
🔵¡Triunfo sudamericano! As bravas se impusieron por 0-1 al conjunto estadounidense en un desenlace de infarto.
La previa |

Mañana no se juega solo un partido de fútbol. Mañana, cuando Corinthians y Gotham FC salten al césped londinense, el fútbol femenino de clubes entrará en un territorio que hasta ahora solo había podido imaginarse en abstracto. Durante décadas, el deporte avanzó por caminos paralelos, separados por océanos, calendarios, culturas y modelos de crecimiento. Europa construyó su hegemonía continental. Estados Unidos consolidó una industria. Sudamérica defendió el alma, la calle, la pasión y la resiliencia. Todo eso convivía, pero nunca chocaba de frente, nunca se ponía a prueba en igualdad de condiciones, nunca se miraba a los ojos en una semifinal mundial organizada bajo el sello de la FIFA.
Eso cambia mañana.
Corinthians y Gotham FC no representan únicamente a dos clubes. Representan dos continentes, dos tradiciones, dos maneras de entender el fútbol femenino y, sobre todo, dos visiones sobre hacia dónde debe caminar el juego en los próximos veinte años. Esta semifinal no es un accidente del calendario. Es una consecuencia histórica. El resultado de una acumulación de procesos, luchas, inversiones, convicciones y sacrificios que desembocan en noventa minutos —o quizá más— que marcarán un antes y un después.
Corinthians llega a esta semifinal como llega siempre a los grandes escenarios: con el peso de un escudo que no permite medias tintas. En Brasil, Corinthians no es un club más. Es una institución que se define por la resistencia, por la identificación popular, por la idea de que el fútbol no pertenece a una élite sino a la gente. Ese ADN, trasladado al fútbol femenino, ha construido una hegemonía sudamericana pocas veces vista. Desde su consolidación como proyecto competitivo, el Corinthians femenino ha entendido que ganar no es suficiente; hay que ganar representando algo, sosteniendo una identidad reconocible, imponiendo respeto incluso antes de que ruede el balón.
El Corinthians femenino ha aprendido a convivir con la presión extrema. Cada Libertadores jugada, cada final nacional disputada, cada clásico ganado ha reforzado una mentalidad que hoy es su mayor fortaleza: la convicción absoluta de que los partidos grandes no se negocian, se afrontan. No hay vértigo escénico. No hay complejos ante escudos extranjeros. Hay una certeza interior, casi innegociable, de que el equipo siempre estará en partido, incluso cuando el contexto sea adverso.
Ese convencimiento se refleja en su manera de competir. Corinthians no necesita dominar el balón durante largos tramos para sentirse cómodo. Tampoco se descompone si debe defender bajo, cerrar espacios, resistir oleadas. Es un equipo que entiende los tiempos del partido con una madurez impropia de quien aún está escribiendo su historia global. Sabe cuándo acelerar, cuándo enfriar, cuándo golpear y cuándo esperar. En torneos cortos, esa lectura del juego es oro puro.
Frente a ellas estará Gotham FC, la expresión más nítida del nuevo fútbol femenino estadounidense. Gotham no es el equipo que vive de la tradición ni de la nostalgia de la selección campeona del mundo. Es un proyecto moderno, ambicioso, construido con una lógica casi quirúrgica, pensado para competir en contextos internacionales donde ya no basta con el físico, la intensidad o el talento individual. Gotham ha entendido algo fundamental: el fútbol femenino global se ha igualado, y para marcar diferencias hay que dominar todos los registros del juego.
Gotham llega a esta semifinal con una identidad clara, pero flexible. Es un equipo que puede presionar alto, pero también gestionar la posesión. Que puede imponer ritmo, pero sabe bajar revoluciones cuando el partido lo exige. Que tiene jugadoras acostumbradas a escenarios de máxima exigencia, tanto en clubes como en selecciones, y que ha incorporado una cultura competitiva donde perder no es una opción asumible, sino un problema a corregir.
A diferencia de Corinthians, Gotham no carga con una herencia popular tan pesada. Su fortaleza no nace de la calle, sino de la estructura. De la planificación. De la convicción de que el fútbol femenino merece ser tratado como un producto de élite, con todos los recursos necesarios para alcanzar el máximo nivel. Eso no lo hace menos pasional; lo hace más metódico. Gotham compite desde el análisis, desde el estudio del rival, desde la preparación minuciosa de cada escenario posible.
Y ahí reside uno de los grandes atractivos de esta semifinal: el choque de mentalidades. Corinthians juega con el corazón blindado por la experiencia continental. Gotham juega con la cabeza entrenada para escenarios globales. Ninguna de las dos llega por casualidad. Ninguna está fuera de lugar. Ambas se han ganado el derecho a estar aquí desde caminos distintos, pero igual de legítimos.
El partido, además, se disputa en Londres, un territorio simbólico. Europa, cuna del fútbol moderno y actual epicentro del desarrollo femenino, actúa como escenario neutral de un duelo intercontinental que parecía imposible hace apenas unos años. No es casualidad. Es una declaración de intenciones. El fútbol femenino ya no pertenece a un solo continente. Ya no se explica desde una única narrativa. Es un ecosistema global, y esta semifinal es una de sus primeras manifestaciones puras.
Desde el punto de vista táctico, el enfrentamiento promete una riqueza pocas veces vista. Corinthians probablemente apostará por un bloque sólido, compacto, con líneas juntas y transiciones rápidas. No buscará un intercambio constante de golpes. Intentará llevar el partido a un terreno donde la experiencia, la lectura emocional y la eficacia marquen la diferencia. Gotham, en cambio, intentará imponer ritmo, amplitud, circulación rápida y presión tras pérdida. Buscará desgastar, mover, obligar a Corinthians a tomar decisiones incómodas.
La batalla del mediocampo será clave. Ahí se decidirá si el partido se juega a la velocidad que quiere Gotham o al tempo que prefiere Corinthians. También será fundamental la gestión de los momentos posteriores al gol, si lo hay. Corinthians sabe proteger ventajas como pocos equipos. Gotham sabe reaccionar ante la adversidad. El que imponga su narrativa emocional tendrá medio camino recorrido.
Pero más allá de lo táctico, este partido se juega en una dimensión simbólica. Para Corinthians, ganar significaría demostrar que Sudamérica no solo compite, sino que puede liderar el fútbol femenino global. Que su dominio continental no es un fenómeno aislado, sino una base sólida desde la que aspirar a todo. Para Gotham, alcanzar la final sería la confirmación de que el modelo estadounidense, evolucionado y adaptado, sigue siendo una referencia mundial, ahora también en torneos organizados fuera de su órbita habitual.
Las jugadoras lo saben. No hace falta que nadie se lo recuerde. En cada entrenamiento previo, en cada charla técnica, en cada momento de concentración, la sensación es la misma: están ante algo que trasciende el resultado inmediato. Están escribiendo historia. Están poniendo cimientos. Están abriendo una puerta que ya no se cerrará.
Mañana, cuando el balón empiece a rodar, todo lo que hoy es relato se convertirá en acción. El ruido desaparecerá. Quedarán las decisiones, los duelos, los errores, los aciertos. Quedará la verdad del fútbol. Pero pase lo que pase, gane quien gane, esta semifinal ya habrá cumplido una misión irreversible: demostrar que el fútbol femenino de clubes ha entrado definitivamente en su era mundial.
Con el Emirates Stadium del Arsenal como epicentro simbólico, la FIFA ha lanzado un órdago económico que, aunque todavía lejos de las cifras obscenas del fútbol masculino, marca un antes y un después irreversible en la valoración real del fútbol femenino de clubes. No es solo una cuestión de dinero; es una cuestión de mensaje. De jerarquía. De intenciones. Por primera vez, el máximo organismo del fútbol mundial ha puesto cifras encima de la mesa que obligan a todos —clubes, federaciones y confederaciones— a replantearse el lugar que ocupa el fútbol femenino en la economía global del deporte.
La cifra ha retumbado en los despachos de medio mundo como un trueno seco y definitivo: 2,3 millones de dólares, algo más de 2,1 millones de euros, para el equipo que levante el trofeo el próximo 1 de febrero. Nunca antes un club femenino había recibido un premio individual tan alto por ganar una competición. Nunca. Es un récord absoluto. El subcampeón, lejos de marcharse con las manos vacías, ingresará un millón de dólares, mientras que los otros dos semifinalistas se asegurarán 200.000. Incluso los equipos que no aspiraban al título desde el inicio, como Auckland United o Wuhan Chegu Jiangda, ya han asegurado 100.000 dólares simplemente por estar presentes. Participar ya no es simbólico. Participar ya paga.
Son cifras que marean si se observan desde la óptica histórica del fútbol femenino, un deporte que durante décadas sobrevivió entre presupuestos mínimos, salarios invisibles y una precariedad estructural normalizada. FIFA ha decidido romper ese techo de cristal de un solo golpe, con un torneo breve, concentrado, casi quirúrgico, pero con un impacto económico inmediato que supera incluso a competiciones mucho más largas y consolidadas.
comparación con la UEFA Women’s Champions League resulta inevitable. El organismo europeo ha realizado esfuerzos titánicos en los últimos años, incrementando premios y visibilidad, pero su modelo sigue fragmentando las recompensas en función de victorias, empates y fases superadas. Un equipo que complete un torneo perfecto en Europa puede rondar entre 1,4 y 1,6 millones de euros en total. FIFA, con un torneo relámpago de solo seis equipos, ya supera esa cifra máxima de un plumazo. No es solo una mejora: es un cambio de paradigma.
Y cuando el foco se desplaza hacia Sudamérica, el relato adquiere una dimensión aún más reveladora. La Copa Libertadores Femenina 2025 otorgó al campeón cerca de dos millones de dólares, una cifra que por fin se acerca a los estándares que FIFA plantea ahora y que confirma algo fundamental: Sudamérica ha entendido que sin inversión no hay crecimiento, y que sin crecimiento no hay futuro competitivo. Corinthians llega a esta semifinal no solo como un gigante deportivo, sino como el producto de una región que ha decidido apostar en serio por su fútbol femenino.
Sin embargo, la comparación sigue siendo cruel cuando se cruza definitivamente la frontera hacia el fútbol masculino. El ganador de la Champions League masculina de 2026 podría embolsarse solo por disputar la final alrededor de 25 millones de euros, acumulando más de 100 millones a lo largo del torneo. La diferencia sigue siendo abismal. Dolorosa. Innegable. Pero incluso ahí hay una lectura nueva: por primera vez, el fútbol.

Los onces |
El duelo al detalle |
🏆 FIFA Women’s Champions Cup 2026™
🤝 Primera semifinal
📅 Miércoles, 28 de enero de 2026
⏰ 13:30 horario peninsular
📺 APP de DAZN
🏟️Brentford Community Stadium, Londres
Hubo un instante —apenas un segundo suspendido en el aire húmedo de Londres— en el que nadie celebró nada. Ni las que habían ganado, ni las que habían perdido, ni siquiera quienes estaban allí para certificar el resultado. El pitido final no fue un estallido: fue un acto solemne. Porque lo que acababa de terminar no era solo un partido. Era el primer partido de la historia de la Intercontinental Femenina. Y eso, incluso antes de entenderlo, se siente.
El marcador dirá para siempre 0–1. Dirá que Corinthians venció. Dirá que NJ se quedó sin gol. Dirá que fue un resultado corto, austero, casi minimalista. Pero el marcador miente cuando la historia es más grande que los números. Porque esta noche no se jugaba por un título más: se jugaba por el derecho a existir en igualdad de memoria.
La FIFA lo llamó Women’s Champions Cup. Los documentos oficiales hablarán de formato, de calendarios, de confederaciones. Pero el fútbol —el de verdad— lo bautizó de otra forma: el día en que el mundo femenino se atrevió a mirarse de frente y decir “ya estamos aquí”.
Londres 2026 no fue una sede. Fue un punto de encuentro. Europa dejó de ser el centro para convertirse en el cruce. América llegó desde dos orillas distintas, con dos formas opuestas de entender el juego y una misma ambición: escribir la primera página.
El césped estaba perfecto. Como siempre. Como debe estar cuando sabes que no puedes fallar. Porque el error, esta vez, no era perder: era no estar a la altura del momento.
Desde Sudamérica llegó Corinthians, con su escudo pesado, con su historia cargada de Libertadores, con esa forma tan brasileña de jugar al fútbol femenino: mezcla de rigor competitivo y orgullo popular, de talento trabajado y convicción colectiva. No viajaron solo para ganar. Viajaron para representar a todo un continente que lleva décadas produciendo talento sin pedir permiso.
Desde Norteamérica apareció NJ, heredero de una liga que profesionalizó antes que nadie, que entendió antes que nadie que el fútbol femenino no era un anexo sino un motor. NJ no era solo un club: era la expresión del modelo, del músculo, de la estructura, del fútbol como industria bien construida. No estaban allí por azar. Estaban allí porque el sistema los había empujado hasta ese lugar.
Y entre ambos, el vacío. Ese espacio simbólico donde antes no había nada. Donde antes no se enfrentaban campeonas de confederaciones. Donde antes el fútbol femenino miraba con cierta envidia cómo los hombres levantaban trofeos intercontinentales mientras ellas seguían luchando por reconocimiento.
Esta noche, por primera vez, ese vacío desapareció.
No hubo himno histórico previo. No hubo nostalgia porque no había pasado. Todo era presente. Todo era estreno. Todo era frágil y poderoso a la vez, como solo lo son las cosas que nacen grandes.
La Intercontinental Femenina no empezó con una goleada ni con un partido desbordado de épica clásica. Empezó como empiezan las cosas importantes: con tensión, con miedo a equivocarse, con la conciencia de que cada gesto iba a ser observado, archivado, recordado.
Las jugadoras lo sabían. En la forma de mirar al césped. En la manera de ajustar el brazalete. En cómo se gritaban entre ellas sin estridencias, como si el respeto por el momento obligara a bajar medio tono la voz.
Porque no se trataba solo de ganar. Se trataba de ser dignas del primer capítulo.
El fútbol femenino ha tenido muchos “primeros” forzados, improvisados, mal contados. Este no. Este estaba preparado. Este tenía logo, patrocinador, relato global. Este tenía una foto pensada para durar décadas. Y esa foto —la jugadora de Corinthians de rodillas, puños cerrados, grito al cielo— ya no pertenece al partido. Pertenece a la historia.
Pero antes de llegar ahí, antes del grito, antes del gol, antes incluso del primer pase, hubo algo más importante: la certeza compartida de que nada volvería a ser igual después.
Porque cuando una competición nace con vocación global, cuando la FIFA pone su sello y el mundo responde, el fútbol femenino deja de pedir sitio. Lo ocupa.
Y así, sin fuegos artificiales, sin exageraciones impostadas, comenzó el partido que no necesitaba ser perfecto para ser eterno.
El balón echó a rodar y con él, empezó oficialmente la historia de la Intercontinental Femenina.
fútbol femenino no llegó hasta aquí por inercia. Llegó por insistencia. Por años de empujar puertas que no estaban cerradas, sino simplemente ignoradas. La Intercontinental Femenina no nació de una idea romántica, sino de una evidencia imposible de seguir esquivando: el juego ya era global, los títulos ya eran continentales, las campeonas ya existían… solo faltaba atreverse a enfrentarlas.
Durante décadas, el fútbol femenino vivió fragmentado. Europa mirándose a sí misma. América del Norte creciendo hacia dentro. Sudamérica compitiendo con menos focos pero con una identidad feroz. Asia y África llamando a la puerta. Todo existía, pero nada se cruzaba. La historia estaba escrita en paralelo, nunca en común.
La FIFA entendió —tarde, pero entendió— que no se puede hablar de universalidad sin choque de mundos. Que no hay grandeza sin riesgo. Que no basta con coronar reinas regionales si nunca las sientas en la misma mesa. La Women’s Champions Cup fue concebida como eso: una mesa compartida, incómoda al principio, inevitable después.
No era una prueba piloto. No era un torneo amistoso de prestigio. Era una declaración estructural. Un mensaje directo a federaciones, clubes, ligas y mercados: el fútbol femenino ya no iba a ser contenido local con relato global, sino competición global con consecuencias reales.
Por eso el primer partido importaba tanto.
Corinthians no llegó a Londres por casualidad ni por marketing. Llegó como llega quien sabe competir en torneos largos, quien ha aprendido a sobrevivir a eliminatorias hostiles, a viajes eternos, a arbitrajes distintos, a contextos adversos. El Corinthians femenino es heredero de una cultura que entiende el fútbol como lucha y celebración al mismo tiempo. Un club que no separa el éxito del sufrimiento. Que no concibe ganar sin haber resistido antes.
Su camino hasta aquí estaba lleno de partidos donde el control nunca fue absoluto, pero la fe sí. Donde cada victoria era menos estética que funcional, menos brillante que sólida. Un equipo construido para no romperse. Para aguantar. Para esperar su momento.
En el otro lado, NJ representaba algo radicalmente distinto. No mejor ni peor. Distinto. El producto de una liga pensada desde el inicio para sostenerse. Estadios, audiencias, salarios, planificación, ciencia del deporte. NJ era el reflejo de un ecosistema que apostó antes y más fuerte. Un club donde cada detalle está medido, donde la preparación es tan importante como la inspiración.
Su fútbol habla el idioma de la presión alta, de la ocupación racional del espacio, de la intensidad sostenida. No hay pausas largas. No hay improvisaciones excesivas. Hay método. Hay convicción en el plan.
Ese choque —resistencia contra estructura, tradición popular contra profesionalización industrial— era el verdadero corazón del partido. No un duelo de jugadoras, sino de formas de entender el camino hasta la élite.
Y Londres era el lugar perfecto para ese cruce. Ciudad de imperios, de migraciones, de fútbol importado y exportado, de culturas superpuestas. Nadie podía sentirse completamente local. Todas estaban, en cierto modo, de paso. Como si el estadio fuera una frontera neutral donde las identidades podían enfrentarse sin complejos.
El calentamiento ya dejaba pistas. Corinthians ocupaba su espacio con una seriedad casi ritual. Gestos cortos, miradas largas, silencio concentrado. NJ, en cambio, se movía con energía visible, con comunicación constante, con cuerpos que parecían necesitar entrar rápido en temperatura para no perder filo.
No había nervios descontrolados. Había conciencia.
Las capitanas se saludaron con respeto, sin teatralidad. No había rivalidad previa que exagerar. Esta no se heredaba. Esta se estaba creando.
Cuando el árbitro dio la señal, el balón no salió disparado. Rodó con prudencia. Como si también él entendiera que no era una noche para el vértigo inicial, sino para la construcción lenta de algo que debía sostenerse.

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El partido empezó a existir de verdad cuando dejó de mirarse al espejo.Hasta entonces había sido respeto, cálculo, tanteo. Pero hay un momento —siempre lo hay— en el que el fútbol decide avanzar aunque la historia pese. Ese instante llegó cuando NJ entendió que no bastaba con mover el balón: había que romper algo. Y Corinthians comprendió que no podía limitarse a resistir: debía advertir.
Fue el Gotham quien dio el primer paso hacia el riesgo. Aceleró una circulación interior, buscó el pase vertical entre líneas, obligó a la defensa brasileña a retroceder dos metros más de lo que quería. No fue una ocasión clara, pero fue una señal. El mensaje era nítido: estamos aquí para mandar.
Corinthians respondió como responden los equipos que no se asustan: con una falta táctica en campo rival, con una pausa larga antes de sacar, con una mirada al banquillo que decía “todo está bajo control”. El fútbol sudamericano tiene esa sabiduría antigua de saber cuándo no jugar.
El ritmo empezó a subir sin volverse loco. NJ insistía por las bandas, especialmente por el costado derecho, donde encontraba ventaja física y llegadas constantes al último tercio. Centros tensos, segundos balones, presión tras pérdida. El plan era claro: asfixiar hasta que algo cediera.
Pero Corinthians no se rindió y esperaba atrás a hilvanar contragolpes ante el dominio territorial de las locales que adolecían de pegada en la zona ofensiva.
Cada despeje era una exhalación colectiva. Cada recuperación, un pequeño triunfo invisible. El bloque se movía compacto, casi coreografiado, como si el equipo estuviera unido por una cuerda que nadie podía romper sin romperse también.
El partido empezó entonces a llenarse de detalles. Una entrada al límite. Un choque que dolió más de lo necesario. Una protesta que duró un segundo de más. El fútbol femenino, tantas veces acusado de suavidad injusta, estaba mostrando su versión más adulta y más cruda. No había concesiones.
NJ tuvo la más clara del primer tramo en una acción que resumía su identidad: presión alta, robo inmediato, disparo desde la frontal. El balón salió rozando el poste. No hubo lamento exagerado. Hubo frustración contenida. Sabían que esas oportunidades no abundarían.
Corinthians respondió minutos después con una transición lenta pero letal. No corrieron: eligieron. Dos pases, cambio de orientación, llegada al área. El remate fue bloqueado, pero el aviso quedó flotando en el aire como una amenaza tranquila.
El público empezó a entender que estaba ante un partido que no se entregaría fácilmente. No era un espectáculo de consumo rápido. Era una obra que exigía atención. Silencio cuando tocaba. Murmullo cuando algo se intuía. Aplauso sobrio para una buena acción defensiva. El estadio había entrado en el código del partido.
El primer tiempo avanzó así, con NJ acumulando posesión sin desordenarse y Corinthians acumulando razones para creer. Cada minuto sin gol era una victoria psicológica para las brasileñas. Cada ataque sin premio, una pregunta que empezaba a pesar en la cabeza norteamericana.
Al descanso se llegó sin goles, pero con el marcador emocional ya inclinado hacia un lado: el que había sabido sufrir sin perder identidad.
El túnel de vestuarios fue un paréntesis tenso. No hubo euforia ni alarma. Hubo ajustes. NJ necesitaba más profundidad real. Corinthians sabía que su momento llegaría si el partido se abría un poco más.
Y el fútbol, que siempre escucha cuando le hablan con honestidad, decidió conceder ese momento.
La segunda parte comenzó con una NJ más directa, menos paciente. Aumentó el ritmo, forzó situaciones, buscó el error ajeno con insistencia. Corinthians aguantó los primeros envites como quien aguanta una tormenta conocida. Cuerpo bajo, mente fría.
Hasta que el partido cambió de textura y empezó a sonreír a las sudamericanas de forma paulatina.
Una pérdida en zona intermedia. Un balón dividido que esta vez cayó del lado brasileño. Un primer control orientado hacia adelante. Y de repente, el campo se hizo largo. Muy largo.
El gol que desniveló el marcador no llegó por casualidad ni por un acto aislado: nació de una asociación clásica y profunda entre experiencia y lectura colectiva. Cuando el balón circuló hacia el centro del campo y un pase vertical buscó la espalda defensiva, Tamires, veterana del equipo y alma de la construcción brasileña, supo exactamente cuándo y dónde soltar el balón. Su asistencia fue un pase quirúrgico desde el espacio abierto hacia el interior del área, con precisión milimétrica y lectura anticipada de la jugadora que tendría el destino de la historia en sus botas.
La pelota llegó al pie de Gabi Zenotti justo en el instante en que el tiempo parecía contener la respiración. Zenotti no necesitó ajustar demasiado: su primer toque fue una declaración de intenciones, orientando la trayectoria del balón hacia el lugar donde solo puede ir un disparo hecho con la seguridad de quien conoce el peso del momento. El impacto fue pura técnica, un zurdazo que buscó y encontró el rincón derecho de la portería, dejando sin respuesta a la guardameta Berger, quien llegó a rozar el esférico, pero no pudo evitar la debacle del Gotham amén del 0–1 en el minuto 83 de juego que rompió al fin el equilibrio reinante.
Ese 0-1 no fue solo un gol: fue la firma de Tamires y Zenotti en la primera página de una historia que quedará inscrita en las crónicas eternas del fútbol femenino. 
El Gotham no dejó de creer, sino que el Corinthians empezó a saber cómo doblegar a las norteamericanas, eso fue lo que cambió el duelo que entró en un desenlace frenético.
El Corinthians se ordenó con la serenidad de quien ha vivido finales antes. Las líneas se ajustaron con una precisión casi matemática. El bloque se hizo corto, pero no bajo; solidario, pero no pasivo. No defendían el área: defendían la historia que acababan de inaugurar.
NJ reaccionó como reaccionan los equipos con orgullo competitivo. No hubo reproches internos ni miradas perdidas. Hubo ajuste táctico, hubo empuje, hubo fe. Aumentaron la altura de la presión, arriesgaron con laterales más profundos, buscaron superioridades por fuera para castigar el repliegue brasileño.
El partido entró entonces en su fase más delicada: esa en la que cada pérdida puede ser fatal y cada recuperación puede ser redentora. Corinthians entendió que no necesitaba el segundo gol, pero sí necesitaba evitar el empate con una convicción absoluta.
El Gotham comprendió que no bastaba con llegar: había que golpear con precisión quirúrgica.
Las ocasiones no llovieron. Porque los partidos históricos no suelen regalar abundancia. Regalan tensión.
Un centro despejado in extremis. Un disparo bloqueado con el cuerpo entero. Un córner defendido como si fuera el último. Cada acción llevaba consigo una carga simbólica que trascendía el marcador. El público, ya plenamente consciente de estar asistiendo a algo irrepetible, acompañaba con una mezcla de nervio y respeto. No había ansiedad en las gradas. Había atención.
El reloj avanzaba con lentitud cruel. Para las locales cada minuto era una oportunidad que se escapaba. Para Corinthians, cada minuto era una confirmación silenciosa. El banquillo brasileño vivía el partido con los puños cerrados, sin aspavientos, como quien sabe que la contención también es una forma de poder.
Y entonces llegó el tramo final. Ese territorio donde el fútbol se decide más por carácter que por esquema.
El Gotham lanzó su última ofensiva todo lo que tenía. Balones colgados, llegadas desde segunda línea, duelos aéreos forzados. Corinthians respondió con oficio antiguo: despejes largos, faltas inteligentes, pausas medidas. No se escondieron. Se afirmaron.
Cuando el árbitro miró el reloj y llevó el silbato a la boca, no hubo carrera hacia adelante ni súplica desesperada. Hubo aceptación. El pitido final fue breve , seco y definitivo en el minuto 98 del cara a cara.
Las jugadoras de Corinthians se abrazaron sin descontrol, con una emoción densa, casi grave, consciente, como si cada una supiera que aquel gesto no era solo celebración, sino confirmación. Sabían lo que habían ganado, sí, pero sobre todo sabían dónde lo habían ganado, en qué escenario, en qué noche y bajo qué mirada del mundo. NJ, derrotado pero digno, permaneció unos segundos sobre el césped, sin prisas por marcharse, mirando alrededor con esa expresión que solo aparece cuando se comprende que se ha perdido algo importante, pero también que se ha sido parte imprescindible de su construcción. La imagen quedó fijada para siempre: Gabi Zenotti de rodillas, los puños cerrados, el grito abierto al cielo londinense, no celebrando únicamente un gol, sino el camino, la llegada, la elección silenciosa del fútbol que la señaló para escribir el primer nombre. No era solo una futbolista festejando; era una época inaugurándose.
La Intercontinental Femenina ya tenía relato, ya tenía fecha, ya tenía un escudo vencedor y una memoria propia, y con ello, algo aún más valioso: futuro. Porque desde ese instante, cada campeona continental sabrá que existe algo más allá de su frontera, cada final regional se jugará mirando al horizonte con ambición renovada, y cada niña que contemple esa imagen entenderá que el fútbol femenino no solo se juega, sino que se hereda. Londres no fue testigo de una final cualquiera; fue el escenario exacto del momento en que el fútbol femenino dejó de explicarse en plural disperso y comenzó, por fin, a contarse como una sola historia compartida.

Mientras la tarde se cerraba sobre la alegría visitante, Corinthians sabe que la historia no se detiene. Las brasileñas, primeras vencedoras de la Intercontinental Femenina, aguardarán ahora en la gran final a las ganadoras de la segunda semifinal, el duelo que enfrentará al Arsenal, estandarte del fútbol europeo, y al ASFAR, representante del continente africano y símbolo de una expansión imparable. El torneo, recién nacido, ya se prepara para su siguiente cruce de mundos, confirmando que este nuevo escenario no solo ha llegado para quedarse, sino para seguir ampliando el mapa, el relato y la ambición del fútbol femenino global.

📋 Alineaciones |
Gotham FC (4–4–2)
Titulares: 
• GK: Ann‑Katrin Berger
• DF: Bruninha (salió 49’)
• DF: Emily Sonnett
• DF: Jess Carter (salió 87’)
• DF: Lilly Reale
• MF: Rose Lavelle (capitana, salió 90+4’)
• MF: Jaelin Howell (salió 87’)
• MF: Savannah McCaskill
• MF: Midge Purce
• FW: Jaedyn Shaw
• FW: Gabi Portilho (salió 48’)
Suplentes utilizados:
• Katie Stengel (48’)
• Mandy Freeman (49’)
• Sarah Schupansky (87’)
• Sofia Cook (87’)
• Khyah Harper (90+4’) 
Corinthians (4–3–3)
Titulares:
• GK: Lelê
• DF: Gi Fernandes
• DF: Thaís Ferreira
• DF: Letícia Teles
• DF: Tamires
• MF: Ana Vitória (salió 66’)
• MF: Duda Sampaio
• MF: Andressa Alves
• FW: Jaqueline (salió 89’)
• FW: Belén Aquino (salió 76’)
• FW: Gabi Zanotti (C) (autor del gol)
Suplentes utilizados:
• Jhonson (66’)
• Ivana Fuso (76’)
• Vic Albuquerque (89’)
• Dayana Rodríguez (89’) 
Goles |
0-1 Gabi Zanotti 83’ ⚽️
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