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  • Reportaje | El Real Madrid Femenino y la eternidad sin trofeo: crónica de un gigante que no sabe ganar cuando importa

    (Fuente: RFEF)

    ⬛️ El mejor club del siglo XX ha participado en tres finales y en todas se llevó la plata.

    La historia del Real Madrid Femenino lo es la epopeya de una paradoja moderna: un club que nació con la promesa implícita de la victoria, con el peso simbólico del escudo más ganador del mundo del fútbol, y que sin embargo vive atrapado en una espera que ya no puede explicarse con la juventud del proyecto, ni con la herencia recibida, ni siquiera con la comparación constante con el Barcelona; es una espera que se ha transformado en un relato propio, incómodo y persistente, una sucesión de finales perdidas, de partidos que definen épocas y que siempre acaban del mismo modo, con el Real Madrid mirando al cielo, preguntándose qué falta, por qué nunca alcanza, por qué cuando el título está a noventa minutos —o a una tanda de penaltis— el tiempo se le vuelve en contra.

    Han pasado dos años y ocho meses desde aquel 27 de mayo de 2023 en el que el Real Madrid Femenino tuvo el trofeo de la Copa de la Reina al alcance de la mano y lo dejó escapar ante el Atlético de Madrid, su rival capitalino, en una final que condensó como pocas la esencia de este equipo: talento evidente, momentos de dominio, ventajas mal gestionadas y un desenlace cruel en la tanda de penaltis.

    Aquella noche, en la que el Atlético levantó el título y el Real Madrid volvió a quedarse en la orilla, no fue solo una derrota; fue el inicio de una narrativa que, lejos de cerrarse con el paso del tiempo, se ha ido agravando con cada nueva oportunidad perdida.

    Desde entonces, el reloj no se ha detenido. El club ha cambiado piezas, ha ajustado el proyecto, ha invertido más, ha proclamado ambición y ha reiterado su compromiso con la sección femenina.

    Y, sin embargo, el resultado final sigue siendo el mismo. En 2025, la Supercopa de España volvió a colocar al Real Madrid ante un escenario de máxima exigencia, esta vez frente al Barcelona, el gran antagonista de su historia reciente, el espejo incómodo en el que siempre se refleja. La derrota en aquella final no fue solo una derrota deportiva; fue la confirmación de una jerarquía que el Real Madrid no ha logrado romper, un recordatorio de que competir no es lo mismo que ganar, y de que la distancia entre ambos clubes no se mide solo en presupuestos o en nombres propios, sino en cultura competitiva, en convicción y en una idea clara de cómo se ganan los partidos que definen títulos.

    Y cuando parecía que el tiempo, al menos, podía traer una revancha simbólica, llegó Castellón en 2026. De nuevo la Supercopa.

    De nuevo una final. De nuevo el Real Madrid con la oportunidad de reescribir su historia. Y de nuevo la derrota, esta vez por 0-2, seca, concluyente, sin el dramatismo de los penaltis pero con una contundencia aún más dolorosa, porque dejó la sensación de que el equipo ni siquiera había llegado a rozar el control emocional y futbolístico que exigen este tipo de citas. Castellón no fue una tragedia puntual; fue la confirmación de una tendencia.

    ¿Por qué el Real Madrid Femenino es incapaz de ganar un título? La pregunta, formulada así, resulta incómoda, casi provocadora, pero ya no puede esquivarse. No se trata de una sequía puntual ni de una mala racha. Se trata de un patrón. Y los patrones, en el fútbol de alto nivel, siempre tienen causas profundas.

    La primera es cultural. El Real Madrid masculino se ha construido históricamente desde la épica, desde la remontada, desde la mística del último minuto, desde la fe inquebrantable en que el escudo, por sí solo, inclina el destino. El Real Madrid Femenino, en cambio, ha nacido en un ecosistema completamente distinto, donde la épica no se hereda: se construye.

    Y esa construcción requiere tiempo, memoria colectiva, referentes históricos y una narrativa compartida que todavía no existe. El problema es que el club ha intentado acelerar ese proceso desde la estructura, sin que la cultura competitiva haya madurado al mismo ritmo.

    El segundo factor es identitario. El Real Madrid Femenino aún no tiene un estilo reconocible que lo sostenga en los momentos límite.

    No hay una forma clara de jugar que actúe como refugio cuando la presión aprieta. En las finales, cuando el partido entra en fases de caos, de tensión, de error mínimo, el equipo no se agarra a una identidad sólida, sino que fluctúa, se fragmenta, duda. Y en el fútbol de élite, dudar es perder.

    El tercer factor es psicológico. Las finales se juegan antes de saltar al campo. Y el Real Madrid Femenino llega a ellas con un lastre acumulado: la memoria de la Copa de la Reina de 2023, la derrota ante el Barcelona en la Supercopa de 2025, la caída en Castellón en 2026. Cada final perdida se convierte en una cicatriz que condiciona la siguiente. No es una cuestión de miedo, es una cuestión de carga emocional. El equipo no juega solo contra el rival; juega contra su propio pasado reciente.

    Existe también una dimensión estructural que rara vez se aborda con honestidad: el Real Madrid no ha decidido aún qué quiere ser en el fútbol femenino. Quiere competir, pero sin romper el mercado. Quiere ganar, pero sin asumir riesgos desproporcionados. Quiere crecer, pero sin acelerar procesos.

    Esa indefinición estratégica se traduce en un proyecto que avanza, sí, pero sin la contundencia que exige la élite. En un contexto donde otros clubes han entendido que el éxito requiere decisiones radicales, el Real Madrid ha optado por la evolución gradual y la evolución gradual rara vez gana finales.

    La comparación con el Fútbol Club Barcelona es inevitable, pero también injusta si se hace en términos puramente económicos. El Barcelona no solo ha invertido; ha construido una cultura, una identidad, una estructura formativa y una continuidad técnica que el Real Madrid no tiene.

    El Atlético de Madrid, por su parte, ha demostrado algo igual de valioso: saber competir en finales, incluso cuando no parte como favorito. El Real Madrid, en cambio, sigue siendo un equipo que llega a las finales, pero no las gobierna.

    La derrota en la Copa de la Reina de 2023 fue una oportunidad histórica perdida. Dos años y ocho meses después, sigue siendo el símbolo fundacional del fracaso competitivo del proyecto. La Supercopa de 2025 ante el Barcelona consolidó la jerarquía ajena. Castellón 2026 certificó que el problema no era circunstancial, sino estructural.

    Lo más grave no es perder. Lo verdaderamente grave es normalizar la derrota. Y el entorno del Real Madrid empieza, peligrosamente, a asumir que llegar a la final ya es suficiente.

    Ese es el umbral psicológico que separa a los grandes proyectos de los proyectos ganadores. Los equipos que ganan títulos no celebran finales; celebran trofeos. Los equipos que no los ganan convierten las finales en su techo simbólico.

    El Real Madrid vive exactamente ahí: en el techo de la final. Siempre cerca. Siempre presente. Siempre competitivo. Nunca campeón.

    La paradoja es cruel: el club que más títulos ha ganado en la historia del fútbol vive, en su sección femenina, la experiencia contraria. La espera. La frustración. La sensación de que el tiempo pasa y la historia no arranca. La idea de que el proyecto crece, pero el palmarés no.

    Y el tiempo, en el deporte de élite, no es neutro. Dos años y ocho meses pueden parecer poco en términos históricos, pero son una eternidad en términos deportivos cuando se encadenan finales perdidas. Cada temporada sin título refuerza la narrativa del “todavía no”. Cada derrota alimenta el relato del “algún día”. Y los proyectos que viven del “algún día” suelen quedarse atrapados en él.

    El Real Madrid Femenino no está lejos de ganar un título. Pero tampoco está cerca. Está en ese espacio intermedio que es el más peligroso de todos: el de los equipos que compiten sin dominar, que ilusionan sin culminar, que prometen sin concretar.

    Ese espacio donde se construyen las frustraciones largas, no las derrotas puntuales.

    Castellón 2026 no es solo una final perdida. Es un espejo. Y el reflejo es claro: mientras el club no transforme su cultura competitiva, su identidad futbolística y su ambición estructural, seguirá llegando a finales sin ganarlas. Seguirá acumulando relatos sin trofeos. Seguirá escribiendo historias sin finales felices.

    El Real Madrid no compite en el vacío; compite en un ecosistema global que ha cambiado radicalmente en menos de una década. Mientras que algunos clubes europeos han entendido que el éxito sostenido requiere paciencia estratégica, inversión inteligente y construcción cultural, el Madrid parece atrapado en un dilema moderno: quiere ganar rápido y a la vez construir lentamente. Esa tensión entre urgencia y planificación se traduce en finales que se pierden por detalles mínimos, en penaltis fallados, en goles encajados cuando la concentración debería ser absoluta. El talento está ahí: jugadoras de élite, internacionales consolidadas y promesas jóvenes que podrían ser decisivas en cualquier otro club. Sin embargo, el talento aislado nunca ha sido suficiente para ganar finales, y menos aún cuando el entorno psicológico y táctico no está alineado con la exigencia de la cita.

    La comparación con clubes de élite europeos revela aún más el reto del Real Madrid. En Inglaterra, el Chelsea y el Arsenal han invertido en continuidad de proyectos técnicos, en identidad de juego y en mentalidad de campeón, y sus resultados se reflejan en títulos nacionales e internacionales. En Alemania, el Wolfsburgo y el Bayern Múnich construyen estructuras que combinan cantera, plantilla profesional y estabilidad de entrenador, generando equipos capaces de decidir partidos con autoridad. En Francia, el Lyon ha consolidado una cultura de victoria que va mucho más allá de la individualidad de sus futbolistas. Frente a estos modelos, el Real Madrid Femenino aún parece un proyecto en construcción: llega a finales, pelea, emociona, pero no domina ni impone. Y en el fútbol femenino de élite, no dominar es perder.

    Cada derrota reciente del Real Madrid se convierte, además, en una lección que debe ser interpretada con rigor, y sin embargo el patrón se repite.

    La Copa de la Reina de 2023 ante el Atlético de Madrid, la Supercopa de España 2025 contra el Barcelona y la Supercopa 2026 en Castellón contra un rival que supo imponerse con claridad muestran una constante: el Madrid llega con capacidad, con ilusión y con recursos, pero no consigue traducir esa ventaja relativa en resultado. En cada uno de estos partidos, el problema no fue técnico, sino estratégico y psicológico: cómo sostener la ventaja, cómo gestionar la presión, cómo imponer una narrativa propia en un contexto donde todos los elementos externos —afición, rival, historia— presionan simultáneamente.

    La psicología de las finales es otro factor clave. Los equipos campeones internalizan que una final no se juega únicamente en el campo, sino también en la mente. Cada pase, cada balón dividido, cada decisión arbitral es un examen, y solo los que dominan la dimensión emocional logran convertir esa presión en ventaja. El Real Madrid Femenino, hasta ahora, ha mostrado fragilidad en esa área. Los penaltis fallados ante el Atlético en 2023, el colapso parcial frente al Barcelona en 2025 y la incapacidad de controlar Castellón 2026 son síntomas de que el aprendizaje no se ha consolidado. Dos años y ocho meses después de la primera final perdida, el club sigue pagando el precio de la presión acumulada y la falta de mentalidad ganadora instalada en su ADN competitivo.

    Pero no todo es desesperanza. La evidencia de que el talento existe, de que la plantilla tiene calidad, de que la estructura está en crecimiento, indica que el Real Madrid Femenino aún puede reescribir su historia. La clave será transformar estas lecciones dolorosas en cambios profundos: consolidar una identidad futbolística clara que sea innegociable en los momentos de tensión, asumir decisiones de mercado valientes que refuercen la jerarquía dentro del equipo, y construir una cultura que enseñe a ganar cuando importa. Hasta ahora, cada final perdida ha sido un espejo que refleja lo que falta; la oportunidad de futuro será convertir ese espejo en una guía.

    El desafío de transformar potencial en títulos es también un desafío de narrativa. Mientras el entorno mediático y los aficionados recuerden solo las finales perdidas, la presión sobre el equipo se intensifica. La sección femenina del Real Madrid no solo compite por trofeos; compite por redefinir lo que significa portar el escudo en un contexto donde la historia reciente no le sonríe. Cada partido decisivo se convierte en una prueba de identidad, en un examen de capacidad para trascender la frustración histórica. Y esa es, quizás, la prueba más difícil de todas: ganar no solo a rivales, sino también al peso simbólico de la propia historia del club.

    Castellón 2026 confirma que el reto no es solo técnico. El 2-0 ante un rival que impuso su narrativa demuestra que el Madrid todavía carece de consistencia en los momentos decisivos.

    La memoria de las derrotas pasadas pesa más que la energía de las nuevas oportunidades, y la presión acumulada puede bloquear incluso el talento más evidente. Los dos años y ocho meses transcurridos desde la final de la Copa de la Reina de 2023 han servido para acumular experiencia, pero no para consolidar un proyecto ganador. Cada nueva temporada ofrece la posibilidad de redimir esas derrotas, pero el tiempo no se detiene; la historia continúa escribiéndose y la espera se convierte en un elemento definitorio de la narrativa del club.

    La transformación necesaria es profunda. No basta con cambiar jugadoras o entrenadores; se requiere una redefinición estratégica que combine inversión, identidad, cultura y psicología. Ganar títulos exige más que talento individual; exige un engranaje colectivo que funcione incluso bajo presión extrema. Hasta que eso ocurra, el Real Madrid Femenino seguirá siendo un gigante atrapado en la frontera entre competir y ganar, entre soñar y levantar un trofeo.

    El relato del Real Madrid Femenino es la historia de un club que no sabe cómo cerrar finales, que acumula penaltis fallados, goles encajados y oportunidades desperdiciadas. Dos años y ocho meses después de la final de la Copa de la Reina de 2023, la narrativa sigue siendo dolorosamente la misma: llega, pelea, emociona, pero no gana. La sección femenina ha alcanzado alturas en cuanto a visibilidad, profesionalización y talento, pero la esencia de la victoria sigue escapando, recordando a todos que en el fútbol femenino de élite, competir no es suficiente. Ganar es la única medida definitiva.

    Mientras los líderes del club, las jugadoras y los entrenadores analicen estas derrotas, el verdadero desafío será no repetir los errores de la historia reciente. Castellón 2026 debe ser leído no solo como un marcador adverso, sino como un llamado urgente a la transformación. El Real Madrid Femenino tiene todo para cambiar su destino, pero el tiempo corre y la paciencia del escudo no es infinita. Cada nueva final es una oportunidad para reescribir la historia, y el club deberá decidir si aprende de las derrotas o sigue atrapado en la narrativa de la espera eterna.
    proyecto incompleto por casualidad; su estructura y evolución reflejan las complejidades de un club que intenta crecer rápidamente en un ecosistema ya maduro.

    Mientras otros clubes europeos han construido secciones femeninas con décadas de identidad y éxito acumulado, el Madrid ha iniciado su camino hace relativamente poco tiempo, incorporando al equipo del Club Deportivo Tacón en 2020 y elevándolo al estatus de primer equipo bajo el escudo más reconocido del mundo.

    Esa incorporación fue estratégica y necesaria, pero implicó asumir un proyecto en construcción, con carencias de cultura interna y de continuidad táctica que solo pueden corregirse a largo plazo. La paradoja es que, pese a todo el talento individual y a los recursos disponibles, los resultados no se reflejan en títulos: la memoria de las finales perdidas, la presión mediática y la comparación constante con los rivales consolidan un patrón que parece perpetuarse.

    La cantera, que en otros clubes actúa como base de identidad y sostenibilidad, aún no ha dado frutos decisivos en el Real Madrid Femenino.

    La sección juvenil tiene talento, pero la integración de jugadoras jóvenes en momentos de máxima exigencia es limitada y no siempre acompañada de un proceso de maduración que permita sostener la presión de finales. En clubes como Lyon, Wolfsburgo o Chelsea, la transición entre categorías inferiores y primer equipo está perfectamente estructurada: las jugadoras crecen con la cultura de la victoria incorporada, con una mentalidad competitiva que no se fractura en los momentos decisivos. En el Real Madrid, en cambio, la cantera aún no ha generado líderes capaces de asumir la responsabilidad en finales, y la sección femenina depende en exceso de la experiencia de fichajes externos.

    Esa dependencia crea desequilibrios en la identidad del equipo: talento, sí, pero cohesión limitada, liderazgo emergente sin consolidar y una narrativa colectiva que todavía no domina los momentos críticos.

    La comparación europea es demoledora en términos de estrategia y resultados. En Inglaterra, Chelsea, Arsenal y Manchester City han construido proyectos sostenibles, con entrenadores que permanecen años, con plantillas reforzadas con precisión y con academias que funcionan como motores de identidad y competitividad.

    En Alemania, Wolfsburgo y Bayern de Múnich combinan experiencia, juventud y continuidad táctica para garantizar que cada final no sea una sorpresa, sino un escenario donde la planificación se traduce en victoria. En Francia, el Lyon ha demostrado que la cultura de éxito no depende únicamente del talento, sino de un proyecto integral que controla todos los elementos del club: planificación, cantera, fichajes, mentalidad y estilo de juego. Frente a estos ejemplos, el Real Madrid Femenino sigue siendo un proyecto en crecimiento: capaz de llegar a finales, pero aún incapaz de dominarlas y de consolidarse como vencedor.

    Las finales perdidas se han convertido en un patrón claro. La Copa de la Reina 2023 frente al Atlético de Madrid mostró que el Madrid tiene capacidad para competir, pero no para controlar la narrativa del partido. Los penaltis fallados no fueron un accidente; fueron consecuencia de una preparación psicológica insuficiente y de una incapacidad para asumir la presión máxima. La Supercopa de España 2025 frente al Barcelona evidenció lo mismo: talento y esfuerzo, sí, pero falta de control, de liderazgo y de identidad táctica para sostener la ventaja.

    Y Castellón 2026 confirmó la tendencia: 0-2 frente a un rival sólido, capaz de imponer su narrativa, mientras el Madrid volvía a quedar atrapado en la dinámica de reacción en lugar de acción. Dos años y ocho meses después de la primera gran final perdida, el patrón sigue intacto.

    (Fuente: CSD)

    El aspecto psicológico es clave. Las jugadoras del Real Madrid Femenino no solo juegan contra rivales, sino contra la memoria de derrotas recientes. Cada penalti fallado, cada partido perdido en los últimos minutos, cada final en la que el título se escapa alimenta un peso emocional que condiciona la actuación. Los equipos campeones no solo dominan en el campo; dominan la mente. Cada pase, cada decisión, cada acción está permeada por la convicción de que el resultado se puede controlar. El Madrid aún carece de esa fortaleza mental colectiva, y mientras no la desarrolle, las finales seguirán siendo obstáculos insalvables.

    Pero no todo es desesperanza. La plantilla tiene potencial, la estructura está creciendo, los recursos son abundantes y la visibilidad del proyecto es máxima. Esto significa que la posibilidad de cambiar la narrativa existe. Para lograrlo, el club debe consolidar un estilo de juego claro, asumir decisiones estratégicas audaces en el mercado, reforzar el liderazgo interno y, sobre todo, entrenar la resiliencia mental de sus jugadoras para que los partidos decisivos dejen de ser una carga emocional. La historia reciente —Copa de la Reina 2023, Supercopa 2025, Castellón 2026— debe servir como espejo y como guía, no como condena.

    El tiempo sigue corriendo, y los dos años y ocho meses transcurridos desde la final de 2023 son un recordatorio de que la espera ya no puede prolongarse indefinidamente. Cada nueva final será, inevitablemente, comparada con las derrotas anteriores. Cada oportunidad perdida refuerza la narrativa del “todavía no” y de la eterna espera de un título que confirme que el proyecto ha alcanzado la madurez necesaria. Pero cada nueva oportunidad también es un reto, un examen de aprendizaje y de capacidad de transformación. Castellón 2026, con su derrota por 0-2, no debe ser un final; debe ser un punto de inflexión.

    El Real Madrid Femenino está en un momento de bifurcación histórica. Puede seguir acumulando finales perdidas y perpetuar la narrativa de la espera, o puede transformar el dolor de la derrota en motor de cambio. La clave está en consolidar un proyecto integral: identidad de juego, planificación estratégica, mentalidad de campeón, liderazgo interno y gestión eficaz de la cantera. Hasta que eso ocurra, el patrón seguirá repitiéndose: llegar a finales, emocionar, luchar, y no ganar. La historia reciente demuestra que el talento y la inversión no son suficientes. La victoria requiere algo más profundo: cultura, coherencia y resiliencia.

    El relato del Real Madrid Femenino es, por tanto, la historia de un gigante que aún no ha aprendido a cerrar finales, que acumula frustraciones en lugar de títulos, y que se enfrenta a un reto histórico: transformar el potencial en éxito tangible. Dos años y ocho meses después de la Copa de la Reina 2023, las finales siguen llegando y las oportunidades continúan, pero la lección es clara: solo un proyecto integral, audaz y decidido podrá romper la maldición de la espera y convertir al Real Madrid Femenino en un club campeón. Cada partido decisivo es una oportunidad de redención, y el tiempo corre con implacable exigencia.

    La historia del Real Madrid Femenino en finales recientes no se entiende sin analizar a sus rivales, porque cada derrota refleja no solo limitaciones propias, sino la capacidad de los adversarios para imponerse con claridad. En la Copa de la Reina 2023, el Atlético de Madrid no fue un rival cualquiera: su experiencia en finales y su capacidad para gestionar la presión convirtió la tanda de penaltis en un desafío psicológico imposible de superar para el Madrid. Los números hablan por sí mismos: el Real Madrid falló dos penaltis cruciales —Olga Carmona y Teresa Abelleira— mientras que Lola Gallardo, portera atlética, detuvo dos de los tres lanzamientos, construyendo la base de una victoria épica para su club. Esa final marcó un punto de inflexión: el Madrid había competido, había dominado fases del juego, pero cuando la tensión alcanzó su punto máximo, el resultado se decidió fuera del campo de juego, en la mente y en los nervios de las jugadoras.

    La Supercopa de España 2025 frente al Barcelona consolidó un patrón diferente pero igualmente doloroso. El Barcelona no solo contaba con una plantilla de élite y con experiencia acumulada en competiciones internacionales, sino que su identidad futbolística estaba claramente definida: presión alta, juego colectivo, aprovechamiento de los espacios y control emocional en los momentos decisivos. El Real Madrid, por el contrario, mostró fases de brillantez individual, pero careció de consistencia táctica y mental, dejando que la narrativa del partido fuera dictada por el rival. El resultado no fue un accidente: fue la consecuencia de la incapacidad de sostener ventajas, de controlar la ansiedad y de imponer un plan que resistiera la presión de la final.

    Castellón 2026, con la derrota por 0-2, confirmó la tendencia. A diferencia de la Copa de 2023, esta vez el partido no llegó a la tanda de penaltis; el resultado fue más concluyente, reflejo de un equipo rival que supo imponer su juego y aprovechar los errores del Madrid. Este marcador evidencia algo crucial: el problema del Real Madrid no es solo la presión de los momentos críticos, sino también la falta de capacidad para sostener la intensidad, la concentración y la organización durante todo el partido. Dos años y ocho meses después de aquella primera final perdida, el patrón sigue siendo el mismo: talento, recursos y oportunidades, pero incapacidad para convertirlos en trofeos.

    Los penaltis fallados se convierten en un símbolo de esta fragilidad. Cada lanzamiento errado es una metáfora de la tensión acumulada, del aprendizaje incompleto y de la presión histórica que pesa sobre el club. No se trata de casualidad ni de mala suerte: los penaltis reflejan preparación, carácter y mentalidad competitiva, y en este terreno, el Madrid ha mostrado vulnerabilidad repetida.

    La lectura estratégica de esos errores podría transformar la narrativa si se aplican cambios concretos: entrenamiento psicológico intensivo, refuerzo de liderazgo en el vestuario, y simulación de situaciones de máxima presión durante la temporada. Sin intervención decidida, las finales futuras podrían seguir reproduciendo la misma secuencia dolorosa.

    En cuanto a la proyección de títulos, el panorama es mixto pero con oportunidades claras. El Real Madrid Femenino tiene recursos financieros, visibilidad y acceso a talento de primer nivel.

    La clave será convertir esas ventajas en coherencia competitiva. Si el club consolida un proyecto estratégico integral, define su identidad de juego y fortalece la resiliencia psicológica de sus jugadoras, es posible proyectar que en los próximos tres a cinco años pueda romper el patrón de finales perdidas y conquistar su primer gran título. Pero la ventana de oportunidad no es infinita: la competencia europea y nacional sigue creciendo, y cada año sin título aumenta la presión y complica la gestión de expectativas internas y externas.

    Más allá de las estadísticas y los resultados, existe un componente cultural que condiciona al Real Madrid Femenino: la comparación constante con la sección masculina, que ha ganado todo lo imaginable. Esa presión simbólica es un arma de doble filo.

    Por un lado, inspira y da recursos; por otro, genera expectativas que el proyecto femenino aún no puede cumplir de manera sostenida. Dos años y ocho meses después de la Copa de 2023, el Madrid sigue siendo un gigante que impresiona, que emociona, pero que no levanta trofeos. Cada final perdida refuerza esta narrativa y aumenta la urgencia de una transformación profunda y sostenida.

    El desafío estratégico es claro: consolidar un estilo de juego definido, garantizar continuidad técnica en el cuerpo técnico, formar líderes en la plantilla, integrar la cantera de manera efectiva y entrenar la resiliencia psicológica para que los momentos de máxima presión no se conviertan en un muro insalvable.

    Castellón 2026 debe leerse no como un fracaso aislado, sino como un llamado a la acción urgente. La narrativa de la espera eterna solo terminará cuando estos cambios se materialicen y el Real Madrid Femenino logre no solo competir, sino ganar cuando importa.

    En la perspectiva europea, la sección femenina del Madrid todavía está en una fase de consolidación. Comparado con rivales como Barcelona, Lyon, Wolfsburgo o Chelsea, el proyecto es joven, pero tiene todos los recursos para crecer. La pregunta es si la dirección del club y las jugadoras sabrán internalizar las lecciones de finales recientes y traducirlas en victorias tangibles. Cada nueva final será un examen, cada derrota un espejo de lo que falta, y cada oportunidad ganada un cambio radical en la narrativa histórica del club.

    La historia reciente demuestra que el talento y los recursos no bastan; ganar títulos exige coherencia, cultura competitiva, liderazgo y fortaleza mental. El Real Madrid Femenino lo tiene todo para transformar su historia, pero el tiempo corre, la competencia aumenta y la espera ya es larga. Dos años y ocho meses después de aquella Copa de la Reina de 2023, la narrativa se mantiene, pero la oportunidad de cambio es tangible y urgente. Solo un proyecto integral, decidido y bien ejecutado puede romper el patrón de finales perdidas y convertir al Real Madrid Femenino en un club campeón, capaz de transformar la ilusión en trofeos y la espera en victoria.

    El Real Madrid Femenino sigue siendo un gigante con pies de barro, un club que ha alcanzado la élite, que emociona y que compite como pocos, pero que aún no ha aprendido a levantar un trofeo cuando todo está en juego. Dos años y ocho meses después de aquella final de la Copa de la Reina de 2023 ante el Atlético de Madrid, la historia reciente —Supercopa de España 2025 ante el Barcelona, Supercopa 2026 en Castellón— confirma un patrón doloroso: finales alcanzadas, oportunidades desaprovechadas, ilusión que no se traduce en títulos. Cada derrota refleja no solo fallos tácticos o errores individuales, sino la falta de consolidación de un proyecto integral que combine identidad, liderazgo, resiliencia y cultura de victoria.

    Pero la grandeza del Real Madrid no se mide solo por los trofeos, sino por la capacidad de aprender del fracaso, de transformar la presión en determinación y de convertir la historia de la espera en una narrativa de conquista. La sección femenina tiene todas las herramientas para romper el patrón: talento, recursos, visibilidad y la motivación de un escudo que no permite mediocridad. El desafío es monumental, porque ganar no es un accidente ni una casualidad; es el resultado de coherencia, estrategia, mentalidad y capacidad de imponer tu narrativa incluso bajo la máxima presión.

    El tiempo sigue corriendo, y cada nueva final será una prueba de todo lo aprendido. Castellón 2026 es un recordatorio de lo que falta, no un epitafio. La pregunta ya no es si el Real Madrid Femenino puede ganar, sino cuándo logrará transformar la ilusión y el potencial en títulos que queden para la historia. Porque el club tiene la obligación histórica y simbólica de convertir la espera en victoria, de demostrar que incluso los gigantes pueden aprender a sostenerse en la cima, de que la gloria no es solo un recuerdo del pasado masculino, sino un horizonte alcanzable en femenino.

    Y cuando eso ocurra, cada derrota, cada penalti fallado y cada final perdida dejará de ser una cicatriz y se convertirá en la antesala de la grandeza definitiva.

    El Real Madrid Femenino está a un paso de la transformación; depende de su capacidad para aprender de la historia, para consolidar su proyecto y para convertir la épica en trofeos. Dos años y ocho meses después de aquel 27 de mayo de 2023, la espera continúa, pero la esperanza nunca ha sido más tangible.

    La victoria, finalmente, aguarda al gigante que ha aprendido a levantarse de cada caída, pues por todos es sabido que Florentino Pérez prometió abrir el Estadio Santiago Bernabéu cuando su sección femenina conquiste un trofeo

  • Reportaje | Eva Navarro es la perla de Yecla

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬛️ La internacional española en categoría absoluta es campeona del Mundial de 2023 y dos veces ganadora de la Nations League.

    (Fuente: RFEF)

    Eva Navarro siempre ha sido una jugadora especial. Con un regate endiablado y un gran centro, entiende el juego y además tiene gol, unas características que la hacen única.

    (Fuente: Real Madrid)

    Eva María Navarro García nació en Yecla el 27 de enero de 2001 y, aunque el tiempo y la élite se hayan encargado de pulir su nombre hasta dejarlo en “Eva Navarro”, hay algo que no ha cambiado desde el primer día: la sensación de que cada vez que acelera con el balón pegado al pie está pasando algo importante. Hoy es jugadora del Real Madrid, internacional absoluta con España desde 2019, campeona del mundo en 2023, campeona de Europa y del mundo en categoría sub-17, campeona de la Copa de la Reina con el Atlético de Madrid en 2023 y, desde ahora, una de las protagonistas de la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026, a la que el Real Madrid se ha clasificado tras imponerse por 3-1 al Atlético de Madrid en Castellón en una semifinal cargada de simbolismo para ella. Pero para entender a Eva Navarro hay que ir mucho más atrás, a una carrera que no ha sido lineal, que ha convivido con la precocidad, con las expectativas desmedidas y con dos lesiones de ligamento cruzado que habrían detenido a muchas futbolistas y que, sin embargo, no han conseguido apagar su fútbol.

    Eva empezó jugando fútbol sala en Yecla, en el A.D. Albatros, un detalle que explica muchas cosas de su manera de relacionarse con el balón. El control orientado en espacios reducidos, la naturalidad para jugar de espaldas, la capacidad para girarse en un palmo y salir lanzada hacia adelante no son casualidad. Antes de llegar al fútbol federado pasó por equipos de empresa y más tarde por el Pinoso, donde estuvo tres temporadas y empezó a dejar claro que su talento iba muy por delante de su edad. En 2015 dio el salto al Sporting Plaza Argel y debutó en la temporada 2015-16 en Segunda División. Tenía apenas 14 años y ya competía contra jugadoras adultas, algo que marcaría su carrera desde muy pronto: Eva siempre ha jugado contra rivales mayores, más fuertes y más experimentadas, y eso la obligó a aprender rápido, a decidir rápido y a asumir responsabilidades antes de tiempo.

    En la temporada 2016-2017 pasó a formar parte del primer equipo del Sporting Plaza Argel. Aquel curso terminó con el campeonato de su grupo y una presencia en el play-off de ascenso que se truncó ante el Madrid Club de Fútbol Femenino. Un año después, en la 2017-18, la historia se repitió: campeonas de grupo y eliminación en el play-off, esta vez frente al Málaga CF.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Al finalizar esa temporada ya se hablaba de Eva Navarro como una de las grandes joyas del fútbol español. El Real Madrid, que aún no tenía sección femenina pero ya planificaba su desembarco, intentó su fichaje, aunque la operación se frustró por su inclusión en la lista de compensación por derechos formativos del Convenio Colectivo. Aquello, que podría haber sido un paso decisivo en su carrera, se pospuso varios años, aunque el destino terminaría llevándola a Chamartín más adelante.

    En 2018 fichó por el Levante UD y debutó en Primera División, un salto enorme para una futbolista que aún no había cumplido los 18 años. Su estreno llegó el 9 de septiembre de 2018 ante el Rayo Vallecano. En su primera temporada disputó 22 partidos, la mayoría como suplente, y marcó un único gol, pero un gol con carga simbólica: fue en el derbi valenciano disputado en Mestalla el 22 de abril de 2019, un escenario que no estaba al alcance de cualquiera y que para Eva supuso una presentación en sociedad a gran escala. Aquel Levante fue tercero en Liga y en la Copa de la Reina cayó en cuartos de final ante el Sevilla en la tanda de penaltis. Más allá de los números, lo importante fue la sensación de progresión constante y la confirmación de que podía competir en la élite. Su rendimiento le abrió la puerta de la selección absoluta, con la que debutaría ese mismo año.

    La temporada 2019-2020 fue, hasta ese momento, la mejor de su carrera a nivel de cifras. Marcó ocho goles en veinte partidos antes de que la competición se detuviera por la pandemia de la Covid-19. El Levante volvió a terminar tercero en Liga, cayó en octavos de Copa ante el Sevilla y fue eliminado en semifinales de la Supercopa por la Real Sociedad. Eva ya no era solo una promesa: era una realidad ofensiva, una jugadora capaz de marcar diferencias desde la banda, de atacar el espacio, de finalizar y de asistir. En la 2020-21 el Levante alcanzó la final de la Supercopa. Eva fue protagonista en la semifinal ante el EDF Logroño, dando el pase de la muerte en el primer gol y marcando el segundo en la victoria. En la final cayeron ante el Atlético de Madrid, pero su crecimiento parecía imparable. Hasta marzo de 2021.

    En ese mes sufrió la rotura del ligamento cruzado anterior. Había jugado 17 partidos y marcado tres goles cuando la lesión la apartó del campo durante meses. El Levante, que terminaría tercero de nuevo y se clasificaría para la Liga de Campeones, decidió renovarle el contrato a pesar de la gravedad de la lesión, una muestra de confianza en su talento y en su capacidad de recuperación. El equipo alcanzó la final de la Copa de la Reina, que perdió ante el FC Barcelona, con Eva todavía en proceso de rehabilitación. Regresó a los terrenos de juego en octubre de 2021, pero la mala fortuna volvió a golpearla en diciembre, cuando, tras disputar siete partidos, sufrió una recaída que la dejó de nuevo fuera de combate. Aquella segunda lesión fue un golpe durísimo. Tras cuatro temporadas en el club granota, acumuló 70 partidos y 14 goles, y el Levante terminó la Liga en sexta posición. Eva, mientras tanto, afrontaba el reto más complicado de su carrera: volver otra vez.

    En 2022 fichó por el Atlético de Madrid. El anuncio de su llegada vino acompañado de una descripción que la retrataba bien: velocidad, habilidad con el balón, uno contra uno, capacidad para jugar en cualquiera de las bandas. Llegaba tras un año sin jugar, con muchas dudas externas y con la necesidad de sentirse futbolista de nuevo. Su debut se produjo el 4 de diciembre de 2022 ante el Valencia CF, entrando desde el banquillo por Hanna Lundkvist en una victoria por 0-1.

    A partir de ahí empezó a ganar peso en el equipo, primero con Óscar Fernández y después con Manolo Cano. Marcó dos goles ante el Villarreal y otro ante el Sevilla, y la afición la eligió como mejor jugadora del equipo en enero de 2023, un reconocimiento que hablaba tanto de su rendimiento como de la conexión emocional con la grada tras todo lo vivido.

    La temporada 2023-2024 fue la de su consolidación en el Atlético. Fue titular, tuvo una buena primera vuelta y, aunque su impacto disminuyó en la segunda, terminó siendo decisiva. El equipo cayó en semifinales de la Supercopa en enero y vivió un mes de febrero complicado, con malos resultados en Liga que lo alejaron de los puestos de cabeza.

    Tras la eliminación copera y un nuevo tropiezo liguero, Manolo Cano fue destituido y el segundo entrenador, Arturo Ruiz, asumió el cargo. El Atlético encadenó varias victorias y logró el objetivo de clasificarse para la Liga de Campeones al terminar tercero. Eva marcó un gol decisivo en la penúltima jornada y fue la máxima asistente del equipo, con ocho pases de gol, un dato que refleja su evolución hacia una futbolista más completa, menos obsesionada con el gol y más influyente en el juego colectivo.

    Paralelamente, su trayectoria con la selección española ha sido tan extensa como brillante. Debutó con la sub-17 con solo 15 años en el Europeo de 2016, participando como suplente ante Alemania y sumando minutos ante Italia.

    España terminó subcampeona tras caer en los penaltis ante Alemania. En el Mundial sub-17 de 2016 debutó como suplente ante Jordania, fue titular ante Nueva Zelanda y marcó su primer gol saliendo desde el banquillo contra México. Volvió a marcar en cuartos ante Alemania y fue elegida mejor jugadora del partido por el tercer puesto, en el que abrió el marcador y dio una asistencia ante Venezuela para lograr la medalla de bronce.

    En el Europeo sub-17 de 2017 fue una de las jugadoras clave. Asistió en la Ronda Élite, marcó en la fase final, volvió a sufrir una derrota en los penaltis ante Alemania en la final y se clasificó para el Mundial de ese mismo año. En 2018 alcanzó el cénit en la categoría: marcó goles, dio asistencias, fue decisiva en semifinales y firmó dos goles en la final ante Alemania para proclamarse campeona de Europa. Fue incluida en el Equipo del Torneo, terminó como segunda máxima goleadora y uno de sus goles fue elegido posteriormente como el tercer mejor de la temporada por la UEFA.

    Ese mismo verano debutó con la sub-20 en el Mundial de 2018. Asistió ante Paraguay, fue alternando titularidades y suplencias y disputó la final ante Japón, que España perdió por 3-1. También participó en el Mundial sub-17 de Uruguay, donde capitaneó a la selección y fue campeona del mundo.

    Marcó, asistió, lideró desde el brazalete y volvió a demostrar una madurez impropia de su edad.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En 2019 debutó con la sub-19 y fue importante en la clasificación para el Europeo. Ese mismo año, el 17 de mayo, debutó con la selección absoluta en un amistoso ante Camerún, sustituyendo a Alba Redondo. Desde entonces su camino con la absoluta ha estado marcado por la intermitencia, condicionada por las lesiones, pero también por momentos clave. Marcó en partidos de clasificación, volvió tras largas recuperaciones y, en 2023, regresó a una convocatoria absoluta a pocos meses del Mundial tras rendir a buen nivel con el Atlético de Madrid.

    Fue incluida en la lista definitiva para el Mundial de Australia y Nueva Zelanda. No jugó el primer partido, debutó en el segundo ante Zambia y dio dos asistencias que ayudaron a sellar el liderato del grupo. Tuvo minutos en octavos, cuartos y semifinales, y aunque no jugó la final, formó parte del grupo que conquistó el primer Mundial de la historia del fútbol femenino español. Un título que resume bien su carrera: no siempre en el foco, pero siempre sumando.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Ahora, ya como jugadora del Real Madrid, Eva Navarro afronta una nueva etapa. El club blanco ha logrado la clasificación para la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 tras vencer por 3-1 al Atlético de Madrid en Castellón, un partido con una fuerte carga emocional para ella, enfrentándose a su pasado reciente. Eva llega a esa final como una futbolista más madura, más completa y con una comprensión del juego mucho más profunda que la de aquella adolescente que deslumbraba en Segunda División.

    El scouting de Eva Navarro dibuja a una atacante de perfil vertical, especialista en el uno contra uno, con una arrancada potente y una zancada larga que le permite ganar metros con facilidad. Puede jugar en ambas bandas, aunque se siente especialmente cómoda partiendo desde la izquierda para perfilarse hacia dentro.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Tiene buen golpeo con ambas piernas, es capaz de finalizar desde media distancia y ha mejorado notablemente su toma de decisiones en el último tercio. No es una extrema clásica de centrar constantemente: le gusta conducir, atraer rivales y filtrar el último pase. Defensivamente ha crecido en compromiso táctico, entiende mejor cuándo replegar y cuándo saltar a la presión. Su principal virtud sigue siendo la capacidad para desequilibrar en escenarios de máxima exigencia, algo que se aprecia especialmente en partidos grandes.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En su palmarés figuran el Mundial absoluto de 2023, el Mundial sub-17, el Europeo sub-17, la Copa de la Reina 2023 con el Atlético de Madrid, varios subcampeonatos europeos en categorías inferiores y ahora la posibilidad de sumar un nuevo título con el Real Madrid en la Supercopa. Eva Navarro es, en definitiva, una futbolista marcada por la resiliencia, por la capacidad de levantarse y por un talento que, pese a los obstáculos, siempre encuentra la manera de volver a aparecer.

    En Castellón dio un paso más hacia un presente que empieza a parecerse mucho al futuro que se le auguraba cuando todo comenzó en una pista de fútbol sala en Yecla.

    (Fuente: RFEF)
  • Reportaje | El vacío de vinilo: cómo la industria del coleccionismo da la espalda al fútbol femenino mientras celebra, sin límites, al masculino

    (Fuente: TikTok)

    ◼️ Mientras los estantes de las tiendas especializadas y las plataformas de comercio electrónico rebosan figuras Funko Pop! de futbolistas masculinos —leyendas históricas, estrellas contemporáneas, jugadores de clubes y selecciones, incluso versiones alternativas, exclusivas y conmemorativas—, el fútbol femenino permanece, una vez más, relegado a la invisibilidad. No es una metáfora: es un vacío físico, tangible, comercial. No existen Funko Pop! oficiales de jugadoras españolas. No existen de Alexia Putellas, Aitana Bonmatí, Jennifer Hermoso, Irene Paredes o Mariona Caldentey. Y esta ausencia resulta todavía más clamorosa cuando se compara con la proliferación de figuras masculinas y con un dato que desmonta cualquier coartada industrial: sí existen muñecas Barbie de futbolistas femeninas, sí existen líneas de juguetes que han apostado por la representación deportiva de las mujeres, y sí existe un público dispuesto a consumirlas. El problema, por tanto, no es la falta de mercado, sino una decisión cultural, simbólica y empresarial que sigue considerando el fútbol femenino como un producto secundario incluso en el terreno del imaginario.

    Para entender la gravedad de esta ausencia conviene detenerse primero en lo que representan los Funko Pop! dentro de la cultura popular contemporánea. No se trata únicamente de figuras de vinilo con cabezas sobredimensionadas y estética reconocible; los Funko Pop! se han convertido en un archivo cultural del presente, una forma de canonizar iconos. Tener un Funko Pop! es, en muchos casos, una forma de certificación simbólica: significa que ese personaje, esa figura pública, ha alcanzado un nivel de relevancia suficiente como para ser inmortalizada en una vitrina, en un escritorio, en una colección personal.

    Funko ha producido figuras de actores secundarios, de personajes efímeros de series, de deportistas retirados hace décadas, de entrenadores, de mascotas, de celebraciones concretas, de versiones alternativas con camisetas conmemorativas o poses específicas. En el fútbol masculino, el catálogo es abrumador: Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar, Mbappé, Haaland, Benzema, Iniesta, Xavi, Ramos, Piqué, Casillas, Beckham, Ronaldinho, Pelé, Maradona. La lista no solo es extensa; es reiterativa. Hay múltiples versiones de los mismos futbolistas, pertenecientes a distintos clubes, selecciones o momentos de su carrera.

    Este despliegue convierte al Funko Pop! en algo más que un juguete: es una declaración de qué —y quién— merece ser recordado, coleccionado, transmitido a las siguientes generaciones como referente cultural.

    En este contexto, la ausencia casi total del fútbol femenino no puede interpretarse como una simple omisión logística o una cuestión de prioridades comerciales inocuas. Es una ausencia que comunica, que construye relato. Cuando una niña o un niño entra en una tienda y ve decenas de futbolistas masculinos convertidos en figuras coleccionables, pero ninguna mujer futbolista, el mensaje es claro aunque no se verbalice: el fútbol, incluso cuando es juguete, sigue siendo cosa de hombres.

    Y este mensaje se produce en un momento histórico en el que el fútbol femenino ha alcanzado cotas inéditas de visibilidad, éxito deportivo y reconocimiento social. España es campeona del mundo. España domina el fútbol europeo a nivel de clubes. Las jugadoras españolas ganan Balones de Oro. Llenan estadios. Protagonizan retransmisiones en prime time. Son referentes mediáticos, deportivos y culturales.

    Sin embargo, ese reconocimiento se detiene abruptamente cuando se entra en el terreno del merchandising simbólico. Ahí, el fútbol femenino vuelve a desaparecer.

    Resulta imposible no establecer una comparación directa. Mientras no existe un solo Funko Pop! oficial de una futbolista española, sí existen figuras de futbolistas masculinos de LaLiga que ni siquiera han tenido un impacto histórico comparable al de muchas jugadoras actuales. Hay figuras de jugadores que no han ganado títulos internacionales, que no han sido referentes generacionales, que no han trascendido más allá de su club o incluso de una etapa concreta.

    La desigualdad no se mide solo en cantidad, sino en el umbral de acceso al reconocimiento. Para un futbolista masculino, basta con ser conocido; para una futbolista, ni siquiera ser campeona del mundo parece suficiente.

    Uno de los argumentos más recurrentes para justificar esta ausencia es el supuesto riesgo comercial.

    Se afirma que las figuras de fútbol femenino “no venderían lo suficiente”. Sin embargo, este razonamiento se desmonta con facilidad cuando se analizan otros sectores de la industria del juguete y del coleccionismo. Aquí entra en juego un elemento clave: Barbie.

    Desde hace años, Barbie ha desarrollado líneas específicas de representación femenina en múltiples ámbitos profesionales y deportivos. Existen muñecas Barbie futbolistas. Existen Barbies inspiradas en jugadoras reales. Existen Barbies con equipaciones de selecciones femeninas. Barbie ha entendido algo que Funko parece ignorar: la representación no solo responde a la demanda existente, también la crea.

    Barbie ha apostado por mostrar a niñas —y también a niños— que una mujer puede ser futbolista, atleta, piloto, científica o presidenta. Y lo ha hecho no desde la excepcionalidad, sino desde la normalización. Las muñecas de futbolistas femeninas no se presentan como rarezas, sino como una opción más dentro del catálogo.

    El resultado no ha sido un fracaso comercial. Al contrario: estas líneas han reforzado la imagen de marca de Barbie como empresa alineada con los valores contemporáneos de igualdad y diversidad, ampliando su base de consumidores y consolidando su relevancia cultural.

    La comparación es inevitable y profundamente incómoda para Funko. Ambas marcas operan en el terreno de la cultura pop. Ambas trabajan con licencias. Ambas dependen de la identificación emocional del público con figuras concretas. La diferencia radica en la voluntad estratégica.

    Barbie ha entendido que el deporte femenino no es una moda pasajera, sino una realidad estructural. Funko, en cambio, sigue actuando como si el fútbol femenino fuera un nicho demasiado pequeño, demasiado específico, demasiado arriesgado. Esta percepción no solo es errónea; es obsoleta.

    Si hay un contexto en el que la ausencia resulta especialmente sangrante es el español. España no solo es campeona del mundo; es, probablemente, el país que más talento ha exportado al fútbol femenino global en los últimos años. Alexia Putellas es una figura reconocida internacionalmente. Aitana Bonmatí es una de las futbolistas más influyentes de la década. Jennifer Hermoso es historia viva del fútbol mundial.

    Que ninguna de ellas tenga una figura Funko Pop! mientras sí existen múltiples versiones de futbolistas masculinos españoles evidencia una desconexión profunda entre la industria del coleccionismo y la realidad deportiva.

    La ausencia de figuras no es un asunto menor. Los objetos culturales moldean imaginarios. Un Funko Pop! no es solo un producto: es una narrativa en miniatura. Cuando las vitrinas se llenan exclusivamente de hombres, el mensaje es claro: ellos son los protagonistas de la historia.

    Las muñecas Barbie futbolistas, en cambio, ofrecen un contrarrelato. Permiten que las niñas se vean reflejadas.

    Permiten que los niños normalicen la presencia de mujeres en el deporte. Generan referentes tangibles, manipulables, cotidianos.

    El coleccionismo no es neutral. Decide qué se conserva, qué se exhibe, qué se revaloriza. Excluir sistemáticamente al fútbol femenino de este espacio equivale a negar su estatus como parte integral de la cultura deportiva contemporánea.

    Funko, como actor dominante en este sector, tiene una responsabilidad que va más allá del balance de beneficios trimestrales. Tiene la capacidad de influir en el relato cultural global. Y hasta ahora, ha decidido no ejercerla en favor del fútbol femenino.

    El argumento de que “llegará más adelante” resulta insuficiente. El fútbol femenino no está empezando. Lleva décadas construyendo su espacio. Lo que ocurre es que, cuando llega el momento de materializar ese reconocimiento en productos icónicos, siempre se pospone.

    Barbie no esperó a que el fútbol femenino fuera hegemónico. Apostó. Funko espera y al esperar, perpetúa la desigualdad.

    La ausencia de Funko Pop! de jugadoras de fútbol femenino, y especialmente de jugadoras españolas, no es un simple descuido de catálogo. Es un síntoma. Un reflejo de cómo incluso en plena era de visibilidad y éxito deportivo, las mujeres siguen teniendo que demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento simbólico.

    Mientras existan decenas de figuras de futbolistas masculinos y ninguna de campeonas del mundo, el mensaje seguirá siendo claro. Y mientras existan muñecas Barbie futbolistas que sí entienden el poder de la representación, la pregunta será inevitable: ¿por qué una industria sí ha sabido adaptarse y otra sigue mirando hacia otro lado?

    El fútbol femenino ya ha ganado en el campo. Falta que gane, de una vez, en los estantes, ya que actualmente únicos Funko Pop! oficiales vinculados al fútbol femenino son muy escasos y se concentran casi exclusivamente en la selección femenina de Estados Unidos: existen figuras de Megan Rapinoe (con varias versiones), Mia Hamm y Brandi Chastain, todas ellas asociadas a la penúltima nación que se llevó el título mundial y lanzadas como excepciones dentro de la línea Soccer de Funko, mientras que no hay figuras oficiales de jugadoras de clubes femeninos ni de selecciones europeas, y tampoco existe ningún Funko de futbolistas españolas pese a sus éxitos recientes; esta limitada representación contrasta de forma evidente con la amplísima oferta de futbolistas masculinos y confirma que el fútbol femenino sigue siendo tratado por la industria del coleccionismo como una anomalía puntual y no como una parte estructural del imaginario deportivo global, pero ni rastro de las actuales campeonas del mundo, la Nations League y subcampeonas de Europa.

  • Reportaje | Claudia Pina es la elegancia hecha gol

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🟣 La exjugadora del Sevilla Fútbol Club tiene el instinto del gol que creció a la par que el todopoderoso Barcelona y no deja de reinventarse.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Desde las pistas de fútbol sala de Montcada i Reixach hasta el césped del Camp Nou, Claudia Pina Medina ha construido una carrera marcada por la precocidad, el talento natural para el gol y una capacidad poco común para adaptarse y evolucionar. Delantera voraz, canterana ejemplar y símbolo de una generación que ha hecho del Barça una referencia mundial, Pina representa la mezcla perfecta entre formación, ambición y ADN competitivo. Este es el retrato completo de una futbolista que empezó marcando goles antes incluso de saber hasta dónde podía llegar.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Claudia Pina Medina nació el 12 de agosto de 2001 en Moncada i Reixach, un municipio barcelonés donde el fútbol no era todavía un camino evidente para una niña, pero sí una pasión imposible de contener. Sus primeros pasos no fueron sobre hierba natural, sino en el fútbol sala, un detalle que resulta clave para entender muchas de las virtudes que hoy definen su juego.

    En espacios reducidos, con menos tiempo para decidir y mayor exigencia técnica, Pina empezó a desarrollar esa relación casi íntima con el balón que la distingue: controles orientados precisos, golpeos rápidos y una lectura del juego impropia de su edad.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Ese talento no pasó desapercibido. En 2011, cuando apenas tenía diez años, los ojeadores del RCD Espanyol la detectaron y la incorporaron a su estructura de formación. Fue el primer gran salto de su vida deportiva y, al mismo tiempo, el inicio de una trayectoria marcada por decisiones valientes y retos constantes. Dos años después, en 2013, el Fútbol Club Barcelona llamó a su puerta.

    Con solo 12 años, Pina ingresó en el equipo infantil-alevín del Barça, un entorno altamente competitivo en el que no solo debía destacar, sino también adaptarse a una exigencia diaria muy superior.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    La adaptación fue inmediata y contundente. En su segunda temporada como azulgrana, Claudia Pina firmó una cifra que hoy todavía se recuerda como una de las grandes barbaridades goleadoras del fútbol base: 100 goles en 20 partidos. Un promedio de cinco tantos por encuentro que no solo ayudó al equipo a conquistar el campeonato de liga juvenil, sino que situó su nombre en todas las agendas del fútbol femenino español. No era solo una goleadora compulsiva; era una jugadora capaz de decidir partidos por sí sola, de aparecer en los momentos clave y de convertir cada balón suelto en una amenaza.

    (Fuente: RFEF)

    Ese crecimiento acelerado desembocó, de manera natural, en su debut con el primer equipo. En enero de 2018, con apenas 16 años y cinco meses, Claudia Pina disputó su primer partido oficial con el Barça femenino. Con ese estreno, se convirtió en la jugadora más joven en vestir la camiseta del primer equipo en un partido oficial, un récord que habla tanto de su talento como de la confianza que el club depositó en ella desde muy temprano. En un vestuario plagado de referentes y futbolistas consagradas, Pina comenzó a aprender, observar y sumar minutos en silencio, consciente de que su proceso debía ser gradual.

    (Fuente: UEFA)

    El verano de 2020 marcó un punto de inflexión en su carrera. En junio, el FC Barcelona anunció la renovación de Claudia Pina hasta 2023, una muestra clara de que el club la consideraba una pieza estratégica de futuro. Sin embargo, apenas un mes después, llegó una decisión tan inteligente como necesaria: su cesión al Sevilla FC durante la temporada 2020-2021. El objetivo era claro: ganar minutos, asumir responsabilidades y competir cada semana como titular en la élite.

    En Sevilla, Pina dio un paso adelante decisivo. Se convirtió en una de las titulares habituales del conjunto andaluz, acumulando 32 partidos oficiales entre Liga y Copa. Sus números —10 goles y siete asistencias— reflejan impacto, pero no cuentan toda la historia. En un equipo con menos dominio del balón que el Barça, Claudia tuvo que adaptarse a contextos más físicos, a partidos de mayor desgaste y a situaciones en las que el margen de error era mínimo. Esa experiencia la hizo más completa, más resistente y más consciente de los diferentes registros que exige el fútbol profesional.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Paralelamente a su carrera en clubes, la trayectoria de Claudia Pina con la selección española ha sido igualmente precoz y brillante. Con solo 14 años, fue convocada por primera vez por Toña Is para la selección sub-16, un hito que confirmaba su condición de talento generacional. En septiembre de 2016 llegó su debut con la selección sub-17 en un torneo UEFA disputado en la República Checa, y lo hizo de manera arrolladora: cinco goles en el torneo, incluido un triplete en su primer partido. Poco después, disputó su primer encuentro oficial en un Mundial sub-17, frente a Jordania, marcando también en su debut.

    A finales de 2017, su nombre apareció en una estadística que sorprendió incluso a los más expertos: Claudia Pina fue la máxima goleadora de las selecciones nacionales de la UEFA, sumando mujeres y hombres, con 16 goles en el año natural. Un dato que resume a la perfección su instinto, su regularidad y su capacidad para rendir en cualquier contexto competitivo.

    (Fuente: Liga F Moeve))

    Con el paso de los años, Pina ha ido asentándose de nuevo en la estructura del FC Barcelona, integrándose en una de las mejores plantillas del mundo. En un equipo dominador, de posesión larga y presión alta, su perfil encaja de forma natural, pero también le exige una evolución constante.

    (Fuente: RFEF)

    Ya no basta con marcar; hay que interpretar espacios, asociarse, presionar, entender cuándo acelerar y cuándo pausar. Y en ese proceso, Claudia ha demostrado una madurez creciente.

    (Fuente: UEFA)

    Fuera del terreno de juego, su figura también ha adquirido nuevas dimensiones. Su participación como embajadora en la Queens League con el equipo XBuyer TEAM la ha acercado a nuevos públicos y ha reforzado su imagen como referente de una generación que vive el fútbol desde múltiples plataformas, combinando élite deportiva y visibilidad mediática sin perder autenticidad.

    (Fuente: UEFA)

    Desde el punto de vista estrictamente futbolístico, Claudia Pina es una delantera con alma de goleadora clásica y recursos modernos. Su posición natural es la de atacante, pero su versatilidad le permite actuar tanto como delantera centro como partiendo desde banda, especialmente desde el costado izquierdo, donde puede perfilarse hacia dentro y buscar el disparo con su pierna dominante.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Una de sus principales virtudes es el remate. Pina finaliza con ambos pies, aunque destaca especialmente por la rapidez de ejecución: necesita muy poco tiempo para armar el golpeo, lo que la convierte en una amenaza constante dentro del área. Su pasado en fútbol sala se nota en los controles orientados en espacios reducidos y en la capacidad para resolver situaciones de uno contra uno en pocos metros.

    (Fuente: UEFA)

    A nivel táctico, es una jugadora inteligente. Sabe atacar el primer palo, leer segundas jugadas y aparecer desde atrás para sorprender a las defensoras. No es una delantera estática; se mueve constantemente entre líneas, arrastra marcas y genera espacios para sus compañeras. En equipos dominadores como el Barça, su lectura del timing para desmarcarse es especialmente valiosa.

    (Fuente: UEFA)

    En el apartado asociativo, ha evolucionado notablemente. Si en categorías inferiores destacaba casi exclusivamente por su capacidad goleadora, hoy es una futbolista mucho más completa, capaz de combinar en corto, descargar de espaldas y participar en la circulación ofensiva. Su paso por el Sevilla fue clave para mejorar en este aspecto, obligándola a intervenir más en la construcción y no solo en la finalización.

    Defensivamente, Pina aporta trabajo y presión. No es una jugadora física en el sentido tradicional, pero compensa con intensidad, anticipación y compromiso. En sistemas de presión alta, su primer paso y su capacidad para orientar la salida rival son muy útiles.

    (Fuente: RFEF )

    Como área de mejora, su reto principal sigue siendo la regularidad en minutos y continuidad, algo condicionado por la enorme competencia en el FC Barcelona. También puede seguir creciendo en el juego aéreo y en la toma de decisiones en contextos de máxima velocidad, aunque su progresión en estos aspectos es evidente.

    Claudia Pina es, en definitiva, una futbolista hecha en La Masia en el sentido más profundo del término: talento cultivado, paciencia, aprendizaje y una ambición silenciosa que se manifiesta cada vez que pisa el área. Una delantera que ya ha escrito capítulos importantes de su historia, pero que todavía parece estar lejos de su techo. En un fútbol femenino que avanza a pasos agigantados, su nombre sigue siendo sinónimo de gol, futuro y Barça.

    Y como toda historia que se escribe desde la excelencia colectiva, la carrera de Claudia Pina también se mide en títulos, en celebraciones compartidas y en noches europeas que han ido forjando su carácter competitivo. Porque aunque su recorrido ha estado marcado por la juventud y la paciencia, su palmarés ya habla el lenguaje de las grandes.

    Con el Fútbol Club Barcelona, Claudia Pina ha formado parte de la etapa más gloriosa de la historia del club en el fútbol femenino. Ha levantado múltiples Ligas, siendo testigo y protagonista de una hegemonía sostenida en el tiempo, donde el Barça no solo gana, sino que domina, impone y redefine los estándares del juego. A esas ligas se suman Copas de la Reina, títulos que condensan la exigencia del KO, la presión de los partidos decisivos y la necesidad de aparecer cuando no hay red de seguridad.

    Pero si hay un trofeo que eleva cualquier carrera a una dimensión superior, ese es la UEFA Women’s Champions League. Claudia Pina ha saboreado la gloria europea con el Barça, formando parte de una generación que ha convertido al club azulgrana en una potencia continental, respetada y temida en todos los estadios de Europa. No todas las futbolistas pueden decir que han tocado el cielo europeo antes de cumplir los 25 años; Pina sí.

    A ese palmarés colectivo se suman Supercopas de España, títulos que reflejan la continuidad del éxito y la capacidad del equipo para reinventarse cada temporada, y que consolidan una vitrina que no deja de crecer. Cada medalla, cada foto con el trofeo, ha sido también una lección de competitividad, de exigencia diaria y de pertenencia a un grupo irrepetible.

    (Fuente: Liga F )

    En categorías inferiores de la selección española, su historial tampoco se queda atrás. Campeonatos, torneos UEFA, distinciones goleadoras y un reconocimiento temprano como una de las grandes referencias ofensivas del país. Ser la máxima goleadora de selecciones UEFA en un año natural, sumando fútbol masculino y femenino, no es una anécdota: es una declaración de talento puro y consistencia competitiva.

    (Fuente: RFEF)

    Y sin embargo, lo más poderoso del palmarés de Claudia Pina no está solo en lo que ya ha ganado, sino en cuándo lo ha ganado. Muy joven. Muy pronto. Con margen de crecimiento. Con la sensación permanente de que su mejor versión aún está por venir.

    Porque Claudia Pina no es únicamente una futbolista con títulos; es una futbolista moldeada por ellos. Cada liga la ha hecho más exigente, cada Champions más ambiciosa, cada cesión y cada regreso más consciente de su lugar en el fútbol. Ha aprendido a ganar desde el banquillo y desde el césped, a celebrar siendo protagonista y a construir en silencio cuando tocaba esperar.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El cierre de su historia, por ahora, no es una conclusión, sino una promesa.

    La de una delantera que creció marcando goles en pistas de fútbol sala, que rompió registros en el fútbol base, que debutó antes que nadie con el Barça y que entendió que el verdadero éxito no es llegar rápido, sino quedarse. Claudia Pina Medina ya tiene palmarés de campeona, memoria de aprendiz y hambre de futbolista grande.

    (Fuente: Fútbol Club Barcelona)

    Y mientras el Barça siga atacando, mientras España siga buscando talento y mientras el fútbol femenino continúe escribiendo su revolución, su nombre seguirá apareciendo donde siempre ha sabido estar: cerca del gol, cerca de los títulos y en el corazón de una generación que juega para hacer historia.

    (Fuente: UEFA)
  • Reportaje | Rosa Otermín, volver a casa: la rojiblanca que se fue para crecer y retornó para creer

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬜️ Hay futbolistas que llegan al Atlético de Madrid y otras que nacen siguen colchoneras, caso de nuestra protagonista.

    (Fuente: Liga F)

    Rosa Otermín Abella (Alcorcón, 2 de octubre de 2000) pertenece al segundo grupo. Rojiblanca de cuna, criada en el fútbol de barrio y formada en la cantera colchonera, su historia es la de una jugadora que tuvo que marcharse lejos para entender que su sitio estaba, inevitablemente, en casa. Un viaje de ida y vuelta que hoy la consolida como una de las laterales izquierdas más fiables y polivalentes de la Liga F Moeve.

    (Fuente: Liga F)

    Aunque nació en Alcorcón, Rosa creció en Fuensalida, el municipio toledano donde empezó a darle patadas al balón. Allí se forjó su carácter competitivo y su amor por un fútbol directo, vertical, ofensivo. Era delantera, goleadora y decisiva.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Con apenas 14 años, en 2015, dio el salto que toda niña rojiblanca sueña: ingresó en las categorías inferiores del Atlético de Madrid. En el Atlético C ocupó la posición de delantera y no tardó en destacar. Tanto, que en su primera temporada fue convocada por la selección española sub-17 para entrenamientos, mientras su equipo se proclamaba campeón del Grupo I de Preferente Madrileña.

    Rosa fue la máxima goleadora del equipo con 26 tantos, un dato que explica mejor que cualquier adjetivo su impacto inmediato. Ese mismo curso cerró el año como subcampeona de España sub-16 con la selección de Madrid, cayendo únicamente ante Cataluña.

    La temporada 2016-2017 marcó un punto de inflexión. Rosa ascendió al Atlético de Madrid B y comenzó a transformar su juego. Sin perder llegada, empezó a retrasar su posición. En abril se proclamó campeona de España sub-18, firmando una asistencia decisiva en la final ante Cataluña para que Ana Marcos anotara el gol del título.

    El Atlético de Madrid B terminó tercero en Segunda División y Rosa fue elegida jugadora revelación del equipo, confirmando que no era solo una atacante con gol, sino una futbolista completa.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En la 2017-2018 su evolución continuó. Pasó definitivamente al centro del campo y empezó a actuar en pretemporada con el primer equipo. Incluso llegó su primer gol con el Atlético de Madrid absoluto, en un amistoso ante el Albi francés.

    Ese año debutó oficialmente en Primera División: sustituyó a Esther González en el minuto 87 ante el Santa Teresa. Era el inicio de algo que parecía destinado a consolidarse.

    (Fuente: Liga F)

    En la temporada 2018-2019 obtuvo ficha del primer equipo. Dio una asistencia a Alex Chidiac ante el EDF Logroño y celebró un nuevo título de Liga, aunque alternó convocatorias con el filial, con el que logró el ascenso a la nueva Primera B. La temporada terminó con el golpe amargo de la final de Copa de la Reina perdida ante la Real Sociedad.

    Y entonces llegó la decisión más dura: salir del Atlético de Madrid a fin de aprender.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El 6 de agosto de 2019 se anunció la rescisión de su contrato y su fichaje por el Real Betis. Fue su particular erasmus futbolístico. Dos temporadas en Sevilla, jugando con regularidad, asumiendo responsabilidad defensiva y aprendiendo a competir en escenarios adversos, peleando por la permanencia.

    En 2021 dio otro paso adelante fichando por el Sevilla.Allí encontró estabilidad, un proyecto sólido y continuidad. Se asentó definitivamente como lateral izquierda, con mayor proyección ofensiva y lectura táctica. Tres temporadas en la zona media de la tabla terminaron de pulir a una futbolista madura, fiable y preparada para volver.

    el verano de 2024, Rosa Otermín regresó al Atlético de Madrid. Ya no era la niña de la cantera. Era una futbolista hecha.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Rosa volvió para sumar, competir y sentir, de nuevo, que el escudo que defendía era el suyo.

    Bajo las órdenes de Víctor Martín, disputó la titularidad del lateral izquierdo con Andrea Medina, adaptándose también como extremo izquierdo en los primeros meses por las lesiones del equipo. El Atlético logró la clasificación para la Champions League en la última jornada y alcanzó la final de la Copa de la Reina, confirmando una temporada de alto nivel competitivo.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Su trayectoria internacional acompaña su crecimiento. Debutó con la sub-16 en 2015 firmando un partido inolvidable ante Escocia: tres goles en una victoria por 6-0. España fue campeona del torneo.

    Con la sub-19, levantó la Eurocopa y participó en varias fases finales, demostrando su versatilidad y comprensión táctica. Una futbolista capaz de jugar como delantera, centrocampista o lateral, siempre con profundidad, velocidad y anticipación.

    En la sub-17, fue titular indiscutible en el Europeo de República Checa, jugando todos los partidos como lateral izquierda. España cayó en la final ante Alemania en los penaltis.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ✨Palmarés de Rosa Otermín:

    Liga F (Primera División Femenina)
    • Atlético de Madrid: 2017-18, 2018-19
    • ⬆️ Ascenso a Primera B
    • Atlético de Madrid B: 2018-19
    • 🥈 Finalista Copa de la Reina
    • Atlético de Madrid: 2019, 2025

    Con selecciones
    • 🏆 Eurocopa Sub-19
    • España: 2018
    • 🏆 Torneo de Desarrollo UEFA Sub-16
    • España: 2015
    • 🥈 Subcampeona de Europa Sub-17
    • España: 2017
    • 🥈 Subcampeona de España Sub-16
    • Selección de Madrid: 2015
    • 🏆 Campeona de España Sub-18
    • Selección de Madrid: 2017

    Porque hay regresos que no se miden en kilómetros ni en contratos. Hay regresos que se miden en latidos. En recuerdos. En una camiseta heredada, en una bufanda vieja, en una mano de padre señalando el césped mientras dice: “Mira bien, esto no es solo fútbol. Esto es el Atleti.”

    Rosa Otermín no volvió al Atlético de Madrid en el verano de 2024.
    Rosa regresó a casa.

    Y para entender lo que significa ese regreso hay que volver atrás. Mucho más atrás que cualquier debut en Primera División, que cualquier convocatoria con la selección, que cualquier final o clasificación europea. Hay que volver al origen. Al punto exacto en el que el fútbol dejó de ser solo un juego y se convirtió en identidad.

    En cada acción defensiva, una transición o un repliegue, ya sabía reconocer un escudo. El rojiblanco. El de las rayas que no se eligen, se heredan. El que no se explica, se siente.

    Ese escudo se lo enseñó su padre, Agustín.

    (Fuente: Liga F)

    Agustín no le habló del Atlético como se habla de un club.

    Le habló como se habla de una forma de estar en el mundo. De resistir. De no rendirse. De competir incluso cuando todo parece perdido. De levantarse siempre una vez más.

    Entrar en la cantera del Atlético de Madrid con 14 años no fue un golpe de suerte. Fue la consecuencia natural de una obsesión bien entendida. Rosa era delantera. Tenía gol. Tenía hambre. Tenía esa forma tan atlética de no conformarse nunca.

    Cada gol en Preferente, cada carrera, cada convocatoria con la selección sub-17, eran pasos hacia un lugar que ella ya conocía emocionalmente antes de pisarlo profesionalmente.

    Pero el Atlético no regala nada. Nunca lo ha hecho. Y Rosa aprendió pronto que amar un escudo no te garantiza un sitio. Te obliga a merecerlo todos los días.

    Por eso aceptó cada reconversión. Cada cambio de rol. Cada decisión que la alejaba del foco pero la acercaba al equipo. De delantera a centrocampista. De centrocampista a lateral.

    (Fuente: X)

    De protagonista a engranaje. De promesa a jugadora útil que hoy en día destaca con el catorce en Alcalá de Henares.

    Ese proceso, silencioso y a veces ingrato, es profundamente rojiblanco. Porque en el Atlético nadie brilla solo, se hace en conjunto o no se resplandece.

    Puede que Rosa gane más títulos, que juegue más finales, que su carrera la lleve a otros escenarios; el fútbol es movimiento, pero hay una verdad que nadie le puede quitar: Rosa Otermín volvió al Atlético de Madrid siendo futbolista y siendo rojiblanca. En un fútbol cada vez más fugaz, mercantil y desarraigado, su regreso es casi revolucionario, porque el Atlético no es un lugar por el que se pasa, sino un lugar al que se vuelve.

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    Y Rosa volvió por su padre, por la niña que fue, por la futbolista que es y, sobre todo, por el escudo que nunca dejó de sentir suyo.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Reportaje | Edna Imade es la nómada del gol

    (Fuente: Bayern de Múnich)

    🟧 La campeona de la Liga de Naciones con España tiene tras de sí una historia de superación única.

    Edna Imade (Marruecos, 5 de octubre de 2000) es una futbolista profesional española de origen nigeriano que juega como delantera en el F. C. Bayern de Múnich.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Edna Imade habla de goles, de partidos, de tácticas, de entrenamientos, de cifras que hoy la colocan entre las mejores delanteras de la Liga F, pero cuando baja la voz y elige las palabras con cuidado, cuando el fútbol deja de ser presente y se convierte en consecuencia, siempre aparece la misma figura: su madre. “La verdadera final la ha jugado ella”, dice Edna, y no es una frase hecha, es una convicción que atraviesa toda su vida. Porque antes de que existiera un balón, antes de que hubiera un campo, una portería o una grada, hubo una mujer caminando por el desierto, embarazada, con miedo, con determinación, con una promesa silenciosa hecha a dos hijos que aún no habían nacido: sobrevivir.

    Floren estaba embarazada de mellizos cuando decidió marcharse. Edna y Paul viajaban ya con ella, aún sin saber que su vida iba a comenzar en tránsito. Nigeria quedaba atrás con todo lo que eso significa: la familia, la tierra, la identidad, un marido que nunca pudo acompañarlos y que acabaría encarcelado y deportado. Marruecos fue la primera parada, pero no fue refugio, fue espera, fue dolor, fue miedo. Allí nacieron Edna y su hermano, y allí Floren vivió tres meses que su hija define sin rodeos como “un infierno”. Después llegó la patera, el mar, la incertidumbre, y finalmente España. Algeciras. Tierra firme. Un lugar desconocido que acabaría siendo hogar.

    Edna ha escuchado esa historia mil veces. La ha escuchado hasta aprenderla de memoria, pero no se ha acostumbrado nunca a ella. Cada vez que la cuenta, vuelve a doler. “Llegamos a Algeciras y a partir de ahí nos ayudó mucha gente, Cáritas, personas que no nos conocían de nada”, recuerda. En sus palabras no hay victimismo, hay agradecimiento. “Nunca he pasado hambre, nunca he pasado frío. Todo ha sido gracias a mi madre y a la gente que nos ayudó. Gracias a ellos hoy estoy donde estoy”. En ese “donde estoy” cabe mucho más que una carrera deportiva. Cabe una vida digna. Cabe la posibilidad de soñar.

    Su familia en España se reduce a tres nombres: Floren, Paul y ella. Nada más. Nada menos. “Es la única familia que tengo aquí. Los quiero con toda mi alma”. En ese triángulo se sostiene todo. El fútbol, los estudios, la ambición, la estabilidad emocional. Después de Algeciras llegó Carmona, Sevilla, y con Carmona llegó el balón. Antes probó otras cosas: gimnasia, flamenco. Nada funcionó. “No era nada elástica”, dice entre risas, como si el destino ya estuviera avisando de que su camino iba por otro lado. El patio del recreo fue su primer estadio. Allí entendió que la pelota no era un juego más, era un idioma.

    Jugaba con niños, y jugaba mejor que muchos. Escuchó insultos, etiquetas, palabras que intentan frenar a las niñas que se salen del guion. “Machorra”, “pareces un chico”. No le importó. O no tanto. Porque cuando eliges primero, cuando marcas diferencias, el ruido se apaga. Empezó como central. Alta, fuerte, dominante. “Yo era una bigarda”, dice riéndose, sin perder nunca ese humor que la acompaña incluso cuando habla de lo más duro. Era defensa porque ahí nadie pasaba. Hasta que un día le dijeron que ya no podía seguir jugando con chicos. Y ahí apareció el fútbol sala, el Santa Ana, una nueva etapa que parecía definitiva.

    Pero la vida, como el fútbol, siempre tiene giros inesperados. La Tapia Cup de Málaga cambió su destino. Alguien la vio. Alguien entendió que aquello no era solo potencia, que había fútbol para once. Nervión fue el siguiente paso. Málaga CF después. Cacereño más tarde. Y en Cáceres no solo creció como futbolista, también como persona. Allí estudió, se formó, pensó en el futuro. Técnica en Enseñanza y Animación Sociodeportiva. Quiromasaje. Porque Edna siempre ha sabido algo que no todas las futbolistas tienen claro desde tan jóvenes: el fútbol es frágil. “Es corto. Más aún en mujeres. Lesiones, maternidad… hay que tener un plan B”.

    Ese plan B no le quitó ambición al plan A. Al contrario. Veinte goles en dos temporadas en Cáceres fueron la puerta definitiva. Agosto de 2023. Granada CF. Liga F. El sueño. El mismo que empezó en un patio de colegio, el mismo que parecía imposible para una niña nacida en tránsito, hija de una mujer que cruzó un desierto embarazada. Su debut fue una declaración de intenciones: gol, victoria, Los Cármenes. “Tenía el presentimiento de que iba a marcar”. Y marcó. Su madre estaba allí. Todo tenía sentido.

    paso de Edna Imade por el Granada Club de Fútbol no puede explicarse únicamente con goles, cifras o estadísticas, aunque todas ellas existan y sean relevantes. Su llegada al conjunto nazarí en el verano de 2023 supuso mucho más que un fichaje: fue la materialización de un sueño largamente perseguido, la confirmación de una promesa íntima y silenciosa que la propia Edna se había hecho siendo niña, cuando jugaba descalza en el patio de un colegio andaluz sin saber si algún día existiría un lugar para ella en el fútbol profesional. Granada no fue solo un club; fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida.

    Cuando Edna firmó por el Granada CF, el equipo acababa de ascender a Liga F. El contexto no era sencillo. Un recién ascendido siempre vive entre la ilusión y la incertidumbre, entre el entusiasmo de haber llegado y el vértigo de mantenerse. Para Edna, aquel escenario tenía un significado especial: era su primera experiencia en la élite, la Primera División que había imaginado desde pequeña y que durante años pareció lejana, casi inalcanzable. Llegaba después de dos temporadas sobresalientes en el Cacereño, donde había marcado veinte goles y había demostrado no solo capacidad goleadora, sino también una fortaleza mental poco común. Granada apostó por ella sabiendo que no fichaba únicamente a una delantera, sino a una futbolista construida desde la resistencia.

    La adaptación fue rápida, pero no automática. Edna aterrizó en un vestuario nuevo, con dinámicas distintas, con un nivel de exigencia superior y con la presión añadida de un equipo que sabía que cada punto iba a ser vital para la permanencia. Desde el primer día entendió que su rol no iba a limitarse a marcar goles. Había que correr, presionar, pelear, asumir duelos constantes, convivir con la frustración y sostener al equipo en los momentos de mayor dificultad. En ese contexto, su debut en Liga F fue casi un relato simbólico: Granada recibía a la Real Sociedad en Los Cármenes y Edna, en su estreno en la máxima categoría, marcó el gol de la victoria. Un tanto que no solo valió tres puntos, sino que confirmó que estaba preparada para ese escenario.

    (Fuente: RFEF)

    Aquel gol fue mucho más que una buena carta de presentación. Fue una liberación emocional. Edna lo ha explicado después con palabras sencillas, pero cargadas de significado: tenía el presentimiento de que iba a marcar. No fue una cuestión de arrogancia, sino de intuición, de sentir que todo lo vivido hasta entonces tenía que desembocar en algo así. En la grada estaba su madre, Floren, la misma que había cruzado el Sáhara embarazada, la misma que había llegado en patera a España buscando una vida mejor para sus hijos. Ese gol, celebrado con rabia y emoción, fue también un homenaje silencioso a todo ese camino.

    La temporada, sin embargo, no fue un camino recto. Tras ese inicio prometedor, el Granada CF comenzó a experimentar la dureza de la Liga F. Los partidos se sucedían con una exigencia física y mental enorme, y el equipo entró en una dinámica complicada. Edna, como el resto del grupo, tuvo que aprender a convivir con la frustración, con partidos en los que el esfuerzo no se traducía en resultados, con momentos en los que la confianza se ponía a prueba. Para una futbolista debutante en la élite, ese proceso puede ser devastador. Para Edna, fue formativo.

    Durante ese primer curso, su aportación fue irregular en términos goleadores, pero constante en trabajo y compromiso. Sufrió, aprendió y creció. Hubo partidos en los que tuvo que adaptarse a posiciones distintas, asumir responsabilidades defensivas, jugar de espaldas, pelear cada balón como si fuera el último. No siempre fue reconocida por los números, pero sí por el cuerpo técnico y por sus compañeras, que encontraron en ella una futbolista fiable, fuerte y solidaria. El Granada CF, como equipo, llegó a la última jornada jugándose la permanencia. La presión era máxima. El margen de error, inexistente.

    (Fuente: RFEF)

    Y entonces llegó Ipurua. Última jornada. Partido decisivo ante la SD Eibar. Granada necesitaba ganar para seguir en Liga F. En ese contexto, Edna volvió a aparecer. Marcó uno de los goles del triunfo que certificó la permanencia. Fue un momento de alivio colectivo, de celebración contenida, de emoción acumulada durante meses. Para Edna, aquel gol tuvo un valor especial: significaba que su primer año en Primera División no había sido en vano, que había aportado en el momento más crítico, que su esfuerzo tenía sentido.

    Ese final de temporada marcó un antes y un después en su relación con el club. Edna no solo había debutado en la élite; había ayudado a sostener al Granada CF en ella. La experiencia, dura y exigente, le dejó una enseñanza clara: si quería crecer, debía dar un paso más. Y ese paso llegó en su segunda temporada, ya con el aprendizaje interiorizado y con una confianza renovada.

    El curso siguiente mostró a una Edna Imade distinta. Más madura. Más segura. Más consciente de sus virtudes. Desde el inicio de la temporada, su impacto fue inmediato. Los goles comenzaron a llegar con una regularidad que sorprendió incluso a ella misma. En apenas once jornadas, ya había superado los registros de toda la temporada anterior. Siete goles. Tercera máxima goleadora de la Liga F. Un salto cuantitativo y cualitativo que no se explica por una sola razón, sino por la suma de muchos factores.

    Uno de ellos fue la confianza del cuerpo técnico. La llegada de Arturo Ruiz supuso un cambio importante. El entrenador entendió rápidamente el potencial de Edna y le transmitió un mensaje claro: creía en ella. Esa confianza se tradujo en continuidad, en claridad de rol y en un cambio de posición que resultó decisivo. Edna dejó progresivamente la banda para ocupar posiciones más centradas, más cercanas al área, donde sus cualidades físicas, su potencia y su capacidad para atacar espacios podían marcar la diferencia. El cambio de chip fue inmediato. Edna empezó a sentirse delantera centro. A jugar como tal y a pensar como tal.

    El paso de Edna Imade por el Granada Club de Fútbol no puede explicarse únicamente con goles, cifras o estadísticas, aunque todas ellas existan y sean relevantes. Su llegada al conjunto nazarí en el verano de 2023 supuso mucho más que un fichaje: fue la materialización de un sueño largamente perseguido, la confirmación de una promesa íntima y silenciosa que la propia Edna se había hecho siendo niña, cuando jugaba descalza en el patio de un colegio andaluz sin saber si algún día existiría un lugar para ella en el fútbol profesional. Granada no fue solo un club; fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida.

    Cuando Edna firmó por el Granada CF, el equipo acababa de ascender a Liga F. El contexto no era sencillo. Un recién ascendido siempre vive entre la ilusión y la incertidumbre, entre el entusiasmo de haber llegado y el vértigo de mantenerse. Para Edna, aquel escenario tenía un significado especial: era su primera experiencia en la élite, la Primera División que había imaginado desde pequeña y que durante años pareció lejana, casi inalcanzable. Llegaba después de dos temporadas sobresalientes en el Cacereño, donde había marcado veinte goles y había demostrado no solo capacidad goleadora, sino también una fortaleza mental poco común. Granada apostó por ella sabiendo que no fichaba únicamente a una delantera, sino a una futbolista construida desde la resistencia.

    La adaptación fue rápida, pero no automática. Edna aterrizó en un vestuario nuevo, con dinámicas distintas, con un nivel de exigencia superior y con la presión añadida de un equipo que sabía que cada punto iba a ser vital para la permanencia. Desde el primer día entendió que su rol no iba a limitarse a marcar goles. Había que correr, presionar, pelear, asumir duelos constantes, convivir con la frustración y sostener al equipo en los momentos de mayor dificultad. En ese contexto, su debut en Liga F fue casi un relato simbólico: Granada recibía a la Real Sociedad en Los Cármenes y Edna, en su estreno en la máxima categoría, marcó el gol de la victoria. Un tanto que no solo valió tres puntos, sino que confirmó que estaba preparada para ese escenario.

    Aquel gol fue mucho más que una buena carta de presentación. Fue una liberación emocional. Edna lo ha explicado después con palabras sencillas, pero cargadas de significado: tenía el presentimiento de que iba a marcar. No fue una cuestión de arrogancia, sino de intuición, de sentir que todo lo vivido hasta entonces tenía que desembocar en algo así. En la grada estaba su madre, Floren, la misma que había cruzado el Sáhara embarazada, la misma que había llegado en patera a España buscando una vida mejor para sus hijos. Ese gol, celebrado con rabia y emoción, fue también un homenaje silencioso a todo ese camino.

    La temporada, sin embargo, no fue un camino recto. Tras ese inicio prometedor, el Granada CF comenzó a experimentar la dureza de la Liga F. Los partidos se sucedían con una exigencia física y mental enorme, y el equipo entró en una dinámica complicada. Edna, como el resto del grupo, tuvo que aprender a convivir con la frustración, con partidos en los que el esfuerzo no se traducía en resultados, con momentos en los que la confianza se ponía a prueba. Para una futbolista debutante en la élite, ese proceso puede ser devastador. Para Edna, fue formativo.

    Durante ese primer curso, su aportación fue irregular en términos goleadores, pero constante en trabajo y compromiso. Sufrió, aprendió y creció. Hubo partidos en los que tuvo que adaptarse a posiciones distintas, asumir responsabilidades defensivas, jugar de espaldas, pelear cada balón como si fuera el último. No siempre fue reconocida por los números, pero sí por el cuerpo técnico y por sus compañeras, que encontraron en ella una futbolista fiable, fuerte y solidaria. El Granada CF, como equipo, llegó a la última jornada jugándose la permanencia. La presión era máxima. El margen de error, inexistente.

    Y entonces llegó Ipurua. Última jornada. Partido decisivo ante la SD Eibar. Granada necesitaba ganar para seguir en Liga F. En ese contexto, Edna volvió a aparecer. Marcó uno de los goles del triunfo que certificó la permanencia. Fue un momento de alivio colectivo, de celebración contenida, de emoción acumulada durante meses. Para Edna, aquel gol tuvo un valor especial: significaba que su primer año en Primera División no había sido en vano, que había aportado en el momento más crítico, que su esfuerzo tenía sentido.

    Ese final de temporada marcó un antes y un después en su relación con el club. Edna no solo había debutado en la élite; había ayudado a sostener al Granada CF en ella. La experiencia, dura y exigente, le dejó una enseñanza clara: si quería crecer, debía dar un paso más. Y ese paso llegó en su segunda temporada, ya con el aprendizaje interiorizado y con una confianza renovada.

    El curso siguiente mostró a una Edna Imade distinta. Más madura. Más segura. Más consciente de sus virtudes. Desde el inicio de la temporada, su impacto fue inmediato.

    Los goles comenzaron a llegar con una regularidad que sorprendió incluso a ella misma. En apenas once jornadas, ya había superado los registros de toda la temporada anterior. Siete goles. Tercera máxima goleadora de la Liga F. Un salto cuantitativo y cualitativo que no se explica por una sola razón, sino por la suma de muchos factores.
    paso de Edna Imade por el Granada Club de Fútbol no puede explicarse únicamente con goles, cifras o estadísticas, aunque todas ellas existan y sean relevantes. Su llegada al conjunto nazarí en el verano de 2023 supuso mucho más que un fichaje: fue la materialización de un sueño largamente perseguido, la confirmación de una promesa íntima y silenciosa que la propia Edna se había hecho siendo niña, cuando jugaba descalza en el patio de un colegio andaluz sin saber si algún día existiría un lugar para ella en el fútbol profesional. Granada no fue solo un club; fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida.

    Cuando Edna firmó por el Granada CF, el equipo acababa de ascender a Liga F. El contexto no era sencillo. Un recién ascendido siempre vive entre la ilusión y la incertidumbre, entre el entusiasmo de haber llegado y el vértigo de mantenerse. Para Edna, aquel escenario tenía un significado especial: era su primera experiencia en la élite, la Primera División que había imaginado desde pequeña y que durante años pareció lejana, casi inalcanzable. Llegaba después de dos temporadas sobresalientes en el Cacereño, donde había marcado veinte goles y había demostrado no solo capacidad goleadora, sino también una fortaleza mental poco común. Granada apostó por ella sabiendo que no fichaba únicamente a una delantera, sino a una futbolista construida desde la resistencia.

    La adaptación fue rápida, pero no automática. Edna aterrizó en un vestuario nuevo, con dinámicas distintas, con un nivel de exigencia superior y con la presión añadida de un equipo que sabía que cada punto iba a ser vital para la permanencia. Desde el primer día entendió que su rol no iba a limitarse a marcar goles. Había que correr, presionar, pelear, asumir duelos constantes, convivir con la frustración y sostener al equipo en los momentos de mayor dificultad. En ese contexto, su debut en Liga F fue casi un relato simbólico: Granada recibía a la Real Sociedad en Los Cármenes y Edna, en su estreno en la máxima categoría, marcó el gol de la victoria. Un tanto que no solo valió tres puntos, sino que confirmó que estaba preparada para ese escenario.

    Aquel gol fue mucho más que una buena carta de presentación. Fue una liberación emocional. Edna lo ha explicado después con palabras sencillas, pero cargadas de significado: tenía el presentimiento de que iba a marcar. No fue una cuestión de arrogancia, sino de intuición, de sentir que todo lo vivido hasta entonces tenía que desembocar en algo así. En la grada estaba su madre, Floren, la misma que había cruzado el Sáhara embarazada, la misma que había llegado en patera a España buscando una vida mejor para sus hijos. Ese gol, celebrado con rabia y emoción, fue también un homenaje silencioso a todo ese camino.

    La temporada, sin embargo, no fue un camino recto. Tras ese inicio prometedor, el Granada CF comenzó a experimentar la dureza de la Liga F. Los partidos se sucedían con una exigencia física y mental enorme, y el equipo entró en una dinámica complicada. Edna, como el resto del grupo, tuvo que aprender a convivir con la frustración, con partidos en los que el esfuerzo no se traducía en resultados, con momentos en los que la confianza se ponía a prueba. Para una futbolista debutante en la élite, ese proceso puede ser devastador. Para Edna, fue formativo.

    Durante ese primer curso, su aportación fue irregular en términos goleadores, pero constante en trabajo y compromiso. Sufrió, aprendió y creció. Hubo partidos en los que tuvo que adaptarse a posiciones distintas, asumir responsabilidades defensivas, jugar de espaldas, pelear cada balón como si fuera el último. No siempre fue reconocida por los números, pero sí por el cuerpo técnico y por sus compañeras, que encontraron en ella una futbolista fiable, fuerte y solidaria. El Granada CF, como equipo, llegó a la última jornada jugándose la permanencia. La presión era máxima. El margen de error, inexistente.

    Y entonces llegó Ipurua. Última jornada. Partido decisivo ante la SD Eibar. Granada necesitaba ganar para seguir en Liga F. En ese contexto, Edna volvió a aparecer. Marcó uno de los goles del triunfo que certificó la permanencia. Fue un momento de alivio colectivo, de celebración contenida, de emoción acumulada durante meses. Para Edna, aquel gol tuvo un valor especial: significaba que su primer año en Primera División no había sido en vano, que había aportado en el momento más crítico, que su esfuerzo tenía sentido.

    Ese final de temporada marcó un antes y un después en su relación con el club. Edna no solo había debutado en la élite; había ayudado a sostener al Granada CF en ella. La experiencia, dura y exigente, le dejó una enseñanza clara: si quería crecer, debía dar un paso más. Y ese paso llegó en su segunda temporada, ya con el aprendizaje interiorizado y con una confianza renovada.

    El curso siguiente mostró a una Edna Imade distinta. Más madura. Más segura. Más consciente de sus virtudes. Desde el inicio de la temporada, su impacto fue inmediato. Los goles comenzaron a llegar con una regularidad que sorprendió incluso a ella misma. En apenas once jornadas, ya había superado los registros de toda la temporada anterior. Siete goles. Tercera máxima goleadora de la Liga F. Un salto cuantitativo y cualitativo que no se explica por una sola razón, sino por la suma de muchos factores.

    Uno de ellos fue la confianza del cuerpo técnico. La llegada de Arturo Ruiz supuso un cambio importante. El entrenador entendió rápidamente el potencial de Edna y le transmitió un mensaje claro: creía en ella. Esa confianza se tradujo en continuidad, en claridad de rol y en un cambio de posición que resultó decisivo. Edna dejó progresivamente la banda para ocupar posiciones más centradas, más cercanas al área, donde sus cualidades físicas, su potencia y su capacidad para atacar espacios podían marcar la diferencia. El cambio de chip fue inmediato. Edna empezó a sentirse delantera centro. A jugar como tal. A pensar como tal.

    A nivel colectivo, el Granada CF también dio un paso adelante. El equipo ganó solidez, confianza y estabilidad. Edna encontró una conexión especial con Laura Pérez, máxima asistente de la Liga F. La relación entre ambas se convirtió en uno de los pilares ofensivos del equipo. Tres de los siete goles de Edna llegaron tras asistencias de Laura, pero más allá de los números, lo que se consolidó fue una comprensión mutua, una química que se percibía en cada movimiento, en cada desmarque, en cada pase filtrado.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Ese crecimiento individual y colectivo situó al Granada CF en una posición mucho más cómoda en la clasificación. El equipo se alejó del descenso y comenzó a mirar hacia arriba, sin complejos. Edna, mientras tanto, se convirtió en una de las referencias ofensivas de la Liga F. Su nombre empezó a aparecer en conversaciones, en nominaciones, en análisis. Fue candidata a jugadora del mes. Apareció en el FIFA. Se convirtió en referente para muchas niñas que acudían a Los Cármenes o que la veían en los colegios cuando el club realizaba actividades sociales.

    Pero el paso de Edna por el Granada CF no se mide solo en lo que ocurre dentro del campo. Se mide también en su impacto humano, en su manera de representar los valores del club, en su historia personal, que conecta de forma natural con la identidad de una ciudad acostumbrada a la mezcla, a la resistencia y a la memoria. Edna encajó en Granada porque Granada entendió su historia. Porque es una futbolista que no olvida de dónde viene, que valora cada oportunidad y que no da nada por sentado.

    A nivel personal, su etapa en el Granada CF le permitió consolidarse no solo como futbolista, sino como mujer adulta, consciente de la importancia de la formación, del equilibrio y del futuro. Mientras marcaba goles en Liga F, seguía formándose, ampliando horizontes, pensando en el día después del fútbol. Esa mentalidad, heredada de una madre que tuvo que planificar la supervivencia en circunstancias extremas, se convirtió en uno de sus mayores activos.

    Edna Imade no sabe cuánto durará su etapa en el Granada CF, pero sí sabe que el club ocupa un lugar central en su historia. Fue el equipo que le abrió las puertas de la élite. El lugar donde debutó, sufrió, aprendió y se consolidó. El escenario donde entendió que su sueño no era una excepción, sino una realidad construida con esfuerzo. Granada fue, y es, el espacio donde Edna dejó de ser promesa para convertirse en presente.

    Cada gol suyo en Los Cármenes lleva implícita una historia más larga que el propio partido. Una historia que empieza mucho antes de que el balón ruede. Y en ese relato, el Granada CF no es un capítulo más: es el capítulo en el que Edna Imade se confirmó como futbolista de Primera División, como referente del fútbol femenino y como símbolo de que los sueños, incluso los más improbables, pueden encontrar su lugar.

    La cesión de Edna Imade a la Real Sociedad de Fútbol fue, más que un simple movimiento de mercado, una estación decisiva en una carrera que ya venía marcada por la resistencia, la adaptación y la capacidad de crecer en contextos exigentes. Cuando la delantera llegó a San Sebastián procedente del Bayern de Múnich, lo hizo con la sensación de estar ante una oportunidad que no era menor ni transitoria, sino profundamente formativa. No aterrizaba en un club cualquiera: llegaba a una Real ambiciosa, estructurada, con una identidad futbolística clara y con la exigencia constante de competir en la parte alta de la tabla y en escenarios europeos. Era un entorno ideal para una futbolista que siempre ha entendido el fútbol como un espacio de aprendizaje continuo.

    Desde sus primeros días en Zubieta, Edna asumió que la cesión no era un paréntesis, sino un examen diario. Se integró en un vestuario con jerarquías consolidadas y con un estilo de juego que exigía precisión, lectura táctica y compromiso colectivo. Lejos de limitarse a esperar oportunidades, se ganó minutos desde el trabajo invisible: presión alta, desmarques constantes, capacidad para fijar centrales y una energía que encajó con la identidad competitiva del equipo. Su impacto fue progresivo, pero constante, hasta convertirse en una pieza reconocible dentro del sistema.

    Los números comenzaron a acompañar ese proceso de adaptación. Edna fue acumulando partidos, titularidades y minutos, apareciendo tanto en Liga F como en los compromisos europeos del conjunto txuri-urdin. En el campeonato doméstico firmó una cifra sostenida de goles y asistencias que no solo reflejaban su capacidad para finalizar, sino también su aportación al juego colectivo. Sumó goles decisivos, participó en acciones clave y se convirtió en una amenaza permanente para las defensas rivales, alternando apariciones como referencia ofensiva con movimientos desde zonas intermedias. A lo largo de la temporada, sus registros ofensivos —goles, ocasiones creadas, duelos ganados— hablaron de una futbolista en clara progresión, cada vez más cómoda en contextos de alta exigencia.

    Más allá de los números, su paso por la Real Sociedad estuvo marcado por una evolución evidente en su juego. Edna aprendió a convivir con defensas más cerradas, a interpretar mejor los tiempos del partido y a asumir responsabilidades en escenarios de presión máxima, especialmente en partidos europeos donde el margen de error es mínimo. En Anoeta y fuera de casa, su figura fue creciendo hasta convertirse en una de las delanteras más reconocibles del equipo, no solo por lo que marcaba, sino por lo que generaba para las demás.

    Esa evolución no pasó desapercibida en Múnich. El Bayern siguió de cerca cada paso de su cesión, consciente de que Edna estaba respondiendo al reto con madurez y rendimiento. Y entonces el contexto cambió de forma abrupta. La salida de Lea Schüller, que puso rumbo al Manchester United Women, dejó al Bayern sin una de sus referencias ofensivas y obligó al club alemán a reaccionar con rapidez. En ese escenario, la progresión de Edna y su rendimiento en la Real Sociedad se convirtieron en un argumento irrefutable. El Bayern decidió repescarla antes de tiempo, interrumpiendo la cesión para reincorporarla a su plantilla y cubrir una necesidad inmediata en ataque.

    La decisión fue, en sí misma, una confirmación del impacto de Edna en San Sebastián. No todas las cesiones terminan con una llamada anticipada del club de origen, y menos aún en un gigante europeo como el Bayern de Múnich. Para la Real Sociedad, supuso perder a una futbolista que ya formaba parte del equilibrio ofensivo del equipo; para Edna, fue la prueba definitiva de que su trabajo estaba siendo reconocido al más alto nivel.

    Su etapa en la Real Sociedad, aunque más corta de lo inicialmente previsto, dejó una huella clara. Dejó números, sí, pero sobre todo dejó sensaciones: la de una delantera capaz de competir en contextos de élite, de adaptarse a distintos estilos y de responder cuando el escenario se vuelve exigente. La cesión cumplió su función con creces. Edna se marchó de San Sebastián más completa, más segura y con la certeza de que estaba preparada para dar el siguiente paso.

    Así, su regreso anticipado al Bayern no fue una ruptura, sino una consecuencia lógica. Consecuencia de los goles marcados, de los minutos asumidos, de los partidos competidos y de una progresión que convirtió una cesión en una plataforma de lanzamiento. La Real Sociedad fue el lugar donde Edna Imade confirmó que su crecimiento no tenía techo inmediato; el Bayern, al repescarla antes de tiempo tras la marcha de Lea Schüller al Manchester United Women, simplemente reconoció una realidad que ya se había construido sobre el césped.

    (Fuente: Real Sociedad de Fútbol)

    En el Estadio de Zubieta están inmersos en la lucha por acceder a los puestos ligueros que dan plaza a jugar la ronda preliminar de la Liga de Campeones Femenina la temporada que viene, marchándose al parón navideño en tercera posición con 30 unidades en el zurrón, a tan solo dos de un Real Madrid que sigue la estela del todopoderoso Fútbol Club Barcelona, quien domina la Primera División Femenina como es habitual.

    La exjugadora del Club Polideportivo Cacereño y el Málaga Club de Fútbol podrá despedirse del conjunto guipuzcoano unos días después de Reyes en el compromiso que enfrentará a la Real Sociedad de Fútbol a domicilio (Alcalá de Henares) frente al Club Atlético de Madrid en un duelo directo por la Liga de Campeones que emitirá en abierto TEN TV (12:00 horario peninsular) en abierto a través de la TDT el 10 de enero de 2026.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Hay delanteras que marcan goles. Hay otras que marcan destinos. Edna está hecha para lo segundo.

    La que fuese futbolista del Málaga CFF en la temporada 2019-2020, ha de ser definida como una atacante muy polivalente que puede actuar tanto como referencia en la parcela ofensiva como extremo por ambos costados, sobresaliendo en el rectángulo de juego por su velocidad, gran disparo de larga y media distancia que posee un potente juego aéreo en las acciones a balón parado.

    Ya solo nos quedan noventa minutos para ver a la internacional española en categoría absoluta brillando en la Liga F Moeve y después habrá que conformase con verla defender la elástica de “La Roja”, que no es poco.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Reportaje | La continuidad de Silvia Lloris es el mejor regalo de Reyes del Atlético de Madrid

    (Fuente: DAZN )

    🟦 Silvia Lloris elige quedarse: el compromiso que refuerza el alma campeona del Atlético de Madrid.

    (Fuente: UEFA)

    Cuando el mercado ofrecía una salida dorada rumbo a Rayadas de Monterrey, Silvia Lloris decidió mirar al escudo y quedarse. En pleno invierno, su continuidad se convirtió en el mejor regalo posible para un Atlético de Madrid bicampeón de la Copa de la Reina: una futbolista que entiende el proyecto, siente el club y vuelve a demostrar que, más allá de las ofertas, hay decisiones que se toman con el corazón y con la ambición intacta de seguir haciendo historia en rojiblanco.

    Silvia Lloris (Murcia, 15 de mayo de 2004) ha tenido que tomar una de las decisiones más importantes de su carrera deportiva en este parón navideño en la Liga Profesional de Fútbol Femenino, permanecer para pertenecer.

    La campeona de Europa en categoría sub-20 con la Selección Española de Fútbol fue objeto de deseo del Real Madrid cuando brillaba en las filas de un Levante Unión Deportiva y ella eligió mudarse a la capital española, pero para vestir la colchonera.

    Silvia Lloris y la decisión que vale un título más: quedarse para seguir construyendo la historia del Atlético de Madrid, así se puede resumir lo que la futbolista murciana eligió entre turrones y guirnaldas en 2025.

    Hay decisiones que no necesitan ser explicadas porque se entienden solas. Decisiones que no se anuncian con estruendo, ni con comunicados grandilocuentes, pero que resuenan durante años en la memoria colectiva de un club.

    En el fútbol, donde el ruido del mercado suele taparlo todo, elegir quedarse es, muchas veces, el acto más revolucionario de todos. Y eso es exactamente lo que ha hecho Silvia Lloris. En pleno mercado invernal, con la posibilidad real de cruzar el Atlántico y vestir la camiseta de Rayadas de Monterrey, una de las grandes potencias del fútbol femenino en América, la centrocampista valenciana miró al escudo, al vestuario, al proyecto y decidió permanecer en el Atlético de Madrid.

    Una elección que trasciende lo contractual y que se convierte, por derecho propio, en el mejor regalo posible para un club que ya sabe lo que es ganar, resistir y volver a ganar: el bicampeón de la Copa de la Reina.

    Porque quedarse no siempre es lo más fácil. Quedarse implica renunciar a la comodidad de un nuevo comienzo, a la promesa de un salario mayor, a la experiencia exótica de otro fútbol y otro continente.

    Quedarse es asumir el peso de la responsabilidad, aceptar el desafío de seguir compitiendo en un entorno exigente, convivir con la presión diaria de un escudo que no permite relajaciones. En el Atlético de Madrid, quedarse es comprometerse con una forma de entender el fútbol y la vida. Y Silvia Lloris, que llegó al club para crecer y terminó convirtiéndose en una pieza esencial del engranaje rojiblanco, ha vuelto a demostrar que su relación con el Atlético no es circunstancial, sino profundamente identitaria.

    El contexto no podía ser más simbólico. El Atlético de Madrid Femenino atraviesa una etapa de madurez competitiva, una fase en la que los títulos ya no son una excepción, sino una obligación. El doblete reciente en la Copa de la Reina no solo consolidó al equipo como uno de los grandes dominadores del fútbol español, sino que reforzó una idea: este Atlético no se conforma con el presente, quiere seguir ampliando su legado.

    Y en ese proyecto, las jugadoras que entienden el peso de la historia y el valor del compromiso son tan importantes como cualquier fichaje de relumbrón. La continuidad de Silvia Lloris encaja exactamente ahí, en esa lógica invisible que no siempre aparece en las estadísticas, pero que sostiene a los equipos campeones.

    (Fuente: UEFA?

    Hablar de Silvia Lloris es hablar de una futbolista que ha sabido crecer desde la discreción. No es una jugadora de grandes titulares estridentes ni de gestos sobreactuados. Su fútbol se explica mejor desde la constancia, la inteligencia táctica y la capacidad para interpretar los tiempos del partido.

    El vestuario rojiblanco entiende bien el valor de estas decisiones. En un fútbol femenino que crece a gran velocidad, donde las carreras son cada vez más internacionales y los movimientos de mercado más frecuentes, las jugadoras que deciden quedarse se convierten en referentes silenciosos. No porque rechacen el progreso, sino porque eligen construirlo desde dentro. Silvia Lloris se suma así a esa estirpe de futbolistas que entienden que los títulos no se sostienen solo con talento, sino con continuidad, con conocimiento mutuo, con automatismos que solo se adquieren con el tiempo.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En un fútbol cada vez más acelerado, Lloris aporta pausa. En un deporte donde el físico y la intensidad son imprescindibles, ella añade lectura, orden y equilibrio. Su rol en el centro del campo del Atlético ha sido el de esas jugadoras que cosen al equipo sin reclamar protagonismo, que sostienen la estructura para que otras puedan brillar. Y ese tipo de futbolistas son, casi siempre, las más difíciles de sustituir.

    El interés de Rayadas de Monterrey no era casual. El club mexicano lleva años construyendo un proyecto ambicioso, con inversión, identidad y resultados. La Liga MX Femenil se ha convertido en un destino atractivo para futbolistas europeas, no solo por las condiciones económicas, sino por la competitividad creciente y el impacto mediático. Para Silvia Lloris, la opción de marcharse representaba un salto internacional, una experiencia vital distinta y un reconocimiento implícito a su rendimiento. Tenía sentido. Era una oportunidad legítima. Y, sin embargo, no fue suficiente para romper el vínculo con el Atlético de Madrid.

    El mercado invernal suele ser un periodo de incertidumbre, de rumores, de movimientos que alteran equilibrios. Para el Atlético de Madrid, esta vez, ha sido también un momento de reafirmación. Mantener a Silvia Lloris no es solo retener a una futbolista clave; es consolidar una idea de club. Es decirle al fútbol que el proyecto rojiblanco tiene argumentos suficientes para convencer, para seducir desde dentro, para ofrecer algo más que un contrato.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Porque hay algo en el Atlético que no se puede explicar desde fuera. Algo que se aprende en el día a día, en los entrenamientos, en los viajes, en los partidos sufridos, en las remontadas imposibles y en las derrotas que duelen más que en ningún otro sitio. El Atlético no es un club que prometa caminos fáciles. Es un club que exige compromiso total, que te pide estar incluso cuando el cuerpo y la cabeza dicen basta.

    Quedarse en el Atlético es aceptar esa exigencia como parte de la identidad propia. Y Silvia Lloris ha demostrado que esa identidad ya forma parte de ella.

    La Copa de la Reina, competición fetiche para el Atlético de Madrid, funciona aquí como telón de fondo emocional. El bicampeonato no solo habla de un equipo ganador, sino de un grupo que ha sabido reinventarse, adaptarse a los cambios y mantener la ambición intacta. En ese contexto, cada decisión individual tiene un impacto colectivo. La continuidad de Lloris refuerza la sensación de estabilidad, de proyecto sólido, de vestuario comprometido. Es un mensaje hacia dentro, para las compañeras, y hacia fuera, para rivales y aficionados: este Atlético no se desarma en invierno, no se debilita cuando llegan las ofertas. Al contrario, se reafirma.

    (Fuente: DAZN)

    Desde el punto de vista deportivo, su permanencia ofrece certezas a un equipo que aspira a todo. Lloris conoce el sistema, entiende los mecanismos defensivos y ofensivos, se adapta a distintos roles en el centro del campo y aporta una regularidad fundamental en una temporada larga y exigente. Pero más allá de lo táctico, su presencia aporta liderazgo tranquilo, ejemplo diario y una conexión con el club que no se improvisa. En un fútbol cada vez más profesionalizado, ese tipo de liderazgo es oro puro.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Hay también una lectura simbólica que no debe pasarse por alto. El Atlético de Madrid ha construido gran parte de su identidad reciente sobre la idea de resistencia, de lucha contra contextos adversos, de fidelidad a unos valores que van más allá del resultado inmediato. En el femenino, esa identidad se ha traducido en un proyecto que, pese a las dificultades estructurales del fútbol español, ha sabido mantenerse en la élite y competir de tú a tú con cualquiera. La decisión de Silvia Lloris encaja perfectamente en ese relato. Es una elección que habla de pertenencia, de confianza en el camino elegido y de ambición a largo plazo.

    Para la afición, su continuidad es un motivo de orgullo. En un tiempo en el que los ídolos parecen efímeros, ver a una jugadora apostar por el club refuerza el vínculo emocional con el equipo. La grada entiende estas cosas. Entiende que no todas las decisiones se miden en cifras, que hay gestos que construyen identidad. Y quedarse, cuando se podría haber partido, es uno de esos gestos que se recuerdan.

    En el futuro, cuando se repasen las trayectorias, esta decisión aparecerá como uno de esos puntos de inflexión silenciosos.

    No habrá una fecha exacta ni una foto icónica, pero sí la certeza de que, en un invierno concreto, una jugadora decidió quedarse y eso fortaleció a un equipo campeón. El Atlético de Madrid seguirá compitiendo, ganando y perdiendo, como todos.

    Pero lo hará con la tranquilidad de saber que tiene futbolistas que creen en el proyecto tanto como el club cree en ellas.

    Silvia Lloris ha elegido quedarse. Y en el Atlético de Madrid, donde la palabra compromiso tiene un peso específico, esa elección vale tanto como un título. Es el mejor regalo para un bicampeón de la Copa de la Reina que no se conforma con mirar al pasado, sino que sigue escribiendo su historia con decisiones firmes, silenciosas y profundamente rojiblancas.

    (Fuente: UEFA)

    consolidarse durante cuatro temporadas en el Levante UD, donde acumuló un total de 77 partidos oficiales y se convirtió en una de las defensoras más fiables del proyecto granota, su carrera dio un giro decisivo en el verano de 2024, cuando el Atlético de Madrid apostó por su fichaje como parte de una renovación estratégica de la línea defensiva. Su etapa en Valencia había estado marcada por una progresión constante, por la asimilación temprana de responsabilidades competitivas y por una madurez impropia de su edad, hasta el punto de convertirse en una futbolista reconocible tanto por su regularidad como por su carácter competitivo, una seña de identidad que terminaría encajando de manera natural con el ADN rojiblanco.

    Su llegada al Atlético coincidió con un periodo de transición en el club, en el que se buscaba reforzar la estructura defensiva con perfiles jóvenes pero contrastados, capaces de sostener el ritmo competitivo de la Liga F y, al mismo tiempo, de asumir la exigencia europea. Tras su participación en el Mundial sub-20, del que regresó con un notable crecimiento competitivo y una experiencia internacional que amplió su lectura del juego, se hizo rápidamente con el puesto de titular. No fue una adaptación progresiva ni una irrupción tímida: desde sus primeros encuentros dejó claro que estaba preparada para liderar desde atrás, imponiendo presencia, orden y una intensidad que elevó el nivel de la zaga colchonera.

    Bajo la dirección de Víctor Martín, el Atlético de Madrid encontró en ella una defensora capaz de sostener el sistema desde múltiples registros. Su temporada de debut se cerró con cuatro goles, una cifra especialmente significativa para una futbolista cuya posición principal es la defensa, pero que explica bien una de sus mayores virtudes: la capacidad para influir en ambas áreas. Su aportación ofensiva no responde únicamente a situaciones aisladas de balón parado, sino a una lectura inteligente de los tiempos de llegada, a una agresividad bien medida para atacar segundos balones y a una determinación clara cuando detecta espacios en la frontal o en el segundo palo.

    El curso colectivo del Atlético estuvo marcado por luces y sombras, pero también por una notable resiliencia competitiva. El equipo logró clasificarse para la Liga de Campeones en la última jornada de liga, culminando una remontada clasificatoria que reforzó la identidad competitiva del grupo. Además, alcanzó la final de la Copa de la Reina, demostrando solvencia en eliminatorias a partido único, aunque se quedó a las puertas del éxito. En el plano europeo, la eliminación en la ronda previa de la Liga de Campeones y la caída en semifinales de la Supercopa dejaron un sabor agridulce, pero también expusieron el margen de crecimiento de un proyecto en el que ella fue una de las piezas más fiables a lo largo de la temporada.

    Desde el punto de vista del scouting, su perfil responde al de una defensora moderna, completa y con un alto grado de competitividad. En el plano defensivo destaca por su agresividad controlada en el duelo, tanto en campo abierto como en espacios reducidos. Es una futbolista que no rehúye el contacto, que mide bien cuándo anticipar y cuándo temporizar, y que rara vez queda mal perfilada en situaciones de uno contra uno. Su lectura corporal de la atacante rival le permite orientar las acciones hacia zonas menos peligrosas, cerrando líneas de pase interiores y obligando a jugar por fuera, donde se siente especialmente cómoda defendiendo.

    En el juego aéreo es dominante, no solo por capacidad física sino por timing y determinación. Ataca el balón con convicción, tanto en acciones defensivas como ofensivas, y transmite seguridad al resto de la línea cuando el equipo defiende en bloque bajo. Esta fortaleza se traslada también a las jugadas de estrategia ofensiva, donde su capacidad para ganar el primer contacto y prolongar la acción genera segundas jugadas que el equipo sabe aprovechar.

    Con balón, su evolución ha sido especialmente notable desde sus últimas temporadas en el Levante hasta su consolidación en el Atlético. No es una defensora limitada a despejar o jugar en corto por compromiso: posee una salida de balón limpia, con capacidad para romper líneas mediante pases tensos al interior o cambios de orientación bien ejecutados. Su toma de decisiones es, en general, madura y eficiente; rara vez se precipita, entiende cuándo acelerar el juego y cuándo pausar para reorganizar al equipo. Esta fiabilidad en la circulación permite al Atlético iniciar ataques desde atrás sin renunciar al control, incluso bajo presión alta del rival.

    A nivel táctico, interpreta con solvencia distintos sistemas defensivos. Puede rendir tanto en una línea de cuatro como en una defensa de tres centrales, adaptándose a los ajustes del entrenador sin perder eficacia. En defensa adelantada muestra una buena coordinación con la línea, controla bien la espalda y corrige con rapidez cuando el equipo pierde el balón en zonas comprometidas. En bloque bajo, se muestra disciplinada, mantiene la concentración durante largos tramos sin balón y no pierde la referencia del marcaje ni del espacio.

    Su carácter competitivo es uno de sus grandes diferenciales. Transmite liderazgo desde el comportamiento, no tanto desde el gesto exagerado, sino desde la constancia, la fiabilidad y la intensidad sostenida. Es una futbolista que eleva el nivel de exigencia del entorno, que no desconecta y que responde bien en escenarios de máxima presión, como finales o partidos decisivos por objetivos. Esa mentalidad se refleja también en su regularidad física, con una notable capacidad para sostener el ritmo competitivo a lo largo de la temporada.

    En el plano emocional, su perfil encaja con el de una futbolista que entiende el peso del escudo y la responsabilidad de competir en un club como el Atlético de Madrid. Su adaptación rápida al contexto rojiblanco no fue casual, sino consecuencia de una personalidad competitiva alineada con los valores históricos del club: intensidad, compromiso colectivo y mentalidad ganadora. Esta identificación con el entorno ha facilitado su integración en el vestuario y su crecimiento como referente defensivo a medio plazo.

    Su margen de mejora sigue siendo amplio. En el aspecto ofensivo, puede incrementar aún más su influencia si afina la selección de momentos para incorporarse al ataque y mejora la precisión en el último pase tras conducción. Defensivamente, el reto pasa por seguir puliendo la gestión del riesgo en anticipaciones muy agresivas ante rivales de máxima velocidad, especialmente en competiciones europeas donde el ritmo es más alto y el error se penaliza con mayor severidad.

    En conjunto, su primer año en el Atlético de Madrid confirma que su fichaje no fue una apuesta de futuro sin retorno inmediato, sino una incorporación de rendimiento presente.

    Con apenas unas temporadas en la élite, ya se ha consolidado como una defensora titular en un equipo aspirante a títulos, con impacto real en los resultados y una identidad de juego reconocible. Su trayectoria, desde la regularidad silenciosa en el Levante hasta la exposición máxima en el Atlético y en competiciones internacionales, dibuja el perfil de una futbolista destinada a ser protagonista en los próximos años del fútbol femenino español.

    consolidación de su figura en el Atlético de Madrid no puede entenderse únicamente desde el rendimiento inmediato, sino desde la forma en la que ha ido ampliando su radio de influencia dentro del equipo. A medida que avanzó la temporada, su papel dejó de limitarse a la ejecución estricta de tareas defensivas para convertirse en un eje de equilibrio estructural. El equipo comenzó a apoyarse en su fiabilidad para sostener riesgos ofensivos mayores, sabiendo que detrás existía una futbolista capaz de corregir, ordenar y sostener situaciones de transición defensiva complejas. Esa confianza colectiva se tradujo en un Atlético más atrevido con balón, especialmente en los tramos decisivos de la temporada en los que se jugaba la clasificación europea.

    En el contexto del modelo de Víctor Martín, su perfil encaja especialmente bien por su capacidad para interpretar el juego desde la inteligencia posicional. No es una defensora rígida ni mecánica; entiende el fútbol como un sistema de relaciones y no como una suma de acciones aisladas. Cuando el Atlético construye desde atrás, su colocación suele ser ligeramente escalonada respecto a su pareja de central o al lateral más cercano, facilitando líneas de pase diagonales que rompen la primera presión rival. Esa pequeña ventaja posicional, casi imperceptible para el espectador casual, es clave para evitar pérdidas en zonas comprometidas y para permitir que el equipo progrese con control.

    (Fuente: Teledeporte)

    Uno de los aspectos más interesantes de su evolución es la gestión de los ritmos del partido. En encuentros de alta exigencia emocional, como eliminatorias o partidos decisivos por objetivos, ha demostrado una notable capacidad para enfriar el juego cuando el contexto lo exige. No se precipita en la salida de balón, no busca pases heroicos innecesarios y prioriza la seguridad colectiva sobre el lucimiento individual. Esta madurez competitiva, adquirida en parte durante su experiencia en el Levante y reforzada en torneos internacionales de categorías inferiores, la sitúa en un escalón distinto al de otras defensoras jóvenes que aún están en proceso de aprendizaje emocional.

    Su contribución goleadora, con cuatro tantos en su primera temporada como colchonera, merece un análisis específico porque revela mucho de su mentalidad. No se trata de goles circunstanciales ni fortuitos, sino de acciones en las que demuestra determinación, lectura del espacio y valentía para asumir protagonismo ofensivo. En acciones a balón parado, su comportamiento es agresivo pero inteligente: ataca el primer palo con potencia cuando la jugada lo requiere, pero también sabe fijar defensoras para liberar espacios a compañeras con mejor remate. En jugadas de segunda línea, aparece con timing preciso, aprovechando rechaces o desajustes defensivos para finalizar con contundencia.

    Desde el punto de vista físico, su rendimiento se apoya en una base sólida que le permite sostener duelos continuos sin perder claridad mental. No es una futbolista explosiva en el sentido clásico, pero sí posee una potencia funcional muy bien aplicada al juego real. Su zancada es eficiente, su capacidad para repetir esfuerzos es alta y su resistencia le permite mantener la intensidad defensiva incluso en los minutos finales, cuando muchos partidos se deciden. Esta fortaleza física, combinada con una buena lectura del juego, reduce la necesidad de acciones desesperadas y minimiza el riesgo de faltas innecesarias cerca del área.

    En el juego uno contra uno, especialmente ante delanteras móviles, muestra una virtud cada vez más valorada en el fútbol femenino moderno: la capacidad para defender sin lanzarse. Sabe temporizar, orientar y esperar el momento adecuado para intervenir, utilizando el cuerpo y el posicionamiento antes que el tackle agresivo. Esta cualidad no solo reduce el riesgo de ser superada, sino que permite que el bloque defensivo se reorganice y que las ayudas lleguen en el momento justo. En este sentido, su comprensión del juego colectivo supera con claridad la media de su generación.

    Cuando el Atlético defiende en bloque medio o bajo, su concentración es constante. No se desconecta de la jugada, mantiene siempre la referencia visual de balón y marca, y ajusta su posición en función de los movimientos del resto de la línea. Esta disciplina táctica fue especialmente visible en los partidos de Copa de la Reina, donde el margen de error era mínimo y cada acción defensiva podía decantar una eliminatoria. Su fiabilidad en estos escenarios contribuyó de manera directa a que el equipo alcanzara la final del torneo.

    La experiencia de la ronda previa de la Liga de Campeones, pese a la eliminación, supuso también un aprendizaje relevante en su proceso de crecimiento. En esos partidos, el ritmo, la exigencia técnica y la velocidad de ejecución fueron superiores a los de la competición doméstica. Lejos de verse superada, respondió con personalidad, asumiendo responsabilidades y manteniendo un nivel competitivo acorde al contexto. Estas vivencias, aunque dolorosas desde el punto de vista colectivo, son fundamentales para el desarrollo de futbolistas llamadas a competir de manera habitual en el escenario europeo.

    En comparación con otras defensoras de la Liga F, su perfil destaca por el equilibrio entre contundencia y criterio. No es la central más veloz ni la más técnica, pero combina ambas facetas con una eficacia notable. Frente a defensoras más agresivas pero menos ordenadas, ofrece fiabilidad. Frente a perfiles más elegantes pero menos intensos, aporta carácter. Esa síntesis la convierte en una pieza muy valiosa para equipos con aspiraciones altas, donde el error individual tiene un coste elevado.

    A nivel de liderazgo, su influencia se manifiesta de forma progresiva. No necesita llevar el brazalete para ejercer autoridad; su liderazgo se construye desde el ejemplo, desde la regularidad y desde la exigencia silenciosa. Corrige, orienta y acompaña a sus compañeras, especialmente a las más jóvenes, contribuyendo a una cohesión defensiva que se ha convertido en una de las fortalezas del Atlético en los momentos clave de la temporada.

    Mirando al futuro, su proyección apunta a un rol cada vez más central en el proyecto rojiblanco y en el panorama del fútbol femenino español. Si mantiene esta línea de crecimiento, está llamada a ser una defensora de referencia tanto a nivel de club como en el contexto internacional. Su combinación de juventud, experiencia acumulada, mentalidad competitiva y margen de mejora la sitúa en una posición privilegiada para seguir evolucionando en un entorno de máxima exigencia.

    Su historia, desde la constancia silenciosa en el Levante hasta la exposición total en el Atlético de Madrid, es la de una futbolista que ha sabido construir su carrera desde la coherencia y el trabajo. No ha necesitado atajos ni picos de rendimiento aislados; su crecimiento ha sido sostenido, lógico y respaldado por el rendimiento en el campo. En un fútbol cada vez más analizado y exigente, perfiles como el suyo adquieren un valor diferencial: futbolistas capaces de sostener proyectos, de competir en escenarios límite y de representar una idea clara de juego y de carácter.

    siguiente paso en su evolución tiene que ver con la forma en la que ha comenzado a asumir, de manera casi natural, un rol de correctora global dentro del sistema. A medida que el Atlético fue afinando automatismos y elevando el nivel de riesgo ofensivo, su figura se volvió esencial para equilibrar al equipo en fase de pérdida. Es la futbolista que detecta antes que nadie cuándo una jugada se rompe, cuándo una presión ha sido superada y cuándo es necesario retroceder unos metros para proteger el espacio a la espalda. Esa lectura temprana, muchas veces invisible para el espectador, es uno de los rasgos que diferencian a las defensoras buenas de las realmente determinantes.

    En situaciones de transición defensiva, su comportamiento es especialmente valioso. No entra en pánico ni se precipita; analiza rápidamente la disposición de las atacantes rivales y el posicionamiento de sus propias compañeras para decidir si debe salir al duelo o temporizar. Esta capacidad de decidir en décimas de segundo reduce el impacto de los contraataques rivales y permite que el equipo recupere su estructura. En un fútbol cada vez más rápido y vertical, esta virtud se convierte en un activo estratégico de primer nivel.

    Otro aspecto que ha experimentado una evolución notable es su comunicación dentro del campo. Sin ser una futbolista estridente, su lenguaje corporal y sus indicaciones son claras, constantes y eficaces. Ordena la línea defensiva, ajusta alturas y corrige perfiles, especialmente en momentos de acumulación de centros laterales o de ataques sostenidos del rival. Esta comunicación no solo mejora el rendimiento colectivo, sino que transmite seguridad al resto del equipo, un factor psicológico clave en partidos de alta presión.

    En la salida de balón bajo presión, su serenidad es uno de sus mayores valores. Cuando el rival aprieta con agresividad, no se limita a jugar en horizontal o a despejar sin criterio. Analiza el posicionamiento de las mediocampistas, detecta apoyos interiores y es capaz de filtrar pases que superan líneas, rompiendo la presión y permitiendo que el equipo avance con ventaja. En este sentido, su juego conecta con una tendencia clara del fútbol femenino de élite, donde las defensoras ya no son meras ejecutoras defensivas, sino piezas fundamentales en la construcción del juego.

    Su relación con el lateral del mismo perfil es otro punto fuerte del sistema. Entiende cuándo debe cerrar hacia dentro para permitir la proyección ofensiva de su compañera y cuándo debe mantenerse abierta para proteger el carril. Esta coordinación reduce los desajustes y permite al Atlético atacar con mayor profundidad sin quedar excesivamente expuesto. En defensas de tres centrales, su capacidad para interpretar el rol de central exterior o central más fija amplía las posibilidades tácticas del equipo.

    El contexto competitivo de la temporada también ha servido para reforzar su carácter. Los momentos de frustración, como la eliminación europea o la derrota en la final de la Copa de la Reina, lejos de debilitarla, parecen haber consolidado su mentalidad. En declaraciones posteriores a esos partidos, su discurso se centró más en el aprendizaje y en la responsabilidad colectiva que en la decepción, una muestra de madurez emocional que no siempre es habitual en futbolistas jóvenes con protagonismo creciente.

    Desde el punto de vista del scouting avanzado, su perfil presenta indicadores muy interesantes en términos de consistencia. Mantiene un alto porcentaje de duelos defensivos ganados, una tasa baja de errores no forzados y una fiabilidad elevada en pases bajo presión. Estos datos, combinados con el análisis visual, refuerzan la percepción de que su impacto va más allá de acciones puntuales destacadas; su valor reside en la acumulación de pequeñas decisiones correctas a lo largo de los noventa minutos.

    En el plano internacional, su experiencia en categorías inferiores y su rendimiento en contextos de máxima exigencia la sitúan como una candidata natural a integrarse de forma estable en dinámicas de selección absoluta. Su perfil encaja bien en sistemas que priorizan el orden defensivo, la salida limpia de balón y la capacidad para sostener partidos largos y complejos. Además, su experiencia europea, aunque todavía limitada en número de partidos, aporta un bagaje valioso de cara a futuros ciclos competitivos.

    La comparación con defensoras históricas del Atlético de Madrid permite entender mejor su impacto potencial. Sin replicar exactamente el estilo de ninguna, comparte con las grandes referentes rojiblancas del pasado reciente una combinación de intensidad, fiabilidad y compromiso colectivo. Su capacidad para adaptarse a distintos contextos de partido y para mantener un nivel alto de concentración la coloca en una línea de continuidad con esas figuras que han marcado época en el club.

    A nivel formativo, su trayectoria es un ejemplo de progresión bien gestionada. No quemó etapas de manera precipitada ni se estancó en contextos cómodos. Cada cambio de escenario supuso un desafío mayor, asumido con naturalidad y respaldado por el rendimiento. Este recorrido refuerza la idea de que su crecimiento no es coyuntural, sino estructural, basado en hábitos de trabajo, en inteligencia competitiva y en una comprensión profunda del juego.

    El futuro inmediato plantea nuevos retos: la consolidación definitiva en competiciones europeas, la posibilidad de asumir mayores responsabilidades dentro del vestuario y la exigencia de mantener el nivel en un entorno donde la competencia interna es alta. Sin embargo, su perfil invita al optimismo. Ha demostrado capacidad para adaptarse, para aprender de los errores y para crecer en escenarios de máxima presión.

    En una época en la que el fútbol femenino español sigue ampliando su visibilidad y su nivel competitivo, figuras como la suya representan un tipo de futbolista especialmente valioso: sólida, fiable, con carácter y con una comprensión del juego que va más allá de lo puramente físico o técnico. Su historia no es la de una irrupción fugaz, sino la de una construcción paciente y coherente, destinada a sostener proyectos ambiciosos y a dejar huella a largo plazo.

    El palmarés de Silvia Lloris no se explica desde la acumulación masiva de títulos, sino desde una trayectoria construida en escenarios de alta exigencia competitiva, con presencia constante en fases finales y en equipos protagonistas del fútbol femenino español. Formada y consolidada en la élite con el Levante UD, disputó durante cuatro temporadas un total de 77 encuentros oficiales, participando en campañas en las que el conjunto granota se mantuvo como un rival incómodo para los grandes y como un habitual de la zona media-alta de la tabla, asentándose en la Liga F y compitiendo con regularidad en eliminatorias nacionales. Su crecimiento en ese contexto le permitió adquirir experiencia estructural, continuidad competitiva y una madurez táctica que sería determinante para el siguiente salto de su carrera.

    Ese salto llegó en el verano de 2024 con su fichaje por el Atlético de Madrid, un movimiento que la situó de lleno en la pelea por los grandes objetivos. En su primera temporada como rojiblanca se convirtió rápidamente en titular tras su regreso del Mundial sub-20, asentándose como una de las defensoras más fiables del equipo. A nivel colectivo, ese curso dejó hitos relevantes en su palmarés: clasificación para la Liga de Campeones lograda en la última jornada de liga, subcampeonato de la Copa de la Reina tras alcanzar la final y presencia en la Supercopa de España, donde el Atlético alcanzó las semifinales. Aunque la eliminación en la ronda previa de la Champions impidió ampliar su experiencia continental, esa participación forma parte ya de su bagaje competitivo en torneos UEFA, un valor añadido en la carrera de cualquier futbolista de su perfil.

    En el plano internacional, su palmarés se completa con su participación en competiciones de selecciones inferiores, destacando su presencia en el Mundial sub-20, una experiencia que reforzó su carácter competitivo y su exposición al máximo nivel internacional, y que terminó de consolidarla como una futbolista preparada para asumir responsabilidades en clubes aspirantes a títulos.

    Sus estadísticas como rojiblanca refuerzan la dimensión de su impacto. En su primer año con el Atlético de Madrid firmó cuatro goles oficiales desde la defensa, una cifra notable que subraya su influencia en ambas áreas. Más allá del número, varios de esos tantos tuvieron un peso simbólico y emocional importante, especialmente el golazo de larga distancia que marcó en Alcalá de Henares en el derbi ante el Real Madrid. Un disparo lejano, potente y preciso, que superó a Misa Rodríguez y que se convirtió en una de las imágenes de la temporada, pese a que el Atlético terminó cayendo por 1-2 en un partido marcado por el doblete de Linda Caicedo. Aquel gol no solo evidenció su calidad técnica y su personalidad para asumir riesgos, sino también su capacidad para aparecer en los grandes escenarios, incluso cuando el contexto era adverso.

    El valor de su permanencia en el Atlético de Madrid adquiere una dimensión especial si se tiene en cuenta el fuerte interés mostrado por clubes internacionales como Monterrey. En un mercado cada vez más globalizado y competitivo, donde las ofertas económicas y deportivas llegan desde múltiples frentes, su decisión de quedarse refuerza la identidad del proyecto rojiblanco y envía un mensaje claro de compromiso y ambición compartida. Apostar por continuar no es solo una elección profesional, es una declaración de intenciones: la de una futbolista que cree en el crecimiento del equipo, que quiere ser parte central de su evolución y que entiende que los proyectos sólidos se construyen con continuidad, carácter y liderazgo.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Silvia Lloris representa ese tipo de futbolista que da sentido a los procesos largos, que convierte la confianza del club en rendimiento sobre el césped y que encarna una idea de pertenencia cada vez más valiosa en el fútbol moderno. Su palmarés, todavía en construcción, no se mide únicamente en trofeos levantados, sino en finales jugadas, clasificaciones logradas, partidos decisivos disputados y decisiones firmes tomadas en momentos clave. Que haya decidido quedarse cuando otros llamaban a su puerta no es un detalle menor: es una victoria silenciosa del Atlético de Madrid y una promesa de que lo mejor de su historia rojiblanca aún está por escribirse.

    (Fuente: Liga F Moeve)

  • Reportaje | Amaiur Sarriegui, el futuro de los goles

    (Fuente: Liga F Moeve)

    🟧 La veinte colchonera es analizada al detalle en “El Partido de Manu” en un relato periodístico sin igual.

    (Fuente: Puma)

    Uno de los grandes atractivos de los que dispone el Atlético de Madrid en el curso 2025-2026 es ver a Amaiur Sarriegui vestida de rojo y blanco.

    La llegada de la futbolista del año 2000 fue adelantada por este medio, cuando nadie hablaba del tema el pasado 22 de abril de 2025.

    Descrita como la fuerza emergente del actual subcampeón de la Copa de la Reina Iberdrola, la de Tolosa se ha consolidado como una de las figuras con mayor potencial, presente y futuro del balompié practicado por mujeres en España.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Amaiur Sarriegi Isasa (San Sebastián, 13 de diciembre de 2000) es a sus 26 años de edad una atacante icónica de la Liga F Moeve.

    (Fuente: UEFA)

    Su trayectoria es ascendente en el fútbol femenino español. Nacida en Tolosa, su recorrido profesional la llevó desde las canteras vascas hasta vestir la camiseta del Atlético de Madrid Femenino, uno de los equipos más competitivos de Europa.

    Técnica depurada, visión de juego y personalidad firme son algunas de las características que definen a Sarriegi. Sin embargo, su historia no solo se resume en estadísticas. Detrás de cada pase decisivo y cada sprint se encuentra una jugadora que ha trabajado con disciplina para transformar su pasión en excelencia deportiva.

    Amaiur Sarriegi no llegó al fútbol de élite por azar ni por un golpe de fortuna. Su camino, como el de tantas futbolistas formadas lejos de los grandes focos, se construyó desde abajo, con paciencia, constancia y una progresión sostenida que fue moldeando a una jugadora completa, competitiva y preparada para asumir retos mayores. Su historia comienza en el País Vasco, una tierra con una profunda tradición futbolística y con uno de los ecosistemas de fútbol femenino más sólidos del Estado, donde clubes históricos han trabajado durante décadas en la formación de talento desde edades tempranas.

    Sus primeros pasos los dio en el Añorga KKE, uno de los clubes de referencia del fútbol femenino vasco en categorías inferiores. El Añorga no es solo un equipo, sino una auténtica cantera de futbolistas, un espacio de formación integral donde muchas jugadoras han aprendido no solo a competir, sino a entender el juego, a convivir en un vestuario exigente y a desarrollar una mentalidad profesional desde edades muy tempranas. En ese entorno comenzó a forjarse Amaiur, destacando pronto por su capacidad técnica, su inteligencia en el juego y una personalidad competitiva que la diferenciaba dentro del grupo.

    Durante sus años en categorías inferiores, su crecimiento fue constante. En la categoría cadete, Amaiur dio un salto evidente en rendimiento y madurez futbolística. Ya no era solo una promesa, sino una jugadora capaz de marcar diferencias, de asumir responsabilidades y de influir en el juego colectivo. Su lectura de los espacios, su llegada desde segunda línea y su capacidad para finalizar jugadas empezaron a convertirla en una pieza clave para su equipo. Ese rendimiento no pasó desapercibido y le abrió la puerta al equipo B del Añorga, un paso decisivo que marcaba la transición entre el fútbol formativo y el competitivo.

    El salto al filial supuso un cambio importante. El ritmo de juego, la exigencia física y la responsabilidad eran mayores, pero Amaiur respondió con naturalidad. Su adaptación fue rápida, mostrando una madurez impropia de su edad y una capacidad notable para entender lo que requería cada partido. Esa progresión le permitió alcanzar uno de los primeros hitos de su carrera: el debut con el primer equipo del Añorga en Primera Nacional durante la temporada 2015-2016. Era el premio a años de trabajo silencioso y, al mismo tiempo, el inicio de una nueva etapa en la que empezaba a asomarse al fútbol sénior de máximo nivel.

    Ese debut no fue anecdótico. Supuso una confirmación de que estaba preparada para competir en categorías superiores. Amaiur no se limitó a cumplir, sino que empezó a consolidarse como una futbolista fiable, capaz de aportar tanto en el juego ofensivo como en el equilibrio del equipo. Su presencia en el campo transmitía seguridad y ambición, dos cualidades que terminarían definiendo su carrera.

    El siguiente gran paso llegó en el verano de 2017, cuando fichó por el Athletic Club B, uno de los filiales más competitivos y exigentes del fútbol femenino español. Integrarse en la estructura del Athletic no es una cuestión menor. El club bilbaíno posee una identidad muy marcada, una filosofía reconocible y una presión constante por el rendimiento, incluso en sus equipos filiales. Para Amaiur, aquel fichaje representaba una oportunidad extraordinaria para seguir creciendo, pero también un desafío que exigía regularidad, carácter y capacidad de adaptación.

    Durante tres temporadas, Amaiur defendió la camiseta del Athletic Club B en Primera Nacional, convirtiéndose en una de las jugadoras más determinantes del equipo. Su rendimiento fue notablemente constante, una cualidad especialmente valorada en el fútbol de formación avanzada. Temporada tras temporada, logró superar la barrera de los diez goles, una cifra muy significativa para una futbolista con perfil de centrocampista ofensiva o mediapunta, capaz de generar juego y, al mismo tiempo, de finalizarlo.

    Más allá de los números, su influencia en el equipo fue creciendo. Amaiur se convirtió en una futbolista alrededor de la cual giraba gran parte del juego ofensivo del filial. Su capacidad para aparecer entre líneas, para filtrar pases decisivos y para llegar al área en el momento justo la transformaron en una amenaza constante para las defensas rivales. Esa regularidad goleadora hablaba no solo de talento, sino de una mentalidad competitiva sólida y de una comprensión profunda del juego.

    La temporada 2018-2019 supuso un punto de inflexión colectivo. El Athletic Club B logró el ascenso a la nueva categoría Reto Iberdrola, la Segunda División femenina de España, un logro que situaba al equipo en un escenario más exigente y con mayor visibilidad. Amaiur fue una pieza importante en ese ascenso, aportando goles, liderazgo y continuidad en el rendimiento. El salto de categoría confirmaba que su progresión no se había detenido y que estaba preparada para competir en un entorno todavía más competitivo.

    El curso 2019-2020 fue, en muchos aspectos, uno de los más significativos de su etapa en el filial rojiblanco. A nivel individual, firmó una temporada sobresaliente, marcando 13 goles y convirtiéndose en la máxima goleadora del equipo. Su capacidad para decidir partidos, para aparecer en los momentos clave y para asumir galones dentro del vestuario quedó patente a lo largo del campeonato. A nivel colectivo, el Athletic Club B se proclamó campeón de su grupo, en una temporada que quedaría marcada para siempre por la irrupción de la pandemia de Covid-19, que obligó a suspender la competición cuando aún restaban ocho jornadas por disputarse.

    Aquel campeonato tuvo un sabor agridulce. Por un lado, confirmaba el excelente trabajo del equipo y el crecimiento de jugadoras como Amaiur; por otro, la suspensión de la competición privó al grupo de cerrar la temporada sobre el terreno de juego. Sin embargo, el rendimiento mostrado hasta ese momento fue suficiente para validar el éxito del proyecto y el nivel competitivo del filial.

    Esa misma temporada trajo consigo otro hito fundamental en la carrera de Amaiur Sarriegi: su debut con el primer equipo del Athletic Club en Primera División. El 19 de octubre, frente al Real Betis, Amaiur dio el salto definitivo a la élite del fútbol femenino español. No era un paso menor. Vestir la camiseta del primer equipo del Athletic en la máxima categoría supone una responsabilidad enorme, tanto por la historia del club como por la exigencia de su afición y de su estructura deportiva.

    A lo largo de esa temporada, Amaiur disputó cuatro partidos en Primera División, una experiencia que le permitió conocer de primera mano el nivel de la élite, el ritmo de los partidos, la exigencia táctica y la importancia de cada detalle. Aquellos minutos fueron una inversión de futuro, un aprendizaje acelerado que completaba su etapa formativa y la preparaba para afrontar nuevos retos.

    El recorrido de Amaiur Sarriegi hasta ese punto es el reflejo de una progresión construida con coherencia. Desde el Añorga KKE hasta el Athletic Club, pasando por filiales, ascensos, campeonatos y debuts en la máxima categoría, su carrera no ha estado marcada por atajos, sino por una evolución sostenida. Cada etapa cumplió una función concreta en su desarrollo como futbolista: la formación técnica, la adaptación al fútbol sénior, la regularidad competitiva, el liderazgo dentro del equipo y, finalmente, el contacto con la élite.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Este camino explica, en gran medida, la jugadora que es hoy. Una futbolista con fundamentos sólidos, con experiencia en diferentes contextos competitivos y con una mentalidad preparada para asumir desafíos mayores. Su historia también es representativa de una generación de futbolistas que han crecido al mismo tiempo que lo hacía el fútbol femenino en España, aprovechando estructuras cada vez más profesionalizadas, pero sin perder el vínculo con los clubes de base que hicieron posible su desarrollo.

    En un fútbol cada vez más exigente y globalizado, el recorrido de Amaiur Sarriegi pone en valor la importancia de la formación, la paciencia y la constancia. No se trata solo de talento, sino de saber construir una carrera paso a paso, entendiendo cada etapa como una oportunidad de aprendizaje. Desde los campos del Añorga hasta los estadios de Primera División, su trayectoria es la de una futbolista que ha sabido crecer sin perder la esencia, preparada para seguir escribiendo capítulos importantes en su carrera deportiva.

    Desde su llegada a San Sebastián, Amaiur Sarriegi no solo se incorporó a la Real Sociedad Femenina como una futbolista más: comenzó, casi sin que nadie lo supiera aún, un proceso de construcción identitaria que terminaría marcando una era. Su historia en el club txuri-urdin es la de una delantera que creció a la par que el equipo, que maduró mientras la Real reclamaba su lugar entre la élite y que, a través de goles, movimientos, liderazgo y momentos decisivos, acabó convirtiéndose en uno de los nombres propios del fútbol femenino español de la primera mitad de la década.

    La temporada 2020-2021 supuso un punto de inflexión tanto para la Real Sociedad como para la propia Amaiur. Su fichaje por el club donostiarra, procedente del Athletic Club, se produjo en un contexto complejo: el fútbol femenino vivía una transformación estructural, con plantillas en proceso de profesionalización y con equipos que buscaban consolidar proyectos ambiciosos sin perder identidad.

    Desde el primer día, Amaiur encajó en la idea de juego de la Real. No fue un encaje inmediato desde el nombre, sino desde el perfil futbolístico: una delantera móvil, con capacidad para atacar el espacio, con olfato goleador y una lectura del juego que le permitía asociarse y generar ventajas más allá del área. Aquella primera temporada fue, sencillamente, explosiva.

    En 26 partidos de liga marcó 12 goles, una cifra que no solo la colocó entre las máximas goleadoras del campeonato, sino que la convirtió en una de las grandes revelaciones de toda la Primera División. Cada tanto suyo parecía confirmar que la Real había acertado con una apuesta que combinaba presente y futuro. No eran goles aislados o circunstanciales: eran goles que sostenían puntos, que abrían partidos cerrados y que transmitían una sensación de fiabilidad ofensiva que el equipo llevaba tiempo buscando.

    la primera temporada fue la de la sorpresa, la 2021-22 fue la de la confirmación absoluta. Amaiur no solo mantuvo el nivel: lo elevó. El club lo entendió así desde el principio y decidió convertirla en una de las caras visibles del proyecto. Su renovación hasta 2025 fue un mensaje claro al vestuario y a la competición: la Real quería crecer alrededor de futbolistas como ella.

    El gesto simbólico fue igual de potente: se le otorgó el dorsal número 7, un número históricamente reservado a jugadoras con peso específico, con liderazgo y con responsabilidad ofensiva. Amaiur asumió ese rol sin estridencias, pero con una madurez que sorprendió incluso dentro del club.

    En el terreno de juego, la respuesta fue rotunda. Firmó la mejor temporada de su carrera hasta ese momento amén de 17 goles y 9 asistencias.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Pero más allá de las cifras individuales, su impacto fue decisivo en el rendimiento colectivo. La Real Sociedad alcanzó la segunda posición en la clasificación liguera, firmando la mejor temporada de su historia hasta ese momento y logrando la primera clasificación para la UEFA Women’s Champions League.

    Amaiur fue protagonista directa de ese hito. Sus goles no llegaron en contextos cómodos, sino en partidos clave, ante rivales directos, en momentos donde la presión era máxima. Supo convivir con el foco mediático y con las expectativas crecientes, demostrando una capacidad competitiva que la consolidó como una de las delanteras más fiables del campeonato.

    La temporada 2022-2023 no fue una repetición mecánica de la anterior. Fue, en realidad, el curso en el que Amaiur terminó de definirse como atacante total. Ya no era solo una goleadora: era una futbolista que entendía los tiempos del partido, que sabía cuándo acelerar y cuándo pausar, cuándo atacar el primer palo y cuándo aparecer entre líneas.

    Combinó con regularidad en liga, mantuvo su cuota goleadora y se convirtió en una amenaza constante para cualquier esquema defensivo. Su movilidad desordenaba a las defensas rivales; sus desmarques generaban espacios para las segundas líneas; su trabajo aéreo añadía una dimensión extra al ataque realista.

    Ese curso confirmó que su proyección no era coyuntural. Amaiur se consolidó como una de las piezas creativas y finales del conjunto donostiarra, participando de forma activa en la rotación ofensiva del primer equipo y manteniendo una regularidad que muy pocas delanteras jóvenes eran capaces de sostener en la élite.

    La Real Sociedad no solo tenía una goleadora: tenía una futbolista alrededor de la cual se podía estructurar el juego ofensivo.

    temporada 2023-24 representó para Amaiur Sarriegi un punto de inflexión menos evidente en los titulares, pero profundamente significativo en su evolución como futbolista. Fue un curso marcado por los contrastes: la Real Sociedad vivió una campaña irregular en liga, pero alcanzó uno de los hitos más importantes de su historia reciente al clasificarse para la final de la Copa de la Reina. En ese contexto complejo, Amaiur volvió a demostrar que su valor iba mucho más allá de las cifras puramente goleadoras.

    Desde el inicio del campeonato, la delantera asumió un rol de referencia estable dentro del once. Ya no era la jugadora revelación ni la joven promesa en crecimiento: era una futbolista consolidada, una de las líderes silenciosas del vestuario, una pieza imprescindible en el engranaje ofensivo del equipo. Su titularidad habitual fue la confirmación de la confianza absoluta del cuerpo técnico en su capacidad para sostener el ataque incluso en los momentos más delicados.

    Participó en 23 partidos de liga, una cifra que refleja su continuidad y fiabilidad física en una temporada exigente. En términos goleadores, cerró el curso con 2 goles en competición liguera, un registro modesto en comparación con campañas anteriores, pero que no debe analizarse de forma aislada. La Real Sociedad atravesó una fase de reajuste colectivo, con cambios en dinámicas ofensivas, menor producción global y una mayor exigencia táctica para las delanteras, obligadas a trabajar más lejos del área y a priorizar el juego asociativo.

    En ese escenario, Amaiur destacó por su versatilidad. Supo adaptarse a distintos roles: como referencia ofensiva, como segunda punta, como apoyo constante para las llegadas desde segunda línea. Su lectura del juego y su capacidad para ofrecer soluciones en ataque combinado fueron fundamentales para sostener al equipo en los tramos más irregulares del campeonato.

    La liga terminó con la Real Sociedad en séptima posición, un resultado que quedó por debajo de las expectativas generadas en años anteriores. Sin embargo, el verdadero relato de la temporada se escribió en la Copa de la Reina. Partido a partido, eliminatoria a eliminatoria, el equipo fue creciendo en competitividad, carácter y ambición, hasta alcanzar una final histórica.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Amaiur fue una figura clave en ese camino. No siempre desde el gol, pero sí desde el trabajo invisible: fijando centrales, liberando espacios, presionando la salida de balón rival y apareciendo en los momentos donde el equipo necesitaba respirar. Su liderazgo, cada vez más evidente, se expresó en gestos, en actitud y en una conexión especial con la grada, que reconocía en ella a una futbolista comprometida con el escudo.

    Ese curso fue, en definitiva, el de la consistencia. El de una delantera joven que entendió que crecer también implica atravesar momentos menos brillantes sin perder influencia ni identidad. Esa regularidad y esa madurez acabaron otorgándole una visibilidad creciente más allá de San Sebastián, reforzando su estatus dentro del panorama nacional.

    La temporada 2024-25 fue el cierre de un ciclo. Sin que todavía se supiera oficialmente que sería su último año como txuri-urdin, el curso estuvo impregnado de una sensación de culminación, de madurez plena, de futbolista preparada para un nuevo desafío.

    Desde el primer tramo de la temporada, Amaiur recuperó protagonismo goleador. Volvió a sentirse cómoda en el área, a encontrar espacios con naturalidad y a imponer su instinto en los metros finales. A lo largo del curso, firmó 13 goles en todas las competiciones, una cifra que reflejó no solo su eficacia, sino también su capacidad para aparecer en partidos decisivos.

    Entre sus actuaciones más destacadas se encuentra un doblete ante el Granada CF, una exhibición de oportunismo, lectura del área y contundencia que recordó a la mejor versión de la delantera. Además, fue protagonista en competiciones del KO, marcando goles decisivos en la Supercopa y en la Copa de la Reina, confirmando su condición de jugadora para las grandes citas.

    La Real Sociedad cerró la temporada en sexta posición en la Liga F, un resultado competitivo que devolvió al equipo a la zona noble del campeonato tras el curso anterior. En la Supercopa, el conjunto donostiarra volvió a alcanzar las semifinales, consolidando su presencia habitual entre los equipos más fuertes del fútbol femenino español.

    Amaiur fue, una vez más, una de las referencias ofensivas del equipo. Su rol combinó experiencia y ambición: lideró a las más jóvenes, sostuvo al equipo en los momentos de dificultad y asumió la responsabilidad cuando el balón quemaba. Ya no necesitaba reivindicarse; su trayectoria hablaba por ella.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El 4 de julio de 2025 se confirmó oficialmente su fichaje por el Atlético de Madrid, poniendo fin a una etapa de cinco temporadas en la Real Sociedad. El anuncio no fue solo una noticia de mercado: fue el cierre de un capítulo fundamental en la historia reciente del club y en la carrera de la futbolista.

    Amaiur se marchó dejando un legado tangible y simbólico. En cifras, acumuló 55 goles con la camiseta txuri-urdin, repartidos a lo largo de competiciones nacionales e internacionales. En impacto, dejó algo más difícil de cuantificar: una forma de entender el juego ofensivo, una referencia para futuras generaciones y la certeza de que la Real Sociedad había sido capaz de formar y sostener a una de las delanteras más completas del campeonato durante un lustro.

    Su paso por San Sebastián fue el de una futbolista que llegó para crecer y acabó marchándose como una de las grandes protagonistas de la historia moderna del club. Fue testigo y partícipe de la primera clasificación para la Champions League, de finales coperas, de noches europeas y de temporadas que consolidaron a la Real Sociedad de Fútbol como un proyecto estable y ambicioso.

    La historia de Amaiur en la Real Sociedad no se explica únicamente a través de goles o clasificaciones. Se explica desde la evolución: de revelación a líder, de promesa a referencia, de joven talento a futbolista madura preparada para asumir nuevos retos en uno de los grandes del país.

    San Sebastián fue el escenario donde se construyó una delantera total. Y aunque su camino continuó lejos de Zubieta, la huella que dejó permanece inscrita en la memoria colectiva del club, en las gradas de Anoeta y en cada aficionada y aficionado que la vio crecer, celebrar, resistir y despedirse con la serenidad de quien sabe que ha cumplido una etapa esencial de su carrera.

    Para comprender en toda su dimensión la etapa de Amaiur Sarriegi en la Real Sociedad es imprescindible entender el contexto del club en el que se desarrolló. La Real no era, en 2020, un gigante consolidado del fútbol femenino español, pero sí un proyecto en plena ebullición: una estructura que apostaba por la estabilidad, por la identidad de juego y por la construcción a medio y largo plazo.

    Amaiur llegó en el momento exacto. Su crecimiento individual se entrelazó con el crecimiento colectivo del equipo. No fue una futbolista que aterrizara en un ecosistema ya terminado, sino una que ayudó a definirlo. La Real Sociedad fue evolucionando desde un equipo competitivo hacia un conjunto con ambición europea, y Amaiur estuvo presente en cada uno de esos pasos.

    En ese sentido, su figura se convirtió en un símbolo del proyecto. Representaba la apuesta por el talento nacional, por jugadoras capaces de asumir responsabilidades desde jóvenes y por un modelo ofensivo que no se limitaba a la eficacia, sino que buscaba también la propuesta, la presión alta y el protagonismo con balón.

    Uno de los aspectos más relevantes —y a menudo menos visibles— de la trayectoria de Amaiur en la Real Sociedad fue su evolución táctica. En su primera temporada, su rol estaba claramente definido: atacar el área, finalizar jugadas, aprovechar espacios y ser la referencia ofensiva. Con el paso de los años, su papel se volvió mucho más complejo.

    Los distintos cuerpos técnicos fueron adaptando su posición y funciones según las necesidades del equipo. Amaiur aprendió a jugar:

    como delantera centro clásica, fijando centrales y atacando centros laterales; como segunda punta, cayendo a zonas intermedias para asociarse; e incluso como atacante que partía desde banda, generando superioridades y liberando el carril central.

    Su movilidad se convirtió en un problema constante para las defensas rivales. No era una delantera estática: sabía cuándo abandonar el área para atraer marcas y cuándo aparecer en el momento justo. Esa inteligencia táctica fue clave para que la Real Sociedad pudiera variar registros ofensivos sin perder profundidad.

    Especialmente a partir de la temporada 2022-23, su influencia en el juego sin balón fue tan importante como su aportación directa en goles. Presionaba con criterio, lideraba la primera línea defensiva y entendía perfectamente cuándo activar al bloque. Ese trabajo silencioso explica por qué su presencia en el once fue innegociable incluso en temporadas con menor producción goleadora.

    Amaiur nunca fue una futbolista de grandes gestos mediáticos ni de declaraciones grandilocuentes. Su liderazgo fue siempre orgánico, construido desde el día a día, desde el ejemplo y desde la constancia. Con el paso de las temporadas, se convirtió en una de las voces respetadas del vestuario, especialmente para las jugadoras más jóvenes que llegaban al primer equipo.

    Ese liderazgo se manifestó de múltiples formas:

    en su compromiso con los entrenamientos, en su actitud en los momentos de dificultad, en su capacidad para asumir responsabilidades sin necesidad de ser la protagonista constante.

    Cuando la Real Sociedad atravesó fases irregulares, Amaiur fue una de las futbolistas que sostuvo al grupo desde la estabilidad emocional. No era solo una delantera que marcaba goles; era una jugadora que entendía los tiempos del proyecto y que sabía convivir con la exigencia sin romper el equilibrio interno.

    Toda etapa histórica se construye a partir de momentos concretos. En el caso de Amaiur, su paso por la Real Sociedad estuvo marcado por una serie de partidos que quedaron grabados en la memoria colectiva del club.

    La temporada 2021-2022, en particular, dejó varias actuaciones que explican por qué fue considerada una de las delanteras más determinantes del campeonato. Sus goles en encuentros directos por la zona alta de la tabla no solo aportaron puntos: enviaron un mensaje claro al resto de la liga. La Real Sociedad no era una aspirante circunstancial; era un equipo preparado para competir por todo.

    En competiciones del KO, Amaiur demostró una capacidad especial para aparecer en los momentos decisivos. Ya fuera en eliminatorias de Copa de la Reina o en partidos de Supercopa, su instinto competitivo se intensificaba. Goles que rompían empates, acciones que cambiaban inercias y una presencia constante en las áreas rivales en los tramos finales de los partidos.

    Ese gen competitivo fue especialmente visible en su última temporada, cuando sus tantos en Supercopa y Copa de la Reina reafirmaron su condición de futbolista para grandes escenarios. No todos los goles pesan lo mismo, y muchos de los suyos tuvieron un valor simbólico añadido.

    conexión entre Amaiur y la afición de la Real Sociedad se construyó de forma progresiva y sincera. No fue inmediata ni impostada. Se forjó a través del tiempo, de la regularidad y del compromiso visible en el campo.

    Anoeta —y, antes, Zubieta— fue testigo de su crecimiento. La grada reconocía en ella a una futbolista que sentía el escudo, que celebraba los goles con intensidad contenida y que asumía las derrotas con responsabilidad. Esa identificación generó un vínculo especial, basado más en el respeto que en la idolatría, pero no por ello menos profundo.

    Con el paso de los años, su figura se convirtió en una de las más representativas del equipo. No solo por su rendimiento, sino porque simbolizaba una etapa de crecimiento colectivo que la afición vivió con orgullo: clasificaciones históricas, noches europeas y la sensación de que la Real Sociedad Femenina había llegado para quedarse entre las mejores.

    Cuando se anunció su fichaje por el Atlético de Madrid, el sentimiento dominante no fue el de sorpresa, sino el de comprensión. Tras cinco temporadas de crecimiento continuo, Amaiur había alcanzado un punto de madurez que pedía un nuevo desafío. La Real Sociedad había sido el lugar donde se había consolidado como futbolista de élite; el siguiente paso exigía otro contexto competitivo.

    El adiós no estuvo marcado por rupturas ni conflictos. Fue un cierre de ciclo natural, casi inevitable. La Real perdía a una de sus grandes referentes, pero lo hacía con la satisfacción de haber sido parte fundamental de su desarrollo. Amaiur, por su parte, se marchaba dejando una huella clara, sin deudas pendientes.

    El anuncio del fichaje por el Atlético de Madrid cerró un ciclo de cinco años con la Real. No fue un adiós dramático, pero sí cargado de simbolismo.

    Representó el paso de una futbolista que creció dentro de un proyecto a otra etapa donde su capacidad y experiencia serían puestas a prueba en un club con aspiraciones europeas más consolidadas.

    El 4 de julio de 2025 marcó oficialmente la transición. Los medios, afición y compañeros reconocieron su impacto, no solo por goles y asistencias, sino por el carácter, la profesionalidad y la influencia silenciosa en el vestuario. Su marcha dejó un hueco que tardaría en cubrirse, y un ejemplo a seguir para las jóvenes promesas que la miraban como referente.

    Cinco temporadas, 55 goles, finales, clasificación europea y un liderazgo silencioso conforman un recorrido que no termina con su salida. La Real Sociedad sigue evolucionando, pero lleva consigo la marca de una futbolista que definió una era, inspiró a las jóvenes y consolidó un proyecto ambicioso.

    (Fuente: Getty imágenes)

    El paso de Amaiur Sarriegi por San Sebastián es, sin duda, un capítulo que quedará en los libros de historia del club, no como un episodio aislado, sino como la historia de una delantera que creció con su equipo, que enfrentó desafíos y que, al marcharse, lo hizo dejando una huella imborrable.

    (Fuente: UEFA)

    principios de julio de 2025, el Atlético de Madrid confirmó la llegada de Amaiur Sarriegi, cerrando un fichaje que no solo tenía un significado individual, sino también estratégico para el club colchonero. La incorporación de la delantera no se interpretó únicamente como un refuerzo más en la plantilla, sino como una apuesta táctica y conceptual: el Atlético buscaba una jugadora capaz de aportar movilidad, gol y conectividad con el mediocampo, elementos que en la ofensiva rojiblanca se habían identificado como áreas a potenciar.

    La presentación oficial del fichaje subrayó varias intenciones clave. En primer lugar, se destacó su capacidad para sumarse a la línea ofensiva de manera flexible, no limitada a ser una finalizadora estática, sino una futbolista capaz de combinar con interiores, desplazarse a bandas, atraer marcas y abrir espacios para compañeras. En segundo lugar, se enfatizó su experiencia en competición nacional e internacional, incluyendo Champions League, finales de Copa de la Reina y Supercopas, lo que reforzaba la idea de traer a alguien acostumbrado a la presión y a la exigencia de los grandes escenarios.

    A nivel de percepción pública, el fichaje tuvo un impacto inmediato. La afición colchonera vio en Amaiur a una jugadora contrastada, con historial goleador y capacidad de generar desequilibrio, aspectos que encajaban perfectamente con la identidad competitiva que el club busca proyectar en la Liga F y en competiciones europeas.

    inicio de la temporada 2025-26 mostró que, aunque Amaiur ya había demostrado calidad y experiencia, la adaptación a un nuevo entorno no es inmediata. La dinámica del Atlético, la presión mediática, el volumen de partidos y la intensidad de entrenamientos exigieron ajustes físicos, tácticos y mentales.

    En las primeras jornadas, su participación combinó titularidad con apariciones desde el banquillo, un patrón que permitió al cuerpo técnico integrar su perfil sin alterar la fluidez del sistema ya establecido. Esta rotación temprana fue una herramienta clave: permitía a Amaiur sumar minutos, familiarizarse con compañeras y responsabilidades, y al mismo tiempo mantener la competitividad del equipo en cada partido.

    A nivel individual, los entrenamientos iniciales se centraron en:

    Sincronización con las interiores: aprender los tiempos y distancias de pases y desmarques. Movilidad ofensiva: ajustar los desmarques y la profundidad a la presión defensiva rival. Defensa posicional: adaptarse a la línea de presión alta del Atlético y a la organización defensiva tras pérdida.

    Este proceso evidenció que, aunque su adaptación requería paciencia, el impacto positivo era inmediato, especialmente en términos de participación en goles y asistencias.

    medida que avanzaban las primeras jornadas de la Liga F 2025-26, quedó claro que Amaiur Sarriegi no solo estaba adaptándose físicamente, sino también mental y tácticamente al entorno rojiblanco. La presión de jugar en un club con aspiraciones europeas y la exigencia de rendir de inmediato pueden resultar abrumadoras para cualquier futbolista, incluso para una con experiencia internacional y varios años en la élite como Amaiur. Sin embargo, su proceso de integración mostró tres cualidades fundamentales: paciencia, versatilidad y visión de juego.

    En cada entrenamiento, su capacidad de entender los movimientos del equipo, tanto en fase ofensiva como defensiva, se convirtió en una herramienta clave para Víctor Martín. Los entrenadores destacaban su rapidez para asimilar esquemas de presión, transición y rotación ofensiva, aspectos que no siempre son fáciles de dominar para una jugadora que llega de otro sistema táctico.

    El cuerpo técnico también reconoció su inteligencia en la toma de decisiones. Su lectura del juego le permitió entender cuándo debía arrastrar centrales, cuándo bajar a recibir entre líneas o cuándo buscar desmarques interiores. Esa versatilidad no solo incrementaba la profundidad ofensiva del Atlético, sino que además abría alternativas estratégicas para Víctor Martín, capaz de variar esquemas sin alterar la identidad ofensiva del equipo.

    este primer tramo de la temporada, Amaiur combinó titularidad con participaciones desde el banquillo, un patrón que resultó fundamental para su adaptación. La alternancia entre arrancar los partidos y entrar en segunda mitad permitió que la delantera:

    Sumara minutos de calidad sin la presión de jugar siempre como referencia absoluta, Gestionara su físico y carga de trabajo, dado el ritmo intenso de la Liga F, Se adaptara progresivamente a la dinámica colectiva de ataque y defensa del equipo.

    Además, la rotación le permitió observar y aprender de otras jugadoras con roles complementarios, consolidando su conocimiento de los movimientos colectivos y las sinergias necesarias para rendir en el esquema colchonero.

    El entrenador Víctor Martín valoró estas cualidades de manera positiva, considerando a Amaiur una opción recurrente en la rotación ofensiva. Su presencia en el banquillo no era vista como un castigo, sino como un recurso táctico y una forma de mantener el equilibrio competitivo del equipo a lo largo de la temporada.

    Aunque en fase de adaptación, la aportación directa de Amaiur al marcador fue notable desde los primeros encuentros. Su capacidad de generar peligro se tradujo en goles y asistencias clave, que no solo aumentaban las opciones ofensivas del Atlético, sino que también servían como indicador de que la jugadora estaba encontrando su sitio en la plantilla.

    Entre sus aportaciones más destacadas de las primeras jornadas se cuentan: Finalizaciones tras desmarques interiores, que reflejaban su instinto goleador y la capacidad de encontrar espacios entre las líneas rivales. Asistencias a compañeras desde posiciones centrales y de banda, demostrando su comprensión de los movimientos del equipo y su visión de juego. Participación en fases de presión alta, donde su movilidad complicaba la salida de balón de los rivales y generaba oportunidades de gol a través de recuperaciones rápidas.

    Estos primeros indicadores mostraban que Amaiur no era solo una incorporación para cubrir un hueco en la plantilla, sino una jugadora capaz de añadir nuevas dimensiones al ataque rojiblanco.

    La percepción de la afición colchonera respecto a Amaiur se consolidó positivamente durante esta primera temporada. Más allá de goles y asistencias, los seguidores reconocieron su compromiso con el club, su actitud profesional y su capacidad para integrarse en la dinámica del equipo.

    Tras catorce jornadas ligueras, casi ls totalidad de la primera vuelta, la veinte ha demostrado estar ya como en casa en Alcalá de Henares y la ausencia de Gio Queiroz por una grave lesión en el peroné provocarán que la exjugadora del Athletic Club tenga que dar un paso al frente y echarse el equipo a las espaldas en lo que a conversión de goles se refiere

    Amaiur no solo impactó en el terreno de juego; también se convirtió en referente silencioso dentro del vestuario, apoyando a jugadoras jóvenes y nuevas incorporaciones con su profesionalidad, disciplina y actitud ejemplar. Su experiencia en finales, competiciones europeas y partidos de alta presión le permitió aportar seguridad y liderazgo, consolidando un vínculo positivo con la afición, que la identificó como una jugadora comprometida, capaz de generar soluciones y aportar valor colectivo. Su primera temporada en el Atlético de Madrid fue, en esencia, un proceso de adaptación convertido en consolidación, en el que demostró que puede ser decisiva, versátil, inteligente tácticamente y capaz de liderar con el ejemplo, proyectándose como una pieza clave para las próximas temporadas, una delantera total que combina gol, visión de juego, movilidad y liderazgo silencioso, destinada a dejar una huella indeleble tanto en el club como en el fútbol femenino español.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Reportaje | Elena Linari, defender para pertenecer

    (Fuente: UEFA)

    📌 Número especial de “El Partido de Manu” sobre la central del London City Lionesses.

    (Fuente: London City Lionesses)

    Hay futbolistas que construyen su carrera en un solo lugar, que echan raíces profundas y hacen de un escudo su casa para siempre. Y hay otras que entienden el fútbol como un viaje, como un proceso constante de adaptación, aprendizaje y crecimiento.

    Elena Linari pertenece, sin ninguna duda, a este segundo grupo. Su trayectoria no es la de una jugadora que buscó comodidad, sino la de una defensa que eligió exigencia, que se movió por Europa para perfeccionar su juego y que, en ese camino, terminó convirtiéndose en una de las zagueras más fiables y respetadas del fútbol continental.

    (Fuente: UEFA)

    Nacida en Fiesole, Italia, Linari comenzó a competir al máximo nivel cuando todavía era una adolescente. Con apenas 14 años, ya formaba parte del primer equipo del Firenze, un dato que no solo habla de talento precoz, sino también de una personalidad poco común para su edad. En una posición tan expuesta como la defensa, Elena aprendió muy pronto que el fútbol no perdona la duda, que cada decisión tiene consecuencias y que el carácter es tan importante como la técnica.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Durante cinco temporadas consecutivas (2008–2013), el Firenze fue su escuela. Allí creció, se equivocó, corrigió y entendió los fundamentos del juego defensivo. No era todavía la central dominante que luego conocería Europa, pero ya mostraba rasgos que definirían toda su carrera: lectura táctica, capacidad de anticipación y una serenidad impropia de su edad. Mientras otras jóvenes promesas buscaban minutos lejos del foco, Linari se curtía en la élite italiana desde muy pronto.

    El siguiente paso fue el Brescia, un club que en aquellos años representaba la ambición del fútbol femenino italiano.

    Entre 2013 y 2016, Elena encontró un entorno más competitivo, más exigente, donde el margen de error se reducía y la presión por ganar era constante. En Brescia empezó a consolidarse como una defensa de primer nivel, aprendiendo a sostener líneas altas, a corregir espacios grandes a su espalda y a asumir responsabilidades en partidos de peso.

    Ese crecimiento la llevó de forma natural a la Fiorentina, uno de los proyectos más sólidos y reconocidos del calcio femenino. Vestir la camiseta violeta no fue solo un salto deportivo, sino también simbólico: Linari ya no era una promesa, sino una futbolista hecha, preparada para competir en escenarios de máxima exigencia. En Florencia, entre 2016 y 2018, pulió su juego aéreo, ganó presencia física y se convirtió en una defensora más completa, capaz de iniciar jugada desde atrás y de liderar la línea defensiva.

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    Pero si hay un punto de inflexión en su carrera, ese llega en 2018, cuando Elena Linari cruza fronteras y aterriza en la Liga F española para vestir la camiseta del Atlético de Madrid. Su fichaje por el conjunto rojiblanco supuso un reconocimiento internacional a su rendimiento y, al mismo tiempo, un desafío enorme: adaptarse a una liga diferente, a un ritmo distinto y a una cultura futbolística donde la intensidad y la presión alta son señas de identidad.

    En el Atlético, Linari vivió dos temporadas (2018–2020) que marcaron profundamente su evolución. En un equipo acostumbrado a competir por títulos y a jugar partidos decisivos cada semana, la italiana aportó orden, jerarquía y fiabilidad. No era la defensa más mediática, pero sí una de las más constantes. Su juego se adaptó a un contexto donde el error se paga caro, y su figura creció dentro de un vestuario lleno de talento y ambición.

    España le enseñó a defender lejos del área, a convivir con partidos abiertos y a interpretar el juego desde una perspectiva más dinámica.

    Lo que Elena Linari no sabía entonces es que su etapa en el Atlético iba a marcarla más allá del fútbol. Porque el Atlético no fue solo un club para ella. Fue un lugar de pertenencia.

    Llegó a un vestuario competitivo, exigente, con una identidad muy marcada. Un equipo que no negocia el esfuerzo, que vive cada partido como una final y que tiene una relación emocional muy intensa con su afición. Linari encajó desde el primer día. No por el idioma, ni por la cultura, sino por los valores. El compromiso, la resiliencia, la idea de competir siempre.

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    En el Atlético, Elena vivió el fútbol desde dentro. Entendió lo que significa representar a un club que se explica tanto desde la derrota como desde la victoria. Y se enamoró. Del escudo, del entorno, de la gente.

    Ese vínculo no fue impostado. Fue real. Tan real que incluso después de salir del club, la relación con el Atlético se mantuvo intacta. Este medio puede confirmar que Elena Linari mantiene una excelente relación con la directiva colchonera, especialmente con María Vargas y Lola Romero, figuras clave en el crecimiento del fútbol femenino rojiblanco. Una relación tan cercana que, cuando Elena ya no pertenecía al club, ambas viajaron a su Florencia natal para visitarla, un gesto poco habitual en el fútbol profesional y que habla del vínculo humano construido.

    Hay imágenes que definen carreras. Y una de ellas ocurrió el 17 de marzo de 2019, en el Metropolitano, en un partido ante el FC Barcelona que terminó con derrota por 0-2. Elena Linari no estaba sobre el césped. Estaba en el banquillo. Pero cuando sonó el himno del Atlético de Madrid, lo cantó. No por compromiso. No por protocolo. Lo cantó porque lo sentía.

    Ese gesto, aparentemente pequeño, explica mucho más que cualquier estadística. Explica pertenencia. Explica identidad. Explica amor por un club que fue casa.

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    Cuando llegó el momento de salir del Atlético, Elena tenía opciones para quedarse en España. Y no opciones menores.

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    “El Partido de Manu” sabe que el Levante Unión Deportiva, entonces en plena lucha por entrar en Europa, le presentó una oferta muy potente, deportiva y económicamente. Un proyecto sólido, competitivo, que le permitía seguir en una liga que conocía y donde se sentía cómoda.

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    Y cuando su etapa en Madrid llegó a su fin, Linari volvió a demostrar que no temía al cambio. En 2020, dio el salto a la Division 1 Féminine francesa para incorporarse a los Girondins de Bordeaux, una liga conocida por su rigor táctico y su potencia física.

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    Su paso por el Girondins de Bordeaux fue, sin rodeos, una etapa fallida. No encontró estabilidad. No encontró continuidad. No encontró su lugar. El proyecto no respondió a las expectativas y el contexto no la ayudó. Fue un año duro, de dudas, de desconexión. Un recordatorio de que no todos los riesgos salen bien.

    Ese golpe la devolvió a Italia. Y la Roma fue su refugio y su renacimiento.

    Desde 2020 hasta 2025, Linari fue pilar absoluto del proyecto romano. Allí recuperó confianza, jerarquía y continuidad. Se convirtió en líder, en referencia, en una defensa total. Roma la reconcilió con el fútbol. Le devolvió el sentido.

    Paralelamente, su carrera con la Selección italiana fue creciendo. Linari ha sido una habitual en las convocatorias de Italia, participando en grandes torneos internacionales, aportando experiencia, orden y liderazgo. En la Azzurra ha sido una defensa de confianza, una futbolista de partidos grandes, capaz de sostener estructuras y de competir ante las mejores selecciones del mundo.

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    Italia encontró en ella una central fiable, con experiencia internacional, capaz de transmitir calma en escenarios de máxima presión. Su recorrido por distintas ligas europeas enriqueció su perfil en la selección, aportando matices tácticos y competitivos que pocas jugadoras pueden ofrecer.

    (Fuente: UEFA)

    A los 30 años, Elena volvió a marcharse. Inglaterra. London City Lionesses. Otra vez el riesgo. Otra vez la exigencia. Otra vez el viaje.

    Elena Linari es una central de inteligencia superior. No vive del choque. Vive del tiempo. Anticipa, lee, corrige. Es una defensa que hace sencillo el juego de sus equipos. Posicionalmente impecable, fiable en área, segura en salida. Lidera desde el orden. No necesita alzar la voz para mandar.

    Elena Linari no es solo una futbolista europea con un gran palmarés. Es una historia de pertenencia, de errores, de amor por un club, de regreso a casa y de felicidad reencontrada. Una carrera que no se mide solo en títulos, sino en huellas.

    Y algunas huellas, como las suyas, no se borran nunca.

    El palmarés de Elena Linari es el reflejo de una carrera larga, coherente y profundamente europea, construida desde la constancia, la fiabilidad defensiva y la capacidad de competir en contextos muy distintos. No es un palmarés explosivo ni concentrado en un solo club, sino extendido en el tiempo y repartido entre Italia y España, lo que lo convierte en uno de los más completos de una defensora italiana de su generación.

    Todo comienza muy pronto, casi de forma prematura, cuando Elena Linari asciende al primer equipo del Firenze siendo prácticamente una adolescente. Con el club toscano logra en la temporada 2009-2010 el título de la Serie A2, equivalente a la segunda división italiana, un campeonato que supone el ascenso y que marca su primer éxito colectivo. Aquel logro tiene un valor especial porque llega en la etapa formativa, cuando todavía estaba construyendo su identidad futbolística y aprendiendo a competir contra jugadoras con mucha más experiencia.

    Su verdadero salto al fútbol de élite llega con el Brescia, uno de los grandes dominadores del fútbol femenino italiano en la década de 2010. Allí, Linari entra de lleno en una dinámica ganadora. Con el conjunto lombardo conquista dos Scudetti de Serie A, en las temporadas 2013-2014 y 2015-2016, participando en un equipo que marcó época por su solidez, regularidad y mentalidad competitiva. A esos títulos de liga se suma la Coppa Italia 2015-2016, completando un doblete nacional que consolida al Brescia como referencia absoluta del calcio femenino. Además, Linari añade a su palmarés dos Supercopas de Italia, las correspondientes a 2014 y 2015, trofeos que enfrentan a los campeones de liga y copa y que confirman la hegemonía del club en esos años.

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    Tras su etapa en Brescia, Elena Linari continúa ampliando su palmarés con la Fiorentina, club con el que vive una de las temporadas más brillantes de su carrera. En la campaña 2016-2017, la defensa italiana se proclama campeona de la Serie A, logrando un Scudetto histórico para el conjunto viola. Ese mismo año, y también en la temporada siguiente, suma dos Copas de Italia consecutivas (2016-2017 y 2017-2018), demostrando una continuidad competitiva muy poco habitual. A estos éxitos se añade la Supercoppa Italiana 2017-2018, cerrando una etapa en Florencia marcada por los títulos y por su consolidación definitiva como una de las mejores centrales del país.

    El siguiente gran hito en su palmarés llega fuera de Italia, con su fichaje por el Atlético de Madrid. En la temporada 2018-2019, Elena Linari se convierte en campeona de la Primera División española, levantando la Liga F con el conjunto rojiblanco. Ese título no solo tiene valor deportivo, sino también simbólico: la convierte en una de las pocas futbolistas italianas en ganar una liga extranjera de primer nivel y la integra en una etapa dorada del Atlético de Madrid Femenino. Aunque su paso por España fue breve, ese campeonato figura como uno de los más significativos de su carrera por el contexto, la exigencia y el peso histórico del club.

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    Después de un paréntesis poco fructífero en Francia, su palmarés vuelve a crecer de forma notable con la AS Roma, club en el que vive uno de los ciclos más exitosos y estables de su trayectoria. Con el conjunto capitalino, Elena Linari conquista dos Scudetti consecutivos, en las temporadas 2022-2023 y 2023-2024, siendo parte fundamental de la zaga de un equipo que se consolida como el nuevo gran dominador del fútbol femenino italiano. A estos títulos de liga se suman dos Copas de Italia, las de 2020-2021 y 2023-2024, trofeos que refuerzan el dominio nacional de la Roma durante ese periodo. Además, Linari añade a su palmarés al menos una Supercoppa Italiana con la camiseta romanista, completando un ciclo de éxitos que la sitúa como una de las futbolistas más laureadas de la historia reciente del club.

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    En el cómputo global de su carrera a nivel de clubes, Elena Linari acumula múltiples títulos de liga en Italia, repartidos entre Brescia, Fiorentina y Roma, además de una liga española con el Atlético de Madrid, varias Copas de Italia y un número significativo de Supercopas italianas, lo que la convierte en una de las defensas con mayor palmarés del fútbol italiano moderno.

    (Fuente: Getty imágenes)

    A nivel internacional, aunque la Selección Italiana no suma títulos oficiales de campeonatos, la trayectoria de Linari con la Azzurra forma parte inseparable de su palmarés competitivo. Ha representado a Italia en dos Copas del Mundo (2019 y 2023), siendo especialmente recordada la actuación del equipo en el Mundial de Francia 2019, donde Italia alcanzó los cuartos de final y recuperó prestigio internacional. También ha disputado varias Eurocopas, entre ellas las ediciones de 2017 y 2022, consolidándose como una habitual en las grandes citas continentales. Con más de un centenar de internacionalidades, su longevidad y regularidad con la selección refuerzan el valor de una carrera marcada no solo por los títulos, sino por la permanencia en la élite.

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    Así, el palmarés de Elena Linari no se resume únicamente en trofeos levantados, sino en una década y media compitiendo al máximo nivel, ganando en distintos países, adaptándose a diferentes culturas futbolísticas y dejando huella en cada club por el que pasó. Un palmarés construido desde atrás, como su juego: sólido, constante y profundamente fiable.

    (Fuente: UEFA!
  • Reportaje | Gio Queiroz, una goleadora única de corazón colchonero

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    🟧 La punta brasileña marca un gol cada 379 minutos y es una referencia en el conjunto rojiblanco como campeona de Europa en 2021.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Gio Queiroz Costa Garbellini, Player of the Month de la Liga F Moeve en marzo de 2025, es la hija predilecta de Víctor Martín Alba, que la ha entrenado tanto en el Madrid CFF como ahora en el Atlético de Madrid, protagoniza este artículo que no te dejará indiferente.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Giovana Queiroz Costa Garbelini (São Paulo, 21 de junio de 2003), conocida en sus inicios como Gio Queiroz y posteriormente como Gio Garbelini, es una futbolista profesional brasileña que actúa como delantera en el Atlético de Madrid de la Liga F española. Internacional absoluta con la selección de Brasil desde 2020, ha participado en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y se proclamó campeona de la Copa América Femenina en 2022 y 2025.

    (Fuente: DAZN )

    La paulista fue conocida inicialmente como Queiroz y posteriormente como Gio Garbelini, inició su historia en el fútbol con un destino que parecía escrito por la pasión y el talento. Su infancia dio un giro decisivo cuando su familia se trasladó a Weston, Florida, donde vivieron hasta 2014, año en que la joven Gio y su familia decidieron dar un salto trascendental rumbo a Madrid, España, marcando el inicio de un camino que la llevaría a convertirse en una de las figuras emergentes del fútbol femenino mundial.

    (Fuente: Laliga)

    Su carrera en España arrancó con fuerza en 2014, cuando se unió a “La Academia” del Atlético de Madrid y no tardó en dejar su huella: se convirtió en la máxima goleadora del equipo en dos ocasiones, mostrando desde muy temprano ese instinto depredador en el área que la definiría como delantera.

    (Fuente: Getty imágenes)

    En 2017, su talento llamó la atención del Madrid Club de Fútbol Femenino, donde continuó su formación en las categorías inferiores y, con apenas 15 años, tuvo el privilegio de debutar con el primer equipo en Primera División el 9 de diciembre de 2019, enfrentándose al imponente F.C. Barcelona en un partido que, aunque terminó en derrota, marcó el comienzo de su meteórica carrera en la élite del fútbol español. Durante la siguiente temporada, Gio jugó 15 partidos y anotó su primer gol, confirmando que su presencia en el campo era sinónimo de peligro constante para las defensas rivales.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    El 17 de julio de 2020, su trayectoria dio un giro significativo con su fichaje oficial por el Fútbol Club Barcelona, donde firmó un contrato por tres temporadas con el objetivo de reforzar la delantera blaugrana. En su primera temporada, Gio jugó principalmente con el equipo filial en Segunda División, sin llegar a debutar con el primer equipo, pero su progreso y proyección eran evidentes. Tras participar en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, el 12 de agosto de 2021 se anunció su cesión al Levante Unión Deportiva por una temporada, buscando más minutos en Primera División. La joven brasileña respondió con creces: anotó 7 goles en 26 partidos de liga, debutó en Liga de Campeones sumando otros dos goles, y contribuyó con tantos en la Copa de la Reina y la Supercopa.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Su etapa en el Levante Unión Deportiva también estuvo marcada por la valentía fuera del campo, denunciando al Barcelona por presionarla para no jugar con la selección brasileña y enfrentarse a represalias tras obtener la autorización de la FIFA para incorporarse a la selección, lo que evidenció su carácter firme y compromiso con su país.

    (Fuente: UEFA)

    Este coraje y rendimiento le valieron el Samba de Oro 2021, premio que reconoce a la mejor futbolista brasileña del año.

    En 2022, su carrera dio un salto internacional con su fichaje por el Arsenal, desde donde fue cedida inmediatamente al Everton para garantizar su continuidad en los terrenos de juego y su adaptación al fútbol inglés.

    La desafortunada lesión de la estrella Beth Mead abrió la puerta para que Gio regresara al Arsenal en el mercado de invierno, tras haber disputado 11 partidos con el Everton y marcado un gol.

    Pasó por hasta cinco equipos diferentes y también ha formado parte de las categorías inferiores de tres selecciones nacionales como España, Brasil y Estados Unidos, escogiendo a las sudamericanas en categorías absoluta.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Su debut con las gunners se produjo el 29 de enero de 2023 en la FA Cup, en una contundente victoria frente al Leeds United.

    Sin embargo, la temporada 2023-2024 trajo incertidumbre: tanto Gio como el club buscaban su salida, pero la operación no se concretó y no fue inscrita para disputar la liga, meses en los que mantuvo contacto constante con su exentrenador del Madrid CFF, Víctor Martín, hasta que finalmente, en el mercado de invierno, pudo regresar al club madrileño, donde brilló con luz propia en la segunda vuelta, marcando 9 goles en 16 partidos y reafirmando su talento.

    En Fuenlabrada le tocó suplir a una Rachael Kundananji que se marchó al Bay F.C. en un traspaso histórico de 735.000 euros.

    (Fuente: X)

    Su historia combina juventud, experiencia y talento para crear una era de ofensiva letal y decisiva. Cuando vuelva al césped, cada partido será un espectáculo, cada gol una lección y cada título una confirmación de que el Atlético de Madrid tiene en ella a su referente histórico. Su legado está asegurado, y su nombre será recordado junto a las grandes artilleras que vistieron de blanco, rosa y rojiblanco, consolidando una era épica que marcará para siempre la historia del club y del fútbol femenino.

    Todas sabíamos que se iba, todas llorando… Dio muchísimo al equipo, encima era muy buena persona. Se va y vengo yo y pensaba en la presión, pero las chicas estuvieron super bien conmigo», confesó en una entrevista al medio “Relevo”, ya desaparecido.

    Pero antes de asentarse en el Madrid CFF, Gio Queiroz tuvo que vivir momentos complicados que marcaron su carrera deportiva. En el Arsenal femenino -club del que está cedida y con el que tiene un año más de contrato- la dejaron sin registrar. y no jugó nada durante el comienzo de la temporada actual y su mirada estaba puesta en el mercado invernal. Durante la temporada mantenía el contacto con Víctor Martín, actual entrenador del conjunto madrileño, quien también llegó al equipo en enero: «Me escribía durante la temporada alguna vez y eso mola porque tenemos confianza. Llegó enero y me llamó. Hablando con mis padres supimos que era una buena oportunidad. Sentí que volví a casa. El Madrid CFF me salvó totalmente», indicó sin dudar.

    (Fuente: Madrid CFF)

    Queiroz goleaba una y otra vez en el Estadio Fernando Torres de Fuenlabrada, lo que provocó que Lola Romero, dirigente del Atlético de Madrid, pusiera sus ojos en ella, sabiendo que habla convencido a Viti para adiestrar a las colchoneras el curso siguiente y el técnico madrileño se llevó con él a Luany y a la misma Gio.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En agosto de 2024, siguiendo los pasos de Víctor Martín, Gio fue traspasada al Atlético de Madrid, un movimiento que simbolizaba su consolidación definitiva en la élite del fútbol femenino español. Su debut con el club rojiblanco en Liga de Campeones se produjo el 4 de septiembre, en un partido que terminó con derrota por penaltis frente al Rosenborg, pero que no empañó la determinación y la ambición de una jugadora que, desde sus primeros pasos en São Paulo hasta su actualidad en el Atlético de Madrid, ha demostrado que el talento, la perseverancia y el coraje pueden transformar a una joven promesa en una figura épica del fútbol mundial, dejando claro que Gio Garbelini no solo juega al fútbol: lo vive con intensidad, pasión y una visión que la impulsa a dejar una marca imborrable en cada club, cada partido y cada competición en la que participa.

    La temporada comenzó con una mezcla de expectativas y desafíos para Gio Garbelini en el Atlético de Madrid. Tras su llegada al club rojiblanco, el peso de la camiseta, la historia del equipo y la exigencia de la afición generaban un ambiente de presión constante, donde cada acción era observada, analizada y comparada con las leyendas que habían vestido esa misma camiseta. Los primeros partidos de Gio fueron, en cierta medida, irregulares; adaptarse a un nuevo sistema táctico, a compañeras con estilos distintos y a la intensidad de la Liga F no era tarea sencilla. La joven delantera se enfrentaba a defensas experimentadas, entrenamientos extenuantes y la necesidad de encontrar su lugar en un equipo que aspiraba a todo.

    (Fuente : Atlético de Madrid)

    Sin embargo, a medida que avanzaba la primera mitad de la temporada, empezaron a surgir señales de que Gio estaba encontrando su ritmo. Su capacidad para leer los movimientos defensivos, anticipar pases y generar espacios comenzaba a integrarse con el estilo ofensivo del Atlético. Cada entrenamiento, cada minuto en los partidos, era una oportunidad para crecer, perfeccionar su instinto goleador y afinar la coordinación con compañeras clave en el ataque. La paciencia y el trabajo constante empezaban a dar frutos: en la segunda mitad de la temporada, Gio comenzó a demostrar que no solo estaba allí para participar, sino para liderar ofensivamente.

    (Fuente: Madrid CFF)

    Sus goles empezaron a llegar en momentos cruciales, aquellos que definían partidos y mantenían al equipo en la lucha por los títulos. No eran tantos solo por la capacidad individual, sino por la combinación de inteligencia táctica, lectura del juego y un sentido casi instintivo de cuándo aparecer en el lugar correcto. Cada tanto estaba acompañado de una asistencia decisiva, un pase que rompía líneas, o un desmarque que obligaba a las defensas rivales a redistribuir sus posiciones. Esta combinación de goles y asistencias se convirtió en la clave para que el Atlético alcanzara la final de la Copa de la Reina, donde el nivel de exigencia era máximo y cada acción podía inclinar la balanza.

    En paralelo, Gio también era fundamental en la lucha por la clasificación a la Liga de Campeones, un objetivo que había sido marcado como prioritario por la dirección técnica y el club. Sus actuaciones en los momentos críticos de la temporada consolidaron su reputación como una jugadora decisiva: apareció cuando el equipo más lo necesitaba, anotó goles que parecían imposibles y creó oportunidades que solo una jugadora con su visión podía concebir. La combinación de talento, determinación y capacidad para mantener la calma en situaciones de alta presión la convertía en un verdadero activo para el Atlético.

    El reconocimiento de su impacto no tardó en llegar. En marzo, Gio fue elegida mejor jugadora de la Liga, un premio que reflejaba tanto su consistencia como la influencia de sus actuaciones en los resultados del equipo. Cada gol, cada asistencia, cada carrera y cada desmarque fueron analizados, y su capacidad para cambiar el rumbo de un partido fue celebrada tanto por la prensa especializada como por los aficionados. Pero no se trataba solo de estadísticas; se trataba de la manera en que su presencia elevaba a todo el equipo, cómo sus movimientos generaban confianza en sus compañeras y cómo su energía en el campo inspiraba al resto de la plantilla.

    En abril, el reconocimiento continuó a nivel interno: Gio fue elegida mejor jugadora del Atlético de Madrid del mes, un galardón que reflejaba no solo su rendimiento individual, sino también su liderazgo dentro del grupo. Su influencia se hacía notar en cada entrenamiento y en cada reunión táctica, donde sus ideas y observaciones sobre cómo romper defensas y generar oportunidades eran escuchadas y valoradas. La joven delantera se había convertido en un referente, no solo por su capacidad para marcar goles, sino por su comprensión del juego y su compromiso con los objetivos colectivos.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    La culminación de su temporada llegó en la última jornada, donde la clasificación para la ronda previa de la Liga de Campeones estaba en juego. Cada pase, cada desmarque y cada acción ofensiva de Gio fueron decisivos. El Atlético dependía de un rendimiento colectivo, pero la influencia de Gio en los momentos clave fue determinante para asegurar la victoria necesaria y garantizar el acceso a la máxima competición europea de clubes. La tensión en el estadio, la presión de los aficionados y la exigencia de los rivales hicieron de aquel partido un verdadero desafío emocional y físico, y Gio respondió con la clase y determinación que la habían caracterizado durante toda la segunda mitad de la temporada.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Al concluir la temporada, el reconocimiento definitivo llegó con su elección como mejor jugadora del equipo. Este galardón no solo celebraba sus estadísticas individuales, sino que simbolizaba todo lo que había significado para el Atlético: su evolución, su capacidad para superar adversidades, su influencia en los momentos decisivos y su integración plena en el proyecto del club. Desde los inicios irregulares hasta convertirse en la pieza clave que lideró al equipo hacia la final de la Copa de la Reina y la clasificación a la Liga de Campeones, Gio Garbelini había demostrado ser más que una delantera: se había transformado en un símbolo de resiliencia, talento y liderazgo dentro del Atlético de Madrid.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Cada gol, cada asistencia y cada momento de inspiración fueron parte de un relato más grande, que mostraba cómo una jugadora joven y talentosa podía, con trabajo, disciplina y pasión, convertirse en el eje central de un equipo de élite. La temporada no solo consolidó a Gio como una de las estrellas emergentes del fútbol femenino español, sino que también dejó una lección clara sobre la importancia de la perseverancia y la capacidad de adaptarse, aprender y evolucionar constantemente en la élite. Su influencia se extendería más allá de los resultados de la temporada, dejando una huella imborrable en el club, en las compañeras y en todos los que seguían de cerca su crecimiento profesional.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    La historia de Giovana Queiroz Costa Garbelini con la selección absoluta de Brasil comienza con una decisión que, aunque parecía natural para muchos, representaba para ella un hito cargado de emociones, compromisos y ambiciones personales: finalmente, decidió defender los colores de su país natal. Esta decisión, tomada tras años de desarrollo en clubes internacionales y academias europeas, fue un momento definitorio, una declaración de identidad y de amor por el país que la vio nacer. Su primer contacto oficial con la selección mayor no tardó en llegar: el 1 de diciembre de 2020, Gio entró en la historia al participar en un partido que pasaría a ser recordado en los archivos de la Confederación Brasileña de Fútbol. Brasil se enfrentaba a Ecuador en un encuentro que rápidamente se convirtió en una demostración de fuerza y cohesión colectiva. Desde los primeros minutos, la selección brasileña mostró una superioridad abrumadora en todos los aspectos del juego, combinando técnica, velocidad y presión constante sobre la portería rival. Gio, a pesar de su juventud y la relativa inexperiencia en el escenario internacional absoluto, se movía con una naturalidad sorprendente, participando activamente en la circulación del balón, anticipando las jugadas y mostrando una visión de juego madura, casi innata.

    La victoria por 8-0 reflejaba no solo la diferencia en calidad entre los equipos, sino también la manera en que Brasil integraba a nuevas promesas sin perder su identidad futbolística.

    Para Gio, aquel primer partido fue más que un debut; fue la confirmación de que su camino hasta entonces, lleno de sacrificios, viajes y adaptación a distintos estilos de juego, tenía un propósito que trascendía los clubes en los que había brillado.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    El siguiente paso en su carrera internacional no se hizo esperar. En febrero de 2021, fue convocada para disputar la She Believes Cup, un torneo que reúne a las selecciones femeninas más competitivas del mundo y que sirve como un termómetro del fútbol global. Allí, Gio no solo consolidó su presencia en el equipo, sino que también comenzó a medir su capacidad de adaptación a ritmos y exigencias de élite. Cada entrenamiento, cada interacción con jugadoras veteranas y estrellas consagradas, era una oportunidad para aprender, crecer y pulir su estilo. En este contexto, su integración fue observada con atención por técnicos, analistas y aficionados, quienes rápidamente percibieron que la joven delantera aportaba algo más que goles: aportaba frescura, audacia y un instinto natural para desequilibrar defensas.

    (Fuente: Liga F)

    El verano de 2021 se presentó como un desafío aún mayor: Gio fue incluida en la lista oficial de la selección brasileña para disputar los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, un torneo que, aunque retrasado por la pandemia, representaba la cúspide de la competencia internacional. Su debut en la cita olímpica tuvo lugar ante Zambia, en la tercera jornada de la fase de grupos.

    Desde el pitido inicial, la presencia de Gio fue notable. Su movilidad constante, sus desmarques inteligentes y su capacidad de asociarse con compañeras más experimentadas generaron una dinámica ofensiva que mantuvo a Zambia bajo presión constante. Cada balón que tocaba parecía llevar implícita la determinación de demostrar que, pese a su juventud, estaba lista para enfrentarse a cualquier desafío. La experiencia olímpica, además de enriquecerla técnicamente, fortaleció su carácter: entender que estaba compitiendo en el escenario más exigente del deporte femenino mundial consolidó su confianza y reafirmó que podía sostenerse al más alto nivel.

    En noviembre de ese mismo año, Gio continuó su ascenso con la selección en el Torneio Internacional de Manaus de Futebol Feminino, donde demostró que no se trataba únicamente de un talento prometedor, sino de una delantera capaz de marcar diferencias decisivas. Su primer gol con la absoluta llegó ante India, un momento que la consagró ante técnicos, compañeros y aficionados. La celebración del gol no fue solo un gesto de alegría personal; fue la manifestación de la culminación de años de esfuerzo, de jornadas interminables entrenando y adaptándose a distintos estilos de juego. Poco después, volvió a marcar ante Chile, reafirmando que su instinto goleador no era casualidad, sino fruto de disciplina, intuición y un entendimiento profundo del juego.

    El año 2022 presentó nuevos retos y decisiones estratégicas. Gio fue convocada inicialmente para disputar el Mundial sub-20, un torneo que representa la cantera de estrellas emergentes a nivel mundial. Sin embargo, la necesidad de Brasil de contar con su talento en el plantel absoluto para la Copa América hizo que fuese desconvocada del torneo juvenil.

    Esta decisión reflejaba la confianza plena del cuerpo técnico en su capacidad para influir en partidos decisivos a nivel senior. Durante la Copa América, Gio participó activamente en los dos primeros partidos de la fase de grupos, contribuyendo al dominio ofensivo de Brasil y ayudando al equipo a consolidar su camino hacia el título. La competición no solo fortaleció su experiencia, sino que también le permitió comprender la magnitud de representar a un país que vive el fútbol con intensidad y pasión. Al final del torneo, Brasil se coronó campeona, y Gio celebró su primer título continental con la absoluta, un logro que quedaría grabado en su trayectoria para siempre.

    Tras un periodo de ausencia de dos años en la selección absoluta, Gio regresó a finales de 2024, enfrentándose a amistosos de preparación ante Colombia y Australia. En estos encuentros, volvió a demostrar su capacidad de marcar la diferencia, anotando en dos ocasiones y reafirmando su lugar como una pieza clave dentro del esquema ofensivo de Brasil. Cada gol, cada participación, mostraba cómo había madurado: su técnica se había perfeccionado, su lectura de juego se había afinado, y su entendimiento con compañeras se había profundizado, generando combinaciones fluidas y letales en ataque.

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    En 2025, Gio fue convocada para disputar la Copa América, un torneo donde su talento brilló con luz propia. En el primer partido ante Venezuela, fue elegida mejor jugadora del encuentro tras dar dos asistencias que terminaron en gol, llevando a Brasil a una victoria por 2-0. Este rendimiento dejó claro que Gio no solo podía marcar goles, sino que también tenía la visión y el altruismo para crear oportunidades decisivas para sus compañeras. En la segunda jornada, fue suplente en la victoria por 6-0 ante Bolivia, mientras que en el tercer encuentro regresó como titular y ayudó al equipo a superar a Paraguay por 4-1. Su participación estratégica, combinando momentos de protagonismo y de apoyo desde el banquillo, evidenció su versatilidad y capacidad de adaptación a las necesidades del equipo. En el último partido de la fase de grupos, un empate sin goles ante Colombia permitió a Brasil clasificar a la semifinal como primeras de grupo, consolidando la eficacia del grupo y la capacidad táctica de las jugadoras, incluida Gio.

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    En la semifinal, Gio volvió a demostrar su instinto goleador y su capacidad para decidir partidos: anotó el segundo gol en la victoria por 5-1 ante Uruguay, asegurando el pase a la final y mostrando que, en los momentos decisivos, su influencia era determinante. En la gran final, Gio fue titular y protagonizó acciones clave que incluyeron provocar un penalti crucial. El encuentro, cargado de tensión, emoción y dramatismo, culminó con un empate a tres tras los 90 minutos y un gol adicional en la prórroga por cada equipo, llevando la definición a la tanda de penaltis. Brasil se alzó con el título tras imponerse por 5-4, coronando a Gio y a sus compañeras como campeonas y sellando un capítulo épico en la historia del fútbol femenino brasileño.

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    La temporada 2025-2026 comenzó con una carga histórica y un aura de ambición para el Atlético de Madrid, que después de cinco años de ausencia en la Liga de Campeones buscaba recuperar su lugar entre la élite europea. En este escenario de expectativas, Gio Garbelini se posicionó desde el primer día como titular indiscutible, llevando consigo no solo el talento individual que la había convertido en una de las delanteras más temidas de la Liga F, sino también la experiencia, la determinación y el carisma necesarios para liderar a un equipo que aspiraba a trascender en todos los frentes.

    El inicio de temporada fue un periodo de adaptación y consolidación. Gio, acostumbrada a marcar la diferencia, se enfrentaba a una Liga cada vez más competitiva, con rivales que habían estudiado sus movimientos y defensas que conocían su capacidad de desmarque y su velocidad punta. Los primeros partidos fueron un recordatorio de que incluso las jugadoras más talentosas deben encontrar su ritmo en un entorno exigente, y en este caso, la delantera brasileña comenzó con actuaciones irregulares, ajustándose al sistema táctico del Atlético, que priorizaba la solidez defensiva sin sacrificar la verticalidad en ataque. Cada pase, cada desmarque y cada tiro al arco fueron analizados por entrenadores, compañeras y medios, y aunque no todos los encuentros fueron brillantes, la sensación era clara: Gio estaba construyendo la base para algo grande.

    Con el paso de las semanas, la joven delantera empezó a mostrar su verdadera dimensión. Su capacidad para leer las defensas rivales, anticipar cortes y generar espacios se combinaba con la técnica depurada y la velocidad que siempre habían sido sus grandes armas. No tardaron en llegar los goles y las asistencias decisivas, cada una más importante que la anterior, pues aparecían en momentos que definían la dinámica de los partidos y mantenían al Atlético en la pelea por los objetivos de la temporada: la Copa de la Reina y la clasificación a la Liga de Campeones. Cada tanto suyo estaba cargado de planificación, instinto y ejecución impecable: desbordes por la banda, remates desde fuera del área, diagonales que rompían las líneas defensivas, y asociaciones rápidas con compañeras que demostraban su inteligencia táctica y su comprensión del juego colectivo.

    La afición del Wanda Metropolitano, que ya la había adoptado como referente, comenzó a reconocer no solo su capacidad de marcar goles, sino también su liderazgo silencioso en el campo. Cuando el equipo se encontraba en situaciones de presión, cuando las defensas rivales parecían cerrarse como una muralla, Gio encontraba la manera de generar peligro, de mantener la posesión y de abrir líneas de pase. Cada vez que tocaba el balón, se percibía la sensación de que algo podía ocurrir, que una acción suya podía cambiar el destino del partido.

    Su influencia se consolidó especialmente en la segunda mitad de la temporada, cuando el Atlético de Madrid luchaba por asegurar su lugar en la ronda previa de la Liga de Campeones. Fue en esta fase cuando Gio empezó a ser reconocida públicamente por su impacto. En marzo, fue elegida mejor jugadora de la Liga, un galardón que reflejaba no solo la cantidad de goles y asistencias, sino la importancia de sus intervenciones en los momentos más delicados. Cada encuentro era una demostración de su capacidad para desequilibrar, de su energía incansable y de su compromiso con el equipo. Los análisis de los medios destacaban su habilidad para actuar como enlace entre el centro del campo y la delantera, su visión de juego y su capacidad de improvisar soluciones en situaciones de alta presión.

    En abril, la distinción continuó a nivel interno: Gio fue nombrada mejor jugadora del Atlético de Madrid del mes, reconociendo su protagonismo, constancia y liderazgo. La delantera brasileña no solo aportaba goles, sino también dirección en ataque, comunicación constante con las compañeras y un ejemplo de profesionalidad dentro y fuera del campo. Su combinación de velocidad punta, técnica individual y carácter aguerrido se complementaba con una visión estratégica que la convertía en una jugadora difícil de marcar y en un punto de referencia para el equipo.

    La culminación de este periodo de ascenso llegó en la última jornada de la Liga F, cuando el Atlético necesitaba asegurar la clasificación para la ronda previa de la Liga de Campeones. Cada acción de Gio fue determinante: desmarques que rompían líneas, pases filtrados que generaban oportunidades claras y goles que sellaban victorias cruciales. La presión era inmensa, y el partido se convirtió en una prueba de carácter tanto para ella como para todo el equipo. La combinación de talento individual y determinación colectiva permitió al Atlético alcanzar la meta histórica, regresando a la competición europea después de cinco años de ausencia y con Gio como una de las protagonistas absolutas de la hazaña.

    Pero el destino, siempre imprevisible, presentó un desafío inesperado. En la segunda jornada de la Liga de Campeones, Gio sufrió una entrada dura de Janssen, jugadora del Manchester United, que resultó en una fractura del peroné. Este momento representó un giro dramático en la temporada: la joven delantera vio interrumpida su progresión, y el equipo se enfrentaba ahora a la necesidad de reorganizar la parcela ofensiva sin su referente. La lesión no solo era un desafío físico, sino también mental: la recuperación exigía paciencia, disciplina y un enfoque estratégico para asegurar que su regreso no comprometiera la carrera de una jugadora que todavía estaba en pleno ascenso.

    Durante el periodo de recuperación, el club y el cuerpo técnico, liderado por Luany, reforzaron su estructura ofensiva con jugadoras como Maca Portales y Amaiur Sarriegui, e incluso la veterana Sheila Guijarro podría ocupar el rol de nueve si se mantenía en el club. Sin embargo, la ausencia de Gio dejó claro que ninguna alternativa podía replicar su influencia completa: su movilidad, velocidad punta, técnica depurada y capacidad de liderar los ataques eran únicas, y su regreso sería crucial para los objetivos del Atlético.

    La delantera comprendió la importancia de no apresurarse. Como se destacó en los análisis de “El Partido de Manu”, Gio anhela regresar al césped y continuar ayudando a su equipo, pero entiende que su recuperación completa es prioritaria. La paciencia se convierte en parte de su contribución: cada sesión de rehabilitación, cada entrenamiento adaptado y cada análisis táctico son pasos hacia su retorno, garantizando que cuando vuelva será más fuerte, más precisa y aún más capaz de marcar la diferencia en partidos clave.

    Con contrato hasta el 30 de junio de 2027, Gio tiene asegurado el futuro en el Atlético de Madrid, lo que le permite enfocarse plenamente en su recuperación sin la presión de negociaciones externas. Cuando vuelva a vestir la camiseta rojiblanca, lo hará con la experiencia acumulada, la confianza reforzada y la motivación intacta para liderar al equipo en su misión de conquistar títulos. Su retorno no será solo el de una jugadora talentosa, sino el de un referente absoluto, capaz de combinar movilidad, velocidad punta, técnica individual y capacidad goleadora, convirtiéndose nuevamente en el eje del ataque del Atlético y en un símbolo para compañeras y aficionados.

    La lesión, lejos de ser un obstáculo definitivo, se convierte en un capítulo más en la historia épica de Gio Garbelini, quien ha demostrado a lo largo de su carrera que la resiliencia, la disciplina y la pasión por el fútbol pueden superar cualquier adversidad. Su impacto en el Atlético de Madrid, tanto dentro como fuera del campo, se mantiene intacto: es una jugadora que inspira, que lidera y que, cuando regrese, continuará consolidándose como una delantera indiscutible, capaz de guiar al equipo hacia nuevos títulos y de dejar una huella imborrable en la historia del club y de la Liga F Moeve.

    La historia de Gio Garbelini en esta temporada se convierte así en un relato de superación: la demostración de que incluso las lesiones graves pueden ser superadas con disciplina, paciencia y visión, y que un referente absoluto puede influir en su equipo tanto desde el campo como desde la recuperación.

    (Fuente: Liga F)

    Cuando Gio vuelva al césped, el impacto será inmediato. Su regreso no solo significará goles, sino que reconfigurará la ofensiva del Atlético: cada desmarque, cada pase y cada tiro al arco generará oportunidades para compañeras y creará peligro constante para las defensas rivales. Su versatilidad le permite alternar entre el rol de nueve clásica y la movilidad en banda, haciendo que el ataque del equipo sea impredecible y letal. Cada partido se convertirá en un escenario donde su talento brille, donde su velocidad punta y técnica individual transformen los encuentros y donde su liderazgo influya en cada jugada.

    (Fuente: Getty imágenes)

    El retorno de Gio proyecta también un impacto histórico. Con apenas 22 años, tiene ante sí la oportunidad de entrar en el olímpico de grandes artilleras del Atlético de Madrid, junto a figuras como Ludmila Da Silva, protagonista de reportajes recientes por su liderazgo y capacidad goleadora, y Priscila Borja Moreno, que sigue gobernando la historia del club con 107 goles oficiales. Gio, con su juventud, talento y determinación, puede no solo acercarse a estos registros, sino superarlos, creando un legado propio que perdurará en la memoria de la afición. Cada gol anotado tras su regreso será un escalón más hacia el olimpo rojiblanco, un capítulo más en la historia de una delantera destinada a marcar época.

    (Fuente: UEFA)

    Sus estadísticas desde el debut con Madrid CFF hasta su segunda etapa en el Atlético reflejan consistencia, capacidad de decisión y eficacia: goles decisivos en Liga F, Liga de Campeones, Copa de la Reina y Supercopa, asistencias clave y la habilidad de aparecer en los momentos que deciden encuentros. Su proyección indica que cada temporada será una demostración de su madurez, talento y ambición. La joven brasileña no solo marcará goles, sino que se consolidará como referente ofensiva y líder táctico, generando espacios, abriendo líneas de pase y obligando a las defensas a reorganizarse a cada acción.

    El futuro de Gio con el Atlético se ve extraordinario. Cada partido tras su regreso será un testimonio de su grandeza: goles, asistencias y liderazgo que transformarán la dinámica del equipo. Su capacidad para alternar roles ofensivos, crear combinaciones y definir con precisión quirúrgica la convierte en un arma completa. La afición, consciente de su regreso, recibirá cada acción con expectación: un gol, un pase filtrado o un desmarque serán celebrados como símbolos de su talento y del impacto que genera en el equipo.

    (Fuente: UEFA)

    Gio también se inserta en una narrativa de continuidad histórica, conectando generaciones. Como Jenni Hermoso y Lola Gallardo , su nombre estará asociado a los momentos más decisivos del club. Con solo 22 años, su futuro está lleno de oportunidades: puede consolidarse como la máxima artillera del Atlético, liderar títulos, superar récords y dejar una huella indeleble en la memoria de la afición. Cada temporada proyecta goles decisivos, partidos épicos y la posibilidad de ingresar en la historia de la Liga F y la Liga de Campeones como una de las grandes delanteras de su generación.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Cada acción de Gio tras su regreso será una lección de fútbol: desmarques inteligentes, velocidad punta, técnica depurada y capacidad de definir en el área. Su influencia táctica será inmediata, transformando la ofensiva rojiblanca y garantizando que cada partido sea un espectáculo. La combinación de talento, resiliencia y liderazgo asegura que Gio no solo volverá al nivel que la convirtió en referencia, sino que lo superará, entrando en el olimpo de las artilleras históricas del club y dejando un legado que trascenderá generaciones.

    (Fuente: DAZN)

    El Atlético de Madrid, con Gio en plenitud, recupera una pieza ofensiva única. Su regreso proyecta goles, títulos y liderazgo, consolidando al equipo como competidor absoluto en todas las competiciones. Cada gol que marque no será solo un número, sino un símbolo de su talento y determinación; cada asistencia será una demostración de su inteligencia táctica; cada victoria será un capítulo en la epopeya de una jugadora que, con por su juventud está destinada a marcar época.

    Gio Garbelini representa el futuro del Atlético de Madrid: velocidad, movilidad, técnica, instinto goleador y liderazgo.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Con apenas 22 años, su futuro está en sus botas, y cada acción, cada gol y cada victoria serán testimonio de que Gio Garbelini pertenece a la historia del Atlético de Madrid, destinada a gobernar el ataque rojiblanco, superar récords históricos y escribir una epopeya de fútbol que permanecerá por siempre en la memoria de la afición.

    Su retorno no es solo un regreso; es el inicio de una era de goles, liderazgo y gloria, una promesa de que, cuando el maltrecho peroné esté curado, Gio no hará otra cosa que golear y consolidarse como una leyenda viva del Atlético de Madrid, al lado de Ludmila Da Silva y Priscila Borja Moreno, con un futuro que ya se escribe con letras rojas y blancas.

    (Fuente: Liga F Moeve)