
◼️ Mientras los estantes de las tiendas especializadas y las plataformas de comercio electrónico rebosan figuras Funko Pop! de futbolistas masculinos —leyendas históricas, estrellas contemporáneas, jugadores de clubes y selecciones, incluso versiones alternativas, exclusivas y conmemorativas—, el fútbol femenino permanece, una vez más, relegado a la invisibilidad. No es una metáfora: es un vacío físico, tangible, comercial. No existen Funko Pop! oficiales de jugadoras españolas. No existen de Alexia Putellas, Aitana Bonmatí, Jennifer Hermoso, Irene Paredes o Mariona Caldentey. Y esta ausencia resulta todavía más clamorosa cuando se compara con la proliferación de figuras masculinas y con un dato que desmonta cualquier coartada industrial: sí existen muñecas Barbie de futbolistas femeninas, sí existen líneas de juguetes que han apostado por la representación deportiva de las mujeres, y sí existe un público dispuesto a consumirlas. El problema, por tanto, no es la falta de mercado, sino una decisión cultural, simbólica y empresarial que sigue considerando el fútbol femenino como un producto secundario incluso en el terreno del imaginario.
Para entender la gravedad de esta ausencia conviene detenerse primero en lo que representan los Funko Pop! dentro de la cultura popular contemporánea. No se trata únicamente de figuras de vinilo con cabezas sobredimensionadas y estética reconocible; los Funko Pop! se han convertido en un archivo cultural del presente, una forma de canonizar iconos. Tener un Funko Pop! es, en muchos casos, una forma de certificación simbólica: significa que ese personaje, esa figura pública, ha alcanzado un nivel de relevancia suficiente como para ser inmortalizada en una vitrina, en un escritorio, en una colección personal.
Funko ha producido figuras de actores secundarios, de personajes efímeros de series, de deportistas retirados hace décadas, de entrenadores, de mascotas, de celebraciones concretas, de versiones alternativas con camisetas conmemorativas o poses específicas. En el fútbol masculino, el catálogo es abrumador: Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar, Mbappé, Haaland, Benzema, Iniesta, Xavi, Ramos, Piqué, Casillas, Beckham, Ronaldinho, Pelé, Maradona. La lista no solo es extensa; es reiterativa. Hay múltiples versiones de los mismos futbolistas, pertenecientes a distintos clubes, selecciones o momentos de su carrera.
Este despliegue convierte al Funko Pop! en algo más que un juguete: es una declaración de qué —y quién— merece ser recordado, coleccionado, transmitido a las siguientes generaciones como referente cultural.
En este contexto, la ausencia casi total del fútbol femenino no puede interpretarse como una simple omisión logística o una cuestión de prioridades comerciales inocuas. Es una ausencia que comunica, que construye relato. Cuando una niña o un niño entra en una tienda y ve decenas de futbolistas masculinos convertidos en figuras coleccionables, pero ninguna mujer futbolista, el mensaje es claro aunque no se verbalice: el fútbol, incluso cuando es juguete, sigue siendo cosa de hombres.
Y este mensaje se produce en un momento histórico en el que el fútbol femenino ha alcanzado cotas inéditas de visibilidad, éxito deportivo y reconocimiento social. España es campeona del mundo. España domina el fútbol europeo a nivel de clubes. Las jugadoras españolas ganan Balones de Oro. Llenan estadios. Protagonizan retransmisiones en prime time. Son referentes mediáticos, deportivos y culturales.
Sin embargo, ese reconocimiento se detiene abruptamente cuando se entra en el terreno del merchandising simbólico. Ahí, el fútbol femenino vuelve a desaparecer.
Resulta imposible no establecer una comparación directa. Mientras no existe un solo Funko Pop! oficial de una futbolista española, sí existen figuras de futbolistas masculinos de LaLiga que ni siquiera han tenido un impacto histórico comparable al de muchas jugadoras actuales. Hay figuras de jugadores que no han ganado títulos internacionales, que no han sido referentes generacionales, que no han trascendido más allá de su club o incluso de una etapa concreta.
La desigualdad no se mide solo en cantidad, sino en el umbral de acceso al reconocimiento. Para un futbolista masculino, basta con ser conocido; para una futbolista, ni siquiera ser campeona del mundo parece suficiente.
Uno de los argumentos más recurrentes para justificar esta ausencia es el supuesto riesgo comercial.
Se afirma que las figuras de fútbol femenino “no venderían lo suficiente”. Sin embargo, este razonamiento se desmonta con facilidad cuando se analizan otros sectores de la industria del juguete y del coleccionismo. Aquí entra en juego un elemento clave: Barbie.
Desde hace años, Barbie ha desarrollado líneas específicas de representación femenina en múltiples ámbitos profesionales y deportivos. Existen muñecas Barbie futbolistas. Existen Barbies inspiradas en jugadoras reales. Existen Barbies con equipaciones de selecciones femeninas. Barbie ha entendido algo que Funko parece ignorar: la representación no solo responde a la demanda existente, también la crea.
Barbie ha apostado por mostrar a niñas —y también a niños— que una mujer puede ser futbolista, atleta, piloto, científica o presidenta. Y lo ha hecho no desde la excepcionalidad, sino desde la normalización. Las muñecas de futbolistas femeninas no se presentan como rarezas, sino como una opción más dentro del catálogo.
El resultado no ha sido un fracaso comercial. Al contrario: estas líneas han reforzado la imagen de marca de Barbie como empresa alineada con los valores contemporáneos de igualdad y diversidad, ampliando su base de consumidores y consolidando su relevancia cultural.
La comparación es inevitable y profundamente incómoda para Funko. Ambas marcas operan en el terreno de la cultura pop. Ambas trabajan con licencias. Ambas dependen de la identificación emocional del público con figuras concretas. La diferencia radica en la voluntad estratégica.
Barbie ha entendido que el deporte femenino no es una moda pasajera, sino una realidad estructural. Funko, en cambio, sigue actuando como si el fútbol femenino fuera un nicho demasiado pequeño, demasiado específico, demasiado arriesgado. Esta percepción no solo es errónea; es obsoleta.
Si hay un contexto en el que la ausencia resulta especialmente sangrante es el español. España no solo es campeona del mundo; es, probablemente, el país que más talento ha exportado al fútbol femenino global en los últimos años. Alexia Putellas es una figura reconocida internacionalmente. Aitana Bonmatí es una de las futbolistas más influyentes de la década. Jennifer Hermoso es historia viva del fútbol mundial.
Que ninguna de ellas tenga una figura Funko Pop! mientras sí existen múltiples versiones de futbolistas masculinos españoles evidencia una desconexión profunda entre la industria del coleccionismo y la realidad deportiva.
La ausencia de figuras no es un asunto menor. Los objetos culturales moldean imaginarios. Un Funko Pop! no es solo un producto: es una narrativa en miniatura. Cuando las vitrinas se llenan exclusivamente de hombres, el mensaje es claro: ellos son los protagonistas de la historia.
Las muñecas Barbie futbolistas, en cambio, ofrecen un contrarrelato. Permiten que las niñas se vean reflejadas.
Permiten que los niños normalicen la presencia de mujeres en el deporte. Generan referentes tangibles, manipulables, cotidianos.
El coleccionismo no es neutral. Decide qué se conserva, qué se exhibe, qué se revaloriza. Excluir sistemáticamente al fútbol femenino de este espacio equivale a negar su estatus como parte integral de la cultura deportiva contemporánea.
Funko, como actor dominante en este sector, tiene una responsabilidad que va más allá del balance de beneficios trimestrales. Tiene la capacidad de influir en el relato cultural global. Y hasta ahora, ha decidido no ejercerla en favor del fútbol femenino.
El argumento de que “llegará más adelante” resulta insuficiente. El fútbol femenino no está empezando. Lleva décadas construyendo su espacio. Lo que ocurre es que, cuando llega el momento de materializar ese reconocimiento en productos icónicos, siempre se pospone.
Barbie no esperó a que el fútbol femenino fuera hegemónico. Apostó. Funko espera y al esperar, perpetúa la desigualdad.
La ausencia de Funko Pop! de jugadoras de fútbol femenino, y especialmente de jugadoras españolas, no es un simple descuido de catálogo. Es un síntoma. Un reflejo de cómo incluso en plena era de visibilidad y éxito deportivo, las mujeres siguen teniendo que demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento simbólico.
Mientras existan decenas de figuras de futbolistas masculinos y ninguna de campeonas del mundo, el mensaje seguirá siendo claro. Y mientras existan muñecas Barbie futbolistas que sí entienden el poder de la representación, la pregunta será inevitable: ¿por qué una industria sí ha sabido adaptarse y otra sigue mirando hacia otro lado?
El fútbol femenino ya ha ganado en el campo. Falta que gane, de una vez, en los estantes, ya que actualmente únicos Funko Pop! oficiales vinculados al fútbol femenino son muy escasos y se concentran casi exclusivamente en la selección femenina de Estados Unidos: existen figuras de Megan Rapinoe (con varias versiones), Mia Hamm y Brandi Chastain, todas ellas asociadas a la penúltima nación que se llevó el título mundial y lanzadas como excepciones dentro de la línea Soccer de Funko, mientras que no hay figuras oficiales de jugadoras de clubes femeninos ni de selecciones europeas, y tampoco existe ningún Funko de futbolistas españolas pese a sus éxitos recientes; esta limitada representación contrasta de forma evidente con la amplísima oferta de futbolistas masculinos y confirma que el fútbol femenino sigue siendo tratado por la industria del coleccionismo como una anomalía puntual y no como una parte estructural del imaginario deportivo global, pero ni rastro de las actuales campeonas del mundo, la Nations League y subcampeonas de Europa.
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