◼️En un mundo donde los ídolos se miden por goles y trofeos, una criatura diminuta y aparentemente trivial irrumpió en el cosmos del FC Barcelona con la fuerza de un huracán: CAT, la mascota que no necesitó botas ni camisetas para convertirse en símbolo, fenómeno viral y objeto de deseo universal, cuyo peluche agotado se ha transformado en reliquia moderna, capaz de unir generaciones, redes sociales y la propia esencia de la ciudad condal bajo un mismo rugido de admiración.
El relato comienza en los silencios del Camp Nou, en esos pasillos donde el eco de los himnos se mezcla con el aroma del césped recién cortado. Allí nació CAT, no de un diseño accidental, sino de la obsesión por capturar la identidad de un club que no es solo un club, sino una forma de vida. Con ojos grandes y vivaces, pelaje que parecía fundirse con los colores blaugranas y una sonrisa que contenía todas las promesas del fútbol, CAT apareció primero en las ilustraciones digitales del Barça Foundation, como si alguien hubiera decidido que la historia del club necesitaba un guardián diminuto, una presencia que pudiera viajar más allá de los goles y los títulos, que pudiera posarse en los hombros de los más pequeños y en los brazos de los veteranos, uniendo a todos con un gesto silencioso pero poderoso: “esto es Barça”.
El fenómeno no tardó en estallar. CAT se deslizó por las redes con la misma agilidad con la que un delantero escapa de la marca. En TikTok, en Instagram, en todas las plataformas posibles, los aficionados comenzaron a replicar su imagen, dibujar sus aventuras, inventar relatos donde la mosca —o gato, según la imaginación— no solo observaba el fútbol, sino que participaba de él. Cada meme, cada animación, cada fan art aumentaba su estatura simbólica. No había partido que no la mencionara; no había campaña publicitaria que no intentara tocar su aura, pero CAT ya pertenecía a la comunidad, un ídolo autoimpuesto, un espíritu que no podía comprarse con dinero.
Y sin embargo, el dinero llegó. Porque cuando el peluche oficial de CAT salió a la venta, ocurrió algo que los mercadólogos sueñan pero raramente ven: se agotó en minutos. Desde la Barça Store online hasta las tiendas físicas en Barcelona, nadie podía tocarlo sin ver la palabra mágica: agotado. En la narrativa de CAT, el peluche dejó de ser un simple objeto; se transformó en talismán, en reliquia moderna, en objeto de deseo que hacía latir más rápido el corazón de los coleccionistas, los niños que soñaban con él y los adultos que recordaban su primer partido en el Camp Nou. Algunos acudían a reventas, donde los precios, inflados por la escasez, parecían acercarse al valor de un pequeño tesoro: entre 90 y 100 € para quien quisiera poseerlo, y aún así, la gente hacía cola virtualmente, como si fuera la entrada para ver a Messi en su mejor época, esperando, con la respiración contenida, que CAT les concediera un pedazo de magia blaugrana.
Pero CAT no es solo un peluche; es la metáfora de un Barça que se reinventa constantemente. En cada gesto, en cada imagen compartida, se percibe la identidad de un club que respira historia y modernidad a la vez. CAT representa el ingenio catalán, la elegancia urbana y la pasión deportiva; simboliza que en un estadio lleno de gritos y banderas, también hay espacio para la ternura y la creatividad. Y quizá, eso sea lo que ha llevado a la mascota a trascender la simple función de entretenimiento: no es solo una figura, sino un puente entre generaciones, un hilo conductor que conecta la nostalgia de quienes crecieron con Cruyff con la emoción de quienes descubren a Xavi y Pedri, una mosca diminuta que vuela entre los recuerdos y los sueños de millones de aficionados.
en los primeros destellos CAT había surgido como un simple símbolo, ahora ya se erguía como un héroe mítico, capaz de atravesar generaciones y fronteras con la misma naturalidad con la que el Barça atraviesa la historia del fútbol. No era necesario que hablara ni que se moviera: su sola presencia evocaba recuerdos, sueños y emociones acumuladas durante décadas. Para los aficionados más jóvenes, CAT era la puerta de entrada a un mundo lleno de pasión y narrativas que hablaban de superación, identidad y orgullo. Para los veteranos, era el reflejo de una tradición que seguía viva, transformada y adaptada al ritmo de los tiempos modernos, donde las redes sociales y la viralidad se convirtieron en nuevos estadios donde se libran batallas silenciosas, pero igual de emocionantes que cualquier clásico del Camp Nou.
El peluche oficial, agotado y casi inalcanzable, era el artefacto que concentraba toda esa energía. No era un objeto cualquiera; era un testigo material de la leyenda. Aquellos que lograban tenerlo entre sus manos lo percibían como un símbolo de privilegio y cercanía con el club, como si sostenerlo fuera tocar un fragmento del espíritu del Barça. Cada hilo de su pelaje, cada detalle de sus ojos y su expresión contenían historia, imaginación y afecto. En los hogares de los aficionados, el peluche se erguía como un guardián silencioso de la identidad blaugrana: lo observaba todo, recordaba goles imposibles, noches de gloria, abrazos compartidos y lágrimas de derrota, mientras los colores blaugrana se desplegaban en cada rincón.
La viralidad de CAT no solo dependía de su diseño o su merchandising. Su fuerza residía en la manera en que se insertaba en la narrativa personal de cada aficionado. Las historias que surgían alrededor de él eran innumerables: padres que le contaban a sus hijos cómo CAT los acompañaba en sus primeras visitas al estadio; jóvenes que compartían fotos de sus peluches junto a camisetas firmadas; creadores que reinterpretaban su figura en ilustraciones y animaciones, convirtiéndolo en un protagonista de relatos propios que circulaban por Instagram, TikTok y Twitter. Cada publicación, cada historia, alimentaba un mito colectivo que ya no pertenecía únicamente al FC Barcelona, sino a todos aquellos que sentían que su vida de alguna manera estaba marcada por él.
El fenómeno alcanzaba dimensiones casi literarias cuando se observaba desde la perspectiva cultural. CAT no era solo un ícono comercial ni una mascota simpática; era un símbolo de pertenencia, un punto de encuentro entre tradición y modernidad. Su figura aparecía en murales urbanos, en ilustraciones de artistas locales, en stickers que adornaban las paredes de la ciudad, y hasta en intervenciones artísticas dentro del Camp Nou. Barcelona, ciudad de creatividad y pasión, había adoptado a CAT como un emblema no oficial: un pequeño guardián que recorría la ciudad invisible, pero omnipresente, recordando a todos la importancia de la identidad, la memoria y la emoción compartida.
Incluso el hecho de que su peluche estuviera agotado reforzaba esta narrativa épica. La escasez no era un inconveniente, sino un elemento esencial de su leyenda. Cada vez que alguien conseguía uno, no solo adquiría un muñeco: obtenía un fragmento tangible de la mitología moderna del Barça. Los precios de reventa elevados eran un reflejo de la devoción y el valor simbólico que se le atribuía; no se trataba de un simple comercio, sino de la perpetuación de un mito que se construía colectivamente con cada transacción, cada historia y cada emoción compartida. Incluso la espera, el deseo y la frustración por no poder conseguirlo formaban parte de la experiencia narrativa: un rito moderno que transformaba lo material en leyenda.
Lo más fascinante es que CAT lograba algo que pocas mascotas consiguen: su historia trascendía lo deportivo para convertirse en mito urbano y cultural. Era un puente entre generaciones, entre recuerdos y sueños, entre lo tangible y lo digital. Cada aficionado que lo contemplaba, lo sostenía o simplemente lo veía en redes sentía que formaba parte de algo más grande: un relato épico que conectaba la historia de un club centenario con la emoción cotidiana de millones de personas. CAT no necesitaba ganar títulos ni marcar goles para ser recordado; su grandeza residía en su capacidad de evocar emociones universales, de conectar lo personal con lo colectivo, y de transformar un objeto diminuto en un símbolo de pertenencia y orgullo.
El relato de CAT continuaba expandiéndose a medida que nuevos aficionados lo descubrían, lo compartían y lo reinterpretaban. Su peluche agotado se convirtió en un talismán de la memoria, un guardián de la pasión y un recordatorio constante de que el Barça no es solo un club de fútbol, sino una experiencia compartida que se transmite de generación en generación. Cada historia de alguien que poseía el peluche o lo buscaba con devoción añadía un capítulo a la leyenda, reforzando la idea de que, en el corazón blaugrana, incluso lo más pequeño puede convertirse en un héroe inmortal.
En el horizonte de la ciudad condal, donde las sombras del Camp Nou se alargan al caer la tarde y los murmullos de las victorias pasadas se mezclan con los sueños del futuro, CAT se alza como un guardián silencioso. Su figura, diminuta pero poderosa, es ahora más que un simple personaje: es mito, relato y emblema de una pasión que trasciende el tiempo. Cada aficionado que lo mira, que lo sostiene o que simplemente conoce su historia, participa de un ritual colectivo que convierte la emoción en memoria, y la memoria en leyenda.
El peluche agotado, codiciado hasta el límite, se ha transformado en un artefacto casi sagrado, capaz de despertar la nostalgia de quienes vieron nacer al Barça moderno y la ilusión de quienes descubren el club en el presente. Su ausencia en las estanterías de la Barça Store solo refuerza la idea de que no se trata de un objeto común: es un símbolo de pertenencia y deseo, un vínculo tangible entre la historia del club y los sueños individuales. Los precios de reventa, elevados y fluctuantes, no disminuyen su valor emocional; al contrario, lo aumentan, recordando que la verdadera grandeza no se mide solo en dinero, sino en capacidad de inspirar y unir.
Pero CAT no se limita al peluche. Su influencia se extiende por la narrativa digital y urbana: vídeos virales, ilustraciones callejeras, memes que cruzan continentes y generaciones. En cada publicación, en cada historia, CAT refuerza su papel como héroe colectivo. Su figura puede ser pequeña, pero su presencia es omnipresente: observa partidos, acompaña a los aficionados en sus casas, en los viajes, en los estadios, como si flotara entre la realidad y el mito, siempre recordando que la grandeza puede existir incluso en lo más diminuto.
Los relatos que surgen alrededor de CAT son infinitos. Niños que sueñan con abrazarlo mientras cuentan goles, jóvenes que lo incluyen en fotografías con amigos como amuleto de suerte, adultos que lo atesoran como recuerdo de épocas pasadas. Cada uno de estos relatos añade un capítulo a su leyenda, y cada historia compartida refuerza la idea de que CAT no es simplemente una mascota: es el espíritu del Barça materializado, una conexión entre el club y sus seguidores que va mucho más allá de lo que cualquier trofeo podría ofrecer.
Incluso en los rincones donde no hay fútbol, CAT deja su marca. En murales, ilustraciones urbanas, stickers en paredes del Born y del Raval, su figura es testimonio de un fenómeno cultural que trasciende los límites del deporte. Cada aparición fortalece su aura, recordando a los aficionados que la pasión blaugrana no se mide en goles o títulos, sino en los símbolos que logran unir emociones, generaciones y lugares. En cada hilo del peluche, en cada trazo de ilustración, se percibe la historia de un club que sabe que la verdadera magia está en los detalles, en los gestos y en los recuerdos compartidos.
El peluche de CAT, aunque agotado, sigue siendo buscado, amado y venerado. No importa que no todos puedan poseerlo: su existencia, aunque intangible para muchos, es suficiente para mantener vivo un mito. Cada publicación en redes, cada historia de fans, cada ilustración urbana refuerza la narrativa: CAT es el héroe que no necesita anotar goles para ser recordado, que no necesita títulos para ser admirado. Su grandeza reside en su capacidad de unir, emocionar e inspirar, en su forma de aparecer en la memoria colectiva de millones de personas como un símbolo de alegría, pertenencia y pasión por el Barça.
En última instancia, CAT es más que un personaje. Es el reflejo de la identidad blaugrana, una metáfora de cómo la grandeza puede surgir de lo pequeño y cómo la pasión puede convertir un peluche en mito. Su historia nos recuerda que la emoción compartida, la creatividad y el afecto son los verdaderos motores de la leyenda, y que, incluso en un mundo saturado de ídolos y estrellas, una criatura diminuta puede conquistar el corazón de todos y trascender el tiempo, el espacio y la propia realidad.
Así, la mosca que nunca voló en los campos de fútbol se transforma en héroe inmortal, y el peluche agotado que algún día fue simple objeto se convierte en símbolo eterno de un club, una ciudad y una pasión que nunca se extingue. Cada mirada, cada abrazo y cada historia contada acerca de CAT confirma lo evidente: la verdadera leyenda no se mide por trofeos ni títulos, sino por la capacidad de hacer latir más fuerte el corazón de quienes creen, sueñan y aman. Y en ese sentido, CAT ya ha ganado todo.
así, mientras los últimos rayos del sol acarician las gradas vacías del Camp Nou y la ciudad de Barcelona se viste con los colores blaugrana, CAT permanece vigilante, diminuto pero eterno, observando cómo generaciones de aficionados se enamoran, se emocionan y sueñan con él. No necesita goles para ser recordado ni trofeos para ser venerado; su grandeza reside en su capacidad de unir historias, emociones y corazones a través del tiempo. Cada mirada que se posa sobre su figura, cada abrazo que alguien le da, cada historia que se comparte en redes o en una charla entre amigos, confirma que CAT no es solo una mascota: es un héroe inmortal, un símbolo que vuela entre la realidad y la leyenda.
El peluche oficial, la materialización de este mito, es ahora objeto de deseo supremo. Originalmente lanzado por la Barça Store a un precio de 34,99 €, se agotó en minutos debido a la intensidad de la demanda. Su escasez no disminuye su poder, sino que lo amplifica: cada ejemplar es un fragmento tangible de la historia blaugrana, un talismán que conecta a quien lo sostiene con toda la pasión y creatividad que CAT representa. Actualmente, para quienes buscan hacerse con él, la vía oficial sigue siendo la Barça Store online y las tiendas físicas del club, donde se puede consultar la disponibilidad y las reposiciones futuras. Para quienes no logran adquirirlo allí, existen mercados de segunda mano y plataformas de reventa, donde los precios pueden oscilar entre 90 y 100 € o incluso más, dependiendo del estado y la demanda. Cada intento de conseguirlo, cada espera y cada historia compartida refuerza su aura mítica: no es solo un peluche, es la encarnación de un sueño blaugrana.
Así, CAT sigue su vuelo invisible sobre la ciudad y los corazones de millones. No importa dónde estés, su presencia se siente en cada gesto de orgullo, en cada cántico en las gradas, en cada relato que une a padres e hijos, jóvenes y veteranos, locales y aficionados de todo el mundo. El mito de CAT y su peluche oficial nos recuerda que la verdadera grandeza puede surgir de lo diminuto, que la pasión no se mide en trofeos sino en emociones compartidas, y que un héroe no necesita ser gigante para ser eterno.
El FC Barcelona presentó oficialmente el pasado 4 de diciembre el nuevo peluche CAT, la mascota que se ha convertido en el último producto estrella del club. El acto tuvo lugar en el Museo Inmersivo del Barça, donde los invitados, pudieron ver por primera vez el diseño final del muñeco que aspira a convertirse en el regalo blaugrana más buscado en los últimos tiempos.
peluche es una replica de la mascota del 125º aniversario de la entidad culé, vestido precisamente con la equipación que lució el equipo de Pere Romeu la temporada pasada para la efeméride del club azulgrana.
El peluche CAT tiene un precio único de 34,99 euros. No existen versiones en diferentes tamaños ni modelos alternativos: el club ha optado por lanzar una sola versión oficial.
Al final, sostener el peluche de CAT no es simplemente poseer un objeto: es abrazar una leyenda, sentir la vibración de toda una ciudad y un club, y convertirse en parte de una historia que seguirá creciendo mientras el Barça y sus aficionados existan. Y en esa dimensión, la mosca más diminuta de Barcelona se transforma en símbolo eterno de un corazón que late blaugrana, siempre, para siempre.
La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ha considerado que la celebración de la séptima edición de la Supercopa de España Iberdrola, que se llevó el Fútbol Club Barcelona al derrotar al Real Madrid por 2-0 en la gran final, fue un éxito y redobla su apuesta.
📍 España inicia en Castellón el camino hacia la Copa Mundial Femenina de Brasil.
➡️ La @SEFutbolFem se medirá a Islandia el martes 3 de marzo, en el 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗱𝗶𝗼 𝗖𝗮𝘀𝘁𝗮𝗹𝗶𝗮, en el primer partido de la fase de clasificación.
— Selección Española Femenina de Fútbol (@SEFutbolFem) January 26, 2026
El ente que preside Rafael Louzán quiere que la Selección Española de Fútbol, actual subcampeona se Europa, abra su camino hacia la Copa del Mundo en ese mismo escenario, léase, Castellón.
El camino hacia la próxima Copa Mundial Femenina de Fútbol de Brasil comenzará oficialmente en Castellón de la Plana. La Selección española femenina iniciará su andadura en la fase de clasificación mundialista en el estadio SkyFi Castalia, que se convertirá en el epicentro del fútbol femenino internacional el próximo martes 3 de marzo, a las 19:00 horas, con el primer compromiso del combinado nacional en el Grupo C ante Islandia.
Este encuentro inaugural de la fase clasificatoria supone mucho más que un simple partido. Representa el inicio de un nuevo ciclo competitivo, una nueva hoja de ruta marcada por la ambición deportiva, la continuidad del proyecto y la consolidación de España como una de las grandes potencias del fútbol femenino mundial.
La elección de Castellón como sede no es casual, sino el resultado de una estrecha y fructífera colaboración institucional entre la Real Federación Española de Fútbol, la Generalitat Valenciana, el Ayuntamiento de Castellón de la Plana y la Federación de Fútbol de la Comunidad Valenciana, todas ellas alineadas en el objetivo común de impulsar y visibilizar el fútbol femenino al más alto nivel.
El estadio SkyFi Castalia volverá a vestirse de gala para acoger a la Selección española en un momento clave del calendario internacional. El recinto castellonense, que en los últimos años se ha consolidado como un escenario fiable para grandes citas deportivas, será testigo del arranque de una fase de clasificación que se presenta exigente, competitiva y de enorme nivel futbolístico.
España comparte el Grupo C con Inglaterra, Ucrania e Islandia, un cuarteto que anticipa duelos de alta intensidad y máxima exigencia. En este contexto, comenzar la competición con una victoria se antoja fundamental para marcar territorio desde el primer día y enviar un mensaje claro al resto de rivales: la Selección española quiere volver a estar entre las mejores selecciones del planeta y no está dispuesta a ceder terreno en su camino hacia Brasil.
El enfrentamiento ante Islandia corresponde a la primera de las seis jornadas de la fase de grupos, un formato que obliga a la regularidad, la concentración y la gestión inteligente de esfuerzos a lo largo de varios meses de competición. Cada punto cuenta, cada partido tiene un peso específico y cada error puede resultar determinante en la lucha por el billete mundialista.
Un rival exigente para una prueba inicial de nivel Islandia se presenta como un rival incómodo, físico y disciplinado, habitual en las grandes citas internacionales y con una identidad futbolística muy definida. El conjunto nórdico ha construido su crecimiento en base a la solidez defensiva, el juego directo y la competitividad en cada duelo, lo que convierte este primer partido en una prueba de madurez para la Selección española.
Para España, el duelo ante Islandia será una oportunidad para poner en práctica los automatismos trabajados en las últimas concentraciones, afianzar su modelo de juego y comenzar a construir una clasificación que exige excelencia desde el primer minuto. No hay margen para la relajación ni para los experimentos: el objetivo es claro y pasa por sumar los primeros tres puntos ante su afición.
España regresa como campeona de la UEFA Women’s Nations League La Selección española vuelve a la escena internacional tras un hito histórico reciente: la conquista de la UEFA Women’s Nations League, lograda el pasado mes de diciembre. Este título no solo supuso un nuevo éxito para el palmarés del fútbol femenino español, sino que reafirmó la solidez del proyecto deportivo y la capacidad del equipo para competir y ganar ante las mejores selecciones de Europa.
Ese triunfo ha reforzado la confianza del grupo, ha elevado el nivel de exigencia interna y ha incrementado la ilusión de una afición que se ha acostumbrado a ver a su Selección competir por todo. El arranque de la clasificación mundialista llega, por tanto, en un momento emocionalmente positivo, pero también cargado de responsabilidad: ahora toca refrendar ese estatus en un torneo largo y complejo.
este partido inaugural consolida a la ciudad como un referente del fútbol femenino nacional. En los últimos años, el estadio SkyFi Castalia ha demostrado su capacidad organizativa y su idoneidad para albergar grandes eventos, tanto por infraestructuras como por respuesta social.
Hace apenas unos días, el propio SkyFi Castalia acogía con notable éxito la Supercopa Iberdrola, en un evento que dejó imágenes de gradas llenas, ambiente festivo y una organización a la altura de las mejores competiciones nacionales. Aquella cita fue una muestra inequívoca del compromiso de Castellón con el crecimiento del fútbol femenino y de la conexión existente entre la afición y este deporte.
Este nuevo partido internacional refuerza esa línea de trabajo y sitúa de nuevo a la ciudad en el mapa del fútbol femenino europeo, convirtiéndola en punto de encuentro entre la élite deportiva y una ciudadanía cada vez más implicada.
Un evento para la afición y para el futuro El encuentro ante Islandia será, además, una oportunidad única para la afición castellonense de animar de cerca a la Selección española en un momento clave de su trayectoria. El fútbol femenino vive una etapa de crecimiento sostenido, tanto en visibilidad como en seguimiento, y este tipo de partidos contribuyen de manera decisiva a fortalecer ese vínculo entre la Selección y el territorio.
Para muchas niñas y jóvenes, ver a las internacionales españolas en directo supone un estímulo, un referente y una fuente de inspiración. Para la ciudad, es una oportunidad de proyectar una imagen moderna, comprometida y alineada con los valores del deporte y la igualdad.
Un nuevo reto con la mirada puesta en Brasil Con este primer compromiso en SkyFi Castalia, la Selección española inicia un nuevo reto internacional con un objetivo inequívoco: clasificarse para la Copa Mundial Femenina de Fútbol de Brasil y volver a competir entre las mejores selecciones del mundo. El camino será largo, exigente y lleno de desafíos, pero también ilusionante.
Castellón será el punto de partida de una travesía que aspira a culminar en Brasil, y el partido ante Islandia marcará el primer capítulo de una historia que España quiere escribir con ambición, talento y compromiso.
Grupo C de la fase de clasificación para la Copa Mundial Femenina de Fútbol de Brasil se perfila como uno de los más competitivos del panorama europeo. España deberá medirse a Inglaterra, Ucrania e Islandia, tres selecciones con perfiles distintos, estilos de juego contrastados y trayectorias internacionales consolidadas, lo que obligará al combinado español a mantener un nivel de rendimiento alto y sostenido durante toda la fase.
Inglaterra, actual campeona de Europa y una de las grandes potencias históricas del fútbol femenino, se presenta como el rival de mayor entidad del grupo. Su experiencia en grandes torneos, su profundidad de plantilla y su fortaleza competitiva convierten cada enfrentamiento ante las “Lionesses” en un desafío de primer nivel. Los duelos entre España e Inglaterra se han consolidado en los últimos años como auténticos clásicos del fútbol femenino europeo, con partidos de enorme intensidad táctica, ritmo elevado y máxima exigencia emocional.
Ucrania, por su parte, representa un rival en crecimiento, con un bloque joven, dinámico y en constante evolución. Aunque no parte como favorita, su capacidad para competir y su carácter combativo la convierten en una selección peligrosa, especialmente en partidos cerrados y contextos de alta presión.
Islandia completa el grupo con un perfil muy definido: orden táctico, fortaleza física, disciplina colectiva y un alto grado de competitividad. La selección islandesa ha sido habitual en fases finales de Eurocopas y Mundiales, y su experiencia en este tipo de escenarios la convierte en un rival incómodo, capaz de penalizar cualquier error.
En este contexto, la fase de clasificación exige a España no solo talento, sino también regularidad, madurez competitiva y capacidad de gestión de los diferentes escenarios que se presenten a lo largo del calendario.
La fase de clasificación se estructura en seis jornadas, con partidos de ida y vuelta frente a cada rival del grupo. Este formato obliga a las selecciones a mantener un nivel alto durante varios meses, combinando compromisos internacionales con calendarios de clubes cada vez más exigentes.
Para España, cada partido será determinante. El margen de error es mínimo y cualquier tropiezo puede condicionar el desenlace del grupo. De ahí la importancia estratégica de comenzar la fase con una victoria en casa, ante Islandia, que permita sumar confianza, tranquilidad y una primera ventaja clasificatoria.
El partido del 3 de marzo en SkyFi Castalia no solo abre el calendario, sino que marca el tono competitivo de todo el proceso. Ganar en el estreno refuerza el mensaje interno y externo de que España afronta esta clasificación con determinación y ambición.
🏆 Fase clasificación para la Copa del Mundo Brasil 2027
“La Roja” afronta este nuevo ciclo mundialista desde una posición de madurez deportiva. Lejos quedan los años de crecimiento inicial y aprendizaje. España se ha consolidado como una selección competitiva, reconocida internacionalmente por su modelo de juego, su apuesta por el talento técnico y su capacidad para dominar los partidos a través de la posesión y la inteligencia táctica.
La reciente conquista de la UEFA Women’s Nations League, lograda en diciembre, supuso un punto de inflexión. No solo por el título en sí, sino por la forma en la que se alcanzó: superando a rivales de máximo nivel, gestionando escenarios complejos y demostrando una notable solidez colectiva.
Ese éxito ha reforzado la identidad del equipo y ha generado una continuidad natural hacia la fase de clasificación mundialista. El reto ahora es trasladar ese rendimiento a un torneo largo, donde la regularidad es tan importante como el brillo puntual.
La elección de Castellón de la Plana como sede del partido inaugural no es un hecho aislado, sino parte de una estrategia más amplia de descentralización y proximidad de la Selección con el territorio. La Comunitat Valenciana se ha consolidado en los últimos años como un espacio comprometido con el desarrollo del fútbol femenino, tanto a nivel institucional como social.
La colaboración entre la Real Federación Española de Fútbol, la Generalitat Valenciana, el Ayuntamiento de Castellón de la Plana y la Federación de Fútbol de la Comunidad Valenciana ha sido clave para que este encuentro sea una realidad. Esta sinergia institucional refuerza el papel del fútbol femenino como herramienta de cohesión social, proyección territorial y promoción del deporte en igualdad.
SkyFi Castalia se ha convertido en un símbolo de esta apuesta. Su modernización, su ubicación estratégica y su experiencia reciente en grandes eventos lo posicionan como un escenario idóneo para partidos de carácter internacional.
celebración de la Supercopa Iberdrola en SkyFi Castalia, con apenas unos días de diferencia respecto a este partido internacional, ha dejado una huella significativa. El estadio respondió con solvencia organizativa, las gradas ofrecieron una imagen de apoyo masivo y el evento reforzó la percepción de Castellón como una ciudad preparada para acoger grandes citas del fútbol femenino.
Ese precedente inmediato aporta valor añadido al partido de la Selección. La experiencia reciente, la implicación del público y la visibilidad mediática generada sitúan este encuentro en un contexto favorable, tanto a nivel deportivo como institucional.
Además, la repetición de grandes eventos en un mismo escenario contribuye a crear una cultura futbolística específica, en la que la afición identifica el estadio como un lugar de referencia para el fútbol femenino de élite.
Uno de los elementos clave de este partido será, sin duda, el papel de la afición. La presencia del público en SkyFi Castalia no solo supone un apoyo emocional para la Selección, sino también un factor competitivo relevante. Jugar en casa, con el respaldo de las gradas, puede marcar la diferencia en partidos de máxima igualdad.
Para la afición castellonense, este encuentro representa una oportunidad excepcional de ver en directo a algunas de las mejores futbolistas del mundo, en un contexto oficial y decisivo. Para muchas familias, niñas y jóvenes deportistas, será una experiencia formativa y motivadora, que refuerza el vínculo entre la élite y la base del fútbol femenino.
El crecimiento del seguimiento social del fútbol femenino en España tiene en este tipo de partidos uno de sus pilares fundamentales. La cercanía, la identificación y la posibilidad de vivir el evento en primera persona contribuyen a consolidar una afición cada vez más amplia y comprometida.
El camino hacia Brasil comienza en Castellón, pero su horizonte es global. La Copa Mundial Femenina representa el máximo escenario competitivo del fútbol femenino y estar presente en ella es un objetivo irrenunciable para una selección que ha demostrado estar preparada para competir al más alto nivel.
El partido ante Islandia es el primer paso de una travesía que exigirá esfuerzo, concentración y compromiso colectivo. Cada convocatoria, cada desplazamiento y cada partido formarán parte de un proceso que España quiere culminar con éxito.
SkyFi Castalia será el punto de partida, el lugar donde se active oficialmente la maquinaria mundialista. Castellón quedará así vinculada al inicio de un nuevo capítulo en la historia reciente de la Selección española femenina, un capítulo que aspira a escribirse con ambición, competitividad y la mirada fija en Brasil.
recorrido de la Selección española femenina en las fases de clasificación para la Copa Mundial es, en sí mismo, un reflejo del crecimiento estructural del fútbol femenino en España. Durante décadas, el acceso a los grandes torneos internacionales fue un desafío complejo, condicionado por la falta de profesionalización, recursos limitados y una menor experiencia competitiva frente a selecciones con una tradición más consolidada.
Sin embargo, en los últimos ciclos mundialistas, España ha dado un salto cualitativo evidente. La mejora en la formación de base, el fortalecimiento de la liga nacional, la irrupción de generaciones de futbolistas con una preparación técnica y táctica sobresaliente y la estabilidad del proyecto federativo han permitido a la Selección competir con regularidad en las fases finales de los grandes torneos.
Las últimas clasificaciones mundialistas se han caracterizado por una mayor consistencia en el rendimiento, una capacidad creciente para gestionar partidos decisivos y una mentalidad competitiva alineada con los estándares de la élite internacional. En ese contexto, el inicio del camino hacia Brasil no se plantea como una incógnita, sino como la continuación natural de un proceso de consolidación.
España ya no compite para aprender; compite para ganar, para liderar grupos exigentes y para asumir la responsabilidad que conlleva ser una de las selecciones de referencia del fútbol femenino europeo.
En cualquier fase de clasificación, el primer partido tiene un valor simbólico y estratégico que va más allá de los tres puntos. Marca el tono del grupo, define el estado emocional del equipo y condiciona la percepción externa del proyecto.
El duelo ante Islandia en SkyFi Castalia representa ese primer examen. No solo desde el punto de vista futbolístico, sino también desde la capacidad del equipo para gestionar expectativas, asumir el rol de favorito y responder ante su afición. La Selección española llega a este encuentro con el cartel de campeona de la UEFA Women’s Nations League y con la etiqueta de candidata natural a liderar el grupo, una condición que exige responsabilidad y madurez.
Comenzar con una victoria permitiría a España afrontar las siguientes jornadas con mayor margen de maniobra, pero también reforzaría la confianza interna y la conexión con el entorno. En un grupo tan exigente, cada detalle cuenta desde el inicio.
enfrentamiento entre España e Islandia se ha convertido en los últimos años en un duelo habitual dentro del panorama europeo. Ambos combinados se han cruzado en distintas competiciones y contextos, ofreciendo partidos de perfiles muy definidos: el dominio técnico y posicional de España frente a la disciplina táctica y el despliegue físico del conjunto islandés.
Islandia ha demostrado históricamente ser un rival capaz de competir de tú a tú durante largos tramos del partido, obligando a España a desplegar paciencia, precisión y una circulación de balón fluida para encontrar espacios. Estos antecedentes convierten el partido del 3 de marzo en una prueba ideal para medir el estado competitivo de la Selección en el inicio de la clasificación.
No se trata de un rival desconocido ni de un estreno amable. Precisamente por eso, el encuentro adquiere un valor añadido como test de nivel real.
El partido en SkyFi Castalia trasciende lo estrictamente deportivo. Su impacto se extiende al ámbito social, institucional y mediático, reforzando el papel del fútbol femenino como motor de visibilidad y transformación.
Desde el punto de vista mediático, el inicio de la clasificación mundialista genera un interés creciente, tanto a nivel nacional como internacional. La presencia de España como campeona de la Nations League añade un atractivo adicional, situando el foco sobre el rendimiento del equipo y su evolución en este nuevo ciclo.
A nivel social, el evento refuerza la normalización del fútbol femenino como espectáculo de primer nivel, capaz de llenar estadios, generar audiencias y movilizar a la ciudadanía. Para Castellón, supone una oportunidad de proyección, posicionándose como una ciudad comprometida con el deporte femenino y preparada para acoger eventos de alto impacto.
Uno de los aspectos más relevantes de este tipo de partidos es su capacidad para conectar la élite con el fútbol base. La presencia de la Selección española en Castellón no solo atrae a aficionados, sino también a clubes, escuelas y jóvenes futbolistas que ven en este evento una referencia directa de hasta dónde puede llegar el fútbol femenino.
La Comunitat Valenciana cuenta con una red creciente de clubes y programas de desarrollo del fútbol femenino, y la celebración de partidos internacionales actúa como catalizador de ese crecimiento. Ver a la Selección en directo refuerza vocaciones, impulsa la participación y consolida el fútbol femenino como una opción deportiva real y atractiva.
En este sentido, SkyFi Castalia se convierte en un espacio simbólico, donde confluyen presente y futuro, élite y base, competición y formación.
El partido ante Islandia es solo el primero de una serie de compromisos que se extenderán a lo largo de los próximos meses. La gestión del calendario será uno de los factores clave del éxito en esta fase de clasificación.
La acumulación de partidos, los desplazamientos internacionales y la convivencia con las competiciones de clubes obligan a una planificación minuciosa. En este escenario, la profundidad de plantilla, la rotación inteligente y la capacidad para mantener el nivel competitivo serán determinantes.
España afronta este reto con una base sólida y una estructura cada vez más profesionalizada, pero la exigencia del Grupo C no permite relajaciones. Cada convocatoria, cada concentración y cada partido forman parte de una estrategia global cuyo objetivo final es Brasil.
El inicio del camino mundialista en Castellón tiene una carga simbólica especial. No solo por el escenario, sino por el momento histórico que vive la Selección española femenina. España ya no es una aspirante; es una realidad consolidada que quiere seguir creciendo y compitiendo al máximo nivel.
El partido del 3 de marzo en SkyFi Castalia será el punto de partida de un proceso largo, exigente y apasionante. Castellón quedará vinculada para siempre al arranque de esta nueva aventura, como la ciudad que vio dar el primer paso hacia Brasil.
La Selección española inicia este reto con ambición, responsabilidad y la convicción de que el trabajo realizado en los últimos años debe traducirse en una nueva presencia mundialista. El camino comienza aquí, ante su gente, en un estadio preparado para la ocasión y con un objetivo claro en el horizonte.
así, en Castellón de la Plana, donde el Mediterráneo acompaña la memoria del fútbol y el estadio SkyFi Castalia se erige como escenario de grandes noches, comienza una nueva travesía para la Selección española femenina. No es un punto de partida cualquiera: es el inicio de un camino que exige excelencia, compromiso y una fe inquebrantable en el trabajo colectivo. Cada pase, cada presión, cada decisión tomada sobre el césped formará parte de una narrativa que aspira a culminar en Brasil, en el mayor escaparate del fútbol mundial.
España arranca este viaje consciente de lo que representa. Porta el peso de los éxitos recientes, la responsabilidad de un proyecto consolidado y la ilusión de una generación que ha aprendido a competir sin complejos. Pero también lleva consigo algo más profundo: el respaldo de una afición que ha crecido junto al equipo, de un país que ha hecho del fútbol femenino un motivo de orgullo y de unas instituciones que han entendido que el progreso se construye con hechos, no solo con palabras.
Castellón no será solo una sede; será memoria. Será el lugar donde se encendió la primera llama de la clasificación mundialista, donde la grada empujó, donde el balón empezó a rodar con destino a Brasil. Aquí se escribe el primer párrafo de una historia que aún no conoce su final, pero que ya tiene claro su propósito: competir, creer y volver a situar a España entre las mejores selecciones del mundo.
Porque los grandes objetivos no se alcanzan de golpe. Se construyen paso a paso, partido a partido, ciudad a ciudad. Y este primer paso, firme y decidido, se da en SkyFi Castalia. Desde Castellón al mundo. Desde el presente al futuro. Con ambición, con identidad y con la convicción de que el camino es tan importante como la meta.
Aquí empieza todo. Aquí comienza, de nuevo, el sueño mundialista.
La noticia irrumpe como un relámpago en mitad del calendario internacional, con la fuerza de los anuncios que no solo informan, sino que marcan territorio, fijan memoria y anticipan historia. La selección española femenina de fútbol regresará a la acción competitiva el próximo 3 de marzo, y lo hará en Castellón, frente a Islandia, en un encuentro correspondiente a la clasificación para el Mundial femenino de 2027.
Un partido que no es uno más. Un duelo que no es una simple fecha subrayada en rojo. Es una declaración de intenciones. Y es, también, el fruto del periodismo bien ejercido, del que persigue, contrasta y comunica con rigor y pasión. Así lo adelantó Andrea Peláez, periodista zamorana, voz autorizada del fútbol femenino en España, profesional que lleva años narrando esta revolución desde dentro, sin ruido, sin atajos y con una credibilidad que hoy resulta incontestable.
España vuelve a competir. España vuelve a casa. España vuelve a mirar al futuro con la convicción de quien ya no pide permiso para estar entre las grandes, sino que exige respeto por derecho propio. Castellón será el escenario de un nuevo capítulo de una selección que ha aprendido a convivir con la excelencia, con la presión y con la responsabilidad de representar no solo a un equipo, sino a toda una generación de futbolistas que han cambiado la historia del deporte español. El choque ante Islandia se enmarca en el camino hacia el Mundial de 2027, una cita que ya se vislumbra en el horizonte como el siguiente gran reto de una selección que ha conquistado Europa, que ha alcanzado la cima del fútbol mundial y que ahora se enfrenta al desafío más complejo de todos: sostener la grandeza.
Islandia no es un rival cualquiera. Nunca lo ha sido. Es una selección forjada en la resistencia, en el orden, en la disciplina táctica y en una identidad competitiva que la ha convertido en un adversario incómodo para cualquiera. Cada enfrentamiento con el combinado islandés exige precisión, madurez y una lectura profunda del partido. España lo sabe. El cuerpo técnico lo sabe. Las futbolistas lo saben. Y la afición, cada vez más formada y exigente, también lo sabe. Por eso este partido no se presenta como un trámite, sino como una prueba de carácter, una oportunidad para reafirmar principios y una ocasión para seguir construyendo una narrativa que ya es patrimonio colectivo del deporte español.
El valor simbólico de Castellón como sede no es menor. El fútbol femenino internacional vuelve a desplegarse lejos de los grandes focos habituales, acercándose al territorio, a la afición de proximidad, a la España que ha acompañado este proceso desde la base, desde los campos modestos, desde las gradas humildes que hoy se llenan con orgullo. Cada partido de la selección femenina en suelo español es un acto de justicia histórica, un reconocimiento a quienes creyeron cuando creer era un ejercicio de fe. Castellón acogerá a una selección que ya no sorprende, que ya no irrumpe, que permanece.
En este contexto, el anuncio del partido adquiere una dimensión especial al estar firmado informativamente por Andrea Peláez, una de las periodistas que mejor ha entendido, explicado y dignificado el crecimiento del fútbol femenino en España. Su nombre no es casual en esta historia. No es accesorio. Es estructural. Andrea Peláez representa a una generación de profesionales que no llegaron al fútbol femenino por oportunidad, sino por convicción. Periodista formada, rigurosa, con una voz reconocible y una mirada profunda, ha sabido construir un relato que combina información, análisis y sensibilidad sin caer jamás en la condescendencia ni en el ruido superficial.
Desde Zamora, desde una tierra históricamente ajena a los grandes focos mediáticos, Andrea Peláez ha demostrado que el periodismo deportivo no depende del código postal, sino del compromiso, del trabajo diario y de una ética profesional innegociable. Su trayectoria es la de quien ha estado cuando no había cámaras, cuando las audiencias eran residuales y cuando contar estas historias requería algo más que micrófonos: requería creer. Hoy, cuando el fútbol femenino ocupa portadas, parrillas y debates, su figura se alza como una referencia respetada por clubes, jugadoras, federaciones y audiencias.
Que sea su firma la que anticipe este España–Islandia no es solo una noticia; es una constatación. Andrea Peláez no informa desde fuera: forma parte del ecosistema. Su trabajo ha contribuido a normalizar, a prestigiar y a elevar el relato del fútbol femenino a la categoría que siempre mereció. En un entorno mediático a menudo dominado por la urgencia y el titular fácil, su periodismo apuesta por el contexto, por la memoria y por el respeto a las protagonistas. Y eso, en un deporte que ha tenido que luchar contra el olvido, es un valor incalculable.
El partido del 3 de marzo será también un punto de encuentro entre generaciones. Las campeonas consolidadas, las líderes silenciosas, las jóvenes que empujan con fuerza y las que sueñan desde la grada compartirán un mismo escenario. Cada convocatoria, cada alineación y cada minuto sobre el césped forma parte de un proceso que va mucho más allá del resultado inmediato. España ya no compite solo para ganar partidos: compite para dejar legado.
La clasificación para el Mundial de 2027 exige regularidad, ambición y una lectura inteligente de cada ventana internacional.
No hay margen para la complacencia. Cada partido cuenta. Cada gol suma. Cada detalle importa. En ese contexto, Islandia aparece como una prueba de fuego temprana, una oportunidad para medir el pulso competitivo del equipo y para seguir afinando automatismos en un ciclo que apenas comienza a escribirse.
La expectación es máxima. La afición responde. Los medios especializados analizan. Y el fútbol femenino español sigue avanzando, consciente de que cada paso es observado, celebrado y también exigido. Este partido no es un punto de llegada, sino una estación más en un viaje que aún promete emociones, desafíos y conquistas.
Y en medio de todo ello, el periodismo cumple su función esencial: contar lo que ocurre, explicar por qué ocurre y otorgar sentido a lo que está por venir. Andrea Peláez encarna esa misión con una naturalidad que solo poseen quienes entienden su oficio como un servicio público. Su nombre, asociado a esta noticia, no es solo una firma: es una garantía.
El 3 de marzo de 2025 , Castellón será fútbol. Será la selección. Será clasificación mundialista. Será memoria y futuro.
🇪🇸Y por cierto, según sabemos en COPE, el partido que hoy ha anunciado Louzán que jugará la Selección Española femenina en Castalia será el de la J1 de Clasificación para el Mundial 2027:
Y será, también, una nueva prueba de que el fútbol femenino español ya no necesita reivindicarse: se narra, se analiza y se celebra como lo que es: élite, historia y presente.
Eva Navarro siempre ha sido una jugadora especial. Con un regate endiablado y un gran centro, entiende el juego y además tiene gol, unas características que la hacen única.
(Fuente: Real Madrid)
Eva María Navarro García nació en Yecla el 27 de enero de 2001 y, aunque el tiempo y la élite se hayan encargado de pulir su nombre hasta dejarlo en “Eva Navarro”, hay algo que no ha cambiado desde el primer día: la sensación de que cada vez que acelera con el balón pegado al pie está pasando algo importante. Hoy es jugadora del Real Madrid, internacional absoluta con España desde 2019, campeona del mundo en 2023, campeona de Europa y del mundo en categoría sub-17, campeona de la Copa de la Reina con el Atlético de Madrid en 2023 y, desde ahora, una de las protagonistas de la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026, a la que el Real Madrid se ha clasificado tras imponerse por 3-1 al Atlético de Madrid en Castellón en una semifinal cargada de simbolismo para ella. Pero para entender a Eva Navarro hay que ir mucho más atrás, a una carrera que no ha sido lineal, que ha convivido con la precocidad, con las expectativas desmedidas y con dos lesiones de ligamento cruzado que habrían detenido a muchas futbolistas y que, sin embargo, no han conseguido apagar su fútbol.
Eva empezó jugando fútbol sala en Yecla, en el A.D. Albatros, un detalle que explica muchas cosas de su manera de relacionarse con el balón. El control orientado en espacios reducidos, la naturalidad para jugar de espaldas, la capacidad para girarse en un palmo y salir lanzada hacia adelante no son casualidad. Antes de llegar al fútbol federado pasó por equipos de empresa y más tarde por el Pinoso, donde estuvo tres temporadas y empezó a dejar claro que su talento iba muy por delante de su edad. En 2015 dio el salto al Sporting Plaza Argel y debutó en la temporada 2015-16 en Segunda División. Tenía apenas 14 años y ya competía contra jugadoras adultas, algo que marcaría su carrera desde muy pronto: Eva siempre ha jugado contra rivales mayores, más fuertes y más experimentadas, y eso la obligó a aprender rápido, a decidir rápido y a asumir responsabilidades antes de tiempo.
En la temporada 2016-2017 pasó a formar parte del primer equipo del Sporting Plaza Argel. Aquel curso terminó con el campeonato de su grupo y una presencia en el play-off de ascenso que se truncó ante el Madrid Club de Fútbol Femenino. Un año después, en la 2017-18, la historia se repitió: campeonas de grupo y eliminación en el play-off, esta vez frente al Málaga CF.
(Fuente: Liga F Moeve)
Al finalizar esa temporada ya se hablaba de Eva Navarro como una de las grandes joyas del fútbol español. El Real Madrid, que aún no tenía sección femenina pero ya planificaba su desembarco, intentó su fichaje, aunque la operación se frustró por su inclusión en la lista de compensación por derechos formativos del Convenio Colectivo. Aquello, que podría haber sido un paso decisivo en su carrera, se pospuso varios años, aunque el destino terminaría llevándola a Chamartín más adelante.
En 2018 fichó por el Levante UD y debutó en Primera División, un salto enorme para una futbolista que aún no había cumplido los 18 años. Su estreno llegó el 9 de septiembre de 2018 ante el Rayo Vallecano. En su primera temporada disputó 22 partidos, la mayoría como suplente, y marcó un único gol, pero un gol con carga simbólica: fue en el derbi valenciano disputado en Mestalla el 22 de abril de 2019, un escenario que no estaba al alcance de cualquiera y que para Eva supuso una presentación en sociedad a gran escala. Aquel Levante fue tercero en Liga y en la Copa de la Reina cayó en cuartos de final ante el Sevilla en la tanda de penaltis. Más allá de los números, lo importante fue la sensación de progresión constante y la confirmación de que podía competir en la élite. Su rendimiento le abrió la puerta de la selección absoluta, con la que debutaría ese mismo año.
La temporada 2019-2020 fue, hasta ese momento, la mejor de su carrera a nivel de cifras. Marcó ocho goles en veinte partidos antes de que la competición se detuviera por la pandemia de la Covid-19. El Levante volvió a terminar tercero en Liga, cayó en octavos de Copa ante el Sevilla y fue eliminado en semifinales de la Supercopa por la Real Sociedad. Eva ya no era solo una promesa: era una realidad ofensiva, una jugadora capaz de marcar diferencias desde la banda, de atacar el espacio, de finalizar y de asistir. En la 2020-21 el Levante alcanzó la final de la Supercopa. Eva fue protagonista en la semifinal ante el EDF Logroño, dando el pase de la muerte en el primer gol y marcando el segundo en la victoria. En la final cayeron ante el Atlético de Madrid, pero su crecimiento parecía imparable. Hasta marzo de 2021.
En ese mes sufrió la rotura del ligamento cruzado anterior. Había jugado 17 partidos y marcado tres goles cuando la lesión la apartó del campo durante meses. El Levante, que terminaría tercero de nuevo y se clasificaría para la Liga de Campeones, decidió renovarle el contrato a pesar de la gravedad de la lesión, una muestra de confianza en su talento y en su capacidad de recuperación. El equipo alcanzó la final de la Copa de la Reina, que perdió ante el FC Barcelona, con Eva todavía en proceso de rehabilitación. Regresó a los terrenos de juego en octubre de 2021, pero la mala fortuna volvió a golpearla en diciembre, cuando, tras disputar siete partidos, sufrió una recaída que la dejó de nuevo fuera de combate. Aquella segunda lesión fue un golpe durísimo. Tras cuatro temporadas en el club granota, acumuló 70 partidos y 14 goles, y el Levante terminó la Liga en sexta posición. Eva, mientras tanto, afrontaba el reto más complicado de su carrera: volver otra vez.
En 2022 fichó por el Atlético de Madrid. El anuncio de su llegada vino acompañado de una descripción que la retrataba bien: velocidad, habilidad con el balón, uno contra uno, capacidad para jugar en cualquiera de las bandas. Llegaba tras un año sin jugar, con muchas dudas externas y con la necesidad de sentirse futbolista de nuevo. Su debut se produjo el 4 de diciembre de 2022 ante el Valencia CF, entrando desde el banquillo por Hanna Lundkvist en una victoria por 0-1.
A partir de ahí empezó a ganar peso en el equipo, primero con Óscar Fernández y después con Manolo Cano. Marcó dos goles ante el Villarreal y otro ante el Sevilla, y la afición la eligió como mejor jugadora del equipo en enero de 2023, un reconocimiento que hablaba tanto de su rendimiento como de la conexión emocional con la grada tras todo lo vivido.
La temporada 2023-2024 fue la de su consolidación en el Atlético. Fue titular, tuvo una buena primera vuelta y, aunque su impacto disminuyó en la segunda, terminó siendo decisiva. El equipo cayó en semifinales de la Supercopa en enero y vivió un mes de febrero complicado, con malos resultados en Liga que lo alejaron de los puestos de cabeza.
Tras la eliminación copera y un nuevo tropiezo liguero, Manolo Cano fue destituido y el segundo entrenador, Arturo Ruiz, asumió el cargo. El Atlético encadenó varias victorias y logró el objetivo de clasificarse para la Liga de Campeones al terminar tercero. Eva marcó un gol decisivo en la penúltima jornada y fue la máxima asistente del equipo, con ocho pases de gol, un dato que refleja su evolución hacia una futbolista más completa, menos obsesionada con el gol y más influyente en el juego colectivo.
Paralelamente, su trayectoria con la selección española ha sido tan extensa como brillante. Debutó con la sub-17 con solo 15 años en el Europeo de 2016, participando como suplente ante Alemania y sumando minutos ante Italia.
España terminó subcampeona tras caer en los penaltis ante Alemania. En el Mundial sub-17 de 2016 debutó como suplente ante Jordania, fue titular ante Nueva Zelanda y marcó su primer gol saliendo desde el banquillo contra México. Volvió a marcar en cuartos ante Alemania y fue elegida mejor jugadora del partido por el tercer puesto, en el que abrió el marcador y dio una asistencia ante Venezuela para lograr la medalla de bronce.
En el Europeo sub-17 de 2017 fue una de las jugadoras clave. Asistió en la Ronda Élite, marcó en la fase final, volvió a sufrir una derrota en los penaltis ante Alemania en la final y se clasificó para el Mundial de ese mismo año. En 2018 alcanzó el cénit en la categoría: marcó goles, dio asistencias, fue decisiva en semifinales y firmó dos goles en la final ante Alemania para proclamarse campeona de Europa. Fue incluida en el Equipo del Torneo, terminó como segunda máxima goleadora y uno de sus goles fue elegido posteriormente como el tercer mejor de la temporada por la UEFA.
Ese mismo verano debutó con la sub-20 en el Mundial de 2018. Asistió ante Paraguay, fue alternando titularidades y suplencias y disputó la final ante Japón, que España perdió por 3-1. También participó en el Mundial sub-17 de Uruguay, donde capitaneó a la selección y fue campeona del mundo.
Marcó, asistió, lideró desde el brazalete y volvió a demostrar una madurez impropia de su edad.
(Fuente: Liga F Moeve)
En 2019 debutó con la sub-19 y fue importante en la clasificación para el Europeo. Ese mismo año, el 17 de mayo, debutó con la selección absoluta en un amistoso ante Camerún, sustituyendo a Alba Redondo. Desde entonces su camino con la absoluta ha estado marcado por la intermitencia, condicionada por las lesiones, pero también por momentos clave. Marcó en partidos de clasificación, volvió tras largas recuperaciones y, en 2023, regresó a una convocatoria absoluta a pocos meses del Mundial tras rendir a buen nivel con el Atlético de Madrid.
Fue incluida en la lista definitiva para el Mundial de Australia y Nueva Zelanda. No jugó el primer partido, debutó en el segundo ante Zambia y dio dos asistencias que ayudaron a sellar el liderato del grupo. Tuvo minutos en octavos, cuartos y semifinales, y aunque no jugó la final, formó parte del grupo que conquistó el primer Mundial de la historia del fútbol femenino español. Un título que resume bien su carrera: no siempre en el foco, pero siempre sumando.
(Fuente: Getty imágenes)
Ahora, ya como jugadora del Real Madrid, Eva Navarro afronta una nueva etapa. El club blanco ha logrado la clasificación para la gran final de la Supercopa de España Iberdrola 2026 tras vencer por 3-1 al Atlético de Madrid en Castellón, un partido con una fuerte carga emocional para ella, enfrentándose a su pasado reciente. Eva llega a esa final como una futbolista más madura, más completa y con una comprensión del juego mucho más profunda que la de aquella adolescente que deslumbraba en Segunda División.
El scouting de Eva Navarro dibuja a una atacante de perfil vertical, especialista en el uno contra uno, con una arrancada potente y una zancada larga que le permite ganar metros con facilidad. Puede jugar en ambas bandas, aunque se siente especialmente cómoda partiendo desde la izquierda para perfilarse hacia dentro.
(Fuente: Liga F Moeve)
Tiene buen golpeo con ambas piernas, es capaz de finalizar desde media distancia y ha mejorado notablemente su toma de decisiones en el último tercio. No es una extrema clásica de centrar constantemente: le gusta conducir, atraer rivales y filtrar el último pase. Defensivamente ha crecido en compromiso táctico, entiende mejor cuándo replegar y cuándo saltar a la presión. Su principal virtud sigue siendo la capacidad para desequilibrar en escenarios de máxima exigencia, algo que se aprecia especialmente en partidos grandes.
(Fuente: Liga F Moeve)
En su palmarés figuran el Mundial absoluto de 2023, el Mundial sub-17, el Europeo sub-17, la Copa de la Reina 2023 con el Atlético de Madrid, varios subcampeonatos europeos en categorías inferiores y ahora la posibilidad de sumar un nuevo título con el Real Madrid en la Supercopa. Eva Navarro es, en definitiva, una futbolista marcada por la resiliencia, por la capacidad de levantarse y por un talento que, pese a los obstáculos, siempre encuentra la manera de volver a aparecer.
En Castellón dio un paso más hacia un presente que empieza a parecerse mucho al futuro que se le auguraba cuando todo comenzó en una pista de fútbol sala en Yecla.
◼️ Mientras los estantes de las tiendas especializadas y las plataformas de comercio electrónico rebosan figuras Funko Pop! de futbolistas masculinos —leyendas históricas, estrellas contemporáneas, jugadores de clubes y selecciones, incluso versiones alternativas, exclusivas y conmemorativas—, el fútbol femenino permanece, una vez más, relegado a la invisibilidad. No es una metáfora: es un vacío físico, tangible, comercial. No existen Funko Pop! oficiales de jugadoras españolas. No existen de Alexia Putellas, Aitana Bonmatí, Jennifer Hermoso, Irene Paredes o Mariona Caldentey. Y esta ausencia resulta todavía más clamorosa cuando se compara con la proliferación de figuras masculinas y con un dato que desmonta cualquier coartada industrial: sí existen muñecas Barbie de futbolistas femeninas, sí existen líneas de juguetes que han apostado por la representación deportiva de las mujeres, y sí existe un público dispuesto a consumirlas. El problema, por tanto, no es la falta de mercado, sino una decisión cultural, simbólica y empresarial que sigue considerando el fútbol femenino como un producto secundario incluso en el terreno del imaginario.
Para entender la gravedad de esta ausencia conviene detenerse primero en lo que representan los Funko Pop! dentro de la cultura popular contemporánea. No se trata únicamente de figuras de vinilo con cabezas sobredimensionadas y estética reconocible; los Funko Pop! se han convertido en un archivo cultural del presente, una forma de canonizar iconos. Tener un Funko Pop! es, en muchos casos, una forma de certificación simbólica: significa que ese personaje, esa figura pública, ha alcanzado un nivel de relevancia suficiente como para ser inmortalizada en una vitrina, en un escritorio, en una colección personal.
Funko ha producido figuras de actores secundarios, de personajes efímeros de series, de deportistas retirados hace décadas, de entrenadores, de mascotas, de celebraciones concretas, de versiones alternativas con camisetas conmemorativas o poses específicas. En el fútbol masculino, el catálogo es abrumador: Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar, Mbappé, Haaland, Benzema, Iniesta, Xavi, Ramos, Piqué, Casillas, Beckham, Ronaldinho, Pelé, Maradona. La lista no solo es extensa; es reiterativa. Hay múltiples versiones de los mismos futbolistas, pertenecientes a distintos clubes, selecciones o momentos de su carrera.
Este despliegue convierte al Funko Pop! en algo más que un juguete: es una declaración de qué —y quién— merece ser recordado, coleccionado, transmitido a las siguientes generaciones como referente cultural.
En este contexto, la ausencia casi total del fútbol femenino no puede interpretarse como una simple omisión logística o una cuestión de prioridades comerciales inocuas. Es una ausencia que comunica, que construye relato. Cuando una niña o un niño entra en una tienda y ve decenas de futbolistas masculinos convertidos en figuras coleccionables, pero ninguna mujer futbolista, el mensaje es claro aunque no se verbalice: el fútbol, incluso cuando es juguete, sigue siendo cosa de hombres.
Y este mensaje se produce en un momento histórico en el que el fútbol femenino ha alcanzado cotas inéditas de visibilidad, éxito deportivo y reconocimiento social. España es campeona del mundo. España domina el fútbol europeo a nivel de clubes. Las jugadoras españolas ganan Balones de Oro. Llenan estadios. Protagonizan retransmisiones en prime time. Son referentes mediáticos, deportivos y culturales.
Sin embargo, ese reconocimiento se detiene abruptamente cuando se entra en el terreno del merchandising simbólico. Ahí, el fútbol femenino vuelve a desaparecer.
Resulta imposible no establecer una comparación directa. Mientras no existe un solo Funko Pop! oficial de una futbolista española, sí existen figuras de futbolistas masculinos de LaLiga que ni siquiera han tenido un impacto histórico comparable al de muchas jugadoras actuales. Hay figuras de jugadores que no han ganado títulos internacionales, que no han sido referentes generacionales, que no han trascendido más allá de su club o incluso de una etapa concreta.
La desigualdad no se mide solo en cantidad, sino en el umbral de acceso al reconocimiento. Para un futbolista masculino, basta con ser conocido; para una futbolista, ni siquiera ser campeona del mundo parece suficiente.
Uno de los argumentos más recurrentes para justificar esta ausencia es el supuesto riesgo comercial.
Se afirma que las figuras de fútbol femenino “no venderían lo suficiente”. Sin embargo, este razonamiento se desmonta con facilidad cuando se analizan otros sectores de la industria del juguete y del coleccionismo. Aquí entra en juego un elemento clave: Barbie.
Desde hace años, Barbie ha desarrollado líneas específicas de representación femenina en múltiples ámbitos profesionales y deportivos. Existen muñecas Barbie futbolistas. Existen Barbies inspiradas en jugadoras reales. Existen Barbies con equipaciones de selecciones femeninas. Barbie ha entendido algo que Funko parece ignorar: la representación no solo responde a la demanda existente, también la crea.
Barbie ha apostado por mostrar a niñas —y también a niños— que una mujer puede ser futbolista, atleta, piloto, científica o presidenta. Y lo ha hecho no desde la excepcionalidad, sino desde la normalización. Las muñecas de futbolistas femeninas no se presentan como rarezas, sino como una opción más dentro del catálogo.
El resultado no ha sido un fracaso comercial. Al contrario: estas líneas han reforzado la imagen de marca de Barbie como empresa alineada con los valores contemporáneos de igualdad y diversidad, ampliando su base de consumidores y consolidando su relevancia cultural.
La comparación es inevitable y profundamente incómoda para Funko. Ambas marcas operan en el terreno de la cultura pop. Ambas trabajan con licencias. Ambas dependen de la identificación emocional del público con figuras concretas. La diferencia radica en la voluntad estratégica.
Barbie ha entendido que el deporte femenino no es una moda pasajera, sino una realidad estructural. Funko, en cambio, sigue actuando como si el fútbol femenino fuera un nicho demasiado pequeño, demasiado específico, demasiado arriesgado. Esta percepción no solo es errónea; es obsoleta.
Si hay un contexto en el que la ausencia resulta especialmente sangrante es el español. España no solo es campeona del mundo; es, probablemente, el país que más talento ha exportado al fútbol femenino global en los últimos años. Alexia Putellas es una figura reconocida internacionalmente. Aitana Bonmatí es una de las futbolistas más influyentes de la década. Jennifer Hermoso es historia viva del fútbol mundial.
Que ninguna de ellas tenga una figura Funko Pop! mientras sí existen múltiples versiones de futbolistas masculinos españoles evidencia una desconexión profunda entre la industria del coleccionismo y la realidad deportiva.
La ausencia de figuras no es un asunto menor. Los objetos culturales moldean imaginarios. Un Funko Pop! no es solo un producto: es una narrativa en miniatura. Cuando las vitrinas se llenan exclusivamente de hombres, el mensaje es claro: ellos son los protagonistas de la historia.
Las muñecas Barbie futbolistas, en cambio, ofrecen un contrarrelato. Permiten que las niñas se vean reflejadas.
Permiten que los niños normalicen la presencia de mujeres en el deporte. Generan referentes tangibles, manipulables, cotidianos.
El coleccionismo no es neutral. Decide qué se conserva, qué se exhibe, qué se revaloriza. Excluir sistemáticamente al fútbol femenino de este espacio equivale a negar su estatus como parte integral de la cultura deportiva contemporánea.
Funko, como actor dominante en este sector, tiene una responsabilidad que va más allá del balance de beneficios trimestrales. Tiene la capacidad de influir en el relato cultural global. Y hasta ahora, ha decidido no ejercerla en favor del fútbol femenino.
El argumento de que “llegará más adelante” resulta insuficiente. El fútbol femenino no está empezando. Lleva décadas construyendo su espacio. Lo que ocurre es que, cuando llega el momento de materializar ese reconocimiento en productos icónicos, siempre se pospone.
Barbie no esperó a que el fútbol femenino fuera hegemónico. Apostó. Funko espera y al esperar, perpetúa la desigualdad.
La ausencia de Funko Pop! de jugadoras de fútbol femenino, y especialmente de jugadoras españolas, no es un simple descuido de catálogo. Es un síntoma. Un reflejo de cómo incluso en plena era de visibilidad y éxito deportivo, las mujeres siguen teniendo que demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento simbólico.
Mientras existan decenas de figuras de futbolistas masculinos y ninguna de campeonas del mundo, el mensaje seguirá siendo claro. Y mientras existan muñecas Barbie futbolistas que sí entienden el poder de la representación, la pregunta será inevitable: ¿por qué una industria sí ha sabido adaptarse y otra sigue mirando hacia otro lado?
El fútbol femenino ya ha ganado en el campo. Falta que gane, de una vez, en los estantes, ya que actualmente únicos Funko Pop! oficiales vinculados al fútbol femenino son muy escasos y se concentran casi exclusivamente en la selección femenina de Estados Unidos: existen figuras de Megan Rapinoe (con varias versiones), Mia Hamm y Brandi Chastain, todas ellas asociadas a la penúltima nación que se llevó el título mundial y lanzadas como excepciones dentro de la línea Soccer de Funko, mientras que no hay figuras oficiales de jugadoras de clubes femeninos ni de selecciones europeas, y tampoco existe ningún Funko de futbolistas españolas pese a sus éxitos recientes; esta limitada representación contrasta de forma evidente con la amplísima oferta de futbolistas masculinos y confirma que el fútbol femenino sigue siendo tratado por la industria del coleccionismo como una anomalía puntual y no como una parte estructural del imaginario deportivo global, pero ni rastro de las actuales campeonas del mundo, la Nations League y subcampeonas de Europa.
Edna Imade (Marruecos, 5 de octubre de 2000) es una futbolista profesional española de origen nigeriano que juega como delantera en el F. C. Bayern de Múnich.
(Fuente: Liga F Moeve)
Edna Imade habla de goles, de partidos, de tácticas, de entrenamientos, de cifras que hoy la colocan entre las mejores delanteras de la Liga F, pero cuando baja la voz y elige las palabras con cuidado, cuando el fútbol deja de ser presente y se convierte en consecuencia, siempre aparece la misma figura: su madre. “La verdadera final la ha jugado ella”, dice Edna, y no es una frase hecha, es una convicción que atraviesa toda su vida. Porque antes de que existiera un balón, antes de que hubiera un campo, una portería o una grada, hubo una mujer caminando por el desierto, embarazada, con miedo, con determinación, con una promesa silenciosa hecha a dos hijos que aún no habían nacido: sobrevivir.
Floren estaba embarazada de mellizos cuando decidió marcharse. Edna y Paul viajaban ya con ella, aún sin saber que su vida iba a comenzar en tránsito. Nigeria quedaba atrás con todo lo que eso significa: la familia, la tierra, la identidad, un marido que nunca pudo acompañarlos y que acabaría encarcelado y deportado. Marruecos fue la primera parada, pero no fue refugio, fue espera, fue dolor, fue miedo. Allí nacieron Edna y su hermano, y allí Floren vivió tres meses que su hija define sin rodeos como “un infierno”. Después llegó la patera, el mar, la incertidumbre, y finalmente España. Algeciras. Tierra firme. Un lugar desconocido que acabaría siendo hogar.
Edna ha escuchado esa historia mil veces. La ha escuchado hasta aprenderla de memoria, pero no se ha acostumbrado nunca a ella. Cada vez que la cuenta, vuelve a doler. “Llegamos a Algeciras y a partir de ahí nos ayudó mucha gente, Cáritas, personas que no nos conocían de nada”, recuerda. En sus palabras no hay victimismo, hay agradecimiento. “Nunca he pasado hambre, nunca he pasado frío. Todo ha sido gracias a mi madre y a la gente que nos ayudó. Gracias a ellos hoy estoy donde estoy”. En ese “donde estoy” cabe mucho más que una carrera deportiva. Cabe una vida digna. Cabe la posibilidad de soñar.
Su familia en España se reduce a tres nombres: Floren, Paul y ella. Nada más. Nada menos. “Es la única familia que tengo aquí. Los quiero con toda mi alma”. En ese triángulo se sostiene todo. El fútbol, los estudios, la ambición, la estabilidad emocional. Después de Algeciras llegó Carmona, Sevilla, y con Carmona llegó el balón. Antes probó otras cosas: gimnasia, flamenco. Nada funcionó. “No era nada elástica”, dice entre risas, como si el destino ya estuviera avisando de que su camino iba por otro lado. El patio del recreo fue su primer estadio. Allí entendió que la pelota no era un juego más, era un idioma.
Jugaba con niños, y jugaba mejor que muchos. Escuchó insultos, etiquetas, palabras que intentan frenar a las niñas que se salen del guion. “Machorra”, “pareces un chico”. No le importó. O no tanto. Porque cuando eliges primero, cuando marcas diferencias, el ruido se apaga. Empezó como central. Alta, fuerte, dominante. “Yo era una bigarda”, dice riéndose, sin perder nunca ese humor que la acompaña incluso cuando habla de lo más duro. Era defensa porque ahí nadie pasaba. Hasta que un día le dijeron que ya no podía seguir jugando con chicos. Y ahí apareció el fútbol sala, el Santa Ana, una nueva etapa que parecía definitiva.
Pero la vida, como el fútbol, siempre tiene giros inesperados. La Tapia Cup de Málaga cambió su destino. Alguien la vio. Alguien entendió que aquello no era solo potencia, que había fútbol para once. Nervión fue el siguiente paso. Málaga CF después. Cacereño más tarde. Y en Cáceres no solo creció como futbolista, también como persona. Allí estudió, se formó, pensó en el futuro. Técnica en Enseñanza y Animación Sociodeportiva. Quiromasaje. Porque Edna siempre ha sabido algo que no todas las futbolistas tienen claro desde tan jóvenes: el fútbol es frágil. “Es corto. Más aún en mujeres. Lesiones, maternidad… hay que tener un plan B”.
Ese plan B no le quitó ambición al plan A. Al contrario. Veinte goles en dos temporadas en Cáceres fueron la puerta definitiva. Agosto de 2023. Granada CF. Liga F. El sueño. El mismo que empezó en un patio de colegio, el mismo que parecía imposible para una niña nacida en tránsito, hija de una mujer que cruzó un desierto embarazada. Su debut fue una declaración de intenciones: gol, victoria, Los Cármenes. “Tenía el presentimiento de que iba a marcar”. Y marcó. Su madre estaba allí. Todo tenía sentido.
paso de Edna Imade por el Granada Club de Fútbol no puede explicarse únicamente con goles, cifras o estadísticas, aunque todas ellas existan y sean relevantes. Su llegada al conjunto nazarí en el verano de 2023 supuso mucho más que un fichaje: fue la materialización de un sueño largamente perseguido, la confirmación de una promesa íntima y silenciosa que la propia Edna se había hecho siendo niña, cuando jugaba descalza en el patio de un colegio andaluz sin saber si algún día existiría un lugar para ella en el fútbol profesional. Granada no fue solo un club; fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida.
Cuando Edna firmó por el Granada CF, el equipo acababa de ascender a Liga F. El contexto no era sencillo. Un recién ascendido siempre vive entre la ilusión y la incertidumbre, entre el entusiasmo de haber llegado y el vértigo de mantenerse. Para Edna, aquel escenario tenía un significado especial: era su primera experiencia en la élite, la Primera División que había imaginado desde pequeña y que durante años pareció lejana, casi inalcanzable. Llegaba después de dos temporadas sobresalientes en el Cacereño, donde había marcado veinte goles y había demostrado no solo capacidad goleadora, sino también una fortaleza mental poco común. Granada apostó por ella sabiendo que no fichaba únicamente a una delantera, sino a una futbolista construida desde la resistencia.
La adaptación fue rápida, pero no automática. Edna aterrizó en un vestuario nuevo, con dinámicas distintas, con un nivel de exigencia superior y con la presión añadida de un equipo que sabía que cada punto iba a ser vital para la permanencia. Desde el primer día entendió que su rol no iba a limitarse a marcar goles. Había que correr, presionar, pelear, asumir duelos constantes, convivir con la frustración y sostener al equipo en los momentos de mayor dificultad. En ese contexto, su debut en Liga F fue casi un relato simbólico: Granada recibía a la Real Sociedad en Los Cármenes y Edna, en su estreno en la máxima categoría, marcó el gol de la victoria. Un tanto que no solo valió tres puntos, sino que confirmó que estaba preparada para ese escenario.
(Fuente: RFEF)
Aquel gol fue mucho más que una buena carta de presentación. Fue una liberación emocional. Edna lo ha explicado después con palabras sencillas, pero cargadas de significado: tenía el presentimiento de que iba a marcar. No fue una cuestión de arrogancia, sino de intuición, de sentir que todo lo vivido hasta entonces tenía que desembocar en algo así. En la grada estaba su madre, Floren, la misma que había cruzado el Sáhara embarazada, la misma que había llegado en patera a España buscando una vida mejor para sus hijos. Ese gol, celebrado con rabia y emoción, fue también un homenaje silencioso a todo ese camino.
La temporada, sin embargo, no fue un camino recto. Tras ese inicio prometedor, el Granada CF comenzó a experimentar la dureza de la Liga F. Los partidos se sucedían con una exigencia física y mental enorme, y el equipo entró en una dinámica complicada. Edna, como el resto del grupo, tuvo que aprender a convivir con la frustración, con partidos en los que el esfuerzo no se traducía en resultados, con momentos en los que la confianza se ponía a prueba. Para una futbolista debutante en la élite, ese proceso puede ser devastador. Para Edna, fue formativo.
Durante ese primer curso, su aportación fue irregular en términos goleadores, pero constante en trabajo y compromiso. Sufrió, aprendió y creció. Hubo partidos en los que tuvo que adaptarse a posiciones distintas, asumir responsabilidades defensivas, jugar de espaldas, pelear cada balón como si fuera el último. No siempre fue reconocida por los números, pero sí por el cuerpo técnico y por sus compañeras, que encontraron en ella una futbolista fiable, fuerte y solidaria. El Granada CF, como equipo, llegó a la última jornada jugándose la permanencia. La presión era máxima. El margen de error, inexistente.
(Fuente: RFEF)
Y entonces llegó Ipurua. Última jornada. Partido decisivo ante la SD Eibar. Granada necesitaba ganar para seguir en Liga F. En ese contexto, Edna volvió a aparecer. Marcó uno de los goles del triunfo que certificó la permanencia. Fue un momento de alivio colectivo, de celebración contenida, de emoción acumulada durante meses. Para Edna, aquel gol tuvo un valor especial: significaba que su primer año en Primera División no había sido en vano, que había aportado en el momento más crítico, que su esfuerzo tenía sentido.
Ese final de temporada marcó un antes y un después en su relación con el club. Edna no solo había debutado en la élite; había ayudado a sostener al Granada CF en ella. La experiencia, dura y exigente, le dejó una enseñanza clara: si quería crecer, debía dar un paso más. Y ese paso llegó en su segunda temporada, ya con el aprendizaje interiorizado y con una confianza renovada.
El curso siguiente mostró a una Edna Imade distinta. Más madura. Más segura. Más consciente de sus virtudes. Desde el inicio de la temporada, su impacto fue inmediato. Los goles comenzaron a llegar con una regularidad que sorprendió incluso a ella misma. En apenas once jornadas, ya había superado los registros de toda la temporada anterior. Siete goles. Tercera máxima goleadora de la Liga F. Un salto cuantitativo y cualitativo que no se explica por una sola razón, sino por la suma de muchos factores.
Uno de ellos fue la confianza del cuerpo técnico. La llegada de Arturo Ruiz supuso un cambio importante. El entrenador entendió rápidamente el potencial de Edna y le transmitió un mensaje claro: creía en ella. Esa confianza se tradujo en continuidad, en claridad de rol y en un cambio de posición que resultó decisivo. Edna dejó progresivamente la banda para ocupar posiciones más centradas, más cercanas al área, donde sus cualidades físicas, su potencia y su capacidad para atacar espacios podían marcar la diferencia. El cambio de chip fue inmediato. Edna empezó a sentirse delantera centro. A jugar como tal y a pensar como tal.
El paso de Edna Imade por el Granada Club de Fútbol no puede explicarse únicamente con goles, cifras o estadísticas, aunque todas ellas existan y sean relevantes. Su llegada al conjunto nazarí en el verano de 2023 supuso mucho más que un fichaje: fue la materialización de un sueño largamente perseguido, la confirmación de una promesa íntima y silenciosa que la propia Edna se había hecho siendo niña, cuando jugaba descalza en el patio de un colegio andaluz sin saber si algún día existiría un lugar para ella en el fútbol profesional. Granada no fue solo un club; fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida.
Cuando Edna firmó por el Granada CF, el equipo acababa de ascender a Liga F. El contexto no era sencillo. Un recién ascendido siempre vive entre la ilusión y la incertidumbre, entre el entusiasmo de haber llegado y el vértigo de mantenerse. Para Edna, aquel escenario tenía un significado especial: era su primera experiencia en la élite, la Primera División que había imaginado desde pequeña y que durante años pareció lejana, casi inalcanzable. Llegaba después de dos temporadas sobresalientes en el Cacereño, donde había marcado veinte goles y había demostrado no solo capacidad goleadora, sino también una fortaleza mental poco común. Granada apostó por ella sabiendo que no fichaba únicamente a una delantera, sino a una futbolista construida desde la resistencia.
La adaptación fue rápida, pero no automática. Edna aterrizó en un vestuario nuevo, con dinámicas distintas, con un nivel de exigencia superior y con la presión añadida de un equipo que sabía que cada punto iba a ser vital para la permanencia. Desde el primer día entendió que su rol no iba a limitarse a marcar goles. Había que correr, presionar, pelear, asumir duelos constantes, convivir con la frustración y sostener al equipo en los momentos de mayor dificultad. En ese contexto, su debut en Liga F fue casi un relato simbólico: Granada recibía a la Real Sociedad en Los Cármenes y Edna, en su estreno en la máxima categoría, marcó el gol de la victoria. Un tanto que no solo valió tres puntos, sino que confirmó que estaba preparada para ese escenario.
Aquel gol fue mucho más que una buena carta de presentación. Fue una liberación emocional. Edna lo ha explicado después con palabras sencillas, pero cargadas de significado: tenía el presentimiento de que iba a marcar. No fue una cuestión de arrogancia, sino de intuición, de sentir que todo lo vivido hasta entonces tenía que desembocar en algo así. En la grada estaba su madre, Floren, la misma que había cruzado el Sáhara embarazada, la misma que había llegado en patera a España buscando una vida mejor para sus hijos. Ese gol, celebrado con rabia y emoción, fue también un homenaje silencioso a todo ese camino.
La temporada, sin embargo, no fue un camino recto. Tras ese inicio prometedor, el Granada CF comenzó a experimentar la dureza de la Liga F. Los partidos se sucedían con una exigencia física y mental enorme, y el equipo entró en una dinámica complicada. Edna, como el resto del grupo, tuvo que aprender a convivir con la frustración, con partidos en los que el esfuerzo no se traducía en resultados, con momentos en los que la confianza se ponía a prueba. Para una futbolista debutante en la élite, ese proceso puede ser devastador. Para Edna, fue formativo.
Durante ese primer curso, su aportación fue irregular en términos goleadores, pero constante en trabajo y compromiso. Sufrió, aprendió y creció. Hubo partidos en los que tuvo que adaptarse a posiciones distintas, asumir responsabilidades defensivas, jugar de espaldas, pelear cada balón como si fuera el último. No siempre fue reconocida por los números, pero sí por el cuerpo técnico y por sus compañeras, que encontraron en ella una futbolista fiable, fuerte y solidaria. El Granada CF, como equipo, llegó a la última jornada jugándose la permanencia. La presión era máxima. El margen de error, inexistente.
Y entonces llegó Ipurua. Última jornada. Partido decisivo ante la SD Eibar. Granada necesitaba ganar para seguir en Liga F. En ese contexto, Edna volvió a aparecer. Marcó uno de los goles del triunfo que certificó la permanencia. Fue un momento de alivio colectivo, de celebración contenida, de emoción acumulada durante meses. Para Edna, aquel gol tuvo un valor especial: significaba que su primer año en Primera División no había sido en vano, que había aportado en el momento más crítico, que su esfuerzo tenía sentido.
Ese final de temporada marcó un antes y un después en su relación con el club. Edna no solo había debutado en la élite; había ayudado a sostener al Granada CF en ella. La experiencia, dura y exigente, le dejó una enseñanza clara: si quería crecer, debía dar un paso más. Y ese paso llegó en su segunda temporada, ya con el aprendizaje interiorizado y con una confianza renovada.
El curso siguiente mostró a una Edna Imade distinta. Más madura. Más segura. Más consciente de sus virtudes. Desde el inicio de la temporada, su impacto fue inmediato.
Los goles comenzaron a llegar con una regularidad que sorprendió incluso a ella misma. En apenas once jornadas, ya había superado los registros de toda la temporada anterior. Siete goles. Tercera máxima goleadora de la Liga F. Un salto cuantitativo y cualitativo que no se explica por una sola razón, sino por la suma de muchos factores. paso de Edna Imade por el Granada Club de Fútbol no puede explicarse únicamente con goles, cifras o estadísticas, aunque todas ellas existan y sean relevantes. Su llegada al conjunto nazarí en el verano de 2023 supuso mucho más que un fichaje: fue la materialización de un sueño largamente perseguido, la confirmación de una promesa íntima y silenciosa que la propia Edna se había hecho siendo niña, cuando jugaba descalza en el patio de un colegio andaluz sin saber si algún día existiría un lugar para ella en el fútbol profesional. Granada no fue solo un club; fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida.
Cuando Edna firmó por el Granada CF, el equipo acababa de ascender a Liga F. El contexto no era sencillo. Un recién ascendido siempre vive entre la ilusión y la incertidumbre, entre el entusiasmo de haber llegado y el vértigo de mantenerse. Para Edna, aquel escenario tenía un significado especial: era su primera experiencia en la élite, la Primera División que había imaginado desde pequeña y que durante años pareció lejana, casi inalcanzable. Llegaba después de dos temporadas sobresalientes en el Cacereño, donde había marcado veinte goles y había demostrado no solo capacidad goleadora, sino también una fortaleza mental poco común. Granada apostó por ella sabiendo que no fichaba únicamente a una delantera, sino a una futbolista construida desde la resistencia.
La adaptación fue rápida, pero no automática. Edna aterrizó en un vestuario nuevo, con dinámicas distintas, con un nivel de exigencia superior y con la presión añadida de un equipo que sabía que cada punto iba a ser vital para la permanencia. Desde el primer día entendió que su rol no iba a limitarse a marcar goles. Había que correr, presionar, pelear, asumir duelos constantes, convivir con la frustración y sostener al equipo en los momentos de mayor dificultad. En ese contexto, su debut en Liga F fue casi un relato simbólico: Granada recibía a la Real Sociedad en Los Cármenes y Edna, en su estreno en la máxima categoría, marcó el gol de la victoria. Un tanto que no solo valió tres puntos, sino que confirmó que estaba preparada para ese escenario.
Aquel gol fue mucho más que una buena carta de presentación. Fue una liberación emocional. Edna lo ha explicado después con palabras sencillas, pero cargadas de significado: tenía el presentimiento de que iba a marcar. No fue una cuestión de arrogancia, sino de intuición, de sentir que todo lo vivido hasta entonces tenía que desembocar en algo así. En la grada estaba su madre, Floren, la misma que había cruzado el Sáhara embarazada, la misma que había llegado en patera a España buscando una vida mejor para sus hijos. Ese gol, celebrado con rabia y emoción, fue también un homenaje silencioso a todo ese camino.
La temporada, sin embargo, no fue un camino recto. Tras ese inicio prometedor, el Granada CF comenzó a experimentar la dureza de la Liga F. Los partidos se sucedían con una exigencia física y mental enorme, y el equipo entró en una dinámica complicada. Edna, como el resto del grupo, tuvo que aprender a convivir con la frustración, con partidos en los que el esfuerzo no se traducía en resultados, con momentos en los que la confianza se ponía a prueba. Para una futbolista debutante en la élite, ese proceso puede ser devastador. Para Edna, fue formativo.
Durante ese primer curso, su aportación fue irregular en términos goleadores, pero constante en trabajo y compromiso. Sufrió, aprendió y creció. Hubo partidos en los que tuvo que adaptarse a posiciones distintas, asumir responsabilidades defensivas, jugar de espaldas, pelear cada balón como si fuera el último. No siempre fue reconocida por los números, pero sí por el cuerpo técnico y por sus compañeras, que encontraron en ella una futbolista fiable, fuerte y solidaria. El Granada CF, como equipo, llegó a la última jornada jugándose la permanencia. La presión era máxima. El margen de error, inexistente.
Y entonces llegó Ipurua. Última jornada. Partido decisivo ante la SD Eibar. Granada necesitaba ganar para seguir en Liga F. En ese contexto, Edna volvió a aparecer. Marcó uno de los goles del triunfo que certificó la permanencia. Fue un momento de alivio colectivo, de celebración contenida, de emoción acumulada durante meses. Para Edna, aquel gol tuvo un valor especial: significaba que su primer año en Primera División no había sido en vano, que había aportado en el momento más crítico, que su esfuerzo tenía sentido.
Ese final de temporada marcó un antes y un después en su relación con el club. Edna no solo había debutado en la élite; había ayudado a sostener al Granada CF en ella. La experiencia, dura y exigente, le dejó una enseñanza clara: si quería crecer, debía dar un paso más. Y ese paso llegó en su segunda temporada, ya con el aprendizaje interiorizado y con una confianza renovada.
El curso siguiente mostró a una Edna Imade distinta. Más madura. Más segura. Más consciente de sus virtudes. Desde el inicio de la temporada, su impacto fue inmediato. Los goles comenzaron a llegar con una regularidad que sorprendió incluso a ella misma. En apenas once jornadas, ya había superado los registros de toda la temporada anterior. Siete goles. Tercera máxima goleadora de la Liga F. Un salto cuantitativo y cualitativo que no se explica por una sola razón, sino por la suma de muchos factores.
Uno de ellos fue la confianza del cuerpo técnico. La llegada de Arturo Ruiz supuso un cambio importante. El entrenador entendió rápidamente el potencial de Edna y le transmitió un mensaje claro: creía en ella. Esa confianza se tradujo en continuidad, en claridad de rol y en un cambio de posición que resultó decisivo. Edna dejó progresivamente la banda para ocupar posiciones más centradas, más cercanas al área, donde sus cualidades físicas, su potencia y su capacidad para atacar espacios podían marcar la diferencia. El cambio de chip fue inmediato. Edna empezó a sentirse delantera centro. A jugar como tal. A pensar como tal.
A nivel colectivo, el Granada CF también dio un paso adelante. El equipo ganó solidez, confianza y estabilidad. Edna encontró una conexión especial con Laura Pérez, máxima asistente de la Liga F. La relación entre ambas se convirtió en uno de los pilares ofensivos del equipo. Tres de los siete goles de Edna llegaron tras asistencias de Laura, pero más allá de los números, lo que se consolidó fue una comprensión mutua, una química que se percibía en cada movimiento, en cada desmarque, en cada pase filtrado.
(Fuente: Liga F Moeve)
Ese crecimiento individual y colectivo situó al Granada CF en una posición mucho más cómoda en la clasificación. El equipo se alejó del descenso y comenzó a mirar hacia arriba, sin complejos. Edna, mientras tanto, se convirtió en una de las referencias ofensivas de la Liga F. Su nombre empezó a aparecer en conversaciones, en nominaciones, en análisis. Fue candidata a jugadora del mes. Apareció en el FIFA. Se convirtió en referente para muchas niñas que acudían a Los Cármenes o que la veían en los colegios cuando el club realizaba actividades sociales.
Pero el paso de Edna por el Granada CF no se mide solo en lo que ocurre dentro del campo. Se mide también en su impacto humano, en su manera de representar los valores del club, en su historia personal, que conecta de forma natural con la identidad de una ciudad acostumbrada a la mezcla, a la resistencia y a la memoria. Edna encajó en Granada porque Granada entendió su historia. Porque es una futbolista que no olvida de dónde viene, que valora cada oportunidad y que no da nada por sentado.
A nivel personal, su etapa en el Granada CF le permitió consolidarse no solo como futbolista, sino como mujer adulta, consciente de la importancia de la formación, del equilibrio y del futuro. Mientras marcaba goles en Liga F, seguía formándose, ampliando horizontes, pensando en el día después del fútbol. Esa mentalidad, heredada de una madre que tuvo que planificar la supervivencia en circunstancias extremas, se convirtió en uno de sus mayores activos.
Edna Imade no sabe cuánto durará su etapa en el Granada CF, pero sí sabe que el club ocupa un lugar central en su historia. Fue el equipo que le abrió las puertas de la élite. El lugar donde debutó, sufrió, aprendió y se consolidó. El escenario donde entendió que su sueño no era una excepción, sino una realidad construida con esfuerzo. Granada fue, y es, el espacio donde Edna dejó de ser promesa para convertirse en presente.
Cada gol suyo en Los Cármenes lleva implícita una historia más larga que el propio partido. Una historia que empieza mucho antes de que el balón ruede. Y en ese relato, el Granada CF no es un capítulo más: es el capítulo en el que Edna Imade se confirmó como futbolista de Primera División, como referente del fútbol femenino y como símbolo de que los sueños, incluso los más improbables, pueden encontrar su lugar.
La cesión de Edna Imade a la Real Sociedad de Fútbol fue, más que un simple movimiento de mercado, una estación decisiva en una carrera que ya venía marcada por la resistencia, la adaptación y la capacidad de crecer en contextos exigentes. Cuando la delantera llegó a San Sebastián procedente del Bayern de Múnich, lo hizo con la sensación de estar ante una oportunidad que no era menor ni transitoria, sino profundamente formativa. No aterrizaba en un club cualquiera: llegaba a una Real ambiciosa, estructurada, con una identidad futbolística clara y con la exigencia constante de competir en la parte alta de la tabla y en escenarios europeos. Era un entorno ideal para una futbolista que siempre ha entendido el fútbol como un espacio de aprendizaje continuo.
Desde sus primeros días en Zubieta, Edna asumió que la cesión no era un paréntesis, sino un examen diario. Se integró en un vestuario con jerarquías consolidadas y con un estilo de juego que exigía precisión, lectura táctica y compromiso colectivo. Lejos de limitarse a esperar oportunidades, se ganó minutos desde el trabajo invisible: presión alta, desmarques constantes, capacidad para fijar centrales y una energía que encajó con la identidad competitiva del equipo. Su impacto fue progresivo, pero constante, hasta convertirse en una pieza reconocible dentro del sistema.
Los números comenzaron a acompañar ese proceso de adaptación. Edna fue acumulando partidos, titularidades y minutos, apareciendo tanto en Liga F como en los compromisos europeos del conjunto txuri-urdin. En el campeonato doméstico firmó una cifra sostenida de goles y asistencias que no solo reflejaban su capacidad para finalizar, sino también su aportación al juego colectivo. Sumó goles decisivos, participó en acciones clave y se convirtió en una amenaza permanente para las defensas rivales, alternando apariciones como referencia ofensiva con movimientos desde zonas intermedias. A lo largo de la temporada, sus registros ofensivos —goles, ocasiones creadas, duelos ganados— hablaron de una futbolista en clara progresión, cada vez más cómoda en contextos de alta exigencia.
Más allá de los números, su paso por la Real Sociedad estuvo marcado por una evolución evidente en su juego. Edna aprendió a convivir con defensas más cerradas, a interpretar mejor los tiempos del partido y a asumir responsabilidades en escenarios de presión máxima, especialmente en partidos europeos donde el margen de error es mínimo. En Anoeta y fuera de casa, su figura fue creciendo hasta convertirse en una de las delanteras más reconocibles del equipo, no solo por lo que marcaba, sino por lo que generaba para las demás.
Esa evolución no pasó desapercibida en Múnich. El Bayern siguió de cerca cada paso de su cesión, consciente de que Edna estaba respondiendo al reto con madurez y rendimiento. Y entonces el contexto cambió de forma abrupta. La salida de Lea Schüller, que puso rumbo al Manchester United Women, dejó al Bayern sin una de sus referencias ofensivas y obligó al club alemán a reaccionar con rapidez. En ese escenario, la progresión de Edna y su rendimiento en la Real Sociedad se convirtieron en un argumento irrefutable. El Bayern decidió repescarla antes de tiempo, interrumpiendo la cesión para reincorporarla a su plantilla y cubrir una necesidad inmediata en ataque.
La decisión fue, en sí misma, una confirmación del impacto de Edna en San Sebastián. No todas las cesiones terminan con una llamada anticipada del club de origen, y menos aún en un gigante europeo como el Bayern de Múnich. Para la Real Sociedad, supuso perder a una futbolista que ya formaba parte del equilibrio ofensivo del equipo; para Edna, fue la prueba definitiva de que su trabajo estaba siendo reconocido al más alto nivel.
Su etapa en la Real Sociedad, aunque más corta de lo inicialmente previsto, dejó una huella clara. Dejó números, sí, pero sobre todo dejó sensaciones: la de una delantera capaz de competir en contextos de élite, de adaptarse a distintos estilos y de responder cuando el escenario se vuelve exigente. La cesión cumplió su función con creces. Edna se marchó de San Sebastián más completa, más segura y con la certeza de que estaba preparada para dar el siguiente paso.
Así, su regreso anticipado al Bayern no fue una ruptura, sino una consecuencia lógica. Consecuencia de los goles marcados, de los minutos asumidos, de los partidos competidos y de una progresión que convirtió una cesión en una plataforma de lanzamiento. La Real Sociedad fue el lugar donde Edna Imade confirmó que su crecimiento no tenía techo inmediato; el Bayern, al repescarla antes de tiempo tras la marcha de Lea Schüller al Manchester United Women, simplemente reconoció una realidad que ya se había construido sobre el césped.
(Fuente: Real Sociedad de Fútbol)
En el Estadio de Zubieta están inmersos en la lucha por acceder a los puestos ligueros que dan plaza a jugar la ronda preliminar de la Liga de Campeones Femenina la temporada que viene, marchándose al parón navideño en tercera posición con 30 unidades en el zurrón, a tan solo dos de un Real Madrid que sigue la estela del todopoderoso Fútbol Club Barcelona, quien domina la Primera División Femenina como es habitual.
La exjugadora del Club Polideportivo Cacereño y el Málaga Club de Fútbol podrá despedirse del conjunto guipuzcoano unos días después de Reyes en el compromiso que enfrentará a la Real Sociedad de Fútbol a domicilio (Alcalá de Henares) frente al Club Atlético de Madrid en un duelo directo por la Liga de Campeones que emitirá en abierto TEN TV (12:00 horario peninsular) en abierto a través de la TDT el 10 de enero de 2026.
(Fuente: Liga F Moeve)
Hay delanteras que marcan goles. Hay otras que marcan destinos. Edna está hecha para lo segundo.
La que fuese futbolista del Málaga CFF en la temporada 2019-2020, ha de ser definida como una atacante muy polivalente que puede actuar tanto como referencia en la parcela ofensiva como extremo por ambos costados, sobresaliendo en el rectángulo de juego por su velocidad, gran disparo de larga y media distancia que posee un potente juego aéreo en las acciones a balón parado.
Ya solo nos quedan noventa minutos para ver a la internacional española en categoría absoluta brillando en la Liga F Moeve y después habrá que conformase con verla defender la elástica de “La Roja”, que no es poco.
Cuando el mercado ofrecía una salida dorada rumbo a Rayadas de Monterrey, Silvia Lloris decidió mirar al escudo y quedarse. En pleno invierno, su continuidad se convirtió en el mejor regalo posible para un Atlético de Madrid bicampeón de la Copa de la Reina: una futbolista que entiende el proyecto, siente el club y vuelve a demostrar que, más allá de las ofertas, hay decisiones que se toman con el corazón y con la ambición intacta de seguir haciendo historia en rojiblanco.
Silvia Lloris (Murcia, 15 de mayo de 2004) ha tenido que tomar una de las decisiones más importantes de su carrera deportiva en este parón navideño en la Liga Profesional de Fútbol Femenino, permanecer para pertenecer.
La campeona de Europa en categoría sub-20 con la Selección Española de Fútbol fue objeto de deseo del Real Madrid cuando brillaba en las filas de un Levante Unión Deportiva y ella eligió mudarse a la capital española, pero para vestir la colchonera.
🥳 ¡Silvia Lloris celebra el primero que mete con la camiseta rojiblanca!
Silvia Lloris y la decisión que vale un título más: quedarse para seguir construyendo la historia del Atlético de Madrid, así se puede resumir lo que la futbolista murciana eligió entre turrones y guirnaldas en 2025.
Hay decisiones que no necesitan ser explicadas porque se entienden solas. Decisiones que no se anuncian con estruendo, ni con comunicados grandilocuentes, pero que resuenan durante años en la memoria colectiva de un club.
En el fútbol, donde el ruido del mercado suele taparlo todo, elegir quedarse es, muchas veces, el acto más revolucionario de todos. Y eso es exactamente lo que ha hecho Silvia Lloris. En pleno mercado invernal, con la posibilidad real de cruzar el Atlántico y vestir la camiseta de Rayadas de Monterrey, una de las grandes potencias del fútbol femenino en América, la centrocampista valenciana miró al escudo, al vestuario, al proyecto y decidió permanecer en el Atlético de Madrid.
Una elección que trasciende lo contractual y que se convierte, por derecho propio, en el mejor regalo posible para un club que ya sabe lo que es ganar, resistir y volver a ganar: el bicampeón de la Copa de la Reina.
Porque quedarse no siempre es lo más fácil. Quedarse implica renunciar a la comodidad de un nuevo comienzo, a la promesa de un salario mayor, a la experiencia exótica de otro fútbol y otro continente.
❝Es un placer para mí defender estos colores por lo que representan y la historia que llevan detrás❞
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) July 4, 2024
Quedarse es asumir el peso de la responsabilidad, aceptar el desafío de seguir compitiendo en un entorno exigente, convivir con la presión diaria de un escudo que no permite relajaciones. En el Atlético de Madrid, quedarse es comprometerse con una forma de entender el fútbol y la vida. Y Silvia Lloris, que llegó al club para crecer y terminó convirtiéndose en una pieza esencial del engranaje rojiblanco, ha vuelto a demostrar que su relación con el Atlético no es circunstancial, sino profundamente identitaria.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) October 24, 2024
El contexto no podía ser más simbólico. El Atlético de Madrid Femenino atraviesa una etapa de madurez competitiva, una fase en la que los títulos ya no son una excepción, sino una obligación. El doblete reciente en la Copa de la Reina no solo consolidó al equipo como uno de los grandes dominadores del fútbol español, sino que reforzó una idea: este Atlético no se conforma con el presente, quiere seguir ampliando su legado.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) May 15, 2025
Y en ese proyecto, las jugadoras que entienden el peso de la historia y el valor del compromiso son tan importantes como cualquier fichaje de relumbrón. La continuidad de Silvia Lloris encaja exactamente ahí, en esa lógica invisible que no siempre aparece en las estadísticas, pero que sostiene a los equipos campeones.
(Fuente: UEFA?
Hablar de Silvia Lloris es hablar de una futbolista que ha sabido crecer desde la discreción. No es una jugadora de grandes titulares estridentes ni de gestos sobreactuados. Su fútbol se explica mejor desde la constancia, la inteligencia táctica y la capacidad para interpretar los tiempos del partido.
El vestuario rojiblanco entiende bien el valor de estas decisiones. En un fútbol femenino que crece a gran velocidad, donde las carreras son cada vez más internacionales y los movimientos de mercado más frecuentes, las jugadoras que deciden quedarse se convierten en referentes silenciosos. No porque rechacen el progreso, sino porque eligen construirlo desde dentro. Silvia Lloris se suma así a esa estirpe de futbolistas que entienden que los títulos no se sostienen solo con talento, sino con continuidad, con conocimiento mutuo, con automatismos que solo se adquieren con el tiempo.
(Fuente: Liga F Moeve)
En un fútbol cada vez más acelerado, Lloris aporta pausa. En un deporte donde el físico y la intensidad son imprescindibles, ella añade lectura, orden y equilibrio. Su rol en el centro del campo del Atlético ha sido el de esas jugadoras que cosen al equipo sin reclamar protagonismo, que sostienen la estructura para que otras puedan brillar. Y ese tipo de futbolistas son, casi siempre, las más difíciles de sustituir.
El interés de Rayadas de Monterrey no era casual. El club mexicano lleva años construyendo un proyecto ambicioso, con inversión, identidad y resultados. La Liga MX Femenil se ha convertido en un destino atractivo para futbolistas europeas, no solo por las condiciones económicas, sino por la competitividad creciente y el impacto mediático. Para Silvia Lloris, la opción de marcharse representaba un salto internacional, una experiencia vital distinta y un reconocimiento implícito a su rendimiento. Tenía sentido. Era una oportunidad legítima. Y, sin embargo, no fue suficiente para romper el vínculo con el Atlético de Madrid.
El mercado invernal suele ser un periodo de incertidumbre, de rumores, de movimientos que alteran equilibrios. Para el Atlético de Madrid, esta vez, ha sido también un momento de reafirmación. Mantener a Silvia Lloris no es solo retener a una futbolista clave; es consolidar una idea de club. Es decirle al fútbol que el proyecto rojiblanco tiene argumentos suficientes para convencer, para seducir desde dentro, para ofrecer algo más que un contrato.
(Fuente: Atlético de Madrid)
Porque hay algo en el Atlético que no se puede explicar desde fuera. Algo que se aprende en el día a día, en los entrenamientos, en los viajes, en los partidos sufridos, en las remontadas imposibles y en las derrotas que duelen más que en ningún otro sitio. El Atlético no es un club que prometa caminos fáciles. Es un club que exige compromiso total, que te pide estar incluso cuando el cuerpo y la cabeza dicen basta.
Quedarse en el Atlético es aceptar esa exigencia como parte de la identidad propia. Y Silvia Lloris ha demostrado que esa identidad ya forma parte de ella.
La Copa de la Reina, competición fetiche para el Atlético de Madrid, funciona aquí como telón de fondo emocional. El bicampeonato no solo habla de un equipo ganador, sino de un grupo que ha sabido reinventarse, adaptarse a los cambios y mantener la ambición intacta. En ese contexto, cada decisión individual tiene un impacto colectivo. La continuidad de Lloris refuerza la sensación de estabilidad, de proyecto sólido, de vestuario comprometido. Es un mensaje hacia dentro, para las compañeras, y hacia fuera, para rivales y aficionados: este Atlético no se desarma en invierno, no se debilita cuando llegan las ofertas. Al contrario, se reafirma.
(Fuente: DAZN)
Desde el punto de vista deportivo, su permanencia ofrece certezas a un equipo que aspira a todo. Lloris conoce el sistema, entiende los mecanismos defensivos y ofensivos, se adapta a distintos roles en el centro del campo y aporta una regularidad fundamental en una temporada larga y exigente. Pero más allá de lo táctico, su presencia aporta liderazgo tranquilo, ejemplo diario y una conexión con el club que no se improvisa. En un fútbol cada vez más profesionalizado, ese tipo de liderazgo es oro puro.
(Fuente: Liga F Moeve)
Hay también una lectura simbólica que no debe pasarse por alto. El Atlético de Madrid ha construido gran parte de su identidad reciente sobre la idea de resistencia, de lucha contra contextos adversos, de fidelidad a unos valores que van más allá del resultado inmediato. En el femenino, esa identidad se ha traducido en un proyecto que, pese a las dificultades estructurales del fútbol español, ha sabido mantenerse en la élite y competir de tú a tú con cualquiera. La decisión de Silvia Lloris encaja perfectamente en ese relato. Es una elección que habla de pertenencia, de confianza en el camino elegido y de ambición a largo plazo.
Para la afición, su continuidad es un motivo de orgullo. En un tiempo en el que los ídolos parecen efímeros, ver a una jugadora apostar por el club refuerza el vínculo emocional con el equipo. La grada entiende estas cosas. Entiende que no todas las decisiones se miden en cifras, que hay gestos que construyen identidad. Y quedarse, cuando se podría haber partido, es uno de esos gestos que se recuerdan.
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En el futuro, cuando se repasen las trayectorias, esta decisión aparecerá como uno de esos puntos de inflexión silenciosos.
No habrá una fecha exacta ni una foto icónica, pero sí la certeza de que, en un invierno concreto, una jugadora decidió quedarse y eso fortaleció a un equipo campeón. El Atlético de Madrid seguirá compitiendo, ganando y perdiendo, como todos.
Pero lo hará con la tranquilidad de saber que tiene futbolistas que creen en el proyecto tanto como el club cree en ellas.
Silvia Lloris ha elegido quedarse. Y en el Atlético de Madrid, donde la palabra compromiso tiene un peso específico, esa elección vale tanto como un título. Es el mejor regalo para un bicampeón de la Copa de la Reina que no se conforma con mirar al pasado, sino que sigue escribiendo su historia con decisiones firmes, silenciosas y profundamente rojiblancas.
(Fuente: UEFA)
consolidarse durante cuatro temporadas en el Levante UD, donde acumuló un total de 77 partidos oficiales y se convirtió en una de las defensoras más fiables del proyecto granota, su carrera dio un giro decisivo en el verano de 2024, cuando el Atlético de Madrid apostó por su fichaje como parte de una renovación estratégica de la línea defensiva. Su etapa en Valencia había estado marcada por una progresión constante, por la asimilación temprana de responsabilidades competitivas y por una madurez impropia de su edad, hasta el punto de convertirse en una futbolista reconocible tanto por su regularidad como por su carácter competitivo, una seña de identidad que terminaría encajando de manera natural con el ADN rojiblanco.
Su llegada al Atlético coincidió con un periodo de transición en el club, en el que se buscaba reforzar la estructura defensiva con perfiles jóvenes pero contrastados, capaces de sostener el ritmo competitivo de la Liga F y, al mismo tiempo, de asumir la exigencia europea. Tras su participación en el Mundial sub-20, del que regresó con un notable crecimiento competitivo y una experiencia internacional que amplió su lectura del juego, se hizo rápidamente con el puesto de titular. No fue una adaptación progresiva ni una irrupción tímida: desde sus primeros encuentros dejó claro que estaba preparada para liderar desde atrás, imponiendo presencia, orden y una intensidad que elevó el nivel de la zaga colchonera.
Bajo la dirección de Víctor Martín, el Atlético de Madrid encontró en ella una defensora capaz de sostener el sistema desde múltiples registros. Su temporada de debut se cerró con cuatro goles, una cifra especialmente significativa para una futbolista cuya posición principal es la defensa, pero que explica bien una de sus mayores virtudes: la capacidad para influir en ambas áreas. Su aportación ofensiva no responde únicamente a situaciones aisladas de balón parado, sino a una lectura inteligente de los tiempos de llegada, a una agresividad bien medida para atacar segundos balones y a una determinación clara cuando detecta espacios en la frontal o en el segundo palo.
El curso colectivo del Atlético estuvo marcado por luces y sombras, pero también por una notable resiliencia competitiva. El equipo logró clasificarse para la Liga de Campeones en la última jornada de liga, culminando una remontada clasificatoria que reforzó la identidad competitiva del grupo. Además, alcanzó la final de la Copa de la Reina, demostrando solvencia en eliminatorias a partido único, aunque se quedó a las puertas del éxito. En el plano europeo, la eliminación en la ronda previa de la Liga de Campeones y la caída en semifinales de la Supercopa dejaron un sabor agridulce, pero también expusieron el margen de crecimiento de un proyecto en el que ella fue una de las piezas más fiables a lo largo de la temporada.
Desde el punto de vista del scouting, su perfil responde al de una defensora moderna, completa y con un alto grado de competitividad. En el plano defensivo destaca por su agresividad controlada en el duelo, tanto en campo abierto como en espacios reducidos. Es una futbolista que no rehúye el contacto, que mide bien cuándo anticipar y cuándo temporizar, y que rara vez queda mal perfilada en situaciones de uno contra uno. Su lectura corporal de la atacante rival le permite orientar las acciones hacia zonas menos peligrosas, cerrando líneas de pase interiores y obligando a jugar por fuera, donde se siente especialmente cómoda defendiendo.
En el juego aéreo es dominante, no solo por capacidad física sino por timing y determinación. Ataca el balón con convicción, tanto en acciones defensivas como ofensivas, y transmite seguridad al resto de la línea cuando el equipo defiende en bloque bajo. Esta fortaleza se traslada también a las jugadas de estrategia ofensiva, donde su capacidad para ganar el primer contacto y prolongar la acción genera segundas jugadas que el equipo sabe aprovechar.
Con balón, su evolución ha sido especialmente notable desde sus últimas temporadas en el Levante hasta su consolidación en el Atlético. No es una defensora limitada a despejar o jugar en corto por compromiso: posee una salida de balón limpia, con capacidad para romper líneas mediante pases tensos al interior o cambios de orientación bien ejecutados. Su toma de decisiones es, en general, madura y eficiente; rara vez se precipita, entiende cuándo acelerar el juego y cuándo pausar para reorganizar al equipo. Esta fiabilidad en la circulación permite al Atlético iniciar ataques desde atrás sin renunciar al control, incluso bajo presión alta del rival.
A nivel táctico, interpreta con solvencia distintos sistemas defensivos. Puede rendir tanto en una línea de cuatro como en una defensa de tres centrales, adaptándose a los ajustes del entrenador sin perder eficacia. En defensa adelantada muestra una buena coordinación con la línea, controla bien la espalda y corrige con rapidez cuando el equipo pierde el balón en zonas comprometidas. En bloque bajo, se muestra disciplinada, mantiene la concentración durante largos tramos sin balón y no pierde la referencia del marcaje ni del espacio.
Su carácter competitivo es uno de sus grandes diferenciales. Transmite liderazgo desde el comportamiento, no tanto desde el gesto exagerado, sino desde la constancia, la fiabilidad y la intensidad sostenida. Es una futbolista que eleva el nivel de exigencia del entorno, que no desconecta y que responde bien en escenarios de máxima presión, como finales o partidos decisivos por objetivos. Esa mentalidad se refleja también en su regularidad física, con una notable capacidad para sostener el ritmo competitivo a lo largo de la temporada.
En el plano emocional, su perfil encaja con el de una futbolista que entiende el peso del escudo y la responsabilidad de competir en un club como el Atlético de Madrid. Su adaptación rápida al contexto rojiblanco no fue casual, sino consecuencia de una personalidad competitiva alineada con los valores históricos del club: intensidad, compromiso colectivo y mentalidad ganadora. Esta identificación con el entorno ha facilitado su integración en el vestuario y su crecimiento como referente defensivo a medio plazo.
Su margen de mejora sigue siendo amplio. En el aspecto ofensivo, puede incrementar aún más su influencia si afina la selección de momentos para incorporarse al ataque y mejora la precisión en el último pase tras conducción. Defensivamente, el reto pasa por seguir puliendo la gestión del riesgo en anticipaciones muy agresivas ante rivales de máxima velocidad, especialmente en competiciones europeas donde el ritmo es más alto y el error se penaliza con mayor severidad.
En conjunto, su primer año en el Atlético de Madrid confirma que su fichaje no fue una apuesta de futuro sin retorno inmediato, sino una incorporación de rendimiento presente.
Con apenas unas temporadas en la élite, ya se ha consolidado como una defensora titular en un equipo aspirante a títulos, con impacto real en los resultados y una identidad de juego reconocible. Su trayectoria, desde la regularidad silenciosa en el Levante hasta la exposición máxima en el Atlético y en competiciones internacionales, dibuja el perfil de una futbolista destinada a ser protagonista en los próximos años del fútbol femenino español.
consolidación de su figura en el Atlético de Madrid no puede entenderse únicamente desde el rendimiento inmediato, sino desde la forma en la que ha ido ampliando su radio de influencia dentro del equipo. A medida que avanzó la temporada, su papel dejó de limitarse a la ejecución estricta de tareas defensivas para convertirse en un eje de equilibrio estructural. El equipo comenzó a apoyarse en su fiabilidad para sostener riesgos ofensivos mayores, sabiendo que detrás existía una futbolista capaz de corregir, ordenar y sostener situaciones de transición defensiva complejas. Esa confianza colectiva se tradujo en un Atlético más atrevido con balón, especialmente en los tramos decisivos de la temporada en los que se jugaba la clasificación europea.
En el contexto del modelo de Víctor Martín, su perfil encaja especialmente bien por su capacidad para interpretar el juego desde la inteligencia posicional. No es una defensora rígida ni mecánica; entiende el fútbol como un sistema de relaciones y no como una suma de acciones aisladas. Cuando el Atlético construye desde atrás, su colocación suele ser ligeramente escalonada respecto a su pareja de central o al lateral más cercano, facilitando líneas de pase diagonales que rompen la primera presión rival. Esa pequeña ventaja posicional, casi imperceptible para el espectador casual, es clave para evitar pérdidas en zonas comprometidas y para permitir que el equipo progrese con control.
(Fuente: Teledeporte)
Uno de los aspectos más interesantes de su evolución es la gestión de los ritmos del partido. En encuentros de alta exigencia emocional, como eliminatorias o partidos decisivos por objetivos, ha demostrado una notable capacidad para enfriar el juego cuando el contexto lo exige. No se precipita en la salida de balón, no busca pases heroicos innecesarios y prioriza la seguridad colectiva sobre el lucimiento individual. Esta madurez competitiva, adquirida en parte durante su experiencia en el Levante y reforzada en torneos internacionales de categorías inferiores, la sitúa en un escalón distinto al de otras defensoras jóvenes que aún están en proceso de aprendizaje emocional.
Su contribución goleadora, con cuatro tantos en su primera temporada como colchonera, merece un análisis específico porque revela mucho de su mentalidad. No se trata de goles circunstanciales ni fortuitos, sino de acciones en las que demuestra determinación, lectura del espacio y valentía para asumir protagonismo ofensivo. En acciones a balón parado, su comportamiento es agresivo pero inteligente: ataca el primer palo con potencia cuando la jugada lo requiere, pero también sabe fijar defensoras para liberar espacios a compañeras con mejor remate. En jugadas de segunda línea, aparece con timing preciso, aprovechando rechaces o desajustes defensivos para finalizar con contundencia.
Desde el punto de vista físico, su rendimiento se apoya en una base sólida que le permite sostener duelos continuos sin perder claridad mental. No es una futbolista explosiva en el sentido clásico, pero sí posee una potencia funcional muy bien aplicada al juego real. Su zancada es eficiente, su capacidad para repetir esfuerzos es alta y su resistencia le permite mantener la intensidad defensiva incluso en los minutos finales, cuando muchos partidos se deciden. Esta fortaleza física, combinada con una buena lectura del juego, reduce la necesidad de acciones desesperadas y minimiza el riesgo de faltas innecesarias cerca del área.
En el juego uno contra uno, especialmente ante delanteras móviles, muestra una virtud cada vez más valorada en el fútbol femenino moderno: la capacidad para defender sin lanzarse. Sabe temporizar, orientar y esperar el momento adecuado para intervenir, utilizando el cuerpo y el posicionamiento antes que el tackle agresivo. Esta cualidad no solo reduce el riesgo de ser superada, sino que permite que el bloque defensivo se reorganice y que las ayudas lleguen en el momento justo. En este sentido, su comprensión del juego colectivo supera con claridad la media de su generación.
Cuando el Atlético defiende en bloque medio o bajo, su concentración es constante. No se desconecta de la jugada, mantiene siempre la referencia visual de balón y marca, y ajusta su posición en función de los movimientos del resto de la línea. Esta disciplina táctica fue especialmente visible en los partidos de Copa de la Reina, donde el margen de error era mínimo y cada acción defensiva podía decantar una eliminatoria. Su fiabilidad en estos escenarios contribuyó de manera directa a que el equipo alcanzara la final del torneo.
La experiencia de la ronda previa de la Liga de Campeones, pese a la eliminación, supuso también un aprendizaje relevante en su proceso de crecimiento. En esos partidos, el ritmo, la exigencia técnica y la velocidad de ejecución fueron superiores a los de la competición doméstica. Lejos de verse superada, respondió con personalidad, asumiendo responsabilidades y manteniendo un nivel competitivo acorde al contexto. Estas vivencias, aunque dolorosas desde el punto de vista colectivo, son fundamentales para el desarrollo de futbolistas llamadas a competir de manera habitual en el escenario europeo.
En comparación con otras defensoras de la Liga F, su perfil destaca por el equilibrio entre contundencia y criterio. No es la central más veloz ni la más técnica, pero combina ambas facetas con una eficacia notable. Frente a defensoras más agresivas pero menos ordenadas, ofrece fiabilidad. Frente a perfiles más elegantes pero menos intensos, aporta carácter. Esa síntesis la convierte en una pieza muy valiosa para equipos con aspiraciones altas, donde el error individual tiene un coste elevado.
A nivel de liderazgo, su influencia se manifiesta de forma progresiva. No necesita llevar el brazalete para ejercer autoridad; su liderazgo se construye desde el ejemplo, desde la regularidad y desde la exigencia silenciosa. Corrige, orienta y acompaña a sus compañeras, especialmente a las más jóvenes, contribuyendo a una cohesión defensiva que se ha convertido en una de las fortalezas del Atlético en los momentos clave de la temporada.
Mirando al futuro, su proyección apunta a un rol cada vez más central en el proyecto rojiblanco y en el panorama del fútbol femenino español. Si mantiene esta línea de crecimiento, está llamada a ser una defensora de referencia tanto a nivel de club como en el contexto internacional. Su combinación de juventud, experiencia acumulada, mentalidad competitiva y margen de mejora la sitúa en una posición privilegiada para seguir evolucionando en un entorno de máxima exigencia.
Su historia, desde la constancia silenciosa en el Levante hasta la exposición total en el Atlético de Madrid, es la de una futbolista que ha sabido construir su carrera desde la coherencia y el trabajo. No ha necesitado atajos ni picos de rendimiento aislados; su crecimiento ha sido sostenido, lógico y respaldado por el rendimiento en el campo. En un fútbol cada vez más analizado y exigente, perfiles como el suyo adquieren un valor diferencial: futbolistas capaces de sostener proyectos, de competir en escenarios límite y de representar una idea clara de juego y de carácter.
siguiente paso en su evolución tiene que ver con la forma en la que ha comenzado a asumir, de manera casi natural, un rol de correctora global dentro del sistema. A medida que el Atlético fue afinando automatismos y elevando el nivel de riesgo ofensivo, su figura se volvió esencial para equilibrar al equipo en fase de pérdida. Es la futbolista que detecta antes que nadie cuándo una jugada se rompe, cuándo una presión ha sido superada y cuándo es necesario retroceder unos metros para proteger el espacio a la espalda. Esa lectura temprana, muchas veces invisible para el espectador, es uno de los rasgos que diferencian a las defensoras buenas de las realmente determinantes.
En situaciones de transición defensiva, su comportamiento es especialmente valioso. No entra en pánico ni se precipita; analiza rápidamente la disposición de las atacantes rivales y el posicionamiento de sus propias compañeras para decidir si debe salir al duelo o temporizar. Esta capacidad de decidir en décimas de segundo reduce el impacto de los contraataques rivales y permite que el equipo recupere su estructura. En un fútbol cada vez más rápido y vertical, esta virtud se convierte en un activo estratégico de primer nivel.
Otro aspecto que ha experimentado una evolución notable es su comunicación dentro del campo. Sin ser una futbolista estridente, su lenguaje corporal y sus indicaciones son claras, constantes y eficaces. Ordena la línea defensiva, ajusta alturas y corrige perfiles, especialmente en momentos de acumulación de centros laterales o de ataques sostenidos del rival. Esta comunicación no solo mejora el rendimiento colectivo, sino que transmite seguridad al resto del equipo, un factor psicológico clave en partidos de alta presión.
En la salida de balón bajo presión, su serenidad es uno de sus mayores valores. Cuando el rival aprieta con agresividad, no se limita a jugar en horizontal o a despejar sin criterio. Analiza el posicionamiento de las mediocampistas, detecta apoyos interiores y es capaz de filtrar pases que superan líneas, rompiendo la presión y permitiendo que el equipo avance con ventaja. En este sentido, su juego conecta con una tendencia clara del fútbol femenino de élite, donde las defensoras ya no son meras ejecutoras defensivas, sino piezas fundamentales en la construcción del juego.
Su relación con el lateral del mismo perfil es otro punto fuerte del sistema. Entiende cuándo debe cerrar hacia dentro para permitir la proyección ofensiva de su compañera y cuándo debe mantenerse abierta para proteger el carril. Esta coordinación reduce los desajustes y permite al Atlético atacar con mayor profundidad sin quedar excesivamente expuesto. En defensas de tres centrales, su capacidad para interpretar el rol de central exterior o central más fija amplía las posibilidades tácticas del equipo.
El contexto competitivo de la temporada también ha servido para reforzar su carácter. Los momentos de frustración, como la eliminación europea o la derrota en la final de la Copa de la Reina, lejos de debilitarla, parecen haber consolidado su mentalidad. En declaraciones posteriores a esos partidos, su discurso se centró más en el aprendizaje y en la responsabilidad colectiva que en la decepción, una muestra de madurez emocional que no siempre es habitual en futbolistas jóvenes con protagonismo creciente.
Desde el punto de vista del scouting avanzado, su perfil presenta indicadores muy interesantes en términos de consistencia. Mantiene un alto porcentaje de duelos defensivos ganados, una tasa baja de errores no forzados y una fiabilidad elevada en pases bajo presión. Estos datos, combinados con el análisis visual, refuerzan la percepción de que su impacto va más allá de acciones puntuales destacadas; su valor reside en la acumulación de pequeñas decisiones correctas a lo largo de los noventa minutos.
En el plano internacional, su experiencia en categorías inferiores y su rendimiento en contextos de máxima exigencia la sitúan como una candidata natural a integrarse de forma estable en dinámicas de selección absoluta. Su perfil encaja bien en sistemas que priorizan el orden defensivo, la salida limpia de balón y la capacidad para sostener partidos largos y complejos. Además, su experiencia europea, aunque todavía limitada en número de partidos, aporta un bagaje valioso de cara a futuros ciclos competitivos.
La comparación con defensoras históricas del Atlético de Madrid permite entender mejor su impacto potencial. Sin replicar exactamente el estilo de ninguna, comparte con las grandes referentes rojiblancas del pasado reciente una combinación de intensidad, fiabilidad y compromiso colectivo. Su capacidad para adaptarse a distintos contextos de partido y para mantener un nivel alto de concentración la coloca en una línea de continuidad con esas figuras que han marcado época en el club.
A nivel formativo, su trayectoria es un ejemplo de progresión bien gestionada. No quemó etapas de manera precipitada ni se estancó en contextos cómodos. Cada cambio de escenario supuso un desafío mayor, asumido con naturalidad y respaldado por el rendimiento. Este recorrido refuerza la idea de que su crecimiento no es coyuntural, sino estructural, basado en hábitos de trabajo, en inteligencia competitiva y en una comprensión profunda del juego.
El futuro inmediato plantea nuevos retos: la consolidación definitiva en competiciones europeas, la posibilidad de asumir mayores responsabilidades dentro del vestuario y la exigencia de mantener el nivel en un entorno donde la competencia interna es alta. Sin embargo, su perfil invita al optimismo. Ha demostrado capacidad para adaptarse, para aprender de los errores y para crecer en escenarios de máxima presión.
En una época en la que el fútbol femenino español sigue ampliando su visibilidad y su nivel competitivo, figuras como la suya representan un tipo de futbolista especialmente valioso: sólida, fiable, con carácter y con una comprensión del juego que va más allá de lo puramente físico o técnico. Su historia no es la de una irrupción fugaz, sino la de una construcción paciente y coherente, destinada a sostener proyectos ambiciosos y a dejar huella a largo plazo.
El palmarés de Silvia Lloris no se explica desde la acumulación masiva de títulos, sino desde una trayectoria construida en escenarios de alta exigencia competitiva, con presencia constante en fases finales y en equipos protagonistas del fútbol femenino español. Formada y consolidada en la élite con el Levante UD, disputó durante cuatro temporadas un total de 77 encuentros oficiales, participando en campañas en las que el conjunto granota se mantuvo como un rival incómodo para los grandes y como un habitual de la zona media-alta de la tabla, asentándose en la Liga F y compitiendo con regularidad en eliminatorias nacionales. Su crecimiento en ese contexto le permitió adquirir experiencia estructural, continuidad competitiva y una madurez táctica que sería determinante para el siguiente salto de su carrera.
Ese salto llegó en el verano de 2024 con su fichaje por el Atlético de Madrid, un movimiento que la situó de lleno en la pelea por los grandes objetivos. En su primera temporada como rojiblanca se convirtió rápidamente en titular tras su regreso del Mundial sub-20, asentándose como una de las defensoras más fiables del equipo. A nivel colectivo, ese curso dejó hitos relevantes en su palmarés: clasificación para la Liga de Campeones lograda en la última jornada de liga, subcampeonato de la Copa de la Reina tras alcanzar la final y presencia en la Supercopa de España, donde el Atlético alcanzó las semifinales. Aunque la eliminación en la ronda previa de la Champions impidió ampliar su experiencia continental, esa participación forma parte ya de su bagaje competitivo en torneos UEFA, un valor añadido en la carrera de cualquier futbolista de su perfil.
En el plano internacional, su palmarés se completa con su participación en competiciones de selecciones inferiores, destacando su presencia en el Mundial sub-20, una experiencia que reforzó su carácter competitivo y su exposición al máximo nivel internacional, y que terminó de consolidarla como una futbolista preparada para asumir responsabilidades en clubes aspirantes a títulos.
Sus estadísticas como rojiblanca refuerzan la dimensión de su impacto. En su primer año con el Atlético de Madrid firmó cuatro goles oficiales desde la defensa, una cifra notable que subraya su influencia en ambas áreas. Más allá del número, varios de esos tantos tuvieron un peso simbólico y emocional importante, especialmente el golazo de larga distancia que marcó en Alcalá de Henares en el derbi ante el Real Madrid. Un disparo lejano, potente y preciso, que superó a Misa Rodríguez y que se convirtió en una de las imágenes de la temporada, pese a que el Atlético terminó cayendo por 1-2 en un partido marcado por el doblete de Linda Caicedo. Aquel gol no solo evidenció su calidad técnica y su personalidad para asumir riesgos, sino también su capacidad para aparecer en los grandes escenarios, incluso cuando el contexto era adverso.
El valor de su permanencia en el Atlético de Madrid adquiere una dimensión especial si se tiene en cuenta el fuerte interés mostrado por clubes internacionales como Monterrey. En un mercado cada vez más globalizado y competitivo, donde las ofertas económicas y deportivas llegan desde múltiples frentes, su decisión de quedarse refuerza la identidad del proyecto rojiblanco y envía un mensaje claro de compromiso y ambición compartida. Apostar por continuar no es solo una elección profesional, es una declaración de intenciones: la de una futbolista que cree en el crecimiento del equipo, que quiere ser parte central de su evolución y que entiende que los proyectos sólidos se construyen con continuidad, carácter y liderazgo.
(Fuente: Liga F Moeve)
Silvia Lloris representa ese tipo de futbolista que da sentido a los procesos largos, que convierte la confianza del club en rendimiento sobre el césped y que encarna una idea de pertenencia cada vez más valiosa en el fútbol moderno. Su palmarés, todavía en construcción, no se mide únicamente en trofeos levantados, sino en finales jugadas, clasificaciones logradas, partidos decisivos disputados y decisiones firmes tomadas en momentos clave. Que haya decidido quedarse cuando otros llamaban a su puerta no es un detalle menor: es una victoria silenciosa del Atlético de Madrid y una promesa de que lo mejor de su historia rojiblanca aún está por escribirse.
El parón invernal, a consecuencia de la Navidad, de la Primera División Femenina (LPFF) no ha venido mal para los periodistas, ya que los artistas de la pluma y el papiro hemos tenido la oportunidad de sacar a relucir historias que el frenesí de la competición no permitía y hemos tenido la oportunidad de revivir las carreras de Marta Corredera, Amanda Sampedro, Ludmila Da Silva o Anita Marcos, por citar algunos ejemplos de lo que ofertamos en “El Partido de Manu”.
En el último capítulo de este 2025 viajamos a Cataluña para mirar de frente a María León Cebrián, estrella del Barcelona y de la Selección Española de Fútbol, con la que está de vuelta.
María Pilar León Cebrián —Mapi para el fútbol, Pilar para la familia, referente para toda una generación— no solo ha sido una defensa central determinante en el mejor equipo del mundo. Ha sido una idea, una forma de entender el juego, una zurda que convirtió la salida de balón en discurso político, estético y emocional. Desde Zaragoza hasta Europa, desde la timidez del Prainsa hasta la contundencia del Camp Nou, desde el silencio del vestuario hasta el ruido de los debates sociales, Mapi León es una de las grandes narradoras del fútbol femenino contemporáneo.
Este texto no es una biografía. Es un viaje. Es una despedida a 2025. Y es una promesa de lo que viene.
Zaragoza no se presume: se resiste. Y Mapi León es exactamente eso.
Nacida el 13 de junio de 1995, hija de Javier y Pilar, hermana pequeña, observadora, dibujante antes que futbolista, Mapi creció entre balones compartidos con su hermano y cuadernos llenos de líneas. Antes del fútbol, el voleibol. Antes del césped, el parquet del fútbol sala. Antes del foco, la intuición.
Prainsa Zaragoza, hoy Zaragoza CFF, fue su primera casa. Allí se formó, allí creció y allí debutó en Primera División con solo 16 años, precisamente ante el FC Barcelona, como si el guion ya estuviera escrito con una ironía que solo el tiempo sabría leer. Aquel debut no fue una anécdota: fue una advertencia. Mapi no era una promesa ornamental. Era una futbolista competitiva, feroz, inconformista, capaz de jugar en banda, de atacar, de correr, de chocar y de sostener partidos enteros desde una energía que desbordaba edad y contexto.
Tras cuatro temporadas en Zaragoza, el Espanyol fue el siguiente paso. Un año bastó para confirmar lo evidente: aquella zurda tenía algo diferente. No solo jugaba bien; entendía el juego. Llegaron las convocatorias con la selección, el interés de los grandes clubes y la sensación de que el fútbol femenino español empezaba, lentamente, a reconocer el talento sin pedir disculpas.
El Atlético de Madrid apareció en 2014 y con él, la transformación definitiva. Hasta entonces, Mapi había sido extremo. Vertical, agresiva, ofensiva. Fue en el club rojiblanco donde un entrenador tomó una decisión que cambiaría su carrera y, con el tiempo, el propio concepto de defensa central en España: retrasarla. Colocarla en el eje. Convertir su lectura del juego, su velocidad y su carácter en cimiento. Desde ese momento, Mapi León no abandonó nunca más el centro de la defensa.
En el Atlético ganó una Liga y una Copa de la Reina, pero sobre todo ganó identidad. Fue allí donde recibió la primera llamada de la selección absoluta y donde empezó a entender que su fútbol no era solo talento: era liderazgo. Cuando en 2017 el FC Barcelona decidió pagar 50.000 euros por su fichaje, no solo se rompió un techo simbólico —el del primer traspaso pagado por una futbolista española—, se inauguró una nueva era. El fútbol femenino español empezaba a profesionalizarse y Mapi León estaba en el centro del cambio.
(Fuente: UEFA)
Llegó al Barça en pleno proceso de construcción. No al equipo hegemónico que hoy parece inevitable, sino a un proyecto que todavía se estaba buscando. En su primera temporada ganó la Copa de la Reina, participó en 29 partidos de liga y marcó dos goles. Fue clave. En la segunda, ya con Lluís Cortés, se consolidó como indiscutible, renovó hasta 2022 y formó parte del equipo que alcanzó la primera final de Champions de la historia del club y del fútbol femenino español. La derrota ante el Olympique de Lyon no fue un final, fue un aprendizaje colectivo.
A partir de ahí, la historia se acelera. Supercopas, Ligas, Copas, récords, estadios llenos, clásicos históricos, un Johan Cruyff convertido en santuario, un Camp Nou que por fin abrió sus puertas al equipo femenino, una Champions conquistada en Gotemburgo con un 4-0 al Chelsea que todavía resuena como una declaración de poder. Tripletes, hegemonía, once ideales, reconocimientos UEFA, premios The Best. Mapi León levantó tres Ligas de Campeones (2021, 2023, 2024) y se consolidó como una de las mejores centrales del mundo.
(Fuente: Getty imágenes)
Pero reducir su trayectoria a títulos sería traicionar la esencia de su figura. Porque Mapi León nunca fue solo fútbol. Fue voz. Fue cuerpo político. En 2018 hizo pública su orientación sexual y se convirtió en una referencia contra la homofobia en el deporte. Fue pregonera del Orgullo de Madrid, fue reconocida entre las personas más influyentes contra la homofobia en España y asumió un papel que muchas veces incomoda más que celebrar goles: el de existir sin pedir perdón.
Su activismo no fue accesorio. Fue coherente con su forma de jugar. Defender también era proteger la dignidad, la intimidad, el derecho a ser. Por eso, cuando en febrero de 2025 un gesto en un derbi ante el Espanyol se viralizó y derivó en una polémica nacional, la figura de Mapi volvió a situarse en el centro del debate. Comunicados cruzados, interpretaciones enfrentadas, ruido. Ella respondió defendiendo su versión, su integridad y su derecho a no ser juzgada por una narrativa simplificada. El episodio evidenció algo más profundo: el fútbol femenino ya no era invisible. Ahora también era escrutado, amplificado, politizado. Como todo lo que importa.
En la selección española, Mapi fue internacional desde 2016, campeona de la Copa Algarve, titular en el Mundial de Francia 2019, pareja de Irene Paredes, referencia defensiva. También formó parte del grupo de jugadoras que en 2022 dijeron basta y renunciaron mientras no se produjeran cambios estructurales. Otro acto de defensa. Otra línea trazada en el suelo.
(Fuente: FIFA)
En lo futbolístico, su perfil es el de una central zurda moderna, dominante en el anticipo, rápida al corte, valiente en la salida de balón, capaz de incorporarse al ataque, de romper líneas y de asumir riesgos. Pero hay algo más: Mapi juega como piensa. No se esconde. No especula. No se diluye. Cada acción suya tiene intención.
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Palmarés |
Mapi León ha conquistado hasta la fecha: – 3 Ligas de Campeones (2021, 2023, 2024) – 3 Ligas (1 con Atlético de Madrid, 2 con FC Barcelona) – 4 Copas de la Reina – 1 Supercopa de España – Premio The Best: once ideal 2023 – Once ideal UEFA 2020 y 2021
(Fuente: Getty imágenes)
Pero su mayor título no cabe en una vitrina. Es haber sido parte imprescindible de la generación que cambió el fútbol femenino español para siempre.
(Fuente: Getty imágenes)
Y así, cuando 2025 se despide, Mapi León permanece. Como símbolo, como futbolista, como relato. Sirve este texto como cierre de un año intenso, contradictorio, brillante y humano. Y sirve también como promesa. Porque si 2025 fue el año de la consolidación, 2026 será el de la memoria. Y este medio, como ella, seguirá defendiendo el juego, la verdad y la belleza sin pedir permiso.
Porque hay defensas que no se olvidan. Porque hay futbolistas que explican un tiempo. Y porque Mapi León, simplemente, ya es historia.
🔲 La capitana del Barcelona y de la Selección Española de Fútbol deja atrás el platino que marcó una etapa de resistencia para abrazar un rubio cálido, orgánico y luminoso que conecta identidad, madurez, liderazgo y futuro. Un cambio estético que no es moda: es manifiesto.
Cuando el calendario se detuvo en el umbral del Año Nuevo 2026, Alexia Putellas eligió hablar sin palabras. Lo hizo a través de una imagen, de una textura, de un color que no grita pero permanece. El platino —símbolo de dureza, de filo, de supervivencia— quedó atrás. En su lugar, apareció una melena rubia con reflejos cálidos, viva, en movimiento, acompañada de un corte renovado, más orgánico, más libre, más adulto.
No fue un simple cambio de look. Fue un acto narrativo. Una declaración silenciosa de intenciones.
Compartido de manera natural en Instagram y X, el nuevo estilo de Alexia desató una reacción inmediata: comentarios, análisis, interpretaciones, capturas, titulares. Porque cuando Alexia cambia, no solo cambia una futbolista.
Cambia un símbolo. Cambia un tiempo. Cambia una forma de mirar el fútbol femenino desde el centro mismo de su historia reciente.
Durante años, el rubio platino fue casi una armadura. En Alexia, no era un adorno: era una extensión de su carácter competitivo, de su liderazgo frontal, de su forma de ocupar el espacio. El platino acompañó etapas decisivas: Balones de Oro, lesiones, regresos, silencios, miradas largas al horizonte.
Era un color extremo, exigente, sin concesiones. Como la propia Alexia en los momentos más duros.
Pero todo símbolo, cuando cumple su función, debe transformarse y el paso al rubio cálido no supone una renuncia, sino una evolución. Donde antes había dureza visual, ahora hay profundidad. Donde antes el impacto era inmediato, ahora es permanente.
nuevo tono elegido por Alexia no es casual. Los reflejos dorados y miel conectan con una estética más natural, más vinculada al cuerpo en movimiento, al deporte vivido desde la armonía y no desde la resistencia pura.
Jugadoras del Barça con más contribuciones de gol en lo que va de temporada:
Es un rubio que respira, que dialoga con la piel, con la luz, con el gesto. Que no se impone, pero se recuerda.
El corte acompaña esa idea: menos rigidez, más fluidez. Menos construcción artificial, más identidad real. Es la imagen de una futbolista que ya no necesita demostrar nada, porque todo está dicho sobre el césped.
Alexia no hizo un anuncio formal. No hubo comunicado, ni campaña, ni explicación. Simplemente apareció. Y eso, en sí mismo, es poder.
Las redes sociales se convirtieron en el escenario donde la imagen se expandió como una onda larga. No por provocación, sino por autoridad simbólica. Cada publicación, cada fotografía, fue interpretada como lo que realmente era: un inicio.
No es la primera vez que Alexia utiliza el cabello como elemento narrativo. En el Mundial de 2023, sorprendió con un tono rosado que muchos interpretaron como una apuesta emocional, una llamada a la épica, un guiño al estilo icónico de Megan Rapinoe.
Aquel rosa hablaba de desafío, de visibilidad, de ruptura de moldes. Este rubio cálido, en cambio, habla de reconciliación, de estabilidad, de victoria interior.
Si el rosa fue una llamarada, el dorado es un fuego constante.
En el fútbol femenino, el cuerpo ha sido históricamente un campo de disputa. Alexia lo sabe. Por eso cada decisión estética suya trasciende lo superficial. No se trata de moda, sino de control del relato.
Cambiar el pelo es, en su caso, una forma de apropiarse del tiempo, de marcar el ritmo, de decir: estoy aquí, sigo aquí, y soy otra sin dejar de ser yo.
No es casual que el cambio llegue con el Año Nuevo 2026. El calendario simbólico importa. Alexia inaugura el año con una imagen que no mira atrás con nostalgia, sino con serenidad. El dorado no es pasado: es promesa.
Promesa de continuidad, de liderazgo renovado, de una figura que sigue siendo central en el Barça, en la selección, en el imaginario colectivo del fútbol femenino europeo y mundial.
Las reacciones no tardaron en llegar. Aficionadas, periodistas, compañeras, referentes culturales. Porque Alexia no solo juega al fútbol: estructura imaginarios.
Cada gesto suyo —también este— se convierte en material de análisis, en espejo, en referencia.
Este nuevo rubio no busca ser tendencia. Busca ser verdad. No grita. No necesita hacerlo. Se instala. Permanece. Acompaña.
Alexia Putellas entra en 2026 con una imagen que no simboliza ruptura, sino plenitud. Una plenitud construida desde el dolor, el trabajo, la excelencia y la conciencia de su lugar en la historia.
Porque hay cambios que no anuncian un nuevo comienzo. Anuncian algo más complejo y más poderoso
⬛️ Hay futbolistas que entran en la historia por el ruido y hay otras que lo hacen por el peso.
(Fuente: UEFA)
El 2025 comienza a dispersarse como mantequilla untada sobre demasiado pan, como diría Bilbo Bolsón en “El Señor de los Anillos”, pero antes de que se cierre queremos poner en valor la trayectoria de una pionera, de este fútbol femenino moderno, como es Andrea Pereira Cejudo (Barcelona, 19 de septiembre de 1993) es una futbolista española. Juega como defensa en el Club de Fútbol Pachuca Femenil de la Liga MX Femenil. Hasta 2022 fue internacional absoluta con la Selección Española de Fútbol.
La exjugadora del Club América, uno de los grandes transatlánticos del balompié azteca, formó una gran pareja defensiva con Mapi León en el Barcelona.
La que fuese rojiblanca no es sólo una central, sino que es estructura u memoria y desde muy joven destacó por una lectura del juego poco común. No era la más rápida, ni la más poderosa, pero siempre llegaba antes. Antes al corte. Antes a la ayuda. Antes a la cobertura que evitaba el problema y era un auténtico seguro de vida.
Toda gran carrera tiene un punto de partida que no aparece en los palmarés. En el caso de Andrea Pereira, ese punto no fue un título, ni una llamada de la selección, ni una final. Fue una fractura de peroné a los 19 años.
Cuatro meses fuera. Cuatro meses viendo el fútbol desde la distancia. Cuatro meses entendiendo que el talento, sin resistencia mental, no alcanza.
Debutó con el primer equipo en la temporada 2011-2012, tras formarse en las categorías inferiores del club. No fue una irrupción explosiva. Fue algo más difícil: una construcción lenta y sólida.
Durante siete temporadas, Andrea Pereira fue creciendo hasta convertirse en una de las piezas estructurales del Espanyol. Central sobria, fiable, con una lectura del juego muy por encima de la media del campeonato en aquel momento.
El Espanyol no era un club que luchara por títulos, pero sí un entorno ideal para entender el fútbol desde la responsabilidad. Allí Andrea aprendió: a defender mucho tiempo seguido, sostener partidos largos y convivir con el error sin esconderse
La lesión de peroné no la debilitó: la ordenó. Volvió con una forma distinta de competir, menos impulsiva, más cerebral.
En 2012, levantó la Copa de la Reina, uno de los grandes hitos del club. Y no fue casualidad: ya entonces era una futbolista que elevaba el nivel colectivo.
Su última temporada en el Espanyol fue simbólica: capitana del primer equipo. No por veteranía, sino por ascendencia. Porque ya era una jugadora que hablaba poco, pero colocaba a todas.
Ese mismo año, con solo 22 años, llegó la llamada de la selección absoluta. No como promesa mediática, sino como central fiable. Como solución.
Andrea Pereira llegaba a la élite sin ruido, pero con una base que pocas tenían.
(Fuente: UEFA)
En julio de 2016, el Atlético de Madrid anunció su fichaje. Procedente del Espanyol, Andrea daba un salto que no era solo deportivo: era ideológico.
El Atlético femenino estaba construyendo algo grande. Y necesitaba futbolistas que entendieran el esfuerzo como identidad.
En su primera temporada, Andrea Pereira fue campeona de Liga. Pero más allá del título, se convirtió en una pieza táctica esencial. Central zurda, con capacidad para defender en campo abierto y sostener una línea adelantada.
En su segunda campaña fue titular indiscutible. El equipo repitió título de Liga. En octubre de 2017 sufrió una lesión muscular en el recto anterior del muslo izquierdo que la apartó un mes, pero regresó sin perder jerarquía.
El Atlético de Madrid ganó su segunda liga consecutiva con Andrea como una de las columnas invisibles del proyecto.
(Fuente: UEFA)
Andrea no necesitó brazalete fijo para liderar. En un vestuario con personalidades fuertes, ella fue el punto de equilibrio. La futbolista que sostiene cuando el partido se rompe.
El verano de 2018 marca otro punto de inflexión. El Barcelona anuncia el fichaje de Andrea Pereira y, con él, no solo incorpora a una central contrastada, sino a una futbolista que entiende el juego desde la arquitectura.
El Barça no buscaba solo defender mejor y buscaba defender distinto
El Barcelona femenino de 2018 estaba en plena transformación. Aspiraba a Europa, pero todavía no dominaba Europa. Necesitaba centrales capaces de: • Defender muy lejos del área • Sostener posesiones largas • Iniciar juego bajo presión • Corregir grandes espacios a la espalda
Andrea Pereira encajó desde el primer día y llegó a formar una gran pareja con Mapi León, algo que no era sencillo y requería inteligencia en lo táctico, lectura y evaluación del riesgo en maridaje con una enorme compensación y Pereira lo hizo todo a la perfección.
Mientras una atacaba el duelo, la otra cerraba el sistema. Mientras una rompía líneas con pase, la otra sostenía la estructura.
Esa dupla fue una de las más fiables del continente durante varias temporadas.
Andrea Pereira llegó al FC Barcelona en el verano de 2018 en un momento decisivo para la historia del club. El Barça quería dejar de competir bien para empezar a mandar, y para eso necesitaba futbolistas capaces de sostener el juego desde atrás, de entender el fútbol no como una sucesión de acciones aisladas, sino como una estructura completa. Andrea encajó desde el primer día. No por impacto mediático, sino por comprensión profunda del juego.
La temporada 2018-2019 fue, paradójicamente, una de las más importantes de su carrera. No por los títulos, sino por las derrotas. El Barcelona terminó aquel curso como subcampeón de Liga, subcampeón de Copa de la Reina y subcampeón de Europa. Tres finales perdidas. Tres golpes duros. Especialmente la final de la Liga de Campeones ante el Olympique de Lyon, un 4-1 que evidenció la distancia que aún separaba al Barça del equipo más dominante del mundo.
(Fuente: UEFA)
Andrea Pereira vivió aquella final desde dentro, defendiendo contra una maquinaria casi perfecta. Y de esa experiencia extrajo una lección que marcaría el futuro del club y de su propia carrera: para ganar Europa no basta con competir. Hay que mandar. Ese aprendizaje, silencioso pero profundo, fue oro. Porque el Barça que perdería aquella final sería el Barça que, poco después, cambiaría para siempre la jerarquía del fútbol femenino europeo.
La respuesta llegó pronto. La temporada 2019-2020 comenzó con el título de la Supercopa de España, el primer trofeo de un ciclo que transformaría la historia del club. Andrea fue parte activa de ese inicio ganador, aportando estabilidad y fiabilidad defensiva en un equipo que empezaba a reconocerse dominante. Meses después, en mayo de 2020, el Barcelona se proclamó campeón de la Liga Iberdrola tras la cancelación de la competición por la pandemia. Un título extraño, sin celebraciones tradicionales, pero trabajado desde la regularidad y el control absoluto del juego. Andrea seguía siendo una pieza fiable en la rotación defensiva, siempre preparada para sostener el sistema cuando el contexto lo exigía.
La Copa de la Reina, aplazada hasta febrero de 2021, cerró definitivamente ese ciclo triunfal. El Barça ganó la final al EDF Logroño por 3-0 y levantó el trofeo. Andrea sumaba otro título a una temporada ya histórica, confirmando la confianza institucional que el club había expresado meses antes con su renovación hasta 2023. No era un gesto simbólico: era el reconocimiento a una futbolista que entendía el proyecto desde dentro.
La culminación llegó en la Liga de Campeones 2020-2021, el gran punto de ruptura del fútbol femenino europeo. El Barcelona no solo ganó la Champions: arrasó. Andrea Pereira fue parte activa del camino, participando en eliminatorias clave como la del Manchester City, formando parte del grupo que alcanzó las semifinales y desempeñando un papel estructural dentro del vestuario. No pudo disputar la final por sanción, pero ese detalle, lejos de empequeñecer su figura, la define con precisión. Andrea representa a ese grupo de futbolistas que ganan incluso cuando no juegan. El 16 de mayo de 2021, el FC Barcelona goleó 0-4 al Chelsea y se proclamó campeón de Europa. Andrea Pereira era campeona de Europa. Sin foco. Sin portada. Pero con el mismo mérito.
Su juego explica por qué siempre estuvo ahí. Andrea Pereira es una central zurda de enorme inteligencia táctica. Su uso del perfil corporal es excelente, su pase corto y medio es seguro y consciente, y rara vez arriesga sin ventaja. No juega para lucirse, juega para que el equipo funcione. A nivel táctico destaca por su lectura de coberturas, su capacidad para defender en bloque alto, su dominio del timing defensivo y su ajuste constante de la línea. Físicamente no es explosiva, pero sí resistente, coordinada y muy fiable en partidos largos. Y mentalmente aporta algo que no se entrena: liderazgo silencioso, alta tolerancia a la presión y una capacidad poco común para asumir un rol secundario sin perder impacto. Andrea Pereira no es una central de choque. Es una central de control.
Esa fiabilidad la acompañó también en la selección española. Debutó joven con la absoluta, con solo 22 años, en una generación marcada por una competencia feroz en defensa. Su rol fue siempre claro: estar preparada. No siempre titular, pero nunca fuera del radar. En un contexto donde España evolucionaba hacia un fútbol cada vez más dominante, Andrea aportó experiencia, orden y capacidad para sostener partidos complejos. Fue una futbolista respetada en el vestuario, consciente de que el valor de una carrera no se mide solo en minutos, sino en utilidad colectiva.
Su palmarés resume una trayectoria construida desde la constancia: campeona de la Copa de la Reina en 2012 con el Espanyol; campeona de Liga en las temporadas 2016-17 y 2017-18 con el Atlético de Madrid; campeona de la Supercopa de España en 2020, de la Liga Iberdrola 2019-20 y de la Copa de la Reina 2021 con el FC Barcelona; y campeona de Europa en 2021. Títulos importantes, sí, pero siempre acompañados de un rol que va más allá de la foto.
Andrea Pereira no será recordada por goles decisivos ni por gestos grandilocuentes. Será recordada por algo más difícil de medir: haber sostenido el juego cuando el fútbol femenino español crecía a una velocidad vertiginosa. Mientras el foco iluminaba a otras, ella ordenaba la sombra. Mientras el ruido crecía, ella bajaba pulsaciones. Mientras el fútbol cambiaba, ella lo entendía.
Andrea Pereira representa a una generación de futbolistas que no pidieron permiso para competir. Que se hicieron fuertes en la dificultad. Que aprendieron a resistir antes de aprender a ganar. Y cuando llegó el momento de ganar, estaban preparadas. Porque el fútbol también se construye desde atrás. Desde el silencio. Desde las que no fallan. Y Andrea Pereira, durante más de una década, nunca dejó de estar.
cuando pasen los años, cuando las cifras se borren y los resúmenes se acorten, quedará algo que no aparece en las estadísticas. Quedará la certeza de que hubo una futbolista que entendió el juego antes de que el juego la entendiera a ella. Que supo esperar cuando todo empujaba a correr. Que sostuvo cuando otros brillaban. Que estuvo cuando no era obligatorio estar.
Andrea Pereira no fue la voz más alta ni la imagen más repetida. Fue la base. El punto de apoyo. La futbolista que hizo posible que otras volaran porque alguien, atrás, ordenaba el caos. En un fútbol que aprendió a ganar a toda velocidad, ella enseñó que también se gana pensando.
Su carrera no se explica desde el ruido, sino desde la permanencia. Desde el compromiso diario. Desde la resistencia silenciosa de quien sabe que el verdadero legado no es levantar un trofeo, sino dejar un equipo mejor de lo que lo encontró.
Porque el fútbol femenino español no solo creció gracias a las que marcaron goles imposibles. Creció gracias a las que sostuvieron los cimientos cuando todavía no había certezas. Y Andrea Pereira fue una de ellas.
Por eso, cuando el partido se rompe, cuando el estadio calla, cuando el balón quema y el tiempo aprieta, siempre hay una jugadora que aparece donde hace falta. No para celebrar. Para cumplir.
Y eso, en el fútbol y en la vida, es lo más difícil de todo.
Ese es el legado de Andrea Pereira que en pleno 2025 se sigue escribiendo con la camiseta del Pachuca.