La crónica | Lloris mantiene la esperanza atlética por entrar en Champions

(Fuente: Liga F Moeve)

◼️ ¡Triunfo colchonero! Las de José Herrera se impusieron por 0-1 al cuadro granota con una diana de Lloris, que cumple la ley del ex.

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La serie ROOSTER se articula como una comedia de largo aliento con una densidad emocional poco habitual dentro del género, ambientada en un campus universitario que funciona no solo como escenario sino como organismo vivo, un microcosmos donde se cruzan ambiciones intelectuales, heridas familiares no cerradas, batallas generacionales y una constante fricción entre el prestigio académico y la fragilidad humana. En el centro de todo se encuentra la relación profundamente complicada entre un autor consagrado, interpretado por Steve Carell, y su hija adulta, a la que da vida Charly Clive, una relación marcada por la admiración, el resentimiento, la culpa y una incapacidad crónica para comunicarse sin hacerse daño. La serie parte de una premisa aparentemente sencilla, casi clásica, pero la expande hasta convertirla en un estudio prolongado sobre el ego creativo, la herencia emocional y la dificultad de reinventarse cuando el mundo —y quienes te rodean— ya no te leen con la misma reverencia.

El personaje de Carell es un escritor reconocido, probablemente asociado durante décadas a una obra que lo convirtió en una figura respetada dentro y fuera del ámbito universitario. Su presencia en el campus no es accidental ni decorativa: encarna un tipo de autoridad intelectual que está empezando a resquebrajarse. En un entorno donde las nuevas generaciones cuestionan los cánones, revisan los privilegios y demandan una conexión más honesta entre discurso y conducta, él representa una voz que fue central y ahora resulta incómoda, a veces incluso anacrónica. No es un villano ni un héroe caído, sino alguien que ha construido su identidad alrededor de su talento y su reputación, y que empieza a descubrir que ambas cosas ya no bastan para sostenerlo todo. Steve Carell, cuya carrera ha sabido moverse entre la comedia más física y el drama contenido, encuentra aquí un terreno especialmente fértil para trabajar la contradicción: un hombre capaz de una enorme lucidez intelectual y, al mismo tiempo, emocionalmente torpe, defensivo, a menudo infantil cuando se ve confrontado.

La hija, interpretada por Charly Clive, no es un simple contrapunto generacional ni una figura reactiva. Su personaje está construido desde la ambivalencia. Ha crecido a la sombra de una figura pública que, dentro de casa, fue probablemente ausente, absorbida por su obra, por su carrera, por la necesidad constante de validación externa. Su llegada o permanencia en el campus no responde únicamente a una lógica académica o profesional, sino a una mezcla de circunstancias vitales que la obligan a convivir —literal o simbólicamente— con el padre del que intenta distanciarse. Ella carga con la herida de no haber sido vista cuando más lo necesitaba, pero también con el peso de haber heredado una sensibilidad creativa que no sabe muy bien cómo utilizar sin sentirse una impostora. La serie explota esa tensión sin caer en el melodrama: cada conversación entre ambos está llena de silencios, ironías mal entendidas, reproches que se disfrazan de chistes y afecto que solo emerge cuando ya es demasiado tarde.

El campus universitario funciona como una extensión de este conflicto íntimo. Es un espacio donde la teoría se enfrenta constantemente a la práctica, donde se predican valores progresistas mientras se reproducen jerarquías antiguas, y donde la comedia nace de la distancia entre lo que los personajes creen representar y lo que realmente son. Aulas, despachos, residencias, cafeterías y auditorios se convierten en escenarios recurrentes de enfrentamientos sutiles, alianzas inesperadas y pequeños desastres cotidianos. La universidad no es idealizada ni demonizada; se presenta como una institución en transición, atrapada entre su historia y la presión por adaptarse a un presente cambiante, lo que la convierte en un marco perfecto para explorar los temas centrales de la serie.

En este ecosistema coral adquieren especial relevancia los personajes interpretados por Danielle Deadwyler, Phil Dunster, John C. McGinley y Lauren Tsai, cada uno aportando una perspectiva distinta sobre el poder, la vulnerabilidad y el deseo de pertenecer. Danielle Deadwyler encarna a una figura con autoridad moral e intelectual, posiblemente una colega del protagonista o una responsable académica que entiende mejor que nadie las contradicciones del sistema. Su personaje no solo sirve de contrapeso ético, sino que introduce una mirada más contemporánea sobre lo que significa liderar en un entorno históricamente dominado por hombres como el autor de Carell. Su presencia obliga a los demás a replantearse discursos aprendidos y pone en evidencia las grietas entre la retórica y la acción.

Phil Dunster aporta una energía distinta, más impulsiva, quizá encarnando a un profesor joven, ambicioso o a una figura que se mueve con soltura entre el cinismo y el entusiasmo. Su personaje representa una generación intermedia, lo suficientemente cercana a los estudiantes como para entender sus códigos, pero todavía atrapada en la necesidad de ascender dentro de una estructura que no siempre premia la autenticidad. En sus interacciones con el protagonista y con la hija se reflejan dinámicas de competencia, admiración y oportunismo que enriquecen el tejido narrativo y multiplican las posibilidades cómicas.

John C. McGinley, con su presencia característica y su dominio del ritmo verbal, probablemente encarna una figura institucional clásica: alguien que lleva décadas en el campus, que ha visto pasar modas ideológicas y reformas administrativas, y que ha desarrollado una coraza de sarcasmo para sobrevivir. Su personaje actúa como memoria viva de la universidad, un testigo irónico que entiende perfectamente las debilidades del protagonista y, al mismo tiempo, comparte con él una nostalgia mal disimulada por un tiempo en el que todo parecía más simple, o al menos menos expuesto al escrutinio constante.

Lauren Tsai introduce una sensibilidad más introspectiva y contemporánea, conectada con los estudiantes o con los márgenes del campus. Su personaje puede funcionar como espejo de la hija, alguien que observa el conflicto padre-hija desde fuera y que, sin proponérselo, revela verdades incómodas a través de su propia vulnerabilidad. En ella se condensan muchas de las preguntas que atraviesan la serie: cómo encontrar una voz propia en un mundo saturado de opiniones, cómo relacionarse con figuras de autoridad que no siempre saben escuchar y cómo construir identidad sin traicionar las propias contradicciones.

ROOSTER no se limita a encadenar situaciones cómicas; su ambición reside en sostener una conversación prolongada sobre la creación artística y sus costes personales. El protagonista es un autor que ha convertido su experiencia vital en material narrativo, y la serie no elude la pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando las personas que te rodean se reconocen —o se sienten traicionadas— en tu obra? La hija no solo ha vivido con un padre ausente, sino con un padre que ha tenido la capacidad de reinterpretar la realidad y fijarla por escrito, imponiendo su versión de los hechos. Esa asimetría de poder narrativo es uno de los conflictos más profundos de la serie y se explora con una inteligencia que evita soluciones fáciles.

El tono, marca de la casa de Bill Lawrence, se mueve entre la comedia verbal afilada y momentos de emoción sincera que nunca buscan el subrayado. Hay espacio para el absurdo, para los malentendidos y para la sátira institucional, pero también para silencios incómodos y escenas que dejan respirar el dolor de los personajes. La influencia de trabajos anteriores de Lawrence se percibe en la capacidad para humanizar a personajes defectuosos sin absolverlos, y en la convicción de que la comedia puede ser una herramienta poderosa para hablar de temas incómodos sin perder ligereza.

Matt Tarses aporta a este universo una sensibilidad particular hacia los personajes jóvenes y hacia la incomodidad social, reforzando la idea de que ROOSTER es, en el fondo, una serie sobre personas que no terminan de encajar en los lugares que han elegido —o que otros han elegido por ellas—. La combinación de ambos creadores genera un equilibrio entre estructura y caos, entre planificación narrativa y la sensación de que las cosas podrían desmoronarse en cualquier momento, como ocurre en la vida real.

Desde el punto de vista industrial, el respaldo de Warner Bros. Television y de Doozer garantiza un nivel de ambición y cuidado en la producción que se traduce en guiones densos, personajes bien definidos y un universo que puede expandirse a lo largo de varias temporadas sin agotarse. El hecho de que tanto Doozer como Tarses mantengan contratos generales con el estudio permite una coherencia creativa y una libertad para explorar arcos narrativos de largo recorrido, alejados de soluciones episódicas cerradas. ROOSTER se concibe claramente como una serie que confía en la inteligencia del espectador, que no teme la acumulación de capas y que entiende el campus universitario como un escenario ideal para hablar del mundo contemporáneo.

A medida que avanza la narrativa, la relación entre padre e hija no se resuelve de manera lineal ni concluyente. Cada pequeño acercamiento viene seguido de una nueva distancia, cada gesto de comprensión abre una herida distinta. La serie se permite el lujo de no ofrecer catarsis inmediata, apostando por una evolución lenta, a veces frustrante, pero profundamente honesta. El humor surge precisamente de esa incapacidad para hacerlo bien, de la torpeza con la que los personajes intentan expresar afecto, pedir perdón o simplemente admitir que no tienen todas las respuestas.

En última instancia, ROOSTER es una reflexión sobre el legado, no solo en términos artísticos o académicos, sino emocionales. Qué dejamos en los demás cuando perseguimos una vocación con intensidad, qué sacrificios consideramos aceptables y quién paga el precio de nuestras decisiones. La universidad, con su obsesión por la transmisión del conocimiento, se convierte en el lugar perfecto para plantear estas preguntas, y la relación entre el autor y su hija actúa como hilo conductor de una historia que habla de padres e hijos, de maestros y alumnos, de quienes enseñan y de quienes aprenden, a menudo sin darse cuenta de que los roles pueden invertirse.

La serie no pretende ofrecer respuestas cerradas ni moralejas explícitas. Su fuerza reside en la observación minuciosa de comportamientos, en la acumulación de pequeños momentos que, juntos, construyen un retrato complejo y profundamente humano. ROOSTER se presenta así como una comedia sofisticada, emocionalmente ambiciosa y narrativamente rica, capaz de dialogar con el presente sin perder de vista las contradicciones que siempre han acompañado a las instituciones, a la creación artística y a las relaciones familiares más difíciles.

Los onces |

Levante UD – Atlético de Madrid

Liga F | Jornada – Temporada 2025/2026

Fecha: 8 de febrero de 2026
Hora: 12:00
Estadio: Ciudad Deportiva de Buñol

Levante UD

Titulares:
Coronado (PT); Alma, Teresa, Eva Alonso, Gema; Bascu, Ari Arias; Gabaldón, Alharilla (C), Agama; Carol.

Suplentes:
Tarazona (PS), E. Le Guilly, Dolores, Ali, N. Traoré, Inés, D. Luque, Álvarez (PS).

Entrenador: Andrés París.

Atlético de Madrid

Titulares:
Lola Gallardo (C, PT); Medina, Lauren Leal, Bøe Risa, Jensen; Menayo, Silvia Lloris, J. Bartel; Amairau, Fiamma, Alexia.

Suplentes:
P. Larqué (PS), Xènia, Sheila, Kühl, R. Otermín, P. Chinchilla, Luany, Natalia, Lydia.

Entrenador: José Herrera.

Equipo arbitral
• Árbitra principal: Olatz Rivera
• Asistente 1: Nahia Alonso
• Asistente 2: Haizea Castresana
• Cuarta árbitra: Florencia Andrea Muñoz

Actos oficiales: Las jugadoras posarán al inicio del encuentro con la camiseta de Érika.

Competición: Liga F Moeve– Temporada 2025/2026
Delegada de partido: Sara Serrat.

El cielo de Valencia amaneció limpio, casi insolente, como si quisiera negar desde primera hora cualquier posibilidad de duda, de titubeo, de medias tintas. Era uno de esos días en los que el fútbol no pide permiso, simplemente sucede. El estadio, aún con el hormigón frío y las gradas silenciosas, parecía contener la respiración desde mucho antes de que rodara el balón, consciente de que allí se iba a escribir uno de esos partidos que no necesitan marcador abultado para dejar huella. Levante U.D. y Atlético de Madrid se encontraban una vez más, dos formas de entender la resistencia, dos equipos construidos desde la identidad y el carácter, frente a frente en un duelo que prometía tensión, detalles mínimos y una verdad incómoda: que a veces un solo golpe basta para decidirlo todo.

(Fuente: Liga F Moeve)

🏆 Liga F Moeve |

🙌🏻 Temporada 2025-2026

✨ Jornada diecinueve ✨

🔥 Levante Unión Deportiva 🆚 Atlético de Madrid 🔥

📅 Domingo, 8 de febrero de 2026

⏰ 12:00 horario peninsular

📺 DAZN 1 (Dial 70 de Movistar Plus)

🏟️ Ciudad Deportiva de Buñol, Orriols TV

(Fuente: “El Partido de Manu”€

No le hizo falta, eso sí, hacerlo demasiado para que el Atlético abriera el marcador: un rechace en un córner a los siete minutos dejó el balón muerto en el área para que Jensen lo rematara y Silvia Lloris se apuntara el tanto del 01 al tocar el esférico lejos del alcance de Laura Coronado para abrir la lata a las primeras de cambio.

Durante un segundo, el estadio quedó suspendido en una especie de silencio incrédulo. No fue un silencio vacío, sino cargado de comprensión. Se había marcado un gol temprano, sí, pero no un gol cualquiera. Era un gol que hablaba de jerarquía, de lectura táctica, de una futbolista que entendió el momento exacto para ser decisiva. Silvia Lloris celebró con mesura, rodeada de compañeras que la abrazaron más por reconocimiento que por euforia. Sabían lo que ese tanto significaba, sabían que a partir de ahí el partido iba a transformarse.

El Levante acusó el golpe sin descomponerse. No hubo nerviosismo, no hubo gestos de desesperación. Al contrario, el equipo granota asumió el reto con una dignidad admirable. Adelantó líneas, buscó más presencia en campo rival, intentó cargar el juego por las bandas para estirar al Atlético, obligarlo a defender más cerca de su área. El partido entró entonces en una fase de combate táctico, de ajustes constantes, donde cada duelo individual se convertía en una pequeña batalla dentro de una guerra mucho más grande.

El Atlético, fiel a su naturaleza, no reculó en exceso. Supo defender con balón, enfriar el ritmo cuando fue necesario, elegir los momentos para acelerar. Cada recuperación era celebrada como un pequeño triunfo colectivo. Cada despeje, cada ayuda defensiva, cada basculación correcta construía ese muro invisible que tantos puntos ha dado históricamente al equipo rojiblanco. No era un partido para florituras; era un partido para saber sufrir.

El Levante tuvo sus momentos. Alguna llegada peligrosa, algún centro que obligó a la defensa atlética a extremar la concentración, algún disparo desde la frontal que se fue desviado por poco. La grada empujaba, consciente de que un solo gol podía cambiarlo todo, de que el margen era mínimo, pero existente. Sin embargo, el Atlético no concedió errores graves. La línea defensiva se mostró sólida, compacta, con una lectura excelente de las segundas jugadas.

El mediocampo trabajó en la sombra, robando, incomodando, impidiendo que el Levante encontrara continuidad.

Con el paso de los minutos, el partido se volvió más físico, más áspero, sin perder nunca el respeto. Cada choque tenía intención, cada disputa llevaba implícito un mensaje. El tiempo avanzaba, pero la sensación era que todo seguía pendiendo de un hilo finísimo, donde las intervenciones de Laura Coronado sostenían a las de Andrés París.

El partido, en ese punto, ya no era únicamente una sucesión de acciones encadenadas por el reglamento, sino un estado de ánimo que se desplazaba por el campo, una sensación compartida que iba mutando con cada intervención decisiva, con cada control orientado, con cada parada que parecía imposible hasta que dejaba de serlo. La portera catalana del Levante había convertido su área en un territorio de resistencia emocional, en un espacio donde el Atlético chocaba una y otra vez contra la evidencia de que el fútbol, incluso cuando se juega bien, no siempre concede recompensa inmediata.

Cada estirada suya añadía un segundo más de fe al Levante y, paradójicamente, un punto más de determinación al Atlético, que lejos de frustrarse parecía entender que ese tipo de partidos solo se ganan desde la insistencia paciente.

Amaiur, que ya había medido dos veces la elasticidad y los reflejos de la guardameta, seguía apareciendo como un hilo conductor constante. No se limitaba a finalizar; bajaba a recibir, arrastraba marcas, ofrecía apoyos cortos que daban continuidad al juego. Su presencia no era ruidosa, pero sí permanente, como una amenaza que no desaparece aunque no se materialice. Cada vez que tocaba el balón, la defensa del Levante reajustaba posiciones, consciente de que un solo despiste podía resultar letal. La donostiarra jugaba con esa ventaja psicológica, con la seguridad de quien sabe que, tarde o temprano, volverá a tener su oportunidad.

El Atlético, mientras tanto, se permitía algo que no siempre había tenido en fases recientes de la temporada: jugar sin prisa. No había precipitación en la circulación, no había envíos largos sin sentido, no había gestos de ansiedad. El balón viajaba con intención, pero también con pausa. Jensen se ofrecía constantemente, interpretando cuándo acelerar y cuándo retener. Alexia se movía entre líneas con esa lectura privilegiada que no necesita correr más que nadie para estar siempre donde duele. Las laterales se incorporaban con criterio, midiendo el riesgo, sabiendo que cada subida debía tener respaldo.

En uno de esos ataques prolongados, el Levante logró despejar como pudo un balón que había rondado el área durante demasiados segundos. La pelota cayó en la frontal, volvió a ser recogida por el Atlético y el ciclo se repitió, como si el partido hubiera entrado en una espiral controlada. El público local vivía ese tramo con una mezcla de inquietud y admiración, consciente de que su equipo estaba sufriendo, pero también orgulloso de la manera en que resistía. Cada despeje era celebrado casi como un gol; cada parada, como un acto de justicia futbolística.

La portera catalana seguía acumulando intervenciones que justificaban de sobra su posición entre las mejores del torneo. No eran paradas para la galería, no había gestos exagerados ni teatralidad innecesaria. Todo en ella transmitía eficacia: el paso corto previo al disparo, la colocación exacta, el blocaje firme cuando el balón lo permitía, el despeje lateral cuando no había otra opción. En un campeonato donde muchas guardametas se ven expuestas durante largos tramos, ella había convertido esa exposición en un argumento a su favor, en una carta de presentación que hablaba de carácter y constancia.

El Atlético, lejos de perder el hilo, parecía crecerse ante esa oposición. Había algo casi desafiante en su manera de insistir, como si cada parada reforzara la convicción de que el camino era el correcto. Las combinaciones volvían a aparecer, los triángulos se formaban con naturalidad, los apoyos llegaban siempre a tiempo. Era un disfrute contenido, consciente de que el marcador seguía siendo corto, pero disfrute al fin y al cabo. Un disfrute que nacía no solo de atacar bien, sino de sentirse reconocible, fiel a una idea.

El Levante, por su parte, intentaba sacudirse ese dominio con transiciones rápidas, con envíos directos que buscaran sorprender a una defensa atlética bien plantada. Hubo alguna carrera que obligó a retroceder con velocidad, algún balón largo que exigió atención máxima, pero el Atlético respondió con solvencia, cerrando espacios y evitando que esas acciones aisladas se convirtieran en una amenaza sostenida. El partido seguía abierto, sí, pero cada minuto que pasaba reforzaba la sensación de que el guion estaba siendo controlado desde la serenidad rojiblanca.

Amaiur volvió a aparecer cerca del área, esta vez con menos espacio, más rodeada, obligada a inventar en un palmo de terreno. Protegió el balón, buscó el giro, intentó el disparo rápido, pero la defensa logró encimar lo suficiente para incomodarla. Aun así, la jugada no murió ahí. El balón quedó suelto, fue recuperado por el Atlético, y el ataque volvió a empezar, como una ola que retrocede solo para coger más fuerza.

Ese era el partido en ese tramo: repetición, insistencia, desgaste. No había golpes definitivos, pero sí una acumulación constante de pequeños impactos. El Levante resistía con orgullo, sostenido por una portera en estado de gracia. El Atlético atacaba con convicción, apoyado en una circulación que empezaba a parecerse peligrosamente a la de sus mejores momentos.

Y en medio de todo, el tiempo avanzaba. Los minutos se acumulaban sin que el marcador se moviera, pero con la certeza de que algo estaba siendo construido, de que ese partido no iba a olvidarse fácilmente, independientemente de su resultado final. Porque había duelos que trascendían el gol, enfrentamientos que elevaban el nivel colectivo, momentos en los que el fútbol femenino mostraba, sin necesidad de artificios, toda su riqueza táctica y emocional.

La figura de la portera catalana, quinta con más paradas del torneo en apenas diez partidos, ya no era solo un dato estadístico: era una presencia narrativa, una protagonista silenciosa que sostenía a su equipo con cada intervención. La de Amaiur, incansable, persistente, creativa, era la otra cara de esa moneda, la del talento que insiste hasta encontrar la grieta.

Y el Atlético, entre ambas, volvía a sentirse equipo. Volvía a tocar, a moverse, a disfrutar. Aunque el gol se resistiera, aunque el marcador no reflejara todavía ese dominio intermitente, había algo profundamente valioso en esos minutos: la sensación de que el fútbol, cuando se juega bien, siempre deja huella.

Las 22 protagonistas ganaron el túnel de vestuarios con una exigua renta en favor de las de José Herrera, pero aún restaban cuarenta y cinco minutos por delante en Orriols, todo era posible.

La segunda mitad arrancó con un cambio perceptible en el aire, como si el partido hubiera decidido mutar su naturaleza sin previo aviso. Las futbolistas del Levante, dirigidas desde la banda por Andrés París con una mezcla de urgencia y convicción, dieron un paso decidido hacia delante, no tanto por necesidad clasificatoria como por orgullo competitivo.

Ya no bastaba con resistir: había que morder, incomodar, empujar el partido hacia un territorio más incómodo para el Atlético de Madrid. Ese giro de actitud se notó desde el primer balón disputado tras el descanso, desde la primera presión alta, desde la manera en que las granotas empezaron a ganar metros sin pedir permiso.

Apenas habían transcurrido dos minutos desde la reanudación cuando el estadio contuvo la respiración por primera vez en la segunda mitad. El Levante encontró profundidad por banda, y María Gabaldón, con tiempo y espacio, cargó un envío tenso desde el costado que atravesó el área con veneno. Carol Marín atacó el balón con determinación, anticipándose a su marca y conectando un remate dentro del área que llevaba dirección de empate. El disparo fue limpio, bien armado, de esos que obligan a la portera a tomar una decisión en décimas de segundo. Y Lola Gallardo respondió como lo hacen las guardametas que entienden el peso específico de cada acción.

La arquera sevillana reaccionó con reflejos y jerarquía, metiendo una mano firme, abajo, desviando el balón cuando ya se intuía el gol en la grada. Fue una parada de esas que no solo sostienen un resultado, sino que envían un mensaje silencioso al equipo: todavía no. El balón quedó suelto tras la intervención, y Zipporah Agama, siempre atenta al rechace, cazó la oportunidad con instinto, pero su remate se marchó sin encontrar portería, quizá precipitado, quizá condicionado por la inmediatez del momento.

El Levante no se detuvo ahí. Había olido sangre, había detectado un instante de vulnerabilidad, y decidió insistir. Poco después, Alma Velasco probó fortuna con un zapatazo lejano, un disparo violento que buscaba sorprender por potencia más que por colocación. De nuevo, Lola Gallardo apareció, esta vez auxiliada por el palo, que escupió el balón tras rozarlo lo justo. La secuencia fue un reflejo perfecto de lo que estaba siendo el arranque de la segunda mitad: el Levante empujando con convicción, el Atlético resistiendo con oficio, y la portera rojiblanca convirtiéndose en un muro emocional.

La réplica visitante llegó en los pies de Amaiur, que seguía siendo la referencia ofensiva más clara del Atlético. La donostiarra encontró espacio para armar el disparo tras una transición bien lanzada, pero esta vez la fortuna no estuvo de su lado. El remate salió mordido, sin la precisión necesaria para inquietar de verdad a Laura Coronado, que atrapó sin excesivos problemas. Era un intercambio de golpes, un partido que había dejado atrás la fase de control para entrar en un terreno más imprevisible, más roto.

Con el paso de los minutos, esa sensación de desorden controlado fue creciendo. A la media hora de juego de la segunda mitad, Andrés París decidió mover ficha y dio entrada a Dolores Silva para reforzar el centro del campo, buscando equilibrio, pausa y una mayor capacidad de gestión en un partido que amenazaba con desbordarse. El cambio tuvo efecto inmediato en la estructura del Levante, que ganó presencia interior y empezó a repartir mejor los esfuerzos, sin renunciar a seguir buscando el empate.

El partido, a esas alturas, estaba completamente roto. Las transiciones se sucedían sin demasiados intermediarios, los espacios aparecían y desaparecían con rapidez, y cada ataque parecía tener potencial de convertirse en definitivo. El Levante volvió a intentarlo a balón parado, con una falta directa ejecutada por Bascu que superó la barrera pero se perdió por encima del larguero. El gesto de la futbolista local, llevándose las manos a la cabeza, resumía la sensación de que el empate estaba cerca, pero seguía resistiéndose.

La respuesta del Atlético fue inmediata y pudo haber sido la sentencia. Jensen apareció en segunda línea, encontró el balón franco y golpeó con intención, buscando cerrar el partido. Pero Laura Coronado, siempre bien colocada, se quedó con el cuero, evitando que el marcador se ampliara. La arquera local también atrapó poco después un nuevo zapatazo de falta directa, esta vez sin apenas problemas, demostrando que su concentración no había decaído pese al desgaste acumulado.

Desde la banda, Andrés París quemó sus últimas balas ofensivas con la entrada de Naolia Traoré e Inés Rizo, apostando por piernas frescas y mayor presencia en los últimos metros. El mensaje era claro: el Levante no se conformaba con la derrota por la mínima. Quería, al menos, poner en aprietos al Atlético hasta el último segundo. Y fue Bascu, de nuevo, quien asumió la responsabilidad, probando con un chut lejano que obligó a Lola Gallardo a intervenir una vez más, atrapando el balón con seguridad.

La portera sevillana también se mostró firme ante un envío peligroso de Alharilla, desactivando otra acción que había generado inquietud en el área rojiblanca. Cada intervención suya era celebrada por sus compañeras como un gol invisible, consciente el equipo de que estaba sosteniendo una victoria tan trabajada como valiosa.

El último acto del partido llegó cargado de tensión. En la jugada final del choque, el Levante reclamó un posible penalti, apelando a un contacto dentro del área que, a su juicio, merecía algo más. La colegiada, bien posicionada, decretó que no había nada punible, y su decisión fue definitiva. El pitido final selló el 0-1, un resultado corto, ajustado, pero coherente con el desarrollo de un encuentro marcado por los detalles.

Con esa victoria, el Atlético de Madrid consolidó su posición en la zona alta de la tabla de la Liga F Moeve, es quinto con 31 unidades en su haber y acaba reafirmando su candidatura a pelear por los puestos de privilegio y manteniendo una línea de resultados que le permite mirar con ambición el tramo decisivo de la temporada. No fue un triunfo brillante en lo numérico, pero sí en lo competitivo, de esos que construyen equipos sólidos y fiables.

Por su parte, el Levante Unión Deportiva es incapaz de hacerle daño al tres veces campeón de la Liga F Moeve y sigue siendo decimosexto, colista, en la Primera División Femenina con tan solo ocho puntos en el zurrón, pero se ve beneficiado por la victoria del Costa Adeje Tenerife Egatesa por 1-0 delante del Alhama ElPozo.

(Fuente: “El Partido de Manu”)

Así se cerró un partido que no necesitó un marcador amplio para dejar huella. Un encuentro decidido por un gol temprano, sostenido por porteras decisivas y definido por la resistencia, la insistencia y la fe en una idea. Un Levante valiente, un Atlético eficaz, y noventa minutos que explican por qué la Liga F Moeve es, cada jornada, un ejercicio de exigencia y emoción constante.

(Fuente: Liga F Moeve)

📋 Ficha técnica |

Levante UD: Laura Coronado, Alharilla, Eva Alonso, Teresa Mérida (Inés, 76’), Velasco, Soliveres (Dolores Silva, 60’), Marín de la Fuente, Bascu, Gabaldón, Ari Arias y Agama (Traoré, 76’).

Atlético de Madrid: Lola Gallardo, Carmen Menayo, Silvia Lloris, Lauren Leal, Alexia, Andrea Medina (Rosa Otermín, 89’), Bôe Risa, Júlia Bartel (Kühl, 64’), Fiamma, Amaiur (Luany, 64’) y Jensen (Sheila, 75’).

Árbitra: Olatz Rivera
Amonestaciones: Teresa Mérida, Alma, Bascu (Levante) Amaiur, Bartel, Bôe Risa (Atlético de Madrid)
Expulsó al técnico local Andrés París con tarjeta roja.

Goles:

0-1 Silvia Lloris 7’ ⚽️

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