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  • Oficial | Athenea conquista el Player of the Month en la Liga F durante el mes de enero

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ La atacante cántabra se adjudica el galardón por primera vez y sucede a la culé Ewa Pajor.

    El lunes, 2 de febrero de 2026, no fue un lunes más en el calendario de la Liga F Moeve. No lo fue porque el anuncio del ‘Player of the Month’ de enero trascendió el mero reconocimiento estadístico para convertirse en una declaración de principios.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Athenea del Castillo, futbolista del Real Madrid CF, extremo por naturaleza y por convicción, fue proclamada jugadora del mes en una competición que ya no premia únicamente el gol, sino la influencia, el impacto competitivo y la capacidad de alterar el curso de los partidos desde la personalidad futbolística.

    El galardón, impulsado por EA SPORTS en su apuesta estratégica por el fútbol femenino, volvió a señalar a la Liga F como campeonato pionero en la integración de estándares globales de reconocimiento individual. Una distinción que, desde su implantación, no ha buscado replicar modelos masculinos, sino reinterpretarlos desde la especificidad del juego femenino, de sus ritmos, de sus contextos y de sus protagonistas. En ese escenario, Athenea del Castillo no aparece como una elección coyuntural, sino como una consecuencia natural de un mes en el que su figura se convirtió en eje, desequilibrio y relato.

    La votación, abierta el miércoles 21 de enero, reunió una nómina que retrata la pluralidad competitiva del campeonato: Paula Fernández, Érika González, Ariadna Mingueza, Sydney Schertenleib, Anna Torrodà, Elba Vergés y la propia Athenea. Siete nombres, siete contextos, siete formas de entender el juego. El desenlace, sin embargo, no dejó espacio a la duda: la atacante cántabra fue la futbolista que mejor sintetizó rendimiento, impacto y continuidad durante enero.

    El premio llega tras un mes de 237 minutos repartidos en tres partidos de Liga F Moeve, con dos goles —ambos frente al Levante UD— y una asistencia ante el Sevilla FC. Cifras que, aisladas, podrían parecer contenidas; cifras que, contextualizadas, explican por qué el fútbol no se mide únicamente en acumulación numérica. Athenea no solo participó en goles: los provocó, los anunció, los aceleró. Su presencia en el campo alteró estructuras defensivas, obligó a repliegues asimétricos y abrió espacios que el Real Madrid supo explotar.

    Pero enero no se cerró únicamente en clave liguera. El gol anotado en las semifinales de la Supercopa de España añadió una capa más al relato: la de la futbolista que aparece cuando el escenario se eleva, cuando el foco se intensifica y cuando la exigencia se multiplica. En ese contexto, Athenea no se esconde ni se diluye. Se afirma.

    A sus 23 años, la futbolista de Solares acumula ya 1.163 minutos en Liga F Moeve esta temporada, con cuatro goles y seis asistencias, liderando ese apartado en su equipo. Es una cifra que habla de regularidad, pero también de rol. Athenea no es una aparición puntual ni un recurso de rotación: es una pieza estructural del proyecto deportivo del Real Madrid CF femenino. Una jugadora que, desde el costado, construye una identidad reconocible.

    El reconocimiento de EA SPORTS no es menor. La mejora de su ítem en el ecosistema digital simboliza algo más profundo: la consolidación de referentes femeninos con peso propio en la cultura global del fútbol. Athenea se suma así a una lista que ya integran Luany, Edna Imade, Claudia Pina y Ewa Pajor, nombres que representan distintas formas de excelencia y que, juntos, componen una cartografía del talento que hoy define a la Liga F Moeve.

    Sin embargo, para comprender la dimensión real de este premio, es necesario retroceder. Mirar hacia atrás. Recordar que Athenea del Castillo no surge de la nada ni es producto exclusivo de un gran escudo. Antes de Chamartín, antes de los focos y de los grandes escenarios, hubo barro, hubo resistencia y hubo aprendizaje en contextos menos visibles. Su paso por el Deportivo Abanca forma parte de esa genealogía silenciosa que sostiene el crecimiento del fútbol femenino español.

    En A Coruña, Athenea no solo compitió: se forjó. Aprendió a recibir con ventaja en equipos que necesitaban correr más que dominar, a encarar cuando el margen de error era mínimo y a asumir responsabilidades ofensivas incluso en escenarios adversos. Ese bagaje no se borra con el salto a la élite; al contrario, se arrastra como una memoria corporal que reaparece en cada conducción larga, en cada cambio de ritmo y en cada decisión tomada bajo presión.

    El ‘Player of the Month’ de enero no premia únicamente lo que Athenea hizo durante cuatro semanas. Premia lo que es capaz de sostener en el tiempo. Premia la coherencia entre pasado y presente. Premia la evolución sin ruptura. En una Liga F Moeve cada vez más competitiva, donde la exigencia física y táctica se eleva jornada tras jornada, la extremo cántabra ha encontrado un lugar desde el que influir sin traicionar su esencia.

    Este reconocimiento también interpela al campeonato. La Liga F Moeve no solo celebra a una jugadora; se celebra a sí misma como espacio de desarrollo, como plataforma de visibilidad y como producto deportivo con narrativa propia. La alianza con EA SPORTS refuerza esa proyección internacional y sitúa a las futbolistas en un ecosistema donde el rendimiento tiene eco más allá del césped.

    Athenea del Castillo, en este contexto, no es únicamente la jugadora del mes de enero. Es un símbolo de continuidad generacional, de profesionalización sostenida y de identidad futbolística reconocible. Su premio no cierra un ciclo: lo abre. Porque enero ha sido solo una estación en un recorrido que aún tiene capítulos por escribir.

    fútbol. Un tramo de la temporada en el que las cifras pueden mentir y los contextos pesan más que los marcadores. El cansancio acumulado, la resaca competitiva de los meses iniciales y la presión por no perder el pulso con la clasificación convierten cada partido en una prueba de madurez colectiva e individual. En ese escenario, Athenea del Castillo no solo sostuvo su rendimiento: lo elevó hasta convertirlo en una herramienta de lectura del juego.

    El Real Madrid CF afrontó el mes con una hoja de ruta clara: mantener la regularidad competitiva y reforzar una identidad ofensiva basada en la amplitud, la velocidad en los costados y la ocupación racional de los espacios intermedios. Athenea fue una de las piezas clave de ese plan. No como recurso puntual, sino como vértice desde el que se activaban automatismos reconocibles.

    Su primer gran impacto del mes llegó frente al Levante UD. No fue un partido sencillo ni cómodo. El conjunto valenciano propuso un bloque medio-bajo, con ayudas constantes sobre banda y una vigilancia permanente sobre las jugadoras exteriores del Real Madrid. En ese contexto, Athenea no buscó el desborde inmediato. Midió. Esperó. Atrajo. Y cuando el espacio apareció, lo atacó con la precisión de quien entiende el tiempo del juego.

    Los dos goles anotados ante el Levante no fueron idénticos, pero sí coherentes con su perfil. Acciones que nacen de su capacidad para interpretar el uno contra uno no como un duelo físico, sino como un ejercicio de lectura corporal. Athenea no necesita una ventaja clara para encarar: le basta una décima de segundo, una leve descoordinación defensiva, un perfil mal orientado. Su arranque corto, casi felino, rompe el equilibrio rival antes de que la ayuda defensiva pueda llegar.

    Ese partido sintetizó una de las grandes virtudes de su mes de enero: la eficiencia emocional. Athenea no se acelera con el balón ni se desconecta sin él. Su participación no se limita a la acción final; se extiende a la fase previa, a la fijación de marca, al arrastre de defensoras que liberan carriles interiores para sus compañeras. Es una futbolista que entiende que influir no siempre implica tocar el balón.

    Días después, frente al Sevilla FC, su impacto adoptó otra forma. Menos visible para el marcador, pero igual de determinante. La asistencia repartida en ese encuentro nace de una conducción larga, de esas que obligan al bloque rival a retroceder en carrera, desordenándose. Athenea arrastra, temporiza y decide. No fuerza la acción individual cuando el contexto pide pausa. Ese gesto, aparentemente simple, revela una evolución futbolística que va más allá del desborde puro.

    Enero también fue un mes de ajustes tácticos. El Real Madrid alternó estructuras, moduló alturas y probó diferentes asociaciones en banda. Athenea se adaptó a cada variante sin perder identidad. En ocasiones, actuó más abierta, pegada a la cal, estirando al máximo el campo. En otras, apareció por dentro, ocupando espacios entre lateral y central, obligando a la defensa rival a elegir entre cerrar o conceder. En esa duda ajena, ella encontró ventaja.

    La Supercopa de España añadió un matiz competitivo distinto. El gol anotado en semifinales no fue solo un tanto más en su cuenta personal. Fue una confirmación. El tipo de acción que define carreras: aparecer en un partido de máxima exigencia y responder con determinación. Athenea atacó el espacio con convicción, sin titubeos, demostrando que su juego no se diluye cuando el contexto se vuelve hostil o el margen de error se reduce.

    Ese enero confirmó algo que ya se intuía: Athenea del Castillo ha aprendido a competir dentro del sistema sin perder su naturaleza. Su fútbol sigue siendo vertical, agresivo y profundo, pero ahora está sostenido por una comprensión más amplia del juego colectivo. No encadena acciones sin sentido ni fuerza situaciones inexistentes. Selecciona. Y esa selección es una de las claves que explican su impacto sostenido.

    Desde el punto de vista defensivo, su aportación también creció durante el mes. No tanto en números, sino en actitud. Athenea entendió cuándo replegar, cuándo cerrar línea de pase y cuándo activar la presión tras pérdida. Su esfuerzo sin balón no responde a una consigna aislada, sino a una lectura global del partido. Sabe cuándo su equipo necesita oxígeno y cuándo necesita intensidad.

    Enero fue, en definitiva, el mes en el que Athenea consolidó un estatus. No el de promesa, ni el de talento intermitente, sino el de futbolista determinante en un equipo que aspira a todo. El ‘Player of the Month’ no premia una racha puntual ni una explosión efímera. Reconoce una secuencia de actuaciones coherentes, influyentes y sostenidas en el tiempo.

    Mientras el calendario avanzaba, Athenea no se convirtió en un foco de ruido. No reclamó protagonismo mediático ni modificó su comportamiento en el campo. Su fútbol habló por ella. Y lo hizo con un lenguaje claro: el de la jugadora que entiende el ritmo de la competición y sabe cuándo acelerar y cuándo sostener.

    En la siguiente entrega, el relato retrocederá para avanzar. Volveremos al origen, al proceso de construcción de Athenea del Castillo como futbolista profesional, con especial atención a su etapa en el Deportivo Abanca, no como anécdota biográfica, sino como cimiento real de su identidad competitiva.

    Para entender por qué enero no fue una anomalía en la carrera de Athenea del Castillo, sino una consecuencia lógica, es imprescindible mirar atrás. No hacia los titulares ni hacia los grandes estadios, sino hacia esos contextos donde el fútbol no concede atajos y cada minuto en el campo se gana con insistencia. La futbolista que hoy sostiene el desequilibrio ofensivo del Real Madrid CF no nació en un ecosistema de comodidad competitiva. Se formó, creció y se endureció en escenarios donde el margen de error era mínimo y la exposición, constante.

    El Deportivo Abanca no fue un simple punto de paso en su trayectoria. Fue una escuela de supervivencia futbolística. En A Coruña, Athenea entendió pronto que el talento, por sí solo, no basta. Que el desborde pierde sentido si no va acompañado de compromiso, y que la velocidad se convierte en un arma inútil si no se sabe cuándo utilizarla. Aquella etapa, muchas veces resumida de forma superficial, fue en realidad el laboratorio donde se construyó su carácter competitivo.

    En el Deportivo Abanca, Athenea no jugaba para destacar: jugaba para sostener. Para dar oxígeno a un equipo que necesitaba transiciones largas, profundidad constante y soluciones individuales cuando el juego colectivo se veía asfixiado. Ese contexto moldeó una futbolista capaz de asumir responsabilidades desde muy joven, acostumbrada a recibir el balón en situaciones de inferioridad numérica y a decidir bajo presión.

    Allí aprendió a correr con sentido. A no gastar una conducción si no generaba ventaja. A proteger el balón con el cuerpo cuando la ayuda tardaba en llegar. A entender que el uno contra uno no es un gesto aislado, sino una secuencia que comienza antes del contacto y termina después de la acción. Esa inteligencia competitiva, adquirida en contextos de exigencia estructural, es la que hoy emerge en escenarios de máxima visibilidad.

    El salto al Real Madrid CF no borró ese aprendizaje. Lo amplificó. Athenea no llegó como una jugadora por pulir, sino como una futbolista con memoria de esfuerzo. Esa memoria se percibe en su forma de atacar los espacios, en su capacidad para repetir esfuerzos de alta intensidad y en su tolerancia al contacto físico. No rehúye el choque ni se esconde tras el talento. Lo integra.

    Con el paso de las temporadas, su juego ha ganado capas. Sigue siendo una extremo de perfil natural, pero ya no responde al estereotipo clásico. Athenea no vive exclusivamente del desborde por fuera. Ha incorporado movimientos interiores, desmarques diagonales y una lectura más fina de las alturas del equipo. Cuando el lateral rival se cierra, ella se abre. Cuando la defensa bascula, ella ataca el intervalo. Cuando el ritmo del partido exige pausa, ella temporiza.

    Esa evolución no es casual. Responde a una futbolista que ha sabido escuchar al juego sin traicionarse. Athenea no ha renunciado a su agresividad ofensiva; la ha ordenado. Ha aprendido que no todas las acciones requieren máxima velocidad, y que el desequilibrio también puede generarse desde la amenaza constante, incluso sin tocar el balón.

    Su relación con el gol también se ha transformado. En sus primeros años, la finalización era una consecuencia ocasional del desborde. Hoy es una intención clara. Sus dos goles ante el Levante UD en enero son ejemplos de una atacante que ataca el área con convicción, que perfila el cuerpo antes del remate y que no necesita varias oportunidades para ser decisiva. Esa eficacia nace de la repetición, del trabajo silencioso y de una comprensión más madura de su rol.

    Pero si hay un rasgo que conecta directamente a la Athenea del Deportivo Abanca con la Athenea del Real Madrid CF es la resiliencia. La capacidad para no desaparecer cuando el partido se complica. Para insistir incluso cuando la defensa rival ajusta, dobla marcas o cambia perfiles. Athenea no interpreta esas situaciones como frenos, sino como desafíos. Y esa mentalidad, forjada lejos del foco, es la que explica su estabilidad emocional en la élite.

    Enero de 2026 no fue, por tanto, una revelación. Fue una confirmación. La confirmación de que el recorrido importa. De que el pasado pesa. De que cada sprint en A Coruña, cada duelo perdido y cada partido sin premio visible construyeron una futbolista preparada para responder cuando el escenario lo exige.

    El ‘Player of the Month’ reconoce ese recorrido implícitamente. Reconoce que detrás de cada premio hay una biografía competitiva. Que detrás de cada mejora de ítem hay horas invisibles. Y que detrás de cada acción decisiva hay una cadena de aprendizajes que no siempre aparecen en las estadísticas.

    En la próxima entrega, el relato se cerrará desde dentro del campo. El scouting de Athenea del Castillo emergerá ya con toda su profundidad, integrado en el discurso, desmenuzando su juego en movimiento, su relación con el espacio, con el tiempo y con el balón, sin compartimentos estancos, como ella misma juega: en continuidad.

    Observar a Athenea del Castillo con detenimiento es entender que su fútbol no responde a una sola imagen congelada, sino a una secuencia continua de decisiones. No es una jugadora que se explique desde el gesto aislado, sino desde la acumulación de acciones que, juntas, generan una sensación constante de amenaza. Su verdadero valor no reside únicamente en lo que hace con el balón, sino en todo lo que provoca antes, durante y después de tocarlo.

    Athenea es, por naturaleza, una futbolista de ritmo alto. Pero no de velocidad caótica. Su sprint no nace del impulso, sino de la lectura. Antes de acelerar, observa. Perfila el cuerpo. Ajusta la distancia con su defensora directa. Esa microgestión del espacio es una de las claves de su desequilibrio. No necesita recibir en ventaja; la construye en el primer paso.

    Cuando recibe abierta, pegada a la banda, su primer control no busca proteger el balón, sino orientar la jugada. Controla hacia delante incluso en espacios reducidos, asumiendo el riesgo como parte de su identidad. Ese gesto obliga a la lateral rival a decidir de inmediato: o encimar o recular. En cualquiera de las dos opciones, Athenea gana información. Si la defensora salta, ella acelera; si duda, ella fija y espera la ayuda interior para atacar el intervalo.

    Su cambio de ritmo es corto, eléctrico, casi violento. No necesita recorrer grandes distancias para romper una defensa. Le basta una zancada más rápida que la anterior. Ese arranque, repetido durante todo el partido, va erosionando psicológicamente a las rivales. Incluso cuando no supera el duelo, deja una huella: obliga a bascular, a cerrar, a estar alerta. El simple hecho de que Athenea esté en el campo condiciona la estructura defensiva contraria.

    Pero su evolución más significativa aparece cuando el balón no le llega en ventaja. En esos contextos, Athenea ya no fuerza el desborde como única salida. Ha aprendido a soltar, a descargar y a reubicarse. Juega paredes cortas, activa a la lateral o a la interior y ataca el espacio libre con una lectura temporal muy afinada. No corre por correr. Corre cuando sabe que el pase puede llegar.

    En el área, su comportamiento ha ganado determinación. Athenea ya no es solo la jugadora que asiste desde línea de fondo. Es la que ataca el segundo palo, la que se cuela entre central y lateral, la que llega desde atrás con el timing justo. Sus goles en enero reflejan esa transformación: finalizaciones limpias, decididas, sin titubeos. No necesita acomodar el balón durante segundos; su gesto es rápido, casi instintivo, fruto de la repetición y la confianza.

    Defensivamente, su aportación es menos vistosa, pero igual de relevante. Athenea entiende la presión no como un sprint aislado, sino como una acción coordinada. Cierra líneas de pase, orienta la salida rival hacia zonas menos peligrosas y activa la presión tras pérdida con agresividad medida. No se desconecta tras un error ni se esconde después de una acción fallida. Su respuesta es inmediata, como si el juego no le permitiera detenerse.

    Físicamente, sostiene un volumen de esfuerzos alto sin perder lucidez. Su resistencia no es solo aeróbica; es mental. Puede repetir desbordes en el minuto 80 con la misma convicción que en el 10. Esa capacidad, construida en años de contextos exigentes, le permite ser una amenaza constante incluso cuando el partido parece agotarse.

    Tácticamente, Athenea ofrece versatilidad sin perder identidad. Puede actuar como extremo puro, como atacante interior o incluso como segunda punta circunstancial cuando el equipo lo requiere. En todas esas posiciones mantiene su esencia: verticalidad, agresividad y lectura del espacio. No necesita reinventarse para adaptarse; adapta su fútbol.

    Enero de 2026 fue un escaparate perfecto para este perfil completo. No porque Athenea hiciera algo radicalmente distinto, sino porque lo hizo todo bien. Porque sus acciones tuvieron sentido dentro del colectivo. Porque su talento individual se puso al servicio del plan de partido. Y porque su impacto fue sostenido, no episódico.

    El scouting de Athenea no se resume en una lista de virtudes. Se explica en la coherencia de su juego. En la conexión entre lo que fue y lo que es. En la naturalidad con la que asume responsabilidades ofensivas sin perder disciplina táctica. En la forma en la que entiende que el desequilibrio no es solo un acto de rebeldía, sino una herramienta estratégica.

    El ‘Player of the Month’ de enero reconoce todo eso sin necesidad de nombrarlo. Reconoce a una futbolista que ya no necesita justificar su presencia en la élite. Que no vive del potencial, sino del rendimiento. Que no depende de un día inspirado, sino de una continuidad construida.

    En la quinta y última entrega, el relato se elevará de nuevo al plano colectivo e institucional. Athenea del Castillo como símbolo, la Liga F Moeve como escenario y EA SPORTS como altavoz global. El cierre de una serie que no busca clausurar un hito, sino dejar constancia de su significado.

    Todo premio tiene una trampa silenciosa: la de parecer un punto final. Un instante de celebración que clausura un recorrido y lo convierte en recuerdo. El ‘Player of the Month’ de enero para Athenea del Castillo, sin embargo, funciona justo en sentido contrario. No cierra una historia. La empuja hacia delante. La proyecta. La inscribe dentro de un proceso mayor que trasciende a la propia futbolista.

    Porque Athenea no es un caso aislado ni una excepción estadística. Es el producto visible de una Liga F Moeve que ha dejado atrás la fase de supervivencia para instalarse en la de construcción consciente. Un campeonato que ya no solo compite, sino que se explica, se narra y se posiciona. El galardón impulsado por EA SPORTS no es un mero reconocimiento individual: es una herramienta de legitimación cultural.

    Que la Liga F fuera elegida como el campeonato femenino pionero en integrar este tipo de premios no es casual. Responde a una estrategia clara: dotar al fútbol femenino de los mismos códigos simbólicos que históricamente han consolidado el relato del fútbol masculino, pero reinterpretados desde su propia identidad. Reconocer a la jugadora del mes es reconocer que el rendimiento femenino merece memoria, archivo y jerarquía.

    En ese contexto, Athenea del Castillo representa algo más que un gran mes competitivo. Representa una generación que ha crecido sin pedir permiso. Futbolistas que no reclaman visibilidad desde el discurso, sino desde el rendimiento. Que no se presentan como promesas eternas, sino como realidades sostenidas. Que entienden el fútbol como una profesión y el alto nivel como un espacio que se habita, no que se visita.

    La lista de ganadoras anteriores —Luany, Edna Imade, Claudia Pina, Ewa Pajor— dibuja un mapa diverso de talento, perfiles y trayectorias. Athenea se suma a ese mapa aportando una narrativa específica: la de la extremo formada en contextos duros, consolidada en la élite y capaz de influir sin perder autenticidad. Su nombre ya no se asocia únicamente al potencial, sino al impacto real.

    El papel de EA SPORTS en este proceso no es menor. La mejora de su ítem, más allá del entorno digital, actúa como un reflejo de algo tangible: el fútbol femenino ya no es solo competición, es también industria cultural. Cada premio, cada actualización, cada narrativa construida amplía el ecosistema y conecta a nuevas generaciones con referentes claros y reconocibles.

    Athenea, en ese espejo, aparece como una figura coherente. No hay disonancia entre lo que representa dentro del campo y lo que proyecta fuera. Su fútbol es directo, honesto, exigente. No se esconde tras el artificio ni necesita exagerar gestos para ser visible. Su influencia nace del juego, no del ruido.

    El ‘Player of the Month’ de enero llega, además, en un momento clave de la temporada. Cuando el desgaste empieza a pesar, cuando la clasificación se aprieta y cuando cada detalle adquiere valor. No es un premio concedido en el inicio ilusionante ni en el final épico, sino en el tramo donde la regularidad se convierte en virtud suprema. Ahí, Athenea sostuvo.

    Y sostuvo porque está preparada para hacerlo. Porque su recorrido la ha entrenado para resistir. Porque su fútbol no depende de contextos ideales. Porque entiende que competir al máximo nivel implica adaptarse sin diluirse. Esa es, quizá, su mayor fortaleza.

    Para la Liga F Moeve, este reconocimiento refuerza una idea fundamental: el campeonato ya produce referentes estables. Jugadoras que pueden ser narradas mes a mes sin recurrir a la excepcionalidad. El fútbol femenino español ya no vive de hitos aislados, sino de una continuidad competitiva que permite construir memoria colectiva.

    Athenea del Castillo no es la jugadora del mes porque enero fuera extraordinario. Lo es porque enero fue coherente con lo que viene siendo. Y esa coherencia es la base sobre la que se construyen las grandes trayectorias.

    El tiempo que empieza ahora no es el del recuerdo, sino el de la confirmación. El de sostener lo alcanzado. El de seguir influyendo. El de convertir cada premio en un punto de apoyo, no en una meta.

    Enero queda atrás. El nombre permanece y el juego, como siempre en Athenea del Castillo, no se detiene.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • La crónica | El Real Madrid sufre en Riazor para ganar en el retorno de Brunn

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ ¡Triunfo de carácter! Las de Pau Quesada tuvieron que emplearse a fondo para someter por 2-4 al cuadro gallego.

    La previa |

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El domingo 1 de febrero a las doce en punto del mediodía, cuando el invierno atlántico aún muerde el aire de A Coruña y el cielo de Riazor se abre como un telón solemne, el fútbol femenino español se detiene para contemplar uno de esos partidos que trascienden la simple suma de puntos y se instalan en el territorio de los símbolos. Deportivo Abanca y Real Madrid CF se citan en un escenario cargado de memoria, con el océano como testigo eterno y un estadio que, una vez más, se vestirá de gala para recibir a uno de los gigantes del campeonato. No es un partido más de la Liga F Moeve; es un duelo que habla de crecimiento, de ambición, de resistencia y de jerarquías, de un proyecto gallego que se ha ganado el respeto desde la solidez y de un proyecto blanco que persigue, casi con obsesión, la excelencia y la persecución imposible del FC Barcelona.

    Riazor vuelve a ser epicentro del relato. El estadio herculino, acostumbrado a noches europeas, ascensos, descensos y resurrecciones, acoge ahora una cita que simboliza la normalización del fútbol femenino en los grandes templos del país. A las doce del mediodía, con la luz cayendo de forma limpia sobre el césped, el Deportivo Abanca recibe al Real Madrid CF en un contexto que invita al orgullo local y a la exigencia máxima. El conjunto gallego llega con el aval de los resultados recientes, tras un contundente 0-4 en Las Gaunas ante el DUX Logroño, una victoria que no solo reforzó su posición clasificatoria, sino que confirmó una identidad competitiva muy clara: un equipo que sabe cuándo sufrir, cuándo golpear y cómo interpretar los partidos desde la inteligencia colectiva.

    El Deportivo Abanca es, a estas alturas del campeonato, el sexto mejor local de la categoría. No es un dato menor. En una Liga F Moeve cada vez más igualada, convertir tu estadio en un bastión es una declaración de intenciones. Riazor no es solo césped y gradas; es una idea. Es presión ambiental, es orden táctico, es un equipo que entiende que en casa no se negocian ni la intensidad ni la concentración. Las jugadoras de Fran Alonso —o mejor dicho, el bloque deportivista en su conjunto— han construido su fiabilidad desde atrás, apoyándose en una estructura que prioriza el equilibrio y la solidaridad defensiva, incluso en contextos de exigencia máxima como el que plantea la visita del Real Madrid.

    Las ausencias, sin embargo, dibujan un contexto complejo. Cris Martínez continúa de baja por maternidad, una ausencia que va más allá del plano deportivo y que recuerda la realidad humana que convive con la élite. A ella se suman Paula Monteagudo, Carlota Suárez, Lía, Henar, Bárbara Latorre y Millene Cabral, un listado amplio que condiciona las rotaciones, los automatismos y la profundidad de banquillo. Aun así, el Deportivo ha demostrado esta temporada una capacidad notable para reinventarse, para redistribuir responsabilidades y para convertir cada baja en una oportunidad de crecimiento colectivo. No hay dramatismo en el discurso; hay adaptación.

    Enfrente aparece el Real Madrid CF, segundo clasificado de la Liga F Moeve con 38 puntos, instalado en esa incómoda tierra de nadie que separa la ambición del título de la realidad incontestable del FC Barcelona. Diez puntos de distancia con las azulgranas tras la derrota en la final de la Supercopa (2-0) que aún resuena como un recordatorio cruel de la brecha existente. El equipo blanco llega a Riazor con la herida todavía abierta, con la necesidad de reafirmarse en el día a día del campeonato, sabiendo que cualquier tropiezo no solo complica la clasificación, sino que erosiona la narrativa de crecimiento continuo que el club ha construido desde su irrupción en la élite femenina.

    Pau Quesada afronta el encuentro con bajas de enorme peso específico. Merle Frohms no estará bajo palos, una ausencia que altera la jerarquía defensiva desde el primer pase. Antonia Silva tampoco estará disponible, restando experiencia y liderazgo en la zaga. Tere Abelleira continúa recuperándose del cruzado, una ausencia que sigue siendo profundamente simbólica en el centro del campo madridista, donde su capacidad para ordenar, pausar y dar sentido al juego sigue siendo irremplazable. A ello se suma la baja de Hanna Bennison, una pieza que aporta dinamismo y llegada desde segunda línea. El Real Madrid llega, por tanto, con talento suficiente para competir, pero con ajustes obligatorios que ponen a prueba la profundidad real de la plantilla.

    El antecedente inmediato entre ambos equipos invita a la cautela desde la perspectiva gallega y a la autoridad desde la óptica blanca. En la primera vuelta, el Real Madrid se impuso por 4-0 en su estadio, en un partido que reflejó la diferencia de pegada y de control de los momentos clave. Sin embargo, Riazor no es Valdebebas. El contexto cambia, el ritmo emocional se transforma y el Deportivo Abanca ha demostrado que sabe competir desde otra lógica cuando actúa como local. El fútbol, especialmente en esta liga, no entiende de sentencias previas.

    El partido se podrá seguir en directo a través de DAZN y Movistar+, una doble ventana que amplifica su alcance y subraya la importancia del duelo en la agenda del fútbol femenino nacional. No es solo un escaparate para las protagonistas sobre el césped; es también una oportunidad para seguir consolidando audiencias, relatos y referentes. Cada pase, cada duelo, cada transición rápida o repliegue intenso se convierte en material narrativo para una competición que sigue escribiendo su historia jornada a jornada.

    Hay algo profundamente simbólico en este enfrentamiento. El Deportivo Abanca representa la resistencia, el proyecto que crece desde la constancia y la identidad territorial. El Real Madrid CF encarna la ambición, la obligación de ganar, el peso del escudo y la exigencia permanente. Cuando ambos mundos colisionan, el resultado suele ser un partido cargado de matices, de silencios tensos y de momentos que se deciden en detalles mínimos: una pérdida en salida, una acción a balón parado, una transición mal defendida.

    El césped de Riazor será juez imparcial. Allí se medirán no solo dos equipos, sino dos estados de ánimo. El Deportivo quiere confirmar que su posición como uno de los mejores locales no es casualidad, que puede mirar a los ojos a cualquiera. El Real Madrid necesita reafirmar su condición de aspirante permanente, demostrar que la derrota en la Supercopa no ha dejado secuelas profundas y que el campeonato doméstico sigue siendo un territorio donde imponer jerarquía.

    A las doce del mediodía, cuando el balón eche a rodar, todo el contexto previo se diluirá en noventa minutos de verdad competitiva. Las bajas, los números, los antecedentes y los discursos quedarán suspendidos en el aire de Riazor. Solo quedará el fútbol. Y en esa pureza del juego, Deportivo Abanca y Real Madrid CF escribirán un nuevo capítulo de una Liga F Moeve que sigue creciendo, partido a partido, estadio a estadio, relato a relato.

    La mañana avanza en A Coruña con esa cadencia lenta que solo conocen las ciudades que viven de cara al mar. Riazor empieza a llenarse mucho antes de que el balón ruede, no solo de aficionados, sino de una sensación compartida: la de estar asistiendo a algo que ya no es excepcional, sino necesario. El fútbol femenino ha dejado de pedir permiso en estos escenarios y ahora exige su espacio con la naturalidad de quien sabe que pertenece a este lugar. El murmullo de las gradas, el ritual de las camisetas, los pasos sobre el hormigón del estadio, todo forma parte de una liturgia que el Deportivo Abanca ha recuperado para sí y que hoy se pone a prueba ante uno de los escudos más imponentes del continente.

    El Deportivo Abanca salta a este partido con la serenidad de quien ha entendido perfectamente cuál es su papel en la liga y cómo maximizarlo. No hay complejos, pero tampoco hay ingenuidad. El equipo gallego sabe que el Real Madrid CF no concede nada gratis, que cada error se paga con intereses altos y que los partidos ante las blancas exigen una precisión casi quirúrgica en cada decisión. Por eso, el Deportivo no se traiciona. No renuncia a su identidad, pero la adapta. Juega con el tiempo, con los espacios, con la ansiedad del rival cuando el marcador no se mueve. Riazor es un escenario grande, sí, pero también es un refugio donde el equipo sabe manejar los ritmos como pocos.

    La victoria en Las Gaunas ante el DUX Logroño no fue solo un resultado contundente; fue una declaración silenciosa de madurez competitiva. Ganar 0-4 fuera de casa, con autoridad y sin fisuras, es algo que no se improvisa. Es el reflejo de un grupo que ha interiorizado automatismos, que se siente cómodo defendiendo bajo cuando toca y que sabe castigar con dureza cuando el rival se descompone. Ese partido fue, en muchos sentidos, un ensayo general para citas como la de hoy. Porque enfrentar al Real Madrid exige exactamente eso: orden, convicción y la capacidad de interpretar cuándo el partido pide calma y cuándo pide valentía.

    Las ausencias en el Deportivo Abanca no se esconden, pero tampoco se dramatizan. Cris Martínez, baja por maternidad, representa ese punto de humanidad que atraviesa al fútbol femenino de manera transversal. Su ausencia es sentida, pero también es celebrada desde otro lugar: el de la vida que continúa más allá del césped. Paula Monteagudo, Carlota Suárez, Lía, Henar, Bárbara Latorre y Millene Cabral completan una lista que podría haber desestabilizado a cualquier equipo, pero que el Deportivo ha asumido como parte del camino. Aquí no hay discursos victimistas; hay una fe profunda en el colectivo y en la capacidad del grupo para sostenerse incluso cuando las piezas faltan.

    En el banquillo, la gestión emocional es tan importante como la táctica. Porque partidos como este no se juegan solo con las piernas. Se juegan con la cabeza, con la capacidad de aislarse del ruido, de no dejarse llevar por el peso del escudo rival ni por la magnitud del escenario. El Deportivo Abanca entiende que su partido empieza mucho antes del pitido inicial y que cada gesto, cada decisión, cada repliegue bien ejecutado va construyendo una narrativa que incomoda al rival.

    El Real Madrid CF, por su parte, llega a Riazor con la mochila cargada de exigencias. Ser segundo no basta. Nunca basta cuando el escudo impone una obligación casi permanente de victoria. Los 38 puntos en la clasificación saben a poco cuando la distancia con el FC Barcelona es de diez, y la derrota en la final de la Supercopa todavía escuece. Aquel 2-0 no fue solo una derrota; fue un recordatorio de que el camino hacia la cima sigue siendo empinado y que cada paso en falso tiene consecuencias no solo deportivas, sino simbólicas.

    Pau Quesada se enfrenta a un rompecabezas complejo. La baja de Merle Frohms altera el primer eslabón de la cadena defensiva, esa portera que no solo detiene, sino que ordena, que transmite seguridad y que permite al equipo defender más alto. Sin ella, el Real Madrid debe ajustar su salida de balón, su altura defensiva y su gestión del riesgo. Antonia Silva, ausente también, deja un hueco de liderazgo en la zaga, una de esas jugadoras que sostienen al equipo incluso cuando no aparecen en las estadísticas.

    Y luego está Tere Abelleira. Su recuperación del cruzado sigue siendo una herida abierta en el corazón futbolístico del Real Madrid. Porque Tere no es solo una centrocampista; es una idea. Es la pausa, el tempo, la capacidad de leer el partido desde una altura privilegiada. Sin ella, el equipo blanco ha tenido que redistribuir funciones, acelerar procesos y asumir riesgos que, en partidos como este, pueden marcar la diferencia. A su ausencia se suma la de Hanna Bennison, una jugadora capaz de romper líneas, de aportar energía y llegada desde la segunda línea, justo lo que se necesita cuando el rival se encierra y el marcador no se mueve.

    Aun así, el Real Madrid CF no llega debilitado. Llega exigido. Y esa exigencia puede ser un arma de doble filo. Porque obliga a ganar, sí, pero también genera una tensión interna que, si no se gestiona bien, puede convertirse en precipitación. En Riazor, la paciencia es una virtud escasa. El Deportivo lo sabe y lo explotará. Cada minuto que pase sin que el Real Madrid se adelante en el marcador será un pequeño triunfo emocional para las locales, una grieta por la que se cuela la duda.

    El recuerdo del 4-0 de la primera vuelta flota en el ambiente como una referencia inevitable, pero engañosa. Aquél fue un partido jugado en un contexto completamente distinto, con un Real Madrid dominante desde el inicio y un Deportivo que no encontró respuestas. Pero el fútbol no es una ciencia exacta, y menos aún en esta liga. Riazor cambia las reglas del juego. El espacio es diferente, la presión ambiental es distinta, y el Deportivo Abanca ha crecido desde entonces. Lo que en aquel partido fue distancia, hoy puede ser disputa.

    La retransmisión por DAZN y Movistar+ amplifica cada gesto, cada mirada, cada diálogo entre jugadoras. El fútbol femenino ya no se juega solo para los presentes en el estadio; se juega para una audiencia cada vez más amplia y exigente, que analiza, compara y valora. Cada partido como este es una oportunidad para consolidar el relato de una liga que quiere ser referencia y que necesita encuentros de alto voltaje emocional para seguir creciendo.

    Y entonces llega el momento. El túnel, el césped, el himno que resuena en un estadio que sabe reconocer las grandes ocasiones. El Deportivo Abanca sale con la determinación de quien defiende su casa. El Real Madrid CF, con la concentración de quien sabe que no puede fallar. Noventa minutos por delante para dirimir mucho más que tres puntos.

    El partido se construye desde los detalles. Desde el primer duelo ganado, desde la primera falta táctica, desde el primer balón dividido que se convierte en mensaje. El Deportivo no se esconde. Compite. Ajusta líneas, cierra pasillos interiores, obliga al Real Madrid a jugar por fuera, a centrar, a repetir acciones. El Real Madrid insiste, mueve el balón, intenta acelerar, pero se encuentra con un bloque gallego que interpreta cada situación con una madurez impropia de un equipo al que durante años se le exigió solo sobrevivir.

    Riazor empuja. Cada despeje se celebra, cada recuperación se aplaude, cada transición genera un murmullo expectante. El estadio entiende el partido y acompaña. El Deportivo Abanca no necesita dominar la posesión para sentirse cómodo. Necesita sentir que el partido está donde quiere. Y durante muchos tramos, lo está.

    El Real Madrid, mientras tanto, busca soluciones. Ajusta alturas, intenta romper por dentro, acelera la circulación. Sabe que un gol puede cambiarlo todo, pero también sabe que cada minuto sin marcar alimenta la fe del rival. La gestión emocional se convierte en el eje central del duelo. No es solo fútbol; es resistencia psicológica.

    Así avanza el partido, como una novela que se escribe frase a frase, sin prisas, cargada de tensión. Cada jugadora entiende que este encuentro tiene un peso que va más allá de la clasificación. Para el Deportivo, es la confirmación de que pertenece a esta conversación. Para el Real Madrid, es la obligación de demostrar que, pese a las bajas y las decepciones recientes, sigue siendo un equipo construido para ganar.

    Y en ese cruce de caminos, en ese punto exacto donde la épica se encuentra con la realidad, el fútbol femenino español vuelve a ofrecer una imagen poderosa: la de un estadio histórico, dos proyectos sólidos y noventa minutos de verdad absoluta. Riazor no juzga; Riazor observa. Y lo que ocurra sobre su césped quedará inscrito, una vez más, en la memoria de una liga que sigue escribiendo su historia a base de partidos como este.

    Cuando quieras, continúo con la siguiente parte hasta llevar el texto mucho más allá, profundizando aún más en el desarrollo emocional, el desenlace simbólico y la lectura global de lo que este partido significa para la Liga F Moeve y para el futuro inmediato de ambos clubes.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🏆 Liga F Moeve | Temporada 2025-2026

    🔷 Jornada dieciocho

    🔥 Deportivo Abanca vs Real Madrid 🔥

    📅 Domingo 1 de febrero de 2026

    ⏰ 12:00 horario peninsular

    📺 DAZN

    🏟️ Estadio de Riazor, A Coruña

    El duelo al detalle |

    (Fuente: RFEF)

    Los onces |

    Riazor amaneció con esa solemnidad que solo conocen los estadios que han visto demasiada historia como para sorprenderse fácilmente, pero que aun así se estremecen cuando el fútbol vuelve a reclamar su lugar. El Deportivo Abanca y el Real Madrid CF se citaron en una mañana de invierno que no entendía de categorías ni de presupuestos, solo de emociones compartidas y de una grada que volvió a reconocerse en el espejo de su equipo. Antes incluso de que el balón rodara, el partido ya había empezado a escribirse en los gestos, en los símbolos, en esa camiseta especial con la que las jugadoras blanquiazules saltaron al césped en apoyo a su compañera Millene Cabral, lesionada pero presente en cada mirada, en cada aplauso, en cada latido colectivo. El fútbol femenino volvió a demostrar que no es solo juego, que es relato humano, comunidad y memoria.

    El saque de honor lo realizó María Jesús Gómez, pionera, nombre propio de una historia que no siempre tuvo focos ni retransmisiones, pero que hoy encontró continuidad en un estadio lleno de significado. Ese gesto, aparentemente sencillo, conectó pasado y presente en un mismo instante, como si Riazor entendiera que todo lo que estaba a punto de ocurrir formaba parte de una línea temporal más amplia, más profunda. Y cuando el balón comenzó a rodar, lo hizo con una intensidad que no necesitó minutos de tanteo.

    El Real Madrid quiso marcar territorio desde el inicio. Athenea del Castillo fue la primera en intentarlo, encarándose con su banda como quien sabe que el desequilibrio es una forma de declaración de intenciones.

    Pero el Deportivo Abanca no se replegó por miedo, sino por convicción. Supo esperar, medir, leer el partido como quien entiende que no todos los golpes se lanzan al inicio. Y fue entonces, en el minuto quince, cuando el estadio explotó en una jugada que condensó todo lo que el Deportivo había preparado.

    Paula Gutiérrez recibió el balón cerca del pico del área, levantó la cabeza con esa calma que solo tienen las futbolistas que entienden el juego un segundo antes que el resto, y dibujó un centro medido, tenso, con la trayectoria exacta para que alguien atacara el espacio. Lucía Martínez apareció desde atrás, se elevó con determinación y conectó un testarazo poderoso, seco, que no dio opción alguna. El balón besó la red y Riazor rugió. No fue solo un gol; fue una afirmación. El Deportivo Abanca golpeaba primero y lo hacía desde su identidad: banda, centro preciso, remate al límite del área pequeña y una grada que empujaba como si cada aficionada y aficionado hubiera cabeceado ese balón para abrir la lata con el 10 en el minuto 15 de juego, saltaba la sorpresa.

    Pero el Real Madrid no es un equipo que se descomponga con facilidad. Apenas dos minutos después, cuando todavía resonaban los cánticos y el eco del primer gol, llegó la respuesta. Caroline Weir colocó el balón en la esquina para ejecutar un saque de esquina que parecía rutinario, pero que escondía veneno. El envío fue preciso, quirúrgico, y encontró en el segundo palo a Rocío Gálvez, que atacó el espacio con convicción y cabeceó con potencia para igualar el encuentro. El silencio momentáneo en Riazor fue casi respetuoso, como si el estadio reconociera la calidad del golpe recibido. El partido volvía a empezar amén al 11 de la exjugadora del Levante U.D. en el 17 de juego.

    Un gol cargado de significado para la delantera danesa, que volvía a ser titular tras superar una lesión y que celebró el tanto como quien se sacude un peso de encima. El Real Madrid se ponía por delante y parecía haber encontrado el camino.

    Ese gol cambió el ritmo emocional del duelo. El Real Madrid se sintió cómodo durante unos minutos, adelantó líneas y empezó a encontrar espacios. Y no tardó en culminar la remontada. Toletti robó un balón en campo rival, una de esas recuperaciones que no siempre aparecen en las estadísticas pero que definen partidos. Combinó rápidamente con Athenea, que volvió a demostrar por qué es una amenaza constante cuando recibe con metros por delante.

    La cántabra puso un centro raso, fuerte, al corazón del área, y allí apareció Signe Bruun para cazar el balón y empujarlo al fondo de la red y poner el 12 que culminó la remontada en el 21, en el ecuador de la primera mitad.

    Pero el Deportivo Abanca no se rompió. Al contrario. Entendió que el partido seguía vivo y que Riazor aún tenía cosas que decir. Ainhoa Marín lo intentó primero, buscando el empate con valentía, pero fue Esperanza Pizarro quien terminó encontrando el premio. De nuevo, la jugada nació en la banda, de nuevo Paula Gutiérrez fue protagonista, levantando la cabeza y colgando un centro desde el pico del área con una precisión casi milimétrica. Pizarro atacó el balón con fe, se elevó entre defensoras y cabeceó con potencia para devolver la igualdad al marcador.

    El 22 en el 25 del choque fue un estallido colectivo, una reivindicación de que el Deportivo no estaba dispuesto a ser un actor secundario en su propio estadio

    La primera parte se cerró con esa sensación de equilibrio tenso, con el Real Madrid intentando marcharse por delante antes del descanso mediante un tímido disparo de Weir que no encontró portería, y con el Deportivo defendiendo cada balón como si fuera el último. El partido estaba exactamente donde quería estar: abierto, vivo, emocionalmente cargado.

    Tras el paso por vestuarios, Pau Quesada movió ficha. María Méndez y Linda Caicedo saltaron al terreno de juego, buscando refrescar al equipo y añadir profundidad y desborde. Precisamente la colombiana fue una de las primeras en probar fortuna, con un disparo que se perdió rozando el palo, arrancando un suspiro colectivo en la grada. Lucía Martínez respondió con un disparo desde fuera del área, demostrando que el Deportivo no renunciaba a nada.

    El Real Madrid empezó a empujar con más insistencia con las entradas de Angeldahl y Alba Redondo. El partido se fue inclinando poco a poco hacia el área local, no tanto por asedio constante, sino por acumulación de intenciones. Y en el minuto 72 llegó la jugada que cambió definitivamente el signo del encuentro. Inês Pereira derribó a Alba Redondo dentro del área y la colegiada no dudó en señalar el punto de penalti. Caroline Weir asumió la responsabilidad. Engañó a la guardameta portuguesa con una calma pasmosa y transformó el lanzamiento para poner el 23 que devolvió la ventaja a las foráneas en el minuto 73 de juego.

    El Deportivo Abanca intentó reaccionar. La entrada de Redru y de Marisa buscó agitar el partido, devolverlo al terreno de la incertidumbre. Pero el Real Madrid supo manejar los tiempos, enfriar el ritmo cuando fue necesario y proteger su ventaja con oficio. Y ya en el minuto 89, cuando el reloj empezaba a dictar sentencia, llegó la acción definitiva. Un agarrón de Barth sobre Rocío Gálvez dentro del área fue castigado con un nuevo penalti. De nuevo Caroline Weir. De nuevo once metros. Y de nuevo sangre fría. La escocesa no falló, firmó su doblete y sentenció el partido con el 24 definitivo sobre el minuto 89 que finiquitó la incertidumbre reinante.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El pitido final dejó a las madridistas en la segunda posición con 41 puntos, reafirmando su condición de perseguidoras del FC Barcelona, mientras que el Deportivo Abanca se mantiene con 17 puntos, ocho por encima del descenso, con la certeza de haber competido, de haber mirado de frente a uno de los grandes y de haber salido reforzado en lo que no siempre se mide en la clasificación.

    Riazor despidió a las suyas con aplausos. Porque hay derrotas que no se explican solo por el marcador. Porque hay partidos que, incluso perdiendo, dejan huella.

    Y porque el fútbol femenino, cuando se juega así, cuando se cuenta así, se convierte en algo más que un resultado.

    Porque hay partidos que no se explican solo con el marcador. Hay partidos que se quedan. Y este Deportivo Abanca–Real Madrid CF fue uno de ellos. Un partido que habló de humanidad antes de empezar, con camisetas de apoyo y saques de honor cargados de memoria. Un partido que habló de fútbol durante noventa minutos intensos, cambiantes, exigentes. Y un partido que, al terminar, dejó una certeza clara: la Liga F Moeve sigue creciendo cuando se juega y se cuenta así, con alma, con contexto y con la convicción de que cada encuentro es una pieza más de una historia que ya nadie puede detener.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    📋 Ficha técnica |

    Deportivo Abanca : Deportivo ABANCA (2): Inês Pereira; Paula Novo (Samara 68′), Barth, Raquel García (Elena Vázquez 89′), Vera; Paula Gutiérrez (Latorre 89′), Lucía Martínez (Redru 75′), Olaya; Lucía Rivas (Marisa 75′), Espe Pizarro, Ainhoa Marín.

    Real Madrid (4): Misa; Shei, Andersson (María Méndez 46′), Rocío, Holmgaard; Irune (Angeldahl 60′), Toletti (Silvia Cristóbal 80′); Athenea (Linda Caicedo 46′), Weir, Feller; Bruun (Alba Redondo 60′).

    Árbitra: Planes Terol (Colegio Murciano). Amonestó a Lucía Martínez (minuto 66) y Raquel García (minuto 68), Inês Pereira (minuto 72) y Barth (minuto 88).

    Estadio: Riazor (A Coruña). Asistencia: 1.679 espectadores.

    Goles |

    1-0 Lucía Martínez 15’ ⚽️
    1-1 Rocío Gálvez 16’ ⚽️
    1-2 Signe Brunn 21’ ⚽️
    2-2 Esperanza Pizarro 25’ ⚽️
    2-3 Caroline Weir (P.) 73’ ⚽️
    2-4 Caroline Weir (P.) 89’ ⚽️

    Vídeo |

  • Reportaje | El Real Madrid Femenino y la eternidad sin trofeo: crónica de un gigante que no sabe ganar cuando importa

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ El mejor club del siglo XX ha participado en tres finales y en todas se llevó la plata.

    La historia del Real Madrid Femenino lo es la epopeya de una paradoja moderna: un club que nació con la promesa implícita de la victoria, con el peso simbólico del escudo más ganador del mundo del fútbol, y que sin embargo vive atrapado en una espera que ya no puede explicarse con la juventud del proyecto, ni con la herencia recibida, ni siquiera con la comparación constante con el Barcelona; es una espera que se ha transformado en un relato propio, incómodo y persistente, una sucesión de finales perdidas, de partidos que definen épocas y que siempre acaban del mismo modo, con el Real Madrid mirando al cielo, preguntándose qué falta, por qué nunca alcanza, por qué cuando el título está a noventa minutos —o a una tanda de penaltis— el tiempo se le vuelve en contra.

    Han pasado dos años y ocho meses desde aquel 27 de mayo de 2023 en el que el Real Madrid Femenino tuvo el trofeo de la Copa de la Reina al alcance de la mano y lo dejó escapar ante el Atlético de Madrid, su rival capitalino, en una final que condensó como pocas la esencia de este equipo: talento evidente, momentos de dominio, ventajas mal gestionadas y un desenlace cruel en la tanda de penaltis.

    Aquella noche, en la que el Atlético levantó el título y el Real Madrid volvió a quedarse en la orilla, no fue solo una derrota; fue el inicio de una narrativa que, lejos de cerrarse con el paso del tiempo, se ha ido agravando con cada nueva oportunidad perdida.

    Desde entonces, el reloj no se ha detenido. El club ha cambiado piezas, ha ajustado el proyecto, ha invertido más, ha proclamado ambición y ha reiterado su compromiso con la sección femenina.

    Y, sin embargo, el resultado final sigue siendo el mismo. En 2025, la Supercopa de España volvió a colocar al Real Madrid ante un escenario de máxima exigencia, esta vez frente al Barcelona, el gran antagonista de su historia reciente, el espejo incómodo en el que siempre se refleja. La derrota en aquella final no fue solo una derrota deportiva; fue la confirmación de una jerarquía que el Real Madrid no ha logrado romper, un recordatorio de que competir no es lo mismo que ganar, y de que la distancia entre ambos clubes no se mide solo en presupuestos o en nombres propios, sino en cultura competitiva, en convicción y en una idea clara de cómo se ganan los partidos que definen títulos.

    Y cuando parecía que el tiempo, al menos, podía traer una revancha simbólica, llegó Castellón en 2026. De nuevo la Supercopa.

    De nuevo una final. De nuevo el Real Madrid con la oportunidad de reescribir su historia. Y de nuevo la derrota, esta vez por 0-2, seca, concluyente, sin el dramatismo de los penaltis pero con una contundencia aún más dolorosa, porque dejó la sensación de que el equipo ni siquiera había llegado a rozar el control emocional y futbolístico que exigen este tipo de citas. Castellón no fue una tragedia puntual; fue la confirmación de una tendencia.

    ¿Por qué el Real Madrid Femenino es incapaz de ganar un título? La pregunta, formulada así, resulta incómoda, casi provocadora, pero ya no puede esquivarse. No se trata de una sequía puntual ni de una mala racha. Se trata de un patrón. Y los patrones, en el fútbol de alto nivel, siempre tienen causas profundas.

    La primera es cultural. El Real Madrid masculino se ha construido históricamente desde la épica, desde la remontada, desde la mística del último minuto, desde la fe inquebrantable en que el escudo, por sí solo, inclina el destino. El Real Madrid Femenino, en cambio, ha nacido en un ecosistema completamente distinto, donde la épica no se hereda: se construye.

    Y esa construcción requiere tiempo, memoria colectiva, referentes históricos y una narrativa compartida que todavía no existe. El problema es que el club ha intentado acelerar ese proceso desde la estructura, sin que la cultura competitiva haya madurado al mismo ritmo.

    El segundo factor es identitario. El Real Madrid Femenino aún no tiene un estilo reconocible que lo sostenga en los momentos límite.

    No hay una forma clara de jugar que actúe como refugio cuando la presión aprieta. En las finales, cuando el partido entra en fases de caos, de tensión, de error mínimo, el equipo no se agarra a una identidad sólida, sino que fluctúa, se fragmenta, duda. Y en el fútbol de élite, dudar es perder.

    El tercer factor es psicológico. Las finales se juegan antes de saltar al campo. Y el Real Madrid Femenino llega a ellas con un lastre acumulado: la memoria de la Copa de la Reina de 2023, la derrota ante el Barcelona en la Supercopa de 2025, la caída en Castellón en 2026. Cada final perdida se convierte en una cicatriz que condiciona la siguiente. No es una cuestión de miedo, es una cuestión de carga emocional. El equipo no juega solo contra el rival; juega contra su propio pasado reciente.

    Existe también una dimensión estructural que rara vez se aborda con honestidad: el Real Madrid no ha decidido aún qué quiere ser en el fútbol femenino. Quiere competir, pero sin romper el mercado. Quiere ganar, pero sin asumir riesgos desproporcionados. Quiere crecer, pero sin acelerar procesos.

    Esa indefinición estratégica se traduce en un proyecto que avanza, sí, pero sin la contundencia que exige la élite. En un contexto donde otros clubes han entendido que el éxito requiere decisiones radicales, el Real Madrid ha optado por la evolución gradual y la evolución gradual rara vez gana finales.

    La comparación con el Fútbol Club Barcelona es inevitable, pero también injusta si se hace en términos puramente económicos. El Barcelona no solo ha invertido; ha construido una cultura, una identidad, una estructura formativa y una continuidad técnica que el Real Madrid no tiene.

    El Atlético de Madrid, por su parte, ha demostrado algo igual de valioso: saber competir en finales, incluso cuando no parte como favorito. El Real Madrid, en cambio, sigue siendo un equipo que llega a las finales, pero no las gobierna.

    La derrota en la Copa de la Reina de 2023 fue una oportunidad histórica perdida. Dos años y ocho meses después, sigue siendo el símbolo fundacional del fracaso competitivo del proyecto. La Supercopa de 2025 ante el Barcelona consolidó la jerarquía ajena. Castellón 2026 certificó que el problema no era circunstancial, sino estructural.

    Lo más grave no es perder. Lo verdaderamente grave es normalizar la derrota. Y el entorno del Real Madrid empieza, peligrosamente, a asumir que llegar a la final ya es suficiente.

    Ese es el umbral psicológico que separa a los grandes proyectos de los proyectos ganadores. Los equipos que ganan títulos no celebran finales; celebran trofeos. Los equipos que no los ganan convierten las finales en su techo simbólico.

    El Real Madrid vive exactamente ahí: en el techo de la final. Siempre cerca. Siempre presente. Siempre competitivo. Nunca campeón.

    La paradoja es cruel: el club que más títulos ha ganado en la historia del fútbol vive, en su sección femenina, la experiencia contraria. La espera. La frustración. La sensación de que el tiempo pasa y la historia no arranca. La idea de que el proyecto crece, pero el palmarés no.

    Y el tiempo, en el deporte de élite, no es neutro. Dos años y ocho meses pueden parecer poco en términos históricos, pero son una eternidad en términos deportivos cuando se encadenan finales perdidas. Cada temporada sin título refuerza la narrativa del “todavía no”. Cada derrota alimenta el relato del “algún día”. Y los proyectos que viven del “algún día” suelen quedarse atrapados en él.

    El Real Madrid Femenino no está lejos de ganar un título. Pero tampoco está cerca. Está en ese espacio intermedio que es el más peligroso de todos: el de los equipos que compiten sin dominar, que ilusionan sin culminar, que prometen sin concretar.

    Ese espacio donde se construyen las frustraciones largas, no las derrotas puntuales.

    Castellón 2026 no es solo una final perdida. Es un espejo. Y el reflejo es claro: mientras el club no transforme su cultura competitiva, su identidad futbolística y su ambición estructural, seguirá llegando a finales sin ganarlas. Seguirá acumulando relatos sin trofeos. Seguirá escribiendo historias sin finales felices.

    El Real Madrid no compite en el vacío; compite en un ecosistema global que ha cambiado radicalmente en menos de una década. Mientras que algunos clubes europeos han entendido que el éxito sostenido requiere paciencia estratégica, inversión inteligente y construcción cultural, el Madrid parece atrapado en un dilema moderno: quiere ganar rápido y a la vez construir lentamente. Esa tensión entre urgencia y planificación se traduce en finales que se pierden por detalles mínimos, en penaltis fallados, en goles encajados cuando la concentración debería ser absoluta. El talento está ahí: jugadoras de élite, internacionales consolidadas y promesas jóvenes que podrían ser decisivas en cualquier otro club. Sin embargo, el talento aislado nunca ha sido suficiente para ganar finales, y menos aún cuando el entorno psicológico y táctico no está alineado con la exigencia de la cita.

    La comparación con clubes de élite europeos revela aún más el reto del Real Madrid. En Inglaterra, el Chelsea y el Arsenal han invertido en continuidad de proyectos técnicos, en identidad de juego y en mentalidad de campeón, y sus resultados se reflejan en títulos nacionales e internacionales. En Alemania, el Wolfsburgo y el Bayern Múnich construyen estructuras que combinan cantera, plantilla profesional y estabilidad de entrenador, generando equipos capaces de decidir partidos con autoridad. En Francia, el Lyon ha consolidado una cultura de victoria que va mucho más allá de la individualidad de sus futbolistas. Frente a estos modelos, el Real Madrid Femenino aún parece un proyecto en construcción: llega a finales, pelea, emociona, pero no domina ni impone. Y en el fútbol femenino de élite, no dominar es perder.

    Cada derrota reciente del Real Madrid se convierte, además, en una lección que debe ser interpretada con rigor, y sin embargo el patrón se repite.

    La Copa de la Reina de 2023 ante el Atlético de Madrid, la Supercopa de España 2025 contra el Barcelona y la Supercopa 2026 en Castellón contra un rival que supo imponerse con claridad muestran una constante: el Madrid llega con capacidad, con ilusión y con recursos, pero no consigue traducir esa ventaja relativa en resultado. En cada uno de estos partidos, el problema no fue técnico, sino estratégico y psicológico: cómo sostener la ventaja, cómo gestionar la presión, cómo imponer una narrativa propia en un contexto donde todos los elementos externos —afición, rival, historia— presionan simultáneamente.

    La psicología de las finales es otro factor clave. Los equipos campeones internalizan que una final no se juega únicamente en el campo, sino también en la mente. Cada pase, cada balón dividido, cada decisión arbitral es un examen, y solo los que dominan la dimensión emocional logran convertir esa presión en ventaja. El Real Madrid Femenino, hasta ahora, ha mostrado fragilidad en esa área. Los penaltis fallados ante el Atlético en 2023, el colapso parcial frente al Barcelona en 2025 y la incapacidad de controlar Castellón 2026 son síntomas de que el aprendizaje no se ha consolidado. Dos años y ocho meses después de la primera final perdida, el club sigue pagando el precio de la presión acumulada y la falta de mentalidad ganadora instalada en su ADN competitivo.

    Pero no todo es desesperanza. La evidencia de que el talento existe, de que la plantilla tiene calidad, de que la estructura está en crecimiento, indica que el Real Madrid Femenino aún puede reescribir su historia. La clave será transformar estas lecciones dolorosas en cambios profundos: consolidar una identidad futbolística clara que sea innegociable en los momentos de tensión, asumir decisiones de mercado valientes que refuercen la jerarquía dentro del equipo, y construir una cultura que enseñe a ganar cuando importa. Hasta ahora, cada final perdida ha sido un espejo que refleja lo que falta; la oportunidad de futuro será convertir ese espejo en una guía.

    El desafío de transformar potencial en títulos es también un desafío de narrativa. Mientras el entorno mediático y los aficionados recuerden solo las finales perdidas, la presión sobre el equipo se intensifica. La sección femenina del Real Madrid no solo compite por trofeos; compite por redefinir lo que significa portar el escudo en un contexto donde la historia reciente no le sonríe. Cada partido decisivo se convierte en una prueba de identidad, en un examen de capacidad para trascender la frustración histórica. Y esa es, quizás, la prueba más difícil de todas: ganar no solo a rivales, sino también al peso simbólico de la propia historia del club.

    Castellón 2026 confirma que el reto no es solo técnico. El 2-0 ante un rival que impuso su narrativa demuestra que el Madrid todavía carece de consistencia en los momentos decisivos.

    La memoria de las derrotas pasadas pesa más que la energía de las nuevas oportunidades, y la presión acumulada puede bloquear incluso el talento más evidente. Los dos años y ocho meses transcurridos desde la final de la Copa de la Reina de 2023 han servido para acumular experiencia, pero no para consolidar un proyecto ganador. Cada nueva temporada ofrece la posibilidad de redimir esas derrotas, pero el tiempo no se detiene; la historia continúa escribiéndose y la espera se convierte en un elemento definitorio de la narrativa del club.

    La transformación necesaria es profunda. No basta con cambiar jugadoras o entrenadores; se requiere una redefinición estratégica que combine inversión, identidad, cultura y psicología. Ganar títulos exige más que talento individual; exige un engranaje colectivo que funcione incluso bajo presión extrema. Hasta que eso ocurra, el Real Madrid Femenino seguirá siendo un gigante atrapado en la frontera entre competir y ganar, entre soñar y levantar un trofeo.

    El relato del Real Madrid Femenino es la historia de un club que no sabe cómo cerrar finales, que acumula penaltis fallados, goles encajados y oportunidades desperdiciadas. Dos años y ocho meses después de la final de la Copa de la Reina de 2023, la narrativa sigue siendo dolorosamente la misma: llega, pelea, emociona, pero no gana. La sección femenina ha alcanzado alturas en cuanto a visibilidad, profesionalización y talento, pero la esencia de la victoria sigue escapando, recordando a todos que en el fútbol femenino de élite, competir no es suficiente. Ganar es la única medida definitiva.

    Mientras los líderes del club, las jugadoras y los entrenadores analicen estas derrotas, el verdadero desafío será no repetir los errores de la historia reciente. Castellón 2026 debe ser leído no solo como un marcador adverso, sino como un llamado urgente a la transformación. El Real Madrid Femenino tiene todo para cambiar su destino, pero el tiempo corre y la paciencia del escudo no es infinita. Cada nueva final es una oportunidad para reescribir la historia, y el club deberá decidir si aprende de las derrotas o sigue atrapado en la narrativa de la espera eterna.
    proyecto incompleto por casualidad; su estructura y evolución reflejan las complejidades de un club que intenta crecer rápidamente en un ecosistema ya maduro.

    Mientras otros clubes europeos han construido secciones femeninas con décadas de identidad y éxito acumulado, el Madrid ha iniciado su camino hace relativamente poco tiempo, incorporando al equipo del Club Deportivo Tacón en 2020 y elevándolo al estatus de primer equipo bajo el escudo más reconocido del mundo.

    Esa incorporación fue estratégica y necesaria, pero implicó asumir un proyecto en construcción, con carencias de cultura interna y de continuidad táctica que solo pueden corregirse a largo plazo. La paradoja es que, pese a todo el talento individual y a los recursos disponibles, los resultados no se reflejan en títulos: la memoria de las finales perdidas, la presión mediática y la comparación constante con los rivales consolidan un patrón que parece perpetuarse.

    La cantera, que en otros clubes actúa como base de identidad y sostenibilidad, aún no ha dado frutos decisivos en el Real Madrid Femenino.

    La sección juvenil tiene talento, pero la integración de jugadoras jóvenes en momentos de máxima exigencia es limitada y no siempre acompañada de un proceso de maduración que permita sostener la presión de finales. En clubes como Lyon, Wolfsburgo o Chelsea, la transición entre categorías inferiores y primer equipo está perfectamente estructurada: las jugadoras crecen con la cultura de la victoria incorporada, con una mentalidad competitiva que no se fractura en los momentos decisivos. En el Real Madrid, en cambio, la cantera aún no ha generado líderes capaces de asumir la responsabilidad en finales, y la sección femenina depende en exceso de la experiencia de fichajes externos.

    Esa dependencia crea desequilibrios en la identidad del equipo: talento, sí, pero cohesión limitada, liderazgo emergente sin consolidar y una narrativa colectiva que todavía no domina los momentos críticos.

    La comparación europea es demoledora en términos de estrategia y resultados. En Inglaterra, Chelsea, Arsenal y Manchester City han construido proyectos sostenibles, con entrenadores que permanecen años, con plantillas reforzadas con precisión y con academias que funcionan como motores de identidad y competitividad.

    En Alemania, Wolfsburgo y Bayern de Múnich combinan experiencia, juventud y continuidad táctica para garantizar que cada final no sea una sorpresa, sino un escenario donde la planificación se traduce en victoria. En Francia, el Lyon ha demostrado que la cultura de éxito no depende únicamente del talento, sino de un proyecto integral que controla todos los elementos del club: planificación, cantera, fichajes, mentalidad y estilo de juego. Frente a estos ejemplos, el Real Madrid Femenino sigue siendo un proyecto en crecimiento: capaz de llegar a finales, pero aún incapaz de dominarlas y de consolidarse como vencedor.

    Las finales perdidas se han convertido en un patrón claro. La Copa de la Reina 2023 frente al Atlético de Madrid mostró que el Madrid tiene capacidad para competir, pero no para controlar la narrativa del partido. Los penaltis fallados no fueron un accidente; fueron consecuencia de una preparación psicológica insuficiente y de una incapacidad para asumir la presión máxima. La Supercopa de España 2025 frente al Barcelona evidenció lo mismo: talento y esfuerzo, sí, pero falta de control, de liderazgo y de identidad táctica para sostener la ventaja.

    Y Castellón 2026 confirmó la tendencia: 0-2 frente a un rival sólido, capaz de imponer su narrativa, mientras el Madrid volvía a quedar atrapado en la dinámica de reacción en lugar de acción. Dos años y ocho meses después de la primera gran final perdida, el patrón sigue intacto.

    (Fuente: CSD)

    El aspecto psicológico es clave. Las jugadoras del Real Madrid Femenino no solo juegan contra rivales, sino contra la memoria de derrotas recientes. Cada penalti fallado, cada partido perdido en los últimos minutos, cada final en la que el título se escapa alimenta un peso emocional que condiciona la actuación. Los equipos campeones no solo dominan en el campo; dominan la mente. Cada pase, cada decisión, cada acción está permeada por la convicción de que el resultado se puede controlar. El Madrid aún carece de esa fortaleza mental colectiva, y mientras no la desarrolle, las finales seguirán siendo obstáculos insalvables.

    Pero no todo es desesperanza. La plantilla tiene potencial, la estructura está creciendo, los recursos son abundantes y la visibilidad del proyecto es máxima. Esto significa que la posibilidad de cambiar la narrativa existe. Para lograrlo, el club debe consolidar un estilo de juego claro, asumir decisiones estratégicas audaces en el mercado, reforzar el liderazgo interno y, sobre todo, entrenar la resiliencia mental de sus jugadoras para que los partidos decisivos dejen de ser una carga emocional. La historia reciente —Copa de la Reina 2023, Supercopa 2025, Castellón 2026— debe servir como espejo y como guía, no como condena.

    El tiempo sigue corriendo, y los dos años y ocho meses transcurridos desde la final de 2023 son un recordatorio de que la espera ya no puede prolongarse indefinidamente. Cada nueva final será, inevitablemente, comparada con las derrotas anteriores. Cada oportunidad perdida refuerza la narrativa del “todavía no” y de la eterna espera de un título que confirme que el proyecto ha alcanzado la madurez necesaria. Pero cada nueva oportunidad también es un reto, un examen de aprendizaje y de capacidad de transformación. Castellón 2026, con su derrota por 0-2, no debe ser un final; debe ser un punto de inflexión.

    El Real Madrid Femenino está en un momento de bifurcación histórica. Puede seguir acumulando finales perdidas y perpetuar la narrativa de la espera, o puede transformar el dolor de la derrota en motor de cambio. La clave está en consolidar un proyecto integral: identidad de juego, planificación estratégica, mentalidad de campeón, liderazgo interno y gestión eficaz de la cantera. Hasta que eso ocurra, el patrón seguirá repitiéndose: llegar a finales, emocionar, luchar, y no ganar. La historia reciente demuestra que el talento y la inversión no son suficientes. La victoria requiere algo más profundo: cultura, coherencia y resiliencia.

    El relato del Real Madrid Femenino es, por tanto, la historia de un gigante que aún no ha aprendido a cerrar finales, que acumula frustraciones en lugar de títulos, y que se enfrenta a un reto histórico: transformar el potencial en éxito tangible. Dos años y ocho meses después de la Copa de la Reina 2023, las finales siguen llegando y las oportunidades continúan, pero la lección es clara: solo un proyecto integral, audaz y decidido podrá romper la maldición de la espera y convertir al Real Madrid Femenino en un club campeón. Cada partido decisivo es una oportunidad de redención, y el tiempo corre con implacable exigencia.

    La historia del Real Madrid Femenino en finales recientes no se entiende sin analizar a sus rivales, porque cada derrota refleja no solo limitaciones propias, sino la capacidad de los adversarios para imponerse con claridad. En la Copa de la Reina 2023, el Atlético de Madrid no fue un rival cualquiera: su experiencia en finales y su capacidad para gestionar la presión convirtió la tanda de penaltis en un desafío psicológico imposible de superar para el Madrid. Los números hablan por sí mismos: el Real Madrid falló dos penaltis cruciales —Olga Carmona y Teresa Abelleira— mientras que Lola Gallardo, portera atlética, detuvo dos de los tres lanzamientos, construyendo la base de una victoria épica para su club. Esa final marcó un punto de inflexión: el Madrid había competido, había dominado fases del juego, pero cuando la tensión alcanzó su punto máximo, el resultado se decidió fuera del campo de juego, en la mente y en los nervios de las jugadoras.

    La Supercopa de España 2025 frente al Barcelona consolidó un patrón diferente pero igualmente doloroso. El Barcelona no solo contaba con una plantilla de élite y con experiencia acumulada en competiciones internacionales, sino que su identidad futbolística estaba claramente definida: presión alta, juego colectivo, aprovechamiento de los espacios y control emocional en los momentos decisivos. El Real Madrid, por el contrario, mostró fases de brillantez individual, pero careció de consistencia táctica y mental, dejando que la narrativa del partido fuera dictada por el rival. El resultado no fue un accidente: fue la consecuencia de la incapacidad de sostener ventajas, de controlar la ansiedad y de imponer un plan que resistiera la presión de la final.

    Castellón 2026, con la derrota por 0-2, confirmó la tendencia. A diferencia de la Copa de 2023, esta vez el partido no llegó a la tanda de penaltis; el resultado fue más concluyente, reflejo de un equipo rival que supo imponer su juego y aprovechar los errores del Madrid. Este marcador evidencia algo crucial: el problema del Real Madrid no es solo la presión de los momentos críticos, sino también la falta de capacidad para sostener la intensidad, la concentración y la organización durante todo el partido. Dos años y ocho meses después de aquella primera final perdida, el patrón sigue siendo el mismo: talento, recursos y oportunidades, pero incapacidad para convertirlos en trofeos.

    Los penaltis fallados se convierten en un símbolo de esta fragilidad. Cada lanzamiento errado es una metáfora de la tensión acumulada, del aprendizaje incompleto y de la presión histórica que pesa sobre el club. No se trata de casualidad ni de mala suerte: los penaltis reflejan preparación, carácter y mentalidad competitiva, y en este terreno, el Madrid ha mostrado vulnerabilidad repetida.

    La lectura estratégica de esos errores podría transformar la narrativa si se aplican cambios concretos: entrenamiento psicológico intensivo, refuerzo de liderazgo en el vestuario, y simulación de situaciones de máxima presión durante la temporada. Sin intervención decidida, las finales futuras podrían seguir reproduciendo la misma secuencia dolorosa.

    En cuanto a la proyección de títulos, el panorama es mixto pero con oportunidades claras. El Real Madrid Femenino tiene recursos financieros, visibilidad y acceso a talento de primer nivel.

    La clave será convertir esas ventajas en coherencia competitiva. Si el club consolida un proyecto estratégico integral, define su identidad de juego y fortalece la resiliencia psicológica de sus jugadoras, es posible proyectar que en los próximos tres a cinco años pueda romper el patrón de finales perdidas y conquistar su primer gran título. Pero la ventana de oportunidad no es infinita: la competencia europea y nacional sigue creciendo, y cada año sin título aumenta la presión y complica la gestión de expectativas internas y externas.

    Más allá de las estadísticas y los resultados, existe un componente cultural que condiciona al Real Madrid Femenino: la comparación constante con la sección masculina, que ha ganado todo lo imaginable. Esa presión simbólica es un arma de doble filo.

    Por un lado, inspira y da recursos; por otro, genera expectativas que el proyecto femenino aún no puede cumplir de manera sostenida. Dos años y ocho meses después de la Copa de 2023, el Madrid sigue siendo un gigante que impresiona, que emociona, pero que no levanta trofeos. Cada final perdida refuerza esta narrativa y aumenta la urgencia de una transformación profunda y sostenida.

    El desafío estratégico es claro: consolidar un estilo de juego definido, garantizar continuidad técnica en el cuerpo técnico, formar líderes en la plantilla, integrar la cantera de manera efectiva y entrenar la resiliencia psicológica para que los momentos de máxima presión no se conviertan en un muro insalvable.

    Castellón 2026 debe leerse no como un fracaso aislado, sino como un llamado a la acción urgente. La narrativa de la espera eterna solo terminará cuando estos cambios se materialicen y el Real Madrid Femenino logre no solo competir, sino ganar cuando importa.

    En la perspectiva europea, la sección femenina del Madrid todavía está en una fase de consolidación. Comparado con rivales como Barcelona, Lyon, Wolfsburgo o Chelsea, el proyecto es joven, pero tiene todos los recursos para crecer. La pregunta es si la dirección del club y las jugadoras sabrán internalizar las lecciones de finales recientes y traducirlas en victorias tangibles. Cada nueva final será un examen, cada derrota un espejo de lo que falta, y cada oportunidad ganada un cambio radical en la narrativa histórica del club.

    La historia reciente demuestra que el talento y los recursos no bastan; ganar títulos exige coherencia, cultura competitiva, liderazgo y fortaleza mental. El Real Madrid Femenino lo tiene todo para transformar su historia, pero el tiempo corre, la competencia aumenta y la espera ya es larga. Dos años y ocho meses después de aquella Copa de la Reina de 2023, la narrativa se mantiene, pero la oportunidad de cambio es tangible y urgente. Solo un proyecto integral, decidido y bien ejecutado puede romper el patrón de finales perdidas y convertir al Real Madrid Femenino en un club campeón, capaz de transformar la ilusión en trofeos y la espera en victoria.

    El Real Madrid Femenino sigue siendo un gigante con pies de barro, un club que ha alcanzado la élite, que emociona y que compite como pocos, pero que aún no ha aprendido a levantar un trofeo cuando todo está en juego. Dos años y ocho meses después de aquella final de la Copa de la Reina de 2023 ante el Atlético de Madrid, la historia reciente —Supercopa de España 2025 ante el Barcelona, Supercopa 2026 en Castellón— confirma un patrón doloroso: finales alcanzadas, oportunidades desaprovechadas, ilusión que no se traduce en títulos. Cada derrota refleja no solo fallos tácticos o errores individuales, sino la falta de consolidación de un proyecto integral que combine identidad, liderazgo, resiliencia y cultura de victoria.

    Pero la grandeza del Real Madrid no se mide solo por los trofeos, sino por la capacidad de aprender del fracaso, de transformar la presión en determinación y de convertir la historia de la espera en una narrativa de conquista. La sección femenina tiene todas las herramientas para romper el patrón: talento, recursos, visibilidad y la motivación de un escudo que no permite mediocridad. El desafío es monumental, porque ganar no es un accidente ni una casualidad; es el resultado de coherencia, estrategia, mentalidad y capacidad de imponer tu narrativa incluso bajo la máxima presión.

    El tiempo sigue corriendo, y cada nueva final será una prueba de todo lo aprendido. Castellón 2026 es un recordatorio de lo que falta, no un epitafio. La pregunta ya no es si el Real Madrid Femenino puede ganar, sino cuándo logrará transformar la ilusión y el potencial en títulos que queden para la historia. Porque el club tiene la obligación histórica y simbólica de convertir la espera en victoria, de demostrar que incluso los gigantes pueden aprender a sostenerse en la cima, de que la gloria no es solo un recuerdo del pasado masculino, sino un horizonte alcanzable en femenino.

    Y cuando eso ocurra, cada derrota, cada penalti fallado y cada final perdida dejará de ser una cicatriz y se convertirá en la antesala de la grandeza definitiva.

    El Real Madrid Femenino está a un paso de la transformación; depende de su capacidad para aprender de la historia, para consolidar su proyecto y para convertir la épica en trofeos. Dos años y ocho meses después de aquel 27 de mayo de 2023, la espera continúa, pero la esperanza nunca ha sido más tangible.

    La victoria, finalmente, aguarda al gigante que ha aprendido a levantarse de cada caída, pues por todos es sabido que Florentino Pérez prometió abrir el Estadio Santiago Bernabéu cuando su sección femenina conquiste un trofeo

  • La crónica | El Barcelona retiene la Supercopa

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ Las azulgranas se impusieron por 2-0 al Real Madrid CF en la final de la Supercopa de España, que se disputó en el estadio de Castalia, en Castellón. Los goles de Esmee Brugts y de Alexia Putellas, de penalti, decidieron el encuentro. La presidenta de Liga F Moeve, Beatriz Álvarez, estuvo presente en el palco.

    La previa |

    (Fuente: RTVE)

    La Supercopa de España vuelve a citarse con la historia en un escenario que ya no admite medias tintas ni discursos tibios. Cuando FC Barcelona y Real Madrid se encuentran en una final, y más aún cuando lo hacen con un título en juego, el fútbol femenino español deja de ser únicamente competición para convertirse en relato, en símbolo y en espejo de una evolución que ha transformado el mapa del deporte en la última década. Esta final no es una más. No puede serlo. No lo es por el contexto, no lo es por las ausencias, no lo es por el momento de ambos proyectos y, sobre todo, no lo es porque llega cargada de memoria reciente, de cuentas pendientes y de una sensación inequívoca: lo que ocurra sobre el césped tendrá un eco que irá mucho más allá de los noventa minutos.

    El FC Barcelona afronta esta final con la posibilidad de conquistar su quinta Supercopa de España de manera consecutiva —2020, 2022, 2023, 2024 y 2025—, una secuencia que no solo engrosaría su palmarés, sino que reforzaría una hegemonía ya incuestionable y que le ha permitido convertirse en la gran referencia histórica de la competición. No se trata únicamente de números, de títulos o de estadísticas acumuladas; se trata de una forma de estar, de competir y de entender las finales como un territorio propio. El Barça llega a esta cita sabiendo que es el rival a batir, el espejo en el que todos se miran y el listón que obliga al resto a crecer. Y esa condición, lejos de relajar, exige una versión aún más elevada, porque cada partido decisivo se convierte en una defensa del legado.

    Sin embargo, el camino hacia esta final no ha sido plácido ni exento de contratiempos. Pere Romeu, entrenador azulgrana, no podrá contar con Aitana Bonmatí, una ausencia que trasciende lo meramente futbolístico y que afecta al corazón mismo del juego del Barça. Aitana no es solo talento, es ritmo, pausa, lectura y liderazgo silencioso. Su lesión obliga a replantear matices, a redistribuir responsabilidades y a confiar en una estructura colectiva que, precisamente, se ha construido para resistir incluso la falta de sus pilares más reconocibles. A esta baja se suma la de Kika Nazareth, expulsada con roja directa en el encuentro de semifinales, una circunstancia que añade un componente emocional a la previa y que priva al equipo de una futbolista capaz de romper partidos desde la creatividad y la energía.

    Pese a todo, el mensaje del vestuario azulgrana ha sido claro desde el primer momento. Tras certificar el pase a la final, Pere Romeu no rehuyó el peso simbólico del enfrentamiento y verbalizó lo que flota en el ambiente cada vez que aparece el Real Madrid al otro lado del campo: “Jugar y ganar una final al Real Madrid es muy motivante porque es un equipo que siempre nos exige dar una versión muy buena de nosotras. Creo que será una grandísima final e intentaremos llevar la Supercopa a casa”. No hay arrogancia en sus palabras, pero tampoco falsa modestia. Hay conciencia del desafío y respeto por un rival que, con el paso del tiempo, ha aprendido a mirar al Barça no solo desde la aspiración, sino desde la convicción de que es posible competirle.

    Porque si esta final tiene una narrativa distinta a otras es, precisamente, por el crecimiento sostenido del Real Madrid. El conjunto blanco afronta su tercera final, la segunda en la Supercopa de España, con un objetivo tan claro como histórico: inaugurar su palmarés. Para una entidad acostumbrada a ganar, a convertir los títulos en costumbre, este punto de partida en el fútbol femenino tiene una carga simbólica enorme. No se trata únicamente de levantar un trofeo; se trata de abrir una puerta, de romper un techo psicológico y de demostrar que el proyecto está preparado para dar el salto definitivo.

    El Real Madrid llega a esta final con la memoria reciente como aliada. La temporada pasada, en el encuentro liguero disputado en el Lluís Companys, las blancas lograron una victoria tan inesperada como contundente, un 1-3 que supuso un golpe sobre la mesa y que cambió la percepción de muchos sobre la distancia real entre ambos equipos. Aquella noche no fue solo una victoria; fue una declaración de intenciones, una demostración de que el Barça, incluso en su mejor versión histórica, puede ser vulnerado si el rival ejecuta el plan con precisión quirúrgica, valentía y convicción.

    Ese recuerdo planea sobre esta final como una sombra estimulante para unas y como una advertencia para otras. El Barça sabe que el Real Madrid ya ha demostrado que puede ganarle. El Real Madrid sabe que puede volver a hacerlo. Y esa certeza compartida eleva la tensión competitiva a un nivel superior, porque elimina el factor sorpresa y obliga a ambos cuerpos técnicos a afinar cada detalle.

    En el banquillo blanco, Pau Quesada no podrá contar con dos ausencias ya conocidas y sensibles: Frohms y Tere Abelleira. Dos bajas que afectan tanto a la estructura defensiva como al equilibrio del centro del campo y que condicionan los automatismos de un equipo que ha ido encontrando su identidad desde la solidez y el control de los tempos. A ello se suma una circunstancia poco habitual pero significativa: tras la victoria en semifinales, fue Antonio Rodríguez quien ejerció de entrenador debido a la baja de Pau Quesada por motivos personales. Su discurso, lejos de la euforia, reflejó la mentalidad con la que el Real Madrid quiere afrontar este tipo de citas: “Es una competición muy corta, muy rápida, planteas 90 minutos, con penaltis. Ahora hay que descansar, pero yo estoy pensando desde ya en la final”.

    Esa frase resume a la perfección el espíritu de esta Supercopa. No hay margen para la especulación, no hay tiempo para corregir errores en jornadas posteriores. Todo se decide en un partido, o incluso en una tanda de penaltis, y eso convierte cada acción en definitiva. Cada duelo individual, cada transición, cada balón parado puede inclinar la balanza. En ese contexto, la gestión emocional adquiere una importancia capital, y ahí el Barça parte con la ventaja de la experiencia acumulada, mientras que el Real Madrid se aferra al hambre y a la sensación de estar ante una oportunidad irrepetible.

    La final se presenta, además, como un choque de estilos que ya no son antagónicos, sino evolutivos. El FC Barcelona sigue siendo fiel a una identidad basada en la posesión, en la presión alta y en la ocupación racional de los espacios, pero ha aprendido a convivir con escenarios más abiertos y a resolver partidos desde la madurez. El Real Madrid, por su parte, ha dejado atrás la etiqueta de equipo reactivo para convertirse en un conjunto capaz de dominar fases del juego, de alternar registros y de castigar con eficacia cuando encuentra grietas en el sistema rival.

    Todo ello convierte esta final en un acontecimiento que trasciende la propia Supercopa. Es un termómetro del momento actual del fútbol femenino español, una fotografía de dos proyectos que representan polos distintos pero cada vez más cercanos, y una oportunidad para seguir construyendo una rivalidad que ya no necesita justificaciones externas para ser considerada un clásico.

    Aquí no hay únicamente un título en juego. Hay reputación, memoria, futuro y un mensaje que quedará grabado en la temporada. El Barça persigue la continuidad de una era dorada, la confirmación de que su dominio no es circunstancial sino estructural. El Real Madrid busca el punto de inflexión, el día en que todo cambie y en que la palabra “todavía” deje de acompañar a su palmarés.

    Cuando el balón eche a rodar, todo lo anterior quedará suspendido durante noventa minutos —o los que sean necesarios—, pero nada desaparecerá del todo. Porque esta final ya se ha empezado a jugar mucho antes del pitido inicial, en la cabeza de las futbolistas, en la planificación de los entrenadores y en la expectativa de un público que sabe que está a punto de presenciar algo más que un partido. Está a punto de asistir a un nuevo capítulo de una historia que se escribe, precisamente, en noches como esta.

    La continuidad de esta previa exige adentrarse todavía más en las capas que sostienen este enfrentamiento, porque una final entre FC Barcelona y Real Madrid no se explica únicamente desde la coyuntura inmediata ni desde la alineación del día del partido. Se explica desde un proceso histórico reciente, desde una rivalidad que ha ido construyéndose casi a contrarreloj y desde la necesidad mutua de ambos clubes de legitimarse en el presente y proyectarse hacia el futuro del fútbol femenino europeo.

    El FC Barcelona llega a esta final con la serenidad de quien ha transitado este camino en innumerables ocasiones, pero también con la presión inherente a quien sabe que cada título ya no se celebra únicamente como una conquista, sino como una obligación. El barcelonismo femenino ha normalizado la excelencia hasta el punto de que cualquier desenlace que no sea levantar el trofeo se percibe como una anomalía. Esa normalización es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y el mayor riesgo del proyecto. Fortalecimiento, porque dota al equipo de una mentalidad ganadora inquebrantable; riesgo, porque cualquier fisura es amplificada por el contexto y por la expectativa externa.

    En este escenario, la ausencia de Aitana Bonmatí adquiere una dimensión casi simbólica. No es habitual que el Barça afronte una final de esta magnitud sin una de sus grandes referencias, y eso obliga a reinterpretar el relato. Ya no se trata solo de demostrar superioridad futbolística, sino de exhibir profundidad de plantilla, capacidad de adaptación y madurez competitiva. El mensaje implícito es claro: el FC Barcelona no depende de una sola futbolista, por determinante que sea, sino de una estructura colectiva que se ha ido puliendo durante años de exigencia máxima.

    Pere Romeu, en este sentido, representa una figura clave. Su gestión del grupo ha estado marcada por la continuidad de una idea heredada, pero también por la introducción de matices que buscan sostener el rendimiento en contextos cada vez más complejos. Esta final es, también, una prueba para su liderazgo en el banquillo azulgrana, porque las grandes finales no se deciden únicamente desde la pizarra, sino desde la capacidad de transmitir calma, convicción y claridad en los momentos de mayor tensión.

    El Real Madrid, en cambio, se presenta en esta cita desde un lugar emocional radicalmente distinto. Cada final disputada hasta ahora ha sido una experiencia de aprendizaje, una acumulación de frustraciones contenidas y de sensaciones a medio camino entre el orgullo por haber llegado y la decepción por no haber culminado. Esa mochila pesa, pero también empuja. Porque inaugurar el palmarés no es solo una meta deportiva; es un acto fundacional. Es el momento en que el proyecto deja de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

    El recuerdo del triunfo en el Lluís Companys sigue funcionando como un anclaje psicológico poderoso. Aquella victoria no fue fruto del azar ni de un contexto excepcional, sino de un plan ejecutado con una precisión que sorprendió incluso a quienes mejor conocían al equipo blanco. Desde entonces, cada enfrentamiento con el Barça se afronta desde una lógica distinta: ya no se trata de resistir y esperar, sino de competir de tú a tú, de asumir riesgos y de creer en la propia capacidad para decidir el partido.

    Las bajas de Frohms y Tere Abelleira, sin embargo, introducen un elemento de incertidumbre que obliga al Real Madrid a reinventarse parcialmente. Frohms aporta seguridad bajo palos y experiencia en escenarios de máxima exigencia, mientras que Tere Abelleira es una pieza fundamental en la organización del juego, en la salida de balón y en la lectura táctica. Su ausencia obliga a redistribuir roles y a confiar en alternativas que, aunque preparadas, deberán demostrar su temple en una final de este calibre.

    El papel de Antonio Rodríguez en la semifinal, sustituyendo circunstancialmente a Pau Quesada, dejó una imagen significativa del espíritu del equipo. Su discurso fue el de alguien consciente de la excepcionalidad del momento, pero también de la necesidad de mantener los pies en el suelo. En una competición tan corta, tan concentrada, cada decisión adquiere un valor exponencial. No hay tiempo para reconstruirse tras un error; solo para reaccionar con rapidez y determinación.

    Esta final se mueve, además, en un terreno simbólico especialmente delicado. El Clásico femenino ha pasado en pocos años de ser una promesa a convertirse en una realidad consolidada, con audiencias, impacto mediático y una carga emocional comparable a la del fútbol masculino. Cada enfrentamiento alimenta una narrativa que ya no necesita ser justificada desde la comparación, sino que se sostiene por sí misma. Y en ese contexto, la Supercopa actúa como un escaparate privilegiado, un escenario donde el fútbol femenino español se presenta ante el mundo como un producto maduro, competitivo y profundamente atractivo.

    Desde el punto de vista táctico, el partido se anticipa como un duelo de ajustes constantes. El Barça buscará imponer su habitual dominio territorial, pero deberá hacerlo con especial cuidado en las transiciones defensivas, consciente de que el Real Madrid ha demostrado ser letal cuando encuentra espacios a la espalda de la presión. La gestión de los tiempos será clave: saber cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo asumir que el partido exige pragmatismo.

    El Real Madrid, por su parte, intentará repetir la fórmula que ya le dio éxito, pero con la dificultad añadida de que el factor sorpresa ha desaparecido.

    El Barça espera un rival valiente, agresivo y dispuesto a disputar la posesión. Eso obliga a las blancas a ser todavía más precisas, a minimizar errores no forzados y a aprovechar cada oportunidad con una eficacia casi quirúrgica.

    En el trasfondo de todo ello late una pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos intuyen: ¿estamos ante una final que puede marcar un antes y un después? Para el FC Barcelona, ganar supondría reafirmar una hegemonía que ya roza lo legendario y enviar un mensaje inequívoco de continuidad. Para el Real Madrid, levantar el trofeo significaría romper una barrera psicológica y abrir una nueva etapa en su historia reciente.

    El fútbol, en su esencia, se alimenta de estos momentos liminares, de estas fronteras entre lo que ha sido y lo que puede llegar a ser. Esta final de la Supercopa no es solo un partido; es un punto de inflexión potencial, un espacio donde el relato puede bifurcarse y donde cada gesto, cada decisión y cada gol tendrá un peso específico en la memoria colectiva.

    A medida que se acerca el pitido inicial, la sensación de inevitabilidad crece. Todo está dispuesto para que el escenario, los protagonistas y la historia confluyan en un mismo punto. El balón será el juez último, pero el contexto ya ha hecho su trabajo: ha cargado de significado cada metro del campo, cada camiseta y cada mirada cómplice entre compañeras.

    La Supercopa espera, el Clásico se prepara y el fútbol femenino español contiene la respiración, consciente de que, pase lo que pase, esta final no será una más. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en épica.

    (Fuente: RFEF)

    La final bajo la lupa |

    (Fuente: RFEF)

    🔜 NEXT GAME

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

    Los onces |

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    La gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 echó a andar en Castellón con todos los focos apuntando a un clásico de máxima exigencia entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid, dos proyectos consolidados, dos estilos reconocibles y dos onces de altísimo nivel que reflejaron, desde el primer minuto, la magnitud del escenario.

    El Barcelona, fiel a su identidad dominante y a la continuidad de su bloque campeón, compareció con Cata Coll bajo palos; línea defensiva para Ona Batlle, Paredes, María León y Brugts; en la sala de máquinas, el control y la pausa de Patri Guijarro junto a Vicky López, con Aitana Bonmatí como faro creativo; y en ataque, la movilidad de Graham Hansen, el desequilibrio de Clàudia Pina y el liderazgo de Alexia Putellas, capitana y referencia emocional del equipo de Pere Romeu.

    Enfrente, el Real Madrid respondió con una alineación diseñada para competir desde la solidez y el talento individual. Misa Rodríguez, capitana, defendió la portería; defensa para Athenea del Castillo, Sara Dábriz, Weir y Yasmim; en el centro del campo, músculo y criterio con Maite Oroz Méndez y Filippa Angeldahl; por delante, la energía de Linda Caicedo y Eva Navarro, con Caroline Weir y Feller como amenazas constantes, bajo la dirección de Pau Quesada.

    Así arrancó una final llamada a marcar época, con dos onces que explicaban por sí solos por qué la Supercopa de España Iberdrola es ya uno de los grandes escaparates del fútbol femenino europeo.

    Tras eliminar al Athletic Club y al Atlético de Madrid respectivamente, el FC Barcelona y el Real Madrid CF saltaron al terreno de juego del estadio de Castalia con la idea de conseguir llevarse la Supercopa de España.

    Antes del inicio del choque se guardó un emotivo minuto de silencio en memoria de las víctimas de los accidentes ferroviarios. Linda Caicedo no tardó en animarse en busca del gol, pero el conjunto culé intentó tener pronto el dominio del balón. La más clara llegó a los veinte minutos de juego, con un zapatazo de Vicky López desde fuera del área que sacó Misa Rodríguez con una buena mano abajo. Precisamente, tras ese saque de esquina llegó el primer tanto del duelo. Un córner botado por Mapi León lo peinó Esmee Brugts desde el primer palo para abrir el marcador con el 10 en el minuto 28 para acabar con una resistencia blanca que apunto estuvo de salir bien rumbo a la media hora.

    Las azulgranas lo siguieron intentando, pero Misa sacó un remate de Patri Guijarro, que fue la MVP del duelo. En campo contrario, el conjunto blanco pidió una posible falta de Linda Caicedo, que la colegiada no otorgó tras la revisión. Ewa Pajor tuvo la última de la primera mitad con un testarazo que se perdió arriba.

    Tras el paso por vestuarios, las madridistas intentaron dar un paso hacia delante. Athenea tuvo el empate, pero Cata Coll salvó el gol con una gran parada. Aunque la más clara para las culé llegó cerca de la media hora de juego. Ewa Pajor se plantó sola ante Misa, pero la canaria sacó un gran mano. El rechace le cayó a Graham, pero el cabezazo de la extremo noruega se estrelló en el larguero. La guardameta canaria también atrapó en dos tiempos un potente disparo de Ona Batlle desde fuera del área. 

    Fue el Real Madrid el que dio un paso adelante en busca del empate y estuvo muy cerca de lograrlo Primero, con Ona Batlle cortando de forma salvadora un centro que ya esperaba Linda Caicedo en boca de gol. Y después, con un lanzamiento desde la frontal de Däbritz que rozó la parte superior del travesaño para ponerle emoción a la final.

    Linda Caicedo a la banda izquierda y su equipo lo agradeció, comenzando con buen pie tras la pausa. Athenea firmó el primer remate que Cata Coll atrapó sin demasiados problemas. El cansancio empezó a hacer mella claramente a las madridistas con el paso de los minutos y el Barcelona encadenó dos avisos muy serios. Graham Hansen remató a lateral de la red en una de las pocas acciones mal defendidas por el Real Madrid hasta el momento. Muy poco después, la noruega pudo encarrilar mucho la final para las culés, pero su cabezazo a puerta vacía después de una gran parada de Misa a Pajor se topó con el larguero.

    El asedio blaugrana seguía intensificándose ante un equipo madridista que reclamaba cambios desde el banquillo. Misa se hizo grande para detener un chut lejano de Ona Batlle en dos tiempos y sacar una buena mano a otro disparo desde la frontal de Claudia Pina. La misma protagonista marró una situación clara de cabeza a centro de Vicky López, justo antes de que llegase el tan necesitado triple cambio en el bando blanco.

    El Barcelona metió una marcha más y jugadoras como Claudia Pina empezaron a hacer mucho daño entre unas líneas del Real Madrid, que cada vez dejaban más huecos. Misa tuvo que volver a ser salvadora para detener una internada por la derecha de Vicky López. Alexia, inmediatamente después, volvió a buscar portería sin éxito. Linda Caicedo trató de dar la réplica rápidamente en la otra portería, pero su disparo tampoco logró encontrar los tres palos. Muy poco después, la colombiana volvió a plantarse ante Cata Coll, pero Ona Batlle salvó a su equipo interponiéndose en el mano a mano.

    El marcador llegó apretado a la recta final y el Real Madrid se volcó con todo en busca del empate que forzase los penaltis.

    Las esperanzas se pudieron ir al traste tras un córner a favor, pero Misa se inventó una parada milagrosa para desbaratar el mano a mano contra Pajor que parecía destinado a traducirse en el cero a dos y Signe Brunn entró para dinamizar el ataque blanco, sin fortuna ni ocasión de inquietar a Cata Coll.

    El choque seguía abierto, y Sheila García, Lotte Keukelaar y Sandie Toletti entraron al terreno de juego para intentar buscar el empate. De nuevo, Misa se convertía en salvadora, mientras que, el Real Madrid CF pidió una pena máxima por una posible mano de Irene Paredes dentro del área, pero, y tras la revisión, la colegiada no pitó la acción. Las espadas estaban en todo lo alto, y, otra vez, Misa sacó un chut de Ewa Pajor, que buscaba sentenciar la final. Las madridistas, que habían metido a Pau Comendador y Signe Bruun, lo intentaron con un centro-chut de Eva Navarro que se quedó sin problemas Cata Coll. A falta de un minuto para el final, Sheila García arrolló a Alexia Putellas dentro del área. La capitana blaugrana no falló desde los once metros para poner el 2-0 definitivo en el electrónico cuando el reloj deambulaba por el minuto 92 y el resto del alargue fue un puro trámite.

    (Fuente: RFEF)

    Así, tras el pitido final, el Barcelona vuelve a conquistar el título de la Supercopa de España, es el sexto de su historia, solo el Atlético de Madrid en 2021 se interpuso en su dictadura y el Real Madrid comienza a ver cómo perder finales, ya van tres, empieza a tornarse en una mala costumbre en Valdebebas. 

    La próxima semana el mejor club del siglo XX buscará volver a sonreír al reencontrarse con una Liga F Moeve que le medirá ante el Deportivo en Riazor.

    (Fuente: RFEF)

    📋 Ficha técnica |

    Barcelona (2): Cata Coll; Ona Battle, Paredes, Mapi, Brugts (Aïcha 72′); Vicky López (Salma Paralluelo 72′), Guijarro, Alexia Putellas; Graham Hansen (Serrajordi 59′), Pajor, Claudia Pina (Sydney 83′).

    Real Madrid (0): Misa; Eva Navarro, María Méndez, Lakrar, Yasmim (Shei 67′); Däbritz, Angeldahl (Toletti 67′); Weir (Pau Comendador 82′), Linda Caicedo, Athenea del Castillo.

    Goles |

    1-0 Brugts 28’ ⚽️

    2-0 Alexia Putellas (P.) 93’ ⚽️

    ÁRBITRA: Eugenia Gil.

    Árbitras asistentes: Silvia Fernández y Rita Cabañero.

    Cuarta árbitra: Lorena Trujillano.

    Quinta árbitra: Lorena Navas.

    Tarjetas amarillas: Maëlle Lakrar (90’+7) y Eva Navarro (90’+8) por parte del Real Madrid.

    Vídeo: https://x.com/fcbfemeni/status/2015167790773092506?s=46

    INCIDENCIAS : Final de la Supercopa de España Femenina Iberdrola 2026, disputada en el Estadio Castalia de Castellón de la Plana con una asistencia de 12.593 espectadores sobre una superficie de hierba natural.

  • La previa | Real Madrid vs Fútbol Club Barcelona (Final de la Supercopa de España 2026)

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ◼️ La Supercopa de España Femenina 2026 alcanza su momento cumbre este sábado en el estadio Skyfi Castalia de Castellón, donde FC Barcelona y Real Madrid, primer y segundo clasificado de Liga F Moeve, disputarán, a partir de las 19:00 horas (La2 y postpartido en Teledeporte), la gran Final en busca del primer título de la temporada. Madridistas y culés reeditarán el duelo de la pasada temporada, tras deshacerse en semifinales del Atlético de Madrid y Athletic Club, respectivamente.

    La Supercopa de España vuelve a citarse con la historia en un escenario que ya no admite medias tintas ni discursos tibios. Cuando FC Barcelona y Real Madrid se encuentran en una final, y más aún cuando lo hacen con un título en juego, el fútbol femenino español deja de ser únicamente competición para convertirse en relato, en símbolo y en espejo de una evolución que ha transformado el mapa del deporte en la última década. Esta final no es una más. No puede serlo. No lo es por el contexto, no lo es por las ausencias, no lo es por el momento de ambos proyectos y, sobre todo, no lo es porque llega cargada de memoria reciente, de cuentas pendientes y de una sensación inequívoca: lo que ocurra sobre el césped tendrá un eco que irá mucho más allá de los noventa minutos.

    El FC Barcelona afronta esta final con la posibilidad de conquistar su quinta Supercopa de España de manera consecutiva —2020, 2022, 2023, 2024 y 2025—, una secuencia que no solo engrosaría su palmarés, sino que reforzaría una hegemonía ya incuestionable y que le ha permitido convertirse en la gran referencia histórica de la competición. No se trata únicamente de números, de títulos o de estadísticas acumuladas; se trata de una forma de estar, de competir y de entender las finales como un territorio propio. El Barça llega a esta cita sabiendo que es el rival a batir, el espejo en el que todos se miran y el listón que obliga al resto a crecer. Y esa condición, lejos de relajar, exige una versión aún más elevada, porque cada partido decisivo se convierte en una defensa del legado.

    Sin embargo, el camino hacia esta final no ha sido plácido ni exento de contratiempos. Pere Romeu, entrenador azulgrana, no podrá contar con Aitana Bonmatí, una ausencia que trasciende lo meramente futbolístico y que afecta al corazón mismo del juego del Barça. Aitana no es solo talento, es ritmo, pausa, lectura y liderazgo silencioso. Su lesión obliga a replantear matices, a redistribuir responsabilidades y a confiar en una estructura colectiva que, precisamente, se ha construido para resistir incluso la falta de sus pilares más reconocibles. A esta baja se suma la de Kika Nazareth, expulsada con roja directa en el encuentro de semifinales, una circunstancia que añade un componente emocional a la previa y que priva al equipo de una futbolista capaz de romper partidos desde la creatividad y la energía.

    Pese a todo, el mensaje del vestuario azulgrana ha sido claro desde el primer momento. Tras certificar el pase a la final, Pere Romeu no rehuyó el peso simbólico del enfrentamiento y verbalizó lo que flota en el ambiente cada vez que aparece el Real Madrid al otro lado del campo: “Jugar y ganar una final al Real Madrid es muy motivante porque es un equipo que siempre nos exige dar una versión muy buena de nosotras. Creo que será una grandísima final e intentaremos llevar la Supercopa a casa”. No hay arrogancia en sus palabras, pero tampoco falsa modestia. Hay conciencia del desafío y respeto por un rival que, con el paso del tiempo, ha aprendido a mirar al Barça no solo desde la aspiración, sino desde la convicción de que es posible competirle.

    Porque si esta final tiene una narrativa distinta a otras es, precisamente, por el crecimiento sostenido del Real Madrid. El conjunto blanco afronta su tercera final, la segunda en la Supercopa de España, con un objetivo tan claro como histórico: inaugurar su palmarés. Para una entidad acostumbrada a ganar, a convertir los títulos en costumbre, este punto de partida en el fútbol femenino tiene una carga simbólica enorme. No se trata únicamente de levantar un trofeo; se trata de abrir una puerta, de romper un techo psicológico y de demostrar que el proyecto está preparado para dar el salto definitivo.

    El Real Madrid llega a esta final con la memoria reciente como aliada. La temporada pasada, en el encuentro liguero disputado en el Lluís Companys, las blancas lograron una victoria tan inesperada como contundente, un 1-3 que supuso un golpe sobre la mesa y que cambió la percepción de muchos sobre la distancia real entre ambos equipos. Aquella noche no fue solo una victoria; fue una declaración de intenciones, una demostración de que el Barça, incluso en su mejor versión histórica, puede ser vulnerado si el rival ejecuta el plan con precisión quirúrgica, valentía y convicción.

    Ese recuerdo planea sobre esta final como una sombra estimulante para unas y como una advertencia para otras. El Barça sabe que el Real Madrid ya ha demostrado que puede ganarle. El Real Madrid sabe que puede volver a hacerlo. Y esa certeza compartida eleva la tensión competitiva a un nivel superior, porque elimina el factor sorpresa y obliga a ambos cuerpos técnicos a afinar cada detalle.

    En el banquillo blanco, Pau Quesada no podrá contar con dos ausencias ya conocidas y sensibles: Frohms y Tere Abelleira. Dos bajas que afectan tanto a la estructura defensiva como al equilibrio del centro del campo y que condicionan los automatismos de un equipo que ha ido encontrando su identidad desde la solidez y el control de los tempos. A ello se suma una circunstancia poco habitual pero significativa: tras la victoria en semifinales, fue Antonio Rodríguez quien ejerció de entrenador debido a la baja de Pau Quesada por motivos personales. Su discurso, lejos de la euforia, reflejó la mentalidad con la que el Real Madrid quiere afrontar este tipo de citas: “Es una competición muy corta, muy rápida, planteas 90 minutos, con penaltis. Ahora hay que descansar, pero yo estoy pensando desde ya en la final”.

    Esa frase resume a la perfección el espíritu de esta Supercopa. No hay margen para la especulación, no hay tiempo para corregir errores en jornadas posteriores. Todo se decide en un partido, o incluso en una tanda de penaltis, y eso convierte cada acción en definitiva. Cada duelo individual, cada transición, cada balón parado puede inclinar la balanza. En ese contexto, la gestión emocional adquiere una importancia capital, y ahí el Barça parte con la ventaja de la experiencia acumulada, mientras que el Real Madrid se aferra al hambre y a la sensación de estar ante una oportunidad irrepetible.

    La final se presenta, además, como un choque de estilos que ya no son antagónicos, sino evolutivos. El FC Barcelona sigue siendo fiel a una identidad basada en la posesión, en la presión alta y en la ocupación racional de los espacios, pero ha aprendido a convivir con escenarios más abiertos y a resolver partidos desde la madurez. El Real Madrid, por su parte, ha dejado atrás la etiqueta de equipo reactivo para convertirse en un conjunto capaz de dominar fases del juego, de alternar registros y de castigar con eficacia cuando encuentra grietas en el sistema rival.

    Todo ello convierte esta final en un acontecimiento que trasciende la propia Supercopa. Es un termómetro del momento actual del fútbol femenino español, una fotografía de dos proyectos que representan polos distintos pero cada vez más cercanos, y una oportunidad para seguir construyendo una rivalidad que ya no necesita justificaciones externas para ser considerada un clásico.

    Aquí no hay únicamente un título en juego. Hay reputación, memoria, futuro y un mensaje que quedará grabado en la temporada. El Barça persigue la continuidad de una era dorada, la confirmación de que su dominio no es circunstancial sino estructural. El Real Madrid busca el punto de inflexión, el día en que todo cambie y en que la palabra “todavía” deje de acompañar a su palmarés.

    Cuando el balón eche a rodar, todo lo anterior quedará suspendido durante noventa minutos —o los que sean necesarios—, pero nada desaparecerá del todo. Porque esta final ya se ha empezado a jugar mucho antes del pitido inicial, en la cabeza de las futbolistas, en la planificación de los entrenadores y en la expectativa de un público que sabe que está a punto de presenciar algo más que un partido. Está a punto de asistir a un nuevo capítulo de una historia que se escribe, precisamente, en noches como esta.

    La continuidad de esta previa exige adentrarse todavía más en las capas que sostienen este enfrentamiento, porque una final entre FC Barcelona y Real Madrid no se explica únicamente desde la coyuntura inmediata ni desde la alineación del día del partido. Se explica desde un proceso histórico reciente, desde una rivalidad que ha ido construyéndose casi a contrarreloj y desde la necesidad mutua de ambos clubes de legitimarse en el presente y proyectarse hacia el futuro del fútbol femenino europeo.

    El FC Barcelona llega a esta final con la serenidad de quien ha transitado este camino en innumerables ocasiones, pero también con la presión inherente a quien sabe que cada título ya no se celebra únicamente como una conquista, sino como una obligación. El barcelonismo femenino ha normalizado la excelencia hasta el punto de que cualquier desenlace que no sea levantar el trofeo se percibe como una anomalía. Esa normalización es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y el mayor riesgo del proyecto. Fortalecimiento, porque dota al equipo de una mentalidad ganadora inquebrantable; riesgo, porque cualquier fisura es amplificada por el contexto y por la expectativa externa.

    En este escenario, la ausencia de Aitana Bonmatí adquiere una dimensión casi simbólica. No es habitual que el Barça afronte una final de esta magnitud sin una de sus grandes referencias, y eso obliga a reinterpretar el relato. Ya no se trata solo de demostrar superioridad futbolística, sino de exhibir profundidad de plantilla, capacidad de adaptación y madurez competitiva. El mensaje implícito es claro: el FC Barcelona no depende de una sola futbolista, por determinante que sea, sino de una estructura colectiva que se ha ido puliendo durante años de exigencia máxima.

    Pere Romeu, en este sentido, representa una figura clave. Su gestión del grupo ha estado marcada por la continuidad de una idea heredada, pero también por la introducción de matices que buscan sostener el rendimiento en contextos cada vez más complejos. Esta final es, también, una prueba para su liderazgo en el banquillo azulgrana, porque las grandes finales no se deciden únicamente desde la pizarra, sino desde la capacidad de transmitir calma, convicción y claridad en los momentos de mayor tensión.

    El Real Madrid, en cambio, se presenta en esta cita desde un lugar emocional radicalmente distinto. Cada final disputada hasta ahora ha sido una experiencia de aprendizaje, una acumulación de frustraciones contenidas y de sensaciones a medio camino entre el orgullo por haber llegado y la decepción por no haber culminado. Esa mochila pesa, pero también empuja. Porque inaugurar el palmarés no es solo una meta deportiva; es un acto fundacional. Es el momento en que el proyecto deja de ser promesa para convertirse en realidad tangible.

    El recuerdo del triunfo en el Lluís Companys sigue funcionando como un anclaje psicológico poderoso. Aquella victoria no fue fruto del azar ni de un contexto excepcional, sino de un plan ejecutado con una precisión que sorprendió incluso a quienes mejor conocían al equipo blanco. Desde entonces, cada enfrentamiento con el Barça se afronta desde una lógica distinta: ya no se trata de resistir y esperar, sino de competir de tú a tú, de asumir riesgos y de creer en la propia capacidad para decidir el partido.

    Las bajas de Frohms y Tere Abelleira, sin embargo, introducen un elemento de incertidumbre que obliga al Real Madrid a reinventarse parcialmente. Frohms aporta seguridad bajo palos y experiencia en escenarios de máxima exigencia, mientras que Tere Abelleira es una pieza fundamental en la organización del juego, en la salida de balón y en la lectura táctica. Su ausencia obliga a redistribuir roles y a confiar en alternativas que, aunque preparadas, deberán demostrar su temple en una final de este calibre.

    El papel de Antonio Rodríguez en la semifinal, sustituyendo circunstancialmente a Pau Quesada, dejó una imagen significativa del espíritu del equipo. Su discurso fue el de alguien consciente de la excepcionalidad del momento, pero también de la necesidad de mantener los pies en el suelo. En una competición tan corta, tan concentrada, cada decisión adquiere un valor exponencial. No hay tiempo para reconstruirse tras un error; solo para reaccionar con rapidez y determinación.

    Esta final se mueve, además, en un terreno simbólico especialmente delicado. El Clásico femenino ha pasado en pocos años de ser una promesa a convertirse en una realidad consolidada, con audiencias, impacto mediático y una carga emocional comparable a la del fútbol masculino. Cada enfrentamiento alimenta una narrativa que ya no necesita ser justificada desde la comparación, sino que se sostiene por sí misma. Y en ese contexto, la Supercopa actúa como un escaparate privilegiado, un escenario donde el fútbol femenino español se presenta ante el mundo como un producto maduro, competitivo y profundamente atractivo.

    Desde el punto de vista táctico, el partido se anticipa como un duelo de ajustes constantes. El Barça buscará imponer su habitual dominio territorial, pero deberá hacerlo con especial cuidado en las transiciones defensivas, consciente de que el Real Madrid ha demostrado ser letal cuando encuentra espacios a la espalda de la presión. La gestión de los tiempos será clave: saber cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo asumir que el partido exige pragmatismo.

    El Real Madrid, por su parte, intentará repetir la fórmula que ya le dio éxito, pero con la dificultad añadida de que el factor sorpresa ha desaparecido. El Barça espera un rival valiente, agresivo y dispuesto a disputar la posesión. Eso obliga a las blancas a ser todavía más precisas, a minimizar errores no forzados y a aprovechar cada oportunidad con una eficacia casi quirúrgica.

    En el trasfondo de todo ello late una pregunta que nadie formula en voz alta, pero que todos intuyen: ¿estamos ante una final que puede marcar un antes y un después? Para el FC Barcelona, ganar supondría reafirmar una hegemonía que ya roza lo legendario y enviar un mensaje inequívoco de continuidad. Para el Real Madrid, levantar el trofeo significaría romper una barrera psicológica y abrir una nueva etapa en su historia reciente.

    El fútbol, en su esencia, se alimenta de estos momentos liminares, de estas fronteras entre lo que ha sido y lo que puede llegar a ser. Esta final de la Supercopa no es solo un partido; es un punto de inflexión potencial, un espacio donde el relato puede bifurcarse y donde cada gesto, cada decisión y cada gol tendrá un peso específico en la memoria colectiva.

    A medida que se acerca el pitido inicial, la sensación de inevitabilidad crece. Todo está dispuesto para que el escenario, los protagonistas y la historia confluyan en un mismo punto. El balón será el juez último, pero el contexto ya ha hecho su trabajo: ha cargado de significado cada metro del campo, cada camiseta y cada mirada cómplice entre compañeras.

    La Supercopa espera, el Clásico se prepara y el fútbol femenino español contiene la respiración, consciente de que, pase lo que pase, esta final no será una más. Y eso, precisamente, es lo que la convierte en épica.

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

  • Reportaje | El sueño blanco es una misión (im)posible

    (Fuente: RFEF)

    🟫 El conjunto blanco buscará en Castellón dar la sorpresa ante el subcampeón de Europa.

    En las horas previas a la última “batalla” entre Real Madrid y Barcelona se produjo el tradicional posado de las dos capitanas junto al trofeo de la Supercopa de España Iberdrola.

    En esta edición de 2026 que se disputa en el Estadio de Castalia, feudo donde, según David Menayo, de Marca, Mar Prieto, hizo historia con la Selección Española, Misa Rodríguez sostuvo la elástica merengue con una misión “imposible” entre manos.

    La arquera canaria sabe que el mejor club del siglo XX está ante una oportunidad única, tuvo dos y falló, (Copa de la Reina 2023 y Supercopa de España 2025) de hacer historia.

    Llegados a este punto la pregunta es casi obligatoria y es que este sábado, 24 de enero de 2026, quizá sea el
    día que el imposible empezó a resquebrajarse: ¿puede el Real Madrid Femenino vencer al Barcelona?

    Durante años, la pregunta ha flotado sobre el fútbol femenino español como una provocación retórica, casi como un desafío filosófico más que deportivo. ¿Puede el Real Madrid Femenino ganarle al Fútbol Club Barcelona? No empatarle. No competirle durante tramos. No resistirle con dignidad. Ganarle. Doblegarlo. Superarlo en el marcador y, con ello, alterar el orden natural que ha gobernado la élite del fútbol femenino europeo en la última década. La respuesta ya no pertenece al terreno de la utopía. Tampoco es aún una certeza. Se mueve en ese espacio intermedio donde nacen las grandes transformaciones: el de lo posible que exige valentía, estructura y tiempo.

    Desde que el Real Madrid decidió entrar en el fútbol femenino de élite —no como un gesto simbólico, sino como una apuesta estratégica—, la sombra del FC Barcelona ha sido tan alargada como inevitable. El Barça no solo ha dominado la Liga F; ha redefinido los estándares del fútbol femenino mundial. Ha ganado Champions, ha construido una identidad reconocible y ha convertido la excelencia en costumbre. Frente a eso, el Real Madrid inició su camino desde una posición incómoda: la del gigante que llega tarde a un banquete ya servido.

    Sin embargo, la historia del deporte no la escriben quienes llegan primero, sino quienes saben aprender más rápido. Y ahí es donde empieza a cambiar el relato.

    El Real Madrid Femenino no nació para ser un actor secundario. Tampoco para resignarse a la comparación constante. Su evolución ha sido más lenta de lo que muchos esperaban, pero también más sólida de lo que algunos reconocen. Y en ese crecimiento, silencioso pero constante, se esconden las claves que permiten plantear hoy, con rigor y sin ironía, la gran pregunta.

    ¿Puede ganar el Real Madrid Femenino al Fútbol Club Barcelona?
    La respuesta exige mirar atrás, analizar el presente y proyectar el futuro con honestidad.

    El dominio azulgrana no admite discusión. No es fruto de una generación puntual ni de una ventaja coyuntural. Es el resultado de una planificación iniciada mucho antes que la de sus competidores, basada en tres pilares irrefutables: cantera, modelo de juego y continuidad estructural.

    Mientras otros clubes aún debatían si el fútbol femenino debía profesionalizarse, el Barça ya había entendido que la profesionalización no era una meta, sino un punto de partida. La Masia femenina no solo ha producido talento; ha producido futbolistas con una comprensión del juego que va más allá de lo técnico. El Barça juega como piensa. Y piensa rápido.

    Ese dominio se ha traducido en resultados abrumadores. Goleadas repetidas al Real Madrid. Finales decididas antes del descanso. Partidos en los que la diferencia no estaba solo en el marcador, sino en la sensación de inevitabilidad. Durante varias temporadas, el Clásico femenino fue un ejercicio de resistencia para el Real Madrid y de reafirmación para el Barça.

    Pero el fútbol, incluso en sus etapas más desequilibradas, nunca es estático.

    El Real Madrid ha aprendido, a veces a golpes, que competir contra el Barça no consiste en imitarlo, sino en encontrar una identidad propia que reduzca la distancia sin traicionar su esencia. Y ese proceso ha sido más complejo de lo que muchos imaginaban.

    Construir un equipo femenino de élite no es solo fichar grandes nombres. Es crear una cultura competitiva, una red de captación, un entorno de confianza y una estructura técnica capaz de sostener el crecimiento. En ese sentido, el Real Madrid ha pasado de la improvisación inicial a una fase de consolidación que empieza a dar frutos.

    Hoy, el Real Madrid Femenino ya no es un equipo en construcción permanente. Es un proyecto en fase de madurez temprana.

    La diferencia con el Barça sigue siendo notable, pero ya no es abismal en todos los registros. Y eso, en el fútbol de alto nivel, es un cambio trascendental.

    Desde el punto de vista táctico, el enfrentamiento entre ambos equipos ha evolucionado de manera significativa. En los primeros Clásicos, el Real Madrid sufría especialmente en tres aspectos: la presión tras pérdida del Barça, la ocupación de los espacios interiores y la incapacidad para sostener la posesión bajo estrés.

    El Barça ahogaba al Real Madrid en campo propio, recuperaba rápido y atacaba con una fluidez que hacía inútil cualquier intento de repliegue pasivo. El resultado era una sensación constante de inferioridad, incluso antes de que el marcador se abriera.

    Con el paso de las temporadas, el Real Madrid ha empezado a corregir esos déficits. No los ha eliminado por completo, pero los ha mitigado con ajustes inteligentes.

    La mejora en la salida de balón ha sido uno de los avances más visibles. Donde antes había despejes precipitados, ahora hay intentos de progresión organizada. Donde antes el miedo al error paralizaba, ahora existe una mayor tolerancia al riesgo controlado.

    La medular del Real Madrid ha ganado en equilibrio. La presencia de centrocampistas con mayor capacidad física y lectura táctica ha permitido competir mejor los duelos y reducir la exposición en transiciones defensivas, uno de los grandes castigos históricos ante el Barça.

    En defensa, el equipo ha aprendido a bascular con mayor sincronización, a cerrar líneas de pase interiores y a asumir que defender al Barça implica aceptar fases largas sin balón, pero sin perder la estructura.

    Todo esto no garantiza la victoria. Pero sí crea el escenario mínimo indispensable para que la victoria sea posible.

    En el plano individual, la brecha también se ha estrechado. Durante años, el Barça contaba con varias futbolistas que, por sí solas, marcaban diferencias insalvables. Hoy sigue teniendo estrellas mundiales, pero el Real Madrid ha logrado reunir un núcleo de jugadoras capaces de competir al máximo nivel europeo.

    La portería ha ganado fiabilidad. La línea defensiva ha sumado experiencia internacional. El centro del campo ha encontrado perfiles complementarios. Y en ataque, el Real Madrid dispone de talento suficiente para castigar cualquier desajuste, incluso en un rival tan dominador como el Barça.

    La clave, sin embargo, no está solo en los nombres. Está en el rendimiento colectivo en los momentos críticos.

    El Barça ha construido su hegemonía sobre una premisa innegociable: juega igual gane por uno que por cinco. No se altera. No se acelera innecesariamente. No duda. Esa convicción, adquirida a base de títulos, es una ventaja psicológica enorme.

    El Real Madrid, en cambio, ha tenido que aprender a gestionar la frustración. A no descomponerse tras un gol encajado. A entender que competir no siempre implica dominar, pero sí resistir con inteligencia.

    En los Clásicos más recientes, se han visto señales claras de evolución. Tramos de partido en los que el Real Madrid ha logrado igualar la posesión, generar ocasiones claras y, sobre todo, mantenerse vivo hasta fases avanzadas del encuentro.

    Eso, frente al Barça, ya es una conquista y que el Real Madrid ya sabe lo que es vencerle lo hizo el pasado curso en Montjuic por 1-3 en un partido de la Liga F.

    El componente psicológico es, quizá, el último gran muro que debe derribar el Real Madrid . Porque el fútbol no se juega solo con las piernas, sino con la memoria.

    Durante mucho tiempo, el Clásico femenino ha estado condicionado por el recuerdo de derrotas abultadas. Ese recuerdo pesa. Se filtra en las decisiones, en la gestión del riesgo, en la confianza para ejecutar una acción decisiva.

    Romper esa inercia exige algo más que un buen planteamiento táctico. Exige un partido perfecto en lo emocional. Exige creer, incluso cuando el contexto invita a dudar.

    El día que el Real Madrid logre adelantarse en el marcador ante el Barça y sostener esa ventaja sin pánico, ese día el relato cambiará para siempre. No solo por el resultado, sino por lo que simboliza.

    Porque vencer al Barça no es solo ganar un partido. Es desactivar un mito y es incluso demostrar que la hegemonía, por muy sólida que parezca, no es eterna.

    El F.C. Barcelona y el Real Madrid son los protagonistas de la final de la Supercopa de España, que se está disputando desde el martes 20 hasta el sábado 24 de enero en Castellón. El equipo blanco viene de ganar por 3-1 al Atlético de Madrid y las culés por el mismo resultado al Athletic Club.

    Este año ha dado la casualidad que tanto los participantes como el sorteo han coincidido al cien por cien con el torneo masculino, que se disputó hace unos días en Arabia Saudí.

    Aunque las jugadoras se negaron, a través de la AFE (Asociación de Futbolistas Españoles), a disputar este torneo en un país que discrimina a la mujer. Ellas han jugado en Castellón y el FC Barcelona se ha plantado en otra final, esta vez contra en Real Madrid.

    FC Barcelona ha ganado el torneo en cinco de las seis ocasiones que se ha disputado y lo ha hecho con una goleada tras otra. La menor fue por 3-0 a la Real Sociedad en la temporada 2022-23, pero también la mayor por 10-1 en la 19-20. El Atlético de Madrid cayó por 7-0 en la 21-22, el Levante por el mismo resultado dos años después y la pasada temporada fue el Real Madrid el que sufrió una ‘manita’: 5-0, es una reedición de esa única vez que se ha dado un Clásico en la final. En total, cinco finales, cinco victorias, 32 goles a favor y solo uno en contra. Una auténtica barbaridad.

    El Barça, además, ha vencido en 21 de las 22 ocasiones que se ha enfrentado al Real Madrid, desde la creación de la sección femenina. Solo en la pasada temporada, en el Estadi Lluis Companys, las blancas lograron una victoria histórica por 1-3, como contábamos antes. El balance es demoledor: 82 goles de las culés y 11 de las merengues.

    La gran ausente de la convocatoria del Barça es Aitana Bonmatí, pero aun así es difícil destacar solo algunas jugadoras del equipo. Desde Cata Coll en la portería hasta las máximas goleadoras, la polaca Ewa Pajor, con 15, y Claudia Pina, con 14. Pero la lista es interminable: Mapi León, Vicky López, Alexia Putellas, Caroline Graham Jensen, Patri Guijarro, Irene Paredes, Ona Batlle… Es una constelación de estrellas que dirige de forma magistral Pere Romeu desde 2024, cuando pasó de ser asistente de Jonatan Giráldez a primer técnico.

    El Real Madrid tiene más peligro en la delantera, con las internacionales españolas Athenea del Castillo, Alba Redondo y Eva Navarro y la colombiana Linda Caicedo. También pueden aportar su criterio y llegada desde segunda línea la escocesa Caroline Weir y la alemana Sara Däbritz.

    La gran ausente sigue siendo Tere Abelleira, recuperándose de una lesión en el ligamento cruzado de la rodilla.

    El Comité Técnico de Árbitros ha confirmado que Eugenia Gil Soriano, colegiada gallega de 30 años, será la encargada de impartir justicia en la final de la Supercopa de España.

    tras haber dirigido la final de Copa de la Reina 2024 en La Romareda y la primera semifinal de esta misma Supercopa en Leganés. Su designación refuerza el compromiso del arbitraje femenino con la profesionalidad y el rigor en los partidos más exigentes del calendario.

    El equipo arbitral se completa con Silvia Fernández y Rita Cabañero como asistentes, mientras que Lorena Trujillano ejercerá de cuarta árbitra y Lorena Novas será la quinta. Todas ellas aportarán su experiencia para garantizar un encuentro justo y seguro.

    Barcelona y Real Madrid llegan a esta final tras una temporada intensa. El conjunto blaugrana defiende título y suma ya cinco Supercopas en su palmarés, mientras que el Real Madrid buscará dar la sorpresa tras el contundente 5-0 del año pasado. La cita promete emoción, calidad y máxima igualdad sobre el césped.

    La expectación es máxima para un clásico que sigue consolidando al fútbol femenino como referente de espectáculo y competitividad. Todo listo para una final donde el arbitraje también será protagonista.

    El esperado duelo entre Barcelona y Real Madrid se disputará este sábado a las 19:00, repitiendo el clásico que ya protagonizaron ambos equipos en la pasada edición.

    El encuentro entre el FC Barcelona y el Real Madrid, correspondiente a la final de la Supercopa de España femenina 2026, se emite en España en abierto a través de La 2 y Teledeporte.

    Por lo tanto, el partido se emitirá online, también de manera gratuita, en RTVE Play, la plataforma de streaming de la cadena pública.

    Sea como fuere, lo único cierto es que blancas y culés van a protagonizar la primera gran final la temporada 2025-2026 y la emoción embarga cada hogar en España, mientras que el tiempo será testigo de si el Madrid es capaz de lograr lo ‘imposible’ o si realmente el subcampeón de Europa sigue dominando la Supercopa de España, algo que hizo hace un año en Butarque.

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

  • Oficial | RTVE, comprometida con el deporte femenino

    (Fuente RFEF)

    ⬛️ RNE vibra con la Supercopa femenina: despliegue especial para la gran final Real Madrid-Barcelona en Castellón

    La Supercopa de España femenina la resolverá un clásico: Real Madrid-Barcelona. Será este sábado 24 de enero, a partir de las 19:00 horas, en el Estadio de Castalia (Castellón). RNE ha preparado un dispositivo especial para seguir esta gran final en directo enRadio Nacional y Radio Exterior, y que también se podrá ver en La 2 y RTVE Play.

    La Supercopa de España Iberdrola será la segunda final que enfrentará al Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona después de que el curso pasado este título se disputara en el Estadio Municipal de Butarque (Leganés) y a las blaugranas se llevasen el gato al agua amén a un contundente 5-0.

    Si Las blaugranas, que vencieron en semifinales al Athletic (3-1), buscarán en Castellón su sexto título y quinto consecutivo en la competición. Mientras, sus rivales merengues aspiran a conquistar el primer título en toda su historia después de imponer su ley por 3-1 al Atlético de Madrid en una eliminatoria que le acabó costando el puesto a Víctor Martín Alba al frente de las colchoneras.

    El área de Deportes de RNE ha realizado un despliegue como nunca para que sus oyentes no se pierdan ni un detalle de la edición XIII de la Supercopa, con seguimiento de los equipos protagonistas del torneo, emisión de las semifinales del martes y el miércoles, entrevistas, contenidos propios en las redes sociales de ‘Tablero Deportivo’… Y, este sábado, la gran final, con un gran programa especial desde Castellón.

    Hasta allí han viajado Silvia Verde, subdirectora de ‘Tablero Deportivo’, y Lucas García, encargado de narrar el encuentro.

    Junto a ellos en Castalia, Patricia Campos, jugadora y entrenadora que ya estuvo en los micrófonos de la cadena pública en las dos semifinales y también comentará la final.

    La 2 también emitirá en directo el encuentro, desde las 19:00 horas, con narración de Alicia Arévalo. Además, la segunda parte de la gran final se podrá seguir en simultáneo en La 2 y Teledeporte (que emite este sábado las semifinales de la Copa de la Reina de Voleibol), Asimismo, en RTVE.es, la sección de Deportes de RTVE Noticias seguirá el choque, con las últimas noticias y la crónica, y RTVE Play emitirá en directo el partido, rezaba la nota de prensa difundida desde Pozuelo de Alarcón.

    RTVE está potenciando desde hace meses la presencia del deporte femenino en sus canales, con una cobertura más equitativa y destacada. Un trabajo realizado por el área de Deportes, que se ha visto reflejado en un incremento de la retransmisión de pruebas deportivas protagonizadas por mujeres y un aumento del liderazgo de mujeres en sus puestos de responsabilidad, también en RNE y Deportes.

    🏆 Supercopa de España Iberdrola 2026

    ✨La final ✨

    🔥 Real Madrid 🆚 Fútbol Club Barcelona 🔥

    🗓️ Sábado, 24 de enero de 2026

    📺 La 2 de RTVE

    📻 RNE

    ⏰ 19:00 horario peninsular

    🏟️ SkyFi Castalia, Castellón

    Barcelona y Real Madrid, protagonistas de la final de la Supercopa femenina RTVE
  • Oficial | El Real Madrid ata a Lakrar

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🟫 La internacional gala es una fija en los esquemas de Pau Quesada con a 1.249 minutos jugados y será merengue dos cursos más.

    El Real Madrid Club de Fútbol se ha complacido en anunciar oficialmente que ha sido capaz de llegar a un acuerdo en firme con Maëlle Ourida Louisette Lakrar para ampliar su vínculo contractual.

    La operación se ha rubricado a tan solo 48 horas de que el mejor club del siglo XX afronte la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 en Castellón ante el Fútbol Club Barcelona.

    La futbolista natural de Orange se ha vinculado con la entidad que preside Florentino Pérez hasta el próximo 30 de junio de 2028, como mínimo.

    La canterana del Lyon (2015-2018) es internacional en categoría absoluta con Francia y fue subcampeona de la Nations League en la primera edición, cayendo en el partido por el titulo a manos de España en La Cartuja de Sevilla.

    Fichó por el Real Madrid el pasado 4 de julio de 2024 procedente del Montpellier Hérault y desde entonces se ha convertido en una heroína en Valdebebas.

    Maëlle es una central -aunque puede actuar también como pivote defensiva- de 170 centímetros de altura, con buena salida de balón y dominio del juego aéreo y ha firmado 5 dianas a la largo de 56 partidos de índole oficial, destacando por su precisión en los pases completados con éxito, léase, un 88% de ellos.

    La confirmación de la continuidad de la defensora se produce en un escenario inmejorable para el Real Madrid, inmerso en una dinámica competitiva muy positiva. El equipo afronta una nueva cita histórica tras sellar su pase a la final de la Supercopa de España, un éxito que refuerza la confianza colectiva. En este contexto, la entidad blanca continúa dando forma a su proyecto deportivo, consolidando una plantilla equilibrada que apuesta por el talento joven sin renunciar a la experiencia ni a una clara visión de futuro.

    A sus 25 años, la defensora francesa se ha consolidado como una pieza de peso dentro del vestuario, ejerciendo un liderazgo sereno pero constante que trasciende el terreno de juego. Su continuidad a medio plazo encaja plenamente en la hoja de ruta del Real Madrid, decidido a afianzar un proyecto con ambición de crecimiento sostenido y estabilidad estructural.

    Blindar a Lakrar supone asegurar una futbolista que aporta fiabilidad defensiva, jerarquía competitiva y una referencia sólida sobre la que seguir edificando el equipo.

    No obstante, aunque el club ha avanzado en esa línea con renovaciones estratégicas —como la de Linda Caicedo hasta 2031— y con decisiones de calado como otorgar ficha del primer equipo a Pau Comendador, la planificación deportiva aún tiene asuntos relevantes por resolver.

    Siguen abiertos los expedientes contractuales de Misa Rodríguez, Caroline Weir, Naomie Feller, Antônia Silva, Rocío Gálvez y Teresa Abelleira, nombres clave cuya situación marcará el alcance y la coherencia del proyecto blanco a medio y largo plazo.

  • Reportaje | Eva Navarro es la perla de Yecla

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬛️ La internacional española en categoría absoluta es campeona del Mundial de 2023 y dos veces ganadora de la Nations League.

    (Fuente: RFEF)

    Eva Navarro siempre ha sido una jugadora especial. Con un regate endiablado y un gran centro, entiende el juego y además tiene gol, unas características que la hacen única.

    (Fuente: Real Madrid)

    Eva María Navarro García nació en Yecla el 27 de enero de 2001 y, aunque el tiempo y la élite se hayan encargado de pulir su nombre hasta dejarlo en “Eva Navarro”, hay algo que no ha cambiado desde el primer día: la sensación de que cada vez que acelera con el balón pegado al pie está pasando algo importante. Hoy es jugadora del Real Madrid, internacional absoluta con España desde 2019, campeona del mundo en 2023, campeona de Europa y del mundo en categoría sub-17, campeona de la Copa de la Reina con el Atlético de Madrid en 2023 y, desde ahora, una de las protagonistas de la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026, a la que el Real Madrid se ha clasificado tras imponerse por 3-1 al Atlético de Madrid en Castellón en una semifinal cargada de simbolismo para ella. Pero para entender a Eva Navarro hay que ir mucho más atrás, a una carrera que no ha sido lineal, que ha convivido con la precocidad, con las expectativas desmedidas y con dos lesiones de ligamento cruzado que habrían detenido a muchas futbolistas y que, sin embargo, no han conseguido apagar su fútbol.

    Eva empezó jugando fútbol sala en Yecla, en el A.D. Albatros, un detalle que explica muchas cosas de su manera de relacionarse con el balón. El control orientado en espacios reducidos, la naturalidad para jugar de espaldas, la capacidad para girarse en un palmo y salir lanzada hacia adelante no son casualidad. Antes de llegar al fútbol federado pasó por equipos de empresa y más tarde por el Pinoso, donde estuvo tres temporadas y empezó a dejar claro que su talento iba muy por delante de su edad. En 2015 dio el salto al Sporting Plaza Argel y debutó en la temporada 2015-16 en Segunda División. Tenía apenas 14 años y ya competía contra jugadoras adultas, algo que marcaría su carrera desde muy pronto: Eva siempre ha jugado contra rivales mayores, más fuertes y más experimentadas, y eso la obligó a aprender rápido, a decidir rápido y a asumir responsabilidades antes de tiempo.

    En la temporada 2016-2017 pasó a formar parte del primer equipo del Sporting Plaza Argel. Aquel curso terminó con el campeonato de su grupo y una presencia en el play-off de ascenso que se truncó ante el Madrid Club de Fútbol Femenino. Un año después, en la 2017-18, la historia se repitió: campeonas de grupo y eliminación en el play-off, esta vez frente al Málaga CF.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Al finalizar esa temporada ya se hablaba de Eva Navarro como una de las grandes joyas del fútbol español. El Real Madrid, que aún no tenía sección femenina pero ya planificaba su desembarco, intentó su fichaje, aunque la operación se frustró por su inclusión en la lista de compensación por derechos formativos del Convenio Colectivo. Aquello, que podría haber sido un paso decisivo en su carrera, se pospuso varios años, aunque el destino terminaría llevándola a Chamartín más adelante.

    En 2018 fichó por el Levante UD y debutó en Primera División, un salto enorme para una futbolista que aún no había cumplido los 18 años. Su estreno llegó el 9 de septiembre de 2018 ante el Rayo Vallecano. En su primera temporada disputó 22 partidos, la mayoría como suplente, y marcó un único gol, pero un gol con carga simbólica: fue en el derbi valenciano disputado en Mestalla el 22 de abril de 2019, un escenario que no estaba al alcance de cualquiera y que para Eva supuso una presentación en sociedad a gran escala. Aquel Levante fue tercero en Liga y en la Copa de la Reina cayó en cuartos de final ante el Sevilla en la tanda de penaltis. Más allá de los números, lo importante fue la sensación de progresión constante y la confirmación de que podía competir en la élite. Su rendimiento le abrió la puerta de la selección absoluta, con la que debutaría ese mismo año.

    La temporada 2019-2020 fue, hasta ese momento, la mejor de su carrera a nivel de cifras. Marcó ocho goles en veinte partidos antes de que la competición se detuviera por la pandemia de la Covid-19. El Levante volvió a terminar tercero en Liga, cayó en octavos de Copa ante el Sevilla y fue eliminado en semifinales de la Supercopa por la Real Sociedad. Eva ya no era solo una promesa: era una realidad ofensiva, una jugadora capaz de marcar diferencias desde la banda, de atacar el espacio, de finalizar y de asistir. En la 2020-21 el Levante alcanzó la final de la Supercopa. Eva fue protagonista en la semifinal ante el EDF Logroño, dando el pase de la muerte en el primer gol y marcando el segundo en la victoria. En la final cayeron ante el Atlético de Madrid, pero su crecimiento parecía imparable. Hasta marzo de 2021.

    En ese mes sufrió la rotura del ligamento cruzado anterior. Había jugado 17 partidos y marcado tres goles cuando la lesión la apartó del campo durante meses. El Levante, que terminaría tercero de nuevo y se clasificaría para la Liga de Campeones, decidió renovarle el contrato a pesar de la gravedad de la lesión, una muestra de confianza en su talento y en su capacidad de recuperación. El equipo alcanzó la final de la Copa de la Reina, que perdió ante el FC Barcelona, con Eva todavía en proceso de rehabilitación. Regresó a los terrenos de juego en octubre de 2021, pero la mala fortuna volvió a golpearla en diciembre, cuando, tras disputar siete partidos, sufrió una recaída que la dejó de nuevo fuera de combate. Aquella segunda lesión fue un golpe durísimo. Tras cuatro temporadas en el club granota, acumuló 70 partidos y 14 goles, y el Levante terminó la Liga en sexta posición. Eva, mientras tanto, afrontaba el reto más complicado de su carrera: volver otra vez.

    En 2022 fichó por el Atlético de Madrid. El anuncio de su llegada vino acompañado de una descripción que la retrataba bien: velocidad, habilidad con el balón, uno contra uno, capacidad para jugar en cualquiera de las bandas. Llegaba tras un año sin jugar, con muchas dudas externas y con la necesidad de sentirse futbolista de nuevo. Su debut se produjo el 4 de diciembre de 2022 ante el Valencia CF, entrando desde el banquillo por Hanna Lundkvist en una victoria por 0-1.

    A partir de ahí empezó a ganar peso en el equipo, primero con Óscar Fernández y después con Manolo Cano. Marcó dos goles ante el Villarreal y otro ante el Sevilla, y la afición la eligió como mejor jugadora del equipo en enero de 2023, un reconocimiento que hablaba tanto de su rendimiento como de la conexión emocional con la grada tras todo lo vivido.

    La temporada 2023-2024 fue la de su consolidación en el Atlético. Fue titular, tuvo una buena primera vuelta y, aunque su impacto disminuyó en la segunda, terminó siendo decisiva. El equipo cayó en semifinales de la Supercopa en enero y vivió un mes de febrero complicado, con malos resultados en Liga que lo alejaron de los puestos de cabeza.

    Tras la eliminación copera y un nuevo tropiezo liguero, Manolo Cano fue destituido y el segundo entrenador, Arturo Ruiz, asumió el cargo. El Atlético encadenó varias victorias y logró el objetivo de clasificarse para la Liga de Campeones al terminar tercero. Eva marcó un gol decisivo en la penúltima jornada y fue la máxima asistente del equipo, con ocho pases de gol, un dato que refleja su evolución hacia una futbolista más completa, menos obsesionada con el gol y más influyente en el juego colectivo.

    Paralelamente, su trayectoria con la selección española ha sido tan extensa como brillante. Debutó con la sub-17 con solo 15 años en el Europeo de 2016, participando como suplente ante Alemania y sumando minutos ante Italia.

    España terminó subcampeona tras caer en los penaltis ante Alemania. En el Mundial sub-17 de 2016 debutó como suplente ante Jordania, fue titular ante Nueva Zelanda y marcó su primer gol saliendo desde el banquillo contra México. Volvió a marcar en cuartos ante Alemania y fue elegida mejor jugadora del partido por el tercer puesto, en el que abrió el marcador y dio una asistencia ante Venezuela para lograr la medalla de bronce.

    En el Europeo sub-17 de 2017 fue una de las jugadoras clave. Asistió en la Ronda Élite, marcó en la fase final, volvió a sufrir una derrota en los penaltis ante Alemania en la final y se clasificó para el Mundial de ese mismo año. En 2018 alcanzó el cénit en la categoría: marcó goles, dio asistencias, fue decisiva en semifinales y firmó dos goles en la final ante Alemania para proclamarse campeona de Europa. Fue incluida en el Equipo del Torneo, terminó como segunda máxima goleadora y uno de sus goles fue elegido posteriormente como el tercer mejor de la temporada por la UEFA.

    Ese mismo verano debutó con la sub-20 en el Mundial de 2018. Asistió ante Paraguay, fue alternando titularidades y suplencias y disputó la final ante Japón, que España perdió por 3-1. También participó en el Mundial sub-17 de Uruguay, donde capitaneó a la selección y fue campeona del mundo.

    Marcó, asistió, lideró desde el brazalete y volvió a demostrar una madurez impropia de su edad.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En 2019 debutó con la sub-19 y fue importante en la clasificación para el Europeo. Ese mismo año, el 17 de mayo, debutó con la selección absoluta en un amistoso ante Camerún, sustituyendo a Alba Redondo. Desde entonces su camino con la absoluta ha estado marcado por la intermitencia, condicionada por las lesiones, pero también por momentos clave. Marcó en partidos de clasificación, volvió tras largas recuperaciones y, en 2023, regresó a una convocatoria absoluta a pocos meses del Mundial tras rendir a buen nivel con el Atlético de Madrid.

    Fue incluida en la lista definitiva para el Mundial de Australia y Nueva Zelanda. No jugó el primer partido, debutó en el segundo ante Zambia y dio dos asistencias que ayudaron a sellar el liderato del grupo. Tuvo minutos en octavos, cuartos y semifinales, y aunque no jugó la final, formó parte del grupo que conquistó el primer Mundial de la historia del fútbol femenino español. Un título que resume bien su carrera: no siempre en el foco, pero siempre sumando.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Ahora, ya como jugadora del Real Madrid, Eva Navarro afronta una nueva etapa. El club blanco ha logrado la clasificación para la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 tras vencer por 3-1 al Atlético de Madrid en Castellón, un partido con una fuerte carga emocional para ella, enfrentándose a su pasado reciente. Eva llega a esa final como una futbolista más madura, más completa y con una comprensión del juego mucho más profunda que la de aquella adolescente que deslumbraba en Segunda División.

    El scouting de Eva Navarro dibuja a una atacante de perfil vertical, especialista en el uno contra uno, con una arrancada potente y una zancada larga que le permite ganar metros con facilidad. Puede jugar en ambas bandas, aunque se siente especialmente cómoda partiendo desde la izquierda para perfilarse hacia dentro.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Tiene buen golpeo con ambas piernas, es capaz de finalizar desde media distancia y ha mejorado notablemente su toma de decisiones en el último tercio. No es una extrema clásica de centrar constantemente: le gusta conducir, atraer rivales y filtrar el último pase. Defensivamente ha crecido en compromiso táctico, entiende mejor cuándo replegar y cuándo saltar a la presión. Su principal virtud sigue siendo la capacidad para desequilibrar en escenarios de máxima exigencia, algo que se aprecia especialmente en partidos grandes.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En su palmarés figuran el Mundial absoluto de 2023, el Mundial sub-17, el Europeo sub-17, la Copa de la Reina 2023 con el Atlético de Madrid, varios subcampeonatos europeos en categorías inferiores y ahora la posibilidad de sumar un nuevo título con el Real Madrid en la Supercopa. Eva Navarro es, en definitiva, una futbolista marcada por la resiliencia, por la capacidad de levantarse y por un talento que, pese a los obstáculos, siempre encuentra la manera de volver a aparecer.

    En Castellón dio un paso más hacia un presente que empieza a parecerse mucho al futuro que se le auguraba cuando todo comenzó en una pista de fútbol sala en Yecla.

    (Fuente: RFEF)
  • La crónica | El Real Madrid pasa a la final de la Supercopa de España en Castellón

    (Fuente: RFEF)

    ◼️Al Real Madrid le bastaron 20 minutos arrolladores para golear y sentenciar el derbi de semifinales de la Supercopa por 3-1. Athenea, Weir y Linda fueron las autoras de los tres tantos de las madridistas para doblegar a un Atlético en crisis.

    La previa |

    (Fuente: Getty imágenes)

    Castellón se prepara para convertirse en el epicentro del fútbol femenino español, donde este fin de semana se disputará la primera semifinal de la Supercopa de España Iberdrola 2026, un derbi capitalino que promete emociones al límite y un espectáculo que trasciende el mero resultado. Real Madrid y Atlético de Madrid se enfrentan en un choque que entrega al vencedor un pasaporte directo a la gran final, un duelo que combina rivalidad histórica, intensidad táctica y la presencia de algunas de las jugadoras más destacadas de la Liga F Moeve.

    El estadio se engalana para recibir a dos equipos que, pese a compartir ciudad y ambición, representan filosofías de juego opuestas: el Real Madrid apuesta por la posesión, la amplitud y la construcción desde atrás, mientras que el Atlético mantiene su ADN caracterizado por presión alta, intensidad en la recuperación y transiciones veloces que han definido su éxito en la última década. La tensión es palpable en cada entrenamiento, en cada declaración de las protagonistas y en la expectativa de una afición que conoce de memoria la pasión de estos enfrentamientos.

    Históricamente, los derbis madrileños femeninos han ofrecido partidos intensos, donde cada acción puede definir el resultado. Desde que el Real Madrid consolidó su proyecto femenino de élite en 2020, los choques con el Atlético se han convertido en auténticas pruebas de carácter y táctica. 

    En los últimos cinco enfrentamientos directos, los resultados se han repartido entre ambos equipos, aunque el Atlético ha logrado imponerse en momentos decisivos, sobre todo en semifinales de Copa de la Reina y jornadas clave de Liga F, donde su solidez defensiva y efectividad en transiciones rápidas marcaron la diferencia.

    Los precedentes históricos entre ambos equipos, que son enemigos irreconciliables, son favorables para los intereses rojiblancos amén de seis victorias, cuatro empates y cuatro derrotas en los catorce derbis anteriores.

    Sin embargo, el Real Madrid ha demostrado que la calidad individual de jugadoras como Linda Caicedo, Caroline Weir y Sara Däbritz es capaz de romper cualquier esquema defensivo con combinaciones rápidas, movimientos entre líneas y precisión en los metros finales.

    Este derbi, más allá de la supremacía local, representa un pulso entre proyectos distintos: el Real Madrid en consolidación, con inversión y planificación a largo plazo, frente al Atlético, que ha mantenido un modelo ganador que combina veteranía, juventud y resultados constantes en finales y semifinales. 

    El Real Madrid llega a Castellón con un bloque equilibrado, donde la seguridad en portería de Misa Rodríguez, líder y capitana del equipo, será fundamental para contener la verticalidad y rapidez del Atlético. En defensa, jugadoras como Maëlle Lakrar, María Méndez y Yasmim formarán un muro que deberá soportar las internadas veloces de Luany Da Silva Fiamma Benítez, mientras que Bella Andersson aportará velocidad y capacidad de anticipación en la cobertura lateral. El mediocampo es uno de los puntos fuertes del equipo, con Sandie Toletti y Sara Däbritz coordinando la salida de balón, gestionando la presión rival y conectando con las delanteras. Hanna Bennison y Filippa Angeldahl equilibran recuperación y apoyo ofensivo, permitiendo que la línea de ataque pueda desplegarse con libertad.

    En la delantera, Linda Caicedo es la referencia de velocidad y desequilibrio, capaz de generar superioridad en uno contra uno, mientras que Caroline Weir aporta visión de juego y capacidad de remate desde fuera del área, complementando la amenaza de Signe Bruun, que llega en plena recuperación de su lesión, y Eva Navarro, especialista en desequilibrar a la defensa con movimientos inteligentes,

    Por su parte, el Atlético de Madrid confía en su experiencia y cohesión de grupo para imponerse en un duelo donde la intensidad física será clave. Lola Gallardo, capitana y guardameta, será la garantía defensiva, ofreciendo seguridad y liderazgo a todo el bloque. La defensa combina experiencia y juventud, con Andrea Medina, Lauren Leal, Xènia Pérez y Silvia Lloris formando un muro difícil de superar, mientras que Rosa Otermín aporta salida limpia por el lateral. En el centro del campo, Vilde Bøe Risa y Júlia Bartel equilibran control de juego y capacidad ofensiva, imponiendo el ritmo del partido y generando transiciones rápidas hacia el ataque. La línea ofensiva, encabezada por Luany Da Silva , Fiamma Benítez y Amaiur Sarriegi, representa un constante peligro, complementada por la desequilibrante Jensen por banda, capaz de generar superioridad numérica y asistir en los momentos decisivos.

    La experiencia de Víctor Martín, entrenador del Atlético, garantiza un planteamiento sólido que combina orden táctico, presión coordinada y lectura de los momentos clave del derbi.

    Tácticamente, el choque se presenta como un duelo de contrastes. El Atlético buscará imponer su presión alta y recuperación inmediata, intentando explotar cualquier pérdida de balón madridista. Las transiciones rápidas serán fundamentales, con el objetivo de sorprender a la defensa blanca antes de que se reorganice. 

    Por su parte, el Real Madrid intentará controlar la posesión, mover el balón con criterio, abrir espacios y aprovechar la movilidad de sus delanteras para desarmar la presión rival. Las bandas serán escenario de constantes batallas: Caicedo y Weir frente a Maca Portales y Amaiur Sarriegi, donde cada acción puede abrir el camino hacia el gol. La defensa de áreas y la capacidad de concentración de porteras y centrales serán determinantes: un solo error puede cambiar el destino del derbi y definir qué equipo avanza a la final.

    El aspecto psicológico también jugará un papel importante. Ambos equipos han demostrado fortaleza mental en instancias decisivas. La capacidad de mantener la calma bajo presión, la resiliencia tras un gol en contra y la gestión de momentos de tensión marcarán la diferencia. La historia reciente muestra que los derbis madrileños suelen resolverse en detalles: jugadas a balón parado, errores individuales o decisiones tácticas puntuales. La lectura del juego y la capacidad de adaptación de cada entrenadora serán decisivas. El Real Madrid, con su enfoque en posesión y combinaciones rápidas, deberá equilibrar creatividad con disciplina defensiva.

    El Atlético, con su intensidad y solidez táctica, buscará aprovechar cada contragolpe y dominar el ritmo del partido.

    repercusión mediática y el seguimiento de aficionados añade un componente extra de presión y espectáculo. Redes sociales, medios de comunicación y la expectación de la Liga F Moeve convierten a Castellón en un escenario donde cada jugada se analiza y cada gol se celebra con intensidad. Las declaraciones previas de las protagonistas subrayan la motivación máxima: Amaiur Sarriegi destaca la importancia de mantener el orden táctico, mientras que Linda Caicedo resalta la necesidad de imponer su juego ofensivo y aprovechar las oportunidades que surjan. 

    Cada entrenadora ha estudiado al detalle al rival, buscando debilidades y maximizando fortalezas para un partido que promete ser recordado como un clásico moderno del fútbol femenino español.

    En conclusión, este derbi de semifinal de la Supercopa de España Iberdrola no es solo un partido; es un choque de estilos, una confrontación de proyectos y un espectáculo de fútbol de alto nivel. Real Madrid y Atlético de Madrid se juegan más que un pase a la final: se juegan prestigio, rivalidad y la posibilidad de consolidar sus nombres en la historia reciente del fútbol femenino. Con plantillas equilibradas, figuras capaces de cambiar el destino del encuentro y tácticas que prometen tensión en cada metro del campo, Castellón se prepara para un domingo inolvidable donde la pasión, la técnica y la estrategia se funden en un derbi que marcará el rumbo de la Supercopa 2026.

    Y cuando el balón eche a rodar en Castellón, ya no habrá espacio para la teoría ni para la estadística.

    Todo quedará reducido a noventa minutos —o quizá más— en los que el orgullo de dos escudos, la ambición de dos proyectos y el carácter de dos vestuarios se pondrán a prueba sin red.

    El Real Madrid saltará al césped con la convicción de quien quiere escribir su nombre con letras definitivas en la historia de las grandes noches, decidido a imponer su juego, su talento y su identidad. El Atlético de Madrid lo hará con la mirada de quien conoce este terreno, de quien ha sobrevivido a finales, a derrotas y a conquistas, y sabe que los títulos no se piden: se arrancan.

    Será entonces cuando cada carrera de Linda Caicedo, cada golpeo de Caroline Weir, cada parada de Misa Rodríguez o cada orden de Lola Gallardo desde el área cobren un significado mayor que el propio partido.

    ocasión clara y el rugido tras un gol recuerden por qué el fútbol femenino español vive uno de los momentos más apasionantes de su historia. En Castellón no se jugará solo una semifinal; se disputará un capítulo más de un derbi que ya es patrimonio emocional del fútbol nacional.

    Al final, solo una avanzará hacia la gran final de la Supercopa de España Iberdrola. La otra tendrá que asumir que incluso en la derrota se forjan los equipos que regresan más fuertes. Pero pase lo que pase, este Real Madrid-Atlético de Madrid ya ha ganado su sitio en la memoria: como un duelo de máxima exigencia, de talento desbordado y de emociones sin concesiones.

    (Fuente: “Liga F Moeve)

    El duelo en detalle |

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    Los onces |

    Once inicial:
    • 1. Lola (C)
    • 3. Medina
    • 4. Lauren
    • 6. Vilde
    • 7. Synne
    • 15. Silvia
    • 17. Júlia
    • 20. Amaiur
    • 21. Fiamma
    • 22. Luany
    • 23. Alexia

    Entrenador: Víctor Martín

    (Fuente: Getty imágenes)

    La Supercopa de España Femenina abre fuego en Castellón con un clásico moderno: Real Madrid y Atlético se miden por un puesto en la final

    Castellón acoge la Semifinal 1 de la Supercopa de España Femenina, una cita que enfrenta a Real Madrid y Atlético de Madrid en un duelo de máxima exigencia, cargado de talento internacional, identidad competitiva y un trasfondo histórico que sigue escribiéndose temporada tras temporada.

    El torneo, organizado por la RFEF y patrocinado por Iberdrola, vuelve a situar al fútbol femenino español en el primer plano mediático con un escenario neutral y una eliminatoria directa que no admite margen de error.

    El Real Madrid, talento y control desde la posesión

    El conjunto blanco comparece con Misa Rodríguez como capitana y líder bajo palos, respaldada por una estructura sólida en defensa y una medular de enorme jerarquía. Däbritz, Weir y Angeldahl marcan el pulso del juego interior, mientras que el desborde y la profundidad llegan por fuera con Athenea y Eva Navarro. En punta, Alba Redondo asume la responsabilidad ofensiva.

    Once inicial del Real Madrid:
    Misa (C); Athenea, Däbritz, Weir, Redondo, M. Méndez, Angeldahl, Linda C., Eva Navarro, Holmgaard y Lakrar.
    Entrenador: Antonio Rodríguez.

    El plan blanco pasa por dominar el balón, imponer ritmo y castigar entre líneas, con especial atención a las llegadas desde segunda línea y a la capacidad asociativa de su tridente creativo.

    El Atlético de Madrid, identidad competitiva y presión alta

    El Atlético afronta la semifinal fiel a su ADN: intensidad, orden y verticalidad. Lola Gallardo, capitana y referente, lidera a un equipo equilibrado que combina juventud y experiencia. En el centro del campo, Silvia y Júlia sostienen al equipo, mientras que el talento ofensivo se reparte entre Amaiur, Fiamma y Luany, con Alexia completando el frente de ataque.

    Once inicial del Atlético de Madrid:
    Lola (C); Medina, Lauren, Vilde, Synne, Silvia, Júlia, Amaiur, Fiamma, Luany y Alexia.
    Entrenador: Víctor Martín.

    El conjunto rojiblanco apuesta por un bloque compacto, presión tras pérdida y transiciones rápidas, buscando hacer daño a campo abierto y aprovechar cualquier desajuste defensivo del rival.

    Un duelo con aroma a título

    Real Madrid y Atlético de Madrid se reencuentran en un contexto de máxima presión, con una final en juego y el prestigio de levantar el primer título del año. Dos estilos, dos proyectos y una misma ambición: conquistar Castellón y avanzar hacia la Supercopa.

    (Fuente: RFEF)

    El escenario está listo. El balón, preparado. Y el fútbol femenino español, una vez más, en el centro de todas las miradas

    El Real Madrid salía con el mejor equipo que podía disponer el técnico. Misa protegía la portería, escoltada por la línea de cuatro que formaban Holmgaard y Navarro en los laterales y Méndez y Lakrar en el eje. Dabritz aparecía en el centro del campo junto a Angeldahl, que volvía al once como Weir. Athenea caía a una banda, a la otra lo hacía Linda y en punta aparecía Redondo.

    Y las blancas dominaron desde el primer momento. De hecho, Athenea no tardó en batir a Lola Gallardo para abrir la lata con el 1-0 en el minuto 6 de juego, empezaba muy bien el partido para las merengues.

    La exjugadora del Deportivo estaba en racha después de haberle hecho un doblete al Levante Unión Deportiva en Orriols.

    Habría más. El Atlético había salido dispuesto a dominar y a combinar. Se equivocaron claramente. De un error al intentar jugar el balón atrás llegó el primero y, de la misma forma, tras un saque de banda, llegó el segundo. Se quedó largo el pase y lo aprovechó Weir a la carrera, anticipándose a una Gallardo que salió de su área, para marcar a portería vacía para así duplicar la renta hasta el 2-0 antes del primer cuarto de hora.

    no tardaría en llegar el tercero. Faltaba Linda Caicedo por aparecer. Arrancó desde su campo, condujo sin oposición por el carril central y, desde unos 25 metros, la pegó. No fue un disparo muy potente, ni muy alto. Sí que buscó el palo y el esférico botó delante de Lola, que no pudo atraparlo y vio con impotencia con el 3-0 llegaba en el 18 y antes del ecuador de la primets mitad ya estaba todo prácticamente hecho para las de Valdebebas.

    El Atlético estaba prácticamente en la lona, pues nada salía bien ante la desesperación de Víctor Martín.

    Luany aprovechó un impás médico (la atención de su compañera Bøe Risa) para llamar al resto de su equipo, hacer un círculo en el centro del campo y pedir más. Más intensidad, más compromiso, más competitividad. El aguacero que estaba cayendo en Castellón en ese momento no era nada comparado con el baño que le estaba dando el rival tanto en lo físico como en lo táctico, pero en el tramo final de la primera parte llegó la reacción visitante.

    El Atlético lo intentó con más corazón que con cabeza, una fórmula que deja demasiado al azar y que muchas veces acaba mal. En esta ocasión lo que provocó es que aumentara la vehemencia del choque, llevando los duelos y encontronazos muchas veces al límite, con jugadoras calentándose en exceso y dejando el fútbol en un segundo plano.

    El equipo dirigido por Víctor Martín logró irse al descanso liderando la posesión (60%), una estadística inocua cuando no va acompañada de la salsa de gol. Amaiur lo rozó en dos ocasiones, una estrellando su disparo en el lateral de la red y otro topándose con una imponente Méndez, cada vez más líder de la defensa —y del equipo—. La última de la primera parte fue de Fiamma, que tras una buena internada de Luany por banda derecha ganando la espalda a Holmgaard, resolvió la jugada con un disparo que rozó la madera. Ni los dos minutos de añadido dieron pie para que el Atlético recortara distancias y se metiera en la lucha por la semifinal y el escenario tenía un nuevo decorad, sin lugar a dudas.

    Las 22 protagonistas ganaron el túnel de vestuarios con una cómoda renta para el Real Madrid, pero el Atleti quiso vender cara su piel y eso le puso cierta dosis de emoción al segundo tiempo en Castellón.

    La incorporación al escenario de Feller y Menayo. Misa, que jugaba su partido 200 con el Real Madrid, sacó un derechazo de Bøe Risa con un vuelo sin motor y el palo repelió un remate de Caicedo tras una excelsa jugada por el carril zurdo donde volvió a desdibujar a Alexia.

    El arbitraje tuvo su dosis de protagonismo, pues Paola Cebollada acudió al FSV para revisar una posible manos de Lloris dentro del área que entendió que no eran susceptibles de sanción; y una posible tarjeta roja para Feller que se quedó en amarilla.

    El pasar del tiempo permitió al banquillo blanco dosificar esfuerzos y comenzar a preparar la final. Antonio dio descanso a Weir, Alba, Athenea y Holmgaard, probó a Feller de ‘9’ y dio minutos a Sheila García, ex del Atlético de Madrid, como extremo.

    La incombustible fue Caicedo, que siguió intentándolo cada vez que agarró el esférico en línea de tres cuartos. La colombiana lo probó con la izquierda y con la derecha, por dentro y por fuera y, aunque estuvo cerca, no logró ampliar su cuenta individual.

    A falta de 20 minutos para el final, el Atlético animó el partido. Luany, que no cesó en su empeño, recortó distancias en una jugada individual en la que recortó a Irune dentro del área y definió ante Misa con un toque con el exterior de su bota zurda en una acción de gran calidad de la exjugadora del Madrid CFF que sirvió para instalar el 3-1 definitivo en el luminoso sobre el 72 de juego.

    A partir de ese instante final, cuando el reloj ya había consumido cada segundo posible y el murmullo del estadio comenzaba a transformarse en un ruido espeso, casi solemne, el partido quedó definitivamente sellado en la memoria colectiva. No hubo más sustituciones, no hubo más interrupciones, no hubo margen para un último giro de guion. El césped de la Supercopa de España femenina Iberdrola quedó marcado por las huellas de un encuentro que fue mucho más que una semifinal: fue una declaración de intenciones, un examen emocional y competitivo, y una frontera clara entre el presente inmediato y el futuro que aguarda a ambos proyectos.

    El Real Madrid, firme, resiliente, consciente de la magnitud del momento, resistió los últimos envites de un Atlético de Madrid herido, empujado más por el orgullo que por la claridad futbolística. El pitido final no solo confirmó un resultado; confirmó un estado. Confirmó que el conjunto blanco está preparado para mirar de frente a la historia y pelear por el primer gran título de su sección femenina. Confirmó también que el Atlético, pese a su tradición, su carácter competitivo y su innegable talento, deberá detenerse, analizarse y reconstruirse desde la autocrítica para no permitir que esta eliminación se convierta en una herida estructural.

    Cuando la colegiada señaló el final del encuentro, el silencio duró apenas una fracción de segundo. Después, el estallido. Las jugadoras del Real Madrid se abrazaron en el centro del campo con una mezcla de alivio, emoción contenida y ambición renovada. No era una celebración desbordada; era una celebración consciente. Cada gesto, cada mirada, transmitía la sensación de que este equipo sabe exactamente dónde está y hacia dónde quiere ir.

    Para el Atlético de Madrid, en cambio, el final fue un golpe seco. Algunas futbolistas se quedaron inmóviles, mirando al vacío. Otras se llevaron las manos a la cara. No había lágrimas exageradas ni dramatismos impostados, pero sí un dolor profundo, el que nace de sentir que se ha escapado una oportunidad importante y de saber que el margen de reacción, a partir de ahora, será mínimo.

    La Supercopa no concede treguas. Es un torneo corto, intenso, cruel en su formato, donde cada error se magnifica y cada acierto se convierte en oro puro. Y en ese contexto, el Real Madrid fue más certero, más sólido en los momentos clave y, sobre todo, más fiel a su plan.

    pase a la final de la Supercopa de España femenina Iberdrola no es un simple trámite para el Real Madrid. Es un paso más en un proceso que, temporada tras temporada, ha ido construyendo una identidad reconocible. Este equipo ya no vive únicamente de la comparación constante con otros gigantes del fútbol femenino español; empieza a escribir su propio relato.

    La posibilidad de levantar su primera Supercopa supone un punto de inflexión. No solo por el trofeo en sí, sino por lo que simboliza: la confirmación de que el proyecto ha madurado, de que el crecimiento no es solo estructural o institucional, sino competitivo y emocional. Llegar a una final implica saber gestionar la presión, convivir con la exigencia y responder cuando el partido lo pide.

    El Real Madrid sabe que enfrente tendrá a un rival de máxima entidad. Athletic Club o FC Barcelona, dos equipos con identidades muy definidas y con una trayectoria contrastada en este tipo de escenarios. No habrá concesiones, no habrá favoritismos claros. La final será una batalla de estilos, de convicciones y de detalles.

    Pero si algo ha demostrado este Real Madrid es que no rehúye ese tipo de partidos. Los busca. Los necesita. Los entiende como el escenario natural para seguir creciendo.

    La Supercopa de España femenina se ha convertido, en apenas unos años, en un escaparate privilegiado del fútbol femenino nacional. No es solo un título; es una narrativa condensada del estado de la competición. Cada edición deja imágenes, debates, emociones y certezas que acompañan al aficionado durante toda la temporada.

    La final que se avecina no será una excepción. Será, de nuevo, una oportunidad para reivindicar el talento, la intensidad y la calidad del fútbol femenino español. Será una invitación abierta a seguir mirando, a seguir apoyando, a seguir creyendo en una competición que no deja de crecer en impacto, nivel y relevancia mediática.

    El Real Madrid llega con hambre de historia. Athletic Club y FC Barcelona, con la autoridad que les concede su pasado reciente. Tres maneras distintas de entender el juego, tres culturas futbolísticas, un mismo objetivo: levantar un título que ya es parte esencial del calendario.

    Para el Atlético de Madrid, esta eliminación no puede quedarse únicamente en el terreno de la decepción momentánea. Es un punto de inflexión que exige reflexión profunda. El club rojiblanco ha construido, durante años, una identidad basada en la competitividad extrema, la intensidad emocional y la capacidad de resistencia. Sin embargo, el fútbol evoluciona, y con él las exigencias tácticas, físicas y mentales.

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    La Supercopa ha dejado al descubierto áreas de mejora evidentes. Ajustes defensivos, mayor fluidez en la circulación, mejor gestión de los momentos de partido y, sobre todo, una mayor capacidad para transformar el dominio territorial en ocasiones claras. No se trata de cuestionar el proyecto, sino de entender que el margen de error, en el fútbol de élite actual, es cada vez más estrecho.

    El Atlético tiene talento, tiene experiencia y tiene una base sólida. Pero necesitará utilizar estos próximos días como un laboratorio de corrección y crecimiento. No hay tiempo para lamentaciones prolongadas; el calendario aprieta y la exigencia no espera.

    horizonte inmediato ya está marcado en rojo. El próximo 31 de enero de 2026, a las 18:00 (horario peninsular), el Atlético de Madrid volverá a competir en la Primera División Femenina. Lo hará ante el Granada Club de Fútbol, en Alcalá de Henares, en un encuentro que será mucho más que una jornada liguera.

    Ese partido representará el inicio de una nueva etapa tras el golpe de la Supercopa. Será una prueba de carácter, de capacidad de reacción y de madurez competitiva. El Atlético no solo deberá sumar puntos; deberá enviar un mensaje. A sí mismo y al resto de la competición.

    El Granada, por su parte, no será un rival complaciente. Cada temporada en la élite es una lucha constante, y cualquier concesión se paga caro. El Atlético necesitará llegar con las ideas claras, con un plan definido y con la convicción de que este tropiezo no define su temporada, sino que puede convertirse en el impulso necesario para crecer.

    de los grandes aprendizajes que deja esta semifinal es que el fútbol no se mide únicamente en resultados inmediatos. Se mide en procesos, en trayectorias, en la capacidad de aprender de las derrotas y de gestionar las victorias con humildad. El Real Madrid ha sabido aprovechar su momento. El Atlético debe aprender del suyo.

    Ambos equipos, desde realidades distintas, forman parte de un ecosistema competitivo que enriquece a la Primera División Femenina y al fútbol español en su conjunto. Cada enfrentamiento entre ellos eleva el nivel, exige más y deja enseñanzas que trascienden el marcador.

    La Supercopa actúa, en ese sentido, como un espejo acelerado. Muestra virtudes y carencias sin filtros, obliga a reaccionar y marca tendencias que se prolongan durante el curso.

    Para el espectador, para quien sigue el fútbol femenino con pasión y compromiso, este desenlace no es un punto final. Es un punto y seguido. La Supercopa de España femenina Iberdrola continúa, y lo hace con una final que promete emociones, intensidad y fútbol de alto nivel.

    Seguir disfrutando de este torneo es seguir apostando por una competición que no deja de ofrecer relatos potentes, partidos vibrantes y protagonistas que merecen cada foco mediático que reciben. Es entender que cada edición suma un capítulo más a una historia colectiva que se está escribiendo a gran velocidad.

    La final será el escenario perfecto para confirmar todo lo que esta Supercopa representa: ambición, crecimiento, rivalidad sana y un compromiso absoluto con la excelencia deportiva.

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    La noche se cerró con luces que se apagaban lentamente, con conversaciones que continuaban en las gradas y con análisis que ya empezaban a tomar forma. El Real Madrid se marchó con la certeza de haber dado un paso decisivo. El Atlético, con la obligación de mirar hacia dentro y reconstruirse desde la exigencia.

    Así es el fútbol. Así es la Supercopa. Un escenario donde no hay espacio para la indiferencia, donde cada partido deja cicatrices o trofeos, y donde el futuro se construye, partido a partido, a partir de lo que se aprende en noches como esta.

    El camino sigue, la final espera e incluso la La Liga F Moeve llama y el conjunto rojiblanco aún tiene mucho que decir.

    Y el fútbol femenino español, una vez más, demuestra que está muy vivo, que exige atención constante y que siempre ofrece motivos para seguir mirando, analizando y creyendo.

    (Fuente: RFEF)

    📋 Ficha técnica |

    Real Madrid: Misa Rodríguez, Athenea del Castillo (Sheila García, 66′), Sara Däbritz (Toletti, 82′), Caroline Weir (Naomie Feller, 46′), Alba Redondo (Irune Dorado, 59′), María Méndez, Ingrid Angeldal, Linda Caicedo, Eva Navarro, Sara Holmgaard (Yasmin Assis, 66′), Maëlle Lakrar.

    Suplentes: Laia López, Rocío Gálvez, Paula Comendador, Sandie Rose Toletti, Signe Bruun, Yasmim Assis, Sheila García, Naomie Feller, Bella Astrid Andersson, Irune Dorado, Iris Ashley Santiago.

    Entrenador: Pau Quesada. (Antonio Rodríguez, segundo entrenador, ha dirigido al equipo debido a la ausencia por motivos personales de Pau Quesada).

    Atlético de Madrid: Andrea Medina, Lauren Leal, Vilde Risa, Synne Jensen, Silvia Lloris (Sheila Guijarro, 91′), Júlia Bartel (Carmen Menayo, 46′), Amaiur Sarriegi (Chinchilla, 82′), Fiamma Benítez, Luany Da Silva, Alexia Fernández.

    Suplentes: Patricia Larque, Alba de Isidro, Xenia Pérez, Sheila Guijarro, Carmen Menayo, Rosa María Otermin, Priscila Chinchilla, Macarena Portales, Natalia Peñalvo, Lydia Rodríguez, Daniela Miñambres.

    ÁRBITRO: Paola Cebollada.

    Árbitros asistentes: Iragartze Fernández y Raquel Díaz.

    Cuarto árbitro: Elena Peláez.

    Quinto árbitro: Alexia Mayer.

    Amarillas: Feller, 57. Caicedo, 57′. Sara Däbritz, 64′. Medina, 84′.

    ESTADIO: Semifinal de la Supercopa de España Femenina Iberdrola 2026, disputada en el Nuevo Estadio Skyfi Castalia, Castellón sobre una superficie de hierba natural.

    Goles |

    1-0 Athenea del Castillo 6’ ⚽️
    2-0 Caroline Weir 15’ ⚽️
    3-0 Linda Caicedo 18’ ⚽️
    3-1 Luany Da Silva 71’ ⚽️

    Vídeo: