
⬛️ En un estadio donde el ruido lo envuelve todo —el murmullo previo, el golpe seco del balón, el estallido del gol— existe una historia construida desde el silencio. La de Sergio Javier Fernández García, 43 años, sordera bilateral profunda del 73%, conocido por todos como SAR. Una historia que comenzó con Abel Resino, encontró su reflejo definitivo en Lola Gallardo y terminó fundiéndose para siempre con los colores rojiblancos del Atlético de Madrid Femenino. Desde la temporada 2012-2013, desde que Lola se enfundó la elastina colchonera, SAR no ha faltado a una sola cita como local. Ni una. Porque hay sonidos que no se escuchan con los oídos, pero retumban para siempre en el alma.

Uno encuentra historias que no se explican con datos, ni con estadísticas, ni siquiera con títulos. Hay historias que se cuentan mejor desde el latido, desde la emoción, desde ese lugar intangible donde el fútbol deja de ser un juego para convertirse en identidad. La historia de Sergio Javier Fernández García —SAR para todos— pertenece a ese territorio sagrado.
Un territorio donde el silencio no es ausencia, sino otra forma de presencia.
Donde una portera, Lola Gallardo, se convierte en referente vital. Donde un club, el Atlético de Madrid, es casa. Y donde el fútbol femenino deja de ser una disciplina para convertirse en un lenguaje universal.
SAR nació en una sociedad que durante demasiado tiempo no supo escuchar a quienes no podían oír. Con una sordera bilateral profunda del 73%, su relación con el mundo siempre estuvo mediada por miradas, gestos, vibraciones, intuiciones. Pero el fútbol apareció pronto en su vida como un idioma sin barreras. Un idioma que no necesitaba sonido para ser entendido. De joven, como tantos otros, empezó a fijarse en Abel Resino. No era casualidad. Abel, portero sobrio, seguro, silencioso, representaba esa figura casi estoica que transmite calma incluso cuando todo alrededor parece ruido. En la portería, como en la vida, hay quienes hablan poco pero dicen mucho.
Aquella admiración temprana por Abel Resino fue el primer hilo invisible que unió a SAR con la portería, con la figura del guardián, con esa posición tan solitaria como determinante. Años después, ese hilo encontraría su continuidad natural en una mujer que marcaría su vida para siempre: Lola Gallardo.
Cuando Lola Gallardo llegó al Atlético de Madrid Femenino en la temporada 2012-2013, el proyecto aún estaba construyéndose, buscándose a sí mismo, reclamando su lugar en la historia. Nadie podía imaginar entonces que aquella guardameta andaluza, joven pero con una personalidad arrolladora, iba a convertirse no solo en una de las grandes referentes del club, sino en un símbolo emocional para aficionados como SAR. Desde el primer momento, algo conectó. No fue un gesto concreto, ni una parada espectacular. Fue la manera de estar. La forma de mandar sin gritar. La capacidad de transmitir seguridad desde el silencio.
Para alguien como SAR, que ha aprendido a leer el mundo sin sonido, Lola representaba una figura reconocible. Una líder que no necesitaba palabras para hacerse entender. Cada colocación, cada orden dada con la mirada, cada salida valiente, cada choque asumido como parte del oficio, era un mensaje claro. El fútbol también se puede sentir desde dentro.
Desde aquel momento, SAR no volvió a perderse un solo partido como local del Atlético de Madrid Femenino. Ni uno. Da igual el rival, la hora, el contexto, la clasificación, el clima o el estado de ánimo. Estar allí se convirtió en un acto casi ritual. El estadio pasó a ser un espacio donde el silencio no pesaba, donde la comunión con el equipo se producía a otro nivel.
Donde el fútbol femenino, tantas veces invisibilizado, encontraba en su mirada una validación profunda.
El paso de los años consolidó esa relación. Lola Gallardo creció con el club, y el club creció con ella. Llegaron los títulos, las noches históricas, los partidos que cambiaron la percepción del fútbol femenino en España.
Y SAR estuvo allí. Siempre. Viviendo cada encuentro con una intensidad que no necesita decibelios. Aprendiendo a leer el partido en los cuerpos, en las trayectorias, en las reacciones del banquillo. En las celebraciones que no hacen ruido, pero lo dicen todo.
Hubo un momento clave en esa historia compartida: la marcha de Lola al Olympique de Lyon.
Para muchos, un paso lógico. Para otros, una despedida dolorosa. Para SAR, una mezcla de orgullo y vacío. Ver a su referente dar el salto al club más poderoso del fútbol femenino europeo era la confirmación de que aquel vínculo no estaba basado en la cercanía, sino en la admiración profunda.
En Lyon, Lola Gallardo alcanzó la cima. La temporada 2019-2020 quedó marcada para siempre en su carrera con la conquista de la UEFA Women’s Champions League. Un título que no solo engrandeció su palmarés, sino que reafirmó su lugar en la élite mundial.
SAR siguió cada paso de aquella aventura europea como pudo. Sin sonido, pero con atención absoluta. Sabía que aquel éxito también era, de alguna manera, compartido. Porque cuando un referente triunfa, quienes se reflejan en él también avanzan un poco más.
Y entonces llegó el regreso. El retorno a casa. A Alcalá de Henares. Al Atlético de Madrid. A la capitanía. Lola Gallardo volvió no solo como portera, sino como emblema. Como líder total. Como referencia para una nueva generación. Y SAR volvió a ocupar su lugar en la grada, como si nunca se hubiera ido. Como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo.
Bajo la dirección de Víctor Martín Alba, el Atlético de Madrid Femenino entró en una nueva etapa. Un proyecto renovado, con nuevas ideas, nuevas jugadoras, nuevas ambiciones. Pero con un pilar inamovible: la figura de Lola Gallardo. Para SAR, verla portar el brazalete era la confirmación de todo aquello que había sentido desde el principio. El liderazgo también puede ser silencioso. También puede ser inclusivo. También puede ser profundamente humano.
Cada partido en casa se convirtió en una ceremonia. SAR llegaba con antelación, observaba el calentamiento, analizaba gestos, posiciones, dinámicas. No necesitaba escuchar las consignas para entenderlas. El fútbol se había convertido en un lenguaje corporal, casi coreográfico y Lola Gallardo seguía siendo el centro de gravedad emocional.
La historia de SAR no es solo la de un aficionado fiel. Es la de una forma distinta de vivir el deporte. Es la prueba de que el fútbol femenino no solo rompe barreras de género, sino también barreras sensoriales. Que el estadio puede ser un lugar de pertenencia incluso cuando el mundo no siempre ha sido accesible. Que una jugadora puede inspirar no solo por lo que gana, sino por cómo está.
En una sociedad que mide la pasión en ruido, SAR demuestra que el compromiso verdadero no necesita estridencias. Que estar siempre es una forma de amar. Que no perderse ni un solo partido como local durante más de una década no es una anécdota, sino una declaración de principios. Y que Lola Gallardo, más allá de títulos y estadísticas, ha sido para él un faro constante.
Porque hay historias que no se escuchan. Se sienten. Y esta, la de SAR, Lola Gallardo y el Atlético de Madrid Femenino, es una de ellas. Una historia donde el silencio grita más fuerte que cualquier cántico. Una historia que demuestra que el fútbol, cuando es auténtico, no necesita sonido para cambiar vidas.

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