
🟨 El fútbol español abre una nueva puerta: maternidad, fertilidad y el derecho de las futbolistas a decidir su futuro.

Durante demasiado tiempo, hablar de fútbol femenino y maternidad significó hablar de renuncias. De carreras interrumpidas, de decisiones personales aplazadas durante años, de futbolistas obligadas a mirar el calendario deportivo antes que su propio reloj biológico y de una pregunta que, durante décadas, pareció no tener respuesta dentro de la élite: ¿qué ocurre cuando los mejores años de una deportista coinciden con una etapa decisiva de su vida reproductiva? Ahora, el fútbol español se dispone a abrir una puerta que puede marcar un antes y un después. La Real Federación Española de Fútbol prepara una iniciativa destinada a ofrecer a las futbolistas de la selección española nuevas herramientas para decidir sobre su futuro y que estará vinculada a la preservación de la fertilidad y a la congelación de óvulos. El proyecto será presentado oficialmente el próximo 21 de septiembre y nace con la intención de abordar una realidad que durante demasiado tiempo permaneció en segundo plano.
La propuesta parte de una cuestión tan sencilla como trascendental: una futbolista no debería verse obligada a escoger entre desarrollar plenamente su carrera deportiva y conservar la posibilidad de decidir libremente cuándo quiere ser madre. La alta competición exige sacrificios extraordinarios. Entrenamientos diarios, concentraciones, viajes internacionales, temporadas cada vez más largas, competiciones de clubes y selecciones y una presión competitiva que deja poco espacio para detenerse. Pero existe una diferencia fundamental entre el sacrificio deportivo y la renuncia personal. El primero forma parte de la profesión; la segunda no debería convertirse en una condición silenciosa para poder alcanzar la cima.
La iniciativa que prepara la RFEF pretende precisamente intervenir en ese punto de encuentro entre deporte, salud reproductiva y planificación personal. El acuerdo permitirá facilitar a las jugadoras de la selección española el acceso a tratamientos relacionados con la preservación de la fertilidad y la congelación de óvulos, una posibilidad que puede adquirir una importancia enorme para aquellas futbolistas que desean posponer la maternidad sin cerrar la puerta a ella. Todavía quedan, eso sí, numerosos detalles por concretar. Será necesario conocer cuál será exactamente la cobertura económica del programa, qué condiciones deberán cumplir las jugadoras para acogerse a él, qué tratamientos estarán incluidos y durante cuánto tiempo se asumirá la conservación de los óvulos. Son cuestiones que deberán quedar definidas cuando el proyecto sea presentado oficialmente, pero el mero hecho de que la federación coloque esta realidad sobre la mesa ya supone un cambio significativo en la conversación.
Porque la maternidad en el deporte femenino de élite ha dejado de ser una cuestión exclusivamente privada. Durante años se consideró que las decisiones relacionadas con tener hijos pertenecían únicamente a la esfera personal de cada deportista. Y, en esencia, así debe ser. Pero cuando las estructuras competitivas, los calendarios y las exigencias profesionales pueden condicionar esas decisiones, el debate deja de ser exclusivamente individual. La carrera de una futbolista no transcurre al margen del tiempo. Su cuerpo tampoco. Y mientras el fútbol ha evolucionado hasta convertirse en una profesión cada vez más exigente y especializada, las estructuras que acompañan a las deportistas no siempre han avanzado al mismo ritmo.
Una futbolista puede alcanzar su plenitud deportiva durante una etapa de su vida en la que también aparecen decisiones relacionadas con la maternidad. Los años en los que una jugadora puede consolidarse en la élite, convertirse en internacional, disputar grandes torneos, firmar contratos importantes o alcanzar su máximo rendimiento físico pueden coincidir con los años en los que la fertilidad comienza a adquirir una relevancia diferente. No se trata de presentar la maternidad como un obstáculo ni de establecer una relación inevitable entre edad y capacidad para competir. Se trata de reconocer una realidad biológica y social que existe y que durante demasiado tiempo apenas tuvo espacio en el debate deportivo.
La preservación de la fertilidad aparece así como una herramienta más dentro de un abanico de posibilidades, no como una obligación ni como una recomendación universal. Congelar óvulos no significa que una mujer vaya a querer utilizarlos en el futuro ni garantiza que pueda tener un hijo posteriormente. Tampoco elimina todas las dificultades asociadas a la maternidad. Pero sí puede proporcionar una alternativa a aquellas deportistas que desean preservar una posibilidad mientras continúan desarrollando su carrera. Y ahí reside buena parte de la importancia de una iniciativa como la que prepara la RFEF: en ofrecer opciones allí donde durante mucho tiempo existieron únicamente dilemas.
El fútbol femenino español se encuentra, además, en un momento especialmente significativo. La selección española ha pasado de luchar por conquistar un lugar entre las grandes potencias a situarse en la cima del fútbol mundial. Las futbolistas españolas han conquistado títulos, han multiplicado su presencia internacional y han convertido sus carreras en referentes para generaciones enteras. El crecimiento deportivo ha ido acompañado de una transformación social que también obliga a revisar las condiciones en las que esas carreras se desarrollan. Si España aspira a tener una selección de referencia durante las próximas décadas, también necesita construir un entorno profesional capaz de acompañar a sus futbolistas en todas las etapas de sus vidas.
La iniciativa de la RFEF adquiere todavía más dimensión cuando se observa lo que sucede fuera del fútbol. El deporte profesional internacional lleva tiempo buscando mecanismos para que las deportistas no tengan que pagar un precio excesivamente elevado por decisiones relacionadas con su maternidad o su salud reproductiva. Uno de los ejemplos más significativos procede del tenis. La WTA introdujo en 2025 una normativa específica destinada a proteger el ranking de las tenistas que se ausenten para someterse a procesos relacionados con la preservación de la fertilidad, incluida la congelación de óvulos o embriones, al tiempo que su programa contempla ayudas económicas vinculadas a tratamientos de fertilidad.
El mensaje que envían este tipo de medidas resulta especialmente poderoso porque desplaza el centro del debate. Durante décadas, el sistema deportivo estuvo construido alrededor de una idea implícita: la deportista debía adaptarse a la competición. Ahora comienza a abrirse camino otra posibilidad: que la competición también tenga que adaptarse a determinadas circunstancias de la vida de la deportista. No se trata de eliminar la exigencia de la alta competición ni de convertir el deporte profesional en un espacio ajeno a la competencia. Se trata de entender que las atletas son personas antes que estadísticas, contratos, rankings, goles, títulos o medallas.
En el fútbol, esta cuestión presenta además una particularidad. La carrera de una jugadora puede ser especialmente corta si se compara con la duración de una vida profesional convencional. Una futbolista puede dedicar su adolescencia a formarse, llegar a la máxima categoría alrededor de los veinte años y alcanzar la madurez deportiva durante la segunda mitad de esa década y los primeros años de la siguiente. En ese periodo puede estar construyendo prácticamente toda su trayectoria profesional. La oportunidad de jugar un Mundial, unos Juegos Olímpicos, una Eurocopa o una final de Champions puede aparecer una sola vez en determinadas circunstancias. El calendario no espera y la ventana competitiva tampoco.
Por eso la discusión sobre la fertilidad no puede reducirse a una cuestión médica. También tiene una dimensión laboral, social y humana. Una futbolista que decide ser madre durante su carrera puede encontrarse con obstáculos que van mucho más allá del embarazo. Recuperación física, lactancia, conciliación, desplazamientos, concentraciones, cuidados y disponibilidad profesional forman parte de una ecuación compleja que durante mucho tiempo se resolvió de una manera demasiado sencilla: que la deportista eligiera entre una cosa y otra.
La transformación de esa realidad ya ha comenzado. Cada vez son más las deportistas que hablan públicamente de maternidad, embarazo, fertilidad y conciliación. Cada testimonio contribuye a romper una barrera cultural que durante años hizo que muchas atletas vivieran esas decisiones en silencio. La conversación pública ha permitido comprender que ser madre no supone dejar de ser deportista, del mismo modo que ser deportista de élite no debería significar renunciar necesariamente a la maternidad.
Pero para que ese cambio sea real no basta con que las protagonistas hablen. También hacen falta estructuras. Protocolos. Recursos. Profesionales especializados. Apoyo económico. Protección contractual. Flexibilidad. Y, sobre todo, una cultura deportiva que entienda que la carrera de una mujer no termina cuando decide formar una familia. En ese sentido, la iniciativa que prepara la RFEF puede representar mucho más que un acuerdo sanitario o económico. Puede convertirse en una declaración de principios sobre el tipo de fútbol femenino que España quiere construir.
Todavía habrá que esperar al 21 de septiembre para conocer el alcance definitivo del proyecto. La letra pequeña será determinante. No es lo mismo ofrecer un apoyo simbólico que construir un programa integral que cubra de manera suficiente los costes de los tratamientos, el proceso médico y la conservación durante un periodo amplio. Tampoco es lo mismo poner el recurso a disposición de las futbolistas que acompañarlas con información médica rigurosa y asesoramiento especializado para que cada una pueda tomar sus propias decisiones. La verdadera dimensión de la iniciativa se medirá, por tanto, no solamente por el anuncio, sino por su aplicación.
También será importante evitar cualquier lectura que convierta la preservación de la fertilidad en una nueva exigencia para las futbolistas. La herramienta debe ser una opción, no una presión. La finalidad no puede ser decirle a una jugadora cuándo debe ser madre ni sugerirle que congele sus óvulos para prolongar su carrera. Debe consistir en ampliar su capacidad de decisión. En ofrecerle una posibilidad que antes quizá no tenía a su alcance. En permitir que el futuro no tenga que resolverse necesariamente en el presente.
Ahí se encuentra el verdadero valor de la iniciativa. No en prometer que una futbolista podrá tener hijos cuando quiera ni en presentar la medicina reproductiva como una garantía contra el paso del tiempo, sino en reducir una de las incertidumbres que pueden pesar sobre quienes desarrollan una carrera deportiva de máximo nivel. La preservación de la fertilidad tiene límites, riesgos, costes y variables médicas que deben ser explicados con transparencia. Pero también puede convertirse, para algunas mujeres, en una herramienta que les permita ganar tiempo y tomar decisiones con mayor libertad.
El fútbol femenino español ha conquistado en los últimos años escenarios que parecían lejanos. La selección ha levantado trofeos, los clubes españoles han competido por los grandes títulos europeos y las futbolistas han adquirido una visibilidad que sus predecesoras difícilmente pudieron imaginar. Ahora llega otro tipo de conquista, quizá menos visible, pero igualmente importante: conseguir que las condiciones de una carrera profesional no obliguen a las mujeres a aparcar una parte de su vida.
La historia del deporte está llena de ejemplos de atletas que tuvieron que elegir. Elegir entre competir y descansar, entre recuperarse y regresar antes de tiempo, entre formar una familia o mantener el ritmo profesional. En el caso de las mujeres, esas elecciones estuvieron durante mucho tiempo condicionadas por una estructura deportiva diseñada sin tener suficientemente en cuenta sus necesidades específicas. El cambio no consiste únicamente en abrir más vestuarios, profesionalizar ligas o aumentar salarios. También consiste en comprender que el cuerpo de una deportista tiene necesidades diferentes y que su vida no puede quedar suspendida durante los años de competición.
La maternidad no debería ser presentada como el enemigo de una carrera deportiva. Tampoco como una heroicidad que deba celebrarse únicamente cuando una futbolista consigue regresar al terreno de juego después de ser madre. Debería ser una posibilidad normal dentro de una trayectoria profesional. Una elección personal que pueda convivir con el deporte cuando las circunstancias, el deseo y las condiciones de cada mujer así lo permitan.
La iniciativa que prepara la RFEF abre precisamente ese debate. Y quizá su mayor importancia no esté únicamente en cuántos óvulos se congelen, cuánto dinero se destine al programa o durante cuántos años se mantenga su conservación. Su verdadera trascendencia estará en el mensaje que transmite a las futbolistas que vienen detrás: que no tienen por qué renunciar a imaginar una vida después del fútbol, pero tampoco tienen por qué renunciar a construir una familia durante su carrera si así lo desean.
España tiene ante sí la oportunidad de convertir una iniciativa concreta en una política de referencia. El fútbol femenino necesita seguir creciendo en instalaciones, salarios, derechos laborales, protección de las jugadoras y profesionalización, pero también necesita avanzar en aquellas cuestiones que durante años quedaron fuera del terreno de juego. La fertilidad es una de ellas. La maternidad es otra. Y ambas forman parte de una conversación mucho más profunda sobre qué significa ser una deportista profesional en el siglo XXI.
El 21 de septiembre, cuando la RFEF presente oficialmente su proyecto, comenzará una nueva etapa de ese debate. Será entonces cuando se conozcan los detalles que permitirán evaluar su verdadero alcance. Pero hay algo que ya resulta evidente: el fútbol femenino español está empezando a entender que ganar también significa cuidar. Que construir una selección campeona no consiste solamente en acumular talento sobre el césped, sino en crear las condiciones para que sus protagonistas puedan desarrollar sus carreras sin tener que renunciar a decidir sobre sus propias vidas.
Durante años, muchas futbolistas tuvieron que correr contra el reloj. Ahora el fútbol puede empezar a darles algo que vale más que unos minutos adicionales sobre el terreno de juego: tiempo para decidir. Tiempo para elegir. Tiempo para imaginar un futuro que no tenga que estar enfrentado a su presente. Y, sobre todo, la libertad de saber que una carrera deportiva extraordinaria y el deseo de ser madre no tienen por qué ser dos caminos condenados a separarse.















Deja una respuesta