Etiqueta: Reportaje

  • Reportaje | Ludmila, la pantera humilde que se convirtió en leyenda del Atlético de Madrid

    Reportaje | Ludmila, la pantera humilde que se convirtió en leyenda del Atlético de Madrid

    (Fuente: Getty imágenes)

    ⬛️ La internacional brasileña es un mito rojiblanco que se cocinó a fuego lento y dijo no al eterno rival por amor al tres veces campeón de la Liga F Moeve.

    (Fuente: UEFA)

    Hay futbolistas que llegan a un club, y hay otras que, sin hacer ruido, se funden con él. Ludmila da Silva pertenece a la segunda categoría. No necesitó focos ni titulares rimbombantes para ganarse un lugar eterno en la historia del Atlético de Madrid Femenino. Lo hizo como se ganan las cosas que importan: corriendo cuando nadie más podía, defendiendo como si cada balón fuera el último y marcando goles que dolían al rival y abrazaban a la grada.

    (Fuente: Laliga)

    La “pantera” —apodo que surgió por su potencia, su zancada felina y su capacidad para atacar el espacio— se convirtió en un símbolo de trabajo, humildad y pertenencia. Su camino hacia la élite fue poco convencional. Hasta los 15 años practicó atletismo y capoeira, disciplinas que moldearon su fuerza, velocidad y coordinación. Fue entonces cuando un ojeador del Juventus de São Paulo la descubrió y la invitó a probarse. Ludmila superó la prueba y dio sus primeros pasos en el fútbol profesional.

    (Fuente: Laliga )

    Entre Juventus, São Caetano, Portuguesa, Rio Preto y São José, Ludmila fue consolidando su talento con goles decisivos y actuaciones que mostraban su capacidad para aparecer en los momentos más importantes. Su trayectoria en Brasil fue la antesala de lo que estaba por llegar a Europa.

    (Fuente: Getty imágenes)

    En 2017, tras superar una intervención quirúrgica, Ludmila aterrizó en el Atlético de Madrid. No llegó envuelta en campañas publicitarias ni promesas de estrellato: llegó como una pantera a la selva, observando, esperando el instante exacto para atacar. Debutó el 2 de septiembre ante el Fundación Albacete y en apenas 45 minutos dejó su primera asistencia. Apenas un mes después, marcó sus dos primeros goles ligueros ante el Athletic Club y fue reconocida como mejor jugadora de la jornada. El Atlético entendió entonces que no estaba ante una jugadora de paso: era un pilar.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Su impacto se extendió a Europa. Debutó en la Liga de Campeones ante el Wolfsburgo y marcó su primer gol europeo en Alemania, dejando claro que su fútbol no conocía fronteras. Cuatro meses después, el club amplió su contrato de dos a tres años: Ludmila no era una apuesta, era certeza.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    La temporada 2017-2018 consolidó su influencia: goles decisivos, 11 tantos y 9 asistencias, máxima asistente junto a Amanda Sampedro y Sonia Bermúdez. En la Copa de la Reina, su gol en semifinales ante Granadilla demostró que aparecía siempre cuando más importaba.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    La 2018-2019 fue la temporada del salto definitivo. Desde su primer gol de la Liga hasta actuaciones decisivas en Champions ante el Manchester City, Ludmila demostraba que podía cambiar el rumbo de los partidos. En Copa de la Reina firmó actuaciones históricas: cuatro goles al Málaga y dos al Barcelona en semifinales, siendo máxima goleadora y reconocida como Mejor Iberoamericana por Marca. El Atlético conquistó su segunda Liga consecutiva y Ludmila se consolidó como símbolo del club.

    (Fuente: RFEF)

    En el curso 2019-2020 continuó brillando en Europa, marcando en tres ediciones consecutivas de Champions League y protagonizando acciones que salvaron eliminatorias. Ese año The Guardian la incluyó entre las 100 mejores futbolistas del mundo. A pesar de la pandemia, mantuvo un nivel sobresaliente en Liga y Copa, confirmando que era imprescindible para el equipo.

    (Fuente: UEFA)

    La temporada 2020-2021 fue la de su explosión total. Desde el 1-8 ante el Deportivo de la Coruña, con cuatro goles y una asistencia, hasta su influencia decisiva en la Champions ante Servette, Ludmila demostraba que cuando ella estaba en el campo, los partidos cambiaban. The Guardian la situó en el puesto 68 entre las mejores del mundo, reconocimiento global a una futbolista que había dejado de ser promesa para convertirse en realidad.

    (Fuente: Getty imágenes)

    La 2021-2022 trajo desafíos fuera del césped: Juegos Olímpicos, Covid y desgaste mental. Ludmila reconoció necesitar ayuda psicológica, un acto de valentía en un fútbol que aún castiga la vulnerabilidad. Su protagonismo disminuyó, pero su compromiso permaneció intacto. Alcanzó los 146 partidos, superando a Kenti Robles como la extranjera con más encuentros en la historia del Atlético. Su placa en el Paseo de las Leyendas inmortalizó su carrera y su fidelidad.

    (Fuente: Laliga)

    En la 2022-23, convertida en tercera capitana, lideró desde el ejemplo y con goles decisivos hasta que una lesión grave, rotura del ligamento cruzado anterior, la apartó del resto de la temporada y del Mundial. Aun así, fue líder moral en la final de la Copa de la Reina ante el Real Madrid, donde el Atlético remontó un 2-0 adverso y ganó en penaltis. Elegida mejor jugadora del año, su influencia trascendió estadísticas y minutos.

    Su regreso al campo fue una lección de resiliencia: titular en cuartos de final de Copa ante el Real Madrid, le hizo un gol a Misa para acabar recordándoles a todos por qué el Atlético se enamoró de ella, y es que al no haberse mudado de Alcalá de Henares al Di Stéfano, demostró que había elegido el lado correcto en la capital española.

    (Fuente: UEFA)

    Su despedida, con expulsión incluida en la penúltima jornada de Liga, fue acorde a su estilo: intensa, determinante y recordando que las panteras no saben irse sin dejar huella.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Tras siete temporadas, Ludmila deja un legado extraordinario: 196 partidos, 77 goles, dos Ligas, una Copa de la Reina y una Supercopa. Pero más allá de títulos y números, lo que la distingue es su fidelidad absoluta. Rechazó ofertas del Real Madrid, con condiciones económicas superiores y protagonismo asegurado, para permanecer fiel al Atlético, el club que creyó en ella cuando aún era un diamante sin pulir.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Ludmila no solo corrió, luchó o marcó. Construyó identidad. Transformó al Atlético, dejó huella y se convirtió en símbolo de lealtad, sacrificio y compromiso. Su nombre quedará ligado a la historia del club, a la Liga F, a la épica de la Champions y a la inspiración de futuras generaciones.

    (Fuente: Getty Imágenes)

    La pantera se despidió del Atlético, pero su legado es eterno. Eligió la fidelidad sobre la comodidad, la historia sobre el escaparate. Eligió ser leyenda.

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    La brasileña es ahora futbolista del Chicago Red Stars de Estados Unidos, pero su rugido de pantera resonará por siempre en los corazones que laten en rojiblanco y a veces cuando Luany juega con el Atlético de Madrid de Víctor Martín parece que la magia de Da Silva, apellido que comparten la ocho y la exjugadora del Madrid CFF, ha poseído a la 22 que sueña con hacerse un hueco en la historia de las de Alcalá, ese que Ludmila se ganó a pulso, gol a gol.

    (Fuente: Getty Imágenes)
  • Reportaje | Patri Larqué es la heroína silenciosa del Atlético

    (Fuente: Getty imágenes)

    ⬛️ La arquera aragonesa fue clave en el José Kubala, detuvo dos penaltis, para conseguir que el conjunto rojiblanco eliminara al Alhama y se metiera en los cuartos de final de Copa.

    (Fuente: RFEF)

    El Club Atlético de Madrid supo sufrir, a base de coraje y corazón, en el Estadio Municipal José Kubala (Murcia) para deshacerse del Alhama Club de Fútbol ElPozo en los octavos de final de final de la Copa de la Reina Iberdrola 2025-2026.

    Las rojiblancas se pusieron por delante al cuarto de hora de juego con un gol de cabeza de la centrocampista venezolana Gaby García y el encuentro parecía estar bajo control para las de Alcalá de Henares hasta que en el minuto 93 Luany Da Silva Rosa, ex del Madrid CFF fue expulsada con roja directa por juego peligroso sobre Judith Caravaca.

    Este contratiempo le dio alas al cuadro azulón que metió al campeón de la Supercopa de España en 2021 en su área y obtuvo su recompensa ya sobre el 95 con un gol en propia puerta de Silvia Lloris, cuando esta intentó despejar el remate de Belén Martínez y se alcanzó la prórroga.

    En un ambiente hostil y en inferioridad numérica el Atlético de Madrid pudo haber temblado, pero las de Viti no lo hicieron e incluso marcaron un nuevo gol que fue anulado por fuera de juego y así se desembocó en una tanda de penaltis en la que emergió la figura de la protagonista de este post, P. Larqué .

    Patricia Larqué Juste (Zuera, 2 de mayo de 1992) es una futbolista española que juega de guardameta y su equipo actual es el Atlético de Madrid de la Primera División de España.

    Natural de Zuera, es hija del que fuese alcalde de la localidad, José Manuel Larqué. Empezó a jugar baloncesto hasta que su compañera Nuria Mallada la animó a jugar al fútbol, donde empezó jugando de centrocampista hasta que se lesionó y probó a jugar de portera, donde destacó y ya se quedó en esa posición. En 2008 fichó por el Transportes Alcaine (Zaragoza CFF ) al desaparecer el equipo de Zuera.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Suplente de Pilar Velilla, debutó con 17 años en Primera División el 10 de octubre de 2009 ante la Sociedad Deportiva Eibar con victoria por 0-4, y volvió a jugar el siguiente partido en Valladolid, manteniendo de nuevo la portería a cero.

    En 2017 fichó por el Santa Teresa, ya desparecido, donde fue la guardameta titular alternándose con Yolanda Aguirre, pero el equipo fue colista y descendió de categoría. Esa temporada el Zaragoza C. F. F. también descendió y Larqué regresó a su ex-equipo para intentar regresar a Primera División. Lograron ganar su grupo con comodidad, pero en los play-off fueron eliminados por el Club Deportivo Tacón, actual Real Madrid.

    Tras no lograr el ascenso jugó tres años en el Rayo Vallecano en Primera División. La primera temporada tuvo grandes actuaciones, como en la segunda jornada en la que lograron un empate ante el F. C. Barcelona en el Estadio de Vallecas y fue elegida mejor jugadora de la jornada.

    Sus buenas actuaciones hicieron que fuese convocada con la selección española, y contribuyó a que lograsen mantenerse en la zona media de la tabla.
    Su segunda temporada en el Rayo estuvo marcada por la falta de apoyo por parte de la directiva rayista, que protagonizó varios capítulos polémicos, como problemas en la renovaciones de las jugadoras o avituallamientos poco profesionales.

    Estuvieron toda la temporada luchando por mantener la categoría, y con buenas intervenciones suyas, como ante el Atlético de Madrid a final de temporada lo lograron finalmente.


    Sin embargo en la temporada 2021-2022 continuaron los problemas con la directiva, como la ausencia de contratos laborales y el impago de las nóminas y los alquileres de las viviendas de las jugadoras o la ausencia de equipo médico en los partidos.

    Con la salida de varias jugadoras importantes el equipo no pudo repetir el milagro de la temporada anterior y envuelto en polémicas descendieron a Segunda División.
    A pesar de tener otra temporada más de contrato, Larqué, tras una dura temporada, dejó el club.
    De ahí pasó al recién ascendido Deportivo Alavés, donde alternó la titularidad con Jana Xin Hanseler, y tampoco pudo mantenerse en Primera División.


    En 2023, tras varios intentos fallidos de cerrar la operación años atrás, fichó por el Atlético de Madrid, que la definió como «una portera ágil y rápida bajo palos, con un gran juego de pies».

    Suplente de Lola Gallardo, debutó con el Atlético de Madrid el 21 de octubre de 2023 con victoria por 0-2 en el campo del Sporting de Huelva.

    Asumió su rol de suplente de Lola Gallardo y dispuso de pocos minutos, pero renovó su contrato con la entidad rojiblanca. Lograron el objetivo de clasificarse para la Liga de Campeones tras ser terceras en la Liga F.


    En la temporada 2024-2025 mantuvo su rol como suplente pero con muy buen rendimiento. Mantuvo la portería imbatida en los 3 partidos de liga que disputó y sólo encajó goles ante el Barcelona en la Supercopa de España. El Atlético de Madrid, dirigido este año por Víctor Martín, se clasificó para la Liga de Campeones en la última jornada y alcanzó la final de la Copa de la Reina, aunque cayó en la ronda previa de la competición europea y en la semifinal de la Supercopa ante el Fútbol Club Barcelona, pero ella ya no se rindió y siguió trabajando en la sombra hasta ganarse la renovación hasta 2026.

    (Fuente: Liga F)

    El Atlético no tiembla en Murcia. Y no tiembla no porque no sintiera el frío del miedo recorriéndole la espalda, no porque no viera de cerca el abismo ni porque no escuchara el eco de una eliminación que habría dolido como una cicatriz temprana, sino precisamente porque supo sostenerse cuando todo invitaba al temblor. Porque hay noches en las que la fortaleza no se mide por la brillantez, ni por la autoridad, ni siquiera por la victoria en sí misma, sino por la capacidad de permanecer en pie cuando el suelo se mueve, cuando el estadio empuja en contra, cuando el reloj avanza sin ofrecer respuestas y cuando el fútbol, caprichoso y cruel, parece dispuesto a poner a prueba la identidad de un escudo centenario.

    Murcia fue ese lugar. El Estadio Municipal José Kubala fue ese escenario donde el Atlético de Madrid entendió que la Copa de la Reina no se conquista desde la comodidad, sino desde la resistencia.

    Acceder a los cuartos de final no fue un trámite, fue un acto de supervivencia emocional, una demostración de que este equipo, incluso en sus noches más grises, incluso lejos de su casa, incluso cuando el balón no fluye como dicta el guion, posee una cualidad que no se entrena y no se compra: carácter competitivo. El Atlético no tiembla en Murcia porque aprendió, a lo largo de su historia, que las eliminatorias no siempre se ganan con fútbol, sino con alma.

    El empate, la prórroga, la tanda de penaltis… todo forma parte del relato, pero el cierre de esta historia va más allá del marcador. Va de una mentalidad.

    Va de entender que la Copa es un territorio donde no basta con llegar, donde cada ronda exige dejar algo en el camino, donde avanzar implica sufrir.

    El Atlético avanzó porque aceptó ese sufrimiento como parte del viaje. Porque no se desesperó cuando el gol no llegaba. Porque no se descompuso cuando el Alhama respondió con valentía. Porque no perdió la compostura cuando el reloj marcaba los últimos minutos y la eliminación asomaba como una sombra alargada.

    No temblar no significa no dudar. Significa seguir adelante a pesar de la duda. Y en Murcia, el Atlético dudó, claro que dudó. Dudó cuando el balón no encontraba rematadora. Dudó cuando cada contra del Alhama parecía un aviso. Dudó cuando la prórroga se alargaba y las fuerzas flaqueaban. Pero nunca se rompió. Nunca dejó de creer que, de una manera u otra, la noche acabaría inclinándose a su favor. Esa fe, silenciosa pero firme, es la que distingue a los equipos que aspiran a todo de los que se quedan por el camino.

    Acceder a los cuartos de final de la Copa de la Reina Iberdrola 2025-2026 es, para el Atlético de Madrid, algo más que un objetivo cumplido. Es una reafirmación. Una señal interna de que el proyecto sigue vivo, de que la ambición no se negocia, de que el escudo pesa incluso cuando las piernas no responden. En un calendario exigente, en una temporada donde cada partido acumula desgaste físico y mental, este tipo de victorias construyen algo invisible pero decisivo: confianza. La confianza de saber que, llegado el momento límite, este equipo sabe competir.

    Murcia deja una enseñanza clara. No todas las noches serán brillantes. No todas las victorias serán limpias. No todos los caminos hacia el título estarán iluminados. Habrá campos complicados, rivales valientes, contextos adversos. Y ahí, precisamente ahí, es donde el Atlético demuestra quién es. Un equipo que no se esconde. Que no renuncia. Que no se deja llevar por la frustración. Que entiende que el fútbol femenino, como cualquier deporte de alto nivel, se decide muchas veces en la cabeza antes que en las botas.

    El acceso a cuartos no borra las dificultades vividas, pero las resignifica. Las convierte en aprendizaje. Las transforma en argumento para el futuro. Cada minuto sufrido en el José Kubala será recordado cuando lleguen las siguientes rondas, cuando la exigencia aumente, cuando la Copa reclame aún más. Porque las competiciones se ganan también acumulando experiencias límite, superándolas, saliendo reforzado de ellas.

    El Atlético no tiembla en Murcia porque encontró liderazgo cuando más lo necesitaba. Liderazgo en la calma, en la gestión de los tiempos, en la aceptación del escenario. Porque supo entender que no era una noche para el lucimiento individual, sino para la resistencia colectiva. Cada despeje, cada ayuda defensiva, cada carrera de repliegue fue una pequeña victoria dentro de la gran batalla. Y cuando llegó el momento definitivo, cuando el fútbol se redujo a once metros, el equipo ya estaba preparado mentalmente para sostener la presión.

    Hay victorias que se celebran con euforia desbordada y hay otras que se celebran con una satisfacción más íntima, más profunda. La de Murcia pertenece a este segundo grupo. No fue una noche de fuegos artificiales, fue una noche de convicción. Una noche que refuerza el relato de un Atlético que quiere llegar lejos, que sabe que la Copa no regala nada y que está dispuesto a pagar el precio emocional que exige cada ronda.

    Acceder a los cuartos de final es seguir vivo. Es mantener intacta la posibilidad de soñar. Es confirmar que, pase lo que pase, este equipo estará donde se decide todo. La Copa de la Reina avanza, el camino se estrecha, los rivales serán cada vez más duros. Pero Murcia deja una certeza: si el Atlético fue capaz de no temblar en una noche así, lejos de casa, bajo presión máxima, con todo en contra, entonces está preparado para lo que venga.

    El fútbol femenino español necesita partidos como este. Necesita relatos donde el sufrimiento también tenga valor, donde la épica no sea exclusiva de las finales, donde una tanda de penaltis en octavos de final pueda convertirse en un capítulo inolvidable.

    Murcia ya forma parte de esa memoria y el Atlético de Madrid, con su acceso a cuartos, suma una página más a su historia copera, escrita no con letras doradas, sino con sudor, nervio y carácter.

    El Atlético no tiembla en Murcia porque entiende que el camino hacia los títulos está lleno de noches incómodas. Porque sabe que quien quiere levantar trofeos debe aprender a sobrevivir primero. Porque asumió que la Copa no perdona la fragilidad emocional. Y porque, cuando llegó el momento de mirar al miedo a los ojos, eligió avanzar.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Cuartos de final. Dos palabras que resumen una noche entera. Dos palabras que justifican el sufrimiento. Dos palabras que mantienen viva la ilusión.

    El Atlético sigue adelante. No porque fuera mejor durante ciento veinte minutos. No porque dominara con claridad. Sino porque, cuando todo se decidió en el límite, no tembló y en el fútbol, como en la vida, eso lo es todo.

    (Fuente: Getty imágenes)
  • Reportaje | Amanda Sampedro: Puro ADN de coraje y corazón

    (Fuente: Liga Iberdrola)

    ⬛️ La centrocampista internacional española es sentimiento rojiblanco por los cuatro costados, aunque colgó las botas en Nervión,

    (Fuente: Atlético de Madrid)

    Pónganse en pie y aplaudan mientras que leen este reportaje en forma de tributo que “El Partido de Manu” le ha querido dedicar a unas de las estrellas más importantes de la Selección Española de Fútbol y el Atlético de Madrid, una jugadora que ha dejado huella en la eternidad.

    Cuando el Atlético de Madrid aprendió a latir con nombre propio, Amanda Sampedro Bustos.

    (Fuente: Getty imágenes)

    imposible pensar en la historia del Atlético de Madrid Femenino sin que aparezca su nombre como un latido constante. Como una respiración que nunca se detuvo del todo, ni siquiera cuando parecía que se había marchado. Amanda Sampedro no fue solo una futbolista.

    (Fuente: UEFA)

    Fue una forma de entender el juego, una manera de estar, una conciencia colectiva vestida de rojiblanco. En el verano de 2022, cuando se produjo la separación más dolorosa que recuerda la historia reciente del club, algo se rompió en el alma del Atleti. Pero hay vínculos que no entienden de contratos ni de despedidas. Hay amores que no se jubilan. Y el de Amanda con el Atlético de Madrid es eterno.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Hay despedidas que no son finales. Hay adioses que no clausuran nada, que no cierran puertas, que no apagan luces. Hay separaciones que, por más que duelan, no logran borrar lo esencial. El verano de 2022 fue uno de esos momentos que se quedan tatuados en la memoria colectiva del Atlético de Madrid Femenino. Fue el verano en el que Amanda Sampedro hizo las maletas y se marchó a Sevilla. Fue el verano en el que el club dijo adiós a su capitana eterna, a su jugadora franquicia, a su espejo. Fue imposible que no doliera. Fue imposible que no se sintiera como una pérdida irreparable.

    (Fuente: Getty imágenes)

    “Siempre serás mi adiós más difícil”, escribió Amanda. Y no era una frase hecha. No era una despedida protocolaria. Era la confesión de alguien que se estaba arrancando un trozo de sí misma. Porque Amanda no dejó el Atlético: Amanda fue el Atlético durante más de una década. Un trocito de su escudo. Una extensión de su identidad. Una futbolista que no se explica sin el rojiblanco, y un club que no se entiende sin ella.

    La futbolista criada en “La Academia”, nombre con el que se conoce a las categorías inferiores del equipo rojiblanco, era una centrocampista muy experimentada, pasó dos décadas defendiendo los colores colchoneros y destacaba por su carácter polivalente, puede actuar en la zona de creación o en la banda derecha de forma indistinta y posee un gran físico que complementa con una capacidad innata y privilegiada para filtrar pases a la espalda de las defensas rivales.

    Sampedro cuenta con un envidiable palmarés que se forjó mientras se ganaba un lugar en el Paseo de las Leyendas del Estadio Wanda Metropolitano merced a una Copa de la Reina que levantó en 2016, tres títulos ligueros consecutivos, léase, 2016-2017, 2017-2018 y 2018-2019 a los que acompaña una Supercopa de España conquistada en Almería en 2021 al derrotar en semifinales al Fútbol Club Barcelona, en la tanda de penaltis, y al Levante Unión Deportiva por 3-0 en la gran final.

    Fue internacional absoluta con la actuales campeonas del mundo, subcampeones de Europa y dos veces ganadora de la Liga de Naciones y llegó a formar parte de las 23 elegidas por Jorge Vilda para defender a la nación ibérica en la Copa del Mundo de Francia en 2019, jugando un total de 53 partidos internacionales entre 2015 y 2023, lapso temporal en el que marcó 11 goles.

    Amanda Sampedro disputó 202 partidos oficiales con el Atlético de Madrid Femenino, siendo una de las jugadoras con más encuentros en la historia del club y quedando igualada con Carmen Menayo como segunda con más apariciones, solo por detrás de Silvia Meseguer (205 partidos), llegando incluso a marcar 77 dianas .

    (Fuente: Getty imágenes)

    Cuando años después confesó que aquella despedida fue más dura que su retirada del fútbol, no hacía falta subrayar nada. Bastaba con escucharla. “Yo siempre he estado y estaré para ayudar al Atlético. Nunca me he sentido fuera del Atlético”. Y ahí estaba toda la verdad. Porque Amanda, incluso lejos del Cerro del Espino o del Metropolitano, seguía siendo referencia, guía, apoyo, refugio. Seguía atendiendo llamadas, aconsejando a compañeras, ejerciendo de capitana sin brazalete. Porque hay cargos que no se quitan nunca.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Amanda Sampedro Bustos nació en Madrid el 26 de junio de 1993. Madrileña. Atlética. Dos palabras que en su caso son inseparables. Antes de ser futbolista fue una niña que veía partidos con su padre por la televisión.

    Una niña que se apuntó a un equipo de fútbol sala de su colegio, el Mater Amabilis, porque vio un cartel. Una niña que empezó a jugar en el equipo de su barrio, el Mar Abierto, rodeada de niños, siendo la única chica. Una niña que jugó en la primera división autonómica masculina. Una niña que soñaba con vestir la camiseta del Atlético de Madrid y que, pese a tener otras ofertas, supo esperar. Porque algunos sueños no admiten atajos.

    Llegó al Atlético en 2002. Tenía nueve años. Entrenaba con el Atlético Femenino y jugaba en el Mar Abierto hasta que la reglamentación le impidió seguir compitiendo con chicos. Incluso tuvo la oportunidad de fichar por el Rayo Vallecano masculino. Pero su padre la convenció de quedarse. No fue solo una decisión deportiva. Fue una decisión de vida. Fue quedarse en casa.

    El 23 de septiembre de 2007, con apenas 14 años, debutó con el primer equipo del Atlético de Madrid. Entró al campo sustituyendo a Recarte ante el Irex Puebla. Aquel día, el equipo remontó en el descuento. Ganó 1-2. Como si el destino ya estuviera avisando. Volvió a tener minutos la jornada siguiente. Y más adelante. Y marcó su primer gol en Copa de la Reina en junio de 2008. Todo iba rápido. Demasiado rápido para una adolescente. Pero Amanda nunca tuvo prisa. Tenía convicción.

    En la temporada 2009-10 alternó el primer equipo con el filial. En la 2010-11, regresó del Mundial sub-17 y se asentó definitivamente. Jugó 22 partidos de Liga. El Atlético fue quinto. Llegaron a semifinales de Copa. Y Amanda empezó a ser algo más que una promesa. Empezó a ser un pilar.

    Con solo 18 años, en la temporada 2011-12, fue nombrada capitana. Dieciocho años. Treinta y tres partidos de liga. Siete goles. Premio Fútbol Draft. Y una certeza: el Atlético ya tenía líder. No por voz. No por gesto. Por ejemplo.

    A partir de ahí, la historia se convierte en un río imparable. Temporadas completas, titularidades incontestables, regularidad extrema, premios individuales, reconocimiento interno y externo. Amanda jugaba todos los partidos. Amanda marcaba. Amanda asistía. Amanda sostenía. Mientras el club crecía, mientras el fútbol femenino español empezaba a asomar tímidamente en la escena mediática, Amanda estaba ahí. Sin ruido. Sin focos. Construyendo.

    Compaginó su carrera como futbolista con la de entrenadora de las categorías inferiores. Se formó. Entrenó a benjamines, alevines. Estudió. Se licenció en Fisioterapia. Probó el periodismo. Estudia Nutrición Deportiva. Porque Amanda siempre entendió el fútbol como algo integral. Como una responsabilidad.

    En la temporada 2014-15 llegó la primera gran conquista estructural: la clasificación para la Liga de Campeones. En 2015 debutó en Europa. En 2016 levantó su primer título: la Copa de la Reina ante el Barcelona. En 2017 llegó la Liga invicta. El Atlético campeón sin perder un partido. Amanda marcó en el último encuentro. Como si no supiera desaparecer de los momentos importantes.

    En 2018 repitieron el título de Liga. En 2019 llegó el hito de San Mamés. El récord del Metropolitano. La placa en el Paseo de las Leyendas. Los autobuses de Nike. La imagen de marca. Pero Amanda seguía siendo la misma. La que corría hacia atrás. La que ordenaba. La que entendía el juego.

    (Fuente: UEFA)

    Jugó más de 400 partidos con el Atlético. Ganó tres Ligas y una Copa. Fue la jugadora con más partidos en la historia del club. Fue capitana durante más de una década. Fue puente entre generaciones. Fue memoria viva.

    (Fuente: Liga F)

    Y luego llegó el desgaste. La pandemia. Las rotaciones. La suplencia. Los cambios de entrenador. La última temporada. El homenaje. La despedida. Sevilla.

    Pero ni Sevilla rompió el vínculo. Fue capitana allí desde el primer día. Dos temporadas. Zona media. Profesionalidad intacta. Y en julio de 2024, la retirada. Sorprendió a todos. Menos a ella. Porque Amanda no sabe estar a medias. Porque Amanda necesitaba estar al cien por cien. Porque la familia llamaba. Porque la vida también juega.

    En enero de 2025, el regreso. Coordinadora de alto rendimiento de la Academia femenina del Atlético de Madrid. En marzo, el premio Almudena Grandes. Porque las historias verdaderas siempre vuelven a casa.

    (Fuente: Liga Iberdrola)

    Amanda Sampedro es Atlético de Madrid. No por pasado. Por presente y por futuro. Porque hay personas que no pertenecen a los clubes: son los clubes. Y el Atlético de Madrid Femenino, sin Amanda, habría sido otro. Menos coherente. Menos humano. Menos suyo.

    Hay jugadoras que ganan títulos. Hay otras que construyen historia. Amanda hizo ambas cosas. Y lo hizo sin pedir nada a cambio. Por eso su nombre no se despide, sino que se pronuncia en presente.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Porque Amanda nunca se fue y jamás lo hará, ahora es la Coordinadora de alto rendimiento en la Academia del Atlético de Madrid Femenino
    Tras retirarse oficialmente del fútbol profesional en julio de 2024, Amanda regresó a su casa rojiblanca en enero de 2025 para asumir un nuevo rol clave en la formación de jugadoras jóvenes.


    Desde entonces, trabaja como coordinadora de los equipos femeninos de alto rendimiento de la Academia (incluyendo Femenino B, Femenino C y Juvenil A), acompañando el desarrollo técnico y profesional de las promesas del club y transmitiendo su experiencia como futbolista histórica del Atlético de Madrid.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Aunque ha ocupado este cargo en 2025 y ha tenido un papel activo en la Academia durante buena parte del año, recientemente el club anunció que Amanda seguirá en su rol al concluir la presente temporada.

    Solo el tiempo diría si, tal y como se comenta entre los que siguen la actualidad rojiblanca, el club le da en un futuro, no sabemos si cercano o lejano, la oportunidad de transmitir su sapiencia como inquilina de un banquillo colchonero.

    Porque al final de todo, cuando se apagan los focos, cuando se archivan las estadísticas, cuando el fútbol deja de ser ruido y vuelve a ser memoria, los clubes no se explican por los títulos que levantaron, sino por las personas que los encarnaron. El Atlético de Madrid, ese club que aprendió a vivir entre la herida y el orgullo, entre la derrota digna y la victoria sudada, solo ha tenido muy pocas figuras capaces de representarlo de manera total, absoluta, sin fisuras. Y entre ellas, en dos épocas distintas, en dos contextos diferentes, pero con una raíz idéntica, aparecen dos nombres escritos con la misma tinta emocional: Fernando Torres y Amanda Sampedro.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Compararlos no es un ejercicio de nostalgia ni una concesión al romanticismo fácil. Es una necesidad histórica, porque ambos fueron algo más que futbolistas.

    Fueron símbolos fundacionales de una manera de ser del Atlético de Madrid. Porque los dos crecieron en casa, porque los dos entendieron el escudo antes que el contrato, porque los dos supieron lo que era marcharse cuando no querían hacerlo y regresar cuando el alma lo reclamaba. Porque los dos llevaron el club tatuado en la piel incluso cuando no vestían la camiseta. Porque los dos, en definitiva, no jugaron para el Atlético: fueron el Atlético.

    (Fuente; Getty imágenes)

    Fernando Torres fue el niño del barrio que soñaba con el Calderón desde Fuenlabrada, el chaval que entró en la cantera siendo un crío y que acabó llevando el brazalete de capitán en uno de los momentos más oscuros de la historia moderna del club. Amanda Sampedro fue la niña madrileña que veía fútbol con su padre, que jugó con chicos porque no había otro camino, que esperó al Atlético aunque otras puertas se abrieran antes, que debutó con 14 años y que, con 18, ya sostenía un vestuario entero sobre sus hombros. Dos infancias distintas. Un mismo destino.

    A Torres le tocó ser capitán en Segunda División, cargar con la responsabilidad de rescatar al club del abismo, marcar goles que valían algo más que puntos, porque valían esperanza. A Amanda le tocó capitanear un proyecto que todavía no existía del todo, construir una sección femenina casi desde la nada, dotarla de identidad, de cultura, de exigencia, cuando el fútbol femenino apenas tenía escaparate y casi ninguna protección. A los dos les tocó liderar sin red.

    Fernando Torres aprendió a perder antes de aprender a ganar. Amanda Sampedro también. Porque el Atlético de Madrid no regala nada. Ni siquiera a los suyos. Porque ser referente en el Atleti no significa brillar siempre, sino resistir siempre. Y ahí está la clave de su similitud más profunda: la resistencia.

    Torres se fue al Liverpool porque el Atlético no podía darle lo que merecía. Amanda se fue al Sevilla porque el Atlético, en ese momento, ya no sabía cómo encajarla. Ninguno de los dos se marchó por desamor. Se marcharon porque a veces el amor también necesita distancia para sobrevivir. Y en ambos casos, la herida fue compartida. El club sangró. La afición sangró. Ellos sangraron más.

    “El Niño” volvió cuando ya no era necesario que volviera. Volvió cuando ya lo había ganado todo fuera. Volvió para cerrar un círculo, para demostrar que el éxito no siempre está en el último trofeo, sino en el último gesto. Amanda Sampedro volvió de otra manera, sin botas, sin foco, sin ovación multitudinaria, pero con una mochila llena de experiencia, para formar a otras, para cuidar lo que ella ayudó a crear. Volvió porque el Atlético siempre termina llamando a los suyos.

    A Torres se le recuerda por el gol al Barça, por la carrera en el Camp Nou, por levantar Europa con el niño interior intacto.

    (Fuente: Getty imágenes)

    A Amanda se la recordará por los partidos jugados, por las Ligas ganadas, por el brazalete eterno, pero sobre todo por algo que no aparece en ningún resumen: por haber sido el pegamento emocional de un equipo durante más de una década. Por haber sido la voz cuando no había micrófonos. Por haber sido la mano cuando no había focos.

    Ambos entendieron el liderazgo no como un privilegio, sino como una carga. Ambos pagaron el precio de representar demasiado. Ambos supieron lo que era escuchar críticas injustas precisamente por ser de casa. Ambos cargaron con una exigencia que a otros se les perdonaba. Porque al hijo se le exige más. Porque al símbolo se le permite menos.

    Fernando Torres y Amanda Sampedro pertenecen a esa estirpe rarísima de futbolistas que no se explican por su pico de rendimiento, sino por su trayectoria completa, por su coherencia vital. Ninguno fue perfecto. Ninguno lo necesitó. Porque el Atlético nunca buscó ídolos inmaculados, sino referentes humanos. Y ahí es donde los dos alcanzan una dimensión casi mítica.

    Cuando Torres lloró en su despedida, lloraba un club entero. Cuando Amanda se marchó en 2022, algo se rompió en el alma del Atlético Femenino. No fue solo una salida deportiva. Fue la sensación de que una época se cerraba sin que nadie estuviera preparado. Exactamente lo mismo que ocurrió con Fernando.

    Y sin embargo, en ambos casos, el tiempo ha sido justo. El tiempo ha colocado a cada uno en el lugar que merece. Torres como leyenda transversal del club, como puente entre generaciones, como símbolo masculino de una identidad que no se negocia. Amanda como la gran madre fundacional del Atlético de Madrid Femenino, como la jugadora sin la cual no se puede contar su historia, como la capitana que sostuvo el proyecto cuando todavía no tenía cimientos sólidos.

    (Fuente: Getty imágenes)

    Hay clubes que tienen muchos grandes jugadores. Hay clubes que tienen pocas leyendas. El Atlético de Madrid tiene algunas, pero muy claras. Y entre ellas, Fernando Torres y Amanda Sampedro ocupan un espacio propio, casi sagrado, porque representan algo que no se entrena ni se compra: la pertenencia.

    (Fuente: Laliga)

    Cuando dentro de muchos años alguien pregunte qué significó el Atlético de Madrid en el fútbol masculino del cambio de siglo, aparecerá el nombre de Torres. Cuando alguien quiera entender cómo se construyó el Atlético de Madrid Femenino moderno, el nombre de Amanda será inevitable. No como nota al pie. Como columna vertebral.

    Porque hay futbolistas que pasan. Y hay futbolistas que se quedan para siempre, incluso cuando ya no juegan. Porque hay goles que se celebran. Y hay carreras que se honran. Porque hay jugadores que ganan títulos. Y hay otros que dan sentido a los títulos.

    Fernando Torres y Amanda Sampedro pertenecen a esa última categoría. A la más difícil. A la más valiosa. A la que no necesita defensa porque el tiempo se encarga de protegerla.

    El Atlético de Madrid sería otro sin Fernando Torres y el Atlético de Madrid Femenino no sería el mismo sin Amanda Sampedro.Y eso, en un club como este, es lo más grande que se puede decir de alguien.

    (Fuente: Getty imágenes)

  • Reportaje | F. Torres y Alejandra Bernabé, vidas cruzadas

    (Fuente: Liverpool Football Club)

    ⬛️ La cantera rojiblanca (24 años) vistió también la elástica del Chelsea (2022-2023), tal y como hizo “El Niño”.

    Fernando Torres Sanz y Alejandra Bernabé de Santiago. Dos nombres que, separados por una generación, por contextos distintos y por escenarios que han ido mutando con el tiempo, trazan una línea invisible pero firme dentro del mapa emocional del fútbol. Una línea que nace en Majadahonda, en ese territorio casi sagrado para el Atlético de Madrid conocido como “La Academia”, y que se extiende hasta dos de los estadios más simbólicos del fútbol europeo: Stamford Bridge y Anfield. Una vida paralela, sí, pero sobre todo una misma manera de entender el juego, la pertenencia y la memoria.

    Ambos no son solo dos futbolistas unidos por una cadena de coincidencias llamativas. Son, en realidad, dos expresiones distintas de una misma idea: la de un fútbol que nace en la cantera, que se forja en la identidad y que se proyecta al mundo sin perder la memoria. Sus trayectorias avanzan en paralelo como dos ríos que nacen en la misma montaña, se separan por el terreno, atraviesan paisajes distintos y, sin embargo, conservan siempre el mismo origen. En el fútbol, como en la vida, no todas las historias necesitan cruzarse para dialogar entre sí.

    Todo comienza en La Academia del Atlético de Madrid. No como un simple punto geográfico, sino como un estado de ánimo. Allí, entre campos de entrenamiento, madrugadas frías y una exigencia que no entiende de edades, se aprende que el escudo no se lleva, se soporta. Fernando Torres creció en una etapa en la que el Atlético era más herida que promesa, más recuerdo que presente. Ser del Atlético entonces no era una moda, era una elección. Una forma de resistencia. Alejandra Bernabé se formó en otro tiempo, con el club ya reconstruido en lo institucional, pero con el fútbol femenino aún empujando desde abajo, aún reclamando el lugar que durante décadas se le negó. Contextos distintos, misma lección: aquí no se regala nada.

    Torres fue el niño que se convirtió en capitán antes de tiempo. El símbolo de un club que se aferraba a uno de los suyos para no perderse a sí mismo. Su figura trascendió lo futbolístico porque encarnaba una idea romántica del deporte: la del canterano que no solo juega, sino que representa. Alejandra Bernabé, desde una posición menos central en el foco mediático, vivió otra forma de liderazgo: la de abrir camino. La de demostrar que una lateral zurda formada en la cantera rojiblanca podía competir al máximo nivel, primero en España y luego fuera, sin renunciar a su identidad.

    Salir del Atlético nunca es fácil. Porque no es solo marcharse de un club, es abandonar un refugio emocional.

    Fernando Torres lo hizo cuando entendió que su carrera necesitaba otro escenario, aunque su corazón se quedara en casa. Alejandra Bernabé también tuvo que dar ese paso, sabiendo que el crecimiento profesional a veces exige incomodidad. Ambos asumieron el riesgo. Ambos entendieron que el talento, si no se expone, se marchita.

    El Liverpool aparece entonces como un punto de destino que parece escrito con tinta invisible. Anfield. Un estadio que no se limita a albergar partidos, sino que conserva historias. Allí, Fernando Torres encontró un lugar donde su fútbol fue entendido desde el primer minuto. Donde su manera de atacar el espacio, su relación con el gol y su compromiso conectaron con una afición que reconoce al instante a quien juega con el corazón. Torres no fue solo un gran delantero del Liverpool. Fue parte de su alma reciente.

    Décadas después —porque en términos emocionales el fútbol no mide el tiempo igual— Alejandra Bernabé viste la misma camiseta roja. La misma zamarra mítica. Y no es un detalle menor. Porque Liverpool no es un club neutro. Exige una manera de estar.

    No basta con cumplir, hay que sentir. Y para alguien formada en el Atlético de Madrid, esa exigencia resulta casi familiar. Hay clubes que se reconocen entre sí sin necesidad de presentaciones. Atlético y Liverpool comparten una épica: la del sufrimiento convertido en orgullo, la de la lucha como identidad, la de la derrota asumida sin rendición.

    Antes de regresar a Liverpool, en ambas vidas aparece el Chelsea. Un club que simboliza la modernidad, el poder económico, la estructura casi empresarial del fútbol contemporáneo.

    Para Fernando Torres fue un capítulo incómodo, lleno de ruido, de debates eternos y de una narrativa injusta que redujo su carrera a cifras frías. Sin embargo, allí llegó uno de los momentos más importantes de su vida deportiva: una Champions League que le permitió cerrar un círculo personal. Para Alejandra Bernabé, el Chelsea fue una escuela de élite, un entorno donde el fútbol femenino se vive con una profesionalización absoluta, donde cada entrenamiento es una prueba y cada partido, un examen.

    Londres, para ambos, fue un lugar de tránsito. Un espacio de crecimiento, pero no de pertenencia plena. Porque hay futbolistas que necesitan sentirse parte de algo más grande que un proyecto ganador. Necesitan un relato y ese relato, para ambos, estaba en Liverpool.

    Cuando Alejandra Bernabé afirma, en conversación con la periodista Marta Griñán, que le hace ilusión jugar en el mismo club que Fernando Torres, no está estableciendo una comparación. Está reconociendo una herencia. Está situándose dentro de una genealogía emocional.

    Está diciendo, sin decirlo, que el fútbol también se construye mirando atrás con respeto. Que saber quién estuvo antes no te empequeñece, te da contexto.

    Alejandra pertenece a una generación que ya no acepta ser secundaria. Que juega en los mismos estadios, que defiende los mismos escudos y que empieza a ocupar el mismo espacio simbólico que durante años fue exclusivo. Que una futbolista formada en la cantera del Atlético, con pasado en Chelsea y presente en Liverpool, pueda decir eso sin complejos es, en sí mismo, una victoria colectiva del fútbol femenino.

    Fernando Torres cerró su carrera regresando al lugar donde todo empezó. Volvió al Atlético no para ganar títulos, sino para cerrar una historia con coherencia. Alejandra Bernabé todavía está escribiendo la suya. Su camino sigue abierto, lleno de páginas por completar, de partidos por jugar y de decisiones por tomar. Pero ya hay algo que nadie le puede quitar: haber entrado en ese territorio donde el fútbol deja de ser solo presente y se convierte en relato.

    Dos vidas paralelas. Dos trayectorias que avanzan sin tocarse, pero que se reflejan mutuamente como en un espejo lejano. “La Academia”, Chelsea y Liverpool. Tres estaciones comunes, tres pruebas superadas, tres símbolos compartidos. En un fútbol cada vez más rápido, más olvidadizo y más superficial, esta historia nos recuerda que todavía existen los hilos invisibles. Que todavía hay carreras que se entienden mejor desde la emoción que desde el dato.

    Porque al final, el fútbol no es solo lo que pasa en el césped. Es lo que permanece cuando el partido termina. Y en ese espacio donde habitan la memoria y la identidad, Fernando Torres Sanz y Alejandra Bernabé de Santiago caminan juntos, aunque no coincidan en el tiempo. Bajo el mismo himno no escrito. Bajo la misma certeza: que hay camisetas que no son se visten, se heredan.

    Esta historia la ha plasmado a la perfección Marta Griñán en el Diario AS y desde “El Partido de Manu” les recomendamos encarecidamente que lean lo que escribió la murciana, quien está especializada en Políticas de Igualdad para comprender mejor esta intrahistoria de vidas cruzadas.

  • Reportaje | Viti, el arquitecto de la fe: 57 % de victorias, una idea innegociable y la convicción de que el fútbol femenino también se escribe con épica

    (Fuente: Liga F Moeve )

    🟨 Hay entrenadores que ganan partidos. Hay otros que ganan tiempo. Y hay muy pocos que ganan memoria. Víctor Martín —Viti para el fútbol— pertenece a esta última estirpe. La de los técnicos que no solo ordenan equipos, sino que dejan huella, cicatriz y relato. Desde su regreso a España para reconstruir al Madrid CFF hasta su actual travesía al frente del Atlético de Madrid Femenino, con un 57 % de victorias como cifra que resume pero no explica, Viti ha levantado un ideario futbolístico basado en la valentía, el rigor y la creencia radical en que ningún gigante es invencible si el plan es perfecto y el alma acompaña.

    Víctor Martín volvió a España con una maleta cargada de aprendizaje y una idea muy clara: el fútbol femenino no necesitaba salvadores, necesitaba entrenadores con método, con discurso y con el coraje suficiente para mirar a los ojos a cualquiera. El Madrid CFF fue su punto de partida, el laboratorio donde esa idea empezó a tomar forma definitiva. No era un proyecto cómodo ni protegido. Era un club acostumbrado a competir desde la trinchera, a sobrevivir en una liga cada vez más desigual, a construir identidad en medio del ruido. Y ahí, precisamente ahí, Viti encontró el terreno fértil para demostrar que el fútbol no entiende solo de presupuestos, sino de convicciones.

    Su nombre no necesitaba fuegos artificiales porque su currículum hablaba en un idioma que los despachos entienden y los vestuarios respetan: trabajo, conocimiento y coherencia.

    El Madrid CFF fue su punto de anclaje. Un club que no vive de la nostalgia ni del presupuesto, sino de la supervivencia diaria, del ingenio y del orgullo competitivo. Allí no había margen para el error ni para el romanticismo vacío. Cada punto contaba. Cada partido era una final. Y en ese contexto áspero, exigente, profundamente honesto, Víctor Martín encontró el escenario ideal para desarrollar una idea de fútbol que no se negocia: competir siempre, contra cualquiera, desde la inteligencia y la valentía.

    Su Madrid CFF no era un equipo reactivo. No esperaba acontecimientos. Los provocaba dentro de sus posibilidades. Defendía junto, atacaba con intención y, sobre todo, sabía exactamente quién era. Viti entendió desde el primer día que el verdadero lujo para un equipo humilde no es fichar estrellas, sino tener una identidad clara. Y eso fue lo primero que construyó. Una identidad reconocible incluso para el rival. Un equipo incómodo, intenso, tácticamente trabajado, emocionalmente preparado.

    Semana tras semana, el Madrid CFF fue creciendo. No siempre ganaba, pero siempre competía. No siempre dominaba, pero siempre sabía qué hacer cuando no dominaba. Viti convirtió a su equipo en una amenaza silenciosa. En uno de esos rivales que obligan a preparar el partido con respeto. Y el fútbol, que suele premiar la coherencia tarde o temprano, le tenía reservada una noche para la eternidad.

    Fuenlabrada. El lugar donde el tiempo se detuvo. El FC Barcelona llegaba con 719 días sin perder. Más de un año y medio de hegemonía absoluta. Un equipo que no solo ganaba, sino que dictaba las reglas del juego, que imponía su ley desde el primer minuto, que parecía invulnerable. En la previa, el relato estaba escrito: el Barcelona visitaba al Madrid CFF para seguir ampliando su leyenda. Pero Víctor Martín había escrito otro guión

    Aquel partido no se improvisó. Se diseñó. Se construyó en la pizarra, en la sala de vídeo, en cada entrenamiento previo. Viti entendió que para competir contra el Barcelona no bastaba con defender bien; había que saber cuándo y cómo atacar. Ajustó alturas, compactó líneas, cerró pasillos interiores y aceptó que habría fases largas de sufrimiento. Pero ese sufrimiento no era resignación, era parte del plan.

    El Madrid CFF defendió con orden, con disciplina, con una concentración feroz. Cada duelo era una final dentro del partido. Cada basculación, un acto de fe colectiva. Y cuando el balón cambiaba de dueño, el equipo no se desprendía de él por miedo. Salía. Atacaba. Corría con sentido. Golpeaba cuando el gigante dudaba.

    Y entonces apareció Rachael Kundananji. Potencia pura. Hambre desbordada. Dos goles. Dos latigazos que quebraron una racha histórica. El 2-1 final no fue una anécdota estadística. Fue una obra de autor. Fue la demostración de que incluso los imperios caen cuando el rival cree más que ellos.

    El Barcelona perdió tras 519 días. Y el fútbol femenino español ganó una certeza: el trabajo bien hecho todavía puede derribar muros.

    Aquel día, Víctor Martín dejó de ser solo un buen entrenador para convertirse en un nombre propio del campeonato. No por la sorpresa, sino por la manera. Porque nadie habló de fortuna ni de accidente. Se habló de plan. De lectura del partido. De ejecución. Se habló de entrenador.

    Ese partido fue una frontera. Un antes y un después. No solo para el Madrid CFF, sino para la carrera de Viti. Porque el fútbol, aunque a veces tarde, reconoce a quienes se atreven. Y el Atlético de Madrid llamó.

    El Atlético no buscaba un revolucionario sin red. Buscaba un constructor. Un técnico capaz de recoger una herencia pesada —años de títulos, de exigencia, de identidad ganadora— y transformarla sin romperla. Un entrenador que entendiera que el Atlético Femenino no necesitaba volver al pasado, sino encontrar una nueva manera de competir en el presente. Víctor Martín era ese perfil.

    (Fuente: RFEF)

    Su llegada no fue un golpe de efecto mediático. Fue una apuesta de fondo. Y desde el primer día, el Atlético empezó a parecerse a su entrenador. Un equipo intenso, organizado, flexible. Capaz de adaptarse a distintos contextos sin perder el alma. Capaz de competir contra cualquiera sin renunciar a sí mismo.

    La Copa de la Reina fue el primer gran termómetro. La final en Huesca ante el Barcelona no se ganó, pero se jugó. Y eso, en el contexto actual, es una declaración enorme. El Atlético no fue un espectador privilegiado. Fue un rival real. Hubo fases de dominio, momentos de valentía, tramos de fútbol en los que las colchoneras miraron al Barça de tú a tú. No fue una final asumida como destino inevitable. Fue una final disputada desde la convicción.

    Aquella final no dejó un título, pero dejó algo igual de valioso: autoestima competitiva. La sensación de que el Atlético podía volver a sentarse en la mesa de los grandes sin complejos. Y esa sensación es la base de todo lo que vino después.

    Alcalá de Henares se convirtió en el siguiente escenario simbólico. El BK Häcken, un equipo europeo serio, trabajado, con experiencia y colmillo, aparecía como un obstáculo real en el camino hacia la fase de liga de la UEFA Women’s Champions League. No era una eliminatoria para jugar con el nombre. Era una eliminatoria para jugar con la cabeza y el corazón.

    El Atlético ganó 2-1. Otra vez ese resultado que parece perseguir a Víctor Martín como una firma. El equipo supo sufrir, supo resistir y supo golpear cuando tocaba. No hubo ansiedad. No hubo miedo. Hubo plan. Alcalá fue una noche europea de verdad. De las que construyen vestuarios. De las que hacen que las jugadoras crean en lo que se está haciendo. De las que convierten una idea en realidad.

    La clasificación para la fase de liga de la Champions no fue un premio caído del cielo. Fue el resultado de un proceso. De una manera de trabajar. De una convicción compartida entre cuerpo técnico y plantilla.

    Y la Liga F confirmó la tendencia. Segunda jornada. Real Madrid enfrente. Otra vez 2-1. Otra vez un Atlético intenso, solidario, valiente. Ganar al Real Madrid siempre tiene un peso específico. No es solo una victoria. Es un mensaje. Es una reafirmación. Es decirle al campeonato que el Atlético de Víctor Martín no está aquí para transitar la temporada, sino para competirla.

    Los números acompañan, aunque nunca lo explican todo. Siete puntos. Undécimas en la tabla. Acceso a los playoffs de la Liga de Campeones Femenina. Un escenario complejo, pero favorable. Solo una concatenación extrema de resultados dejaría fuera a las colchoneras: una derrota abultada ante el Olympique de Lyon y una victoria del OH Leuven en Inglaterra ante el Arsenal que, además, tendría que servir para levantar una desventaja de diez goles. El fútbol permite soñar, pero también respeta la lógica. Y la lógica dice que el Atlético de Víctor Martín está compitiendo.

    Ese 57 % de victorias no es una cifra vacía. Es el resumen numérico de una idea sostenida en el tiempo. De una manera de entender el fútbol. De una capacidad notable para sacar rendimiento a los recursos disponibles. Viti no es un entrenador de discursos huecos. Es un técnico de detalle, de análisis, de trabajo invisible. Pero también es un líder emocional. Un gestor de vestuarios. Un convencido.

    Desde el Madrid CFF hasta el Atlético de Madrid, su trayectoria dibuja una línea clara. No hay contradicciones. Hay evolución. El entrenador que fue capaz de diseñar el plan perfecto para tumbar al Barcelona invicto es el mismo que hoy compite finales, clasifica a su equipo para Europa y mantiene al Atlético vivo en todos los frentes.

    El fútbol femenino necesita entrenadores así. Que entiendan el contexto. Que respeten la historia. Que no se escondan. Que apuesten por el juego y por la competición real. Víctor Martín no promete títulos inmediatos. Promete equipos preparados. Promete partidos disputados. Promete identidad.

    Y en un fútbol cada vez más dominado por la desigualdad económica, esa promesa es casi revolucionaria. Porque el mensaje de Viti es claro: se puede competir desde la idea, desde el trabajo, desde la fe. No siempre se gana. Pero siempre se pelea.

    Como dirían los entendidos en este deporte , el fútbol no siempre sonríe al que más tiene, sino al que mejor entiende el partido. Y Víctor Martín, desde hace tiempo, entiende el fútbol como una construcción colectiva, como un acto de resistencia y como un derecho: el derecho de creer.

    (Fuente: Liga F Moeve)
  • Oficial | Luany es la máxima asistente de la Liga F Moeve tras trece fechas

    (Fuente: Getty Imágenes)

    🟨 La delantera de Nova Iguaçu lidera este apartado por delante de Eva Navarro y Vicky López

    Luany es la luz que ilumina el ataque de las colchoneras y este reportaje de investigación tiene por objetivo hacer entender esta afirmación categórica.

    MADRID, SPAIN – OCTOBER 12: Atletico de Madrid and FC Barcelona at Ciudad Deportiva Alcala de Henares on October 12, 2025 in Madrid, Spain. (Photo by Juan Aguado/CAPTURASPORT/LigaF)

    Por Manu López — El Partido de Manu

    Hay futbolistas que llegan a una liga para cumplir un sueño, otras para construir un legado. Y luego está Luany —la chispa brasileña que un día aterrizó en Madrid con una maleta llena de vértigo, promesas y la convicción de que venía a mostrar algo más que regates—. Lo que nadie imaginó entonces, ni siquiera quienes llevan décadas oliendo talento en el fútbol femenino español, es que aquella delantera del Madrid CFF estaba destinada a convertirse en un símbolo silencioso, en un engranaje perfecto para cualquier entrenador que supiera leerla, en una generadora de futuro. Hoy, trece jornadas después del inicio de la Liga F Moeve, el dato ya no deja lugar a dudas: Luany es la máxima asistente de la Primera División Femenina, con siete pases de gol y una media de 0.54 por partido, superando a dos titanes del pase como Eva Navarro y Vicky López.

    La brasileña no solo asiste: ilumina. Y el Atlético de Madrid de Víctor Martín Alba “Viti” vive hoy de esa luz como si fuese oxígeno.

    Todo empezó como empiezan las cosas grandes: con la sensación de que algo distinto estaba a punto de suceder. Cuando el Madrid CFF anunció su fichaje, muchos se preguntaban qué podía aportar aquella atacante nacida en Brasil, de pasos firmes pero casi desconocida en España. La respuesta llegó pronto: personalidad.

    (Fuente: Liga F Moeve)

    Luany aterrizó en el Madrid CFF como llegan quienes están hechas para este juego: sin miedo a equivocarse, sin complejo ante las grandes defensas europeas, sin un milímetro de duda ante la exigencia de un club acostumbrado a crecer desde el ingenio. No necesitó temporadas de adaptación ni discursos de paciencia. Donde otras tardan meses, ella tardó minutos: controló, encaró, asistió, creyó.

    Pronto se convirtió en una futbolista total: vertical cuando tocaba, pausada cuando el partido pedía cabeza, eléctrica cuando el equipo necesitaba electricidad. Había algo en su manera de ver el fútbol que conectaba con Madrid y con la Liga F Moeve: hablaba el idioma de la calle, el del barrio, el de quien convierte un regate en una historia y un pase en una promesa.

    Viti lo vio antes que nadie: había en Luany un potencial que trascendía el gol. Los entrenadores que entienden la esencia del juego reconocen a las futbolistas camaleónicas, capaces de mutar en función del sistema, del rival o de la necesidad emocional de un equipo. Y el técnico rojiblanco supo leerlo con la precisión de un cirujano: Luany era un arma total.

    No bastaba con ficharla: había que darle un contexto. Viti se lo dio. La colocó en una zona del campo donde su libertad creativa pudiera convivir con la estructura del Atlético. Le pidió que rompiera líneas, que apareciera por dentro, que activara a las interiores, que pusiera a correr a las extremos, que confundiera a centrales acostumbradas a marcar referencias fijas. Y ella respondió convirtiéndose en el faro del ataque colchonero.

    El dato que hoy encabeza la jornada —siete asistencias en trece encuentros— no es casualidad, ni producto de rachas, ni una fotografía temporal: es la consecuencia natural de un ecosistema construido alrededor de su visión. El Atlético necesitaba una brújula; descubrió que había fichado un mapa.

    estadísticas cuentan una parte. El resto lo ve quien mira con paciencia, quien entiende que asistir no es solo dar el último pase: es generar la ventaja dos segundos antes que el resto, es atraer a dos rivales para liberar a una compañera, es cambiar el ritmo cuando nadie lo espera.

    Luany ha perfeccionado ese arte invisible. Hay pases que no salen en los resúmenes, movimientos sin balón que no aparecen en los gráficos de posesión, decisiones sutiles que transforman ataques aislados en oportunidades colectivas. Por eso su impacto es mayor que el número de asistencias: Luany condiciona el comportamiento defensivo rival en cada posesión. Obliga a las laterales a dudar, a las mediocentros a recular, a las centrales a elegir entre achicar o esperar. Y en ese margen ínfimo de indecisión, en ese parpadeo táctico, se hace eterna.

    Hace años hablábamos de jugadoras que hacían mejores a las demás. Hoy hablamos de futbolistas como Luany que hacen evolucionar un sistema completo.

    El recorrido de la brasileña no es solo un cuento deportivo; es también un relato emocional. Su paso por el Madrid CFF la moldeó, la endureció, la obligó a crecer en un club donde la exigencia competitiva es diaria y donde nada se regala. Allí aprendió a convivir con presiones, a entender el ritmo español, a adaptarse a múltiples funciones.

    En el Atlético, en cambio, ha encontrado pertenencia. Ha encontrado una idea de equipo —y de identidad— que complementa su propia naturaleza futbolística. Ha encontrado un entrenador que la entiende y una grada que la respira. Y cuando una futbolista siente que pertenece a un lugar, aparece lo que ahora presenciamos semana tras semana: su mejor versión.

    Todo gran equipo necesita una relación así: entrenador y jugadora, jugadora y entrenador. La conexión entre Viti y Luany es profundamente futbolística. Él la interpreta, ella le responde. Él ordena el ecosistema, ella lo enciende. Él le pide que sea valiente, ella escribe cada partido con tinta de riesgo calculado.

    No hablamos de una pieza más: hablamos de la futbolista que activa el plan A y sostiene el plan B. De la atacante que decide cuándo acelerar y cuándo dormir el balón. De la creadora de superioridades. De la futbolista que, sin necesidad de grandes discursos, se está convirtiendo en uno de los nombres clave de esta Liga F Moeve 2025-2026.

    En un campeonato donde cada detalle cuenta, donde los ataques se estudian al milímetro y las defensas se preparan para contrarrestarlo todo, que una jugadora lidere la tabla de asistencias tras trece jornadas no es una noticia: es una declaración.

    Luany está en el punto más alto de su influencia. Y lo más impresionante no es el número, sino la sensación de que puede dar más, de que el techo sigue lejos, de que España aún no ha visto su partido definitivo. Ese que queda para la historia. Ese que se recuerda cuando la temporada termina y el fútbol pide volver a él.

    Cuando Luany llegó a España, pocos podían imaginar que su nombre sería sinónimo de impacto, de inteligencia ofensiva, de madurez competitiva. Desde sus primeros pasos con el Madrid CFF hasta su consolidación con el Atlético de Madrid de Viti, la evolución de la brasileña es una historia de adaptación y de visión, de paciencia y explosión, de talento y destino.

    Hoy, con siete asistencias y un liderazgo indiscutible en la Primera División Femenina, aquella jugadora que un día cruzó un océano para cumplir un sueño se ha convertido en la arquitecta del juego rojiblanco. Y así, sin estridencias, con la naturalidad de quienes están hechas para las noches grandes, Luany ha cerrado un círculo: la promesa que llegó en silencio se ha transformado en la figura indispensable de un equipo que se reconoce en su creatividad.

    El Atlético de Madrid tiene en ella algo más que una asistente. Tiene futuro.

    Tiene identidad. Tiene magia.
    Y, sobre todo, tiene esa luz que solo aparece cuando el fútbol encuentra a su protagonista natural, una Luany que da una asistencia cada 133 minutos.

    (Fuente: Liga F Moeve)

  • Oficial | Edna debutó con España y cumplió un sueño

    (Fuente: RFEF)

    🟣 La delantera propiedad del Bayern de Múnich saltó al césped con el doce a la espalda en el tramo final del encuentro para remplazar a Esther González.

    Publicidad de Netflix

    🩵 EL UPSIDE DOWN LLEGA A MADRID PARA CELEBRAR LA ÚLTIMA TEMPORADA DE STRANGER THINGS 🩵

    Madrid, 27 de noviembre de 2025 – Anoche, Netflix recreó, de la mano del Espacio Movistar, el universo del Upside Down, donde numerosos invitados pudieron descubrir el mundo de Hawkins con motivo del esperado final de la última temporada de Stranger Things. Esta última aventura llegará a Netflix en tres fechas distintas: cuatro episodios el 27 de noviembre, tres episodios el 26 de diciembre y el episodio final, el 1 de enero de 2026.

    La batalla final se acerca y, por ello, muchos rostros conocidos entre los que se encontraban Álvaro Morte, Lalachus, Adrián Lastra, María Valero y Albert Laro, entre otros, acudieron para disfrutar en primera persona de la magnífica experiencia de descubrir lugares emblemáticos como el Castle Byers, Antena, WSKQ Radio 95.5 FM, Starcourt Base, Rainbow Room y la Creel House.

    Las puertas del universo Hawkins estarán abiertas en el Espacio Movistar del 27 de noviembre al 13 de diciembre, durante todo el día. Las entradas gratuitas podrán conseguirse a través de la página web de Espacio Movistar.

    Con motivo del estreno del esperado final de la serie, Netflix de la mano del universo Hawkins, toma Madrid con la creación de diferentes activaciones a lo largo de todo el mes de diciembre. El recorrido comienza en el Espacio Movistar, donde los fans podrán vivir la última aventura en algunos de los escenarios más icónicos de la serie, siguiendo por la ciudad para descubrir las luces de Joyce, que esconden un mensaje oculto y, en caso de necesitar ayuda, recurrir a Will. También destaca el Hellfire Club Mural, en memoria de nuestro querido Eddie Munson, así como la presencia del Demogorgon y el Madroño (que ya se ha comido al Oso). Además, habrá diferentes portales, como el de la parada de Sol, y un videomapping: una proyección en homenaje a la serie sobre la fachada de la Real Casa de Correos, entre muchas otras activaciones.

    *Consulta nuestro instagram @NetflixES para obtener información actualizada sobre las fechas.

    Stranger Things, creada por los hermanos Duffer, está producida por Upside Down Pictures y 21 Laps Entertainment. Los hermanos Duffer ejercen como productores ejecutivos junto a Shawn Levy (21 Laps Entertainment) y Dan Cohen.

    El reparto incluye a Winona Ryder (Joyce Byers), David Harbour (Jim Hopper), Millie Bobby Brown (Eleven), Finn Wolfhard (Mike Wheeler), Gaten Matarazzo (Dustin Henderson), Caleb McLaughlin (Lucas Sinclair), Noah Schnapp (Will Byers), Sadie Sink (Max Mayfield), Natalia Dyer (Nancy Wheeler), Charlie Heaton (Jonathan Byers), Joe Keery (Steve Harrington), Maya Hawke (Robin Buckley), Priah Ferguson (Erica Sinclair), Brett Gelman (Murray), Jamie Campbell Bower (Vecna), Cara Buono (Karen Wheeler), Amybeth McNulty (Vickie), Nell Fisher (Holly Wheeler), Jake Connelly (Derek Turnbow), Alex Breaux (teniente Akers) y Linda Hamilton (Dra. Kay).

    Otoño de 1987. Hawkins sigue marcada por la apertura de los portales, y nuestros protagonistas comparten un único objetivo: encontrar a Vecna y acabar con él. Pero ha desaparecido, nadie sabe dónde está ni cuáles son sus planes. Para complicar aún más las cosas, el Gobierno ha puesto la ciudad en cuarentena militar y ha intensificado la búsqueda de Eleven, que se ve obligada a esconderse de nuevo. A medida que se acerca el aniversario de la desaparición de Will, también crece una inquietud ya conocida. La batalla final está a punto de empezar, y deberán enfrentarse a una oscuridad más poderosa y letal que nunca. Para acabar con esta pesadilla, deberán estar todos juntos, una última vez.

    En el fútbol español pocas historias emocionan tanto como la de Edna Imade. Su nombre ya forma parte de la narrativa épica del deporte nacional, una historia que combina valentía, sacrificio, talento y destino. Este viernes, en el Estadio Metropolitano, frente a Alemania y en la ida de la final de la Nations League femenina, Edna vivió el momento que cualquier futbolista sueña desde niña: su debut con la selección absoluta. El 0-0 del marcador quedó en un segundo plano; lo que importó fue la presencia de una jugadora que encarna más que fútbol: encarna vida, lucha y superación.

    Edna Imade llegó a España siendo apenas un bebé. Su historia comenzó mucho antes de que tocara un balón: empezó en la angustia y el riesgo, cruzando fronteras físicas y existenciales. Su madre, que había huido de Nigeria embarazada de gemelos, sobrevivió a un largo periplo por el Sáhara y dio a luz en Marruecos. Con apenas tres meses de vida, Edna fue embarcada en una patera rumbo a Algeciras, un viaje que podría haber terminado en tragedia y que, en cambio, dio inicio a una historia de esperanza. La llegada fue dramática, pero la familia sobrevivió y comenzó a construir un futuro en España, primero en un convento de monjas que les dio refugio y protección, y luego en Carmona, Sevilla, donde los cimientos de su vida se asentaron entre la humildad, la escuela y, sobre todo, la pasión por el fútbol.

    La infancia de Edna estuvo marcada por la sencillez y por un fuego interior que nada podía apagar. Su madre, que conocía la cultura y el arte, intentó que se acercara al flamenco, pero Edna tenía los pies y la mente puestos en el césped. Fue un profesor del colegio quien vio su potencial y la animó a incorporarse a un equipo de fútbol. Ese momento, aparentemente pequeño, fue el primer paso de un camino que la llevaría a convertirse en una de las delanteras más prometedoras de España.

    Su trayectoria deportiva comenzó en clubes modestos: Málaga y Cacereño fueron sus primeros escalones. Pero fue en el Granada donde la chispa se convirtió en fuego. Allí, su talento explotó: goles, regates, velocidad, desborde y un instinto que no entiende de edad ni de límites. Su fútbol llamó la atención de gigantes europeos: el Bayern de Múnich, siempre atento al talento emergente, apostó por ella, y su cesión a la Real Sociedad le permitió consolidarse en la Liga F Moeve con actuaciones que combinan potencia, entrega y madurez emocional.

    El debut de Edna con la selección absoluta no fue casualidad. Su rendimiento, su compromiso y su hambre de superación la llevaron a vestir la camiseta de España, un sueño que ella misma describe como la culminación de un camino lleno de obstáculos: “El camino ha sido muy difícil, ha sido largo, pero yo tengo una frase que le digo siempre a la gente de mi entorno: cuando algo te ha costado mucho conseguirlo, luego lo disfrutas más. El sufrimiento que ha pasado mi madre, todo lo que ha hecho para que ahora estemos bien… se lo debo todo”.

    Frente a Alemania, Edna vivió una noche histórica. Entró en el minuto 86, con el número doce a la espalda, en un escenario que, para muchos, parecía inalcanzable: un estadio lleno coreando su nombre, un marcador apretado y la tensión de una final. Su participación fue intensa y valiente; cada balón tocado, cada carrera y cada acción reflejaba no solo talento, sino también el peso de una historia que comenzó en la vulnerabilidad y llegó al reconocimiento.

    estreno de Edna Imade no es solo un logro deportivo: es un homenaje a su madre, a su familia, y a todas las personas que luchan por un futuro mejor frente a la adversidad. De la patera al Metropolitano, de la incertidumbre al aplauso de miles de aficionados, su vida demuestra que los orígenes no determinan el destino. España abre los brazos a una nueva estrella y, más allá de goles y asistencias, celebra una historia que inspira y conmueve.

    Ahora, con la experiencia de su debut ya vivida, Edna mira al futuro con ambición y hambre de más. Quiere desafiar a Ann-Katrin Berger, marcar en el Metropolitano y contribuir a que España conquiste un nuevo título en la Nations League. Su nombre, que antes era apenas un susurro en Carmona, hoy resuena con fuerza en estadios, medios y corazones. Ha nacido una estrella destinada a marcar una época en el fútbol español.

    La odisea de Edna Imade es un relato épico que mezcla historia, fútbol y humanidad. Cada paso que ha dado, desde el Sáhara hasta Alemania, desde el balón de cuero en el patio de Carmona hasta el Metropolitano, ha sido una prueba de fuerza, talento y perseverancia. Su debut es solo el primer capítulo de una carrera que promete historia, goles y momentos para el recuerdo.

    Edna Imade no es solo una futbolista: es la encarnación de la esperanza, el símbolo de que los sueños, por muy difíciles que parezcan, se pueden alcanzar. España ya la celebra. Y el mundo del fútbol está listo para descubrir a una estrella que apenas comienza a iluminar el firmamento.

  • Oficial | Mónica Hickmann es la líder del Madrid Club de Fútbol

    (Fuente: Liga F Moeve)

    ▶️ La Liga F le ha dedicado un reportaje en profundidad a la defensa central brasileña.

    Monica Hickmann, la muralla que marca goles con la serenidad de quien mira a la portera a los ojos y nunca pestañea.
    La central brasileña del Madrid CFF se ha convertido, sin exagerar, en el arma más letal desde los once metros de toda la Liga F Moeve en este inicio de temporada. Cuatro penaltis lanzados, cuatro ejecutados con precisión quirúrgica, cuatro decisiones que han terminado en victoria.

    No hay dudas, no hay temblor, no hay margen para el error. Cuando Monica coloca el balón en el punto blanco, en el estadio se podría escuchar caer un alfiler. Porque todo el mundo —rivales, compañeras, afición— sabe que allí está la futbolista más fiable de la competición desde los once pasos.

    A sus 38 años recién cumplidos (Porto Alegre, 21 de abril de 1987), la zaguera vive un momento dulce, de esos que parecen suspendidos en cámara lenta, como si esta temporada fuese la segunda vida deportiva que merecía. En 711 minutos distribuidos en 11 jornadas —ocho como titular, tres desde el banquillo—, Hickmann no solo ha sido cimiento defensivo, guía, voz de experiencia y garante del equilibrio. Ha sido, sobre todo, goleadora, si una central.

    Porque en la Liga F Moeve ningún penalti se ha repetido tanto esta temporada como la imagen de Monica caminando firme hacia el punto fatídico, con esa tranquilidad casi desconcertante, con esa seguridad que convierte en tensión todo lo que la rodea. Cuatro penaltis. Cuatro viajes al fondo de la red. Siempre al mismo lado. Siempre a la derecha de la portera, como quien repite un ritual aprendido, medido, dominado hasta el detalle.

    Y mientras otras lanzadoras alternan potencia, engaño, colocación, la brasileña ha optado por la fidelidad a un gesto ganador. Un patrón inmutable que no teme ser descifrado porque, aun si la guardameta lo adivina —y todas lo han hecho—, no alcanza. La pelota viaja tensa, ajustada, irrefutable.

    El dato no engaña: cada vez que Hickmann ha marcado, el Madrid CFF ha ganado. Cuatro penaltis, cuatro triunfos, cuatro celebraciones que llevan su firma. Su nombre está ligado directamente a los puntos que mantienen al equipo muy vivo en la clasificación, luchando, compitiendo, mordiendo cada jornada con una fiabilidad que empieza desde atrás… y termina, paradójicamente, con una defensa celebrando goles.

    La brasileña no reina sola en las cifras, pero sí en la perfección. Tras ella aparecen con tres lanzamientos Natalia Ramos (Costa Adeje Tenerife), Érika González (Levante UD) y Edna Imade (Real Sociedad). Solo que hay un matiz incontestable: Hickmann tiene el 100% de acierto, y encima es pichichi del equipo junto a Allegra Poljak (cuatro goles también). Las dos máximas goleadoras del club son defensoras. Una anomalía deportiva. Una maravilla estadística.

    El Madrid CFF, junto a la Real Sociedad, es el equipo que más penaltis ha lanzado esta campaña (cinco), y de esos cinco cuatro son de Monica. El restante lo firmó Ángela Sosa, pero la jerarquía en la pena máxima tiene nombre y apellido: Mónica Hickmann.

    En un fútbol donde el detalle decide, donde un parpadeo puede costar un partido, donde el penalti es casi una moneda al aire, Monica Hickmann juega a otra cosa. Su porcentaje roza la perfección. Su temple es de hierro. Sus pasos hacia el punto fatídico parecen una ceremonia.

    Si la Liga F Moeve tuviese una palabra para describir su arranque de curso, sería ella.
    Si el Madrid CFF necesitara un salvavidas, tendría nombre propio.
    Si el penalti pidiera ejecutora, ya tiene reina.

    Hickmann, la central que convierte once metros en ley, y goles en puntos.

    La futbolista que mira a las porteras a la cara y dispara donde todas saben que va a disparar.
    La que nunca falla, la sostiene y defiende para el elenco afincado en Fuenlabrada.

  • Reportaje | Edna Imade ; su familia como motor vital

    (Fuente: RFEF)

    🟦 Su historia personal la impulsa cada día mientras ve su sueño hacerse realidad.

    Ríos de tinta se han desbordado para intentar contar el fenómeno. Palabras incontables se han lanzado en titulares, columnas y crónicas buscando descifrar el misterio de Edna Imade. Desde su irrupción con la fuerza de un trueno en la Selección Española, la emoción se ha propagado como un incendio bello. Periódicos, radios, perfiles oficiales, plumas veteranas y jóvenes aprendices del periodismo deportivo han quedado atrapados en su historia. Incluso la Real Federación Española de Fútbol ha abrazado su llegada al combinado nacional en un vídeo que no es sólo una presentación, es un manifiesto. Porque la aparición de Edna no es solo una convocatoria: es un suceso cultural, una reparación poética, una revisión de lo que significa llegar desde tan lejos hasta tan alto.

    (Fuente: RFEF)

    Pero ninguna de esas publicaciones ha logrado contener entero el viaje. Ninguna palabra —ni todas juntas— bastan para narrar la magnitud de esa travesía. Para comprender lo que significa este “gol a la vida”, hay que desplazarse atrás, muchísimo atrás, hasta el polvo del Sahara, donde nacen historias que nadie pretende recordar y que luego, con milagro y fútbol, pasan a ser eternas.

    “El camino ha sido muy difícil, ha sido largo, pero algo siempre digo: cuando algo te cuesta mucho, lo disfrutas más”, relata Edna con la voz estremecida. Ella lo celebra hoy vestida de rojo, recibiendo una convocatoria que hizo llorar a todo el vestuario, pero el trayecto que la llevó hasta esa sala de prensa, hasta ese Himno Nacional que ahora también le pertenece, empezó en un lugar díficil de imaginar desde el asiento mullido de un estadio moderno: comenzó con una mujer valiente y dos bebés recién nacidos cruzando un desierto.

    Su madre, la protagonista silenciosa de toda esta historia, tomó una decisión que sólo puede surgir del amor más feroz: abandonarlo todo para dar a sus hijos una vida que no conocían, que no existía aún, pero que creía posible. Cruzar el Sahara con dos criaturas. Desafiar al sol, al hambre, al miedo. Dormir con la incertidumbre como manta. Llegar a Marruecos con el sueño todavía vivo pero el cuerpo desgarrado tras dar a luz. Tres o cuatro meses de pausa por necesidad vital. Y después, la infamia más arriesgada, esa palabra que hace temblar mares enteros: patera.

    La noche era un límite. El agua, un dios cruel. La costa española parecía ficción. Y de repente una ola, enorme, violenta, capaz de tragarse para siempre todo un futuro, golpeó la embarcación. Su hermano cayó al océano. Un segundo que pudo haber sido final. Un hombre —uno cualquiera, uno que hoy tal vez ignore que fue protagonista de un milagro— saltó sin pensarlo y lo rescató. Lo devolvió a la vida. Y con ese gesto anónimo, también salvó el futuro del fútbol español sin saberlo.

    Llegaron a Algeciras. Hubo manos que acogieron. Hermanas que ofrecieron techo, leche, nombre humano. Allí comenzó su vida en España, pequeña pero firme, como semilla que no sabe que un día será bosque. Allí se formó el idioma, la escuela, la calle, los pasos desordenados de la infancia.

    A veces los destinos comienzan en el recreo. Así empezó el suyo. Mientras otras niñas saltaban cuerda o bailaban palmas, Edna perseguía un balón que parecía imán. Un profesor de educación física la vio jugar entre chicos, con convicción y potencia. Lo que él observó aquel día fue un don crudo, sin moldear, pero evidente como un relámpago. Llamó a su madre y le recomendó apuntarla a un equipo local. Ella primero quiso inscribirla en flamenco —quizá imaginando belleza, tradición, escenario. Edna probó una clase. Una sola. Duró lo que dura un rechace mal despejado. Su casa estaba en el fútbol.

    Su madre lo entendió. Y apoyó. Ese gesto —aparentemente simple— fue el primer pase de gol de esta historia.

    A veces los destinos comienzan en el recreo. Así empezó el suyo. Mientras otras niñas saltaban cuerda o bailaban palmas, Edna perseguía un balón que parecía imán. Un profesor de educación física la vio jugar entre chicos, con convicción y potencia. Lo que él observó aquel día fue un don crudo, sin moldear, pero evidente como un relámpago. Llamó a su madre y le recomendó apuntarla a un equipo local. Ella primero quiso inscribirla en flamenco —quizá imaginando belleza, tradición, escenario. Edna probó una clase. Una sola. Duró lo que dura un rechace mal despejado. Su casa estaba en el fútbol.

    Su madre lo entendió. Y apoyó. Ese gesto —aparentemente simple— fue el primer pase de gol de esta historia.

    Y entonces, llegó el instante que marca el giro exacto de esta epopeya moderna.

    (Fuente: RFEF)

    La Selección Española publicaría la lista de convocadas a la mañana siguiente. Edna asumió que no estaría. Quizá porque todo lo obtenido siempre le costó. Quizá porque no creció acostumbrada a que el mundo dijera “sí”. Pero cuando llegó al entrenamiento, su entrenador Arturo le anunció la noticia: era convocable. Se proyectó un vídeo. Su nombre brilló en pantalla. Y ella lloró. Lloró con la fuerza acumulada de todos los desiertos, océanos y estadios de tierra por los que pasó.

    Lo primero que pensé fue: Edna, lo has conseguido.”Ese llanto valía más que todas las victorias juntas. Era final y principio. Era la niña que sobrevivió a una ola convirtiéndose en mujer que hoy navega el mar del fútbol mundial.

    (Fuente: RFEF)

    Vídeo de Mayca Jiménez |

    https://vm.tiktok.com/ZNRePMDhc/

    Y entonces aparece la razón última, la que sostiene todo el relato, la que teje pasado, presente y futuro:

    “Mi objetivo siempre ha sido sacar a mi familia adelante. Dios me dio el don del fútbol para eso. Y voy a ir a muerte.”

    Edna no juega sola. Juega con todos ellos. Su madre, su hermano, la ola que no los borró, el mar que quiso tragarlos y no pudo, el desierto que no secó su futuro. Cada vez que corre, lo hace como quien huye del destino que estaba escrito para ella y corre hacia otro que ha decidido escribir con goles. Cada vez que marca, confirma que la esperanza también mete el balón en la red.

    (Fuente: RFEF)


    Y aquí volvemos al principio, no en vano, los ríos de tinta sobre su llegada, el orgullo de la RFEF, el vídeo emocionado, el himno, la camiseta española que ahora lleva puesta, no son un relato reciente, son la consecuencia final de una travesía que empezó bajo un sol abrasador en África, se expandió sobre el Atlántico, se acunó en un convento de Algeciras, se entrenó en un colegio, se afianzó en la Real Sociedad y hoy se consagra en España.

    (Fuente: RFEF)

    La historia nace donde nadie mira: en el barro, en el miedo, en el milagro.
    Y culmina donde todos la ven: en el césped, en el estadio, bajo los focos.

    El círculo se cierra, sin cerrarse nunca del todo: la niña que cruzó un desierto ahora cruza áreas rivales.
    La niña que sobrevivió a una ola hoy ahoga defensas contrarias.
    La niña que jugaba en el recreo es ahora la mujer que juega para un país entero.

    Y entonces la historia empieza otra vez.
    Porque el balón siempre vuelve.
    Porque Edna también.
    Porque lo mejor —indiscutiblemente— todavía no ha pasado.

    Vídeo |

    https://youtu.be/ocVJT3MS3vQ