
◼️ Un doblete de la guatemalteca sirve para doblegar por 2-1 a un Atlético de Madrid que se va al parón en crisis.
La previa |

El fútbol siempre guarda un espacio reservado para las noches que huelen a decisivas aunque el calendario aún no marque el mes de mayo. Este domingo 22 de febrero a las 18:00 horas, el estadio sevillista se convertirá en el escenario de uno de esos encuentros que no solo reparten tres puntos, sino que modelan la narrativa emocional de una temporada. Sevilla Fútbol Club y el Atlético de Madrid Femenino, quinto contra sexto, separados por apenas un punto, frente a frente en un pulso que puede redefinir la pelea por la tercera plaza de la Liga F. Un duelo que se podrá seguir a través de DAZN y RTVE Play, pero que se sentirá en el pecho, como laten los partidos que pesan.
LigaFMoeve | #SevillaFCAtleti

Porque no es solo un partido. Es una frontera competitiva. Es una declaración de intenciones. Es el instante en el que la regularidad deja de ser un concepto estadístico para convertirse en una obligación moral.
El Sevilla llega lanzado. Dos victorias consecutivas, ambas con portería a cero. Dos actuaciones que han devuelto al equipo esa sensación de solidez que durante tramos del curso parecía intermitente. El dato no es menor: ganar y no encajar no solo suma puntos, construye confianza estructural. Cuando un equipo encadena triunfos sin conceder, no solo ordena su sistema defensivo; ordena su mente competitiva. Sin embargo, el cuadro andaluz afrontará el duelo con ausencias sensibles. Eva Llamas no estará disponible. Tampoco Alba Cerrato. Y sigue fuera, en su largo proceso de recuperación, Jassina Blom. Tres nombres que no solo restan piezas en la pizarra, sino también matices tácticos y alternativas en el plan de partido.
Al otro lado aparece un Atlético herido. Eliminado en el playoff de acceso a los cuartos de final de la Champions. Golpe continental. Desgaste físico y emocional. Y ahora, la obligación de reenfocar. José Herrera fue claro tras la eliminación: “Tenemos que centrarnos en Liga F y en la Copa y hay que volver a sumar de tres”. No es una frase hueca. Es una directriz estratégica. La temporada rojiblanca pasa ahora por la regularidad doméstica y por el orgullo competitivo. El técnico visitante tampoco podrá contar con Silvia Lloris, lesionada del ligamento cruzado, una baja estructural en la zaga que condiciona ajustes y obliga a reequilibrar perfiles.
En la primera vuelta empataron 2-2 en Alcalá. Un partido abierto, con alternancias, con fases de dominio repartido. Aquel encuentro dejó claro que ambos conjuntos están en un escalón competitivo similar: estructuras ordenadas, capacidad para transitar, talento diferencial en zonas intermedias y pegada suficiente para castigar cualquier desajuste. El empate fue justo, pero también dejó una sensación: la igualdad es real y la diferencia está en los detalles.
El Sevilla ha crecido desde la organización defensiva. Sus últimas victorias sin encajar no fueron fruto de la casualidad. El bloque ha sabido compactarse en campo propio cuando el rival exige repliegue, pero también adelantar líneas con valentía cuando detecta fragilidad en salida contraria. La coordinación entre centrales y mediocentro defensivo ha sido clave para cerrar pasillos interiores, mientras que los laterales han dosificado mejor sus incorporaciones, priorizando el equilibrio sobre el riesgo excesivo.
Sin Eva Llamas ni Alba Cerrato, el Sevilla pierde capacidad de distribución limpia desde atrás y versatilidad en segunda línea. Eso puede traducirse en un plan más pragmático: circulación más directa hacia extremos, búsqueda de segunda jugada, presión tras pérdida muy agresiva para evitar transiciones rojiblancas. El equipo andaluz sabe que el Atlético, cuando puede correr, es letal.
El Atlético, por su parte, deberá gestionar dos variables: el impacto emocional de la eliminación europea y la necesidad de sostener un ritmo competitivo alto en Liga F. José Herrera ha construido un equipo que alterna fases de posesión estructurada con momentos de verticalidad intensa. La clave estará en la gestión del carril central. Si el Atlético logra superioridad numérica en mediocampo, podrá imponer ritmo. Si el Sevilla consigue cerrar líneas y forzar envíos laterales previsibles, el partido puede entrar en un escenario de fricción, segundas jugadas y duelos individuales.
La baja de Silvia Lloris obliga a reajustar la línea defensiva. Más allá del reemplazo nominal, lo que se pierde es lectura anticipativa y agresividad en la intercepción. Eso puede abrir una ventana para que el Sevilla ataque el espacio entre central y lateral, especialmente si logra atraer marcas hacia dentro.
Quinto contra sexto. Separados por un punto. Ambos mirando de reojo la tercera posición. Esa plaza no es solo un número en la tabla; es acceso, es ambición, es relato de temporada. Estar en el podio significa sostener un proyecto competitivo en la élite. Significa consolidar discurso institucional. Significa enviar un mensaje al mercado y a la afición.
En este punto del campeonato, cada enfrentamiento directo multiplica su valor. No solo por los tres puntos, sino porque impide que el rival sume. Es una ecuación doble. Ganar es sumar y frenar. Perder es ceder terreno y conceder impulso.
El Sevilla quiere demostrar que su crecimiento no es episódico. Que la solidez reciente no es una racha sino una identidad. El Atlético quiere demostrar que la eliminación europea no fractura su ambición doméstica. Que el golpe continental no deriva en caída competitiva.
Hay partidos que se juegan en el césped y otros que empiezan a disputarse en la cabeza. El Sevilla llega reforzado mentalmente por las dos porterías a cero. El Atlético llega con el orgullo tocado y la necesidad de reivindicación inmediata. Esa combinación puede generar un partido de alta intensidad desde el primer minuto.
Si el Sevilla logra adelantarse, el contexto emocional puede volverse un aliado formidable. Si el Atlético golpea primero, la narrativa cambiará: el equipo rojiblanco se crecerá y obligará a las locales a salir de su plan conservador.
Ambos equipos saben que el margen es mínimo. La temporada no permite desconexiones. El empate puede parecer prudente, pero no resuelve la ambición de ninguno.
Porque el fútbol no es solo un marcador. Es un espejo. Este domingo, Sevilla y Atlético no solo se juegan tres puntos. Se juegan la credibilidad de su discurso. Se juegan la continuidad de su ambición. Se juegan el derecho a mirar la tabla y no bajar la vista.
El Sevilla quiere que su estadio sea fortaleza, que su defensa sea muro, que su presente sea confirmación. El Atlético quiere transformar la herida europea en combustible competitivo, convertir la frustración en furia ordenada, cambiar el lamento por carácter.
Los precedentes históricos son favorables para los intereses de las colchoneras amén de cinco victorias, cuatro empates y tan solo una derrota en los últimos diez compromisos en la Liga F Moeve.
En términos globales, que no debemos olvidar, el saldo aumenta hasta la veintena de triunfos, siete empates y solo dos derrotas en los 29 duelos que tienen carácter oficial.
En la primera vuelta se pudo vivir un encuentro “alocado” en Alcalá de Henares que concluyó con un empate (2-2) el pasado 25 de diciembre de 2025.
No es un febrero cualquiera. Es febrero con aroma a definición anticipada. Es febrero con puntos que pesan como si fuera primavera. Es el tipo de partido que, cuando termine la temporada, se recordará como punto de inflexión o como oportunidad perdida.
Y ahí, en ese instante en el que el árbitro mire su reloj y señale el final, sabremos quién dio el paso al frente. Quién entendió que la tercera plaza no se sueña: se pelea. Quién convirtió la presión en impulso.
Porque en el fútbol, como en la vida competitiva, no basta con querer. Hay que sostener. Hay que ejecutar. Hay que resistir. Y este domingo, en Sevilla, solo una verdad sobrevivirá al pitido final.
El duelo al detalle |

🔜 NEXT GAME
🏆 Liga F Moeve
🔥 Sevilla Fútbol Club 🆚 Atlético de Madrid 🔥
🙌🏻 Matchday 21 | Día de partido
🏳️🌈 Amor por los colores
✨ Temporada 2025-2026 ✨
⏰ 18:00 horario peninsular
📅 Domingo, 22 de febrero de 2026
📺 DAZN 2 (Dial 72 de Movistar Plus) & RTVE Play
🏟️ Estadio Jesús Navas, Nervión

Los onces |
Hay tardes empiezan cuando el árbitro mira el cronómetro y se lleva el silbato a la boca. Empiezan mucho antes. Empiezan en el rumor del estadio, en el murmullo rojo y blanco que baja por las escaleras, en la respiración contenida de quienes saben que el fútbol femenino español ya no es promesa sino presente afilado. Empiezan en el momento en que los videomarcadores escupen los nombres propios, uno a uno, como si fueran cuentas de un rosario laico que invoca carácter, jerarquía y talento. Empiezan cuando asoma el escudo del Sevilla FC Femenino a la izquierda y el del Atlético de Madrid Femenino a la derecha, y entre ambos no hay solo noventa minutos: hay historia reciente, hay proyecto, hay una forma de entender el juego y la vida.
Y entonces, sí, entonces el fútbol se vuelve nombre y apellido, dorsal y demarcación, mirada y cicatriz invisible. El Sevilla comparece con su XI dibujado como una declaración de intenciones: bajo palos, el 1, Sullastres, guardiana de reflejos felinos y voz de mando; el 17, Débora G., como primera línea de contención en el costado; el 5, Eva Llamas, jerarquía y lectura en la zaga; el 4, Isa Álvarez, rigor táctico; el 15, Esther M. P., equilibrio y salida limpia; el 6, Alicia, pulmón y pausa; el 20, Rosa M., energía en la banda; el 10, M. Cortés, faro creativo; el 9, F. Kanteh, amenaza vertical; el 7, Raquel, profundidad y desborde; el 8, Andrea Á., metrónomo y último pase. Once nombres que no son solo once nombres: son once responsabilidades que laten al mismo ritmo.
Enfrente, el Atlético responde con su propio manifiesto competitivo, con la solemnidad de quien sabe lo que pesa un escudo en el pecho. En la portería, el 1, L. Gallardo, capitana, liderazgo en cada gesto y orden que se oye hasta en la última fila; el 3, Medina, contundencia sin estridencias; el 4, Lauren Leal, oficio y anticipo; el 5, Xènia, salida elegante; el 11, Menayo, inteligencia posicional; el 6, Bøe Risa, brújula escandinava para gobernar el centro; el 17, J. Bartel, recorrido y sacrificio; el 21, Fiamma, chispa entre líneas; el 7, Jensen, amplitud y vértigo; el 20, Amaiaur, olfato de área; el 22, Luany, potencia y descaro. Es un once que no se limita a ocupar espacios: los interpreta, los transforma, los conquista.
Los últimos rayos de sol caían sobre el césped como una sábana tensa y brillante, y cada nombre proyectado en las pantallas es un latido que se suma al corazón colectivo. Porque esto no va solo de sistemas —del 4-3-3 que muta en 4-2-3-1, del repliegue medio, de la presión tras pérdida—, va de carácter. Va de cómo Sullastres ordena la línea con un grito seco cuando el balón viaja desde la izquierda rojiblanca. Va de cómo Gallardo, brazalete en brazo, mide el tiempo con la serenidad de quien ha aprendido que el liderazgo no se declama, se ejerce. Va de cómo Eva Llamas y Lauren Leal leen el juego como quien lee un libro subrayado mil veces. Va de cómo Bøe Risa acaricia la pelota con la delicadeza de una pianista y M. Cortés responde con la osadía de quien no pide permiso para imaginar.
El estadio es un organismo vivo. Cada pase lateral del Sevilla es una inhalación; cada conducción vertical del Atlético, una exhalación profunda que sacude gargantas. Débora G. y Rosa M. doblan por fuera, buscando ese centímetro de ventaja que convierte el centro en ocasión. Jensen y Luany amenazan la espalda, obligan a retroceder, tensan la cuerda hasta que cruje. Alicia y Xènia chocan en el centro del campo como dos ideas que no se resignan a ceder territorio. F. Kanteh y Amaiaur se mueven en el filo, delanteras que viven de una décima de segundo y de un error ajeno.
No hay apartados en esta historia porque el fútbol no entiende de compartimentos estancos. Todo sucede a la vez: el grito del entrenador, la instrucción susurrada, el gesto de complicidad entre centrales, la mirada desafiante antes de un córner. Y en medio, el balón, ese pequeño planeta blanco que orbita entre botas y convicciones. Cada vez que lo toca Andrea Á., el Sevilla gana claridad; cada vez que lo acaricia Fiamma, el Atlético encuentra un pasillo secreto. Es un duelo de pizarras, sí, pero sobre todo es un duelo de almas competitivas.
“Esto es el Partido”, diría Manu con esa cadencia que convierte la crónica en relato y el relato en emoción compartida. Esto es el latido previo al impacto, el instante en que el pasado pesa y el futuro promete. Es la certeza de que, cuando el balón empiece a rodar, los nombres dejarán de ser tinta y se convertirán en acción pura. Sullastres volará si hace falta; Gallardo ordenará como capitana de barco en mar bravo. Eva Llamas y Isa Álvarez cerrarán filas; Lauren Leal y Xènia levantarán murallas. Alicia y Bøe Risa discutirán la soberanía del círculo central; M. Cortés y Fiamma dibujarán el mapa del último tercio. F. Kanteh y Amaiaur buscarán el gol como quien busca una verdad irrefutable.
Y nosotros, desde la grada o desde el sofá, no somos espectadores: somos parte del rito. Porque cada XI inicial es una promesa. Promesa de lucha, de talento, de orgullo. Promesa de que, durante noventa minutos, el mundo puede reducirse a un rectángulo verde donde once contra once deciden quién impone su relato. Esta noche, Sevilla y Atlético no solo alinean futbolistas. Alinean convicciones. Y cuando el árbitro mire el reloj y el silbato rasgue el aire, sabremos que el fútbol —el de verdad, el que se siente en el pecho— ya nos ha atrapado para no soltarnos.
Dicen que nunca se rinde y el arte de su fútbol no tiene rival y esa consiga quiso dejarla clara el conjunto andaluz en la visita al Jesús Navas de un Atlético de Madrid que venía de ser eliminado en el playoff de la Liga de Campeones Femenino ante el Manchester United y no estará en los cuartos de final y, según están las cosas, parece que no viajará por Europa el próximo curso amén de una nueva victoria de la Real Sociedad por 2-1 ante el Espanyol.
Desde el primer segundo se intuyó que no habría tregua. El Atlético saltó al césped con esa electricidad reconocible en los equipos que no especulan, que aprietan arriba, que creen en el robo como arma y en la transición como sentencia. El Sevilla respondió con la serenidad de quien conoce su libreto y lo ejecuta con disciplina táctica, con líneas juntas y mirada desafiante. El balón apenas había recorrido unos metros cuando el conjunto rojiblanco lanzó el primer aviso serio, una jugada que condensó el ADN competitivo de las de rojiblanco y que heló por un instante el corazón del estadio.
Synne Jensen, siempre al acecho, siempre dispuesta a convertir un error en oportunidad, leyó un pase horizontal en campo rival con la intuición de quien huele la sangre competitiva. Se anticipó, robó la pelota con determinación y, de pronto, el escenario se abrió ante ella como un corredor infinito hacia la gloria. Solo Esther Sullastres se interponía entre la delantera noruega y el primer golpe del partido. Jensen condujo con la cabeza alta, el balón cosido al pie, el estadio conteniendo la respiración en cada zancada. Se plantó sola, franca, ante la guardameta hispalense. El disparo salió potente, decidido, pero quizá demasiado cargado de ansiedad. La pelota se elevó unos centímetros más de lo necesario y se marchó por encima del larguero, besando el aire antes de perderse en la nada. Fue un suspiro colectivo, un “uff” que recorrió la grada como una ola invisible. El Atlético había avisado. El Sevilla había sobrevivido.
Pero el duelo entre Jensen y Sullastres no había hecho más que empezar. Minutos después, como si el destino quisiera insistir en ese pulso individual dentro de la batalla colectiva, la noruega volvió a irrumpir en el área. Esta vez la jugada se cocinó con algo más de elaboración, con circulación paciente hasta encontrar el resquicio. Jensen recibió dentro del área, perfilada, con la determinación en los ojos. Armó la pierna y soltó un chut seco, ajustado, de esos que obligan a la portera a decidir en una fracción de segundo. Y ahí emergió la figura de Esther Sullastres, felina, reactiva, con una intervención providencial que mantuvo el empate y sostuvo a las suyas cuando el viento soplaba en contra. Se estiró con todo el cuerpo, sacó una mano salvadora y desvió el esférico con la firmeza de quien entiende que cada parada es un mensaje: aquí no se regala nada.
El partido se convirtió en un intercambio de golpes medidos. Si el Atlético amenazaba con verticalidad, el Sevilla respondía con profundidad y colmillo. En la otra portería, Lola Gallardo, capitana y referencia, también tuvo que vestirse de heroína. Fatou Kanteh, siempre incisiva, encontró un espacio para el desmarque y recibió en condiciones de disparo. Su chut llevaba intención, llevaba rabia competitiva, llevaba el deseo de desequilibrar un choque que estaba vibrando en cada centímetro del césped. Gallardo reaccionó con reflejos de élite, volando hacia su palo para desviar la pelota con una parada de las que sostienen partidos y alimentan la fe de un equipo. Era un duelo de guardametas, un pulso de seguridad bajo palos que mantenía la igualdad intacta.
La sensación era clara: el encuentro pendía de un hilo, de un detalle, de una acción puntual que rompiera la balanza. Y ese detalle llegó en el minuto 19, cuando el fútbol decidió abrazar la polémica y convertirla en punto de inflexión. En una acción dentro del área, con cuerpos en tensión y miradas clavadas en el balón, Lauren Leal fue señalada por la colegiada tras un contacto que desató la protesta rojiblanca y la esperanza sevillista. El silbato sonó firme. Penalti. El estadio estalló en un murmullo eléctrico. La responsabilidad recayó en Andrea Álvarez.
La exjugadora de la Sociedad Deportiva Eibar El partido se convirtió en un intercambio de golpes medidos. Si el Atlético amenazaba con verticalidad, el Sevilla respondía con profundidad y colmillo. En la otra portería, Lola Gallardo, capitana y referencia, también tuvo que vestirse de heroína. Fatou Kanteh, siempre incisiva, encontró un espacio para el desmarque y recibió en condiciones de disparo. Su chut llevaba intención, llevaba rabia competitiva, llevaba el deseo de desequilibrar un choque que estaba vibrando en cada centímetro del césped. Gallardo reaccionó con reflejos de élite, volando hacia su palo para desviar la pelota con una parada de las que sostienen partidos y alimentan la fe de un equipo. Era un duelo de guardametas, un pulso de seguridad bajo palos que mantenía la igualdad intacta.
Andrea caminó hacia el punto de penalti con la serenidad de quien asume el peso de la historia en los hombros. Colocó el balón con mimo, retrocedió unos pasos, respiró hondo. Frente a ella, Lola Gallardo intentaba adivinar, buscar una pista, una señal. El silencio se hizo denso, casi tangible. La carrera fue corta, decidida. El golpeo, seco y preciso. El balón salió disparado, ajustado, imposible para la estirada de la capitana atlética. La red se infló con violencia y el 1–0 abría la lata en favor de las de David Losada al borde del ecuador de la primera mitad.
El Atlético de Madrid no se descompuso. Intentó reaccionar con orgullo, con ese carácter competitivo que forma parte de su identidad. Adelantó líneas, buscó amplitud, insistió por fuera y por dentro, pero se topó con una zaga sevillista firme, concentrada, solidaria en las ayudas. Cada centro era despejado con convicción, cada balón dividido era disputado como si fuera el último. El tiempo corría hacia el descanso con el marcador favorable a las locales, pero la sensación era que el duelo estaba lejos de resolverse.
Antes del descanso, Jensen volvió a tener el empate en sus botas e incluso llegó a marcar, aunque el tanto fue anulado por fuera de juego.
Y entonces, justo al filo del intermedio, cuando el reloj parecía dispuesto a congelar el 1-0 hasta la segunda parte, llegó el golpe que sacudió definitivamente la primera mitad.
Fatou Kanteh recogió el balón en campo propio y decidió que era momento de acelerar el pulso del partido. Condujo con potencia, con esa mezcla de técnica y determinación que la convierte en amenaza constante. Levantó la cabeza y detectó el movimiento de Andrea Álvarez en banda. El pase fue preciso, medido al milímetro.
Andrea recibió, pisó el balón para frenar en seco, encaró a su defensora con un amago que abrió una grieta en la estructura rojiblanca. Se perfiló hacia dentro, buscando su pierna buena, y sin pensarlo dos veces soltó un latigazo que quedará en la memoria colectiva de la tarde. El disparo salió con una rosca perfecta, describiendo una parábola que parecía dibujada con compás. La pelota viajó hacia la escuadra, hacia ese rincón donde las manos no llegan y los sueños se cumplen. Lola Gallardo se estiró con todo, pero el balón fue inalcanzable. Besó la madera interior y se coló en la red, arrancando un rugido ensordecedor. Fue un gol de esos que no solo suman, sino que emocionan. Un gol que quita telarañas, que limpia la escuadra y eleva a quien lo marca a la categoría de protagonista indiscutible por culpa de un 2–0 que fue una obra de arte en el minuto 52 del alargue que se llevó a término en la primera parte.
Las 22 protagonistas ganaron el túnel de vestuarios con una cómoda renta a favor de las locales que hacía que el Atlético de Madrid no estuviera aprovechando el traspié del Costa Adeje Tenerife en Valdebebas (2-0), pero quedaban cuarenta y cinco minutos por jugar en Nervión.
Andrea recibió, pisó el balón para frenar en seco, encaró a su defensora con un amago que abrió una grieta en la estructura rojiblanca. Se perfiló hacia dentro, buscando su pierna buena, y sin pensarlo dos veces soltó un latigazo que quedará en la memoria colectiva de la tarde. El disparo salió con una rosca perfecta, describiendo una parábola que parecía dibujada con compás. La pelota viajó hacia la escuadra, hacia ese rincón donde las manos no llegan y los sueños se cumplen. Lola Gallardo se estiró con todo, pero el balón fue inalcanzable. Besó la madera interior y se coló en la red, arrancando un rugido ensordecedor. Fue un gol de esos que no solo suman, sino que emocionan. Un gol que quita telarañas, que limpia la escuadra y eleva a quien lo marca a la categoría de protagonista indiscutible.
El partido, lejos de apagarse tras aquella parada monumental de Esther Sullastres, entró en esa fase en la que el fútbol deja de ser un tablero ordenado y se convierte en una tormenta eléctrica. El 2-1 había devuelto al Atlético de Madrid Femenino a la pelea, y cada minuto que transcurría parecía un pulso directo al mentón del Sevila.
La quinta plaza ya no era una abstracción clasificatoria dentro de la Liga F; era un territorio que se defendía con uñas, con táctica, con pulmones ardiendo.
El Atlético adelantó definitivamente sus líneas. Bøe Risa comenzó a gobernar la medular con pases tensos y diagonales que buscaban romper el entramado defensivo local.
Fiamma se ofrecía entre líneas, girando el cuello como una exploradora en territorio hostil, tratando de detectar el mínimo desajuste. Jensen, incansable, alternaba desmarques de apoyo y rupturas al espacio, obligando a la zaga sevillista a vivir en permanente estado de alerta. Cada balón colgado al área era una declaración de intenciones: el empate no era una quimera, era un objetivo tangible.
El Sevilla, consciente de que el partido se inclinaba peligrosamente hacia su portería, activó el modo resistencia inteligente. No era un repliegue temeroso, sino un ejercicio de concentración colectiva. Las líneas se estrecharon, las ayudas se multiplicaron, y cada despeje se celebraba como un pequeño triunfo dentro de la batalla mayor. Gemma Gili aportó criterio para dormir el balón cuando era necesario; Iris Arnaiz sumó piernas y anticipación para cortar las segundas jugadas que el Atlético buscaba con insistencia.
Hubo un instante, alrededor del minuto setenta, que encapsuló la tensión que se respiraba. Jensen recibió de espaldas en la frontal, descargó hacia banda y se lanzó al área como un proyectil humano. El centro llegó medido, tenso, con esa rosca que convierte cualquier contacto en amenaza. Amaiaur se elevó buscando el remate, pero la defensa sevillista, en bloque, logró desviar lo justo para que el balón saliera mordido, perdiendo violencia. Sullastres, atenta, atrapó el esférico y se dejó caer al césped unos segundos más de lo estrictamente necesario. No era teatro; era gestión emocional, era comprensión del tempo competitivo.
El Atlético no cesaba. Carmen Menayo volvió a encontrar autopista por su costado y lanzó un centro que cruzó el área como un misil sin destinataria clara. El balón pasó rozando el segundo palo, con el corazón de la grada sevillista encogido. Cada aproximación rojiblanca era un aviso de que el 2-1 era una ventaja frágil, delicada como cristal fino.
Pero el fútbol, especialmente en la Liga F, no entiende de sentencias prematuras. Tras el paso por vestuarios, el Atlético regresó al césped con el orgullo herido y la convicción renovada. Apenas habían transcurrido dos minutos cuando encontró el premio a su insistencia. Carmen Menayo, con esa lectura inteligente de los tiempos y los espacios, recibió en banda y levantó la cabeza. Detectó el movimiento en el área y envió un balón tenso, medido, al corazón del área. La pelota surcó el aire con intención quirúrgica.
En el segundo palo apareció Xènia Pérez, anticipándose a su marca, atacando el espacio con fe. El remate fue limpio, contundente. Un golpeo que no dejó margen a la duda. El cuero se dirigió al fondo de la red con violencia controlada, y el 2–1 de la exjugadora del Espanyol en el minuto 47 de este cara a cara encendió de nuevo el partido.
El Atlético celebró con rabia, consciente de que el gol no solo recortaba distancias, sino que devolvía la incertidumbre al marcador. El encuentro se reabrió como un libro apasionante que aún guardaba capítulos decisivos.
Y, sin embargo, el Sevilla también sabía que el partido podía sentenciarse a la contra. En una recuperación en campo propio, Andrea Álvarez volvió a arrancar con determinación. Condujo con la cabeza alta, sorteando una primera presión, filtró hacia Kanteh, que descargó de primeras buscando la devolución al espacio. Durante un segundo, el estadio vio el tres a uno dibujado en el aire. Andrea se plantó al borde del área, perfiló el disparo, pero esta vez la zaga atlética reaccionó a tiempo y bloqueó el chut cuando ya se cantaba el gol. Fue un recordatorio de que el partido no pertenecía a nadie en exclusiva.
Los minutos finales fueron una prueba de carácter. El Atlético volcó todo su arsenal ofensivo, cargó el área con insistencia casi obsesiva. Lauren Leal volvió a imponerse en el juego aéreo en un córner lanzado con precisión quirúrgica. Su cabezazo fue potente, dirigido al palo largo, con intención inequívoca de empatar la contienda. Y otra vez apareció Sullastres, volando hacia su derecha, extendiendo el brazo con una mezcla de técnica y fe. La parada fue tan limpia como decisiva. El estadio rugió no solo por el gesto técnico, sino por lo que simbolizaba: la resistencia de un equipo que se negaba a ceder su premio.
En la banda, los cuerpos técnicos vivían el encuentro con la misma intensidad que sobre el césped. Cada indicación era casi un grito existencial, cada gesto una súplica al destino futbolístico. La quinta posición latía en cada decisión táctica, en cada cambio, en cada ajuste defensivo.
Cuando el cronómetro entró en el tiempo añadido, el partido ya no era solo fútbol; era nervio puro. El Atlético empujaba con todo, incluso con su guardameta adelantando metros en acciones a balón parado. El Sevilla resistía con orden, despejando balones como si fueran proyectiles que había que enviar lo más lejos posible del peligro.
El pitido final, cuando llegó, sonó como una liberación para el conjunto hispalense. Las jugadoras se abrazaron, exhaustas, conscientes de que habían sobrevivido a una embestida feroz.
El 2-1 no solo significaba tres puntos; era una reafirmación competitiva, un golpe sobre la mesa en la pelea por la quinta plaza. El Atlético, digno hasta el último segundo, se retiró con la sensación amarga de haber estado cerca, de haber rozado el empate con la yema de los dedos.
Aquella tarde dejó algo más que un resultado. Dejó la imagen de Andrea Álvarez firmando un doblete de talento y personalidad, el liderazgo silencioso de Lola Gallardo incluso en la derrota parcial, la exhibición de reflejos de Esther Sullastres como muralla infranqueable en los momentos críticos. Dejó la certeza de que la Liga F no es un mero campeonato, sino un escenario donde cada jornada es una historia de ambición y carácter.
Y mientras el estadio se vaciaba lentamente, quedaba flotando en el aire una sensación inequívoca: el fútbol femenino español vive de partidos como este, de duelos en los que la tabla clasificatoria es solo el telón de fondo de una batalla emocional y táctica que dignifica la competición.
Porque cuando dos equipos saltan al césped con la convicción de que cada balón es el último y cada acción puede cambiar el destino, el espectáculo trasciende el marcador. Y eso, precisamente eso, es lo que convierte tardes como esta en relatos que merecen ser contados con épica, con pasión y con la reverencia que exige el verdadero fútbol.

Con esta victoria, que es baladí, el conjunto hispalense suma ya 36 unidades en su casillero particular que le dejan con un margen de cuatro guarismos respecto a un Atlético de Madrid que es sexto y tiene ya muy pocas posibilidades de acabar la temporada en el podium liguero y centrará todos sus esfuerzos en tratar de superar la eliminatoria de semifinales de la Copa de la Reina ante el Costa Adeje Tenerife Egatesa, pues levantar ese trofeo, como ya ocurrió en 2023, salvaría la actuación de un grande de la Liga Profesional de Fútbol Femenino que navega sin rumbo.

📋 Ficha técnica |
- Sevilla Fútbol Club: Marques, 83′), Isa Álvarez, Esther Martín-Pozuelo; Alicia (Iris Arnaiz, 63′), Rosa Márquez, Milla Cortés (Gemma, 63′); Fatou Kanteh (Chantal Hagel, 83′), Raquel y Andrea Álvarez.
- Atlético de Madrid: Lola Gallardo; Luany (Chinchilla, 83′), Lauren, Xenia Pérez, Menayo, Andrea Medina; Julia Bartel (Natalia, 65′), Fiamma, Boe Risa (Moller, 83′); Jensen y Amaiur.
- Árbitra: Melissa López (comité extremeño). Amonestó a las locales Alicia y Andrea Álvarez y a la visitante Lola Gallardo. Expulsó con doble amarilla a Andrea Álvarez.
Incidencias: Partido correspondiente a la vigesimoprimera jornada de la Liga F Moeve disputado en el Estadio Jesús Navas ante 550 espectadores sobre una superficie de hierba natural.
Goles |
1-0 Andrea Álvarez (P.) 19’ ⚽️
2-0 Andrea Álvarez 45’ ⚽️
2-1 Xénia Pérez 47’ ⚽️
Vídeo:
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