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  • Noticia | Virginia Torrecilla, la voz que resistió a todo: una conversación con Josep Pedrerol que explica el fútbol femenino, la vida y la dignidad

    (Fuente: Chiringuito Inside)

    ⬛️ Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Virginia Torrecilla Reyes (Cala Millor, Mallorca; 4 de septiembre de 1994) es una futbolista española que se ha convertido en unaa referente después de superar un tumor cerebral cuando militaba en el Atlético de Madrid.

    Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.

    Virginia Torrecilla no es solo una exfutbolista internacional, ni una campeona, ni un nombre propio del crecimiento del fútbol femenino español. Es, sobre todo, una mujer que ha atravesado prácticamente todos los límites que este deporte —y esta sociedad— le han impuesto a las mujeres que se atreven a ocupar un espacio que no estaba pensado para ellas. Su relato en El Cafelito no es lineal ni complaciente. No construye un cuento de hadas ni una épica artificial. Es la suma de escenas reales, a veces incómodas, a veces durísimas, que explican por qué su figura se ha convertido en un referente que va mucho más allá del césped.

    Desde los primeros minutos de la entrevista, Torrecilla sitúa el foco en la infancia, en ese territorio donde se forman las vocaciones y también las heridas. Cuenta cómo empezó a jugar al fútbol siendo una niña en Mallorca, en equipos de chicos, cuando todavía no existían estructuras estables para el fútbol femenino y cuando el simple hecho de querer jugar ya suponía un desafío social. Relata con crudeza situaciones que hoy resultarían inaceptables pero que entonces eran cotidianas: vestuarios improvisados, miradas invasivas, burlas, interrupciones deliberadas de su intimidad mientras se cambiaba o se duchaba. No lo hace desde el rencor, sino desde la constatación de una realidad que durante años fue normalizada. Aquellas experiencias no aparecen como anécdotas aisladas, sino como el contexto permanente en el que muchas niñas crecieron jugando al fútbol en España.

    Uno de los momentos más reveladores del relato llega cuando explica el papel de su familia. Su madre, cómplice silenciosa, fue quien la apuntó a fútbol incluso cuando no estaba bien visto; su padre, inicialmente reticente, terminó convirtiéndose en su principal escudo, llegando a plantarse literalmente en la puerta del vestuario para evitar que nadie entrara. Ese gesto, aparentemente simple, adquiere en su narración un valor simbólico enorme: el de la protección que muchas veces el propio sistema no ofrecía. Torrecilla no idealiza a su entorno, pero reconoce que sin ese apoyo habría sido imposible sostener la vocación.

    La entrevista avanza y el relato se vuelve más áspero cuando recuerda episodios vividos ya en la adolescencia, entrenando y compitiendo en contextos donde la desigualdad no era solo estructural, sino también cultural. Habla de situaciones de falta de respeto normalizadas, de comentarios, de gestos que hoy se identificarían claramente como conductas inapropiadas y que entonces quedaban diluidas en el silencio colectivo.

    En uno de los pasajes más impactantes, recuerda cómo una acción inapropiada de un compañero fue recibida con risas, incluso por parte del entrenador, dejando claro hasta qué punto ciertas conductas estaban integradas en el paisaje cotidiano del fútbol base. No hay dramatización en su tono, pero sí una firme voluntad de dejar constancia.

    Josep Pedrerol, lejos del personaje televisivo al que muchos asocian su figura, adopta aquí un rol contenido, casi invisible. Pregunta lo justo, acompaña el relato y permite que los silencios respiren. El Cafelito se confirma así como un formato pensado para escuchar, no para confrontar. La entrevista no busca el conflicto, sino la comprensión. Y eso permite que Torrecilla avance hacia otros capítulos de su vida sin necesidad de subrayados.

    El fútbol profesional aparece entonces como una mezcla de sueño cumplido y realidad precaria. Torrecilla recuerda etapas en las que, pese a competir al máximo nivel, tuvo que trabajar fuera del fútbol para poder sostenerse económicamente. Habla sin victimismo de los momentos en los que llegó a cansarse, a pensar en dejarlo, a sentir que el esfuerzo no tenía correspondencia. En uno de los pasajes más luminosos del relato, recuerda cómo, mientras trabajaba como camarera, recibió una llamada que reactivó su carrera y su ilusión. Ese momento, contado sin épica impostada, funciona como metáfora de toda una generación de futbolistas que vivieron en la frontera entre la vocación y la supervivencia.

    La selección española, los grandes clubes, los títulos y los estadios aparecen en la conversación, pero nunca ocupan el centro. Torrecilla no construye su identidad desde el palmarés, sino desde el proceso. Cuando habla del Atlético de Madrid, lo hace desde el agradecimiento humano, especialmente en relación con el momento más decisivo de su vida: la enfermedad. El diagnóstico de un tumor cerebral en 2020 marcó un antes y un después no solo en su carrera, sino en su forma de entenderlo todo. En El Cafelito, Torrecilla recuerda ese periodo con una serenidad que solo llega después de haber atravesado el miedo. Habla del desconocimiento inicial, del impacto de la palabra “quimioterapia”, del deterioro físico, de la pérdida de peso, del hospital como espacio compartido con otras personas cuyas historias no siempre tuvieron un final feliz.

    Cuando afirma que el Atlético “le salvó la vida”, no lo hace como una consigna emocional, sino como una constatación de un acompañamiento médico y humano que fue determinante. En ese punto, la entrevista alcanza una densidad que trasciende el deporte. Torrecilla no habla solo de fútbol, habla de cuidados, de estructuras, de lo que significa no estar sola cuando el cuerpo falla. La conversación se vuelve entonces universal, reconocible para cualquiera que haya atravesado una enfermedad grave.

    A lo largo de toda la entrevista hay una idea que se repite sin necesidad de ser formulada explícitamente: la de la dignidad. Dignidad para jugar cuando no había medios. Dignidad para resistir cuando no había respeto. Dignidad para volver cuando el cuerpo parecía decir basta. Torrecilla no se presenta como una heroína, pero su relato construye una épica real, hecha de pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.

    El cierre de la conversación no busca conclusiones grandilocuentes. No hay moraleja explícita ni discurso final. Hay, simplemente, la sensación de haber asistido a un testimonio necesario. En un contexto mediático donde el fútbol femenino todavía lucha por espacios de visibilidad que no estén condicionados por la comparación constante, entrevistas como esta funcionan como documentos de época. Explican de dónde se viene y, por contraste, permiten entender mejor hacia dónde se va.

    La charla entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito no es importante solo por quien la protagoniza, sino por lo que representa. Es la voz de una generación que jugó cuando no tocaba, que resistió cuando no era rentable y que ahora, por fin, puede contar su historia sin pedir permiso. No es una entrevista para el consumo rápido ni para el titular viral.

    Es un relato largo, incómodo por momentos, profundamente humano, que deja una certeza difícil de discutir: el fútbol femenino en España no se entiende sin mujeres como Virginia Torrecilla, y la historia de Virginia Torrecilla no se entiende sin haber atravesado todo lo que contó, sin filtros, frente a una cámara y un café.

    Hay algo especialmente significativo en la forma en que Virginia Torrecilla habla del tiempo. No lo divide en etapas estancas ni en hitos cerrados, sino que lo entiende como una línea continua en la que todo se conecta. En la entrevista con Josep Pedrerol no hay saltos bruscos ni cambios de registro impostados: la niña que se cambiaba sola en un vestuario improvisado es la misma mujer que hoy habla con serenidad sobre la enfermedad, la precariedad, la fama relativa y el lugar que ocupa en la historia del fútbol femenino español. Esa coherencia vital es, quizá, uno de los elementos que más fuerza le da a su testimonio.

    Cuando Torrecilla recuerda su paso por clubes históricos como el FC Barcelona o el Atlético de Madrid, lo hace desde una perspectiva que huye del triunfalismo. No hay en su discurso una idealización del alto nivel, sino una descripción honesta de lo que significaba formar parte de estructuras que todavía estaban en construcción. Habla del orgullo de vestir determinadas camisetas, pero también de las carencias, de los viajes, de las condiciones de entrenamiento, de la distancia abismal que separaba el fútbol femenino del masculino incluso dentro de las mismas entidades. Lo cuenta sin acritud, como quien asume que su generación fue, en muchos sentidos, una generación de transición.

    Esa idea aparece de forma recurrente a lo largo de la conversación: la conciencia de haber llegado “antes de tiempo”. Antes de los grandes contratos, antes de la profesionalización real, antes de la visibilidad sostenida. Torrecilla no se coloca en el centro del relato como víctima, pero tampoco se diluye en un discurso complaciente. Reconoce que muchas de las cosas que hoy se celebran —estadios llenos, retransmisiones regulares, atención mediática— no habrían sido posibles sin años de insistencia silenciosa, sin jugadoras que aceptaron condiciones muy lejos de la élite mientras sostenían el nivel competitivo con una exigencia máxima.

    En ese punto, la entrevista adquiere un valor casi documental. No se trata solo de la historia de una futbolista concreta, sino del relato coral de una época. Torrecilla pone palabras a lo que durante años fue invisible: la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la falta de estabilidad, la incertidumbre permanente. Cuando recuerda que hubo momentos en los que estuvo a punto de dejarlo, no lo hace como confesión dramática, sino como algo lógico, casi inevitable. El desgaste no era solo físico, era emocional y mental. Y aun así, siguió.

    La enfermedad aparece en la conversación no como un punto final, sino como un giro radical. El diagnóstico del tumor cerebral en 2020 irrumpe en su vida cuando todavía estaba compitiendo al máximo nivel. Torrecilla describe ese momento sin recrearse en el impacto inicial, pero dejando claro que nada vuelve a ser igual a partir de ahí. El cuerpo, que hasta entonces había sido herramienta de trabajo, pasa a convertirse en un territorio incierto. La jugadora habla del miedo, de la confusión, de la dureza de los tratamientos, de la quimioterapia y la radioterapia, de la pérdida de peso, de la fragilidad. Y lo hace con una claridad que no busca conmover, sino explicar.

    En ese tramo de la entrevista, Pedrerol apenas interrumpe. Deja que el relato fluya, consciente de que lo que se está diciendo trasciende cualquier formato televisivo. Torrecilla menciona a las personas que se cruzó en los hospitales, algunas de las cuales no sobrevivieron. No hay grandes discursos, solo una constatación serena de la injusticia y del azar. Ese contraste entre la vida de élite y la vulnerabilidad absoluta es uno de los ejes más poderosos de la conversación.

    Cuando habla del Atlético de Madrid como un sostén vital, no lo hace desde la retórica institucional. Habla de médicos, de acompañamiento, de sentirse cuidada en un momento en el que todo podía derrumbarse. En ese sentido, su frase más citada —“el Atlético me salvó la vida”— adquiere un significado literal, no metafórico. No se refiere a una oportunidad deportiva, sino a un entorno que respondió cuando más lo necesitaba.

    La recuperación no se presenta como un camino recto ni como un relato de superación edulcorado. Torrecilla explica que hubo días malos, retrocesos, cansancio extremo, dudas. La vuelta al fútbol, más que un objetivo, fue una consecuencia de ir recuperando la confianza en su propio cuerpo. En El Cafelito no hay promesas de final feliz ni mensajes motivacionales prefabricados. Hay, simplemente, una mujer contando cómo aprendió a vivir de otra manera.

    A lo largo de la entrevista se percibe claramente que Torrecilla ya no habla desde la urgencia de demostrar nada. No necesita reivindicar su carrera ni justificar decisiones. Su tono es el de alguien que ha hecho las paces con su historia. Cuando menciona su retirada, lo hace sin dramatismo. El fútbol fue su vida durante muchos años, pero no es lo único que la define. Esa idea, que podría parecer simple, adquiere un peso enorme viniendo de alguien que lo dio todo por jugar.

    El valor simbólico de esta entrevista reside también en el momento en el que se produce. El fútbol femenino español vive una etapa de visibilidad sin precedentes, pero también de tensiones, debates y ajustes estructurales. Escuchar a una figura como Virginia Torrecilla hablar desde la experiencia larga, desde el pasado reciente que no conviene olvidar, funciona como un ejercicio de memoria colectiva. Su relato no compite con el presente; lo explica.

    No hay en sus palabras reproches directos ni cuentas pendientes. Hay, eso sí, una invitación implícita a no perder de vista de dónde se viene. A entender que los avances no son espontáneos ni garantizados. A reconocer que muchas de las mejoras actuales se sostienen sobre historias como la suya, construidas en silencio y con una resiliencia que pocas veces fue reconocida en su momento.

    La conversación con Josep Pedrerol se cierra sin grandes fuegos artificiales. No hay frase final diseñada para viralizarse. Hay una sensación de calma, de verdad dicha sin urgencia. Y eso, en el ecosistema mediático actual, es casi revolucionario. El Cafelito se confirma así como un espacio donde el deporte puede ser contado de otra manera, y Virginia Torrecilla deja una huella que va más allá de cualquier estadística.

    Cuando termina la entrevista, queda la impresión de haber asistido a algo más que una charla televisiva. Es el testimonio de una mujer que jugó cuando no había foco, que enfermó cuando estaba en la cima, que volvió cuando nadie lo esperaba y que ahora habla sin necesidad de subrayarse. Su historia no necesita adornos porque ya es, en sí misma, profundamente épica. No por los títulos ganados, sino por todo lo que tuvo que atravesar para poder contarlo.

    Hay una dimensión de la entrevista que se impone con el paso de los minutos y que no necesita ser explicitada: la de la responsabilidad involuntaria de quien se convierte en referente. Virginia Torrecilla nunca afirma que quiera ser ejemplo de nada, pero su forma de contar su historia termina ocupando ese lugar. No por voluntad discursiva, sino por acumulación de vivencias. En El Cafelito, su relato funciona como un espejo en el que se reflejan muchas trayectorias del fútbol femenino español, especialmente las de aquellas jugadoras que crecieron cuando todavía no existía un camino marcado.

    Cuando habla de las generaciones más jóvenes, no lo hace desde la nostalgia ni desde el reproche. No hay en sus palabras una comparación directa ni una reivindicación explícita del “nosotras lo pasamos peor”. Lo que aparece es algo más sutil: la conciencia de que el presente es distinto porque el pasado fue difícil. Torrecilla no reclama reconocimiento retroactivo; simplemente deja constancia de una realidad que durante años fue ignorada. Su testimonio adquiere así un valor pedagógico sin proponérselo.

    La entrevista también deja entrever una reflexión profunda sobre la identidad. Durante muchos años, Virginia Torrecilla fue, ante todo, futbolista. Su vida giraba en torno al entrenamiento, la competición, el vestuario, el calendario. La enfermedad rompió esa estructura de golpe. En la conversación con Pedrerol se percibe cómo ese quiebre obligó a reconstruirse desde otro lugar. Habla de aprender a parar, de aceptar la vulnerabilidad, de entender que el valor personal no depende del rendimiento. Son ideas que no se desarrollan como discurso teórico, sino que emergen de la experiencia vivida.

    Hay momentos en los que el silencio pesa tanto como las palabras. Cuando Torrecilla recuerda a personas que conoció durante el tratamiento y que no sobrevivieron, la entrevista se detiene en una pausa que no necesita explicación. Es uno de esos instantes en los que el espectador entiende que el deporte, incluso en su versión más épica, queda en segundo plano frente a la fragilidad humana. Esa honestidad, sin sentimentalismo, es una de las claves que convierten la entrevista en algo excepcional.

    En paralelo, la figura de Josep Pedrerol adquiere un matiz distinto al habitual. Lejos del ritmo frenético y la confrontación que caracterizan otros formatos, aquí actúa como facilitador del relato. No busca titulares, no interrumpe con opiniones, no compite por el protagonismo. Esa elección editorial no es menor. Permite que la historia se despliegue con naturalidad y que el foco permanezca siempre en quien tiene algo que contar. En un ecosistema mediático dominado por la urgencia y el ruido, esa contención resulta casi anacrónica, y precisamente por eso tan efectiva.

    A medida que la entrevista avanza, se hace evidente que Torrecilla no habla desde la herida abierta, sino desde la cicatriz. No hay resentimiento, pero tampoco olvido. La serenidad con la que expone situaciones duras no implica que hayan dejado de doler, sino que han sido integradas. Esa diferencia es fundamental para entender el tono de toda la conversación. No es una catarsis, es una narración consciente.

    Cuando se refiere a su libro y a la decisión de contar su historia por escrito, se intuye el mismo impulso: ordenar la experiencia, darle sentido, compartirla sin convertirla en espectáculo. Torrecilla no se presenta como una superviviente excepcional, sino como alguien que tuvo miedo, que sufrió y que contó con apoyos determinantes. Esa normalización del proceso, lejos de restarle fuerza, lo hace más cercano y más real.

    El fútbol vuelve a aparecer hacia el final de la entrevista como lo que siempre fue para ella: un lugar de pertenencia. No idealizado, no perfecto, pero profundamente significativo. Habla de lo que le dio y de lo que le quitó, sin establecer una balanza definitiva. El deporte no es el villano ni el salvador absoluto de su historia; es el escenario en el que se desarrolló. Esa mirada madura, sin extremos, contrasta con muchos relatos habituales en torno a las carreras deportivas.

    En ese sentido, la conversación funciona también como un cierre simbólico. No un punto final, sino una especie de síntesis vital. Torrecilla no necesita anunciar nuevos proyectos ni marcar un siguiente objetivo. Su presencia en El Cafelito no responde a una campaña ni a un retorno. Es, simplemente, el momento en el que decide contar lo vivido con la distancia suficiente para que las palabras no quemen.

    La recepción mediática de la entrevista confirma su impacto. Fragmentos de sus declaraciones se replican en distintos medios, especialmente aquellos relacionados con su infancia, la discriminación y la enfermedad. Pero reducir la conversación a titulares aislados sería injusto. La fuerza del encuentro reside precisamente en su continuidad, en cómo cada parte del relato se apoya en la anterior y construye una imagen completa, compleja, humana.

    Lo que queda después de escucharla no es una sensación de tristeza, sino de respeto. Respeto por una trayectoria que no fue lineal, por una carrera que se sostuvo contra muchas inercias y por una persona que eligió hablar cuando ya no tenía nada que demostrar. En ese gesto hay una generosidad poco habitual: la de compartir la experiencia no para obtener algo a cambio, sino para que otros entiendan.

    La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol se inscribe así en una tradición muy concreta del periodismo deportivo: la de las conversaciones que sobreviven al contexto inmediato. No depende de un resultado, de una polémica ni de una actualidad concreta. Puede leerse, verse o escucharse dentro de años y seguirá teniendo sentido, porque habla de cuestiones que no caducan: el derecho a ocupar espacios, la dignidad frente a la adversidad, la construcción de la identidad y la necesidad de ser escuchada.

    Torrecilla no levanta la voz, no reclama, no acusa. Simplemente cuenta. Y en ese acto, aparentemente sencillo, hay una potencia enorme. Porque contar la verdad, cuando se ha vivido tanto, es ya una forma de valentía. Y porque su historia, sin adornos ni exageraciones, explica mejor que muchos discursos por qué el fútbol femenino es hoy lo que es, y por qué no se puede entender su presente sin mirar de frente a su pasado.

    Hay algo que se revela con especial claridad conforme el relato de Virginia Torrecilla avanza y se expande: su historia no necesita ser dramatizada porque ya contiene, en sí misma, todos los elementos de una tragedia clásica y de una épica moderna. Vocación temprana, oposición social, perseverancia, caída abrupta, reconstrucción y una forma de regreso que no pasa necesariamente por el lugar del que se partió. En El Cafelito, Torrecilla no se coloca nunca en el centro del escenario como heroína, pero su forma de narrarse termina ocupando ese espacio inevitablemente.

    Cuando habla del fútbol femenino actual, lo hace desde una posición que no es ni de distancia ni de pertenencia absoluta. Ya no es jugadora en activo, pero tampoco se ha desvinculado emocionalmente del todo. Observa el presente con una mezcla de orgullo y cautela. Orgullo por lo conseguido, por los avances evidentes, por la normalización progresiva de algo que durante décadas fue excepcional. Cautela porque sabe, por experiencia propia, que los procesos no son irreversibles y que las conquistas necesitan ser protegidas.

    Esa mirada larga es una de las aportaciones más valiosas de la entrevista. Torrecilla no analiza el fútbol femenino desde la teoría ni desde el debate político, sino desde la vivencia acumulada. Cuando recuerda cómo era competir sin focos, sin cámaras, sin contratos profesionales, no lo hace para reclamar un reconocimiento tardío, sino para contextualizar. Su relato funciona como una advertencia tranquila: nada de lo que hoy se disfruta fue gratuito.

    Hay un momento especialmente revelador cuando deja entrever que durante años interiorizó muchas situaciones como normales. No porque lo fueran, sino porque no existían herramientas para nombrarlas. Ese reconocimiento, formulado sin dramatismo, es clave para entender toda una época. La entrevista no convierte a Torrecilla en portavoz oficial de nada, pero sí la sitúa como testigo cualificado de un sistema que durante demasiado tiempo funcionó sin cuestionarse a sí mismo.

    La conversación también aborda, de manera indirecta, la relación entre el cuerpo y el rendimiento. En el deporte de alto nivel, el cuerpo suele ser tratado como instrumento, como recurso que se exprime hasta el límite. La enfermedad obligó a Torrecilla a mirar su propio cuerpo desde otro lugar, a escucharlo, a aceptar su fragilidad. Esa transformación aparece en la entrevista como uno de los aprendizajes más profundos. Ya no se trata de cuánto puede rendir, sino de cómo habitarlo sin violencia.

    En ese sentido, su testimonio dialoga con una conversación más amplia que atraviesa el deporte contemporáneo: la del cuidado, la salud mental, el equilibrio. Torrecilla no utiliza esos términos como consignas, pero los encarna. Habla de parar, de aceptar límites, de redefinir prioridades. Lo hace desde la experiencia, no desde el discurso aprendido.

    El tono de la entrevista nunca cae en la autocompasión. Incluso cuando aborda los momentos más duros, hay una sobriedad que resulta casi pedagógica. No hay lágrimas forzadas ni silencios teatrales. Hay una voz firme que sabe lo que ha vivido y que no necesita adornarlo. Esa contención emocional es, paradójicamente, lo que hace que el relato impacte con más fuerza.

    A lo largo de la conversación, Torrecilla demuestra una capacidad poco común para mirar atrás sin quedarse atrapada en el pasado. No reniega de lo vivido, pero tampoco se define exclusivamente por ello. Su identidad se construye desde la integración de todas esas experiencias, no desde su superación simbólica. No hay un “antes y después” tajante, sino una continuidad transformada.

    El espectador que se acerca a El Cafelito esperando una entrevista deportiva convencional se encuentra con algo distinto.

    No hay análisis tácticos ni debates sobre resultados. Hay una reflexión profunda sobre lo que significa dedicarse a un deporte que durante años no devolvía lo que exigía. Y hay, sobre todo, una reivindicación implícita del derecho a contar la propia historia con los propios tiempos.

    En el tramo final de la charla, Torrecilla no proyecta grandes discursos hacia el futuro. No anuncia cruzadas ni se coloca como referente militante. Su posición es más sutil y, por eso mismo, más poderosa. Habla desde la coherencia personal, desde la tranquilidad de haber hecho lo que podía con las herramientas que tenía en cada momento. Esa honestidad, tan poco frecuente en los relatos públicos, es uno de los grandes logros de la entrevista.

    Cuando termina la conversación, no queda la sensación de haber asistido a una despedida, sino a una especie de asentamiento. Como si Torrecilla hubiera encontrado el lugar desde el que mirar todo lo vivido sin que le pese. Ese equilibrio no se alcanza sin atravesar muchas capas de dolor, y eso se percibe en cada una de sus palabras.

    La entrevista con Josep Pedrerol no intenta cerrar nada de forma definitiva. No clausura una carrera ni inaugura otra. Simplemente fija un punto en el tiempo desde el que se puede comprender mejor una trayectoria y, por extensión, una parte fundamental de la historia reciente del fútbol femenino español. Su valor reside precisamente en esa condición de documento vivo.

    Virginia Torrecilla no habla para convencer, ni para denunciar, ni para emocionar deliberadamente. Habla porque puede hacerlo, porque ha llegado a un lugar desde el que las palabras no son urgentes ni defensivas. Y en ese gesto hay una fuerza que trasciende cualquier formato televisivo.

    Conforme el relato se prolonga y se asienta, resulta inevitable entender la entrevista como algo más que un testimonio individual. La conversación va dibujando, sin proponérselo explícitamente, un mapa emocional de una época concreta del deporte español. No porque Torrecilla hable en nombre de todas, sino porque su experiencia coincide en demasiados puntos con la de muchas otras futbolistas que crecieron y compitieron cuando el fútbol femenino era todavía un territorio sin normas claras, sin protección institucional y sin una narrativa pública que lo legitimara.

    En El Cafelito, Torrecilla no teoriza sobre desigualdad ni articula discursos políticos, pero su relato expone con precisión quirúrgica las consecuencias de esa desigualdad. Las situaciones que describe —la soledad en los vestuarios, la normalización del irrespeto, la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la fragilidad contractual— aparecen como hechos asumidos, no como excepciones. Y es precisamente esa naturalidad la que les da gravedad. Porque lo que se cuenta no es una anomalía, sino una estructura.

    A lo largo de la entrevista se percibe que Torrecilla ha hecho un ejercicio profundo de comprensión de su propia historia. No hay contradicciones forzadas ni revisiones oportunistas. Lo que dice hoy encaja con lo que ha dicho en otros momentos, pero con una diferencia clave: ahora habla sin prisa. Esa falta de urgencia le permite detenerse en matices que antes quizá no eran visibles, incluso para ella misma. Hay una madurez narrativa que solo llega cuando el tiempo ha hecho su trabajo.

    El fútbol, en su relato, aparece muchas veces como refugio y otras tantas como espacio de tensión. Fue el lugar donde se sintió libre y también donde tuvo que soportar situaciones que hoy serían inaceptables. Esa ambivalencia no se resuelve; se acepta. Torrecilla no necesita reconciliarse con una versión ideal del deporte. Asume su complejidad, sus luces y sus sombras, y desde ahí construye una relación más sana con lo que fue su vida durante tantos años.

    Uno de los aspectos más poderosos de la entrevista es la manera en que Torrecilla habla del miedo. No solo del miedo a la enfermedad, sino del miedo anterior: el miedo a no encajar, a no ser aceptada, a no tener futuro. Es un miedo silencioso, persistente, que acompañó su carrera mucho antes del diagnóstico médico. Al ponerlo en palabras, sin dramatismo, lo convierte en una experiencia compartible, reconocible para muchas personas que han tenido que abrirse camino en entornos que no estaban pensados para ellas.

    La enfermedad, paradójicamente, aparece como el punto que detiene esa huida constante hacia adelante. El cuerpo dice basta y obliga a mirar de frente lo esencial.

    Torrecilla habla de ese momento como un corte radical, pero no como una ruptura con su identidad. El fútbol no desaparece, pero deja de ocupar todo el espacio. En El Cafelito, esa transformación se percibe como uno de los aprendizajes más profundos de su vida, incluso más que cualquier logro deportivo.

    Hay una honestidad notable cuando reconoce que no siempre fue fuerte, que hubo miedo, cansancio, fragilidad. En un mundo deportivo que glorifica la resistencia sin fisuras, escuchar a alguien hablar así tiene un valor especial. No hay épica del sufrimiento, sino reconocimiento de la vulnerabilidad como parte inevitable de la experiencia humana. Esa perspectiva no resta grandeza a su historia; la amplía.

    La entrevista también deja claro que Torrecilla no busca controlar cómo será recordada. No insiste en fijar un legado ni en definir su lugar en la historia. Esa renuncia a la autopromoción es, en sí misma, una forma de coherencia. Su historia queda ahí, disponible, sin instrucciones de uso. Cada cual puede leerla desde su propia experiencia.

    El papel de Pedrerol, en este punto, vuelve a ser relevante por lo que no hace. No intenta conducir el relato hacia una conclusión cerrada, no resume, no interpreta por ella. Permite que la conversación se apague de forma natural, como se apagan las charlas importantes: sin una frase final perfecta, pero con la sensación de que algo ha quedado claro.

    Y lo que queda claro, cuando la entrevista termina, es que Virginia Torrecilla representa una forma de entender el deporte que no siempre tiene espacio en los focos. Una forma basada en la perseverancia silenciosa, en la dignidad cotidiana, en la capacidad de resistir sin convertirse en estatua. Su historia no necesita ser mitificada porque ya es significativa tal y como es.

    La conversación en El Cafelito no pretende cambiar nada de forma inmediata, pero deja una huella profunda. Funciona como un recordatorio de que el deporte no se construye solo con victorias, sino con trayectorias. Que detrás de cada avance hay historias largas, complejas, a menudo incómodas. Y que escucharlas es una forma de justicia.

    Virginia Torrecilla no se despide del fútbol en esta entrevista, pero tampoco se aferra a él. Habla desde un lugar de equilibrio poco común, desde una serenidad conquistada. Esa posición le permite mirar atrás sin nostalgia tóxica y mirar adelante sin ansiedad. Es, quizás, el mayor triunfo de su recorrido.

    La épica de esta entrevista no está en el tono ni en la puesta en escena. Está en la acumulación de verdad. En la coherencia entre lo vivido y lo contado. En la valentía tranquila de quien decide hablar cuando ya no necesita demostrar nada.

    Y por eso esta conversación permanece. Porque no grita, no exagera, no dramatiza. Simplemente existe. Y en esa existencia, tan humana y tan real, explica mejor que muchos discursos qué ha sido, qué es y qué puede llegar a ser el fútbol femenino contado desde dentro.

    Cuando la cámara se apaga y el café se enfría, lo que permanece no es una frase brillante ni un titular diseñado para circular rápido, sino la sensación de haber escuchado algo que necesitaba tiempo para ser dicho. La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol no deja una consigna ni una conclusión cerrada; deja un poso. El de una vida atravesada por el fútbol, por la desigualdad, por la enfermedad y por una reconstrucción que no busca aplauso. Torrecilla no se erige en símbolo por voluntad propia, pero termina siéndolo porque su historia condensa muchas otras que durante años no tuvieron voz ni espacio.

    Su relato no reclama compasión ni reconocimiento tardío. Reclama memoria. Memoria de cómo se jugaba cuando no había focos, de cómo se resistía cuando no había estructura, de cómo se seguía adelante cuando el cuerpo y el entorno decían basta. En ese ejercicio de memoria hay una forma de justicia silenciosa, una reparación que no pasa por el homenaje ni por la épica impostada, sino por la escucha atenta.

    La conversación en El Cafelito no busca cerrar una etapa ni abrir otra. Se sitúa en un punto de equilibrio poco habitual, desde el que se puede mirar el pasado sin idealizarlo y el presente sin darlo por garantizado. Torrecilla habla desde la serenidad de quien ha atravesado lo peor y ha aprendido a vivir sin urgencias, sin la necesidad constante de demostrar. Y esa serenidad, conquistada a fuerza de golpes, es quizá su mayor legado.

    Cuando todo termina, queda una certeza difícil de ignorar: el fútbol femenino no se explica solo con resultados, audiencias o contratos. Se explica con historias como esta, largas, complejas, a veces incómodas, profundamente humanas.

    Escucharlas no es un gesto de nostalgia, sino una obligación con el presente y una responsabilidad con el futuro.

    Virginia Torrecilla es, por encima de cualquier etiqueta deportiva, un ejemplo de superación tras reponerse de un tumor cerebral que alteró por completo su vida y su carrera. No lo es por haber regresado a competir ni por la dimensión pública de su historia, sino por la manera en que afrontó la enfermedad, aceptó la fragilidad y reconstruyó su identidad sin renunciar a lo que fue. Su testimonio no glorifica el sufrimiento ni lo convierte en espectáculo; lo humaniza.

    Y en ese gesto, sereno y honesto, reside la verdadera fuerza de su historia.

    Virginia Torrecilla no levanta la voz ni pide permiso. Cuenta. Y al hacerlo, deja constancia de algo esencial: que la dignidad también juega partidos largos, que hay victorias que no aparecen en los marcadores y que algunas entrevistas, como algunas vidas, no necesitan más ruido para quedarse.

    En uno de los momentos más distendidos de la conversación, Josep Pedrerol le preguntó directamente si era del Barcelona, una cuestión casi inevitable por su pasado como jugadora azulgrana. Virginia Torrecilla respondió con naturalidad y sin titubeos que no, que su sentimiento deportivo está ligado al Atlético de Madrid. La respuesta, sencilla y sin necesidad de matices, cerró la entrevista con una nota de identidad clara y honesta, coherente con todo su relato: el de una futbolista que ha pasado por grandes clubes, pero que habla siempre desde la verdad de su recorrido personal y emocional.

    Queda claro así que la internacional absoluta por España jamás olvidará lo que la entidad que preside Lola Romero hizo por ella durante su enfermedad.

    Ver la entrevista aquí |

    https://youtu.be/3QZo0ilU2KA?si=beuYpP4m7VJ_h0Ez

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Entrevista | “Silvia Gaviro Donoso y la reivindicación de Jenni Hermoso: liderazgo, legado y la grandeza del fútbol femenino español”

    (Fuente: Silvia Gaviro)

    🟦 Para Silvia Gaviro Donoso, entrenadora del Vasas Femenino y referente del fútbol femenino español, Jenni Hermoso no solo es una jugadora excepcional, sino la auténtica artífice de los éxitos recientes de la Selección. Con goles decisivos, liderazgo en el campo y una trayectoria brillante, Silvia reivindica que la delantera de Vallecas merece el Balón de Oro y confía en que termine su carrera en España, idealmente en el Atlético de Madrid, donde su talento seguirá marcando la diferencia en la élite del fútbol femenino.

    La historia reciente de la Selección Española femenina está estrechamente ligada a la visión que Silvia mantiene sobre la construcción de proyectos sólidos y sostenibles. En el Mundial de Francia 2019, España se enfrentó a Estados Unidos en octavos de final y, aunque el resultado fue adverso, aquel partido dejó claro que el equipo tenía carácter, identidad y calidad para competir con las mejores selecciones del mundo. Jugadoras como Aitana Bonmatí, Alexia Putellas y Jenni Hermoso demostraron un potencial enorme, algo que Silvia ya anticipaba como fruto de un proceso de formación y continuidad. Pero ella también reivindica y honra a las pioneras como Sonia Bermúdez, Vero Boquete, Priscila Borja o Marta Torrejón, quienes defendieron a España cuando los focos aún no iluminaban el fútbol femenino y que hoy constituyen la base histórica de los éxitos actuales.

    El Mundial de 2023 en Australia y Nueva Zelanda fue la consagración de esa evolución. España llegó como una candidata seria al título mundial y confirmó ese estatus al derrotar 1‑0 a Inglaterra en Sídney el 20 de agosto de 2023 con un gol decisivo de Olga Carmona, en un partido lleno de tensión, fútbol de alta exigencia y mentalidad ganadora. Este triunfo no fue una sorpresa, sino la consecuencia lógica de años de trabajo, constancia y cohesión táctica. Olga Carmona, defensa cuya carrera en clubes incluye etapas en Sevilla y Real Madrid, se convirtió en símbolo de esa generación con una actuación que quedará en la historia del fútbol español.  

    La Eurocopa femenina 2025 ofreció un desafío diferente y también memorable. España alcanzó la final frente a Inglaterra en Basilea, empatando 1‑1 tras prórroga y perdiendo 3‑1 en la tanda de penaltis en un duelo marcado por la intensidad táctica y emocional de ambas selecciones. El partido fue un reflejo del crecimiento europeo en el fútbol femenino, donde Inglaterra ha demostrado una notable progresión ofensiva y profundidad de plantilla en torneos recientes.  

    Lejos de desanimarse, España respondió con autoridad en la UEFA Women’s Nations League 2025, un torneo que mostró ampliamente la fortaleza del combinado español a lo largo de la temporada. En la fase de grupos, España obtuvo resultados significativos como la victoria por 3‑2 ante Bélgica, el 4‑0 sobre Portugal y el 5‑1 frente a Bélgica en la vuelta, además de un 2‑1 contra Inglaterra en marzo de 2025. En semifinales, España superó con un global de 5‑0 a Suecia, después de vencer 4‑0 en la ida y 1‑0 en la vuelta, consolidando su pase a la final en un estilo ofensivo y táctico que reflejaba madurez y hambre de triunfo.  

    La final de la Nations League celebrada en el Estadio Metropolitano de Madrid fue histórica: España se impuso 3‑0 a Alemania ante un récord de 55.843 espectadores, con un doblete de Clàudia Pina y un gol de Vicky López. Esta victoria confirmaba a España como campeona de la Nations League por segunda vez consecutiva tras ganar la edición inaugural 2‑0 frente a Francia en Sevilla, consolidando un ciclo de dominio continental.  La actuación de Pina, autora de seis goles en el torneo, subrayó su importancia como figura de referencia en la delantera española, acompañada por la elegancia y creatividad de jugadoras como Alexia Putellas y la versatilidad de Esther González.

    Simultáneamente a los éxitos internacionales, el fútbol femenino español ha experimentado una transformación vigorosa en el ámbito doméstico, especialmente en la Liga F, la primera división profesional del fútbol femenino en España. La temporada 2023–2024 fue una muestra de supremacía histórica del FC Barcelona Femení, que terminó campeón con 88 puntos en 30 partidos, con 29 victorias, solo 1 empate y ningún tropiezo, firmando una cifra goleadora de 137 goles a favor y apenas 10 en contra, reflejo de equilibrio entre ataque y defensa.  El sorprendente segundo lugar lo ocupó el Real Madrid CF, que terminó con 73 puntos, seguido por el Atlético de Madrid con 61 y el Levante UD con 60, todos mostrando niveles competitivos muy altos en una liga que se ha hecho más equilibrada y emocionante año tras año.  

    En esa misma temporada, los números individuales brillaron con fuerza. La tabla de goleadoras estuvo encabezada por Caroline Graham Hansen del Barcelona con 21 goles, seguida por Salma Paralluelo con 20 y Cristina Martín-Prieto del Sevilla con 17, demostrando una competencia feroz por marcar la diferencia en cada jornada.  Además, la liga vio un despliegue creativo en asistencias donde Graham Hansen también lideró con 19, acompañada por Aitana Bonmatí con 11, destacando la calidad técnica que caracteriza al campeonato español.  

    La competencia interna también se expresó en torneos de copa. En la Copa de la Reina 2023–24, Barcelona se coronó campeón por décima vez tras derrotar 8‑0 a la Real Sociedad en la final, igualando el mayor margen de victoria en la historia del torneo.  Jugadoras como Mariona Caldentey, autora de seis goles en el torneo, y Aitana Bonmatí, con cuatro, demostraron su efectividad en competiciones que exigen precisión en momentos de alta tensión.  Esto reflejó la profundidad de plantilla y la calidad individual que ha permitido a Barcelona dominar tanto la liga como los torneos de copa.

    La temporada 2024–2025 consolidó aún más el dominio de Barcelona, que obtuvo su décimo título de Liga F y sexto consecutivo con una victoria contundente de 9‑0 sobre el Real Betis, en un partido donde Clàudia Pina firmó un ‘hat‑trick’ y Ewa Pajor y Alexia Putellas anotaron dos cada una, mostrando una ofensiva demoledora y una superioridad táctica que hizo historia.  Barcelona terminó la liga con 84 puntos en 30 partidos, 28 victorias y 128 goles a favor, dejando a su eterno rival Real Madrid en segundo lugar con 76 puntos y 87 goles.  Este dominio se traduce en cifras históricas acumuladas: según la clasificación histórica de la liga, Barcelona lidera con 383 goles en 90 partidos desde 2022 con un extraordinario balance ofensivo y defensivo, acompañado por Real Madrid y Atlético de Madrid como protagonistas constantes.  

    En esa campaña, la tabla de goleadoras del 2024–2025 mostró la capacidad de Ewa Pajor como principal artillera con 25 goles, seguida por Edna Imade del Granada con 16, y nombres como Alba Redondo del Real Madrid que aportaron 15 goles, demostrando que la Liga F es una competición en la que tanto las grandes figuras como las jugadoras emergentes tienen oportunidad de destacarse.  

    Este nivel competitivo se traduce no solo en títulos, sino en una liga vibrante y dinámica donde clubes históricos y emergentes luchan cada jornada por puntos, gloria y proyección. Equipos como Granada C.F. y Costa Adeje Tenerife destacaron por su espíritu de superación, consolidándose en posiciones respetables de la tabla con planteamientos tácticos propios, mientras que clubes tradicionales como Sevilla FC, Real Sociedad y Athletic Club reforzaron su presencia con plantillas equilibradas y tácticas bien definidas.  

    La calidad de la Liga F no solo se mide en goles y resultados, sino también en historias individuales de compromiso y superación. Jugadoras como Linda Caicedo, quien se consolidó como figura clave en el Real Madrid antes de dar el salto internacional, encontraron en la liga española un escenario para desarrollar su talento y mostrar su capacidad ofensiva, velocidad y creatividad ante defensas exigentes, contribuyendo a la globalización del fútbol femenino español.  

    En medio de estas gestas colectivas e individuales, el papel de “El Partido de Manu” como medio de prensa escrita especializado en fútbol femenino ha sido fundamental. Este medio no solo ha difundido resultados y estadísticas, sino que ha contado las historias humanas detrás de cada jugadora, entrenadora y club, contextualizando cada triunfo y cada derrota con análisis profundo que ayudan a educar a la afición y a consolidar la identidad del fútbol femenino como un deporte de élite, digno de atención y respeto.

    La sólida trayectoria de Silvia Gaviro Donoso se entrelaza con esta narrativa colectiva. Ella representa ese liderazgo que no solo busca resultados, sino construir estructuras de formación, reforzar la profesionalización de la liga y contribuir a la sostenibilidad del deporte. Su visión sobre la igualdad de género, el respeto a los méritos deportivos y la importancia de cuidar las canteras es una guía que ha inspirado a muchos clubes a invertir en sus bases y proyectar un fútbol que mira hacia el futuro con ambición y responsabilidad.

    El legado de Silvia no se limita a su trabajo técnico o táctico, sino que también se refleja en su capacidad de inspirar a generaciones de jugadoras que hoy levantan la voz, ocupan espacios de liderazgo y construyen proyectos ambiciosos en España y más allá. Su sueño de regresar a España para liderar un banquillo históricos, no es solo una ambición personal, sino un acto de compromiso con el crecimiento integral del fútbol femenino.

    “Mi sueño es seguir creciendo, seguir aprendiendo y seguir aportando. Cuando termine mi etapa en Rumanía, quiero volver a España, liderar un banquillo histórico y contribuir a que la Liga F siga creciendo”, afirma Silvia, resumindo su ambición personal y compromiso con el desarrollo del fútbol femenino.

    La historia de Silvia Gaviro Donoso es monumental. Conecta generaciones, reivindica a pioneras, celebra a campeonas actuales y proyecta a jóvenes promesas que definirán el futuro del fútbol femenino español. Su visión de liderazgo, su pasión por el juego y su compromiso con la igualdad y la visibilidad han consolidado su lugar como una de las voces más autorizadas y emblemáticas del deporte. El fútbol femenino español, con figuras como ella, no tiene techo, y su proyección global es ilimitada.

    España, desde su dominio en el ranking mundial femenino—número uno tras sus éxitos recientes—hasta su competitividad permanente en competiciones europeas y domésticas, se consolida como ejemplo de profesionalización, calidad y excelencia deportiva.  

    Este relato no solo recoge resultados, estadísticas y hazañas; es la narración de un proceso colectivo construido con talento, trabajo constante, visión estratégica y liderazgo femenino. La eternidad del fútbol femenino español se escribe con historias como la de Silvia, que no solo dirige equipos, sino que diseña futuros, abre puertas y eleva estándares, dejando una huella imborrable para las generaciones presentes y futuras. 

    (Fuente: Silvia Gaviro)
  • ENTREVISTA | José Luis Sánchez Vera

    (Fuente: 11 inicial)

    📌 Con una mirada serena, voz firme y discurso pausado, José Luis Sánchez Vera sigue siendo uno de los grandes pensadores del fútbol femenino europeo.

    Tras su etapa en la Real Sociedad y su incursión en los medios como analista en Onda Madrid y Disney+, el técnico madrileño se mantiene fiel a una filosofía que combina rigor táctico, emoción y una visión moderna del juego.

    Charlamos con uno de los entrenadores más respetados del continente, quecomtinua dejando huella dentro y fuera del banquillo.

    Málaga se viste de gala, el viento del sur trae ecos de fútbol y reflexión. En una cafetería próxima a La Rosaleda, entre libretas llenas de apuntes tácticos y la serenidad de quien entiende que entrenar es también educar, José Luis Sánchez Vera habla despacio, piensa antes de responder y construye cada frase como si fuera una jugada ensayada. Su mirada no es la de un técnico en pausa; es la de un pensador en tránsito. Porque él no dejó los banquillos: los está redibujando.

    “El fútbol femenino español necesitaba mirarse con otra lente. No solo mejorar lo que se hacía, sino entender por qué se hacía”, dice mientras entrelaza los dedos y sonríe con la calma de quien ha aprendido que la prisa es la peor consejera. En su voz, hay una mezcla de método y poesía; en sus palabras, una convicción que parece de otro tiempo, cuando el fútbol todavía pertenecía a la gente.

    🔴 “No me gusta pasar sin dejar algo”

    A Sánchez Vera se le asocia con el cambio. No solo por sus títulos ni por sus proyectos —Atlético de Madrid, Levante, Real Sociedad—, sino por haber convertido cada vestuario en un laboratorio humano.

    “Gestionar personas es el 60% del éxito. Puedes tener el mejor plan táctico, pero si no haces sentir al grupo que lo que hacen les pertenece, no tendrás nada”, explica. Lo dice como quien da una lección de vida.

    Su legado no se mide en victorias, sino en vínculos. En la Real Sociedad, dejó un equipo más maduro, más identificable, con jóvenes que hoy ya son realidad: Julia, Aiara, Lezeta, Guridi… Jugadoras que aprendieron que la idea importa tanto como la emoción.

    “Creo que mi mayor contribución ha sido eso: ayudar a entender que el fútbol femenino es un territorio de responsabilidad compartida. Que el éxito no se impone, se construye entre todas.”

    ⚽ Filosofía de juego: el orden que libera

    Cuando habla de táctica, se ilumina. “Quiero equipos que vivan en la presión, que sientan que el balón es su respiración.”, afirma, con la firmeza de quien se ha pasado horas dibujando movimientos en pizarras, buscando el equilibrio entre la libertad creativa y el rigor táctico.

    Para Sánchez Vera, el fútbol no se divide entre ataque y defensa, sino entre ideas que se entienden y las que no. “Presionar arriba no es una obligación, es una convicción. Tener la pelota no es un capricho, es la forma de mirar el partido de frente.”

    Su método, dice, es un organismo vivo: crece, muta, se adapta. “Cada día aprendo algo nuevo. A veces de un rival, a veces de una jugadora. Hay que tener la humildad de escuchar al juego.”

    💬 De los banquillos al micrófono: una nueva mirada

    Desde su etapa como analista en Onda Madrid y Disney+, Sánchez Vera ha llevado su visión a los medios con la misma naturalidad con la que dirigía un equipo. “Me gusta hablar del juego, no del ruido. Si una futbolista toma una decisión, intento explicar por qué lo hace. El fútbol femenino necesita pedagogía, no espectáculo vacío.”

    En un tiempo de titulares rápidos, su tono pausado se agradece. Cada intervención suya es una clase de lectura táctica, una invitación a mirar con otros ojos. “Lo que contemos desde los medios define quiénes somos como deporte. Si lo tratamos con rigor, crecerá con rigor.”

    🧠 El entrenador-filósofo

    Hay entrenadores que ganan títulos. Y hay otros, como Sánchez Vera, que ganan tiempo: el que dedican a pensar en lo que hacen y a quienes lo hacen posible. Su visión no es un dogma, es una actitud. “Quiero que mis equipos jueguen bien, pero sobre todo que entiendan por qué juegan así.”, dice.

    Esa capacidad de reflexión, de autocrítica constante, lo ha convertido en una referencia internacional. Le han llamado desde distintos países para compartir metodología, y él ha respondido con la misma apertura con la que enseña: compartiendo, no imponiendo. “Nunca he querido ser un gurú. Me gusta debatir, escuchar. Cuando el fútbol se discute, evoluciona.”

    Cree que el gran reto está en definir el producto: hacerlo sostenible, coherente y fiel a su esencia. “No se trata de imitar al masculino, sino de entender quiénes somos y qué podemos ofrecer. El fútbol femenino es emoción, autenticidad y sentido colectivo.”

    🌍 “Estamos construyendo la nueva era”

    Hablar con Sánchez Vera sobre el futuro del fútbol femenino es escuchar un manifiesto. “Por fin todos vamos de la mano. Ya no se trata de pedir, sino de construir. El fútbol femenino español ha llegado a un punto de madurez donde la gente quiere sumar, no dividir.”

    Cada frase suya suena como una tesis sobre la identidad deportiva. Porque para él, el fútbol no es un lugar donde se gana o se pierde: es un espacio donde se pertenece.

    🔵 El futuro en pausa: volver para transformar

    Tras su última experiencia, una lesión lo obligó a frenar. Pero incluso en el descanso, no ha dejado de construir. “El banquillo lo echo de menos cada día”, confiesa. “Pero cuando vuelva, quiero hacerlo donde sienta que puedo divertirme, aprender y dejar huella. Cuando algo dentro te vibra al escuchar un proyecto, ahí es.”

    Hoy estudia propuestas, analiza proyectos y se deja llevar por esa intuición que tantas veces lo guió. “El fútbol no se elige, te elige él. Y cuando te vuelve a llamar, hay que estar preparado para volver con todo.”

    🔴 Sánchez Vera, el humanista del verde

    En una época dominada por la velocidad, él sigue apostando por la pausa. En un fútbol que a veces olvida el alma, él la pone en el centro. No busca ruido ni protagonismo; busca trascendencia.

    Su frase final, antes de despedirse, resume su manera de estar en el mundo:

    “El fútbol es la cosa más importante de las menos importantes. Si lo sientes, si lo disfrutas y lo tratas bien, él te devolverá lo mismo.”

    Y en ese credo, José Luis Sánchez Vera se ha convertido —sin pretenderlo— en una de las voces más lúcidas, humanas y revolucionarias del fútbol femenino europeo. Un entrenador que no dirige solo partidos: dirige procesos, emociones y destinos.

    (Fuente: Liga F)

    Palmarés |

    🏆 Un legado que trasciende los banquillos

    Su nombre está asociado al cambio, a la inteligencia emocional y a la construcción de una nueva forma de entender el fútbol femenino. José Luis Sánchez Vera (Madrid, 1981) es más que un entrenador: es un pensador del juego, un gestor de personas y una de las figuras más respetadas del fútbol femenino europeo.

    Su trayectoria, marcada por la coherencia y la innovación táctica, ha dejado huella en cada proyecto que ha liderado: Atlético de Madrid, Levante UD y Real Sociedad, además de su etapa como analista y comentarista en medios nacionales e internacionales.

    “Siempre he creído que entrenar no es dirigir, es acompañar. El fútbol femenino no se enseña desde el ego, se construye desde la pertenencia”, repite Sánchez Vera con la serenidad de quien sabe que su método ha influido en generaciones de entrenadores y jugadoras.

    ⚽ UN CAMINO DE EVOLUCIÓN Y COHERENCIA

    Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y formado en la cantera táctica del fútbol madrileño, Sánchez Vera emergió como una de las voces más lúcidas del nuevo fútbol femenino español. Su irrupción en la élite con el Atlético de Madrid Femenino marcó un antes y un después en la estructura y competitividad de la Liga F.

    Su ideario parte de tres pilares: la gestión humana, el método y el sentimiento de pertenencia. Para él, el grupo siempre está por encima del sistema. “Cuando las jugadoras sienten que el proyecto es suyo, aparecen los resultados”, suele decir.

    🏅 PALMARÉS DE JOSÉ LUIS SÁNCHEZ VERA

    🏆 ATLÉTICO DE MADRID FEMENINO

    Campeón de la Primera División Femenina (Liga Iberdrola 2018-19) Subcampeón de la Supercopa de España 2019-20 Subcampeón de la Copa de la Reina 2019 Clasificación a la UEFA Women’s Champions League (2018-19 y 2020-21) Director técnico de transición metodológica del club (2017-2023)

    🏆 REAL SOCIEDAD FEMENINA

    Entrenador principal (2023-2024) Consolidación del modelo de cantera con el debut y consolidación de jóvenes talentos como Julia, Aiara, Lezeta, Intza o Guridi, hoy jugadoras de pleno derecho en el primer equipo. Introducción del modelo de juego posicional con presión alta e identidad dominadora, reforzando la estructura competitiva del equipo donostiarra.

    🏆 LEVANTE UD FEMENINO

    Entrenador principal (2022-2023) Clasificación europea y récord histórico de goles a favor del club en una temporada.

    🎙️ FACETA ANALISTA Y COMUNICADOR

    Comentarista técnico en Onda Madrid para la Liga F Moeve. Analista táctico en Disney+ (UEFA Women’s Champions League). Colaborador en espacios de divulgación sobre fútbol femenino en RTVE, DAZN y plataformas especializadas.

    🧠 UN ENTRENADOR DE AUTOR

    Sánchez Vera representa a esa nueva generación de entrenadores que han fusionado la ciencia del rendimiento con la sensibilidad humana. Sus equipos se reconocen por su presión alta, la lectura espacial y la capacidad de adaptación, pero también por su carácter coral y emocional.

    “Mi trabajo es conseguir que cada jugadora sienta que su esfuerzo tiene un propósito. Desde ahí, construimos el modelo.”

    Su discurso ha influido en técnicos de toda Europa, siendo invitado a conferencias en España, Francia y Reino Unido, donde ha compartido su visión sobre la evolución táctica y mental del fútbol femenino moderno.

    🌍 VISIÓN GLOBAL Y HUMANISTA

    Lejos del ego mediático, Sánchez Vera ha construido una carrera basada en el respeto, la autocrítica y la convicción de que el fútbol es un fenómeno cultural antes que deportivo.

    “El fútbol es la cosa más importante de las menos importantes. Si lo tratas bien, te devuelve más de lo que imaginas”, repite como mantra en sus charlas.

    Desde su pausa obligada por una lesión en 2024, se ha mantenido vinculado al análisis y la formación, a la espera de un nuevo proyecto que le inspire: “Volveré cuando sienta que el sitio vibra conmigo. Ese será el lugar donde tenga sentido volver a entrenar.”

    🔴 UN SELLO QUE QUEDARÁ

    Metódico, cercano y brillante, José Luis Sánchez Vera ha sido uno de los grandes constructores del fútbol femenino español. Su palmarés es solo una parte de su huella; la otra, más silenciosa y duradera, está en la cantidad de jugadoras, técnicos y clubes que han aprendido a mirar el juego desde otro prisma gracias a su forma de entenderlo.

    JOSÉ LUIS SÁNCHEZ VERA

    📍 Madrid, 1981

    🎓 Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte

    🏆 Entrenador UEFA Pro

    📺 Analista y comentarista en Onda Madrid y Disney+

    ⚽ Exentrenador de Atlético de Madrid, Levante UD y Real Sociedad

    🎖️ Campeón de Liga Femenina 2018-19 | Subcampeón de Copa y Supercopa | Clasificaciones europeas

    “No vine al fútbol para ganar títulos. Vine para ganar tiempo con las personas, para construir algo que quede cuando el marcador se borre.” — José Luis Sánchez Vera.