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  • Reportaje | Ivana Andrés, la central que sostuvo el tiempo

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    ⬛️ De Valencia al mundo: la carrera de una capitana sin ruido que levantó el trofeo de la Copa del Mundo en Sídney aquel 20 de agosto de 2023.

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    No todas las futbolistas construyen su carrera desde el impacto inmediato. Algunas lo hacen desde la permanencia. Desde estar. Desde sostener. Ivana Andrés pertenece a ese grupo reducido de jugadoras cuya importancia no siempre se mide en focos, sino en procesos. Central de formación, capitana por naturaleza y líder sin estridencias, su trayectoria resume como pocas la evolución del fútbol femenino español en la última década.

    Hay gestos que valen más que mil palabras. El 20 de agosto de 2023, Ivana Andrés alzó la Copa del Mundo FIFA con la Selección Española. En la imagen no había estridencias. No había gritos mediáticos, ni celebraciones virales, ni portadas diseñadas para capturar el momento exacto de un gol decisivo. Solo estaba ella, serena, con el brazalete de capitana en la muñeca y la pelota de la gloria sobre sus manos. Ese gesto resumía más de una década de trabajo invisible, de liderazgo silencioso, de fiabilidad sostenida y de coherencia absoluta.

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    Para entender a Ivana Andrés no basta con mirar ese momento. No se trata de un talento precoz que irrumpió con fuerza en titulares o de una jugadora que aceleró el juego con regates imposibles. Su historia se entiende desde la constancia. Desde la capacidad de sostener. Desde estar siempre, incluso cuando nadie miraba. El relato de Ivana es el de las futbolistas imprescindibles, las que permiten que todo lo demás ocurra. Las que sostienen el equipo, el proyecto y, finalmente, la historia.

    Ese día, al levantar la Copa del Mundo, Ivana no solo celebraba un título. Celebraba una carrera construida en silencio, desde la estabilidad, la lectura táctica y la autoridad moral.

    Celebraba el reconocimiento a una futbolista que, durante años, fue más importante dentro del vestuario que en los flashes de la prensa. Celebraba la culminación de un proceso largo: de una joven que llegó al Valencia CF en 2009, cuando el fútbol femenino español aún caminaba con dificultad, hasta convertirse en referente nacional e internacional, líder y capitana de la Selección Española de Fútbol.

    comprender la dimensión del recorrido de Ivana Andrés, es necesario retroceder al momento en que irrumpió en el Valencia CF. La temporada 2009/10 no es solo el inicio de su carrera; es un retrato del fútbol femenino español en construcción.

    En aquel entonces, el panorama era radicalmente distinto al actual. Los campos de entrenamiento eran modestos, muchas veces de césped sintético irregular; los horarios de los partidos estaban supeditados a la disponibilidad de instalaciones compartidas con categorías masculinas; y los presupuestos de los clubes eran mínimos, lo que significaba que gran parte de las futbolistas combinaban su carrera deportiva con estudios o trabajos. La profesionalización era una aspiración, no una realidad.

    El Valencia CF Femenino, aunque un club históricamente relevante, no era una excepción. Su estructura estaba en fase de consolidación. Existían entrenadores con vocación y visión, pero la estabilidad dependía más de la pasión que de recursos sólidos. En este entorno, las jóvenes jugadoras aprendían a adaptarse, a improvisar y a sobrevivir. Cada entrenamiento era una lección de resiliencia, cada partido una prueba de madurez temprana.

    Ivana llegó con apenas 16 años, pero con una claridad poco habitual: entendía el fútbol como control y anticipación, no como exhibición física o destello individual. No era la más rápida, ni la más alta, ni la más espectacular. Pero desde el primer momento mostró una cualidad que sería su sello durante toda su carrera: regularidad. En un contexto donde las fluctuaciones eran la norma —errores, lesiones, equipos descompensados—, su constancia era diferencial. Podía no brillar, pero no fallaba. Podía no destacar, pero sostenía.

    El fútbol femenino español de entonces se enfrentaba a múltiples desafíos. Los clubes competían en ligas que aún buscaban estabilidad competitiva. La cobertura mediática era mínima: los partidos rara vez se retransmitían y los reportajes se limitaban a notas breves en diarios locales. Las futbolistas eran conocidas principalmente en sus ciudades, no a nivel nacional, y la narrativa sobre ellas solía centrarse en la precariedad, no en la calidad deportiva.

    En ese contexto, aprender significaba más que técnica: significaba entender la categoría, leer el juego y construir hábitos que sobrevivieran al caos. Ivana Andrés hizo eso con naturalidad. Sus primeras temporadas fueron discretas en estadísticas, pero determinantes en aprendizaje. Ganó minutos de manera progresiva, asimiló la intensidad de la Liga Nacional y desarrolló un criterio defensivo adelantado a su edad. Cada partido era un laboratorio de posicionamiento, comunicación y control del juego.

    La joven central valenciana no se caracterizaba por entradas espectaculares ni por duelos físicos constantes. Su arma era la colocación, la anticipación y la capacidad de leer el peligro antes de que apareciera. Su presencia en el campo generaba seguridad al equipo: las compañeras sabían que podían confiar en que los espacios estarían bien cubiertos, que las transiciones estarían organizadas y que la defensa mantendría su integridad incluso en momentos complicados.

    Ese aprendizaje silencioso no era reconocido por portadas ni premios. Pero era fundamental. Porque el fútbol femenino español necesitaba figuras como Ivana: futbolistas que no solo jugaran, sino que sostuvieran. La categoría juvenil y la Liga Nacional no ofrecían lujo; ofrecían formación y oportunidades para entender el fútbol desde la calma y la cabeza. Ivana abrazó ese camino con disciplina y sin ruido.

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    Entre 2009 y 2014, su progresión fue constante. Cada año acumulaba minutos, ganaba confianza y empezaba a ser percibida no solo como una promesa, sino como una jugadora fiable. Su evolución estaba marcada por la madurez, no por el protagonismo mediático. En un fútbol que aún luchaba por profesionalizarse, esa madurez era una ventaja competitiva.

    Su llegada coincidía con un momento crucial: la transformación silenciosa de la Liga Femenina Española, que empezaba a consolidar clubes, estructurar competiciones y profesionalizar recursos de manera gradual. En ese período, el Valencia CF se posicionaba como un club capaz de ofrecer continuidad y formación de calidad, lo que permitió a Ivana consolidar sus bases tácticas y su carácter.

    Aprender en ese contexto era aprender a sostener, a no depender de circunstancias externas, a adaptarse a cada rival y a cada partido. La joven central entendió desde el principio que su valor no residía en acciones individuales llamativas, sino en la consistencia, la lectura del juego y la capacidad de ser un referente silencioso dentro del equipo.

    De esta manera, los años formativos de Ivana Andrés no solo fueron el inicio de una carrera deportiva, sino también una lección sobre cómo se construye la fiabilidad: minuto a minuto, entrenamiento a entrenamiento, partido a partido. Era la primera vez que se sentía la semilla de un liderazgo que, años después, sería reconocido con el brazalete de capitana en clubes y en la Selección.

    En paralelo a su evolución en el club, Ivana Andrés comenzó a destacar en las categorías inferiores de la selección española. Ya había participado en torneos Sub-17 y Sub-19, y su desempeño reflejaba la misma regularidad que mostraba en Valencia. Su capacidad para leer el juego, su serenidad y su liderazgo natural le valieron un reconocimiento progresivo que, años más tarde, la consolidaría como referente de la Selección Absoluta.

    En resumen, antes de ser internacional y antes de levantar títulos, Ivana se formó en un fútbol que exigía resistencia, inteligencia y coherencia. Su carrera no comenzó con un golpe de talento, sino con una aceptación temprana de la disciplina silenciosa que el fútbol femenino requería en España. Lo que entonces parecía rutina, más tarde se convertiría en una virtud esencial: la capacidad de sostener equipos, proyectos y, finalmente, la historia misma del fútbol femenino español.

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    Cuando Ivana Andrés debutó con el primer equipo del Valencia CF Femenino en la temporada 2010/11, ya había demostrado que su talento no se medía en destellos individuales, sino en consistencia y regularidad. Tenía apenas 17 años, pero la madurez que mostraba sobre el césped la distinguía de muchas jugadoras con más experiencia. No era una central físicamente dominante ni de entradas espectaculares; era, sobre todo, una central que entendía el juego antes de que este sucediera. Esa comprensión del fútbol le permitió adaptarse rápidamente a la exigencia de la categoría y a la presión de un club que aspiraba a consolidarse en la élite española.

    Los primeros años fueron, ante todo, un periodo de aprendizaje. Cada partido era un desafío: enfrentarse a delanteras veteranas, leer sistemas tácticos cada vez más complejos y asumir responsabilidades defensivas que, a veces, recaían sobre jugadoras mucho más experimentadas. Ivana no era una futbolista que necesitara acaparar protagonismo; su fortaleza residía en la constancia de sus decisiones y la seguridad que transmitía al equipo. Sus entrenadores pronto comprendieron que, aunque no destacara con estadísticas llamativas, podía ser el eje sobre el que sostener la defensa.

    Durante esta etapa, la joven central desarrolló un rasgo que definiría toda su carrera: la anticipación. A diferencia de muchas defensoras de su generación, que confiaban en la fuerza física o en la agresividad de la entrada, Ivana aprendió a posicionarse con precisión, a leer el movimiento del rival y a interceptar situaciones antes de que se convirtieran en peligro. Esta capacidad le permitió acumular minutos de forma constante y ganar la confianza del cuerpo técnico y de sus compañeras.

    En paralelo a su desarrollo defensivo, Ivana comenzó a forjar su liderazgo silencioso. Aunque aún no llevaba el brazalete, su presencia sobre el campo era evidente. Corría, ordenaba, ajustaba el posicionamiento de sus compañeras y transmitía seguridad. No lo hacía mediante discursos o arengas, sino con la coherencia de su juego. Las futbolistas jóvenes que llegaban al primer equipo la observaban y aprendían, y las veteranas encontraban en ella un soporte confiable que permitía organizar la defensa con tranquilidad.

    Durante estos años, el Valencia CF Femenino se enfrentaba a un entorno competitivo que estaba en pleno proceso de profesionalización. Los clubes grandes comenzaban a invertir de manera más sistemática, pero la Liga seguía marcada por la irregularidad de presupuestos, recursos y cobertura mediática. En este contexto, la fiabilidad individual era un valor estratégico. Ivana ofrecía justamente eso: una futbolista que podía sostener el equipo incluso cuando las circunstancias externas eran complicadas.

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    El estilo de Ivana también se fue definiendo en esta etapa. No buscaba el protagonismo mediante recuperaciones espectaculares ni incursiones ofensivas; priorizaba la seguridad, la colocación y la protección del espacio. Su juego se basaba en evitar que el peligro llegara a su área, en lugar de reaccionar cuando ya estaba presente. Esta mentalidad defensiva le permitió acumular muy pocas tarjetas, mantener la solidez de la defensa y generar confianza en el resto del equipo.

    A medida que pasaban las temporadas, Ivana empezó a ser percibida no solo como una futbolista confiable, sino también como una jugadora estratégica para el proyecto valencianista. Su capacidad para adaptarse a distintos sistemas tácticos y su madurez competitiva la convirtieron en un recurso indispensable. Ya no era simplemente una promesa juvenil; era una futbolista que podía sostener al equipo en momentos críticos, capaz de organizar la línea defensiva y de transmitir serenidad a sus compañeras.

    Los entrenadores del Valencia, conscientes de su potencial, comenzaron a otorgarle más responsabilidades dentro del campo. Aunque la capitanía formal aún no llegaba, Ivana ejercía un liderazgo tácito: corregía, ordenaba y asumía la iniciativa en situaciones de tensión. Su influencia era silenciosa pero efectiva, y pronto se convirtió en un referente para todas las jugadoras del vestuario.

    En estos primeros años, Ivana también aprendió a gestionar la presión externa. La cobertura mediática era limitada, pero los partidos de la Liga empezaban a atraer atención y expectación. La joven central entendió que su mejor defensa era mantener la calma, rendir siempre y no dejarse llevar por el ruido. Esa filosofía le permitiría, más adelante, liderar equipos en contextos mucho más exigentes y mediáticos, como el Real Madrid Femenino o la Selección Española.

    Por último, cabe destacar que esta etapa formativa también fue clave para consolidar la capacidad de adaptación de Ivana. En un fútbol femenino español que cambiaba año tras año, con reglamentos nuevos, competiciones europeas en expansión y equipos en transformación, Ivana aprendió a ajustar su juego sin perder identidad. Esa habilidad sería fundamental cuando años después se enfrentara a retos distintos: un Levante en la parte alta de la Liga, un proyecto emergente en el Real Madrid y, finalmente, su primera experiencia fuera de España en la Serie A italiana.

    En resumen, los primeros años de Ivana Andrés en el Valencia CF Femenino fueron mucho más que simples aprendizajes técnicos. Fueron una lección de paciencia, regularidad y liderazgo silencioso. En un entorno marcado por la precariedad y la falta de recursos, su capacidad para sostener el equipo se convirtió en su principal virtud. Cada partido, cada entrenamiento y cada temporada acumulada fue construyendo los cimientos de una carrera que, años después, la llevaría a levantar la Copa del Mundo como capitana de España.

    Esta etapa temprana demuestra que no todas las futbolistas construyen su historia desde la espectacularidad. Algunas lo hacen desde la constancia, desde la disciplina y desde la capacidad de influir en el equipo sin necesidad de que todos lo vean. Ivana Andrés pertenece a este grupo. Y es precisamente esa combinación de fiabilidad, lectura táctica y liderazgo silencioso la que define su trayectoria y la prepara para los capítulos siguientes de su carrera: la capitanía formal, la consolidación en clubes mayores y, finalmente, la gloria internacional.

    Cuando Ivana Andrés debutó con el primer equipo del Valencia CF Femenino en la temporada 2010/11, ya había demostrado que su talento no se medía en destellos individuales, sino en consistencia y regularidad. Tenía apenas 17 años, pero la madurez que mostraba sobre el césped la distinguía de muchas jugadoras con más experiencia. No era una central físicamente dominante ni de entradas espectaculares; era, sobre todo, una central que entendía el juego antes de que este sucediera. Esa comprensión del fútbol le permitió adaptarse rápidamente a la exigencia de la categoría y a la presión de un club que aspiraba a consolidarse en la élite española.

    Los primeros años fueron, ante todo, un periodo de aprendizaje. Cada partido era un desafío: enfrentarse a delanteras veteranas, leer sistemas tácticos cada vez más complejos y asumir responsabilidades defensivas que, a veces, recaían sobre jugadoras mucho más experimentadas. Ivana no era una futbolista que necesitara acaparar protagonismo; su fortaleza residía en la constancia de sus decisiones y la seguridad que transmitía al equipo. Sus entrenadores pronto comprendieron que, aunque no destacara con estadísticas llamativas, podía ser el eje sobre el que sostener la defensa.

    Durante esta etapa, la joven central desarrolló un rasgo que definiría toda su carrera: la anticipación. A diferencia de muchas defensoras de su generación, que confiaban en la fuerza física o en la agresividad de la entrada, Ivana aprendió a posicionarse con precisión, a leer el movimiento del rival y a interceptar situaciones antes de que se convirtieran en peligro. Esta capacidad le permitió acumular minutos de forma constante y ganar la confianza del cuerpo técnico y de sus compañeras.

    En paralelo a su desarrollo defensivo, Ivana comenzó a forjar su liderazgo silencioso. Aunque aún no llevaba el brazalete, su presencia sobre el campo era evidente. Corría, ordenaba, ajustaba el posicionamiento de sus compañeras y transmitía seguridad. No lo hacía mediante discursos o arengas, sino con la coherencia de su juego. Las futbolistas jóvenes que llegaban al primer equipo la observaban y aprendían, y las veteranas encontraban en ella un soporte confiable que permitía organizar la defensa con tranquilidad.

    Durante estos años, el Valencia CF Femenino se enfrentaba a un entorno competitivo que estaba en pleno proceso de profesionalización. Los clubes grandes comenzaban a invertir de manera más sistemática, pero la Liga seguía marcada por la irregularidad de presupuestos, recursos y cobertura mediática. En este contexto, la fiabilidad individual era un valor estratégico. Ivana ofrecía justamente eso: una futbolista que podía sostener el equipo incluso cuando las circunstancias externas eran complicadas.

    En paralelo a su evolución en el club, Ivana Andrés comenzó a destacar en las categorías inferiores de la selección española. Ya había participado en torneos Sub-17 y Sub-19, y su desempeño reflejaba la misma regularidad que mostraba en Valencia. Su capacidad para leer el juego, su serenidad y su liderazgo natural le valieron un reconocimiento progresivo que, años más tarde, la consolidaría como referente de la Selección Absoluta.

    El estilo de Ivana también se fue definiendo en esta etapa. No buscaba el protagonismo mediante recuperaciones espectaculares ni incursiones ofensivas; priorizaba la seguridad, la colocación y la protección del espacio. Su juego se basaba en evitar que el peligro llegara a su área, en lugar de reaccionar cuando ya estaba presente. Esta mentalidad defensiva le permitió acumular muy pocas tarjetas, mantener la solidez de la defensa y generar confianza en el resto del equipo.

    A medida que pasaban las temporadas, Ivana empezó a ser percibida no solo como una futbolista confiable, sino también como una jugadora estratégica para el proyecto valencianista. Su capacidad para adaptarse a distintos sistemas tácticos y su madurez competitiva la convirtieron en un recurso indispensable. Ya no era simplemente una promesa juvenil; era una futbolista que podía sostener al equipo en momentos críticos, capaz de organizar la línea defensiva y de transmitir serenidad a sus compañeras.

    Los entrenadores del Valencia, conscientes de su potencial, comenzaron a otorgarle más responsabilidades dentro del campo. Aunque la capitanía formal aún no llegaba, Ivana ejercía un liderazgo tácito: corregía, ordenaba y asumía la iniciativa en situaciones de tensión. Su influencia era silenciosa pero efectiva, y pronto se convirtió en un referente para todas las jugadoras del vestuario.

    En estos primeros años, Ivana también aprendió a gestionar la presión externa. La cobertura mediática era limitada, pero los partidos de la Liga empezaban a atraer atención y expectación. La joven central entendió que su mejor defensa era mantener la calma, rendir siempre y no dejarse llevar por el ruido. Esa filosofía le permitiría, más adelante, liderar equipos en contextos mucho más exigentes y mediáticos, como el Real Madrid Femenino o la Selección Española.

    Por último, cabe destacar que esta etapa formativa también fue clave para consolidar la capacidad de adaptación de Ivana. En un fútbol femenino español que cambiaba año tras año, con reglamentos nuevos, competiciones europeas en expansión y equipos en transformación, Ivana aprendió a ajustar su juego sin perder identidad. Esa habilidad sería fundamental cuando años después se enfrentara a retos distintos: un Levante en la parte alta de la Liga, un proyecto emergente en el Real Madrid y, finalmente, su primera experiencia fuera de España en la Serie A italiana.

    En resumen, los primeros años de Ivana Andrés en el Valencia CF Femenino fueron mucho más que simples aprendizajes técnicos. Fueron una lección de paciencia, regularidad y liderazgo silencioso. En un entorno marcado por la precariedad y la falta de recursos, su capacidad para sostener el equipo se convirtió en su principal virtud. Cada partido, cada entrenamiento y cada temporada acumulada fue construyendo los cimientos de una carrera que, años después, la llevaría a levantar la Copa del Mundo como capitana de España.

    Esta etapa temprana demuestra que no todas las futbolistas construyen su historia desde la espectacularidad. Algunas lo hacen desde la constancia, desde la disciplina y desde la capacidad de influir en el equipo sin necesidad de que todos lo vean. Ivana Andrés pertenece a este grupo. Y es precisamente esa combinación de fiabilidad, lectura táctica y liderazgo silencioso la que define su trayectoria y la prepara para los capítulos siguientes de su carrera: la capitanía formal, la consolidación en clubes mayores y, finalmente, la gloria internacional.

    En esta fase, Ivana asumió formalmente el brazalete de capitana, no porque buscara protagonismo, sino porque era la futbolista que mejor representaba la estabilidad y el equilibrio dentro del vestuario. Su liderazgo no era discursivo ni ruidoso; se ejercía con hechos. Ordenaba, corregía y sostenía desde el campo. Su influencia no dependía del volumen de voz, sino de la coherencia de sus decisiones. Cada jugada, cada intervención, cada colocación era una enseñanza tácita para sus compañeras.

    La capitanía de Ivana no consistía en hablar más que nadie; consistía en hacer mejor a quienes la rodeaban. Era capaz de mejorar la lectura del juego de sus compañeras, de orientar la defensa y de reducir los riesgos de forma silenciosa. Esa capacidad de liderazgo funcional se convirtió en su sello: un poder que no se impone, sino que se acepta.

    Valencia vivió uno de sus períodos más estables en este tiempo. El club no solo competía de manera regular en la Liga, sino que también alcanzó momentos históricos, como la final de la Copa de la Reina de 2015. Ivana fue un pilar fundamental en ese éxito. No firmó goles decisivos ni intervenciones espectaculares que quedaran grabadas en la memoria colectiva; lo hizo con seguridad, orden y control táctico. En esos partidos, su presencia se percibía como un ancla: mientras ella estaba en el campo, el equipo respiraba con más confianza.

    La final de 2015 representa, en muchos sentidos, un punto simbólico en la carrera de Ivana. Fue la primera gran cita nacional en la que su liderazgo y capacidad defensiva se vieron reflejados en un resultado tangible, aunque finalmente el equipo no lograra alzar el título. Su actuación y la confianza que generaba fueron suficientes para consolidar su posición como referente del equipo.

    que distingue a Ivana no es solo su capacidad defensiva, sino su influencia en el vestuario. Incluso cuando otras jugadoras eran más mediáticas o talentosas en el plano individual, ella era la figura que equilibraba el grupo. Su liderazgo se basaba en la coherencia, la constancia y la fiabilidad, y esas cualidades generaban respeto. Las decisiones que tomaba sobre el césped y fuera de él no necesitaban ser comentadas: hablaban por sí mismas.

    Ese tipo de liderazgo tiene un efecto multiplicador. Ivana hacía mejores a sus compañeras porque les ofrecía seguridad y ejemplo constante. Su manera de leer el juego, su colocación precisa y su capacidad de anticipación no solo neutralizaban al rival, sino que también permitían al equipo mantener la estructura y responder con tranquilidad a situaciones de presión.

    Durante estos años, Ivana empezó a consolidarse en la Selección Española Absoluta. Su regularidad y capacidad de liderazgo silencioso la llevaron a entrar en la órbita nacional de manera definitiva. Ya no era solo una promesa; era una central fiable a nivel internacional, capaz de competir contra rivales de máxima exigencia. Su participación en torneos internacionales sub-19 y su progresión natural hacia la Absoluta reflejaban que su desarrollo no dependía únicamente del club: su nivel de rendimiento era consistente en cualquier contexto competitivo.

    A nivel táctico, Ivana seguía desarrollando su estilo característico. No necesitaba intervenir en cada acción para demostrar dominio. Su fortaleza residía en prevenir el peligro mediante colocación, lectura y control del espacio. En duelos individuales, confiaba más en la posición que en la fuerza o la entrada arriesgada. Su juego aéreo era correcto, suficiente para sostener al equipo sin ser necesariamente dominante. Y en la salida de balón, prefería la seguridad del pase corto a asumir riesgos innecesarios.

    Lo más importante de este período es que Ivana aprendió a liderar sin alterar su estilo de juego. No cambió su manera de defender ni de organizar. Ajustó matices, pero nunca perdió identidad. Esa coherencia le permitió sostener equipos en momentos críticos, siendo una referencia clara dentro y fuera del campo.

    La etapa 2014–2018 no solo consolidó a Ivana como líder y central fiable; también la preparó para retos mayores. La consistencia demostrada en Valencia la convirtió en una futbolista atractiva para clubes de mayor nivel competitivo. Su perfil —experiencia, liderazgo, fiabilidad— empezaba a situarla en la agenda de equipos con aspiraciones europeas y proyectos más ambiciosos.

    A su salida en 2018, tras casi una década en Valencia, no se trató de una ruptura sino de un final de ciclo natural. Su paso por el club dejó una impronta clara: había sido el eje que sostuvo al equipo durante años difíciles, el referente silencioso en vestuarios complejos y la central que había aprendido a liderar sin necesidad de protagonismo.

    Estos cuatro años representan la madurez de la futbolista y del liderazgo de Ivana Andrés. Se consolidó como una central capaz de sostener equipos, de influir sin imponerse y de liderar en contextos de presión. Cada entrenamiento, cada partido y cada decisión dentro del campo contribuyeron a construir la figura de una capitana funcional: discreta, constante y esencial.

    Este período de Valencia marca el inicio de la siguiente fase de su carrera: el salto a equipos con mayores exigencias competitivas, primero el Levante Unión Deportiva y luego el Real Madrid Femenino, donde su liderazgo y fiabilidad serían puestos a prueba en contextos aún más complejos y mediáticos.

    Cuando Ivana Andrés dejó el Valencia CF en 2018, se enfrentó a un desafío que marcaría la siguiente etapa de su carrera: incorporarse al Levante UD Femenino, un club en la parte alta de la Liga F y con aspiraciones europeas. Si en Valencia había sido el eje defensivo y emocional de un equipo en proceso de consolidación, en Levante debía demostrar que su rendimiento no dependía del contexto ni de la estabilidad previa. La prueba era doble: competir en un nivel superior y adaptarse a un nuevo vestuario, con estructuras tácticas más exigentes y rivales más potentes.

    Desde el primer partido, Ivana mostró que su estilo de juego —basado en lectura del juego, posicionamiento y control del espacio— no necesitaba ser modificado para ser efectivo en un contexto más competitivo. La Serie A española de entonces era más táctica, con defensas organizadas y delanteras veloces; Levante requería de una central que pudiera mantener la estructura defensiva y dar seguridad en la salida de balón. Ivana cumplió con creces, convirtiéndose rápidamente en pieza clave de la línea defensiva.

    Lo que distingue su rendimiento en Levante fue la capacidad de adaptación sin pérdida de identidad. No era necesario cambiar su manera de defender; bastaba con ajustar matices según el esquema del equipo o la estrategia del rival. Su comprensión del juego se tradujo en anticipación, cobertura de espacios y organización de la defensa, garantizando que el bloque defensivo funcionara como una unidad cohesionada, incluso ante delanteras de alto nivel.

    La esencia del juego de Ivana reside en la lectura táctica. Mientras muchas centrales dependen de la fuerza o de la agresividad de las entradas, ella se adelantaba al peligro mediante colocación estratégica y comunicación constante. Esta habilidad adquirió especial relevancia en Levante, donde la exigencia ofensiva de los rivales era mayor. Su capacidad para interpretar la situación permitió a sus compañeras actuar con confianza, sabiendo que los espacios estaban bien cubiertos y que los riesgos se gestionaban de manera inteligente.

    Su estilo de juego refleja un principio clave: la central no necesita acumular acciones defensivas para dominar un partido. Ivana demostraba que la influencia de una futbolista puede ser silenciosa pero determinante. Su colocación, orientación del juego y protección de espacios reducían al mínimo las situaciones de peligro, y su comunicación constante fortalecía la cohesión defensiva.

    En Levante, Ivana asumió un rol de liderazgo que no dependía del brazalete. Su experiencia y capacidad para sostener equipos la convirtieron en referente del vestuario desde el primer día. Ordenaba, ajustaba y dirigía a sus compañeras, no mediante imposición, sino con autoridad natural. Su liderazgo era aceptado y respetado, algo que se volvió evidente cuando el equipo enfrentaba momentos complicados dentro y fuera del campo.

    Además, su paso por Levante confirmó que su rendimiento no dependía de un entorno familiar o de años de estabilidad en un club. La misma futbolista que había liderado Valencia ahora demostraba su consistencia en un equipo distinto, con compañeras y entrenadores nuevos, en un contexto táctico más exigente y con rivales que exigían mayor concentración y rapidez de decisión.

    En términos tácticos, la etapa de Levante permitió a Ivana perfeccionar su estilo característico. Aprendió a leer no solo los movimientos del rival, sino también las transiciones rápidas y las variantes ofensivas más directas, adaptando su posicionamiento para mantener el equilibrio del equipo. Su juego aéreo se mantuvo sólido, sus intervenciones fueron precisas y su participación en la salida de balón se centró en garantizar seguridad antes que arriesgar. Cada partido reafirmaba su reputación como una central que combina eficacia, previsión y liderazgo silencioso.

    Esta etapa también le permitió consolidar su imagen como referente nacional. Su regularidad y fiabilidad en Levante reforzaron su posición en la Selección Española, confirmando que era una central de élite capaz de rendir en contextos distintos, siempre con coherencia y equilibrio. Los entrenadores nacionales podían confiar en que, en cualquier escenario, Ivana aportaría seguridad defensiva y estabilidad emocional al equipo.

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    El paso por Levante no solo consolidó su reputación; la preparó para el siguiente desafío de su carrera: incorporarse al Real Madrid Femenino, un proyecto naciente con grandes ambiciones y un nivel de exposición mediática sin precedentes. En Levante, Ivana había demostrado que podía sostener equipos en contextos competitivos, liderar sin necesidad de imposición y adaptarse a sistemas tácticos complejos. Todas estas virtudes serían esenciales para su éxito en un club que, en 2020, buscaba construir un proyecto sólido desde cero.

    En este sentido, Levante fue la confirmación de que Ivana Andrés no solo era una futbolista fiable, sino también una central capaz de elevar la estabilidad y el rendimiento de cualquier equipo en el que jugara. La etapa valenciana y granota juntas muestran un patrón claro: regularidad, lectura táctica, liderazgo silencioso y capacidad de adaptación. Cuatro pilares que definirían toda su trayectoria, incluso en contextos más exigentes y mediáticos.

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    En resumen, los años 2018–2020 representan la consolidación definitiva de Ivana Andrés como central moderna y referente nacional. Su etapa en Levante fue crucial: confirmó que su rendimiento era consistente en cualquier escenario, perfeccionó su lectura táctica y reforzó su liderazgo funcional. Todo esto la preparó para su salto al Real Madrid, donde su capacidad de sostener equipos y liderar vestuarios se pondría a prueba en un proyecto ambicioso y bajo un foco mediático sin precedentes.

    El Real Madrid Femenino nació como proyecto en 2020 con un objetivo ambicioso: consolidarse de inmediato como referente en España y aspirar a competir en Europa. La llegada de Ivana Andrés no fue casualidad. El club decidió confiarle la primera capitanía de su historia, un gesto que reflejaba perfectamente su perfil: liderazgo silencioso, fiabilidad extrema y capacidad de sostener equipos. Ser capitana del Real Madrid naciente significaba asumir responsabilidad dentro y fuera del campo, y Ivana lo hizo con la misma serenidad que había mostrado toda su carreraz.

    Fue la primera capitana de un club histórico implica una presión añadida. La atención mediática era constante, los objetivos deportivos eran elevados y el proyecto requería construir identidad desde cero. En este contexto, Ivana no buscó protagonismo; se centró en mantener la coherencia del grupo y fortalecer la estructura defensiva. Su liderazgo se expresaba de manera funcional: ajustaba la línea defensiva, orientaba a sus compañeras y tomaba decisiones en los momentos críticos. Cada gesto, cada intervención era un mensaje silencioso que reforzaba la confianza del equipo.

    El vestuario del Real Madrid era diverso y competitivo. Llegaban jugadoras internacionales con experiencia, talento y ego, pero Ivana supo integrar y liderar sin imponerse, creando un ambiente donde la autoridad se ganaba por coherencia, constancia y respeto. Su capacidad para liderar sin necesidad de ser protagonista mediática se convirtió en un activo crucial para el club en sus primeras temporadas.

    El primer año del Real Madrid Femenino supuso un periodo de adaptación. Ivana debió equilibrar la exigencia competitiva con la necesidad de cohesión interna en un grupo recién formado. Su experiencia previa en Valencia y Levante le permitió sostener al equipo en situaciones de tensión, siendo el punto de referencia en defensa y la voz de calma en momentos de dificultad.

    Con cada temporada, el proyecto blanco fue consolidándose. La presencia de Ivana en el centro de la defensa se mantuvo constante, aunque el protagonismo sobre el césped fluctuó con la llegada de talento internacional y la competencia por el puesto. Sin embargo, su peso interno en el vestuario permaneció intacto. Las compañeras sabían que podían contar con su lectura del juego, su organización de la línea defensiva y su capacidad para mantener la calma en partidos decisivos.

    Durante su etapa en el Real Madrid, Ivana contribuyó a que el club se consolidara como habitual en la parte alta de la Liga F y lograra participaciones regulares en competiciones europeas. Su rol fue especialmente relevante en los momentos de mayor exigencia táctica, cuando el equipo debía enfrentarse a rivales fuertes en la Champions League. Su estilo de juego, basado en anticipación, colocación y seguridad en la salida de balón, garantizaba que la defensa funcionara como un bloque sólido, permitiendo al equipo competir al más alto nivel.

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    Aunque no siempre estaba en el centro del foco mediático, su influencia se percibía en la consistencia del equipo. Cada partido era una demostración de cómo la regularidad, la lectura del juego y el liderazgo silencioso podían marcar la diferencia, incluso en un entorno lleno de talento y expectativas.años en el Real Madrid consolidaron a Ivana como una central de élite y una líder natural, capaz de adaptarse a proyectos ambiciosos y equipos con estructuras complejas. Su experiencia, disciplina y capacidad de influencia interna la convirtieron en una figura codiciada en el mercado. Al terminar su etapa en 2024, su salida no fue una ruptura: fue el cierre de un ciclo exitoso que dejó una impronta profunda en el club y en el vestuario.

    Su rendimiento y su carácter la situaron en la agenda de varios grandes clubes, incluido el Atlético de Madrid, que valoraba su experiencia, liderazgo y fiabilidad como activos estratégicos. Sin embargo, Ivana tomó la decisión de buscar nuevos horizontes fuera de España, una elección que anticipaba su capacidad de adaptación y su deseo de asumir desafíos internacionales.

    En resumen, la etapa 2020–2024 en el Real Madrid Femenino representa la consolidación de Ivana Andrés como líder y central de élite en contextos de máxima exigencia.

    Ser la primera capitana de un proyecto histórico implicó combinar responsabilidad, disciplina y capacidad de integración. Aunque su protagonismo sobre el césped fluctuó, su influencia en el vestuario y su capacidad de sostener al equipo permanecieron intactas. Esta fase no solo refleja su madurez como futbolista, sino también su preparación para dar el salto al fútbol internacional, donde sus virtudes serían puestas a prueba en nuevos contextos y ligas más exigentes.

    En 2024, Ivana Andrés decidió dar un paso histórico en su carrera: su primera experiencia fuera de España, incorporándose al Inter de Milán Femenino. Después de más de una década en la Liga F, de Valencia a Levante y de Levante al Real Madrid, Ivana se enfrentaba a un desafío distinto: un país nuevo, una liga con características tácticas y físicas distintas, y un entorno cultural y profesional desconocido. Para muchos, la transición podría haber sido complicada, pero para Ivana fue un escenario ideal para demostrar que su liderazgo y fiabilidad no conocen límites.

    La Serie A femenina se caracteriza por ser una liga más física y directa que la española. Los equipos tienden a jugar con bloques compactos, presionando en campo rival y explotando la fuerza en los duelos individuales. Para una central que basa su juego en lectura del juego, colocación y anticipación, esto podría parecer un desafío. Sin embargo, Ivana trasladó sus virtudes a este contexto con rapidez: su posicionamiento preciso le permitió neutralizar el juego directo y anticipar ataques antes de que se convirtieran en peligro.

    Su experiencia internacional también fue crucial. Ivana comprendía la importancia de liderar en situaciones de presión, organizar la defensa y mantener la cohesión del equipo. En un vestuario nuevo y multicultural, estas habilidades se tradujeron en autoridad natural: compañeras de distintas nacionalidades seguían su lectura del juego y su manera de mantener la calma bajo presión. Su liderazgo no se impone, pero se reconoce; su influencia es tácita, pero determinante.

    En el Inter, Ivana no solo cumple su rol defensivo; eleva el rendimiento de quienes la rodean. Su presencia aporta confianza y seguridad, especialmente en fases de transición rápida o contra rivales que juegan con intensidad física. La central española demuestra que la consistencia y la lectura táctica pueden ser igual de efectivas que la fuerza bruta, incluso en ligas más directas y exigentes físicamente.

    Su juego aéreo se mantiene sólido, y su capacidad de orientar el bloque defensivo permite al Inter mantener líneas compactas y minimizar riesgos. En la salida de balón, prioriza el pase seguro, evitando pérdidas innecesarias, una cualidad que la hace indispensable en un equipo en crecimiento y con aspiraciones europeas. Cada intervención refleja su filosofía: anticipar, ordenar y sostener, asegurando que la defensa funcione como un sistema cohesionado.

    (Fuente: Getty imágenes

    El vestuario del Inter representa un desafío adicional: culturas, idiomas y estilos de juego distintos. Para Ivana, liderar aquí requiere empatía y comunicación no verbal, además de la autoridad que ya ejercía en España. Su capacidad para adaptarse y generar confianza se convierte en un activo esencial. Las jugadoras confían en que, con ella, el equipo mantendrá equilibrio y seguridad defensiva, incluso en los partidos más exigentes.

    Esta experiencia internacional añade un nuevo matiz a su carrera: demuestra que su liderazgo no depende de la familiaridad con el entorno ni del reconocimiento mediático. Su influencia es universal: se reconoce en cualquier vestuario, en cualquier país, en cualquier contexto competitivo.

    En Italia, Ivana también consolida su preparación para la culminación de su carrera internacional. Su paso por la Serie A refuerza su capacidad de adaptación y refina sus herramientas defensivas: lectura de juego, colocación, comunicación y anticipación. Estas habilidades serán determinantes cuando, pocos meses después, lidere a la Selección Española en el Mundial 2023, levantando la Copa del Mundo como capitana.

    La experiencia en el Inter evidencia un principio central en su carrera: el talento sostenido y el liderazgo silencioso son cualidades que trascienden contextos, ligas y fronteras. No importa si juega en España o en Italia, en Valencia, Levante, Real Madrid o Inter: su capacidad de sostener equipos y organizar defensas permanece constante, y su influencia en vestuarios se mantiene intacta.

    En resumen, la etapa 2024–presente en el Inter de Milán marca la expansión internacional de Ivana Andrés, un capítulo en el que sus virtudes se trasladan a un nuevo país y a un contexto táctico distinto. Su adaptación inmediata, su lectura táctica superior y su liderazgo funcional demuestran que es una central de élite con influencia más allá de las fronteras, preparada para afrontar los retos internacionales que culminarán en su momento más alto: levantar la Copa del Mundo con la Selección Española.

    La historia de Ivana Andrés con la Selección Española no se entiende sin considerar la paciencia, la constancia y la progresión sostenida que marcaron toda su carrera. Desde categorías inferiores hasta la Absoluta, Ivana construyó un recorrido que refleja su filosofía: estar siempre lista, sin necesidad de protagonismo mediático, y liderar desde la coherencia.

    Ivana comenzó a destacar en la Selección Sub-17 y Sub-19, sumando experiencias que sentarían las bases de su madurez defensiva y liderazgo silencioso. En estos equipos, participó en torneos europeos y mundiales juveniles, ganando títulos y medallas que anticipaban su futuro en la Absoluta:
    • Campeona de Europa Sub-17: 2009 y 2010
    • Bronce en el Mundial Sub-17: 2010

    Estos logros tempranos le ofrecieron exposición internacional, pero también le enseñaron la importancia del trabajo colectivo, la regularidad y la resiliencia frente a la presión de torneos de alto nivel. Desde sus primeros pasos en la Selección, Ivana demostró que el liderazgo no depende de la edad ni del protagonismo, sino de la coherencia, la fiabilidad y la capacidad de sostener al equipo.

    lo largo de los años, Ivana consolidó su presencia en la Selección Absoluta. Su progresión fue constante: fue acumulando minutos, aprendiendo a liderar en contextos complejos y adaptándose a entrenadores, sistemas tácticos y compañeras distintas. Su estilo, basado en anticipación, colocación y comunicación, se adaptó perfectamente a un equipo que empezaba a aspirar a metas históricas, como la Eurocopa y el Mundial.

    A diferencia de algunas figuras mediáticas, Ivana no buscó protagonismo externo. Su influencia se percibía dentro del grupo: ordenaba, ajustaba, dirigía y calmaba. Su liderazgo se consolidó no solo en partidos de alto nivel, sino también en entrenamientos, vestuarios y momentos de tensión, convirtiéndola en un referente silencioso pero imprescindible.

    El Mundial 2023 fue la culminación de todo su recorrido. España llegaba con aspiraciones históricas, pero también con la presión de un país que esperaba un resultado memorable. Ivana asumió la capitanía en un momento en que la responsabilidad no podía delegarse: debía liderar a sus compañeras, mantener la calma en situaciones críticas y sostener la estructura defensiva frente a rivales de máximo nivel.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Su rendimiento fue constante durante todo el torneo. No necesitó protagonismo ofensivo ni goles espectaculares; su valor residía en organizar la defensa, anticipar jugadas y transmitir seguridad al equipo. Cada intervención era un recordatorio de que la fiabilidad puede ser tan decisiva como la creatividad o la velocidad.
    El gesto más simbólico de la carrera de Ivana llegó con la entrega de la Copa del Mundo. No era solo un trofeo: era la síntesis de más de una década de trabajo silencioso, de liderazgo funcional y de fiabilidad sostenida. En la imagen, no hay teatralidad ni ruido; hay recorrido, constancia y coherencia. Ivana se convierte en la capitana que mejor representa a un grupo equilibrado, donde la unión y la solidez colectiva triunfan sobre el protagonismo individual.

    Levantando la Copa, Ivana no solo celebraba el título, sino también la culminación de su filosofía futbolística: el liderazgo sin necesidad de ser visto, la consistencia por encima del brillo efímero y la capacidad de sostener equipos en los momentos más críticos.

    Mundial 2023 consolidó a Ivana Andrés no solo como una futbolista de élite, sino como una figura histórica dentro del fútbol femenino español. Su carrera demuestra que no todas las leyendas se construyen con goles o jugadas icónicas. Algunas, como Ivana, se construyen con trabajo diario, disciplina, coherencia y la capacidad de hacer mejores a las demás.

    Su influencia se percibe en cada generación que llega a la Selección: jóvenes defensas que aprenden de su colocación, delanteras que confían en su capacidad de anticipación y compañeras que encuentran en su liderazgo un modelo de estabilidad y serenidad. Ivana representa la épica silenciosa del fútbol femenino: la de las que sostienen, las que permiten que todo lo demás ocurra.

    (Fuente: UEFA)

    En resumen, el Mundial 2023 fue la cima natural de su carrera internacional. La culminación de un recorrido que comenzó en categorías juveniles, se consolidó en clubes históricos y se fortaleció en contextos exigentes, tanto en España como en Italia. Levantar la Copa del Mundo como capitana es el reconocimiento final a una futbolista que siempre estuvo, siempre lideró y siempre sostuvo, incluso cuando el foco mediático miraba a otras.

    La carrera de Ivana Andrés no se mide únicamente por trofeos, estadísticas o titulares mediáticos. Se mide por coherencia, regularidad y liderazgo silencioso, cualidades que la han definido desde su llegada al Valencia CF Femenino hasta su consagración internacional. Sin embargo, el palmarés de Ivana refleja también su éxito colectivo y la importancia de su influencia en cada equipo en el que ha jugado.

    Palmarés con la Selección Española

    Su trayectoria internacional comenzó desde categorías inferiores, donde ya se distinguía por su capacidad de anticipación y liderazgo:
    • Campeona de Europa Sub-17: 2009 y 2010
    • Bronce en el Mundial Sub-17: 2010

    Pero la cima llegó con la Selección Absoluta:
    • Copa del Mundo FIFA 2023: capitana y referente del equipo campeón

    Este título representa mucho más que un logro deportivo. Simboliza la culminación de una carrera construida con paciencia, trabajo diario y liderazgo funcional. La imagen de Ivana levantando la Copa es un recordatorio de que la influencia silenciosa puede ser decisiva en la historia.

    Palmarés en clubes :

    (Fuente: Getty imágenes)

    En su recorrido por clubes españoles e internacionales, Ivana ha aportado estabilidad y liderazgo en contextos muy distintos:
    • Valencia CF: finalista de la Copa de la Reina 2015
    • Real Madrid Femenino: consolidación en la Liga F y participaciones europeas
    • Inter de Milán: aporte a la estabilidad defensiva y jerarquía en la Serie A.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Si bien no todos estos logros implican títulos de campeón, reflejan su capacidad para hacer mejores a los equipos, para sostener proyectos y para ser la pieza sobre la que se construye la estab
    Más allá de los resultados, el legado de Ivana se encuentra en su estilo de juego y su filosofía de liderazgo:
    • Lectura táctica y colocación: neutraliza al rival antes de que el peligro se materialice.
    • Liderazgo silencioso: ordena, corrige y transmite confianza sin necesidad de protagonismo.
    • Regularidad sostenida: su rendimiento no depende del club ni del contexto, sino de su preparación y disciplina.
    • Adaptabilidad: capaz de liderar en España o en Italia, en equipos emergentes o consolidados, con diferentes sistemas tácticos y vestuarios multiculturales.

    Ivana Andrés pertenece al grupo de futbolistas cuya importancia no siempre se ve en portadas o estadísticas, pero que son esenciales para construir la historia de un club o de una selección. Su carrera reivindica el valor de la constancia, la coherencia y la capacidad de liderazgo funcional.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Desde Valencia hasta el Mundial 2023, Ivana ha demostrado que el fútbol no solo se recuerda por goles espectaculares o jugadas icónicas, sino también por aquellas futbolistas que permiten que todo lo demás ocurra. Su influencia se transmite a nuevas generaciones: defensas jóvenes que aprenden posicionamiento, compañeras que confían en su juicio y entrenadores que reconocen la fiabilidad como un activo estratégico.

    En un fútbol femenino que ha pasado de la precariedad a la élite internacional, Ivana es símbolo de continuidad, estabilidad y liderazgo. Su legado es silencioso, pero profundo: la futbolista que sostiene, la central que hace mejores a sus compañeras y la capitana que no necesita protagonismo para marcar la diferencia.

    (Fuente: Getty imágenes)

    En resumen, el legado de Ivana Andrés combina logros deportivos, influencia silenciosa y coherencia profesional. No será recordada por un gol decisivo en una final, sino por haber sido la pieza central de equipos y vestuarios, por su capacidad de sostener el juego y por liderar con equilibrio y serenidad. Su trayectoria demuestra que, en el fútbol moderno, la consistencia y la fiabilidad son virtudes tan valiosas como la creatividad o la velocidad.

    Con más de una década de carrera, títulos internacionales y experiencias en España e Italia, Ivana Andrés deja un mensaje claro para futuras generaciones: el liderazgo verdadero no siempre se ve, pero siempre se siente.

    (Fuente: Getty imágenes)

    La historia de Ivana Andrés es, sobre todo, una historia de coherencia, fiabilidad y liderazgo silencioso. Desde su llegada al Valencia CF Femenino en 2009/10 hasta su consagración internacional levantando la Copa del Mundo con España en 2023, su carrera no se ha contado a través de destellos mediáticos, sino mediante la constancia, la preparación y la capacidad de sostener equipos. Cada etapa de su recorrido refleja un aprendizaje, una adaptación y un compromiso con el juego colectivo que la distingue en la historia del fútbol femenino español.

    En Valencia, Ivana Andrés comenzó como una joven promesa. Sus primeras temporadas estuvieron marcadas por la paciencia y el aprendizaje, por entender la categoría y encontrar su lugar en un fútbol femenino todavía en construcción. No destacaba por fuerza física ni por intervenciones espectaculares, sino por regularidad y lectura del juego. Esa fiabilidad fue la base sobre la que construiría su liderazgo futuro.

    Entre 2014 y 2018, se consolidó como capitana y eje emocional del equipo, liderando con coherencia y sin estridencias. Su rol en la final de la Copa de la Reina 2015 simboliza esta etapa: fue el punto de referencia en defensa, el soporte silencioso del vestuario y la futbolista que hacía mejores a sus compañeras simplemente con su presencia.

    El salto al Levante UD supuso un desafío distinto: demostrar que su rendimiento no dependía del contexto y que podía adaptarse a un equipo con mayores exigencias competitivas. Allí confirmó su capacidad de leer el juego, anticipar peligros y liderar sin imposición, consolidándose como central de élite y referente nacional.

    El siguiente capítulo, el Real Madrid Femenino, la convirtió en la primera capitana de un proyecto histórico. Entre 2020 y 2024, Ivana no solo organizó defensas y sostuvo equipos, sino que también lideró un vestuario diverso y competitivo. Su protagonismo sobre el césped fluctuó con la llegada de talento internacional, pero su peso interno permaneció constante, demostrando que el liderazgo no siempre se refleja en minutos de juego, sino en la influencia diaria sobre el equipo.

    En 2024, Ivana dio un paso internacional al Inter de Milán. En la Serie A, más física y directa que la Liga F, trasladó sus virtudes a un nuevo contexto: anticipación, colocación, comunicación y liderazgo silencioso. Su capacidad de adaptación y su influencia en un vestuario multicultural demostraron que su estilo y su fiabilidad trascienden fronteras, consolidándola como una central moderna, completa.

    El punto más alto de su carrera llegó en 2023, cuando España se proclamó campeona del mundo y Ivana, como capitana, levantó la Copa del Mundo. Ese gesto no solo simboliza un triunfo deportivo: es la síntesis de una vida dedicada al liderazgo funcional, al trabajo constante y a la fiabilidad. En su imagen levantando el trofeo, no hay teatralidad ni ruido, sino recorrido, tiempo acumulado y coherencia, cualidades que definen su legado.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Ivana Andrés no será recordada por goles decisivos ni jugadas icónicas que ocupen portadas; será recordada por haber sostenido equipos, haber hecho mejores a sus compañeras y haber liderado con discreción y eficacia. Su carrera reivindica el valor de la regularidad, la paciencia y la coherencia en un fútbol cada vez más acelerado y mediático.

    Su influencia se percibe en cada generación que llega a la Selección y en cada equipo donde ha jugado. Defensoras jóvenes aprenden posicionamiento, delanteras confían en su juicio y entrenadores valoran la seguridad que ofrece a cualquier proyecto. En un fútbol femenino que ha pasado de la precariedad a la élite, Ivana es un símbolo de estabilidad, liderazgo y profesionalidad, demostrando que el verdadero impacto no siempre se ve, pero siempre se siente.

    (Fuente: “El Partido de Manu”)

    El recorrido de Ivana Andrés sirve como ejemplo para futuras generaciones: la grandeza puede construirse desde la constancia y la coherencia, desde la capacidad de sostener equipos y liderar sin necesidad de protagonismo. Su trayectoria demuestra que el fútbol femenino no solo se hace con talento brillante, sino también con liderazgo silencioso, visión táctica y compromiso diario.

    (Fuente: Getty imágenes)

    En el balance final, Ivana Andrés representa la esencia de la central que sostiene, la capitana que lidera sin estridencias y la futbolista que hace historia desde la regularidad y la coherencia.

    Su carrera es una invitación a valorar a quienes, sin ruidos ni flashes, construyen los cimientos sobre los que otros pueden brillar. Y esa, sin duda, es una historia que merece ser contada, celebrada y recordada.

    (Fuente: Getty imágenes)
  • Oficial | Luto en el Valencia Club de Fútbol por el trágico fallecimiento de Fernando Martín

    (Fuente: Liga F)

    🟧 El fútbol valenciano y, en especial, el Valencia Club de Fútbol Femenino, amanecen hoy sumidos en la consternación. La desaparición de Fernando Martín, entrenador del Valencia Femenino B y formador histórico de la Academia, en un trágico naufragio ocurrido en aguas de Indonesia, ha teñido de luto a una entidad que llora la posible pérdida de uno de sus hombres de casa, un educador vocacional y una figura profundamente querida en el vestuario.

    El Valencia Club de Fútbol Femenino atraviesa horas de profunda conmoción tras conocerse la desaparición de Fernando Martín, entrenador del equipo femenino B, en el naufragio de una embarcación turística ocurrido la pasada noche cerca de la isla de Padar, en las proximidades del enclave turístico de Labuan Bajo, al este de Bali (Indonesia).

    En la embarcación viajaban once personas, entre ellas varios miembros de una misma familia que disfrutaban de unos días de vacaciones durante el periodo navideño. A bordo se encontraban la hija del propietario del restaurante El Coso del Mar, Enrique Ortuño; su marido, Fernando Martín; y sus cuatro hijos. Según las informaciones facilitadas hasta el momento, la madre y una de las hijas han sido rescatadas con vida, mientras que Fernando Martín y los otros tres menores continúan desaparecidos, a la espera de confirmación oficial por parte de las autoridades locales.

    La noticia ha caído como un golpe seco en el seno del club valencianista. Fuentes del Valencia han reconocido encontrarse en estado de shock, pendientes de cualquier comunicación oficial que permita esclarecer el desenlace de una tragedia que ha sobrecogido a todo el entorno deportivo.

    Fernando Martín, de 44 años, había asumido esta temporada la dirección del Valencia Femenino B, equipo que compite en Tercera RFEF, con la misión de recuperar la categoría y seguir alimentando el primer equipo con talento joven formado en casa. Su nombramiento respondía a una apuesta clara del club por la continuidad, el conocimiento interno y el trabajo de base.

    Y es que Fernando Martín era, ante todo, un hombre de la casa. Su trayectoria en la Academia del Valencia CF se extendía a lo largo de nueve temporadas, trabajando desde categorías Infantil hasta Juvenil. Él mismo explicaba cómo le llegó la oportunidad de incorporarse al fútbol femenino del club:
    «El club buscó en la escuela algún perfil como el mío que pudiese ayudar a las chicas a mejorar y cambiar la dinámica. Entrar en el fútbol femenino es algo muy ilusionante».

    Convencido del valor de la formación y del crecimiento personal, Fernando Martín defendía una forma de entender el fútbol ligada a la educación y al acompañamiento:
    «Me he podido formar muy bien tanto profesional como personalmente. Es una academia profesional, con jugadores increíbles y con instalaciones inmejorables», relataba al describir su paso por la cantera valencianista.

    Más allá de Mestalla y de la Ciudad Deportiva, Fernando Martín también desarrollaba su vocación docente como coordinador de la sede de GM Football Academy en Valencia, donde trasladaba su pasión por la enseñanza a las aulas. Creía firmemente en la formación continua de los entrenadores, incluso más allá de las titulaciones oficiales:
    «Es clave seguir evolucionando, conocer nuevas metodologías y entender cómo cambia el fútbol». Quienes compartieron esa etapa con él destacan su cercanía, su compromiso y su ilusión constante por ayudar a otros a crecer.

    La pasada temporada formó parte del cuerpo técnico del Valencia CF Femenino en la Liga F como segundo entrenador, en una etapa en la que coincidió con Anita Marcos, hoy jugadora del Madrid CFF. Dentro del vestuario dejó una huella que va más allá de lo deportivo. Compañeras y jugadoras lo recuerdan como una persona accesible, generosa y profundamente humana, alguien que cuidaba del grupo como una familia y que, incluso fuera del campo, mantenía ese vínculo invitando a las futbolistas a compartir momentos juntos en su restaurante.

    El Valencia Club de Fútbol Femenino, el fútbol valenciano y la comunidad deportiva permanecen hoy unidos en el dolor, pendientes de las labores de búsqueda y del comunicado oficial de las autoridades, mientras el recuerdo de Fernando Martín —formador, entrenador y persona— resuena con fuerza en cada rincón del club.

  • Reportaje | Maca, volver a casa para brillar y cumplir el sueño de su niñez

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ⬛️ Macarena Portales y el Atlético de Madrid: una historia de amor que nació en la cuna, se curtió en el exilio y regresó para quedarse y jugar la Champions.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    La historia de Amanda Sampedro dijimos que era puro sentimiento rojiblanco, lo de Macarena Portales pertenece a una dimensión todavía más profunda: la pasión heredada, la que no se aprende ni se negocia, la que simplemente se lleva dentro desde antes de entender qué es el fútbol.

    Macarena Portales nació en Madrid el 2 de agosto de 1998, en una ciudad donde el balón marca rutinas y los colores se transmiten de generación en generación. En su caso, el rojo y el blanco fueron familia, barrio y cultura. El Atlético de Madrid no fue un club al que llegar más tarde: fue un punto de partida.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Criada en Fuenlabrada, Maca comenzó jugando fútbol sala en Alcorcón y Móstoles. Aquellos pabellones, donde el balón corre más rápido que las ideas, moldearon su esencia futbolística: técnica, velocidad mental, descaro y valentía para encarar. Antes de aprender a correr la banda, aprendió a pensar rápido.

    Con solo 13 años, dio el salto al fútbol 7 y al fútbol 11 para integrarse en la cantera del Atlético de Madrid. Allí empezó a entender que vestir ese escudo significaba algo más que jugar bien: significaba competir cada día, respetar el esfuerzo y no rendirse nunca. Se formó como extrema, aprendió a jugar por ambos costados y absorbió una identidad que ya era suya.

    (Fuente: Getty imágenes)

    En 2013, se proclamó campeona de España sub-16 con la selección madrileña y recibió uno de los premios a mejor deportista de la Unión de Federaciones Deportivas Madrileñas. Era el primer gran aviso: Maca no solo sentía el fútbol, también estaba preparada para él.

    Tras cinco años en el Atlético, en 2015 llegó una de las decisiones más complejas de su carrera: fichar por el Madrid CFF cuando este aún estaba en Segunda División y pese a todo la paisana de Fernando Torres, los dos nacieron en la misma localidad, aprendió el fútbol de la resistencia: partidos trabados, defensas cerradas, campos exigentes. Allí empezó a forjar carácter competitivo, a entender que el talento debía imponerse incluso cuando el contexto no acompañaba.

    Ese aprendizaje le abrió las puertas del Fundación Albacete, donde debutó en Primera División. El salto a la élite fue inmediato y exigente. Maca se ganó minutos, confianza y continuidad, demostrando que podía competir al máximo nivel.

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    La temporada siguiente jugó en el Zaragoza C. F. F., donde disputó 18 partidos de liga y marcó tres goles. Fue una etapa de consolidación, de crecimiento silencioso, de entender mejor los tiempos del juego y la importancia de cada acción.

    En 2018, fichó por el Sevilla FC, un club donde su fútbol encontró un escaparate ideal. En Nervión destacaron su gran técnica, capacidad de desborde y velocidad, actuando desde ambos costados del ataque. Jugó 18 partidos y anotó un gol, pero, más allá de los números, dejó huella por su estilo reconocible y su atrevimiento constante.

    Sevilla supuso una confirmación: Maca ya no era solo una promesa, era una futbolista de Primera División plenamente reconocible.

    (Fuente: YouTube)

    Entre 2019 y 2021, Macarena Portales regresó al Madrid CFF, ya convertida en una jugadora madura, con recorrido y experiencia en la élite. Sin embargo, el contexto del fútbol femenino español todavía arrastraba desigualdades estructurales.

    Afectada por la lista de compensación del convenio colectivo, Maca no podía fichar por otro club español sin que este indemnizara al Madrid CFF con 25.000 euros. Aquella situación, ajena al césped, condicionó su carrera y la obligó a mirar fuera y ahí entró la Serie A.

    En 2021, Maca fichó por el Inter de Milán, convirtiéndose en una de las futbolistas españolas que buscaron en el extranjero la libertad que no encontraban en casa. En la Serie A italiana, disputó 16 partidos, adaptándose a otro ritmo, otro idioma y otra cultura futbolística.

    Italia le dio perspectiva. Le permitió crecer lejos del ruido, reforzar su madurez y comprobar que su fútbol también era válido fuera de España. Aquella experiencia, breve pero intensa, la fortaleció mentalmente.

    Su sueño de vestir la camiseta que habían defendido jugadoras como Priscila Borja, también con pasado en el Madrid CFF, le distanciaba de seguir los pasos de la brasileña Ludmila Da Silva, ahora en Estados Unidos, pero solo era una cuestión de percepción.

    (Fuente: Getty imágenes)

    De 2022 a 2024, Macarena Portales defendió la camiseta del Valencia C. F. y esa narrativa fue la de dos temporadas de estabilidad, de continuidad competitiva y de liderazgo silencioso. Maca se convirtió en una jugadora fiable, capaz de aportar equilibrio, profundidad y compromiso en contextos difíciles.

    La ex del Madrid CFF no dejaba de crecer en territorio nacional y pese a su dilatada trayectoria aún era joven y sobre todo veloz, una cualidad difícil de encontrar en la Primera División Femenina.

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    En Valencia consolidó su versión más completa: menos impulsiva, más inteligente, sin perder nunca el desborde que la definía.

    En la temporada 2023-2024 fue seducida por el proyecto del Badalona y allí vestida de azul dio un gran salto a nivel cualitativo a las órdenes de Ferrán Cabello.

    (Fuente: Liga F)

    En el cuadro catalán aumentó sus prestaciones, pero sus números no se explicaban únicamente en goles o asistencias, sino en una suma constante de presencias, acciones repetidas, esfuerzos acumulados y decisiones tomadas en cada partido que, vistas en conjunto, dibujaban el retrato de una jugadora imprescindible. En Badalona, Maca no fue una cifra aislada en una estadística colectiva: fue una constante. Su temporada se construyó a base de partidos completos o casi completos, de titularidades reiteradas, de minutos sostenidos semana tras semana, de una presencia casi ininterrumpida en las convocatorias y de una confianza del cuerpo técnico que se tradujo en continuidad real, no simbólica.

    Desde las primeras jornadas, su nombre apareció con regularidad en el once inicial, ocupando indistintamente cualquiera de los dos costados del ataque, lo que ya marcaba un primer dato relevante: la versatilidad. Maca acumuló números en forma de adaptabilidad, algo que no siempre se cuantifica en tablas estadísticas pero que define el valor real de una futbolista. Jugó abierta, jugó a pie natural y a pierna cambiada, apareció como extrema clásica y como interior exteriorizada, y en todos esos registros sostuvo un volumen alto de intervenciones ofensivas. Sus partidos se movieron en cifras constantes de centros intentados, de duelos uno contra uno buscados, de conducciones largas para estirar al equipo y de apoyos cortos para facilitar la salida limpia desde atrás.

    En términos de participación ofensiva, Maca fue una de las jugadoras del Levante Badalona con mayor número de acciones decisivas previas al último pase. No siempre figuró como asistente directa, pero sí como origen. Sus números reales estuvieron en la secuencia: recibir, atraer, fijar al lateral y al extremo rival, soltar en ventaja y volver a ofrecer línea de pase. Esa repetición, jornada tras jornada, elevó su conteo de intervenciones útiles por partido y convirtió su banda en una zona de producción constante. Cada encuentro sumaba nuevas acciones al acumulado invisible de su temporada: desbordes que acababan en córner, centros forzados que generaban segundas jugadas, faltas provocadas en campo rival que permitían al equipo respirar y ordenarse.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    En el apartado físico, los números de Maca se reflejaron en su capacidad para sostener esfuerzos largos. Sus partidos raramente se redujeron a apariciones puntuales. Acumuló tramos largos de juego sin sustitución, lo que habla de confianza, pero también de resistencia. Sus kilómetros recorridos por encuentro, especialmente en fase defensiva, la situaron entre las jugadoras exteriores más comprometidas del equipo. No fue una extrema desconectada del repliegue. Sumó números en retornos, en ayudas al lateral, en persecuciones largas cuando el bloque se veía obligado a correr hacia atrás. Esa suma silenciosa de esfuerzos construyó una temporada completa, no brillante en destellos aislados, pero sí sólida en continuidad.

    En términos de goles, su aportación no se midió tanto en grandes cifras como en momentos concretos. Sus números anotadores fueron funcionales al equipo: goles que abrían partidos, que empataban encuentros o que consolidaban ventajas mínimas.

    No acumuló estadísticas infladas, pero sí eficacia contextual. Cada tanto suyo tuvo peso específico dentro del relato de los partidos. A ello se añadieron cifras de disparos generados por partido, muchos de ellos tras conducción propia, otros tras llegadas al segundo palo, una de sus especialidades menos visibles pero más constantes.

    (Fuente: Liga F)

    En cuanto a asistencias, su temporada en Badalona dejó números que reflejan una verdad clara: Maca fue generadora más que ejecutora. Sus pases previos al gol, los llamados penúltimos pases, se repitieron con frecuencia. En más de una ocasión, su acción previa rompió líneas y permitió que la jugada terminara en gol aunque su nombre no apareciera en la estadística final. Ese tipo de números, que no siempre se registran oficialmente, definieron su impacto real. Fue una jugadora que sumó valor en cada posesión prolongada, en cada ataque posicional, en cada transición rápida donde su velocidad servía para ganar metros y tiempo.

    Defensivamente, Maca acumuló cifras notables en robos en campo rival y en intercepciones en banda. No por volumen exagerado, sino por oportunidad. Sus robos solían producirse tras lectura, no tras choque, lo que indica inteligencia táctica.

    Esa faceta elevó su conteo de recuperaciones útiles, aquellas que permiten atacar inmediatamente después. A lo largo de la temporada, ese número creció hasta convertirla en una de las exteriores más completas del equipo, capaz de sumar en ambas fases sin perder identidad ofensiva.

    En cuanto a disciplina y fiabilidad, sus números fueron también elocuentes. Pocas sanciones, escasas ausencias por motivos no físicos, regularidad en entrenamientos y partidos. Su ratio de disponibilidad fue alto, un dato clave en una plantilla que necesitaba estabilidad. Cuando el Levante Badalona buscó continuidad, Maca fue uno de los nombres recurrentes. Ese número, el de la confianza, no aparece en ninguna tabla, pero se mide en alineaciones consecutivas y en minutos sostenidos.

    La temporada también dejó cifras emocionales, aunque no se puedan medir con exactitud. El número de veces que pidió el balón en momentos difíciles, la cantidad de acciones que asumió cuando el equipo necesitaba oxígeno, los partidos en los que fue punto de apoyo para las más jóvenes. Esos números no se cuentan, pero se sienten. Y en Badalona, Maca fue una futbolista que acumuló presencia, peso y significado.

    (Fuente: Liga F)

    Su paso por el Levante Badalona puede resumirse en una idea numérica clara: suma. Suma partidos, suma minutos, suma acciones, suma soluciones. No fue una jugadora de estadísticas aisladas, sino de volumen sostenido. Cada jornada añadió una capa más a una temporada que, vista en frío, muestra una línea ascendente de confianza y rendimiento. Y vista en caliente, explica por qué su nombre volvió a aparecer en el radar del Atlético de Madrid.

    Porque cuando se analizan los números de Maca en Badalona en versión texto, sin columnas ni gráficos, lo que aparece es el retrato de una futbolista completa, constante y preparada. Una jugadora que no necesitó cifras espectaculares para demostrar que estaba lista para volver. Que convirtió cada partido en una unidad de medida. Que transformó el acumulado de pequeños números en una gran cifra final: la de estar preparada para regresar a casa.

    (Fuente: Liga F)

    Macarena Portales volvió al Atlético de Madrid no como una niña de cantera, sino como una futbolista hecha, curtida, consciente de lo que significa vestir esa camiseta. Volvió con experiencia en España e Italia, con cicatrices deportivas y con la certeza de que su sitio siempre estuvo allí.

    (Fuente: RFEF)

    Su regreso es una historia de identidad, de resistencia y de justicia poética. Porque algunas futbolistas no llegan al Atlético: regresan.

    Hoy, Maca representa la banda, el desborde, el sacrificio y la pasión. Representa a todas las que tuvieron que marcharse para poder volver. Y representa, sobre todo, una idea muy concreta del Atlético de Madrid: la de quienes nunca dejan de creer.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El final de una historia no siempre coincide con el último partido ni con el último fichaje. A veces el final verdadero es un punto de quietud, un instante en el que todo lo vivido adquiere sentido de golpe, como si cada paso anterior hubiera estado conduciendo exactamente a ese lugar. El regreso de Macarena Portales al Atlético de Madrid pertenece a esa categoría de finales que no cierran, sino que completan. No es un punto y aparte. Es una frase que por fin encuentra su verbo.

    Porque para entender de verdad lo que significa que Maca vuelva al Atlético no basta con mirar la cronología de su carrera ni con repasar los clubes que marcaron su camino. Hay que entender el peso de lo recorrido, el desgaste acumulado, la suma de partidos jugados sin foco, la paciencia aprendida a base de no rendirse. Hay que comprender que hay futbolistas cuyo valor no se mide en picos de brillo inmediato, sino en trayectorias que resisten el tiempo. Y Macarena Portales es una de ellas.

    Su regreso no responde a una necesidad puntual ni a una urgencia de mercado. Responde a una lógica profunda, casi inevitable. A la lógica de un club que reconoce a quienes han demostrado, lejos de casa, que entienden lo que significa competir cada semana. A la lógica de una futbolista que nunca dejó de ser atlética, incluso cuando el escudo que llevaba en el pecho era otro. Porque hay identidades que no se sustituyen: se ponen en pausa.

    Durante años, Maca fue sumando partidos como quien va dejando señales en un camino largo. Cada temporada añadió una capa nueva a su juego. Cada contexto distinto le enseñó algo que luego reaparecería, silenciosamente, en su forma de competir. Aprendió a sobrevivir en estructuras precarias, a destacar sin protección, a sostener equipos desde la banda cuando el partido pedía pulmón más que aplauso. Aprendió que el fútbol no siempre devuelve lo que das de inmediato, pero que siempre acaba devolviéndolo si insistes lo suficiente.

    En Badalona, esa insistencia alcanzó una forma definitiva. No porque fuera el lugar más visible ni el más cómodo, sino porque fue el escenario perfecto para demostrarlo todo sin decirlo. Allí, Maca convirtió cada partido en una declaración implícita. No levantó la voz, no exigió protagonismo, no reclamó titulares. Jugó. Jugó mucho. Jugó bien. Jugó siempre. Y en esa repetición constante se escondía el mensaje más poderoso: estaba preparada.

    Preparada físicamente, porque sostuvo el esfuerzo sin caer. Preparada tácticamente, porque supo leer cada partido con una madurez que solo dan los años. Preparada mentalmente, porque no se desconectó cuando el contexto apretó. Y preparada emocionalmente, porque entendió que aquel tramo final de su camino no era un destino menor, sino una prueba definitiva. Badalona no fue una estación de paso. Fue un espejo.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Cuando el Atlético volvió a mirar su nombre, no vio nostalgia. Vio coherencia. Vio números que no gritaban, pero que se acumulaban con una solidez imposible de ignorar. Vio una futbolista que había aprendido a sumar sin restar, a competir sin reclamar, a sostener sin desaparecer. Vio a alguien que conocía la casa, pero que ya no necesitaba aprenderla. Porque el Atlético no se aprende dos veces. Se lleva dentro o no se lleva.

    El regreso de Maca también habla de algo más grande que una carrera individual. Habla de una generación de futbolistas que crecieron en un fútbol que todavía no estaba preparado para ellas. De jugadoras que tuvieron que construir su camino sin garantías, sin estabilidad, sin la certeza de que el esfuerzo sería recompensado. Maca pertenece a esa generación intermedia, puente entre dos épocas. La que tuvo que irse para poder volver. La que entendió que el talento, sin constancia, no basta. Y que la constancia, sin identidad, tampoco.

    (Fuente: Getty Imágenes)

    Por eso su vuelta al Atlético tiene algo de reparación simbólica. No como ajuste de cuentas, sino como cierre natural. Como reconocimiento a una forma de estar en el fútbol que encaja perfectamente con la historia del club. El Atlético siempre ha sido el lugar de quienes no se rinden cuando el camino se empina. El lugar de quienes entienden que el orgullo no se negocia, que la camiseta pesa y que hay que estar dispuesto a sostenerla incluso cuando quema.

    Maca vuelve sabiendo todo eso. Vuelve sin ingenuidad, pero sin perder la pasión. Vuelve con la serenidad de quien ya ha demostrado lo que tenía que demostrar. Vuelve para competir, para sumar, para estar. No vuelve a buscarse. Vuelve a ofrecerse.

    Y en ese gesto hay algo profundamente épico. No una épica de grandes gestos, sino de coherencia vital. La épica de quien nunca dejó de creer, incluso cuando tuvo que seguir creyendo lejos. La épica de quien entendió que el camino largo también conduce a casa.

    Porque hay historias que no necesitan un final feliz estridente. Les basta con llegar al lugar correcto. Y Macarena Portales, después de todo lo vivido, ha llegado exactamente ahí.

    Y cuando una futbolista vuelve al lugar donde todo empezó, no lo hace para recuperar el tiempo perdido, porque el tiempo nunca se pierde cuando se vive de verdad. Lo hace para resignificarlo. Para darle sentido. Para mirar hacia atrás sin nostalgia y hacia delante sin miedo. El regreso de Macarena Portales al Atlético de Madrid es eso: una resignificación completa de su recorrido. No hay arrepentimiento en lo vivido, no hay atajos imaginados, no hay versiones alternativas de la historia. Hay aceptación, orgullo y una certeza madura de haber hecho lo que había que hacer para llegar hasta aquí con la cabeza alta.

    Porque Maca no vuelve buscando protección. Vuelve ofreciendo fiabilidad. No vuelve para que le expliquen qué significa competir en un club exigente, porque lleva años haciéndolo en contextos donde cada partido era una reválida. Vuelve con el conocimiento íntimo de quien ha jugado sabiendo que el error se paga caro, que la titularidad no se regala y que el respeto se gana con continuidad. Y esa continuidad es, precisamente, la cifra más poderosa de su carrera.

    Hay futbolistas cuya trayectoria se explica con picos. Apariciones fulgurantes, temporadas brillantes, momentos icónicos. La de Maca se explica con una línea larga y firme. Una línea que atraviesa clubes, ciudades, países y realidades distintas sin romperse. Esa línea está hecha de partidos jugados aunque el cuerpo doliera, de minutos asumidos cuando el contexto no acompañaba, de decisiones tomadas sin aplauso. Y esa línea, cuando se observa completa, conduce inevitablemente al mismo punto: el Atlético de Madrid.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    El Atlético no es un club que entienda el fútbol como una suma de talentos aislados. Lo entiende como una estructura emocional, como un compromiso colectivo que se sostiene en el tiempo. Por eso hay regresos que encajan con naturalidad, sin necesidad de forzarlos. El de Maca es uno de ellos. Porque su manera de jugar, de competir y de sostenerse encaja con una idea muy concreta de lo que significa vestir esa camiseta. Una idea donde el esfuerzo no se negocia, donde la identidad se demuestra cada semana y donde el orgullo no se declama: se ejerce.

    Cuando Maca pisa de nuevo el entorno rojiblanco, no lo hace con la ansiedad de quien siente que tiene que demostrarlo todo en el primer minuto. Lo hace con la serenidad de quien sabe que su carrera ya habla por ella. Sabe que cada entrenamiento es una oportunidad, no un juicio. Sabe que cada partido suma, no define. Esa calma es fruto de los años, de los viajes, de los contextos exigentes. Es fruto de haber entendido que el fútbol no siempre recompensa rápido, pero sí recompensa bien.

    Su regreso también es una victoria silenciosa para todas las futbolistas que han recorrido caminos similares. Para las que se marcharon jóvenes sin saber si volverían. Para las que tuvieron que demostrar su valía una y otra vez en escenarios distintos. Para las que entendieron que el crecimiento no siempre es visible desde fuera. Maca vuelve llevando consigo esas historias, esas trayectorias paralelas, esa memoria colectiva de un fútbol femenino que se construyó a base de insistir.

    (Fuente: “El Partido de Manu@)

    Y hay algo profundamente atlético en eso. Porque el Atlético de Madrid siempre ha sido refugio de quienes creen cuando otros dudan. De quienes resisten cuando el contexto aprieta. De quienes entienden que la grandeza no siempre está en ganar fácil, sino en no rendirse nunca. Maca encarna esa idea sin necesidad de subrayarla. La encarna en su forma de correr la banda, en su manera de volver a defender cuando las piernas pesan, en su decisión de seguir ofreciéndose incluso cuando el balón no llega.

    El cierre de esta historia no es un punto final, sino un punto de equilibrio. Un lugar donde todo lo vivido adquiere coherencia. Donde la niña de cantera y la futbolista adulta se reconocen sin conflicto. Donde el pasado no pesa como carga, sino como base. Maca vuelve sabiendo que no necesita repetir nada. Solo continuar.

    Y eso, en el fondo, es lo más épico de todo. No el regreso en sí, sino la manera en que se produce. Sin ruido. Sin urgencia. Sin dramatismo. Con la naturalidad de quien ha recorrido el camino completo y puede, por fin, sentarse a jugar donde siempre quiso estar.

    Porque hay historias que no necesitan ser exageradas para ser grandes. Les basta con ser honestas. Y la de Macarena Portales lo es. Honesta en su recorrido, honesta en sus números, honesta en su identidad. Una historia que no se explica con un instante, sino con una suma larga de momentos. Una historia que no termina, sino que se asienta.

    Y mientras el Atlético sigue construyendo su presente y su futuro, Maca ya forma parte de ese relato. No como promesa, no como apuesta, sino como certeza. Como una futbolista que entiende el juego, el club y el significado profundo de vestir una camiseta que no se lleva solo sobre el pecho, sino dentro.

    Porque al final, cuando se apagan los focos y se revisa el camino completo, lo que queda no son los titulares ni las cifras aisladas. Lo que queda es la coherencia. Y en esa coherencia, Macarena Portales ha encontrado su lugar definitivo.

    (Fuente; Atlético de Madrid)

    Y en ese punto exacto donde la coherencia se impone al ruido, donde el recorrido pesa más que el destello, aparece la dimensión más profunda del regreso de Macarena Portales al Atlético de Madrid: la de la pertenencia consciente. Porque no todas las futbolistas que vuelven lo hacen sabiendo exactamente quiénes son. Muchas regresan buscando algo que perdieron por el camino. Maca no. Maca vuelve sabiendo lo que ganó en cada etapa, incluso en aquellas que parecían alejarla del lugar al que ahora regresa. Vuelve con la claridad de quien ya no necesita preguntarse si este es su sitio, porque lo ha comprobado en ausencia.

    El fútbol, cuando se vive durante tantos años en contextos cambiantes, enseña una lección que no aparece en los manuales: la identidad no se construye solo donde empiezas, sino también donde resistes. Y Maca resistió. Resistió en clubes donde el margen de error era mínimo. Resistió en temporadas donde la estabilidad era un lujo. Resistió en ligas donde cada partido exigía demostrar de nuevo lo que ya se había demostrado mil veces. Y en esa resistencia fue moldeando una versión de sí misma mucho más sólida que cualquier promesa temprana.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Por eso, cuando vuelve al Atlético, no trae consigo la ansiedad de quien quiere convencer, sino la serenidad de quien sabe que su juego ya convence por acumulación. Sus números no necesitan ser explicados con grandilocuencia porque se sostienen solos. No hay picos artificiales ni rachas que maquillen el recorrido. Hay temporadas completas, hay minutos de verdad, hay partidos jugados de principio a fin. Hay una fiabilidad que se ha convertido en su rasgo más reconocible.

    En el Atlético, esa fiabilidad adquiere un valor especial. Porque es un club que exige presencia constante, que no se conforma con apariciones esporádicas, que necesita futbolistas dispuestas a sostener el esfuerzo incluso cuando el partido no invita al lucimiento. Maca encaja ahí porque ha aprendido a hacerlo. Porque sus números en Badalona, y antes en Valencia, en Italia, en cada estación de su camino, hablan de una jugadora que no desaparece cuando el contexto se vuelve incómodo. Al contrario: aparece más.

    Hay algo casi invisible, pero profundamente determinante, en la manera en que Maca entiende el juego. No concibe la banda como un espacio aislado, sino como una arteria del equipo. Sabe cuándo debe estirar, cuándo debe cerrar, cuándo debe acelerar y cuándo debe frenar. Esa lectura, que se traduce en números de posicionamiento, de apoyos, de retornos y de intervenciones sin balón, es una de las razones por las que su regreso no es solo lógico, sino necesario. El Atlético no recupera solo una extrema. Recupera una futbolista que entiende el fútbol como un sistema interconectado.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Y esa comprensión no surge de la nada. Surge de haber jugado en equipos con necesidades distintas, de haber sido solución en contextos diversos, de haber tenido que adaptarse sin perder identidad. Maca nunca dejó de ser la futbolista de banda con desborde y velocidad, pero aprendió a añadir capas a su juego. Aprendió a decidir mejor, a medir esfuerzos, a elegir momentos. Aprendió, en definitiva, a competir.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Cuando se observa su trayectoria completa, se entiende que su regreso al Atlético no es un gesto romántico, sino un acto de madurez. No vuelve para reencontrarse con la niña que fue, sino para consolidar a la futbolista que es. Vuelve para aportar desde la experiencia, desde la lectura, desde la constancia. Vuelve sabiendo que el escudo pesa, pero también sabiendo que ella está preparada para sostener ese peso.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Y hay algo profundamente simbólico en ese gesto. Porque el Atlético de Madrid, históricamente, ha sido el lugar de quienes entienden el valor del esfuerzo prolongado. De quienes saben que las victorias más importantes no siempre son las más inmediatas. De quienes construyen desde abajo, desde la repetición, desde la convicción. Maca encaja en esa historia no porque haya nacido atlética —que lo hizo—, sino porque ha vivido como tal incluso cuando no vestía de rojiblanco.

    (Fuente: Liga F)

    Su regreso también redefine el concepto de éxito. No como una línea recta, sino como un recorrido coherente. No como una llegada temprana, sino como una permanencia merecida. Maca no vuelve porque el tiempo le haya dado la razón de forma automática. Vuelve porque nunca dejó de trabajar para que ese regreso tuviera sentido. Porque cada partido jugado lejos de casa fue una inversión. Porque cada temporada sumó algo que hoy la convierte en una futbolista más completa.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Y así, sin necesidad de proclamas, su historia se asienta como una de esas que explican mejor que ninguna qué significa el fútbol cuando se vive desde dentro. No como espectáculo puntual, sino como oficio, como vocación, como identidad. Maca no es una futbolista de relatos grandilocuentes, sino de trayectorias sólidas. Y esas trayectorias, cuando encuentran su punto de retorno, generan una épica distinta. Más silenciosa. Más profunda. Más duradera.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    El cierre de esta historia no necesita fuegos artificiales. Le basta con la imagen de una futbolista entrando al campo con la certeza de estar donde siempre quiso estar y donde siempre trabajó para estar. Le basta con la idea de continuidad. Con la sensación de que todo encaja. Con la convicción de que el camino largo también conduce a casa.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Porque al final, cuando se repasan los números, los partidos, las temporadas y los contextos, lo que queda es una verdad simple y poderosa: Macarena Portales nunca dejó de ser Atlético. Solo estaba completando el camino necesario para volver siéndolo de verdad.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Y ese regreso, construido paso a paso, partido a partido, es mucho más que un final. Es una afirmación. Una de esas que no se gritan, pero que resuenan durante mucho tiempo.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • La crónica | Baudet conquista Paterna

    (Fuente: Teledeporte)

    📌 ¡Triunfo catalán! El elenco de Sara Monforte se impuso por 1-2 al Valencia en un duelo de poder a poder.

    La previa |

    (Fuente: Liga F Moeve)

    La Copa de la Reina Iberdrola devuelve a latir. Y el Espanyol no se rinde.
No hay respiro en el calendario, pero sí hay hambre. Hambre de historia, de épica, de este torneo .

    El RCD Espanyol Femenino se lanza de nuevo a la aventura del torneo más impredecible del fútbol español, ese que premia la resistencia, la fe y el corazón. Y lo hace apenas dos días después de haber rozado la hazaña frente al Real Madrid (0-1), en una Ciudad Deportiva Dani Jarque que volvió a respirar orgullo perico.

    La cita de este martes (19:00 h) en el Antonio Puchades de Paterna marcará el inicio de una nueva batalla en la Copa de la Reina Iberdrola 2025-26, una competición que al Espanyol le corre por las venas. Seis veces campeonas, las blanquiazules son historia viva del torneo, una camiseta que en esta competición ha visto gestas, lágrimas y resurrecciones.

    Y este año, el camino comienza ante un rival con pasado reciente en la élite y un presente ambicioso: el Valencia CF Femenino. Un duelo con aroma a clásico moderno, entre dos clubes que se reencuentran en diferentes contextos pero con la misma hambre de reivindicación.

    El Valencia CF Femenino, dirigido por Mikel Crespo, llega lanzado en la 1ªRFEF. Cuartas con 15 puntos, a solo tres del líder Barça B, las valencianas son una de las plantillas más completas y temidas de la categoría. “Han hecho un equipo para ascender”, advertía con respeto Sara Monforte, consciente de la dificultad del reto.

    Las chés debutan en su estadio copero tras superar con autoridad al Elche CF (0-2) y al Villarreal CF (1-3) en las rondas anteriores. Y llegan reforzadas moralmente por su última victoria (2-0) ante la Fundación Albacete, un aviso de que su bloque es sólido y competitivo. Pese a la baja de Yasmin Mrabet, las valencianistas cuentan con una columna vertebral poderosa, mezcla de experiencia, juventud y talento técnico.

    Enfrente, un Espanyol Femenino que respira confianza. No solo por sus sensaciones ante el Real Madrid, sino por la estabilidad que transmite su proyecto. Monforte ha conseguido dotar de identidad a un grupo que se adapta, que muerde y que sueña.

    Será una versión alternativa del Espanyol, pero no menos ambiciosa. El plan es claro: dar descanso sin perder identidad. Con solo dos días de margen tras el duelo liguero, Monforte moverá piezas y abrirá las puertas a las jugadoras del filial, que podrán vivir su primer gran examen oficial con el primer equipo.

    El once perico mezclará juventud y jerarquía. Jugadoras como Judit Pablos, Núria Garrote o Carol Marín podrían tomar protagonismo, acompañadas por referentes de vestuario que aporten equilibrio desde el banquillo. Se trata, en palabras de la propia entrenadora, de “mantener el ritmo competitivo y dar oportunidades a todas las futbolistas que trabajan cada día para estar listas”.

    El Espanyol no ve la Copa como un trámite, sino como un escenario de crecimiento, una oportunidad para seguir tejiendo el relato de una temporada que ya respira optimismo.

    Ninguna camiseta se transforma tanto en la Copa como la del Espanyol.
En ella se mezclan las memorias de seis títulos —el último en 2012— con el orgullo de haber sobrevivido a épocas duras, siempre de pie, siempre compitiendo. La Copa de la Reina ha sido históricamente el espejo donde el club se reconoce: la épica blanquiazul.

    En las últimas cuatro temporadas, las pericas han superado la ronda inicial siempre con sufrimiento, pero también con un sentido de pertenencia que se multiplica en cada balón dividido. Este martes no será distinto.

    El contexto añade emoción: el club acaba de celebrar su 125 aniversario, una efeméride que conecta generaciones, camisetas y sueños. Qué mejor manera de prolongar esa celebración que seguir avanzando en el torneo que mejor encarna su esencia.

    El Valencia CF Femenino vive un proceso de reconstrucción con ambición. Tras descender de la Liga F, el club apostó por mantener un bloque competitivo y reforzarlo con jugadoras que aportaran liderazgo y energía. El proyecto de Crespo ha encontrado equilibrio: el equipo defiende con orden, presiona alto y ha encontrado en la circulación por dentro su principal arma.

    Su feudo, el Antonio Puchades, será su fortaleza. Allí buscarán imponer ritmo y aprovechar los automatismos que las hacen tan difíciles de batir. Pero el Espanyol, con su carácter guerrero, no se siente intimidado. La Copa es territorio neutral, y ahí, el peso de la historia puede equilibrar cualquier jerarquía.

    El martes 4 de noviembre no será un día más. Será una cita con la memoria, con la pasión y con el orgullo de vestir una camiseta que ya ha levantado seis veces este trofeo. El Antonio Puchades será testigo de un nuevo capítulo de la historia perica, uno que se escribirá con sudor, valentía y emoción.

    Porque cuando el balón empiece a rodar, la Copa volverá a hablar el idioma del Valencia y el Espanyol Femenino: el idioma de la resistencia.

    El partido al detalle |

    (Fuente: Liga F)

    🩷Cristina Baudet firma una obra maestra y mete al Espanyol Femenino en la historia: las pericas conquistan el Antonio Puchades (1-2) y siguen vivas en la Copa de la Reina 🩷

    🏆 Copa de la Reina Iberdrola | 2025-2026


    📆 Martes, 4 de noviembre de 2025


    ❤️ Tercera ronda | Eliminatoria


    🩵 Matchday | Día de partido


    🔥 Valencia Club de Fútbol 🆚 Espanyol de Barcelona 🔥

    📺 Teledeporte


    🏟️ Estadio Antonio Puchades, Paterna

    Los onces |

    Cristina Baudet firma una obra maestra y mete al Espanyol Femenino en la historia: las pericas conquistan el Antonio Puchades (1-2) y siguen vivas en la Copa de la Reina

    Monforte apostó fuerte. La técnica del Espanyol dio descanso a varias habituales de la Liga F Moeve y lanzó a la arena a un once repleto de ilusión, de segundas oportunidades y de hambre competitiva. Las hermanas Doménech compartieron zaga, Isabelle Hoekstra volvió a escena, y en la portería apareció Meritxell Muñoz, guardiana designada para los retos coperos.
    El mensaje era claro: nadie tiene el puesto asegurado y la Copa sería el escenario perfecto para reivindicarse.

    El 11 equilibraba el marcador y el duelo entraba en un territorio de pura tensión. Las valencianistas olieron sangre, y el Espanyol, obligado a templar los nervios, aguantó el chaparrón con temple y oficio.

    Y vaya si lo entendieron las pericas. Desde el pitido inicial, las blanquiazules salieron con el cuchillo entre los dientes, presionando arriba, asfixiando al Valencia y marcando el ritmo del encuentro. Apenas corría el minuto 6 cuando el partido se rompió: Cristina Baudet, siempre ella, cazó un balón suelto al borde del área y lo envió a la red con un derechazo seco, preciso, demoledor.
    Un gol de manual, de capitana, de esas que marcan el camino.

    El 01 cayó como una declaración de intenciones: el Espanyol iba muy en serio a los 6 minutos de juego.

    Lejos de rendirse, el conjunto local se creció con el marcador adverso. El Antonio Puchades, con unos 500 espectadores, empujaba y el Valencia Féminas CF respondió con carácter. Danielle Marcano, la delantera estadounidense que fue un dolor de cabeza constante, avisó con un disparo cruzado y luego no perdonó: minuto 31, zurdazo a la escuadra, imposible para Meritxell Muñoz que se convirtió en el 11 que devolvía la igualdad al Puchades.

    Antes del descanso, Ángeles del Álamo y Judit Pablos intentaron devolver la ventaja, pero el empate resistió entre el calor, la intensidad y los nervios. Todo quedaba abierto para una segunda parte de puro vértigo.

    Tras el descanso, el Valencia salió lanzado. En un minuto tuvo dos ocasiones clarísimas que pusieron en jaque a Meritxell Muñoz. Pero el Espanyol, con cabeza fría, empezó a ganar metros, a combinar y a recuperar el balón. El partido se rompía y se convertía en una montaña rusa. En una internada eléctrica, Phoenetia Browne cayó dentro del área en una acción que bien pudo ser penalti, pero la colegiada Beatriz Cuesta Arribas señaló córner ante las protestas del banquillo perico.

    Monforte movió el tablero: Naima García y Paula Arana entraron para aportar energía, verticalidad y desborde. El Espanyol pasó a un 4-4-2 con del Álamo en la mediapunta, fundiéndose a correr y a presionar, como si el reloj no existiera.
    Y poco a poco, el plan fue surtiendo efecto: el Valencia empezaba a acusar el desgaste y el dominio cambió de bando.

    Minuto 84. El partido pedía una heroína, y ahí estaba ella, en su hábitat natural. Cristina Baudet, que ya había abierto el marcador, se descolgó desde la frontal, recibió un pase filtrado de Paula Arana, quebró con elegancia a Lena Pérez y definió con una serenidad que sólo tienen las jugadoras tocadas por la historia.
    El balón besó la red y el grito de “¡gol!” resonó como un rugido colectivo. 12 y explosión de alegría en el banquillo perico. La capitana volvía a firmar una noche memorable, confirmando que vive una segunda juventud deportiva, liderando a las suyas como en los viejos tiempos.

    Pero la Copa de la Reina nunca da tregua. En el 96’, con el reloj agonizando, el Valencia tuvo la última: Rebecca Elloh, la más incisiva de las locales, cazó un balón en el área pequeña y disparó con todo. Cuando el empate parecía inevitable, emergió —sí, otra vez— Cristina Baudet, ahora vestida de heroína defensiva, para sacar el balón casi sobre la línea.


    Fue el último suspiro de un partido frenético, de los que se ganan con alma, con sufrimiento y con camiseta sudada.

    El pitido final desató la euforia. El Espanyol Femenino, con rotaciones, con carácter y con fútbol, logró el billete a la siguiente ronda de la Copa de la Reina, firmando una de esas victorias que fortalecen el espíritu de grupo.
    Monforte acertó en los cambios, las jóvenes respondieron, y la vieja guardia —con Baudet a la cabeza— demostró que el talento y el liderazgo no entienden de edad.

    Fue una noche de fútbol verdadero, de las que alimentan el alma. Un Espanyol valiente, rotado, pero convencido, dio un golpe sobre la mesa y se ganó el derecho a seguir soñando en la Copa.
    Y si esta competición tiene ángeles, uno de ellos lleva el nombre de Cristina Baudet, la eterna capitana que, a base de talento, garra y fe, sigue escribiendo páginas doradas en la historia perica.

    📋 Ficha técnica

    Valencia Féminas CF: Marina; Sara Tamarit (Gema, 64′), Lena Pérez, Nazareth Martín, Andrea Recio (Cristina Tormo, 84′); Esther Gómez, Amanda Mbadi (Monente, 64′), Marcano, Irene Soler (Martí, 83′); Rebecca Elloh, Claudia Ferrato (Constantino, 83′).
    RCD Espanyol Femenino: Meritxell Muñoz; Lucía Vallejo, Laia Ballesté (Simona Botero, 70′), Ainhoa Doménech, Ari Doménech; Mar Torras, Cristina Baudet, Isabelle Hoekstra (Naima García, 63′), Judit Pablos; Ángeles del Álamo (Laura Martínez, 81′), Phoenetia Browne (Paula Arana, 63′).

    Goles:
    0-1 Cristina Baudet (6’) ⚽️
    1-1 Danielle Marcano (31’) ⚽️
    1-2 Cristina Baudet (84’) ⚽️

    Árbitra: Beatriz Cuesta Arribas (Gallega).

    Vídeo |


    Tarjetas amarillas: Mar Torras (65′).
    Incidencias: Estadio Antonio Puchades. Unos 500 espectadores.

  • La previa | Valencia vs Espanyol

    (Fuente: Liga F)

    🟧 ¡Vuelve la Copa de la Reina! El conjunto che recibe al perico en el Antonio Puchades.

    La Copa de la Reina Iberdrola devuelve a latir. Y el Espanyol no se rinde.
    No hay respiro en el calendario, pero sí hay hambre. Hambre de historia, de épica, de este torneo .

    El RCD Espanyol Femenino se lanza de nuevo a la aventura del torneo más impredecible del fútbol español, ese que premia la resistencia, la fe y el corazón. Y lo hace apenas dos días después de haber rozado la hazaña frente al Real Madrid (0-1), en una Ciudad Deportiva Dani Jarque que volvió a respirar orgullo perico.

    La cita de este martes (19:00 h) en el Antonio Puchades de Paterna marcará el inicio de una nueva batalla en la Copa de la Reina Iberdrola 2025-26, una competición que al Espanyol le corre por las venas. Seis veces campeonas, las blanquiazules son historia viva del torneo, una camiseta que en esta competición ha visto gestas, lágrimas y resurrecciones.

    Y este año, el camino comienza ante un rival con pasado reciente en la élite y un presente ambicioso: el Valencia CF Femenino. Un duelo con aroma a clásico moderno, entre dos clubes que se reencuentran en diferentes contextos pero con la misma hambre de reivindicación.

    Valencia CF Femenino, dirigido por Mikel Crespo, llega lanzado en la 1ªRFEF. Cuartas con 15 puntos, a solo tres del líder Barça B, las valencianas son una de las plantillas más completas y temidas de la categoría. “Han hecho un equipo para ascender”, advertía con respeto Sara Monforte, consciente de la dificultad del reto.

    Las chés debutan en su estadio copero tras superar con autoridad al Elche CF (0-2) y al Villarreal CF (1-3) en las rondas anteriores. Y llegan reforzadas moralmente por su última victoria (2-0) ante la Fundación Albacete, un aviso de que su bloque es sólido y competitivo. Pese a la baja de Yasmin Mrabet, las valencianistas cuentan con una columna vertebral poderosa, mezcla de experiencia, juventud y talento técnico.

    Enfrente, un Espanyol Femenino que respira confianza. No solo por sus sensaciones ante el Real Madrid, sino por la estabilidad que transmite su proyecto. Monforte ha conseguido dotar de identidad a un grupo que se adapta, que muerde y que sueña.

    Será una versión alternativa del Espanyol, pero no menos ambiciosa. El plan es claro: dar descanso sin perder identidad. Con solo dos días de margen tras el duelo liguero, Monforte moverá piezas y abrirá las puertas a las jugadoras del filial, que podrán vivir su primer gran examen oficial con el primer equipo.

    El once perico mezclará juventud y jerarquía. Jugadoras como Judit Pablos, Núria Garrote o Carol Marín podrían tomar protagonismo, acompañadas por referentes de vestuario que aporten equilibrio desde el banquillo. Se trata, en palabras de la propia entrenadora, de “mantener el ritmo competitivo y dar oportunidades a todas las futbolistas que trabajan cada día para estar listas”.

    El Espanyol no ve la Copa como un trámite, sino como un escenario de crecimiento, una oportunidad para seguir tejiendo el relato de una temporada que ya respira optimismo.

    Ninguna camiseta se transforma tanto en la Copa como la del Espanyol.
    En ella se mezclan las memorias de seis títulos —el último en 2012— con el orgullo de haber sobrevivido a épocas duras, siempre de pie, siempre compitiendo. La Copa de la Reina ha sido históricamente el espejo donde el club se reconoce: la épica blanquiazul.

    En las últimas cuatro temporadas, las pericas han superado la ronda inicial siempre con sufrimiento, pero también con un sentido de pertenencia que se multiplica en cada balón dividido. Este martes no será distinto.

    El contexto añade emoción: el club acaba de celebrar su 125 aniversario, una efeméride que conecta generaciones, camisetas y sueños. Qué mejor manera de prolongar esa celebración que seguir avanzando en el torneo que mejor encarna su esencia.

    El Valencia CF Femenino vive un proceso de reconstrucción con ambición. Tras descender de la Liga F, el club apostó por mantener un bloque competitivo y reforzarlo con jugadoras que aportaran liderazgo y energía. El proyecto de Crespo ha encontrado equilibrio: el equipo defiende con orden, presiona alto y ha encontrado en la circulación por dentro su principal arma.

    Su feudo, el Antonio Puchades, será su fortaleza. Allí buscarán imponer ritmo y aprovechar los automatismos que las hacen tan difíciles de batir. Pero el Espanyol, con su carácter guerrero, no se siente intimidado. La Copa es territorio neutral, y ahí, el peso de la historia puede equilibrar cualquier jerarquía.

    El martes 4 de noviembre no será un día más. Será una cita con la memoria, con la pasión y con el orgullo de vestir una camiseta que ya ha levantado seis veces este trofeo. El Antonio Puchades será testigo de un nuevo capítulo de la historia perica, uno que se escribirá con sudor, valentía y emoción.

    Porque cuando el balón empiece a rodar, la Copa volverá a hablar el idioma del Valencia y el Espanyol Femenino: el idioma de la resistencia.

    🏆 Copa de la Reina Iberdrola | 2025-2026

    📆 Martes, 4 de noviembre de 2025

    ❤️ Tercera ronda | Eliminatoria

    🩵 Matchday | Día de partido

    🔥 Valencia Club de Fútbol 🆚 Espanyol de Barcelona 🔥

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    🏟️ Estadio Antonio Puchades, Paterna