
⬛️ El derbi capitalino de pretemporada entre el Real Madrid C.F. y el Madrid CFF está programado para el 1 de agosto y servirá para abrir boca en un curso que acabará con una Copa del Mundo en Brasil.

El calendario marca a fuego una fecha en el almanaque: 1 de agosto, 20:00 horas. La coordenadas, sagradas: la Ciudad Real Madrid. Las imágenes cruzará el éter a través de la pantalla de Realmadrid TV. Parecía que no iba a llegar nunca. Parecía que el tiempo se había detenido en una pausa interminable, un castigo sin fin para los devotos del balón. Pero el fútbol, el verdadero, el que nos acelera el pulso y nos devuelve la vida, está de vuelta. Y lo hace con un derbi que no es solo un amistoso de pretemporada: es un bendito oasis en mitad del desierto.
Noventa días exactos de una sequía atroz en los terrenos de juego. Un páramo estéril en el que las gradas han guardado un luto involuntario, las redes de las porterías no se han agitado con la sutileza de una vaselina ni la violencia de un zapatazo al ángulo, y los vestuarios han permanecido cerrados a cal y canto, acumulando el eco de un juego que parecía haberse tomado unas vacaciones demasiado largas.
No nos engañemos, porque la memoria no es frágil y el corazón futbolero es noble: no hemos estado huérfanos de pelota en el sentido estricto. Tuvimos que «conformarnos» —y valgan las comillas para enmarcar el espectáculo gigante que vivimos— con la Copa del Mundo de 2026.
Aquel torneo vibrante, de tensión eléctrica y noches en vela, en el que la Selección masculina terminó tocando el cielo en una final memorable ante Argentina. Aquel 1-0 agónico, esculpido con cincel, sudor y fe, que le dio a España la corona planetaria frente a la Albiceleste en un duelo que paralizó el globo. Fuimos felices, sí. Gritamos el gol, celebramos en las plazas, levantamos las copas y paladeamos la gloria mundialista. Pero al apagar el televisor, al acallarse los ecos de los petardos y la fiesta, en el fuero interno de los verdaderos cafeteros de este deporte, persistía un vacío punzante. Un tic-tac incompleto.
Porque a este verano le faltaba algo vital, algo irremplazable: la finura, la táctica pura, el descaro, la pasión eléctrica y la estética inconfundible del balompié femenino. Faltaba el toque sutil para tirar un caño en una baldosa, la presión asfixiante tras pérdida que ha revolucionado la pizarra moderna, y esa narrativa única que solo las mejores jugadoras del planeta saben tejer sobre el verde. Necesitábamos de manera imperiosa romper el ayuno. Y el destino, que entiende de tiempos y de épicas como nadie, nos ha preparado el banquete de gala en el momento exacto.
Apunten la fecha en rojo en el calendario, grábenla en la memoria, pónganle una alarma en el teléfono o cuélguenla del refrigerador: 1 de agosto, 20:00 horas. La coordenadas geográficas no admiten pérdida: la Ciudad Real Madrid. Las imágenes cruzarán el mapa a través de la señal inconfundible de Realmadrid TV. Parecía un espejismo lejano en medio de la canícula de julio, pero ya está aquí. El fútbol, el de verdad, el que nos acelera las pulsaciones y nos devuelve esa sonrisa cómplice que solo entiende quien lleva este deporte en la sangre, está de vuelta.
Y el regreso no podía ser un trámite anodino ni una pachanga insípida de solteros contra casados. El menú de bienvenida nos sirve en bandeja de plata un derbi capitalino de alto voltaje: Real Madrid contra el Madrid CFF.
Es verdad que la etiqueta oficial dirá que es el primer choque amistoso de la pretemporada. Dirán los analistas fríos que es apenas un entrenamiento con camisetas oficiales, un banco de pruebas para soltar las piernas cargadas de gimnasio y acumular los primeros minutos de rodaje en el cuentakilómetros.
Mentira. En un derbi madrileño no existen las probaturas, no hay espacio para la tregua ni se regala un solo centímetro de césped.
El Real Madrid salta a la cancha de Valdebebas con la responsabilidad histórica de quien viste el escudo de las 15 Copas de Europa masculinas y el hambre voraz de una sección femenina que quiere seguir acortando distancias con la cúspide europea, asentando su identidad y puliendo el engranaje de sus nuevas piezas. En frente, el siempre indomable Madrid CFF: ese club de autor, rebelde por naturaleza, cantera inagotable de talento, que jamás le ha tenido miedo a ningún gigante y que llega a este bendito oasis estival dispuesto a aguarle la fiesta a las locales, a morder en la salida de balón y a demostrar que en la capital nadie se repone del letargo sin sudar la camiseta.
Será el primer contacto con el balón, la primera vez que sintamos el impacto seco de la bota contra el cuero, el olor a césped recién regado en la caída de la tarde madrileña y la emoción de adivinar cómo encajarán los nuevos esquemas tácticos para este curso 2026-2027. Noventa minutos para quitarnos de encima las telarañas del parón y volver a sentirnos vivos.
Pero no nos quedemos únicamente en la superficie de este choque de agosto. Elevemos la mirada, miremos más allá de las paredes de la Ciudad Real Madrid y observemos el mapa completo de lo que hoy comienza. Porque este Real Madrid – Madrid CFF no es un evento aislado en el tiempo: es, en realidad, la primera piedra de una catedral deportiva que se terminará de construir dentro de doce meses.
Iniciamos hoy un curso apasionante que desembocará, en el estío de 2027, en la cita más majestuosa que puede disputar una futbolista sobre la faz de la tierra: el Mundial Absoluto Femenino de Brasil. La mítica tierra del futebol, el país del ritmo, de la samba y de los estadios legendarios abrirá sus puertas para acoger la gran fiesta de la pelota. Y si alguien pensaba que la Selección Española o las jugadoras que nutren nuestro campeonato iban a dormirse en los laureles tras los éxitos pasados, es que no conoce la madera de la que están hechas estas atletas.
El aviso ya ha sido lanzado a los cuatro vientos, retumbando con la fuerza de un trueno en los despachos de la FIFA y en los vestuarios de las grandes potencias mundiales. La mismísima Aitana Bonmatí, faro futbolístico de nuestra era, jerarca del centro del campo y mente privilegiada del balompié global, ya lo ha dejado meridianamente claro, sin rodeos, sin falsa modestia y sin paños calientes: las bicampeonas de la UEFA Women’s Nations League no van a ir a Brasil de turismo.
No van a conformarse con competir ni a vivir de la renta de la estrella que ya lució en el pecho en la pasada cita planetaria. La consigna es clara, ambiciosa y feroz: van a por la segunda estrella de su historia.
Todo ese camino colosal, toda esa epopeya que soñamos con ver culminar en Maracaná o en el Mané Garrincha con un trofeo alzado al cielo tropical, empieza a gestarse precisamente aquí y ahora. Se gesta en las carreras de presión de este 1 de agosto, en las paredes ensayadas al borde del área, en el entendimiento táctico de las internacionales que hoy vuelven a vestirse de corto y en el rigor competitivo que se exige desde el minuto uno de la pretemporada. El Mundial de Brasil no se gana en julio de 2027; se empieza a ganar en las tardes calurosas de agosto en Valdebebas.
Así que, queridas y queridos devotos del balón, ha llegado la hora de poner fin a la penitencia. Dejen atrás la nostalgia del parón, olviden las tardes aburridas sin previa que analizar ni alineaciones que discutir. La pelota, esa esfinge caprichosa que tanto hemos echado de menos en pies femeninos, vuelve a ser la única y absoluta reina del escenario.
Tengan a mano la bebida más fría para combatir el bochorno de la capital. Preparen el sofá, conecten la pantalla, ajusten el volumen y sintonicen Realmadrid TV.
A las 20:00 horario peninsular , cuando la luz del sol empiece a dar tregua sobre la Ciudad Real Madrid y el colegiado haga sonar el silbato, el reloj del fútbol femenino volverá a ponerse en marcha.
El desierto ha quedado atrás. El oasis nos abre sus puertas de par en par.
Señoras y señores, acomódense en sus asientos: el fútbol ha vuelto y el espectáculo promete ser eterno.
















Deja una respuesta