Categoría: FÚTBOL

  • Oficial | María José Pérez ya es azulona

    (Fuente: Alhama ElPozo)

    ◼️ La experimentada ariete canaria deja el Club Deportivo Argual, con el que no ha llegado a debutar, para reforzar a las murcianas.

    El Alhama Club de Fútbol ElPozo, semifinalista de la Copa de la Reina en 2023, ha protagonizado el bombazo del mercado de invierno en la Liga Profesional de Fútbol Femenino.

    La operación se ha rubricado de manera fulgurante e inesperada, dado que la exjugadora del Levante Unión Deportiva se había comprometido con el Club Deportivo Argual de Segunda RFEF hace escasos días y ahora rompe su unión con la escuadra de La Palma.

    El CD Argual ha emitido este viernes 30 un comunicado oficial mostrando su decepción con las apenas 24 horas que María José Pérez estuvo ligada a la entidad palmera: «El CD Argual informa que, apenas 24 horas después de su presentación oficial como nueva jugadora del club, María José Pérez comunicó al club y al cuerpo técnico su decisión de aceptar una oferta de otro equipo de la Liga F, poniendo fin de manera unilateral a su vinculación con nuestra entidad. Desde el CD Argual queremos dejar constancia de que, en el momento de su presentación pública, la jugadora había manifestado su compromiso con el proyecto deportivo del club, motivo por el cual se procedió a realizar el acto oficial ante medios de comunicación e instituciones. La entidad considera que esta situación no se ajusta a los valores de respeto, compromiso y responsabilidad que defiende el CD Argual, especialmente hacia las personas que conforman el club, la afición y las jugadoras y cuerpo técnico, que trabajan con honestidad y esfuerzo por el crecimiento del fútbol femenino en La Palma. El CD Argual lamenta profundamente lo ocurrido y el perjuicio causado a la imagen del club, así como a las personas e instituciones que respaldan este proyecto, y desea dejar claro que continuará trabajando con firmeza y seriedad, apostando únicamente por futbolistas plenamente comprometidas con nuestra filosofía y nuestros objetivos. El club no realizará más valoraciones públicas sobre este asunto y centra desde este momento todos sus esfuerzos en apoyar al equipo en la segunda vuelta y en la planificación deportiva de la siguiente temporada», explicaron.

    (Fuente: Club Deportivo Argual)

    La “17” es una leyenda del Costa Adeje Tenerife Egatesa, actual cuarto clasificado en la Primera División Femenina, del que salió el pasado 27 de enero de 2026, a pesar de tener contrato hasta final de la campaña.

    “María José es un símbolo del club; siempre hemos dicho que continuaría hasta que ella quisiera. Estamos encantados. Se lo ha ganado en el campo con su rendimiento, nadie le ha regalado nada y está siendo un gran ejemplo para muchas otras futbolistas jóvenes”, señaló Sergio Baptista, presidente de la entidad, con motivo de la última renovación de la jugadora a finales del pasado curso.

    María José es, junto a las hermanas Noelia y Natalia Ramos, una de las grandes supervivientes de la plantilla que inició la andadura del entonces Granadilla Tenerife McDonald’s en la temporada 2013/2014. La ariete fue una de las grandes heroínas del ascenso a la máxima categoría en junio de 2015, al firmar tres goles en dos partidos frente al Real Betis, y se consolidó desde entonces como un referente del equipo tanto dentro como fuera del terreno de juego.

    “Ha demostrado en todo momento su máximo respeto y amor por esta profesión, convirtiéndose en una futbolista legendaria”, destaca el comunicado emitido por el club. “Ha escrito para la eternidad su nombre en la historia del fútbol femenino de la isla y del archipiélago”, concluyó la entidad que preside Sergio Batista.

    La exjugadora del C.E. Sabadell (2002-2005) puede presumir de ser la más veterana de toda la Liga F Moeve, según datos de nuestro compañero de Marca, David Menayo con 41 años y 314 días, casi nada.

    La estrella fue internacional con la Selección Española de Fútbol be categoría sub-19 y ahora se suma al proyecto azulón para intentar conquistar la permanencia.

    María José es una delantera de área clásica, con un instinto goleador muy desarrollado y una lectura del juego que le permite anticiparse constantemente a las defensoras. Destaca por su capacidad para atacar el primer palo, su buen timing en el remate y una notable eficacia dentro del área, especialmente con pocos toques. No es una futbolista de grandes alardes técnicos ni de desborde continuo, pero compensa esa carencia con inteligencia táctica, trabajo sin balón y sentido colectivo, ofreciendo apoyos constantes y facilitando la llegada de segundas líneas. Su experiencia le ha permitido evolucionar hacia un perfil más asociativo y de liderazgo, aportando calma, orden y ejemplo competitivo, incluso en contextos de menor protagonismo en minutos.

    (Fuente: Alhama ElPozo)

    La exjugadora del Tacuense es campeona de la Copa de la Reina en la temporada 2002-2003 cuando vestía la elástica del Levante Unión Deportiva en la por entonces llamada Superliga Femenina y se ha unido con la entidad que preside Antonio García-Águila hasta el próximo 30 de junio de 2026, como minino.

    (Fuente: Alhama ElPozo)

    El debut de la leyenda de las guerreras con las murcianas podría llegar en la jornada dieciocho de la Liga F Moeve en un duelo directo por la salvación entre el Alhama ElPozo y el DUX Logroño que se celebrará el próximo sábado, 31 de enero de 2026, a las 17:00 horario peninsular, en el Francisco Artés Carrasco de Lorca y que emitirá DAZN.

    (Fuente: Alhama ElPozo)
  • Oficial | Once años creyendo, siete temporadas contando la historia que nadie contaba: “El Partido de Manu”, el pulso constante del fútbol femenino

    (Fuente: UEFA Women’s Champions League)

    🟠 Hay proyectos que nacen de una idea. Otros nacen de una necesidad. “El Partido de Manu” nació de ambas cosas y, con el paso de los años, se ha convertido en algo más grande: en un lugar de encuentro, en una voz persistente, en una trinchera de pasión y rigor desde la que el fútbol femenino ha sido contado cuando aún no estaba de moda hacerlo. En el fin de semana del 31 de enero y 1 de febrero de 2026, con la Jornada 18 de la Liga F Moeve como eje central y un despliegue internacional sin precedentes, el medio afronta uno de los momentos más ambiciosos de su historia reciente, reflejo de un crecimiento sostenido que se apoya en la fidelidad de sus lectoras y lectores y en una convicción que nunca ha cambiado: este fútbol merece ser contado con la misma épica, respeto y profundidad que cualquier otro.

    Publicidad de Netflix

    Comienza el rodaje de una nueva serie de Marta del Castillo en Netflix

    Netflix ha anunciado este lunes que próximamente arrancará en Sevilla el rodaje de una miniserie de ficción inspirada en el caso de Marta del Castillo, uno de los sucesos que más profundamente conmocionaron a la sociedad española en 2009.

    La producción, que aún no tiene título definitivo, está desarrollada por Bambú Producciones, en colaboración con La Claqueta PC, y cuenta con el apoyo de la familia de Marta del Castillo. La miniserie abordará el caso desde una adaptación de ficción, con el objetivo de reconstruir los hechos y el impacto social y judicial que tuvo el crimen, manteniendo un enfoque respetuoso con las víctimas.

    Bambú Producciones, liderada por el guionista y productor Ramón Campos, es una de las productoras españolas con mayor proyección internacional. Fundada en 2008, se ha consolidado como una referencia europea gracias a éxitos televisivos como Gran Hotel, Velvet, Fariña, Las chicas del cable o El caso Asunta.

    Además de su amplia trayectoria en ficción seriada, Bambú ha desarrollado una línea sólida de documentales de true crime, con títulos como El caso Alcàsser, El caso Asunta y Cómo cazar a un monstruo, así como diversas producciones cinematográficas, entre las que destacan Malasaña 32, La viuda negra y Rondallas.

    Con este nuevo proyecto, Netflix vuelve a apostar por el true crime español desde una perspectiva de ficción, apoyándose en una productora con amplia experiencia en la recreación de historias reales y en un caso que marcó un antes y un después en la crónica social del país

    (Fuente: UEFA Women’s Champions League)

    “El Partido de Manu” no nació ayer. Su origen se remonta al 3 de abril de 2014, cuando hablar de fútbol femenino era todavía un acto casi militante, una apuesta personal más que una estrategia de crecimiento. Aquel día comenzó un camino que, con el paso del tiempo, se transformaría en una web especializada que desde la temporada 2018-2019 se vuelca cada fin de semana en la cobertura del balompié practicado por mujeres, con un objetivo claro y constante: ayudarlo a crecer, acompañarlo en su desarrollo y darle el espacio narrativo que durante décadas le fue negado.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Once años después de aquel primer paso y siete temporadas de especialización plena, el proyecto llega a la Jornada 18 de la Liga F Moeve 2025-2026 en un momento de madurez editorial y expansión de audiencia. Los datos no son solo cifras: son la traducción numérica de una comunidad que se ha ido construyendo con paciencia. Más de 1.870 visitas en los últimos noventa días confirman una actividad constante y un interés sostenido, mientras que el acumulado de 43.034 visitas en los años 2024 y 2025 —20,5 mil en un curso y 24,2 mil en el siguiente— refleja un crecimiento exponencial que no responde a modas puntuales, sino a una línea de trabajo coherente y reconocible.

    Ese crecimiento no es casual. Es el resultado de una manera de entender la información deportiva desde la cercanía, el contexto y la emoción, sin renunciar al rigor. “El Partido de Manu” no se limita a contar resultados; construye relatos, acompaña procesos, explica por qué cada partido importa y qué hay detrás de cada equipo, de cada jugadora y de cada jornada.

    Esa filosofía alcanza uno de sus puntos culminantes en el fin de semana del 31 de enero y 1 de febrero de 2026, cuando la web ofrecerá una cobertura integral de la Jornada 18 de la Primera División Femenina, una de las fechas más significativas del calendario.

    La Liga F Moeve entra en esa jornada con la clasificación apretada, con proyectos que se juegan su estabilidad, con otros que miran hacia Europa y con gigantes obligados a sostener su hegemonía. “El Partido de Manu” estará ahí, partido a partido, historia a historia, contextualizando cada duelo, poniendo el foco donde a menudo no llega la mirada generalista y explicando por qué esta jornada no es una más. No como un simple listado de encuentros, sino como un mosaico de tensiones, ilusiones y urgencias que definen el momento actual del fútbol femenino español.

    Pero el compromiso del medio no se detiene en el ámbito nacional. Este mismo fin de semana, la mirada se amplía hacia el escenario internacional con la cobertura de la gran final de la Copa de Campeones de la FIFA entre el Arsenal Women y el Corinthians, que se disputará en Londres.

    Un duelo que simboliza el alcance global del fútbol femenino y que enfrenta a dos culturas futbolísticas distintas, dos maneras de entender el juego y dos aficiones que representan la expansión real de este deporte más allá de fronteras y continentes. “El Partido de Manu” abordará esta final no como un evento aislado, sino como parte de un ecosistema en crecimiento, conectando lo que ocurre en Inglaterra con lo que se vive cada fin de semana en España.

    A ese despliegue se suma, además, una cobertura especial del gran duelo de la Barclays Women’s Super League, una competición que se ha convertido en referencia internacional y que marca tendencias tanto deportivas como estructurales. Analizar lo que sucede en la liga inglesa es también una forma de aprender, de comparar modelos y de enriquecer el debate sobre hacia dónde debe caminar el fútbol femenino en otros contextos, incluido el español.

    En este esfuerzo internacional resulta clave el respaldo de la enviada especial Paula Valiente, del medio de comunicación “Las Futbolistas”, cuya presencia aporta una mirada complementaria, cercana al terreno de juego y profundamente conectada con la realidad de las protagonistas. Esta colaboración refuerza una de las señas de identidad de “El Partido de Manu”: la construcción de redes, la suma de voces y la convicción de que el crecimiento del fútbol femenino se logra mejor desde la cooperación que desde la competencia.

    Todo este despliegue tiene un objetivo claro: ofrecer una experiencia única y apasionada al lector durante un fin de semana que se presenta intenso, cargado de fútbol y de historias que merecen ser contadas con tiempo y profundidad. No se trata solo de informar, sino de recompensar la fidelidad de quienes han acompañado al medio durante años, de quienes vuelven cada jornada porque saben que encontrarán algo más que un marcador final.

    Esa fidelidad es el verdadero motor del proyecto. Cada visita, cada lectura, cada regreso a la web refuerza la idea de que “El Partido de Manu” se ha convertido en un lugar de referencia en España para quienes quieren entender y sentir el fútbol femenino. Un espacio que no ha crecido a golpe de titulares fáciles, sino a través de una narrativa constante, comprometida y honesta, que ha sabido evolucionar sin perder su esencia.

    El fin de semana del 31 de enero y 1 de febrero de 2026 es, en ese sentido, una fotografía perfecta de lo que representa hoy el medio: cobertura nacional exhaustiva, mirada internacional, colaboración entre proyectos afines y una comunidad que responde. Todo ello sostenido por una labor diaria muchas veces silenciosa, hecha de horas de análisis, de seguimiento continuo y de una pasión que no se apaga cuando termina el partido.

    Porque si algo define a “El Partido de Manu” es esa persistencia. Estar cuando no había focos. Contar cuando no había cámaras. Creer cuando aún no era rentable hacerlo. Y seguir aquí ahora, cuando el fútbol femenino crece, se profesionaliza y reclama espacios que durante años le fueron negados, con la misma convicción que el primer día y con la experiencia que solo da el tiempo.

    Este fin de semana no es un punto final ni un acto aislado. Es una estación más en un camino largo, construido con paciencia, con coherencia y con una idea muy clara: el fútbol femenino importa, merece ser contado y necesita medios que lo acompañen con respeto, ambición y alma. Y en ese camino, “El Partido de Manu” sigue jugando su partido, jornada a jornada, historia a historia, con la certeza de que aún queda mucho por vivir y por narrar.

    (Fuente: FIFA )
  • Oficial | Sofia Jakobsson ya es del Toluca después de marcharse de la Barclays Women’s Super League

    (Fuente: Toluca)

    ⬛️ La exjugadora del San Diego Wave y el Real Madrid deja el London City para desembarcar en la Liga MX Femenil.

    El London City Lionesses, recién ascendido a la WSL, ha anunciado oficialmente que alcanzó un acuerdo mutuo con Sofia Jakobsson para dar por finalizada su estancia en Hayes Leane.

    La mítica estrella de Örnsköldsvik (Suecia), 23 de abril de 1990, fue clave en el ascenso de la entidad que preside Michele Kang el pasado curso.

    La futbolista que se formó en la canterana del Östers IF (2006) es medallista olímpica con la nación nórdica en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, donde conquistó el bronce, ha disputado 23 encuentros con la escuadra que dirige Eder Maestre.

    Muy querida en la Primera División Femenina por su trayectoria en el Club Deportivo Tacón y el Real Madrid Club de Fútbol entre 2019 y 2021 llegó a Inglaterra procedente del San Diego Wave estadounidense.

    La que fuese ariete del Bayern de Múnich ha decidido poner rumbo a la adinerada Liga MX Femenil azteca para unirse en este mercado invernal a las filas del Toluca de cara al Clausura 2026.

    El club anunció la incorporación de la exjugadora del Chelsea y el Montpellier en un movimiento de impacto internacional.

    El mensaje de bienvenida fue directo a la afición: “Hola Diablos, soy Sofia. Estoy muy feliz de estar aquí. Nos vemos pronto”.

    La internacional sueca en categoría absoluta, alcanzó las semifinales en el Mundial de Australia y Nueva Zelanda 2023, se integra a las Diablas Rojas como una jugadora capaz de desempeñarse como delantera, extremo o mediocampista por izquierda, destacando por su velocidad, capacidad de desborde y buen toque de balón. Su llegada aporta soluciones ofensivas y recorrido internacional a un plantel que aspira a competir por el título en la segunda mitad del curso.

    Su incorporación al Deportivo Toluca se da bajo la dirección técnica de Patrice Lair, con quien coincidió previamente en el fútbol francés, dentro de un proyecto que tiene como objetivo pelear por su primer campeonato doméstico.

    En la recta final de la temporada, el London City Lionesses, en el que brilla la central italiana Elena Linari, dispondrá en la parcela ofensiva de figuras como Kosovare Asllani, referencia en el centro del ataque; Nikita Parris, goleadora habitual con amplia experiencia en la WSL; Sanni Franssi, atacante finlandesa recién incorporada; Isobel Goodwin y Lotta Lindström, jugadoras capaces de desbordar y generar oportunidades; y Freya Godfrey y Lucía Corrales, que combinan velocidad y creatividad para abrir espacios y asistir a sus compañeras.

    Este colectivo ofensivo aporta profundidad, movilidad y recursos tácticos que permiten al equipo mantener un juego dinámico y fructífero de cara a puerta.

    El primer encuentro del octavo clasificado de la liga inglesa sin su dorsal once será a domicilio ante el Brighton & Hove Albion el próximo domingo, 1 de febrero de 2026, a partir de las 12:55 horario peninsular.

  • Oficial | La jornada que puede romper la Liga F: vértigo, urgencias y fútbol en abierto para cambiarlo todo

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬛️ La Liga F Moeve entra en uno de esos fines de semana que no hacen ruido por un solo partido, sino por la suma de todos. La jornada 18 se despliega como un mapa de tensiones cruzadas: aspirantes a Europa que no pueden fallar, equipos que miran al descenso con el pulso acelerado y gigantes obligados a sostener la excelencia. Todo, además, con una exposición clave: cinco partidos en abierto que convierten esta fecha en un escaparate decisivo para el presente y el futuro del fútbol femenino español.

    Hay jornadas que se juegan. Y hay jornadas que se sienten. La 18 pertenece claramente a la segunda categoría. Lo marca la clasificación, lo refuerza el contexto y lo confirma la programación televisiva, con DAZN como eje central y con TEN TV y la señal en abierto de DAZN amplificando partidos estratégicos. Según el pulso competitivo que refleja el torneo y la fotografía real de la tabla, este fin de semana no admite distracciones: cada punto pesa, cada error se magnifica y cada victoria tiene eco más allá de los noventa minutos.

    El sábado al mediodía abre el telón un duelo que explica bien la zona noble de la Liga F Moeve. Atlético de Madrid y Granada se miden a las 12:00 en un partido emitido por DAZN, con dos proyectos que llegan desde lugares distintos, pero con ambiciones que se cruzan. El Atlético sabe que, si quiere seguir instalado en la pelea europea, no puede permitirse tropiezos ante rivales valientes. El Granada, en cambio, juega con la inercia del crecimiento: equipo incómodo, competitivo, sin complejos y con la sensación de que puntuar en campos grandes no es una excepción, sino un objetivo realista. Es un choque de control contra atrevimiento, de jerarquía frente a hambre.

    A la misma hora, el Levante UD recibe al Madrid CFF, también en DAZN, en uno de esos partidos que sostienen el esqueleto de la liga. No hay focos excesivos, pero sí una enorme carga de necesidad. El Levante quiere alejar fantasmas y recuperar la solidez como local; el Madrid CFF busca continuidad, reafirmarse como equipo fiable y no quedar atrapado en la tierra de nadie. Son partidos donde no se regala nada, donde el error pesa más que el brillo, y donde sumar es, muchas veces, ganar.

    La tarde del sábado eleva el nivel emocional y mediático con uno de los encuentros clave del fin de semana: Athletic Club vs Espanyol, a las 16:15, en Lezama, con emisión en DAZN, TEN TV, GOL y 3Cat, uno de los grandes partidos en abierto de la jornada. El escenario no es un detalle menor. Lezama representa identidad, continuidad y una manera de entender el fútbol que conecta con la grada incluso en los días más grises. El Athletic llega con la obligación de hacerse fuerte en casa para no perder el tren alto de la clasificación. El Espanyol, en cambio, viaja con urgencias reales, sabiendo que cada punto puede marcar la diferencia en su lucha por la permanencia. Es un duelo de ritmos y emociones: la estructura sólida de las rojiblancas frente a la tensión competitiva de un Espanyol que no puede especular. Que se vea en abierto no es casual: es un partido que explica la Liga F tal y como es hoy.

    El sábado se completa a las 17:00 con otro encuentro emitido en DAZN, donde dos equipos miran la clasificación con atención quirúrgica. Son partidos que no suelen abrir informativos, pero que deciden temporadas. Aquí no hay margen para el despiste: el fútbol se juega con la cabeza, con el cuerpo y con la calculadora.

    El domingo abre con uno de los grandes escaparates de la jornada y de la temporada: Deportivo de La Coruña vs Real Madrid, a las 12:00, en DAZN en abierto. Riazor vuelve a ser un símbolo. Para el Deportivo, este partido es mucho más que tres puntos: es una oportunidad de reivindicación, de medir su crecimiento y de conectar con una afición que entiende la épica. Para el Real Madrid, el contexto es radicalmente distinto, pero igual de exigente. No puede fallar si quiere mantenerse firme en la pelea alta. Es un choque de estados de ánimo: la ilusión y la intensidad local frente al control, la calidad y la presión constante del equipo blanco. En abierto, con todo lo que eso implica.

    A la misma hora, otro partido completa el domingo matinal en DAZN, con equipos que viven cada jornada como una final anticipada. Aquí los entrenadores ajustan hasta el último detalle y las jugadoras saben que un error puede tener consecuencias que duren semanas.

    El siguiente capítulo llega a las 13:00 con Costa Adeje Tenerife vs Real Sociedad, también en DAZN en abierto. Es uno de esos partidos que, sin grandes titulares previos, suele dejar huella. El Costa Adeje es un equipo que sabe competir, que se hace fuerte en casa y que convierte cada partido en una batalla táctica. La Real Sociedad llega con la ambición de consolidarse, de mirar hacia arriba con menos miedo y más convicción. Es un choque de estilos, de paciencia contra verticalidad, y un partido que puede definir dinámicas futuras. La emisión en abierto vuelve a subrayar la importancia de este tipo de encuentros en la narrativa global de la liga.

    Y el cierre no podía ser más contundente. El domingo a las 16:30, FC Barcelona vs Sevilla FC, en DAZN en abierto, pone el broche a la jornada. Es el partido que mide al líder con el listón de la excelencia. El Barça juega contra sí mismo, contra su nivel, contra la obligación de ganar siempre y hacerlo bien. El Sevilla, mientras tanto, afronta el reto desde la ambición del aspirante, sabiendo que competir, resistir y castigar cualquier error ya es una forma de crecimiento. Este partido resume la Liga F en su máxima expresión: talento, exigencia, ritmo y una audiencia amplia observando cada detalle.

    La jornada 18 no es una más. Es una de esas fechas que, cuando termine, dejará la sensación de que algo se ha movido. En la clasificación, en las dinámicas y en el relato colectivo de la Liga F Moeve. Con cinco partidos en abierto, con estadios que empujan y con equipos que no pueden esconderse, el fin de semana se convierte en un punto de inflexión. Porque aquí, cada jornada cuenta. Pero algunas, como esta, pesan un poco más.

    Guía televisiva |

    • Atlético de Madrid vs Granada 📺 DAZN 1 (Dial 70 de Movistar Plus)
    • Levante Unión Deportiva vs Madrid CFF 📺 APP de DAZN y DAZN 2 (Dial 71 de Movistar Plus)
    • Athletic Club vs Espanyol 📺 TEN TV
    • Alhama vs DUX Logroño 📺 APP de DAZN
    • Deportivo vs Real Madrid 📺 DAZN 2 (Dial 71 de Movistar Plus)
    • ONA vs Sociedad Deportiva Eibar 📺 DAZN 3 (Dial 196 de Movistar Plus)
    • Costa Adeje Tenerife Egatesa vs Real Sociedad 📺 DAZN 1 (Dial 70 de Movistar Plus)
    • Barcelona vs Sevilla Fútbol Club 📺 DAZN 2 (Dial 71 de Movistar Plus)
  • Noticia | Virginia Torrecilla, la voz que resistió a todo: una conversación con Josep Pedrerol que explica el fútbol femenino, la vida y la dignidad

    (Fuente: Chiringuito Inside)

    ⬛️ Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Virginia Torrecilla Reyes (Cala Millor, Mallorca; 4 de septiembre de 1994) es una futbolista española que se ha convertido en unaa referente después de superar un tumor cerebral cuando militaba en el Atlético de Madrid.

    Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.

    Virginia Torrecilla no es solo una exfutbolista internacional, ni una campeona, ni un nombre propio del crecimiento del fútbol femenino español. Es, sobre todo, una mujer que ha atravesado prácticamente todos los límites que este deporte —y esta sociedad— le han impuesto a las mujeres que se atreven a ocupar un espacio que no estaba pensado para ellas. Su relato en El Cafelito no es lineal ni complaciente. No construye un cuento de hadas ni una épica artificial. Es la suma de escenas reales, a veces incómodas, a veces durísimas, que explican por qué su figura se ha convertido en un referente que va mucho más allá del césped.

    Desde los primeros minutos de la entrevista, Torrecilla sitúa el foco en la infancia, en ese territorio donde se forman las vocaciones y también las heridas. Cuenta cómo empezó a jugar al fútbol siendo una niña en Mallorca, en equipos de chicos, cuando todavía no existían estructuras estables para el fútbol femenino y cuando el simple hecho de querer jugar ya suponía un desafío social. Relata con crudeza situaciones que hoy resultarían inaceptables pero que entonces eran cotidianas: vestuarios improvisados, miradas invasivas, burlas, interrupciones deliberadas de su intimidad mientras se cambiaba o se duchaba. No lo hace desde el rencor, sino desde la constatación de una realidad que durante años fue normalizada. Aquellas experiencias no aparecen como anécdotas aisladas, sino como el contexto permanente en el que muchas niñas crecieron jugando al fútbol en España.

    Uno de los momentos más reveladores del relato llega cuando explica el papel de su familia. Su madre, cómplice silenciosa, fue quien la apuntó a fútbol incluso cuando no estaba bien visto; su padre, inicialmente reticente, terminó convirtiéndose en su principal escudo, llegando a plantarse literalmente en la puerta del vestuario para evitar que nadie entrara. Ese gesto, aparentemente simple, adquiere en su narración un valor simbólico enorme: el de la protección que muchas veces el propio sistema no ofrecía. Torrecilla no idealiza a su entorno, pero reconoce que sin ese apoyo habría sido imposible sostener la vocación.

    La entrevista avanza y el relato se vuelve más áspero cuando recuerda episodios vividos ya en la adolescencia, entrenando y compitiendo en contextos donde la desigualdad no era solo estructural, sino también cultural. Habla de situaciones de falta de respeto normalizadas, de comentarios, de gestos que hoy se identificarían claramente como conductas inapropiadas y que entonces quedaban diluidas en el silencio colectivo.

    En uno de los pasajes más impactantes, recuerda cómo una acción inapropiada de un compañero fue recibida con risas, incluso por parte del entrenador, dejando claro hasta qué punto ciertas conductas estaban integradas en el paisaje cotidiano del fútbol base. No hay dramatización en su tono, pero sí una firme voluntad de dejar constancia.

    Josep Pedrerol, lejos del personaje televisivo al que muchos asocian su figura, adopta aquí un rol contenido, casi invisible. Pregunta lo justo, acompaña el relato y permite que los silencios respiren. El Cafelito se confirma así como un formato pensado para escuchar, no para confrontar. La entrevista no busca el conflicto, sino la comprensión. Y eso permite que Torrecilla avance hacia otros capítulos de su vida sin necesidad de subrayados.

    El fútbol profesional aparece entonces como una mezcla de sueño cumplido y realidad precaria. Torrecilla recuerda etapas en las que, pese a competir al máximo nivel, tuvo que trabajar fuera del fútbol para poder sostenerse económicamente. Habla sin victimismo de los momentos en los que llegó a cansarse, a pensar en dejarlo, a sentir que el esfuerzo no tenía correspondencia. En uno de los pasajes más luminosos del relato, recuerda cómo, mientras trabajaba como camarera, recibió una llamada que reactivó su carrera y su ilusión. Ese momento, contado sin épica impostada, funciona como metáfora de toda una generación de futbolistas que vivieron en la frontera entre la vocación y la supervivencia.

    La selección española, los grandes clubes, los títulos y los estadios aparecen en la conversación, pero nunca ocupan el centro. Torrecilla no construye su identidad desde el palmarés, sino desde el proceso. Cuando habla del Atlético de Madrid, lo hace desde el agradecimiento humano, especialmente en relación con el momento más decisivo de su vida: la enfermedad. El diagnóstico de un tumor cerebral en 2020 marcó un antes y un después no solo en su carrera, sino en su forma de entenderlo todo. En El Cafelito, Torrecilla recuerda ese periodo con una serenidad que solo llega después de haber atravesado el miedo. Habla del desconocimiento inicial, del impacto de la palabra “quimioterapia”, del deterioro físico, de la pérdida de peso, del hospital como espacio compartido con otras personas cuyas historias no siempre tuvieron un final feliz.

    Cuando afirma que el Atlético “le salvó la vida”, no lo hace como una consigna emocional, sino como una constatación de un acompañamiento médico y humano que fue determinante. En ese punto, la entrevista alcanza una densidad que trasciende el deporte. Torrecilla no habla solo de fútbol, habla de cuidados, de estructuras, de lo que significa no estar sola cuando el cuerpo falla. La conversación se vuelve entonces universal, reconocible para cualquiera que haya atravesado una enfermedad grave.

    A lo largo de toda la entrevista hay una idea que se repite sin necesidad de ser formulada explícitamente: la de la dignidad. Dignidad para jugar cuando no había medios. Dignidad para resistir cuando no había respeto. Dignidad para volver cuando el cuerpo parecía decir basta. Torrecilla no se presenta como una heroína, pero su relato construye una épica real, hecha de pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.

    El cierre de la conversación no busca conclusiones grandilocuentes. No hay moraleja explícita ni discurso final. Hay, simplemente, la sensación de haber asistido a un testimonio necesario. En un contexto mediático donde el fútbol femenino todavía lucha por espacios de visibilidad que no estén condicionados por la comparación constante, entrevistas como esta funcionan como documentos de época. Explican de dónde se viene y, por contraste, permiten entender mejor hacia dónde se va.

    La charla entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito no es importante solo por quien la protagoniza, sino por lo que representa. Es la voz de una generación que jugó cuando no tocaba, que resistió cuando no era rentable y que ahora, por fin, puede contar su historia sin pedir permiso. No es una entrevista para el consumo rápido ni para el titular viral.

    Es un relato largo, incómodo por momentos, profundamente humano, que deja una certeza difícil de discutir: el fútbol femenino en España no se entiende sin mujeres como Virginia Torrecilla, y la historia de Virginia Torrecilla no se entiende sin haber atravesado todo lo que contó, sin filtros, frente a una cámara y un café.

    Hay algo especialmente significativo en la forma en que Virginia Torrecilla habla del tiempo. No lo divide en etapas estancas ni en hitos cerrados, sino que lo entiende como una línea continua en la que todo se conecta. En la entrevista con Josep Pedrerol no hay saltos bruscos ni cambios de registro impostados: la niña que se cambiaba sola en un vestuario improvisado es la misma mujer que hoy habla con serenidad sobre la enfermedad, la precariedad, la fama relativa y el lugar que ocupa en la historia del fútbol femenino español. Esa coherencia vital es, quizá, uno de los elementos que más fuerza le da a su testimonio.

    Cuando Torrecilla recuerda su paso por clubes históricos como el FC Barcelona o el Atlético de Madrid, lo hace desde una perspectiva que huye del triunfalismo. No hay en su discurso una idealización del alto nivel, sino una descripción honesta de lo que significaba formar parte de estructuras que todavía estaban en construcción. Habla del orgullo de vestir determinadas camisetas, pero también de las carencias, de los viajes, de las condiciones de entrenamiento, de la distancia abismal que separaba el fútbol femenino del masculino incluso dentro de las mismas entidades. Lo cuenta sin acritud, como quien asume que su generación fue, en muchos sentidos, una generación de transición.

    Esa idea aparece de forma recurrente a lo largo de la conversación: la conciencia de haber llegado “antes de tiempo”. Antes de los grandes contratos, antes de la profesionalización real, antes de la visibilidad sostenida. Torrecilla no se coloca en el centro del relato como víctima, pero tampoco se diluye en un discurso complaciente. Reconoce que muchas de las cosas que hoy se celebran —estadios llenos, retransmisiones regulares, atención mediática— no habrían sido posibles sin años de insistencia silenciosa, sin jugadoras que aceptaron condiciones muy lejos de la élite mientras sostenían el nivel competitivo con una exigencia máxima.

    En ese punto, la entrevista adquiere un valor casi documental. No se trata solo de la historia de una futbolista concreta, sino del relato coral de una época. Torrecilla pone palabras a lo que durante años fue invisible: la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la falta de estabilidad, la incertidumbre permanente. Cuando recuerda que hubo momentos en los que estuvo a punto de dejarlo, no lo hace como confesión dramática, sino como algo lógico, casi inevitable. El desgaste no era solo físico, era emocional y mental. Y aun así, siguió.

    La enfermedad aparece en la conversación no como un punto final, sino como un giro radical. El diagnóstico del tumor cerebral en 2020 irrumpe en su vida cuando todavía estaba compitiendo al máximo nivel. Torrecilla describe ese momento sin recrearse en el impacto inicial, pero dejando claro que nada vuelve a ser igual a partir de ahí. El cuerpo, que hasta entonces había sido herramienta de trabajo, pasa a convertirse en un territorio incierto. La jugadora habla del miedo, de la confusión, de la dureza de los tratamientos, de la quimioterapia y la radioterapia, de la pérdida de peso, de la fragilidad. Y lo hace con una claridad que no busca conmover, sino explicar.

    En ese tramo de la entrevista, Pedrerol apenas interrumpe. Deja que el relato fluya, consciente de que lo que se está diciendo trasciende cualquier formato televisivo. Torrecilla menciona a las personas que se cruzó en los hospitales, algunas de las cuales no sobrevivieron. No hay grandes discursos, solo una constatación serena de la injusticia y del azar. Ese contraste entre la vida de élite y la vulnerabilidad absoluta es uno de los ejes más poderosos de la conversación.

    Cuando habla del Atlético de Madrid como un sostén vital, no lo hace desde la retórica institucional. Habla de médicos, de acompañamiento, de sentirse cuidada en un momento en el que todo podía derrumbarse. En ese sentido, su frase más citada —“el Atlético me salvó la vida”— adquiere un significado literal, no metafórico. No se refiere a una oportunidad deportiva, sino a un entorno que respondió cuando más lo necesitaba.

    La recuperación no se presenta como un camino recto ni como un relato de superación edulcorado. Torrecilla explica que hubo días malos, retrocesos, cansancio extremo, dudas. La vuelta al fútbol, más que un objetivo, fue una consecuencia de ir recuperando la confianza en su propio cuerpo. En El Cafelito no hay promesas de final feliz ni mensajes motivacionales prefabricados. Hay, simplemente, una mujer contando cómo aprendió a vivir de otra manera.

    A lo largo de la entrevista se percibe claramente que Torrecilla ya no habla desde la urgencia de demostrar nada. No necesita reivindicar su carrera ni justificar decisiones. Su tono es el de alguien que ha hecho las paces con su historia. Cuando menciona su retirada, lo hace sin dramatismo. El fútbol fue su vida durante muchos años, pero no es lo único que la define. Esa idea, que podría parecer simple, adquiere un peso enorme viniendo de alguien que lo dio todo por jugar.

    El valor simbólico de esta entrevista reside también en el momento en el que se produce. El fútbol femenino español vive una etapa de visibilidad sin precedentes, pero también de tensiones, debates y ajustes estructurales. Escuchar a una figura como Virginia Torrecilla hablar desde la experiencia larga, desde el pasado reciente que no conviene olvidar, funciona como un ejercicio de memoria colectiva. Su relato no compite con el presente; lo explica.

    No hay en sus palabras reproches directos ni cuentas pendientes. Hay, eso sí, una invitación implícita a no perder de vista de dónde se viene. A entender que los avances no son espontáneos ni garantizados. A reconocer que muchas de las mejoras actuales se sostienen sobre historias como la suya, construidas en silencio y con una resiliencia que pocas veces fue reconocida en su momento.

    La conversación con Josep Pedrerol se cierra sin grandes fuegos artificiales. No hay frase final diseñada para viralizarse. Hay una sensación de calma, de verdad dicha sin urgencia. Y eso, en el ecosistema mediático actual, es casi revolucionario. El Cafelito se confirma así como un espacio donde el deporte puede ser contado de otra manera, y Virginia Torrecilla deja una huella que va más allá de cualquier estadística.

    Cuando termina la entrevista, queda la impresión de haber asistido a algo más que una charla televisiva. Es el testimonio de una mujer que jugó cuando no había foco, que enfermó cuando estaba en la cima, que volvió cuando nadie lo esperaba y que ahora habla sin necesidad de subrayarse. Su historia no necesita adornos porque ya es, en sí misma, profundamente épica. No por los títulos ganados, sino por todo lo que tuvo que atravesar para poder contarlo.

    Hay una dimensión de la entrevista que se impone con el paso de los minutos y que no necesita ser explicitada: la de la responsabilidad involuntaria de quien se convierte en referente. Virginia Torrecilla nunca afirma que quiera ser ejemplo de nada, pero su forma de contar su historia termina ocupando ese lugar. No por voluntad discursiva, sino por acumulación de vivencias. En El Cafelito, su relato funciona como un espejo en el que se reflejan muchas trayectorias del fútbol femenino español, especialmente las de aquellas jugadoras que crecieron cuando todavía no existía un camino marcado.

    Cuando habla de las generaciones más jóvenes, no lo hace desde la nostalgia ni desde el reproche. No hay en sus palabras una comparación directa ni una reivindicación explícita del “nosotras lo pasamos peor”. Lo que aparece es algo más sutil: la conciencia de que el presente es distinto porque el pasado fue difícil. Torrecilla no reclama reconocimiento retroactivo; simplemente deja constancia de una realidad que durante años fue ignorada. Su testimonio adquiere así un valor pedagógico sin proponérselo.

    La entrevista también deja entrever una reflexión profunda sobre la identidad. Durante muchos años, Virginia Torrecilla fue, ante todo, futbolista. Su vida giraba en torno al entrenamiento, la competición, el vestuario, el calendario. La enfermedad rompió esa estructura de golpe. En la conversación con Pedrerol se percibe cómo ese quiebre obligó a reconstruirse desde otro lugar. Habla de aprender a parar, de aceptar la vulnerabilidad, de entender que el valor personal no depende del rendimiento. Son ideas que no se desarrollan como discurso teórico, sino que emergen de la experiencia vivida.

    Hay momentos en los que el silencio pesa tanto como las palabras. Cuando Torrecilla recuerda a personas que conoció durante el tratamiento y que no sobrevivieron, la entrevista se detiene en una pausa que no necesita explicación. Es uno de esos instantes en los que el espectador entiende que el deporte, incluso en su versión más épica, queda en segundo plano frente a la fragilidad humana. Esa honestidad, sin sentimentalismo, es una de las claves que convierten la entrevista en algo excepcional.

    En paralelo, la figura de Josep Pedrerol adquiere un matiz distinto al habitual. Lejos del ritmo frenético y la confrontación que caracterizan otros formatos, aquí actúa como facilitador del relato. No busca titulares, no interrumpe con opiniones, no compite por el protagonismo. Esa elección editorial no es menor. Permite que la historia se despliegue con naturalidad y que el foco permanezca siempre en quien tiene algo que contar. En un ecosistema mediático dominado por la urgencia y el ruido, esa contención resulta casi anacrónica, y precisamente por eso tan efectiva.

    A medida que la entrevista avanza, se hace evidente que Torrecilla no habla desde la herida abierta, sino desde la cicatriz. No hay resentimiento, pero tampoco olvido. La serenidad con la que expone situaciones duras no implica que hayan dejado de doler, sino que han sido integradas. Esa diferencia es fundamental para entender el tono de toda la conversación. No es una catarsis, es una narración consciente.

    Cuando se refiere a su libro y a la decisión de contar su historia por escrito, se intuye el mismo impulso: ordenar la experiencia, darle sentido, compartirla sin convertirla en espectáculo. Torrecilla no se presenta como una superviviente excepcional, sino como alguien que tuvo miedo, que sufrió y que contó con apoyos determinantes. Esa normalización del proceso, lejos de restarle fuerza, lo hace más cercano y más real.

    El fútbol vuelve a aparecer hacia el final de la entrevista como lo que siempre fue para ella: un lugar de pertenencia. No idealizado, no perfecto, pero profundamente significativo. Habla de lo que le dio y de lo que le quitó, sin establecer una balanza definitiva. El deporte no es el villano ni el salvador absoluto de su historia; es el escenario en el que se desarrolló. Esa mirada madura, sin extremos, contrasta con muchos relatos habituales en torno a las carreras deportivas.

    En ese sentido, la conversación funciona también como un cierre simbólico. No un punto final, sino una especie de síntesis vital. Torrecilla no necesita anunciar nuevos proyectos ni marcar un siguiente objetivo. Su presencia en El Cafelito no responde a una campaña ni a un retorno. Es, simplemente, el momento en el que decide contar lo vivido con la distancia suficiente para que las palabras no quemen.

    La recepción mediática de la entrevista confirma su impacto. Fragmentos de sus declaraciones se replican en distintos medios, especialmente aquellos relacionados con su infancia, la discriminación y la enfermedad. Pero reducir la conversación a titulares aislados sería injusto. La fuerza del encuentro reside precisamente en su continuidad, en cómo cada parte del relato se apoya en la anterior y construye una imagen completa, compleja, humana.

    Lo que queda después de escucharla no es una sensación de tristeza, sino de respeto. Respeto por una trayectoria que no fue lineal, por una carrera que se sostuvo contra muchas inercias y por una persona que eligió hablar cuando ya no tenía nada que demostrar. En ese gesto hay una generosidad poco habitual: la de compartir la experiencia no para obtener algo a cambio, sino para que otros entiendan.

    La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol se inscribe así en una tradición muy concreta del periodismo deportivo: la de las conversaciones que sobreviven al contexto inmediato. No depende de un resultado, de una polémica ni de una actualidad concreta. Puede leerse, verse o escucharse dentro de años y seguirá teniendo sentido, porque habla de cuestiones que no caducan: el derecho a ocupar espacios, la dignidad frente a la adversidad, la construcción de la identidad y la necesidad de ser escuchada.

    Torrecilla no levanta la voz, no reclama, no acusa. Simplemente cuenta. Y en ese acto, aparentemente sencillo, hay una potencia enorme. Porque contar la verdad, cuando se ha vivido tanto, es ya una forma de valentía. Y porque su historia, sin adornos ni exageraciones, explica mejor que muchos discursos por qué el fútbol femenino es hoy lo que es, y por qué no se puede entender su presente sin mirar de frente a su pasado.

    Hay algo que se revela con especial claridad conforme el relato de Virginia Torrecilla avanza y se expande: su historia no necesita ser dramatizada porque ya contiene, en sí misma, todos los elementos de una tragedia clásica y de una épica moderna. Vocación temprana, oposición social, perseverancia, caída abrupta, reconstrucción y una forma de regreso que no pasa necesariamente por el lugar del que se partió. En El Cafelito, Torrecilla no se coloca nunca en el centro del escenario como heroína, pero su forma de narrarse termina ocupando ese espacio inevitablemente.

    Cuando habla del fútbol femenino actual, lo hace desde una posición que no es ni de distancia ni de pertenencia absoluta. Ya no es jugadora en activo, pero tampoco se ha desvinculado emocionalmente del todo. Observa el presente con una mezcla de orgullo y cautela. Orgullo por lo conseguido, por los avances evidentes, por la normalización progresiva de algo que durante décadas fue excepcional. Cautela porque sabe, por experiencia propia, que los procesos no son irreversibles y que las conquistas necesitan ser protegidas.

    Esa mirada larga es una de las aportaciones más valiosas de la entrevista. Torrecilla no analiza el fútbol femenino desde la teoría ni desde el debate político, sino desde la vivencia acumulada. Cuando recuerda cómo era competir sin focos, sin cámaras, sin contratos profesionales, no lo hace para reclamar un reconocimiento tardío, sino para contextualizar. Su relato funciona como una advertencia tranquila: nada de lo que hoy se disfruta fue gratuito.

    Hay un momento especialmente revelador cuando deja entrever que durante años interiorizó muchas situaciones como normales. No porque lo fueran, sino porque no existían herramientas para nombrarlas. Ese reconocimiento, formulado sin dramatismo, es clave para entender toda una época. La entrevista no convierte a Torrecilla en portavoz oficial de nada, pero sí la sitúa como testigo cualificado de un sistema que durante demasiado tiempo funcionó sin cuestionarse a sí mismo.

    La conversación también aborda, de manera indirecta, la relación entre el cuerpo y el rendimiento. En el deporte de alto nivel, el cuerpo suele ser tratado como instrumento, como recurso que se exprime hasta el límite. La enfermedad obligó a Torrecilla a mirar su propio cuerpo desde otro lugar, a escucharlo, a aceptar su fragilidad. Esa transformación aparece en la entrevista como uno de los aprendizajes más profundos. Ya no se trata de cuánto puede rendir, sino de cómo habitarlo sin violencia.

    En ese sentido, su testimonio dialoga con una conversación más amplia que atraviesa el deporte contemporáneo: la del cuidado, la salud mental, el equilibrio. Torrecilla no utiliza esos términos como consignas, pero los encarna. Habla de parar, de aceptar límites, de redefinir prioridades. Lo hace desde la experiencia, no desde el discurso aprendido.

    El tono de la entrevista nunca cae en la autocompasión. Incluso cuando aborda los momentos más duros, hay una sobriedad que resulta casi pedagógica. No hay lágrimas forzadas ni silencios teatrales. Hay una voz firme que sabe lo que ha vivido y que no necesita adornarlo. Esa contención emocional es, paradójicamente, lo que hace que el relato impacte con más fuerza.

    A lo largo de la conversación, Torrecilla demuestra una capacidad poco común para mirar atrás sin quedarse atrapada en el pasado. No reniega de lo vivido, pero tampoco se define exclusivamente por ello. Su identidad se construye desde la integración de todas esas experiencias, no desde su superación simbólica. No hay un “antes y después” tajante, sino una continuidad transformada.

    El espectador que se acerca a El Cafelito esperando una entrevista deportiva convencional se encuentra con algo distinto.

    No hay análisis tácticos ni debates sobre resultados. Hay una reflexión profunda sobre lo que significa dedicarse a un deporte que durante años no devolvía lo que exigía. Y hay, sobre todo, una reivindicación implícita del derecho a contar la propia historia con los propios tiempos.

    En el tramo final de la charla, Torrecilla no proyecta grandes discursos hacia el futuro. No anuncia cruzadas ni se coloca como referente militante. Su posición es más sutil y, por eso mismo, más poderosa. Habla desde la coherencia personal, desde la tranquilidad de haber hecho lo que podía con las herramientas que tenía en cada momento. Esa honestidad, tan poco frecuente en los relatos públicos, es uno de los grandes logros de la entrevista.

    Cuando termina la conversación, no queda la sensación de haber asistido a una despedida, sino a una especie de asentamiento. Como si Torrecilla hubiera encontrado el lugar desde el que mirar todo lo vivido sin que le pese. Ese equilibrio no se alcanza sin atravesar muchas capas de dolor, y eso se percibe en cada una de sus palabras.

    La entrevista con Josep Pedrerol no intenta cerrar nada de forma definitiva. No clausura una carrera ni inaugura otra. Simplemente fija un punto en el tiempo desde el que se puede comprender mejor una trayectoria y, por extensión, una parte fundamental de la historia reciente del fútbol femenino español. Su valor reside precisamente en esa condición de documento vivo.

    Virginia Torrecilla no habla para convencer, ni para denunciar, ni para emocionar deliberadamente. Habla porque puede hacerlo, porque ha llegado a un lugar desde el que las palabras no son urgentes ni defensivas. Y en ese gesto hay una fuerza que trasciende cualquier formato televisivo.

    Conforme el relato se prolonga y se asienta, resulta inevitable entender la entrevista como algo más que un testimonio individual. La conversación va dibujando, sin proponérselo explícitamente, un mapa emocional de una época concreta del deporte español. No porque Torrecilla hable en nombre de todas, sino porque su experiencia coincide en demasiados puntos con la de muchas otras futbolistas que crecieron y compitieron cuando el fútbol femenino era todavía un territorio sin normas claras, sin protección institucional y sin una narrativa pública que lo legitimara.

    En El Cafelito, Torrecilla no teoriza sobre desigualdad ni articula discursos políticos, pero su relato expone con precisión quirúrgica las consecuencias de esa desigualdad. Las situaciones que describe —la soledad en los vestuarios, la normalización del irrespeto, la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la fragilidad contractual— aparecen como hechos asumidos, no como excepciones. Y es precisamente esa naturalidad la que les da gravedad. Porque lo que se cuenta no es una anomalía, sino una estructura.

    A lo largo de la entrevista se percibe que Torrecilla ha hecho un ejercicio profundo de comprensión de su propia historia. No hay contradicciones forzadas ni revisiones oportunistas. Lo que dice hoy encaja con lo que ha dicho en otros momentos, pero con una diferencia clave: ahora habla sin prisa. Esa falta de urgencia le permite detenerse en matices que antes quizá no eran visibles, incluso para ella misma. Hay una madurez narrativa que solo llega cuando el tiempo ha hecho su trabajo.

    El fútbol, en su relato, aparece muchas veces como refugio y otras tantas como espacio de tensión. Fue el lugar donde se sintió libre y también donde tuvo que soportar situaciones que hoy serían inaceptables. Esa ambivalencia no se resuelve; se acepta. Torrecilla no necesita reconciliarse con una versión ideal del deporte. Asume su complejidad, sus luces y sus sombras, y desde ahí construye una relación más sana con lo que fue su vida durante tantos años.

    Uno de los aspectos más poderosos de la entrevista es la manera en que Torrecilla habla del miedo. No solo del miedo a la enfermedad, sino del miedo anterior: el miedo a no encajar, a no ser aceptada, a no tener futuro. Es un miedo silencioso, persistente, que acompañó su carrera mucho antes del diagnóstico médico. Al ponerlo en palabras, sin dramatismo, lo convierte en una experiencia compartible, reconocible para muchas personas que han tenido que abrirse camino en entornos que no estaban pensados para ellas.

    La enfermedad, paradójicamente, aparece como el punto que detiene esa huida constante hacia adelante. El cuerpo dice basta y obliga a mirar de frente lo esencial.

    Torrecilla habla de ese momento como un corte radical, pero no como una ruptura con su identidad. El fútbol no desaparece, pero deja de ocupar todo el espacio. En El Cafelito, esa transformación se percibe como uno de los aprendizajes más profundos de su vida, incluso más que cualquier logro deportivo.

    Hay una honestidad notable cuando reconoce que no siempre fue fuerte, que hubo miedo, cansancio, fragilidad. En un mundo deportivo que glorifica la resistencia sin fisuras, escuchar a alguien hablar así tiene un valor especial. No hay épica del sufrimiento, sino reconocimiento de la vulnerabilidad como parte inevitable de la experiencia humana. Esa perspectiva no resta grandeza a su historia; la amplía.

    La entrevista también deja claro que Torrecilla no busca controlar cómo será recordada. No insiste en fijar un legado ni en definir su lugar en la historia. Esa renuncia a la autopromoción es, en sí misma, una forma de coherencia. Su historia queda ahí, disponible, sin instrucciones de uso. Cada cual puede leerla desde su propia experiencia.

    El papel de Pedrerol, en este punto, vuelve a ser relevante por lo que no hace. No intenta conducir el relato hacia una conclusión cerrada, no resume, no interpreta por ella. Permite que la conversación se apague de forma natural, como se apagan las charlas importantes: sin una frase final perfecta, pero con la sensación de que algo ha quedado claro.

    Y lo que queda claro, cuando la entrevista termina, es que Virginia Torrecilla representa una forma de entender el deporte que no siempre tiene espacio en los focos. Una forma basada en la perseverancia silenciosa, en la dignidad cotidiana, en la capacidad de resistir sin convertirse en estatua. Su historia no necesita ser mitificada porque ya es significativa tal y como es.

    La conversación en El Cafelito no pretende cambiar nada de forma inmediata, pero deja una huella profunda. Funciona como un recordatorio de que el deporte no se construye solo con victorias, sino con trayectorias. Que detrás de cada avance hay historias largas, complejas, a menudo incómodas. Y que escucharlas es una forma de justicia.

    Virginia Torrecilla no se despide del fútbol en esta entrevista, pero tampoco se aferra a él. Habla desde un lugar de equilibrio poco común, desde una serenidad conquistada. Esa posición le permite mirar atrás sin nostalgia tóxica y mirar adelante sin ansiedad. Es, quizás, el mayor triunfo de su recorrido.

    La épica de esta entrevista no está en el tono ni en la puesta en escena. Está en la acumulación de verdad. En la coherencia entre lo vivido y lo contado. En la valentía tranquila de quien decide hablar cuando ya no necesita demostrar nada.

    Y por eso esta conversación permanece. Porque no grita, no exagera, no dramatiza. Simplemente existe. Y en esa existencia, tan humana y tan real, explica mejor que muchos discursos qué ha sido, qué es y qué puede llegar a ser el fútbol femenino contado desde dentro.

    Cuando la cámara se apaga y el café se enfría, lo que permanece no es una frase brillante ni un titular diseñado para circular rápido, sino la sensación de haber escuchado algo que necesitaba tiempo para ser dicho. La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol no deja una consigna ni una conclusión cerrada; deja un poso. El de una vida atravesada por el fútbol, por la desigualdad, por la enfermedad y por una reconstrucción que no busca aplauso. Torrecilla no se erige en símbolo por voluntad propia, pero termina siéndolo porque su historia condensa muchas otras que durante años no tuvieron voz ni espacio.

    Su relato no reclama compasión ni reconocimiento tardío. Reclama memoria. Memoria de cómo se jugaba cuando no había focos, de cómo se resistía cuando no había estructura, de cómo se seguía adelante cuando el cuerpo y el entorno decían basta. En ese ejercicio de memoria hay una forma de justicia silenciosa, una reparación que no pasa por el homenaje ni por la épica impostada, sino por la escucha atenta.

    La conversación en El Cafelito no busca cerrar una etapa ni abrir otra. Se sitúa en un punto de equilibrio poco habitual, desde el que se puede mirar el pasado sin idealizarlo y el presente sin darlo por garantizado. Torrecilla habla desde la serenidad de quien ha atravesado lo peor y ha aprendido a vivir sin urgencias, sin la necesidad constante de demostrar. Y esa serenidad, conquistada a fuerza de golpes, es quizá su mayor legado.

    Cuando todo termina, queda una certeza difícil de ignorar: el fútbol femenino no se explica solo con resultados, audiencias o contratos. Se explica con historias como esta, largas, complejas, a veces incómodas, profundamente humanas.

    Escucharlas no es un gesto de nostalgia, sino una obligación con el presente y una responsabilidad con el futuro.

    Virginia Torrecilla es, por encima de cualquier etiqueta deportiva, un ejemplo de superación tras reponerse de un tumor cerebral que alteró por completo su vida y su carrera. No lo es por haber regresado a competir ni por la dimensión pública de su historia, sino por la manera en que afrontó la enfermedad, aceptó la fragilidad y reconstruyó su identidad sin renunciar a lo que fue. Su testimonio no glorifica el sufrimiento ni lo convierte en espectáculo; lo humaniza.

    Y en ese gesto, sereno y honesto, reside la verdadera fuerza de su historia.

    Virginia Torrecilla no levanta la voz ni pide permiso. Cuenta. Y al hacerlo, deja constancia de algo esencial: que la dignidad también juega partidos largos, que hay victorias que no aparecen en los marcadores y que algunas entrevistas, como algunas vidas, no necesitan más ruido para quedarse.

    En uno de los momentos más distendidos de la conversación, Josep Pedrerol le preguntó directamente si era del Barcelona, una cuestión casi inevitable por su pasado como jugadora azulgrana. Virginia Torrecilla respondió con naturalidad y sin titubeos que no, que su sentimiento deportivo está ligado al Atlético de Madrid. La respuesta, sencilla y sin necesidad de matices, cerró la entrevista con una nota de identidad clara y honesta, coherente con todo su relato: el de una futbolista que ha pasado por grandes clubes, pero que habla siempre desde la verdad de su recorrido personal y emocional.

    Queda claro así que la internacional absoluta por España jamás olvidará lo que la entidad que preside Lola Romero hizo por ella durante su enfermedad.

    Ver la entrevista aquí |

    https://youtu.be/3QZo0ilU2KA?si=beuYpP4m7VJ_h0Ez

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • La crónica | El Arsenal desata la tormenta perfecta y convierte la semifinal en manifiesto

    (Fuente: FIFA)

    ◼️ No fue un partido. Fue una declaración. Una exhibición de jerarquía, ritmo y fútbol total que convirtió la segunda semifinal de la Copa de Campeones Femenina en un relato de una sola dirección. El Arsenal Women, implacable desde el primer minuto, desbordó por completo al ASFAR Rabat Women con un 6-0 rotundo, una goleada que habla tanto de la ambición londinense como del punto exacto en el que el fútbol no admite concesiones. Gol a gol, presión a presión, las ‘Gunners’ firmaron una noche que las impulsa directamente a la gran final ante Corinthians, con la sensación de haber llegado a Londres para mandar.

    El duelo al detalle |

    (Fuente: FIFA)

    🏆 FIFA Women’s Champions Cup 2026™

    🔥 Arsenal Women 🆚 ASFAR 🔥

    🤝 Segunda semifinal

    📅 Miércoles, 28 de enero de 2026

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    📺 APP de DAZN

    🏟️Brentford Community Stadium, Londres

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    Los primeros compases no dejaron goles, pero sí mensajes. El Arsenal movía el balón con paciencia, sin ansiedad, como quien sabe que el tiempo juega a su favor. ASFAR, ordenado, intentaba resistir, consciente de que cada minuto sin encajar reforzaba su confianza.

    Pero había algo en el lenguaje corporal de las londinenses que anticipaba lo inevitable. No había prisas, pero sí determinación. No había nervios, pero sí hambre.

    El Arsenal estaba midiendo. Y cuando un equipo de este calibre mide, es porque ya ha decidido dónde va a golpear.

    El primer gol llegó como llegan los goles de los equipos grandes: sin estridencias, casi sin aviso. Una posesión larga, horizontal, diseñada no para avanzar metros sino para desordenar estructuras. El ASFAR basculaba, cerraba, se ayudaba. Pero cada desplazamiento lateral era una pequeña concesión.

    El balón viajó de un lado a otro hasta que apareció el espacio. No fue un fallo evidente. Fue una microrrotura, una desconexión mínima entre central y lateral, suficiente para que el Arsenal encontrara profundidad. El centro fue preciso, tenso, al corazón del área. Y allí, el remate. Limpio. Inapelable.

    El 1-0 no fue un golpe devastador, pero sí fue el primer aviso serio. La semifinal ya tenía dueño territorial en el minuto 8 de juego, el duelo no era tan equilibrado como el que midió al mediodía al Gotham con el Corinthians (0-1).

    Cuatro minutos más tarde, la ventaja se duplicó cuando Maanum se giró y disparó a bocajarro. Caldentey marcó el tercero poco después, transformando con sangre fría un penalti tras una mano de Zineb Redouani dentro del área para poner el 2-0 en el 12, poco antes del primer cuarto de hora.

    En ese momento, la semifinal empezó a deslizarse peligrosamente hacia un escenario que ASFAR quería evitar a toda costa: el partido largo, el desgaste, la sensación de estar siempre persiguiendo sombras.

    Con dos goles de ventaja, el Arsenal no bajó el ritmo. Tampoco lo desató sin sentido. Hizo lo que hacen los equipos que saben competir: administrar la superioridad sin renunciar a la identidad.

    La circulación fue aún más fluida. Las líneas, más cortas. El ASFAR, por momentos, ya no defendía para robar, sino para limitar daños. Cada llegada inglesa era una amenaza latente.

    La semifinal, poco a poco, empezaba a parecerse a un monólogo para el actual campeón de la Liga de Campeones Femenina.

    El tercer gol llegó justo cuando ASFAR empezaba a pensar en el descanso como refugio. Y llegó de la manera más dolorosa: con fútbol asociativo, con precisión quirúrgica, con la sensación de que el Arsenal estaba jugando en otra dimensión.

    La jugada fue una coreografía perfecta. Pase interior, apoyo, devolución, desmarque.
    El ASFAR quedó partido por la mitad durante un segundo. Fue suficiente. La llegada desde segunda línea culminó la acción con autoridad para poner el 3-0 en el 41 que mataba el encuentro de algún modo.

    pitido que señalaba el final de la primera parte sonó casi como un alivio para ASFAR Rabat. El marcador era duro, pero el castigo podía haber sido mayor. Para el Arsenal, en cambio, el descanso fue una pausa incómoda, una interrupción de un flujo que dominaba por completo.

    Las londinenses se marcharon al vestuario sin euforia. Con la seriedad de quien sabe que el trabajo no está terminado.

    Y lo que vendría después confirmaría que el Arsenal no entiende de medias tintas.

    La imagen de las londinenses al volver al césped fue reveladora. No hubo repliegue conservador ni gesto alguno que indicara administración del resultado. Las líneas siguieron altas, el bloque compacto, la presión activa. El mensaje era claro: no se trata de ganar, sino de cómo se gana.

    En ese punto del partido, el Arsenal ya no competía contra el ASFAR Rabat, sino contra una idea más abstracta: la de no traicionarse a sí mismo. Los equipos grandes no entienden las semifinales como trámites ni las goleadas como excusas para bajar el ritmo. Las entienden como escenarios donde se construye reputación.

    El ASFAR Rabat, consciente de la situación, intentó introducir matices. Adelantó tímidamente su bloque, buscó posesiones más largas, trató de respirar con el balón. Pero cada intento encontraba un obstáculo inmediato. El Arsenal no solo recuperaba rápido: recuperaba bien. Siempre con una jugadora perfilada para el siguiente pase, siempre con una línea de progresión clara.

    A esas alturas, el mayor desafío para el ASFAR no era táctico ni físico, sino psicológico. Defender durante largos tramos, correr detrás del balón, encajar goles sin margen de respuesta va erosionando convicciones. El fútbol de élite no perdona las dudas, y el Arsenal se alimenta de ellas.

    Cada control marroquí era observado. Cada pase lateral, presionado. Cada despeje, devuelto de inmediato. El partido se jugaba casi exclusivamente en campo del ASFAR, que ya no encontraba salida ni refugio.

    El cuarto gol no tuvo la belleza estructural del tercero ni la contundencia psicológica del segundo. Tuvo algo diferente, quizá más revelador: la lógica aplastante del dominio.

    Llegó tras una secuencia prolongada de ataques. Centro lateral rechazado, balón suelto, segunda jugada mal defendida. El Arsenal, atento, atacó el espacio con determinación. El disparo fue potente, directo, sin necesidad de florituras.

    Ese gol fue el que terminó de transformar la semifinal en un ejercicio de control absoluto. No quedaba espacio para el milagro ni para la épica desde el lado marroquí. Solo para la resistencia y el aprendizaje en el minuto 61 de juego.

    Con el 4-0 en el marcador, el Arsenal mostró quizá su rasgo más definitorio: la ausencia total de complacencia. No hubo gestos de exceso ni celebraciones desmedidas. Hubo concentración, orden y continuidad .

    El equipo se movía como una unidad orgánica. Las distancias entre líneas eran mínimas. Las coberturas, automáticas. La ocupación del área rival, constante pero racional. No atacaban todas al mismo tiempo; atacaban las necesarias.

    El ASFAR Rabat seguía intentando competir. Cada duelo ganado era celebrado como una pequeña victoria. Cada posesión larga, una forma de reafirmarse. Pero el Arsenal siempre volvía a tomar el control, como una marea que retrocede solo para volver con más fuerza.

    El quinto tanto llegó cuando el partido ya estaba completamente decantado, pero no por ello perdió significado.

    Al contrario. Fue el gol que convirtió la semifinal en un festival futbolístico sin crueldad.

    La jugada nació desde atrás, con calma, con una circulación que parecía casi didáctica. El ASFAR trató de cerrar espacios, pero el Arsenal encontraba siempre una línea más. El pase final dejó a la atacante en una posición franca. La definición fue precisa, casi serena.

    El 5-0 en el no provocó abatimiento en las marroquíes, sino una resignación digna. Sabían que el rival era superior y lo aceptaron sin renunciar a su identidad en el minuto 66 de la semifinal.

    Llegados a este punto, el ASFAR Rabat ya jugaba otro partido. Uno invisible para el marcador, pero fundamental para su historia. El de mantener la dignidad, el de seguir compitiendo pese a la evidencia.

    El equipo marroquí no se descompuso. No perdió el orden. No recurrió a la dureza. Entendió que aquella noche no era para ganar, sino para aprender. Y esa lectura, en contextos así, también es una victoria silenciosa.

    El sexto gol fue la consecuencia natural de todo lo anterior. No un castigo añadido, sino el cierre lógico de una noche sin concesiones. El Arsenal encontró espacio una vez más, combinó con paciencia y atacó el área con determinación. El remate final puso el broche definitivo cuando el luminoso andaba ya por el minuto 75, a un cuarto de hora para el noventa .

    El marcador ya no importaba. Importaba la sensación. Y la sensación era inequívoca: el Arsenal había convertido la semifinal en un manifiesto futbolístico.

    Cuando la árbitra señaló el final del partido, no hubo saltos ni gestos desmedidos. El Arsenal celebró con sobriedad. Porque los equipos grandes no celebran semifinales; celebran finales.

    Las jugadoras del ASFAR Rabat se saludaron entre sí y con sus rivales. Habían sido superadas, sí, pero también habían formado parte de un escenario que impulsa el crecimiento del fútbol femenino global.

    Y ahora, el último capítulo. En la final aguarda el Corinthians, coloso brasileño, campeón sudamericano, símbolo de otra escuela, de otra cultura futbolística. Europa contra Brasil. Método contra talento. Precisión contra improvisación.

    El Arsenal llega lanzado, con una goleada que no solo lo impulsa, sino que lo define. Ha dicho quién es y cómo quiere competir. Ahora le queda demostrarlo en el escenario definitivo.

    La Copa de Campeones Femenina ya tiene final.
    Y el mundo del fútbol femenino, un nuevo pulso que observar.

    Goles |

    1-0 Blacktenius 8’ ⚽️
    2-0 Frida Maanun 12’ ⚽️
    3-0 Mariona Caldentey (P.) 22’ ⚽️
    4-0 Olivia Smith 41’ ⚽️
    5-0 Alessia Russo 66’ ⚽️
    6-0 Alessia Russo 76’ ⚽️

    📋 Ficha técnica |

    Borbe; Holmberg, Laia Codina, Wubben-Moy, Hinds; Pelova, Caldentey, Maanum, Smith; Mead, Blackstenius 

    Suplentes usadas:
    Caitlin Foord (45′), Kim Little (45′), Katie McCabe (61′), Alessia Russo (60′), Cloe Kelly (77’).

    ASFAR Rabat WomenTitulares:
    Errmichi; Boukhami, Aït El Haj, Rabbah (c), Redouani; Sanaa, Saïd, Erroudany, Benzina; Lahmari, Tagnaout.

    Cambios:El Madani (75′), Gnammi (70′), entre otras sustituciones del banquillo. 

    (Fuente: DAZN)

  • La previa | Arsenal vs ASFAR Rabat Women

    (Fuente: FIFA)

    ◼️ El grito del fútbol femenino: Arsenal Women y ASFAR se batirán el cobre para estar una final en la que ya espera Corinthians.

    Este miércoles, 28 de enero de 2026, a las 19:00 horario peninsular el Brentford Stadium será testigo de un enfrentamiento histórico: Arsenal Women, campeonas de Europa, contra ASFAR, las dominadoras africanas, en la segunda semifinal de la FIFA Women’s Champions Cup. Más que un partido, es un choque de culturas, estilos y ambiciones que promete escribir un nuevo capítulo en la historia del fútbol femenino global.

    La FIFA Women’s Champions Cup 2026 es más que un torneo; es un nuevo paradigma del fútbol femenino de clubes, una competición que une campeonas de todas las confederaciones en una lucha directa por la supremacía mundial. Con seis equipos invitados, representando a UEFA, CAF, CONCACAF, CONMEBOL, AFC y OFC, la cita se concibe como un preludio del futuro Mundial de Clubes Femenino, con premio récord en la historia del fútbol femenino y cobertura global sin precedentes.

    Este torneo simboliza un paso decisivo en la globalización del deporte, donde ya no basta con dominar una liga local o continental; la auténtica hegemonía se mide en enfrentamientos directos entre continentes. En este contexto, la semifinal entre Arsenal y ASFAR representa la verdadera prueba de fuego para ambas escuadras: una batalla donde historia, tradición, audacia y estrategia se entrelazan.

    El Arsenal Women a esta semifinal con la fuerza de su historia: múltiples títulos de liga inglesa, copas nacionales y, especialmente, la UEFA Women’s Champions League 2025, lograda tras derrotar al FC Barcelona por 1–0 en una final que combinó disciplina defensiva y explosión ofensiva.

    Este triunfo europeo marcó el regreso del Arsenal al trono continental 18 años después de su primer título, consolidando a las Gunners como una potencia no solo local, sino global.

    Su última temporada europea mostró la capacidad de manejar partidos de alta tensión: desde goleadas contra Lyon y Real Madrid hasta victorias ajustadas ante rivales de primer nivel. La profundidad de plantilla y la inteligencia táctica son evidentes en cada línea: defensas seguras, mediocampo creativo y delanteras con instinto goleador.

    El estilo del Arsenal basa en posesión, ritmo controlado y transiciones rápidas. Su estructura permite alternar entre presión alta y ataques verticales con extremos veloces. La experiencia continental les otorga capacidad para adaptarse a contextos de alta presión, manejar la ansiedad del partido y neutralizar ataques rivales sin perder agresividad ofensiva.

    Jugadoras clave aportan técnica, visión y liderazgo, equilibrando juventud con veteranía. La cohesión y disciplina táctica son el sello que ha permitido a Arsenal superar obstáculos y mantener un rendimiento sobresaliente en los momentos decisivos de la Champions League.
    ASFAR Women, desde Marruecos, representa el ascenso del fútbol africano femenino. Campeonas nacionales repetidas veces y vencedoras de la CAF Women’s Champions League 2025, ASFAR ha demostrado consistencia y capacidad para enfrentar rivales de alto nivel. Su victoria frente al campeón asiático —Wuhan Chegu Jiangda WFC— en cuartos de final consolidó su posición como contendientes globales.

    La semifinal ante Arsenal no es solo una oportunidad deportiva, sino un momento histórico: por primera vez, un club africano tiene la posibilidad real de disputar una final mundial contra la élite europea, demostrando que el fútbol africano femenino ha alcanzado madurez competitiva y táctica.

    El ASFAR combina intensidad física, disciplina defensiva y velocidad en las transiciones ofensivas. Sus jugadoras clave poseen experiencia internacional, desde mundiales sub‑20 hasta torneos africanos, aportando madurez y calma en momentos de presión.

    Su juego se caracteriza por ataques rápidos, presión alta en zonas estratégicas y robustez en defensa, buscando aprovechar cada desajuste del rival. La capacidad de adaptarse a distintas situaciones de partido y su mentalidad audaz hacen de ASFAR un rival impredecible y peligroso, incluso para equipos consolidados como el Arsenal.

    🏆 FIFA Women’s Champions Cup 2026™

    🔥 Arsenal Women 🆚 ASFAR 🔥

    🤝 Segunda semifinal

    📅 Miércoles, 28 de enero de 2026

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    📺 APP de DAZN

    🏟️Brentford Community Stadium, Londres

    (Fuente: FIFA)
  • La crónica | El Corinthians bate al Gotham en un duelo de poder a poder

    (Fuente: DAZN)

    🔵¡Triunfo sudamericano! As bravas se impusieron por 0-1 al conjunto estadounidense en un desenlace de infarto.

    La previa |

    (Fuente: FIFA)

    Mañana no se juega solo un partido de fútbol. Mañana, cuando Corinthians y Gotham FC salten al césped londinense, el fútbol femenino de clubes entrará en un territorio que hasta ahora solo había podido imaginarse en abstracto. Durante décadas, el deporte avanzó por caminos paralelos, separados por océanos, calendarios, culturas y modelos de crecimiento. Europa construyó su hegemonía continental. Estados Unidos consolidó una industria. Sudamérica defendió el alma, la calle, la pasión y la resiliencia. Todo eso convivía, pero nunca chocaba de frente, nunca se ponía a prueba en igualdad de condiciones, nunca se miraba a los ojos en una semifinal mundial organizada bajo el sello de la FIFA.
    Eso cambia mañana.
    Corinthians y Gotham FC no representan únicamente a dos clubes. Representan dos continentes, dos tradiciones, dos maneras de entender el fútbol femenino y, sobre todo, dos visiones sobre hacia dónde debe caminar el juego en los próximos veinte años. Esta semifinal no es un accidente del calendario. Es una consecuencia histórica. El resultado de una acumulación de procesos, luchas, inversiones, convicciones y sacrificios que desembocan en noventa minutos —o quizá más— que marcarán un antes y un después.
    Corinthians llega a esta semifinal como llega siempre a los grandes escenarios: con el peso de un escudo que no permite medias tintas. En Brasil, Corinthians no es un club más. Es una institución que se define por la resistencia, por la identificación popular, por la idea de que el fútbol no pertenece a una élite sino a la gente. Ese ADN, trasladado al fútbol femenino, ha construido una hegemonía sudamericana pocas veces vista. Desde su consolidación como proyecto competitivo, el Corinthians femenino ha entendido que ganar no es suficiente; hay que ganar representando algo, sosteniendo una identidad reconocible, imponiendo respeto incluso antes de que ruede el balón.
    El Corinthians femenino ha aprendido a convivir con la presión extrema. Cada Libertadores jugada, cada final nacional disputada, cada clásico ganado ha reforzado una mentalidad que hoy es su mayor fortaleza: la convicción absoluta de que los partidos grandes no se negocian, se afrontan. No hay vértigo escénico. No hay complejos ante escudos extranjeros. Hay una certeza interior, casi innegociable, de que el equipo siempre estará en partido, incluso cuando el contexto sea adverso.
    Ese convencimiento se refleja en su manera de competir. Corinthians no necesita dominar el balón durante largos tramos para sentirse cómodo. Tampoco se descompone si debe defender bajo, cerrar espacios, resistir oleadas. Es un equipo que entiende los tiempos del partido con una madurez impropia de quien aún está escribiendo su historia global. Sabe cuándo acelerar, cuándo enfriar, cuándo golpear y cuándo esperar. En torneos cortos, esa lectura del juego es oro puro.
    Frente a ellas estará Gotham FC, la expresión más nítida del nuevo fútbol femenino estadounidense. Gotham no es el equipo que vive de la tradición ni de la nostalgia de la selección campeona del mundo. Es un proyecto moderno, ambicioso, construido con una lógica casi quirúrgica, pensado para competir en contextos internacionales donde ya no basta con el físico, la intensidad o el talento individual. Gotham ha entendido algo fundamental: el fútbol femenino global se ha igualado, y para marcar diferencias hay que dominar todos los registros del juego.
    Gotham llega a esta semifinal con una identidad clara, pero flexible. Es un equipo que puede presionar alto, pero también gestionar la posesión. Que puede imponer ritmo, pero sabe bajar revoluciones cuando el partido lo exige. Que tiene jugadoras acostumbradas a escenarios de máxima exigencia, tanto en clubes como en selecciones, y que ha incorporado una cultura competitiva donde perder no es una opción asumible, sino un problema a corregir.
    A diferencia de Corinthians, Gotham no carga con una herencia popular tan pesada. Su fortaleza no nace de la calle, sino de la estructura. De la planificación. De la convicción de que el fútbol femenino merece ser tratado como un producto de élite, con todos los recursos necesarios para alcanzar el máximo nivel. Eso no lo hace menos pasional; lo hace más metódico. Gotham compite desde el análisis, desde el estudio del rival, desde la preparación minuciosa de cada escenario posible.
    Y ahí reside uno de los grandes atractivos de esta semifinal: el choque de mentalidades. Corinthians juega con el corazón blindado por la experiencia continental. Gotham juega con la cabeza entrenada para escenarios globales. Ninguna de las dos llega por casualidad. Ninguna está fuera de lugar. Ambas se han ganado el derecho a estar aquí desde caminos distintos, pero igual de legítimos.
    El partido, además, se disputa en Londres, un territorio simbólico. Europa, cuna del fútbol moderno y actual epicentro del desarrollo femenino, actúa como escenario neutral de un duelo intercontinental que parecía imposible hace apenas unos años. No es casualidad. Es una declaración de intenciones. El fútbol femenino ya no pertenece a un solo continente. Ya no se explica desde una única narrativa. Es un ecosistema global, y esta semifinal es una de sus primeras manifestaciones puras.
    Desde el punto de vista táctico, el enfrentamiento promete una riqueza pocas veces vista. Corinthians probablemente apostará por un bloque sólido, compacto, con líneas juntas y transiciones rápidas. No buscará un intercambio constante de golpes. Intentará llevar el partido a un terreno donde la experiencia, la lectura emocional y la eficacia marquen la diferencia. Gotham, en cambio, intentará imponer ritmo, amplitud, circulación rápida y presión tras pérdida. Buscará desgastar, mover, obligar a Corinthians a tomar decisiones incómodas.
    La batalla del mediocampo será clave. Ahí se decidirá si el partido se juega a la velocidad que quiere Gotham o al tempo que prefiere Corinthians. También será fundamental la gestión de los momentos posteriores al gol, si lo hay. Corinthians sabe proteger ventajas como pocos equipos. Gotham sabe reaccionar ante la adversidad. El que imponga su narrativa emocional tendrá medio camino recorrido.
    Pero más allá de lo táctico, este partido se juega en una dimensión simbólica. Para Corinthians, ganar significaría demostrar que Sudamérica no solo compite, sino que puede liderar el fútbol femenino global. Que su dominio continental no es un fenómeno aislado, sino una base sólida desde la que aspirar a todo. Para Gotham, alcanzar la final sería la confirmación de que el modelo estadounidense, evolucionado y adaptado, sigue siendo una referencia mundial, ahora también en torneos organizados fuera de su órbita habitual.
    Las jugadoras lo saben. No hace falta que nadie se lo recuerde. En cada entrenamiento previo, en cada charla técnica, en cada momento de concentración, la sensación es la misma: están ante algo que trasciende el resultado inmediato. Están escribiendo historia. Están poniendo cimientos. Están abriendo una puerta que ya no se cerrará.
    Mañana, cuando el balón empiece a rodar, todo lo que hoy es relato se convertirá en acción. El ruido desaparecerá. Quedarán las decisiones, los duelos, los errores, los aciertos. Quedará la verdad del fútbol. Pero pase lo que pase, gane quien gane, esta semifinal ya habrá cumplido una misión irreversible: demostrar que el fútbol femenino de clubes ha entrado definitivamente en su era mundial.
    Con el Emirates Stadium del Arsenal como epicentro simbólico, la FIFA ha lanzado un órdago económico que, aunque todavía lejos de las cifras obscenas del fútbol masculino, marca un antes y un después irreversible en la valoración real del fútbol femenino de clubes. No es solo una cuestión de dinero; es una cuestión de mensaje. De jerarquía. De intenciones. Por primera vez, el máximo organismo del fútbol mundial ha puesto cifras encima de la mesa que obligan a todos —clubes, federaciones y confederaciones— a replantearse el lugar que ocupa el fútbol femenino en la economía global del deporte.
    La cifra ha retumbado en los despachos de medio mundo como un trueno seco y definitivo: 2,3 millones de dólares, algo más de 2,1 millones de euros, para el equipo que levante el trofeo el próximo 1 de febrero. Nunca antes un club femenino había recibido un premio individual tan alto por ganar una competición. Nunca. Es un récord absoluto. El subcampeón, lejos de marcharse con las manos vacías, ingresará un millón de dólares, mientras que los otros dos semifinalistas se asegurarán 200.000. Incluso los equipos que no aspiraban al título desde el inicio, como Auckland United o Wuhan Chegu Jiangda, ya han asegurado 100.000 dólares simplemente por estar presentes. Participar ya no es simbólico. Participar ya paga.
    Son cifras que marean si se observan desde la óptica histórica del fútbol femenino, un deporte que durante décadas sobrevivió entre presupuestos mínimos, salarios invisibles y una precariedad estructural normalizada. FIFA ha decidido romper ese techo de cristal de un solo golpe, con un torneo breve, concentrado, casi quirúrgico, pero con un impacto económico inmediato que supera incluso a competiciones mucho más largas y consolidadas.

    comparación con la UEFA Women’s Champions League resulta inevitable. El organismo europeo ha realizado esfuerzos titánicos en los últimos años, incrementando premios y visibilidad, pero su modelo sigue fragmentando las recompensas en función de victorias, empates y fases superadas. Un equipo que complete un torneo perfecto en Europa puede rondar entre 1,4 y 1,6 millones de euros en total. FIFA, con un torneo relámpago de solo seis equipos, ya supera esa cifra máxima de un plumazo. No es solo una mejora: es un cambio de paradigma.
    Y cuando el foco se desplaza hacia Sudamérica, el relato adquiere una dimensión aún más reveladora. La Copa Libertadores Femenina 2025 otorgó al campeón cerca de dos millones de dólares, una cifra que por fin se acerca a los estándares que FIFA plantea ahora y que confirma algo fundamental: Sudamérica ha entendido que sin inversión no hay crecimiento, y que sin crecimiento no hay futuro competitivo. Corinthians llega a esta semifinal no solo como un gigante deportivo, sino como el producto de una región que ha decidido apostar en serio por su fútbol femenino.
    Sin embargo, la comparación sigue siendo cruel cuando se cruza definitivamente la frontera hacia el fútbol masculino. El ganador de la Champions League masculina de 2026 podría embolsarse solo por disputar la final alrededor de 25 millones de euros, acumulando más de 100 millones a lo largo del torneo. La diferencia sigue siendo abismal. Dolorosa. Innegable. Pero incluso ahí hay una lectura nueva: por primera vez, el fútbol.

    (Fuente: FIFA)

    Los onces |

    El duelo al detalle |

    🏆 FIFA Women’s Champions Cup 2026™

    🤝 Primera semifinal

    📅 Miércoles, 28 de enero de 2026

    ⏰ 13:30 horario peninsular

    📺 APP de DAZN

    🏟️Brentford Community Stadium, Londres

    Hubo un instante —apenas un segundo suspendido en el aire húmedo de Londres— en el que nadie celebró nada. Ni las que habían ganado, ni las que habían perdido, ni siquiera quienes estaban allí para certificar el resultado. El pitido final no fue un estallido: fue un acto solemne. Porque lo que acababa de terminar no era solo un partido. Era el primer partido de la historia de la Intercontinental Femenina. Y eso, incluso antes de entenderlo, se siente.

    El marcador dirá para siempre 0–1. Dirá que Corinthians venció. Dirá que NJ se quedó sin gol. Dirá que fue un resultado corto, austero, casi minimalista. Pero el marcador miente cuando la historia es más grande que los números. Porque esta noche no se jugaba por un título más: se jugaba por el derecho a existir en igualdad de memoria.

    La FIFA lo llamó Women’s Champions Cup. Los documentos oficiales hablarán de formato, de calendarios, de confederaciones. Pero el fútbol —el de verdad— lo bautizó de otra forma: el día en que el mundo femenino se atrevió a mirarse de frente y decir “ya estamos aquí”.

    Londres 2026 no fue una sede. Fue un punto de encuentro. Europa dejó de ser el centro para convertirse en el cruce. América llegó desde dos orillas distintas, con dos formas opuestas de entender el juego y una misma ambición: escribir la primera página.

    El césped estaba perfecto. Como siempre. Como debe estar cuando sabes que no puedes fallar. Porque el error, esta vez, no era perder: era no estar a la altura del momento.

    Desde Sudamérica llegó Corinthians, con su escudo pesado, con su historia cargada de Libertadores, con esa forma tan brasileña de jugar al fútbol femenino: mezcla de rigor competitivo y orgullo popular, de talento trabajado y convicción colectiva. No viajaron solo para ganar. Viajaron para representar a todo un continente que lleva décadas produciendo talento sin pedir permiso.

    Desde Norteamérica apareció NJ, heredero de una liga que profesionalizó antes que nadie, que entendió antes que nadie que el fútbol femenino no era un anexo sino un motor. NJ no era solo un club: era la expresión del modelo, del músculo, de la estructura, del fútbol como industria bien construida. No estaban allí por azar. Estaban allí porque el sistema los había empujado hasta ese lugar.

    Y entre ambos, el vacío. Ese espacio simbólico donde antes no había nada. Donde antes no se enfrentaban campeonas de confederaciones. Donde antes el fútbol femenino miraba con cierta envidia cómo los hombres levantaban trofeos intercontinentales mientras ellas seguían luchando por reconocimiento.

    Esta noche, por primera vez, ese vacío desapareció.

    No hubo himno histórico previo. No hubo nostalgia porque no había pasado. Todo era presente. Todo era estreno. Todo era frágil y poderoso a la vez, como solo lo son las cosas que nacen grandes.

    La Intercontinental Femenina no empezó con una goleada ni con un partido desbordado de épica clásica. Empezó como empiezan las cosas importantes: con tensión, con miedo a equivocarse, con la conciencia de que cada gesto iba a ser observado, archivado, recordado.

    Las jugadoras lo sabían. En la forma de mirar al césped. En la manera de ajustar el brazalete. En cómo se gritaban entre ellas sin estridencias, como si el respeto por el momento obligara a bajar medio tono la voz.

    Porque no se trataba solo de ganar. Se trataba de ser dignas del primer capítulo.

    El fútbol femenino ha tenido muchos “primeros” forzados, improvisados, mal contados. Este no. Este estaba preparado. Este tenía logo, patrocinador, relato global. Este tenía una foto pensada para durar décadas. Y esa foto —la jugadora de Corinthians de rodillas, puños cerrados, grito al cielo— ya no pertenece al partido. Pertenece a la historia.

    Pero antes de llegar ahí, antes del grito, antes del gol, antes incluso del primer pase, hubo algo más importante: la certeza compartida de que nada volvería a ser igual después.

    Porque cuando una competición nace con vocación global, cuando la FIFA pone su sello y el mundo responde, el fútbol femenino deja de pedir sitio. Lo ocupa.

    Y así, sin fuegos artificiales, sin exageraciones impostadas, comenzó el partido que no necesitaba ser perfecto para ser eterno.

    El balón echó a rodar y con él, empezó oficialmente la historia de la Intercontinental Femenina.

    fútbol femenino no llegó hasta aquí por inercia. Llegó por insistencia. Por años de empujar puertas que no estaban cerradas, sino simplemente ignoradas. La Intercontinental Femenina no nació de una idea romántica, sino de una evidencia imposible de seguir esquivando: el juego ya era global, los títulos ya eran continentales, las campeonas ya existían… solo faltaba atreverse a enfrentarlas.

    Durante décadas, el fútbol femenino vivió fragmentado. Europa mirándose a sí misma. América del Norte creciendo hacia dentro. Sudamérica compitiendo con menos focos pero con una identidad feroz. Asia y África llamando a la puerta. Todo existía, pero nada se cruzaba. La historia estaba escrita en paralelo, nunca en común.

    La FIFA entendió —tarde, pero entendió— que no se puede hablar de universalidad sin choque de mundos. Que no hay grandeza sin riesgo. Que no basta con coronar reinas regionales si nunca las sientas en la misma mesa. La Women’s Champions Cup fue concebida como eso: una mesa compartida, incómoda al principio, inevitable después.

    No era una prueba piloto. No era un torneo amistoso de prestigio. Era una declaración estructural. Un mensaje directo a federaciones, clubes, ligas y mercados: el fútbol femenino ya no iba a ser contenido local con relato global, sino competición global con consecuencias reales.

    Por eso el primer partido importaba tanto.

    Corinthians no llegó a Londres por casualidad ni por marketing. Llegó como llega quien sabe competir en torneos largos, quien ha aprendido a sobrevivir a eliminatorias hostiles, a viajes eternos, a arbitrajes distintos, a contextos adversos. El Corinthians femenino es heredero de una cultura que entiende el fútbol como lucha y celebración al mismo tiempo. Un club que no separa el éxito del sufrimiento. Que no concibe ganar sin haber resistido antes.

    Su camino hasta aquí estaba lleno de partidos donde el control nunca fue absoluto, pero la fe sí. Donde cada victoria era menos estética que funcional, menos brillante que sólida. Un equipo construido para no romperse. Para aguantar. Para esperar su momento.

    En el otro lado, NJ representaba algo radicalmente distinto. No mejor ni peor. Distinto. El producto de una liga pensada desde el inicio para sostenerse. Estadios, audiencias, salarios, planificación, ciencia del deporte. NJ era el reflejo de un ecosistema que apostó antes y más fuerte. Un club donde cada detalle está medido, donde la preparación es tan importante como la inspiración.

    Su fútbol habla el idioma de la presión alta, de la ocupación racional del espacio, de la intensidad sostenida. No hay pausas largas. No hay improvisaciones excesivas. Hay método. Hay convicción en el plan.

    Ese choque —resistencia contra estructura, tradición popular contra profesionalización industrial— era el verdadero corazón del partido. No un duelo de jugadoras, sino de formas de entender el camino hasta la élite.

    Y Londres era el lugar perfecto para ese cruce. Ciudad de imperios, de migraciones, de fútbol importado y exportado, de culturas superpuestas. Nadie podía sentirse completamente local. Todas estaban, en cierto modo, de paso. Como si el estadio fuera una frontera neutral donde las identidades podían enfrentarse sin complejos.

    El calentamiento ya dejaba pistas. Corinthians ocupaba su espacio con una seriedad casi ritual. Gestos cortos, miradas largas, silencio concentrado. NJ, en cambio, se movía con energía visible, con comunicación constante, con cuerpos que parecían necesitar entrar rápido en temperatura para no perder filo.

    No había nervios descontrolados. Había conciencia.

    Las capitanas se saludaron con respeto, sin teatralidad. No había rivalidad previa que exagerar. Esta no se heredaba. Esta se estaba creando.

    Cuando el árbitro dio la señal, el balón no salió disparado. Rodó con prudencia. Como si también él entendiera que no era una noche para el vértigo inicial, sino para la construcción lenta de algo que debía sostenerse.

    (Fuente/ “El Partido de Manu”)

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    El partido empezó a existir de verdad cuando dejó de mirarse al espejo.Hasta entonces había sido respeto, cálculo, tanteo. Pero hay un momento —siempre lo hay— en el que el fútbol decide avanzar aunque la historia pese. Ese instante llegó cuando NJ entendió que no bastaba con mover el balón: había que romper algo. Y Corinthians comprendió que no podía limitarse a resistir: debía advertir.

    Fue el Gotham quien dio el primer paso hacia el riesgo. Aceleró una circulación interior, buscó el pase vertical entre líneas, obligó a la defensa brasileña a retroceder dos metros más de lo que quería. No fue una ocasión clara, pero fue una señal. El mensaje era nítido: estamos aquí para mandar.

    Corinthians respondió como responden los equipos que no se asustan: con una falta táctica en campo rival, con una pausa larga antes de sacar, con una mirada al banquillo que decía “todo está bajo control”. El fútbol sudamericano tiene esa sabiduría antigua de saber cuándo no jugar.

    El ritmo empezó a subir sin volverse loco. NJ insistía por las bandas, especialmente por el costado derecho, donde encontraba ventaja física y llegadas constantes al último tercio. Centros tensos, segundos balones, presión tras pérdida. El plan era claro: asfixiar hasta que algo cediera.

    Pero Corinthians no se rindió y esperaba atrás a hilvanar contragolpes ante el dominio territorial de las locales que adolecían de pegada en la zona ofensiva.

    Cada despeje era una exhalación colectiva. Cada recuperación, un pequeño triunfo invisible. El bloque se movía compacto, casi coreografiado, como si el equipo estuviera unido por una cuerda que nadie podía romper sin romperse también.

    El partido empezó entonces a llenarse de detalles. Una entrada al límite. Un choque que dolió más de lo necesario. Una protesta que duró un segundo de más. El fútbol femenino, tantas veces acusado de suavidad injusta, estaba mostrando su versión más adulta y más cruda. No había concesiones.

    NJ tuvo la más clara del primer tramo en una acción que resumía su identidad: presión alta, robo inmediato, disparo desde la frontal. El balón salió rozando el poste. No hubo lamento exagerado. Hubo frustración contenida. Sabían que esas oportunidades no abundarían.

    Corinthians respondió minutos después con una transición lenta pero letal. No corrieron: eligieron. Dos pases, cambio de orientación, llegada al área. El remate fue bloqueado, pero el aviso quedó flotando en el aire como una amenaza tranquila.

    El público empezó a entender que estaba ante un partido que no se entregaría fácilmente. No era un espectáculo de consumo rápido. Era una obra que exigía atención. Silencio cuando tocaba. Murmullo cuando algo se intuía. Aplauso sobrio para una buena acción defensiva. El estadio había entrado en el código del partido.

    El primer tiempo avanzó así, con NJ acumulando posesión sin desordenarse y Corinthians acumulando razones para creer. Cada minuto sin gol era una victoria psicológica para las brasileñas. Cada ataque sin premio, una pregunta que empezaba a pesar en la cabeza norteamericana.

    Al descanso se llegó sin goles, pero con el marcador emocional ya inclinado hacia un lado: el que había sabido sufrir sin perder identidad.

    El túnel de vestuarios fue un paréntesis tenso. No hubo euforia ni alarma. Hubo ajustes. NJ necesitaba más profundidad real. Corinthians sabía que su momento llegaría si el partido se abría un poco más.

    Y el fútbol, que siempre escucha cuando le hablan con honestidad, decidió conceder ese momento.

    La segunda parte comenzó con una NJ más directa, menos paciente. Aumentó el ritmo, forzó situaciones, buscó el error ajeno con insistencia. Corinthians aguantó los primeros envites como quien aguanta una tormenta conocida. Cuerpo bajo, mente fría.

    Hasta que el partido cambió de textura y empezó a sonreír a las sudamericanas de forma paulatina.

    Una pérdida en zona intermedia. Un balón dividido que esta vez cayó del lado brasileño. Un primer control orientado hacia adelante. Y de repente, el campo se hizo largo. Muy largo.

    El gol que desniveló el marcador no llegó por casualidad ni por un acto aislado: nació de una asociación clásica y profunda entre experiencia y lectura colectiva. Cuando el balón circuló hacia el centro del campo y un pase vertical buscó la espalda defensiva, Tamires, veterana del equipo y alma de la construcción brasileña, supo exactamente cuándo y dónde soltar el balón. Su asistencia fue un pase quirúrgico desde el espacio abierto hacia el interior del área, con precisión milimétrica y lectura anticipada de la jugadora que tendría el destino de la historia en sus botas.

    La pelota llegó al pie de Gabi Zenotti justo en el instante en que el tiempo parecía contener la respiración. Zenotti no necesitó ajustar demasiado: su primer toque fue una declaración de intenciones, orientando la trayectoria del balón hacia el lugar donde solo puede ir un disparo hecho con la seguridad de quien conoce el peso del momento. El impacto fue pura técnica, un zurdazo que buscó y encontró el rincón derecho de la portería, dejando sin respuesta a la guardameta Berger, quien llegó a rozar el esférico, pero no pudo evitar la debacle del Gotham amén del 01 en el minuto 83 de juego que rompió al fin el equilibrio reinante.

    Ese 0-1 no fue solo un gol: fue la firma de Tamires y Zenotti en la primera página de una historia que quedará inscrita en las crónicas eternas del fútbol femenino. 

    El Gotham no dejó de creer, sino que el Corinthians empezó a saber cómo doblegar a las norteamericanas, eso fue lo que cambió el duelo que entró en un desenlace frenético.

    El Corinthians se ordenó con la serenidad de quien ha vivido finales antes. Las líneas se ajustaron con una precisión casi matemática. El bloque se hizo corto, pero no bajo; solidario, pero no pasivo. No defendían el área: defendían la historia que acababan de inaugurar.

    NJ reaccionó como reaccionan los equipos con orgullo competitivo. No hubo reproches internos ni miradas perdidas. Hubo ajuste táctico, hubo empuje, hubo fe. Aumentaron la altura de la presión, arriesgaron con laterales más profundos, buscaron superioridades por fuera para castigar el repliegue brasileño.

    El partido entró entonces en su fase más delicada: esa en la que cada pérdida puede ser fatal y cada recuperación puede ser redentora. Corinthians entendió que no necesitaba el segundo gol, pero sí necesitaba evitar el empate con una convicción absoluta.

    El Gotham comprendió que no bastaba con llegar: había que golpear con precisión quirúrgica.

    Las ocasiones no llovieron. Porque los partidos históricos no suelen regalar abundancia. Regalan tensión.

    Un centro despejado in extremis. Un disparo bloqueado con el cuerpo entero. Un córner defendido como si fuera el último. Cada acción llevaba consigo una carga simbólica que trascendía el marcador. El público, ya plenamente consciente de estar asistiendo a algo irrepetible, acompañaba con una mezcla de nervio y respeto. No había ansiedad en las gradas. Había atención.

    El reloj avanzaba con lentitud cruel. Para las locales cada minuto era una oportunidad que se escapaba. Para Corinthians, cada minuto era una confirmación silenciosa. El banquillo brasileño vivía el partido con los puños cerrados, sin aspavientos, como quien sabe que la contención también es una forma de poder.

    Y entonces llegó el tramo final. Ese territorio donde el fútbol se decide más por carácter que por esquema.

    El Gotham lanzó su última ofensiva todo lo que tenía. Balones colgados, llegadas desde segunda línea, duelos aéreos forzados. Corinthians respondió con oficio antiguo: despejes largos, faltas inteligentes, pausas medidas. No se escondieron. Se afirmaron.

    Cuando el árbitro miró el reloj y llevó el silbato a la boca, no hubo carrera hacia adelante ni súplica desesperada. Hubo aceptación. El pitido final fue breve , seco y definitivo en el minuto 98 del cara a cara.

    Las jugadoras de Corinthians se abrazaron sin descontrol, con una emoción densa, casi grave, consciente, como si cada una supiera que aquel gesto no era solo celebración, sino confirmación. Sabían lo que habían ganado, sí, pero sobre todo sabían dónde lo habían ganado, en qué escenario, en qué noche y bajo qué mirada del mundo. NJ, derrotado pero digno, permaneció unos segundos sobre el césped, sin prisas por marcharse, mirando alrededor con esa expresión que solo aparece cuando se comprende que se ha perdido algo importante, pero también que se ha sido parte imprescindible de su construcción. La imagen quedó fijada para siempre: Gabi Zenotti de rodillas, los puños cerrados, el grito abierto al cielo londinense, no celebrando únicamente un gol, sino el camino, la llegada, la elección silenciosa del fútbol que la señaló para escribir el primer nombre. No era solo una futbolista festejando; era una época inaugurándose.

    La Intercontinental Femenina ya tenía relato, ya tenía fecha, ya tenía un escudo vencedor y una memoria propia, y con ello, algo aún más valioso: futuro. Porque desde ese instante, cada campeona continental sabrá que existe algo más allá de su frontera, cada final regional se jugará mirando al horizonte con ambición renovada, y cada niña que contemple esa imagen entenderá que el fútbol femenino no solo se juega, sino que se hereda. Londres no fue testigo de una final cualquiera; fue el escenario exacto del momento en que el fútbol femenino dejó de explicarse en plural disperso y comenzó, por fin, a contarse como una sola historia compartida.

    (Fuente: FIFA)

    Mientras la tarde se cerraba sobre la alegría visitante, Corinthians sabe que la historia no se detiene. Las brasileñas, primeras vencedoras de la Intercontinental Femenina, aguardarán ahora en la gran final a las ganadoras de la segunda semifinal, el duelo que enfrentará al Arsenal, estandarte del fútbol europeo, y al ASFAR, representante del continente africano y símbolo de una expansión imparable. El torneo, recién nacido, ya se prepara para su siguiente cruce de mundos, confirmando que este nuevo escenario no solo ha llegado para quedarse, sino para seguir ampliando el mapa, el relato y la ambición del fútbol femenino global.

    (Fuente: FIFA )

    📋 Alineaciones |

    Gotham FC (4–4–2)

    Titulares: 
    • GK: Ann‑Katrin Berger
    • DF: Bruninha (salió 49’)
    • DF: Emily Sonnett
    • DF: Jess Carter (salió 87’)
    • DF: Lilly Reale
    • MF: Rose Lavelle (capitana, salió 90+4’)
    • MF: Jaelin Howell (salió 87’)
    • MF: Savannah McCaskill
    • MF: Midge Purce
    • FW: Jaedyn Shaw
    • FW: Gabi Portilho (salió 48’)

    Suplentes utilizados:
    • Katie Stengel (48’)
    • Mandy Freeman (49’)
    • Sarah Schupansky (87’)
    • Sofia Cook (87’)
    • Khyah Harper (90+4’) 

    Corinthians (4–3–3)

    Titulares:
    • GK: Lelê
    • DF: Gi Fernandes
    • DF: Thaís Ferreira
    • DF: Letícia Teles
    • DF: Tamires
    • MF: Ana Vitória (salió 66’)
    • MF: Duda Sampaio
    • MF: Andressa Alves
    • FW: Jaqueline (salió 89’)
    • FW: Belén Aquino (salió 76’)
    • FW: Gabi Zanotti (C) (autor del gol)

    Suplentes utilizados:
    • Jhonson (66’)
    • Ivana Fuso (76’)
    • Vic Albuquerque (89’)
    • Dayana Rodríguez (89’) 

    Goles |

    0-1 Gabi Zanotti 83’ ⚽️

  • La previa | Gotham vs Corinthians

    (Fuente: FIFA )

    ⬛️ Estadounidenses y brasileñas abrirán fuego en esta nueva competición y jugarán la primera semifinal.

    Mañana no se juega solo un partido de fútbol. Mañana, cuando Corinthians y Gotham FC salten al césped londinense, el fútbol femenino de clubes entrará en un territorio que hasta ahora solo había podido imaginarse en abstracto. Durante décadas, el deporte avanzó por caminos paralelos, separados por océanos, calendarios, culturas y modelos de crecimiento. Europa construyó su hegemonía continental. Estados Unidos consolidó una industria. Sudamérica defendió el alma, la calle, la pasión y la resiliencia. Todo eso convivía, pero nunca chocaba de frente, nunca se ponía a prueba en igualdad de condiciones, nunca se miraba a los ojos en una semifinal mundial organizada bajo el sello de la FIFA.

    Eso cambia mañana.

    Corinthians y Gotham FC no representan únicamente a dos clubes. Representan dos continentes, dos tradiciones, dos maneras de entender el fútbol femenino y, sobre todo, dos visiones sobre hacia dónde debe caminar el juego en los próximos veinte años. Esta semifinal no es un accidente del calendario. Es una consecuencia histórica. El resultado de una acumulación de procesos, luchas, inversiones, convicciones y sacrificios que desembocan en noventa minutos —o quizá más— que marcarán un antes y un después.

    Corinthians llega a esta semifinal como llega siempre a los grandes escenarios: con el peso de un escudo que no permite medias tintas. En Brasil, Corinthians no es un club más. Es una institución que se define por la resistencia, por la identificación popular, por la idea de que el fútbol no pertenece a una élite sino a la gente. Ese ADN, trasladado al fútbol femenino, ha construido una hegemonía sudamericana pocas veces vista. Desde su consolidación como proyecto competitivo, el Corinthians femenino ha entendido que ganar no es suficiente; hay que ganar representando algo, sosteniendo una identidad reconocible, imponiendo respeto incluso antes de que ruede el balón.

    El Corinthians femenino ha aprendido a convivir con la presión extrema. Cada Libertadores jugada, cada final nacional disputada, cada clásico ganado ha reforzado una mentalidad que hoy es su mayor fortaleza: la convicción absoluta de que los partidos grandes no se negocian, se afrontan. No hay vértigo escénico. No hay complejos ante escudos extranjeros. Hay una certeza interior, casi innegociable, de que el equipo siempre estará en partido, incluso cuando el contexto sea adverso.

    Ese convencimiento se refleja en su manera de competir. Corinthians no necesita dominar el balón durante largos tramos para sentirse cómodo. Tampoco se descompone si debe defender bajo, cerrar espacios, resistir oleadas. Es un equipo que entiende los tiempos del partido con una madurez impropia de quien aún está escribiendo su historia global. Sabe cuándo acelerar, cuándo enfriar, cuándo golpear y cuándo esperar. En torneos cortos, esa lectura del juego es oro puro.

    Frente a ellas estará Gotham FC, la expresión más nítida del nuevo fútbol femenino estadounidense. Gotham no es el equipo que vive de la tradición ni de la nostalgia de la selección campeona del mundo. Es un proyecto moderno, ambicioso, construido con una lógica casi quirúrgica, pensado para competir en contextos internacionales donde ya no basta con el físico, la intensidad o el talento individual. Gotham ha entendido algo fundamental: el fútbol femenino global se ha igualado, y para marcar diferencias hay que dominar todos los registros del juego.

    Gotham llega a esta semifinal con una identidad clara, pero flexible. Es un equipo que puede presionar alto, pero también gestionar la posesión. Que puede imponer ritmo, pero sabe bajar revoluciones cuando el partido lo exige. Que tiene jugadoras acostumbradas a escenarios de máxima exigencia, tanto en clubes como en selecciones, y que ha incorporado una cultura competitiva donde perder no es una opción asumible, sino un problema a corregir.

    A diferencia de Corinthians, Gotham no carga con una herencia popular tan pesada. Su fortaleza no nace de la calle, sino de la estructura. De la planificación. De la convicción de que el fútbol femenino merece ser tratado como un producto de élite, con todos los recursos necesarios para alcanzar el máximo nivel. Eso no lo hace menos pasional; lo hace más metódico. Gotham compite desde el análisis, desde el estudio del rival, desde la preparación minuciosa de cada escenario posible.

    Y ahí reside uno de los grandes atractivos de esta semifinal: el choque de mentalidades. Corinthians juega con el corazón blindado por la experiencia continental. Gotham juega con la cabeza entrenada para escenarios globales. Ninguna de las dos llega por casualidad. Ninguna está fuera de lugar. Ambas se han ganado el derecho a estar aquí desde caminos distintos, pero igual de legítimos.

    El partido, además, se disputa en Londres, un territorio simbólico. Europa, cuna del fútbol moderno y actual epicentro del desarrollo femenino, actúa como escenario neutral de un duelo intercontinental que parecía imposible hace apenas unos años. No es casualidad. Es una declaración de intenciones. El fútbol femenino ya no pertenece a un solo continente. Ya no se explica desde una única narrativa. Es un ecosistema global, y esta semifinal es una de sus primeras manifestaciones puras.

    Desde el punto de vista táctico, el enfrentamiento promete una riqueza pocas veces vista. Corinthians probablemente apostará por un bloque sólido, compacto, con líneas juntas y transiciones rápidas. No buscará un intercambio constante de golpes. Intentará llevar el partido a un terreno donde la experiencia, la lectura emocional y la eficacia marquen la diferencia. Gotham, en cambio, intentará imponer ritmo, amplitud, circulación rápida y presión tras pérdida. Buscará desgastar, mover, obligar a Corinthians a tomar decisiones incómodas.

    La batalla del mediocampo será clave. Ahí se decidirá si el partido se juega a la velocidad que quiere Gotham o al tempo que prefiere Corinthians. También será fundamental la gestión de los momentos posteriores al gol, si lo hay. Corinthians sabe proteger ventajas como pocos equipos. Gotham sabe reaccionar ante la adversidad. El que imponga su narrativa emocional tendrá medio camino recorrido.

    Pero más allá de lo táctico, este partido se juega en una dimensión simbólica. Para Corinthians, ganar significaría demostrar que Sudamérica no solo compite, sino que puede liderar el fútbol femenino global. Que su dominio continental no es un fenómeno aislado, sino una base sólida desde la que aspirar a todo. Para Gotham, alcanzar la final sería la confirmación de que el modelo estadounidense, evolucionado y adaptado, sigue siendo una referencia mundial, ahora también en torneos organizados fuera de su órbita habitual.

    Las jugadoras lo saben. No hace falta que nadie se lo recuerde. En cada entrenamiento previo, en cada charla técnica, en cada momento de concentración, la sensación es la misma: están ante algo que trasciende el resultado inmediato. Están escribiendo historia. Están poniendo cimientos. Están abriendo una puerta que ya no se cerrará.

    Mañana, cuando el balón empiece a rodar, todo lo que hoy es relato se convertirá en acción. El ruido desaparecerá. Quedarán las decisiones, los duelos, los errores, los aciertos. Quedará la verdad del fútbol. Pero pase lo que pase, gane quien gane, esta semifinal ya habrá cumplido una misión irreversible: demostrar que el fútbol femenino de clubes ha entrado definitivamente en su era mundial.

    Con el Emirates Stadium del Arsenal como epicentro simbólico, la FIFA ha lanzado un órdago económico que, aunque todavía lejos de las cifras obscenas del fútbol masculino, marca un antes y un después irreversible en la valoración real del fútbol femenino de clubes. No es solo una cuestión de dinero; es una cuestión de mensaje. De jerarquía. De intenciones. Por primera vez, el máximo organismo del fútbol mundial ha puesto cifras encima de la mesa que obligan a todos —clubes, federaciones y confederaciones— a replantearse el lugar que ocupa el fútbol femenino en la economía global del deporte.

    La cifra ha retumbado en los despachos de medio mundo como un trueno seco y definitivo: 2,3 millones de dólares, algo más de 2,1 millones de euros, para el equipo que levante el trofeo el próximo 1 de febrero. Nunca antes un club femenino había recibido un premio individual tan alto por ganar una competición. Nunca. Es un récord absoluto. El subcampeón, lejos de marcharse con las manos vacías, ingresará un millón de dólares, mientras que los otros dos semifinalistas se asegurarán 200.000. Incluso los equipos que no aspiraban al título desde el inicio, como Auckland United o Wuhan Chegu Jiangda, ya han asegurado 100.000 dólares simplemente por estar presentes. Participar ya no es simbólico. Participar ya paga.

    Son cifras que marean si se observan desde la óptica histórica del fútbol femenino, un deporte que durante décadas sobrevivió entre presupuestos mínimos, salarios invisibles y una precariedad estructural normalizada. FIFA ha decidido romper ese techo de cristal de un solo golpe, con un torneo breve, concentrado, casi quirúrgico, pero con un impacto económico inmediato que supera incluso a competiciones mucho más largas y consolidadas.

    🔥 Gotham Football Club 🆚 Corinthians 🔥

    La comparación con la UEFA Women’s Champions League resulta inevitable. El organismo europeo ha realizado esfuerzos titánicos en los últimos años, incrementando premios y visibilidad, pero su modelo sigue fragmentando las recompensas en función de victorias, empates y fases superadas. Un equipo que complete un torneo perfecto en Europa puede rondar entre 1,4 y 1,6 millones de euros en total. FIFA, con un torneo relámpago de solo seis equipos, ya supera esa cifra máxima de un plumazo. No es solo una mejora: es un cambio de paradigma.

    Y cuando el foco se desplaza hacia Sudamérica, el relato adquiere una dimensión aún más reveladora. La Copa Libertadores Femenina 2025 otorgó al campeón cerca de dos millones de dólares, una cifra que por fin se acerca a los estándares que FIFA plantea ahora y que confirma algo fundamental: Sudamérica ha entendido que sin inversión no hay crecimiento, y que sin crecimiento no hay futuro competitivo. Corinthians llega a esta semifinal no solo como un gigante deportivo, sino como el producto de una región que ha decidido apostar en serio por su fútbol femenino.

    Sin embargo, la comparación sigue siendo cruel cuando se cruza definitivamente la frontera hacia el fútbol masculino. El ganador de la Champions League masculina de 2026 podría embolsarse solo por disputar la final alrededor de 25 millones de euros, acumulando más de 100 millones a lo largo del torneo. La diferencia sigue siendo abismal. Dolorosa. Innegable. Pero incluso ahí hay una lectura nueva: por primera vez, el fútbol.

    Link para ver el partido |

    https://www.dazn.com/es-es/home/q6u9qm6m554u0i3xcc9tbw5kw0/ctnx4vavvxvc25zqllyj8ro8s?share_origin=ios&share_page=fixture_page&event_id=q6u9qm6m554u0i3xcc9tbw5kw0

    🏆 FIFA Women’s Champions Cup 2026™

    🤝 Primera semifinal

    📅 Miércoles, 28 de enero de 2026

    ⏰ 13:30 horario peninsular

    📺 APP de DAZN

    🏟️Brentford Community Stadium, Londres

    (Fuente: FIFA)
  • Oficial | La Liga F y Panini presentan la colección de cromos 2025/2026

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ Liga F y PANINI han presentado este martes el álbum oficial de cromos de Liga F Moeve 2025/2026, una colección que alcanza su cuarta edición consecutiva y que se ha consolidado como una referencia imprescindible del fútbol femenino en España. El acto contó con la presencia de Beatriz Álvarez, presidenta de Liga F, Lluís Torrent, director general de PANINI en España, y una amplia representación de futbolistas: Eunate Astralaga, Claudia Florentino, Sheila Guijarro, Poljak, Estefanía Banini, María de Alharilla, Patri Gavira, Lauri Requena, Ainoa Campo, y Belén Martínez.

    Desde la creación de Liga F como primera liga profesional de fútbol femenino en nuestro país, el álbum oficial de PANINI ha acompañado de forma paralela el crecimiento de la competición, convirtiéndose en un reflejo de su evolución, de la profesionalización del campeonato y del papel protagonista de sus futbolistas. Liga F Moeve se ha consolidado como referente a nivel nacional e internacional, siendo según la FIFA la tercera mejor liga del mundo en su informe Global Bechmarking Report, por detrás de la inglesa y de la estadounidense y continúa ampliando su base de aficionados, su visibilidad mediática y su impacto social.

    El evento estuvo conducido por la periodista Andrea Segura que dio paso a la presentación de las principales novedades de esta edición y los protagonistas de este. La presidenta de Liga F, Beatriz Álvarez, destacó que “este álbum refleja el momento que vive nuestra competición: una liga en crecimiento, referente a nivel internacional y con futbolistas que ya son inspiración para miles de niñas y niños”. Además, la máxima mandataria de la competición subrayó el valor de la alianza con PANINI como “un compañero de viaje fundamental para seguir acercando el fútbol femenino a la afición y poner en valor el talento de nuestras jugadoras”, y agradeció la presencia de las futbolistas como “el gran altavoz que hay en Liga F porque el fútbol femenino no es una moda. Ha llegado para quedarse”.

    Por su parte, el director general de PANINI en España, Lluís Torrent, puso en valor la evolución de la colección, que alcanza ya su cuarta edición, y presentó las principales novedades del álbum 2025/2026. “Es el cuarto año seguido que presentamos esta colección. Quiero resaltar nuestro compromiso para colaborar en el crecimiento de la competición. Queda camino, pero liga y PANINI vamos a continuar juntos”, afirmó. Una colección que cuenta con 48 páginas y 432 cromos base, y que incorpora nuevas series especiales como ENERGY MOEVE, dedicada a las 27 jugadoras ‘top’ del campeonato; FLOW, con los fichajes más destacados de la temporada; y FEELING, que rinde homenaje a las duplas más icónicas de la liga.

    El álbum mantiene las ya consolidadas series como FRESH, con las jóvenes promesas; PREMIUM, con un once de gala; y MAXIPREMIUM, en homenaje a Aitana Bonmatí, la triple Balón de Oro. Además, y como novedad más destacada de esta nueva temporada, cada equipo cuenta con una jugadora protagonista dentro de la colección regular, representada con un cromo de material especial, y todos los clubes cuentan con una futbolista en la portada del álbum. Precisamente, las jugadoras de Liga F, las grandes protagonistas de la competición fueron también las verdaderas protagonistas del acto.

    El acto contó con la amplia presencia de diez jugadoras. La capitana del Levante UD, María de Alharilla, fue la primera en intervenir confesando cómo hace junto a sus hijos la colección. “Es una pasada. Sentirte un poquito más profesional son estas cosas. Nunca me imaginaba poder abrir un sobre y que saliera yo”, afirmó. La guardameta de la SD Eibar e internacional con la Selección española, Eunate Astralaga, valoró su cromo especial. “Yo hacía colecciones, y jamás me había imaginado hacer una colección y tener un cromo especial”. Y, Claudia Florentino, central de la Real Sociedad confesó cual es el cromo que más le ha costado conseguir. “Mucho orgullo e ilusión de que los niños crezcan con nosotras como referentes”, respondió.

    También estuvo presente Patri Gavira, defensa del Costa Adeje Tenerife, que expresó su satisfacción por todo el apoyo que están teniendo de la afición tinerfeña. “Hemos dado un paso importante jugando esta temporada en el Heliodoro. Tenemos una afición increíble”, valoró. Por su parte, Ainoa Campo, centrocampista del RCD Espanyol, confesó que “me haría especial ilusión encontrar el cromo de Amaia Martínez, que es mi compañera de piso y es como mi hija”, mientras que la delantera del Alhama ElPozo, Belén Martínez, confesó su ilusión por salir en la colección. “Somos un equipo muy humilde y verte compitiendo contra campeonas del mundo es un orgullo. De pequeña coleccionaba los cromos de hombres y antes era impensable que las mujeres pudieran salir en una colección”.

    Tampoco faltó al acto la capitana del Granada CF, Lauri Requena, que se emocionó al hablar de la importancia de ser una referente para las más pequeñas. “Todos mis familiares son fans. No hay manera más bonita de dar visibilidad que salir en un cromo”. Y, la defensa del Madrid CFF, Allegra Poljak, no dudó en contar cómo vivió cuando le dijeron que iba a ser portada del álbum. “Me puse muy feliz cuando me dijeron que salía en la portada. En Serbia no existen cromos, y yo cuando puedo llevo a mi casa”. El FC Badalona Women también tuvo representación con la centrocampista Estefanía Banini, que confesó “que siempre preguntan en Argentina por esta colección. Llevo un álbum al que me haga el mejor asado”. Por último, Sheila Guijarro, delantera del Atlético de Madrid declaró que “es un orgullo ver como avanza el fútbol femenino y poder llevarnos estos recuerdos”.

    La colección oficial de cromos ya está a la venta con el pack de lanzamiento con el álbum y cuatro sobres reafirmando el compromiso de PANINI y Liga F con el crecimiento del fútbol femenino. Ambas entidades siguen trabajando en busca de crear un proyecto común donde las futbolistas continúen siendo referentes para las más pequeñas en una competición que no para de crecer.

    Además, Lluis Torrent, en nombre de Panini, quiso recordar que todas las colecciones se pueden terminar, haciendo falta únicamente redactarles un escrito con aquellos cromos que nos resten para llenar el álbum.