Reportaje | Lola Gallardo es un emblema del Atlético de Madrid

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⬛️ La arquera andaluza es campeona de la Liga de Campeones Femenina y capitanea a las rojiblancas.

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Lola Gallardo no se explica desde una estadística ni desde una alineación. A Lola Gallardo hay que contarla como se cuentan las historias que se quedan, las que atraviesan una época y la definen. Como se cuentan las leyendas que no siempre fueron perfectas, pero sí imprescindibles. La portera que gritó antes de que la escucharan. La capitana que sostuvo cuando tocaron tormentas. La mujer que eligió pelear incluso cuando sabía que podía perder.

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Hay futbolistas que pasan por los clubes y hay futbolistas que construyen clubes. Lola Gallardo pertenece a la segunda categoría. Y por eso, cuando se habla del Atlético de Madrid femenino, su nombre aparece sin necesidad de ser pronunciado. Está en el césped, en las placas, en los silencios antes de un penalti y en las manos levantadas después de una parada imposible.

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Su historia empieza lejos de los focos, como casi todas las que acaban siendo grandes. En Mairena del Aljarafe, en campos donde el fútbol todavía no tenía apellido femenino y donde una niña se abría paso entre niños porque el balón no entendía de etiquetas. Lola no nació portera: se hizo. La portería fue una consecuencia, casi un accidente, una lesión ajena que la empujó bajo los palos. Y ahí apareció algo que ya no se fue nunca: la personalidad. El mando. La voz. Ese desparpajo que no se entrena y que convierte a una jugadora en referencia.

El Sevilla fue el siguiente paso lógico, pero también un aprendizaje duro. Aquel fútbol femenino aún estaba en construcción, y Lola creció a la vez que crecía la competición. Descensos, cambios de formato, ascensos forzados, Superligas ampliadas… Todo era inestable salvo ella. Mientras el entorno se movía, Lola se afirmaba. Tanto que ya entonces empezó a ser señalada como promesa. Y casi sin darse cuenta, dejó de serlo.

El salto al Sporting de Huelva fue breve pero formativo. Una temporada para curtirse, para medir lo que significaba sostener un equipo desde atrás, para entender que una portera vive expuesta y que cada error pesa el doble. Encajó goles, sí. Pero también aprendió a levantarse. Y ese aprendizaje fue clave para lo que vino después.

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Porque el Atlético de Madrid no fue solo un fichaje. Fue un encuentro. Un lugar donde su carácter encontró espejo. Un club que estaba empezando a creerse grande en el fútbol femenino y una portera dispuesta a empujar ese crecimiento. Desde su debut, Lola fue algo más que una guardameta. Fue liderazgo, continuidad, identidad.

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Las primeras temporadas fueron de construcción. Terceros puestos, eliminaciones duras, pasos que parecían pequeños pero que estaban levantando cimientos. Mientras tanto, Lola crecía. En rendimiento, en jerarquía, en voz. Hasta convertirse en capitana. Y ahí el relato cambia.

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Porque el Atlético campeón no se entiende sin ella. Las ligas llegaron. Tres. Cada una distinta. Cada una con su propio peso emocional. La primera, como una ruptura con la historia. La confirmación de que aquello ya no era un proyecto, sino una realidad. La segunda, como la consolidación. La tercera, como la resistencia frente a un Barcelona cada vez más poderoso.

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En todas estuvo Lola. Parando, mandando, sosteniendo. Siendo la última cuando tocaba sufrir y la primera en celebrar cuando se ganaba. También perdiendo finales. También equivocándose. Como aquella Copa de la Reina ante la Real Sociedad. El error. El perdón público. El golpe emocional. Y la respuesta del vestuario. Amanda Sampedro diciendo lo que el Atlético ya sabía: que Lola Gallardo era emblema y memoria. Que había regalado ligas. Que nadie podía borrar eso.

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La llegada de Sari van Veenendaal fue una prueba más. Competencia directa. Alternancia. Champions para una, liga para otra. Una lesión inoportuna. La pandemia. El parón. El subcampeonato. Y finalmente, la despedida. Ocho temporadas después, Lola salía del Atlético dejando una huella tan grande que el club decidió fijarla en piedra. Una placa. Un paseo. Un reconocimiento que no se concede a cualquiera.

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Lyon fue el premio y también la frustración. Campeona de Europa, sí. Pero desde la sombra. Con pocos minutos. Con la sensación de que aquello no era hogar. Y Lola volvió. Porque hay regresos que no son retrocesos, sino reafirmaciones. El Atlético volvió a ser su sitio.

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El segundo ciclo fue distinto. Más maduro. Más complejo. Alternancias con Lindahl. Derrotas durísimas. Aquella final de Supercopa perdida 7-0 que marcó un punto de inflexión. A partir de ahí, Lola volvió a hacerse gigante. Titular indiscutible. Capitán con galones heredados. Referente en un equipo que buscaba reencontrarse.

Y llegó la Copa de la Reina de 2023. Butarque. El Real Madrid. Un 2-0 en contra. El tiempo que se acaba. La remontada. Los penaltis. Dos paradas. Dos. Y la imagen de Lola celebrando como se celebran las redenciones. No por revancha, sino por justicia emocional. Porque el fútbol también sabe devolver lo que quita.

La temporada 2023-24 fue la del Zamora. La de la regularidad. La de sostener cuando el equipo se deshacía. Cambio de entrenador. Racha final. Clasificación para Champions. Mejor jugadora del mes. Y otra vez Lola, apareciendo cuando el relato podía romperse.

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En la 2024-2025 siguió siendo lo que siempre fue: fiabilidad. Quince porterías a cero. Segunda mejor portera del campeonato. Otra final de Copa. Otra clasificación europea. No todo se gana, pero todo se pelea.

Y en paralelo, la selección. El conflicto. La negativa. El no cuando era más fácil decir sí. Lola fue una de las que se plantó. De las que entendió que había batallas que iban más allá de un torneo. De las que asumió el coste personal. No estuvo en el Mundial que España ganó, pero estuvo en el cambio que lo hizo posible. Y eso también es legado.

Porque ser leyenda no es solo levantar trofeos. Es sostener valores. Es poner el cuerpo cuando tiembla el sistema. Es elegir la dignidad aunque duela. Lola Gallardo hizo eso. Y lo pagó. Y lo volvería a hacer.

Hoy, cuando el Atlético de Madrid femenino sale al campo, hay algo de Lola en cada portera que grita, en cada defensa que confía, en cada niña que se pone los guantes sin pedir permiso. Su historia no es perfecta. Por suerte. Es humana. Llena de caídas, de regresos, de decisiones difíciles.

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Por eso Lola Gallardo no es solo una gran portera. Es una era. Una forma de estar. Una manera de entender el Atlético. Y cuando algún día no esté bajo los palos, seguirá estando. En la memoria. En la identidad. En ese lugar donde viven las leyendas que no se discuten.

Hay algo en la portería que define a quienes la habitan. Es un lugar de soledad y de exposición, donde no existe el refugio del grupo cuando llega el error. Lola entendió eso muy pronto. Por eso nunca fue una portera silenciosa. Gritó, ordenó, mandó. Se hizo visible. Y esa visibilidad fue también una forma de protección colectiva. Con ella, la defensa sabía que había alguien al mando. Que el equipo tenía columna vertebral.

Su liderazgo nunca fue impostado. No nació de un brazalete, sino de la coherencia. Lola lideró cuando era joven y cuando fue veterana. Lideró en la victoria y, sobre todo, en la derrota. En los días en los que el Atlético celebraba títulos, pero también en aquellos en los que parecía quedarse a medio camino de todo. Ahí fue donde más se la necesitó. Y ahí apareció.

El Atlético de Madrid femenino ha vivido muchas transformaciones en poco tiempo. De equipo emergente a campeón, de alternativa a referencia, de proyecto ilusionante a club obligado a competir con gigantes estructurales. En todas esas fases, Lola fue un hilo conductor. Cambiaron entrenadores, compañeras, sistemas y objetivos. Ella permaneció. Y cuando se fue, dolió. Y cuando volvió, el club se reconoció a sí mismo.

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Hay futbolistas que representan una idea táctica. Otras, una época de éxito. Lola Gallardo representa una identidad. La del esfuerzo sostenido. La de la resistencia frente a contextos adversos. La de la competitividad sin estridencias. Nunca fue la más mediática. Nunca necesitó serlo. Su prestigio se construyó desde la fiabilidad. Desde la constancia. Desde la sensación de seguridad que solo transmiten las grandes porteras.

En los momentos clave, su figura se agrandó. En eliminatorias europeas, en finales de Copa, en partidos decisivos por la Liga de Campeones. Incluso cuando el Atlético cayó en rondas previas o se quedó a las puertas, Lola fue una de las razones por las que estuvo ahí. Porque para competir contra los mejores, necesitas una portera que te mantenga con vida. Y ella lo hizo durante más de una década.

También fue puente entre generaciones. Compartió vestuario con las pioneras y con las nuevas referentes. Vio crecer a futbolistas jóvenes y asumió el rol de guía sin paternalismo. Enseñando desde el ejemplo. Desde la exigencia diaria. Desde la normalidad del trabajo bien hecho.

Y fuera del campo, Lola entendió pronto que el fútbol femenino no se limitaba a lo que ocurría los domingos. Que había una responsabilidad añadida. Cuando llegó el conflicto con la selección, eligió el camino más incómodo. No el más popular. No el más rentable. Eligió el que creía justo. Y lo hizo sabiendo que podía costarle torneos, visibilidad, reconocimiento. Lo hizo igual.

España ganó un Mundial sin ella en el campo, pero no sin su lucha. Sin la de todas. Y la historia, con el tiempo, pondrá cada cosa en su sitio. Porque hay victorias que no se celebran con medallas, pero cambian estructuras enteras. Y Lola Gallardo fue parte activa de ese cambio.

Su carrera, vista en conjunto, es un relato de coherencia. De alguien que nunca traicionó lo que era. Que se fue cuando sintió que debía irse. Que volvió cuando supo que su lugar seguía estando ahí. Que aceptó la competencia sin dramatismos. Que entendió su rol en cada etapa. Y que nunca dejó de rendir.

Por eso, cuando se habla de leyendas rojiblancas, su nombre no necesita debate. Está en las cifras, sí: ligas, copas, Zamoras, partidos, porterías a cero. Pero sobre todo está en el recuerdo colectivo. En esa sensación de tranquilidad cuando el rival se plantaba solo. En esa imagen de brazos abiertos organizando una defensa. En esa mirada fija antes de un penalti decisivo.

Lola Gallardo es parte del crecimiento del fútbol femenino español. Parte del Atlético de Madrid moderno. Parte de una generación que empujó para que las cosas fueran mejores, aunque no siempre lo pareciera. Y eso no se mide en títulos. Se mide en legado.

Algún día, cuando otras porterías se ocupen y otros nombres llenen las crónicas, alguien preguntará quién fue Lola Gallardo. Y la respuesta no será corta. Porque no se puede resumir una historia así en una frase. Habrá que contarla despacio. Como se cuentan las historias importantes.

Porque al final, cuando todo se ha contado, cuando las fechas se confunden y los títulos se ordenan en vitrinas, lo único que permanece es la huella. Y la de Lola Gallardo no es una huella cualquiera: es una marca profunda, grabada en la historia del Atlético de Madrid y en la evolución misma del fútbol femenino español.

Hablar de Lola Gallardo es hablar de tiempo. De resistencia. De permanecer cuando otros pasan. De sostener cuando todo tiembla. De estar cuando el relato aún no era grande y seguir estando cuando ya lo era. Porque Lola no llegó a un Atlético campeón: ayudó a construirlo. Y eso la convierte en leyenda.

(Fuente: Liga F Moeve)

Desde aquella niña que se puso los guantes casi por casualidad en Mairena del Aljarafe hasta la capitana que levantó títulos, sostuvo finales y paró penaltis decisivos, hay una línea invisible que no se rompe nunca: la convicción. Lola Gallardo nunca jugó a esconderse. Nunca fue una portera de perfil bajo. Mandó, gritó, ordenó, lideró. Asumió la responsabilidad de la portería como se asume una vocación, sabiendo que ahí no hay excusas ni refugios.

Su carrera es también la historia del crecimiento del fútbol femenino en España. De campos secundarios a estadios llenos. De estructuras precarias a competiciones profesionales. Y en cada etapa, Lola estuvo. En el Sevilla que ascendía y descendía mientras ella aprendía a competir. En el Sporting de Huelva que le enseñó lo que significaba sobrevivir en Primera. Y, sobre todo, en el Atlético de Madrid que pasó de aspirante a campeón con ella bajo los palos.

(Fuente: Liga F Moeve)

Ocho temporadas en una primera etapa que ya es historia del club. Tres Ligas conquistadas —2016-17, 2017-18 y 2018-19— que cambiaron para siempre el estatus del Atlético femenino. Una Copa de la Reina en 2016 que rompió una barrera psicológica venciendo al Barcelona. Subcampeonatos, eliminaciones crueles, noches europeas durísimas. Y siempre Lola. Siempre ahí. Como segunda portera menos goleada, como tercera, como referencia constante. Como capitana.

Su palmarés no se entiende sin contexto, pero impresiona incluso cuando se enumera:
— 3 Ligas de Primera División con el Atlético de Madrid
— 2 Copas de la Reina (2016 y 2023)
— 1 Liga de Campeones de la UEFA con el Olympique de Lyon
— Trofeo Zamora como portera menos goleada de la Liga F (2023-24)
— Múltiples presencias en los onces de oro del Fútbol Draft
— Más de 100 partidos oficiales con el Atlético de Madrid, reconocidos con placa propia en el Paseo de las Leyendas del Metropolitano.

Pero reducir a Lola Gallardo a una lista sería injusto. Porque también están los días malos. El error en la final de Copa ante la Real Sociedad y el perdón público, sincero, humano. La competencia con Sari van Veenendaal. La lesión. La pandemia. La salida del club cuando aún tenía mucho que dar. El Lyon, la Champions ganada desde la sombra, la decisión de volver porque el éxito sin identidad no basta.

Y están, sobre todo, las decisiones que no aparecen en los palmarés. El “no” a la selección cuando decir “sí” era lo fácil. La renuncia al Mundial que España ganó, no por falta de nivel, sino por coherencia. Por dignidad. Por pelear condiciones que hoy disfrutan otras. Lola Gallardo no levantó esa Copa del Mundo, pero ayudó a construir el camino que la hizo posible. Y eso también es ganar.

Su regreso al Atlético fue una reafirmación. Volvió para competir, no para vivir del pasado. Alternó, sufrió derrotas durísimas, como aquella final de Supercopa perdida por 7-0 que marcó al equipo. Y respondió como responden las líderes: con rendimiento. Con regularidad. Con carácter. Recuperó la capitanía, sostuvo al equipo cuando se descomponía y volvió a levantar un título en 2023 parando dos penaltis en una final que parecía perdida. Ahí, en ese instante, se cerraba un círculo.

Las últimas temporadas la confirmaron como lo que siempre fue: fiabilidad. Quince porterías a cero en una Liga. Segunda mejor portera del campeonato. Clasificaciones europeas agónicas. Un Atlético que cambiaba de entrenador, de discurso, de objetivos. Y Lola, otra vez, siendo el ancla.

Por eso, cuando se habla de ella, no se habla solo de una portera. Se habla de una forma de entender el Atlético de Madrid. De competir sin alardes. De sufrir sin rendirse. De levantarse siempre. Lola Gallardo es parte del ADN rojiblanco moderno. Una figura que une generaciones, que explica por qué el Atlético femenino es lo que es hoy.

El día que cuelgue los guantes —porque ese día llegará— su nombre no desaparecerá del vestuario. Estará en las charlas previas, en las niñas que se ponen los guantes por primera vez, en las porterías defendidas con rabia y orgullo. Estará en la memoria del club, que es el único lugar donde viven las leyendas de verdad.

Porque hay futbolistas que ganan títulos. Y hay futbolistas que dejan algo más profundo: identidad, carácter, legado.
Lola Gallardo pertenece a ese segundo grupo.

Y por eso su historia no se cierra, se queda por siempre grabada en la memoria roja y blanca.

(Fuente: Getty imágenes)

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