Hay partidos que no necesitan presentación porque se explican solos. Partidos que no se anuncian: se presienten. Que no se juegan únicamente en el césped, sino en la memoria, en el peso de los escudos, en la herencia invisible que arrastran quienes saltan al campo sabiendo que noventa minutos pueden reordenar una década de relatos. Atlético de Madrid y Athletic Club vuelven a encontrarse bajo el amparo solemne de la Copa de la Reina, ese torneo que no entiende de inercias ni de jerarquías estables, pero que siempre termina señalando a quienes saben habitar su caos. A las 18:45, cuando el balón empiece a rodar en Alcalá de Henares, no solo comenzará un partido de cuartos de final: se activará una de esas noches que la Copa se reserva para los equipos que han hecho de la historia una responsabilidad.
(Fuente: Liga F Moeve)
El Atlético de Madrid llega a esta cita con la memoria reciente todavía palpitando. Subcampeón vigente del torneo, heredero inmediato de una final que rozó la gloria y que confirmó, una vez más, que el conjunto rojiblanco se ha convertido en uno de los grandes actores estructurales de la Copa de la Reina en la última década.
No es una presencia circunstancial ni un invitado ocasional: es un club que ha aprendido a convivir con la exigencia de ganar, que ha levantado el trofeo en dos ocasiones históricas y que ha construido una relación íntima con este torneo, entendiendo que la Copa no se conquista desde la superioridad, sino desde la resistencia emocional, la lectura de los momentos y la capacidad de sobrevivir cuando el partido se vuelve incómodo. Cada eliminatoria, para el Atlético, es un recordatorio de su propio ADN competitivo, de esa manera de estar que no distingue entre días grandes y días menores.
(Fuente: Liga F Moeve)
Frente a ellas comparece un Athletic Club que camina por la élite con un peso histórico distinto, pero no menos imponente. Si hay un club que representa la tradición, la fidelidad a una idea y la persistencia en la cima del fútbol femenino español, ese es el conjunto rojiblanco de Bilbao. Cinco veces campeón de Liga, cinco conquistas del campeonato doméstico bajo distintas denominaciones, la última en la temporada 2015-2016, cuando la competición aún se llamaba Liga Iberdrola. Cinco títulos que hablan de hegemonía, de continuidad, de generaciones enteras de futbolistas que sostuvieron el escudo del Athletic como una forma de pertenencia, como una identidad que trasciende resultados y modas. Pero también de una espina clavada que el tiempo no ha conseguido arrancar: la Copa de la Reina sigue resistiéndose a su vitrina.
Nunca el Athletic ha logrado levantar el trofeo copero. Ha rozado finales, ha protagonizado campañas memorables, ha construido equipos capaces de competir contra cualquiera, pero siempre ha faltado ese último paso, ese partido definitivo que convierta la regularidad en celebración.
Cada edición renueva esa posibilidad, cada eliminatoria reabre una herida que no cicatriza, y cada cruce de cuartos se vive como una frontera emocional entre la resignación histórica y la redención definitiva. La Copa, tan caprichosa como simbólica, no entiende de merecimientos acumulados, pero sí premia a quienes llegan dispuestos a romper sus propias barreras.
El contexto no puede ser más cargado. Porque no es la primera vez que Atlético de Madrid y Athletic Club se miran a los ojos en este escenario. La Copa tiene memoria, y esa memoria viaja inevitablemente hasta la temporada 2018-2019, cuando ambos equipos se enfrentaron en estos mismos cuartos de final en San Mamés. Aquella tarde, en La Catedral, el Atlético supo interpretar mejor los ritmos, manejar los silencios del partido y golpear con la frialdad de quien entiende que en Copa no gana quien más propone, sino quien menos se equivoca. El 0-2 final dejó al Athletic otra vez a las puertas de un sueño aplazado y reforzó la sensación de que el Atlético había aprendido a moverse con soltura en este tipo de escenarios.
Ese precedente no decide nada, pero lo impregna todo. Porque en la Copa no hay revancha automática ni justicia poética garantizada. Hay noventa minutos —noventa minutos que comenzarán a las 18:45— en los que se mezclan historia, estado de forma, gestión emocional y capacidad de resistir cuando el partido se rompe. Y ahí, tanto Atlético como Athletic saben que cada detalle cuenta.
Los números recientes también dibujan una narrativa clara. Los precedentes históricos favorecen al conjunto dirigido por José Herrera, con seis victorias, dos empates y solo dos derrotas en los últimos once compromisos ante el Athletic Club. Un balance que no sentencia la eliminatoria, pero que marca una tendencia: el Atlético ha sabido encontrar respuestas ante un rival que siempre propone duelos intensos, físicos y emocionales, pero que en demasiadas ocasiones ha chocado con la solidez rojiblanca.
El Atlético aterriza en esta cita tras un empate que dejó sensaciones encontradas. El 1-1 ante el Granada CF en Alcalá, en el estreno de José Herrera en el banquillo madrileño, fue un partido de transiciones emocionales constantes. A los doce minutos, Amaiur sacudió la madera con un disparo que pudo cambiar el guion, y el rechace cayó a los pies de Synne Jensen, que no perdonó para adelantar a las locales. El Atlético parecía haber encontrado el ritmo, pero antes del descanso, Laura Pérez filtró un balón que Andrea Gómez transformó en el empate superando a Lola Gallardo. En la segunda mitad, Andrea Medina, MVP del encuentro, asumió galones, empujó al equipo hacia adelante y sostuvo el pulso competitivo. El debut de Kathrine Møller Kühl añadió una nueva pieza al engranaje, una centrocampista danesa llamada a ofrecer control y pausa, aunque sin fortuna de cara a portería ante una Laura Sánchez que sostuvo al Granada. Sheila Guijarro también rozó el gol en el tramo final, pero el marcador ya no se movió.
Ese empate, lejos de debilitar al Atlético, refuerza una idea clave: este equipo sigue en construcción, pero su suelo competitivo es altísimo. Incluso en días de ajustes, incluso en estrenos de banquillo, el Atlético mantiene una identidad reconocible, una forma de competir que no se negocia.
El Athletic Club, por su parte, llega tras reencontrarse con la victoria en casa en un partido que condensó todas las virtudes y contradicciones del conjunto vasco. La primera ocasión llevó la firma de Daniela Agote, que estrenaba dorsal del primer equipo, un símbolo del relevo constante que define al Athletic. En el minuto 18, un penalti por agarrón de Ainhoa Doménech sobre Naia Landaluze pudo haber cambiado el partido, pero Romane Salvador detuvo el lanzamiento de Nerea Nevado, manteniendo el equilibrio. Tras el descanso, Ane Elexpuru estrelló un disparo en el larguero y Clara Pinedo, tras un pase decisivo de Sara Ortega —MVP del encuentro—, rompió el empate con un disparo de alto nivel técnico.
El tramo final fue una montaña rusa emocional: penalti cometido por la propia Elexpuru, convertido por Laia Ballesté, y un desenlace cruel para el Espanyol, con un autogol de Anna Torrodà que selló el 2-1 definitivo. Un triunfo que devolvió confianza, pero que también recordó lo frágil que puede ser cualquier ventaja.
Todo conduce, inevitablemente, a un cruce que huele a Copa en estado puro. A un partido en el que no bastará con tener más talento ni con acumular más posesión. Será una eliminatoria de nervios, de momentos, de errores mínimos y aciertos definitivos. El Atlético sabe lo que es jugar finales, levantar trofeos, convivir con la presión de ser favorito. El Athletic sabe lo que es sostener una tradición centenaria, cargar con la expectativa de una afición que nunca abandona y perseguir un título que se le resiste como un desafío personal.
Cuando el balón eche a rodar en Alcalá, no habrá pasado ni futuro: solo presente.
El equipo bilbaíno derrotó en octavos al C.E. Europa por 0-3.En Liga F viene ocupan el noveno puesto de la tabla clasificatoria, mientras que el Atlético de Madrid, sufrió de lo lindo en el Estadio José Kubala ante el Alhama ElPozo, empató (1-1) con las azulonas y tuvo que recurrir a la tanda de penales, donde emergió la figura de Patri Larqué para meter a las madrileñas en la siguientefase con un 4-5.
Además, la marcha en la Liga Profesional de Fútbol Femenino no es la más brillante para las locales que son quintas y tienen los puestos europeos a nueve puntos de distancia.
En la primera vuelta de este curso ambos equipos empataron (1-1) en Alcalá de Henares con las dianas de Lauren Leal y Jone Amezaga el 4 de octubre de 2025.
Noventa minutos para decidir si el Atlético sigue escribiendo su relación privilegiada con la Copa o si el Athletic abre, por fin, una puerta que siempre ha encontrado cerrada. Porque la Copa no elige al más fuerte: elige al que sabe escucharla cuando llama. Y esta vez, llama a dos guardianes de la historia.
(Fuente: Liga F Moeve)
🔜 NEXT GAME
🏆 Copa de la Reina Iberdrola | Temporada 2025-2026
◼️ La delantera brasileña ya pisa de nuevo el césped bajo la mirada de José Herrera tras dejar atrás la fractura de peroné sufrida en la Liga de Campeones ante el Manchester United. Su regreso parcial coincide con un mes de febrero decisivo, cargado de Copa de la Reina, Liga F Moeve y Europa, en el que su sola presencia devuelve al equipo una mezcla de esperanza, memoria y ambición en el momento más exigente del curso.
La mañana en el Centro Deportivo Alcalá de Henares se amaneció distinta, con ese aire denso que solo se percibe cuando algo importante está a punto de suceder, cuando el fútbol femenino deja de ser rutina para convertirse en relato, y los pasos sobre el césped no suenan igual porque hay nombres propios que regresan y regresos que pesan como una promesa cumplida.
Gio volvió. No como una consigna publicitaria ni como un titular vacío, sino como lo que verdaderamente es: una noticia que atraviesa al vestuario, al cuerpo técnico, al calendario y a la temporada entera. La delantera brasileña, la número 18, la futbolista que aprendió a sobrevivir al vértigo de la élite en Madrid, Londres y Barcelona, volvió a entrenar parcialmente bajo la mirada atenta de José Herrera, cerrando un círculo que comenzó de la peor manera posible, con una fractura de peroné sufrida en una noche europea frente al Manchester United, en un partido de Liga de Campeones que cambió el guion de su curso y obligó a reescribir el tiempo.
Gio no regresa solo al césped. Regresa a un contexto exigente, comprimido, feroz, marcado por un mes de febrero que no concede tregua y que se presenta como un auténtico examen de madurez colectiva para el equipo. El calendario no espera a nadie, y febrero aparece cargado de fechas que son algo más que simples partidos: son estaciones emocionales, cruces que definen estados de ánimo, puntos de inflexión que separan la resistencia del colapso y la fe de la resignación. En ese escenario, la presencia de Gio, aunque todavía parcial, aunque todavía medida al milímetro por los servicios médicos, adquiere un valor simbólico que va mucho más allá de los minutos que pueda disputar o de los goles que aún no ha marcado desde su regreso.
El 4 de febrero a las 18:45 horas, la Copa de la Reina abre el telón con un duelo de máxima tradición frente al Athletic Club. No es una eliminatoria cualquiera. Es una competición que históricamente ha exigido carácter, lectura emocional y profundidad de plantilla. Gio, todavía en proceso, observa desde un lugar intermedio, entrenando parcialmente, sintiendo de nuevo el contacto con el balón, con el grupo, con la intensidad que solo se alcanza cuando el calendario aprieta. Su sola presencia en el entorno del equipo altera la percepción del rival y refuerza la convicción interna de que febrero se puede mirar a los ojos sin bajar la cabeza.
Cuatro días después, el 8 de febrero a las 12:00 horas, la Liga F Moeve lleva al equipo hasta el Ciutat de València para enfrentarse al Levante UD. Un partido que históricamente nunca ha sido sencillo, un escenario donde los detalles deciden y donde la profundidad ofensiva marca la diferencia en los tramos finales. En ese contexto, la evolución de Gio se convierte en una conversación constante entre el cuerpo técnico y el cuerpo médico, entre la prudencia y la ambición, entre el deseo de acelerar y la obligación de proteger. Nadie quiere precipitar el regreso de una futbolista cuyo impacto va mucho más allá del corto plazo, pero todos saben que febrero no concede pausas para la contemplación.
El 12 de febrero, a las 21:00 horas, la temporada entra en su zona de alta tensión europea. El Manchester United vuelve a cruzarse en el camino, esta vez en el otro lado del relato, como recuerdo y como desafío. Es imposible disociar ese partido del momento exacto en el que Gio cayó lesionada, del silencio que se hizo en el estadio, del gesto de dolor que congeló la imagen y obligó a pensar en plazos largos, en rehabilitación, en paciencia. Volver a ese contexto, aunque sea desde el banquillo, desde la grada o desde una activación controlada, tiene un peso emocional enorme. La Champions no perdona, y cada duelo es una declaración de intenciones. Gio lo sabe. El equipo lo sabe. Herrera lo sabe.
Entre el 14 y el 15 de febrero, aún sin confirmar, la Liga F Moeve vuelve a exigir concentración máxima frente al Madrid CFF, un rival con carga simbólica evidente en la trayectoria personal de Gio. Allí creció, allí se consolidó, allí empezó a construir el perfil de futbolista que llamó la atención de Arsenal y Barcelona antes de regresar a un proyecto que ahora la necesita más que nunca. No hay morbo explícito, pero sí memoria. El fútbol femenino español es un ecosistema pequeño, donde las historias se cruzan y los regresos nunca son neutros.
El 19 de febrero, de nuevo a las 21:00 horas, el feudo mancuniano aparece como escenario de una revancha silenciosa, de una eliminatoria que exige precisión quirúrgica. La Champions no entiende de sentimentalismos, pero el fútbol sí, y cada balón que se dispute llevará adherido el recuerdo de lo ocurrido meses atrás. Gio, aún en proceso, representa la resistencia, la idea de que las lesiones no escriben finales, solo pausas incómodas.
Y cuando febrero se acerque a su desenlace, entre el 21 y el 22, Sevilla aguarda en la Liga F Moeve. Otro campo exigente, otro partido donde la profundidad de plantilla vuelve a ser decisiva. Llegar a ese punto del calendario con Gio cada vez más integrada, cada vez más cercana al alta competitiva completa, es uno de los grandes objetivos internos de un cuerpo técnico que planifica con bisturí y piensa la temporada en bloques, no en impulsos.
Todo esto ocurre mientras Gio vuelve a sentir el ritmo, mientras sus entrenamientos parciales se convierten en pequeñas victorias diarias, mientras cada sesión completada sin dolor es celebrada con la sobriedad de quien sabe que el camino aún no ha terminado. No hay atajos en una fractura de peroné sufrida al máximo nivel, en plena exigencia europea, con el cuerpo sometido a cargas extremas. Hay método, hay ciencia, hay escucha activa y hay una futbolista que entiende que regresar bien es tan importante como regresar pronto.
El vestuario percibe su vuelta como un refuerzo emocional. No porque Gio sea una promesa abstracta, sino porque su carrera habla por sí sola: Madrid CFF como escuela de supervivencia, Arsenal como prueba de adaptación a otro ritmo, Barcelona como inmersión en la excelencia diaria. Esa mochila de experiencias no se pierde con una lesión; se queda latente, esperando el momento de volver a impactar en el juego, en los desmarques, en la lectura del espacio, en la manera de atacar los últimos metros.
Febrero no será un mes sencillo. Lo sabe el cuerpo técnico, lo saben las jugadoras, lo sabe una afición que sigue cada paso del equipo con la atención de quien entiende que aquí se está construyendo algo más que una clasificación. En ese contexto, Gio no es solo una futbolista que vuelve: es un símbolo de resistencia, de planificación y de fe en los procesos bien hechos.
(Fuente: Liga F Moeve)
Y este es solo el principio del relato. La recuperación de Gio no se entiende sin detenerse en el silencio que rodeó los primeros días posteriores a la lesión, cuando el parte médico confirmó la fractura de peroné y el calendario, implacable, siguió avanzando como si nada hubiera ocurrido. En ese punto exacto, el fútbol se vuelve un ejercicio de paciencia forzada, una disciplina mental que exige aceptar que el cuerpo marca los tiempos y que la temporada, aun siendo colectiva, también se construye desde las ausencias. Gio pasó entonces de la velocidad al inmovilismo, del impacto inmediato al trabajo invisible, del foco mediático al gimnasio, de los estadios europeos a la repetición obsesiva de rutinas que no salen en los resúmenes, pero que sostienen toda carrera profesional que aspira a ser algo más que un fogonazo.
Durante semanas, su nombre estuvo presente en cada conversación interna. No como una presión añadida, sino como un recordatorio constante del nivel que el equipo había alcanzado y del que no podía desprenderse pese a la adversidad. José Herrera gestionó ese periodo con la serenidad de quien entiende que los grupos no se rompen por perder talento, sino por no saber integrar las ausencias en el discurso colectivo. El equipo aprendió a competir sin Gio, a redistribuir responsabilidades ofensivas, a buscar soluciones alternativas en contextos de máxima exigencia, sabiendo que el regreso, cuando se produjera, debía ser una suma y no una dependencia.
Por eso, cuando Gio volvió a calzarse las botas y a pisar el césped, aunque solo fuera de manera parcial, el gesto tuvo algo de ceremonia íntima. No hubo anuncios grandilocuentes ni promesas de plazos imposibles. Hubo trabajo controlado, balón en corto, ejercicios específicos, miradas cómplices con el readaptador y una atención minuciosa a cada señal del cuerpo. En el fútbol de élite femenino, cada vez más profesionalizado, la gestión de una lesión grave no se mide solo en días o semanas, sino en la calidad del regreso, en la capacidad de la futbolista para volver a sentirse futbolista sin miedo, sin reservas, sin esa décima de duda que arruina un sprint o un apoyo mal medido.
El mes de febrero, mientras tanto, se cierne sobre el equipo como un bloque compacto de exigencia continua. No hay partidos de transición ni fines de semana para recomponer el ánimo. Cada cita es una prueba, cada desplazamiento un ejercicio de adaptación y cada rival un espejo distinto. La Copa de la Reina ante el Athletic Club no solo es una eliminatoria: es un choque de identidades, de dos proyectos que entienden el fútbol desde la intensidad, el compromiso y la historia. Superar ese cruce supone algo más que avanzar de ronda; significa confirmar que el equipo está preparado para sostener la presión de las competiciones a vida o muerte.
(Fuente: Liga F Moeve)
En paralelo, la Liga F Moeve exige regularidad, una virtud que se construye a base de resultados, pero también de sensaciones. El duelo ante el Levante UD llega en un momento clave, en una franja horaria que invita a la concentración absoluta y en un campo donde el ritmo del partido puede cambiar en cuestión de minutos. Es ahí donde la profundidad de plantilla cobra sentido, donde el regreso progresivo de Gio amplía el abanico de soluciones ofensivas y permite imaginar escenarios distintos en los tramos finales, incluso sin que la brasileña esté todavía para asumir un rol protagonista.
Europa, sin embargo, es otro lenguaje. La Champions no entiende de procesos ni de retornos graduales. El cruce con el Manchester United es una cicatriz abierta que se transforma en estímulo competitivo. Para el equipo, representa la oportunidad de demostrar crecimiento. Para Gio, incluso desde un rol secundario, es la constatación de que el camino recorrido no ha sido en vano. Volver a ese escenario, escuchar el himno, sentir la atmósfera previa, forma parte también de la recuperación, de esa dimensión emocional que ningún parte médico puede cuantificar.
El calendario continúa apretando con el enfrentamiento liguero ante el Madrid CFF, un partido que encierra múltiples capas de lectura. No solo por lo que implica en la clasificación, sino por la carga simbólica que arrastra para varias futbolistas y, de manera especial, para Gio. Allí se forjó una parte esencial de su identidad competitiva, allí aprendió a asumir responsabilidades y a jugar bajo presión. Regresar a ese contexto desde una posición distinta, con una trayectoria internacional a cuestas y tras una lesión grave, es una prueba de madurez que va más allá de los noventa minutos.
A medida que avanza febrero, la narrativa del regreso se mezcla con la del rendimiento colectivo. El segundo duelo ante el Manchester United y el choque liguero frente al Sevilla FC dibujan un cierre de mes que exige piernas, cabeza y convicción. No hay margen para la autocomplacencia. Llegar a esas fechas con Gio cada vez más integrada, más cercana al ritmo competitivo real, es uno de los grandes objetivos silenciosos del staff, que planifica no solo pensando en el presente inmediato, sino en el tramo decisivo de la temporada.
Porque el regreso de Gio no es un punto final, sino un punto y seguido. Es la constatación de que el proyecto tiene capacidad para absorber golpes, para reinventarse y para recuperar talento sin perder identidad. Es también un mensaje hacia fuera, hacia una afición que entiende el fútbol femenino como un relato de esfuerzo sostenido, de trayectorias que no siempre son lineales, pero sí coherentes.
Febrero será exigente, áspero, intenso. Habrá partidos que se decidirán por detalles mínimos y momentos en los que el cansancio pesará más que la inspiración. En ese contexto, la figura de Gio, aun sin estar al cien por cien, funciona como ancla emocional y como horizonte competitivo. Su vuelta no garantiza resultados, pero sí refuerza una idea: que este equipo no se define por lo que pierde, sino por cómo es capaz de recuperar, reconstruir y volver a latir cuando el calendario más aprieta.
…Y es precisamente en esa capacidad de volver a latir donde el regreso de Gio adquiere una dimensión que trasciende lo puramente deportivo. Porque no se trata únicamente de recuperar a una delantera con desborde, lectura del espacio y experiencia internacional, sino de reactivar una energía interna que se había visto obligada a replegarse, a resistir en silencio durante semanas de trabajo invisible. En cada ejercicio parcial, en cada carrera medida, en cada golpeo controlado, se condensa una historia de paciencia y de confianza mutua entre futbolista y club, entre ambición y prudencia, entre el deseo de competir y la responsabilidad de hacerlo bien.
La fractura de peroné sufrida ante el Manchester United fue un punto de quiebre no solo para Gio, sino para el relato colectivo de la temporada. Aquella noche europea, marcada por la exigencia máxima, dejó una imagen que ningún cuerpo técnico quiere volver a ver: una jugadora tendida sobre el césped, consciente de que algo serio había ocurrido, rodeada de compañeras que entendían al instante que el partido había cambiado de significado. Desde entonces, cada paso del equipo ha estado acompañado por la ausencia de la número 18, una ausencia que obligó a redefinir automatismos, a redistribuir roles ofensivos y a asumir que el margen de error se estrechaba.
Lejos de generar dependencia, esa situación fortaleció al grupo. La plantilla respondió con una madurez competitiva que habla de un proyecto sólido, capaz de sostenerse incluso cuando pierde piezas clave. Sin embargo, en el fútbol de alto nivel, la recuperación de talento diferencial siempre marca un antes y un después. Gio representa eso: la posibilidad de volver a amenazar por dentro y por fuera, de fijar centrales, de estirar defensas y de ofrecer alternativas en escenarios cerrados. Su regreso progresivo amplía el tablero táctico de José Herrera justo cuando el calendario entra en su fase más implacable.
La gestión del tiempo se convierte entonces en un ejercicio casi quirúrgico. Febrero no permite errores de cálculo. La Copa de la Reina, la Liga F Moeve y la UEFA Women’s Champions League se solapan, exigiendo rotaciones inteligentes y una lectura precisa de los estados físicos y emocionales. En ese contexto, Gio no es vista como una solución inmediata para todos los problemas, sino como una inversión estratégica en el tramo decisivo del curso. Cada minuto que suma en entrenamientos, cada sesión completada sin contratiempos, acerca un poco más la versión de la futbolista que el equipo sabe que puede marcar diferencias.
El vestuario vive ese proceso con naturalidad, pero también con una expectación contenida. Las líderes del grupo saben que los regresos tras lesiones graves requieren un entorno protector, libre de presiones externas y de urgencias artificiales. Gio, por su parte, afronta esta fase con la serenidad de quien ha vivido distintos contextos competitivos y entiende que la carrera de una futbolista se construye a largo plazo. No hay ansiedad en sus gestos, sino concentración; no hay prisas, sino determinación.
Mientras tanto, el calendario avanza sin concesiones. Cada partido de febrero es una historia en sí misma, un reto que exige máxima concentración. La Copa de la Reina abre la puerta a una competición donde los detalles y la gestión emocional son decisivos. La Liga F Moeve mantiene la exigencia de la regularidad, castigando cualquier desconexión. La Champions eleva el nivel de cada acción, recordando que Europa no perdona errores ni concede segundas oportunidades. En ese contexto, el regreso de Gio actúa como un hilo conductor, como una narrativa que acompaña cada jornada y que refuerza la idea de que el equipo llega a este tramo del curso con recursos y convicción.
(Fuente: Atlético de Madrid)
No se trata de romantizar la lesión ni de convertir la recuperación en un relato épico vacío. Se trata de entender que el fútbol femenino de élite se construye desde procesos bien gestionados, desde decisiones que priorizan el largo plazo sin renunciar a la competitividad inmediata. Gio es un ejemplo de esa filosofía: una futbolista que ha aprendido a convivir con la exigencia, a respetar los tiempos del cuerpo y a prepararse mentalmente para volver a competir al máximo nivel.
(Fuente: Atlético de Madrid)
A medida que febrero avanza, la sensación en el entorno es clara: el equipo no solo sobrevive al calendario, sino que lo encara con una determinación renovada. La vuelta de Gio, aunque todavía parcial, refuerza esa percepción.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) February 2, 2026
No es una promesa lejana ni un recurso de última hora, sino una realidad en construcción, un regreso que se gesta día a día, entrenamiento a entrenamiento, con la convicción de que lo mejor aún está por llegar.
Porque en el fútbol, como en cualquier relato que aspire a perdurar, las historias no se miden solo por los momentos de gloria, sino por la manera en que se atraviesan las adversidades. Y en ese sentido, el regreso de Gio en el mes más exigente de la temporada no es solo una noticia deportiva: es una declaración de principios, una afirmación silenciosa de que este equipo está preparado para resistir, recomponerse y seguir avanzando cuando el calendario aprieta y el margen de error desaparece.
📌 El tres veces campeón de la Liga F Moeve se juega más de medio curso en el doble cruce ante el United.
El calendario marca 2026 y, con él, llega uno de esos momentos que definen no solo una temporada, sino una identidad. Los playoffs de la UEFA Women’s Champions League 2025-2026 asoman en el horizonte como un punto de inflexión para un Atlético de Madrid que vuelve a mirar a Europa sin complejos, con cicatrices aún visibles, pero también con la convicción de quien sabe que el pasado no pesa: empuja.
Europa siempre ha sido un territorio de emociones extremas para el conjunto rojiblanco. Allí donde se han escrito algunas de sus páginas más gloriosas y también algunas de sus noches más crueles. Allí donde el margen de error se reduce a la mínima expresión y cada detalle adquiere un valor incalculable. Allí donde ahora, una vez más, las de José Herrera se juegan mucho más que una clasificación.
(Fuente: UEFA)
El camino hasta este cruce no ha sido sencillo ni indulgente. El Atlético llegaba a Francia sabiendo que visitar al Olympique Lyonnais Féminin —ahora Olympique Lyonnes— siempre supone una prueba de máxima exigencia.
La derrota por 3-0 fue dura, incontestable en el marcador, y estuvo marcada además por la expulsión de Luany, que vio la tarjeta roja directa tras un gesto antirreglamentario que condicionó el resto del encuentro.
Porque Europa también enseña a levantarse, y el Atlético lo hizo desde la clasificación general de la primera fase. Su undécima posición en esa etapa inicial del torneo le garantizó billete para los llamados “octavos de final”, una ronda que ya no admite medias tintas y que coloca frente a frente a proyectos consolidados del continente.
Hay ciudades que, sin proponérselo, se convierten en símbolos. Alcalá de Henares, cuna de Cervantes, es desde hace años uno de los refugios emocionales del Atlético de Madrid Femenino. Allí, donde el equipo ha construido algunas de sus noches europeas más memorables, vuelve a citarse la historia.
(Fuente: UEFA)
La expectación es máxima. No solo por el rival, no solo por el momento, sino porque el Atlético ha demostrado que sabe competir en Europa cuando el contexto aprieta. Ya lo hizo en la ronda preliminar, cuando eliminó al BK Häcken con una remontada que quedará grabada en la memoria colectiva: 2-1 en el Centro Deportivo de Alcalá de Henares, en una noche de convicción, orgullo y carácter.
El destino, caprichoso, ha querido que el Atlético vuelva a medirse a un club británico en una eliminatoria a 120 minutos —o más—, evocando recuerdos que aún resuenan en la memoria rojiblanca.
El fútbol europeo del Atlético no puede entenderse sin mirar atrás. En octubre de 2021, todavía bajo los efectos de la pandemia, el conjunto madrileño vivió una de sus eliminaciones más dolorosas. Aquella vez, el verdugo fue el Chelsea, que dejó fuera al Atlético por un global de 3-1 en una eliminatoria marcada por la crueldad del destino.
Tres penaltis fallados, tres oportunidades perdidas y un golpe emocional que marcó un antes y un después.
Desde aquella eliminación, el club inició una larga travesía en el desierto.
Durante varias temporadas, el Atlético no logró finalizar entre los tres primeros de la Primera División Femenina, viendo cómo la Champions se escapaba año tras año en beneficio de rivales directos como el Real Madrid, la Real Sociedad o el Levante U.D.
Europa se convirtió en un recuerdo lejano y en una aspiración aplazada que no llegaba.
Para encontrar el último gran momento del Atlético en la Liga de Campeones hay que retroceder a la temporada 2019-2020. Entonces contra todo pronóstico, el equipo alcanzó los cuartos de final en la histórica “Final Four” celebrada en San Mamés y Anoeta .
Antes de llegar a Bilbao, el Atlético protagonizó una de sus eliminatorias más recordadas al dejar fuera al Manchester City.
Aquella vez brillaron nombres que ya forman parte de la historia rojiblanca: Toni Duggan, hoy retirada, decisiva en ataque, y Ángela Sosa, alma del equipo y hoy líder del Madrid CFF.
(Fuente: Getty imágenes)
Fue una demostración de que el Atlético sabía competir contra la élite inglesa.
(Fuente: DAZN )
Y ese recuerdo, que terminó con el Lyon de Lola Gallardo levantando por séptima ocasión el trofeo, vuelve ahora, como un eco que conecta pasado y presente.
Mucho ha cambiado desde entonces. Nuevas jugadoras, nuevos liderazgos, un proyecto reconstruido con paciencia y ambición. Pero hay algo que permanece intacto: la voluntad de hacer historia.
Es una prueba de madurez, de crecimiento, de regreso al lugar que el Atlético siente que le pertenece por historia y peso del escudo.
El hecho de colarse entre los ocho mejores de Europa mediante un acceso a los cuartos de final, que además le emparejarían con el Bayern de Múnich, ya con Edna Imade como nueve, le darían la oportunidad de tumbar a un gigante como es el conjunto bávaro.
(Fuente: Liga F Moeve)
En Alemania ya conocen a este Atlético de Madrid, pues se cruzaron con él en la fase de liga de la competición y empataron (2-2).
Además, es importante que el equipo de la Liga F Moeve vaya sumando presencias en las rondas decisivas de la UEFA Women’s Champions League para poder opositar así a una plaza en el gran Mundial de Clubes en categoría femenina que se estrenará en dos años, es decir, (2028).
Actualmente el Arsenal Football Club Women es el mejor equipo del mundo después de llevarse la primera edición de la FIFA Women’s Champions Cup al doblegar en el Emirates Stadium al S.C. Corinthians por 3-2 en la prórroga.
Pocas veces un listado numérico, una tabla fría de coeficientes y decimales, encierra una batalla tan profunda, tan simbólica y tan estructural como la que refleja el ranking UEFA de federaciones femeninas en la temporada 2025/2026.
Lo que a primera vista parece un simple pantallazo de la aplicación oficial de la UEFA es, en realidad, la radiografía más precisa del estado de poder del fútbol femenino europeo, el espejo donde se proyectan años de inversión, decisiones políticas, modelos de liga, culturas competitivas y, sobre todo, una pugna histórica entre dos potencias que hoy están separadas por apenas cuatro décimas: Inglaterra y España. Inglaterra lidera con 70.082 puntos, España la persigue con 69.665.
No es una distancia simbólica, no es un colchón tranquilizador. Es una grieta mínima que anuncia un posible seísmo competitivo si la temporada actual se inclina hacia el lado español.
El ranking muestra, además, un contexto revelador: Inglaterra y España son las únicas federaciones que mantienen a sus tres clubes vivos en competición europea en este punto del curso, algo que no es casual ni coyuntural, sino estructural. Francia, tercera con 68.666, ya ha perdido uno de sus representantes. Alemania, cuarta con 58.915, sigue siendo poderosa pero ha dejado atrás su hegemonía histórica. Italia, Portugal, Países Bajos, Noruega, Suecia y Bélgica completan un mapa en el que el eje del fútbol femenino europeo se ha desplazado definitivamente hacia el suroeste del continente.
La vieja Europa central ya no manda; ahora mandan los campeonatos que han entendido que el fútbol femenino no se sostiene solo con tradición, sino con planificación, profesionalización y visibilidad.
Inglaterra llega a este liderato desde una lógica reconocible. La Women’s Super League es, desde hace años, la liga con mayor músculo financiero, la que mejor ha integrado a los grandes clubes masculinos en el desarrollo femenino, la que antes profesionalizó estructuras y la que ha logrado atraer talento global de manera sostenida. Chelsea, Arsenal y Manchester United no solo compiten; condicionan.
(Fuente: WSL)
Cada punto que suman en Europa es el reflejo de una liga que ha convertido la Champions en un objetivo natural, no en una excepción gloriosa. Inglaterra no improvisa: exporta un modelo.
España, en cambio, ha llegado aquí desde otro lugar. Su ascenso no ha sido lineal ni cómodo. Ha sido más caótico, más político, más emocional.
La Liga F Moeve, heredera de una profesionalización tardía pero intensa, ha crecido a contracorriente, superando conflictos institucionales, tensiones laborales, desigualdades presupuestarias y una narrativa constante de cuestionamiento. Y, sin embargo, aquí está: a menos de medio punto del liderazgo continental, con tres clubes aún en pie, con una selección campeona del mundo que ha cambiado para siempre la percepción internacional del fútbol español, y con un ecosistema que empieza a ser leído desde fuera como algo más que una promesa.
El ranking UEFA no premia la estética ni la narrativa; premia resultados.
Cada victoria, cada empate, cada clasificación, cada ronda superada suma puntos que se agregan durante varias temporadas. Por eso este segundo puesto de España no es un fogonazo: es la consecuencia directa de los títulos del FC Barcelona, de las semifinales recurrentes, de las buenas actuaciones del Atlético de Madrid en ciclos anteriores, del crecimiento del Real Madrid como proyecto estable, y del hecho de que, por primera vez, la liga española compite en profundidad, no solo desde un club hegemónico.
La temporada actual es, en este sentido, una oportunidad histórica. Para que España arrebate la primera posición del ranking a Inglaterra no hace falta un milagro, pero sí una conjunción precisa de acontecimientos deportivos. La lógica es clara: España debe sumar más puntos que Inglaterra en el cómputo europeo del curso.
Eso implica que los clubes españoles avancen más rondas, ganen más partidos y, crucialmente, que los clubes ingleses caigan antes o sumen menos. Cada eliminación inglesa y cada victoria española estrechan o invierten la balanza. Con ambos países manteniendo a sus tres representantes, el margen de maniobra existe y es real.
Si, por ejemplo, un club español alcanza la final de la Champions y otro se queda en semifinales, mientras que Inglaterra pierde uno de sus equipos en cuartos y otro en semifinales, el diferencial puede volcarse. Los coeficientes no entienden de nombres ni de escudos: solo de resultados acumulados.
Y aquí España juega con una baza clave: la regularidad reciente del FC Barcelona, que ya no solo gana, sino que arrasa, y que suele garantizar una lluvia constante de puntos. A eso se suma un Atlético de Madrid que ha recuperado competitividad continental y un Real Madrid que, aun en construcción, empieza a sumar experiencia europea de manera sostenida.
Inglaterra, por su parte, depende de que su tridente mantenga el pulso. Chelsea ha sido históricamente fiable, pero no invencible. Arsenal vive una reconstrucción intermitente.
El Manchester City alterna picos de excelencia con caídas inesperadas. El margen es estrecho y la presión, creciente. Porque liderar el ranking ya no es un privilegio invisible: ahora es un objetivo explícito, una bandera simbólica de supremacía europea.
Arrebatarle el primer puesto a Inglaterra supondría, para España, mucho más que un cambio de número en una tabla. A nivel deportivo, consolidaría a la Liga F Moeve como la referencia estructural del fútbol femenino europeo. El ranking UEFA no solo determina prestigio: condiciona plazas europeas, accesos directos a fases avanzadas, cabezas de serie y, en última instancia, la capacidad de planificación de los clubes. Ser primera federación implica mayor estabilidad competitiva y menos dependencia de rondas preliminares traicioneras.
Pero el impacto va más allá del reglamento. Ser número uno en Europa sería la confirmación estadística de algo que ya se percibe en el juego: que España no solo produce talento, sino que lo sostiene, lo potencia y lo hace competir al máximo nivel. Y aquí entra un elemento clave que mencionas y que no es menor: según un estudio reciente, la Liga F Moeve es considerada la tercera mejor competición femenina regular del mundo. Esa clasificación, que suele situar por delante a la NWSL estadounidense y a la WSL inglesa, no se basa únicamente en títulos, sino en equilibrio competitivo, calidad media de los equipos, desarrollo de jugadoras, impacto internacional y regularidad del espectáculo.
Si España alcanza el primer puesto del ranking UEFA mientras su liga es ya evaluada como la tercera mejor del mundo, el mensaje es potentísimo: la Liga F no solo es formadora ni solo es exportadora de talento, sino que es competitiva, atractiva y decisiva en Europa. Eso reforzaría su posición en negociaciones de derechos audiovisuales, atraerá patrocinadores internacionales, facilitará la llegada de futbolistas de élite y, sobre todo, consolidará un relato que durante años le fue negado: el de ser una liga central, no periférica.
Desde un punto de vista histórico, sería también una inversión de jerarquías.
Durante décadas, España miró a Alemania y Francia como modelos inalcanzables, y a Inglaterra como un experimento avanzado. Hoy es Inglaterra la que mira de reojo a España, consciente de que el fútbol femenino español ha encontrado una identidad propia basada en la técnica, la posesión, la lectura táctica y una cantera que no deja de producir talento diferencial.
El dominio del FC Barcelona no ha empobrecido el ecosistema; lo ha obligado a crecer.
Este ranking, además, refleja una tendencia más amplia: la concentración del poder europeo. Las diez primeras federaciones muestran una brecha cada vez mayor con el resto. Pero dentro de esa élite, la pelea ya no es coral: es un duelo. Inglaterra contra España. Modelo anglosajón frente a modelo mediterráneo. Inversión privada masiva frente a integración progresiva en estructuras históricas. Ambas vías son válidas, pero solo una puede liderar.
La temporada actual, por tanto, no es una más. Es un punto de inflexión potencial.
Cada partido europeo de un club español ya no es solo suyo: es un acto colectivo que empuja a toda una liga y a toda una federación. Cada gol en Champions tiene ahora un peso simbólico añadido.
Y eso, para una Liga F Moeve que ha luchado tanto por reconocimiento, es una oportunidad irrepetible.
Si España logra culminar este asalto al primer puesto, el impacto no será efímero.
No se tratará de un liderazgo anecdótico, sino de la confirmación de un ciclo.
Un ciclo en el que el fútbol femenino español ha pasado de ser promesa a ser estándar. En el que ya no se compara, sino que se mide a los demás.
Y en el que el ranking UEFA deja de ser una aspiración lejana para convertirse en una consecuencia lógica de todo lo que se ha construido.
Lo que muestra esa imagen, en definitiva, no es solo una clasificación. Es el mapa de un cambio de era. Y España está a un paso, a unos cuantos partidos, a unas cuantas noches europeas bien jugadas, de escribir una de las páginas más decisivas de su historia futbolística.
🔷 La RFEF retrasa a las 18:45 el Atlético de Madrid–Athletic Club de cuartos de final de la Copa de la Reina, un duelo cargado de memoria, títulos y cuentas pendientes que Teledeporte llevará a toda España.
Existen decisiones que, sobre el papel, apenas alteran el curso del tiempo. Quince minutos. Un cuarto de hora. Un pequeño ajuste en el reloj de la competición. Pero en el fútbol —y especialmente en la Copa de la Reina— el tiempo no es solo una unidad de medida: es relato, es liturgia, es expectativa compartida. Y por eso la Real Federación Española de Fútbol ha comunicado oficialmente al Atlético de Madrid, al Athletic Club y a RTVE que el encuentro correspondiente a los cuartos de final de la Copa de la Reina, que ambos equipos disputarán el próximo miércoles 4 de febrero de 2026, retrasará su inicio de las 18:30 a las 18:45 horas (horario peninsular), una modificación que no altera la esencia del duelo, pero sí refuerza su solemnidad y su puesta en escena para todo el país a través de Teledeporte.
Porque este no es un partido cualquiera. No lo es por los escudos que lo protagonizan, no lo es por la ronda que se disputa, no lo es por la historia que se arrastra ni por la que está a punto de escribirse. Atlético de Madrid y Athletic Club vuelven a cruzarse en una eliminatoria de Copa, ese territorio donde el pasado siempre comparece y donde cada minuto —sea a las seis y media o a las siete menos cuarto — pesa como una losa o vuela como una promesa.
El Atlético de Madrid llega a esta cita con la memoria reciente todavía palpitando. Es el actual subcampeón del torneo, heredero inmediato de una final que rozó la gloria y que confirmó, una vez más, que el conjunto rojiblanco se ha convertido en uno de los grandes actores estructurales de la Copa de la Reina en la última década.
No es una presencia circunstancial ni un invitado ocasional: es un club que sabe ganar finales y que ha levantado el trofeo en dos ocasiones históricas, ambas grabadas a fuego en su identidad.
La primera, en 2016, cuando el Atlético de Madrid conquistó la Copa de la Reina frente al todopoderoso FC Barcelona en Las Rozas, en una final que supuso un golpe sobre la mesa del fútbol femenino español y que confirmó que el proyecto rojiblanco había llegado para competir sin complejos contra cualquiera. La segunda, en 2023, ya en el Estadio Municipal de Butarque (Leganés), en una noche de madurez competitiva, oficio y ambición, en la que el Atlético volvió a tocar metal y a inscribir su nombre entre los campeones eternos del torneo.
Frente a ellas, el Athletic Club comparece con un peso histórico distinto, pero no menos imponente. Porque si hay un club que representa la tradición, la fidelidad a una idea y la persistencia en la élite, ese es el conjunto rojiblanco de Bilbao. Cinco veces campeón de Liga, cinco conquistas del campeonato doméstico bajo distintas denominaciones, la última de ellas en la temporada 2015-2016, cuando la competición aún respondía al nombre de Liga Iberdrola. Cinco títulos que hablan de hegemonía, de continuidad, de generaciones enteras de futbolistas que han sostenido el escudo del Athletic en lo más alto del fútbol femenino español.
Y, sin embargo, hay una espina que sigue clavada. La Copa de la Reina, ese torneo tan caprichoso como simbólico, se le resiste al Athletic Club.
Nunca ha logrado alzarse con el trofeo, pese a haber rozado finales, protagonizado grandes campañas y firmado temporadas memorables. Cada edición es una nueva oportunidad para romper esa barrera invisible, para reconciliar la historia liguera con la gloria copera, para convertir la regularidad en celebración.
No es la primera vez que Atlético de Madrid y Athletic Club se encuentran frente a frente en este escenario. La Copa tiene memoria, y la memoria viaja inevitablemente hasta la temporada 2018-2019, cuando ambos equipos se enfrentaron en esta misma ronda de cuartos de final, en un escenario que impone respeto por sí solo: San Mamés.
Aquella tarde, en La Catedral, el Atlético de Madrid supo interpretar mejor el contexto, manejar los tempos y golpear cuando era necesario, llevándose la eliminatoria por 0-2 y dejando al Athletic a las puertas de un sueño que, una vez más, quedó aplazado.
Ese precedente no decide nada, pero lo impregna todo. Porque en Copa no hay revancha automática ni justicia poética garantizada: hay noventa minutos —ahora noventa minutos que comenzarán a las 18:45— en los que se mezclan la historia, el estado de forma, la gestión emocional y la capacidad de resistir cuando el partido se rompe. Y ahí, tanto Atlético como Athletic saben que cada detalle cuenta.
El ajuste horario comunicado por la RFEF, consensuado con los clubes y con RTVE, refuerza precisamente esa dimensión de gran evento. Quince minutos más tarde, quince minutos más de espera, quince minutos más para que el país se asome a Teledeporte y entienda que lo que está a punto de comenzar no es solo un partido de cuartos de final, sino un cruce de trayectorias, una colisión de relatos, una página más en la historia de la Copa de la Reina.
🗓️ 𝗢𝗧𝗦𝗔𝗜𝗟𝗔
Un mes muy completo y lleno de derbis. Goazen, neskak!
Cuando el balón eche a rodar a las 18:45 del miércoles 4 de febrero de 2026, el reloj ya habrá hecho su parte. El resto quedará en manos de dos equipos que no necesitan presentación, de dos camisetas que pesan, de dos aficiones que saben que en la Copa no hay red. Porque a veces, quince minutos no cambian la historia. Pero otras, simplemente la engrandecen.
El fútbol, cuando se detiene a escucharse a sí mismo, sabe que hay partidos que no se juegan solo con once futbolistas, un árbitro y un balón. Hay mañanas en las que el césped se convierte en un espejo de lo que fue, de lo que se perdió y de lo que todavía puede ser.
Este sábado tenemos una nueva cita liguera en casa contra el Granada ⚽
¡Hazte con tus entradas y no te pierdas el encuentro y las actividades que tenemos preparadas para vosotros, atléticos!
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 27, 2026
El sábado, 31 de enero de 2026, a las 12:00 del mediodía, en Alcalá de Henares, el Atlético de Madrid y el Granada CF se citan en uno de esos encuentros que no se explican solo con la clasificación, ni con la racha, ni siquiera con el estreno de un nuevo entrenador. Se citan en un partido que arranca con un brazalete verde en el brazo y una palabra que atraviesa todo: esperanza.
(Fuente: Liga F Moeve)
Porque la Jornada 18 de la Liga F Moeve no es una jornada cualquiera. Es una jornada teñida de verde, un color que no pertenece a ningún escudo pero que representa a todas. Las futbolistas, los cuerpos técnicos y las árbitras portarán los Brazaletes de Esperanza bajo el lema “El símbolo que nos une”, un gesto que trasciende lo deportivo y convierte cada carrera, cada duelo y cada celebración en un acto de visibilidad, de acompañamiento, de conciencia colectiva. En un deporte que ha aprendido a ser altavoz, la Liga F vuelve a recordarse —y recordarnos— que el fútbol también puede abrazar.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 30, 2026
Y en ese contexto, con ese marco emocional que envuelve el fin de semana, aparece un duelo rojiblanco que parece escrito para el relato largo. Atlético de Madrid contra Granada C.F.
(Fuente: Liga F Moeve)
Dos equipos que visten de rojo y blanco, dos caminos que se cruzaron la temporada pasada en la lucha por la Champions, dos estados de ánimo opuestos y, sin embargo, complementarios. Uno, buscando reencontrarse consigo mismo. El otro, cabalgando un inicio de año que ha borrado los fantasmas del otoño.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 25, 2026
El Atlético de Madrid llega a la cita en la quinta posición de la Liga F Moeve con 27 puntos, a diez de la zona Champions, una distancia que no es solo numérica, sino también simbólica. Diez puntos son diez latidos de diferencia entre el recuerdo de lo que este equipo fue y la incógnita de lo que puede volver a ser.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 26, 2026
La derrota en la semifinal de la Supercopa de España ante el Real Madrid (3-1) dejó cicatriz. El inesperado tropiezo en casa frente al Espanyol (0-1) profundizó la herida. Y, como consecuencia, el club decidió mover el timón con la salida de Víctor Martín Alba, ex del Madrid CFF.
José Herrera se estrena en el banquillo colchonero. Lo hace sin red, sin tiempo y sin margen para el ensayo. Lo hace sabiendo que cada decisión será observada con lupa, que cada cambio será leído como un manifiesto y que cada victoria —o cada tropiezo— será interpretado como una pista del futuro. Herrera, ex preparador del Costa Adeje Tenerife Egatesa, aterriza en uno de los banquillos con más peso simbólico del fútbol femenino español, el del campeón de la Supercopa de España 2021, un club que no concibe la irrelevancia y que convive mal con la espera.
Ven al #AtletiGranada y participa en el sorteo exclusivo para viajar con nuestro equipo en la @UWCL 💪
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 29, 2026
No podrá contar con Gio Queiroz, baja sensible en el frente ofensivo, pero sí podría empezar a escribir la historia de Kathrine Møller Kühl, la centrocampista danesa que asoma como una de esas futbolistas llamadas a ordenar el caos, a poner pausa donde hubo prisa y a darle sentido a la posesión.
Sus primeros minutos con la camiseta rojiblanca podrían llegar en un partido que exige cabeza fría y piernas calientes.
Enfrente, el Granada es el equipo que ha hecho del cambio de año una declaración de intenciones. El equipo que se marchó al parón navideño herido, eliminado de la Copa de la Reina por la mínima ante el FC Badalona Women y con una sola victoria en sus últimos diez partidos ligueros. El equipo que necesitaba resetear y lo hizo. Año nuevo, vida nueva. No como lema vacío, sino como convicción.
Las de Irene Ferreras han arrancado 2026 como un tiro. Tres partidos, tres victorias, cero goles encajados. Espanyol (0-2), DUX Logroño (1-0), Alhama CF ElPozo (2-0). Nombres distintos, contextos distintos, mismo resultado.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 30, 2026
El Granada es, junto al Fútbol Club Barcelona , el único equipo que ha ganado todos sus partidos de Liga F Moeve en este nuevo año. Pero, a diferencia del gigante azulgrana, las nazaríes lo han hecho desde la contención, desde el orden, desde una solidez que no siempre se refleja en titulares ruidosos, pero que construye equipos duraderos.
Chika Hirao y Laura Sánchez han levantado un muro invisible en la portería. Dos guardametas, dos estilos, una misma consecuencia: el cerrojo echado. Cinco paradas en dos partidos para Laura. Seguridad quirúrgica para Chika. El Granada no solo gana, sino que convence desde atrás hacia delante. Y eso, en una liga cada vez más exigente, es una señal inequívoca de crecimiento.
Con esos nueve puntos, el conjunto nazarí ha escalado hasta la décima posición con 22 puntos, dieciséis por encima del descenso. Una tranquilidad que permite mirar al futuro con ambición y al presente con descaro. Porque lo que busca el Granada en Alcalá de Henares no es sobrevivir.
Es hacer historia. Una cuarta victoria consecutiva en Primera División sería un récord para el club. Un golpe sobre la mesa. Una confirmación de que lo de enero no es casualidad, sino causalidad.
“Tenemos la ilusión de tener un partido muy bonito y exigente por delante”, afirmó Irene Ferreras en la previa. La frase, medida y serena, esconde la determinación de quien sabe que su equipo llega en el mejor momento emocional de la temporada. Todas las jugadoras estarán disponibles. No hay excusas. No hay parches. Hay once futbolistas dispuestas a competir de tú a tú contra un gigante herido.
Los precedentes, sin embargo, sonríen al Atlético. Ocho victorias, un empate y una sola derrota en los diez enfrentamientos de élite entre ambos conjuntos.
A comienzos de curso, las colchoneras se impusieron con contundencia en la primera vuelta (0-4), con doblete de Fiamma Benítez y goles de Vilde Bøe Risa y Synne Jensen.
También se cruzaron el año pasado en las semifinales de la Copa de la Reina, donde el Atlético se llevó el pase con un global de 5-2 tras ganar 0-2 y 3-2. Y en aquella Liga F Moeve, ambos equipos caminaron juntos durante meses en la pelea por la tercera plaza que daba acceso a la Champions, una batalla que finalmente cayó del lado madrileño, dejando al Granada quinto, solo por detrás del Athletic Club.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 26, 2026
Pero el fútbol vive poco del ayer y mucho del ahora. Y el ahora dice que el Atlético necesita ganar. Necesita volver a reconocerse. Necesita dejar atrás una racha que le ha hecho olvidar la sensación de victoria, una sensación que no experimenta en partido oficial desde el 20 de noviembre de 2025, cuando asaltó Enschede para vencer al Twente en la Liga de Campeones. Desde entonces, el tiempo se ha vuelto espeso en Alcalá.
Por eso, este partido es más que tres puntos. Es el inicio de una narrativa. Es la primera página del libro de José Herrera.
Es el momento de abrir el sobre, como en esos cromos de la Liga F Moeve 2025-2026 que ahora están de moda, y descubrir si dentro hay una victoria, una señal, una promesa.
El CTA de la RFEF ha designado a la colegiada catalana Ylenia Sánchez Miguel para impartir justicia. Una árbitra que tendrá que gestionar no solo un partido intenso, sino un duelo cargado de emociones, con dos equipos que saben competir y que no regalan ni un centímetro.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 29, 2026
Mientras tanto, en la clasificación, el Atlético es cuarto —o quinto, dependiendo del arrastre de la jornada— con 27 puntos y mira de reojo a la Real Sociedad, tercera, y al Costa Adeje Tenerife, cuarto, sabiendo que el margen es mínimo y el error, fatal.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 27, 2026
El Granada, décimo, juega con la libertad de quien ya ha hecho los deberes, pero no se conforma con el aprobado.
Y así, con el verde de la esperanza en el brazo, con el rojo y blanco en el pecho y con enero pidiendo relatos nuevos, Atlético de Madrid y Granada CF se preparan para un partido que no promete fuegos artificiales, pero sí verdad. Un partido que no se grita antes de jugarse, pero que se recuerda si se gana. Un partido que empieza a las 12:00 horario peninsular, pero que puede marcar todo un año.
Porque hay mañanas en las que el fútbol no se juega para ganar. Se juega para volver a creer.
(Fuente: Liga F Moeve)
🔜 NEXT GAME
🏆 Liga F Moeve
😍 Temporada 2025-2026
🤝 Decimoctava jornada
🔥 Club Atlético de Madrid 🆚 Granada Club de Fútbol 🔥
⬛️ Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.
Virginia Torrecilla Reyes (Cala Millor, Mallorca; 4 de septiembre de 1994) es una futbolista española que se ha convertido en unaa referente después de superar un tumor cerebral cuando militaba en el Atlético de Madrid.
Hay entrevistas que no se conceden para promocionar nada, que no responden a una estrategia de imagen ni a un calendario deportivo, y que no buscan el titular fácil. Hay entrevistas que suceden porque el tiempo ha pasado, porque el dolor ha sedimentado y porque la persona que se sienta frente a la cámara ya no necesita protegerse. La conversación entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito pertenece a esa categoría infrecuente: la de los testimonios que no se interpretan, se escuchan. Durante algo más de una hora de charla serena, sin prisas ni artificios, Torrecilla reconstruyó su vida desde el origen, desde la infancia, desde los silencios incómodos, desde la enfermedad y desde el fútbol entendido no como espectáculo, sino como espacio de resistencia. Lo hizo con una naturalidad que desarma y con una honestidad que obliga a detenerse.
Virginia Torrecilla no es solo una exfutbolista internacional, ni una campeona, ni un nombre propio del crecimiento del fútbol femenino español. Es, sobre todo, una mujer que ha atravesado prácticamente todos los límites que este deporte —y esta sociedad— le han impuesto a las mujeres que se atreven a ocupar un espacio que no estaba pensado para ellas. Su relato en El Cafelito no es lineal ni complaciente. No construye un cuento de hadas ni una épica artificial. Es la suma de escenas reales, a veces incómodas, a veces durísimas, que explican por qué su figura se ha convertido en un referente que va mucho más allá del césped.
Desde los primeros minutos de la entrevista, Torrecilla sitúa el foco en la infancia, en ese territorio donde se forman las vocaciones y también las heridas. Cuenta cómo empezó a jugar al fútbol siendo una niña en Mallorca, en equipos de chicos, cuando todavía no existían estructuras estables para el fútbol femenino y cuando el simple hecho de querer jugar ya suponía un desafío social. Relata con crudeza situaciones que hoy resultarían inaceptables pero que entonces eran cotidianas: vestuarios improvisados, miradas invasivas, burlas, interrupciones deliberadas de su intimidad mientras se cambiaba o se duchaba. No lo hace desde el rencor, sino desde la constatación de una realidad que durante años fue normalizada. Aquellas experiencias no aparecen como anécdotas aisladas, sino como el contexto permanente en el que muchas niñas crecieron jugando al fútbol en España.
Uno de los momentos más reveladores del relato llega cuando explica el papel de su familia. Su madre, cómplice silenciosa, fue quien la apuntó a fútbol incluso cuando no estaba bien visto; su padre, inicialmente reticente, terminó convirtiéndose en su principal escudo, llegando a plantarse literalmente en la puerta del vestuario para evitar que nadie entrara. Ese gesto, aparentemente simple, adquiere en su narración un valor simbólico enorme: el de la protección que muchas veces el propio sistema no ofrecía. Torrecilla no idealiza a su entorno, pero reconoce que sin ese apoyo habría sido imposible sostener la vocación.
La entrevista avanza y el relato se vuelve más áspero cuando recuerda episodios vividos ya en la adolescencia, entrenando y compitiendo en contextos donde la desigualdad no era solo estructural, sino también cultural. Habla de situaciones de falta de respeto normalizadas, de comentarios, de gestos que hoy se identificarían claramente como conductas inapropiadas y que entonces quedaban diluidas en el silencio colectivo.
En uno de los pasajes más impactantes, recuerda cómo una acción inapropiada de un compañero fue recibida con risas, incluso por parte del entrenador, dejando claro hasta qué punto ciertas conductas estaban integradas en el paisaje cotidiano del fútbol base. No hay dramatización en su tono, pero sí una firme voluntad de dejar constancia.
Josep Pedrerol, lejos del personaje televisivo al que muchos asocian su figura, adopta aquí un rol contenido, casi invisible. Pregunta lo justo, acompaña el relato y permite que los silencios respiren. El Cafelito se confirma así como un formato pensado para escuchar, no para confrontar. La entrevista no busca el conflicto, sino la comprensión. Y eso permite que Torrecilla avance hacia otros capítulos de su vida sin necesidad de subrayados.
El fútbol profesional aparece entonces como una mezcla de sueño cumplido y realidad precaria. Torrecilla recuerda etapas en las que, pese a competir al máximo nivel, tuvo que trabajar fuera del fútbol para poder sostenerse económicamente. Habla sin victimismo de los momentos en los que llegó a cansarse, a pensar en dejarlo, a sentir que el esfuerzo no tenía correspondencia. En uno de los pasajes más luminosos del relato, recuerda cómo, mientras trabajaba como camarera, recibió una llamada que reactivó su carrera y su ilusión. Ese momento, contado sin épica impostada, funciona como metáfora de toda una generación de futbolistas que vivieron en la frontera entre la vocación y la supervivencia.
La selección española, los grandes clubes, los títulos y los estadios aparecen en la conversación, pero nunca ocupan el centro. Torrecilla no construye su identidad desde el palmarés, sino desde el proceso. Cuando habla del Atlético de Madrid, lo hace desde el agradecimiento humano, especialmente en relación con el momento más decisivo de su vida: la enfermedad. El diagnóstico de un tumor cerebral en 2020 marcó un antes y un después no solo en su carrera, sino en su forma de entenderlo todo. En El Cafelito, Torrecilla recuerda ese periodo con una serenidad que solo llega después de haber atravesado el miedo. Habla del desconocimiento inicial, del impacto de la palabra “quimioterapia”, del deterioro físico, de la pérdida de peso, del hospital como espacio compartido con otras personas cuyas historias no siempre tuvieron un final feliz.
Cuando afirma que el Atlético “le salvó la vida”, no lo hace como una consigna emocional, sino como una constatación de un acompañamiento médico y humano que fue determinante. En ese punto, la entrevista alcanza una densidad que trasciende el deporte. Torrecilla no habla solo de fútbol, habla de cuidados, de estructuras, de lo que significa no estar sola cuando el cuerpo falla. La conversación se vuelve entonces universal, reconocible para cualquiera que haya atravesado una enfermedad grave.
A lo largo de toda la entrevista hay una idea que se repite sin necesidad de ser formulada explícitamente: la de la dignidad. Dignidad para jugar cuando no había medios. Dignidad para resistir cuando no había respeto. Dignidad para volver cuando el cuerpo parecía decir basta. Torrecilla no se presenta como una heroína, pero su relato construye una épica real, hecha de pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.
El cierre de la conversación no busca conclusiones grandilocuentes. No hay moraleja explícita ni discurso final. Hay, simplemente, la sensación de haber asistido a un testimonio necesario. En un contexto mediático donde el fútbol femenino todavía lucha por espacios de visibilidad que no estén condicionados por la comparación constante, entrevistas como esta funcionan como documentos de época. Explican de dónde se viene y, por contraste, permiten entender mejor hacia dónde se va.
La charla entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol en El Cafelito no es importante solo por quien la protagoniza, sino por lo que representa. Es la voz de una generación que jugó cuando no tocaba, que resistió cuando no era rentable y que ahora, por fin, puede contar su historia sin pedir permiso. No es una entrevista para el consumo rápido ni para el titular viral.
Es un relato largo, incómodo por momentos, profundamente humano, que deja una certeza difícil de discutir: el fútbol femenino en España no se entiende sin mujeres como Virginia Torrecilla, y la historia de Virginia Torrecilla no se entiende sin haber atravesado todo lo que contó, sin filtros, frente a una cámara y un café.
Hay algo especialmente significativo en la forma en que Virginia Torrecilla habla del tiempo. No lo divide en etapas estancas ni en hitos cerrados, sino que lo entiende como una línea continua en la que todo se conecta. En la entrevista con Josep Pedrerol no hay saltos bruscos ni cambios de registro impostados: la niña que se cambiaba sola en un vestuario improvisado es la misma mujer que hoy habla con serenidad sobre la enfermedad, la precariedad, la fama relativa y el lugar que ocupa en la historia del fútbol femenino español. Esa coherencia vital es, quizá, uno de los elementos que más fuerza le da a su testimonio.
Cuando Torrecilla recuerda su paso por clubes históricos como el FC Barcelona o el Atlético de Madrid, lo hace desde una perspectiva que huye del triunfalismo. No hay en su discurso una idealización del alto nivel, sino una descripción honesta de lo que significaba formar parte de estructuras que todavía estaban en construcción. Habla del orgullo de vestir determinadas camisetas, pero también de las carencias, de los viajes, de las condiciones de entrenamiento, de la distancia abismal que separaba el fútbol femenino del masculino incluso dentro de las mismas entidades. Lo cuenta sin acritud, como quien asume que su generación fue, en muchos sentidos, una generación de transición.
Esa idea aparece de forma recurrente a lo largo de la conversación: la conciencia de haber llegado “antes de tiempo”. Antes de los grandes contratos, antes de la profesionalización real, antes de la visibilidad sostenida. Torrecilla no se coloca en el centro del relato como víctima, pero tampoco se diluye en un discurso complaciente. Reconoce que muchas de las cosas que hoy se celebran —estadios llenos, retransmisiones regulares, atención mediática— no habrían sido posibles sin años de insistencia silenciosa, sin jugadoras que aceptaron condiciones muy lejos de la élite mientras sostenían el nivel competitivo con una exigencia máxima.
En ese punto, la entrevista adquiere un valor casi documental. No se trata solo de la historia de una futbolista concreta, sino del relato coral de una época. Torrecilla pone palabras a lo que durante años fue invisible: la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la falta de estabilidad, la incertidumbre permanente. Cuando recuerda que hubo momentos en los que estuvo a punto de dejarlo, no lo hace como confesión dramática, sino como algo lógico, casi inevitable. El desgaste no era solo físico, era emocional y mental. Y aun así, siguió.
La enfermedad aparece en la conversación no como un punto final, sino como un giro radical. El diagnóstico del tumor cerebral en 2020 irrumpe en su vida cuando todavía estaba compitiendo al máximo nivel. Torrecilla describe ese momento sin recrearse en el impacto inicial, pero dejando claro que nada vuelve a ser igual a partir de ahí. El cuerpo, que hasta entonces había sido herramienta de trabajo, pasa a convertirse en un territorio incierto. La jugadora habla del miedo, de la confusión, de la dureza de los tratamientos, de la quimioterapia y la radioterapia, de la pérdida de peso, de la fragilidad. Y lo hace con una claridad que no busca conmover, sino explicar.
En ese tramo de la entrevista, Pedrerol apenas interrumpe. Deja que el relato fluya, consciente de que lo que se está diciendo trasciende cualquier formato televisivo. Torrecilla menciona a las personas que se cruzó en los hospitales, algunas de las cuales no sobrevivieron. No hay grandes discursos, solo una constatación serena de la injusticia y del azar. Ese contraste entre la vida de élite y la vulnerabilidad absoluta es uno de los ejes más poderosos de la conversación.
Cuando habla del Atlético de Madrid como un sostén vital, no lo hace desde la retórica institucional. Habla de médicos, de acompañamiento, de sentirse cuidada en un momento en el que todo podía derrumbarse. En ese sentido, su frase más citada —“el Atlético me salvó la vida”— adquiere un significado literal, no metafórico. No se refiere a una oportunidad deportiva, sino a un entorno que respondió cuando más lo necesitaba.
La recuperación no se presenta como un camino recto ni como un relato de superación edulcorado. Torrecilla explica que hubo días malos, retrocesos, cansancio extremo, dudas. La vuelta al fútbol, más que un objetivo, fue una consecuencia de ir recuperando la confianza en su propio cuerpo. En El Cafelito no hay promesas de final feliz ni mensajes motivacionales prefabricados. Hay, simplemente, una mujer contando cómo aprendió a vivir de otra manera.
A lo largo de la entrevista se percibe claramente que Torrecilla ya no habla desde la urgencia de demostrar nada. No necesita reivindicar su carrera ni justificar decisiones. Su tono es el de alguien que ha hecho las paces con su historia. Cuando menciona su retirada, lo hace sin dramatismo. El fútbol fue su vida durante muchos años, pero no es lo único que la define. Esa idea, que podría parecer simple, adquiere un peso enorme viniendo de alguien que lo dio todo por jugar.
El valor simbólico de esta entrevista reside también en el momento en el que se produce. El fútbol femenino español vive una etapa de visibilidad sin precedentes, pero también de tensiones, debates y ajustes estructurales. Escuchar a una figura como Virginia Torrecilla hablar desde la experiencia larga, desde el pasado reciente que no conviene olvidar, funciona como un ejercicio de memoria colectiva. Su relato no compite con el presente; lo explica.
No hay en sus palabras reproches directos ni cuentas pendientes. Hay, eso sí, una invitación implícita a no perder de vista de dónde se viene. A entender que los avances no son espontáneos ni garantizados. A reconocer que muchas de las mejoras actuales se sostienen sobre historias como la suya, construidas en silencio y con una resiliencia que pocas veces fue reconocida en su momento.
La conversación con Josep Pedrerol se cierra sin grandes fuegos artificiales. No hay frase final diseñada para viralizarse. Hay una sensación de calma, de verdad dicha sin urgencia. Y eso, en el ecosistema mediático actual, es casi revolucionario. El Cafelito se confirma así como un espacio donde el deporte puede ser contado de otra manera, y Virginia Torrecilla deja una huella que va más allá de cualquier estadística.
Cuando termina la entrevista, queda la impresión de haber asistido a algo más que una charla televisiva. Es el testimonio de una mujer que jugó cuando no había foco, que enfermó cuando estaba en la cima, que volvió cuando nadie lo esperaba y que ahora habla sin necesidad de subrayarse. Su historia no necesita adornos porque ya es, en sí misma, profundamente épica. No por los títulos ganados, sino por todo lo que tuvo que atravesar para poder contarlo.
Hay una dimensión de la entrevista que se impone con el paso de los minutos y que no necesita ser explicitada: la de la responsabilidad involuntaria de quien se convierte en referente. Virginia Torrecilla nunca afirma que quiera ser ejemplo de nada, pero su forma de contar su historia termina ocupando ese lugar. No por voluntad discursiva, sino por acumulación de vivencias. En El Cafelito, su relato funciona como un espejo en el que se reflejan muchas trayectorias del fútbol femenino español, especialmente las de aquellas jugadoras que crecieron cuando todavía no existía un camino marcado.
Cuando habla de las generaciones más jóvenes, no lo hace desde la nostalgia ni desde el reproche. No hay en sus palabras una comparación directa ni una reivindicación explícita del “nosotras lo pasamos peor”. Lo que aparece es algo más sutil: la conciencia de que el presente es distinto porque el pasado fue difícil. Torrecilla no reclama reconocimiento retroactivo; simplemente deja constancia de una realidad que durante años fue ignorada. Su testimonio adquiere así un valor pedagógico sin proponérselo.
La entrevista también deja entrever una reflexión profunda sobre la identidad. Durante muchos años, Virginia Torrecilla fue, ante todo, futbolista. Su vida giraba en torno al entrenamiento, la competición, el vestuario, el calendario. La enfermedad rompió esa estructura de golpe. En la conversación con Pedrerol se percibe cómo ese quiebre obligó a reconstruirse desde otro lugar. Habla de aprender a parar, de aceptar la vulnerabilidad, de entender que el valor personal no depende del rendimiento. Son ideas que no se desarrollan como discurso teórico, sino que emergen de la experiencia vivida.
Hay momentos en los que el silencio pesa tanto como las palabras. Cuando Torrecilla recuerda a personas que conoció durante el tratamiento y que no sobrevivieron, la entrevista se detiene en una pausa que no necesita explicación. Es uno de esos instantes en los que el espectador entiende que el deporte, incluso en su versión más épica, queda en segundo plano frente a la fragilidad humana. Esa honestidad, sin sentimentalismo, es una de las claves que convierten la entrevista en algo excepcional.
En paralelo, la figura de Josep Pedrerol adquiere un matiz distinto al habitual. Lejos del ritmo frenético y la confrontación que caracterizan otros formatos, aquí actúa como facilitador del relato. No busca titulares, no interrumpe con opiniones, no compite por el protagonismo. Esa elección editorial no es menor. Permite que la historia se despliegue con naturalidad y que el foco permanezca siempre en quien tiene algo que contar. En un ecosistema mediático dominado por la urgencia y el ruido, esa contención resulta casi anacrónica, y precisamente por eso tan efectiva.
A medida que la entrevista avanza, se hace evidente que Torrecilla no habla desde la herida abierta, sino desde la cicatriz. No hay resentimiento, pero tampoco olvido. La serenidad con la que expone situaciones duras no implica que hayan dejado de doler, sino que han sido integradas. Esa diferencia es fundamental para entender el tono de toda la conversación. No es una catarsis, es una narración consciente.
Cuando se refiere a su libro y a la decisión de contar su historia por escrito, se intuye el mismo impulso: ordenar la experiencia, darle sentido, compartirla sin convertirla en espectáculo. Torrecilla no se presenta como una superviviente excepcional, sino como alguien que tuvo miedo, que sufrió y que contó con apoyos determinantes. Esa normalización del proceso, lejos de restarle fuerza, lo hace más cercano y más real.
El fútbol vuelve a aparecer hacia el final de la entrevista como lo que siempre fue para ella: un lugar de pertenencia. No idealizado, no perfecto, pero profundamente significativo. Habla de lo que le dio y de lo que le quitó, sin establecer una balanza definitiva. El deporte no es el villano ni el salvador absoluto de su historia; es el escenario en el que se desarrolló. Esa mirada madura, sin extremos, contrasta con muchos relatos habituales en torno a las carreras deportivas.
En ese sentido, la conversación funciona también como un cierre simbólico. No un punto final, sino una especie de síntesis vital. Torrecilla no necesita anunciar nuevos proyectos ni marcar un siguiente objetivo. Su presencia en El Cafelito no responde a una campaña ni a un retorno. Es, simplemente, el momento en el que decide contar lo vivido con la distancia suficiente para que las palabras no quemen.
La recepción mediática de la entrevista confirma su impacto. Fragmentos de sus declaraciones se replican en distintos medios, especialmente aquellos relacionados con su infancia, la discriminación y la enfermedad. Pero reducir la conversación a titulares aislados sería injusto. La fuerza del encuentro reside precisamente en su continuidad, en cómo cada parte del relato se apoya en la anterior y construye una imagen completa, compleja, humana.
Lo que queda después de escucharla no es una sensación de tristeza, sino de respeto. Respeto por una trayectoria que no fue lineal, por una carrera que se sostuvo contra muchas inercias y por una persona que eligió hablar cuando ya no tenía nada que demostrar. En ese gesto hay una generosidad poco habitual: la de compartir la experiencia no para obtener algo a cambio, sino para que otros entiendan.
La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol se inscribe así en una tradición muy concreta del periodismo deportivo: la de las conversaciones que sobreviven al contexto inmediato. No depende de un resultado, de una polémica ni de una actualidad concreta. Puede leerse, verse o escucharse dentro de años y seguirá teniendo sentido, porque habla de cuestiones que no caducan: el derecho a ocupar espacios, la dignidad frente a la adversidad, la construcción de la identidad y la necesidad de ser escuchada.
Torrecilla no levanta la voz, no reclama, no acusa. Simplemente cuenta. Y en ese acto, aparentemente sencillo, hay una potencia enorme. Porque contar la verdad, cuando se ha vivido tanto, es ya una forma de valentía. Y porque su historia, sin adornos ni exageraciones, explica mejor que muchos discursos por qué el fútbol femenino es hoy lo que es, y por qué no se puede entender su presente sin mirar de frente a su pasado.
Hay algo que se revela con especial claridad conforme el relato de Virginia Torrecilla avanza y se expande: su historia no necesita ser dramatizada porque ya contiene, en sí misma, todos los elementos de una tragedia clásica y de una épica moderna. Vocación temprana, oposición social, perseverancia, caída abrupta, reconstrucción y una forma de regreso que no pasa necesariamente por el lugar del que se partió. En El Cafelito, Torrecilla no se coloca nunca en el centro del escenario como heroína, pero su forma de narrarse termina ocupando ese espacio inevitablemente.
Cuando habla del fútbol femenino actual, lo hace desde una posición que no es ni de distancia ni de pertenencia absoluta. Ya no es jugadora en activo, pero tampoco se ha desvinculado emocionalmente del todo. Observa el presente con una mezcla de orgullo y cautela. Orgullo por lo conseguido, por los avances evidentes, por la normalización progresiva de algo que durante décadas fue excepcional. Cautela porque sabe, por experiencia propia, que los procesos no son irreversibles y que las conquistas necesitan ser protegidas.
Esa mirada larga es una de las aportaciones más valiosas de la entrevista. Torrecilla no analiza el fútbol femenino desde la teoría ni desde el debate político, sino desde la vivencia acumulada. Cuando recuerda cómo era competir sin focos, sin cámaras, sin contratos profesionales, no lo hace para reclamar un reconocimiento tardío, sino para contextualizar. Su relato funciona como una advertencia tranquila: nada de lo que hoy se disfruta fue gratuito.
Hay un momento especialmente revelador cuando deja entrever que durante años interiorizó muchas situaciones como normales. No porque lo fueran, sino porque no existían herramientas para nombrarlas. Ese reconocimiento, formulado sin dramatismo, es clave para entender toda una época. La entrevista no convierte a Torrecilla en portavoz oficial de nada, pero sí la sitúa como testigo cualificado de un sistema que durante demasiado tiempo funcionó sin cuestionarse a sí mismo.
La conversación también aborda, de manera indirecta, la relación entre el cuerpo y el rendimiento. En el deporte de alto nivel, el cuerpo suele ser tratado como instrumento, como recurso que se exprime hasta el límite. La enfermedad obligó a Torrecilla a mirar su propio cuerpo desde otro lugar, a escucharlo, a aceptar su fragilidad. Esa transformación aparece en la entrevista como uno de los aprendizajes más profundos. Ya no se trata de cuánto puede rendir, sino de cómo habitarlo sin violencia.
En ese sentido, su testimonio dialoga con una conversación más amplia que atraviesa el deporte contemporáneo: la del cuidado, la salud mental, el equilibrio. Torrecilla no utiliza esos términos como consignas, pero los encarna. Habla de parar, de aceptar límites, de redefinir prioridades. Lo hace desde la experiencia, no desde el discurso aprendido.
El tono de la entrevista nunca cae en la autocompasión. Incluso cuando aborda los momentos más duros, hay una sobriedad que resulta casi pedagógica. No hay lágrimas forzadas ni silencios teatrales. Hay una voz firme que sabe lo que ha vivido y que no necesita adornarlo. Esa contención emocional es, paradójicamente, lo que hace que el relato impacte con más fuerza.
A lo largo de la conversación, Torrecilla demuestra una capacidad poco común para mirar atrás sin quedarse atrapada en el pasado. No reniega de lo vivido, pero tampoco se define exclusivamente por ello. Su identidad se construye desde la integración de todas esas experiencias, no desde su superación simbólica. No hay un “antes y después” tajante, sino una continuidad transformada.
El espectador que se acerca a El Cafelito esperando una entrevista deportiva convencional se encuentra con algo distinto.
No hay análisis tácticos ni debates sobre resultados. Hay una reflexión profunda sobre lo que significa dedicarse a un deporte que durante años no devolvía lo que exigía. Y hay, sobre todo, una reivindicación implícita del derecho a contar la propia historia con los propios tiempos.
En el tramo final de la charla, Torrecilla no proyecta grandes discursos hacia el futuro. No anuncia cruzadas ni se coloca como referente militante. Su posición es más sutil y, por eso mismo, más poderosa. Habla desde la coherencia personal, desde la tranquilidad de haber hecho lo que podía con las herramientas que tenía en cada momento. Esa honestidad, tan poco frecuente en los relatos públicos, es uno de los grandes logros de la entrevista.
Cuando termina la conversación, no queda la sensación de haber asistido a una despedida, sino a una especie de asentamiento. Como si Torrecilla hubiera encontrado el lugar desde el que mirar todo lo vivido sin que le pese. Ese equilibrio no se alcanza sin atravesar muchas capas de dolor, y eso se percibe en cada una de sus palabras.
La entrevista con Josep Pedrerol no intenta cerrar nada de forma definitiva. No clausura una carrera ni inaugura otra. Simplemente fija un punto en el tiempo desde el que se puede comprender mejor una trayectoria y, por extensión, una parte fundamental de la historia reciente del fútbol femenino español. Su valor reside precisamente en esa condición de documento vivo.
Virginia Torrecilla no habla para convencer, ni para denunciar, ni para emocionar deliberadamente. Habla porque puede hacerlo, porque ha llegado a un lugar desde el que las palabras no son urgentes ni defensivas. Y en ese gesto hay una fuerza que trasciende cualquier formato televisivo.
Conforme el relato se prolonga y se asienta, resulta inevitable entender la entrevista como algo más que un testimonio individual. La conversación va dibujando, sin proponérselo explícitamente, un mapa emocional de una época concreta del deporte español. No porque Torrecilla hable en nombre de todas, sino porque su experiencia coincide en demasiados puntos con la de muchas otras futbolistas que crecieron y compitieron cuando el fútbol femenino era todavía un territorio sin normas claras, sin protección institucional y sin una narrativa pública que lo legitimara.
En El Cafelito, Torrecilla no teoriza sobre desigualdad ni articula discursos políticos, pero su relato expone con precisión quirúrgica las consecuencias de esa desigualdad. Las situaciones que describe —la soledad en los vestuarios, la normalización del irrespeto, la necesidad de trabajar fuera del fútbol, la fragilidad contractual— aparecen como hechos asumidos, no como excepciones. Y es precisamente esa naturalidad la que les da gravedad. Porque lo que se cuenta no es una anomalía, sino una estructura.
A lo largo de la entrevista se percibe que Torrecilla ha hecho un ejercicio profundo de comprensión de su propia historia. No hay contradicciones forzadas ni revisiones oportunistas. Lo que dice hoy encaja con lo que ha dicho en otros momentos, pero con una diferencia clave: ahora habla sin prisa. Esa falta de urgencia le permite detenerse en matices que antes quizá no eran visibles, incluso para ella misma. Hay una madurez narrativa que solo llega cuando el tiempo ha hecho su trabajo.
El fútbol, en su relato, aparece muchas veces como refugio y otras tantas como espacio de tensión. Fue el lugar donde se sintió libre y también donde tuvo que soportar situaciones que hoy serían inaceptables. Esa ambivalencia no se resuelve; se acepta. Torrecilla no necesita reconciliarse con una versión ideal del deporte. Asume su complejidad, sus luces y sus sombras, y desde ahí construye una relación más sana con lo que fue su vida durante tantos años.
Uno de los aspectos más poderosos de la entrevista es la manera en que Torrecilla habla del miedo. No solo del miedo a la enfermedad, sino del miedo anterior: el miedo a no encajar, a no ser aceptada, a no tener futuro. Es un miedo silencioso, persistente, que acompañó su carrera mucho antes del diagnóstico médico. Al ponerlo en palabras, sin dramatismo, lo convierte en una experiencia compartible, reconocible para muchas personas que han tenido que abrirse camino en entornos que no estaban pensados para ellas.
La enfermedad, paradójicamente, aparece como el punto que detiene esa huida constante hacia adelante. El cuerpo dice basta y obliga a mirar de frente lo esencial.
Torrecilla habla de ese momento como un corte radical, pero no como una ruptura con su identidad. El fútbol no desaparece, pero deja de ocupar todo el espacio. En El Cafelito, esa transformación se percibe como uno de los aprendizajes más profundos de su vida, incluso más que cualquier logro deportivo.
Hay una honestidad notable cuando reconoce que no siempre fue fuerte, que hubo miedo, cansancio, fragilidad. En un mundo deportivo que glorifica la resistencia sin fisuras, escuchar a alguien hablar así tiene un valor especial. No hay épica del sufrimiento, sino reconocimiento de la vulnerabilidad como parte inevitable de la experiencia humana. Esa perspectiva no resta grandeza a su historia; la amplía.
La entrevista también deja claro que Torrecilla no busca controlar cómo será recordada. No insiste en fijar un legado ni en definir su lugar en la historia. Esa renuncia a la autopromoción es, en sí misma, una forma de coherencia. Su historia queda ahí, disponible, sin instrucciones de uso. Cada cual puede leerla desde su propia experiencia.
El papel de Pedrerol, en este punto, vuelve a ser relevante por lo que no hace. No intenta conducir el relato hacia una conclusión cerrada, no resume, no interpreta por ella. Permite que la conversación se apague de forma natural, como se apagan las charlas importantes: sin una frase final perfecta, pero con la sensación de que algo ha quedado claro.
Y lo que queda claro, cuando la entrevista termina, es que Virginia Torrecilla representa una forma de entender el deporte que no siempre tiene espacio en los focos. Una forma basada en la perseverancia silenciosa, en la dignidad cotidiana, en la capacidad de resistir sin convertirse en estatua. Su historia no necesita ser mitificada porque ya es significativa tal y como es.
La conversación en El Cafelito no pretende cambiar nada de forma inmediata, pero deja una huella profunda. Funciona como un recordatorio de que el deporte no se construye solo con victorias, sino con trayectorias. Que detrás de cada avance hay historias largas, complejas, a menudo incómodas. Y que escucharlas es una forma de justicia.
Virginia Torrecilla no se despide del fútbol en esta entrevista, pero tampoco se aferra a él. Habla desde un lugar de equilibrio poco común, desde una serenidad conquistada. Esa posición le permite mirar atrás sin nostalgia tóxica y mirar adelante sin ansiedad. Es, quizás, el mayor triunfo de su recorrido.
La épica de esta entrevista no está en el tono ni en la puesta en escena. Está en la acumulación de verdad. En la coherencia entre lo vivido y lo contado. En la valentía tranquila de quien decide hablar cuando ya no necesita demostrar nada.
Y por eso esta conversación permanece. Porque no grita, no exagera, no dramatiza. Simplemente existe. Y en esa existencia, tan humana y tan real, explica mejor que muchos discursos qué ha sido, qué es y qué puede llegar a ser el fútbol femenino contado desde dentro.
Cuando la cámara se apaga y el café se enfría, lo que permanece no es una frase brillante ni un titular diseñado para circular rápido, sino la sensación de haber escuchado algo que necesitaba tiempo para ser dicho. La entrevista entre Virginia Torrecilla y Josep Pedrerol no deja una consigna ni una conclusión cerrada; deja un poso. El de una vida atravesada por el fútbol, por la desigualdad, por la enfermedad y por una reconstrucción que no busca aplauso. Torrecilla no se erige en símbolo por voluntad propia, pero termina siéndolo porque su historia condensa muchas otras que durante años no tuvieron voz ni espacio.
Su relato no reclama compasión ni reconocimiento tardío. Reclama memoria. Memoria de cómo se jugaba cuando no había focos, de cómo se resistía cuando no había estructura, de cómo se seguía adelante cuando el cuerpo y el entorno decían basta. En ese ejercicio de memoria hay una forma de justicia silenciosa, una reparación que no pasa por el homenaje ni por la épica impostada, sino por la escucha atenta.
La conversación en El Cafelito no busca cerrar una etapa ni abrir otra. Se sitúa en un punto de equilibrio poco habitual, desde el que se puede mirar el pasado sin idealizarlo y el presente sin darlo por garantizado. Torrecilla habla desde la serenidad de quien ha atravesado lo peor y ha aprendido a vivir sin urgencias, sin la necesidad constante de demostrar. Y esa serenidad, conquistada a fuerza de golpes, es quizá su mayor legado.
Cuando todo termina, queda una certeza difícil de ignorar: el fútbol femenino no se explica solo con resultados, audiencias o contratos. Se explica con historias como esta, largas, complejas, a veces incómodas, profundamente humanas.
Escucharlas no es un gesto de nostalgia, sino una obligación con el presente y una responsabilidad con el futuro.
Virginia Torrecilla es, por encima de cualquier etiqueta deportiva, un ejemplo de superación tras reponerse de un tumor cerebral que alteró por completo su vida y su carrera. No lo es por haber regresado a competir ni por la dimensión pública de su historia, sino por la manera en que afrontó la enfermedad, aceptó la fragilidad y reconstruyó su identidad sin renunciar a lo que fue. Su testimonio no glorifica el sufrimiento ni lo convierte en espectáculo; lo humaniza.
Y en ese gesto, sereno y honesto, reside la verdadera fuerza de su historia.
Virginia Torrecilla no levanta la voz ni pide permiso. Cuenta. Y al hacerlo, deja constancia de algo esencial: que la dignidad también juega partidos largos, que hay victorias que no aparecen en los marcadores y que algunas entrevistas, como algunas vidas, no necesitan más ruido para quedarse.
En uno de los momentos más distendidos de la conversación, Josep Pedrerol le preguntó directamente si era del Barcelona, una cuestión casi inevitable por su pasado como jugadora azulgrana. Virginia Torrecilla respondió con naturalidad y sin titubeos que no, que su sentimiento deportivo está ligado al Atlético de Madrid. La respuesta, sencilla y sin necesidad de matices, cerró la entrevista con una nota de identidad clara y honesta, coherente con todo su relato: el de una futbolista que ha pasado por grandes clubes, pero que habla siempre desde la verdad de su recorrido personal y emocional.
Queda claro así que la internacional absoluta por España jamás olvidará lo que la entidad que preside Lola Romero hizo por ella durante su enfermedad.
🟫 No habló durante meses. Observó en silencio cómo el nombre de José Herrera ascendía desde los márgenes del análisis hasta el centro exacto del foco rojiblanco. Y cuando el Atlético de Madrid —tricampeón de la Liga F Moeve, bicampeón de la Copa de la Reina Iberdrola, institución sin tiempo para el aprendizaje— anunció a su nuevo entrenador, Francis Díaz decidió hacerlo. Por primera vez. Con matices, con memoria, con afecto y con una advertencia implícita. El Partido de Manu accede en exclusiva a las primeras palabras públicas del mentor que mejor conoce al técnico que hoy se sienta en uno de los banquillos más exigentes del fútbol femenino europeo.
Hay entrenadores que nacen en la pizarra y otros que se forjan en el ruido. José Herrera pertenece, sin discusión, a la primera estirpe. Su llegada al Atlético de Madrid no es la culminación de una carrera lineal, sino el punto de máxima exposición de un recorrido silencioso, casi subterráneo, marcado por el análisis exhaustivo, la obsesión táctica y una fe casi académica en el plan. Por eso, quizá, las primeras palabras que mejor lo definen no proceden de un comunicado oficial ni de una sala de prensa abarrotada, sino de alguien que lo vio crecer cuando todavía no había foco, ni urgencia, ni escudos que pesaran toneladas.
Francis Díaz lo tuvo a su lado. No como rival, no como observador externo, sino como segundo entrenador. Como analista primero, como apoyo después, como pupilo siempre. Compartieron vestuario, sesiones interminables de vídeo, derrotas que dolieron más de lo previsto y una experiencia muy rica para el ex del Betis que, en exclusiva para este medio, ha roto su silencio.
El método del heredero: Francis Díaz rompe su silencio para ensalzar a José Herrera, nuevo entrenador del Atlético de Madrid.
José Herrera no llega al Atlético de Madrid por impulso ni por coyuntura. Llega por convicción. Por una trayectoria construida con paciencia, método y una comprensión profunda del juego que se fue gestando lejos de los focos, en el lugar donde se forman los entrenadores que entienden el fútbol como una ciencia aplicada. Así lo describe Francis Díaz, director técnico y ex del Betis, que tuvo a Herrera como su segundo cuando ambos militaban en el equipo azul y blanco y que ahora observa, con orgullo contenido, cómo su pupilo alcanza la primera línea.
“Es un entrenador metódico, con mucho perfil analista”, resume Díaz, y en esa frase se condensa una identidad. Herrera pertenece a una generación de técnicos que no improvisan el éxito, que lo construyen. Que creen en el plan como punto de partida y en la preparación como ventaja competitiva. Su fútbol nace antes del partido, en el estudio minucioso del rival, en la detección de patrones, en la anticipación de escenarios.
Para Díaz, esa es una de sus grandes fortalezas. Herrera diseña los partidos con una profundidad poco habitual, apoyándose en el análisis exhaustivo del oponente y en la capacidad de adaptar sus ideas a cada contexto competitivo. No hay soluciones universales en su libreto. Hay respuestas específicas. Y eso, en el fútbol moderno, marca la diferencia.
“Basa sus planes de partido en mucho análisis rival”, insiste, subrayando una virtud que encaja de lleno con la exigencia actual del Atlético de Madrid. Un club que pelea hasta el final en todas las competiciones, que se enfrenta a rivales cada vez más preparados y que necesita entrenadores capaces de reducir el margen de error al mínimo. Herrera ofrece eso: control, orden, claridad estratégica.
Pero su perfil no se agota en la pizarra. Díaz también pone en valor su crecimiento humano dentro del cuerpo técnico, su capacidad para integrarse en dinámicas complejas y su evolución progresiva en la gestión diaria. “En la gestión de vestuario tiene un nivel medio”, explica, y lo hace desde una lectura constructiva, entendiendo ese punto como una base sólida sobre la que seguir creciendo. Herrera no llega al Atlético como un técnico inmaduro, sino como alguien que ya ha vivido procesos reales, que ha compartido vestuarios exigentes y que entiende la importancia del equilibrio interno.
Su recorrido profesional ha sido coherente. Lento, quizá, para los estándares de un fútbol que a menudo quema etapas, pero profundamente formativo. Durante años fue analista, observador privilegiado del juego, alguien que aprendió a leer el fútbol desde la distancia, desde el detalle. Esa etapa le permitió adquirir una comprensión global que hoy forma parte de su ADN como entrenador.
Y cuando llegó el momento de dar el paso fuera, de asumir responsabilidades mayores, Herrera lo hizo sin atajos. La experiencia no fue sencilla, pero sí formativa. Para Díaz, ese periodo resultó clave en su evolución. Le permitió contrastar ideas, enfrentarse a contextos distintos y fortalecer su carácter profesional. Cada paso, incluso los más complejos, sumó.
“Espero que le haya servido para mejorar algunos factores importantes”, apunta Díaz, con la serenidad de quien sabe que el aprendizaje real rara vez es inmediato. Herrera llega ahora al Atlético con una mochila cargada de conocimiento, con vivencias que lo han preparado para un entorno de máxima exigencia y con la humildad necesaria para seguir creciendo.
El club rojiblanco, con tres Ligas y dos Copas en su palmarés reciente, no se entrega a la improvisación. Su apuesta por Herrera responde a una lectura estratégica: la necesidad de un entrenador capaz de sostener la competitividad desde el método, de preparar cada partido con rigor y de dotar al equipo de una identidad reconocible incluso en los momentos de mayor presión.
Francis Díaz lo tiene claro. El José Herrera que hoy se sienta en el banquillo del Atlético no es solo su antiguo segundo. Es un entrenador hecho, preparado y listo para asumir uno de los mayores desafíos del fútbol femenino español. Un estratega que ha aprendido desde abajo y que ahora tiene la oportunidad de demostrarlo en la cima.
Esta es la primera fotografía. La del elogio, la del reconocimiento y el origen, aunque Francis reconoce que el Atlético es un club histórico y como tal exigente.
No es una crítica devastadora. Es una advertencia honesta. Porque Díaz no habla desde la distancia, sino desde la experiencia compartida en la ambos vivieron una etapa el representativo canario que fue muy bueno y que apunto estuvo de acabar en una plaza europea que hubiera sido única, pero el proyecto no terminó de consolidarse ante la fuerza de tres grandes transatlánticos como el Atlético de Madrid, el Barcelona o el Real Madrid, que disponen de mayor poderío financiero.
“Espero que le haya servido para mejorar algunos factores importantes”, confiesa Díaz. Y en esa frase hay algo más que deseo. Hay convicción. La sensación de que el aprendizaje llegó por la vía más dura, pero llegó y que, a fin de cuentas, José está delante del desafío más importante, pero se encuentra listo para brillar.
El Atlético de Madrid es un club que vive en la frontera constante entre la exigencia interna y la expectativa externa. Que ha construido una identidad ganadora en el fútbol femenino español. Que ha sabido reinventarse tras cada ciclo, pero siempre desde la ambición. Y que ahora deposita su confianza en un entrenador que no responde al perfil clásico del líder carismático, sino al del estratega meticuloso.
José Herrera no llega para revolucionar el relato, sino para intervenir en la estructura. Para ordenar. Para optimizar. Para competir desde el detalle. Su reto no será tanto diseñar planes de partido brillantes —eso ya lo sabe hacer— como aprender a leer lo que el plan no puede prever. El gesto de una futbolista. El bajón anímico tras un gol encajado. El momento exacto en el que el partido exige romper el guion.
Ahí se jugará su credibilidad, pero Francis Díaz no duda en el veredicto global. “En resumen, buen estratega, pero debe mejorar en lecturas y comprensión del juego”. No hay condena. Hay diagnóstico. Y quizá, también, una forma de protección. Porque decirlo ahora, antes del primer partido, es una manera de situar el debate en el lugar correcto. No en la expectativa irreal, sino en el proceso real.
Que nadie espere de Herrera un entrenador de gestos grandilocuentes o discursos inflamados. Su fútbol nace en la pantalla, en el análisis, en la repetición. Pero si algo aprendió en el camino —y si algo espera Francis Díaz que haya aprendido— es que el fútbol de élite no se gana solo con preparación. Se gana interpretando el caos.
El Atlético de Madrid le ofrece el escenario definitivo para demostrarlo. Un banquillo con historia reciente, con títulos, con presión. Un club que no perdona la duda, pero que recompensa la convicción. Herrera llega con el respeto interno del trabajo bien hecho y con la incógnita externa de su capacidad de adaptación.
Esta es solo la primera capa del relato. La voz del mentor, el origen del técnico que ha recogido el fruto de mucho esfuerzo al desembarcar en Alcalá de Henares.
La historia, como el partido, acaba de empezar y este reportaje, como todo buen partido de fútbol se detiene temporalmente aquí, pero aún queda la segunda parte, que no llegará hasta después de su debut como colchonero ante el Granada Club de Fútbol este próximo 31 de enero de 2026.
⬛️ José Ángel Herrera no ha perdido ni un minuto desde que asumió el mando. El nuevo técnico del Atlético de Madrid Femenino ha iniciado su etapa con una declaración de intenciones clara: presencia, análisis y mirada larga hacia la cantera. Apenas un día después de su nombramiento, el entrenador canario ya seguía de cerca el rendimiento del filial rojiblanco, evidenciando que su proyecto empieza desde la base y se construye con conocimiento del ecosistema del club.
José Ángel Herrera, el heredero de Víctor Martín Alba en el banquillo local del Centro Deportivo Alcalá de Henares se ha tomado muy en serio su nombramiento.
Menos de 24 horas después de asumir el reto de preparar al bicampeón de la Copa de la Reina, nuestros queridos compañeros del medio “Woso Promises Magazine” le han captado en las gradas del feudo colchonero junto a Amanda Sampedro, coordinadora de “La Academia”, en el encuentro de jornada dieciséis en Primera RFEF (Segunda División) que enfrentaba al Atlético de Madrid con el Real Oviedo y que finalizó con 1-1 en el luminoso.
Este documento histórico fue recogido por la fotógrafa Estefanía Lora y en él se pudo ver al ex del Granada y el Costa Adeje Tenerife tomando notas de lo que hacía el filial, donde brillan futbolistas como Daniela Miñambres, Natalia Peñalvo, Noa Ortega, ex del Barcelona, Lydia Rodríguez o una Naara Miranda que pasó por el Madrid CFF.
Natural de Santa Cruz de Tenerife es un joven de 36 años al que no le tiembla el pulso en hacer un hueco en la primera plantilla a figuras incipientes, ya que en su etapa en el Municipal de Adeje le dio la alternativa a un total de siete integrantes del equipo “B”.
El ex del Al Hilal Saudi Women Football Club agitará el avispero para intentar revertir la mala dinámica de las madrileñas en la Liga Profesional de Fútbol Femenino y todavía no descarta poder finalizar el curso en el podium de la Liga F Moeve, a pedal de que la Real Sociedad se ha escapado en 10 puntos.
El Club Atlético de Madrid, tres veces campeón de la Liga F Moeve, ha anunciado oficialmente que ha sido capaz de alcanzar un acuerdo en firme conJosé Ángel Herrera Martín para que este se convierta en el primer entrenador del equipo femenino.
La operación se ha rubricado con celeridad tras la abrupta salida de Víctor Martín Alba al acumular una docena de encuentros sin conocer el triunfo y va a unir al ex de Málaga City Academy y el Granada Club de Fútbol con la entidad que preside Lola Romero hasta el próximo 30dejuniode2026, como mínimo,
El nuevo técnico rojiblanco firma hasta el 30 de junio de 2026.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 24, 2026
El nuevo inquilino del banquillo local en Alcalá de Henares viene avalado por su gran actuación al frente del Costa Adeje Tenerife Egatesa, donde sucedió a Francis Díaz.
A sus 36 años de edad tuvo su última experiencia profesional en el Al Hilal SFC de Arabia Saudí, pero en su etapa con las guerreras e incluso llegó a derrotar de azul y blanco al Real Madrid por 0-1 en el Estadio Alfredo Di Stéfano y peleó por entrar en Europa en una batalla a tres con su nuevo club y la Real Sociedad de Fútbol.
En un fútbol cada vez más marcado por la lógica del “siguiente paso”, José Herrera demostró algo poco habitual: respeto por el proceso. Tenerife no fue para él un simple trampolín profesional. Fue una escuela, un espacio de crecimiento mutuo entre entrenador y club.
Su etapa dejó estructuras, metodologías y una cultura competitiva que trascendió los resultados inmediatos. El Tenerife no fue mejor solo mientras Herrera estuvo en el banquillo; fue mejor porque durante ese tiempo aprendió a competir de otra manera.
Quizá el mayor error sería medir la figura de José Herrera únicamente por los títulos que no ganó. El fútbol femenino español necesita entrenadores como él: constructores, educadores, arquitectos de procesos sostenibles.
Su paso por el Costa Adeje Tenerife representa una de esas historias que, con el tiempo, se convierten en referencia. No por el ruido que generaron, sino por la solidez del legado.
Su Tenerife nunca fue un equipo sometido al azar. Incluso en la derrota, había una lógica reconocible, una narrativa futbolística que permitía entender el porqué del resultado. Esa coherencia es un lujo en ligas donde muchos proyectos se diluyen entre urgencias clasificatorias y cambios constantes de rumbo.
Herrera concibió el fútbol como una sucesión de decisiones bien entrenadas, no como una acumulación de impulsos. Cada ajuste tenía sentido; cada variante respondía a un análisis previo. No había improvisación vacía, sino adaptación consciente.
Uno de los rasgos más notables de su gestión fue la lectura del ritmo. El Tenerife sabía cuándo pausar y cuándo acelerar, cuándo enfriar un partido y cuándo desordenarlo. Esa comprensión del tempo es una de las habilidades más difíciles de enseñar y una de las más reveladoras de un entrenador maduro.
Durante demasiado tiempo, en el análisis del fútbol femenino se ha asociado la solidez defensiva de los equipos modestos con una idea casi peyorativa de supervivencia. El Tenerife de José Herrera desmontó ese prejuicio.
Defender, para aquel equipo, no fue aguantar. Fue dominar zonas, condicionar trayectorias, reducir ventajas rivales hasta hacerlas irrelevantes. El bloque defensivo no vivía anclado al área; respiraba, se desplazaba, se activaba según el estímulo correcto.
Las líneas estaban trabajadas para cerrar carriles interiores, obligando a rivales técnicamente superiores a tomar decisiones incómodas. El equipo sabía orientar la presión, temporizar duelos, proteger el segundo balón. Esa disciplina no nace de la imposición, sino de la convicción colectiva.
El Tenerife no defendía porque no podía atacar. Defendía porque había entendido que ese era el camino más honesto hacia la competitividad real.
Si la fase defensiva fue el cimiento, la ofensiva fue el espacio donde José Herrera dejó entrever su ambición. Nunca aceptó el relato de que su equipo debía renunciar al balón por sistema. El Tenerife atacó cuando pudo y como pudo, pero siempre con una idea clara.
No fue un equipo de posesiones estériles, pero tampoco de balones largos desesperados. Supo progresar por bandas, activar segundas líneas y castigar pérdidas rivales con transiciones bien ejecutadas. Cada ataque tenía una intención reconocible, incluso cuando no culminaba en ocasión.
El gol al Real Madrid no fue una excepción estilística. Fue una confirmación. Aquella jugada condensó meses de trabajo: lectura del espacio, sincronización de movimientos, ejecución precisa bajo presión.
Uno de los mayores logros de José Herrera fue convertir el resultado corto en un territorio de excelencia. En una liga donde los grandes suelen imponerse por acumulación, el Tenerife aprendió a ganar por detalles, y a defender esos detalles con inteligencia.
El 1-0 no fue un marcador angustioso para su equipo; fue un escenario cómodo. Herrera entrenó a su plantilla para convivir con esa ventaja mínima sin caer en el pánico ni en el repliegue absoluto. El equipo sabía defender hacia adelante, consumir tiempo con balón y elegir bien cuándo interrumpir el ritmo del rival.
Ese control emocional del resultado es uno de los indicadores más claros de madurez competitiva y el Tenerife lo alcanzó.
La racha de cinco triunfos consecutivos merece un análisis específico porque sintetiza la obra de Herrera. No fueron cinco partidos iguales. Hubo encuentros de dominio territorial, partidos de resistencia, duelos abiertos y otros cerrados hasta el último minuto.
Lo común fue la coherencia del plan. El Tenerife nunca pareció un equipo improvisado. Supo ajustar alturas, modificar roles dentro del mismo sistema y responder a las propuestas rivales sin perder su identidad.
Esa capacidad para sostener el rendimiento sin depender de un único registro es lo que separa a los equipos competitivos de los equipos ocasionales.
(Fuente: Liga F Moeve)
José Herrera entendió algo fundamental: en el fútbol femenino, entrenar es enseñar. No solo se gestionan partidos; se construyen futbolistas. Su metodología priorizó la comprensión del juego por encima del automatismo ciego.
Las jugadoras no ejecutaban órdenes; interpretan escenarios. Sabían por qué hacían lo que hacían. Ese conocimiento empodera, genera confianza y eleva el nivel colectivo.
El Tenerife fue un equipo que aprendió a leerse a sí mismo y al rival. Esa alfabetización futbolística es uno de los legados más duraderos de Herrera.
En un entorno donde el liderazgo suele confundirse con el volumen, José Herrera ejerció una autoridad distinta. No necesitó gestos teatrales ni discursos inflamados. Su liderazgo fue sereno, constante, creíble.
La plantilla confió en él porque vio coherencia. Las decisiones difíciles se explicaron. Los errores se corrigieron sin humillación. Los éxitos se compartieron sin personalismos.
Ese clima permitió que el grupo creciera incluso en la adversidad. La confianza no se rompió en las derrotas ni se desbordó en las victorias.
Entrenar en Tenerife no es solo dirigir un equipo; es representar una comunidad. Herrera comprendió ese vínculo y lo respetó. Su discurso nunca fue ajeno al contexto insular, a la sensación de competir desde los márgenes.
El equipo se convirtió en un símbolo de resistencia competitiva, en una expresión futbolística de la isla: ordenada, trabajadora, orgullosa, pero también ambiciosa.
La historia del fútbol femenino español no se escribe solo con campeonatos. Se escribe con procesos que ensancharon el ecosistema. José Herrera pertenece a esa generación de entrenadores que consolidaron la Liga F desde abajo, dotándola de profundidad y credibilidad.
Su Tenerife elevó el estándar. Obligó a los grandes a prepararse mejor. Demostró que el orden, la inteligencia y el trabajo podían reducir brech
Más allá del césped, Herrera representa una idea de entrenador que el fútbol necesita: reflexivo, paciente, formador y competitivo. Un técnico que no se define por la urgencia del éxito inmediato, sino por la solidez del camino recorrido.
No todas las conquistas dejan trofeos. Algunas dejan huella. La de José Herrera en Tenerife fue una de ellas. Silenciosa, persistente, honesta.
Desde una isla, sin focos desmedidos, sin presupuestos desorbitados, se construyó un equipo que creyó, compitió y ganó cuando parecía imposible, siendo también parte de la épica.
Lejos de los grandes centros de poder futbolístico, Tenerife se convirtió, bajo Herrera, en un laboratorio competitivo. Allí se ensayaron soluciones adaptadas a la escasez, se optimizaron recursos, se maximizó el rendimiento colectivo.
Cada sesión de entrenamiento tenía una finalidad clara. No había espacio para el ruido ni para la dispersión. El trabajo era específico, contextualizado, medido. El cuerpo técnico no buscaba deslumbrar, sino construir rendimiento sostenible.
Ese enfoque convirtió al Tenerife en una referencia implícita para otros proyectos emergentes de la Liga F, que encontraron en su modelo una prueba de que la competitividad no es patrimonio exclusivo del presupuesto.
Lejos de los grandes centros de poder futbolístico, Tenerife se convirtió, bajo Herrera, en un laboratorio competitivo. Allí se ensayaron soluciones adaptadas a la escasez, se optimizaron recursos, se maximizó el rendimiento colectivo.
Cada sesión de entrenamiento tenía una finalidad clara. No había espacio para el ruido ni para la dispersión. El trabajo era específico, contextualizado, medido. El cuerpo técnico no buscaba deslumbrar, sino construir rendimiento sostenible.
5Ese enfoque convirtió al Tenerife en una referencia implícita para otros proyectos emergentes de la Liga F, que encontraron en su modelo una prueba de que la competitividad no es patrimonio exclusivo del presupuesto.
José Herrera nunca buscó protagonismo mediático. Su figura creció desde el segundo plano, desde el respeto ganado en el día a día. No necesitó discursos altisonantes ni gestos grandilocuentes.
Esa discreción fue coherente con su manera de entender el fútbol: el equipo por encima del individuo, el proceso por encima del titular, el trabajo por encima del relato.
Paradójicamente, esa misma discreción es la que dota a su figura de una autoridad duradera.
No todas las epopeyas necesitan himnos ni desfiles. Algunas se escriben en silencio, partido a partido, entrenamiento a entrenamiento. La de José Herrera en la UDG Tenerife fue una de ellas.
Desde una isla, con recursos limitados pero ideas firmes, se desafió el orden establecido. Se ganó sin alardes. Se compitió sin complejos y se dejó huella sin ruido.
Eso, en el fútbol contemporáneo, es una forma superior de grandeza.
Ahora, el técnico insular coge las riendas de un Atlético de Madrid que atraviesa una crisis de resultados, es quinto en la tabla a seis puntos de poder dar caza a la Real Sociedad en el tercer lugar que da acceso a la fase previa de la Liga de Campeones Femenina y a 10 de su eterno rival, el Real Madrid, que es segundo por detrás del todopoderoso Fútbol Club Barcelona.
El debut de Herrera como máximo responsable técnico llegará el próximo sábado, 30 de enero de 2026, a las 12:00 horario peninsular, en el Centro Deportivo de Alcalá de Henares ante el Granada y su primer gran objetivo sea superar el playoff de “octavos” de final de la UEFA Women’s Champions League a uno de los equipos más laureados de la Barclays Women’s Super League como es el Manchester United.
El Club Atlético de Madrid, bicampeón de la Copa de la Reina Iberdrola, ha anunciado oficialmente la contratación de Kathrine Møller Kühl para esta segunda mitad de campaña.
(Fuente: UEFA )
La operación fue adelantada en exclusiva para España por “El Partido de Manu” el pasado 22 de enero de 2026 en X y fue cerrada con éxito por Beni Rubido a la limón con Víctor Martín Alba antes de la salida del ex del Madrid CFF y va a unir a la ocho con la entidad que preside Lola Romero por un lapso temporal de cuatro años, léase, hasta el próximo 30dejuniode2029, como mínimo.
🖊 Kathrine Møller Kühl firma como rojiblanca hasta el 30 de junio de 2029.
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 24, 2026
Su desembarco era crucial para el campeón de la Supercopa de España en 2021 después del adiós de Gaby García (América Femenil) y el traspaso de Ana Vitória al Corinthians a fin de fortalecer la línea medular.
La exjugadora del Everton se formó en la cantera del Football Club Nordsjælland representa la segunda estrella que llega a la capital española en los últimos tiempos tras el aterrizaje de la atacante de Costa Rica Priscila Chinchilla, ex del Zenit de San Petesburgo.
Kühl (5/07/2003, Hillerød, Dinamarca, fichó por el Arsenal en 2024 y después fue cedida por el vigente campeón de la Liga de Campeones Femenina al conjunto de Goodison Park y sus buenas actuaciones le sirvieron para dar el salto a la A.S. Roma y jugar así en la Serie A junto a una vieja conocida de la Liga Profesional de Fútbol Femenino como es Elena Linari (London City Lionesses).
La joven debutó como profesional en 2021 y actualmente es una de las figuras balompédicas en territorio nórdico a sus 22 años de edad.
Además del interés real y muy avanzado por hacerse con los servicios de Malou Marcetto (Madrid CFF) en el periodo estival, se ha optado por actuar ya e incorporar de súbito a Møller con los ojos puestos en esta segunda parte de competición.
🐺 Kathrine Kuhl si trasferisce a titolo definitivo all’Atletico de Madrid.
La de Hillerød es una centrocampista danesa de perfil mixto cuya interpretación del juego se sostiene sobre una comprensión espacial y temporal muy superior a la media de su generación, destacando desde edades tempranas no tanto por exuberancia física o gestos técnicos llamativos sino por una madurez competitiva poco común, una lectura constante de los ritmos del partido y una capacidad sobresaliente para ajustar su comportamiento táctico al contexto colectivo, lo que la convierte en una futbolista camaleónica capaz de rendir como interior organizadora, mediocentro adelantado, interior de ida y vuelta o incluso como falsa mediapunta en sistemas que demandan ocupación racional de los intervalos, siendo su principal rasgo diferencial la toma de decisiones bajo presión, ya que Kühl rara vez fuerza una acción innecesaria, prioriza la continuidad del juego, identifica con rapidez la ventaja posicional y ejecuta con un porcentaje de acierto muy alto incluso cuando el tiempo y el espacio se reducen drásticamente; en fase ofensiva su comportamiento sin balón es especialmente valioso, pues ataca los espacios intermedios con inteligencia, no de forma compulsiva sino sincronizada con la orientación corporal de la poseedora y con la fijación previa de las rivales, lo que le permite recibir perfilada entre líneas y acelerar la jugada con uno o dos toques, y cuando no recibe, su simple movimiento arrastra marcas, libera carriles interiores y facilita progresiones limpias, demostrando una comprensión colectiva del juego que trasciende el impacto estadístico inmediato; con balón.
(Fuente: Atlético de Madrid)
Kühl no es una futbolista de regate reiterado ni de conducción prolongada, pero su primer control es de altísimo nivel funcional, orientando siempre hacia la ventaja, utilizando el cuerpo para proteger la pelota y ganando medio segundo crucial que le permite elegir entre pase vertical, descarga lateral o cambio de orientación. Siendo especialmente fiable en pases interiores rasos que rompen líneas y en envíos tensos al pie que facilitan la continuidad, además de poseer una notable precisión en desplazamientos medios y largos cuando el contexto lo exige, aunque su tendencia natural es simplificar antes que exhibirse, lo que habla de una mentalidad profundamente colectiva; tácticamente, su disciplina posicional es uno de sus grandes activos, ya que entiende cuándo debe sostener la base de la jugada y cuándo puede saltar a zonas más avanzadas, manteniendo siempre una relación coherente con la mediocentro y con la lateral de su costado, cerrando líneas de pase interiores en transición defensiva y ofreciendo una primera presión orientada que no busca tanto el robo inmediato como la conducción rival hacia zonas menos peligrosas, y en bloque medio-bajo su capacidad para temporizar, perfilar el cuerpo y achicar espacios interiores resulta clave para la estabilidad del equipo; defensivamente, sin ser una especialista en duelos físicos dominantes, compite con inteligencia, anticipa más que entra, mide bien las distancias y utiliza el timing para interceptar pases o incomodar recepciones, lo que le permite mantener un buen equilibrio entre agresividad y control, reduciendo faltas innecesarias y evitando quedar superada, y cuando debe entrar al suelo lo hace con corrección técnica y lectura previa, lo que se traduce en un porcentaje alto de acciones defensivas exitosas sin comprometer la estructura; en el plano físico, Kühl presenta un perfil de resistencia sólida y sostenida.
Cuando el contexto lo exige, aunque su tendencia natural es simplificar antes que exhibirse, lo que habla de una mentalidad profundamente colectiva; tácticamente, su disciplina posicional es uno de sus grandes activos, ya que entiende cuándo debe sostener la base de la jugada y cuándo puede saltar a zonas más avanzadas, manteniendo siempre una relación coherente con la mediocentro y con la lateral de su costado, cerrando líneas de pase interiores en transición defensiva y ofreciendo una primera presión orientada que no busca tanto el robo inmediato como la conducción rival hacia zonas menos peligrosas, y en bloque medio-bajo su capacidad para temporizar, perfilar el cuerpo y achicar espacios interiores resulta clave para la estabilidad del equipo; defensivamente, sin ser una especialista en duelos físicos dominantes, compite con inteligencia, anticipa más que entra, mide bien las distancias y utiliza el timing para interceptar pases o incomodar recepciones, lo que le permite mantener un buen equilibrio entre agresividad y control, reduciendo faltas innecesarias y evitando quedar superada, y cuando debe entrar al suelo lo hace con corrección técnica y lectura previa, lo que se traduce en un porcentaje alto de acciones defensivas exitosas sin comprometer la estructura; en el plano físico, Kühl presenta un perfil de resistencia sólida y sostenida, capaz de mantener intensidad cognitiva y táctica durante todo el encuentro, con una zancada eficiente más que explosiva, sin picos de velocidad sobresalientes pero con una movilidad constante que le permite estar siempre disponible, destacando su capacidad para repetir esfuerzos de media intensidad y para sostener el ritmo del partido en contextos de ida y vuelta, algo especialmente valioso en ligas de alta exigencia física, y aunque no es una futbolista poderosa en el choque, compensa esa carencia con equilibrio corporal, anticipación y uso del cuerpo para ganar la posición antes del contacto; psicológicamente, Kühl muestra rasgos propios de una futbolista de alto techo competitivo, con una personalidad serena, poco afectada por el error, capaz de asumir responsabilidad en momentos delicados del partido sin precipitarse, y con una mentalidad claramente orientada al aprendizaje y a la mejora continua, lo que se percibe en su evolución progresiva y en su capacidad para adaptarse a distintos contextos tácticos y culturales, manteniendo siempre un nivel de fiabilidad alto; en contextos de posesión larga, su paciencia y su capacidad para ofrecer líneas de pase constantes facilitan la circulación fluida, mientras que en escenarios de juego más directo sabe ajustar su posición para ser segundo balón o apoyo tras descarga, demostrando versatilidad conceptual más que puramente posicional, y en transición ofensiva su lectura para llegar desde segunda línea, sin invadir espacios prematuramente, le permite aparecer en zonas de remate o de último pase con ventaja, aunque su producción goleadora no es su principal argumento, sí posee un golpeo limpio desde media distancia y una correcta ejecución en llegadas frontales cuando el contexto lo permite; a nivel estratégico, es una futbolista que mejora a las que la rodean, eleva el orden colectivo, reduce el caos y aporta estabilidad emocional y táctica al equipo, lo que la convierte en una pieza especialmente valiosa para proyectos que priorizan el control del juego, la inteligencia posicional y la fiabilidad en la toma de decisiones, y aunque aún puede desarrollar mayor agresividad ofensiva en ciertos contextos y añadir más impacto directo en el último tercio, su base de juego es tan sólida que cualquier mejora en esos aspectos la proyecta como una centrocampista de referencia en el fútbol europeo, siendo especialmente indicada para equipos que buscan interiores asociativas, mediocampistas de enlace o centrocampistas totales de perfil racional, más orientadas a gobernar el juego que a desordenarlo, y cuyo valor real muchas veces se aprecia más en el análisis profundo que en el resumen estadístico superficial.
Cuando cuando el contexto lo exige, aunque su tendencia natural es simplificar antes que exhibirse, lo que habla de una mentalidad profundamente colectiva; tácticamente, su disciplina posicional es uno de sus grandes activos, ya que entiende cuándo debe sostener la base de la jugada y cuándo puede saltar a zonas más avanzadas, manteniendo siempre una relación coherente con la mediocentro y con la lateral de su costado, cerrando líneas de pase interiores en transición defensiva y ofreciendo una primera presión orientada que no busca tanto el robo inmediato como la conducción rival hacia zonas menos peligrosas, y en bloque medio-bajo su capacidad para temporizar, perfilar el cuerpo y achicar espacios interiores resulta clave para la estabilidad del equipo; defensivamente, sin ser una especialista en duelos físicos dominantes, compite con inteligencia, anticipa más que entra, mide bien las distancias y utiliza el timing para interceptar pases o incomodar recepciones, lo que le permite mantener un buen equilibrio entre agresividad y control, reduciendo faltas innecesarias y evitando quedar superada, y cuando debe entrar al suelo lo hace con corrección técnica y lectura previa, lo que se traduce en un porcentaje alto de acciones defensivas exitosas sin comprometer la estructura; en el plano físico, Kühl presenta un perfil de resistencia sólida y sostenida, capaz de mantener intensidad cognitiva y táctica durante todo el encuentro, con una zancada eficiente más que explosiva, sin picos de velocidad sobresalientes pero con una movilidad constante que le permite estar siempre disponible, destacando su capacidad para repetir esfuerzos de media intensidad y para sostener el ritmo del partido en contextos de ida y vuelta, algo especialmente valioso en ligas de alta exigencia física, y aunque no es una futbolista poderosa en el choque, compensa esa carencia con equilibrio corporal, anticipación y uso del cuerpo para ganar la posición antes del contacto; psicológicamente, Kühl muestra rasgos propios de una futbolista de alto techo competitivo, con una personalidad serena, poco afectada por el error, capaz de asumir responsabilidad en momentos delicados del partido sin precipitarse, y con una mentalidad claramente orientada al aprendizaje y a la mejora continua, lo que se percibe en su evolución progresiva y en su capacidad para adaptarse a distintos contextos tácticos y culturales, manteniendo siempre un nivel de fiabilidad alto; en contextos de posesión larga, su paciencia y su capacidad para ofrecer líneas de pase constantes facilitan la circulación fluida, mientras que en escenarios de juego más directo sabe ajustar su posición para ser segundo balón o apoyo tras descarga, demostrando versatilidad conceptual más que puramente posicional, y en transición ofensiva su lectura para llegar desde segunda línea, sin invadir espacios prematuramente, le permite aparecer en zonas de remate o de último pase con ventaja, aunque su producción goleadora no es su principal argumento, sí posee un golpeo limpio desde media distancia y una correcta ejecución en llegadas frontales cuando el contexto lo permite; a nivel estratégico, es una futbolista que mejora a las que la rodean, eleva el orden colectivo, reduce el caos y aporta estabilidad emocional y táctica al equipo, lo que la convierte en una pieza especialmente valiosa para proyectos que priorizan el control del juego, la inteligencia posicional y la fiabilidad en la toma de decisiones, y aunque aún puede desarrollar mayor agresividad ofensiva en ciertos contextos y añadir más impacto directo en el último tercio.
❝Es un club muy grande, con mucha historia y me siento orgullosa de pertenecer a él❞
— Atlético de Madrid Femenino (@AtletiFemenino) January 24, 2026
Su base de juego es tan sólida que cualquier mejora en esos aspectos la proyecta como una centrocampista de referencia en el fútbol europeo, siendo especialmente indicada para equipos que buscan interiores asociativas, mediocampistas de enlace o centrocampistas totales de perfil racional, más orientadas a gobernar el juego que a desordenarlo, y cuyo valor real muchas veces se aprecia más en el análisis profundo que en el resumen estadístico superficial
Su traspaso es un salto cualitativo evidente para el centro del campo del Atlético de Madrid Femenino, tanto en términos de fiabilidad competitiva como de crecimiento estructural del juego, ya que la internacional danesa encaja de forma natural en un contexto que necesita orden, lectura táctica y continuidad entre líneas; Kühl aportaría una capacidad superior para gobernar los ritmos del partido, ofreciendo pausa cuando el equipo lo requiera y aceleración racional en los momentos de ventaja.
Además de una toma de decisiones bajo presión que elevaría el rendimiento colectivo de las interiores más jóvenes, funcionando como nexo entre la mediocentro y los últimos metros sin necesidad de monopolizar el balón; su inteligencia posicional permitiría al Atlético ganar estabilidad en fase defensiva, cerrar mejor los espacios interiores en bloque medio y mejorar la calidad de la primera presión tras pérdida, mientras que en fase ofensiva su habilidad para recibir perfilada, filtrar pases interiores y ocupar los intervalos con sentido colectivo daría nuevas soluciones ante defensas cerradas, un aspecto clave en la Liga F; lejos de ser un fichaje de impacto puntual, Kühl representaría una inversión estratégica, una futbolista capaz de elevar el suelo competitivo del equipo desde el entendimiento del juego, aportando madurez, coherencia y fiabilidad en un momento de la temporada donde el control emocional y táctico suele marcar diferencias, y consolidándose como una pieza llamada a tener peso real en el presente inmediato y en la construcción del proyecto rojiblanco a medio plazo.
A su llegada a Madrid, la internacional danesa se sometió al pertinente reconocimiento médico en la Unidad de Medicina Deportiva de Vithas I Invictum.
Incorporamos a una futbolista con gran proyección y a la vez con experiencia en los torneos más exigentes como la UEFA Women’s Champions League, Eurocopa y Mundial.
Habrá que ver cómo se asienta la nueva estrella rojiblanca en la zona de creación y si es o no una alternativa para el Atlético de Madrid en su siguiente partido de Liga F Moeve ante el Granada Club de Fútbol, si bien aún falta por conocer quién será el nuevo inquilino del banquillo tras la salida de Viti por culpa de una mala racha de resultados que han dejado a la escuadra en la quinta posición.