenino español. Esa coherencia vital es, quizá, uno de los elementos que más fuerza le da a su testimonio.

    Cuando Torrecilla recuerda su paso por clubes históricos como el FC Barcelona o el Atlético de Madrid, lo hace desde una perspectiva que huye del triunfalismo. No hay en su discurso una idealización del alto nivel, sino una descripción honesta de lo que significaba formar parte de estructuras que todavía estaban en construcción. Habla del orgullo de vestir determinadas camisetas, pero también de las carencias, de los viajes, de las condiciones de entrenamiento, de la distancia abismal que separaba el fútbol femenino del masculino incluso dentro de las mismas entidades. Lo cuenta sin acritud, como quien asume que su generación fue, en muchos sentidos, una generación de transición.

    Esa idea aparece de forma recurrente a lo largo de la conversación: la conciencia de haber llegado “antes de tiempo”. Antes de los grandes contratos, antes de la profesionalización real, antes de la visibilidad sostenida. Torrecilla no se coloca en el centro del relato como víctima, pero tampoco se diluye en un discurso complaciente. Reconoce que muchas de las cosas que hoy se celebran —estadios llenos, retransmisiones regulares, atención mediática— no habrían sido posibles sin años de insistencia silenciosa, sin jugadoras que aceptaron condiciones muy lejos de la élite mientras sostenían el nivel competitivo con una exigencia máxima.

    En ese punto, la entrevista adquiere un valor casi documental. No se trata solo de la historia de una futbolista concreta, sino del relato coral de una época. Torrecilla pone palabras a lo que durante años fue invisible: la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la falta de estabilidad, la incertidumbre permanente. Cuando recuerda que hubo momentos en los que estuvo a punto de dejarlo, no lo hace como confesión dramática, sino como algo lógico, casi inevitable. El desgaste no era solo físico, era emocional y mental. Y aun así, siguió.

    La enfermedad aparece en la conversación no como un punto final, sino como un giro radical. El diagnóstico del tumor cerebral en 2020 irrumpe en su vida cuando todavía estaba compitiendo al máximo nivel. Torrecilla describe ese momento sin recrearse en el impacto inicial, pero dejando claro que nada vuelve a ser igual a partir de ahí. El cuerpo, que hasta entonces había sido herramienta de trabajo, pasa a convertirse en un territorio incierto. La jugadora habla del miedo, de la confusión, de la dureza de los tratamientos, de la quimioterapia y la radioterapia, de la pérdida de peso, de la fragilidad. Y lo hace con una claridad que no busca conmover, sino explicar.

    En ese tramo de la entrevista, Pedrerol apenas interrumpe. Deja que el relato fluya, consciente de que lo que se está diciendo trasciende cualquier formato televisivo. Torrecilla menciona a las personas que se cruzó en los hospitales, algunas de las cuales no sobrevivieron. No hay grandes discursos, solo una constatación serena de la injusticia y del azar. Ese contraste entre la vida de élite y la vulnerabilidad absoluta es uno de los ejes más poderosos de la conversación.

    Cuando habla del Atlético de Madrid como un sostén vital, no lo hace desde la retórica institucional. Habla de médicos, de acompañamiento, de sentirse cuidada en un momento en el que todo podía derrumbarse. En ese sentido, su frase más citada —“el Atlético me salvó la vida”— adquiere un significado literal, no metafórico. No se refiere a una oportunidad deportiva, sino a un entorno que respondió cuando más lo necesitaba.

    La recuperación no se presenta como un camino recto ni como un relato de superación edulcorado. Torrecilla explica que hubo días malos, retrocesos, cansancio extremo, dudas. La vuelta al fútbol, más que un objetivo, fue una consecuencia de ir recuperando la confianza en su propio cuerpo. En El Cafelito no hay promesas de final feliz ni mensajes motivacionales prefabricados. Hay, simplemente, una mujer contando cómo aprendió a vivir de otra manera.

    A lo largo de la entrevista se percibe claramente que Torrecilla ya no habla desde la urgencia de demostrar nada. No necesita reivindicar su carrera ni justificar decisiones. Su tono es el de alguien que ha hecho las paces con su historia. Cuando menciona su retirada, lo hace sin dramatismo. El fútbol fue su vida durante muchos años, pero no es lo único que la define. Esa idea, que podría parecer simple, adquiere un peso enorme viniendo de alguien que lo dio todo por jugar.

    El valor simbólico de esta entrevista reside también en el momento en el que se produce. El fútbol femenino español vive una etapa de visibilidad sin precedentes, pero también de tensiones, debates y ajustes estructurales. Escuchar a una figura como Virginia Torrecilla hablar desde la experiencia larga, desde el pasado reciente que no conviene olvidar, funciona como un ejercicio de memoria colectiva. Su relato no compite con el presente; lo explica.

    No hay en sus palabras reproches directos ni cuentas pendientes. Hay, eso sí, una invitación implícita a no perder de vista de dónde se viene. A entender que los avances no son espontáneos ni garantizados. A reconocer que muchas de las mejoras actuales se sostienen sobre historias como la suya, construidas en silencio y con una resiliencia que pocas veces fue reconocida en su momento.

    La conversación con Josep Pedrerol se cierra sin grandes fuegos artificiales. No hay frase final diseñada para viralizarse. Hay una sensación de calma, de verdad dicha sin urgencia. Y eso, en el ecosistema mediático actual, es casi revolucionario. El Cafelito se confirma así como un espacio donde el deporte puede ser contado de otra manera, y Virginia Torrecilla deja una huella que va más allá de cualquier estadística.

    Cuando termina la entrevista, queda la impresión de haber asistido a algo más que una charla televisiva. Es el testimonio de una mujer que jugó cuando no había foco, que enfermó cuando estaba en la cima, que volvió cuando nadie lo esperaba y que ahora habla sin necesidad de subrayarse. Su historia no necesita adornos porque ya es, en sí misma, profundamente épica. No por los títulos ganados, sino por todo lo que tuvo que atravesar para poder contarlo.

    Hay una dimensión de la entrevista que se impone con el paso de los minutos y que no necesita ser explicitada: la de la responsabilidad involuntaria de quien se convierte en referente. Virginia Torrecilla nunca afirma que quiera ser ejemplo de nada, pero su forma de contar su historia termina ocupando ese lugar. No por voluntad discursiva, sino por acumulación de vivencias. En El Cafelito, su relato funciona como un espejo en el que se reflejan muchas trayectorias del fútbol femenino español, especialmente las de aquellas jugadoras que crecieron cuando todavía no existía un camino marcado.

    Cuando habla de las generaciones más jóvenes, no lo hace desde la nostalgia ni desde el reproche. No hay en sus palabras una comparación directa ni una reivindicación explícita del “nosotras lo pasamos peor”. Lo que aparece es algo más sutil: la conciencia de que el presente es distinto porque el pasado fue difícil. Torrecilla no reclama reconocimiento retroactivo; simplemente deja constancia de una realidad que durante años fue ignorada. Su testimonio adquiere así un valor pedagógico sin proponérselo.

    La entrevista también deja entrever una reflexión profunda sobre la identidad. Durante muchos años, Virginia Torrecilla fue, ante todo, futbolista. Su vida giraba en torno al entrenamiento, la competición, el vestuario, el calendario. La enfermedad rompió esa estructura de golpe. En la conversación con Pedrerol se percibe cómo ese quiebre obligó a reconstruirse desde otro lugar. Habla de aprender a parar, de aceptar la vulnerabilidad, de entender que el valor personal no depende del rendimiento. Son ideas que no se desarrollan como discurso teórico, sino que emergen de la experiencia vivida.

    Hay momentos en los que el silencio pesa tanto como las palabras. Cuando Torrecilla recuerda a personas que conoció durante el tratamiento y que no sobrevivieron, la entrevista se detiene en una pausa que no necesita explicación. Es uno de esos instantes en los que el espectador entiende que el deporte, incluso en su versión más épica, queda en segundo plano frente a la fragilidad humana. Esa honestidad, sin sentimentalismo, es una de las claves que convierten la entrevista en algo excepcional.

    En paralelo, la figura de Josep Pedrerol adquiere un matiz distinto al habitual. Lejos del ritmo frenético y la confrontación que caracterizan otros formatos, aquí actúa como facilitador del relato. No busca titulares, no interrumpe con opiniones, no compite por el protagonismo. Esa elección editorial no es menor. Permite que la historia se despliegue con naturalidad y que el foco permanezca siempre en quien tiene algo que contar. En un ecosistema mediático dominado por la urgencia y el ruido, esa contención resulta casi anacrónica, y precisamente por eso tan efectiva.

    A medida que la entrevista avanza, se hace evidente que Torrecilla no habla desde la herida abierta, sino desde la cicatriz. No hay resentimiento, pero tampoco olvido. La serenidad con la que expone situaciones duras no implica que hayan dejado de doler, sino que han sido integradas. Esa diferencia es fundamental para entender el tono de toda la conversación. No es una catarsis, es una narración consciente.

    Cuando se refiere a su libro y a la decisión de contar su historia por escrito, se intuye el mismo impulso: ordenar la experiencia, darle sentido, compartirla sin convertirla en espectáculo. Torrecilla no se presenta como una superviviente excepcional, sino como alguien que tuvo miedo, que sufrió y que contó con apoyos determinantes. Esa normalización del proceso, lejos de restarle fuerza, lo hace más cercano y más real.

    El fútbol vuelve a aparecer hacia el final de la entrevista como lo que siempre fue para ella: un lugar de pertenencia. No idealizado, no perfecto, pero profundamente significativo. Habla de lo que le dio y de lo que le quitó, sin establecer una balanza definitiva. El deporte no es el villano ni el salvador absoluto de su historia; es el escenario en el que se desarrolló. Esa mirada madura, sin extremos, contrasta con muchos relatos habituales en torno a las carreras deportivas.

    En ese sentido, la conversación funciona también como un cierre simbólico. No un punto final, sino una especie de síntesis vital. Torrecilla no necesita anunciar nuevos proyectos ni marcar un siguiente objetivo. Su presencia en El Cafelito no responde a una campaña ni a un retorno. Es, simplemente, el momento en el que decide contar lo vivido con la distancia suficiente para que las palabras no quemen.

    La recepción mediática de la entrevista confirma su impacto. Fragmentos de sus declaraciones se replican en distintos medios, especialmente aquellos relacionados con su infancia, la discriminación y la enfermedad. Pero reducir la conversación a titulares aislados sería injusto. La fuerza del encuentro reside precisamente en su continuidad, en cómo cada parte del relato se apoya en la anterior y construye una imagen completa, compleja, humana.

    Lo que queda después de escucharla no es una sensación de tristeza, sino de respeto. Respeto por una trayectoria que no fue lineal, por una carrera que se sostuvo contra muchas inercias y por una persona que eligió hablar cuando ya no tenía nada que demostrar. En ese gesto hay una generosidad poco habitual: la de compartir la experiencia no para obtener algo a cambio, sino para que otros entiendan.

    La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol se inscribe así en una tradición muy concreta del periodismo deportivo: la de las conversaciones que sobreviven al contexto inmediato. No depende de un resultado, de una polémica ni de una actualidad concreta. Puede leerse, verse o escucharse dentro de años y seguirá teniendo sentido, porque habla de cuestiones que no caducan: el derecho a ocupar espacios, la dignidad frente a la adversidad, la construcción de la identidad y la necesidad de ser escuchada.

    Torrecilla no levanta la voz, no reclama, no acusa. Simplemente cuenta. Y en ese acto, aparentemente sencillo, hay una potencia enorme. Porque contar la verdad, cuando se ha vivido tanto, es ya una forma de valentía. Y porque su historia, sin adornos ni exageraciones, explica mejor que muchos discursos por qué el fútbol femenino es hoy lo que es, y por qué no se puede entender su presente sin mirar de frente a su pasado.

    Hay algo que se revela con especial claridad conforme el relato de Virginia Torrecilla avanza y se expande: su historia no necesita ser dramatizada porque ya contiene, en sí misma, todos los elementos de una tragedia clásica y de una épica moderna. Vocación temprana, oposición social, perseverancia, caída abrupta, reconstrucción y una forma de regreso que no pasa necesariamente por el lugar del que se partió. En El Cafelito, Torrecilla no se coloca nunca en el centro del escenario como heroína, pero su forma de narrarse termina ocupando ese espacio inevitablemente.

    Cuando habla del fútbol femenino actual, lo hace desde una posición que no es ni de distancia ni de pertenencia absoluta. Ya no es jugadora en activo, pero tampoco se ha desvinculado emocionalmente del todo. Observa el presente con una mezcla de orgullo y cautela. Orgullo por lo conseguido, por los avances evidentes, por la normalización progresiva de algo que durante décadas fue excepcional. Cautela porque sabe, por experiencia propia, que los procesos no son irreversibles y que las conquistas necesitan ser protegidas.

    Esa mirada larga es una de las aportaciones más valiosas de la entrevista. Torrecilla no analiza el fútbol femenino desde la teoría ni desde el debate político, sino desde la vivencia acumulada. Cuando recuerda cómo era competir sin focos, sin cámaras, sin contratos profesionales, no lo hace para reclamar un reconocimiento tardío, sino para contextualizar. Su relato funciona como una advertencia tranquila: nada de lo que hoy se disfruta fue gratuito.

    Hay un momento especialmente revelador cuando deja entrever que durante años interiorizó muchas situaciones como normales. No porque lo fueran, sino porque no existían herramientas para nombrarlas. Ese reconocimiento, formulado sin dramatismo, es clave para entender toda una época. La entrevista no convierte a Torrecilla en portavoz oficial de nada, pero sí la sitúa como testigo cualificado de un sistema que durante demasiado tiempo funcionó sin cuestionarse a sí mismo.

    La conversación también aborda, de manera indirecta, la relación entre el cuerpo y el rendimiento. En el deporte de alto nivel, el cuerpo suele ser tratado como instrumento, como recurso que se exprime hasta el límite. La enfermedad obligó a Torrecilla a mirar su propio cuerpo desde otro lugar, a escucharlo, a aceptar su fragilidad. Esa transformación aparece en la entrevista como uno de los aprendizajes más profundos. Ya no se trata de cuánto puede rendir, sino de cómo habitarlo sin violencia.

    En ese sentido, su testimonio dialoga con una conversación más amplia que atraviesa el deporte contemporáneo: la del cuidado, la salud mental, el equilibrio. Torrecilla no utiliza esos términos como consignas, pero los encarna. Habla de parar, de aceptar límites, de redefinir prioridades. Lo hace desde la experiencia, no desde el discurso aprendido.

    El tono de la entrevista nunca cae en la autocompasión. Incluso cuando aborda los momentos más duros, hay una sobriedad que resulta casi pedagógica. No hay lágrimas forzadas ni silencios teatrales. Hay una voz firme que sabe lo que ha vivido y que no necesita adornarlo. Esa contención emocional es, paradójicamente, lo que hace que el relato impacte con más fuerza.

    A lo largo de la conversación, Torrecilla demuestra una capacidad poco común para mirar atrás sin quedarse atrapada en el pasado. No reniega de lo vivido, pero tampoco se define exclusivamente por ello. Su identidad se construye desde la integración de todas esas experiencias, no desde su superación simbólica. No hay un “antes y después” tajante, sino una continuidad transformada.

    El espectador que se acerca a El Cafelito esperando una entrevista deportiva convencional se encuentra con algo distinto.

    No hay análisis tácticos ni debates sobre resultados. Hay una reflexión profunda sobre lo que significa dedicarse a un deporte que durante años no devolvía lo que exigía. Y hay, sobre todo, una reivindicación implícita del derecho a contar la propia historia con los propios tiempos.

    En el tramo final de la charla, Torrecilla no proyecta grandes discursos hacia el futuro. No anuncia cruzadas ni se coloca como referente militante. Su posición es más sutil y, por eso mismo, más poderosa. Habla desde la coherencia personal, desde la tranquilidad de haber hecho lo que podía con las herramientas que tenía en cada momento. Esa honestidad, tan poco frecuente en los relatos públicos, es uno de los grandes logros de la entrevista.

    Cuando termina la conversación, no queda la sensación de haber asistido a una despedida, sino a una especie de asentamiento. Como si Torrecilla hubiera encontrado el lugar desde el que mirar todo lo vivido sin que le pese. Ese equilibrio no se alcanza sin atravesar muchas capas de dolor, y eso se percibe en cada una de sus palabras.

    La entrevista con Josep Pedrerol no intenta cerrar nada de forma definitiva. No clausura una carrera ni inaugura otra. Simplemente fija un punto en el tiempo desde el que se puede comprender mejor una trayectoria y, por extensión, una parte fundamental de la historia reciente del fútbol femenino español. Su valor reside precisamente en esa condición de documento vivo.

    Virginia Torrecilla no habla para convencer, ni para denunciar, ni para emocionar deliberadamente. Habla porque puede hacerlo, porque ha llegado a un lugar desde el que las palabras no son urgentes ni defensivas. Y en ese gesto hay una fuerza que trasciende cualquier formato televisivo.

    Conforme el relato se prolonga y se asienta, resulta inevitable entender la entrevista como algo más que un testimonio individual. La conversación va dibujando, sin proponérselo explícitamente, un mapa emocional de una época concreta del deporte español. No porque Torrecilla hable en nombre de todas, sino porque su experiencia coincide en demasiados puntos con la de muchas otras futbolistas que crecieron y compitieron cuando el fútbol femenino era todavía un territorio sin normas claras, sin protección institucional y sin una narrativa pública que lo legitimara.

    En El Cafelito, Torrecilla no teoriza sobre desigualdad ni articula discursos políticos, pero su relato expone con precisión quirúrgica las consecuencias de esa desigualdad. Las situaciones que describe —la soledad en los vestuarios, la normalización del irrespeto, la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la fragilidad contractual— aparecen como hechos asumidos, no como excepciones. Y es precisamente esa naturalidad la que les da gravedad. Porque lo que se cuenta no es una anomalía, sino una estructura.

    A lo largo de la entrevista se percibe que Torrecilla ha hecho un ejercicio profundo de comprensión de su propia historia. No hay contradicciones forzadas ni revisiones oportunistas. Lo que dice hoy encaja con lo que ha dicho en otros momentos, pero con una diferencia clave: ahora habla sin prisa. Esa falta de urgencia le permite detenerse en matices que antes quizá no eran visibles, incluso para ella misma. Hay una madurez narrativa que solo llega cuando el tiempo ha hecho su trabajo.

    El fútbol, en su relato, aparece muchas veces como refugio y otras tantas como espacio de tensión. Fue el lugar donde se sintió libre y también donde tuvo que soportar situaciones que hoy serían inaceptables. Esa ambivalencia no se resuelve; se acepta. Torrecilla no necesita reconciliarse con una versión ideal del deporte. Asume su complejidad, sus luces y sus sombras, y desde ahí construye una relación más sana con lo que fue su vida durante tantos años.

    Uno de los aspectos más poderosos de la entrevista es la manera en que Torrecilla habla del miedo. No solo del miedo a la enfermedad, sino del miedo anterior: el miedo a no encajar, a no ser aceptada, a no tener futuro. Es un miedo silencioso, persistente, que acompañó su carrera mucho antes del diagnóstico médico. Al ponerlo en palabras, sin dramatismo, lo convierte en una experiencia compartible, reconocible para muchas personas que han tenido que abrirse camino en entornos que no estaban pensados para ellas.

    La enfermedad, paradójicamente, aparece como el punto que detiene esa huida constante hacia adelante. El cuerpo dice basta y obliga a mirar de frente lo esencial.

    Torrecilla habla de ese momento como un corte radical, pero no como una ruptura con su identidad. El fútbol no desaparece, pero deja de ocupar todo el espacio. En El Cafelito, esa transformación se percibe como uno de los aprendizajes más profundos de su vida, incluso más que cualquier logro deportivo.

    Hay una honestidad notable cuando reconoce que no siempre fue fuerte, que hubo miedo, cansancio, fragilidad. En un mundo deportivo que glorifica la resistencia sin fisuras, escuchar a alguien hablar así tiene un valor especial. No hay épica del sufrimiento, sino reconocimiento de la vulnerabilidad como parte inevitable de la experiencia humana. Esa perspectiva no resta grandeza a su historia; la amplía.

    La entrevista también deja claro que Torrecilla no busca controlar cómo será recordada. No insiste en fijar un legado ni en definir su lugar en la historia. Esa renuncia a la autopromoción es, en sí misma, una forma de coherencia. Su historia queda ahí, disponible, sin instrucciones de uso. Cada cual puede leerla desde su propia experiencia.

    El papel de Pedrerol, en este punto, vuelve a ser relevante por lo que no hace. No intenta conducir el relato hacia una conclusión cerrada, no resume, no interpreta por ella. Permite que la conversación se apague de forma natural, como se apagan las charlas importantes: sin una frase final perfecta, pero con la sensación de que algo ha quedado claro.

    Y lo que queda claro, cuando la entrevista termina, es que Virginia Torrecilla representa una forma de entender el deporte que no siempre tiene espacio en los focos. Una forma basada en la perseverancia silenciosa, en la dignidad cotidiana, en la capacidad de resistir sin convertirse en estatua. Su historia no necesita ser mitificada porque ya es significativa tal y como es.

    La conversación en El Cafelito no pretende cambiar nada de forma inmediata, pero deja una huella profunda. Funciona como un recordatorio de que el deporte no se construye solo con victorias, sino con trayectorias. Que detrás de cada avance hay historias largas, complejas, a menudo incómodas. Y que escucharlas es una forma de justicia.

    Virginia Torrecilla no se despide del fútbol en esta entrevista, pero tampoco se aferra a él. Habla desde un lugar de equilibrio poco común, desde una serenidad conquistada. Esa posición le permite mirar atrás sin nostalgia tóxica y mirar adelante sin ansiedad. Es, quizás, el mayor triunfo de su recorrido.

    La épica de esta entrevista no está en el tono ni en la puesta en escena. Está en la acumulación de verdad. En la coherencia entre lo vivido y lo contado. En la valentía tranquila de quien decide hablar cuando ya no necesita demostrar nada.

    Y por eso esta conversación permanece. Porque no grita, no exagera, no dramatiza. Simplemente existe. Y en esa existencia, tan humana y tan real, explica mejor que muchos discursos qué ha sido, qué es y qué puede llegar a ser el fútbol femenino contado desde dentro.

    Cuando la cámara se apaga y el café se enfría, lo que permanece no es una frase brillante ni un titular diseñado para circular rápido, sino la sensación de haber escuchado algo que necesitaba tiempo para ser dicho. La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol no deja una consigna ni una conclusión cerrada; deja un poso. El de una vida atravesada por el fútbol, por la desigualdad, por la enfermedad y por una reconstrucción que no busca aplauso. Torrecilla no se erige en símbolo por voluntad propia, pero termina siéndolo porque su historia condensa muchas otras que durante años no tuvieron voz ni espacio.

    Su relato no reclama compasión ni reconocimiento tardío. Reclama memoria. Memoria de cómo se jugaba cuando no había focos, de cómo se resistía cuando no había estructura, de cómo se seguía adelante cuando el cuerpo y el entorno decían basta. En ese ejercicio de memoria hay una forma de justicia silenciosa, una reparación que no pasa por el homenaje ni por la épica impostada, sino por la escucha atenta.

    La conversación en El Cafelito no busca cerrar una etapa ni abrir otra. Se sitúa en un punto de equilibrio poco habitual, desde el que se puede mirar el pasado sin idealizarlo y el presente sin darlo por garantizado. Torrecilla habla desde la serenidad de quien ha atravesado lo peor y ha aprendido a vivir sin urgencias, sin la necesidad constante de demostrar. Y esa serenidad, conquistada a fuerza de golpes, es quizá su mayor legado.

    Cuando todo termina, queda una certeza difícil de ignorar: el fútbol femenino no se explica solo con resultados, audiencias o contratos. Se explica con historias como esta, largas, complejas, a veces incómodas, profundamente humanas.

    Escucharlas no es un gesto de nostalgia, sino una obligación con el presente y una responsabilidad con el futuro.

    Virginia Torrecilla es, por encima de cualquier etiqueta deportiva, un ejemplo de superación tras reponerse de un tumor cerebral que alteró por completo su vida y su carrera. No lo es por haber regresado a competir ni por la dimensión pública de su historia, sino por la manera en que afrontó la enfermedad, aceptó la fragilidad y reconstruyó su identidad sin renunciar a lo que fue. Su testimonio no glorifica el sufrimiento ni lo convierte en espectáculo; lo humaniza.

    Y en ese gesto, sereno y honesto, reside la verdadera fuerza de su historia.

    Virginia Torrecilla no levanta la voz ni pide permiso. Cuenta. Y al hacerlo, deja constancia de algo esencial: que la dignidad también juega partidos largos, que hay victorias que no aparecen en los marcadores y que algunas entrevistas, como algunas vidas, no necesitan más ruido para quedarse.

    En uno de los momentos más distendidos de la conversación, Josep Pedrerol le preguntó directamente si era del Barcelona, una cuestión casi inevitable por su pasado como jugadora azulgrana. Virginia Torrecilla respondió con naturalidad y sin titubeos que no, que su sentimiento deportivo está ligado al Atlético de Madrid. La respuesta, sencilla y sin necesidad de matices, cerró la entrevista con una nota de identidad clara y honesta, coherente con todo su relato: el de una futbolista que ha pasado por grandes clubes, pero que habla siempre desde la verdad de su recorrido personal y emocional.

    Queda claro así que la internacional absoluta por España jamás olvidará lo que la entidad que preside Lola Romero hizo por ella durante su enfermedad.

    Ver la entrevista aquí |

    https://youtu.be/3QZo0ilU2KA?si=beuYpP4m7VJ_h0Ez

    (Fuente: Liga F Moeve)