
◼️ Corea del Norte reaparece en el gran escaparate en la Women’s Asian Cup 2026 en Australia siendo el número nueve del ranking FIFA, pese a llevar más de una década casi sin competir fuera.
La historia reciente es de película rara: tres veces campeona de Asia, no juega el torneo desde 2010 y su parón se disparó tras el escándalo de dopaje de 2011, que acabó en sanción de cuatro años.
Después vinieron más desapariciones: no se clasificó para la Asian Cup 2018 ni para el Mundial 2019, y además se bajó de torneos en 2022 y 2023 por los cierres de la pandemia.
Mientras la absoluta estaba “apagada”, el plan nacional siguió encendido: inversión estatal desde finales de los 80 (programas escolares, equipos militares, detección de talento) y la Pyongyang International Football School (2013) como motor.
Resultado: sus selecciones juveniles llegan con vitrina llena (incluidas coronas recientes en categoría sub-17 y sub-20 y la Asian Cup será la primera prueba real para ver si ese dominio juvenil se traduce en la absoluta.
Debutan ante Uzbekistán el 3 de marzo en Sídney y cierran el grupo contra China el próximo 9 de marzo de 2026.
Hay cifras que no solo se leen, se escuchan. Cifras que suenan como un disparo seco contra el escepticismo, como un latido constante en medio del ruido estructural que siempre ha acompañado al fútbol femenino. Y cuando uno se sienta frente a los números de la Liga F Moeve al cierre de la temporada 2024-25, lo primero que aparece no es una hoja de cálculo, ni un cuadro Excel, ni una memoria contable. Lo que aparece es una declaración de intenciones. Porque 25,8 millones de euros de ingresos no son simplemente 25,8 millones de euros. Son una fotografía del momento. Son la consecuencia de un proyecto que decidió profesionalizarse en serio. Son la evidencia de que, cuando se ordena la casa, cuando se centralizan derechos, cuando se construye relato, cuando se respeta el producto, el mercado responde.
La Liga F cerró el curso con 25,8 millones de euros de facturación y distribuyó 16,8 millones entre sus 16 clubes. Es decir, no solo ingresó, sino que repartió. No solo consolidó estructura, sino que irrigó el ecosistema. En promedio, cada club recibió 1.061.493 euros. Y ese número, aparentemente frío, tiene una temperatura altísima si lo colocamos en perspectiva histórica. Porque en la campaña 2023-24 la media fue de 946.797 euros. Y en la 2022-23, la primera temporada de la nueva etapa profesionalizada, el promedio se quedó en 716.489 euros. El salto no es anecdótico, es estructural. Es un crecimiento acumulado que explica una tendencia clara: la curva es ascendente y no parece estabilizarse todavía.
Desde su lanzamiento como competición profesional independiente, la Liga F ha ido ampliando su músculo financiero con una progresión que merece ser analizada con rigor. En la 2022-23 los ingresos se situaron en 18,03 millones de euros. Un punto de partida sólido, pero aún en fase de construcción. En la 2023-24 se dio un paso más hasta los 22,81 millones. Y en la 2024-25 el salto ha sido definitivo: casi 26 millones. Es decir, en tres temporadas el crecimiento acumulado supera los siete millones de euros. Un incremento cercano al 44% respecto al punto de arranque. No es cosmética. Es transformación.
Y aquí es donde conviene detenerse. Porque en el fútbol femenino europeo el relato dominante durante años fue el de la inversión estructural, el déficit asumido, la dependencia de los clubes masculinos, el “esto aún no es rentable pero lo será”. Y en parte ese relato sigue siendo válido. Pero lo que muestra la Liga F es que se puede crecer sin dinamitar la sostenibilidad. Que se puede aumentar ingresos y, al mismo tiempo, sostener una política de reparto que fortalezca a todos los integrantes del campeonato. 16,8 millones distribuidos entre 16 entidades implican una voluntad clara de cohesión. No se trata solo de potenciar al grande, sino de consolidar al ecosistema.
La media de 1.061.493 euros por club es una cifra que permite planificar. Permite presupuestar sin caminar sobre arenas movedizas. Permite reforzar estructuras deportivas, departamentos médicos, áreas de comunicación, academias. Permite, en definitiva, profesionalizar más allá del discurso. Porque el gran salto del fútbol femenino no está solo en el césped; está en la estabilidad institucional. Y ahí la Liga F está enviando un mensaje contundente.
Si ampliamos el foco y cruzamos la frontera, la comparativa adquiere todavía más matices. La Women’s Super League inglesa, la referencia histórica en términos de exposición mediática y percepción internacional, declaró unos ingresos de 17,4 millones de libras, aproximadamente 19,9 millones de euros. Una cifra notable, pero inferior a los 25,8 millones que presenta la Liga F en el mismo ejercicio. Y, sin embargo, lo verdaderamente llamativo no es la diferencia de ingresos, sino el resultado operativo. La WSL registró una pérdida superior a 8 millones de libras y cerró con patrimonio neto negativo. Es decir, ingresó menos y además perdió dinero de forma significativa.
Aquí es donde el titular se vuelve incómodo para ciertos prejuicios arraigados. Porque durante años se asumió que el modelo inglés era el espejo al que había que mirarse. Más marketing, más exposición internacional, más potencia de marca. Y sin embargo, el análisis financiero revela una tensión estructural: un gasto que todavía no encuentra equilibrio con el ingreso. La WSL continúa en una fase de fuerte inversión, con un modelo que asume pérdidas como parte del proceso de expansión. La Liga F, por su parte, parece haber optado por una senda de crecimiento más contenida, más progresiva, pero también más equilibrada.
No se trata de establecer una competición ideológica entre modelos. Se trata de entender dinámicas. La WSL cuenta con un entorno comercial potentísimo, con clubes respaldados por gigantes económicos del fútbol masculino y con una proyección internacional muy consolidada. Pero el hecho de que registre pérdidas operativas superiores a 8 millones de libras y patrimonio neto negativo indica que el sistema todavía depende de aportaciones externas para sostener su estructura.
La Liga F, con menos volumen absoluto de negocio que las grandes ligas masculinas, ha logrado, sin embargo, situar sus ingresos por encima del campeonato inglés femenino y, además, estructurar un reparto interno significativo.
El crecimiento español no se explica solo por derechos audiovisuales. Hay un entramado de patrocinio centralizado, acuerdos comerciales, explotación de activos digitales y una estrategia institucional que ha buscado posicionar la competición como producto autónomo. Y cuando uno observa la secuencia 18,03 – 22,81 – 25,8 millones, entiende que no se trata de un pico coyuntural, sino de una trayectoria consolidada.
Pero la historia no termina en las ligas domésticas. Porque el fútbol femenino europeo ha vivido, paralelamente, una expansión en el ámbito continental que ha supuesto otro auténtico “chorro” de recursos. La UEFA distribuyó 24 millones de euros entre clubes femeninos a través de la Champions y de los pagos de solidaridad. 24 millones adicionales que impactan directamente en las economías de las entidades participantes y que elevan el listón competitivo. Y lo más relevante es que el organismo europeo pretende incrementar esa cifra la próxima temporada. Es decir, el flujo no se estanca; se proyecta al alza.
Si sumamos el reparto interno de la Liga F (16,8 millones) y lo ponemos en contexto con esos 24 millones distribuidos por la UEFA en el ámbito europeo, la fotografía global del fútbol femenino continental cambia radicalmente respecto a la de hace apenas un lustro. Estamos ante un ecosistema que empieza a manejar cifras estructurales, no simbólicas. Cifras que permiten hablar de planificación estratégica a medio plazo.
En este punto conviene hacer un ejercicio de memoria. Hace no tantos años, el debate en el fútbol femenino español giraba en torno a la precariedad, a la falta de profesionalización contractual, a la ausencia de estructuras sólidas. Hoy el debate es otro. Hoy se discute sobre modelos de reparto, sobre sostenibilidad financiera, sobre crecimiento comparado con otras ligas europeas, sobre incremento de ingresos audiovisuales y sobre optimización de recursos. El salto cualitativo es evidente.
La media de 1.061.493 euros por club no convierte automáticamente a todos en potencias económicas, pero sí establece una base. Y esa base es superior a la de los dos cursos anteriores. Pasar de 716.489 euros en 2022-23 a más de un millón en 2024-25 implica un crecimiento acumulado por club de casi 345.000 euros en apenas dos años. Eso es inversión en talento, en captación, en retención de jugadoras, en mejora de instalaciones. Eso es capacidad de negociación en el mercado.
Mientras tanto, la WSL, con sus 17,4 millones de libras de ingresos y pérdidas superiores a 8 millones, plantea otra pregunta de fondo: ¿cuál es el ritmo adecuado de expansión? ¿Es preferible acelerar asumiendo déficit o consolidar con superávit o equilibrio? No hay una única respuesta válida, pero los números invitan a reflexionar. El patrimonio neto negativo en Inglaterra refleja que la apuesta es a largo plazo y que la rentabilidad todavía no acompaña al relato de expansión.
En España, la progresión de ingresos de 18,03 a 25,8 millones en tres temporadas evidencia que el mercado interno ha respondido. Que las marcas han visto valor. Que la televisión ha encontrado audiencia. Que el producto se ha legitimado. Y, sobre todo, que la competición ha sabido capitalizar el momento histórico del fútbol femenino tras el impulso internacional de los grandes torneos.
El reparto de 16,8 millones entre 16 clubes también tiene una lectura política dentro del ecosistema deportivo. Significa que el modelo busca evitar la fractura extrema entre entidades. Que existe voluntad de equilibrio competitivo. Porque en competiciones emergentes, la desigualdad extrema puede ser letal. Si los recursos se concentran en exceso, el resto queda condenado a la irrelevancia. Y en un mercado en expansión, la irrelevancia es un lujo que nadie puede permitirse.
Además, el refuerzo económico procedente de la UEFA, con esos 24 millones distribuidos y la promesa de incrementarlos, actúa como multiplicador. Los clubes que compiten en Europa no solo reciben el impacto deportivo de medirse a la élite continental; reciben también un impulso financiero que puede ser reinvertido en estructura y plantilla. Y los pagos de solidaridad amplían el efecto más allá de los participantes directos, generando una red de compensación que fortalece al conjunto.
El escenario actual, por tanto, dibuja un mapa europeo en el que el fútbol femenino ya no es un proyecto experimental, sino un sector económico en expansión. La Liga F ha pasado de 18,03 millones a casi 26 en tres ejercicios. La WSL maneja cifras relevantes, pero aún soporta pérdidas significativas. La UEFA inyecta 24 millones y anuncia crecimiento. Todo ello configura un contexto en el que la discusión ya no es si el fútbol femenino es viable, sino cómo optimizar su crecimiento.
Hay, sin embargo, un matiz imprescindible. El crecimiento porcentual es alto porque el punto de partida era relativamente bajo. Eso obliga a mantener prudencia. Sostener una trayectoria ascendente exige estabilidad institucional, claridad en la gobernanza y coherencia estratégica. El reto no es solo alcanzar 25,8 millones, sino consolidar una senda que permita superar esa cifra sin generar desequilibrios internos.
En el fondo, lo que reflejan estos datos es un cambio cultural. El fútbol femenino ha dejado de ser un apéndice romántico para convertirse en un producto con métricas, balances y cuentas de resultados que importan. La comparación entre la Liga F y la WSL no es un ejercicio de confrontación, sino de análisis estructural. Y el hecho de que la liga española supere en ingresos al campeonato inglés femenino, mientras este último registra pérdidas operativas relevantes, rompe ciertos esquemas preconcebidos.
Pero más allá de la comparativa, hay una realidad incontestable: el dinero ya circula. 25,8 millones en España. 17,4 millones de libras en Inglaterra. 24 millones distribuidos por la UEFA en competiciones europeas. La conversación ha cambiado de escala. Y cuando la escala cambia, cambian también las expectativas.
El desafío ahora es sostener el relato con hechos. Que el crecimiento no sea un espejismo de un ciclo concreto. Que la media de 1.061.493 euros por club no sea un techo, sino un suelo. Que el incremento europeo anunciado por la UEFA no se diluya en burocracia. Que las pérdidas operativas en otros modelos encuentren vías de corrección sin frenar la expansión.
Porque el fútbol femenino está en un punto de inflexión. Ya no basta con crecer; hay que hacerlo bien. Ya no basta con ingresar más; hay que repartir mejor. Ya no basta con compararse; hay que consolidarse. Y en ese contexto, la temporada 2024-25 deja una conclusión clara: la Liga F ha dado un paso firme en términos económicos. No definitivo. No irreversible. Pero sí firme.
Y cuando uno escucha estas cifras, cuando las coloca en perspectiva, cuando las cruza con la historia reciente, entiende que detrás de cada millón hay algo más que dinero. Hay credibilidad. Hay estructura. Hay futuro.
El balón sigue rodando, sí. Pero ahora rueda sobre una base financiera mucho más sólida que hace apenas tres temporadas. Y eso, en un deporte que durante años vivió en la provisionalidad, es quizá la victoria más importante de todas.
España jugará en Córdoba su partido clasificatorio ante Ucrania el 18 de abril a las 16:00, en el Estadio Nuevo Arcángel.
La sede no es casualidad: Córdoba fue uno de los símbolos del post-Mundial, cuando España vivió allí una celebración masiva y luego ganó a Suiza el 23 de septiembre de 2023, con récord local de 14.194 espectadores.
La RFEF enmarca el calendario como parte del camino hacia el Mundial de Brasil, y Córdoba aparece como una parada con carga emocional (y con historial de grandes entradas).
La secuencia de “estadios grandes” sigue: el texto recuerda la final de Nations 2024 en La Cartuja (32.657) y la final de Nations League en diciembre en el Metropolitano (55.843).
En esta ventana de clasificación, España debutará en Castellón ante Islandia el 3 de marzo, y queda por fijar el último duelo en casa en junio ante Inglaterra.
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