⬛️ Hay futbolistas que entran en la historia por el ruido y hay otras que lo hacen por el peso.
(Fuente: UEFA)
El 2025 comienza a dispersarse como mantequilla untada sobre demasiado pan, como diría Bilbo Bolsón en “El Señor de los Anillos”, pero antes de que se cierre queremos poner en valor la trayectoria de una pionera, de este fútbol femenino moderno, como es Andrea Pereira Cejudo (Barcelona, 19 de septiembre de 1993) es una futbolista española. Juega como defensa en el Club de Fútbol Pachuca Femenil de la Liga MX Femenil. Hasta 2022 fue internacional absoluta con la Selección Española de Fútbol.
La exjugadora del Club América, uno de los grandes transatlánticos del balompié azteca, formó una gran pareja defensiva con Mapi León en el Barcelona.
La que fuese rojiblanca no es sólo una central, sino que es estructura u memoria y desde muy joven destacó por una lectura del juego poco común. No era la más rápida, ni la más poderosa, pero siempre llegaba antes. Antes al corte. Antes a la ayuda. Antes a la cobertura que evitaba el problema y era un auténtico seguro de vida.
Toda gran carrera tiene un punto de partida que no aparece en los palmarés. En el caso de Andrea Pereira, ese punto no fue un título, ni una llamada de la selección, ni una final. Fue una fractura de peroné a los 19 años.
Cuatro meses fuera. Cuatro meses viendo el fútbol desde la distancia. Cuatro meses entendiendo que el talento, sin resistencia mental, no alcanza.
Debutó con el primer equipo en la temporada 2011-2012, tras formarse en las categorías inferiores del club. No fue una irrupción explosiva. Fue algo más difícil: una construcción lenta y sólida.
Durante siete temporadas, Andrea Pereira fue creciendo hasta convertirse en una de las piezas estructurales del Espanyol. Central sobria, fiable, con una lectura del juego muy por encima de la media del campeonato en aquel momento.
El Espanyol no era un club que luchara por títulos, pero sí un entorno ideal para entender el fútbol desde la responsabilidad. Allí Andrea aprendió: a defender mucho tiempo seguido, sostener partidos largos y convivir con el error sin esconderse
La lesión de peroné no la debilitó: la ordenó. Volvió con una forma distinta de competir, menos impulsiva, más cerebral.
En 2012, levantó la Copa de la Reina, uno de los grandes hitos del club. Y no fue casualidad: ya entonces era una futbolista que elevaba el nivel colectivo.
Su última temporada en el Espanyol fue simbólica: capitana del primer equipo. No por veteranía, sino por ascendencia. Porque ya era una jugadora que hablaba poco, pero colocaba a todas.
Ese mismo año, con solo 22 años, llegó la llamada de la selección absoluta. No como promesa mediática, sino como central fiable. Como solución.
Andrea Pereira llegaba a la élite sin ruido, pero con una base que pocas tenían.
(Fuente: UEFA)
En julio de 2016, el Atlético de Madrid anunció su fichaje. Procedente del Espanyol, Andrea daba un salto que no era solo deportivo: era ideológico.
El Atlético femenino estaba construyendo algo grande. Y necesitaba futbolistas que entendieran el esfuerzo como identidad.
En su primera temporada, Andrea Pereira fue campeona de Liga. Pero más allá del título, se convirtió en una pieza táctica esencial. Central zurda, con capacidad para defender en campo abierto y sostener una línea adelantada.
En su segunda campaña fue titular indiscutible. El equipo repitió título de Liga. En octubre de 2017 sufrió una lesión muscular en el recto anterior del muslo izquierdo que la apartó un mes, pero regresó sin perder jerarquía.
El Atlético de Madrid ganó su segunda liga consecutiva con Andrea como una de las columnas invisibles del proyecto.
(Fuente: UEFA)
Andrea no necesitó brazalete fijo para liderar. En un vestuario con personalidades fuertes, ella fue el punto de equilibrio. La futbolista que sostiene cuando el partido se rompe.
El verano de 2018 marca otro punto de inflexión. El Barcelona anuncia el fichaje de Andrea Pereira y, con él, no solo incorpora a una central contrastada, sino a una futbolista que entiende el juego desde la arquitectura.
El Barça no buscaba solo defender mejor y buscaba defender distinto
El Barcelona femenino de 2018 estaba en plena transformación. Aspiraba a Europa, pero todavía no dominaba Europa. Necesitaba centrales capaces de: • Defender muy lejos del área • Sostener posesiones largas • Iniciar juego bajo presión • Corregir grandes espacios a la espalda
Andrea Pereira encajó desde el primer día y llegó a formar una gran pareja con Mapi León, algo que no era sencillo y requería inteligencia en lo táctico, lectura y evaluación del riesgo en maridaje con una enorme compensación y Pereira lo hizo todo a la perfección.
Mientras una atacaba el duelo, la otra cerraba el sistema. Mientras una rompía líneas con pase, la otra sostenía la estructura.
Esa dupla fue una de las más fiables del continente durante varias temporadas.
Andrea Pereira llegó al FC Barcelona en el verano de 2018 en un momento decisivo para la historia del club. El Barça quería dejar de competir bien para empezar a mandar, y para eso necesitaba futbolistas capaces de sostener el juego desde atrás, de entender el fútbol no como una sucesión de acciones aisladas, sino como una estructura completa. Andrea encajó desde el primer día. No por impacto mediático, sino por comprensión profunda del juego.
La temporada 2018-2019 fue, paradójicamente, una de las más importantes de su carrera. No por los títulos, sino por las derrotas. El Barcelona terminó aquel curso como subcampeón de Liga, subcampeón de Copa de la Reina y subcampeón de Europa. Tres finales perdidas. Tres golpes duros. Especialmente la final de la Liga de Campeones ante el Olympique de Lyon, un 4-1 que evidenció la distancia que aún separaba al Barça del equipo más dominante del mundo.
(Fuente: UEFA)
Andrea Pereira vivió aquella final desde dentro, defendiendo contra una maquinaria casi perfecta. Y de esa experiencia extrajo una lección que marcaría el futuro del club y de su propia carrera: para ganar Europa no basta con competir. Hay que mandar. Ese aprendizaje, silencioso pero profundo, fue oro. Porque el Barça que perdería aquella final sería el Barça que, poco después, cambiaría para siempre la jerarquía del fútbol femenino europeo.
La respuesta llegó pronto. La temporada 2019-2020 comenzó con el título de la Supercopa de España, el primer trofeo de un ciclo que transformaría la historia del club. Andrea fue parte activa de ese inicio ganador, aportando estabilidad y fiabilidad defensiva en un equipo que empezaba a reconocerse dominante. Meses después, en mayo de 2020, el Barcelona se proclamó campeón de la Liga Iberdrola tras la cancelación de la competición por la pandemia. Un título extraño, sin celebraciones tradicionales, pero trabajado desde la regularidad y el control absoluto del juego. Andrea seguía siendo una pieza fiable en la rotación defensiva, siempre preparada para sostener el sistema cuando el contexto lo exigía.
La Copa de la Reina, aplazada hasta febrero de 2021, cerró definitivamente ese ciclo triunfal. El Barça ganó la final al EDF Logroño por 3-0 y levantó el trofeo. Andrea sumaba otro título a una temporada ya histórica, confirmando la confianza institucional que el club había expresado meses antes con su renovación hasta 2023. No era un gesto simbólico: era el reconocimiento a una futbolista que entendía el proyecto desde dentro.
La culminación llegó en la Liga de Campeones 2020-2021, el gran punto de ruptura del fútbol femenino europeo. El Barcelona no solo ganó la Champions: arrasó. Andrea Pereira fue parte activa del camino, participando en eliminatorias clave como la del Manchester City, formando parte del grupo que alcanzó las semifinales y desempeñando un papel estructural dentro del vestuario. No pudo disputar la final por sanción, pero ese detalle, lejos de empequeñecer su figura, la define con precisión. Andrea representa a ese grupo de futbolistas que ganan incluso cuando no juegan. El 16 de mayo de 2021, el FC Barcelona goleó 0-4 al Chelsea y se proclamó campeón de Europa. Andrea Pereira era campeona de Europa. Sin foco. Sin portada. Pero con el mismo mérito.
Su juego explica por qué siempre estuvo ahí. Andrea Pereira es una central zurda de enorme inteligencia táctica. Su uso del perfil corporal es excelente, su pase corto y medio es seguro y consciente, y rara vez arriesga sin ventaja. No juega para lucirse, juega para que el equipo funcione. A nivel táctico destaca por su lectura de coberturas, su capacidad para defender en bloque alto, su dominio del timing defensivo y su ajuste constante de la línea. Físicamente no es explosiva, pero sí resistente, coordinada y muy fiable en partidos largos. Y mentalmente aporta algo que no se entrena: liderazgo silencioso, alta tolerancia a la presión y una capacidad poco común para asumir un rol secundario sin perder impacto. Andrea Pereira no es una central de choque. Es una central de control.
Esa fiabilidad la acompañó también en la selección española. Debutó joven con la absoluta, con solo 22 años, en una generación marcada por una competencia feroz en defensa. Su rol fue siempre claro: estar preparada. No siempre titular, pero nunca fuera del radar. En un contexto donde España evolucionaba hacia un fútbol cada vez más dominante, Andrea aportó experiencia, orden y capacidad para sostener partidos complejos. Fue una futbolista respetada en el vestuario, consciente de que el valor de una carrera no se mide solo en minutos, sino en utilidad colectiva.
Su palmarés resume una trayectoria construida desde la constancia: campeona de la Copa de la Reina en 2012 con el Espanyol; campeona de Liga en las temporadas 2016-17 y 2017-18 con el Atlético de Madrid; campeona de la Supercopa de España en 2020, de la Liga Iberdrola 2019-20 y de la Copa de la Reina 2021 con el FC Barcelona; y campeona de Europa en 2021. Títulos importantes, sí, pero siempre acompañados de un rol que va más allá de la foto.
Andrea Pereira no será recordada por goles decisivos ni por gestos grandilocuentes. Será recordada por algo más difícil de medir: haber sostenido el juego cuando el fútbol femenino español crecía a una velocidad vertiginosa. Mientras el foco iluminaba a otras, ella ordenaba la sombra. Mientras el ruido crecía, ella bajaba pulsaciones. Mientras el fútbol cambiaba, ella lo entendía.
Andrea Pereira representa a una generación de futbolistas que no pidieron permiso para competir. Que se hicieron fuertes en la dificultad. Que aprendieron a resistir antes de aprender a ganar. Y cuando llegó el momento de ganar, estaban preparadas. Porque el fútbol también se construye desde atrás. Desde el silencio. Desde las que no fallan. Y Andrea Pereira, durante más de una década, nunca dejó de estar.
cuando pasen los años, cuando las cifras se borren y los resúmenes se acorten, quedará algo que no aparece en las estadísticas. Quedará la certeza de que hubo una futbolista que entendió el juego antes de que el juego la entendiera a ella. Que supo esperar cuando todo empujaba a correr. Que sostuvo cuando otros brillaban. Que estuvo cuando no era obligatorio estar.
Andrea Pereira no fue la voz más alta ni la imagen más repetida. Fue la base. El punto de apoyo. La futbolista que hizo posible que otras volaran porque alguien, atrás, ordenaba el caos. En un fútbol que aprendió a ganar a toda velocidad, ella enseñó que también se gana pensando.
Su carrera no se explica desde el ruido, sino desde la permanencia. Desde el compromiso diario. Desde la resistencia silenciosa de quien sabe que el verdadero legado no es levantar un trofeo, sino dejar un equipo mejor de lo que lo encontró.
Porque el fútbol femenino español no solo creció gracias a las que marcaron goles imposibles. Creció gracias a las que sostuvieron los cimientos cuando todavía no había certezas. Y Andrea Pereira fue una de ellas.
Por eso, cuando el partido se rompe, cuando el estadio calla, cuando el balón quema y el tiempo aprieta, siempre hay una jugadora que aparece donde hace falta. No para celebrar. Para cumplir.
Y eso, en el fútbol y en la vida, es lo más difícil de todo.
Ese es el legado de Andrea Pereira que en pleno 2025 se sigue escribiendo con la camiseta del Pachuca.
📌 Compaginar el fútbol profesional con los estudios es una realidad cada vez más presente en Liga F. Gracias al II Convenio Colectivo firmado la pasada temporada entre Liga F y los sindicatos FUTPRO, Futbolistas ON y CCOO, la formación académica se ha convertido en un pilar fundamental para el desarrollo integral de las futbolistas. Un compromiso que, en esta campaña, se traduce en la concesión de 33 becas de ayuda al estudio.
Cuando el fútbol también educa: las becas que sostienen el futuro de las futbolistas de Liga F
En el fútbol femenino español hay goles que no suben al marcador, ascensos que no aparecen en la clasificación y títulos que no se celebran con confeti. Son victorias silenciosas, íntimas, que se libran lejos del césped, entre apuntes subrayados, madrugones interminables y una certeza compartida por muchas jugadoras: el fútbol no es eterno. En ese espacio, donde la élite deportiva convive con la realidad laboral futura, se inscriben las becas de formación impulsadas por Liga F, un programa que ha permitido que 33 futbolistas de siete clubes —Atlético de Madrid, Athletic Club, Real Sociedad, RCD Espanyol, SD Eibar, Deportivo Abanca y Granada CF— puedan seguir construyendo su futuro académico sin renunciar al presente competitivo.
No se trata solo de ayudas económicas. Es una declaración de intenciones. Un mensaje claro en un ecosistema que durante décadas obligó a elegir: o estudias, o juegas. Hoy, en cambio, el fútbol femenino español empieza a decir algo distinto: se puede —y se debe— hacer ambas cosas.
Durante años, el relato del fútbol femenino ha estado marcado por la precariedad, la falta de profesionalización y la incertidumbre. Incluso hoy, en plena consolidación de Liga F como competición profesional, la realidad sigue siendo desigual. No todas las carreras deportivas garantizan estabilidad económica a largo plazo. No todas las trayectorias están blindadas frente a lesiones graves. No todas las futbolistas llegan a la élite mediática.
Por eso, la formación académica no es un complemento: es una necesidad estructural. Y en ese contexto, las becas de Liga F actúan como un andamio invisible que sostiene carreras paralelas. Mientras los focos iluminan los partidos del fin de semana, entre semana hay jugadoras que cambian las botas por apuntes, los vestuarios por aulas y las sesiones de vídeo por prácticas universitarias.
Entre ellas está Lucía Martínez, centrocampista del Deportivo Abanca, criminóloga en formación y ejemplo de una generación que se niega a hipotecar su futuro.
Lucía Martínez (Madrid, 27 de noviembre de 2001) no concibe el fútbol como una burbuja aislada del mundo real. Quizá por eso, incluso cuando su carrera deportiva empezó a exigirle cada vez más, nunca dejó de mirar más allá del césped. “En el fútbol femenino nos sentimos muy agradecidas de contar con esta beca”, explica con serenidad, consciente de que no todas las generaciones anteriores tuvieron esa oportunidad.
La centrocampista llegó al Deportivo Abanca en el mercado de invierno de 2024. Aterrizó en Galicia con la temporada ya en marcha, sin tiempo para adaptaciones progresivas, y aun así fue una pieza clave en un equipo que, en apenas seis meses, logró el ascenso a Liga F. El salto a la máxima categoría coincidió con un momento vital exigente: entrenamientos de élite, viajes, presión competitiva… y estudios universitarios presenciales.
Porque Lucía no eligió el camino fácil.
“Yo opté por la universidad de manera presencial cuando apenas empezaba en el fútbol profesional”, recuerda. Una decisión que, en su contexto, implicaba renuncias diarias. Mientras muchas compañeras optaban por modalidades online —más flexibles, menos exigentes en lo logístico— ella decidió mantenerse en el aula física, convencida de que esa experiencia formativa también la construiría como persona.
La clave, dice, ha sido la disciplina cotidiana. No las gestas heroicas, sino la constancia. “Entrenando por las mañanas y estudiando por las tardes, cada día un poco, se puede sacar”. No hay romanticismo en su discurso. Hay método. Hay sacrificio. Hay una aceptación madura de que nada valioso llega sin esfuerzo.
Elegir Criminología no fue casual. Es una disciplina que exige análisis, comprensión de contextos sociales complejos, capacidad de observación y pensamiento crítico. Virtudes que, curiosamente, también definen su juego sobre el campo. Lucía es una centrocampista que lee bien los partidos, que interpreta los espacios, que anticipa. En el aula, ocurre algo similar: analiza conductas, estudia sistemas, intenta entender por qué ocurren las cosas.
Para ella, el estudio no es solo un plan B. Es una parte esencial de su identidad. “Más allá del fútbol, muchas jugadoras necesitamos un plan alternativo. Por si te lesionas, por si el fútbol se acaba antes de lo esperado, o simplemente para cuando termine tu carrera deportiva”.
En ese sentido, la beca de Liga F representa mucho más que un apoyo económico. “Te puede asegurar un futuro lejos del fútbol. Es una apuesta total por la formación y, sobre todo, por el crecimiento personal de cada una”. La palabra crecimiento aparece varias veces en su discurso. No habla solo de títulos ni de salidas profesionales. Habla de evolucionar, de ampliar horizontes, de no quedar atrapada en una única identidad.
Lucía es consciente de su rol como referente, especialmente para las futbolistas más jóvenes que empiezan a asomarse al profesionalismo. A ellas les lanza un mensaje directo, sin adornos: “No hay que olvidarse nunca de que el fútbol, en algún momento, acaba”.
No lo dice desde el miedo, sino desde la lucidez. Y añade una idea poderosa, casi filosófica: “Siempre hay que tener la posibilidad de ser una persona camaleónica, de adaptarse. De que si el día de mañana no te apetece seguir con lo que ha sido tu vida en los últimos años, tengas la opción real de iniciar otra etapa”.
Esa capacidad de transformación es, quizá, una de las grandes conquistas del fútbol femenino actual. Ya no se trata solo de jugar mejor, de llenar estadios o de ganar visibilidad mediática. Se trata de construir trayectorias vitales completas, donde el deporte no anule el resto de dimensiones de la persona.
El caso de Lucía no es una excepción aislada. Forma parte de un ecosistema en crecimiento, donde cada vez más clubes y estructuras entienden que cuidar a una futbolista no es solo prevenir lesiones o mejorar su rendimiento físico. Es también acompañarla en su desarrollo académico y personal.
Las becas de Liga F funcionan como una política de cuidado a largo plazo. Reconocen una realidad incómoda pero necesaria: el fútbol femenino, aunque profesional, sigue siendo frágil en muchos aspectos. Y frente a esa fragilidad, la educación actúa como red de seguridad.
En clubes como el Deportivo Abanca, ese acompañamiento se traduce en comprensión, flexibilidad y apoyo institucional. No siempre es fácil cuadrar horarios, exámenes, viajes y entrenamientos. Pero cuando existe voluntad estructural, el equilibrio es posible.
Lucía no idealiza el proceso. Hay días de cansancio extremo, semanas en las que todo se acumula, momentos de duda. Pero también hay una satisfacción profunda en saber que cada paso que da, tanto dentro como fuera del campo, suma.
no aparecen en las estadísticas. No generan titulares inmediatos ni se celebran con aplausos. Son silenciosas, íntimas, y a menudo incomprendidas desde fuera. Parar, por ejemplo. Detener una carrera deportiva cuando todo empuja a seguir. Escuchar al cuerpo, pero sobre todo a la cabeza. En un entorno históricamente marcado por la exigencia constante y la autoexplotación emocional, Anna Torrodà tomó una de las decisiones más valientes que puede tomar una futbolista profesional: priorizarse.
Corría febrero de 2024 cuando la centrocampista catalana decidió hacer una pausa por salud mental. No abandonó el fútbol para siempre, pero sí se permitió algo que durante mucho tiempo fue un tabú: reconocer que no estaba bien. Y en ese proceso, hubo algo que nunca estuvo en duda. “Nunca ha estado en mi cabeza el dejar de estudiar”.
Anna Torrodà (Barcelona, 21 de enero de 2000) habla de los estudios con la misma claridad con la que analiza un partido. Sin rodeos. Sin romanticismos innecesarios. “Nosotras tenemos que seguir trabajando después del fútbol, y el tener algo de estudios lo veo imprescindible”. No es una frase aprendida. Es una convicción construida con el tiempo, con la experiencia y con la observación de muchas compañeras que, al colgar las botas, se encontraron sin red.
Mientras su carrera deportiva atravesaba uno de los momentos más delicados, sus estudios siguieron siendo una constante. CAFYD (Ciencias de la Actividad Física y del Deporte) es el grado que cursa en modalidad semipresencial, una fórmula que, aunque más flexible que la presencial pura, no está exenta de sacrificios.
“Las prácticas las hago presencial y la teoría online, y poco a poco me lo estoy sacando”, explica. Ese “poco a poco” es clave. No hay prisas. No hay comparaciones. Hay un ritmo propio, adaptado a una realidad compleja donde los fines de semana rara vez son libres y donde el descanso suele ser negociable.
“No hay finde que descanse”, confiesa sin dramatizar. Relata, casi como una anécdota, cómo una asignatura le coincidió con un fin de semana sin liga y aprovechó ese pequeño respiro para viajar a Madrid y completar prácticas presenciales. La escena es reveladora: mientras el calendario deportivo concede una tregua mínima, la formación ocupa inmediatamente ese espacio.
En ese contexto, la beca de Liga F adquiere una dimensión especial. No es solo un apoyo económico. Es una señal de reconocimiento institucional a una realidad muchas veces invisibilizada. “Para mí es un lujo que Liga F nos dé esta ayuda”, afirma con gratitud.
Porque estudiar cuesta dinero, pero también cuesta energía, tiempo y estabilidad emocional. Y cuando una futbolista atraviesa un proceso de recuperación mental, cada apoyo cuenta. La beca no elimina las dificultades, pero las hace más llevaderas. Reduce la presión. Permite respirar.
Anna no se limita a estudiar por estudiar. Tiene claro que quiere seguir vinculada al deporte una vez finalice su etapa como jugadora. Por eso, además de CAFYD, está cursando el UEFA B de entrenadora. Una doble vía que le abre múltiples escenarios: entrenadora, preparadora física, formadora.
“Ya sea a nivel de entrenadora o preparadora física, que siempre me ha encantado, donde salga la oportunidad”, comenta. No hay una obsesión por el cargo ni por el estatus. Hay un deseo genuino de permanecer en un entorno que conoce, desde otro rol, con otras herramientas.
RCD Espanyol ha jugado un papel clave en este proceso. Lejos de poner obstáculos, el club ha facilitado su crecimiento formativo y le ha abierto las puertas del cuerpo técnico. Actualmente forma parte del staff del Infantil S13 A, una experiencia que le permite aplicar lo aprendido y empezar a construir una identidad profesional más allá del césped.
“El que una mujer quiera ser entrenadora está muy bien visto en el club”, explica con ilusión. Cuando comunicó su intención de formarse como técnica, la respuesta fue unánime: apoyo total. Desde el entrenador del primer equipo hasta la dirección deportiva, pasando por su propia entrenadora, todos celebraron la iniciativa.
Este respaldo no es menor. Durante décadas, el acceso de las mujeres a los banquillos ha estado lleno de barreras implícitas. Falta de referentes, de oportunidades, de confianza institucional. Cada paso que da una futbolista hacia la formación como entrenadora es también un paso colectivo.
historia de Anna Torrodà es especialmente significativa porque rompe varios estigmas al mismo tiempo. Demuestra que parar no es fracasar, que cuidar la salud mental es compatible con la ambición profesional y que la formación no es una distracción, sino una herramienta de empoderamiento.
Su mensaje a las futbolistas más jóvenes es claro y contundente: “El fútbol dura lo que dura, así que nunca abandonaría los estudios”. No hay medias tintas. No hay promesas irreales. Hay una verdad sencilla, dicha desde la experiencia.
En un deporte que durante años exigió sacrificios unilaterales, Anna representa una nueva forma de estar. Una futbolista que se escucha, que se cuida y que entiende que su valor no se agota en los 90 minutos.
Aunque sus trayectorias, edades y disciplinas académicas sean distintas, hay algo que une a las 33 jugadoras beneficiarias de las becas de Liga F: la conciencia de que el fútbol, por muy profesional que sea, no puede ser el único pilar sobre el que se construya una vida.
En la próxima parte del reportaje, esa idea tomará forma a través de otra historia marcada por la vocación, el esfuerzo diario y la gestión del tiempo extremo: la de Eunate Astralaga, portera de la SD Eibar, estudiante de Enfermería y campeona de la Nations League.
Hay carreras universitarias que exigen tiempo. Otras, presencia. Algunas, ambas cosas de forma casi incompatible con el deporte de alto rendimiento. Enfermería pertenece a esa categoría especialmente compleja, donde la teoría no basta y la práctica es innegociable. Clases presenciales, laboratorios, prácticas clínicas, turnos exigentes. Y aun así, Eunate Astralaga no dudó.
“Es complicado porque es una carrera muy práctica, donde tienes que estar bastante en clase”, explica con naturalidad. La dificultad no está solo en el contenido académico, sino en la logística diaria. Entrenar por las mañanas, como exige el fútbol profesional, y estar en el aula a horas similares es, en muchos casos, un rompecabezas imposible. Pero Eunate decidió intentarlo.
Eunate Astralaga (Berango, 30 de noviembre de 2005) forma parte de una generación de futbolistas que ya no vive la formación como una rareza individual, sino como un camino compartido. En sus clases de Enfermería coinciden otras jugadoras de Liga F. “Con Daniela Agote este año he estado en varias clases. Con Nerea Nevado entramos juntas… poco a poco lo intentamos llevar. Te motiva porque no te ves sola”.
La frase es reveladora. No verse sola cambia todo. Convierte la dificultad en reto colectivo, el cansancio en complicidad, el esfuerzo en algo compartido. En un deporte donde durante años muchas futbolistas tuvieron que esconder que estudiaban —por miedo a parecer menos comprometidas—, ahora la formación se vive como algo que suma.
La guardameta, cedida actualmente en la SD Eibar, tomó una decisión estratégica desde el inicio de la carrera: completar el primer año entero y luego dividir el segundo en dos cursos. Un ritmo más lento que el de sus compañeras de clase, sí, pero infinitamente más sostenible.
“Tus compañeras completan la carrera antes, pero yo seguiré así para intentar sacármelo”, afirma con convicción. No hay frustración en sus palabras. Hay aceptación. Entiende que su camino es distinto, y que comparar tiempos no tiene sentido cuando las circunstancias tampoco lo son.
Esa madurez resulta especialmente llamativa teniendo en cuenta su edad. A sus 19 años, Eunate ya ha sido campeona de la Nations League con la Selección española, ha debutado en la élite y se ha consolidado como una de las porteras con mayor proyección del fútbol español. Y aun así, no concibe el éxito deportivo como excusa para abandonar la formación.
Cuando habla de la beca de Liga F, lo hace sin rodeos: “Es una gozada que nos puedan ayudar de esa manera”. En su caso, la ayuda no es simbólica. Es concreta. Reduce el estrés económico, permite organizar mejor el calendario académico y, sobre todo, envía un mensaje claro: estudiar no penaliza tu carrera deportiva.
Eunate tiene muy interiorizada esa idea desde casa. “Mis padres me lo han inculcado, y yo siempre lo he querido. Por si el fútbol va mal, tener algo a lo que agarrarte”. No es una visión pesimista, sino realista. El fútbol, incluso en su versión más exitosa, está lleno de incertidumbre. Lesiones, cambios de club, decisiones técnicas, ciclos que se cierran de forma abrupta.
La Enfermería, en cambio, representa estabilidad, vocación y una forma distinta de cuidar. Curar fuera del campo lo que dentro se rompe.
La SD Eibar ha sido un aliado fundamental en este proceso. “Siempre que necesito ir a clase, sí o sí, me han apoyado”, agradece. No es un detalle menor. En un deporte donde los horarios son rígidos y las exigencias constantes, contar con un club que entienda la formación como parte del proyecto integral de la jugadora marca la diferencia.
Ese apoyo se traduce en permisos, comprensión y una cultura interna que no penaliza la ambición académica. Porque estudiar Enfermería no es un capricho: es una elección que requiere compromiso institucional.
Como Lucía y Anna, Eunate también es consciente de su papel como referente. Su consejo a las futbolistas más jóvenes es honesto y empático: “Por mucho que cueste, que creas que no tienes tiempo o que no se puede compaginar, que lo intenten sacar”. Reconoce que hay días en los que estudiar no apetece, pero ofrece una lectura distinta: “Aunque estudiar a veces no apetezca, viene bien para despejarse”.
Esa frase resume una verdad poco contada: la formación no solo prepara para el futuro, también equilibra el presente. Ofrece una identidad complementaria, una salida mental, una sensación de control en un entorno donde muchas decisiones no dependen de ti.
Lucía Martínez, Anna Torrodà y Eunate Astralaga no son excepciones aisladas. Son el rostro visible de un cambio de paradigma en el fútbol femenino español. Las becas de Liga F no solo ayudan a 33 jugadoras concretas. Están sentando un precedente cultural.
Durante años, la narrativa dominante exigía una entrega total al fútbol, incluso a costa del futuro. Hoy, la élite femenina empieza a cuestionar ese modelo. Empieza a decir que el rendimiento deportivo no está reñido con el crecimiento académico. Que una futbolista puede aspirar a más de una cosa sin que eso reste compromiso.
Los siete clubes implicados —Atlético de Madrid, Athletic Club, Real Sociedad, RCD Espanyol, SD Eibar, Deportivo Abanca y Granada CF— forman parte de una red que, poco a poco, entiende que el éxito no se mide solo en puntos, sino también en vidas sostenibles.
Durante demasiado tiempo, el fútbol femenino vivió atrapado en una contradicción silenciosa. Por un lado, se exigía profesionalidad absoluta: rendimiento, sacrificio, disponibilidad total. Por otro, no se ofrecían estructuras sólidas que garantizasen un futuro más allá del césped. El resultado fue una generación de futbolistas obligadas a vivir en el corto plazo, a estirar carreras sin red y a enfrentarse, al final, a un vacío difícil de llenar.
Las becas de formación impulsadas por Liga F no solucionan todos los problemas estructurales del fútbol femenino español, pero sí representan un punto de inflexión. Un cambio de mirada. Una forma distinta de entender qué significa cuidar a una futbolista profesional.
El paso de la semi-profesionalidad a una liga reconocida como profesional ha sido un avance histórico. Sin embargo, la profesionalización real no se mide únicamente en salarios, retransmisiones o patrocinios. Se mide también en la capacidad de las instituciones para pensar en el después. En aceptar que una carrera deportiva es limitada en el tiempo y que el éxito no debería pagarse con incertidumbre futura.
Las 33 jugadoras beneficiarias de estas becas no representan una élite aislada. Son el reflejo de una realidad amplia: futbolistas que entrenan como profesionales, compiten al máximo nivel y, al mismo tiempo, estudian grados universitarios exigentes, másteres, ciclos formativos o titulaciones técnicas. Lo hacen porque quieren, pero también porque saben que lo necesitan.
En ese sentido, la educación deja de ser un plan de emergencia para convertirse en parte del proyecto vital de la futbolista.
El paso de la semi-profesionalidad a una liga reconocida como profesional ha sido un avance histórico. Sin embargo, la profesionalización real no se mide únicamente en salarios, retransmisiones o patrocinios. Se mide también en la capacidad de las instituciones para pensar en el después. En aceptar que una carrera deportiva es limitada en el tiempo y que el éxito no debería pagarse con incertidumbre futura.
Las 33 jugadoras beneficiarias de estas becas no representan una élite aislada. Son el reflejo de una realidad amplia: futbolistas que entrenan como profesionales, compiten al máximo nivel y, al mismo tiempo, estudian grados universitarios exigentes, másteres, ciclos formativos o titulaciones técnicas. Lo hacen porque quieren, pero también porque saben que lo necesitan.
En ese sentido, la educación deja de ser un plan de emergencia para convertirse en parte del proyecto vital de la futbolista.
Durante años, muchas futbolistas ocultaron que estudiaban. Temían ser percibidas como menos ambiciosas, menos centradas, menos “profesionales”. Hoy, ese estigma empieza a romperse. No del todo, pero de forma visible.
Que una centrocampista estudie Criminología, que otra pause su carrera por salud mental mientras se forma como entrenadora, que una portera de la selección curse Enfermería sin renunciar a la élite… todo eso envía un mensaje poderoso: no hay una única forma válida de ser futbolista profesional.
El fútbol femenino gana cuando sus jugadoras son personas completas, con intereses diversos, con herramientas para decidir, con capacidad crítica y con opciones reales cuando el balón deja de rodar.
Quizá el mayor valor de estas becas no esté en el presente, sino en el futuro. En las niñas y adolescentes que hoy empiezan a jugar al fútbol con referentes distintos. Referentes que no solo marcan goles o levantan títulos, sino que hablan abiertamente de estudiar, de parar cuando hace falta, de pensar a largo plazo.
El mensaje es claro: no tienes que elegir entre tus sueños. Puedes amar el fútbol y, al mismo tiempo, construirte fuera de él. Puedes aspirar a la élite sin hipotecar tu futuro. Puedes ser ambiciosa sin ser imprudente.
Ese cambio cultural es lento, pero ya está en marcha.
En un contexto donde el deporte profesional tiene cada vez más impacto social, iniciativas como estas sitúan a Liga F en una posición relevante. No como simple organizadora de una competición, sino como agente activo en la construcción de un modelo más justo y sostenible.
Invertir en formación es invertir en estabilidad. En salud mental. En igualdad real. Porque durante décadas, el fútbol masculino contó con redes económicas que permitían una transición más cómoda tras la retirada. El femenino, no. Corregir esa desigualdad no es un gesto simbólico: es una cuestión de justicia estructural.
Las becas de Liga F no aparecen en los resúmenes de los domingos ni en las estadísticas oficiales. No suman puntos ni títulos. Pero sostienen algo mucho más profundo: vidas.
Sostienen a Lucía cuando vuelve a casa tras entrenar y se sienta a estudiar Criminología. Sostienen a Anna cuando decide cuidarse y seguir formándose para quedarse en el fútbol desde otro lugar. Sostienen a Eunate cuando encadena entrenamientos, clases prácticas y sueños que van más allá de la portería.
En un deporte que durante demasiado tiempo pidió todo y ofreció poco, estas historias demuestran que otra forma de hacer las cosas es posible. Que el fútbol femenino no solo puede competir al máximo nivel, sino también educar, acompañar y dejar legado.
Porque cuando el último partido se juega, cuando las botas se cuelgan y el estadio se queda en silencio, lo que permanece no son los goles. Son las personas que el fútbol ayudó a construir.
Y en ese futuro, gracias a estas becas, muchas futbolistas ya no caminan solas.
⬛️ En un estadio donde el ruido lo envuelve todo —el murmullo previo, el golpe seco del balón, el estallido del gol— existe una historia construida desde el silencio. La de Sergio Javier Fernández García, 43 años, sordera bilateral profunda del 73%, conocido por todos como SAR. Una historia que comenzó con Abel Resino, encontró su reflejo definitivo en Lola Gallardo y terminó fundiéndose para siempre con los colores rojiblancos del Atlético de Madrid Femenino. Desde la temporada 2012-2013, desde que Lola se enfundó la elastina colchonera, SAR no ha faltado a una sola cita como local. Ni una. Porque hay sonidos que no se escuchan con los oídos, pero retumban para siempre en el alma.
Uno encuentra historias que no se explican con datos, ni con estadísticas, ni siquiera con títulos. Hay historias que se cuentan mejor desde el latido, desde la emoción, desde ese lugar intangible donde el fútbol deja de ser un juego para convertirse en identidad. La historia de Sergio Javier Fernández García —SAR para todos— pertenece a ese territorio sagrado.
Un territorio donde el silencio no es ausencia, sino otra forma de presencia.
Donde una portera, Lola Gallardo, se convierte en referente vital. Donde un club, el Atlético de Madrid, es casa. Y donde el fútbol femenino deja de ser una disciplina para convertirse en un lenguaje universal.
SAR nació en una sociedad que durante demasiado tiempo no supo escuchar a quienes no podían oír. Con una sordera bilateral profunda del 73%, su relación con el mundo siempre estuvo mediada por miradas, gestos, vibraciones, intuiciones. Pero el fútbol apareció pronto en su vida como un idioma sin barreras. Un idioma que no necesitaba sonido para ser entendido. De joven, como tantos otros, empezó a fijarse en Abel Resino. No era casualidad. Abel, portero sobrio, seguro, silencioso, representaba esa figura casi estoica que transmite calma incluso cuando todo alrededor parece ruido. En la portería, como en la vida, hay quienes hablan poco pero dicen mucho.
Aquella admiración temprana por Abel Resino fue el primer hilo invisible que unió a SAR con la portería, con la figura del guardián, con esa posición tan solitaria como determinante. Años después, ese hilo encontraría su continuidad natural en una mujer que marcaría su vida para siempre: Lola Gallardo.
Cuando Lola Gallardo llegó al Atlético de Madrid Femenino en la temporada 2012-2013, el proyecto aún estaba construyéndose, buscándose a sí mismo, reclamando su lugar en la historia. Nadie podía imaginar entonces que aquella guardameta andaluza, joven pero con una personalidad arrolladora, iba a convertirse no solo en una de las grandes referentes del club, sino en un símbolo emocional para aficionados como SAR. Desde el primer momento, algo conectó. No fue un gesto concreto, ni una parada espectacular. Fue la manera de estar. La forma de mandar sin gritar. La capacidad de transmitir seguridad desde el silencio.
Para alguien como SAR, que ha aprendido a leer el mundo sin sonido, Lola representaba una figura reconocible. Una líder que no necesitaba palabras para hacerse entender. Cada colocación, cada orden dada con la mirada, cada salida valiente, cada choque asumido como parte del oficio, era un mensaje claro. El fútbol también se puede sentir desde dentro.
Desde aquel momento, SAR no volvió a perderse un solo partido como local del Atlético de Madrid Femenino. Ni uno. Da igual el rival, la hora, el contexto, la clasificación, el clima o el estado de ánimo. Estar allí se convirtió en un acto casi ritual. El estadio pasó a ser un espacio donde el silencio no pesaba, donde la comunión con el equipo se producía a otro nivel.
Donde el fútbol femenino, tantas veces invisibilizado, encontraba en su mirada una validación profunda.
El paso de los años consolidó esa relación. Lola Gallardo creció con el club, y el club creció con ella. Llegaron los títulos, las noches históricas, los partidos que cambiaron la percepción del fútbol femenino en España.
Y SAR estuvo allí. Siempre. Viviendo cada encuentro con una intensidad que no necesita decibelios. Aprendiendo a leer el partido en los cuerpos, en las trayectorias, en las reacciones del banquillo. En las celebraciones que no hacen ruido, pero lo dicen todo.
Hubo un momento clave en esa historia compartida: la marcha de Lola al Olympique de Lyon.
Para muchos, un paso lógico. Para otros, una despedida dolorosa. Para SAR, una mezcla de orgullo y vacío. Ver a su referente dar el salto al club más poderoso del fútbol femenino europeo era la confirmación de que aquel vínculo no estaba basado en la cercanía, sino en la admiración profunda.
En Lyon, Lola Gallardo alcanzó la cima. La temporada 2019-2020 quedó marcada para siempre en su carrera con la conquista de la UEFA Women’s Champions League. Un título que no solo engrandeció su palmarés, sino que reafirmó su lugar en la élite mundial.
SAR siguió cada paso de aquella aventura europea como pudo. Sin sonido, pero con atención absoluta. Sabía que aquel éxito también era, de alguna manera, compartido. Porque cuando un referente triunfa, quienes se reflejan en él también avanzan un poco más.
Y entonces llegó el regreso. El retorno a casa. A Alcalá de Henares. Al Atlético de Madrid. A la capitanía. Lola Gallardo volvió no solo como portera, sino como emblema. Como líder total. Como referencia para una nueva generación. Y SAR volvió a ocupar su lugar en la grada, como si nunca se hubiera ido. Como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo.
Bajo la dirección de Víctor Martín Alba, el Atlético de Madrid Femenino entró en una nueva etapa. Un proyecto renovado, con nuevas ideas, nuevas jugadoras, nuevas ambiciones. Pero con un pilar inamovible: la figura de Lola Gallardo. Para SAR, verla portar el brazalete era la confirmación de todo aquello que había sentido desde el principio. El liderazgo también puede ser silencioso. También puede ser inclusivo. También puede ser profundamente humano.
Cada partido en casa se convirtió en una ceremonia. SAR llegaba con antelación, observaba el calentamiento, analizaba gestos, posiciones, dinámicas. No necesitaba escuchar las consignas para entenderlas. El fútbol se había convertido en un lenguaje corporal, casi coreográfico y Lola Gallardo seguía siendo el centro de gravedad emocional.
La historia de SAR no es solo la de un aficionado fiel. Es la de una forma distinta de vivir el deporte. Es la prueba de que el fútbol femenino no solo rompe barreras de género, sino también barreras sensoriales. Que el estadio puede ser un lugar de pertenencia incluso cuando el mundo no siempre ha sido accesible. Que una jugadora puede inspirar no solo por lo que gana, sino por cómo está.
En una sociedad que mide la pasión en ruido, SAR demuestra que el compromiso verdadero no necesita estridencias. Que estar siempre es una forma de amar. Que no perderse ni un solo partido como local durante más de una década no es una anécdota, sino una declaración de principios. Y que Lola Gallardo, más allá de títulos y estadísticas, ha sido para él un faro constante.
Porque hay historias que no se escuchan. Se sienten. Y esta, la de SAR, Lola Gallardo y el Atlético de Madrid Femenino, es una de ellas. Una historia donde el silencio grita más fuerte que cualquier cántico. Una historia que demuestra que el fútbol, cuando es auténtico, no necesita sonido para cambiar vidas.
No todas las futbolistas construyen su carrera desde el impacto inmediato. Algunas lo hacen desde la permanencia. Desde estar. Desde sostener. Ivana Andrés pertenece a ese grupo reducido de jugadoras cuya importancia no siempre se mide en focos, sino en procesos. Central de formación, capitana por naturaleza y líder sin estridencias, su trayectoria resume como pocas la evolución del fútbol femenino español en la última década.
Hay gestos que valen más que mil palabras. El 20 de agosto de 2023, Ivana Andrés alzó la Copa del Mundo FIFA con la Selección Española. En la imagen no había estridencias. No había gritos mediáticos, ni celebraciones virales, ni portadas diseñadas para capturar el momento exacto de un gol decisivo. Solo estaba ella, serena, con el brazalete de capitana en la muñeca y la pelota de la gloria sobre sus manos. Ese gesto resumía más de una década de trabajo invisible, de liderazgo silencioso, de fiabilidad sostenida y de coherencia absoluta.
(Fuente: Getty imágenes)
Para entender a Ivana Andrés no basta con mirar ese momento. No se trata de un talento precoz que irrumpió con fuerza en titulares o de una jugadora que aceleró el juego con regates imposibles. Su historia se entiende desde la constancia. Desde la capacidad de sostener. Desde estar siempre, incluso cuando nadie miraba. El relato de Ivana es el de las futbolistas imprescindibles, las que permiten que todo lo demás ocurra. Las que sostienen el equipo, el proyecto y, finalmente, la historia.
Ese día, al levantar la Copa del Mundo, Ivana no solo celebraba un título. Celebraba una carrera construida en silencio, desde la estabilidad, la lectura táctica y la autoridad moral.
Celebraba el reconocimiento a una futbolista que, durante años, fue más importante dentro del vestuario que en los flashes de la prensa. Celebraba la culminación de un proceso largo: de una joven que llegó al Valencia CF en 2009, cuando el fútbol femenino español aún caminaba con dificultad, hasta convertirse en referente nacional e internacional, líder y capitana de la Selección Española de Fútbol.
comprender la dimensión del recorrido de Ivana Andrés, es necesario retroceder al momento en que irrumpió en el Valencia CF. La temporada 2009/10 no es solo el inicio de su carrera; es un retrato del fútbol femenino español en construcción.
En aquel entonces, el panorama era radicalmente distinto al actual. Los campos de entrenamiento eran modestos, muchas veces de césped sintético irregular; los horarios de los partidos estaban supeditados a la disponibilidad de instalaciones compartidas con categorías masculinas; y los presupuestos de los clubes eran mínimos, lo que significaba que gran parte de las futbolistas combinaban su carrera deportiva con estudios o trabajos. La profesionalización era una aspiración, no una realidad.
El Valencia CF Femenino, aunque un club históricamente relevante, no era una excepción. Su estructura estaba en fase de consolidación. Existían entrenadores con vocación y visión, pero la estabilidad dependía más de la pasión que de recursos sólidos. En este entorno, las jóvenes jugadoras aprendían a adaptarse, a improvisar y a sobrevivir. Cada entrenamiento era una lección de resiliencia, cada partido una prueba de madurez temprana.
Ivana llegó con apenas 16 años, pero con una claridad poco habitual: entendía el fútbol como control y anticipación, no como exhibición física o destello individual. No era la más rápida, ni la más alta, ni la más espectacular. Pero desde el primer momento mostró una cualidad que sería su sello durante toda su carrera: regularidad. En un contexto donde las fluctuaciones eran la norma —errores, lesiones, equipos descompensados—, su constancia era diferencial. Podía no brillar, pero no fallaba. Podía no destacar, pero sostenía.
El fútbol femenino español de entonces se enfrentaba a múltiples desafíos. Los clubes competían en ligas que aún buscaban estabilidad competitiva. La cobertura mediática era mínima: los partidos rara vez se retransmitían y los reportajes se limitaban a notas breves en diarios locales. Las futbolistas eran conocidas principalmente en sus ciudades, no a nivel nacional, y la narrativa sobre ellas solía centrarse en la precariedad, no en la calidad deportiva.
En ese contexto, aprender significaba más que técnica: significaba entender la categoría, leer el juego y construir hábitos que sobrevivieran al caos. Ivana Andrés hizo eso con naturalidad. Sus primeras temporadas fueron discretas en estadísticas, pero determinantes en aprendizaje. Ganó minutos de manera progresiva, asimiló la intensidad de la Liga Nacional y desarrolló un criterio defensivo adelantado a su edad. Cada partido era un laboratorio de posicionamiento, comunicación y control del juego.
La joven central valenciana no se caracterizaba por entradas espectaculares ni por duelos físicos constantes. Su arma era la colocación, la anticipación y la capacidad de leer el peligro antes de que apareciera. Su presencia en el campo generaba seguridad al equipo: las compañeras sabían que podían confiar en que los espacios estarían bien cubiertos, que las transiciones estarían organizadas y que la defensa mantendría su integridad incluso en momentos complicados.
Ese aprendizaje silencioso no era reconocido por portadas ni premios. Pero era fundamental. Porque el fútbol femenino español necesitaba figuras como Ivana: futbolistas que no solo jugaran, sino que sostuvieran. La categoría juvenil y la Liga Nacional no ofrecían lujo; ofrecían formación y oportunidades para entender el fútbol desde la calma y la cabeza. Ivana abrazó ese camino con disciplina y sin ruido.
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Entre 2009 y 2014, su progresión fue constante. Cada año acumulaba minutos, ganaba confianza y empezaba a ser percibida no solo como una promesa, sino como una jugadora fiable. Su evolución estaba marcada por la madurez, no por el protagonismo mediático. En un fútbol que aún luchaba por profesionalizarse, esa madurez era una ventaja competitiva.
Su llegada coincidía con un momento crucial: la transformación silenciosa de la Liga Femenina Española, que empezaba a consolidar clubes, estructurar competiciones y profesionalizar recursos de manera gradual. En ese período, el Valencia CF se posicionaba como un club capaz de ofrecer continuidad y formación de calidad, lo que permitió a Ivana consolidar sus bases tácticas y su carácter.
Aprender en ese contexto era aprender a sostener, a no depender de circunstancias externas, a adaptarse a cada rival y a cada partido. La joven central entendió desde el principio que su valor no residía en acciones individuales llamativas, sino en la consistencia, la lectura del juego y la capacidad de ser un referente silencioso dentro del equipo.
De esta manera, los años formativos de Ivana Andrés no solo fueron el inicio de una carrera deportiva, sino también una lección sobre cómo se construye la fiabilidad: minuto a minuto, entrenamiento a entrenamiento, partido a partido. Era la primera vez que se sentía la semilla de un liderazgo que, años después, sería reconocido con el brazalete de capitana en clubes y en la Selección.
En paralelo a su evolución en el club, Ivana Andrés comenzó a destacar en las categorías inferiores de la selección española. Ya había participado en torneos Sub-17 y Sub-19, y su desempeño reflejaba la misma regularidad que mostraba en Valencia. Su capacidad para leer el juego, su serenidad y su liderazgo natural le valieron un reconocimiento progresivo que, años más tarde, la consolidaría como referente de la Selección Absoluta.
En resumen, antes de ser internacional y antes de levantar títulos, Ivana se formó en un fútbol que exigía resistencia, inteligencia y coherencia. Su carrera no comenzó con un golpe de talento, sino con una aceptación temprana de la disciplina silenciosa que el fútbol femenino requería en España. Lo que entonces parecía rutina, más tarde se convertiría en una virtud esencial: la capacidad de sostener equipos, proyectos y, finalmente, la historia misma del fútbol femenino español.
(Fuente: Getty imágenes)
Cuando Ivana Andrés debutó con el primer equipo del Valencia CF Femenino en la temporada 2010/11, ya había demostrado que su talento no se medía en destellos individuales, sino en consistencia y regularidad. Tenía apenas 17 años, pero la madurez que mostraba sobre el césped la distinguía de muchas jugadoras con más experiencia. No era una central físicamente dominante ni de entradas espectaculares; era, sobre todo, una central que entendía el juego antes de que este sucediera. Esa comprensión del fútbol le permitió adaptarse rápidamente a la exigencia de la categoría y a la presión de un club que aspiraba a consolidarse en la élite española.
Los primeros años fueron, ante todo, un periodo de aprendizaje. Cada partido era un desafío: enfrentarse a delanteras veteranas, leer sistemas tácticos cada vez más complejos y asumir responsabilidades defensivas que, a veces, recaían sobre jugadoras mucho más experimentadas. Ivana no era una futbolista que necesitara acaparar protagonismo; su fortaleza residía en la constancia de sus decisiones y la seguridad que transmitía al equipo. Sus entrenadores pronto comprendieron que, aunque no destacara con estadísticas llamativas, podía ser el eje sobre el que sostener la defensa.
Durante esta etapa, la joven central desarrolló un rasgo que definiría toda su carrera: la anticipación. A diferencia de muchas defensoras de su generación, que confiaban en la fuerza física o en la agresividad de la entrada, Ivana aprendió a posicionarse con precisión, a leer el movimiento del rival y a interceptar situaciones antes de que se convirtieran en peligro. Esta capacidad le permitió acumular minutos de forma constante y ganar la confianza del cuerpo técnico y de sus compañeras.
En paralelo a su desarrollo defensivo, Ivana comenzó a forjar su liderazgo silencioso. Aunque aún no llevaba el brazalete, su presencia sobre el campo era evidente. Corría, ordenaba, ajustaba el posicionamiento de sus compañeras y transmitía seguridad. No lo hacía mediante discursos o arengas, sino con la coherencia de su juego. Las futbolistas jóvenes que llegaban al primer equipo la observaban y aprendían, y las veteranas encontraban en ella un soporte confiable que permitía organizar la defensa con tranquilidad.
Durante estos años, el Valencia CF Femenino se enfrentaba a un entorno competitivo que estaba en pleno proceso de profesionalización. Los clubes grandes comenzaban a invertir de manera más sistemática, pero la Liga seguía marcada por la irregularidad de presupuestos, recursos y cobertura mediática. En este contexto, la fiabilidad individual era un valor estratégico. Ivana ofrecía justamente eso: una futbolista que podía sostener el equipo incluso cuando las circunstancias externas eran complicadas.
(Fuente: Getty imágenes)
El estilo de Ivana también se fue definiendo en esta etapa. No buscaba el protagonismo mediante recuperaciones espectaculares ni incursiones ofensivas; priorizaba la seguridad, la colocación y la protección del espacio. Su juego se basaba en evitar que el peligro llegara a su área, en lugar de reaccionar cuando ya estaba presente. Esta mentalidad defensiva le permitió acumular muy pocas tarjetas, mantener la solidez de la defensa y generar confianza en el resto del equipo.
A medida que pasaban las temporadas, Ivana empezó a ser percibida no solo como una futbolista confiable, sino también como una jugadora estratégica para el proyecto valencianista. Su capacidad para adaptarse a distintos sistemas tácticos y su madurez competitiva la convirtieron en un recurso indispensable. Ya no era simplemente una promesa juvenil; era una futbolista que podía sostener al equipo en momentos críticos, capaz de organizar la línea defensiva y de transmitir serenidad a sus compañeras.
Los entrenadores del Valencia, conscientes de su potencial, comenzaron a otorgarle más responsabilidades dentro del campo. Aunque la capitanía formal aún no llegaba, Ivana ejercía un liderazgo tácito: corregía, ordenaba y asumía la iniciativa en situaciones de tensión. Su influencia era silenciosa pero efectiva, y pronto se convirtió en un referente para todas las jugadoras del vestuario.
En estos primeros años, Ivana también aprendió a gestionar la presión externa. La cobertura mediática era limitada, pero los partidos de la Liga empezaban a atraer atención y expectación. La joven central entendió que su mejor defensa era mantener la calma, rendir siempre y no dejarse llevar por el ruido. Esa filosofía le permitiría, más adelante, liderar equipos en contextos mucho más exigentes y mediáticos, como el Real Madrid Femenino o la Selección Española.
Por último, cabe destacar que esta etapa formativa también fue clave para consolidar la capacidad de adaptación de Ivana. En un fútbol femenino español que cambiaba año tras año, con reglamentos nuevos, competiciones europeas en expansión y equipos en transformación, Ivana aprendió a ajustar su juego sin perder identidad. Esa habilidad sería fundamental cuando años después se enfrentara a retos distintos: un Levante en la parte alta de la Liga, un proyecto emergente en el Real Madrid y, finalmente, su primera experiencia fuera de España en la Serie A italiana.
En resumen, los primeros años de Ivana Andrés en el Valencia CF Femenino fueron mucho más que simples aprendizajes técnicos. Fueron una lección de paciencia, regularidad y liderazgo silencioso. En un entorno marcado por la precariedad y la falta de recursos, su capacidad para sostener el equipo se convirtió en su principal virtud. Cada partido, cada entrenamiento y cada temporada acumulada fue construyendo los cimientos de una carrera que, años después, la llevaría a levantar la Copa del Mundo como capitana de España.
Esta etapa temprana demuestra que no todas las futbolistas construyen su historia desde la espectacularidad. Algunas lo hacen desde la constancia, desde la disciplina y desde la capacidad de influir en el equipo sin necesidad de que todos lo vean. Ivana Andrés pertenece a este grupo. Y es precisamente esa combinación de fiabilidad, lectura táctica y liderazgo silencioso la que define su trayectoria y la prepara para los capítulos siguientes de su carrera: la capitanía formal, la consolidación en clubes mayores y, finalmente, la gloria internacional.
Cuando Ivana Andrés debutó con el primer equipo del Valencia CF Femenino en la temporada 2010/11, ya había demostrado que su talento no se medía en destellos individuales, sino en consistencia y regularidad. Tenía apenas 17 años, pero la madurez que mostraba sobre el césped la distinguía de muchas jugadoras con más experiencia. No era una central físicamente dominante ni de entradas espectaculares; era, sobre todo, una central que entendía el juego antes de que este sucediera. Esa comprensión del fútbol le permitió adaptarse rápidamente a la exigencia de la categoría y a la presión de un club que aspiraba a consolidarse en la élite española.
Los primeros años fueron, ante todo, un periodo de aprendizaje. Cada partido era un desafío: enfrentarse a delanteras veteranas, leer sistemas tácticos cada vez más complejos y asumir responsabilidades defensivas que, a veces, recaían sobre jugadoras mucho más experimentadas. Ivana no era una futbolista que necesitara acaparar protagonismo; su fortaleza residía en la constancia de sus decisiones y la seguridad que transmitía al equipo. Sus entrenadores pronto comprendieron que, aunque no destacara con estadísticas llamativas, podía ser el eje sobre el que sostener la defensa.
Durante esta etapa, la joven central desarrolló un rasgo que definiría toda su carrera: la anticipación. A diferencia de muchas defensoras de su generación, que confiaban en la fuerza física o en la agresividad de la entrada, Ivana aprendió a posicionarse con precisión, a leer el movimiento del rival y a interceptar situaciones antes de que se convirtieran en peligro. Esta capacidad le permitió acumular minutos de forma constante y ganar la confianza del cuerpo técnico y de sus compañeras.
En paralelo a su desarrollo defensivo, Ivana comenzó a forjar su liderazgo silencioso. Aunque aún no llevaba el brazalete, su presencia sobre el campo era evidente. Corría, ordenaba, ajustaba el posicionamiento de sus compañeras y transmitía seguridad. No lo hacía mediante discursos o arengas, sino con la coherencia de su juego. Las futbolistas jóvenes que llegaban al primer equipo la observaban y aprendían, y las veteranas encontraban en ella un soporte confiable que permitía organizar la defensa con tranquilidad.
Durante estos años, el Valencia CF Femenino se enfrentaba a un entorno competitivo que estaba en pleno proceso de profesionalización. Los clubes grandes comenzaban a invertir de manera más sistemática, pero la Liga seguía marcada por la irregularidad de presupuestos, recursos y cobertura mediática. En este contexto, la fiabilidad individual era un valor estratégico. Ivana ofrecía justamente eso: una futbolista que podía sostener el equipo incluso cuando las circunstancias externas eran complicadas.
En paralelo a su evolución en el club, Ivana Andrés comenzó a destacar en las categorías inferiores de la selección española. Ya había participado en torneos Sub-17 y Sub-19, y su desempeño reflejaba la misma regularidad que mostraba en Valencia. Su capacidad para leer el juego, su serenidad y su liderazgo natural le valieron un reconocimiento progresivo que, años más tarde, la consolidaría como referente de la Selección Absoluta.
El estilo de Ivana también se fue definiendo en esta etapa. No buscaba el protagonismo mediante recuperaciones espectaculares ni incursiones ofensivas; priorizaba la seguridad, la colocación y la protección del espacio. Su juego se basaba en evitar que el peligro llegara a su área, en lugar de reaccionar cuando ya estaba presente. Esta mentalidad defensiva le permitió acumular muy pocas tarjetas, mantener la solidez de la defensa y generar confianza en el resto del equipo.
A medida que pasaban las temporadas, Ivana empezó a ser percibida no solo como una futbolista confiable, sino también como una jugadora estratégica para el proyecto valencianista. Su capacidad para adaptarse a distintos sistemas tácticos y su madurez competitiva la convirtieron en un recurso indispensable. Ya no era simplemente una promesa juvenil; era una futbolista que podía sostener al equipo en momentos críticos, capaz de organizar la línea defensiva y de transmitir serenidad a sus compañeras.
Los entrenadores del Valencia, conscientes de su potencial, comenzaron a otorgarle más responsabilidades dentro del campo. Aunque la capitanía formal aún no llegaba, Ivana ejercía un liderazgo tácito: corregía, ordenaba y asumía la iniciativa en situaciones de tensión. Su influencia era silenciosa pero efectiva, y pronto se convirtió en un referente para todas las jugadoras del vestuario.
En estos primeros años, Ivana también aprendió a gestionar la presión externa. La cobertura mediática era limitada, pero los partidos de la Liga empezaban a atraer atención y expectación. La joven central entendió que su mejor defensa era mantener la calma, rendir siempre y no dejarse llevar por el ruido. Esa filosofía le permitiría, más adelante, liderar equipos en contextos mucho más exigentes y mediáticos, como el Real Madrid Femenino o la Selección Española.
Por último, cabe destacar que esta etapa formativa también fue clave para consolidar la capacidad de adaptación de Ivana. En un fútbol femenino español que cambiaba año tras año, con reglamentos nuevos, competiciones europeas en expansión y equipos en transformación, Ivana aprendió a ajustar su juego sin perder identidad. Esa habilidad sería fundamental cuando años después se enfrentara a retos distintos: un Levante en la parte alta de la Liga, un proyecto emergente en el Real Madrid y, finalmente, su primera experiencia fuera de España en la Serie A italiana.
En resumen, los primeros años de Ivana Andrés en el Valencia CF Femenino fueron mucho más que simples aprendizajes técnicos. Fueron una lección de paciencia, regularidad y liderazgo silencioso. En un entorno marcado por la precariedad y la falta de recursos, su capacidad para sostener el equipo se convirtió en su principal virtud. Cada partido, cada entrenamiento y cada temporada acumulada fue construyendo los cimientos de una carrera que, años después, la llevaría a levantar la Copa del Mundo como capitana de España.
Esta etapa temprana demuestra que no todas las futbolistas construyen su historia desde la espectacularidad. Algunas lo hacen desde la constancia, desde la disciplina y desde la capacidad de influir en el equipo sin necesidad de que todos lo vean. Ivana Andrés pertenece a este grupo. Y es precisamente esa combinación de fiabilidad, lectura táctica y liderazgo silencioso la que define su trayectoria y la prepara para los capítulos siguientes de su carrera: la capitanía formal, la consolidación en clubes mayores y, finalmente, la gloria internacional.
En esta fase, Ivana asumió formalmente el brazalete de capitana, no porque buscara protagonismo, sino porque era la futbolista que mejor representaba la estabilidad y el equilibrio dentro del vestuario. Su liderazgo no era discursivo ni ruidoso; se ejercía con hechos. Ordenaba, corregía y sostenía desde el campo. Su influencia no dependía del volumen de voz, sino de la coherencia de sus decisiones. Cada jugada, cada intervención, cada colocación era una enseñanza tácita para sus compañeras.
La capitanía de Ivana no consistía en hablar más que nadie; consistía en hacer mejor a quienes la rodeaban. Era capaz de mejorar la lectura del juego de sus compañeras, de orientar la defensa y de reducir los riesgos de forma silenciosa. Esa capacidad de liderazgo funcional se convirtió en su sello: un poder que no se impone, sino que se acepta.
Valencia vivió uno de sus períodos más estables en este tiempo. El club no solo competía de manera regular en la Liga, sino que también alcanzó momentos históricos, como la final de la Copa de la Reina de 2015. Ivana fue un pilar fundamental en ese éxito. No firmó goles decisivos ni intervenciones espectaculares que quedaran grabadas en la memoria colectiva; lo hizo con seguridad, orden y control táctico. En esos partidos, su presencia se percibía como un ancla: mientras ella estaba en el campo, el equipo respiraba con más confianza.
La final de 2015 representa, en muchos sentidos, un punto simbólico en la carrera de Ivana. Fue la primera gran cita nacional en la que su liderazgo y capacidad defensiva se vieron reflejados en un resultado tangible, aunque finalmente el equipo no lograra alzar el título. Su actuación y la confianza que generaba fueron suficientes para consolidar su posición como referente del equipo.
que distingue a Ivana no es solo su capacidad defensiva, sino su influencia en el vestuario. Incluso cuando otras jugadoras eran más mediáticas o talentosas en el plano individual, ella era la figura que equilibraba el grupo. Su liderazgo se basaba en la coherencia, la constancia y la fiabilidad, y esas cualidades generaban respeto. Las decisiones que tomaba sobre el césped y fuera de él no necesitaban ser comentadas: hablaban por sí mismas.
Ese tipo de liderazgo tiene un efecto multiplicador. Ivana hacía mejores a sus compañeras porque les ofrecía seguridad y ejemplo constante. Su manera de leer el juego, su colocación precisa y su capacidad de anticipación no solo neutralizaban al rival, sino que también permitían al equipo mantener la estructura y responder con tranquilidad a situaciones de presión.
Durante estos años, Ivana empezó a consolidarse en la Selección Española Absoluta. Su regularidad y capacidad de liderazgo silencioso la llevaron a entrar en la órbita nacional de manera definitiva. Ya no era solo una promesa; era una central fiable a nivel internacional, capaz de competir contra rivales de máxima exigencia. Su participación en torneos internacionales sub-19 y su progresión natural hacia la Absoluta reflejaban que su desarrollo no dependía únicamente del club: su nivel de rendimiento era consistente en cualquier contexto competitivo.
A nivel táctico, Ivana seguía desarrollando su estilo característico. No necesitaba intervenir en cada acción para demostrar dominio. Su fortaleza residía en prevenir el peligro mediante colocación, lectura y control del espacio. En duelos individuales, confiaba más en la posición que en la fuerza o la entrada arriesgada. Su juego aéreo era correcto, suficiente para sostener al equipo sin ser necesariamente dominante. Y en la salida de balón, prefería la seguridad del pase corto a asumir riesgos innecesarios.
Lo más importante de este período es que Ivana aprendió a liderar sin alterar su estilo de juego. No cambió su manera de defender ni de organizar. Ajustó matices, pero nunca perdió identidad. Esa coherencia le permitió sostener equipos en momentos críticos, siendo una referencia clara dentro y fuera del campo.
La etapa 2014–2018 no solo consolidó a Ivana como líder y central fiable; también la preparó para retos mayores. La consistencia demostrada en Valencia la convirtió en una futbolista atractiva para clubes de mayor nivel competitivo. Su perfil —experiencia, liderazgo, fiabilidad— empezaba a situarla en la agenda de equipos con aspiraciones europeas y proyectos más ambiciosos.
A su salida en 2018, tras casi una década en Valencia, no se trató de una ruptura sino de un final de ciclo natural. Su paso por el club dejó una impronta clara: había sido el eje que sostuvo al equipo durante años difíciles, el referente silencioso en vestuarios complejos y la central que había aprendido a liderar sin necesidad de protagonismo.
Estos cuatro años representan la madurez de la futbolista y del liderazgo de Ivana Andrés. Se consolidó como una central capaz de sostener equipos, de influir sin imponerse y de liderar en contextos de presión. Cada entrenamiento, cada partido y cada decisión dentro del campo contribuyeron a construir la figura de una capitana funcional: discreta, constante y esencial.
Este período de Valencia marca el inicio de la siguiente fase de su carrera: el salto a equipos con mayores exigencias competitivas, primero el Levante Unión Deportiva y luego el Real Madrid Femenino, donde su liderazgo y fiabilidad serían puestos a prueba en contextos aún más complejos y mediáticos.
Cuando Ivana Andrés dejó el Valencia CF en 2018, se enfrentó a un desafío que marcaría la siguiente etapa de su carrera: incorporarse al Levante UD Femenino, un club en la parte alta de la Liga F y con aspiraciones europeas. Si en Valencia había sido el eje defensivo y emocional de un equipo en proceso de consolidación, en Levante debía demostrar que su rendimiento no dependía del contexto ni de la estabilidad previa. La prueba era doble: competir en un nivel superior y adaptarse a un nuevo vestuario, con estructuras tácticas más exigentes y rivales más potentes.
Desde el primer partido, Ivana mostró que su estilo de juego —basado en lectura del juego, posicionamiento y control del espacio— no necesitaba ser modificado para ser efectivo en un contexto más competitivo. La Serie A española de entonces era más táctica, con defensas organizadas y delanteras veloces; Levante requería de una central que pudiera mantener la estructura defensiva y dar seguridad en la salida de balón. Ivana cumplió con creces, convirtiéndose rápidamente en pieza clave de la línea defensiva.
Lo que distingue su rendimiento en Levante fue la capacidad de adaptación sin pérdida de identidad. No era necesario cambiar su manera de defender; bastaba con ajustar matices según el esquema del equipo o la estrategia del rival. Su comprensión del juego se tradujo en anticipación, cobertura de espacios y organización de la defensa, garantizando que el bloque defensivo funcionara como una unidad cohesionada, incluso ante delanteras de alto nivel.
La esencia del juego de Ivana reside en la lectura táctica. Mientras muchas centrales dependen de la fuerza o de la agresividad de las entradas, ella se adelantaba al peligro mediante colocación estratégica y comunicación constante. Esta habilidad adquirió especial relevancia en Levante, donde la exigencia ofensiva de los rivales era mayor. Su capacidad para interpretar la situación permitió a sus compañeras actuar con confianza, sabiendo que los espacios estaban bien cubiertos y que los riesgos se gestionaban de manera inteligente.
Su estilo de juego refleja un principio clave: la central no necesita acumular acciones defensivas para dominar un partido. Ivana demostraba que la influencia de una futbolista puede ser silenciosa pero determinante. Su colocación, orientación del juego y protección de espacios reducían al mínimo las situaciones de peligro, y su comunicación constante fortalecía la cohesión defensiva.
En Levante, Ivana asumió un rol de liderazgo que no dependía del brazalete. Su experiencia y capacidad para sostener equipos la convirtieron en referente del vestuario desde el primer día. Ordenaba, ajustaba y dirigía a sus compañeras, no mediante imposición, sino con autoridad natural. Su liderazgo era aceptado y respetado, algo que se volvió evidente cuando el equipo enfrentaba momentos complicados dentro y fuera del campo.
Además, su paso por Levante confirmó que su rendimiento no dependía de un entorno familiar o de años de estabilidad en un club. La misma futbolista que había liderado Valencia ahora demostraba su consistencia en un equipo distinto, con compañeras y entrenadores nuevos, en un contexto táctico más exigente y con rivales que exigían mayor concentración y rapidez de decisión.
En términos tácticos, la etapa de Levante permitió a Ivana perfeccionar su estilo característico. Aprendió a leer no solo los movimientos del rival, sino también las transiciones rápidas y las variantes ofensivas más directas, adaptando su posicionamiento para mantener el equilibrio del equipo. Su juego aéreo se mantuvo sólido, sus intervenciones fueron precisas y su participación en la salida de balón se centró en garantizar seguridad antes que arriesgar. Cada partido reafirmaba su reputación como una central que combina eficacia, previsión y liderazgo silencioso.
Esta etapa también le permitió consolidar su imagen como referente nacional. Su regularidad y fiabilidad en Levante reforzaron su posición en la Selección Española, confirmando que era una central de élite capaz de rendir en contextos distintos, siempre con coherencia y equilibrio. Los entrenadores nacionales podían confiar en que, en cualquier escenario, Ivana aportaría seguridad defensiva y estabilidad emocional al equipo.
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El paso por Levante no solo consolidó su reputación; la preparó para el siguiente desafío de su carrera: incorporarse al Real Madrid Femenino, un proyecto naciente con grandes ambiciones y un nivel de exposición mediática sin precedentes. En Levante, Ivana había demostrado que podía sostener equipos en contextos competitivos, liderar sin necesidad de imposición y adaptarse a sistemas tácticos complejos. Todas estas virtudes serían esenciales para su éxito en un club que, en 2020, buscaba construir un proyecto sólido desde cero.
En este sentido, Levante fue la confirmación de que Ivana Andrés no solo era una futbolista fiable, sino también una central capaz de elevar la estabilidad y el rendimiento de cualquier equipo en el que jugara. La etapa valenciana y granota juntas muestran un patrón claro: regularidad, lectura táctica, liderazgo silencioso y capacidad de adaptación. Cuatro pilares que definirían toda su trayectoria, incluso en contextos más exigentes y mediáticos.
(Fuente: Getty imágenes)
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En resumen, los años 2018–2020 representan la consolidación definitiva de Ivana Andrés como central moderna y referente nacional. Su etapa en Levante fue crucial: confirmó que su rendimiento era consistente en cualquier escenario, perfeccionó su lectura táctica y reforzó su liderazgo funcional. Todo esto la preparó para su salto al Real Madrid, donde su capacidad de sostener equipos y liderar vestuarios se pondría a prueba en un proyecto ambicioso y bajo un foco mediático sin precedentes.
El Real Madrid Femenino nació como proyecto en 2020 con un objetivo ambicioso: consolidarse de inmediato como referente en España y aspirar a competir en Europa. La llegada de Ivana Andrés no fue casualidad. El club decidió confiarle la primera capitanía de su historia, un gesto que reflejaba perfectamente su perfil: liderazgo silencioso, fiabilidad extrema y capacidad de sostener equipos. Ser capitana del Real Madrid naciente significaba asumir responsabilidad dentro y fuera del campo, y Ivana lo hizo con la misma serenidad que había mostrado toda su carreraz.
Fue la primera capitana de un club histórico implica una presión añadida. La atención mediática era constante, los objetivos deportivos eran elevados y el proyecto requería construir identidad desde cero. En este contexto, Ivana no buscó protagonismo; se centró en mantener la coherencia del grupo y fortalecer la estructura defensiva. Su liderazgo se expresaba de manera funcional: ajustaba la línea defensiva, orientaba a sus compañeras y tomaba decisiones en los momentos críticos. Cada gesto, cada intervención era un mensaje silencioso que reforzaba la confianza del equipo.
El vestuario del Real Madrid era diverso y competitivo. Llegaban jugadoras internacionales con experiencia, talento y ego, pero Ivana supo integrar y liderar sin imponerse, creando un ambiente donde la autoridad se ganaba por coherencia, constancia y respeto. Su capacidad para liderar sin necesidad de ser protagonista mediática se convirtió en un activo crucial para el club en sus primeras temporadas.
El primer año del Real Madrid Femenino supuso un periodo de adaptación. Ivana debió equilibrar la exigencia competitiva con la necesidad de cohesión interna en un grupo recién formado. Su experiencia previa en Valencia y Levante le permitió sostener al equipo en situaciones de tensión, siendo el punto de referencia en defensa y la voz de calma en momentos de dificultad.
Con cada temporada, el proyecto blanco fue consolidándose. La presencia de Ivana en el centro de la defensa se mantuvo constante, aunque el protagonismo sobre el césped fluctuó con la llegada de talento internacional y la competencia por el puesto. Sin embargo, su peso interno en el vestuario permaneció intacto. Las compañeras sabían que podían contar con su lectura del juego, su organización de la línea defensiva y su capacidad para mantener la calma en partidos decisivos.
Durante su etapa en el Real Madrid, Ivana contribuyó a que el club se consolidara como habitual en la parte alta de la Liga F y lograra participaciones regulares en competiciones europeas. Su rol fue especialmente relevante en los momentos de mayor exigencia táctica, cuando el equipo debía enfrentarse a rivales fuertes en la Champions League. Su estilo de juego, basado en anticipación, colocación y seguridad en la salida de balón, garantizaba que la defensa funcionara como un bloque sólido, permitiendo al equipo competir al más alto nivel.
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Aunque no siempre estaba en el centro del foco mediático, su influencia se percibía en la consistencia del equipo. Cada partido era una demostración de cómo la regularidad, la lectura del juego y el liderazgo silencioso podían marcar la diferencia, incluso en un entorno lleno de talento y expectativas.años en el Real Madrid consolidaron a Ivana como una central de élite y una líder natural, capaz de adaptarse a proyectos ambiciosos y equipos con estructuras complejas. Su experiencia, disciplina y capacidad de influencia interna la convirtieron en una figura codiciada en el mercado. Al terminar su etapa en 2024, su salida no fue una ruptura: fue el cierre de un ciclo exitoso que dejó una impronta profunda en el club y en el vestuario.
Su rendimiento y su carácter la situaron en la agenda de varios grandes clubes, incluido el Atlético de Madrid, que valoraba su experiencia, liderazgo y fiabilidad como activos estratégicos. Sin embargo, Ivana tomó la decisión de buscar nuevos horizontes fuera de España, una elección que anticipaba su capacidad de adaptación y su deseo de asumir desafíos internacionales.
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En resumen, la etapa 2020–2024 en el Real Madrid Femenino representa la consolidación de Ivana Andrés como líder y central de élite en contextos de máxima exigencia.
Ser la primera capitana de un proyecto histórico implicó combinar responsabilidad, disciplina y capacidad de integración. Aunque su protagonismo sobre el césped fluctuó, su influencia en el vestuario y su capacidad de sostener al equipo permanecieron intactas. Esta fase no solo refleja su madurez como futbolista, sino también su preparación para dar el salto al fútbol internacional, donde sus virtudes serían puestas a prueba en nuevos contextos y ligas más exigentes.
En 2024, Ivana Andrés decidió dar un paso histórico en su carrera: su primera experiencia fuera de España, incorporándose al Inter de Milán Femenino. Después de más de una década en la Liga F, de Valencia a Levante y de Levante al Real Madrid, Ivana se enfrentaba a un desafío distinto: un país nuevo, una liga con características tácticas y físicas distintas, y un entorno cultural y profesional desconocido. Para muchos, la transición podría haber sido complicada, pero para Ivana fue un escenario ideal para demostrar que su liderazgo y fiabilidad no conocen límites.
La Serie A femenina se caracteriza por ser una liga más física y directa que la española. Los equipos tienden a jugar con bloques compactos, presionando en campo rival y explotando la fuerza en los duelos individuales. Para una central que basa su juego en lectura del juego, colocación y anticipación, esto podría parecer un desafío. Sin embargo, Ivana trasladó sus virtudes a este contexto con rapidez: su posicionamiento preciso le permitió neutralizar el juego directo y anticipar ataques antes de que se convirtieran en peligro.
Su experiencia internacional también fue crucial. Ivana comprendía la importancia de liderar en situaciones de presión, organizar la defensa y mantener la cohesión del equipo. En un vestuario nuevo y multicultural, estas habilidades se tradujeron en autoridad natural: compañeras de distintas nacionalidades seguían su lectura del juego y su manera de mantener la calma bajo presión. Su liderazgo no se impone, pero se reconoce; su influencia es tácita, pero determinante.
En el Inter, Ivana no solo cumple su rol defensivo; eleva el rendimiento de quienes la rodean. Su presencia aporta confianza y seguridad, especialmente en fases de transición rápida o contra rivales que juegan con intensidad física. La central española demuestra que la consistencia y la lectura táctica pueden ser igual de efectivas que la fuerza bruta, incluso en ligas más directas y exigentes físicamente.
Su juego aéreo se mantiene sólido, y su capacidad de orientar el bloque defensivo permite al Inter mantener líneas compactas y minimizar riesgos. En la salida de balón, prioriza el pase seguro, evitando pérdidas innecesarias, una cualidad que la hace indispensable en un equipo en crecimiento y con aspiraciones europeas. Cada intervención refleja su filosofía: anticipar, ordenar y sostener, asegurando que la defensa funcione como un sistema cohesionado.
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El vestuario del Inter representa un desafío adicional: culturas, idiomas y estilos de juego distintos. Para Ivana, liderar aquí requiere empatía y comunicación no verbal, además de la autoridad que ya ejercía en España. Su capacidad para adaptarse y generar confianza se convierte en un activo esencial. Las jugadoras confían en que, con ella, el equipo mantendrá equilibrio y seguridad defensiva, incluso en los partidos más exigentes.
Esta experiencia internacional añade un nuevo matiz a su carrera: demuestra que su liderazgo no depende de la familiaridad con el entorno ni del reconocimiento mediático. Su influencia es universal: se reconoce en cualquier vestuario, en cualquier país, en cualquier contexto competitivo.
En Italia, Ivana también consolida su preparación para la culminación de su carrera internacional. Su paso por la Serie A refuerza su capacidad de adaptación y refina sus herramientas defensivas: lectura de juego, colocación, comunicación y anticipación. Estas habilidades serán determinantes cuando, pocos meses después, lidere a la Selección Española en el Mundial 2023, levantando la Copa del Mundo como capitana.
La experiencia en el Inter evidencia un principio central en su carrera: el talento sostenido y el liderazgo silencioso son cualidades que trascienden contextos, ligas y fronteras. No importa si juega en España o en Italia, en Valencia, Levante, Real Madrid o Inter: su capacidad de sostener equipos y organizar defensas permanece constante, y su influencia en vestuarios se mantiene intacta.
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En resumen, la etapa 2024–presente en el Inter de Milán marca la expansión internacional de Ivana Andrés, un capítulo en el que sus virtudes se trasladan a un nuevo país y a un contexto táctico distinto. Su adaptación inmediata, su lectura táctica superior y su liderazgo funcional demuestran que es una central de élite con influencia más allá de las fronteras, preparada para afrontar los retos internacionales que culminarán en su momento más alto: levantar la Copa del Mundo con la Selección Española.
La historia de Ivana Andrés con la Selección Española no se entiende sin considerar la paciencia, la constancia y la progresión sostenida que marcaron toda su carrera. Desde categorías inferiores hasta la Absoluta, Ivana construyó un recorrido que refleja su filosofía: estar siempre lista, sin necesidad de protagonismo mediático, y liderar desde la coherencia.
Ivana comenzó a destacar en la Selección Sub-17 y Sub-19, sumando experiencias que sentarían las bases de su madurez defensiva y liderazgo silencioso. En estos equipos, participó en torneos europeos y mundiales juveniles, ganando títulos y medallas que anticipaban su futuro en la Absoluta: • Campeona de Europa Sub-17: 2009 y 2010 • Bronce en el Mundial Sub-17: 2010
Estos logros tempranos le ofrecieron exposición internacional, pero también le enseñaron la importancia del trabajo colectivo, la regularidad y la resiliencia frente a la presión de torneos de alto nivel. Desde sus primeros pasos en la Selección, Ivana demostró que el liderazgo no depende de la edad ni del protagonismo, sino de la coherencia, la fiabilidad y la capacidad de sostener al equipo.
lo largo de los años, Ivana consolidó su presencia en la Selección Absoluta. Su progresión fue constante: fue acumulando minutos, aprendiendo a liderar en contextos complejos y adaptándose a entrenadores, sistemas tácticos y compañeras distintas. Su estilo, basado en anticipación, colocación y comunicación, se adaptó perfectamente a un equipo que empezaba a aspirar a metas históricas, como la Eurocopa y el Mundial.
A diferencia de algunas figuras mediáticas, Ivana no buscó protagonismo externo. Su influencia se percibía dentro del grupo: ordenaba, ajustaba, dirigía y calmaba. Su liderazgo se consolidó no solo en partidos de alto nivel, sino también en entrenamientos, vestuarios y momentos de tensión, convirtiéndola en un referente silencioso pero imprescindible.
El Mundial 2023 fue la culminación de todo su recorrido. España llegaba con aspiraciones históricas, pero también con la presión de un país que esperaba un resultado memorable. Ivana asumió la capitanía en un momento en que la responsabilidad no podía delegarse: debía liderar a sus compañeras, mantener la calma en situaciones críticas y sostener la estructura defensiva frente a rivales de máximo nivel.
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Su rendimiento fue constante durante todo el torneo. No necesitó protagonismo ofensivo ni goles espectaculares; su valor residía en organizar la defensa, anticipar jugadas y transmitir seguridad al equipo. Cada intervención era un recordatorio de que la fiabilidad puede ser tan decisiva como la creatividad o la velocidad. El gesto más simbólico de la carrera de Ivana llegó con la entrega de la Copa del Mundo. No era solo un trofeo: era la síntesis de más de una década de trabajo silencioso, de liderazgo funcional y de fiabilidad sostenida. En la imagen, no hay teatralidad ni ruido; hay recorrido, constancia y coherencia. Ivana se convierte en la capitana que mejor representa a un grupo equilibrado, donde la unión y la solidez colectiva triunfan sobre el protagonismo individual.
Levantando la Copa, Ivana no solo celebraba el título, sino también la culminación de su filosofía futbolística: el liderazgo sin necesidad de ser visto, la consistencia por encima del brillo efímero y la capacidad de sostener equipos en los momentos más críticos.
Mundial 2023 consolidó a Ivana Andrés no solo como una futbolista de élite, sino como una figura histórica dentro del fútbol femenino español. Su carrera demuestra que no todas las leyendas se construyen con goles o jugadas icónicas. Algunas, como Ivana, se construyen con trabajo diario, disciplina, coherencia y la capacidad de hacer mejores a las demás.
Su influencia se percibe en cada generación que llega a la Selección: jóvenes defensas que aprenden de su colocación, delanteras que confían en su capacidad de anticipación y compañeras que encuentran en su liderazgo un modelo de estabilidad y serenidad. Ivana representa la épica silenciosa del fútbol femenino: la de las que sostienen, las que permiten que todo lo demás ocurra.
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(Fuente: UEFA)
En resumen, el Mundial 2023 fue la cima natural de su carrera internacional. La culminación de un recorrido que comenzó en categorías juveniles, se consolidó en clubes históricos y se fortaleció en contextos exigentes, tanto en España como en Italia. Levantar la Copa del Mundo como capitana es el reconocimiento final a una futbolista que siempre estuvo, siempre lideró y siempre sostuvo, incluso cuando el foco mediático miraba a otras.
La carrera de Ivana Andrés no se mide únicamente por trofeos, estadísticas o titulares mediáticos. Se mide por coherencia, regularidad y liderazgo silencioso, cualidades que la han definido desde su llegada al Valencia CF Femenino hasta su consagración internacional. Sin embargo, el palmarés de Ivana refleja también su éxito colectivo y la importancia de su influencia en cada equipo en el que ha jugado.
Palmarés con la Selección Española
Su trayectoria internacional comenzó desde categorías inferiores, donde ya se distinguía por su capacidad de anticipación y liderazgo: • Campeona de Europa Sub-17: 2009 y 2010 • Bronce en el Mundial Sub-17: 2010
Pero la cima llegó con la Selección Absoluta: • Copa del Mundo FIFA 2023: capitana y referente del equipo campeón
Este título representa mucho más que un logro deportivo. Simboliza la culminación de una carrera construida con paciencia, trabajo diario y liderazgo funcional. La imagen de Ivana levantando la Copa es un recordatorio de que la influencia silenciosa puede ser decisiva en la historia.
Palmarés en clubes :
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En su recorrido por clubes españoles e internacionales, Ivana ha aportado estabilidad y liderazgo en contextos muy distintos: • Valencia CF: finalista de la Copa de la Reina 2015 • Real Madrid Femenino: consolidación en la Liga F y participaciones europeas • Inter de Milán: aporte a la estabilidad defensiva y jerarquía en la Serie A.
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Si bien no todos estos logros implican títulos de campeón, reflejan su capacidad para hacer mejores a los equipos, para sostener proyectos y para ser la pieza sobre la que se construye la estab Más allá de los resultados, el legado de Ivana se encuentra en su estilo de juego y su filosofía de liderazgo: • Lectura táctica y colocación: neutraliza al rival antes de que el peligro se materialice. • Liderazgo silencioso: ordena, corrige y transmite confianza sin necesidad de protagonismo. • Regularidad sostenida: su rendimiento no depende del club ni del contexto, sino de su preparación y disciplina. • Adaptabilidad: capaz de liderar en España o en Italia, en equipos emergentes o consolidados, con diferentes sistemas tácticos y vestuarios multiculturales.
Ivana Andrés pertenece al grupo de futbolistas cuya importancia no siempre se ve en portadas o estadísticas, pero que son esenciales para construir la historia de un club o de una selección. Su carrera reivindica el valor de la constancia, la coherencia y la capacidad de liderazgo funcional.
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Desde Valencia hasta el Mundial 2023, Ivana ha demostrado que el fútbol no solo se recuerda por goles espectaculares o jugadas icónicas, sino también por aquellas futbolistas que permiten que todo lo demás ocurra. Su influencia se transmite a nuevas generaciones: defensas jóvenes que aprenden posicionamiento, compañeras que confían en su juicio y entrenadores que reconocen la fiabilidad como un activo estratégico.
En un fútbol femenino que ha pasado de la precariedad a la élite internacional, Ivana es símbolo de continuidad, estabilidad y liderazgo. Su legado es silencioso, pero profundo: la futbolista que sostiene, la central que hace mejores a sus compañeras y la capitana que no necesita protagonismo para marcar la diferencia.
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En resumen, el legado de Ivana Andrés combina logros deportivos, influencia silenciosa y coherencia profesional. No será recordada por un gol decisivo en una final, sino por haber sido la pieza central de equipos y vestuarios, por su capacidad de sostener el juego y por liderar con equilibrio y serenidad. Su trayectoria demuestra que, en el fútbol moderno, la consistencia y la fiabilidad son virtudes tan valiosas como la creatividad o la velocidad.
Con más de una década de carrera, títulos internacionales y experiencias en España e Italia, Ivana Andrés deja un mensaje claro para futuras generaciones: el liderazgo verdadero no siempre se ve, pero siempre se siente.
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La historia de Ivana Andrés es, sobre todo, una historia de coherencia, fiabilidad y liderazgo silencioso. Desde su llegada al Valencia CF Femenino en 2009/10 hasta su consagración internacional levantando la Copa del Mundo con España en 2023, su carrera no se ha contado a través de destellos mediáticos, sino mediante la constancia, la preparación y la capacidad de sostener equipos. Cada etapa de su recorrido refleja un aprendizaje, una adaptación y un compromiso con el juego colectivo que la distingue en la historia del fútbol femenino español.
En Valencia, Ivana Andrés comenzó como una joven promesa. Sus primeras temporadas estuvieron marcadas por la paciencia y el aprendizaje, por entender la categoría y encontrar su lugar en un fútbol femenino todavía en construcción. No destacaba por fuerza física ni por intervenciones espectaculares, sino por regularidad y lectura del juego. Esa fiabilidad fue la base sobre la que construiría su liderazgo futuro.
Entre 2014 y 2018, se consolidó como capitana y eje emocional del equipo, liderando con coherencia y sin estridencias. Su rol en la final de la Copa de la Reina 2015 simboliza esta etapa: fue el punto de referencia en defensa, el soporte silencioso del vestuario y la futbolista que hacía mejores a sus compañeras simplemente con su presencia.
El salto al Levante UD supuso un desafío distinto: demostrar que su rendimiento no dependía del contexto y que podía adaptarse a un equipo con mayores exigencias competitivas. Allí confirmó su capacidad de leer el juego, anticipar peligros y liderar sin imposición, consolidándose como central de élite y referente nacional.
El siguiente capítulo, el Real Madrid Femenino, la convirtió en la primera capitana de un proyecto histórico. Entre 2020 y 2024, Ivana no solo organizó defensas y sostuvo equipos, sino que también lideró un vestuario diverso y competitivo. Su protagonismo sobre el césped fluctuó con la llegada de talento internacional, pero su peso interno permaneció constante, demostrando que el liderazgo no siempre se refleja en minutos de juego, sino en la influencia diaria sobre el equipo.
En 2024, Ivana dio un paso internacional al Inter de Milán. En la Serie A, más física y directa que la Liga F, trasladó sus virtudes a un nuevo contexto: anticipación, colocación, comunicación y liderazgo silencioso. Su capacidad de adaptación y su influencia en un vestuario multicultural demostraron que su estilo y su fiabilidad trascienden fronteras, consolidándola como una central moderna, completa.
El punto más alto de su carrera llegó en 2023, cuando España se proclamó campeona del mundo y Ivana, como capitana, levantó la Copa del Mundo. Ese gesto no solo simboliza un triunfo deportivo: es la síntesis de una vida dedicada al liderazgo funcional, al trabajo constante y a la fiabilidad. En su imagen levantando el trofeo, no hay teatralidad ni ruido, sino recorrido, tiempo acumulado y coherencia, cualidades que definen su legado.
(Fuente: Getty imágenes)
Ivana Andrés no será recordada por goles decisivos ni jugadas icónicas que ocupen portadas; será recordada por haber sostenido equipos, haber hecho mejores a sus compañeras y haber liderado con discreción y eficacia. Su carrera reivindica el valor de la regularidad, la paciencia y la coherencia en un fútbol cada vez más acelerado y mediático.
Su influencia se percibe en cada generación que llega a la Selección y en cada equipo donde ha jugado. Defensoras jóvenes aprenden posicionamiento, delanteras confían en su juicio y entrenadores valoran la seguridad que ofrece a cualquier proyecto. En un fútbol femenino que ha pasado de la precariedad a la élite, Ivana es un símbolo de estabilidad, liderazgo y profesionalidad, demostrando que el verdadero impacto no siempre se ve, pero siempre se siente.
(Fuente: “El Partido de Manu”)
El recorrido de Ivana Andrés sirve como ejemplo para futuras generaciones: la grandeza puede construirse desde la constancia y la coherencia, desde la capacidad de sostener equipos y liderar sin necesidad de protagonismo. Su trayectoria demuestra que el fútbol femenino no solo se hace con talento brillante, sino también con liderazgo silencioso, visión táctica y compromiso diario.
(Fuente: Getty imágenes)
En el balance final, Ivana Andrés representa la esencia de la central que sostiene, la capitana que lidera sin estridencias y la futbolista que hace historia desde la regularidad y la coherencia.
Su carrera es una invitación a valorar a quienes, sin ruidos ni flashes, construyen los cimientos sobre los que otros pueden brillar. Y esa, sin duda, es una historia que merece ser contada, celebrada y recordada.
⬛️ La internacional brasileña fue una estrella del Madrid CFF en su segunda etapa y se encuentra cedida en Estados Unidos por el Manchester United.
Hay futbolistas que llegan al gol porque el fútbol las lleva hasta allí.Y hay otras que llegan al fútbol porque la vida, antes, las empujó a sobrevivir.
(Fuente: FIFA )
Desde Maragogi, en el estado brasileño de Alagoas, hasta los grandes escenarios del fútbol europeo y norteamericano, su carrera se ha escrito a base de goles, carácter y una relación con el juego profundamente física. Y si hay un lugar donde todo eso adquirió sentido pleno, ese fue el Madrid CFF.
(Fuente: Getty imágenes)
Nacida el 27 de marzo de 1998, Geyse creció en un entorno donde el fútbol no era un refugio estético, sino una herramienta de afirmación. Desde muy joven entendió que para destacar había que imponerse, que el talento debía ir acompañado de impacto. No fue una futbolista de formación académica ni de gesto fino; fue, desde el inicio, una delantera que atacaba el espacio con rabia, que protegía el balón como si cada jugada fuera definitiva y que concebía el área como un territorio que había que conquistar.
(Fuente: Fútbol Club Barcelona)
Su debut profesional llegó pronto, y llegó en grande. El 12 de marzo de 2017, con apenas 18 años, se estrenó con el Corinthians, anotando en la victoria por 4-0 ante São Francisco. Aquella temporada cerró con 9 goles en 27 partidos, cifras modestas pero reveladoras de su proceso formativo. En uno de los clubes más exigentes de Brasil aprendió a convivir con la presión, a competir por títulos y a entender que el fútbol de alto nivel no concede treguas. No fue allí donde explotó, pero sí donde templó el carácter que definiría su carrera.
(Fuente: Getty imágenes)
Ese mismo año dio el salto a Europa. Con solo 19 años fichó por un Madrid CFF recién ascendido a la máxima categoría española. Fue una llegada prematura, compleja, casi incómoda. Disputó 11 partidos y marcó 2 goles en un equipo que luchaba por asentarse en la élite y que terminó décimo en la clasificación. La adaptación fue dura, el impacto limitado, pero aquella etapa dejó algo importante: una historia abierta. Geyse no encajó entonces, pero tampoco desapareció del todo.
(Fuente: Getty imágenes)
La explosión llegaría lejos de España. En 2018, tras acordar su fichaje por el S.L. Benfica, Geyse protagonizó una de las temporadas goleadoras más descomunales que se recuerdan en el fútbol femenino europeo. Incorporada en septiembre, después de disputar el Mundial sub-20 con Brasil, firmó 16 goles en sus primeros cuatro partidos, un inicio que rompió cualquier expectativa.
La temporada 2018-2019 la cerró con 51 goles en 29 partidos, incluidos 41 tantos en liga y 9 en la Copa de Portugal, con actuaciones históricas como los 6 goles en un solo encuentro. Fue el eje absoluto del ascenso del club lisboeta y una anomalía estadística difícil de repetir.
(Fuente: Getty imágenes)
Pero el fútbol raramente permite trayectorias limpias. En la temporada siguiente, ya en la élite portuguesa, su protagonismo se redujo de forma drástica: 8 partidos y un solo gol en la primera mitad del curso 2019-20. El contexto cambió, el rol se diluyó y la confianza se resintió. En enero de 2020, el Benfica y Geyse rescindieron contrato de mutuo acuerdo. El contraste entre el estallido y la caída fue abrupto. Y fue entonces cuando Madrid volvió a aparecer, esta vez para quedarse.
(Fuente: Getty imágenes)
El regreso al Madrid CFF en enero de 2020 marcó el verdadero punto de inflexión de su carrera. El club atravesaba una situación delicada, instalado en la zona baja de la tabla, necesitado de goles, de carácter y de una referencia ofensiva clara. Geyse llegó sin focos, pero asumió desde el primer día un papel central. A partir de ahí, su figura se fundió con la identidad competitiva del equipo.
(Fuente: Madrid CFF )
En el Madrid CFF, Geyse no solo marcó goles: sostuvo al equipo. Se convirtió en la delantera que daba sentido al juego ofensivo, en la futbolista que fijaba centrales, descargaba de espaldas, atacaba el segundo palo y transformaba media ocasión en gol. Su fútbol se volvió más completo y más maduro. En un contexto de supervivencia permanente, aprendió a decidir partidos con poco, a competir cada acción como si fuera la última.
(Fuente: Madrid CFF )
La temporada 2020-2021 dejó momentos ya inscritos en la historia del club. El 21 de abril de 2021, en los cuartos de final de la Copa de la Reina, Geyse marcó en la victoria por 2-1 ante el Real Madrid, un gol de enorme carga simbólica.
En semifinales, ante el FC Barcelona del triplete, disputó los 90 minutos de un partido durísimo que terminó 4-0, pero que confirmó al Madrid CFF como un equipo competitivo, con Geyse como referencia indiscutible.
(Fuente: Madrid CFF)
La consagración definitiva llegó en la temporada 2021-2022. El 10 de octubre de 2021, firmó cuatro goles en un inolvidable 5-4 frente al Real Betis, uno de los partidos más memorables de la liga reciente. Fue una exhibición total: potencia, instinto, lectura de espacios y liderazgo. En Copa volvió a aparecer, incluso en la derrota, empatando un partido de cuartos antes de ser expulsada en la prórroga, en una acción que simboliza tanto su intensidad como su carácter competitivo al límite.
(Fuente: Getty imágenes)
Al final del curso, las cifras confirmaron el impacto: 20 goles en liga, máxima goleadora del campeonato, Pichichi compartido con Asisat Oshoala. El Madrid CFF terminó 13.º, pero Geyse terminó en lo más alto del fútbol español. Fue la primera sudamericana en proclamarse máxima goleadora de la liga femenina española, y lo hizo desde un club humilde, sin red y sin privilegios estructurales. Para muchos analistas, esta etapa representa la más importante de su carrera, no por los títulos colectivos, sino por el peso real de su influencia.
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Ese rendimiento no pasó desapercibido. El Atlético de Madrid siguió a Geyse con atención real y sostenida durante su etapa en el Madrid CFF.
(Fuente: UEFA )
No como un rumor, sino como una oportunidad de mercado concreta. En un momento de transición ofensiva, su perfil encajaba plenamente con la identidad rojiblanca: una delantera capaz de fijar centrales, ganar duelos, sostener al equipo en partidos cerrados y convertir pocas ocasiones en goles. Desde el punto de vista táctico, era una futbolista preparada para rendir de inmediato, tanto en esquemas con doble punta como referencia única. En Alcalá de Henares, su nombre quedó asociado a una delantera curtida en la adversidad, un perfil históricamente valorado en el entorno atlético. Finalmente, el movimiento estratégico del Fútbol Club Barcelona cerró aquella ventana, pero el interés existió, fue sólido y estuvo fundamentado.
(Fuente: Getty imágenes)
Desde el scouting, Geyse es una nueve de impacto. Destaca por su timing de desmarque, su agresividad en el área y su capacidad para proteger el balón de espaldas. Su disparo es seco y rápido, sin adornos. No necesita volumen de ocasiones para marcar. Sin balón, presiona, incomoda y arrastra marcas, aunque esa misma intensidad la ha llevado en ocasiones al límite disciplinario. Es una futbolista de riesgo competitivo alto, pero también de rendimiento alto.
(Fuente: UEFA)
En paralelo, su recorrido internacional con Brasil refuerza su estatus. Convocada por primera vez a la sub-20 en 2015, fue campeona y máxima goleadora del Mundial sub-20 de 2018 con 12 goles. Debutó con la selección absoluta en septiembre de 2017 ante Chile y fue convocada para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, consolidándose como una opción fiable en escenarios de máxima exigencia.
(Fuente: Getty imágenes)
Las estadísticas resumen, pero no explican del todo, su trayectoria: 9 goles en 27 partidos con Corinthians; 2 goles en 11 partidos en su primera etapa en el Madrid CFF;51 goles en 29 partidos con el Benfica en la temporada 2018-19; 20 goles en liga en la temporada 2021-22 con el Madrid CFF, Pichichi del campeonato;12 goles en un Mundial sub-20 con Brasil
Pero más allá de los números, Geyse Ferreira deja una huella que se mide en impacto y memoria. Fue la delantera que convirtió la supervivencia en gol, la futbolista que sostuvo a un equipo entero cuando el contexto no ayudaba, la atacante que hizo de la adversidad un escenario propio. Hay jugadoras que pasan por una liga. Y hay otras que, como Geyse en el Madrid CFF, la marcan.
(Fuente: Getty imágenes)
Si bien es cierto que durante etapa en Cataluña no brilló como la afición culé anhelaba, la exjugadora del Benfica sigue siendo una de las grandes figuras del fútbol femenino a nivel mundial y si, como parece el Manchester United no le saca partido, habrá que estar atentos a su futuro y ojalá podamos verla de vuelta en la Liga Profesional de Fútbol Femenino más pronto que tarde.
⬛️ Hay futbolistas que nacen con talento, otras que nacen con disciplina y unas pocas que nacen con algo mucho más difícil de enseñar: hambre. Hambre de gol, hambre de competir, hambre de no desaparecer cuando el foco se apaga. Ana Marcos pertenece a esa estirpe. La suya no es una historia de irrupción fulgurante ni de alfombra roja, sino una travesía larga, áspera, construida a base de goles en campos secundarios, de esperas interminables, de decisiones valientes y de una fe innegociable en el área. Porque Ana no llegó al fútbol femenino español por la puerta grande: llegó por la puerta lateral, la misma que defendió de niña antes de colocarse los guantes, antes de volver a pisar el área y antes de entender que su destino estaba allí donde el balón quema.
(Fuente: Liga F Moeve)
Nació en Sevilla, pero Sevilla fue apenas un prólogo. A muy corta edad se mudó a Madrid y fue en los barrios donde empezó a forjarse una futbolista que aún no sabía que lo sería. En el Santa María Caridad, el club de su barrio, Ana comenzó jugando en categoría prebenjamín, sin focos, sin promesas, sin discursos. Primero fue lateral izquierdo, aprendiendo a medir tiempos y espacios; después fue guardameta, entendiendo la soledad del error y la responsabilidad de ser la última; más tarde alternó ambas posiciones hasta que el fútbol, con esa lógica silenciosa que solo él conoce, la devolvió definitivamente al lugar donde su instinto era más cruel y más certero: la delantera. No fue una decisión estética ni estratégica, fue una necesidad biológica. Ana necesitaba atacar.
(Fuente: Getty imágenes)
En categoría alevín los números empezaron a desbordar cualquier libreta: 63 goles en dos temporadas, ascenso a categoría preferente y convocatoria con la Selección Sub-12 de Madrid. No celebraba mirando a la grada, celebraba hacia dentro, como quien confirma que sigue el camino correcto.
En infantiles la historia se repitió con aún más peso: 67 goles en dos temporadas, capitana de un equipo mixto, liderazgo natural sin alzar la voz, mandando desde el choque y desde la presencia. Era la futbolista que siempre estaba donde dolía, la que no pedía permiso para rematar, la que no negociaba el esfuerzo.
(Fuente: Madrid CFF)
La temporada 2014-2015 supuso el primer aviso serio al sistema. Ana fichó por el C. F. Pozuelo de Alarcón para competir en categoría Sub-16 y lo que ocurrió allí fue directamente extraordinario: 73 goles en 24 partidos. Una cifra que no admite contexto ni excusas. Con solo 14 años fue convocada por el primer equipo para disputar un partido de Copa y recibió también la llamada de la Selección Madrileña Sub-16. El fútbol empezó a pronunciar su nombre con respeto, aunque todavía en voz baja.
En la 2015-2016, con apenas 15 años, dio un paso que no todas se atreven a dar: fichó por el primer equipo del Torrelodones C. F., en Segunda División. Allí el fútbol ya no era formativo, era adulto, físico, despiadado. Ana respondió como siempre: 26 partidos, 16 goles, regularidad y personalidad. Volvió a ser convocada tanto por la selección Sub-16 de Madrid como por la de España, confirmando que ya no era una promesa, sino una realidad en construcción.
La temporada 2016-2017 la llevó al Atlético de Madrid, al equipo B, en Segunda División, y allí comenzó uno de los aprendizajes más duros de su carrera: saber esperar. Debutó el 4 de septiembre de 2016 ante el Club Deportivo Tacón en un empate a dos goles y marcó. Siempre marcaba. Cerró el curso con 18 goles en 23 partidos, fue la máxima goleadora del equipo y el filial terminó tercero del grupo V. Fue convocada por la Selección Sub-18 de Madrid para disputar el campeonato territorial, que ganaron gracias a un gol suyo, y debutó también con el primer equipo del Atlético en la final de la Copa de la Reina, entrando en el último minuto de una derrota por 4-1 ante el FC Barcelona. No hubo épica allí, pero sí carácter.
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En la 2017-2018 explotó definitivamente en cifras: 23 partidos, 23 goles con el Atlético B. El 10 de septiembre de 2017 debutó en Primera División con el primer equipo rojiblanco, entrando en el último minuto ante la Real Sociedad, y volvió a sumar minutos ante el Sporting de Huelva. El Atlético se proclamó campeón de Liga y el equipo B fue segundo, solo por detrás del Tacón. Ana entendió entonces que el fútbol de élite no siempre premia al que más marca, sino al que más resiste.
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La temporada 2018-2019 supuso la confirmación institucional: ficha con el primer equipo, alternando convocatorias con partidos en el filial. Debutó en la Liga de Campeones el 31 de octubre de 2018 ante el Wolfsburgo en una derrota durísima por 6-0, sustituyendo a Olga García, y su entrenador destacó públicamente su capacidad de trabajo y proyección. El 22 de noviembre de 2018 llegó el instante que la colocó para siempre en la memoria rojiblanca: entró en el minuto 62 ante el Rayo Vallecano, con el partido empatado y el liderato en juego, y dos minutos después marcó su primer gol en Primera División con un remate de tacón tras pase de Olga García.
Un gol bello, inesperado y decisivo. El Atlético volvió a ganar la Liga, Ana dio una asistencia clave en la última jornada ante la Real Sociedad, fue subcampeona de la Copa de la Reina y, con el equipo B, logró el ascenso a la nueva Primera B siendo máxima goleadora con 13 tantos en 13 partidos.
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Además, marcó los dos goles del Atlético en la final de la Copa Nacional de la RFFM.
El 16 de febrero de 2020, tras un partido ante el Levante, sus compañeras la mantearon. El gesto no fue casual. Un día después se hizo oficial su cesión al Celtic Football Club. Debutó el 21 de febrero ante el todopoderoso Glasgow City, titular, mandando un cabezazo al poste. La pandemia detuvo el mundo, regresó al Atlético para disputar los cuartos de final de la Champions ante el Barcelona y en septiembre volvió a Glasgow para continuar su cesión. Allí marcó su primer gol el 1 de noviembre de 2020 ante el Hearts en una victoria por 10-0, firmó un doblete ante el Hibernian y disputó siete partidos de liga antes del parón navideño.
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En enero de 2021 concluyó su etapa en Escocia tras 9 partidos y 3 goles y fue cedida al Valencia Club de Fútbol.
Debutó el 24 de enero ante el Deportivo y marcó el único gol del partido ante el Eibar el 22 de mayo. En agosto de 2021 fue traspasada al Sporting de Huelva y allí volvió a sentirse delantera total: 26 partidos de liga, 10 goles, máxima goleadora del equipo. En la Copa de la Reina disputó los cinco encuentros, anotó cuatro goles, firmó un histórico triplete ante el Real Madrid en el campo municipal de La Orden y marcó en el minuto 121 de la prórroga ante el Madrid CFF el gol que clasificó a las espartanas para la fase final. Cerró la temporada como subcampeona de la Copa de la Reina.
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Este pasado mercado estival se anunció su incorporación al Madrid CFF, cumpliéndose por fin el viejo anhelo de Alfredo Ulloa, que durante casi una década había perseguido la idea de vestir de rosa y blanco a una futbolista criada en la cultura del gol y del sacrificio. Procedente del Valencia, Ana llegaba al club con la cantera exclusivamente femenina más grande de Europa como una delantera contrastada, campeona de la Liga F en dos ocasiones con el Atlético de Madrid, campeona de Europa Sub-19 en 2017 tras disputar la fase final en Irlanda del Norte, y máxima goleadora del Atlético B entre 2017 y 2019.
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Ambidiestra , poderosa en el juego aéreo, inteligente en el desmarque, asociativa y depredadora del área, una delantera moderna, ideal para equipos que buscan juego directo, transiciones rápidas o centros laterales. Una futbolista que no necesita muchas ocasiones, solo la suya.
Ana Marcos no es la historia de un gol, es la historia de todos los goles que no salieron en portada. De los que se marcaron para sobrevivir, de los que se marcaron para esperar, de los que se marcaron cuando nadie miraba.
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En el firmamento del fútbol femenino español brilla una estrella cuyo nombre resuena con fuerza: Ana “Anita” Marcos.
Con aproximadamente 30 goles en Primera División, ha esculpido su leyenda desde los campos del Sporting de Huelva hasta los días gloriosos con el Valencia CF, y ahora emprende su nueva odisea en el Madrid CFF, lista para seguir escribiendo capítulos imborrables en la historia del deporte. Cada gol suyo no es solo un número; es un rugido de ambición, un relámpago de talento y una prueba de que la pasión puede transformar la historia en epopeya.
Su palmarés es un códice de victorias y hazañas. Con el Atlético de Madrid, conquistó la Primera División en las temporadas 2017‑18 y 2018‑19, y llevó a su equipo a finales de Copa de la Reina, dejando una estela de gloria imborrable. En el ámbito internacional, con la Selección Española Sub‑19, se proclamó bicampeona de Europa en 2017 y 2018, confirmando que su nombre estaba destinado a la inmortalidad futbolística.
La diez no solo juega; forja leyendas. Cada carrera hacia el área rival, cada disparo al arco y cada celebración son versos en un poema épico que inspira a generaciones enteras. Su historia no se mide solo en goles o títulos, sino en la fuerza con la que ha transformado cada desafío en gloria, demostrando que, en el corazón del fútbol femenino, su nombre permanecerá como símbolo de coraje, talento y pasión indomable.
En un fútbol que corre, que olvida, que pasa página, Anita sigue atacando el primer palo, cayendo y levantándose, esperando el centro como quien espera su momento. Porque el hambre no se negocia, el área no miente y hay futbolistas que no necesitan focos para existir. Ana Marcos sigue ahí. Y cuando llegue el balón, como siempre, no preguntará.
Ángela Sosa Martín (Sevilla, 16 de enero de 1993) es una futbolista española que destaca por su polivalencia en el centro del campo, donde puede desempeñarse con solvencia en cualquiera de sus posiciones. Actualmente milita en el Madrid CFF y es internacional absoluta con la Selección Española de Fútbol.
(Fuente: Liga F Moeve)
Ampliamente conocida por este medio (“El Partido de Manu”) la andaluza nos concedió una entrevista antes de marcharse del Atlético de Madrid para recalar en el Real Betis Balompié Féminas.
Ángela Sosa creció desde pequeña rodeada de balones, aunque sus primeros pasos en el deporte no estuvieron ligados al fútbol, sino al atletismo. No fue hasta más adelante cuando decidió orientarse definitivamente hacia el fútbol, iniciando su formación en la cantera del Sporting de Huelva. Sin embargo, su debut en categoría sénior se produjo con el Sevilla FC en 2009.
Aquella temporada coincidió con una ampliación de la Superliga femenina, competición a la que el Sevilla FC fue invitado junto a otros clubes. En la primera fase, el conjunto sevillista quedó encuadrado en el grupo C, finalizando en quinta posición de un total de siete equipos, lo que le dejó fuera de la lucha por el título. En la segunda fase, el Sevilla concluyó en segunda posición, también entre siete participantes, logrando así la clasificación para la Copa de la Reina, donde el equipo fue eliminado en los octavos de final.
En la temporada 2010/11, el Sevilla FC terminó cuarto en el grupo C, igualmente compuesto por siete equipos, y en la segunda fase finalizó en la quinta posición del mismo grupo. Para la campaña 2011/12, el formato de la competición cambió a un grupo único de 18 equipos, un contexto en el que el Sevilla no logró mantener la categoría y descendió a Segunda División.
Lejos de abandonar el proyecto, Ángela Sosa tuvo un papel destacado en la temporada 2011/12 con el objetivo de regresar a la máxima categoría.
El 13 de mayo de 2012 protagonizó uno de los momentos más recordados de aquella etapa al marcar un gol olímpico en el campo del Oiartzun y, en el partido decisivo del curso, asumió la responsabilidad de lanzar y convertir un penalti, a pesar de su juventud, contribuyendo de forma decisiva al regreso del equipo a Primera División.
En la temporada 2012/13, el Sevilla FC logró mantener la categoría tras finalizar la liga en la duodécima posición. Ángela Sosa fue una de las futbolistas más destacadas del equipo, participando en 23 encuentros y anotando tres goles, consolidándose como una pieza importante en el centro del campo sevillista.
El 1 de agosto de 2013, con apenas 20 años, Sosa alcanzó un acuerdo para incorporarse al Sporting de Huelva, denominado esa temporada Fundación Cajasol por motivos de patrocinio.
El club onubense resaltó en su comunicado oficial su notable capacidad para la creación de juego, su calidad técnica y su excelente golpeo de balón. La campaña resultó muy positiva tanto a nivel colectivo como individual: Sosa contribuyó con nueve goles y ayudó al equipo a clasificarse para la Copa de la Reina. Su rendimiento le valió además ser una de las tres futbolistas nominadas en su demarcación en el Fútbol Draft, y diversos medios de comunicación la señalaron como una de las piezas clave del éxito del conjunto.
En la temporada siguiente dio el salto al Atlético de Madrid, con un traspaso que se hizo oficial el 25 de julio de 2014.
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Debutó con el conjunto rojiblanco el 7 de septiembre de 2014 en un empate sin goles frente al Rayo Vallecano. Su primer gol llegó el 4 de noviembre de ese mismo año, en la victoria por 3-1 ante la Fundación Albacete.
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El 26 de abril de 2015, el Atlético de Madrid logró por primera vez en su historia la clasificación para la Liga de Campeones Femenina de la UEFA al finalizar la liga en segunda posición. En la Copa de la Reina, el equipo fue eliminado en semifinales por el Sporting de Huelva, antiguo club de Sosa. A lo largo de esa temporada, Ángela Sosa y Silvia Meseguer fueron las únicas futbolistas que disputaron la totalidad de los partidos de liga, reflejo de su importancia y regularidad dentro del equipo.
Ángela Sosa destaca por su visión de juego y excelente precisión de pase, con un índice estimado alrededor del 87 %, lo que la convierte en una gestora ideal de la posesión. Domina tanto los pases cortos que rompen líneas como los que llegan al área rival con criterio . Tiene una gran capacidad para regatear en espacios reducidos, con agilidad, control y dominio del balón muy superiores (scores también cercanos a 86–88 según métricas proxy). Es difícil de despojar y capaz de crear ventaja en duelos uno a uno. Su capacidad física es una de las áreas más débiles: carece de fortaleza en duelos físicos y presenta puntuaciones bajas en saltos o juegos aéreos (aproximadamente 47 en precisión de cabeza). Esto se hace especialmente notorio en centros al área o despejes de balón parado. Desde su llegada al Levante U.D. en julio de 2023, asumió el papel de referente del centro del campo y capitana. Adaptó rápidamente sus cualidades técnicas al sistema del Levante, encajando como creadora desde el primer momento y demostrando confianza y liderazgo .
(Fuente: Laliga)
En el centro del campo es ideal para equipos que priorizan la posesión, el control del ritmo y la creación desde líneas intermedias. Su liderazgo y lectura de juego la convierten en una pieza clave de valor intangible dentro de cualquier plantilla. Sin embargo, su menor fortaleza física y baja capacidad aérea suponen limitaciones tácticas en ciertos contextos.
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Ángela Sosa destaca por su visión de juego y excelente precisión de pase, con un índice estimado alrededor del 87 %, lo que la convierte en una gestora ideal de la posesión. Domina tanto los pases cortos que rompen líneas como los que llegan al área rival con criterio .
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Tiene una gran capacidad para regatear en espacios reducidos, con agilidad, control y dominio del balón muy superiores (scores también cercanos a 86–88 según métricas proxy).
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Es difícil de despojar y capaz de crear ventaja en duelos uno a uno. Su capacidad física es una de las áreas más débiles: carece de fortaleza en duelos físicos y presenta puntuaciones bajas en saltos o juegos aéreos (aproximadamente 47 en precisión de cabeza). Esto se hace especialmente notorio en centros al área o despejes de balón parado. Desde su llegada al Levante U.D. en julio de 2023, asumió el papel de referente del centro del campo y capitana. Adaptó rápidamente sus cualidades técnicas al sistema del Levante, encajando como creadora desde el primer momento y demostrando confianza y liderazgo.
En el centro del campo es ideal para equipos que priorizan la posesión, el control del ritmo y la creación desde líneas intermedias. Su liderazgo y lectura de juego la convierten en una pieza clave de valor intangible dentro de cualquier plantilla. Sin embargo, su menor fortaleza física y baja capacidad aérea suponen limitaciones tácticas en ciertos contextos.
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La temporada 2024/2025 fue el reflejo de esa recuperación total. Disputó 21 partidos en Liga F, anotando un gol y repartiendo dos asistencias, consolidándose nuevamente como jugadora de confianza en los momentos clave. Su experiencia en el Levante permitió al equipo mantener un nivel competitivo alto, a pesar de las dificultades, y su presencia en el campo ofreció un ejemplo de liderazgo silencioso y determinante, recordando que el fútbol femenino, más allá del talento, requiere sacrificio, consistencia y compromiso.
(Fuente: Liga F Moeve)
Finalmente, la temporada 2025/2026 marcó un nuevo capítulo en la carrera de Ángela Sosa, con su traspaso al Madrid CFF. Su incorporación fue recibida como un refuerzo clave para el club madrileño, que busca consolidarse entre los equipos de la parte alta de la clasificación.
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Desde el inicio, Sosa ha sido titular indiscutible, participando en cinco partidos y anotando un gol. Su rol en el equipo vuelve a tener pinceladas de liderazgo, aportando experiencia, control del juego y capacidad para desequilibrar en zona ofensiva. Con contrato hasta junio de 2026, su llegada simboliza no solo un paso importante en su carrera, sino también una inyección de calidad y madurez para un proyecto que aspira a consolidarse en la élite de la Liga F.
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Más allá de las estadísticas, Ángela Sosa representa una generación de futbolistas que ha vivido la transformación del fútbol femenino español: desde canteras humildes y competiciones irregulares hasta estadios llenos, reconocimiento internacional y un nivel profesional consolidado. Su trayectoria es un ejemplo de constancia, talento y resiliencia, y su influencia trasciende los goles y las asistencias. Es el reflejo de cómo el esfuerzo, la disciplina y la pasión por el fútbol pueden convertir a una futbolista en referente dentro y fuera del campo, dejando una huella imborrable en la historia de la Liga F y en la memoria de todos los aficionados al fútbol femenino en España.
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Ángela Sosa debutó con la Selección Española sub-17 el 21 de octubre de 2008, en la victoria frente a Croacia durante la fase de clasificación del Campeonato Europeo. En esta categoría disputó un total de tres partidos.
A pesar de su destacado rendimiento con el Atlético de Madrid, su ausencia en las convocatorias de la selección absoluta fue objeto de debate entre varios especialistas en fútbol femenino. Finalmente, Sosa debutó con la Selección Absoluta el 8 de noviembre de 2018 en un amistoso contra Polonia, que España ganó 3-1.
El 20 de mayo de 2019, Jorge Vilda anunció la lista de convocadas para el Mundial, en la que Sosa no fue incluida, una decisión que generó numerosas críticas por parte de la prensa deportiva. Tras el Mundial, fue convocada en agosto para un partido amistoso tras la baja por lesión de una compañera, pero tuvo que renunciar debido a una cirugía menor que ya tenía programada.
Su primer partido oficial con la selección absoluta llegó el 8 de octubre de 2019, en la victoria por 1-5 ante la República Checa, en la segunda jornada de clasificación para la Eurocopa 2021, entrando como suplente en el minuto 71.
Y es que Ángela Sosa no necesita presentación: campeona de Liga F con el Atlético de Madrid, vencedora de la Supercopa de España y medallista en competiciones nacionales, además de haber sido una pieza clave en la selección española desde la sub-17 hasta la absoluta. Su recorrido deja claro que hablamos de una mediocentro de talla internacional, capaz de marcar diferencias en cualquier terreno de juego.
Desde “El Partido de Manu” podemos confirmar que, pese a los vaivenes de su carrera, la exjugadora del Betis aún tiene mucho fútbol en sus botas. Tanto es así que el Madrid CFF estaría valorando seriamente ofrecerle una renovación por un año más, siempre que ambas partes lo consideren oportuno.
Porque Ángela Sosa no solo acumula títulos y experiencia: sigue siendo un referente dentro y fuera del campo, y su pasión por el juego sigue intacta. Y eso, amigos, es lo que marca la diferencia entre una carrera brillante y una leyenda viva del fútbol femenino español.
Lola Gallardo no se explica desde una estadística ni desde una alineación. A Lola Gallardo hay que contarla como se cuentan las historias que se quedan, las que atraviesan una época y la definen. Como se cuentan las leyendas que no siempre fueron perfectas, pero sí imprescindibles. La portera que gritó antes de que la escucharan. La capitana que sostuvo cuando tocaron tormentas. La mujer que eligió pelear incluso cuando sabía que podía perder.
(Fuente: X)
Hay futbolistas que pasan por los clubes y hay futbolistas que construyen clubes. Lola Gallardo pertenece a la segunda categoría. Y por eso, cuando se habla del Atlético de Madrid femenino, su nombre aparece sin necesidad de ser pronunciado. Está en el césped, en las placas, en los silencios antes de un penalti y en las manos levantadas después de una parada imposible.
(Fuente: Liga F)
Su historia empieza lejos de los focos, como casi todas las que acaban siendo grandes. En Mairena del Aljarafe, en campos donde el fútbol todavía no tenía apellido femenino y donde una niña se abría paso entre niños porque el balón no entendía de etiquetas. Lola no nació portera: se hizo. La portería fue una consecuencia, casi un accidente, una lesión ajena que la empujó bajo los palos. Y ahí apareció algo que ya no se fue nunca: la personalidad. El mando. La voz. Ese desparpajo que no se entrena y que convierte a una jugadora en referencia.
El Sevilla fue el siguiente paso lógico, pero también un aprendizaje duro. Aquel fútbol femenino aún estaba en construcción, y Lola creció a la vez que crecía la competición. Descensos, cambios de formato, ascensos forzados, Superligas ampliadas… Todo era inestable salvo ella. Mientras el entorno se movía, Lola se afirmaba. Tanto que ya entonces empezó a ser señalada como promesa. Y casi sin darse cuenta, dejó de serlo.
El salto al Sporting de Huelva fue breve pero formativo. Una temporada para curtirse, para medir lo que significaba sostener un equipo desde atrás, para entender que una portera vive expuesta y que cada error pesa el doble. Encajó goles, sí. Pero también aprendió a levantarse. Y ese aprendizaje fue clave para lo que vino después.
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Porque el Atlético de Madrid no fue solo un fichaje. Fue un encuentro. Un lugar donde su carácter encontró espejo. Un club que estaba empezando a creerse grande en el fútbol femenino y una portera dispuesta a empujar ese crecimiento. Desde su debut, Lola fue algo más que una guardameta. Fue liderazgo, continuidad, identidad.
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Las primeras temporadas fueron de construcción. Terceros puestos, eliminaciones duras, pasos que parecían pequeños pero que estaban levantando cimientos. Mientras tanto, Lola crecía. En rendimiento, en jerarquía, en voz. Hasta convertirse en capitana. Y ahí el relato cambia.
(Fuente: RFEF)
Porque el Atlético campeón no se entiende sin ella. Las ligas llegaron. Tres. Cada una distinta. Cada una con su propio peso emocional. La primera, como una ruptura con la historia. La confirmación de que aquello ya no era un proyecto, sino una realidad. La segunda, como la consolidación. La tercera, como la resistencia frente a un Barcelona cada vez más poderoso.
(Fuente: Liga Iberdrola)
En todas estuvo Lola. Parando, mandando, sosteniendo. Siendo la última cuando tocaba sufrir y la primera en celebrar cuando se ganaba. También perdiendo finales. También equivocándose. Como aquella Copa de la Reina ante la Real Sociedad. El error. El perdón público. El golpe emocional. Y la respuesta del vestuario. Amanda Sampedro diciendo lo que el Atlético ya sabía: que Lola Gallardo era emblema y memoria. Que había regalado ligas. Que nadie podía borrar eso.
(Fuente: Liga F Moeve)
La llegada de Sari van Veenendaal fue una prueba más. Competencia directa. Alternancia. Champions para una, liga para otra. Una lesión inoportuna. La pandemia. El parón. El subcampeonato. Y finalmente, la despedida. Ocho temporadas después, Lola salía del Atlético dejando una huella tan grande que el club decidió fijarla en piedra. Una placa. Un paseo. Un reconocimiento que no se concede a cualquiera.
(Fuente: Laliga )
Lyon fue el premio y también la frustración. Campeona de Europa, sí. Pero desde la sombra. Con pocos minutos. Con la sensación de que aquello no era hogar. Y Lola volvió. Porque hay regresos que no son retrocesos, sino reafirmaciones. El Atlético volvió a ser su sitio.
(Fuente: Liga F Moeve)
El segundo ciclo fue distinto. Más maduro. Más complejo. Alternancias con Lindahl. Derrotas durísimas. Aquella final de Supercopa perdida 7-0 que marcó un punto de inflexión. A partir de ahí, Lola volvió a hacerse gigante. Titular indiscutible. Capitán con galones heredados. Referente en un equipo que buscaba reencontrarse.
Y llegó la Copa de la Reina de 2023. Butarque. El Real Madrid. Un 2-0 en contra. El tiempo que se acaba. La remontada. Los penaltis. Dos paradas. Dos. Y la imagen de Lola celebrando como se celebran las redenciones. No por revancha, sino por justicia emocional. Porque el fútbol también sabe devolver lo que quita.
La temporada 2023-24 fue la del Zamora. La de la regularidad. La de sostener cuando el equipo se deshacía. Cambio de entrenador. Racha final. Clasificación para Champions. Mejor jugadora del mes. Y otra vez Lola, apareciendo cuando el relato podía romperse.
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En la 2024-2025 siguió siendo lo que siempre fue: fiabilidad. Quince porterías a cero. Segunda mejor portera del campeonato. Otra final de Copa. Otra clasificación europea. No todo se gana, pero todo se pelea.
Y en paralelo, la selección. El conflicto. La negativa. El no cuando era más fácil decir sí. Lola fue una de las que se plantó. De las que entendió que había batallas que iban más allá de un torneo. De las que asumió el coste personal. No estuvo en el Mundial que España ganó, pero estuvo en el cambio que lo hizo posible. Y eso también es legado.
Porque ser leyenda no es solo levantar trofeos. Es sostener valores. Es poner el cuerpo cuando tiembla el sistema. Es elegir la dignidad aunque duela. Lola Gallardo hizo eso. Y lo pagó. Y lo volvería a hacer.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) June 10, 2025
Hoy, cuando el Atlético de Madrid femenino sale al campo, hay algo de Lola en cada portera que grita, en cada defensa que confía, en cada niña que se pone los guantes sin pedir permiso. Su historia no es perfecta. Por suerte. Es humana. Llena de caídas, de regresos, de decisiones difíciles.
(Fuente: Liga F Moeve)
Por eso Lola Gallardo no es solo una gran portera. Es una era. Una forma de estar. Una manera de entender el Atlético. Y cuando algún día no esté bajo los palos, seguirá estando. En la memoria. En la identidad. En ese lugar donde viven las leyendas que no se discuten.
Hay algo en la portería que define a quienes la habitan. Es un lugar de soledad y de exposición, donde no existe el refugio del grupo cuando llega el error. Lola entendió eso muy pronto. Por eso nunca fue una portera silenciosa. Gritó, ordenó, mandó. Se hizo visible. Y esa visibilidad fue también una forma de protección colectiva. Con ella, la defensa sabía que había alguien al mando. Que el equipo tenía columna vertebral.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) October 8, 2024
Su liderazgo nunca fue impostado. No nació de un brazalete, sino de la coherencia. Lola lideró cuando era joven y cuando fue veterana. Lideró en la victoria y, sobre todo, en la derrota. En los días en los que el Atlético celebraba títulos, pero también en aquellos en los que parecía quedarse a medio camino de todo. Ahí fue donde más se la necesitó. Y ahí apareció.
El Atlético de Madrid femenino ha vivido muchas transformaciones en poco tiempo. De equipo emergente a campeón, de alternativa a referencia, de proyecto ilusionante a club obligado a competir con gigantes estructurales. En todas esas fases, Lola fue un hilo conductor. Cambiaron entrenadores, compañeras, sistemas y objetivos. Ella permaneció. Y cuando se fue, dolió. Y cuando volvió, el club se reconoció a sí mismo.
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Hay futbolistas que representan una idea táctica. Otras, una época de éxito. Lola Gallardo representa una identidad. La del esfuerzo sostenido. La de la resistencia frente a contextos adversos. La de la competitividad sin estridencias. Nunca fue la más mediática. Nunca necesitó serlo. Su prestigio se construyó desde la fiabilidad. Desde la constancia. Desde la sensación de seguridad que solo transmiten las grandes porteras.
En los momentos clave, su figura se agrandó. En eliminatorias europeas, en finales de Copa, en partidos decisivos por la Liga de Campeones. Incluso cuando el Atlético cayó en rondas previas o se quedó a las puertas, Lola fue una de las razones por las que estuvo ahí. Porque para competir contra los mejores, necesitas una portera que te mantenga con vida. Y ella lo hizo durante más de una década.
También fue puente entre generaciones. Compartió vestuario con las pioneras y con las nuevas referentes. Vio crecer a futbolistas jóvenes y asumió el rol de guía sin paternalismo. Enseñando desde el ejemplo. Desde la exigencia diaria. Desde la normalidad del trabajo bien hecho.
Y fuera del campo, Lola entendió pronto que el fútbol femenino no se limitaba a lo que ocurría los domingos. Que había una responsabilidad añadida. Cuando llegó el conflicto con la selección, eligió el camino más incómodo. No el más popular. No el más rentable. Eligió el que creía justo. Y lo hizo sabiendo que podía costarle torneos, visibilidad, reconocimiento. Lo hizo igual.
España ganó un Mundial sin ella en el campo, pero no sin su lucha. Sin la de todas. Y la historia, con el tiempo, pondrá cada cosa en su sitio. Porque hay victorias que no se celebran con medallas, pero cambian estructuras enteras. Y Lola Gallardo fue parte activa de ese cambio.
Su carrera, vista en conjunto, es un relato de coherencia. De alguien que nunca traicionó lo que era. Que se fue cuando sintió que debía irse. Que volvió cuando supo que su lugar seguía estando ahí. Que aceptó la competencia sin dramatismos. Que entendió su rol en cada etapa. Y que nunca dejó de rendir.
Por eso, cuando se habla de leyendas rojiblancas, su nombre no necesita debate. Está en las cifras, sí: ligas, copas, Zamoras, partidos, porterías a cero. Pero sobre todo está en el recuerdo colectivo. En esa sensación de tranquilidad cuando el rival se plantaba solo. En esa imagen de brazos abiertos organizando una defensa. En esa mirada fija antes de un penalti decisivo.
Lola Gallardo es parte del crecimiento del fútbol femenino español. Parte del Atlético de Madrid moderno. Parte de una generación que empujó para que las cosas fueran mejores, aunque no siempre lo pareciera. Y eso no se mide en títulos. Se mide en legado.
Algún día, cuando otras porterías se ocupen y otros nombres llenen las crónicas, alguien preguntará quién fue Lola Gallardo. Y la respuesta no será corta. Porque no se puede resumir una historia así en una frase. Habrá que contarla despacio. Como se cuentan las historias importantes.
Porque al final, cuando todo se ha contado, cuando las fechas se confunden y los títulos se ordenan en vitrinas, lo único que permanece es la huella. Y la de Lola Gallardo no es una huella cualquiera: es una marca profunda, grabada en la historia del Atlético de Madrid y en la evolución misma del fútbol femenino español.
Hablar de Lola Gallardo es hablar de tiempo. De resistencia. De permanecer cuando otros pasan. De sostener cuando todo tiembla. De estar cuando el relato aún no era grande y seguir estando cuando ya lo era. Porque Lola no llegó a un Atlético campeón: ayudó a construirlo. Y eso la convierte en leyenda.
(Fuente: Liga F Moeve)
Desde aquella niña que se puso los guantes casi por casualidad en Mairena del Aljarafe hasta la capitana que levantó títulos, sostuvo finales y paró penaltis decisivos, hay una línea invisible que no se rompe nunca: la convicción. Lola Gallardo nunca jugó a esconderse. Nunca fue una portera de perfil bajo. Mandó, gritó, ordenó, lideró. Asumió la responsabilidad de la portería como se asume una vocación, sabiendo que ahí no hay excusas ni refugios.
Su carrera es también la historia del crecimiento del fútbol femenino en España. De campos secundarios a estadios llenos. De estructuras precarias a competiciones profesionales. Y en cada etapa, Lola estuvo. En el Sevilla que ascendía y descendía mientras ella aprendía a competir. En el Sporting de Huelva que le enseñó lo que significaba sobrevivir en Primera. Y, sobre todo, en el Atlético de Madrid que pasó de aspirante a campeón con ella bajo los palos.
(Fuente: Liga F Moeve)
Ocho temporadas en una primera etapa que ya es historia del club. Tres Ligas conquistadas —2016-17, 2017-18 y 2018-19— que cambiaron para siempre el estatus del Atlético femenino. Una Copa de la Reina en 2016 que rompió una barrera psicológica venciendo al Barcelona. Subcampeonatos, eliminaciones crueles, noches europeas durísimas. Y siempre Lola. Siempre ahí. Como segunda portera menos goleada, como tercera, como referencia constante. Como capitana.
Su palmarés no se entiende sin contexto, pero impresiona incluso cuando se enumera: — 3 Ligas de Primera División con el Atlético de Madrid — 2 Copas de la Reina (2016 y 2023) — 1 Liga de Campeones de la UEFA con el Olympique de Lyon — Trofeo Zamora como portera menos goleada de la Liga F (2023-24) — Múltiples presencias en los onces de oro del Fútbol Draft — Más de 100 partidos oficiales con el Atlético de Madrid, reconocidos con placa propia en el Paseo de las Leyendas del Metropolitano.
¡Lola Gallardo se convierte, con 206 partidos, en la jugadora con más encuentros en la historia del club! 🔝
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) December 8, 2024
Pero reducir a Lola Gallardo a una lista sería injusto. Porque también están los días malos. El error en la final de Copa ante la Real Sociedad y el perdón público, sincero, humano. La competencia con Sari van Veenendaal. La lesión. La pandemia. La salida del club cuando aún tenía mucho que dar. El Lyon, la Champions ganada desde la sombra, la decisión de volver porque el éxito sin identidad no basta.
Y están, sobre todo, las decisiones que no aparecen en los palmarés. El “no” a la selección cuando decir “sí” era lo fácil. La renuncia al Mundial que España ganó, no por falta de nivel, sino por coherencia. Por dignidad. Por pelear condiciones que hoy disfrutan otras. Lola Gallardo no levantó esa Copa del Mundo, pero ayudó a construir el camino que la hizo posible. Y eso también es ganar.
Su regreso al Atlético fue una reafirmación. Volvió para competir, no para vivir del pasado. Alternó, sufrió derrotas durísimas, como aquella final de Supercopa perdida por 7-0 que marcó al equipo. Y respondió como responden las líderes: con rendimiento. Con regularidad. Con carácter. Recuperó la capitanía, sostuvo al equipo cuando se descomponía y volvió a levantar un título en 2023 parando dos penaltis en una final que parecía perdida. Ahí, en ese instante, se cerraba un círculo.
Las últimas temporadas la confirmaron como lo que siempre fue: fiabilidad. Quince porterías a cero en una Liga. Segunda mejor portera del campeonato. Clasificaciones europeas agónicas. Un Atlético que cambiaba de entrenador, de discurso, de objetivos. Y Lola, otra vez, siendo el ancla.
Por eso, cuando se habla de ella, no se habla solo de una portera. Se habla de una forma de entender el Atlético de Madrid. De competir sin alardes. De sufrir sin rendirse. De levantarse siempre. Lola Gallardo es parte del ADN rojiblanco moderno. Una figura que une generaciones, que explica por qué el Atlético femenino es lo que es hoy.
El día que cuelgue los guantes —porque ese día llegará— su nombre no desaparecerá del vestuario. Estará en las charlas previas, en las niñas que se ponen los guantes por primera vez, en las porterías defendidas con rabia y orgullo. Estará en la memoria del club, que es el único lugar donde viven las leyendas de verdad.
Porque hay futbolistas que ganan títulos. Y hay futbolistas que dejan algo más profundo: identidad, carácter, legado. Lola Gallardo pertenece a ese segundo grupo.
Y por eso su historia no se cierra, se queda por siempre grabada en la memoria roja y blanca.
⬛️ Macarena Portales y el Atlético de Madrid: una historia de amor que nació en la cuna, se curtió en el exilio y regresó para quedarse y jugar la Champions.
La historia de Amanda Sampedro dijimos que era puro sentimiento rojiblanco, lo de Macarena Portales pertenece a una dimensión todavía más profunda: la pasión heredada, la que no se aprende ni se negocia, la que simplemente se lleva dentro desde antes de entender qué es el fútbol.
Macarena Portales nació en Madrid el 2 de agosto de 1998, en una ciudad donde el balón marca rutinas y los colores se transmiten de generación en generación. En su caso, el rojo y el blanco fueron familia, barrio y cultura. El Atlético de Madrid no fue un club al que llegar más tarde: fue un punto de partida.
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Criada en Fuenlabrada, Maca comenzó jugando fútbol sala en Alcorcón y Móstoles. Aquellos pabellones, donde el balón corre más rápido que las ideas, moldearon su esencia futbolística: técnica, velocidad mental, descaro y valentía para encarar. Antes de aprender a correr la banda, aprendió a pensar rápido.
Con solo 13 años, dio el salto al fútbol 7 y al fútbol 11 para integrarse en la cantera del Atlético de Madrid. Allí empezó a entender que vestir ese escudo significaba algo más que jugar bien: significaba competir cada día, respetar el esfuerzo y no rendirse nunca. Se formó como extrema, aprendió a jugar por ambos costados y absorbió una identidad que ya era suya.
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En 2013, se proclamó campeona de España sub-16 con la selección madrileña y recibió uno de los premios a mejor deportista de la Unión de Federaciones Deportivas Madrileñas. Era el primer gran aviso: Maca no solo sentía el fútbol, también estaba preparada para él.
Tras cinco años en el Atlético, en 2015 llegó una de las decisiones más complejas de su carrera: fichar por el Madrid CFF cuando este aún estaba en Segunda División y pese a todo la paisana de Fernando Torres, los dos nacieron en la misma localidad, aprendió el fútbol de la resistencia: partidos trabados, defensas cerradas, campos exigentes. Allí empezó a forjar carácter competitivo, a entender que el talento debía imponerse incluso cuando el contexto no acompañaba.
Ese aprendizaje le abrió las puertas del Fundación Albacete, donde debutó en Primera División. El salto a la élite fue inmediato y exigente. Maca se ganó minutos, confianza y continuidad, demostrando que podía competir al máximo nivel.
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La temporada siguiente jugó en el Zaragoza C. F. F., donde disputó 18 partidos de liga y marcó tres goles. Fue una etapa de consolidación, de crecimiento silencioso, de entender mejor los tiempos del juego y la importancia de cada acción.
En 2018, fichó por el Sevilla FC, un club donde su fútbol encontró un escaparate ideal. En Nervión destacaron su gran técnica, capacidad de desborde y velocidad, actuando desde ambos costados del ataque. Jugó 18 partidos y anotó un gol, pero, más allá de los números, dejó huella por su estilo reconocible y su atrevimiento constante.
Sevilla supuso una confirmación: Maca ya no era solo una promesa, era una futbolista de Primera División plenamente reconocible.
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Entre 2019 y 2021, Macarena Portales regresó al Madrid CFF, ya convertida en una jugadora madura, con recorrido y experiencia en la élite. Sin embargo, el contexto del fútbol femenino español todavía arrastraba desigualdades estructurales.
Afectada por la lista de compensación del convenio colectivo, Maca no podía fichar por otro club español sin que este indemnizara al Madrid CFF con 25.000 euros. Aquella situación, ajena al césped, condicionó su carrera y la obligó a mirar fuera y ahí entró la Serie A.
En 2021, Maca fichó por el Inter de Milán, convirtiéndose en una de las futbolistas españolas que buscaron en el extranjero la libertad que no encontraban en casa. En la Serie A italiana, disputó 16 partidos, adaptándose a otro ritmo, otro idioma y otra cultura futbolística.
Italia le dio perspectiva. Le permitió crecer lejos del ruido, reforzar su madurez y comprobar que su fútbol también era válido fuera de España. Aquella experiencia, breve pero intensa, la fortaleció mentalmente.
Su sueño de vestir la camiseta que habían defendido jugadoras como Priscila Borja, también con pasado en el Madrid CFF, le distanciaba de seguir los pasos de la brasileña Ludmila Da Silva, ahora en Estados Unidos, pero solo era una cuestión de percepción.
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De 2022 a 2024, Macarena Portales defendió la camiseta del Valencia C. F. y esa narrativa fue la de dos temporadas de estabilidad, de continuidad competitiva y de liderazgo silencioso. Maca se convirtió en una jugadora fiable, capaz de aportar equilibrio, profundidad y compromiso en contextos difíciles.
La ex del Madrid CFF no dejaba de crecer en territorio nacional y pese a su dilatada trayectoria aún era joven y sobre todo veloz, una cualidad difícil de encontrar en la Primera División Femenina.
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En Valencia consolidó su versión más completa: menos impulsiva, más inteligente, sin perder nunca el desborde que la definía.
En la temporada 2023-2024 fue seducida por el proyecto del Badalona y allí vestida de azul dio un gran salto a nivel cualitativo a las órdenes de Ferrán Cabello.
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En el cuadro catalán aumentó sus prestaciones, pero sus números no se explicaban únicamente en goles o asistencias, sino en una suma constante de presencias, acciones repetidas, esfuerzos acumulados y decisiones tomadas en cada partido que, vistas en conjunto, dibujaban el retrato de una jugadora imprescindible. En Badalona, Maca no fue una cifra aislada en una estadística colectiva: fue una constante. Su temporada se construyó a base de partidos completos o casi completos, de titularidades reiteradas, de minutos sostenidos semana tras semana, de una presencia casi ininterrumpida en las convocatorias y de una confianza del cuerpo técnico que se tradujo en continuidad real, no simbólica.
Desde las primeras jornadas, su nombre apareció con regularidad en el once inicial, ocupando indistintamente cualquiera de los dos costados del ataque, lo que ya marcaba un primer dato relevante: la versatilidad. Maca acumuló números en forma de adaptabilidad, algo que no siempre se cuantifica en tablas estadísticas pero que define el valor real de una futbolista. Jugó abierta, jugó a pie natural y a pierna cambiada, apareció como extrema clásica y como interior exteriorizada, y en todos esos registros sostuvo un volumen alto de intervenciones ofensivas. Sus partidos se movieron en cifras constantes de centros intentados, de duelos uno contra uno buscados, de conducciones largas para estirar al equipo y de apoyos cortos para facilitar la salida limpia desde atrás.
En términos de participación ofensiva, Maca fue una de las jugadoras del Levante Badalona con mayor número de acciones decisivas previas al último pase. No siempre figuró como asistente directa, pero sí como origen. Sus números reales estuvieron en la secuencia: recibir, atraer, fijar al lateral y al extremo rival, soltar en ventaja y volver a ofrecer línea de pase. Esa repetición, jornada tras jornada, elevó su conteo de intervenciones útiles por partido y convirtió su banda en una zona de producción constante. Cada encuentro sumaba nuevas acciones al acumulado invisible de su temporada: desbordes que acababan en córner, centros forzados que generaban segundas jugadas, faltas provocadas en campo rival que permitían al equipo respirar y ordenarse.
(Fuente: Liga F Moeve)
En el apartado físico, los números de Maca se reflejaron en su capacidad para sostener esfuerzos largos. Sus partidos raramente se redujeron a apariciones puntuales. Acumuló tramos largos de juego sin sustitución, lo que habla de confianza, pero también de resistencia. Sus kilómetros recorridos por encuentro, especialmente en fase defensiva, la situaron entre las jugadoras exteriores más comprometidas del equipo. No fue una extrema desconectada del repliegue. Sumó números en retornos, en ayudas al lateral, en persecuciones largas cuando el bloque se veía obligado a correr hacia atrás. Esa suma silenciosa de esfuerzos construyó una temporada completa, no brillante en destellos aislados, pero sí sólida en continuidad.
En términos de goles, su aportación no se midió tanto en grandes cifras como en momentos concretos. Sus números anotadores fueron funcionales al equipo: goles que abrían partidos, que empataban encuentros o que consolidaban ventajas mínimas.
No acumuló estadísticas infladas, pero sí eficacia contextual. Cada tanto suyo tuvo peso específico dentro del relato de los partidos. A ello se añadieron cifras de disparos generados por partido, muchos de ellos tras conducción propia, otros tras llegadas al segundo palo, una de sus especialidades menos visibles pero más constantes.
(Fuente: Liga F)
En cuanto a asistencias, su temporada en Badalona dejó números que reflejan una verdad clara: Maca fue generadora más que ejecutora. Sus pases previos al gol, los llamados penúltimos pases, se repitieron con frecuencia. En más de una ocasión, su acción previa rompió líneas y permitió que la jugada terminara en gol aunque su nombre no apareciera en la estadística final. Ese tipo de números, que no siempre se registran oficialmente, definieron su impacto real. Fue una jugadora que sumó valor en cada posesión prolongada, en cada ataque posicional, en cada transición rápida donde su velocidad servía para ganar metros y tiempo.
Defensivamente, Maca acumuló cifras notables en robos en campo rival y en intercepciones en banda. No por volumen exagerado, sino por oportunidad. Sus robos solían producirse tras lectura, no tras choque, lo que indica inteligencia táctica.
Esa faceta elevó su conteo de recuperaciones útiles, aquellas que permiten atacar inmediatamente después. A lo largo de la temporada, ese número creció hasta convertirla en una de las exteriores más completas del equipo, capaz de sumar en ambas fases sin perder identidad ofensiva.
En cuanto a disciplina y fiabilidad, sus números fueron también elocuentes. Pocas sanciones, escasas ausencias por motivos no físicos, regularidad en entrenamientos y partidos. Su ratio de disponibilidad fue alto, un dato clave en una plantilla que necesitaba estabilidad. Cuando el Levante Badalona buscó continuidad, Maca fue uno de los nombres recurrentes. Ese número, el de la confianza, no aparece en ninguna tabla, pero se mide en alineaciones consecutivas y en minutos sostenidos.
La temporada también dejó cifras emocionales, aunque no se puedan medir con exactitud. El número de veces que pidió el balón en momentos difíciles, la cantidad de acciones que asumió cuando el equipo necesitaba oxígeno, los partidos en los que fue punto de apoyo para las más jóvenes. Esos números no se cuentan, pero se sienten. Y en Badalona, Maca fue una futbolista que acumuló presencia, peso y significado.
(Fuente: Liga F)
Su paso por el Levante Badalona puede resumirse en una idea numérica clara: suma. Suma partidos, suma minutos, suma acciones, suma soluciones. No fue una jugadora de estadísticas aisladas, sino de volumen sostenido. Cada jornada añadió una capa más a una temporada que, vista en frío, muestra una línea ascendente de confianza y rendimiento. Y vista en caliente, explica por qué su nombre volvió a aparecer en el radar del Atlético de Madrid.
Porque cuando se analizan los números de Maca en Badalona en versión texto, sin columnas ni gráficos, lo que aparece es el retrato de una futbolista completa, constante y preparada. Una jugadora que no necesitó cifras espectaculares para demostrar que estaba lista para volver. Que convirtió cada partido en una unidad de medida. Que transformó el acumulado de pequeños números en una gran cifra final: la de estar preparada para regresar a casa.
(Fuente: Liga F)
Macarena Portales volvió al Atlético de Madrid no como una niña de cantera, sino como una futbolista hecha, curtida, consciente de lo que significa vestir esa camiseta. Volvió con experiencia en España e Italia, con cicatrices deportivas y con la certeza de que su sitio siempre estuvo allí.
(Fuente: RFEF)
Su regreso es una historia de identidad, de resistencia y de justicia poética. Porque algunas futbolistas no llegan al Atlético: regresan.
Hoy, Maca representa la banda, el desborde, el sacrificio y la pasión. Representa a todas las que tuvieron que marcharse para poder volver. Y representa, sobre todo, una idea muy concreta del Atlético de Madrid: la de quienes nunca dejan de creer.
(Fuente: Liga F Moeve)
El final de una historia no siempre coincide con el último partido ni con el último fichaje. A veces el final verdadero es un punto de quietud, un instante en el que todo lo vivido adquiere sentido de golpe, como si cada paso anterior hubiera estado conduciendo exactamente a ese lugar. El regreso de Macarena Portales al Atlético de Madrid pertenece a esa categoría de finales que no cierran, sino que completan. No es un punto y aparte. Es una frase que por fin encuentra su verbo.
Porque para entender de verdad lo que significa que Maca vuelva al Atlético no basta con mirar la cronología de su carrera ni con repasar los clubes que marcaron su camino. Hay que entender el peso de lo recorrido, el desgaste acumulado, la suma de partidos jugados sin foco, la paciencia aprendida a base de no rendirse. Hay que comprender que hay futbolistas cuyo valor no se mide en picos de brillo inmediato, sino en trayectorias que resisten el tiempo. Y Macarena Portales es una de ellas.
Su regreso no responde a una necesidad puntual ni a una urgencia de mercado. Responde a una lógica profunda, casi inevitable. A la lógica de un club que reconoce a quienes han demostrado, lejos de casa, que entienden lo que significa competir cada semana. A la lógica de una futbolista que nunca dejó de ser atlética, incluso cuando el escudo que llevaba en el pecho era otro. Porque hay identidades que no se sustituyen: se ponen en pausa.
Durante años, Maca fue sumando partidos como quien va dejando señales en un camino largo. Cada temporada añadió una capa nueva a su juego. Cada contexto distinto le enseñó algo que luego reaparecería, silenciosamente, en su forma de competir. Aprendió a sobrevivir en estructuras precarias, a destacar sin protección, a sostener equipos desde la banda cuando el partido pedía pulmón más que aplauso. Aprendió que el fútbol no siempre devuelve lo que das de inmediato, pero que siempre acaba devolviéndolo si insistes lo suficiente.
En Badalona, esa insistencia alcanzó una forma definitiva. No porque fuera el lugar más visible ni el más cómodo, sino porque fue el escenario perfecto para demostrarlo todo sin decirlo. Allí, Maca convirtió cada partido en una declaración implícita. No levantó la voz, no exigió protagonismo, no reclamó titulares. Jugó. Jugó mucho. Jugó bien. Jugó siempre. Y en esa repetición constante se escondía el mensaje más poderoso: estaba preparada.
Preparada físicamente, porque sostuvo el esfuerzo sin caer. Preparada tácticamente, porque supo leer cada partido con una madurez que solo dan los años. Preparada mentalmente, porque no se desconectó cuando el contexto apretó. Y preparada emocionalmente, porque entendió que aquel tramo final de su camino no era un destino menor, sino una prueba definitiva. Badalona no fue una estación de paso. Fue un espejo.
(Fuente: Liga F Moeve)
Cuando el Atlético volvió a mirar su nombre, no vio nostalgia. Vio coherencia. Vio números que no gritaban, pero que se acumulaban con una solidez imposible de ignorar. Vio una futbolista que había aprendido a sumar sin restar, a competir sin reclamar, a sostener sin desaparecer. Vio a alguien que conocía la casa, pero que ya no necesitaba aprenderla. Porque el Atlético no se aprende dos veces. Se lleva dentro o no se lleva.
El regreso de Maca también habla de algo más grande que una carrera individual. Habla de una generación de futbolistas que crecieron en un fútbol que todavía no estaba preparado para ellas. De jugadoras que tuvieron que construir su camino sin garantías, sin estabilidad, sin la certeza de que el esfuerzo sería recompensado. Maca pertenece a esa generación intermedia, puente entre dos épocas. La que tuvo que irse para poder volver. La que entendió que el talento, sin constancia, no basta. Y que la constancia, sin identidad, tampoco.
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Por eso su vuelta al Atlético tiene algo de reparación simbólica. No como ajuste de cuentas, sino como cierre natural. Como reconocimiento a una forma de estar en el fútbol que encaja perfectamente con la historia del club. El Atlético siempre ha sido el lugar de quienes no se rinden cuando el camino se empina. El lugar de quienes entienden que el orgullo no se negocia, que la camiseta pesa y que hay que estar dispuesto a sostenerla incluso cuando quema.
Maca vuelve sabiendo todo eso. Vuelve sin ingenuidad, pero sin perder la pasión. Vuelve con la serenidad de quien ya ha demostrado lo que tenía que demostrar. Vuelve para competir, para sumar, para estar. No vuelve a buscarse. Vuelve a ofrecerse.
Y en ese gesto hay algo profundamente épico. No una épica de grandes gestos, sino de coherencia vital. La épica de quien nunca dejó de creer, incluso cuando tuvo que seguir creyendo lejos. La épica de quien entendió que el camino largo también conduce a casa.
Porque hay historias que no necesitan un final feliz estridente. Les basta con llegar al lugar correcto. Y Macarena Portales, después de todo lo vivido, ha llegado exactamente ahí.
Y cuando una futbolista vuelve al lugar donde todo empezó, no lo hace para recuperar el tiempo perdido, porque el tiempo nunca se pierde cuando se vive de verdad. Lo hace para resignificarlo. Para darle sentido. Para mirar hacia atrás sin nostalgia y hacia delante sin miedo. El regreso de Macarena Portales al Atlético de Madrid es eso: una resignificación completa de su recorrido. No hay arrepentimiento en lo vivido, no hay atajos imaginados, no hay versiones alternativas de la historia. Hay aceptación, orgullo y una certeza madura de haber hecho lo que había que hacer para llegar hasta aquí con la cabeza alta.
Porque Maca no vuelve buscando protección. Vuelve ofreciendo fiabilidad. No vuelve para que le expliquen qué significa competir en un club exigente, porque lleva años haciéndolo en contextos donde cada partido era una reválida. Vuelve con el conocimiento íntimo de quien ha jugado sabiendo que el error se paga caro, que la titularidad no se regala y que el respeto se gana con continuidad. Y esa continuidad es, precisamente, la cifra más poderosa de su carrera.
Hay futbolistas cuya trayectoria se explica con picos. Apariciones fulgurantes, temporadas brillantes, momentos icónicos. La de Maca se explica con una línea larga y firme. Una línea que atraviesa clubes, ciudades, países y realidades distintas sin romperse. Esa línea está hecha de partidos jugados aunque el cuerpo doliera, de minutos asumidos cuando el contexto no acompañaba, de decisiones tomadas sin aplauso. Y esa línea, cuando se observa completa, conduce inevitablemente al mismo punto: el Atlético de Madrid.
(Fuente: Liga F Moeve)
El Atlético no es un club que entienda el fútbol como una suma de talentos aislados. Lo entiende como una estructura emocional, como un compromiso colectivo que se sostiene en el tiempo. Por eso hay regresos que encajan con naturalidad, sin necesidad de forzarlos. El de Maca es uno de ellos. Porque su manera de jugar, de competir y de sostenerse encaja con una idea muy concreta de lo que significa vestir esa camiseta. Una idea donde el esfuerzo no se negocia, donde la identidad se demuestra cada semana y donde el orgullo no se declama: se ejerce.
Cuando Maca pisa de nuevo el entorno rojiblanco, no lo hace con la ansiedad de quien siente que tiene que demostrarlo todo en el primer minuto. Lo hace con la serenidad de quien sabe que su carrera ya habla por ella. Sabe que cada entrenamiento es una oportunidad, no un juicio. Sabe que cada partido suma, no define. Esa calma es fruto de los años, de los viajes, de los contextos exigentes. Es fruto de haber entendido que el fútbol no siempre recompensa rápido, pero sí recompensa bien.
Su regreso también es una victoria silenciosa para todas las futbolistas que han recorrido caminos similares. Para las que se marcharon jóvenes sin saber si volverían. Para las que tuvieron que demostrar su valía una y otra vez en escenarios distintos. Para las que entendieron que el crecimiento no siempre es visible desde fuera. Maca vuelve llevando consigo esas historias, esas trayectorias paralelas, esa memoria colectiva de un fútbol femenino que se construyó a base de insistir.
(Fuente: “El Partido de Manu@)
Y hay algo profundamente atlético en eso. Porque el Atlético de Madrid siempre ha sido refugio de quienes creen cuando otros dudan. De quienes resisten cuando el contexto aprieta. De quienes entienden que la grandeza no siempre está en ganar fácil, sino en no rendirse nunca. Maca encarna esa idea sin necesidad de subrayarla. La encarna en su forma de correr la banda, en su manera de volver a defender cuando las piernas pesan, en su decisión de seguir ofreciéndose incluso cuando el balón no llega.
El cierre de esta historia no es un punto final, sino un punto de equilibrio. Un lugar donde todo lo vivido adquiere coherencia. Donde la niña de cantera y la futbolista adulta se reconocen sin conflicto. Donde el pasado no pesa como carga, sino como base. Maca vuelve sabiendo que no necesita repetir nada. Solo continuar.
Y eso, en el fondo, es lo más épico de todo. No el regreso en sí, sino la manera en que se produce. Sin ruido. Sin urgencia. Sin dramatismo. Con la naturalidad de quien ha recorrido el camino completo y puede, por fin, sentarse a jugar donde siempre quiso estar.
Porque hay historias que no necesitan ser exageradas para ser grandes. Les basta con ser honestas. Y la de Macarena Portales lo es. Honesta en su recorrido, honesta en sus números, honesta en su identidad. Una historia que no se explica con un instante, sino con una suma larga de momentos. Una historia que no termina, sino que se asienta.
Y mientras el Atlético sigue construyendo su presente y su futuro, Maca ya forma parte de ese relato. No como promesa, no como apuesta, sino como certeza. Como una futbolista que entiende el juego, el club y el significado profundo de vestir una camiseta que no se lleva solo sobre el pecho, sino dentro.
Porque al final, cuando se apagan los focos y se revisa el camino completo, lo que queda no son los titulares ni las cifras aisladas. Lo que queda es la coherencia. Y en esa coherencia, Macarena Portales ha encontrado su lugar definitivo.
(Fuente; Atlético de Madrid)
Y en ese punto exacto donde la coherencia se impone al ruido, donde el recorrido pesa más que el destello, aparece la dimensión más profunda del regreso de Macarena Portales al Atlético de Madrid: la de la pertenencia consciente. Porque no todas las futbolistas que vuelven lo hacen sabiendo exactamente quiénes son. Muchas regresan buscando algo que perdieron por el camino. Maca no. Maca vuelve sabiendo lo que ganó en cada etapa, incluso en aquellas que parecían alejarla del lugar al que ahora regresa. Vuelve con la claridad de quien ya no necesita preguntarse si este es su sitio, porque lo ha comprobado en ausencia.
El fútbol, cuando se vive durante tantos años en contextos cambiantes, enseña una lección que no aparece en los manuales: la identidad no se construye solo donde empiezas, sino también donde resistes. Y Maca resistió. Resistió en clubes donde el margen de error era mínimo. Resistió en temporadas donde la estabilidad era un lujo. Resistió en ligas donde cada partido exigía demostrar de nuevo lo que ya se había demostrado mil veces. Y en esa resistencia fue moldeando una versión de sí misma mucho más sólida que cualquier promesa temprana.
(Fuente: Liga F Moeve)
Por eso, cuando vuelve al Atlético, no trae consigo la ansiedad de quien quiere convencer, sino la serenidad de quien sabe que su juego ya convence por acumulación. Sus números no necesitan ser explicados con grandilocuencia porque se sostienen solos. No hay picos artificiales ni rachas que maquillen el recorrido. Hay temporadas completas, hay minutos de verdad, hay partidos jugados de principio a fin. Hay una fiabilidad que se ha convertido en su rasgo más reconocible.
En el Atlético, esa fiabilidad adquiere un valor especial. Porque es un club que exige presencia constante, que no se conforma con apariciones esporádicas, que necesita futbolistas dispuestas a sostener el esfuerzo incluso cuando el partido no invita al lucimiento. Maca encaja ahí porque ha aprendido a hacerlo. Porque sus números en Badalona, y antes en Valencia, en Italia, en cada estación de su camino, hablan de una jugadora que no desaparece cuando el contexto se vuelve incómodo. Al contrario: aparece más.
Hay algo casi invisible, pero profundamente determinante, en la manera en que Maca entiende el juego. No concibe la banda como un espacio aislado, sino como una arteria del equipo. Sabe cuándo debe estirar, cuándo debe cerrar, cuándo debe acelerar y cuándo debe frenar. Esa lectura, que se traduce en números de posicionamiento, de apoyos, de retornos y de intervenciones sin balón, es una de las razones por las que su regreso no es solo lógico, sino necesario. El Atlético no recupera solo una extrema. Recupera una futbolista que entiende el fútbol como un sistema interconectado.
(Fuente: Atlético de Madrid)
Y esa comprensión no surge de la nada. Surge de haber jugado en equipos con necesidades distintas, de haber sido solución en contextos diversos, de haber tenido que adaptarse sin perder identidad. Maca nunca dejó de ser la futbolista de banda con desborde y velocidad, pero aprendió a añadir capas a su juego. Aprendió a decidir mejor, a medir esfuerzos, a elegir momentos. Aprendió, en definitiva, a competir.
(Fuente: Atlético de Madrid)
Cuando se observa su trayectoria completa, se entiende que su regreso al Atlético no es un gesto romántico, sino un acto de madurez. No vuelve para reencontrarse con la niña que fue, sino para consolidar a la futbolista que es. Vuelve para aportar desde la experiencia, desde la lectura, desde la constancia. Vuelve sabiendo que el escudo pesa, pero también sabiendo que ella está preparada para sostener ese peso.
(Fuente: Liga F Moeve)
Y hay algo profundamente simbólico en ese gesto. Porque el Atlético de Madrid, históricamente, ha sido el lugar de quienes entienden el valor del esfuerzo prolongado. De quienes saben que las victorias más importantes no siempre son las más inmediatas. De quienes construyen desde abajo, desde la repetición, desde la convicción. Maca encaja en esa historia no porque haya nacido atlética —que lo hizo—, sino porque ha vivido como tal incluso cuando no vestía de rojiblanco.
(Fuente: Liga F)
Su regreso también redefine el concepto de éxito. No como una línea recta, sino como un recorrido coherente. No como una llegada temprana, sino como una permanencia merecida. Maca no vuelve porque el tiempo le haya dado la razón de forma automática. Vuelve porque nunca dejó de trabajar para que ese regreso tuviera sentido. Porque cada partido jugado lejos de casa fue una inversión. Porque cada temporada sumó algo que hoy la convierte en una futbolista más completa.
(Fuente: Liga F Moeve)
Y así, sin necesidad de proclamas, su historia se asienta como una de esas que explican mejor que ninguna qué significa el fútbol cuando se vive desde dentro. No como espectáculo puntual, sino como oficio, como vocación, como identidad. Maca no es una futbolista de relatos grandilocuentes, sino de trayectorias sólidas. Y esas trayectorias, cuando encuentran su punto de retorno, generan una épica distinta. Más silenciosa. Más profunda. Más duradera.
(Fuente: Atlético de Madrid)
El cierre de esta historia no necesita fuegos artificiales. Le basta con la imagen de una futbolista entrando al campo con la certeza de estar donde siempre quiso estar y donde siempre trabajó para estar. Le basta con la idea de continuidad. Con la sensación de que todo encaja. Con la convicción de que el camino largo también conduce a casa.
(Fuente: Liga F Moeve)
Porque al final, cuando se repasan los números, los partidos, las temporadas y los contextos, lo que queda es una verdad simple y poderosa: Macarena Portales nunca dejó de ser Atlético. Solo estaba completando el camino necesario para volver siéndolo de verdad.
(Fuente: Liga F Moeve)
Y ese regreso, construido paso a paso, partido a partido, es mucho más que un final. Es una afirmación. Una de esas que no se gritan, pero que resuenan durante mucho tiempo.
Hay victorias que se celebran y victorias que explican. En la historia de cualquier equipo grande, las segundas son las que de verdad construyen algo duradero, las que no necesitan confeti ni euforia inmediata porque su valor está en lo que dejan atrás y en lo que abren por delante.
La del 1-2 ante el Atlético de Madrid en enero de 2025 pertenece sin duda a ese segundo grupo. Fue un derbi incómodo, tenso, áspero, de esos que no se ganan por inspiración sino por madurez.
No fue solo un resultado ni un triunfo más en la tabla. Fue una cifra redonda alcanzada casi sin ruido. Fue la victoria número cien del Real Madrid Femenino en la Liga F. Un punto de inflexión silencioso que confirmó algo que llevaba tiempo flotando en el ambiente: que este proyecto, joven en edad pero adulto en exigencia, había aprendido a competir antes incluso de aprender a ganar títulos.
El dato, integrado en el contexto de su corta pero intensa historia, es tan contundente como revelador.
(Fuente: Club Deportivo Tacón)
Desde su origen como Club Deportivo Tacón hasta su consolidación definitiva como Real Madrid, el equipo ha disputado alrededor de ciento cincuenta y cuatro partidos de Liga, con un balance que no admite demasiadas interpretaciones: más de ciento catorce victorias, apenas una veintena larga de empates y algo más de dos decenas de derrotas. Un setenta y cuatro por ciento de triunfos en competición doméstica. Una cifra que no miente y que coloca al Real Madrid Femenino, por pura estadística, entre los grandes del campeonato desde el mismo momento en que nació.
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Pero para entender de verdad qué significa llegar hasta ahí, hay que mirar más allá de los números y volver al principio. Y el principio no fue blanco.
La temporada 2019-2020 no figura en los palmarés oficiales del Real Madrid Femenino, pero vive incrustada en su ADN competitivo. Aquella plantilla que compitió bajo el nombre de Club Deportivo Tacón fue, en realidad, el embrión real del proyecto actual. Un equipo joven, expuesto, valiente por momentos y frágil por otros, que tuvo que aprender a sobrevivir en la élite sin la protección del escudo más exigente del mundo. La operación que culminó con la absorción del Tacón por parte del Real Madrid, aprobada bajo la presidencia de Florentino Pérez por una cantidad cercana a los trescientos mil euros, no supuso una desaparición inmediata de la entidad creada por Ana Rosell.
(Fuente: Getty imágenes)
Antes de mutar, aquel equipo tuvo que competir durante un año bajo ese nombre, mantener la categoría y demostrar que merecía ocupar una plaza en la Primera División. La permanencia, certificada en un curso extraño y abruptamente interrumpido por la pandemia, permitió que el Real Madrid asumiera la plaza con una base ya profesionalizada.
El 1 de julio de 2020, la absorción se hizo oficial y comenzó una nueva era. Pero el aprendizaje ya estaba hecho. Y las cicatrices también.
Desde el primer partido como Real Madrid Femenino en la temporada 2020-2021, la exigencia cambió de manera radical. Ya no bastaba con competir bien ni con sobrevivir. Había que ganar. Y ese tránsito no fue inmediato ni sencillo. El 4 de octubre de 2020, en la primera jornada de la entonces Liga Iberdrola, el Barcelona visitó Valdebebas por primera vez para enfrentarse al Real Madrid. Aquella mañana marcó un antes y un después.
El 0-4 final, con goles de Patri Guijarro, un desafortunado tanto en propia puerta de Misa Rodríguez, Lieke Martens y Alexia Putellas, fue una bofetada de realidad. Una demostración cruda de la distancia que aún separaba al nuevo proyecto blanco de la referencia absoluta del fútbol femenino español y europeo.
Aquel golpe, lejos de hundir al equipo dirigido entonces por David Aznar, hoy integrado en las categorías inferiores de la selección española, sirvió como punto de partida. El Real Madrid Femenino no fue brillante durante toda la temporada, pero sí fue eficaz.
Supo construir una regularidad competitiva que le permitió terminar en segunda posición, por delante de clubes con mayor tradición en la élite como el Atlético de Madrid, el Levante o la Real Sociedad. No fue un camino estético ni perfecto, pero fue sólido. Y esa solidez, en un proyecto recién nacido, valía casi tanto como un título.
Año tras año, el equipo fue acumulando victorias, experiencias y capas de madurez hasta alcanzar ese número simbólico de los cien triunfos ligueros. Y lo hizo en un escenario cargado de significado. Un derbi ante el Atlético de Madrid, uno de los rivales que más ha medido el crecimiento del proyecto desde sus inicios, disputado en Alcalá de Henares el 5 de enero de 2025. El 1-2 final, con una actuación decisiva de Linda Caicedo, no fue solo una victoria más. Fue una confirmación. La delantera colombiana, símbolo de la nueva generación del fútbol mundial, resolvió un partido incómodo y adulto, muy distinto a aquellos primeros derbis en los que el Real Madrid aún parecía un invitado a la mesa de los grandes.
Aquel triunfo, además, cerraba un círculo: el primer derbi oficial había caído del lado rojiblanco en Valdebebas gracias a un solitario gol de Van Dongen. Este, en cambio, hablaba de otra cosa. De crecimiento. De método. De madurez.
hay trayectorias que solo se entienden cuando se observan con perspectiva, sin prisa, sin ruido, sin la urgencia del resultado inmediato.
El Real Madrid Femenino ha disputado, desde su irrupción en la élite del fútbol español, aproximadamente 154 partidos en Liga F. De ellos, ha ganado 114, ha empatado 16 y ha perdido 24. Un balance que, expresado en porcentaje, se traduce en algo tan contundente como difícil de ignorar: casi tres de cada cuatro partidos ligueros terminan con victoria blanca, lo que se traduce en un 74 % de triunfos.
En un campeonato cada vez más profesionalizado, con clubes históricos, proyectos consolidados y plantillas profundas, esa cifra no es un accidente. Tampoco es fruto de un solo año brillante ni de una racha aislada. Es la consecuencia directa de una regularidad sostenida en el tiempo, algo especialmente significativo en un equipo joven, sometido desde su nacimiento a una exigencia que no admite etapas de transición largas.
Disputar 154 partidos de Liga F no es solo acumular encuentros. Es atravesar temporadas completas, contextos cambiantes, lesiones, renovaciones de plantilla, cambios tácticos y momentos de duda. Es convivir con la rutina del campeonato doméstico, donde cada fin de semana exige concentración máxima.
En ese recorrido, el Real Madrid Femenino ha aprendido a ganar de muchas maneras. Ha vencido partidos dominando con balón, imponiendo ritmo y profundidad. Ha ganado otros desde la solidez defensiva, esperando el momento adecuado. Y también ha sabido sobrevivir en encuentros incómodos, de esos que no lucen, pero que suman.
Las 114 victorias no responden a un único patrón. Son el reflejo de una adaptabilidad progresiva, de un equipo que ha ido madurando su lectura del juego temporada tras temporada.
Ganar 114 partidos de 154 coloca al Real Madrid Femenino en una élite estadística indiscutible dentro del campeonato. No es una cifra habitual para un club sin títulos ligueros. Y ahí reside una de las claves de este proyecto: su capacidad para sostener el rendimiento incluso cuando los grandes trofeos aún no han llegado.
Cada victoria ha sido un ladrillo más en una construcción silenciosa. Muchas llegaron ante rivales de la zona media y baja, partidos donde la obligación de ganar era total. Otras se produjeron frente a equipos directos, encuentros donde la clasificación, el prestigio y la narrativa de la temporada estaban en juego.
Si hay una herida que sigue abierta en la historia reciente del Real Madrid Femenino, esa tiene nombre y lugar: Butarque, Copa de la Reina 2023. Aquella tarde, el equipo blanco rozó su primer gran título. Lo tuvo cerca, lo saboreó durante muchos minutos y lo perdió de la forma más cruel. El Atlético de Madrid, rival histórico y espejo incómodo, resistió, sufrió y encontró en un instante puntual la chispa que cambió la historia.
Una falta directa ejecutada de manera magistral por Estefanía Banini, hoy centrocampista del ONA, detuvo el tiempo y forzó una prórroga que desembocó en una tanda de penaltis.
⚽️ ¡𝗚𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗢𝗟!
Golazo de Banini para empatar el partido en el último suspiro y volver loca a la afición de Butarque.
Allí, las jugadoras de Manolo Cano fueron más frías. Para el Real Madrid, aquella final fue una lección brutal. No tanto por la derrota en sí, sino por la manera en que se perdió. Porque desde ese día, el club entendió que competir ya no era suficiente, que estar cerca tampoco lo era. Que el siguiente escalón exigía temple, oficio y una frialdad que solo se adquiere a base de golpes.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) May 27, 2023
La Supercopa de España ha reproducido durante años un patrón similar. Llegar, competir, pero chocar una y otra vez con un Barcelona dominante, estructuralmente superior y acostumbrado a decidir finales. Marcadores abultados, sensaciones de distancia, noches difíciles como la del 22 de enero de 2025 en Butarque, donde el Barça volvió a imponerse con un contundente 5-0.
Esas derrotas expusieron sin maquillaje la diferencia entre ambos proyectos, pero también dejaron una enseñanza incómoda y necesaria: para ganar finales no basta con llegar.
Hay que llegar preparado emocionalmente. El Barcelona jugaba esos partidos con la naturalidad de quien ya ha estado allí muchas veces. El Real Madrid lo hacía con la tensión de quien siente que cada final es histórica. Esa diferencia no se entrena en una semana. Se construye con tiempo, con derrotas y con frustración.
En Europa, el crecimiento ha sido más progresivo y, en cierto modo, más pedagógico. La UEFA Women’s Champions League se convirtió pronto en el espacio donde el Real Madrid entendió qué significa realmente la élite. Superar fases de grupos, competir eliminatorias, alcanzar cuartos y semifinales no fue fruto de la casualidad. Fue el resultado de un proceso de endurecimiento. Europa enseñó al equipo a sufrir lejos de casa, a sostener partidos largos, a convivir con la presión ambiental y a asumir que cada error se paga. El Emirates Stadium fue una de esas aulas duras. Allí, una Alessia Russo soberbia lideró al Arsenal hacia las semifinales, antes de que las londinenses sorprendieran al Barcelona en la final de Lisboa con un gol de Blackstenius en el minuto setenta y cuatro.
Para el Real Madrid, aquella eliminación fue otra lección más en el camino: en la élite continental no basta con competir bien, ni siquiera con competir mejor durante muchos minutos. Hay que ser implacable.
Y, sin embargo, pocos días antes de hincar la rodilla en territorio británico, el Real Madrid logró lo que durante años pareció imposible. Tumbar al Barcelona en la Liga F. Y hacerlo, además, a domicilio.
El 1-3 de Montjuïc, en marzo de 2025, no fue solo la primera victoria oficial del Real Madrid Femenino ante el Barça. Fue una ruptura narrativa. Un golpe simbólico. Una demostración de que el dominio no es eterno y de que la historia también se escribe rompiendo estadísticas. Aquel partido condensó todo el camino recorrido: la paciencia acumulada, las goleadas encajadas, la resistencia mental, la capacidad para saber sufrir cuando tocaba y golpear cuando se podía. Ganar en Montjuïc fue tan importante como alcanzar las cien victorias ligueras. Todo formaba parte del mismo proceso.
(Fuente: Getty imágenes)
A partir de ese día, el Clásico dejó de ser un muro infranqueable para convertirse en un desafío. Durante años, cada enfrentamiento con el Barcelona parecía una prueba de que el proyecto aún estaba lejos. Aquel 1-3 cambió la percepción interna y externa. El Real Madrid ya no jugó pensando en no perder, sino en ganar. Y esa diferencia mental es, muchas veces, la frontera entre competir y vencer.
Hoy, el Real Madrid Femenino puede mirar sus números con orgullo y, al mismo tiempo, con conciencia de lo que falta. Más de ciento catorce victorias en Liga F, presencia constante en la Champions, finales nacionales disputadas, un Clásico ganado, una identidad cada vez más reconocible. Pero también noches como Butarque, derrotas en Supercopa, aprendizajes europeos. Porque la historia no se mide solo en cifras, sino en contextos. En tardes que duelen y en noches que liberan.
(Fuente: Liga F Moeve)
Toda esta evolución ha estado sostenida por protagonistas que no siempre ocupan los focos, pero que han dado continuidad y sentido al proyecto. Liderazgos silenciosos, futbolistas constantes, jugadoras que han entendido el peso del escudo y lo han asumido sin estridencias.
El Real Madrid Femenino ha crecido alrededor de una idea clara: el bloque por encima de la individualidad, sin renunciar al talento diferencial para decidir partidos.
En sus primeros años quiso jugar como se espera que juegue el Real Madrid, dominando y atacando. Con el tiempo, entendió que la élite exige adaptabilidad. Hoy sabe jugar partidos abiertos y cerrados, defender en bloque bajo, salir rápido, dominar cuando puede y resistir cuando toca. Esa evolución táctica, no siempre lineal pero sí constante, es una de sus victorias silenciosas.
(Fuente: UEFA )
Por eso ya no se le puede juzgar como un proyecto emergente. Ya no vale con competir bien ni con llegar. Ahora toca ganar títulos. Pero cuando lleguen —porque llegarán— no se entenderán sin este camino. Sin Tacón. Sin Butarque. Sin las derrotas en Supercopa. Sin las noches europeas. Sin Montjuïc. Sin la victoria número cien. Porque este equipo ha aprendido algo esencial: que ganar es importante, pero saber perder es lo que te prepara para hacerlo cuando de verdad importa.
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El Real Madrid Femenino pertenece a ese grupo de equipos que no nacen sabiendo ganar, sino que aprenden a hacerlo mientras cargan con un apellido que no admite excusas. Ganar con este escudo nunca es solo ganar. Es demostrar, convencer y justificar cada paso. Y en ese equilibrio incómodo entre la exigencia histórica y la juventud del proyecto, el Real Madrid Femenino sigue escribiendo su historia desde la persistencia, no desde la épica inmediata.
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Y así, cuando el futuro llegue con sus desafíos y sus finales, este equipo lo hará con una certeza interior: que ha recorrido el camino largo, el difícil, el que no se salta etapas. Que ha aprendido a caer sin romperse y a levantarse con más conocimiento.
Y entonces, cuando el balón vuelva a rodar en una gran noche blanca, cuando el estadio contenga la respiración y el escudo pese como nunca, resonará algo más que la ambición.
Resonará la memoria y con ella, la esperanza eterna del madridismo, esa que dice que el final siempre puede ser glorioso, porque “como no te voy a querer, como no te voy a querer, si fuiste campeón de Europa una y otra vez”.
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Y cuando el camino vuelva a empinarse —porque siempre lo hace— el Real Madrid Femenino sabrá que ya ha estado ahí. Que ya caminó sin red, que ya perdió cuando dolía, que ya aprendió cuando nadie miraba. Que las cien victorias no son una meta, sino una prueba de resistencia superada. Que lo verdaderamente importante no es cuántas veces ganó, sino todo lo que fue capaz de sostener antes de hacerlo.
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Este equipo ya no corre detrás de la historia: la empuja. Con pasos aún jóvenes, sí, pero con una convicción adulta. Sabe que el escudo no promete facilidades, promete exigencia. Y que cada derrota asumida, cada noche europea sufrida, cada final perdida, ha sido una página necesaria para llegar hasta aquí.
(Fuente: Laliga)
Porque el Real Madrid no se explica solo por lo que conquista, sino por lo que insiste. Y este Real Madrid Femenino insiste. Insiste en competir, en volver, en levantarse sin ruido y en crecer sin atajos. Insiste en honrar un apellido que pesa, pero que también empuja.