🟧 Llegó desde Inglaterra con el prestigio de quien ya había conquistado Europa y el carácter de quien no entiende el fútbol sin lucha. Toni Duggan no vino al Atlético de Madrid para pasar, sino para quedarse en la memoria. En cada carrera, en cada choque y en cada celebración, dejó una forma de competir que conectó con la esencia rojiblanca: orgullo, rebeldía y compromiso hasta el último minuto. Su paso por el Atlético no se mide solo en goles, sino en huella, en liderazgo silencioso y en esa manera innegociable de entender el escudo como una causa.
Antes de ser rojiblanca, Toni Duggan ya era una futbolista hecha a base de carácter, títulos y noches grandes. Pero fue en el Atlético de Madrid donde su fútbol encontró un escenario acorde a su temperamento. La delantera inglesa llegó para competir, para elevar el nivel y para asumir el peso de un escudo que exige más que talento. Su paso por el Atlético marcó el punto de madurez de una carrera internacional, el lugar donde experiencia y ambición se encontraron para escribir un capítulo reconocible, intenso y profundamente atlético.
(Fuente: Atlético de Madrid)
Hay futbolistas que pasan por los clubes. Y hay otras que, incluso en un tiempo breve, dejan una manera de competir. Toni Duggan pertenece a ese segundo grupo. Su carrera, extensa y marcada por la élite, encontró en el Atlético de Madrid un punto de inflexión emocional y competitivo: el lugar donde su carácter inglés se fundió con la identidad rojiblanca, donde su fútbol encontró una trinchera acorde a su temperamento.
Nacida en Liverpool el 25 de julio de 1991, Duggan creció en una ciudad que respira fútbol desde la infancia. Antes de los focos, antes de las finales y las noches europeas, hubo barro, hubo equipos mixtos, hubo una niña que no entendía el deporte sin intensidad. En los Jellytots empezó a forjarse una jugadora que nunca supo competir a medio gas. A los once años, el Everton llamó a su puerta. Y ya no se iría nunca del todo de ese fútbol de choque, ritmo y determinación que marcaría toda su carrera.
Su irrupción en el primer equipo del Everton en la temporada 2007-08 fue tan temprana como contundente. Apenas una adolescente, Duggan aprovechó las lesiones del ataque titular para hacerse un hueco en un equipo que competía de tú a tú con el Arsenal hegemónico de la época. Su debut europeo, el 9 de agosto de 2007, llegó con victoria ante el Gintra, y apenas dos días después marcó su primer gol continental ante el Glentoran. No era solo una debutante: era una futbolista sin miedo al escenario.
Ese descaro se transformó pronto en impacto real. El gol en el descuento ante el Watford que clasificó al Everton para la final de la Premier League Cup fue una declaración de intenciones. En aquella final, saliendo desde el banquillo, participó en la victoria que rompió dos años de invencibilidad del Arsenal. Duggan no necesitaba ser titular para cambiar partidos: entendía los momentos.
A partir de ahí, su crecimiento fue sostenido. Subcampeonatos ligueros, finales, noches europeas y reconocimientos individuales marcaron una etapa en la que su nombre dejó de asociarse a la juventud para ligarse a la fiabilidad. En 2009 fue elegida Jugadora Joven del Año por la FA, y su papel en la FA Cup de la temporada 2009-10 fue decisivo, con goles clave y una influencia constante en los momentos grandes.
Duggan nunca fue una delantera de área pura ni una mediapunta clásica. Su fútbol habitaba un terreno intermedio, incómodo para las defensas. Zurda natural, potente en carrera, con una capacidad extraordinaria para atacar el espacio y un golpeo seco, su mayor virtud siempre fue la lectura competitiva. Sabía cuándo acelerar, cuándo chocar, cuándo arrastrar marcas. No pedía el balón para adornarse: lo pedía para hacer daño.
Ese perfil la acompañó en la transición hacia la recién creada Women’s Super League, donde el Everton siguió siendo competitivo y donde Duggan consolidó su estatus nacional. En 2012 fue elegida mejor jugadora inglesa sub-23 y debutó con la selección absoluta. Inglaterra ya no miraba al futuro: miraba al presente.
Con la selección inglesa, Duggan fue una pieza reconocible durante más de una década. Internacional absoluta desde 2012, participó en las Eurocopas de 2013 y 2017 y en los Mundiales de 2015 y 2019. En Canadá 2015 formó parte del equipo que conquistó la medalla de bronce, un hito para el fútbol femenino inglés moderno.
Antes incluso, su talento ya había sido reconocido en categorías inferiores. Campeona de Europa Sub-19 en 2009, marcando en la final, y jugadora del equipo ideal del Mundial Sub-20 de 2008 con apenas 17 años, Duggan fue durante años sinónimo de competitividad internacional. No siempre titular indiscutible, pero sí siempre una jugadora de confianza, utilizada para cambiar ritmos, sostener partidos o castigar defensas cansadas.
julio de 2017 llegó uno de los giros más significativos de su carrera: su fichaje por el FC Barcelona. Fue la primera inglesa en vestir la camiseta azulgrana desde Gary Lineker, y su llegada simbolizó la apertura definitiva del proyecto culé a perfiles internacionales consolidados.
La adaptación no fue sencilla. El idioma, el modelo de entrenamiento, la menor carga física y la mayor exigencia táctica supusieron un proceso de ajuste. Pero Duggan entendió el juego. En su primera temporada ganó la Copa de la Reina, marcó once goles en Liga y fue una de las máximas realizadoras del equipo. En Europa, el Barça alcanzó los cuartos de final, cayendo ante el Olympique de Lyon.
La temporada 2018-2019 elevó aún más el listón. Duggan fue parte del equipo que alcanzó la primera final de la Champions League en la historia del club. Marcó cinco goles en la competición y vivió desde dentro la consolidación de un Barça que empezaba a dominar Europa. En Liga volvió a ser subcampeona, esta vez por detrás del Atlético de Madrid, al que marcaría en dos escenarios históricos, incluido el Metropolitano ante más de 60.000 espectadores.
El 31 de julio de 2019, Toni Duggan fichó por el Atlético de Madrid. No fue un movimiento más. Ella misma lo explicó: le impresionó el apoyo al equipo femenino, el Metropolitano, la cultura del club. En el Atlético encontró algo que reconocía como propio: una manera de competir.
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Su debut liguero llegó el 7 de septiembre ante el Sporting de Huelva. Los primeros meses fueron de adaptación. Lesiones, cambio de entrenador, un contexto táctico distinto. Pero cuando Duggan encontró su sitio, su impacto fue inmediato. Marcó su primer gol ante la Real Sociedad y, apenas una semana después, fue clave en la histórica eliminación del Manchester City en la Liga de Campeones.
Ese tramo de la temporada mostró a la Duggan más reconocible: agresiva en la presión, solidaria en el esfuerzo defensivo, incisiva cuando atacaba el espacio. Un doblete ante el Deportivo Abanca confirmó su crecimiento. Las lesiones volvieron a frenar su continuidad, pero no su influencia. En una temporada marcada por la pandemia, disputó 15 partidos de Liga, marcó cinco goles y dio una asistencia. El Atlético fue subcampeón.
Más allá de los números, su valor fue otro. Duggan aportó experiencia europea, liderazgo silencioso y una mentalidad competitiva que encajó con la identidad del club. Fue elegida en el once ideal de la jornada 8 y dejó su sello en Supercopa, Liga, Champions y Copa de la Reina.
Ver a Toni Duggan era entender el fútbol como combate. No desde la violencia, sino desde la determinación. Su zancada larga le permitía atacar espacios con potencia; su lectura del desmarque rompía líneas; su golpeo zurdo era seco, sin florituras. No era una regateadora de repetición, pero sí una futbolista eficaz en el uno contra uno cuando el contexto lo exigía.
Tácticamente, entendía bien los sistemas híbridos. Podía partir desde banda, actuar como segunda punta o caer a zonas intermedias para liberar espacios. En el Atlético, destacó especialmente por su trabajo sin balón, por su capacidad para iniciar la presión y por su compromiso defensivo, cualidades muy valoradas en un equipo que basaba parte de su éxito en la solidez colectiva. Y lo largo de su carrera, Duggan conquistó:
Pero su legado no se mide solo en títulos. Se mide en credibilidad competitiva, en haber sido siempre una futbolista de grandes escenarios, en haber llevado su carácter a cada camiseta que vistió.
• 1 Liga inglesa • 2 FA Cup • 3 Copas de la Liga inglesa • 1 Copa de la Reina • Medalla de bronce en el Mundial 2015 • Campeona de Europa Sub-17
El 18 de septiembre de 2024, Toni Duggan anunció su retirada. Lo hizo sin estridencias, fiel a su forma de ser. Se marchó una futbolista que entendió el juego como una responsabilidad y el escudo como un compromiso.
En el Atlético de Madrid dejó algo más que goles: dejó una manera de competir. Y eso, en un club como el Atlético, es dejar huella.
paso de Toni Duggan por el Atlético de Madrid no puede entenderse como un simple tramo final de su carrera europea. Fue, en muchos sentidos, un espejo condensado de todo lo que había sido como futbolista: adaptación constante, lucha contra las lesiones, impacto en momentos clave y una relación honesta con la exigencia competitiva. El Atlético no era un destino cómodo; era un entorno que pedía carácter. Y Duggan nunca negoció eso.
Su llegada coincidió con una etapa de transición en el club. El Atlético había dominado la Liga en años anteriores, había llenado el Metropolitano y se encontraba redefiniendo su identidad tras cambios estructurales y deportivos. En ese contexto, Duggan no llegó como estrella mediática, sino como jugadora de jerarquía silenciosa, una figura reconocible para los vestuarios grandes.
En los entrenamientos, según relataron personas del entorno, destacaba por su intensidad constante. No entendía las sesiones a medio ritmo. Cada ejercicio era una réplica del partido. Ese perfil, profundamente británico, conectó pronto con una plantilla acostumbrada al sacrificio. En el campo, su rol fue mutando: a veces más cerca del área, otras partiendo desde banda izquierda, otras cayendo a la mediapunta para asociarse y permitir llegadas de segunda línea.
En el Atlético, Duggan combinó madurez, profesionalidad y liderazgo silencioso. Su visión de juego le permitió adaptarse a distintas posiciones ofensivas, alternando la mediapunta con la función de segunda punta o extremo, según lo requería el sistema de juego. Siempre buscó atacar espacios, romper líneas defensivas y facilitar la llegada de compañeras, combinando inteligencia táctica con instinto goleador. Sus goles no fueron solo momentos de celebración; fueron actos de lectura avanzada del juego, anticipando movimientos y creando desequilibrio constante.
Si hay un lugar donde la carrera de Toni Duggan cobra sentido completo es la Liga de Campeones. Desde su debut adolescente con el Everton hasta las semifinales y finales con el Barcelona y el Atlético, Europa fue el hábitat natural de una futbolista diseñada para partidos de tensión máxima.
La eliminatoria ante el Manchester City en la temporada 2019-2020 fue uno de los momentos más simbólicos de su etapa rojiblanca. Enfrentarse a un exequipo, hacerlo con la camiseta del Atlético y ser decisiva en la clasificación a cuartos no fue una casualidad. Duggan entendía esos contextos. Sabía leer cuándo el partido pedía pausa y cuándo exigía colmillo.
En ese cruce, su aportación no fue solo goleadora. Fue estructural. Ayudó a sostener el bloque, a temporizar ataques, a forzar faltas, a incomodar la salida rival. El Atlético avanzó, y con él avanzó la idea de que Duggan, aun sin continuidad absoluta por las lesiones, seguía siendo una futbolista de grandes noches.
Uno de los hilos menos visibles, pero más determinantes, de la carrera de Toni Duggan fue su relación con el cuerpo. Desde joven convivió con molestias, recaídas y procesos de recuperación largos. Nunca fue una jugadora blindada físicamente, pero sí una profesional meticulosa.
En el Atlético, como antes en el Barcelona y en Inglaterra, supo gestionar los tiempos. Cuando no podía aportar desde el césped, lo hacía desde el vestuario. Su experiencia internacional era un activo. Su lectura del juego, una herramienta constante para el cuerpo técnico.
Ese perfil explica por qué, pese a no disputar todos los encuentros, su presencia fue valorada internamente. No era una futbolista de estadísticas deslumbrantes, pero sí una jugadora que elevaba el nivel competitivo del grupo.
El recorrido de Duggan con la selección inglesa merece una lectura específica. Nunca fue la futbolista más mediática ni la cara visible del proyecto, pero estuvo presente en todos los ciclos relevantes del crecimiento de Inglaterra como potencia mundial.
Desde su debut en 2012 hasta su participación en el Mundial de 2019, Duggan fue una futbolista de selección en el sentido más clásico: convocable, fiable, adaptable a distintos sistemas. En Canadá 2015, el torneo que marcó un antes y un después para las Lionesses, aportó profundidad de plantilla y experiencia en un grupo que terminó colgándose el bronce.
En las Eurocopas de 2013 y 2017 fue parte de un equipo en evolución, todavía en construcción, que empezaba a competir de tú a tú con las grandes potencias. No siempre titular, pero sí recurrente, Duggan representó a una generación puente: la que sostuvo a Inglaterra antes de su explosión definitiva en la década siguiente.
Analizar a Toni Duggan solo desde los goles sería injusto. Su verdadero valor estaba en los detalles invisibles. En cómo orientaba el cuerpo para perfilar el disparo. En cómo temporizaba una conducción para permitir la llegada de una compañera. En cómo elegía el momento exacto para atacar el segundo palo.
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Defensivamente, era una delantera comprometida. Cerraba líneas de pase, forzaba salidas largas, incomodaba centrales. En equipos como el Atlético, donde la presión colectiva era clave, ese trabajo multiplicaba su valor.
Técnicamente, no era exuberante, pero sí eficaz. Control orientado correcto, pase sencillo bien ejecutado, disparo sin apenas armado. Su fútbol no buscaba el aplauso, buscaba el resultado.
(Fuente: Atlético de Madrid)
Tras su etapa en España, Duggan regresó al Everton, el club donde todo había empezado. Fue un regreso cargado de simbolismo. Ya no era la niña precoz ni la joven promesa, sino una futbolista veterana, con kilómetros europeos y una carrera completa a sus espaldas.
En ese último tramo, su rol fue distinto. Menos protagonismo, más gestión. Menos impacto mediático, más transmisión de cultura competitiva. Jugó su última temporada como delantera o mediapunta en la FA Women’s Super League, cerrando el círculo donde se había abierto casi dos décadas atrás.
El 18 de septiembre de 2024, Toni Duggan anunció su retirada de las competiciones. Lo hizo como había vivido su carrera: sin estridencias, sin grandes campañas de despedida. Un mensaje directo, honesto, consciente de haberlo dado todo.
(Fuente: UEFA)
Se retiraba una futbolista que había jugado Mundiales, Eurocopas, finales europeas y partidos históricos. Pero, sobre todo, se retiraba una competidora.
En el Atlético de Madrid, el legado de Toni Duggan no se mide en temporadas ni en cifras absolutas. Se mide en identidad. En haber representado una manera de competir que encajó con el ADN del club. En haber sido inglesa sin dejar de ser atlética. En haber entendido que vestir esa camiseta implicaba algo más que jugar bien.
Su paso por el Atlético fue breve, sí. Pero fue intenso, reconocible y honesto. Y en el fútbol, eso es dejar huella.
En el fútbol moderno está lleno de nombres que se pierden entre estadísticas y titulares. Pero algunos se quedan grabados no solo por lo que hicieron con el balón, sino por cómo lo hicieron. Toni Duggan pertenece a esa categoría de futbolistas que trascienden los números. Su paso por el Atlético de Madrid no fue el más largo, pero sí el más simbólico de un tramo final de carrera lleno de intensidad y carácter.
Defensivamente, la inglesa era un ejemplo de presión y solidaridad. No se limitaba a esperar la transición: cerraba espacios, forzaba errores y ayudaba a construir desde el primer toque, una característica que conectaba a la perfección con la filosofía rojiblanca. En ese sentido, Toni Duggan encarnó el equilibrio entre talento y compromiso colectivo, el tipo de futbolista que un club como el Atlético siempre necesita.
No todas las futbolistas construyen su carrera desde el impacto inmediato. Algunas lo hacen desde la permanencia. Desde estar. Desde sostener. Ivana Andrés pertenece a ese grupo reducido de jugadoras cuya importancia no siempre se mide en focos, sino en procesos. Central de formación, capitana por naturaleza y líder sin estridencias, su trayectoria resume como pocas la evolución del fútbol femenino español en la última década.
Hay gestos que valen más que mil palabras. El 20 de agosto de 2023, Ivana Andrés alzó la Copa del Mundo FIFA con la Selección Española. En la imagen no había estridencias. No había gritos mediáticos, ni celebraciones virales, ni portadas diseñadas para capturar el momento exacto de un gol decisivo. Solo estaba ella, serena, con el brazalete de capitana en la muñeca y la pelota de la gloria sobre sus manos. Ese gesto resumía más de una década de trabajo invisible, de liderazgo silencioso, de fiabilidad sostenida y de coherencia absoluta.
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Para entender a Ivana Andrés no basta con mirar ese momento. No se trata de un talento precoz que irrumpió con fuerza en titulares o de una jugadora que aceleró el juego con regates imposibles. Su historia se entiende desde la constancia. Desde la capacidad de sostener. Desde estar siempre, incluso cuando nadie miraba. El relato de Ivana es el de las futbolistas imprescindibles, las que permiten que todo lo demás ocurra. Las que sostienen el equipo, el proyecto y, finalmente, la historia.
Ese día, al levantar la Copa del Mundo, Ivana no solo celebraba un título. Celebraba una carrera construida en silencio, desde la estabilidad, la lectura táctica y la autoridad moral.
Celebraba el reconocimiento a una futbolista que, durante años, fue más importante dentro del vestuario que en los flashes de la prensa. Celebraba la culminación de un proceso largo: de una joven que llegó al Valencia CF en 2009, cuando el fútbol femenino español aún caminaba con dificultad, hasta convertirse en referente nacional e internacional, líder y capitana de la Selección Española de Fútbol.
comprender la dimensión del recorrido de Ivana Andrés, es necesario retroceder al momento en que irrumpió en el Valencia CF. La temporada 2009/10 no es solo el inicio de su carrera; es un retrato del fútbol femenino español en construcción.
En aquel entonces, el panorama era radicalmente distinto al actual. Los campos de entrenamiento eran modestos, muchas veces de césped sintético irregular; los horarios de los partidos estaban supeditados a la disponibilidad de instalaciones compartidas con categorías masculinas; y los presupuestos de los clubes eran mínimos, lo que significaba que gran parte de las futbolistas combinaban su carrera deportiva con estudios o trabajos. La profesionalización era una aspiración, no una realidad.
El Valencia CF Femenino, aunque un club históricamente relevante, no era una excepción. Su estructura estaba en fase de consolidación. Existían entrenadores con vocación y visión, pero la estabilidad dependía más de la pasión que de recursos sólidos. En este entorno, las jóvenes jugadoras aprendían a adaptarse, a improvisar y a sobrevivir. Cada entrenamiento era una lección de resiliencia, cada partido una prueba de madurez temprana.
Ivana llegó con apenas 16 años, pero con una claridad poco habitual: entendía el fútbol como control y anticipación, no como exhibición física o destello individual. No era la más rápida, ni la más alta, ni la más espectacular. Pero desde el primer momento mostró una cualidad que sería su sello durante toda su carrera: regularidad. En un contexto donde las fluctuaciones eran la norma —errores, lesiones, equipos descompensados—, su constancia era diferencial. Podía no brillar, pero no fallaba. Podía no destacar, pero sostenía.
El fútbol femenino español de entonces se enfrentaba a múltiples desafíos. Los clubes competían en ligas que aún buscaban estabilidad competitiva. La cobertura mediática era mínima: los partidos rara vez se retransmitían y los reportajes se limitaban a notas breves en diarios locales. Las futbolistas eran conocidas principalmente en sus ciudades, no a nivel nacional, y la narrativa sobre ellas solía centrarse en la precariedad, no en la calidad deportiva.
En ese contexto, aprender significaba más que técnica: significaba entender la categoría, leer el juego y construir hábitos que sobrevivieran al caos. Ivana Andrés hizo eso con naturalidad. Sus primeras temporadas fueron discretas en estadísticas, pero determinantes en aprendizaje. Ganó minutos de manera progresiva, asimiló la intensidad de la Liga Nacional y desarrolló un criterio defensivo adelantado a su edad. Cada partido era un laboratorio de posicionamiento, comunicación y control del juego.
La joven central valenciana no se caracterizaba por entradas espectaculares ni por duelos físicos constantes. Su arma era la colocación, la anticipación y la capacidad de leer el peligro antes de que apareciera. Su presencia en el campo generaba seguridad al equipo: las compañeras sabían que podían confiar en que los espacios estarían bien cubiertos, que las transiciones estarían organizadas y que la defensa mantendría su integridad incluso en momentos complicados.
Ese aprendizaje silencioso no era reconocido por portadas ni premios. Pero era fundamental. Porque el fútbol femenino español necesitaba figuras como Ivana: futbolistas que no solo jugaran, sino que sostuvieran. La categoría juvenil y la Liga Nacional no ofrecían lujo; ofrecían formación y oportunidades para entender el fútbol desde la calma y la cabeza. Ivana abrazó ese camino con disciplina y sin ruido.
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Entre 2009 y 2014, su progresión fue constante. Cada año acumulaba minutos, ganaba confianza y empezaba a ser percibida no solo como una promesa, sino como una jugadora fiable. Su evolución estaba marcada por la madurez, no por el protagonismo mediático. En un fútbol que aún luchaba por profesionalizarse, esa madurez era una ventaja competitiva.
Su llegada coincidía con un momento crucial: la transformación silenciosa de la Liga Femenina Española, que empezaba a consolidar clubes, estructurar competiciones y profesionalizar recursos de manera gradual. En ese período, el Valencia CF se posicionaba como un club capaz de ofrecer continuidad y formación de calidad, lo que permitió a Ivana consolidar sus bases tácticas y su carácter.
Aprender en ese contexto era aprender a sostener, a no depender de circunstancias externas, a adaptarse a cada rival y a cada partido. La joven central entendió desde el principio que su valor no residía en acciones individuales llamativas, sino en la consistencia, la lectura del juego y la capacidad de ser un referente silencioso dentro del equipo.
De esta manera, los años formativos de Ivana Andrés no solo fueron el inicio de una carrera deportiva, sino también una lección sobre cómo se construye la fiabilidad: minuto a minuto, entrenamiento a entrenamiento, partido a partido. Era la primera vez que se sentía la semilla de un liderazgo que, años después, sería reconocido con el brazalete de capitana en clubes y en la Selección.
En paralelo a su evolución en el club, Ivana Andrés comenzó a destacar en las categorías inferiores de la selección española. Ya había participado en torneos Sub-17 y Sub-19, y su desempeño reflejaba la misma regularidad que mostraba en Valencia. Su capacidad para leer el juego, su serenidad y su liderazgo natural le valieron un reconocimiento progresivo que, años más tarde, la consolidaría como referente de la Selección Absoluta.
En resumen, antes de ser internacional y antes de levantar títulos, Ivana se formó en un fútbol que exigía resistencia, inteligencia y coherencia. Su carrera no comenzó con un golpe de talento, sino con una aceptación temprana de la disciplina silenciosa que el fútbol femenino requería en España. Lo que entonces parecía rutina, más tarde se convertiría en una virtud esencial: la capacidad de sostener equipos, proyectos y, finalmente, la historia misma del fútbol femenino español.
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Cuando Ivana Andrés debutó con el primer equipo del Valencia CF Femenino en la temporada 2010/11, ya había demostrado que su talento no se medía en destellos individuales, sino en consistencia y regularidad. Tenía apenas 17 años, pero la madurez que mostraba sobre el césped la distinguía de muchas jugadoras con más experiencia. No era una central físicamente dominante ni de entradas espectaculares; era, sobre todo, una central que entendía el juego antes de que este sucediera. Esa comprensión del fútbol le permitió adaptarse rápidamente a la exigencia de la categoría y a la presión de un club que aspiraba a consolidarse en la élite española.
Los primeros años fueron, ante todo, un periodo de aprendizaje. Cada partido era un desafío: enfrentarse a delanteras veteranas, leer sistemas tácticos cada vez más complejos y asumir responsabilidades defensivas que, a veces, recaían sobre jugadoras mucho más experimentadas. Ivana no era una futbolista que necesitara acaparar protagonismo; su fortaleza residía en la constancia de sus decisiones y la seguridad que transmitía al equipo. Sus entrenadores pronto comprendieron que, aunque no destacara con estadísticas llamativas, podía ser el eje sobre el que sostener la defensa.
Durante esta etapa, la joven central desarrolló un rasgo que definiría toda su carrera: la anticipación. A diferencia de muchas defensoras de su generación, que confiaban en la fuerza física o en la agresividad de la entrada, Ivana aprendió a posicionarse con precisión, a leer el movimiento del rival y a interceptar situaciones antes de que se convirtieran en peligro. Esta capacidad le permitió acumular minutos de forma constante y ganar la confianza del cuerpo técnico y de sus compañeras.
En paralelo a su desarrollo defensivo, Ivana comenzó a forjar su liderazgo silencioso. Aunque aún no llevaba el brazalete, su presencia sobre el campo era evidente. Corría, ordenaba, ajustaba el posicionamiento de sus compañeras y transmitía seguridad. No lo hacía mediante discursos o arengas, sino con la coherencia de su juego. Las futbolistas jóvenes que llegaban al primer equipo la observaban y aprendían, y las veteranas encontraban en ella un soporte confiable que permitía organizar la defensa con tranquilidad.
Durante estos años, el Valencia CF Femenino se enfrentaba a un entorno competitivo que estaba en pleno proceso de profesionalización. Los clubes grandes comenzaban a invertir de manera más sistemática, pero la Liga seguía marcada por la irregularidad de presupuestos, recursos y cobertura mediática. En este contexto, la fiabilidad individual era un valor estratégico. Ivana ofrecía justamente eso: una futbolista que podía sostener el equipo incluso cuando las circunstancias externas eran complicadas.
(Fuente: Getty imágenes)
El estilo de Ivana también se fue definiendo en esta etapa. No buscaba el protagonismo mediante recuperaciones espectaculares ni incursiones ofensivas; priorizaba la seguridad, la colocación y la protección del espacio. Su juego se basaba en evitar que el peligro llegara a su área, en lugar de reaccionar cuando ya estaba presente. Esta mentalidad defensiva le permitió acumular muy pocas tarjetas, mantener la solidez de la defensa y generar confianza en el resto del equipo.
A medida que pasaban las temporadas, Ivana empezó a ser percibida no solo como una futbolista confiable, sino también como una jugadora estratégica para el proyecto valencianista. Su capacidad para adaptarse a distintos sistemas tácticos y su madurez competitiva la convirtieron en un recurso indispensable. Ya no era simplemente una promesa juvenil; era una futbolista que podía sostener al equipo en momentos críticos, capaz de organizar la línea defensiva y de transmitir serenidad a sus compañeras.
Los entrenadores del Valencia, conscientes de su potencial, comenzaron a otorgarle más responsabilidades dentro del campo. Aunque la capitanía formal aún no llegaba, Ivana ejercía un liderazgo tácito: corregía, ordenaba y asumía la iniciativa en situaciones de tensión. Su influencia era silenciosa pero efectiva, y pronto se convirtió en un referente para todas las jugadoras del vestuario.
En estos primeros años, Ivana también aprendió a gestionar la presión externa. La cobertura mediática era limitada, pero los partidos de la Liga empezaban a atraer atención y expectación. La joven central entendió que su mejor defensa era mantener la calma, rendir siempre y no dejarse llevar por el ruido. Esa filosofía le permitiría, más adelante, liderar equipos en contextos mucho más exigentes y mediáticos, como el Real Madrid Femenino o la Selección Española.
Por último, cabe destacar que esta etapa formativa también fue clave para consolidar la capacidad de adaptación de Ivana. En un fútbol femenino español que cambiaba año tras año, con reglamentos nuevos, competiciones europeas en expansión y equipos en transformación, Ivana aprendió a ajustar su juego sin perder identidad. Esa habilidad sería fundamental cuando años después se enfrentara a retos distintos: un Levante en la parte alta de la Liga, un proyecto emergente en el Real Madrid y, finalmente, su primera experiencia fuera de España en la Serie A italiana.
En resumen, los primeros años de Ivana Andrés en el Valencia CF Femenino fueron mucho más que simples aprendizajes técnicos. Fueron una lección de paciencia, regularidad y liderazgo silencioso. En un entorno marcado por la precariedad y la falta de recursos, su capacidad para sostener el equipo se convirtió en su principal virtud. Cada partido, cada entrenamiento y cada temporada acumulada fue construyendo los cimientos de una carrera que, años después, la llevaría a levantar la Copa del Mundo como capitana de España.
Esta etapa temprana demuestra que no todas las futbolistas construyen su historia desde la espectacularidad. Algunas lo hacen desde la constancia, desde la disciplina y desde la capacidad de influir en el equipo sin necesidad de que todos lo vean. Ivana Andrés pertenece a este grupo. Y es precisamente esa combinación de fiabilidad, lectura táctica y liderazgo silencioso la que define su trayectoria y la prepara para los capítulos siguientes de su carrera: la capitanía formal, la consolidación en clubes mayores y, finalmente, la gloria internacional.
Cuando Ivana Andrés debutó con el primer equipo del Valencia CF Femenino en la temporada 2010/11, ya había demostrado que su talento no se medía en destellos individuales, sino en consistencia y regularidad. Tenía apenas 17 años, pero la madurez que mostraba sobre el césped la distinguía de muchas jugadoras con más experiencia. No era una central físicamente dominante ni de entradas espectaculares; era, sobre todo, una central que entendía el juego antes de que este sucediera. Esa comprensión del fútbol le permitió adaptarse rápidamente a la exigencia de la categoría y a la presión de un club que aspiraba a consolidarse en la élite española.
Los primeros años fueron, ante todo, un periodo de aprendizaje. Cada partido era un desafío: enfrentarse a delanteras veteranas, leer sistemas tácticos cada vez más complejos y asumir responsabilidades defensivas que, a veces, recaían sobre jugadoras mucho más experimentadas. Ivana no era una futbolista que necesitara acaparar protagonismo; su fortaleza residía en la constancia de sus decisiones y la seguridad que transmitía al equipo. Sus entrenadores pronto comprendieron que, aunque no destacara con estadísticas llamativas, podía ser el eje sobre el que sostener la defensa.
Durante esta etapa, la joven central desarrolló un rasgo que definiría toda su carrera: la anticipación. A diferencia de muchas defensoras de su generación, que confiaban en la fuerza física o en la agresividad de la entrada, Ivana aprendió a posicionarse con precisión, a leer el movimiento del rival y a interceptar situaciones antes de que se convirtieran en peligro. Esta capacidad le permitió acumular minutos de forma constante y ganar la confianza del cuerpo técnico y de sus compañeras.
En paralelo a su desarrollo defensivo, Ivana comenzó a forjar su liderazgo silencioso. Aunque aún no llevaba el brazalete, su presencia sobre el campo era evidente. Corría, ordenaba, ajustaba el posicionamiento de sus compañeras y transmitía seguridad. No lo hacía mediante discursos o arengas, sino con la coherencia de su juego. Las futbolistas jóvenes que llegaban al primer equipo la observaban y aprendían, y las veteranas encontraban en ella un soporte confiable que permitía organizar la defensa con tranquilidad.
Durante estos años, el Valencia CF Femenino se enfrentaba a un entorno competitivo que estaba en pleno proceso de profesionalización. Los clubes grandes comenzaban a invertir de manera más sistemática, pero la Liga seguía marcada por la irregularidad de presupuestos, recursos y cobertura mediática. En este contexto, la fiabilidad individual era un valor estratégico. Ivana ofrecía justamente eso: una futbolista que podía sostener el equipo incluso cuando las circunstancias externas eran complicadas.
En paralelo a su evolución en el club, Ivana Andrés comenzó a destacar en las categorías inferiores de la selección española. Ya había participado en torneos Sub-17 y Sub-19, y su desempeño reflejaba la misma regularidad que mostraba en Valencia. Su capacidad para leer el juego, su serenidad y su liderazgo natural le valieron un reconocimiento progresivo que, años más tarde, la consolidaría como referente de la Selección Absoluta.
El estilo de Ivana también se fue definiendo en esta etapa. No buscaba el protagonismo mediante recuperaciones espectaculares ni incursiones ofensivas; priorizaba la seguridad, la colocación y la protección del espacio. Su juego se basaba en evitar que el peligro llegara a su área, en lugar de reaccionar cuando ya estaba presente. Esta mentalidad defensiva le permitió acumular muy pocas tarjetas, mantener la solidez de la defensa y generar confianza en el resto del equipo.
A medida que pasaban las temporadas, Ivana empezó a ser percibida no solo como una futbolista confiable, sino también como una jugadora estratégica para el proyecto valencianista. Su capacidad para adaptarse a distintos sistemas tácticos y su madurez competitiva la convirtieron en un recurso indispensable. Ya no era simplemente una promesa juvenil; era una futbolista que podía sostener al equipo en momentos críticos, capaz de organizar la línea defensiva y de transmitir serenidad a sus compañeras.
Los entrenadores del Valencia, conscientes de su potencial, comenzaron a otorgarle más responsabilidades dentro del campo. Aunque la capitanía formal aún no llegaba, Ivana ejercía un liderazgo tácito: corregía, ordenaba y asumía la iniciativa en situaciones de tensión. Su influencia era silenciosa pero efectiva, y pronto se convirtió en un referente para todas las jugadoras del vestuario.
En estos primeros años, Ivana también aprendió a gestionar la presión externa. La cobertura mediática era limitada, pero los partidos de la Liga empezaban a atraer atención y expectación. La joven central entendió que su mejor defensa era mantener la calma, rendir siempre y no dejarse llevar por el ruido. Esa filosofía le permitiría, más adelante, liderar equipos en contextos mucho más exigentes y mediáticos, como el Real Madrid Femenino o la Selección Española.
Por último, cabe destacar que esta etapa formativa también fue clave para consolidar la capacidad de adaptación de Ivana. En un fútbol femenino español que cambiaba año tras año, con reglamentos nuevos, competiciones europeas en expansión y equipos en transformación, Ivana aprendió a ajustar su juego sin perder identidad. Esa habilidad sería fundamental cuando años después se enfrentara a retos distintos: un Levante en la parte alta de la Liga, un proyecto emergente en el Real Madrid y, finalmente, su primera experiencia fuera de España en la Serie A italiana.
En resumen, los primeros años de Ivana Andrés en el Valencia CF Femenino fueron mucho más que simples aprendizajes técnicos. Fueron una lección de paciencia, regularidad y liderazgo silencioso. En un entorno marcado por la precariedad y la falta de recursos, su capacidad para sostener el equipo se convirtió en su principal virtud. Cada partido, cada entrenamiento y cada temporada acumulada fue construyendo los cimientos de una carrera que, años después, la llevaría a levantar la Copa del Mundo como capitana de España.
Esta etapa temprana demuestra que no todas las futbolistas construyen su historia desde la espectacularidad. Algunas lo hacen desde la constancia, desde la disciplina y desde la capacidad de influir en el equipo sin necesidad de que todos lo vean. Ivana Andrés pertenece a este grupo. Y es precisamente esa combinación de fiabilidad, lectura táctica y liderazgo silencioso la que define su trayectoria y la prepara para los capítulos siguientes de su carrera: la capitanía formal, la consolidación en clubes mayores y, finalmente, la gloria internacional.
En esta fase, Ivana asumió formalmente el brazalete de capitana, no porque buscara protagonismo, sino porque era la futbolista que mejor representaba la estabilidad y el equilibrio dentro del vestuario. Su liderazgo no era discursivo ni ruidoso; se ejercía con hechos. Ordenaba, corregía y sostenía desde el campo. Su influencia no dependía del volumen de voz, sino de la coherencia de sus decisiones. Cada jugada, cada intervención, cada colocación era una enseñanza tácita para sus compañeras.
La capitanía de Ivana no consistía en hablar más que nadie; consistía en hacer mejor a quienes la rodeaban. Era capaz de mejorar la lectura del juego de sus compañeras, de orientar la defensa y de reducir los riesgos de forma silenciosa. Esa capacidad de liderazgo funcional se convirtió en su sello: un poder que no se impone, sino que se acepta.
Valencia vivió uno de sus períodos más estables en este tiempo. El club no solo competía de manera regular en la Liga, sino que también alcanzó momentos históricos, como la final de la Copa de la Reina de 2015. Ivana fue un pilar fundamental en ese éxito. No firmó goles decisivos ni intervenciones espectaculares que quedaran grabadas en la memoria colectiva; lo hizo con seguridad, orden y control táctico. En esos partidos, su presencia se percibía como un ancla: mientras ella estaba en el campo, el equipo respiraba con más confianza.
La final de 2015 representa, en muchos sentidos, un punto simbólico en la carrera de Ivana. Fue la primera gran cita nacional en la que su liderazgo y capacidad defensiva se vieron reflejados en un resultado tangible, aunque finalmente el equipo no lograra alzar el título. Su actuación y la confianza que generaba fueron suficientes para consolidar su posición como referente del equipo.
que distingue a Ivana no es solo su capacidad defensiva, sino su influencia en el vestuario. Incluso cuando otras jugadoras eran más mediáticas o talentosas en el plano individual, ella era la figura que equilibraba el grupo. Su liderazgo se basaba en la coherencia, la constancia y la fiabilidad, y esas cualidades generaban respeto. Las decisiones que tomaba sobre el césped y fuera de él no necesitaban ser comentadas: hablaban por sí mismas.
Ese tipo de liderazgo tiene un efecto multiplicador. Ivana hacía mejores a sus compañeras porque les ofrecía seguridad y ejemplo constante. Su manera de leer el juego, su colocación precisa y su capacidad de anticipación no solo neutralizaban al rival, sino que también permitían al equipo mantener la estructura y responder con tranquilidad a situaciones de presión.
Durante estos años, Ivana empezó a consolidarse en la Selección Española Absoluta. Su regularidad y capacidad de liderazgo silencioso la llevaron a entrar en la órbita nacional de manera definitiva. Ya no era solo una promesa; era una central fiable a nivel internacional, capaz de competir contra rivales de máxima exigencia. Su participación en torneos internacionales sub-19 y su progresión natural hacia la Absoluta reflejaban que su desarrollo no dependía únicamente del club: su nivel de rendimiento era consistente en cualquier contexto competitivo.
A nivel táctico, Ivana seguía desarrollando su estilo característico. No necesitaba intervenir en cada acción para demostrar dominio. Su fortaleza residía en prevenir el peligro mediante colocación, lectura y control del espacio. En duelos individuales, confiaba más en la posición que en la fuerza o la entrada arriesgada. Su juego aéreo era correcto, suficiente para sostener al equipo sin ser necesariamente dominante. Y en la salida de balón, prefería la seguridad del pase corto a asumir riesgos innecesarios.
Lo más importante de este período es que Ivana aprendió a liderar sin alterar su estilo de juego. No cambió su manera de defender ni de organizar. Ajustó matices, pero nunca perdió identidad. Esa coherencia le permitió sostener equipos en momentos críticos, siendo una referencia clara dentro y fuera del campo.
La etapa 2014–2018 no solo consolidó a Ivana como líder y central fiable; también la preparó para retos mayores. La consistencia demostrada en Valencia la convirtió en una futbolista atractiva para clubes de mayor nivel competitivo. Su perfil —experiencia, liderazgo, fiabilidad— empezaba a situarla en la agenda de equipos con aspiraciones europeas y proyectos más ambiciosos.
A su salida en 2018, tras casi una década en Valencia, no se trató de una ruptura sino de un final de ciclo natural. Su paso por el club dejó una impronta clara: había sido el eje que sostuvo al equipo durante años difíciles, el referente silencioso en vestuarios complejos y la central que había aprendido a liderar sin necesidad de protagonismo.
Estos cuatro años representan la madurez de la futbolista y del liderazgo de Ivana Andrés. Se consolidó como una central capaz de sostener equipos, de influir sin imponerse y de liderar en contextos de presión. Cada entrenamiento, cada partido y cada decisión dentro del campo contribuyeron a construir la figura de una capitana funcional: discreta, constante y esencial.
Este período de Valencia marca el inicio de la siguiente fase de su carrera: el salto a equipos con mayores exigencias competitivas, primero el Levante Unión Deportiva y luego el Real Madrid Femenino, donde su liderazgo y fiabilidad serían puestos a prueba en contextos aún más complejos y mediáticos.
Cuando Ivana Andrés dejó el Valencia CF en 2018, se enfrentó a un desafío que marcaría la siguiente etapa de su carrera: incorporarse al Levante UD Femenino, un club en la parte alta de la Liga F y con aspiraciones europeas. Si en Valencia había sido el eje defensivo y emocional de un equipo en proceso de consolidación, en Levante debía demostrar que su rendimiento no dependía del contexto ni de la estabilidad previa. La prueba era doble: competir en un nivel superior y adaptarse a un nuevo vestuario, con estructuras tácticas más exigentes y rivales más potentes.
Desde el primer partido, Ivana mostró que su estilo de juego —basado en lectura del juego, posicionamiento y control del espacio— no necesitaba ser modificado para ser efectivo en un contexto más competitivo. La Serie A española de entonces era más táctica, con defensas organizadas y delanteras veloces; Levante requería de una central que pudiera mantener la estructura defensiva y dar seguridad en la salida de balón. Ivana cumplió con creces, convirtiéndose rápidamente en pieza clave de la línea defensiva.
Lo que distingue su rendimiento en Levante fue la capacidad de adaptación sin pérdida de identidad. No era necesario cambiar su manera de defender; bastaba con ajustar matices según el esquema del equipo o la estrategia del rival. Su comprensión del juego se tradujo en anticipación, cobertura de espacios y organización de la defensa, garantizando que el bloque defensivo funcionara como una unidad cohesionada, incluso ante delanteras de alto nivel.
La esencia del juego de Ivana reside en la lectura táctica. Mientras muchas centrales dependen de la fuerza o de la agresividad de las entradas, ella se adelantaba al peligro mediante colocación estratégica y comunicación constante. Esta habilidad adquirió especial relevancia en Levante, donde la exigencia ofensiva de los rivales era mayor. Su capacidad para interpretar la situación permitió a sus compañeras actuar con confianza, sabiendo que los espacios estaban bien cubiertos y que los riesgos se gestionaban de manera inteligente.
Su estilo de juego refleja un principio clave: la central no necesita acumular acciones defensivas para dominar un partido. Ivana demostraba que la influencia de una futbolista puede ser silenciosa pero determinante. Su colocación, orientación del juego y protección de espacios reducían al mínimo las situaciones de peligro, y su comunicación constante fortalecía la cohesión defensiva.
En Levante, Ivana asumió un rol de liderazgo que no dependía del brazalete. Su experiencia y capacidad para sostener equipos la convirtieron en referente del vestuario desde el primer día. Ordenaba, ajustaba y dirigía a sus compañeras, no mediante imposición, sino con autoridad natural. Su liderazgo era aceptado y respetado, algo que se volvió evidente cuando el equipo enfrentaba momentos complicados dentro y fuera del campo.
Además, su paso por Levante confirmó que su rendimiento no dependía de un entorno familiar o de años de estabilidad en un club. La misma futbolista que había liderado Valencia ahora demostraba su consistencia en un equipo distinto, con compañeras y entrenadores nuevos, en un contexto táctico más exigente y con rivales que exigían mayor concentración y rapidez de decisión.
En términos tácticos, la etapa de Levante permitió a Ivana perfeccionar su estilo característico. Aprendió a leer no solo los movimientos del rival, sino también las transiciones rápidas y las variantes ofensivas más directas, adaptando su posicionamiento para mantener el equilibrio del equipo. Su juego aéreo se mantuvo sólido, sus intervenciones fueron precisas y su participación en la salida de balón se centró en garantizar seguridad antes que arriesgar. Cada partido reafirmaba su reputación como una central que combina eficacia, previsión y liderazgo silencioso.
Esta etapa también le permitió consolidar su imagen como referente nacional. Su regularidad y fiabilidad en Levante reforzaron su posición en la Selección Española, confirmando que era una central de élite capaz de rendir en contextos distintos, siempre con coherencia y equilibrio. Los entrenadores nacionales podían confiar en que, en cualquier escenario, Ivana aportaría seguridad defensiva y estabilidad emocional al equipo.
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El paso por Levante no solo consolidó su reputación; la preparó para el siguiente desafío de su carrera: incorporarse al Real Madrid Femenino, un proyecto naciente con grandes ambiciones y un nivel de exposición mediática sin precedentes. En Levante, Ivana había demostrado que podía sostener equipos en contextos competitivos, liderar sin necesidad de imposición y adaptarse a sistemas tácticos complejos. Todas estas virtudes serían esenciales para su éxito en un club que, en 2020, buscaba construir un proyecto sólido desde cero.
En este sentido, Levante fue la confirmación de que Ivana Andrés no solo era una futbolista fiable, sino también una central capaz de elevar la estabilidad y el rendimiento de cualquier equipo en el que jugara. La etapa valenciana y granota juntas muestran un patrón claro: regularidad, lectura táctica, liderazgo silencioso y capacidad de adaptación. Cuatro pilares que definirían toda su trayectoria, incluso en contextos más exigentes y mediáticos.
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En resumen, los años 2018–2020 representan la consolidación definitiva de Ivana Andrés como central moderna y referente nacional. Su etapa en Levante fue crucial: confirmó que su rendimiento era consistente en cualquier escenario, perfeccionó su lectura táctica y reforzó su liderazgo funcional. Todo esto la preparó para su salto al Real Madrid, donde su capacidad de sostener equipos y liderar vestuarios se pondría a prueba en un proyecto ambicioso y bajo un foco mediático sin precedentes.
El Real Madrid Femenino nació como proyecto en 2020 con un objetivo ambicioso: consolidarse de inmediato como referente en España y aspirar a competir en Europa. La llegada de Ivana Andrés no fue casualidad. El club decidió confiarle la primera capitanía de su historia, un gesto que reflejaba perfectamente su perfil: liderazgo silencioso, fiabilidad extrema y capacidad de sostener equipos. Ser capitana del Real Madrid naciente significaba asumir responsabilidad dentro y fuera del campo, y Ivana lo hizo con la misma serenidad que había mostrado toda su carreraz.
Fue la primera capitana de un club histórico implica una presión añadida. La atención mediática era constante, los objetivos deportivos eran elevados y el proyecto requería construir identidad desde cero. En este contexto, Ivana no buscó protagonismo; se centró en mantener la coherencia del grupo y fortalecer la estructura defensiva. Su liderazgo se expresaba de manera funcional: ajustaba la línea defensiva, orientaba a sus compañeras y tomaba decisiones en los momentos críticos. Cada gesto, cada intervención era un mensaje silencioso que reforzaba la confianza del equipo.
El vestuario del Real Madrid era diverso y competitivo. Llegaban jugadoras internacionales con experiencia, talento y ego, pero Ivana supo integrar y liderar sin imponerse, creando un ambiente donde la autoridad se ganaba por coherencia, constancia y respeto. Su capacidad para liderar sin necesidad de ser protagonista mediática se convirtió en un activo crucial para el club en sus primeras temporadas.
El primer año del Real Madrid Femenino supuso un periodo de adaptación. Ivana debió equilibrar la exigencia competitiva con la necesidad de cohesión interna en un grupo recién formado. Su experiencia previa en Valencia y Levante le permitió sostener al equipo en situaciones de tensión, siendo el punto de referencia en defensa y la voz de calma en momentos de dificultad.
Con cada temporada, el proyecto blanco fue consolidándose. La presencia de Ivana en el centro de la defensa se mantuvo constante, aunque el protagonismo sobre el césped fluctuó con la llegada de talento internacional y la competencia por el puesto. Sin embargo, su peso interno en el vestuario permaneció intacto. Las compañeras sabían que podían contar con su lectura del juego, su organización de la línea defensiva y su capacidad para mantener la calma en partidos decisivos.
Durante su etapa en el Real Madrid, Ivana contribuyó a que el club se consolidara como habitual en la parte alta de la Liga F y lograra participaciones regulares en competiciones europeas. Su rol fue especialmente relevante en los momentos de mayor exigencia táctica, cuando el equipo debía enfrentarse a rivales fuertes en la Champions League. Su estilo de juego, basado en anticipación, colocación y seguridad en la salida de balón, garantizaba que la defensa funcionara como un bloque sólido, permitiendo al equipo competir al más alto nivel.
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Aunque no siempre estaba en el centro del foco mediático, su influencia se percibía en la consistencia del equipo. Cada partido era una demostración de cómo la regularidad, la lectura del juego y el liderazgo silencioso podían marcar la diferencia, incluso en un entorno lleno de talento y expectativas.años en el Real Madrid consolidaron a Ivana como una central de élite y una líder natural, capaz de adaptarse a proyectos ambiciosos y equipos con estructuras complejas. Su experiencia, disciplina y capacidad de influencia interna la convirtieron en una figura codiciada en el mercado. Al terminar su etapa en 2024, su salida no fue una ruptura: fue el cierre de un ciclo exitoso que dejó una impronta profunda en el club y en el vestuario.
Su rendimiento y su carácter la situaron en la agenda de varios grandes clubes, incluido el Atlético de Madrid, que valoraba su experiencia, liderazgo y fiabilidad como activos estratégicos. Sin embargo, Ivana tomó la decisión de buscar nuevos horizontes fuera de España, una elección que anticipaba su capacidad de adaptación y su deseo de asumir desafíos internacionales.
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En resumen, la etapa 2020–2024 en el Real Madrid Femenino representa la consolidación de Ivana Andrés como líder y central de élite en contextos de máxima exigencia.
Ser la primera capitana de un proyecto histórico implicó combinar responsabilidad, disciplina y capacidad de integración. Aunque su protagonismo sobre el césped fluctuó, su influencia en el vestuario y su capacidad de sostener al equipo permanecieron intactas. Esta fase no solo refleja su madurez como futbolista, sino también su preparación para dar el salto al fútbol internacional, donde sus virtudes serían puestas a prueba en nuevos contextos y ligas más exigentes.
En 2024, Ivana Andrés decidió dar un paso histórico en su carrera: su primera experiencia fuera de España, incorporándose al Inter de Milán Femenino. Después de más de una década en la Liga F, de Valencia a Levante y de Levante al Real Madrid, Ivana se enfrentaba a un desafío distinto: un país nuevo, una liga con características tácticas y físicas distintas, y un entorno cultural y profesional desconocido. Para muchos, la transición podría haber sido complicada, pero para Ivana fue un escenario ideal para demostrar que su liderazgo y fiabilidad no conocen límites.
La Serie A femenina se caracteriza por ser una liga más física y directa que la española. Los equipos tienden a jugar con bloques compactos, presionando en campo rival y explotando la fuerza en los duelos individuales. Para una central que basa su juego en lectura del juego, colocación y anticipación, esto podría parecer un desafío. Sin embargo, Ivana trasladó sus virtudes a este contexto con rapidez: su posicionamiento preciso le permitió neutralizar el juego directo y anticipar ataques antes de que se convirtieran en peligro.
Su experiencia internacional también fue crucial. Ivana comprendía la importancia de liderar en situaciones de presión, organizar la defensa y mantener la cohesión del equipo. En un vestuario nuevo y multicultural, estas habilidades se tradujeron en autoridad natural: compañeras de distintas nacionalidades seguían su lectura del juego y su manera de mantener la calma bajo presión. Su liderazgo no se impone, pero se reconoce; su influencia es tácita, pero determinante.
En el Inter, Ivana no solo cumple su rol defensivo; eleva el rendimiento de quienes la rodean. Su presencia aporta confianza y seguridad, especialmente en fases de transición rápida o contra rivales que juegan con intensidad física. La central española demuestra que la consistencia y la lectura táctica pueden ser igual de efectivas que la fuerza bruta, incluso en ligas más directas y exigentes físicamente.
Su juego aéreo se mantiene sólido, y su capacidad de orientar el bloque defensivo permite al Inter mantener líneas compactas y minimizar riesgos. En la salida de balón, prioriza el pase seguro, evitando pérdidas innecesarias, una cualidad que la hace indispensable en un equipo en crecimiento y con aspiraciones europeas. Cada intervención refleja su filosofía: anticipar, ordenar y sostener, asegurando que la defensa funcione como un sistema cohesionado.
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El vestuario del Inter representa un desafío adicional: culturas, idiomas y estilos de juego distintos. Para Ivana, liderar aquí requiere empatía y comunicación no verbal, además de la autoridad que ya ejercía en España. Su capacidad para adaptarse y generar confianza se convierte en un activo esencial. Las jugadoras confían en que, con ella, el equipo mantendrá equilibrio y seguridad defensiva, incluso en los partidos más exigentes.
Esta experiencia internacional añade un nuevo matiz a su carrera: demuestra que su liderazgo no depende de la familiaridad con el entorno ni del reconocimiento mediático. Su influencia es universal: se reconoce en cualquier vestuario, en cualquier país, en cualquier contexto competitivo.
En Italia, Ivana también consolida su preparación para la culminación de su carrera internacional. Su paso por la Serie A refuerza su capacidad de adaptación y refina sus herramientas defensivas: lectura de juego, colocación, comunicación y anticipación. Estas habilidades serán determinantes cuando, pocos meses después, lidere a la Selección Española en el Mundial 2023, levantando la Copa del Mundo como capitana.
La experiencia en el Inter evidencia un principio central en su carrera: el talento sostenido y el liderazgo silencioso son cualidades que trascienden contextos, ligas y fronteras. No importa si juega en España o en Italia, en Valencia, Levante, Real Madrid o Inter: su capacidad de sostener equipos y organizar defensas permanece constante, y su influencia en vestuarios se mantiene intacta.
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En resumen, la etapa 2024–presente en el Inter de Milán marca la expansión internacional de Ivana Andrés, un capítulo en el que sus virtudes se trasladan a un nuevo país y a un contexto táctico distinto. Su adaptación inmediata, su lectura táctica superior y su liderazgo funcional demuestran que es una central de élite con influencia más allá de las fronteras, preparada para afrontar los retos internacionales que culminarán en su momento más alto: levantar la Copa del Mundo con la Selección Española.
La historia de Ivana Andrés con la Selección Española no se entiende sin considerar la paciencia, la constancia y la progresión sostenida que marcaron toda su carrera. Desde categorías inferiores hasta la Absoluta, Ivana construyó un recorrido que refleja su filosofía: estar siempre lista, sin necesidad de protagonismo mediático, y liderar desde la coherencia.
Ivana comenzó a destacar en la Selección Sub-17 y Sub-19, sumando experiencias que sentarían las bases de su madurez defensiva y liderazgo silencioso. En estos equipos, participó en torneos europeos y mundiales juveniles, ganando títulos y medallas que anticipaban su futuro en la Absoluta: • Campeona de Europa Sub-17: 2009 y 2010 • Bronce en el Mundial Sub-17: 2010
Estos logros tempranos le ofrecieron exposición internacional, pero también le enseñaron la importancia del trabajo colectivo, la regularidad y la resiliencia frente a la presión de torneos de alto nivel. Desde sus primeros pasos en la Selección, Ivana demostró que el liderazgo no depende de la edad ni del protagonismo, sino de la coherencia, la fiabilidad y la capacidad de sostener al equipo.
lo largo de los años, Ivana consolidó su presencia en la Selección Absoluta. Su progresión fue constante: fue acumulando minutos, aprendiendo a liderar en contextos complejos y adaptándose a entrenadores, sistemas tácticos y compañeras distintas. Su estilo, basado en anticipación, colocación y comunicación, se adaptó perfectamente a un equipo que empezaba a aspirar a metas históricas, como la Eurocopa y el Mundial.
A diferencia de algunas figuras mediáticas, Ivana no buscó protagonismo externo. Su influencia se percibía dentro del grupo: ordenaba, ajustaba, dirigía y calmaba. Su liderazgo se consolidó no solo en partidos de alto nivel, sino también en entrenamientos, vestuarios y momentos de tensión, convirtiéndola en un referente silencioso pero imprescindible.
El Mundial 2023 fue la culminación de todo su recorrido. España llegaba con aspiraciones históricas, pero también con la presión de un país que esperaba un resultado memorable. Ivana asumió la capitanía en un momento en que la responsabilidad no podía delegarse: debía liderar a sus compañeras, mantener la calma en situaciones críticas y sostener la estructura defensiva frente a rivales de máximo nivel.
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Su rendimiento fue constante durante todo el torneo. No necesitó protagonismo ofensivo ni goles espectaculares; su valor residía en organizar la defensa, anticipar jugadas y transmitir seguridad al equipo. Cada intervención era un recordatorio de que la fiabilidad puede ser tan decisiva como la creatividad o la velocidad. El gesto más simbólico de la carrera de Ivana llegó con la entrega de la Copa del Mundo. No era solo un trofeo: era la síntesis de más de una década de trabajo silencioso, de liderazgo funcional y de fiabilidad sostenida. En la imagen, no hay teatralidad ni ruido; hay recorrido, constancia y coherencia. Ivana se convierte en la capitana que mejor representa a un grupo equilibrado, donde la unión y la solidez colectiva triunfan sobre el protagonismo individual.
Levantando la Copa, Ivana no solo celebraba el título, sino también la culminación de su filosofía futbolística: el liderazgo sin necesidad de ser visto, la consistencia por encima del brillo efímero y la capacidad de sostener equipos en los momentos más críticos.
Mundial 2023 consolidó a Ivana Andrés no solo como una futbolista de élite, sino como una figura histórica dentro del fútbol femenino español. Su carrera demuestra que no todas las leyendas se construyen con goles o jugadas icónicas. Algunas, como Ivana, se construyen con trabajo diario, disciplina, coherencia y la capacidad de hacer mejores a las demás.
Su influencia se percibe en cada generación que llega a la Selección: jóvenes defensas que aprenden de su colocación, delanteras que confían en su capacidad de anticipación y compañeras que encuentran en su liderazgo un modelo de estabilidad y serenidad. Ivana representa la épica silenciosa del fútbol femenino: la de las que sostienen, las que permiten que todo lo demás ocurra.
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(Fuente: UEFA)
En resumen, el Mundial 2023 fue la cima natural de su carrera internacional. La culminación de un recorrido que comenzó en categorías juveniles, se consolidó en clubes históricos y se fortaleció en contextos exigentes, tanto en España como en Italia. Levantar la Copa del Mundo como capitana es el reconocimiento final a una futbolista que siempre estuvo, siempre lideró y siempre sostuvo, incluso cuando el foco mediático miraba a otras.
La carrera de Ivana Andrés no se mide únicamente por trofeos, estadísticas o titulares mediáticos. Se mide por coherencia, regularidad y liderazgo silencioso, cualidades que la han definido desde su llegada al Valencia CF Femenino hasta su consagración internacional. Sin embargo, el palmarés de Ivana refleja también su éxito colectivo y la importancia de su influencia en cada equipo en el que ha jugado.
Palmarés con la Selección Española
Su trayectoria internacional comenzó desde categorías inferiores, donde ya se distinguía por su capacidad de anticipación y liderazgo: • Campeona de Europa Sub-17: 2009 y 2010 • Bronce en el Mundial Sub-17: 2010
Pero la cima llegó con la Selección Absoluta: • Copa del Mundo FIFA 2023: capitana y referente del equipo campeón
Este título representa mucho más que un logro deportivo. Simboliza la culminación de una carrera construida con paciencia, trabajo diario y liderazgo funcional. La imagen de Ivana levantando la Copa es un recordatorio de que la influencia silenciosa puede ser decisiva en la historia.
Palmarés en clubes :
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En su recorrido por clubes españoles e internacionales, Ivana ha aportado estabilidad y liderazgo en contextos muy distintos: • Valencia CF: finalista de la Copa de la Reina 2015 • Real Madrid Femenino: consolidación en la Liga F y participaciones europeas • Inter de Milán: aporte a la estabilidad defensiva y jerarquía en la Serie A.
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Si bien no todos estos logros implican títulos de campeón, reflejan su capacidad para hacer mejores a los equipos, para sostener proyectos y para ser la pieza sobre la que se construye la estab Más allá de los resultados, el legado de Ivana se encuentra en su estilo de juego y su filosofía de liderazgo: • Lectura táctica y colocación: neutraliza al rival antes de que el peligro se materialice. • Liderazgo silencioso: ordena, corrige y transmite confianza sin necesidad de protagonismo. • Regularidad sostenida: su rendimiento no depende del club ni del contexto, sino de su preparación y disciplina. • Adaptabilidad: capaz de liderar en España o en Italia, en equipos emergentes o consolidados, con diferentes sistemas tácticos y vestuarios multiculturales.
Ivana Andrés pertenece al grupo de futbolistas cuya importancia no siempre se ve en portadas o estadísticas, pero que son esenciales para construir la historia de un club o de una selección. Su carrera reivindica el valor de la constancia, la coherencia y la capacidad de liderazgo funcional.
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Desde Valencia hasta el Mundial 2023, Ivana ha demostrado que el fútbol no solo se recuerda por goles espectaculares o jugadas icónicas, sino también por aquellas futbolistas que permiten que todo lo demás ocurra. Su influencia se transmite a nuevas generaciones: defensas jóvenes que aprenden posicionamiento, compañeras que confían en su juicio y entrenadores que reconocen la fiabilidad como un activo estratégico.
En un fútbol femenino que ha pasado de la precariedad a la élite internacional, Ivana es símbolo de continuidad, estabilidad y liderazgo. Su legado es silencioso, pero profundo: la futbolista que sostiene, la central que hace mejores a sus compañeras y la capitana que no necesita protagonismo para marcar la diferencia.
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En resumen, el legado de Ivana Andrés combina logros deportivos, influencia silenciosa y coherencia profesional. No será recordada por un gol decisivo en una final, sino por haber sido la pieza central de equipos y vestuarios, por su capacidad de sostener el juego y por liderar con equilibrio y serenidad. Su trayectoria demuestra que, en el fútbol moderno, la consistencia y la fiabilidad son virtudes tan valiosas como la creatividad o la velocidad.
Con más de una década de carrera, títulos internacionales y experiencias en España e Italia, Ivana Andrés deja un mensaje claro para futuras generaciones: el liderazgo verdadero no siempre se ve, pero siempre se siente.
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La historia de Ivana Andrés es, sobre todo, una historia de coherencia, fiabilidad y liderazgo silencioso. Desde su llegada al Valencia CF Femenino en 2009/10 hasta su consagración internacional levantando la Copa del Mundo con España en 2023, su carrera no se ha contado a través de destellos mediáticos, sino mediante la constancia, la preparación y la capacidad de sostener equipos. Cada etapa de su recorrido refleja un aprendizaje, una adaptación y un compromiso con el juego colectivo que la distingue en la historia del fútbol femenino español.
En Valencia, Ivana Andrés comenzó como una joven promesa. Sus primeras temporadas estuvieron marcadas por la paciencia y el aprendizaje, por entender la categoría y encontrar su lugar en un fútbol femenino todavía en construcción. No destacaba por fuerza física ni por intervenciones espectaculares, sino por regularidad y lectura del juego. Esa fiabilidad fue la base sobre la que construiría su liderazgo futuro.
Entre 2014 y 2018, se consolidó como capitana y eje emocional del equipo, liderando con coherencia y sin estridencias. Su rol en la final de la Copa de la Reina 2015 simboliza esta etapa: fue el punto de referencia en defensa, el soporte silencioso del vestuario y la futbolista que hacía mejores a sus compañeras simplemente con su presencia.
El salto al Levante UD supuso un desafío distinto: demostrar que su rendimiento no dependía del contexto y que podía adaptarse a un equipo con mayores exigencias competitivas. Allí confirmó su capacidad de leer el juego, anticipar peligros y liderar sin imposición, consolidándose como central de élite y referente nacional.
El siguiente capítulo, el Real Madrid Femenino, la convirtió en la primera capitana de un proyecto histórico. Entre 2020 y 2024, Ivana no solo organizó defensas y sostuvo equipos, sino que también lideró un vestuario diverso y competitivo. Su protagonismo sobre el césped fluctuó con la llegada de talento internacional, pero su peso interno permaneció constante, demostrando que el liderazgo no siempre se refleja en minutos de juego, sino en la influencia diaria sobre el equipo.
En 2024, Ivana dio un paso internacional al Inter de Milán. En la Serie A, más física y directa que la Liga F, trasladó sus virtudes a un nuevo contexto: anticipación, colocación, comunicación y liderazgo silencioso. Su capacidad de adaptación y su influencia en un vestuario multicultural demostraron que su estilo y su fiabilidad trascienden fronteras, consolidándola como una central moderna, completa.
El punto más alto de su carrera llegó en 2023, cuando España se proclamó campeona del mundo y Ivana, como capitana, levantó la Copa del Mundo. Ese gesto no solo simboliza un triunfo deportivo: es la síntesis de una vida dedicada al liderazgo funcional, al trabajo constante y a la fiabilidad. En su imagen levantando el trofeo, no hay teatralidad ni ruido, sino recorrido, tiempo acumulado y coherencia, cualidades que definen su legado.
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Ivana Andrés no será recordada por goles decisivos ni jugadas icónicas que ocupen portadas; será recordada por haber sostenido equipos, haber hecho mejores a sus compañeras y haber liderado con discreción y eficacia. Su carrera reivindica el valor de la regularidad, la paciencia y la coherencia en un fútbol cada vez más acelerado y mediático.
Su influencia se percibe en cada generación que llega a la Selección y en cada equipo donde ha jugado. Defensoras jóvenes aprenden posicionamiento, delanteras confían en su juicio y entrenadores valoran la seguridad que ofrece a cualquier proyecto. En un fútbol femenino que ha pasado de la precariedad a la élite, Ivana es un símbolo de estabilidad, liderazgo y profesionalidad, demostrando que el verdadero impacto no siempre se ve, pero siempre se siente.
(Fuente: “El Partido de Manu”)
El recorrido de Ivana Andrés sirve como ejemplo para futuras generaciones: la grandeza puede construirse desde la constancia y la coherencia, desde la capacidad de sostener equipos y liderar sin necesidad de protagonismo. Su trayectoria demuestra que el fútbol femenino no solo se hace con talento brillante, sino también con liderazgo silencioso, visión táctica y compromiso diario.
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En el balance final, Ivana Andrés representa la esencia de la central que sostiene, la capitana que lidera sin estridencias y la futbolista que hace historia desde la regularidad y la coherencia.
Su carrera es una invitación a valorar a quienes, sin ruidos ni flashes, construyen los cimientos sobre los que otros pueden brillar. Y esa, sin duda, es una historia que merece ser contada, celebrada y recordada.
Hay victorias que se celebran y victorias que explican. En la historia de cualquier equipo grande, las segundas son las que de verdad construyen algo duradero, las que no necesitan confeti ni euforia inmediata porque su valor está en lo que dejan atrás y en lo que abren por delante.
La del 1-2 ante el Atlético de Madrid en enero de 2025 pertenece sin duda a ese segundo grupo. Fue un derbi incómodo, tenso, áspero, de esos que no se ganan por inspiración sino por madurez.
No fue solo un resultado ni un triunfo más en la tabla. Fue una cifra redonda alcanzada casi sin ruido. Fue la victoria número cien del Real Madrid Femenino en la Liga F. Un punto de inflexión silencioso que confirmó algo que llevaba tiempo flotando en el ambiente: que este proyecto, joven en edad pero adulto en exigencia, había aprendido a competir antes incluso de aprender a ganar títulos.
El dato, integrado en el contexto de su corta pero intensa historia, es tan contundente como revelador.
(Fuente: Club Deportivo Tacón)
Desde su origen como Club Deportivo Tacón hasta su consolidación definitiva como Real Madrid, el equipo ha disputado alrededor de ciento cincuenta y cuatro partidos de Liga, con un balance que no admite demasiadas interpretaciones: más de ciento catorce victorias, apenas una veintena larga de empates y algo más de dos decenas de derrotas. Un setenta y cuatro por ciento de triunfos en competición doméstica. Una cifra que no miente y que coloca al Real Madrid Femenino, por pura estadística, entre los grandes del campeonato desde el mismo momento en que nació.
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Pero para entender de verdad qué significa llegar hasta ahí, hay que mirar más allá de los números y volver al principio. Y el principio no fue blanco.
La temporada 2019-2020 no figura en los palmarés oficiales del Real Madrid Femenino, pero vive incrustada en su ADN competitivo. Aquella plantilla que compitió bajo el nombre de Club Deportivo Tacón fue, en realidad, el embrión real del proyecto actual. Un equipo joven, expuesto, valiente por momentos y frágil por otros, que tuvo que aprender a sobrevivir en la élite sin la protección del escudo más exigente del mundo. La operación que culminó con la absorción del Tacón por parte del Real Madrid, aprobada bajo la presidencia de Florentino Pérez por una cantidad cercana a los trescientos mil euros, no supuso una desaparición inmediata de la entidad creada por Ana Rosell.
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Antes de mutar, aquel equipo tuvo que competir durante un año bajo ese nombre, mantener la categoría y demostrar que merecía ocupar una plaza en la Primera División. La permanencia, certificada en un curso extraño y abruptamente interrumpido por la pandemia, permitió que el Real Madrid asumiera la plaza con una base ya profesionalizada.
El 1 de julio de 2020, la absorción se hizo oficial y comenzó una nueva era. Pero el aprendizaje ya estaba hecho. Y las cicatrices también.
Desde el primer partido como Real Madrid Femenino en la temporada 2020-2021, la exigencia cambió de manera radical. Ya no bastaba con competir bien ni con sobrevivir. Había que ganar. Y ese tránsito no fue inmediato ni sencillo. El 4 de octubre de 2020, en la primera jornada de la entonces Liga Iberdrola, el Barcelona visitó Valdebebas por primera vez para enfrentarse al Real Madrid. Aquella mañana marcó un antes y un después.
El 0-4 final, con goles de Patri Guijarro, un desafortunado tanto en propia puerta de Misa Rodríguez, Lieke Martens y Alexia Putellas, fue una bofetada de realidad. Una demostración cruda de la distancia que aún separaba al nuevo proyecto blanco de la referencia absoluta del fútbol femenino español y europeo.
Aquel golpe, lejos de hundir al equipo dirigido entonces por David Aznar, hoy integrado en las categorías inferiores de la selección española, sirvió como punto de partida. El Real Madrid Femenino no fue brillante durante toda la temporada, pero sí fue eficaz.
Supo construir una regularidad competitiva que le permitió terminar en segunda posición, por delante de clubes con mayor tradición en la élite como el Atlético de Madrid, el Levante o la Real Sociedad. No fue un camino estético ni perfecto, pero fue sólido. Y esa solidez, en un proyecto recién nacido, valía casi tanto como un título.
Año tras año, el equipo fue acumulando victorias, experiencias y capas de madurez hasta alcanzar ese número simbólico de los cien triunfos ligueros. Y lo hizo en un escenario cargado de significado. Un derbi ante el Atlético de Madrid, uno de los rivales que más ha medido el crecimiento del proyecto desde sus inicios, disputado en Alcalá de Henares el 5 de enero de 2025. El 1-2 final, con una actuación decisiva de Linda Caicedo, no fue solo una victoria más. Fue una confirmación. La delantera colombiana, símbolo de la nueva generación del fútbol mundial, resolvió un partido incómodo y adulto, muy distinto a aquellos primeros derbis en los que el Real Madrid aún parecía un invitado a la mesa de los grandes.
Aquel triunfo, además, cerraba un círculo: el primer derbi oficial había caído del lado rojiblanco en Valdebebas gracias a un solitario gol de Van Dongen. Este, en cambio, hablaba de otra cosa. De crecimiento. De método. De madurez.
hay trayectorias que solo se entienden cuando se observan con perspectiva, sin prisa, sin ruido, sin la urgencia del resultado inmediato.
El Real Madrid Femenino ha disputado, desde su irrupción en la élite del fútbol español, aproximadamente 154 partidos en Liga F. De ellos, ha ganado 114, ha empatado 16 y ha perdido 24. Un balance que, expresado en porcentaje, se traduce en algo tan contundente como difícil de ignorar: casi tres de cada cuatro partidos ligueros terminan con victoria blanca, lo que se traduce en un 74 % de triunfos.
En un campeonato cada vez más profesionalizado, con clubes históricos, proyectos consolidados y plantillas profundas, esa cifra no es un accidente. Tampoco es fruto de un solo año brillante ni de una racha aislada. Es la consecuencia directa de una regularidad sostenida en el tiempo, algo especialmente significativo en un equipo joven, sometido desde su nacimiento a una exigencia que no admite etapas de transición largas.
Disputar 154 partidos de Liga F no es solo acumular encuentros. Es atravesar temporadas completas, contextos cambiantes, lesiones, renovaciones de plantilla, cambios tácticos y momentos de duda. Es convivir con la rutina del campeonato doméstico, donde cada fin de semana exige concentración máxima.
En ese recorrido, el Real Madrid Femenino ha aprendido a ganar de muchas maneras. Ha vencido partidos dominando con balón, imponiendo ritmo y profundidad. Ha ganado otros desde la solidez defensiva, esperando el momento adecuado. Y también ha sabido sobrevivir en encuentros incómodos, de esos que no lucen, pero que suman.
Las 114 victorias no responden a un único patrón. Son el reflejo de una adaptabilidad progresiva, de un equipo que ha ido madurando su lectura del juego temporada tras temporada.
Ganar 114 partidos de 154 coloca al Real Madrid Femenino en una élite estadística indiscutible dentro del campeonato. No es una cifra habitual para un club sin títulos ligueros. Y ahí reside una de las claves de este proyecto: su capacidad para sostener el rendimiento incluso cuando los grandes trofeos aún no han llegado.
Cada victoria ha sido un ladrillo más en una construcción silenciosa. Muchas llegaron ante rivales de la zona media y baja, partidos donde la obligación de ganar era total. Otras se produjeron frente a equipos directos, encuentros donde la clasificación, el prestigio y la narrativa de la temporada estaban en juego.
Si hay una herida que sigue abierta en la historia reciente del Real Madrid Femenino, esa tiene nombre y lugar: Butarque, Copa de la Reina 2023. Aquella tarde, el equipo blanco rozó su primer gran título. Lo tuvo cerca, lo saboreó durante muchos minutos y lo perdió de la forma más cruel. El Atlético de Madrid, rival histórico y espejo incómodo, resistió, sufrió y encontró en un instante puntual la chispa que cambió la historia.
Una falta directa ejecutada de manera magistral por Estefanía Banini, hoy centrocampista del ONA, detuvo el tiempo y forzó una prórroga que desembocó en una tanda de penaltis.
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Golazo de Banini para empatar el partido en el último suspiro y volver loca a la afición de Butarque.
Allí, las jugadoras de Manolo Cano fueron más frías. Para el Real Madrid, aquella final fue una lección brutal. No tanto por la derrota en sí, sino por la manera en que se perdió. Porque desde ese día, el club entendió que competir ya no era suficiente, que estar cerca tampoco lo era. Que el siguiente escalón exigía temple, oficio y una frialdad que solo se adquiere a base de golpes.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) May 27, 2023
La Supercopa de España ha reproducido durante años un patrón similar. Llegar, competir, pero chocar una y otra vez con un Barcelona dominante, estructuralmente superior y acostumbrado a decidir finales. Marcadores abultados, sensaciones de distancia, noches difíciles como la del 22 de enero de 2025 en Butarque, donde el Barça volvió a imponerse con un contundente 5-0.
Esas derrotas expusieron sin maquillaje la diferencia entre ambos proyectos, pero también dejaron una enseñanza incómoda y necesaria: para ganar finales no basta con llegar.
Hay que llegar preparado emocionalmente. El Barcelona jugaba esos partidos con la naturalidad de quien ya ha estado allí muchas veces. El Real Madrid lo hacía con la tensión de quien siente que cada final es histórica. Esa diferencia no se entrena en una semana. Se construye con tiempo, con derrotas y con frustración.
En Europa, el crecimiento ha sido más progresivo y, en cierto modo, más pedagógico. La UEFA Women’s Champions League se convirtió pronto en el espacio donde el Real Madrid entendió qué significa realmente la élite. Superar fases de grupos, competir eliminatorias, alcanzar cuartos y semifinales no fue fruto de la casualidad. Fue el resultado de un proceso de endurecimiento. Europa enseñó al equipo a sufrir lejos de casa, a sostener partidos largos, a convivir con la presión ambiental y a asumir que cada error se paga. El Emirates Stadium fue una de esas aulas duras. Allí, una Alessia Russo soberbia lideró al Arsenal hacia las semifinales, antes de que las londinenses sorprendieran al Barcelona en la final de Lisboa con un gol de Blackstenius en el minuto setenta y cuatro.
Para el Real Madrid, aquella eliminación fue otra lección más en el camino: en la élite continental no basta con competir bien, ni siquiera con competir mejor durante muchos minutos. Hay que ser implacable.
Y, sin embargo, pocos días antes de hincar la rodilla en territorio británico, el Real Madrid logró lo que durante años pareció imposible. Tumbar al Barcelona en la Liga F. Y hacerlo, además, a domicilio.
El 1-3 de Montjuïc, en marzo de 2025, no fue solo la primera victoria oficial del Real Madrid Femenino ante el Barça. Fue una ruptura narrativa. Un golpe simbólico. Una demostración de que el dominio no es eterno y de que la historia también se escribe rompiendo estadísticas. Aquel partido condensó todo el camino recorrido: la paciencia acumulada, las goleadas encajadas, la resistencia mental, la capacidad para saber sufrir cuando tocaba y golpear cuando se podía. Ganar en Montjuïc fue tan importante como alcanzar las cien victorias ligueras. Todo formaba parte del mismo proceso.
(Fuente: Getty imágenes)
A partir de ese día, el Clásico dejó de ser un muro infranqueable para convertirse en un desafío. Durante años, cada enfrentamiento con el Barcelona parecía una prueba de que el proyecto aún estaba lejos. Aquel 1-3 cambió la percepción interna y externa. El Real Madrid ya no jugó pensando en no perder, sino en ganar. Y esa diferencia mental es, muchas veces, la frontera entre competir y vencer.
Hoy, el Real Madrid Femenino puede mirar sus números con orgullo y, al mismo tiempo, con conciencia de lo que falta. Más de ciento catorce victorias en Liga F, presencia constante en la Champions, finales nacionales disputadas, un Clásico ganado, una identidad cada vez más reconocible. Pero también noches como Butarque, derrotas en Supercopa, aprendizajes europeos. Porque la historia no se mide solo en cifras, sino en contextos. En tardes que duelen y en noches que liberan.
(Fuente: Liga F Moeve)
Toda esta evolución ha estado sostenida por protagonistas que no siempre ocupan los focos, pero que han dado continuidad y sentido al proyecto. Liderazgos silenciosos, futbolistas constantes, jugadoras que han entendido el peso del escudo y lo han asumido sin estridencias.
El Real Madrid Femenino ha crecido alrededor de una idea clara: el bloque por encima de la individualidad, sin renunciar al talento diferencial para decidir partidos.
En sus primeros años quiso jugar como se espera que juegue el Real Madrid, dominando y atacando. Con el tiempo, entendió que la élite exige adaptabilidad. Hoy sabe jugar partidos abiertos y cerrados, defender en bloque bajo, salir rápido, dominar cuando puede y resistir cuando toca. Esa evolución táctica, no siempre lineal pero sí constante, es una de sus victorias silenciosas.
(Fuente: UEFA )
Por eso ya no se le puede juzgar como un proyecto emergente. Ya no vale con competir bien ni con llegar. Ahora toca ganar títulos. Pero cuando lleguen —porque llegarán— no se entenderán sin este camino. Sin Tacón. Sin Butarque. Sin las derrotas en Supercopa. Sin las noches europeas. Sin Montjuïc. Sin la victoria número cien. Porque este equipo ha aprendido algo esencial: que ganar es importante, pero saber perder es lo que te prepara para hacerlo cuando de verdad importa.
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El Real Madrid Femenino pertenece a ese grupo de equipos que no nacen sabiendo ganar, sino que aprenden a hacerlo mientras cargan con un apellido que no admite excusas. Ganar con este escudo nunca es solo ganar. Es demostrar, convencer y justificar cada paso. Y en ese equilibrio incómodo entre la exigencia histórica y la juventud del proyecto, el Real Madrid Femenino sigue escribiendo su historia desde la persistencia, no desde la épica inmediata.
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Y así, cuando el futuro llegue con sus desafíos y sus finales, este equipo lo hará con una certeza interior: que ha recorrido el camino largo, el difícil, el que no se salta etapas. Que ha aprendido a caer sin romperse y a levantarse con más conocimiento.
Y entonces, cuando el balón vuelva a rodar en una gran noche blanca, cuando el estadio contenga la respiración y el escudo pese como nunca, resonará algo más que la ambición.
Resonará la memoria y con ella, la esperanza eterna del madridismo, esa que dice que el final siempre puede ser glorioso, porque “como no te voy a querer, como no te voy a querer, si fuiste campeón de Europa una y otra vez”.
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Y cuando el camino vuelva a empinarse —porque siempre lo hace— el Real Madrid Femenino sabrá que ya ha estado ahí. Que ya caminó sin red, que ya perdió cuando dolía, que ya aprendió cuando nadie miraba. Que las cien victorias no son una meta, sino una prueba de resistencia superada. Que lo verdaderamente importante no es cuántas veces ganó, sino todo lo que fue capaz de sostener antes de hacerlo.
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Este equipo ya no corre detrás de la historia: la empuja. Con pasos aún jóvenes, sí, pero con una convicción adulta. Sabe que el escudo no promete facilidades, promete exigencia. Y que cada derrota asumida, cada noche europea sufrida, cada final perdida, ha sido una página necesaria para llegar hasta aquí.
(Fuente: Laliga)
Porque el Real Madrid no se explica solo por lo que conquista, sino por lo que insiste. Y este Real Madrid Femenino insiste. Insiste en competir, en volver, en levantarse sin ruido y en crecer sin atajos. Insiste en honrar un apellido que pesa, pero que también empuja.
⬛️ La internacional brasileña es un mito rojiblanco que se cocinó a fuego lento y dijo no al eterno rival por amor al tres veces campeón de la Liga F Moeve.
Hay futbolistas que llegan a un club, y hay otras que, sin hacer ruido, se funden con él. Ludmila da Silva pertenece a la segunda categoría. No necesitó focos ni titulares rimbombantes para ganarse un lugar eterno en la historia del Atlético de Madrid Femenino. Lo hizo como se ganan las cosas que importan: corriendo cuando nadie más podía, defendiendo como si cada balón fuera el último y marcando goles que dolían al rival y abrazaban a la grada.
(Fuente: Laliga)
La “pantera” —apodo que surgió por su potencia, su zancada felina y su capacidad para atacar el espacio— se convirtió en un símbolo de trabajo, humildad y pertenencia. Su camino hacia la élite fue poco convencional. Hasta los 15 años practicó atletismo y capoeira, disciplinas que moldearon su fuerza, velocidad y coordinación. Fue entonces cuando un ojeador del Juventus de São Paulo la descubrió y la invitó a probarse. Ludmila superó la prueba y dio sus primeros pasos en el fútbol profesional.
(Fuente: Laliga )
Entre Juventus, São Caetano, Portuguesa, Rio Preto y São José, Ludmila fue consolidando su talento con goles decisivos y actuaciones que mostraban su capacidad para aparecer en los momentos más importantes. Su trayectoria en Brasil fue la antesala de lo que estaba por llegar a Europa.
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En 2017, tras superar una intervención quirúrgica, Ludmila aterrizó en el Atlético de Madrid. No llegó envuelta en campañas publicitarias ni promesas de estrellato: llegó como una pantera a la selva, observando, esperando el instante exacto para atacar. Debutó el 2 de septiembre ante el Fundación Albacete y en apenas 45 minutos dejó su primera asistencia. Apenas un mes después, marcó sus dos primeros goles ligueros ante el Athletic Club y fue reconocida como mejor jugadora de la jornada. El Atlético entendió entonces que no estaba ante una jugadora de paso: era un pilar.
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Su impacto se extendió a Europa. Debutó en la Liga de Campeones ante el Wolfsburgo y marcó su primer gol europeo en Alemania, dejando claro que su fútbol no conocía fronteras. Cuatro meses después, el club amplió su contrato de dos a tres años: Ludmila no era una apuesta, era certeza.
(Fuente: Atlético de Madrid)
La temporada 2017-2018 consolidó su influencia: goles decisivos, 11 tantos y 9 asistencias, máxima asistente junto a Amanda Sampedro y Sonia Bermúdez. En la Copa de la Reina, su gol en semifinales ante Granadilla demostró que aparecía siempre cuando más importaba.
(Fuente: Atlético de Madrid)
La 2018-2019 fue la temporada del salto definitivo. Desde su primer gol de la Liga hasta actuaciones decisivas en Champions ante el Manchester City, Ludmila demostraba que podía cambiar el rumbo de los partidos. En Copa de la Reina firmó actuaciones históricas: cuatro goles al Málaga y dos al Barcelona en semifinales, siendo máxima goleadora y reconocida como Mejor Iberoamericana por Marca. El Atlético conquistó su segunda Liga consecutiva y Ludmila se consolidó como símbolo del club.
(Fuente: RFEF)
En el curso 2019-2020 continuó brillando en Europa, marcando en tres ediciones consecutivas de Champions League y protagonizando acciones que salvaron eliminatorias. Ese año The Guardian la incluyó entre las 100 mejores futbolistas del mundo. A pesar de la pandemia, mantuvo un nivel sobresaliente en Liga y Copa, confirmando que era imprescindible para el equipo.
(Fuente: UEFA)
La temporada 2020-2021 fue la de su explosión total. Desde el 1-8 ante el Deportivo de la Coruña, con cuatro goles y una asistencia, hasta su influencia decisiva en la Champions ante Servette, Ludmila demostraba que cuando ella estaba en el campo, los partidos cambiaban. The Guardian la situó en el puesto 68 entre las mejores del mundo, reconocimiento global a una futbolista que había dejado de ser promesa para convertirse en realidad.
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La 2021-2022 trajo desafíos fuera del césped: Juegos Olímpicos, Covid y desgaste mental. Ludmila reconoció necesitar ayuda psicológica, un acto de valentía en un fútbol que aún castiga la vulnerabilidad. Su protagonismo disminuyó, pero su compromiso permaneció intacto. Alcanzó los 146 partidos, superando a Kenti Robles como la extranjera con más encuentros en la historia del Atlético. Su placa en el Paseo de las Leyendas inmortalizó su carrera y su fidelidad.
(Fuente: Laliga)
En la 2022-23, convertida en tercera capitana, lideró desde el ejemplo y con goles decisivos hasta que una lesión grave, rotura del ligamento cruzado anterior, la apartó del resto de la temporada y del Mundial. Aun así, fue líder moral en la final de la Copa de la Reina ante el Real Madrid, donde el Atlético remontó un 2-0 adverso y ganó en penaltis. Elegida mejor jugadora del año, su influencia trascendió estadísticas y minutos.
Su regreso al campo fue una lección de resiliencia: titular en cuartos de final de Copa ante el Real Madrid, le hizo un gol a Misa para acabar recordándoles a todos por qué el Atlético se enamoró de ella, y es que al no haberse mudado de Alcalá de Henares al Di Stéfano, demostró que había elegido el lado correcto en la capital española.
(Fuente: UEFA)
Su despedida, con expulsión incluida en la penúltima jornada de Liga, fue acorde a su estilo: intensa, determinante y recordando que las panteras no saben irse sin dejar huella.
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Tras siete temporadas, Ludmila deja un legado extraordinario: 196 partidos, 77 goles, dos Ligas, una Copa de la Reina y una Supercopa. Pero más allá de títulos y números, lo que la distingue es su fidelidad absoluta. Rechazó ofertas del Real Madrid, con condiciones económicas superiores y protagonismo asegurado, para permanecer fiel al Atlético, el club que creyó en ella cuando aún era un diamante sin pulir.
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Ludmila no solo corrió, luchó o marcó. Construyó identidad. Transformó al Atlético, dejó huella y se convirtió en símbolo de lealtad, sacrificio y compromiso. Su nombre quedará ligado a la historia del club, a la Liga F, a la épica de la Champions y a la inspiración de futuras generaciones.
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La pantera se despidió del Atlético, pero su legado es eterno. Eligió la fidelidad sobre la comodidad, la historia sobre el escaparate. Eligió ser leyenda.
(Fuente: Atlético de Madrid)
La brasileña es ahora futbolista del Chicago Red Stars de Estados Unidos, pero su rugido de pantera resonará por siempre en los corazones que laten en rojiblanco y a veces cuando Luany juega con el Atlético de Madrid de Víctor Martín parece que la magia de Da Silva, apellido que comparten la ocho y la exjugadora del Madrid CFF, ha poseído a la 22 que sueña con hacerse un hueco en la historia de las de Alcalá, ese que Ludmila se ganó a pulso, gol a gol.
🟦 La lateral de Tarrasa fue clave en los éxitos rojiblancos cuando los focos aún no alumbraban la Primera División Femenina y conviene no olvidarse de ella.
Hay nombres que explican títulos. Y hay nombres que explican procesos, transformaciones, cambios de mentalidad. Marta Corredera pertenece a esa segunda categoría, mucho más difícil de medir y, por eso mismo, infinitamente más valiosa. Su paso por el Atlético de Madrid Femenino no puede resumirse en partidos jugados ni en trofeos levantados. Corredera fue estructura, fue cultura competitiva, fue ejemplo diario. Fue una de las futbolistas que ayudó a que el Atlético dejara de preguntarse si podía ganar y empezara a preguntarse cómo iba a hacerlo. Este reportaje no es una cronología fría: es una reivindicación. Una mirada larga, profunda y épica al legado de una futbolista imprescindible en la historia rojiblanca.
Para entender la importancia de Marta Corredera hay que retroceder a un tiempo en el que el Atlético de Madrid Femenino todavía estaba construyéndose a sí mismo. No desde la precariedad, sino desde la ambición emergente. Era un equipo con talento, con energía, con identidad por definir. Un club que había decidido apostar, pero que necesitaba algo más que intención: necesitaba convicción.
En ese escenario aparece Corredera. Y su llegada no fue una incorporación más. Fue una declaración de intenciones. El Atlético fichaba a una futbolista hecha, madura, internacional, campeona, acostumbrada a convivir con la exigencia diaria. Una jugadora que no venía a aprender qué era ganar, sino a enseñar cómo se gana.
Corredera llegó cuando el proyecto todavía estaba escribiendo sus primeras páginas doradas. Y eso la convierte, inevitablemente, en jugadora fundacional de una era.
Definir a Marta Corredera solo por su posición sería quedarse en la superficie. Lateral derecha, carrilera, interior, extremo ocasional. Todo eso fue. Pero, por encima de todo, fue una futbolista total, una de esas piezas que elevan al colectivo porque entienden el juego más allá de su zona.
Corredera era táctica, disciplinada, agresiva cuando tocaba y serena cuando el partido pedía cabeza. Tenía recorrido, lectura defensiva y una capacidad notable para elegir bien en los momentos clave. Nunca fue una jugadora anárquica. Siempre fue funcional al equipo.
En un Atlético que empezaba a construir su identidad sobre el orden, la intensidad y el compromiso colectivo, Corredera encajó como si hubiera nacido para vestir de rojiblanco.
Los grandes equipos no se construyen solo con genialidades. Se construyen con fiabilidad. Con futbolistas que garantizan un nivel alto partido tras partido. Corredera fue exactamente eso para el Atlético.
Su banda era territorio seguro. No regalaba ventajas. No se desconectaba. Y cuando el equipo necesitaba empuje, lo daba. Cuando tocaba cerrar filas, estaba. Esa regularidad fue una de las bases sobre las que el Atlético empezó a competir de tú a tú con cualquiera.
Corredera no necesitaba firmar portadas para ser decisiva. Su importancia estaba en el día a día, en la constancia, en el trabajo silencioso que sostiene a los proyectos ganadores.
No todas las líderes llevan brazalete. Algunas lideran desde el ejemplo. Marta Corredera fue una de ellas. Su liderazgo no era estridente, pero sí profundo. Se notaba en los entrenamientos, en la manera de competir, en la exigencia consigo misma y con el entorno.
Para las futbolistas más jóvenes, Corredera fue una referencia. Una demostración de lo que significa ser profesional de alto nivel. De cómo se entrena. De cómo se compite incluso cuando el cuerpo no acompaña. De cómo se respeta el escudo cada día.
Ese tipo de liderazgo no se ve en las estadísticas, pero se queda en los vestuarios para siempre.
Atlético de Madrid Femenino empezó a ganar títulos. Y ganar cambia todo. Cambia la percepción externa y, sobre todo, cambia la percepción interna. Defender un título es más difícil que conquistarlo. Y ahí, futbolistas como Corredera fueron fundamentales.
Porque ganar exige algo más que talento. Exige carácter. Exige resistencia emocional. Exige saber gestionar la presión. Corredera ya había estado ahí. Ya sabía lo que significaba competir con la obligación de vencer. Y trasladó esa experiencia al grupo.
El Atlético dejó de sentirse invitado en la élite y empezó a instalarse en ella. Y ese salto no se entiende sin la aportación de futbolistas que sabían cómo convivir con la exigencia permanente.
La Champions fue el escenario donde el Atlético se midió a sí mismo. Donde descubrió qué le faltaba y qué ya tenía. Y Corredera fue una de las futbolistas que mejor representó esa madurez competitiva.
En Europa, cada error pesa más. Cada desajuste se paga. Y Corredera aportó equilibrio, lectura y experiencia. No se aceleraba. No se escondía. Entendía el ritmo del partido y ayudaba al equipo a mantenerse con vida en contextos hostiles.
Europa no perdona la ingenuidad. Corredera nunca fue ingenua y eso lo sabemos los que seguimos el fútbol femenino desde antes de que se considerase profesional a la lleva de Beatriz Álvarez a la presidencia de la patronal.
Con el paso del tiempo, la figura de Marta Corredera se agranda. Porque la historia se entiende mejor con distancia. Porque se valora más lo que fue esencial. Corredera fue una de las futbolistas que cambió el destino competitivo del Atlético de Madrid Femenino.
No fue una jugadora de transición. Fue una jugadora estructural. Parte de un núcleo que convirtió al Atlético en campeón. Que enseñó al equipo a resistir, a competir, a creer. Hoy el Atlético de Madrid Femenino es un club respetado, temido y reconocido. Pero nada de eso nació de la nada. Se construyó. Partido a partido. Entrenamiento a entrenamiento. Con futbolistas como Marta Corredera.
Recordarla no es nostalgia. Es memoria histórica. Es entender que el ADN campeón del Atlético se forjó con esfuerzo, con compromiso y con futbolistas que entendieron el escudo antes incluso de que el escudo supiera lo grande que podía llegar a ser.
Marta Corredera no solo pasó por el Atlético de Madrid y ayudó a definirlo.
La exjugadora del Barcelona pasó de forjar el carácter rojiblanco a sobrevivir a una salida injusta en el Real Madrid; de la banda al micrófono de RTVE, su voz ahora añade memoria y verdad al relato del fútbol femenino.
Hay trayectorias que solo se comprenden si se cuentan sin cortes: lo que se hizo, lo que se sufrió y lo que se convierte en enseñanza. Marta Corredera es una de esas trayectorias. Fue pieza clave en la construcción del Atlético de Madrid femenino; siguió demostrando su jerarquía en el Levante; vivió una despedida del Real Madrid que muchos juzgaron fría y poco digna para quien tanto había dado al fútbol español; y hoy transforma esa experiencia en autoridad periodística desde RTVE. Este reportaje es una defensa apasionada: sí, Marta fue jugadora; sí, sufrió; y hoy, más que nunca, merece reconocimiento —por lo que hizo en el campo, por cómo respondió a la adversidad y por la nueva dimensión pública que ejerce con honestidad y conocimiento de causa.
El traslado al Levante U.D. no fue un paso hacia atrás: fue otro capítulo de validación. En un club con otra idiosincrasia, con retos diferentes, Marta demostró que su fútbol no dependía del nombre en la camiseta sino de sus principios profesionales. Allí volvió a ser referente, a poner orden y a aplicar la experiencia adquirida. Jugadoras como ella no solo suman rendimiento, también elevan los estándares del día a día: imponen rutinas, transmiten hábitos, contagian profesionalidad. Son piezas que endurecen el grupo sin renunciar a la sensibilidad del juego.
Y después llegó el Real Madrid, una etapa que terminó siendo, para ella, dolorosa. Su salida del club blanco fue gestionada con frialdad, con matices de incomprensión y, para muchos, con falta de la gratitud que su carrera merecía. No hablamos aquí de estadísticas; hablamos de trato humano. Cuando una jugadora que dio tanto al fútbol español se marcha entre sombras administrativas o sin el reconocimiento público acorde a su trayectoria, no es un simple movimiento de mercado: es una noticia que revela carencias del fútbol respecto a sus protagonistas. En este punto debemos posicionarnos. Apoyo incondicional a la futbolista que sufrió una despedida que no estuvo a la altura de su carrera. Defender a Marta en este episodio no es tomar partido gratuitamente; es recordar que el fútbol —y quienes lo dirigen— tiene la obligación moral de cuidar la memoria de quienes lo construyen.
(Fuente: Real Madrid)
Esa mala salida pudo ser un punto final devastador. Para muchas habría significado silencio y retirada dolorosa; para Marta fue combustible para insistir en su dignidad. Porque la grandeza se mide también por la respuesta a la injusticia porque en Valdebebas no la supieron valorar tras su embarazo.
Marta Corredera ha querido alzar la voz para contar su historia de como pasó el tiempo en el Real Madrid mientras estaba embarazada. La que fuera lateral del equipo blanco cuenta en El Periódico cómo vivió su maternidad, además de hablar del abandono que sintió por parte del club. La catalana anunció su embarazo en enero de 2022 y, después de un parto complicado con cesárea, Marta Corredera no pudo volver a jugar y se despidió del equipo blanco el 30 de junio de 2023. «Contar mi historia ha sido difícil. He pensado mucho en si debería hacerlo o no, pero creo que todas las mujeres se merecen ser cuidadas y respetadas», escribió en su twitter. Corredera tuvo un embarazo complicado (vómitos, náuseas y mareos, cogió la baja médica) y después sufrió también las secuelas de la cesárea. «Por parte del club yo no tuve ningún tipo de ayuda en ese sentido. A mí en ningún momento me llamaron para preguntarme cómo estaba o si necesitaba algo en cuanto a condición física», comenzó diciendo.
‘ Dejé de jugar porque obviamente la doctora me dijo que no tenía ningún sentido correr riesgos. En enero (2022) vuelvo a Madrid (se marchó a Barcelona con su familia en diciembre de 2021) a contárselo a Ana Rossell (directora de la sección femenina). Me entran muchas dudas, porque es un momento de vértigo. Hablé con el club, me volví para acá y cogí la baja médica. No se ponen medidas específicas sobre la mesa para mi caso. Me llaman del club, no me llama ni Ana Rossell ni el responsable del femenino, no sé si era del departamento de integridad. Me propusieron que, como yo no podía ejercer mi actividad laboral normal, debía ir a ayudar a los equipos femeninos por las tardes a Valdebebas a no sé a qué, estar allí desde las 19 horas de la tarde hasta las 21 h de la noche, para cumplir mi contrato. Yo en ese momento me quedé en shock porque mi contrato es de jugadora profesional y yo entiendo que para esta casuística tiene que haber un protocolo o algo que me ampare, ¿no? Que me proteja. Lo último que necesitaba en ese momento es que se me apartase del equipo y se me mandase con la cantera, porque yo creo que no es ni lógico ni ético», desveló. Y no solo por parte del club, sino incluso de algunas de sus compañeras que le dieron la espalda en estos duros momentos. «Estaba en el grupo del equipo y pongo que ya había nacido mi hija. Les mandé una foto. Por ahí recibo felicitaciones de la mayoría de la plantilla, pero no de todas. Hay gente que decidió no felicitarme. A partir de ahí yo me siento muy abandonada porque no dejo de ser una jugadora de la plantilla, que es verdad que estoy de baja por maternidad, pero que en teoría en algún momento de un futuro próximo me tenía que reincorporar a la actividad. Desde el momento que yo doy a luz me siento muy abandonada porque no tengo ningún tipo de contacto con el club, ni con los fisios, ni con el preparador, ni con un médico. Para mí mentalmente no fue nada fácil. Yo sabía que las deportistas éramos cromos, pero estamos hablando de una situación que antes de la de la futbolista va a la persona. Y en ese momento la Marta persona se sintió muy abandonada. Es verdad que yo estoy en Barcelona y estoy de baja, pero eso no significa que se tengan que olvidar de mí o que no me puedan ayudar», finalizó Marta.
Su paso al periodismo deportivo, y muy especialmente su trabajo en RTVE, debe leerse en clave de reparación y de valor añadido. En un país donde el discurso sobre el fútbol femenino a menudo ha sido superficial o paternalista, la presencia de alguien que ha vivido vestuarios, competiciones internacionales, presión por títulos y la amargura de una salida mal resuelta es un activo incalculable. Marta aporta empatía, contexto y una mirada que no se limita a describir jugadas: contextualiza decisiones tácticas, entiende los matices de los estados anímicos en los vestuarios y rescata la humanidad detrás del rendimiento. En RTVE no es solo comentarista; es puente entre lo que se ve en la tele y lo que realmente ocurre detrás de la camiseta.
Su labor en antena equivale a pedagogía. Habla a quien disfruta del fútbol y a quien lo analiza desde la distancia; traduce complejidades tácticas con palabras accesibles sin renunciar al rigor; reivindica la voz de las futbolistas con el peso de quien también fue protagonista; y aporta memoria en un medio masivo: recuerda procesos, visibiliza deudas históricas y obliga a la audiencia a entender que el fútbol femenino no es una moda, sino una realidad que tiene raíces y protagonistas concretos.
Todo ello, además, lo hace con honestidad: no busca réditos personales sino explicar el juego y, cuando toca, denunciar o apoyar con argumentos.
Apoyar a Corredera en la narrativa pública no significa idealizarla. Significa reconocer que su trayectoria merece defensa porque reúne talento, entrega y la dignidad de quien afrontó una salida mal gestionada con elegancia y con firmeza. Significa poner en valor su papel como transmisora de conocimiento y memoria en RTVE, una función que beneficia al deporte y a la sociedad que lo consume. Marta hoy es testigo y maestra; su micrófono permite que las historias mal contadas vuelvan a tener voz propia.
La huella que dejó en el Atlético es indeleble. Fue pieza activa en la configuración de una mentalidad ganadora: no la de los fuegos de artificio, sino la del trabajo cotidiano, la del sacrificio colectivo que acaba derivando en títulos y en respeto. Esa huella se combina con la experiencia en Levante y con la amarga lección del Real Madrid para ofrecer un retrato completo de una futbolista que se forjó en el terreno y que, tras el golpe, eligió también iluminarlo desde la comunicación.
Decir que Marta Corredera es importante para la historia del fútbol femenino español no es retórica: es realidad. Fue parte de procesos de consolidación, acompañó generaciones, ordenó dinámicas y hoy, desde RTVE, explica por qué esos procesos importan. Su voz reivindica a quienes construyen lejos de los focos y exige mejores maneras de despedir a los que dieron tanto. Es la voz que recuerda que la dignidad profesional no caduca con una cláusula contractual ni se borra con el cambio de una camiseta.
En el balance final, su relato completo —la formación de carácter en el Atlético, la confirmación en el Levante, la herida abierta en el Real Madrid y la consagración comunicativa en RTVE— constituye una lección: que las carreras tienen capítulos dulces y amargos, y que la medida de una jugadora también está en cómo traduce esas experiencias para el bien común. Marta Corredera eligió no callar ni esconderse; eligió hablar, enseñar y sostener la memoria del fútbol femenino. Por eso su figura merece más que un recuerdo efímero: merece defensa, reconocimiento y, sobre todo, escucha.
Corredera no dejó que la narrativa dominante la redujera. Al contrario: transformó la experiencia en aprendizaje, y a ese aprendizaje le añadió una nueva faceta pública: la de analista y comentarista en RTVE.
palmarés de Marta Corredera refleja mucho más que títulos; es un testimonio de consistencia, profesionalidad y liderazgo a lo largo de toda su carrera. Con el Atlético de Madrid Femenino se convirtió en pieza clave para la conquista de la Liga española en varias temporadas, además de participar de manera destacada en competiciones europeas, dejando su sello en el crecimiento y la consolidación del equipo. Posteriormente, en el Levante UD, aportó su experiencia y liderazgo, contribuyendo al nivel competitivo de un equipo emergente en la primera división y demostrando que su valor no dependía del nombre de la camiseta. Su etapa en el Real Madrid Femenino, aunque breve, estuvo marcada por la profesionalidad y entrega, dejando constancia de su compromiso incluso en un contexto complejo. A nivel internacional, Corredera se consolidó como referente polivalente de la selección española absoluta, participando en torneos europeos y mundiales y sumando experiencia que reforzó su autoridad dentro y fuera del campo. En conjunto, su trayectoria demuestra que su legado no se mide solo en trofeos, sino en ejemplo, constancia y liderazgo dentro del fútbol femenino español.
Palmarés |
El palmarés de Marta Corredera es impresionante, destacando seis Ligas españolas, cinco Copas de la Reina y una Copa de la Liga con clubes como el FC Barcelona, Atlético de Madrid y Real Madrid, además de logros con la selección española (Cyprus Women’s Cup, Algarve Cup), consolidándose como un referente del fútbol femenino con una carrera llena de títulos nacionales e internacionales.
Con Clubes (España): Liga F / Primera División: 6 veces campeona (principalmente con Barcelona y Atlético de Madrid). Copa de la Reina: 5 veces campeona (con Barcelona y Atlético de Madrid). Copa de la Liga: 1 vez campeona. Con la Selección Española: Cyprus Women’s Cup: 1 título (2018). Algarve Cup: 1 título (2017). Participación en Mundiales (Canadá 2015, Francia 2019) y Eurocopas. Reconocimientos Individuales: Premiada como mejor deportista del año en Tarrasa, su ciudad natal. Ha sido un pilar en la selección y en los grandes clubes españoles como el Barcelona (donde pasó 5 temporadas).
En resumen, Marta Corredera acumuló un palmarés envidiable, siendo una de las pioneras y jugadoras más laureadas del fútbol femenino español y europeo.
¡Madrid se paraliza! El conjunto capitalino recibe al colchonero en el Fernando Torres en un choque de rivalidad histórica.
Día histórico para el Atlético de Madrid Femenino. En la tarde del 17 de marzo de 2018 han disputado su primer encuentro en el nuevo Metropolitano.
Las colchoneras han sumado un punto tras empatar a dos ante el Madrid CFF con goles de Aurélie Kaci y Marta Corredera.
22.202 espectadores se dieron cita en el nuevo Metropolitano para el partido del Atlético de Madrid Femenino, lo que suponía la mejor entrada para el equipo rojiblanco, y la tercera en el fútbol femenino español.
El Atlético Femenino comenzó el partido muy enchufadas, realizando constantes llegadas a la meta rival. Cuando no se había llegado ni al primer minuto de juego, llegó el primer centro peligroso de las colchoneras. A los 3′, Andrea Pereira fue la que probó suerte. Cuando el partido llegaba a los 6′ minutos, Sonia Bermúdez, desde la derecha, se la cedía a Aurélie Kaci, que disparaba desde fuera del área y..¡¡¡GOOOOOOOOOOL DEL ATLÉTICO DE MADRID FEMENINO!!! ¡¡¡GOOOOOOOOOL DE AURÉLIE KACI!!! La centrocampista francesa se convertía en la primera futbolista en marcar en el nuevo Metropolitano.
Dos minutos después, Jade Boho puso el empate en el marcador tras marcar de elevación.
A pesar del 1-1, el Atlético Femenino seguía como hasta entonces, creando ocasiones, y haciendo un buen fútbol. Y en el 17′, Kenti Robles centraba desde la banda derecha, Marta Corredera recogía el balón en el área, disparaba y..¡¡¡GOOOOOOOOOOL DEL ATLÉTICO DE MADRID FEMENINO!!! ¡¡¡GOOOOOOOOOOL DE MARTA CORREDERA!!! La ’14’ colchonera ponía el 2-1 en el marcador.
Solo dos minutos después, la propia Marta Corredera estuvo cerca de hacer el tercero. Las pupilas de Ángel Villacampa estaban haciendo un gran partido, y en el 21′, fue Ángela Sosa la que probó suerte, pero la defensa visitante tapó el intento de la andaluza. Dos minutos más tarde, Sonia Bermúdez disparó desde fuera del área, Paola Ulloa tocó el esférico, y el balón se fue al palo. ¡Vaya tiro de Sonia! Las colchoneras estaban creando muchas ocasiones.
En el 28′, Amanda Sampedro, desde dentro del área grande, disparó alto de la portería rival. En el 35′, Jade Boho volvía a poner las tablas en marcador desde dentro del área, 2-2.
Jucinara Soares iba a tener la última ocasión del primer tiempo con un disparo lejano, pero la meta visitante logró tapar el intento de la brasileña. Todo esto fue el primer tiempo.
Las 22 protagonistas ganaban el túnel de vestuarios con el marcador reflejando las tablas y todo de abría de decidirse en el segundo y definitivo acto en la capital española.
Ya en la segunda parte, el encuentro se igualó más, y las colchoneras no conseguían llegar con tanta asiduidad a la portería rival. Esther González y Sonia Bermúdez lo intentaron desde fuera en alguna ocasión, pero sin fortuna. El técnico rojiblanco realizó tres sustituciones, dio entrada a Andrea Falcón en 58′, Sana Daoudi en el 62′ y Viola Calligaris en el 77′, en busca de una mayor profundidad.
Las colchoneras tenían mayor posesión de balón, y buscaban el tercer gol, pero los minutos pasaban y el gol no llegaba. Andrea Falcón remató de cabeza, pero el esférico se marchó alto. También Viola Calligaris lo intentó. En el tiempo de descuento, Andrea Pereira disparó desde fuera del área, pero su remate se marchó alto.
El tiempo no dio para más, y el Atlético Femenino sumó un punto ante un gran Madrid CFF que demuestra que sigue creciendo partido a partido .
Ficha técnica:
Atlético de Madrid Femenino: Lola Gallardo, Kenti Robles (Andrea Falcón, 58′), Andrea Pereira, Carmen Menayo, Jucinara Soares, Aurélie Kaci (Sana Daoudi, 62′), Ángela Sosa, Amanda Sampedro, Marta Corredera, Sonia Bermúdez y Esther González (Viola Calligaris, 77′).
Madrid CFF: Paola Ulloa, Ona Battle, Marta García ‘Costa’, Ana María Catalá, Leticia Méndez, Paula Serrano (Silvia Rubio, 80′), Saray García, Yasmin Mrabet, Jade Boho (Geyse Ferreira, 67′), Patricia Mascaró (Laura del Río, 60′) y Alba Mellano (Julia Bianchi, 56′).
CÁrbitra: Fría Acedo.Incidencias: Partido correspondiente a la vigésima tercera jornada de la Liga Iberdrola disputado en el Wanda Metropolitano. Cabe destacar la presencia de 22.202 espectadores
Goles:
1-0 Kaci 7’ ⚽️
1-1 Jade Boho 9’ ⚽️
2-1 Marta Corredera 17’ ⚽️
2-2 Jade Boho 36’ ⚽️
Partido completo:
El contenido del vídeo es propiedad exclusiva de YouTube,
Mejores momentos:
(El contenido del vídeo es propiedad exclusiva del Club Atlético de Madrid Femenino)
Un derbi con una notable rivalidad deportiva y en España es aquel encuentro entre dos equipos de proximidad regional o local, algo que se da cuando hablamos del Madrid CFF y el Club Atlético de Madrid Femenino, dos equipos que representan a la capital.
La LPFF ha fijado este choque de alto voltaje en la novena jornada de la Liga F y se desarrollará el próximo domingo, 19 de noviembre de 2023, a las 16:00 horario peninsular sobre el césped de nuestro feudo, el Estadio Fernando Torres (Fuenlabrada).
Las evoluciones de este compromiso se van a poder seguir a través de DAZN, quien tiene los derechos de la competición hasta 2027.
Los últimos precedentes históricos le traen buenos recuerdos a nuestro Madrid CFF, no en vano, la pasada temporada fuimos capaces de puntuar en ambas ocasiones, primero en Alcalá de Henares (1-1) con un gol de Grace Chanda y una parada al penalti de Ludmila de Paola Ulloa en el minuto 89 de juego.
En la segunda vuelta, el Madrid CFF logró meritorio empate (2-2) con las dianas de Lucía Pardo y Karen Araya que sirvieron para hacer estériles los tantos visitantes de Van Dongen y Bárbara Latorre.
Aquel partido terminó con empate a dos goles con doble remontada de nuestro Madrid CFF con goles de Jade Boho Sayo que hizo enloquecer a la afición blanca que se encontraba en el Metropolitano el pasado 17 de marzo de 2018.
Este derbi será un reto mayúsculo que nuestro Madrid CFF habrá de afrontar dentro de menos de siete días después de haber remontado un duelo ante el Costa Adeje Tenerife (3-2), caer de manera injusta ante el Levante Unión Deportiva y de conquistar una plaza siempre difícil como Lezama frente al Athletic Club (1-2).
Los fans son una parte esencial del Madrid CFF desde su fundación en el año 2010 por parte de D. Alfredo Ulloa y por eso les recomendamos que acudan a presenciar el cara a cara en directo desde el graderío mediante la adquisición de entradas por tan sólo 20 euros la unidad o bien mediase la reserva de un abono para lo que resta de temporada, que también da derecho a vivir los partidos de la Copa de la Reina que juguemos como local mediante el desembolso de una cuantía económica que oscila entre los 70 y los 100 € en función de la ubicación que se obtenga, porque este club no se entiende sin sus seguidores, que les empujan a lograr grandes gestas deportivas como la histórica victoria sobre el Fútbol Club Barcelona por 2-1 que tuvo lugar en la trigésima jornada del pasado curso, una gesta imposible sin su respaldo incondicional.
¡Tras ocho años! El Campeonato será reemplazado por la Primera Iberdrola a partir de septiembre de 2019.
La Real Federación Española de Fútbol hizo oficial la creación de la Primera División Pro, competición a la que se han adscrito todos los clubs que formaban parte de la Primera División de Fútbol Femenino en España.
El nuevo modelo de competición contará también con una Segunda División Pro que estará integrada por 32 entidades.
Así las cosas. la RFEF ya está ultimado los detalles de este nuevo torneo que hará públicos en fechas venideras y que se iniciaría el próximo 8 de septiembre de 2019.
¡Refuerza la medular! La internacional española llega procedente del Montpellier.
El Club Atlético de Madrid Femenino, vigente campeón de la Liga Iberdrola 2018/2019, hizo oficial la incorporación de Virginia Torrecilla.
La operación, de la que se llevaba hablando incluso antes del comienzo de la Copa Mundial Femenina de Francia 2019, vinculará a la exjugadora del Montpellier HSC con la escuadra que dirige desde el área técnica José Luis Sánchez Vera para las dos campañas venideras, léase, hasta el próximo 30 de junio de 2021.
La llegada de la internacional española a las filas del combinado rojiblanco supone el tercer fichaje que ha ejecutado Lola Romero en lo que llevamos de mercado estival tras las llegadas de Olga Ovdiyuck y Verónica Charlyn Corral.
Así las cosas, al vigente subcampeón de la Copa de la Reina tendrá una línea medular de ensueño con Sílvia Meseguer y la que fuese canterana de la Unión Deportiva Collerense.
¡Regresa a casa! La atacante de Huéscar refuerza al combinado valenciano en la parcela ofensiva.
El Levante Unión Deportiva Femenino hizo oficial la incorporación de Esther González Rodriguez para las dos campañas venideras, léase, hasta el próximo 30 de junio de 2021.
La operación, comenzó a gestarse el pasado 29 de junio de 2019, fecha en la que la ariete andaluza se desvinculase del Club Atlético de Madrid Femenino tras no aceptar la propuesta de renovación que le planteó la entidad que preside Lola Romero, se ha cerrado tan sólo un día después de que Verónica Charlyn Corral fichase por la escuadra colchonera.
La futbolista granadina vivirá su 2ª etapa en el Levante, club que la hizo debutar en Primera División allá por la temporada 2009/2010.
Así las cosas, la llegada de Esther a la Ciudad Deportiva de Buñol supone el segundo refuerzo ofensivo para la escuadra que dirige desde el área técnica Maria Pry tras el fichaje de Alba Redondo el pasado 14 de junio de 2019.
¡Está de vuelta! @Estheeer9 se incorpora a las filas granotas. ¡Bienvenida a casa de nuevo 🔵🔴!
¡Ya es colchonera! La ariete azteca llega a Madrid tras desvincularse de Levante.
El Club Atlético de Madrid Femenino, vigente campeón de la Liga Iberdrola 2018/2019, hizo oficial la incorporación de Charlyn Corral.
La operación, que era un secreto a voces tras la llegada de Alba Redondo a la Ciudad Deportiva de Buñol, supone el 2º refuerzo rojiblanco tras el fichaje de Olga Ovdiyuck.
La internacional mexicana llevaba años en la órbita de la escuadra que preside Lola Romero y destaca por su gran capacidad anotadora, no en vano, la pasada campaña firmó 20 dianas en 30 jornadas. Esta cifra, para nada desdeñable, le permitió ocupar el segundo puesto en el Trofeo Pichici por detrás de Jennifer Hermoso.
Si atendemos a las estadísticas, caeremos en la cuenta de que la nueva delantera del subcampeón de la Copa de la Reina, de la que la no ha trascendido la duración del vínculo con las pupilas de José Luis Sánchez Vera, ya fue la máxima realizadora de la Primera División de Fútbol Femenino en España durante el curso futbolístico 2017/2018 merced a sus 24 goles en el que era su tercer año como atacante granota.
‘He llegado a un buen lugar y no tengo duda de que seré feliz aquí’, aseveró Charlyn en declaraciones a la web oficial del club madrileño.