Categoría: Fútbol Europeo

  • La crónica | El Barcelona retiene la Supercopa

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ Las azulgranas se impusieron por 2-0 al Real Madrid CF en la final de la Supercopa de España, que se disputó en el estadio de Castalia, en Castellón. Los goles de Esmee Brugts y de Alexia Putellas, de penalti, decidieron el encuentro. La presidenta de Liga F Moeve, Beatriz Álvarez, estuvo presente en el palco.

    La previa |

    (Fuente: RTVE)

    La Supercopa de España vuelve a citarse con la historia en un escenario que ya no admite medias tintas ni discursos tibios. Cuando FC Barcelona y Real Madrid se encuentran en una final, y más aún cuando lo hacen con un título en juego, el fútbol femenino español deja de ser únicamente competición para convertirse en relato, en símbolo y en espejo de una evolución que ha transformado el mapa del deporte en la última década. Esta final no es una más. No puede serlo. No lo es por el contexto, no lo es por las ausencias, no lo es por el momento de ambos proyectos y, sobre todo, no lo es porque llega cargada de memoria reciente, de cuentas pendientes y de una sensación inequívoca: lo que ocurra sobre el césped tendrá un eco que irá mucho más allá de los noventa minutos.

    El FC Barcelona afronta esta final con la posibilidad de conquistar su quinta Supercopa de España de manera consecutiva —2020, 2022, 2023, 2024 y 2025—, una secuencia que no solo engrosaría su palmarés, sino que reforzaría una hegemonía ya incuestionable y que le ha permitido convertirse en la gran referencia histórica de la competición. No se trata únicamente de números, de títulos o de estadísticas acumuladas; se trata de una forma de estar, de competir y de entender las finales como un territorio propio. El Barça llega a esta cita sabiendo que es el rival a batir, el espejo en el que todos se miran y el listón que obliga al resto a crecer. Y esa condición, lejos de relajar, exige una versión aún más elevada, porque cada partido decisivo se convierte en una defensa del legado.

    Sin embargo, el camino hacia esta final no ha sido plácido ni exento de contratiempos. Pere Romeu, entrenador azulgrana, no podrá contar con Aitana Bonmatí, una ausencia que trasciende lo meramente futbolístico y que afecta al corazón mismo del juego del Barça. Aitana no es solo talento, es ritmo, pausa, lectura y liderazgo silencioso. Su lesión obliga a replantear matices, a redistribuir responsabilidades y a confiar en una estructura colectiva que, precisamente, se ha construido para resistir incluso la falta de sus pilares más reconocibles. A esta baja se suma la de Kika Nazareth, expulsada con roja directa en el encuentro de semifinales, una circunstancia que añade un componente emocional a la previa y que priva al equipo de una futbolista capaz de romper partidos desde la creatividad y la energía.

    Pese a todo, el mensaje del vestuario azulgrana ha sido claro desde el primer momento. Tras certificar el pase a la final, Pere Romeu no rehuyó el peso simbólico del enfrentamiento y verbalizó lo que flota en el ambiente cada vez que aparece el Real Madrid al otro lado del campo: “Jugar y ganar una final al Real Madrid es muy motivante porque es un equipo que siempre nos exige dar una versión muy buena de nosotras. Creo que será una grandísima final e intentaremos llevar la Supercopa a casa”. No hay arrogancia en sus palabras, pero tampoco falsa modestia. Hay conciencia del desafío y respeto por un rival que, con el paso del tiempo, ha aprendido a mirar al Barça no solo desde la aspiración, sino desde la convicción de que es posible competirle.

    Porque si esta final tiene una narrativa distinta a otras es, precisamente, por el crecimiento sostenido del Real Madrid. El conjunto blanco afronta su tercera final, la segunda en la Supercopa de España, con un objetivo tan claro como histórico: inaugurar su palmarés. Para una entidad acostumbrada a ganar, a convertir los títulos en costumbre, este punto de partida en el fútbol femenino tiene una carga simbólica enorme. No se trata únicamente de levantar un trofeo; se trata de abrir una puerta, de romper un techo psicológico y de demostrar que el proyecto está preparado para dar el salto definitivo.

    El Real Madrid llega a esta final con la memoria reciente como aliada. La temporada pasada, en el encuentro liguero disputado en el Lluís Companys, las blancas lograron una victoria tan inesperada como contundente, un 1-3 que supuso un golpe sobre la mesa y que cambió la percepción de muchos sobre la distancia real entre ambos equipos. Aquella noche no fue solo una victoria; fue una declaración de intenciones, una demostración de que el Barça, incluso en su mejor versión histórica, puede ser vulnerado si el rival ejecuta el plan con precisión quirúrgica, valentía y convicción.

    Ese recuerdo planea sobre esta final como una sombra estimulante para unas y como una advertencia para otras. El Barça sabe que el Real Madrid ya ha demostrado que puede ganarle. El Real Madrid sabe que puede volver a hacerlo. Y esa certeza compartida eleva la tensión competitiva a un nivel superior, porque elimina el factor sorpresa y obliga a ambos cuerpos técnicos a afinar cada detalle.

    En el banquillo blanco, Pau Quesada no podrá contar con dos ausencias ya conocidas y sensibles: Frohms y Tere Abelleira. Dos bajas que afectan tanto a la estructura defensiva como al equilibrio del centro del campo y que condicionan los automatismos de un equipo que ha ido encontrando su identidad desde la solidez y el control de los tempos. A ello se suma una circunstancia poco habitual pero significativa: tras la victoria en semifinales, fue Antonio Rodríguez quien ejerció de entrenador debido a la baja de Pau Quesada por motivos personales. Su discurso, lejos de la euforia, reflejó la mentalidad con la que el Real Madrid quiere afrontar este tipo de citas: “Es una competición muy corta, muy rápida, planteas 90 minutos, con penaltis. Ahora hay que descansar, pero yo estoy pensando desde ya en la final”.

    Esa frase resume a la perfección el espíritu de esta Supercopa. No hay margen para la especulación, no hay tiempo para corregir errores en jornadas posteriores. Todo se decide en un partido, o incluso en una tanda de penaltis, y eso convierte cada acción en definitiva. Cada duelo individual, cada transición, cada balón parado puede inclinar la balanza. En ese contexto, la gestión emocional adquiere una importancia capital, y ahí el Barça parte con la ventaja de la experiencia acumulada, mientras que el Real Madrid se aferra al hambre y a la sensación de estar ante una oportunidad irrepetible.

    La final se presenta, además, como un choque de estilos que ya no son antagónicos, sino evolutivos. El FC Barcelona sigue siendo fiel a una identidad basada en la posesión, en la presión alta y en la ocupación racional de los espacios, pero ha aprendido a convivir con escenarios más abiertos y a resolver partidos desde la madurez. El Real Madrid, por su parte, ha dejado atrás la etiqueta de equipo reactivo para convertirse en un conjunto capaz de dominar fases del juego, de alternar registros y de castigar con eficacia cuando encuentra grietas en el sistema rival.

    Todo ello convierte esta final en un acontecimiento que trasciende la propia Supercopa. Es un termómetro del momento actual del fútbol femenino español, una fotografía de dos proyectos que representan polos distintos pero cada vez más cercanos, y una oportunidad para seguir construyendo una rivalidad que ya no necesita justificaciones externas para ser considerada un clásico.

    Aquí no hay únicamente un título en juego. Hay reputación, memoria, futuro y un mensaje que quedará grabado en la temporada. El Barça persigue la continuidad de una era dorada, la confirmación de que su dominio no es circunstancial sino estructural. El Real Madrid busca el punto de inflexión, el día en que todo cambie y en que la palabra “todavía” deje de acompañar a su palmarés.

    Cuando el balón eche a rodar, todo lo anterior quedará suspendido durante noventa minutos —o los que sean necesarios—, pero nada desaparecerá del todo. Porque esta final ya se ha empezado a jugar mucho antes del pitido inicial, en la cabeza de las futbolistas, en la planificación de los entrenadores y en la expectativa de un público que sabe que está a punto de presenciar algo más que un partido. Está a punto de asistir a un nuevo capítulo de una historia que se escribe, precisamente, en noches como esta.

    La continuidad de esta previa exige adentrarse todavía más en las capas que sostienen este enfrentamiento, porque una final entre FC Barcelona y Real Madrid no se explica únicamente desde la coyuntura inmediata ni desde la alineación del día del partido. Se explica desde un proceso histórico reciente, desde una rivalidad que ha ido construyéndose casi a contrarreloj y desde la necesidad mutua de ambos clubes de legitimarse en el presente y proyectarse hacia el futuro del fútbol femenino europeo.

    El FC Barcelona llega a esta final con la serenidad de quien ha transitado este camino en innumerables ocasiones, pero también con la presión inherente a quien sabe que cada título ya no se celebra únicamente como una conquista, sino como una obligación. El barcelonismo femenino ha normalizado la excelencia hasta el punto de que cualquier desenlace que no sea levantar el trofeo se percibe como una anomalía. Esa normalización es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y el mayor riesgo del proyecto. Fortalecimiento, porque dota al equipo de una mentalidad ganadora inquebrantable; riesgo, porque cualquier fisura es amplificada por el contexto y por la expectativa externa.

    En este escenario, la ausencia de Aitana Bonmatí adquiere una dimensión casi simbólica. No es habitual que el Barça afronte una final de esta magnitud sin una de sus grandes referencias, y eso obliga a reinterpretar el relato. Ya no se trata solo de demostrar superioridad futbolística, sino de exhibir profundidad de plantilla, capacidad de adaptación y madurez competitiva. El mensaje implícito es claro: el FC Barcelona no depende de una sola futbolista, por determinante que sea, sino de una estructura colectiva que se ha ido puliendo durante años de exigencia máxima.

    Pere Romeu, en este sentido, representa una figura clave. Su gestión del grupo ha estado marcada por la continuidad de una idea heredada, pero también por la introducción de matices que buscan sostener el rendimiento en contextos cada vez más complejos. Esta final es, también, una prueba para su liderazgo en el banquillo azulgrana, porque las grandes finales no se deciden únicamente desde la pizarra, sino desde la capacidad de transmitir calma, convicción y claridad en los momentos de mayor tensión.

    El Real Madrid, en cambio, se presenta en esta cita desde un lugar emocional radicalmente distinto. Cada final disputada hasta ahora ha sido una experiencia de aprendizaje, una acumulación de frustraciones contenidas y de sensaciones a medio camino entre el orgullo por haber llegado y la decepción por no haber culminado. Esa mochila pesa, pero también empuja. Porque inaugurar el palmarés no es solo una meta deportiva; es un acto fundacional. Es el momento en que el proyecto deja de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

    El recuerdo del triunfo en el Lluís Companys sigue funcionando como un anclaje psicológico poderoso. Aquella victoria no fue fruto del azar ni de un contexto excepcional, sino de un plan ejecutado con una precisión que sorprendió incluso a quienes mejor conocían al equipo blanco. Desde entonces, cada enfrentamiento con el Barça se afronta desde una lógica distinta: ya no se trata de resistir y esperar, sino de competir de tú a tú, de asumir riesgos y de creer en la propia capacidad para decidir el partido.

    Las bajas de Frohms y Tere Abelleira, sin embargo, introducen un elemento de incertidumbre que obliga al Real Madrid a reinventarse parcialmente. Frohms aporta seguridad bajo palos y experiencia en escenarios de máxima exigencia, mientras que Tere Abelleira es una pieza fundamental en la organización del juego, en la salida de balón y en la lectura táctica. Su ausencia obliga a redistribuir roles y a confiar en alternativas que, aunque preparadas, deberán demostrar su temple en una final de este calibre.

    El papel de Antonio Rodríguez en la semifinal, sustituyendo circunstancialmente a Pau Quesada, dejó una imagen significativa del espíritu del equipo. Su discurso fue el de alguien consciente de la excepcionalidad del momento, pero también de la necesidad de mantener los pies en el suelo. En una competición tan corta, tan concentrada, cada decisión adquiere un valor exponencial. No hay tiempo para reconstruirse tras un error; solo para reaccionar con rapidez y determinación.

    Esta final se mueve, además, en un terreno simbólico especialmente delicado. El Clásico femenino ha pasado en pocos años de ser una promesa a convertirse en una realidad consolidada, con audiencias, impacto mediático y una carga emocional comparable a la del fútbol masculino. Cada enfrentamiento alimenta una narrativa que ya no necesita ser justificada desde la comparación, sino que se sostiene por sí misma. Y en ese contexto, la Supercopa actúa como un escaparate privilegiado, un escenario donde el fútbol femenino español se presenta ante el mundo como un producto maduro, competitivo y profundamente atractivo.

    Desde el punto de vista táctico, el partido se anticipa como un duelo de ajustes constantes. El Barça buscará imponer su habitual dominio territorial, pero deberá hacerlo con especial cuidado en las transiciones defensivas, consciente de que el Real Madrid ha demostrado ser letal cuando encuentra espacios a la espalda de la presión. La gestión de los tiempos será clave: saber cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo asumir que el partido exige pragmatismo.

    El Real Madrid, por su parte, intentará repetir la fórmula que ya le dio éxito, pero con la dificultad añadida de que el factor sorpresa ha desaparecido.

    El Barça espera un rival valiente, agresivo y dispuesto a disputar la posesión. Eso obliga a las blancas a ser todavía más precisas, a minimizar errores no forzados y a aprovechar cada oportunidad con una eficacia casi quirúrgica.

    En el trasfondo de todo ello late una pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos intuyen: ¿estamos ante una final que puede marcar un antes y un después? Para el FC Barcelona, ganar supondría reafirmar una hegemonía que ya roza lo legendario y enviar un mensaje inequívoco de continuidad. Para el Real Madrid, levantar el trofeo significaría romper una barrera psicológica y abrir una nueva etapa en su historia reciente.

    El fútbol, en su esencia, se alimenta de estos momentos liminares, de estas fronteras entre lo que ha sido y lo que puede llegar a ser. Esta final de la Supercopa no es solo un partido; es un punto de inflexión potencial, un espacio donde el relato puede bifurcarse y donde cada gesto, cada decisión y cada gol tendrá un peso específico en la memoria colectiva.

    A medida que se acerca el pitido inicial, la sensación de inevitabilidad crece. Todo está dispuesto para que el escenario, los protagonistas y la historia confluyan en un mismo punto. El balón será el juez último, pero el contexto ya ha hecho su trabajo: ha cargado de significado cada metro del campo, cada camiseta y cada mirada cómplice entre compañeras.

    La Supercopa espera, el Clásico se prepara y el fútbol femenino español contiene la respiración, consciente de que, pase lo que pase, esta final no será una más. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en épica.

    (Fuente: RFEF)

    La final bajo la lupa |

    (Fuente: RFEF)

    🔜 NEXT GAME

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

    Los onces |

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    La gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 echó a andar en Castellón con todos los focos apuntando a un clásico de máxima exigencia entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid, dos proyectos consolidados, dos estilos reconocibles y dos onces de altísimo nivel que reflejaron, desde el primer minuto, la magnitud del escenario.

    El Barcelona, fiel a su identidad dominante y a la continuidad de su bloque campeón, compareció con Cata Coll bajo palos; línea defensiva para Ona Batlle, Paredes, María León y Brugts; en la sala de máquinas, el control y la pausa de Patri Guijarro junto a Vicky López, con Aitana Bonmatí como faro creativo; y en ataque, la movilidad de Graham Hansen, el desequilibrio de Clàudia Pina y el liderazgo de Alexia Putellas, capitana y referencia emocional del equipo de Pere Romeu.

    Enfrente, el Real Madrid respondió con una alineación diseñada para competir desde la solidez y el talento individual. Misa Rodríguez, capitana, defendió la portería; defensa para Athenea del Castillo, Sara Dábriz, Weir y Yasmim; en el centro del campo, músculo y criterio con Maite Oroz Méndez y Filippa Angeldahl; por delante, la energía de Linda Caicedo y Eva Navarro, con Caroline Weir y Feller como amenazas constantes, bajo la dirección de Pau Quesada.

    Así arrancó una final llamada a marcar época, con dos onces que explicaban por sí solos por qué la Supercopa de España Iberdrola es ya uno de los grandes escaparates del fútbol femenino europeo.

    Tras eliminar al Athletic Club y al Atlético de Madrid respectivamente, el FC Barcelona y el Real Madrid CF saltaron al terreno de juego del estadio de Castalia con la idea de conseguir llevarse la Supercopa de España.

    Antes del inicio del choque se guardó un emotivo minuto de silencio en memoria de las víctimas de los accidentes ferroviarios. Linda Caicedo no tardó en animarse en busca del gol, pero el conjunto culé intentó tener pronto el dominio del balón. La más clara llegó a los veinte minutos de juego, con un zapatazo de Vicky López desde fuera del área que sacó Misa Rodríguez con una buena mano abajo. Precisamente, tras ese saque de esquina llegó el primer tanto del duelo. Un córner botado por Mapi León lo peinó Esmee Brugts desde el primer palo para abrir el marcador con el 10 en el minuto 28 para acabar con una resistencia blanca que apunto estuvo de salir bien rumbo a la media hora.

    Las azulgranas lo siguieron intentando, pero Misa sacó un remate de Patri Guijarro, que fue la MVP del duelo. En campo contrario, el conjunto blanco pidió una posible falta de Linda Caicedo, que la colegiada no otorgó tras la revisión. Ewa Pajor tuvo la última de la primera mitad con un testarazo que se perdió arriba.

    Tras el paso por vestuarios, las madridistas intentaron dar un paso hacia delante. Athenea tuvo el empate, pero Cata Coll salvó el gol con una gran parada. Aunque la más clara para las culé llegó cerca de la media hora de juego. Ewa Pajor se plantó sola ante Misa, pero la canaria sacó un gran mano. El rechace le cayó a Graham, pero el cabezazo de la extremo noruega se estrelló en el larguero. La guardameta canaria también atrapó en dos tiempos un potente disparo de Ona Batlle desde fuera del área. 

    Fue el Real Madrid el que dio un paso adelante en busca del empate y estuvo muy cerca de lograrlo Primero, con Ona Batlle cortando de forma salvadora un centro que ya esperaba Linda Caicedo en boca de gol. Y después, con un lanzamiento desde la frontal de Däbritz que rozó la parte superior del travesaño para ponerle emoción a la final.

    Linda Caicedo a la banda izquierda y su equipo lo agradeció, comenzando con buen pie tras la pausa. Athenea firmó el primer remate que Cata Coll atrapó sin demasiados problemas. El cansancio empezó a hacer mella claramente a las madridistas con el paso de los minutos y el Barcelona encadenó dos avisos muy serios. Graham Hansen remató a lateral de la red en una de las pocas acciones mal defendidas por el Real Madrid hasta el momento. Muy poco después, la noruega pudo encarrilar mucho la final para las culés, pero su cabezazo a puerta vacía después de una gran parada de Misa a Pajor se topó con el larguero.

    El asedio blaugrana seguía intensificándose ante un equipo madridista que reclamaba cambios desde el banquillo. Misa se hizo grande para detener un chut lejano de Ona Batlle en dos tiempos y sacar una buena mano a otro disparo desde la frontal de Claudia Pina. La misma protagonista marró una situación clara de cabeza a centro de Vicky López, justo antes de que llegase el tan necesitado triple cambio en el bando blanco.

    El Barcelona metió una marcha más y jugadoras como Claudia Pina empezaron a hacer mucho daño entre unas líneas del Real Madrid, que cada vez dejaban más huecos. Misa tuvo que volver a ser salvadora para detener una internada por la derecha de Vicky López. Alexia, inmediatamente después, volvió a buscar portería sin éxito. Linda Caicedo trató de dar la réplica rápidamente en la otra portería, pero su disparo tampoco logró encontrar los tres palos. Muy poco después, la colombiana volvió a plantarse ante Cata Coll, pero Ona Batlle salvó a su equipo interponiéndose en el mano a mano.

    El marcador llegó apretado a la recta final y el Real Madrid se volcó con todo en busca del empate que forzase los penaltis.

    Las esperanzas se pudieron ir al traste tras un córner a favor, pero Misa se inventó una parada milagrosa para desbaratar el mano a mano contra Pajor que parecía destinado a traducirse en el cero a dos y Signe Brunn entró para dinamizar el ataque blanco, sin fortuna ni ocasión de inquietar a Cata Coll.

    El choque seguía abierto, y Sheila García, Lotte Keukelaar y Sandie Toletti entraron al terreno de juego para intentar buscar el empate. De nuevo, Misa se convertía en salvadora, mientras que, el Real Madrid CF pidió una pena máxima por una posible mano de Irene Paredes dentro del área, pero, y tras la revisión, la colegiada no pitó la acción. Las espadas estaban en todo lo alto, y, otra vez, Misa sacó un chut de Ewa Pajor, que buscaba sentenciar la final. Las madridistas, que habían metido a Pau Comendador y Signe Bruun, lo intentaron con un centro-chut de Eva Navarro que se quedó sin problemas Cata Coll. A falta de un minuto para el final, Sheila García arrolló a Alexia Putellas dentro del área. La capitana blaugrana no falló desde los once metros para poner el 2-0 definitivo en el electrónico cuando el reloj deambulaba por el minuto 92 y el resto del alargue fue un puro trámite.

    (Fuente: RFEF)

    Así, tras el pitido final, el Barcelona vuelve a conquistar el título de la Supercopa de España, es el sexto de su historia, solo el Atlético de Madrid en 2021 se interpuso en su dictadura y el Real Madrid comienza a ver cómo perder finales, ya van tres, empieza a tornarse en una mala costumbre en Valdebebas. 

    La próxima semana el mejor club del siglo XX buscará volver a sonreír al reencontrarse con una Liga F Moeve que le medirá ante el Deportivo en Riazor.

    (Fuente: RFEF)

    📋 Ficha técnica |

    Barcelona (2): Cata Coll; Ona Battle, Paredes, Mapi, Brugts (Aïcha 72′); Vicky López (Salma Paralluelo 72′), Guijarro, Alexia Putellas; Graham Hansen (Serrajordi 59′), Pajor, Claudia Pina (Sydney 83′).

    Real Madrid (0): Misa; Eva Navarro, María Méndez, Lakrar, Yasmim (Shei 67′); Däbritz, Angeldahl (Toletti 67′); Weir (Pau Comendador 82′), Linda Caicedo, Athenea del Castillo.

    Goles |

    1-0 Brugts 28’ ⚽️

    2-0 Alexia Putellas (P.) 93’ ⚽️

    ÁRBITRA: Eugenia Gil.

    Árbitras asistentes: Silvia Fernández y Rita Cabañero.

    Cuarta árbitra: Lorena Trujillano.

    Quinta árbitra: Lorena Navas.

    Tarjetas amarillas: Maëlle Lakrar (90’+7) y Eva Navarro (90’+8) por parte del Real Madrid.

    Vídeo: https://x.com/fcbfemeni/status/2015167790773092506?s=46

    INCIDENCIAS : Final de la Supercopa de España Femenina Iberdrola 2026, disputada en el Estadio Castalia de Castellón de la Plana con una asistencia de 12.593 espectadores sobre una superficie de hierba natural.

  • Oficial | José Herrera ya es colchonero

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    ⬛️ El canario llega a Alcalá de Henares tras su buen hacer en el representativo canario.

    El Club Atlético de Madrid, tres veces campeón de la Liga F Moeve, ha anunciado oficialmente que ha sido capaz de alcanzar un acuerdo en firme con José Ángel Herrera Martín para que este se convierta en el primer entrenador del equipo femenino.

    La operación se ha rubricado con celeridad tras la abrupta salida de Víctor Martín Alba al acumular una docena de encuentros sin conocer el triunfo y va a unir al ex de Málaga City Academy y el Granada Club de Fútbol con la entidad que preside Lola Romero hasta el próximo 30 de junio de 2026, como mínimo,

    El nuevo inquilino del banquillo local en Alcalá de Henares viene avalado por su gran actuación al frente del Costa Adeje Tenerife Egatesa, donde sucedió a Francis Díaz.

    A sus 36 años de edad tuvo su última experiencia profesional en el Al Hilal SFC de Arabia Saudí, pero en su etapa con las guerreras e incluso llegó a derrotar de azul y blanco al Real Madrid por 0-1 en el Estadio Alfredo Di Stéfano y peleó por entrar en Europa en una batalla a tres con su nuevo club y la Real Sociedad de Fútbol.

    En un fútbol cada vez más marcado por la lógica del “siguiente paso”, José Herrera demostró algo poco habitual: respeto por el proceso. Tenerife no fue para él un simple trampolín profesional. Fue una escuela, un espacio de crecimiento mutuo entre entrenador y club.

    Su etapa dejó estructuras, metodologías y una cultura competitiva que trascendió los resultados inmediatos. El Tenerife no fue mejor solo mientras Herrera estuvo en el banquillo; fue mejor porque durante ese tiempo aprendió a competir de otra manera.

    Quizá el mayor error sería medir la figura de José Herrera únicamente por los títulos que no ganó. El fútbol femenino español necesita entrenadores como él: constructores, educadores, arquitectos de procesos sostenibles.

    Su paso por el Costa Adeje Tenerife representa una de esas historias que, con el tiempo, se convierten en referencia. No por el ruido que generaron, sino por la solidez del legado.

    Su Tenerife nunca fue un equipo sometido al azar. Incluso en la derrota, había una lógica reconocible, una narrativa futbolística que permitía entender el porqué del resultado. Esa coherencia es un lujo en ligas donde muchos proyectos se diluyen entre urgencias clasificatorias y cambios constantes de rumbo.

    Herrera concibió el fútbol como una sucesión de decisiones bien entrenadas, no como una acumulación de impulsos. Cada ajuste tenía sentido; cada variante respondía a un análisis previo. No había improvisación vacía, sino adaptación consciente.

    Uno de los rasgos más notables de su gestión fue la lectura del ritmo. El Tenerife sabía cuándo pausar y cuándo acelerar, cuándo enfriar un partido y cuándo desordenarlo. Esa comprensión del tempo es una de las habilidades más difíciles de enseñar y una de las más reveladoras de un entrenador maduro.

    Durante demasiado tiempo, en el análisis del fútbol femenino se ha asociado la solidez defensiva de los equipos modestos con una idea casi peyorativa de supervivencia. El Tenerife de José Herrera desmontó ese prejuicio.

    Defender, para aquel equipo, no fue aguantar. Fue dominar zonas, condicionar trayectorias, reducir ventajas rivales hasta hacerlas irrelevantes. El bloque defensivo no vivía anclado al área; respiraba, se desplazaba, se activaba según el estímulo correcto.

    Las líneas estaban trabajadas para cerrar carriles interiores, obligando a rivales técnicamente superiores a tomar decisiones incómodas. El equipo sabía orientar la presión, temporizar duelos, proteger el segundo balón. Esa disciplina no nace de la imposición, sino de la convicción colectiva.

    El Tenerife no defendía porque no podía atacar. Defendía porque había entendido que ese era el camino más honesto hacia la competitividad real.

    Si la fase defensiva fue el cimiento, la ofensiva fue el espacio donde José Herrera dejó entrever su ambición. Nunca aceptó el relato de que su equipo debía renunciar al balón por sistema. El Tenerife atacó cuando pudo y como pudo, pero siempre con una idea clara.

    No fue un equipo de posesiones estériles, pero tampoco de balones largos desesperados. Supo progresar por bandas, activar segundas líneas y castigar pérdidas rivales con transiciones bien ejecutadas. Cada ataque tenía una intención reconocible, incluso cuando no culminaba en ocasión.

    El gol al Real Madrid no fue una excepción estilística. Fue una confirmación. Aquella jugada condensó meses de trabajo: lectura del espacio, sincronización de movimientos, ejecución precisa bajo presión.

    Uno de los mayores logros de José Herrera fue convertir el resultado corto en un territorio de excelencia. En una liga donde los grandes suelen imponerse por acumulación, el Tenerife aprendió a ganar por detalles, y a defender esos detalles con inteligencia.

    El 1-0 no fue un marcador angustioso para su equipo; fue un escenario cómodo. Herrera entrenó a su plantilla para convivir con esa ventaja mínima sin caer en el pánico ni en el repliegue absoluto. El equipo sabía defender hacia adelante, consumir tiempo con balón y elegir bien cuándo interrumpir el ritmo del rival.

    Ese control emocional del resultado es uno de los indicadores más claros de madurez competitiva y el Tenerife lo alcanzó.

    La racha de cinco triunfos consecutivos merece un análisis específico porque sintetiza la obra de Herrera. No fueron cinco partidos iguales. Hubo encuentros de dominio territorial, partidos de resistencia, duelos abiertos y otros cerrados hasta el último minuto.

    Lo común fue la coherencia del plan. El Tenerife nunca pareció un equipo improvisado. Supo ajustar alturas, modificar roles dentro del mismo sistema y responder a las propuestas rivales sin perder su identidad.

    Esa capacidad para sostener el rendimiento sin depender de un único registro es lo que separa a los equipos competitivos de los equipos ocasionales.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    José Herrera entendió algo fundamental: en el fútbol femenino, entrenar es enseñar. No solo se gestionan partidos; se construyen futbolistas. Su metodología priorizó la comprensión del juego por encima del automatismo ciego.

    Las jugadoras no ejecutaban órdenes; interpretan escenarios. Sabían por qué hacían lo que hacían. Ese conocimiento empodera, genera confianza y eleva el nivel colectivo.

    El Tenerife fue un equipo que aprendió a leerse a sí mismo y al rival. Esa alfabetización futbolística es uno de los legados más duraderos de Herrera.

    En un entorno donde el liderazgo suele confundirse con el volumen, José Herrera ejerció una autoridad distinta. No necesitó gestos teatrales ni discursos inflamados. Su liderazgo fue sereno, constante, creíble.

    La plantilla confió en él porque vio coherencia. Las decisiones difíciles se explicaron. Los errores se corrigieron sin humillación. Los éxitos se compartieron sin personalismos.

    Ese clima permitió que el grupo creciera incluso en la adversidad. La confianza no se rompió en las derrotas ni se desbordó en las victorias.

    Entrenar en Tenerife no es solo dirigir un equipo; es representar una comunidad. Herrera comprendió ese vínculo y lo respetó. Su discurso nunca fue ajeno al contexto insular, a la sensación de competir desde los márgenes.

    El equipo se convirtió en un símbolo de resistencia competitiva, en una expresión futbolística de la isla: ordenada, trabajadora, orgullosa, pero también ambiciosa.

    La historia del fútbol femenino español no se escribe solo con campeonatos. Se escribe con procesos que ensancharon el ecosistema. José Herrera pertenece a esa generación de entrenadores que consolidaron la Liga F desde abajo, dotándola de profundidad y credibilidad.

    Su Tenerife elevó el estándar. Obligó a los grandes a prepararse mejor. Demostró que el orden, la inteligencia y el trabajo podían reducir brech

    Más allá del césped, Herrera representa una idea de entrenador que el fútbol necesita: reflexivo, paciente, formador y competitivo. Un técnico que no se define por la urgencia del éxito inmediato, sino por la solidez del camino recorrido.

    No todas las conquistas dejan trofeos. Algunas dejan huella. La de José Herrera en Tenerife fue una de ellas. Silenciosa, persistente, honesta.

    Desde una isla, sin focos desmedidos, sin presupuestos desorbitados, se construyó un equipo que creyó, compitió y ganó cuando parecía imposible, siendo también parte de la épica.

    Lejos de los grandes centros de poder futbolístico, Tenerife se convirtió, bajo Herrera, en un laboratorio competitivo. Allí se ensayaron soluciones adaptadas a la escasez, se optimizaron recursos, se maximizó el rendimiento colectivo.

    Cada sesión de entrenamiento tenía una finalidad clara. No había espacio para el ruido ni para la dispersión. El trabajo era específico, contextualizado, medido. El cuerpo técnico no buscaba deslumbrar, sino construir rendimiento sostenible.

    Ese enfoque convirtió al Tenerife en una referencia implícita para otros proyectos emergentes de la Liga F, que encontraron en su modelo una prueba de que la competitividad no es patrimonio exclusivo del presupuesto.

    Lejos de los grandes centros de poder futbolístico, Tenerife se convirtió, bajo Herrera, en un laboratorio competitivo. Allí se ensayaron soluciones adaptadas a la escasez, se optimizaron recursos, se maximizó el rendimiento colectivo.

    Cada sesión de entrenamiento tenía una finalidad clara. No había espacio para el ruido ni para la dispersión. El trabajo era específico, contextualizado, medido. El cuerpo técnico no buscaba deslumbrar, sino construir rendimiento sostenible.

    5Ese enfoque convirtió al Tenerife en una referencia implícita para otros proyectos emergentes de la Liga F, que encontraron en su modelo una prueba de que la competitividad no es patrimonio exclusivo del presupuesto.

    José Herrera nunca buscó protagonismo mediático. Su figura creció desde el segundo plano, desde el respeto ganado en el día a día. No necesitó discursos altisonantes ni gestos grandilocuentes.

    Esa discreción fue coherente con su manera de entender el fútbol: el equipo por encima del individuo, el proceso por encima del titular, el trabajo por encima del relato.

    Paradójicamente, esa misma discreción es la que dota a su figura de una autoridad duradera.

    No todas las epopeyas necesitan himnos ni desfiles. Algunas se escriben en silencio, partido a partido, entrenamiento a entrenamiento. La de José Herrera en la UDG Tenerife fue una de ellas.

    Desde una isla, con recursos limitados pero ideas firmes, se desafió el orden establecido. Se ganó sin alardes. Se compitió sin complejos y se dejó huella sin ruido.

    Eso, en el fútbol contemporáneo, es una forma superior de grandeza.

    Ahora, el técnico insular coge las riendas de un Atlético de Madrid que atraviesa una crisis de resultados, es quinto en la tabla a seis puntos de poder dar caza a la Real Sociedad en el tercer lugar que da acceso a la fase previa de la Liga de Campeones Femenina y a 10 de su eterno rival, el Real Madrid, que es segundo por detrás del todopoderoso Fútbol Club Barcelona.

    El debut de Herrera como máximo responsable técnico llegará el próximo sábado, 30 de enero de 2026, a las 12:00 horario peninsular, en el Centro Deportivo de Alcalá de Henares ante el Granada y su primer gran objetivo sea superar el playoff de “octavos” de final de la UEFA Women’s Champions League a uno de los equipos más laureados de la Barclays Women’s Super League como es el Manchester United.

    (Fuente: Instagram)
  • La crónica | El Arsenal fulmina en Stamford Bridge al Chelsea

    (Fuente: Women’s Super League )

    ⬛️ Londres se tiñe de rojo. Las chicas de Renée Slegers doblegaron por 0-2 al Chelsea en el derbi y alejan a las blues del título liguero.

    ✍🏻 Manu López Fernández & Paula Valiente

    Partidazo |

    ( Fuente: “El Partido de Manu”)

    🏆 Barclays Women Super League

    🔥 Chelsea Football Club 🆚 Arsenal Women 🔥

    ✨Derbi londinense ✨

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    ⏰ 12:30 horario británico

    📺 BBC One

    🏟️ Stamford Bridge, Londres

    Los onces |

    (Fuente: Women’s Super League )

    La emoción de la Barclays Women’s Super League inglesa suele dejarnos habitualmente pegados al televisor y si lo consiguió con un Everton 0-1 Brighton & Hove Albion, la intensidad de un derbi ente el Chelsea y el Arsenal. no se quedaría atrás ni mucho menos.

    Stamford Bridge asistió a una de esas noches que pesan más en la clasificación que en la estadística. El Chelsea de Sonia Bompastor firmó una de sus actuaciones más frustrantes del curso y cayó con estrépito competitivo —que no en el marcador— ante un Arsenal incisivo, agresivo y tremendamente eficaz, que se llevó el derbi londinense por 0-2 y dejó tocadas a las ‘blues’ en la carrera por el título. A falta de nueve jornadas, la distancia con el liderato se amplía hasta los siete puntos y el margen de error empieza a ser inexistente.

    El guion quedó claro prácticamente desde que la pelota echó a rodar. El Arsenal salió como un ciclón, presionando arriba, mordiendo cada salida de balón y llegando al área de Hannah Hampton con una facilidad alarmante. Antes de que el cronómetro alcanzara el primer minuto, las ‘gunners’ ya habían avisado dos veces, la más clara con un disparo de Emily Fox que se marchó por encima del larguero tras una acción rapidísima por banda. Verticalidad pura, pocos toques, mucha fe y una sensación de peligro constante que incomodó al Chelsea desde el primer segundo.

    Durante el primer cuarto de hora, el conjunto visitante dominó territorio y ritmo, superando líneas con transiciones fulgurantes y obligando a las locales a correr hacia atrás. El Chelsea trató de reaccionar adelantando metros y encontrando algo más de pausa con balón, aunque cada pérdida se convertía en una amenaza.

    Aún así, con el paso de los minutos, el equipo de Bompastor logró asentarse ligeramente, ganar confianza y empezar a rondar el área rival. La ocasión más clara del primer acto para las ‘blues’ llegó en un cabezazo de Kaptein que se marchó demasiado cruzado, en una de esas acciones que resumen una noche sin puntería.

    El partido entró entonces en una fase de ida y vuelta, casi desordenada, con ambos equipos alcanzando el área contraria en apenas dos pases. Sin embargo, el Arsenal volvió a imponer su criterio, cerrando espacios y obligando al Chelsea a chocar una y otra vez contra una defensa bien plantada. Con ese equilibrio tenso y sin goles se llegó al descanso, con la sensación de que el encuentro se decidiría por detalles.

    Y el Arsenal fue quien los aprovechó. Tras la reanudación, las de rojo regresaron con la misma presión alta, asfixiando la salida de balón del Chelsea, incapaz de enlazar más de dos pases tras cada recuperación. El aviso se convirtió en golpe en el minuto 55, cuando Beth Mead culminó una gran acción colectiva con un disparo cruzado de zurda, ajustado al palo derecho de Hampton, tras una asistencia medida de Alessia Russo. El 01 fue un mazazo para Stamford Bridge que enmudeció de un plumazo.

    Apenas hubo tiempo para reaccionar. Un minuto después, el Arsenal volvió a demostrar por qué es uno de los equipos más letales de la competición. Mead levantó la cabeza y filtró un balón perfecto para Mariona Caldentey, que no perdonó y colocó el esférico junto al poste izquierdo con la derecha, firmando un 02 definitivo antes de la hora de partido. La ex del Barcelona volvió a marcar diferencias en una gran cita.

    Bompastor movió el banquillo con rapidez, buscando una reacción inmediata. Llegaron los cambios casi en cascada, con una decisión especialmente llamativa: la retirada de Millie Bright, capitana del equipo, para dar entrada a Johanna Kaneryd en un claro mensaje ofensivo. El Chelsea dio un paso al frente, apretó arriba y elevó la intensidad, pero siguió sin encontrar el colmillo necesario. Fox obligó a Hampton a lucirse con una gran parada desde la distancia y, poco después, llegó la ocasión más clara de las locales en la segunda parte: un centro milimétrico de Lauren James que Erin Cuthbert, desde el área pequeña, envió de cabeza por encima del larguero cuando Stamford Bridge ya cantaba el gol.

    Ahí murió el partido. El Chelsea lo intentó con más corazón que precisión, acumulando llegadas sin premio, mientras el Arsenal gestionó la ventaja con madurez, orden y una notable solidez defensiva. Noventa minutos que confirmaron lo visto desde el inicio: un Chelsea voluntarioso, pero desacertado en las áreas; un Arsenal letal en los momentos clave y capaz de convertir su agresividad en tres puntos de oro.

    Una victoria que refuerza la candidatura ‘gunner’ y que deja tocado a un Chelsea que ve cómo el tren del título empieza a alejarse peligrosamente. No fue solo una derrota; fue un aviso serio en una temporada que no admite despistes.

    Un duelo de máxima exigencia que sirve, además, como antesala perfecta para otra gran noche del fútbol femenino.

    (Fuente: Women’s Super League )

    Porque la élite no se detiene y el foco se traslada ahora a Castellón, donde este mismo escenario de rivalidad, ambición y talento tendrá continuidad en la final de la Supercopa de España Iberdrola 2026.

    A partir de las 19:00, en directo por La 2 de RTVE, Real Madrid y Fútbol Club Barcelona se citan para disputar el primer gran título del año, en un partido que vuelve a colocar al fútbol femenino en el escaparate mayor y que confirma que, dentro y fuera de Inglaterra, el espectáculo y la competitividad están más vivos que nunca.

    📋 Ficha técnica |

    Chelsea: Hampton, Bronze, Girma, Bright (Kaneryd, 66′), Carpenter, Baltimore, Cuthbert (Nusken, 77′), Kaptein (Beever Jones 66′), Reiten (James, 57′), Thompson, Kerr (Walsh, 57′

    Arsenal: Borbe, Fox (Hinds,88′), Wubben-Moy, Catley, McCabe (Codina, 88′), Little, Mariona (Holmberg, 79′), Mead (Pelova, 69′), Russo, Blackstenius, Foord.

    Goles |

    0-1 Beath Mead 55’ ⚽️
    0-2 Mariona Caldentey 56’⚽️

    Vídeo |

    https://youtu.be/-n0-ycrGd2w?si=4DWxUrZ7TFbK8xjW

  • La crónica | El Brighton gana a domicilio

    (Fuente: Women’s Super League)

    ⬛️ Goodison Park asistió a un ejercicio de supervivencia competitiva. El Everton llevó el peso del partido, presionó, insistió y empujó hasta el final, pero el fútbol volvió a castigar la falta de colmillo. El Brighton, sólido y paciente, necesitó un solo error para decidir el encuentro y marcharse de Liverpool con un triunfo tan ajustado como valioso, fiel a una máxima innegociable: en partidos cerrados, la eficacia marca la diferencia

    ✍🏻 Manu López Fernández & Paula Valiente

    El Everton Everton cayó por cero a uno ante el Brighton en Goodison Park en un partido con escasas oportunidades, con tan solo dos disparos tres los tres palos de las locales en noventa minutos.

    Antes de que llegue la emoción del fin de semana con la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 entre Real Madrid y el Barcelona, así como un vibrante encuentro de Liga F Moeve que medirá a la Real Sociedad con la Sociedad Deportiva Eibar, nos tocaba viajar a Inglaterra.

    Goodison Park acogía una de esas noches de fútbol que no siempre se deciden por el volumen de ocasiones, sino por la precisión en los momentos clave. Everton y Brighton & Hove Albion se enfrentaban en Liverpool en un duelo que prometía intensidad, verticalidad y ritmos altos desde el primer minuto, y que terminó resolviéndose por un único detalle, por un error puntual castigado con la frialdad de un equipo que supo esperar su momento.

    El resultado final, un 0-1 a favor del Brighton, no explica por sí solo la complejidad de un partido igualado, táctico, exigente y muy trabajado por ambos conjuntos, en el que la diferencia estuvo en la eficacia y en la lectura de los tiempos. Un encuentro de márgenes mínimos, de escasez de ocasiones claras, pero de enorme riqueza futbolística para quien supo mirar más allá del marcador.

    Desde el pitido inicial quedó claro que ninguno de los dos equipos iba a especular. Everton y Brighton saltaron al césped con una idea compartida: fútbol intenso, presión alta y búsqueda constante de la verticalidad. No hubo fases de tanteo ni minutos de estudio. El partido arrancó con ritmo, con duelos, con metros disputados y con una sensación permanente de que cualquier error podía ser decisivo.

    Fue el Everton quien, en esos primeros compases, logró imponer su plan con mayor claridad. Las locales apostaron por una presión alta y agresiva, muy bien sincronizada, que les permitió robar en campo rival y encerrar durante varios minutos al Brighton en su propio campo. Brosnan, desde la portería, ordenaba líneas; Blundell y Hayashi sostenían la altura defensiva; y el bloque avanzaba junto, compacto, con la intención de no permitir salidas limpias a las visitantes.

    Durante ese tramo inicial, el Everton dominó la posesión y el territorio. El balón circulaba con rapidez, aunque todavía sin profundidad real. El Brighton, por su parte, supo resistir ese primer envite con orden y paciencia. Las visitantes lograban robar en zonas avanzadas gracias a la agresividad de su primera línea, pero encontraban dificultades para dar continuidad a esas recuperaciones. Faltaba claridad en el primer pase tras robo, y eso mantenía el partido en una fase de igualdad táctica, con intercambios constantes de posesión y sin llegadas claras.

    Esa falta de precisión inicial fue, paradójicamente, el punto de partida para el crecimiento del Brighton. Poco a poco, el conjunto visitante comenzó a ajustar su salida de balón, a ofrecer más líneas de pase y a encontrar a sus centrocampistas en mejores condiciones. La presión del Everton seguía siendo alta, pero ya no era tan eficaz. Las distancias se alargaban ligeramente, y por ahí empezó a respirar el equipo visitante.

    Con el paso de los minutos, el Brighton se hizo con la posesión de forma más sostenida. No era una posesión estéril, pero sí prudente. El balón se movía con criterio, con pocos errores, especialmente en el tercio central del campo. Minami y Vanegas aportaban seguridad atrás; Symonds y Noordam ofrecían equilibrio; y Cankovic comenzaba a aparecer entre líneas, interpretando bien los espacios que dejaba la presión local.

    La diferencia en la presión fue clave para entender esta fase del partido. Mientras el Everton seguía intentando morder arriba, el Brighton supo cuándo pausar, cuándo acelerar y cuándo asegurar la posesión. Sin embargo, ese dominio no se traducía en ocasiones claras. El balón circulaba mayoritariamente lejos del área, y la profundidad era limitada. El Everton defendía bien su área, cerraba líneas interiores y obligaba a las visitantes a jugar por fuera, sin permitir ventajas reales.

    Ante la dificultad para progresar mediante juego combinativo, el Everton comenzó a buscar soluciones más directas.

    Los balones largos se convirtieron en el principal recurso ofensivo, con Payne como referencia habitual. La idea era clara: saltar líneas, ganar segundas jugadas y aprovechar cualquier desajuste defensivo del Brighton.

    Sin embargo, ese plan no terminó de dar frutos. Payne peleó cada envío, pero rara vez pudo girarse o generar situaciones de peligro real. El Brighton defendió bien esos balones, ganó duelos aéreos y mantuvo el orden en la segunda jugada. El partido entró entonces en una fase de igualdad absoluta, sin un dominador claro, con ambos equipos alternando posesiones y sin llegar a imponer un ritmo sostenido.

    Hasta el minuto 20, el guion se mantuvo estable. El Everton, empujado por su público, dio un pequeño paso adelante. Las locales comenzaron a salir con más frecuencia desde su propio campo, a ganar metros y a instalarse durante más tiempo en campo rival. Sin embargo, ese crecimiento territorial no se tradujo en un aumento significativo de las ocasiones. El último pase seguía fallando, y el Brighton se mantenía firme atrás.

    La primera mitad estuvo marcada por el orden defensivo de ambos equipos y por la imprecisión en los últimos metros. Las estadísticas reflejaban fielmente lo que se veía sobre el césped: en los primeros 35 minutos apenas se registraron dos disparos totales. Un dato llamativo, pero coherente con el desarrollo del encuentro.

    No faltaba intensidad ni intención, pero sí claridad. Cada equipo parecía tener claro cómo neutralizar las virtudes del rival. El Everton cerraba bien los espacios interiores y dificultaba la progresión del Brighton; el conjunto visitante, por su parte, defendía con solvencia los intentos directos de las locales y evitaba que el partido se rompiera.

    Era un duelo vibrante para el espectador neutral, un partido de detalles, de ajustes tácticos y de paciencia. Todo apuntaba a que cualquier gol, si llegaba, lo haría a través de un error o de una acción aislada.

    En el tramo final del primer tiempo se produjo un cambio de dinámica. El Everton empezó a acumular más posesión que en todo lo anterior del partido. Las locales encontraron algo más de continuidad con balón, se acercaron con mayor frecuencia al área rival y parecían haber detectado ciertas dudas en la salida del Brighton.

    Goodison Park empezaba a empujar. El Everton vivía sus mejores minutos. Sin embargo, cuando parecía que el Brighton atravesaba su momento más delicado, el conjunto visitante sacó a relucir su mejor virtud: la eficacia.

    Corría el minuto 41 de este partido cuando un grave error de Fernández en la salida de balón cambió el destino del partido. La zaga local perdió el balón en una zona comprometida, y el Brighton no perdonó. Sieke interpretó la jugada con inteligencia, sirviendo un pase de la muerte preciso y tenso. Cankovic apareció desde segunda línea, atacando el espacio con determinación, y definió con la derecha, de forma paralela, desde la frontal del área pequeña. El balón se coló en la red y silenció Goodison Park al establecer el 0-1 al borde del entretiempo.

    Un gol que no premiaba el dominio, sino la concentración. Un gol que resumía el partido hasta ese momento: igualdad, pocos errores y castigo máximo al fallo.

    Las 22 protagonistas se marcharon al túnel de vestuarios con una mínima ventaja para el Brighton. El 0-1 reflejaba la eficacia visitante y dejaba al Everton ante el reto de remontar en casa. Todo quedaba abierto para una segunda parte que prometía más ritmo, más riesgo y más espacio.

    Tras el descanso, ambos equipos regresaron al césped con intensidad y ambición renovadas. El Everton volvió a dominar la posesión durante los primeros diez minutos de la segunda parte, decidido a buscar el empate desde el inicio. El Brighton, sin renunciar a su identidad, optó por un planteamiento más pragmático: pases largos, transiciones rápidas y búsqueda constante de la espalda de la defensa local.

    El ritmo del partido aumentó de forma notable. Hubo más transiciones, más sensación de peligro y más metros por recorrer. Sin embargo, los disparos seguían sin comprometer en exceso a las porteras.

    El Everton insistía, pero una vez más el peligro llegaba principalmente a través de balones largos y acciones aisladas.

    Una de las ocasiones más claras llegó tras un pase peligroso de Vignola que obligó a Minami a intervenir de forma providencial para enviar el balón a córner. Fue una acción que reflejaba el empuje local y la solidez defensiva del Brighton.

    Con el paso de los minutos, el guion se repitió. El Everton seguía buscando el empate, acumulando jugadoras en campo rival y ganando presencia en el área. Alrededor del minuto 80, las locales comenzaron a llegar con más frecuencia y claridad. El Brighton empezaba a sufrir, pero sin perder el orden.

    Nnadozie se convirtió entonces en protagonista. La guardameta visitante tuvo que emplearse a fondo para desviar a córner un disparo de Pacheco desde dentro del área pequeña. Fue la ocasión más clara del Everton en todo el partido, y el momento en el que el empate pareció más cercano.

    En los últimos minutos, el Everton se volcó definitivamente al ataque. Riesgo máximo. Cada pérdida de balón, sin embargo, abría la puerta a los contragolpes del Brighton, que supo gestionar los tiempos, enfriar el partido cuando fue necesario y defender su ventaja con inteligencia.

    El pitido final confirmó lo que el partido había ido construyendo poco a poco. El Everton cayó ante su público por 0-1 frente a un Brighton sólido, competitivo y tremendamente eficaz en el momento clave. Un encuentro marcado por la escasez de ocasiones claras, por el orden defensivo y por la importancia de los detalles.

    El Brighton se llevó tres puntos de enorme valor gracias a su capacidad para resistir, ajustar y golpear cuando tuvo la oportunidad. El Everton, por su parte, se marchó con la sensación de haber competido, de haber tenido momentos de dominio, pero también con la frustración de no haber encontrado el camino al gol.

    (Fuente:
    Brighton & Hove Albion)

    📋 Ficha técnica |

    Everton: Brosnan; Blundell, Fernández, Hayashi, Wheeler; Van Gool (Lawley, 79’), Payne, Katagawa (Pacheco, 62’), Vignola; Momiki (Weir, 90’), Mace.

    Brighton & Hove Albion: Nnadozie; Vanegas, Minami, Kafaji (McLauchlan, 67’), Symonds; Cankovic (Tsunofa, 67’), Seike, Noordam, Olislagers; Haley, Rule (Camacho, 90’).

    Estadio: Goodison Park (Liverpool, Inglaterra)
    Fecha y hora: 23 de enero de 2026, 20:00

    Goles |

    0-1 Cankovic 41’ ⚽️

    Vídeo |

    https://youtu.be/LjOqB0YM6VE?si=RzmboG-pObqJiKlX

  • La previa | Real Madrid vs Fútbol Club Barcelona (Final de la Supercopa de España 2026)

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ La Supercopa de España Femenina 2026 alcanza su momento cumbre este sábado en el estadio Skyfi Castalia de Castellón, donde FC Barcelona y Real Madrid, primer y segundo clasificado de Liga F Moeve, disputarán, a partir de las 19:00 horas (La2 y postpartido en Teledeporte), la gran Final en busca del primer título de la temporada. Madridistas y culés reeditarán el duelo de la pasada temporada, tras deshacerse en semifinales del Atlético de Madrid y Athletic Club, respectivamente.

    La Supercopa de España vuelve a citarse con la historia en un escenario que ya no admite medias tintas ni discursos tibios. Cuando FC Barcelona y Real Madrid se encuentran en una final, y más aún cuando lo hacen con un título en juego, el fútbol femenino español deja de ser únicamente competición para convertirse en relato, en símbolo y en espejo de una evolución que ha transformado el mapa del deporte en la última década. Esta final no es una más. No puede serlo. No lo es por el contexto, no lo es por las ausencias, no lo es por el momento de ambos proyectos y, sobre todo, no lo es porque llega cargada de memoria reciente, de cuentas pendientes y de una sensación inequívoca: lo que ocurra sobre el césped tendrá un eco que irá mucho más allá de los noventa minutos.

    El FC Barcelona afronta esta final con la posibilidad de conquistar su quinta Supercopa de España de manera consecutiva —2020, 2022, 2023, 2024 y 2025—, una secuencia que no solo engrosaría su palmarés, sino que reforzaría una hegemonía ya incuestionable y que le ha permitido convertirse en la gran referencia histórica de la competición. No se trata únicamente de números, de títulos o de estadísticas acumuladas; se trata de una forma de estar, de competir y de entender las finales como un territorio propio. El Barça llega a esta cita sabiendo que es el rival a batir, el espejo en el que todos se miran y el listón que obliga al resto a crecer. Y esa condición, lejos de relajar, exige una versión aún más elevada, porque cada partido decisivo se convierte en una defensa del legado.

    Sin embargo, el camino hacia esta final no ha sido plácido ni exento de contratiempos. Pere Romeu, entrenador azulgrana, no podrá contar con Aitana Bonmatí, una ausencia que trasciende lo meramente futbolístico y que afecta al corazón mismo del juego del Barça. Aitana no es solo talento, es ritmo, pausa, lectura y liderazgo silencioso. Su lesión obliga a replantear matices, a redistribuir responsabilidades y a confiar en una estructura colectiva que, precisamente, se ha construido para resistir incluso la falta de sus pilares más reconocibles. A esta baja se suma la de Kika Nazareth, expulsada con roja directa en el encuentro de semifinales, una circunstancia que añade un componente emocional a la previa y que priva al equipo de una futbolista capaz de romper partidos desde la creatividad y la energía.

    Pese a todo, el mensaje del vestuario azulgrana ha sido claro desde el primer momento. Tras certificar el pase a la final, Pere Romeu no rehuyó el peso simbólico del enfrentamiento y verbalizó lo que flota en el ambiente cada vez que aparece el Real Madrid al otro lado del campo: “Jugar y ganar una final al Real Madrid es muy motivante porque es un equipo que siempre nos exige dar una versión muy buena de nosotras. Creo que será una grandísima final e intentaremos llevar la Supercopa a casa”. No hay arrogancia en sus palabras, pero tampoco falsa modestia. Hay conciencia del desafío y respeto por un rival que, con el paso del tiempo, ha aprendido a mirar al Barça no solo desde la aspiración, sino desde la convicción de que es posible competirle.

    Porque si esta final tiene una narrativa distinta a otras es, precisamente, por el crecimiento sostenido del Real Madrid. El conjunto blanco afronta su tercera final, la segunda en la Supercopa de España, con un objetivo tan claro como histórico: inaugurar su palmarés. Para una entidad acostumbrada a ganar, a convertir los títulos en costumbre, este punto de partida en el fútbol femenino tiene una carga simbólica enorme. No se trata únicamente de levantar un trofeo; se trata de abrir una puerta, de romper un techo psicológico y de demostrar que el proyecto está preparado para dar el salto definitivo.

    El Real Madrid llega a esta final con la memoria reciente como aliada. La temporada pasada, en el encuentro liguero disputado en el Lluís Companys, las blancas lograron una victoria tan inesperada como contundente, un 1-3 que supuso un golpe sobre la mesa y que cambió la percepción de muchos sobre la distancia real entre ambos equipos. Aquella noche no fue solo una victoria; fue una declaración de intenciones, una demostración de que el Barça, incluso en su mejor versión histórica, puede ser vulnerado si el rival ejecuta el plan con precisión quirúrgica, valentía y convicción.

    Ese recuerdo planea sobre esta final como una sombra estimulante para unas y como una advertencia para otras. El Barça sabe que el Real Madrid ya ha demostrado que puede ganarle. El Real Madrid sabe que puede volver a hacerlo. Y esa certeza compartida eleva la tensión competitiva a un nivel superior, porque elimina el factor sorpresa y obliga a ambos cuerpos técnicos a afinar cada detalle.

    En el banquillo blanco, Pau Quesada no podrá contar con dos ausencias ya conocidas y sensibles: Frohms y Tere Abelleira. Dos bajas que afectan tanto a la estructura defensiva como al equilibrio del centro del campo y que condicionan los automatismos de un equipo que ha ido encontrando su identidad desde la solidez y el control de los tempos. A ello se suma una circunstancia poco habitual pero significativa: tras la victoria en semifinales, fue Antonio Rodríguez quien ejerció de entrenador debido a la baja de Pau Quesada por motivos personales. Su discurso, lejos de la euforia, reflejó la mentalidad con la que el Real Madrid quiere afrontar este tipo de citas: “Es una competición muy corta, muy rápida, planteas 90 minutos, con penaltis. Ahora hay que descansar, pero yo estoy pensando desde ya en la final”.

    Esa frase resume a la perfección el espíritu de esta Supercopa. No hay margen para la especulación, no hay tiempo para corregir errores en jornadas posteriores. Todo se decide en un partido, o incluso en una tanda de penaltis, y eso convierte cada acción en definitiva. Cada duelo individual, cada transición, cada balón parado puede inclinar la balanza. En ese contexto, la gestión emocional adquiere una importancia capital, y ahí el Barça parte con la ventaja de la experiencia acumulada, mientras que el Real Madrid se aferra al hambre y a la sensación de estar ante una oportunidad irrepetible.

    La final se presenta, además, como un choque de estilos que ya no son antagónicos, sino evolutivos. El FC Barcelona sigue siendo fiel a una identidad basada en la posesión, en la presión alta y en la ocupación racional de los espacios, pero ha aprendido a convivir con escenarios más abiertos y a resolver partidos desde la madurez. El Real Madrid, por su parte, ha dejado atrás la etiqueta de equipo reactivo para convertirse en un conjunto capaz de dominar fases del juego, de alternar registros y de castigar con eficacia cuando encuentra grietas en el sistema rival.

    Todo ello convierte esta final en un acontecimiento que trasciende la propia Supercopa. Es un termómetro del momento actual del fútbol femenino español, una fotografía de dos proyectos que representan polos distintos pero cada vez más cercanos, y una oportunidad para seguir construyendo una rivalidad que ya no necesita justificaciones externas para ser considerada un clásico.

    Aquí no hay únicamente un título en juego. Hay reputación, memoria, futuro y un mensaje que quedará grabado en la temporada. El Barça persigue la continuidad de una era dorada, la confirmación de que su dominio no es circunstancial sino estructural. El Real Madrid busca el punto de inflexión, el día en que todo cambie y en que la palabra “todavía” deje de acompañar a su palmarés.

    Cuando el balón eche a rodar, todo lo anterior quedará suspendido durante noventa minutos —o los que sean necesarios—, pero nada desaparecerá del todo. Porque esta final ya se ha empezado a jugar mucho antes del pitido inicial, en la cabeza de las futbolistas, en la planificación de los entrenadores y en la expectativa de un público que sabe que está a punto de presenciar algo más que un partido. Está a punto de asistir a un nuevo capítulo de una historia que se escribe, precisamente, en noches como esta.

    La continuidad de esta previa exige adentrarse todavía más en las capas que sostienen este enfrentamiento, porque una final entre FC Barcelona y Real Madrid no se explica únicamente desde la coyuntura inmediata ni desde la alineación del día del partido. Se explica desde un proceso histórico reciente, desde una rivalidad que ha ido construyéndose casi a contrarreloj y desde la necesidad mutua de ambos clubes de legitimarse en el presente y proyectarse hacia el futuro del fútbol femenino europeo.

    El FC Barcelona llega a esta final con la serenidad de quien ha transitado este camino en innumerables ocasiones, pero también con la presión inherente a quien sabe que cada título ya no se celebra únicamente como una conquista, sino como una obligación. El barcelonismo femenino ha normalizado la excelencia hasta el punto de que cualquier desenlace que no sea levantar el trofeo se percibe como una anomalía. Esa normalización es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y el mayor riesgo del proyecto. Fortalecimiento, porque dota al equipo de una mentalidad ganadora inquebrantable; riesgo, porque cualquier fisura es amplificada por el contexto y por la expectativa externa.

    En este escenario, la ausencia de Aitana Bonmatí adquiere una dimensión casi simbólica. No es habitual que el Barça afronte una final de esta magnitud sin una de sus grandes referencias, y eso obliga a reinterpretar el relato. Ya no se trata solo de demostrar superioridad futbolística, sino de exhibir profundidad de plantilla, capacidad de adaptación y madurez competitiva. El mensaje implícito es claro: el FC Barcelona no depende de una sola futbolista, por determinante que sea, sino de una estructura colectiva que se ha ido puliendo durante años de exigencia máxima.

    Pere Romeu, en este sentido, representa una figura clave. Su gestión del grupo ha estado marcada por la continuidad de una idea heredada, pero también por la introducción de matices que buscan sostener el rendimiento en contextos cada vez más complejos. Esta final es, también, una prueba para su liderazgo en el banquillo azulgrana, porque las grandes finales no se deciden únicamente desde la pizarra, sino desde la capacidad de transmitir calma, convicción y claridad en los momentos de mayor tensión.

    El Real Madrid, en cambio, se presenta en esta cita desde un lugar emocional radicalmente distinto. Cada final disputada hasta ahora ha sido una experiencia de aprendizaje, una acumulación de frustraciones contenidas y de sensaciones a medio camino entre el orgullo por haber llegado y la decepción por no haber culminado. Esa mochila pesa, pero también empuja. Porque inaugurar el palmarés no es solo una meta deportiva; es un acto fundacional. Es el momento en que el proyecto deja de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

    El recuerdo del triunfo en el Lluís Companys sigue funcionando como un anclaje psicológico poderoso. Aquella victoria no fue fruto del azar ni de un contexto excepcional, sino de un plan ejecutado con una precisión que sorprendió incluso a quienes mejor conocían al equipo blanco. Desde entonces, cada enfrentamiento con el Barça se afronta desde una lógica distinta: ya no se trata de resistir y esperar, sino de competir de tú a tú, de asumir riesgos y de creer en la propia capacidad para decidir el partido.

    Las bajas de Frohms y Tere Abelleira, sin embargo, introducen un elemento de incertidumbre que obliga al Real Madrid a reinventarse parcialmente. Frohms aporta seguridad bajo palos y experiencia en escenarios de máxima exigencia, mientras que Tere Abelleira es una pieza fundamental en la organización del juego, en la salida de balón y en la lectura táctica. Su ausencia obliga a redistribuir roles y a confiar en alternativas que, aunque preparadas, deberán demostrar su temple en una final de este calibre.

    El papel de Antonio Rodríguez en la semifinal, sustituyendo circunstancialmente a Pau Quesada, dejó una imagen significativa del espíritu del equipo. Su discurso fue el de alguien consciente de la excepcionalidad del momento, pero también de la necesidad de mantener los pies en el suelo. En una competición tan corta, tan concentrada, cada decisión adquiere un valor exponencial. No hay tiempo para reconstruirse tras un error; solo para reaccionar con rapidez y determinación.

    Esta final se mueve, además, en un terreno simbólico especialmente delicado. El Clásico femenino ha pasado en pocos años de ser una promesa a convertirse en una realidad consolidada, con audiencias, impacto mediático y una carga emocional comparable a la del fútbol masculino. Cada enfrentamiento alimenta una narrativa que ya no necesita ser justificada desde la comparación, sino que se sostiene por sí misma. Y en ese contexto, la Supercopa actúa como un escaparate privilegiado, un escenario donde el fútbol femenino español se presenta ante el mundo como un producto maduro, competitivo y profundamente atractivo.

    Desde el punto de vista táctico, el partido se anticipa como un duelo de ajustes constantes. El Barça buscará imponer su habitual dominio territorial, pero deberá hacerlo con especial cuidado en las transiciones defensivas, consciente de que el Real Madrid ha demostrado ser letal cuando encuentra espacios a la espalda de la presión. La gestión de los tiempos será clave: saber cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo asumir que el partido exige pragmatismo.

    El Real Madrid, por su parte, intentará repetir la fórmula que ya le dio éxito, pero con la dificultad añadida de que el factor sorpresa ha desaparecido. El Barça espera un rival valiente, agresivo y dispuesto a disputar la posesión. Eso obliga a las blancas a ser todavía más precisas, a minimizar errores no forzados y a aprovechar cada oportunidad con una eficacia casi quirúrgica.

    En el trasfondo de todo ello late una pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos intuyen: ¿estamos ante una final que puede marcar un antes y un después? Para el FC Barcelona, ganar supondría reafirmar una hegemonía que ya roza lo legendario y enviar un mensaje inequívoco de continuidad. Para el Real Madrid, levantar el trofeo significaría romper una barrera psicológica y abrir una nueva etapa en su historia reciente.

    El fútbol, en su esencia, se alimenta de estos momentos liminares, de estas fronteras entre lo que ha sido y lo que puede llegar a ser. Esta final de la Supercopa no es solo un partido; es un punto de inflexión potencial, un espacio donde el relato puede bifurcarse y donde cada gesto, cada decisión y cada gol tendrá un peso específico en la memoria colectiva.

    A medida que se acerca el pitido inicial, la sensación de inevitabilidad crece. Todo está dispuesto para que el escenario, los protagonistas y la historia confluyan en un mismo punto. El balón será el juez último, pero el contexto ya ha hecho su trabajo: ha cargado de significado cada metro del campo, cada camiseta y cada mirada cómplice entre compañeras.

    La Supercopa espera, el Clásico se prepara y el fútbol femenino español contiene la respiración, consciente de que, pase lo que pase, esta final no será una más. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en épica.

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

  • Reportaje | El sueño blanco es una misión (im)posible

    (Fuente: RFEF)

    🟫 El conjunto blanco buscará en Castellón dar la sorpresa ante el subcampeón de Europa.

    En las horas previas a la última “batalla” entre Real Madrid y Barcelona se produjo el tradicional posado de las dos capitanas junto al trofeo de la Supercopa de España Iberdrola.

    En esta edición de 2026 que se disputa en el Estadio de Castalia, feudo donde, según David Menayo, de Marca, Mar Prieto, hizo historia con la Selección Española, Misa Rodríguez sostuvo la elástica merengue con una misión “imposible” entre manos.

    La arquera canaria sabe que el mejor club del siglo XX está ante una oportunidad única, tuvo dos y falló, (Copa de la Reina 2023 y Supercopa de España 2025) de hacer historia.

    Llegados a este punto la pregunta es casi obligatoria y es que este sábado, 24 de enero de 2026, quizá sea el
    día que el imposible empezó a resquebrajarse: ¿puede el Real Madrid Femenino vencer al Barcelona?

    Durante años, la pregunta ha flotado sobre el fútbol femenino español como una provocación retórica, casi como un desafío filosófico más que deportivo. ¿Puede el Real Madrid Femenino ganarle al Fútbol Club Barcelona? No empatarle. No competirle durante tramos. No resistirle con dignidad. Ganarle. Doblegarlo. Superarlo en el marcador y, con ello, alterar el orden natural que ha gobernado la élite del fútbol femenino europeo en la última década. La respuesta ya no pertenece al terreno de la utopía. Tampoco es aún una certeza. Se mueve en ese espacio intermedio donde nacen las grandes transformaciones: el de lo posible que exige valentía, estructura y tiempo.

    Desde que el Real Madrid decidió entrar en el fútbol femenino de élite —no como un gesto simbólico, sino como una apuesta estratégica—, la sombra del FC Barcelona ha sido tan alargada como inevitable. El Barça no solo ha dominado la Liga F; ha redefinido los estándares del fútbol femenino mundial. Ha ganado Champions, ha construido una identidad reconocible y ha convertido la excelencia en costumbre. Frente a eso, el Real Madrid inició su camino desde una posición incómoda: la del gigante que llega tarde a un banquete ya servido.

    Sin embargo, la historia del deporte no la escriben quienes llegan primero, sino quienes saben aprender más rápido. Y ahí es donde empieza a cambiar el relato.

    El Real Madrid Femenino no nació para ser un actor secundario. Tampoco para resignarse a la comparación constante. Su evolución ha sido más lenta de lo que muchos esperaban, pero también más sólida de lo que algunos reconocen. Y en ese crecimiento, silencioso pero constante, se esconden las claves que permiten plantear hoy, con rigor y sin ironía, la gran pregunta.

    ¿Puede ganar el Real Madrid Femenino al Fútbol Club Barcelona?
    La respuesta exige mirar atrás, analizar el presente y proyectar el futuro con honestidad.

    El dominio azulgrana no admite discusión. No es fruto de una generación puntual ni de una ventaja coyuntural. Es el resultado de una planificación iniciada mucho antes que la de sus competidores, basada en tres pilares irrefutables: cantera, modelo de juego y continuidad estructural.

    Mientras otros clubes aún debatían si el fútbol femenino debía profesionalizarse, el Barça ya había entendido que la profesionalización no era una meta, sino un punto de partida. La Masia femenina no solo ha producido talento; ha producido futbolistas con una comprensión del juego que va más allá de lo técnico. El Barça juega como piensa. Y piensa rápido.

    Ese dominio se ha traducido en resultados abrumadores. Goleadas repetidas al Real Madrid. Finales decididas antes del descanso. Partidos en los que la diferencia no estaba solo en el marcador, sino en la sensación de inevitabilidad. Durante varias temporadas, el Clásico femenino fue un ejercicio de resistencia para el Real Madrid y de reafirmación para el Barça.

    Pero el fútbol, incluso en sus etapas más desequilibradas, nunca es estático.

    El Real Madrid ha aprendido, a veces a golpes, que competir contra el Barça no consiste en imitarlo, sino en encontrar una identidad propia que reduzca la distancia sin traicionar su esencia. Y ese proceso ha sido más complejo de lo que muchos imaginaban.

    Construir un equipo femenino de élite no es solo fichar grandes nombres. Es crear una cultura competitiva, una red de captación, un entorno de confianza y una estructura técnica capaz de sostener el crecimiento. En ese sentido, el Real Madrid ha pasado de la improvisación inicial a una fase de consolidación que empieza a dar frutos.

    Hoy, el Real Madrid Femenino ya no es un equipo en construcción permanente. Es un proyecto en fase de madurez temprana.

    La diferencia con el Barça sigue siendo notable, pero ya no es abismal en todos los registros. Y eso, en el fútbol de alto nivel, es un cambio trascendental.

    Desde el punto de vista táctico, el enfrentamiento entre ambos equipos ha evolucionado de manera significativa. En los primeros Clásicos, el Real Madrid sufría especialmente en tres aspectos: la presión tras pérdida del Barça, la ocupación de los espacios interiores y la incapacidad para sostener la posesión bajo estrés.

    El Barça ahogaba al Real Madrid en campo propio, recuperaba rápido y atacaba con una fluidez que hacía inútil cualquier intento de repliegue pasivo. El resultado era una sensación constante de inferioridad, incluso antes de que el marcador se abriera.

    Con el paso de las temporadas, el Real Madrid ha empezado a corregir esos déficits. No los ha eliminado por completo, pero los ha mitigado con ajustes inteligentes.

    La mejora en la salida de balón ha sido uno de los avances más visibles. Donde antes había despejes precipitados, ahora hay intentos de progresión organizada. Donde antes el miedo al error paralizaba, ahora existe una mayor tolerancia al riesgo controlado.

    La medular del Real Madrid ha ganado en equilibrio. La presencia de centrocampistas con mayor capacidad física y lectura táctica ha permitido competir mejor los duelos y reducir la exposición en transiciones defensivas, uno de los grandes castigos históricos ante el Barça.

    En defensa, el equipo ha aprendido a bascular con mayor sincronización, a cerrar líneas de pase interiores y a asumir que defender al Barça implica aceptar fases largas sin balón, pero sin perder la estructura.

    Todo esto no garantiza la victoria. Pero sí crea el escenario mínimo indispensable para que la victoria sea posible.

    En el plano individual, la brecha también se ha estrechado. Durante años, el Barça contaba con varias futbolistas que, por sí solas, marcaban diferencias insalvables. Hoy sigue teniendo estrellas mundiales, pero el Real Madrid ha logrado reunir un núcleo de jugadoras capaces de competir al máximo nivel europeo.

    La portería ha ganado fiabilidad. La línea defensiva ha sumado experiencia internacional. El centro del campo ha encontrado perfiles complementarios. Y en ataque, el Real Madrid dispone de talento suficiente para castigar cualquier desajuste, incluso en un rival tan dominador como el Barça.

    La clave, sin embargo, no está solo en los nombres. Está en el rendimiento colectivo en los momentos críticos.

    El Barça ha construido su hegemonía sobre una premisa innegociable: juega igual gane por uno que por cinco. No se altera. No se acelera innecesariamente. No duda. Esa convicción, adquirida a base de títulos, es una ventaja psicológica enorme.

    El Real Madrid, en cambio, ha tenido que aprender a gestionar la frustración. A no descomponerse tras un gol encajado. A entender que competir no siempre implica dominar, pero sí resistir con inteligencia.

    En los Clásicos más recientes, se han visto señales claras de evolución. Tramos de partido en los que el Real Madrid ha logrado igualar la posesión, generar ocasiones claras y, sobre todo, mantenerse vivo hasta fases avanzadas del encuentro.

    Eso, frente al Barça, ya es una conquista y que el Real Madrid ya sabe lo que es vencerle lo hizo el pasado curso en Montjuic por 1-3 en un partido de la Liga F.

    El componente psicológico es, quizá, el último gran muro que debe derribar el Real Madrid . Porque el fútbol no se juega solo con las piernas, sino con la memoria.

    Durante mucho tiempo, el Clásico femenino ha estado condicionado por el recuerdo de derrotas abultadas. Ese recuerdo pesa. Se filtra en las decisiones, en la gestión del riesgo, en la confianza para ejecutar una acción decisiva.

    Romper esa inercia exige algo más que un buen planteamiento táctico. Exige un partido perfecto en lo emocional. Exige creer, incluso cuando el contexto invita a dudar.

    El día que el Real Madrid logre adelantarse en el marcador ante el Barça y sostener esa ventaja sin pánico, ese día el relato cambiará para siempre. No solo por el resultado, sino por lo que simboliza.

    Porque vencer al Barça no es solo ganar un partido. Es desactivar un mito y es incluso demostrar que la hegemonía, por muy sólida que parezca, no es eterna.

    El F.C. Barcelona y el Real Madrid son los protagonistas de la final de la Supercopa de España, que se está disputando desde el martes 20 hasta el sábado 24 de enero en Castellón. El equipo blanco viene de ganar por 3-1 al Atlético de Madrid y las culés por el mismo resultado al Athletic Club.

    Este año ha dado la casualidad que tanto los participantes como el sorteo han coincidido al cien por cien con el torneo masculino, que se disputó hace unos días en Arabia Saudí.

    Aunque las jugadoras se negaron, a través de la AFE (Asociación de Futbolistas Españoles), a disputar este torneo en un país que discrimina a la mujer. Ellas han jugado en Castellón y el FC Barcelona se ha plantado en otra final, esta vez contra en Real Madrid.

    FC Barcelona ha ganado el torneo en cinco de las seis ocasiones que se ha disputado y lo ha hecho con una goleada tras otra. La menor fue por 3-0 a la Real Sociedad en la temporada 2022-23, pero también la mayor por 10-1 en la 19-20. El Atlético de Madrid cayó por 7-0 en la 21-22, el Levante por el mismo resultado dos años después y la pasada temporada fue el Real Madrid el que sufrió una ‘manita’: 5-0, es una reedición de esa única vez que se ha dado un Clásico en la final. En total, cinco finales, cinco victorias, 32 goles a favor y solo uno en contra. Una auténtica barbaridad.

    El Barça, además, ha vencido en 21 de las 22 ocasiones que se ha enfrentado al Real Madrid, desde la creación de la sección femenina. Solo en la pasada temporada, en el Estadi Lluis Companys, las blancas lograron una victoria histórica por 1-3, como contábamos antes. El balance es demoledor: 82 goles de las culés y 11 de las merengues.

    La gran ausente de la convocatoria del Barça es Aitana Bonmatí, pero aun así es difícil destacar solo algunas jugadoras del equipo. Desde Cata Coll en la portería hasta las máximas goleadoras, la polaca Ewa Pajor, con 15, y Claudia Pina, con 14. Pero la lista es interminable: Mapi León, Vicky López, Alexia Putellas, Caroline Graham Jensen, Patri Guijarro, Irene Paredes, Ona Batlle… Es una constelación de estrellas que dirige de forma magistral Pere Romeu desde 2024, cuando pasó de ser asistente de Jonatan Giráldez a primer técnico.

    El Real Madrid tiene más peligro en la delantera, con las internacionales españolas Athenea del Castillo, Alba Redondo y Eva Navarro y la colombiana Linda Caicedo. También pueden aportar su criterio y llegada desde segunda línea la escocesa Caroline Weir y la alemana Sara Däbritz.

    La gran ausente sigue siendo Tere Abelleira, recuperándose de una lesión en el ligamento cruzado de la rodilla.

    El Comité Técnico de Árbitros ha confirmado que Eugenia Gil Soriano, colegiada gallega de 30 años, será la encargada de impartir justicia en la final de la Supercopa de España.

    tras haber dirigido la final de Copa de la Reina 2024 en La Romareda y la primera semifinal de esta misma Supercopa en Leganés. Su designación refuerza el compromiso del arbitraje femenino con la profesionalidad y el rigor en los partidos más exigentes del calendario.

    El equipo arbitral se completa con Silvia Fernández y Rita Cabañero como asistentes, mientras que Lorena Trujillano ejercerá de cuarta árbitra y Lorena Novas será la quinta. Todas ellas aportarán su experiencia para garantizar un encuentro justo y seguro.

    Barcelona y Real Madrid llegan a esta final tras una temporada intensa. El conjunto blaugrana defiende título y suma ya cinco Supercopas en su palmarés, mientras que el Real Madrid buscará dar la sorpresa tras el contundente 5-0 del año pasado. La cita promete emoción, calidad y máxima igualdad sobre el césped.

    La expectación es máxima para un clásico que sigue consolidando al fútbol femenino como referente de espectáculo y competitividad. Todo listo para una final donde el arbitraje también será protagonista.

    El esperado duelo entre Barcelona y Real Madrid se disputará este sábado a las 19:00, repitiendo el clásico que ya protagonizaron ambos equipos en la pasada edición.

    El encuentro entre el FC Barcelona y el Real Madrid, correspondiente a la final de la Supercopa de España femenina 2026, se emite en España en abierto a través de La 2 y Teledeporte.

    Por lo tanto, el partido se emitirá online, también de manera gratuita, en RTVE Play, la plataforma de streaming de la cadena pública.

    Sea como fuere, lo único cierto es que blancas y culés van a protagonizar la primera gran final la temporada 2025-2026 y la emoción embarga cada hogar en España, mientras que el tiempo será testigo de si el Madrid es capaz de lograr lo ‘imposible’ o si realmente el subcampeón de Europa sigue dominando la Supercopa de España, algo que hizo hace un año en Butarque.

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

  • Oficial | RTVE, comprometida con el deporte femenino

    (Fuente RFEF)

    ⬛️ RNE vibra con la Supercopa femenina: despliegue especial para la gran final Real Madrid-Barcelona en Castellón

    La Supercopa de España femenina la resolverá un clásico: Real Madrid-Barcelona. Será este sábado 24 de enero, a partir de las 19:00 horas, en el Estadio de Castalia (Castellón). RNE ha preparado un dispositivo especial para seguir esta gran final en directo enRadio Nacional y Radio Exterior, y que también se podrá ver en La 2 y RTVE Play.

    La Supercopa de España Iberdrola será la segunda final que enfrentará al Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona después de que el curso pasado este título se disputara en el Estadio Municipal de Butarque (Leganés) y a las blaugranas se llevasen el gato al agua amén a un contundente 5-0.

    Si Las blaugranas, que vencieron en semifinales al Athletic (3-1), buscarán en Castellón su sexto título y quinto consecutivo en la competición. Mientras, sus rivales merengues aspiran a conquistar el primer título en toda su historia después de imponer su ley por 3-1 al Atlético de Madrid en una eliminatoria que le acabó costando el puesto a Víctor Martín Alba al frente de las colchoneras.

    El área de Deportes de RNE ha realizado un despliegue como nunca para que sus oyentes no se pierdan ni un detalle de la edición XIII de la Supercopa, con seguimiento de los equipos protagonistas del torneo, emisión de las semifinales del martes y el miércoles, entrevistas, contenidos propios en las redes sociales de ‘Tablero Deportivo’… Y, este sábado, la gran final, con un gran programa especial desde Castellón.

    Hasta allí han viajado Silvia Verde, subdirectora de ‘Tablero Deportivo’, y Lucas García, encargado de narrar el encuentro.

    Junto a ellos en Castalia, Patricia Campos, jugadora y entrenadora que ya estuvo en los micrófonos de la cadena pública en las dos semifinales y también comentará la final.

    La 2 también emitirá en directo el encuentro, desde las 19:00 horas, con narración de Alicia Arévalo. Además, la segunda parte de la gran final se podrá seguir en simultáneo en La 2 y Teledeporte (que emite este sábado las semifinales de la Copa de la Reina de Voleibol), Asimismo, en RTVE.es, la sección de Deportes de RTVE Noticias seguirá el choque, con las últimas noticias y la crónica, y RTVE Play emitirá en directo el partido, rezaba la nota de prensa difundida desde Pozuelo de Alarcón.

    RTVE está potenciando desde hace meses la presencia del deporte femenino en sus canales, con una cobertura más equitativa y destacada. Un trabajo realizado por el área de Deportes, que se ha visto reflejado en un incremento de la retransmisión de pruebas deportivas protagonizadas por mujeres y un aumento del liderazgo de mujeres en sus puestos de responsabilidad, también en RNE y Deportes.

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    Barcelona y Real Madrid, protagonistas de la final de la Supercopa femenina RTVE
  • Reportaje | Se busca líder en Alcalá de Henares

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ ¿Cuánto tarda el Atlético de Madrid Femenino en anunciar a un nuevo entrenador?

    El Atlético de Madrid Femenino es uno de los clubes más estructurados y exigentes de la Liga F Moeve, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Uno de los aspectos más observados por los aficionados y la prensa deportiva es el momento en que el club anuncia a un nuevo entrenador tras la salida del anterior. Analizando la trayectoria de los últimos cinco años, se pueden extraer patrones claros sobre cómo gestiona la dirección deportiva estas decisiones estratégicas.

    Desde 2021, el club ha registrado varias transiciones de técnicos. La salida de Óscar Fernández en diciembre de 2022 y el nombramiento de Manolo Cano se produjo el mismo día, un ejemplo de decisión inmediata, frecuente en cambios dentro de la temporada. De manera similar, en marzo de 2024, tras la destitución de Manolo Cano, el club anunció a Arturo Ruiz de forma simultánea, reflejando nuevamente una respuesta rápida que minimiza la incertidumbre en el vestuario y en la planificación táctica. En cambio, cuando los cambios se producen entre temporadas, como ocurrió en junio de 2024 con la salida de Arturo Ruiz y la incorporación de Víctor Martín, el anuncio se realizó en un plazo aproximado de uno a siete días, lo que permitió formalizar la elección antes del inicio de la pretemporada sin prisas. Del análisis de estos casos se desprende que, históricamente, el Atlético de Madrid anuncia a su nuevo técnico en un plazo estimado de cero a siete días tras la salida del anterior, ajustándose al contexto de la temporada y a la urgencia deportiva.

    Actualmente, en enero de 2026, tras la destitución de Víctor Martín, el club aún no ha hecho oficial a su sustituto, pero siguiendo el patrón histórico es previsible que la decisión se comunique en las próximas semanas, buscando un equilibrio entre rapidez y la mejor opción para el proyecto deportivo.

    Este comportamiento refleja un club que combina celeridad y estrategia, minimizando incertidumbres y asegurando estabilidad, elementos clave en la élite del fútbol femenino español.

    Beni Rubido, director deportivo colchonero tras la salida de Patricia González rumbo a la franquicia estadounidense del Bay Football Club, deberá hallar, sabiamente, al sucesor o sucesora de un Viti que ha conseguido devolver al Atlético a una eliminatoria de Champions, se medirá al Manchester United, tras aquel lejano 3 de marzo de 2021, cuando se cayó ante el Chelsea en Monza

  • Oficial | La Liga F guardará un minuto de silencio en memoria de las víctimas de los accidentes ferroviarios

    (Fuente: Liga F)

    ⬛️ La Liga F ha acordado que antes del inicio de todos los partidos correspondientes a la Jornada 17 se guarde un minuto de silencio en memoria de las víctimas de los accidentes ferroviarios ocurridos esta semana en las localidades de Adamuz (Córdoba) y Gelida (Barcelona).

    minuto de silencio será respetado de manera conjunta por los clubes, las futbolistas y las árbitras, como gesto de homenaje y recuerdo en todos los estadios de la competición, en una imagen que pretende trascender lo meramente simbólico para convertirse en una expresión colectiva de respeto, recogimiento y unidad. Durante esos instantes previos al inicio de los encuentros, el fútbol femenino español detendrá su actividad competitiva para rendir tributo a las víctimas y para acompañar, desde el silencio y la solemnidad, el dolor de sus familias y de toda la sociedad.

    Este gesto, que se llevará a cabo de manera simultánea en todos los campos donde se dispute la jornada, refuerza el carácter común y transversal del homenaje. No se trata de una acción aislada ni protocolaria, sino de una respuesta coordinada y consensuada entre todas las partes que conforman la competición: los clubes, las futbolistas, los cuerpos arbitrales, los equipos técnicos, el personal auxiliar y la propia organización de la Liga F. Todos ellos compartirán un mismo espacio emocional, unidos por el respeto y la memoria.

    Los trágicos sucesos que han motivado esta decisión han conmocionado profundamente a la sociedad española. La magnitud de lo ocurrido, el impacto humano de las pérdidas y el alcance social de las consecuencias han generado una ola de consternación que ha atravesado todos los ámbitos, desde las instituciones públicas hasta los hogares, desde el tejido social hasta el mundo del deporte. El fallecimiento de varias personas y el elevado número de heridos han dejado una huella imborrable en la conciencia colectiva del país.

    En momentos como este, el deporte, y en particular el fútbol, adquiere una dimensión que va más allá del resultado, de la clasificación o del espectáculo. Se convierte en un espacio de encuentro, en un altavoz de valores compartidos y en un reflejo de la sensibilidad social. La Liga F, como máxima competición del fútbol femenino español, asume esa responsabilidad y se posiciona con claridad al lado de quienes sufren, entendiendo que su papel no puede ser ajeno al contexto social en el que se desarrolla.

    El minuto de silencio, respetado por futbolistas y árbitras sobre el césped, representa también un mensaje pedagógico y ejemplarizante. Las protagonistas del juego, referentes para miles de niñas y jóvenes, muestran con este gesto que el respeto, la empatía y la solidaridad forman parte inseparable del deporte de élite. El silencio compartido se convierte así en un lenguaje común, capaz de expresar lo que las palabras no siempre alcanzan a transmitir.

    La decisión de rendir homenaje de manera conjunta en todos los estadios refuerza además la idea de comunidad. Cada club, independientemente de su ciudad, de su historia o de su posición en la tabla, se suma a un mismo acto, demostrando que, ante el dolor colectivo, no existen rivalidades ni colores. El fútbol femenino español se presenta como un bloque unido, consciente de su impacto social y comprometido con los valores que representa.

    Los estadios, habitualmente escenarios de celebración, de emoción y de competición, se transformarán durante esos instantes en espacios de recogimiento. El silencio de las gradas, el respeto de las jugadoras alineadas en el centro del campo y la solemnidad del momento construirán una imagen de gran fuerza simbólica. Será un recordatorio de que el deporte no vive al margen de la realidad y de que, incluso en los contextos más competitivos, hay lugar para la reflexión y el homenaje.

    Liga F ha querido subrayar con esta iniciativa su cercanía con las víctimas y sus familias. Más allá del gesto puntual, la competición reafirma su compromiso con una visión del fútbol femenino que se asienta sobre valores humanos sólidos. Solidaridad, empatía y unión no son conceptos abstractos, sino principios que deben manifestarse de forma concreta, especialmente en los momentos más difíciles.

    El fútbol femenino español ha demostrado en numerosas ocasiones su sensibilidad ante situaciones de especial dureza. A lo largo de los últimos años, clubes y futbolistas han participado activamente en campañas solidarias, homenajes institucionales y acciones de apoyo social. Este nuevo gesto se inscribe en esa misma línea, consolidando una identidad colectiva que entiende el deporte como una herramienta de cohesión y de compromiso social.

    La respuesta conjunta de clubes, jugadoras y árbitras pone de relieve también el papel fundamental de la coordinación institucional. La Liga F, en diálogo permanente con los clubes y con los distintos estamentos del fútbol, ha trabajado para que el homenaje se lleve a cabo de forma respetuosa, homogénea y acorde con la gravedad de los acontecimientos. Esta coordinación refuerza la credibilidad y la coherencia de la competición como proyecto común.

    Las árbitras, como garantes del desarrollo del juego y figuras clave sobre el terreno de juego, participarán igualmente en el homenaje, subrayando que el respeto y la memoria son valores compartidos por todos los actores del fútbol. Su presencia y su implicación en el minuto de silencio refuerzan el carácter institucional y transversal del gesto.

    En este contexto, las futbolistas adquieren un papel especialmente relevante. Su visibilidad mediática y su capacidad de influencia convierten cada gesto en un mensaje poderoso. Al sumarse de manera activa y respetuosa al homenaje, transmiten a la sociedad una imagen de madurez, compromiso y sensibilidad que contribuye a dignificar el fútbol femenino y a consolidar su papel como referente social.

    El impacto emocional de los sucesos ha sido profundo y generalizado. La pérdida de vidas humanas y el sufrimiento de las personas heridas han generado una respuesta de duelo que trasciende fronteras geográficas y ámbitos profesionales. El fútbol femenino, consciente de su lugar en el entramado social, no ha querido permanecer al margen y ha optado por una respuesta clara, visible y compartida.

    Este gesto de luto colectivo se inscribe también en una tradición histórica del deporte como espacio de homenaje y memoria. A lo largo del tiempo, el fútbol ha detenido su marcha en numerosas ocasiones para recordar a víctimas de tragedias, para rendir tributo a figuras relevantes o para acompañar el dolor social. Cada uno de esos silencios ha contribuido a construir una memoria común, y el que ahora se llevará a cabo en los estadios de la Liga F se suma a esa historia.

    La organización de la competición ha destacado que el respeto será absoluto y que se cuidarán todos los detalles para garantizar la solemnidad del momento. Desde la megafonía hasta la disposición de las jugadoras en el terreno de juego, todo estará orientado a crear un ambiente de recogimiento y respeto. El objetivo no es solo cumplir con un protocolo, sino generar un espacio auténtico de homenaje.

    La reacción del público también forma parte esencial de este gesto. Las aficiones, conscientes de la gravedad de los acontecimientos, están llamadas a acompañar el minuto de silencio con respeto y empatía. Su participación silenciosa refuerza el carácter colectivo del homenaje y demuestra que el fútbol puede ser un punto de encuentro incluso en los momentos de mayor tristeza.

    La Liga F Moeve ha querido enfatizar que este acto no pretende cerrar el duelo, sino acompañarlo. El silencio no borra el dolor, pero lo reconoce y lo comparte. En ese sentido, el fútbol femenino se sitúa al lado de la sociedad, ofreciendo un gesto de cercanía que, aunque simbólico, tiene un profundo valor emocional.

    La competición reafirma así su compromiso con una visión del deporte que no se limita al rendimiento deportivo. El crecimiento del fútbol femenino en España ha ido acompañado de una mayor conciencia social y de una voluntad expresa de contribuir positivamente al entorno. Este compromiso se manifiesta tanto dentro como fuera del terreno de juego.

    En momentos especialmente difíciles, como el que atraviesa el país, la unión adquiere un significado aún más profundo. El gesto conjunto de clubes, futbolistas y árbitras envía un mensaje claro: frente a la tragedia, la respuesta debe ser colectiva, empática y solidaria. El fútbol femenino español se reconoce como parte de una comunidad más amplia y actúa en consecuencia.

    Este homenaje también invita a la reflexión. El silencio previo al inicio de los partidos ofrece un espacio para pensar en la fragilidad de la vida, en la importancia del apoyo mutuo y en la necesidad de construir una sociedad más solidaria. El deporte, en su dimensión más humana, puede contribuir a generar esa reflexión compartida.

    La imagen de los estadios en silencio, de las jugadoras alineadas con gesto serio y respetuoso, quedará grabada como un símbolo de unidad y de respeto. Será un recordatorio de que, incluso en un contexto competitivo, el fútbol sabe detenerse y mirar más allá del marcador.

    Liga F ha querido agradecer la implicación de todos los clubes en la organización de este homenaje. La respuesta unánime demuestra la madurez del proyecto y la existencia de una visión compartida sobre el papel social del fútbol femenino. Esta cohesión fortalece a la competición y refuerza su legitimidad ante la sociedad.

    El fútbol femenino español continúa así construyendo una identidad basada no solo en el crecimiento deportivo y mediático, sino también en la responsabilidad social. Cada gesto cuenta, y en este caso, el silencio colectivo se convierte en una poderosa declaración de principios.

    Con este acto, la Liga F se suma al luto colectivo que atraviesa el país, mostrando su cercanía y respeto hacia las víctimas y sus familias. Al mismo tiempo, reafirma su compromiso con los valores de solidaridad, empatía y unión, valores que considera esenciales y que adquieren un significado especial en momentos de dolor compartido.

    El fútbol, como reflejo de la sociedad, no puede ni debe permanecer ajeno a la realidad. La decisión de rendir homenaje de manera conjunta en todos los estadios es una muestra de esa conciencia y de esa responsabilidad. El silencio, en este contexto, habla por todos.

    De este modo, la competición afronta una nueva jornada marcada por el respeto y la memoria. Más allá de los goles, de las clasificaciones y de los resultados, el fútbol femenino español se detiene para recordar, para acompañar y para reafirmar su compromiso con una sociedad que hoy llora a sus víctimas y busca consuelo en la unión.

  • Oficial | El Real Madrid ata a Lakrar

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🟫 La internacional gala es una fija en los esquemas de Pau Quesada con a 1.249 minutos jugados y será merengue dos cursos más.

    El Real Madrid Club de Fútbol se ha complacido en anunciar oficialmente que ha sido capaz de llegar a un acuerdo en firme con Maëlle Ourida Louisette Lakrar para ampliar su vínculo contractual.

    La operación se ha rubricado a tan solo 48 horas de que el mejor club del siglo XX afronte la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 en Castellón ante el Fútbol Club Barcelona.

    La futbolista natural de Orange se ha vinculado con la entidad que preside Florentino Pérez hasta el próximo 30 de junio de 2028, como mínimo.

    La canterana del Lyon (2015-2018) es internacional en categoría absoluta con Francia y fue subcampeona de la Nations League en la primera edición, cayendo en el partido por el titulo a manos de España en La Cartuja de Sevilla.

    Fichó por el Real Madrid el pasado 4 de julio de 2024 procedente del Montpellier Hérault y desde entonces se ha convertido en una heroína en Valdebebas.

    Maëlle es una central -aunque puede actuar también como pivote defensiva- de 170 centímetros de altura, con buena salida de balón y dominio del juego aéreo y ha firmado 5 dianas a la largo de 56 partidos de índole oficial, destacando por su precisión en los pases completados con éxito, léase, un 88% de ellos.

    La confirmación de la continuidad de la defensora se produce en un escenario inmejorable para el Real Madrid, inmerso en una dinámica competitiva muy positiva. El equipo afronta una nueva cita histórica tras sellar su pase a la final de la Supercopa de España, un éxito que refuerza la confianza colectiva. En este contexto, la entidad blanca continúa dando forma a su proyecto deportivo, consolidando una plantilla equilibrada que apuesta por el talento joven sin renunciar a la experiencia ni a una clara visión de futuro.

    A sus 25 años, la defensora francesa se ha consolidado como una pieza de peso dentro del vestuario, ejerciendo un liderazgo sereno pero constante que trasciende el terreno de juego. Su continuidad a medio plazo encaja plenamente en la hoja de ruta del Real Madrid, decidido a afianzar un proyecto con ambición de crecimiento sostenido y estabilidad estructural.

    Blindar a Lakrar supone asegurar una futbolista que aporta fiabilidad defensiva, jerarquía competitiva y una referencia sólida sobre la que seguir edificando el equipo.

    No obstante, aunque el club ha avanzado en esa línea con renovaciones estratégicas —como la de Linda Caicedo hasta 2031— y con decisiones de calado como otorgar ficha del primer equipo a Pau Comendador, la planificación deportiva aún tiene asuntos relevantes por resolver.

    Siguen abiertos los expedientes contractuales de Misa Rodríguez, Caroline Weir, Naomie Feller, Antônia Silva, Rocío Gálvez y Teresa Abelleira, nombres clave cuya situación marcará el alcance y la coherencia del proyecto blanco a medio y largo plazo.