La crónica | La Real Sociedad asalta Nervión

(Fuente: Liga F Moeve)

◼️ El conjunto vasco venció por 0-2 al Sevilla Fútbol Club para mantenerse en la 3ª posición de Liga F Moeve con 34 puntos, seis por encima del cuarto clasificado. Esther Sullastres, en propia puerta, y Nerea Eizagirre, que fue la MVP del partido marcaron los tantos del cuadro txuri-urdin.

A las 16:00 horas de este domingo 18 de enero, cuando el sol de invierno caiga oblicuo sobre el césped del Estadio Jesús Navas y la ciudad de Sevilla empiece a entrar en ese estado de calma tensa que precede a los grandes acontecimientos, el fútbol femenino español cerrará su fin de semana con un partido que, bajo una apariencia de jornada regular, esconde una carga competitiva, simbólica y clasificatoria enorme. Sevilla FC y Real Sociedad se enfrentan en un duelo que no solo mide dos proyectos consolidados de la Primera División, sino que se conecta de manera directa y casi inevitable con lo ocurrido apenas unas horas antes en otro punto del país: la contundente victoria del Costa Adeje Tenerife por 5-0 ante el Athletic Club. Un resultado que ha sacudido la zona alta de la tabla y que ha comprimido, hasta límites casi asfixiantes, la pelea por las posiciones que conducen a Europa, a la élite continental, a esa Liga de Campeones que ya no es un sueño lejano sino una posibilidad real para varios clubes que han decidido dejar de mirar hacia abajo y empezar a hacerlo hacia arriba.

Porque este Sevilla–Real Sociedad no se juega en el vacío. Se juega con la clasificación en la mano, con el eco de los goles del Heliodoro aún resonando en los despachos y vestuarios, con la sensación de que cada punto empieza a pesar más que nunca y de que cada jornada es un pequeño punto de inflexión en una temporada que está alcanzando su madurez competitiva. El Tenerife, con su exhibición ante el Athletic, ha lanzado un mensaje nítido: está preparado para competir por algo más grande. Y ese mensaje interpela directamente a equipos como la Real Sociedad, que desde hace años coquetea con la élite y quiere dar el salto definitivo, y también al Sevilla, que ha construido un proyecto ambicioso, estable y reconocible, decidido a no resignarse al papel de comparsa en la lucha por los puestos nobles.

El contexto es fundamental para entender la magnitud de este partido. El triunfo del Tenerife no es solo una goleada aislada; es una declaración de intenciones que reordena mentalmente la clasificación. El Athletic Club, rival directo en esa franja alta-media, ha quedado tocado, y eso abre una ventana de oportunidad para quienes sepan aprovecharla. En ese escenario, Sevilla y Real Sociedad saltan al campo sabiendo que los tres puntos no son solo tres puntos: son una respuesta, una reafirmación, una forma de decir “seguimos aquí” en una carrera en la que ya no basta con competir bien, sino que hay que ganar, y hacerlo con convicción.

El Sevilla FC llega a esta cita con la necesidad de reaccionar. La derrota ante el Real Madrid CF por 2-0 en la última jornada fue un golpe duro, no tanto por el resultado en sí, comprensible ante uno de los gigantes del campeonato, sino por la sensación de que el equipo de David Losada no logró imponer su personalidad durante demasiados tramos del encuentro. Las sevillistas habían encadenado una serie de actuaciones sólidas que las habían colocado en una posición expectante, pero el tropiezo en Valdebebas recordó que, en esta liga, el margen de error es mínimo. Volver a la senda del triunfo no es solo una cuestión de puntos, sino de identidad, de recuperar esa confianza colectiva que se construye a partir del juego y de la competitividad.

David Losada ha sido, desde su llegada, un arquitecto paciente. Ha moldeado un Sevilla reconocible, intenso, valiente, capaz de competir de tú a tú con prácticamente cualquier rival. Sin embargo, para este partido deberá hacerlo sin dos piezas importantes: Gemma Gili y Jassina Blom, ambas bajas confirmadas. La ausencia de Gemma Gili, futbolista de jerarquía, lectura táctica y capacidad para ordenar el centro del campo, supone un reto estratégico considerable. Su liderazgo silencioso, su capacidad para aparecer en los momentos clave y para equilibrar al equipo en fases de dominio rival no es fácil de sustituir. Jassina Blom, por su parte, aporta dinamismo, llegada y una energía constante que suele contagiar al grupo. Sin ellas, el Sevilla deberá reinventarse, encontrar nuevas sinergias y apoyarse aún más en el colectivo.

Pero si algo ha demostrado este Sevilla es que sabe crecer desde la adversidad. El Jesús Navas se ha convertido en un fortín emocional, en un espacio donde el equipo se siente respaldado, donde la presión se transforma en estímulo. Las jugadoras saben que este es uno de esos partidos que definen temporadas, que marcan el pulso anímico de un grupo. Ganar a la Real Sociedad no sería solo un triunfo ante un rival directo; sería un golpe sobre la mesa, una manera de reivindicar que el Sevilla está preparado para luchar por algo más que la permanencia holgada.

Enfrente estará una Real Sociedad que llega a Sevilla con la moral alta, pese al empate 5-5 frente al Atlético de Madrid en la última jornada. Aquel partido fue una montaña rusa emocional, un espectáculo ofensivo que dejó claro que el conjunto donostiarra tiene talento, carácter y una capacidad de respuesta admirable. Empatar cinco veces con uno de los equipos más poderosos del campeonato no es casualidad; es el reflejo de un equipo que cree en su idea y que no se rinde, incluso cuando el partido parece escaparse.

Eso sí, la Real Sociedad afronta este duelo en un momento de transición. La salida de Edna Imade ha dejado un vacío evidente en la estructura ofensiva. Edna no solo aportaba goles; ofrecía profundidad, amenaza constante y una referencia clara en ataque. Sin ella, el equipo de Arturo Ruiz ha tenido que redistribuir responsabilidades, buscar nuevas soluciones y apostar por un juego más coral. Hasta ahora, la respuesta ha sido positiva, pero el desafío de Sevilla pondrá a prueba esa adaptación.

Arturo Ruiz, joven técnico pero ya curtido en este tipo de escenarios, ha sido claro en su mensaje: “Vamos a intentar llevarnos los tres puntos en Sevilla”. No es una frase hecha. Es una declaración de intenciones que encaja con la filosofía de un entrenador que no concibe los partidos desde la especulación. La Real Sociedad quiere ser protagonista, incluso lejos de Zubieta. Quiere imponer su ritmo, su circulación, su capacidad para encontrar espacios entre líneas. Sin embargo, también tendrá que gestionar bajas importantes: María Molina y Maren Lezeta no estarán disponibles, lo que limita las opciones en determinadas zonas del campo y obliga a una gestión cuidadosa de los esfuerzos.

La historia entre ambos equipos añade una capa más de profundidad al relato. Sevilla FC y Real Sociedad se han enfrentado en veintiún ocasiones, con un balance que refleja la igualdad y la rivalidad creciente: siete triunfos para las sevillistas, cuatro empates y diez victorias para el conjunto donostiarra. No es un historial desequilibrado; es una narrativa de alternancias, de partidos cerrados, de momentos decisivos. Cada nuevo enfrentamiento reescribe esa historia, añade un capítulo más a una rivalidad que, sin ser clásica, ha ido ganando peso específico en la última década.

Y todo esto ocurre bajo la sombra alargada del 5-0 del Tenerife al Athletic Club. Ese resultado ha sido una sacudida en la clasificación y en la percepción general del campeonato. El Tenerife no solo ganó; dominó, convenció y se posicionó como un aspirante real a las plazas europeas. Para Sevilla y Real Sociedad, ese marcador actúa como un recordatorio incómodo: no hay margen para la complacencia. Mientras unos celebran, otros se ven obligados a reaccionar. La lucha por entrar en la Liga de Campeones, aunque aún lejana en términos matemáticos, ya se ha instalado en el imaginario colectivo de varios clubes, y cada partido se analiza desde esa óptica.

El Athletic Club, derrotado de manera contundente, pierde terreno en esa carrera, y eso abre una puerta que alguien tendrá que cruzar. El Sevilla, con su proyecto en crecimiento, y la Real Sociedad, con su ambición histórica, saben que estos son los partidos que marcan la diferencia. No basta con competir bien contra los grandes; hay que ganar los duelos directos, hay que sumar de tres cuando el calendario ofrece estas oportunidades.

El encuentro, además, se podrá seguir en directo a través de DAZN y Movistar+, lo que garantiza una visibilidad máxima y una atención mediática acorde a la importancia del choque. No es un detalle menor. La exposición, la narrativa, el relato que se construye alrededor de estos partidos también influye en la percepción de los proyectos. Ganar en un escenario televisado, con audiencia nacional, refuerza la identidad y el discurso interno de los clubes.

Desde el punto de vista táctico, se espera un partido intenso, con fases muy diferenciadas. El Sevilla intentará aprovechar el empuje inicial, la energía del público y la verticalidad de sus transiciones. La Real Sociedad, por su parte, buscará controlar el ritmo, imponer su circulación y castigar cualquier desajuste defensivo. Las ausencias obligarán a ambos técnicos a ajustar piezas, a tomar decisiones que pueden ser determinantes. En partidos así, los detalles —una presión bien ejecutada, una acción a balón parado, un error no forzado— adquieren una relevancia casi desproporcionada.

Pero más allá de lo táctico, este Sevilla versus Real Sociedad es un partido de estados de ánimo, de convicciones profundas. Es el tipo de encuentro que define discursos internos, que refuerza o cuestiona certezas. Para el Sevilla, ganar significaría confirmar que el tropiezo ante el Real Madrid fue solo un accidente en el camino. Para la Real Sociedad, sumar tres puntos en Sevilla sería una demostración de madurez, una prueba de que el equipo puede competir y ganar lejos de casa incluso en momentos de transición.

Y todo ello se entrelaza con la imagen del Tenerife celebrando goles, con el Athletic intentando recomponerse, con la clasificación apretándose en la zona alta. La Primera División femenina vive un momento de efervescencia competitiva, y partidos como este son el mejor reflejo de esa realidad. No hay partidos de trámite. No hay jornadas inocuas. Cada encuentro es una pieza más de un puzzle complejo en el que todos luchan por posicionarse.

Cuando el árbitro dé el pitido inicial en el Jesús Navas, no solo comenzará un partido; se activará una cadena de significados, de consecuencias que irán más allá de los noventa minutos.

Sevilla y Real Sociedad jugarán por los puntos, sí, pero también por algo más intangible: por el derecho a sentirse parte de la conversación europea, por la legitimidad de soñar con la Liga de Campeones en una temporada en la que el Tenerife ya ha demostrado que los sueños, cuando se trabajan, pueden empezar a tomar forma de goleada.

El duelo al detalle |

(Fuente: Liga F Moeve)

🏆 Liga F Moeve | Temporada 2025-2026

😍 Duelo de la zona alta

🔥 Sevilla Fútbol Club vs Real Sociedad de Fútbol 🔥

✨ Matchday 17 | Día de partido

🗓️ Domingo, 19 de enero de 2026

⏰ 16:30 horario peninsular

📺 DAZN

🏟️ Estadio Jesús Navas, Sevilla

(Fuente: Liga F Moeve)

Los onces |

(Fuente: Liga F Moeve)

El sol caía sobre la ciudad con esa luz engañosa que no quema pero pesa, una luz que se posa sobre el césped como si también quisiera ver el partido, como si supiera que hay tardes que no se juegan solo por tres puntos, sino por algo más profundo, algo que no siempre aparece en la clasificación pero que queda grabado en la memoria de quienes estuvieron allí y de quienes, incluso a kilómetros de distancia, sintieron que ese encuentro tenía algo distinto. Sevilla y Real Sociedad se miraban de frente, dos maneras de entender el fútbol, dos historias que se cruzan, dos ambiciones que no siempre se proclaman a gritos pero que se notan en la forma de pisar el campo, en la tensión de los primeros controles, en la forma en la que una portera ajusta los guantes o una capitana mira de reojo al banquillo antes del pitido inicial.

Saltaron al terreno de juego con la idea clara de hacerse con los tres puntos, pero también con la certeza íntima de que nadie iba a regalar nada. El Sevilla, arropado por su gente, sabía que cada partido en casa es una batalla por la dignidad competitiva, por sostener el relato de un equipo que quiere crecer desde la resistencia y el orden. La Real Sociedad, el club txuri-urdin, llegaba con el poso de los equipos que se saben fuertes, que se saben en buena dinámica, que han aprendido a dominar los tiempos sin necesidad de acelerarlos, con esa calma peligrosa que solo tienen los conjuntos que se sienten seguros de su plan.

Desde los primeros minutos quedó claro el guion inicial. La Real quiso mandar, quiso ser protagonista con balón, quiso instalarse en campo rival y convertir el partido en una sucesión de oleadas controladas. El Sevilla aceptó el desafío desde la solidez, desde la concentración, desde esa idea tan sevillista de resistir primero para elegir luego el momento de golpear. No había pasado demasiado tiempo cuando llegó la primera sacudida del partido, una de esas acciones que no acaban en gol pero que avisan, que anuncian que la tarde va a exigir atención plena.

Un saque de esquina botado con intención, con rosca medida, con esa trayectoria que invita a la central a abandonar su zona y atacar el espacio. Claudia Florentino apareció desde atrás, poderosa, decidida, ganando la posición dentro del área. El remate fue limpio, franco, con todo el cuerpo acompañando el gesto, pero el balón se perdió por encima del larguero. No fue una ocasión cualquiera: fue una declaración de intenciones. La Real Sociedad había venido a jugar cerca del área, a hacer daño en acciones a balón parado, a demostrar que también sabe imponer su físico y su timing.

El Sevilla no se descompuso. Siguió fiel a su estructura, con líneas juntas, con una vigilancia constante sobre las segundas jugadas. Pero la Real insistía. Otro córner, otra acción ensayada, otra pelota colgada con veneno. Esta vez fue Mirari quien se animó, la ariete que no duda cuando huele balón suelto. El remate salió mordido, tocó en Fatou Kanteh, desvió su trayectoria y obligó a la defensa sevillista a conceder otro saque de esquina. Era un asedio medido, sin estridencias, pero constante.

Cecilia Marcos comenzaba a generar peligro por el costado, apareciendo entre líneas, girándose con inteligencia, obligando a la zaga local a bascular una y otra vez. Cada vez que recibía, el estadio contenía el aliento, consciente de que ahí había desequilibrio, pausa, último pase. En el otro lado del tablero, Rosa Márquez intentaba poner orden, darle sentido al juego de las hispalenses, conectar defensa y ataque, ser ese faro que permite respirar cuando el rival aprieta.

Y entonces apareció ella. Esther Sullastres. Imperial. Atenta. Concentrada. Con esa serenidad que solo tienen las porteras que entienden el partido como un ejercicio de paciencia. Cada centro lateral encontraba sus manos o su voz, cada balón dividido tenía su grito de mando, cada acercamiento de la Real se topaba con la sensación de que para marcar había que hacer algo extraordinario. No bastaba con llegar; había que convencer al destino.

La Real probó también desde fuera. Lucía Pardo armó la pierna con decisión, un disparo potente, seco, de esos que buscan sorprender, que buscan el bote traicionero. Pero la guardameta sevillista se quedó el remate con seguridad, sin alardes, sin conceder segundas opciones. Era su partido. Lo estaba sintiendo. Lo estaba jugando desde la cabeza antes incluso que desde los reflejos.

Precisamente Lucía Pardo volvió a aparecer poco después, esta vez tras un envío al área que parecía llevar su nombre. El balón cruzó el área, buscó su desmarque, encontró su cuerpo, pero la zaga sevillista se mostró infranqueable. Cada despeje era una victoria pequeña, cada bloqueo un recordatorio de que el fútbol también se gana defendiendo.

Así fueron cayendo los minutos, con la Real llevando la iniciativa y el Sevilla resistiendo con orgullo, con disciplina, con una solidaridad que se palpaba en cada ayuda defensiva. No hubo goles, pero hubo partido. No hubo celebración, pero hubo tensión. El pitido que marcó el final de los primeros cuarenta y cinco minutos llegó como un suspiro colectivo: 0-0 en el marcador, todo por decidir, todo abierto.

El paso por vestuarios fue un punto de inflexión silencioso. Arturo Ruiz, desde el banquillo visitante, entendió que el partido pedía un matiz distinto, una chispa nueva, una variación que rompiera el equilibrio sin romper el plan. Decidió mover ficha. Intza entró por Lucía Pardo. Cambio de ritmo, cambio de perfil, cambio de amenaza. Pero el fútbol, caprichoso, no espera a que los entrenadores desarrollen sus ideas con calma.

Nada más arrancar la segunda parte, llegó el golpe inesperado. Andreia Jacinto cayó lesionada. Un cambio obligado. Un contratiempo que obligaba a reajustar piezas sobre la marcha. Klára Cahynová entró en su lugar, asumiendo la responsabilidad con la naturalidad de quien sabe que los partidos importantes no avisan antes de exigirte.

El Sevilla trató de estirarse, de ganar metros, de sacudirse por momentos el dominio vasco. Pero la Real no perdió la compostura. Siguió tocando, siguió esperando, siguió construyendo su oportunidad con paciencia de orfebre. El partido avanzaba hacia esa zona peligrosa en la que un detalle lo cambia todo, en la que un rebote, un mal despeje, una décima de segundo de duda puede decidirlo.

Y entonces llegó la jugada que rompió el equilibrio, que alteró el relato, que convirtió la tarde en una historia que ya no podía contarse en voz baja. Cerca de la media hora de juego, Emma Ramírez metió una pelota dentro del área. No fue un centro espectacular, no fue una acción aislada de genialidad. Fue fútbol.

Fue insistencia. Fue leer el momento. El esférico quedó suelto, flotando en esa tierra de nadie que separa la gloria del despeje salvador.

Lo que ocurrió después pertenece a esa categoría de goles que no se celebran de inmediato porque antes hay un segundo de incredulidad. El disparo salió con intención, buscando portería, buscando premio. La pelota se estrelló en el palo, con ese sonido seco que paraliza el tiempo. El rebote fue cruel, caprichoso, injusto incluso. Golpeó en la espalda de Esther Sullastres, que había hecho un partido monumental, y terminó entrando en la portería para abrir la lata con el 01 en el minuto 61 de juego .

No hubo error. No hubo fallo. Hubo mala fortuna. De esa que no entiende de méritos.

El estadio se quedó mudo por un instante. La Real Sociedad de Fútbol celebró. El Sevilla miró al suelo. El fútbol había decidido inclinarse.

gol no solo alteró el marcador, alteró el estado de ánimo del partido. Alteró las respiraciones, los gestos, las miradas que se cruzaban entre las futbolistas buscando una explicación que el fútbol nunca concede. Esther Sullastres permaneció unos segundos en el suelo, no por dolor físico, sino por ese impacto invisible que dejan los goles crueles, los que llegan después de haberlo hecho todo bien. Se levantó con dignidad, ajustó de nuevo los guantes, miró al frente. No había reproche en su gesto, solo la aceptación estoica de quien entiende que ser portera es convivir con la injusticia sin perder el carácter.

La Real Sociedad, consciente de lo que acababa de suceder, entendió que ese era el momento exacto para dar un paso más.

El cero a uno no era solo ventaja, era legitimación del plan. Era la confirmación de que la paciencia había tenido recompensa. Y como hacen los equipos que están en buena dinámica, no se conformaron. No bajaron el ritmo. No se refugiaron en el resultado. Buscaron el segundo con la misma naturalidad con la que habían buscado el primero.

El Sevilla, herido pero no derrotado, trató de reaccionar desde el orgullo. Las sevillistas comenzaron a adelantar líneas, a arriesgar un poco más en la presión, a buscar envíos rápidos que rompieran la estructura visitante. Cada balón largo era una súplica, cada llegada al área una esperanza. Pero la Real Sociedad estaba cómoda. Se sentía fuerte. Se sentía madura.

En medio de ese intercambio de intenciones llegó la polémica. Una acción dentro del área que levantó los brazos del banquillo visitante y encendió los murmullos en la grada. Una disputa, un contacto, una caída. El conjunto vasco pidió penalti con convicción, con la seguridad de quien cree haber visto la oportunidad de cerrar el partido desde los once metros. El tiempo se detuvo otra vez, esta vez no por un disparo al palo, sino por la espera.

El Football Video Support entró en escena. La colegiada caminó hacia la banda, revisó la acción, la observó desde todos los ángulos. Fueron segundos largos, tensos, incómodos. El fútbol moderno tiene estas pausas que parecen eternas, estos momentos en los que el público ya no sabe si protestar, si esperar, si respirar. Finalmente, la decisión fue clara: no había penalti. El juego continuaría. La Real aceptó la resolución sin excesivo dramatismo. Sabía que el partido seguía estando donde quería.

Y entonces apareció la futbolista que convierte los partidos buenos en partidos recordados. La líder silenciosa. La centrocampista que entiende el juego como un espacio para mandar incluso cuando no se toca el balón. Nerea Eizagirre, la MVP del partido, decidió que era el momento de dejar su firma.

La jugada nació en la banda. Intza, recién ingresada, interpretó el espacio con inteligencia. No centró por centrar. Esperó el movimiento. Midió el tiempo. El envío fue tenso, preciso, dirigido al segundo palo, ese lugar al que llegan las que saben leer el fútbol antes que nadie. Y allí estaba Nerea. Llegando. Atacando el espacio con determinación. Golpeando el balón con el alma.

El remate fue limpio, inapelable. No hubo rebote. No hubo fortuna. Hubo ejecución. El balón besó la red y el 02 subió al marcador como una sentencia allá por el minuto 72 de la contienda.

Fue un gol de líder, de capitana emocional, de futbolista que entiende que los partidos importantes se cierran cuando el rival aún respira.

La Real Sociedad celebró con contención, con abrazos sinceros pero sin estridencias. Sabían que habían hecho el trabajo. Sabían que habían sido superiores sin necesidad de humillar.

Sabían que ese gol no solo valía tres puntos, sino una declaración de estatus. El Sevilla, mientras tanto, acusó el golpe. Dos goles en contra, uno cruel y otro definitivo, pesan como una losa en las piernas.

Aún así, las sevillistas no dejaron de intentarlo. Empujadas por su público, por ese orgullo que no se negocia, buscaron recortar distancias en los minutos finales. Hubo centros, hubo llegadas, hubo intentos desesperados. Pero ya no era el mismo partido. La Real había bajado la persiana con oficio, gestionando el tiempo, leyendo cada situación con la serenidad de quien sabe que el reloj también juega.

El pitido final llegó sin sobresaltos, pero con significado. Confirmó el triunfo de las de Arturo Ruiz, un triunfo trabajado, maduro, de equipo que ha aprendido a competir en escenarios complejos. La Real Sociedad seguía en buena dinámica, consolidada en la tercera posición de la Liga F Moeve con 34 puntos, seis por encima de su perseguidor. No era solo una cifra. Era una declaración de regularidad, de ambición sostenida.

Mientras las jugadoras se saludaban, mientras el césped comenzaba a vaciarse de tensión, quedaba la sensación de haber asistido a algo más que un partido. Quedaba el recuerdo de Esther Sullastres, gigante incluso en la derrota. Quedaba el liderazgo de Nerea Eizagirre, marcando el camino. Quedaba la certeza de que hay equipos que crecen cuando el calendario aprieta.

Cuando el estadio empezó a vaciarse y el murmullo se transformó en pasos dispersos, el partido seguía latiendo en el aire. Hay encuentros que acaban con el pitido final y hay otros que continúan durante horas, porque no se explican solo por el marcador, sino por todo lo que han puesto en juego. Este Sevilla–Real Sociedad pertenecía a ese segundo grupo. No fue un choque de fuegos artificiales ni un intercambio salvaje de golpes; fue una partida larga, estratégica, de esas que se deciden cuando una entiende mejor que la otra qué momento está viviendo.

El Sevilla se quedó en el césped unos instantes más. Algunas jugadoras con las manos en las caderas, otras mirando al suelo, otras levantando la vista hacia la grada como buscando una respuesta que el fútbol no siempre devuelve. No había sensación de desastre, pero sí de oportunidad perdida. Porque el equipo había competido. Porque había resistido durante muchos minutos a uno de los conjuntos más sólidos del campeonato. Porque había tenido en Esther Sullastres a una guardiana extraordinaria que sostuvo el partido hasta que el azar decidió intervenir.

La portera sevillista simbolizó como pocas la crudeza de este deporte. Noventa minutos impecables, una actuación de manual, y un gol encajado que no pertenece al error sino a la fatalidad. El balón que golpea el palo, rebota en la espalda y entra es una imagen que persigue, que se repite en la cabeza, que no se olvida fácilmente. Pero también es una imagen que define a quienes saben convivir con ella y seguir adelante. Sullastres lo hizo. Sin aspavientos. Sin dramatismo. Como se hacen las cosas importantes.

Enfrente, la Real Sociedad caminaba con otro gesto. No de euforia desbordada, sino de satisfacción serena. La satisfacción de quien reconoce el valor de lo conseguido porque sabe lo difícil que es. Ganar fuera de casa, en un campo exigente, dominando sin imponerse a la fuerza, golpeando cuando el partido lo pide, es una señal inequívoca de madurez competitiva.

El equipo de Arturo Ruiz no ganó porque tuviera más ocasiones claras, ni porque arrasara, ni porque desbordara. Ganó porque entendió el partido desde el primer minuto. Porque supo que el 0-0 inicial no era un problema. Porque aceptó que había que insistir sin desesperarse. Porque confió en que el fútbol, tarde o temprano, suele premiar a quien más tiempo permanece en campo rival con orden y paciencia.

Y cuando el partido pidió decisiones, las tomó. El cambio de Intza no fue un gesto menor. Fue lectura. Fue comprensión del ritmo. Fue aportar una amenaza distinta cuando el Sevilla empezaba a encontrar cierta estabilidad. Y de esa decisión nació el segundo gol, el que cerró el encuentro, el que convirtió el dominio en victoria.

El tanto de Nerea Eizagirre merece detener el tiempo. No solo por la ejecución, sino por lo que representa. Llegar al segundo palo, atacar el espacio justo, rematar con convicción cuando el partido se está jugando en los márgenes, es un gesto de futbolista grande. De esas que aparecen cuando hay que aparecer. De esas que no necesitan acumular protagonismo durante todo el partido para ser determinantes cuando llega el momento exacto.

Nerea no solo marcó un gol. Firmó un liderazgo. Confirmó su estatus. Demostró por qué es la brújula emocional y futbolística de esta Real Sociedad que ha dejado de ser promesa para convertirse en realidad sostenida. No es casualidad que fuera la MVP. Hay premios que no necesitan explicación.

El contexto engrandece aún más el triunfo. Tercera posición de la Liga F Moeve. Treinta y cuatro puntos. Seis de ventaja sobre su perseguidor. No es una cifra aislada. Es una fotografía del momento. Es la constatación de que este equipo ha construido algo sólido, reconocible, respetado. Que ya no se habla de la Real Sociedad como sorpresa, sino como actor principal. Que cada jornada suma no solo puntos, sino credibilidad.

Y en ese crecimiento hay una palabra que define el partido de Sevilla: continuidad. La Real no fue brillante a ratos y ausente a otros. Fue constante. No tuvo picos exagerados ni valles profundos. Supo que el partido era largo y lo jugó como tal. Esa es una virtud que solo se adquiere con experiencia y con convicción en la idea.

Para el Sevilla, el encuentro deja lecturas duras pero necesarias. La sensación de haber hecho muchas cosas bien y no haber obtenido recompensa es una de las más difíciles de gestionar. Pero también es una señal de que el camino no está equivocado. Competir así contra uno de los equipos más en forma del campeonato no es un accidente. Es una base. Es un punto de partida.

El fútbol femenino, además, gana cuando se juegan partidos así. Intensos, tácticos, con respeto mutuo, con protagonistas claras, con narrativas que van más allá del resultado. Porque estos encuentros construyen memoria colectiva. Construyen referentes. Construyen historias que se cuentan después, cuando ya no importan tanto los puntos, sino lo que se aprendió en el proceso.

Y al final, cuando todo se apaga, cuando el césped vuelve a ser solo césped y las camisetas regresan al vestuario, queda una imagen grabada. La Real Sociedad marchándose de Sevilla con paso firme, con la sensación de haber superado una prueba más en su camino. Y el Sevilla quedándose con la certeza de que, incluso en la derrota, hay partidos que te hacen crecer.

Porque el fútbol no siempre premia al que más lo merece. Pero siempre deja huella en quien lo entiende.

Y este partido, jugado sin alardes pero con verdad, quedará como uno de esos encuentros que explican una temporada. De esos que, cuando todo termine, alguien recordará y dirá: ahí, en Sevilla, la Real Sociedad confirmó que estaba preparada. Y el Sevilla demostró que no se rinde, ni siquiera cuando el destino decide jugar en contra.

Así se escriben las historias que no necesitan épica impostada.
Así se construyen los equipos que aspiran a algo más.

(Fuente: Liga F Moeve)

📋 Ficha técnica |

Sevilla Fútbol Club: Sullastres, Débora, Alice (Hagel, 91’), Isa Álvarez, Raquel (Andrea Álvarez, 83’), Alicia, Iris (Júlia Torres, 83’), Rosa Márquez, Cortés (Esther, 62’), Inma Gabarro y Kanteh (Wifi, 83’).

Real Sociedad de Fútbol: Estensoro, Florentino, Moraza, Apari, Paula Fernández, Lucía Pardo (Intza, DES), Andreia Jacinto (Cahynová, 51’) Emma (Guridi, 83’), Lavogez, Cecilia Marcos (Aiara, 69’) y Mirari.

Incidencias: Encuentro correspondiente a la jornada 16ª de la Liga F, disputado en el Estadio Jesús Navas de la Ciudad Deportiva José Ramón Cisneros Palacios de Sevilla sobre una superficie de hierba natural.

Goles |

0-1 Esther Sullastres (P.P.) 61’ ⚽️
0-2 Nerea Eizaguirre 72’ ⚽️

Vídeo |

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