
⬛️ ¡Se marcha! El preparador ha estado al frente del equipo blanco y rosa durante quince fechas .
El final de una etapa nunca es un simple comunicado cuando se trata de un club que ha hecho de la resistencia, la identidad y la supervivencia una forma de vida. La salida de Javier Aguado como primer entrenador del Madrid CFF no es solo el cierre de un ciclo deportivo, es el punto y seguido de una historia construida en silencio, sin focos, sin presupuestos deslumbrantes y sin red, pero con una idea clara de competición, de pertenencia y de dignidad futbolística. En un ecosistema cada vez más polarizado como el de la Liga F, donde la brecha entre los grandes proyectos y los clubes de estructura modesta se ensancha temporada tras temporada, el paso de Aguado por el banquillo del equipo afincado en Fuenlabrada debe analizarse desde una perspectiva profunda, contextualizada y honesta, porque su rendimiento no puede medirse únicamente en resultados puntuales, sino en la capacidad del equipo para sostenerse, competir y mantenerse fiel a una identidad reconocible en condiciones estructuralmente adversas.
Javier Aguado aterrizó en el Madrid CFF en un contexto complejo, heredando un club que había logrado consolidarse en la élite del fútbol femenino español a base de trabajo, ingenio y una gestión deportiva extremadamente afinada. El Madrid CFF no es un club diseñado para dominar, sino para sobrevivir en un entorno hostil, donde cada temporada es un ejercicio de reinvención. En ese marco, el rendimiento de un entrenador no se evalúa por títulos ni por clasificaciones europeas, sino por su capacidad para maximizar recursos, potenciar futbolistas, construir un equipo competitivo y evitar que la realidad presupuestaria se traduzca en una condena deportiva. Aguado asumió ese reto desde el primer día, con una idea clara de orden, pragmatismo y adaptación constante.
Desde el punto de vista estrictamente competitivo, el Madrid CFF de Javier Aguado fue un equipo reconocible. No siempre brillante, no siempre vistoso, pero sí consistente en su planteamiento. La prioridad fue, desde el inicio, dotar al equipo de una estructura sólida que le permitiera competir cada partido con opciones reales de sumar puntos, independientemente del rival. En una liga donde muchos equipos modestos se ven arrastrados a propuestas defensivas extremas o a renuncias excesivas, el Madrid CFF de Aguado encontró un punto intermedio: defender bien sin dejar de competir con balón cuando el contexto lo permitía.
El rendimiento defensivo fue uno de los pilares fundamentales de su etapa. Aguado construyó un equipo que entendía muy bien las distancias entre líneas, que sabía cuándo replegar y cuándo saltar a la presión, y que rara vez se descomponía de manera colectiva. Incluso en partidos ante rivales de enorme potencial ofensivo, el Madrid CFF mostró una capacidad notable para mantenerse dentro del partido durante muchos minutos, evitando goleadas estructurales y compitiendo hasta el tramo final. Esto no es un dato menor en un campeonato donde la diferencia de talento individual puede traducirse en resultados abultados si no existe una organización sólida.
La evolución del equipo a lo largo de las temporadas bajo la dirección de Aguado también es un aspecto clave para valorar su rendimiento. Lejos de estancarse, el Madrid CFF mostró fases de crecimiento, especialmente en la comprensión del juego con balón. Sin disponer de grandes perfiles creativos de manera constante, el equipo fue capaz de articular ataques coherentes, de encontrar salidas limpias desde atrás en determinados contextos y de aprovechar con inteligencia las transiciones ofensivas. La verticalidad, bien entendida, fue una de las señas de identidad del equipo, no como recurso desesperado, sino como herramienta estratégica.
El trabajo de Aguado con plantillas profundamente condicionadas por la rotación constante de jugadoras es otro de los grandes indicadores de su rendimiento. El Madrid CFF ha sido históricamente un club vendedor, un trampolín para futbolistas que, tras rendir a buen nivel, daban el salto a proyectos con mayor capacidad económica. Cada verano suponía una reconstrucción casi completa del equipo, obligando al cuerpo técnico a empezar de nuevo, a integrar perfiles jóvenes, a acelerar procesos de adaptación y a competir sin margen de error. En ese contexto, mantener al equipo fuera de los puestos de descenso y, en muchos momentos, en una zona relativamente tranquila de la clasificación, es un mérito considerable.
La gestión de jugadoras jóvenes fue uno de los aspectos más destacados del paso de Aguado por el club. Bajo su dirección, muchas futbolistas encontraron continuidad, confianza y un marco competitivo que favoreció su crecimiento. El Madrid CFF se consolidó como un espacio donde el talento emergente podía desarrollarse sin la presión extrema de los grandes clubes, pero con un nivel de exigencia alto. Aguado supo equilibrar la necesidad de resultados con la obligación estructural del club de apostar por perfiles jóvenes, algo que no siempre es compatible en una liga tan exigente.
Desde el punto de vista táctico, el rendimiento del equipo estuvo marcado por la flexibilidad. Aguado no fue un entrenador dogmático. Adaptó sistemas, alturas de bloque y comportamientos según el rival y el momento de la temporada. Se vieron defensas de cuatro y de cinco, mediocampos más físicos o más técnicos según las piezas disponibles, y distintas soluciones ofensivas para paliar la falta de gol en determinados tramos. Esta capacidad de adaptación es especialmente relevante en un equipo que no puede permitirse fichajes correctivos en invierno